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sábado, enero 13, 2024

Dos Vientos del Pueblo más











 











En las pasadas vacaciones de fin de año fui un par de veces a la librería Educal de Torreón, sucursal que es parte de la numerosa cadena de librerías paraestatales del gobierno federal. Está, como sabe cualquier lector lagunero, en el Museo Arocena por el acceso de la calle Cepeda, no por el de la Juárez. Allí, en compañía de ese lector irrefrenable que es Gerardo García Muñoz, cuya visita a su tierra obedece al contacto familiar pero también tiene siempre un costado bibliográfico, compramos cada cual varios libros y luego pasamos a conversar en el restaurante aledaño que es parte del mismo Museo. Hay pues allí un tándem perfecto para los biblioadictos: libros y café.

En una de las incursiones pesqué dos títulos más de la Colección Vientos del Pueblo coordinada por Luis Arturo Salmerón en el Fondo de Cultura Económica. No sé cuántos sumo ahora, pero son muchos del ya abundante catálogo de esa serie caracterizada por sus altos tirajes, la brevedad de sus ejemplares y su bajo precio. Los que adquirí no pueden ser dos cuadernillos más distintos, lo que de rebote da idea de la heterogeneidad de mis intereses: Gustavo A. Madero (México, 2019) y La cancha. Dónde los invisibles todavía pueden hacerse visibles (México, 2023) de, respectivamente, Ignacio Solares (Ciudad Juárez, 1945-Ciudad de México, 2023) y Eduardo Galeano (Montevideo, 1940-2015).

Dada su corta cantidad de páginas, rasgo que los hace ser plaquettes, opúsculos o cuadernillos más que libros, los leí en dos ratos de distinto día, ambos en su correspondiente sentada. No quiero posponer un énfasis, quizá el que debería ser más subrayado: sus precios; el de Solares, once pesos; el de Galeano, quince. Por supuesto, estas módicas cantidades tienen la intención de echar por tierra una de las excusas más esgrimidas para no leer: que los libros son muy caros. Con esta colección se desbaratan pues dos pretextos de un solo tirón: el económico y, de paso, el de la falta de tiempo para leer, pues casi cualquiera tiene poco más de diez pesos libres y asimismo media hora disponible.

No me equivoqué al escoger los dos títulos que motivan este apunte: Gustavo A. Madero es un ensayo biográfico; aborda, claro, la figura del hermano del presidente asesinado tras el golpe de Estado que terminó en la usurpación de Victoriano Huerta. Con pasión apenas disimulada y para mí justa, el escritor chihuahuense, por cierto especialista en el periodo revolucionario, describe la personalidad de Gustavo Adolfo Madero y la generosa cercanía que, pese a cualquier amenaza, mostró frente a las turbulencias políticas padecidas por Francisco I. Tal relación tuvo, como sabemos, uno de los desenlaces más cruentos en la historia de México, el de la Decena Trágica en el que Gustavo A. padeció la muerte más sádica y miserable de aquel instante bárbaro. El opúsculo aduna como complemento varias imágenes de la Fototeca Nacional.

La cancha… de Galeano acoge cinco piezas extraídas de Cerrado por fútbol, uno de sus dos libros sobre este deporte (el otro es el más famoso título latinoamericano relacionado con tal tema: El fútbol a sol y sombra, también con tilde en la “ú” de la palabra que nosotros pronunciamos “futbol”). Es a veces complicado definir el género de la escritura dejada por Galeano; para no fallar puedo decir que es una mixtura de ensayo, artículo, crónica, memoria y relato. La prosa del uruguayo es muy peculiar, inconfundible, infatigablemente ocupada en mostrar la irracionalidad del poder y la necesidad de la belleza y la solidaridad, entre otras urgencias. La plaquette añade el aderezo gráfico del ilustrador Ricardo Peláez, homónimo del goleador necaxista.

Reitero pues que no hay excusa para eludir estas publicaciones buenas, bonitas y baratas, como plantea un añejo pregón publicitario.

sábado, abril 22, 2023

Libros asequibles












 

“Asequible” es un adjetivo muy útil. El diccionario académico le dedica una definición que no tiene pierde, por clara y sintética: “Que puede conseguirse o alcanzarse”. Nada más, con eso basta. La uso en el título de esta entrega porque creo que, contra lo que se piensa, el libro sigue siendo uno de los objetos más asequibles del mercado, tan fácil de conseguirse o alcanzarse que cualquiera puede hoy soñar con una biblioteca de crecimiento rápido. Aquí excluyo las copias y los PDF (se recomienda no pluralizar las siglas o iniciales, o sea, no decir PDFs u ONGs), ya que acusan otro tipo de distribución e incluso suponen otra actitud lectora.

