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miércoles, noviembre 05, 2025

Desierto amor por Zoom


 











Hoy a las 12 del mediodía presentaremos Desierto amor, cuatro poetas torreonenses, libro de poesía compilado por iniciativa Jorge Valdés Díaz-Vélez y editado por el área de Literatura a cargo de Nadia Contreras en el Instituto Municipal de Cultura y Educación. Participaré en la mesa junto al compilador, quien reunió en este libro poemas de Marianne Toussaint, Édgar Valencia, Gilberto Prado y el mismo Jorge Valdés. Estaré allí en mi calidad de prologuista, invitación que me honra.

Dado que diré lo que diré en la transmisión por Zoom (Jorge radica en Madrid), adelanto aquí el arranque de mi prólogo y un puñado breve de versos de nuestros cuatro poetas. “La Laguna, y especialmente Torreón, Coahuila, México, es una tierra pródiga en escritores. Más allá de que su vida literaria (y en general artística) no ha desbordado las fronteras de cierto amateurismo, pues carece de escuelas de Letras, editoriales, exuberantes bibliotecas y grandes librerías, la región se las ha ingeniado no sé cómo para producir autores con talento y sensibilidad especiales, tantos que ya es posible medir su número con las varas de los premios nacionales o la calidad y cantidad de sus libros. Destacan los narradores, los ensayistas y, claro, los poetas. En este último género, nadie ha alcanzado hasta ahora la dimensión de la maestra Enriqueta Ochoa, pero podemos asumir que no es corta la cauda de paisanos que continúan la obra de nuestra más leída y celebrada poeta…”.

Vengan ahora unas muestras del contenido en orden de aparición dentro del libro:

De Gilberto:

Vemos solo la sombra, lo que existe

detrás de la cortina es invisible,

pero nos llega el mínimo reflejo,

la orilla de una letra, la prudente

distancia de lo solo presentido,

 y con esa asomada nadería

construimos el mundo,

tejemos nuestra fe, resucitamos

a los que se han dormido para siempre.

 

De Marianne:

El olvido es una orilla traicionera

donde permaneces

casi sin respirar después de la tormenta

 

Sueñas que has olvidado.

Y estás de nuevo frente a aquel deseo

 frágil y paralizada.

 

De Jorge:

Tus ojos, Lesbia, el agridulce

combate a ciegas de la lengua

que es tu victoria y mi derrota,

serán futuros himnos, trazos

en una lámina de mármol

de los altares de Afrodita.

Pero el sabor a campo abierto

en la batalla y, más aún,

este gemido que se escapa

tras el fragor de la contienda

me pertenece, aunque sea tuyo

su territorio al fin del día.

 

De Édgar:

Una mujer viajaba hacia Acapulco.

Yo me encontraba en la estación de Mérida,

nostálgico, de vuelta a Veracruz.

Ella había perdido su maleta

y algo extraño decía de la vida

y el destino, que era adverso como hoy.

 

Pregunté de inmediato: ¿la maleta

indica su destino, Acapulco,

en un papel? Alguien me dijo, hoy,

entre el calor de la ciudad de Mérida

que el equipaje que llevo a Veracruz

debía cuidarlo a costa de mi vida…

sábado, marzo 18, 2023

Miradas de Jorge Valdés

 











Varias antologías personales publicadas por el Gobierno del Estado de Coahuila están disponibles con descarga gratuita dentro de la web de la Secretaría de Cultura estatal. Si bien han tenido difusión en su formato de papel (yo mismo tengo casi toda la colección), es una buena noticia saber que también están, gratuitamente, al alcance de la vista y la sensibilidad lectora en su formato digital. Uno de los títulos a disposición es Nudista, de Jorge Valdés Díaz-Vélez.

Pese a ser larga, la semblanza de este autor nacido en Torreón, Coahuila, en 1955, apenas alcanza para describir el valor de su trayectoria. Jorge Valdés es poeta y diplomático. Como Miembro de Carrera del Servicio Exterior ha trabajado en las Representaciones Diplomáticas en Argentina, Costa Rica, Cuba, Marruecos y España. Es autor de dieciséis libros de poesía publicados en México, Cuba, España e Italia. Entre otros: Jardines sumergidos (México, Colibrí, 2003); Tiempo fuera (1988-2005) (Universidad Nacional Autónoma de México, 2007); Los Alebrijes (Madrid, Hiperión, 2007); Qualcuno va (edición bilingüe italiano-español, Foggia, Bari, Sentieri Meridiani Edizioni, 2010); Otras horas (Santander, Quálea Editorial, 2010); Mapa mudo (Sevilla, Col. Vandalia, Fundación José Manuel Lara, 2011); Herida sombra (Monterrey, Posdata Editores, Col. Versus, 2012) y Nudista (Saltillo, Gobierno del Estado de Coahuila, Col. Arena de poesía). Ha sido traducido al árabe, francés, italiano, portugués, neerlandés, rumano e inglés. Sus libros más recientes son la antología Parque México (Renacimiento, Sevilla, 2018) y Soledad en llamas (Ayuntamiento de Torreón, 2022). En 1988 ganó el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes con La puerta giratoria (México, Joaquín Mortiz-Planeta, 1998).

¿Dice una cédula biográfica lo que el escritor abarca? De algún modo sí, claro, pues da cuenta de la trayectoria específica que ha seguido, pero nada mejor que acceder, como en este caso, a los textos para dimensionar el valor de su trabajo ya con la obra puesta sobre la mesa y a merced de la valoración.

Como se trata de una antología personal, esta selección nos acerca parte de lo que el mismo autor ha considerado representativo de su hacer. A diferencia de las antologías, digamos, no creadas por el propio autor, sino elaboradas por un tercero, aquí podemos indagar con más precisión en aquello que el escritor percibe como más valioso de sí mismo o al menos lo más definitivo.