Los libros-libros, por decirlo así, esos objetos ergonómicos, concretos, silenciosos e inmejorables como invento desde que alguien hace muchos siglos decidió cortar el papel en hojas y pegarlas de un lado para crear lo que hoy llamamos “lomo”, son también asequibles, y más allá de cualquier limitación económica, quien sea puede conseguirlos si además de un poco de dinero tiene algo de voluntad para buscarlos y después, si es posible, leerlos. Por supuesto que si el presupuesto es mínimo no podrán alcanzarse fácilmente los bombazos editoriales del momento o los libros de cierto lujo, digamos de 400 pesos o más, pero sí todos aquellos, que abundan, ubicados por debajo, y a veces muy por debajo, de la franja de los 100 pesos, incluidos los títulos de autores clásicos. Las librerías de viejo son un buen ejemplo de lo que señalo, ya que constituyen reductos en los que el bajo precio por lo regular no corresponde con la alta calidad de las obras exhibidas.

Por estas fechas cercanas al Día del Libro, además, no es infrecuente que las librerías se pongan de modo y descuenten notablemente sus existencias. En la capital del país hay incluso un proyecto anual con un nombre explícito: “Remate de libros”. Algo parecido, aunque en pequeño, de las dimensiones que admite el tamaño de nuestra región, organizó el Museo Arocena en 2022, y funcionó como imán de lectores. Este año ha reiterado la convocatoria cuyo nombre es “Libros con descuento”, y hoy sábado 22 reunirá a varias instancias públicas y privadas vinculadas al trabajo con el libro.

La idea, como indica el título de la actividad, es que los libros puestos a la vista del cliente potencial sean vendidos, todos, con un descuento más que significativo, tan grande como sea posible, de modo que el público entre, compre y salga de allí con volúmenes en la mano. Participarán la Ibero Torreón por medio de su Centro de Difusión Editorial, Educal-FCE, el Archivo Municipal de Torreón, la Librería El Astillero, El Instituto Municipal de Arte y Cultura de Torreón, La Tinta Cafebrería, la Universidad Autónoma de Nuevo León y la institución convocante y anfitriona, el Museo Arocena.

Ya el año pasado, como digo, participamos en la primera edición de esta propuesta bibliográfica y tuvo una afluencia importante que este sábado, esperemos, mejore.

Como participante a nombre de la Ibero Torreón y al mismo tiempo comprador de libros, puedo asegurar que en 2022 me llevé varios títulos a precios que en otro momento es difícil conseguir. Por eso digo: si uno busca, asiste a estas oportunidades y rastrea oportunidades, se derrumba el pretexto de que el libro es caro. Los esperamos pues hoy sábado de las 12 a las 6 pm en el lobby del Museo Arocena. Por allí nos saludamos y compartimos recomendaciones de libros, sin duda, asequibles.