En Nudista —título que no oculta lo mucho que el trabajo poético puede tener de strip tease— Jorge Valdés recoge 45 piezas distribuidas en tres de sus libros: Otras horas, Mapa mudo y Los alebrijes. En todas ellas hallamos al poeta concentrado, no torrencial, en el despliegue de su emoción interior. La mirada toma de afuera los elementos de la realidad y es en los íntimos pliegues de la consciencia donde el poema adquiere cuerpo, consistencia. Los versos se y nos interrogan, buscan sentido, pero no llegan a conclusiones ni a moralejas que derrumbarían la eficacia del poema. Por ejemplo, en “Polaroid”, el recuerdo detonado por la observación de una foto enlaza el presente con el pasado en un instante e insinúa el abismo que se abre entre ambos puntos, el abismo que es el tiempo transcurrido y ya irrecuperable:

Son siete contra el muro, de pie, y uno sentado.

Apenas si conservan los rasgos desleídos

por los años. Las caras resisten su desgaste,

aunque ya no posean los nítidos colores

que ayer las distinguieron. Entre libros y copas,

las miradas sonrientes, las manos enlazadas

celebrando la vida de plata y gelatina

se borran en el sepia de su joven promesa.

Por detrás de la foto están escritos la fecha,

los nombres y el lugar de aquel encuentro. Fuimos

a presentar el libro de uno de los amigos

que aparece en la polaroid viendo hacia el vacío.

Después se hizo la fiesta y más tarde el accidente

nos llevó al cementerio. Dijimos en voz alta

sus poemas. Los siete contra el muro, de pie,

uno leía. Todos aún lo recordamos

y casi por costumbre le voy a visitar

con girasoles. Todos hemos envejecido

menos él, ahí en la vista fija. Nos mira

desde sus 20 años, que son los de su ausencia,

con ojos infinitos de frente hacia la cámara,

llevándose un verano tras otro, aunque comience

a degradar su tono naranja sobre el duro

cartón de la fotografía.

En el también hermoso poema “Los argonautas”, una colectividad desvalida, invisible para tantos, la de los migrantes, se concreta en la palabra que expone lo esencial de sus vidas: la incertidumbre, el no saber bien a bien cómo es el destino que, si tienen suerte, encontrarán en el sitio del mundo que no los espera, un sitio que puede ser cualquier parte del mundo:

Han venido a cantar “Las golondrinas”.

Llegarán a Nogales en tres días.

A Chicago, tal vez, en dos semanas.

Tienen familia allá, del otro lado.

Son de Minatitlán o Villahermosa.

Otros, de El Salvador y Nicaragua.

Su imagen de Illinois es una estatua.

Un campo de maíz la de Chicago.

Conocen el desierto sólo en fotos.

Van a seguir las huellas del coyote.

No levanta la niebla en la otra orilla.

Gibraltar se distingue a duras penas.

Son del Magreb y el sur de Cabo Verde.

Van a echar al oleaje su fe ciega.

Cruzarán en silencio todos juntos.

Lo poesía de Jorge Valdés tiene el poder de emocionar y comunicar, de convertir lo inmediato, lo personal, en sentimiento que también el lector logra vivir, como el de la separación y la ausencia de lo querido en “Genealogía”:

Se han marchado los hijos de la casa

igual que lo hice yo, y antes mi padre

y el padre de mi abuelo, el que perdura

en el polvo que impulsa nuestros huesos

hacia la incertidumbre y desde el miedo

a la desolación de las palabras:

naufragar, desamor, volver, vacío.

Se fueron ya. Tenían la sonrisa

envuelta en las bufandas y en los brazos

el olor de la casa que dejaban.

Nada será lo mismo con su ausencia

a la hora del pan frente a la música

o en la noche del fuego. Llega el alba

y con ella su sombra. La tristeza

sube la escalera de caracol

y acoda su mutismo en la baranda

para oír el primer canto del día

junto a mí, el que partió y no se ha ido.

Es Nudista, por todo, un libro que debemos conocer. Podemos descargarlo gratis aquí. No se lo pierdan.

miércoles, enero 12, 2011

Premiazo para Jorge Valdés



Pocas noticias de ese tipo he visto desparramarse en la red como reguero de luz: me refiero a la que difundió que el diplomático y poeta mexicano (de Torreón, para ser exactos) Jorge Valdés Díaz-Vélez ganó la primera edición del premio Hermanos Machado, dotado con 12 mil euros, esto con el poemario Mapa mudo.
Hace unos días, el 28 de diciembre, Saúl Rosales y yo hablamos con él y sobre él a iniciativa del Museo Arocena; fue un día inusual para una actividad de esa índole pero no había otra opción, pues Jorge Valdés estaba de vacaciones en su tierra y esta vez alguien, su prima Lili de la Peña, tuvo la oportuna idea de organizar algo para aprovechar la visita del poeta. El día de los inocentes, con el riesgo de que no fuera público por temor a las bromas, Jorge Valdés leyó ante sus paisanos y creo que muchos, me incluyo, quedamos contentos y orgullosos de escucharlo.
Luego, un par de días después desayuné con él y con su hijo, Jorge Valdés-Iga, en el restaurante del Hotel Calvete donde fuimos atendidos con amabilidad por Erasmo, el mesero estrella del lugar. Los tres despachamos huevitos con machaca y vi que padre e hijo —joven cineasta radicado en Nueva York— se llevaban como si fueran cuates. Allí, gracias a los imprevisibles vericuetos que suele tomar toda conversación, le comenté a Jorge que el estereotipo que teníamos del diplomático era simple: un personaje que se la pasa de recepción en recepción bebiendo buenos vinos. Me respondió: “Eso es una mínima parte del trabajo, es cierto; la otra es una chamba enorme. Cuando fui cónsul en Miami había jornadas en las que debíamos atender a cientos de compatriotas; las colas eran enormes y hasta mis hijos debían ayudar en la organización. Ese es el trabajo diplomático que no se ve. Por eso algunos amigos escritores que probaron suerte en la diplomacia me decían, luego de renunciar, ‘¿A qué hora se puede escribir en este trabajo?’. Yo les contestaba: ‘Pues en la madrugada. A esa hora yo he escrito todo lo que tengo’”.
La madrugada ha sido, pues, el momento en el que el lagunero Valdés-Díaz-Vélez saca de paseo a las musas. Su trabajo en el servicio exterior consume las horas claras del día, lo que torna doblemente meritorio que gane y gane premios por su madrugante brega poética y que ponga con bienvenida frecuencia el nombre de Torreón tan alto.
Jorge Valdés Díaz-Vélez nació en Torreón en 1955. Ha recibido los premios nacionales de Plural (1985), de Poesía Aguascalientes (1998) y el internacional de Poesía Miguel Hernández-Comunidad Valenciana (2007). Entre otros, ha publicado los libros Tiempo fuera (1988-2005), (México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2007), Los Alebrijes (Madrid, Hiperión, 2007) y Otras horas (Quálea, 2010). Como Miembro de Carrera del Servicio Exterior ha servido en las embajadas de México en Argentina, España, Costa Rica y Cuba, y en el Consulado General en la ciudad de Miami.
En cuanto a Mapa mudo, el poemario que ya porta los laureles del premio Hermanos Machado, el jurado destaca “su coherencia formal y temática, la multiplicidad de temas abarcados por estos poemas, la voz personal del autor y la perfección formal de la obra”. Resalta además “la capacidad de pensamiento y de descripción de un mundo, tanto mexicano como europeo”.
No está de más recordar que la primera convocatoria de este certamen fue escuchada por 180 poetas; parte del premio para el poeta lagunero es la impresión de su libro con un tiraje de dos mil ejemplares; según los cables, “aparecerá en la colección de poesía Vandalia de la Fundación José Manuel Lara, y el premio se entregará en un acto oficial, en febrero, en el sevillano Monasterio de Santa Clara, futura sede de la casa de los Poetas, según anunció la delegada de Cultura del Ayuntamiento de Sevilla, Maribel Montaño”. Felicidades, por todo, al amigo Jorge Valdés. Acá lo esperamos de nuevo para que se aviente otra machaquita de la suerte.