sábado, diciembre 18, 2021

Prosas leprosas o el oficio de buscar




















Los caminos de la literatura son inescrutables. Sí, lo son siempre y para todo lo vinculado al quehacer de la escritura. Lo que dijo, pues, Cioran, sobre el misterioso destino de los libros, es aplicable al destino de muchos hombres. Dijo el filósofo rumano que nada podemos asegurar sobre un libro, lo que torna muy riesgoso cualquier adivinación sobre su porvenir. Lo mismo exactamente se puede decir sobre el hombre. Enrique Ramos Salas (Torreón, Coahuila, 1952), ingeniero con doctorado en estadística, vivió varias décadas estrechamente vinculado como profesor e investigador al mundo de los números, y ahora, casi sorpresivamente, irrumpe como sujeto estrechamente vinculado al mundo de las letras.
Dije “casi sorpresivamente”. Uso el adverbio “casi” para aclarar esto: que la sorpresa no fue tan sorpresiva al menos para él ni para quienes lo han tratado de cerca, pues durante todos esos largos años palpitó, debajo de los análisis multivariables, los valores discordantes y todo eso, lo que constituye su trabajo profesional, el deseo de armar y desarmar con palabras su emoción más personal, sus experiencias, sus filias y sus fobias arraigadas en el hueso. Un día no muy lejano a este día, Ramos Salas quemó las naves de su actividad alimenticia y construyó otras con palabras, embarcaciones que son libros como el que aquí hoy presentamos.
Prosas leprosas y una que otra letanía profana fue publicado en Sonora hacia finales de 2012. Lo primero que desconcierta al lector es que ninguna de sus 45 piezas sean prosa, sino, si nos atenemos al menos a su complexión física, poesía. Desde allí hay un quiebre, una ruptura del sentido que habitualmente le atribuimos al género armado con renglones que van de orilla a orilla en una página, es decir, prosa. Aquí no, aquí las prosas tienen la textura de la poesía y en ella una figura es recurrente: la ennumeración que en ocasiones roza una variante de esa misma figura: la ennumeración caótica. El manual de retórica se refiere a ella como el engarzamiento de términos o partes que no necesariamente se vinculan semánticamente. Esto que suena horrible puede ser traducido a mejor romance: Enrique Ramos apela en muchos de sus “prosemas” (el anfibio de prosa y poesía) al enlistamiento en letanía de versos que al acumularse van armando su figura interior, van esculpiendo, digamos, su espíritu, el del autor.
Así sea tarde para lo que usualmente pasa en las carreras literarias, noto en el conjunto de poemas un impulso por expresar con emoción y sinceridad. La voz presente en cada pieza es confesional, casi ceñidamente autobiográfica. En este sentido poco importa, entonces, la demora con la que llegaron los pálpitos del autor a su condición de textos, pues cada uno está atravesado por una experiencia de vida que jamás podría tener un hombre de menor edad. Ramos Salas escribe entonces algo tarde si nos atenemos a lo que habitualmente ocurre, como ya señalé, en otras vidas literarias, pero eso es un factor que opera a favor de la calidad de los prosemas, dado que nos colocan frente a espejo en el que vemos nuestra existencia cuando han llegado ya las grandes preguntas, aquellas preguntas que todos solemos hacernos cuando descubrimos y comenzamos a padecer nuestra finitud.
Antes de explorar un poco el meollo temático del libro, quiero hacer notar que hay momentos que podrían mejorar en términos de ritmo. Sé que hay tendencias literarias que repelan de cualquier canon, de cualquier preceptiva, de cualquier atadura, pero en poesía, aunque de momento le queramos decir prosa, es fundamental que el flujo de los versos se dé como si corriera el agua, con prioridad por el énfasis en el logro de una música determinada. ¿Qué pasa en algunas piezas de Prosas leprosas? Que van muy bien, que nos envuelven, pero allí, sutilmente escondidas, hay algunas arrugas en la tela, leves caídas del ritmo que a veces pudieran ser remediadas con un cuidadoso hipérbaton o con una especie de encabalgamiento. Por fortuna, son pecas, escasas y sólo notorias para quien está metido más o menos de lleno en el comercio de la poesía.
El fondo, este sí, pinta al ser humano que es en este momento Enrique Ramos Salas, un ser humano que hunde su mirada en sí mismo y bucea en su ser con ánimo de descubrir su universo subcutáneo. Descubrí con gusto que las certezas terribles y los asombros pasmosos son acompañados por una mirada generosa y libre. Quiero decir que el ánimo del autor oscila entre la catástrofe y la dicha, entre la alegría y la desazón, y en suma, todo apunta al mismísimo centro del asombro y la necesidad de expresarlo. No hay, por ello, un tema eje, algo que destaque notoriamente como emoción señera.
Sin embargo, si me obligaran a subrayar líneas temáticas destacadas puedo decir, sin temor a errar, que Prosas leprosas es una especie de libro contable en el que, trepados en el lomo del tiempo, vemos la suma de errores, caídas, fracasos, derrotas y demás que nos hace un hombre y, a la par, su deseo de agradecer los dones y los logros que también quedaron asentados en el decurso de la vida. El libro contiene varios poemas en los que el autor marca una especie de punto final o hace un corte que sirve no sólo para recontar el pasado, sino para abrir cancha al presente y al futuro. En el trayecto, pasa revista a todo lo que sus ojos miran, pero más hacia adentro que hacia afuera, como quien entiende que luego de mirar la vida y sus trajines, invierte la mirada y reconstruye a partir de ese momento una nueva vida, la interior con todas sus fealdades y realizaciones, con todo a secas.
En resumen, Prosas leprosas es, como dice uno de sus poemas, una lucha entre su autor y su sombra, acaso el mayor desafío que todo escritor tiene cuando asume la aventura de contarse a sí mismo. Por ello me gusta mucho, como varios poemas de este libro, éste, que puede ser fácilmente citado por breve, contundente y, sobre todo, franco:

En Yécora recobré el hilo,
vencí mis fantasmas,
salí adelante,
esta vez no me ganaron,
pero ahí están derrotados,
humillados,
rechinando, retorcidos,
pero agazapados,
como estuve yo tantas veces antes, abatido,
pero no más por ahora,
aunque nunca es bueno cantar victoria
contra tu propio enemigo.

Recomiendo el libro de Enrique Ramos Salas por esto: porque en el combate ha vencido sus fantasmas y, sin embargo, cierto de que el hombre nunca está seguro ni en sí mismo, se abstiene de levantar el brazo.

Prosas leprosas y una que otra letanía profana, Enrique Ramos Salas, Editorial de Mil Agros, Hermosillo, otoño, 2012, 91 pp. Ilustraciones de Beatrix Prieto. Texto leído en la presentación de este libro celebrada el 14 de marzo de 2013 en el auditorio del Museo Arocena, Torreón. Participamos el autor, Rosario Ramos y yo.

miércoles, agosto 14, 2019

Bucear en libros antiguos















Gracias a Sergio Garza Orellana he tenido acceso a siete trípticos de la colección “Libro en contexto”, proyecto emprendido por la biblioteca del Museo Arocena. Diseñados con pulcritud y exquisitez, estos materiales son un espléndido complemento de los cursos que con ese mismo nombre, “Libro en contexto”, han desarrollado in situ, frente a públicos interesados en profundizar sus conocimientos sobre tal o cual publicación antigua. No dudo en destacar el valor de este proyecto como promotor de la cultura bibliográfica que muchos, por suerte, todavía juzgamos imprescindible en un mundo que en apariencia ya le dio la espalda.
El formato de los trípticos es grande y por ello muy legible. Contiene la portada del libro en su frontis y a continuación un ensayo como de tres o cuatro cuartillas sobre el título a contextualizar; el material es complementado con imágenes vinculadas a la temática, una ficha bibliográfica amplia y otros breves anexos. Por ejemplo, Enciclopedia del hogar, tomos primero, segundo y tercero del recetario de cocina de Excélsior, primer título abordado por la colección, es asediado por Adriana Gallegos Carrión en el ensayo “Para la dueña del hogar”.  El trabajo de contextualización consiste en desmenuzar para nosotros el horizonte de recepción que tuvo este material entre las amas de casa, el uso social que le daban y la idea que el medio productor del discurso (en este caso el diario Excélsior) tenía sobre el hogar y la mujer entre 1943 y 1944. Hay, pues, una labor de interpretación que nos permite vislumbrar más allá del libro en sí, una hermenéutica que no por breve deja de ser interesante y enriquecedora.
Como en el primer tríptico proceden los otros seis, su estructura es similar. El segundo trata sobre el libro Euzkadi en llamas (1930), de Ramón de Belausteguigoitia, que fue buceado por Carlos Castañón Cuadros. El tercero, Ejercicios del Santísimo Rosario de Nuestra Señora y modo de rezarle con meditaciones de sus misterios (1630), fue estudiado por Sergio Garza Orellana. Historia de un anticuario (1962), analizado por Adriana Gallegos. Euzkalerriaren Alde, Revista de Cultura Vasca (1926), por Ruth Castro. Guatemala por Fernando VII (1810), por Adriana Gallegos, y Apellidos vascos (1953), por Carlos Castañón.
No sé si los materiales están disponibles en papel para todo el público o si los tienen a la venta. Lo importante es que pueden ser consultados en la web del Arocena, sección de biblioteca. Adelante pues. A disfrutarlos.