Hoy, AMLO en Torreón
Hoy miércoles 12 de enero a las 4 de la tarde estará Andrés Manuel López Obrador en la plaza de armas de Torreón. Se tratará de un acto público, abierto y plural. Por allí nos vemos.

miércoles, diciembre 29, 2010

Geografía de Jorge Valdés Díaz-Vélez



Sin advertirlo, de un modo casi natural, en 2010 he procedido cuatro veces como arqueólogo de nuestra literatura. Lo hice en una mesa sobre Paco Amparán, al desempolvar dos entrevistas de su juventud y La luna y otros testigos, su primer libro de cuentos; lo hice con Gilberto Prado, al exhumar la historia de su Exhumación de la imagen; lo hice hace poco con Saúl Rosales, al recordar sus Vestigios de Eros. Ahora, más o menos de la misma forma, rescato una lejana publicación de poemas de Jorge Valdés Díaz-Vélez.
Ocurrió el domingo 9 de febrero de 1986, hace casi 25 años. Coordinado por Saúl Rosales, el suplemento cultural de La Opinión no podía ser llenado cada semana con colaboraciones locales e inéditas, así que su encargado hizo lo mejor que podía hacerse en esa circunstancia todavía distante del internet: tomar textos de escritores importantes y difundirlos para el conocimiento y el goce del respetable todavía un poco adormilado. Aquel domingo, los laguneros amanecimos pues con un tabloide de lujo (insisto: de lujo si pensamos que para entonces no había nada semejante en el periodismo local): Saúl recordó los aniversarios luctuosos de Cortázar (dos años) y de Sergei Eisenstein (38 años); lo hizo, en el caso del argentino, con el cuento “Queremos tanto a Glenda”, el poema “Una carta de amor” y el ensayito “Del sentimiento de lo fantástico”; en el caso del cineasta ruso, leímos el texto “México en la memoria de Einsestein”, fragmento del libro de memorias que por entonces preparaba Siglo XXI. De las ocho páginas, las centrales fueron para un escritor lagunero que acaso publicaba por primera vez en serio entre nosotros: era Jorge Valdés Díaz-Vélez.
El editor tuvo la cortesía de ofrecer una ficha biográfica para ubicar al joven escritor ante sus paisanos: “Jorge Valdés Díaz-Vélez obtuvo con una colección de poemas a la que pertenecen estos, el premio Plural 1985, de poesía; Jorge Valdés estudió en el colegio Cervantes y en la escuela Carlos Pereyra de Torreón. Es licenciado en psicología. Actualmente es agregado cultural de la embajada mexicana en Cuba. Ha publicado en las revistas Casa de las Américas, Plural, El Caimán Barbudo y La Parda Grulla. En 1984 recibió mención en poesía del mismo premio, con el poemario Voz temporal que será publicado próximamente en La Habana. Los poemas aquí reproducidos fueron tomados de Plural No. 172, enero de 1986”.
Por lo que se ve, en ese momento Valdés Díaz-Vélez no tenía libros publicados. Un cuarto de siglo después, la ficha actualizada del mismo escritor sería aproximadamente ésta: Jorge Valdés Díaz-Vélez nació en Torreón en 1955. Ha recibido los premios nacionales de Plural (1985), de Poesía Aguascalientes (1998) y el internacional de Poesía Miguel Hernández-Comunidad Valenciana (2007). Entre otros, ha publicado los libros Cuerpo cierto (México, El tucán de Virginia, 1995); La puerta giratoria (México, Joaquín Mortíz-Planeta, 1998/ Verdehalago, Colección La Centena, 2006); Jardines sumergidos (México, Colibrí, 2003); Cámara negra (México, Solar Editores, 2005), Nostrum (Arte y Naturaleza, Madrid, 2005); Tiempo fuera (1988-2005), (México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2007), Los Alebrijes (Madrid, Hiperión, 2007) y Otras horas (Quálea, 2010). Como Miembro de Carrera del Servicio Exterior ha servido en las embajadas de México en Argentina, España, Costa Rica y Cuba, y en el Consulado General en la ciudad de Miami. En la Secretaría de Relaciones Exteriores ha sido Director de Difusión Cultural, y Director de Convenios y Programas.
Ahora bien, ¿qué publicó aquel suplemento? En las dos páginas del tabloide cupieron ocho poemas, seis fotogramas de ¡Qué viva México! de Eisenstein y una foto del autor, además de la ficha ya citada. Si pensamos que Tiempo fuera (1988-2005) (UNAM, 2007) es el título antológico más importante de este autor, se puede afirmar entonces que de los poemas publicados en La Opinión hacia el 86 han sobrevivido dos en el libro de la Universidad: “Cardenche” y “Contra el paisaje”. En ambos casos, los poemas acusan leves modificaciones: dos o tres versos son encabalgados de manera distinta, se añade un par de palabras, se “bajan” algunas mayúsculas y se elimina un adjetivo. Esos escasos retoques permiten apreciar que en general el autor de cincuenta y pocos años está conforme con el trabajo del poeta que fue a los veititantos. En esos dos poemas apenas hay un tenue acercamiento correctivo, una especie de palmada en la espalda de aquel joven que ya hacía bien su trabajo y sólo necesita un leve enderezamiento.
En esos poemas iniciales se nota ya lo que reaparece con fijeza de petroglifo en la obra ulterior de Valdés Díaz-Vélez. Es la suya una poesía tercamente sensorial en la que, creo, reina la captación de dos sentidos: el visual y el táctil. Ya desde sus prometedores comienzos, el poeta lagunero ve con asombro los colores del mundo, los paisajes, la maravilla de los horizontes. Su percepción paisajística, empero, no es cuadro de Velasco en palabras, sino pretexto para dialogar consigo mismo, atajo hacia la introspección (“Casi nocturno): “Entre los pinos y el mar / elijo un pensamiento”. En los seis poemas del conjunto publicados por Plural y luego retomados en La Opinión, Valdés Díaz-Vélez se coloca pues como vigía, como explorador de territorios íntimos (“Trayecto de la permanencia”): “Desde el puente, mi voz resuena en ecos. / Los muertos de mi casa esperan / la señal de un faro, al borde de mi mesa”. O (“Cantos del alba”): “Mira la aurora / reptar sobre la teja / similar al ocaso que anticipa”.
Por otro lado, no parece casual que las manos, los dedos, la piel, los párpados y sus afines (el cuerpo en suma) aparezcan en los seis poemas inaugurales de Jorge Valdés; también aquí, como en el caso de la visión paisajística, la posibilidad de tocar es más bien una posibilidad de conocer, de conocerse. De hecho, es muy frecuente en estos poemas la derivación de las metáforas hacia imágenes geográficas o paisajísticas de lo íntimo (“Aguas territoriales”): “Desembarco en el sur de tu garganta / oceánico lindero del espacio”. O en “Cenit”: “Idéntica a mi mano. / La luz traza un vientre de heliotropos / y absorbe convertida en luz, ceniza blanca / donde oficia su pulso entre humedades / la repetición del mar al mediodía”.
La presencia de Jorge Valdés Díaz-Vélez en La Laguna ha sido esporádica debido a su trabajo en el Servicio Exterior de nuestro país. Lamentablemente no hemos sido justos con él, con su trabajo literario y profesional, sin duda un ejemplo para todos, sobre todo para los jóvenes con deseos de roce literario foráneo. Los poemas publicados por Saúl en 1986, alguna presentación de cuerpo presente en el Museo Regional, el diálogo con Gilberto Prado y alguna triste columnita mía han sido los únicos conatos de reconocimiento. Es momento de hacerle justicia, de difundir su trabajo entre los suyos, es decir, entre nosotros. Que sirva esta mesa para comenzar el aplauso que le adeudamos.
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Comarca Lagunera, 28, diciembre y 2010

domingo, diciembre 26, 2010

Rockdrigo sesentón



Si Rockdrigo viviera, hoy sábado tendría sesenta años. Quizá sería un ruco cabrón y alivianado, acaso sumaría más discos que Vicente Fernández y tal vez tendría mucha lana, más de la que nunca soñó ningún rockero mexicano. Digo “quizá”, “acaso” y “tal vez” para subrayar la condición hipotética de un futuro que quedó cancelado el 19 de septiembre de 1985, la mañana del terremoto que entre otra de sus víctimas tuvo al gran compositor y cantante tamaulipeco nacido el 25 de diciembre de 1950. Hoy, pues, el gran Profeta del Nopal sería un sesentón abrumado por el éxito, aunque sobre esto no podemos especular nada pues cuántos casos hay de genialidad que se oxida con el paso del tiempo y se burocratiza con mecanismos de creación cada vez menos sorpresivos.
Le pongo play a la memoria y me queda claro que supe de Rockdrigo indirectamente, es decir, cantado por otro en una reunión de amigos celebrada entre el 86 y el 87, poco más o menos. Mi embajador de Rockdrigo en Torreón fue Javier Prado Galán, quien por entonces se formaba como jesuita en Guadalajara o en México y venía en sus vacaciones, como hasta ahora, a La Laguna. Ya aquí, su hermano Gilberto lo convidaba a nuestras reuniones literarias, que más bien eran etílicas. En una, Javier tomó la guitarra y comenzó a cantar rockecitos extraños. Dijo que eran de un tal Rodrigo González, y despachó varios. Pese a su situación presacerdotal, Javier se aventó letras como el “Rock del Ete”, “Asalto chido” y “Oh yo no sé”; quedé deslumbrado por algo que desde entonces vengo sosteniendo: si hay alguien que ha captado la mexicanidad para convertirla en rock y blues, ese es Rockdrigo. Había algo en sus letras que conciliaba con frescura y originalidad la tragicomedia mexicana, una mezcla de Chava Flores, el Piporro, Cuco Sánchez y Agustín Lara con dosis tal vez involuntarias de López Velarde y Efraín Huerta mezcladas asimismo con Palillo y la familia Burrón. En las composiciones de Rockdrigo noté vuelo lírico, humor, fatalismo, solidaridad, arrebato, chingaqueditez, picardía y hondura existencial. Era como un crisol, la síntesis de algo que por heterogéneo y revuelto se tornaba difícil de definir, pero que irregateablemente estaba allí, con todo su brillo a merced de nuestras orejas.
No sé cómo (creo que gracias a Miguel Teja Aranzábal) conseguí las primeras grabaciones de Rockdrigo, esos casetes rupestres y espesos de aciertos mal grabados. Luego, pasados muchos años, alguien me regaló un disco compacto con los mismos tracks; los escuchaba de vez en vez, cada tanto, yo que no soy melómano y tengo gustos musicales que caben en los dedos de una mano. Ese disco lo regalé hace como cinco años, y también es anécdota: daba yo un taller literario en el Cereso de Torreón y no sé por qué motivo en cierta charla surgió el nombre de Rockdrigo. Al finalizar la sesión, un recluso me abordó con timidez, con el miedo habitual de la gente sencilla frente a lo que supone cultivado. Me dijo que le encantaban las canciones de Rockdrigo, pero que no tenía nada qué oírle. Unos días después le llevé mi disco y no hay duda de que en su rostro vi alegría.
El 26 de mayo pasado volví a Rockdrigo con fuerza pues debí preparar una charlita programada en el Icocult dentro del Festival llamado Rockoahuila 2010. A ella asistió Adolfo Calderón Sánchez, enciclopedia viviente de rock, tal vez quien más sabe de esto en La Laguna. Al final de mi comunicación me ofreció un libro en préstamo; su título es Rockdrigo González (Conaculta-Pentagrama, 2004, 247 pp.), y me he sentido muy afortunado al leerlo morosamente desde mayo a la fecha. Es un gran libro, tanto que he dudado mucho en regresarlo. Me da gusto haber comprobado en él que mis ideas sobre el compositor y cantante de Tampico no son nada originales, que todos o al menos muchos ya pensaron lo mismo o algo parecido a lo que pensé por mi pobre cuenta. Finalmente, son harto visibles los talentos de Rockdrigo, así que un poco de detenimiento permite que saquemos conclusiones análogas.