miércoles, diciembre 11, 2013

Memoria y permanencia




















Aunque presumimos lo contrario, tenemos mala memoria. Pasan apenas unos cuantos años para que olvidemos lo que, se supone, siempre deberíamos recordar. Por ejemplo, en México se sigue hablando hoy de polarización, de esa división social provocada por lo ocurrido en 2006. Lo que no se recuerda es quién, cómo y por qué la propició. Contra esa mala costumbre, ciertas sociedades tienen la buena costumbre de organizar documentos para tenerlos siempre a la mano y recordar cuando es debido. Los franceses, por caso, son maestros en la organización de archivos, y acá en América, desde hace algunos años, los argentinos tienen la obsesión de documentar lo más posible el pasado reciente, harto monstruoso.
La memoria, entonces, alcanza su dimensión mayor cuando la aterrizamos en documentos. Sea de interés colectivo o individual, es importante ver que cuaje en papel o, ahora también, en audio y/o video. El hábito, como ya insinué, no es común entre nosotros, y eso se debe acaso al recelo y los dobleces que Paz y otros han destacado en el ser mexicano. Nos gusta, pues, rodear, eludir, no mostrarnos.
Por esto es celebrable que Rosario Ramos haya escrito, publicado y presentado (el lunes 9 de este mes) Los días de mamá, memoria que recorre la vida de su madre en relación con la numerosa familia que le cupo en suerte. El diálogo que entabló la autora con su madre no fue sólo un diálogo literal, sino entablado incluso con silencios a lo largo de una vida poblada de anécdotas, tropiezos, desacuerdos y todo lo que en general sazona el caldo en el que se configura una familia.
Los presentadores destacaron, cada uno de acuerdo a su posición profesional, los valores de este libro. Ruth Castro, quien lo editó, dio una idea clara del trabajal que hay detrás de todo producto bibliográfico digno de ser llamado “libro”. Angélica López Gándara enfatizó el valor de lazo que entablan los hijos (sobre todo las hijas) con su madre, un lazo que por lo común se enreda o se tensa, pero que suele no romperse. Felipe Garrido, por su parte, enfatizó la importancia de la escritura como arma para luchar, así sea infructuosamente, contra el olvido que, como dice un tango, todo destruye.
Tuve ya la suerte de acceder, cuando se encontraba aún en estado embrionario, a las primeras páginas de lo que hoy es Los días de mamá. Puedo decir ahora que es un emotivo viaje al interior de esa relación siempre desafiante: la que mantenemos con nuestros padres y tiene por costumbre dejarnos insatisfechos, pues si nos brindamos a fondo o si les regateamos tiempo y afecto, de todos modos al final nos queda la sensación de que pudimos estar más cerca y brindarnos más.
Rosario Ramos ha pintado, como vocera de su amplia familia, una estela detallada del recorrido vital de su madre. Es un buen ejemplo para todos de que la memoria bien documentada se defiende mejor ante la inevitable erosión provocada por el tiempo.

jueves, noviembre 22, 2012

Ángeles para el asombro*




















Hace año y medio, poco más o poco menos, me topé en el Paseo de la Reforma, la principal avenida del país, con los ángeles de Jorge Marín.  Andaba, como siempre que voy al DF, de prisa, no recuerdo con qué pendientes en la cabeza y con qué apuro en los pies. Caminé el tramo de los ángeles y recuerdo bien lo que pensé en aquel momento. Ocurrió lo que paso a describir.
En general, si aceptamos que el arte es el arte de producir asombro por medio de la belleza, la obra de Marín, sin duda, lo logra. Basta ver las fotos de sus esculturas para advertir que su mano y su imaginación están, sin regateo, al servicio del arte. 
Ahora bien, no quiero reflexionar aquí sobre la creación sino sobre la recepción del objeto artístico tal y como lo noté en mi acelerada observación sobre el Paseo de la Reforma. En varias disciplinas artísticas el usuario dialoga a solas con la obra, la interroga, sonríe, discrepa o muestra su indiferencia en un entorno íntimo, de suerte que el creador no puede ver su reacción, el efecto que la obra produce en el decodificador último.
Al pasear por Reforma y ver los ángeles de Marín, comprobé lo que podía comprobar el propio autor: que no hay arte más cercano al receptor que la escultura pública de mediana dimensión, esa que está cerca del tamaño humano y permite acercamientos similares a los que establecen los hombres con sus congéneres.
Y hay algo más. A diferencia de la escultura monumental o la concebida para habitar en el museo, la escultura pública de dimensiones medianas permite la interacción con el ciudadano al grado del toqueteo, de la palpación, una especie de venturosa promiscuidad que termina por integrar la obra con la gente.
Esto, precisamente, fue lo que pensé cuando tuve la suerte de conocer la procesión de ángeles: aquí no hay distancia entre obra y público, y qué suertudo es el artista que puede ver las reacciones de la gente a medida que ésta descubre las diferentes piezas de la reunión seráfica denominada "Alas de la ciudad".
Pasaron los meses y, por las carambolas que da la vida, la maestra Lourdes Bernal me convidó a presentar el libro sobre las esculturas angélicas de Marín. ¿Y qué encontré al deambular por las páginas de este registro fotográfico? Las imágenes más recurrentes del libro muestran al diverso ciudadano en cerrada convivencia con las esculturas, muestran sus sonrisas, sus poses, los misceláneos gestos que acusa la gente de a pie al toparse con un conglomerado de férreos y paradójicamente etéreos ángeles.
En efecto, el registro fotográfico deja claro que es indisociable esta obra para el espacio público de la recepción que la gente hace de botepronto a cada ángel, casi como si el objeto artístico tuviera el mismo peso fotográfico que el sujeto receptor.
El libro, bellísimamente editado y prologado con maestría por Carlos Fuentes, expone lo que ya estamos viendo en Coahuila: que una de las más altas aspiraciones del arte es su capacidad para convertirse en propiedad de todos, sin distingo de clases, edades, sexos, nada. Y lo más importante: los ángeles de Marín admiten una lectura válida desde cualquier angulación cultural, es decir, que abren la puerta a la democrática perplejidad del ciudadano sin importar qué sea o no ilustrado.
Concluyo entonces: este libro es una prueba fehaciente del asombro retenido en fotos: asombro por las figuras de Marín y asombro por la gente que las mira, que las palpa y de golpe siente el relámpago de la felicidad estética.