Rockdrigo González, el libro, aspira a ser totalizante. Textos de y sobre el compositor, poemas sueltos, cuentos sueltos, fotos y un pequeño apartado con letras y partituras. Lo debemos en general, como lo observa Modesto López en la primera página, a Gonzalo Rodríguez, amigo de Rockdrigo que rescató de los escombros (decir “escombros” es literal) buena parte del material aquí ordenado. Sin demeritar el valor testimonial del conjunto, hay partes más estimables que otras. La de menor calidad formal (lo destaca José Agustín) es, asombrosamente, la que guarda los poemas. Es notable cómo las letras de canciones dan la impresión de ser poemas cuando tienen música y los poemas desnudos parecen, de tan arrítmicos, prosa destazada. Basta un ejemplo (es el poema 9, sin título; las diagonales separan, claro, los “versos” de la edición original, pero podríamos omitirlas y lo que queda es mala prosa): “Escucha a Lou Reed, / ¡puta!, cómo le vale madre, / su garganta no tiene compromiso con las escuelas / y ese (sic, pues le falta la preposición “a”) requinto no le interesa soñar / ni dialogar con nadie”. Más allá, pues, de lo testimonial, los poemas son formal y asombrosamente malos, tanto que ni siquiera se dejan sentir como poesía.
No se puede opinar lo mismo de los cuentos (algunos muy meritorios), los “escritos” (que son estampas de prosa poética) y los artículos del Profeta. En el último caso, allí donde tira choros que aspiran a señalar la dirección de su arte, Rockdrigo parece un neoestridentista, un alucinado de la loca vanguardia que él encabezó junto a otros dos o tres pirados (un ejemplo es la “Introducción”).
Una sección inapreciable es la titulada “Reportajes y entrevistas” (en rigor, algunos son artículos, no reportajes). La lista de quienes opinan o entrevistan a Rodrigo no deja dudas acerca del prestigio que en mil novecientos ochenta y tantos comenzaba a cobrar su nombre entre los críticos José Agustín, Roberto Ponce, Víctor Roura, Mauricio Ciechanower, Mireya Escalante, Armando Vega-Gil, César Güemes y varios más.
Cierro con una afirmación formulada por José Agustín en 1983; es, digamos, lo que pienso desde que oí a Javier Prado cantando piezas del tampiqueño hoy sesentón y más vivo que nunca, según se ve por los homenajes y los clubes de fans underground que sigue engendrando: “… con las letras de Rockdrigo (inteligentes, maliciosas, provocativas, poéticas) se puede afirmar que el español-mexicano es perfectamente idóneo para el rock. Quienquiera que haya presenciado los esfuerzos para que esto se lograra, ya que es esencial para el desarrollo de un verdadero rock mexicano, tendrá una idea de lo que significa”.

Este 28, poesía de Jorge Valdés en el Arocena
El Museo Arocena invita a la charla sobre la poesía de Jorge Valdés Díaz-Vélez, con la participación del autor, Saúl Rosales y yo. La cita es este 28 de diciembre a las doce horas en el auditorio del Museo. Jorge Valdés Díaz-Vélez nació en Torreón en 1955. Ha recibido los premios nacionales de Plural (1985), de Poesía Aguascalientes (1998) y el internacional de Poesía Miguel Hernández-Comunidad Valenciana (2007). Entre otros, ha publicado los libros Cuerpo cierto (México, El tucán de Virginia, 1995); La puerta giratoria (México, Joaquín Mortíz-Planeta, 1998/ Verdehalago, Colección La Centena, 2006); Jardines sumergidos (México, Colibrí, 2003); Cámara negra (México, Solar Editores, 2005), Nostrum (Arte y Naturaleza, Madrid, 2005); Tiempo fuera (1988-2005), (México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2007) y Los Alebrijes (Madrid, Hiperión, 2007). Como Miembro de Carrera del Servicio Exterior ha servido en las embajadas de México en Argentina, España, Costa Rica y Cuba, y en el Consulado General en la ciudad estadounidense de Miami, Florida. En la Secretaría de Relaciones Exteriores ha sido Director de Difusión Cultural, y Director de Convenios y Programas.

domingo, octubre 03, 2010

Exhumación de un poemario



Hace un par de meses recibí un mail del escritor Armando Oviedo; me pedía una colaboración para un número especial de Arteletra, revista de literatura que dedicaría todas sus páginas a reflexionar sobre la vida y la obra de Gilberto Prado Galán a propósito de su cincuenta aniversario. La idea era armar la publicación sin decir nada al homenajeado y por sorpresa entregarle los ejemplares en la cena de su cumpleaños, lo que ocurrió el pasado lunes 20 de septiembre en el DF. Allí estuve, acompañado a Gilberto y sumado a la festiva nómina de colaboradores —Alejandro González Acosta, Ignacio Trejo Fuentes, Jorge Valdés Díaz Vélez, Joseba Buj, Javier Prado, entre otros— que elogian su trayectoria literaria. El texto que preparé lleva como título completo (el PDF con toda la revista puede ser solicitado a mi mail: rutanortelaguna@yahoo.com.mx):

Exhumación de un poemario:
el primero libro de Gilberto Prado Galán

Jaime Muñoz Vargas

Conozco a Gilberto Prado Galán (Torreón, Coahuila, 20 de septiembre de 1960) desde agosto de 1982. Recuerdo el mes y hasta el día, un 9, porque en aquel momento entré al primer semestre de la carrera de comunicación en el ya extinto Instituto Superior de Ciencia y Tecnología A.C., mejor conocido como Iscytac. Aunque físicamente no lo parecía, ese instituto tenía rango de universidad y ofrecía cinco carreras a toda la Comarca Lagunera: diseño gráfico, arquitectura, ingeniería civil, psicología y comunicación; su campus (por llamarlo de algún modo) estaba en la colonia Bellavista, de Gómez Palacio, al lado del lasallista Instituto Francés de La Laguna. Gilberto estaba en séptimo semestre de psicología cuando comencé a estudiar mi licenciatura, pero como la infraestructura de la escuela era notablemente modesta todos nos topábamos con todos. En aquellos días vi pues, sin tratarlo todavía, a Gilberto. No fue difícil ubicarlo ya que en su salón sólo él y otro compañero se sumaban a un grupo mayoritario de mujeres. En los pasillos del Iscytac, en su austera cafetería, en sus escasas bancas de descanso, Gilberto aparecía muchas veces acompañado por Jorge Rodríguez Pardo, su único condiscípulo.
La apariencia del Gilberto estudiante era muy simple y se mantiene igual hasta la fecha: camisa de vestir de manga larga, pantalón de mezclilla sin cinturón y zapatos negros. Lucía entonces una mata abundante de pelo crespo, look que podría seguir usando pues jamás ha perdido ni perderá población capilar. No tenía coche, viajaba en los feos camiones urbanos de La Laguna y a todos lados cargaba con un libro. En nuestras feroces temporadas de calorón, la clara tez del poeta enrojecía como si fuera la de un nórdico.
Creo que pasó un año antes de que trabáramos alguna conversación. En mi segundo semestre —y octavo de Gilberto— varios jóvenes alumnos habíamos aprovechado la oportunidad de publicar en el suplemento cultural del periódico La Opinión gracias a que Saúl Rosales, maestro del Iscytac, era editor de aquellas páginas. Cada cual por su cuenta, Gilberto y yo nos acercamos a Rosales y le ofrecimos textos. Él poesía y breves ensayos; yo mis primeros rounds de sombra con el cuento y algo de poesía hoy sonrojante. Poco después, otra vez cada cual por su cuenta, le dijimos a Rosales que si formábamos una especie de taller literario. Fue así como en 1984, convocados por el asediado Saúl Rosales, celebramos la primera reunión del grupo que denominamos Botella al mar; esa primera sesión, y muchas otras ulteriores, ocurrió en la casa de Enrique Lomas Urista, en la calle Galeana, entre Juárez e Hidalgo, de Torreón. Asistimos los que formaríamos la base del grupo: Saúl, Gilberto, Enrique y yo. Luego se sumaría Pablo Arredondo, de suerte que el Botella al mar tuvo en esencia cinco miembros fijos y un cuantioso número de fugaces transeúntes.
Creo que la madurez literaria de Gilberto fue evidente para todos. Si no, lo fue muchísimo para mí. Yo había leído sus primeros poemas y acercamientos críticos en las páginas de La Opinión, y me bastó escucharlo en las sesiones del taller para considerarlo el más dotado escritor de nuestra generación y de nuestro entorno. Gilberto escribía bien, demasiado bien, desde que comenzó a publicar. Sus poemas eran algo herméticos para los lectores de a pie, pero de inmediato se notaba que detrás de los versos se agazapaba un joven con genio. Cada poema irradiaba riqueza metafórica, música, hondura reflexiva y una cierta entonación que hacía pensar en un artífice cargado de experiencia intelectual, de lecturas. Y sí, Gilberto era a sus 22 o 23 años un escritor que había leído poesía —a López Velarde, a Cuesta, a Villaurrutia, a Paz, a Gorostiza, a Neruda, a los clásicos del Siglo de Oro y muchos más— y a eso sumaba un océano de obras filosóficas: Aristóteles, Platón, San Agustín, Kant, Hegel, Descartes, Kikergaard, Unamuno, Ortega, Wittgenstein, y por sus estudios profesionales a Freud, Skinner, Reich, Sacher-Masoch. Gilberto tenía dos capacidades envidiables para los que habíamos decidido vivir de y con las palabras: leía como loco y lo memorizaba todo. En efecto, era una bodega de información, de citas, de referencias, todas precisas y muchas veces apabullantemente textuales, como si las hubiera grabado en una computadora. En la bodega almacenaba la materia prima que combinaba con su labor de fábrica: poemas y poemas, largos y bellos poemas además de sesudos asedios ensayísticos salían de su Remington y a varios nos dejaba boquiabiertos. Rarísimo pues era aquel Gilberto: en las reuniones del Botella al mar, entre cerveza y ginebra, reía, bromeaba, jugaba con las palabras, colocaba apodos, hacía excelentes imitaciones, lanzaba sarcasmos, citaba canciones de ídolos populacheros y al mismo tiempo mostraba textos de una precocidad que jamás he vuelto ver. Fue por ello, para mí, el paradigma de escritor dotado, un ejemplo de lo que era combinar la soltura y el humor en el trato oral con la belleza y la densidad intelectual de la palabra escrita. La mixtura de gracia e inteligencia se notaba en las reuniones; junto a un poema perfecto ofrecido a la ponderación de sus compañeros, Gilberto instalaba, en la charla espontánea, juegos de palabras que también trasudaban una malicia endiablada. Recuerdo algunos de sus malabares burlones: alguien dijo que la horrible música de órgano Yamaha a veces servía para amenizar bodas y que el máximo usuario de ese instrumento era Juan Torres; Gilberto de inmediato lo rebautizó: Juan Torres Bodet. Cuando platicábamos del pelotazo que un futbolista recibió en los bajos, nuestro poeta acuñó un luminoso calambur: “Le pegaron en calva sea la parte”. A un amigo apellidado Guerra Estrella lo renombró Star Wars. De un sujeto resentido con no sé quién dijo que “tenía un odio serval” (con “s” de siervo, esto para aprovechar la casi homofonía del lugar común “miedo cerval”). A un tipo le dieron un puntapié en el trasero y Gilberto retruecaneó que le pegaron en “el ojo del rabillo”. Estas chispas de ingenio hay que multiplicarlas por cientos, y eran apenas la manifestación satírica de una mente en permanente lucha con y contra las palabras, lo que hoy es ostensible en su Amazonas de palíndromos. Lo asombroso es, insisto, la manera como amalgamaba los ratos de jocosidad con su infatigable búsqueda de sentido en la poesía y en la “filos”, como apocopaba a la filosofía.