*Texto leído en Saltillo y Torreón para sendas presentaciones de Alas de la ciudad, registro fotográfico de la exposición homónima del maestro Jorge Marín. Prólogo de Carlos Fuentes; texto de Jorge F. Hernández; fotografías: Jorge Lépez Vela y Adam Wiseman. Grupo Romo, s/f, México, 99 pp. Dos exposiciones de Jorge Marín se encuentran ahora en Torreón: Alas de la ciudad, en la Plaza Mayor, y El cuerpo como paisaje, en el Museo Arocena (inaugurada hoy 22 de noviembre de 2012). La primera permanecerá hasta el 4 de diciembre de este año; la segunda, hasta el 31 de marzo de 2013.

miércoles, noviembre 24, 2010

Torreón, nuevo rango histórico



El cabildo de Torreón sesionó ayer en el Museo Arocena. El escenario no pudo ser mejor para acusar recibo y oficializar el dictamen que acredita a la ciudad como “histórica” y “heroica”. Estuvieron presentes, por supuesto, el alcalde, el secretario del ayuntamiento, los regidores, los síndicos y las personalidades que ayudaron a que Torreón fuera elevada a un rango aún más importante en el contexto de las luchas históricas nacionales. El doctor Sergio Antonio Corona Páez, cronista oficial de Torreón y uno de los principales promotores de la iniciativa, no estuvo presente debido a que convalece de una enfermedad, pero fue justa y enfáticamente mencionado en un acto que tuvo la solemnidad del caso.
Al final de la reunión del cabildo las autoridades y el público caminaron hacia la esquina de Morelos y Cepeda, en la plaza de armas, para develar la placa conmemorativa. Allí está ya, sobria y al alcance de la vista de todos los laguneros, un motivo simbólico que nos debe procurar aliento, que debe incrementar el orgullo por nuestra laguneridad.
Ya el cronista de la ciudad había difundido en su espacio de internet lo que ayer fue enunciado de manera oficial en la ceremonia. Copio lo asentado por el doctor Corona Páez y por la Comisión que determinó el nuevo estatus de Torreón, ciudad número 29 del país con el rango ya oficializado:
“Ayer lunes 8 de noviembre, el Prof. Matías Rodríguez Chihuahua (en su calidad de Secretario de la Comisión Dictaminadora de la Asociación Nacional de Cronistas de Ciudades Mexicanas) y este Cronista Oficial, hicimos entrega al alcalde, Lic. Eduardo Olmos Castro, del documento que acredita que Torreón ha sido designado como ‘Ciudad Histórica’ y ‘Sitio Histórico de Interés Nacional’.
Dice el texto del documento:
‘Lic. Eduardo Olmos Castro. Presidente Municipal. Torreón, Coahuila. Con At’n Dr. Sergio Antonio Corona Páez. Cronista Oficial de la Ciudad de Torreón. En atención a su envío con fecha 19 de julio del presente año, en que hace del conocimiento el acuerdo emitido por el H. Cabildo de Torreón, sobre la declaratoria de Ciudad Heroica, me permito comunicar a usted, que la Comisión nacional de Ciudades Heroicas, en nuestra sesión especial efectuada dentro de los eventos conmemorativos del 142 aniversario de la Población de Tenango del Valle, estado de México, revisó la documentación presentada por el Cronista oficial de Torreón sobre los diferentes acontecimientos suscitados en esa población, y después del análisis respectivo acordamos emitir el siguiente Dictamen:
Por aprobación unánime de esta Comisión, se declara a Torreón como Ciudad Heroica por ser además un importante sitio histórico nacional en el marco de la Revolución Mexicana de 1910’.
Próximamente se realizará una Sesión Solemne de Cabildo, durante la cual se constituirá la Comisión Dictaminadora de Ciudades Heroicas de la Asociación Nacional de Cronistas de Ciudades Mexicanas, y se colocará la placa conmemorativa de tan importante reconocimiento para nuestra población”.
Pues bien, la mencionada sesión de cabildo se celebró ayer en el espléndido Arocena, así que el acto tuvo el marco que merecía. En un momento difícil, frente a una situación definitivamente dura y esperemos pasajera, declarar a Torreón “heroica” e “histórica” por su fortaleza en un pasado nada cómodo es un reconocimiento, creo, muy valioso. Es un buen motivo para estar contentos frente a las muchas malas noticias que se amotinan, nos llegan por todos lados y bajan la moral. También la autoestima cívica requiere acicates. Éste es uno de elevado alcance.