Recién titulado de psicólogo, sin una economía desahogada, ejerció en un consultorio por un breve periodo; creo que no era lo suyo. Fue entonces cuando aceleró su pesquisa de espacios para trabajar como maestro. Peregrinó por numerosas escuelas, por prepas de refugiados (reía de sí mismo por haber dado clases en la Pedro de Gante, institución donde los alumnos quemaban mota hasta en las aulas), por universidades fantasma y, ya fogueado, en universidades serias. Con los recursos pepenados en el trajín docente, Gilberto fue uno de los principales auspiciadores de la fiesta; de natural desprendido, no reparaba en gastos cuando de cafetear, comer o beber se trataba. Tal fue su vida entre los 23 y los 28 o poco más: dar muchas clases, leer en su casa de Oyemel y Lirios de Torreón Jardín y verse todos los días con los cuates de literatura en el café o en las siempre venturosamente abundantes cantinas de Torreón. Los sábados eran sagrados para nosotros: ese día nos reuníamos desde las cinco hasta la una o dos de la madrugada, bebíamos, compartíamos lo escrito y lo leído y nos solazábamos con la chismografía del mundillo literario local y nacional. En esas sesiones Gilberto destacaba en todo: como creador, como crítico y como sabroso comentarista de nuestra picaresca cultural. Además, como destacado proveedor de los elíxires que escanciábamos para que las reuniones no perdieran jiribilla.
Previsiblemente, Gilberto fue el primero en organizar materiales para un libro. Por desgracia, Torreón pasaba por una situación editorial penosa. Ni las universidades, ni los centros culturales ni las instancias de gobierno impulsaban proyectos de publicación. Fue por eso que Gilberto decidió orientar recursos obtenidos con su trabajo y pagar una edición de autor. En aquel tiempo nos veíamos casi a diario, así que, como testigo privilegiado, varias veces lo acompañé a una imprenta (hoy llamada Río Nazas) ubicada en la avenida Hidalgo, entre las calles Mariano López Ortiz y Niños Héroes, para recoger galeras o llevarlas ya tupidas de enmiendas. Recuerdo que aquella fue la única vez que vi un linotipo, máquina que entonces ya había recibido la puñalada de muerte asestada por las computadoras.
Gilberto y yo no sabíamos editar ni folletos, así que el poemario Exhumación de la imagen apareció sin página legal, sin colofón y casi sin portadilla. De milagro sabemos la fecha aproximada de su salida gracias a que el prólogo de Saúl Rosales termina con un “Torreón, Coah., noviembre de 1985”. Rosales, como dije hace algunos párrafos, era nuestro mánager, la figura que nos convocaba y nos daba seguridad para crecer, así que sus palabras liminares eran un imprescindible espaldarazo al joven poeta. El libro de 65 páginas tenía en su tapa un dibujo de Cesáreo Aguilera y en la cuarta una foto de Gilberto en clave mística y una ficha biográfica que a falta de mayor currículum apeló a una cita del autor (“Situado al pie de la montaña, debo reconocer que apenas inicio la avanzada en el dificultoso alpinismo de la poesía”), otra del prologuista y los nombres de quienes configuraban el grupo literario Botella al mar, fueran o no miembros de planta. La dedicatoria fue plural: a su padre fallecido hacía doce años, a su madre (nuestra querida doña Licha), a sus hermanos y a sus amigos (los “náufragos terrestres”) del Botella al mar.
En el prólogo, Rosales Carrillo destacó la solvencia literaria de Gilberto; resaltó que en sus poemas “hay riqueza metafórica que opera en el ánimo de sus lectores como sucesión de luces. Ostentan también la revigorización del sustantivo y el redescubrimiento de las posibilidades de la adjetivación aprendida en un maestro de ella, en Ramón López Velarde”. Luego, un rasgo caro en el hacer del joven escritor: “La fe de Gilberto Prado Galán en la palabra poética es tan grande como el recipiente de la imaginación”. En el cierre de su acercamiento, el prologuista observó que Gilberto “es exhumador de imágenes, de evocaciones que provocan evocaciones que provocan evocaciones y así ilimitadamente porque la imaginación del poeta no tiene linderos”.
Las palabras de Saúl Rosales subrayaron desde ese primer libro las virtudes de un escritor lagunero que unos años después conquistó, casi de la nada y con las solas armas de su razón, sin relaciones, sin internet, con su pura fe en la palabra, los premios más importantes del país en el género de ensayo (como el Lya Kostakowsky que dictaminaron Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes y Eduardo Galeano). Alguien opinará que entre la poesía y el ensayo hay un abismo; es cierto en muchos casos, pero lo asombroso es que Gilberto logró hermanar la crítica con una prosa en registro tercamente poético, el mismo registro que reverbera en Exhumación de la imagen.
El primer libro de Gilberto fue además el primer libro del Botella al mar. Como empezábamos en el oficio, todos nos sentimos orgullosos con el logro, lo compartimos y lo festejamos. Contra lo que podamos calcular cuando ha pasado un cuarto de siglo de aquel brote inaugural, no se trataba de un trabajo inmaduro. Quizá podamos decir de algunos pocos poemas que en efecto delatan la edad de su creador, su estatus de artista en formación; la mayoría, sin embargo, enseña un temple sorprendente, una garra de escritor ya hecho. Gilberto tenía apenas 22 o 23 años cuando armó su Exhumación… Eso no le impidió escribir con una belleza y una penetración literalmente inéditas en La Laguna. Debido a su condición de libro marginal, Exhumación… es el libro menos conocido de Gilberto y creo que habita en él no el boceto de lo que luego albergarían otros libros de su cosecha, sino la evidencia incontestable de que su autor había nacido al mundo editorial con filo de katana.
Fue compuesto en tres partes: “Primer recuento amoroso”, “Libertad sin brazos” y “Tres poemas no agrupados”. En la primera aparecen trece poemas donde el autor explora su todavía breve pero ya significativa experiencia afectiva; la segunda propone ocho piezas de corte reflexivo y cuestionador, y, la última, tres largos y poderosos poemas donde el poeta, un joven muy adelantado, se descara como propietario de las herramientas verbales, conceptuales y sonoras óptimas para realizar un peritaje a sus vivencias más entrañables, las vinculadas a la muerte y a su condición de hombre frente a los espinosos enigmas de la vida.
No quiero parecer exagerado ni profeta a destiempo, pero desde aquellos primeros frutos del talento y la vocación, con mis modestas luces de joven condiscípulo, sabía que en el porvenir de Gilberto estaban ya dispuestos, en este orden, muchas obras importantes y reconocimiento. Ahora, cuando ha llegado a los cincuenta y su Exhumación… a los 25, lo felicito y me felicito por haber cultivado su lúcida y generosa amistad.
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Comarca Lagunera, 27, agosto y 2010