miércoles, agosto 18, 2010

Despliegue educativo del Arocena



Noto con gusto que en los años recientes muchas instituciones han diversificado sus esfuerzos hacia la educación formal. Si bien en términos latos educan porque todo educa, esas instancias han creado espacios cuya especificidad radica en la relación maestro-alumno. Lo explico mejor con un ejemplo. A nadie se le oculta que la misión del Museo Arocena radica sobre todo en la exposición de obras; es básicamente un museo y educa como educa un espacio de esta naturaleza: con la muestra permanente de productos artísticos ceñidos a una época, a un tema, a un autor, a una técnica. Además de eso, el MUSA añadió a su valioso caudal de actividades el trabajo del Instituto Arocena, espacio que a mi juicio suma una labor estimable en el contexto lagunero.
Cierto que hay universidades y cierto que es allí donde la actividad educativa formal está en el centro, pero no es menos cierto y meritorio que otras instituciones como el Arocena o la Dirección Municipal de Cultura de Torreón ofrezcan diplomados que de golpe agrandan la oferta educativa lagunera, siempre necesitada de clases y talleres encaminados hacia el espectro humanístico del conocimiento.
Luego sería pertinente tratar los casos de la DMC, del Icocult Laguna e incluso de espacios independientes como el de la galería de Luis Sergio Rangel, pero ahora sólo me detengo en el del Arocena cuyo Instituto hizo circular un bello díptico con información sobre sus cursos. Resalta allí su menú de disciplinas: artes visuales, literatura, filosofía, historia y cultura universal. Allí mismo apunta que su objetivo “es la difusión del conocimiento cultural a la región lagunera, con el fin de formar ciudadanos críticos ante el arte, los acontecimientos actuales y su propia vida”. Luego indica que el acercamiento a sus cinco vertientes temáticas le dará al alumno “una formación complementaria que le permitirá desarrollarse mejor personal y socialmente, logrando un entendimiento más amplio de la historia, el pensamiento y la expresión artística, así como una vasta comprensión de su propio contexto histórico”.
Una de las virtudes que tiene este tipo de cursos es su flexibilidad; las materias se adaptan pues al estudiante potencial tanto como es posible. Tiene el Arocena dos modalidades: la libre y el diplomado en humanidades. La primera ofrece cubrir una tanda de clases de una disciplina específica (18 horas por cada área); la segunda, todos los módulos, es decir, 120 horas que al final ameritan para una certificación oficial.
Por supuesto, el basamento institucional es muy importante, saber que un espacio de tanto prestigio como el Arocena cimienta este emprendimiento. Otro soporte de la confianza está en los maestros. A varios de ellos los conozco y sé que han dedicado sus vidas al estudio y la enseñanza. El Arocena reunió ya un equipo que conjuga la experiencia con la juventud; en filosofía está Armando Garza Saldívar, un experimentado maestro, hábil como pocos para deambular por los áridos terrenos el pensamiento filosófico; en literatura llamaron a Julio César Félix, poeta y crítico, amigo que al parecer se ha aclimatado definitivamente a nuestro yermo; en historia, Laura Orellana Trinidad, maestra armada con herramientas de socióloga e historiadora; para artes visuales, Linda Haro Ureña, joven que desde hace algunos años participa en los quehaceres artísticos de la región ora como maestra, ora como periodista y como promotora cultural; el último rubro, llamado de cultura universal, tiene tres maestros: Alberto Madero Acuña, Miguel Ángel García y mi ex alumno de la UIA Sergio Garza Orellana, el más joven de los docentes que figuran en esta nómina.
En una región como la nuestra, con vocación productiva, empresarial y por ello sin muchas oportunidades para entablar diálogos educativos en el ágora de las humanidades, un espacio como el Instituto Arocena merece dos palabras que deben ser sinceramente dichas y mejor escritas: bienvenido y felicidades.