jueves, enero 15, 2009

Recomendaciones para 2009



El domingo pasado aparecieron los siguientes párrafos de mi cosecha en el suplemento cultural de Peñoles que encarta El Siglo de Torreón:

Recomendaciones bibliográficas laguneras para el 2009

Dada la abundante producción de los escritores laguneros, mis cinco recomendaciones literarias para el 2009 en realidad no agotan las obras de los autores laguneros que caben en una propuesta de esta índole. Me ciño, pues, a la solicitud de hacer cinco breves recomendaciones, pero al final añado una lista de libros que podemos añadir a la valija. Advierto que la mayoría de los libros puede ser localizada en La Laguna sin gran dificultad.

Iniciación en el relámpago. Novela de Saúl Rosales Carrillo publicada por la Universidad Juárez del Estado de Durango. Toda la experiencia literaria de un narrador maestro está puesta al servicio de un amplio relato sobre el trabajo infantil. El autor cuenta la historia de un muchacho que a los once años entra al mundo de los adultos como trabajador de una imprenta. Allí permanece hasta los dieciocho, arrinconado en su vida de asalariado y acosado por las circunstancias del trabajo y del amor. La novela entrama con las obscenidades del mundo adulto y hace un homenaje diverso al trabajo, al radio, a las canciones populares y a una máquina de imprenta llamada linotipo, todo con una prosa cromática y sentenciosa, ajustada a una estructura de tiempos interpolados. Iniciación en el relámpago puede ser hallada en las librerías del Museo Arocena y del Teatro Isauro Martínez-FCE.

Partitura para mujer muerta. Primera novela de Vicente Alfonso, quien además del periodismo y la literatura ha trajinado en el mundo de la música. Una habilidosa combinación de esos tres quehaceres devino texto policiaco trabado con destreza en todos sus detalles. Elogiada por lectores de peso pesado como Federico Campbell, Vicente Leñero, Juan Villoro y Orlando Ortiz, Partitura… ganó el Premio Nacional de Novela Policiaca y fue publicada por Mondadori, uno de los sellos editoriales de mayor prestigio en el mundo. Este libro puede ser adquirido en la mayoría de las librerías laguneras.

Miel de maple. A fines de los noventa Miguel Báez Durán concluyó sus estudios profesionales en la UIA Laguna; poco después viajó a Calgary, Canadá, para hacer una maestría en letras. El lapso que pasó allá le dio las temáticas que luego hicieron posible Miel de maple, libro de cuentos muy bien bordados y de prosa viva y punzante. En todas las piezas late el azoro de algún personaje mexicano metido en una cultura ajena y perfeccionista, gélida y poco dada a la picaresca azteca. Lo anterior, sumado en cada historia, hace de Miel de maple un libro que regocija y pone en evidencia la poderosa capacidad narrativa de este autor lagunero que actualmente radica en Montreal. Los interesados pueden buscar la obra en la librería de la Coordinación de la UAdeC Unidad Torreón, ubicada en bulevar Revolución esquina con Comonfort, y en la librería Punto y aparte, en Morelos y Colón.

Tiempo fuera. Publicado por la UNAM, este poemario recorre la producción poética de Jorge Valdés Díaz-Vélez. Editada con aseado rigor, esta obra es una especie de revisión y anuncio de lo que todavía está por venir en la creación de Valdés Díaz-Vélez: recoge libros como Aguas territoriales, Cuerpo cierto, La puerta giratoria (premio nacional de poesía Aguascalientes 1998), Jardines sumergidos, Cámara negra y Poemas para un libro futuro. El autor, nacido en Torreón hacia 1955, es miembro de carrera del Servicio Exterior Mexicano y por su obra, compendiada en Tiempo fuera, ha recibido numerosos reconocimientos tanto en México como en España. Este poemario es de fácil localización en librerías del DF.

Fragmentos del asombro. Escrito por Gilberto Prado Galán, se trata de una compilación de ensayos en la que converge el temple expositivo, la erudición y la buena prosa. Sin duda se trata de un libro estimable, dado que nos acerca al asombro de lo inmediato con gozosa inteligencia. Como ya lo reseñé hace meses, me reitero: Fragmentos… toma como pretexto varios temas para acercarse al eje temático del libro: en todos los casos late el asombro, la sorpresa que asalta al escritor luego de leer una noticia, un libro, luego de columbrar un recuerdo, el pliegue de una determinada realidad social o íntima. Este racimo de ensayos, publicados por el Conaculta y Ediciones sin Nombre, puede ser adquirido en las librerías de la red Educal.

OTROS LIBROS RECOMENDABLES: La biblia vaquera, de Carlos Velázquez; Ya no hay trenes, de Rosario Ramos; El círculo de Eranos, de Carlos Reyes; Imaginario de voces, de Julio César Félix; Sombras otoñales, de Dolores Díaz Rivera; Algunas hojas, de Gerardo de Jesús Monroy y Una costilla de la noche, de Daniel Lomas.