domingo, enero 25, 2009

Villaurrutia para Castañón



No olvidaré jamás la conferencia que en noviembre de 2008 dio en Torreón el maestro Adolfo Castañón sobre Manuel José Othón. Para seguir con las rimas en “ón”, no olvido aquella charla por su erudición y, además, por culpa de un avión. Efectivamente, al final de la conferencia recibí una llamada en el celular: un amigo me informaba que el avión en el que viajaba Juan Camilo Mouriño se desplomó en la Ciudad de México. Todos, creo, solemos asociar ese tipo de noticias con el lugar en el que nos encontrábamos, y cuando ocurrió aquel accidente (o lo que haya sido) yo estaba en el Museo Arocena como anfitrión del maestro Castañón, quien dictó cátedra sobre el poeta potosino.
Todavía desconcertado por la noticia, fui a cenar con el visitante, quien con curiosidad me preguntó si era cierto que la gente en La Laguna había aplaudido la llegada del agua al lecho del río Nazas. Le dije que sí, lo que le pareció memorable. Tuve la suerte de conversar un rato con él, de enterarme de sus proyectos, de su trabajo en la Academia Mexicana de la Lengua y de sus entrevistas a científicos para el canal de la UNAM. Con gran generosidad me regaló como cinco de sus libros, y cuando nos despedimos quiso que yo también le diera algunas de mis publicaciones. En general, nunca enjareto ninguna de mis (s)obras a nuestros visitantes, pues la mayoría viven sobreocupados con lecturas y escrituras inagotables y no tendrían demasiado tiempo para consumir lo de uno. Con el tiempo he comprendido que es de mejor gusto no regalarles eso a menos que lo pidan. Como tal fue el caso, le di tres o cuatro títulos y quedamos en escribirnos por mail.
No puedo presumir su amistad, sin embargo; a lo mucho digo que nos conocemos y que logramos cruzar algunas palabras amistosas, como ésas que le envié hace una semana, cuando supe que recién había ganado el premio Xavier Villaurrutia. Me contestó con agradecimiento. Días antes, al enterarse de que hace años entrevisté vía telefónica a Juan Goytisolo, me mandó un ensayo sobre el narrador español. Me gusta el registro siempre culto de sus textos, un estilo que empata con su personalidad: Castañón es un escritor que trabaja sin aspavientos, que lee, escribe y publica al margen de los temas que atraen reflectores. La suya es una labor callada, constante, minuciosa. El Villaurrutia premia, pues, muchos años de esfuerzo, y lo hace en un momento en el que las capacidades del maestro Castañón están en plenitud, en ardua cosecha editorial.
Comparto mi alegría por ese premio y de paso un fragmento del ensayo que me envió (“El éxodo de aquí y allá de Juan Goytisolo”), donde se nota claro lo que afirmo: “No es ésta la primera vez que Juan Goytisolo viene a México ni este acto el único en que ha participado aquí. Vino por primera vez —como ha contado él mismo el pasado martes 18— a principios de 1962, invitado por Miguel Barbachano y ahí conoció a la mayoría de sus amigos mexicanos como Carlos Fuentes. Yo recuerdo el viaje que hizo a nuestra ciudad en 1974, en compañía de Monique Lange, editora de Gallimard y primera traductora al francés de Juan Rulfo, para participar como jurado en el concurso de ‘Primera Novela’ convocado por el FCE. Además sé que su nombre, santo y seña ha estado presente en nuestras letras. Goytisolo fue durante aquellos años por efecto del franquismo ‘editorialmente mexicano’ y ciudadano de nuestras letras a través de la amistad y de las palabras de Octavio Paz y Carlos Fuentes quien incluyó un capítulo sobre él en su libro-manifiesto, La nueva novela hispanoamericana, ‘Juan Goytisolo: la lengua común’. En México se publicó en 1966 la novela Señas de identidad, en 1969 la re-edición de La isla, en 1970 Reivindicación del Conde don Julián y en 1976 la misma editorial Joaquín Mortiz el libro de Linda Gould Levine, La destrucción creadora. Publicó textos y ensayos en Plural y Vuelta de Octavio Paz y en 2002 se le concedió en México el ‘Premio Octavio Paz de Poesía y Ensayo’ que le entregó nuestra amiga Marie José Paz. Goytisolo no sólo era en su origen editorialmente mexicano. Existe entre su obra y la materia y forma de la expresión americana y mexicana una red de vasos comunicantes, en el tono, en la furia, en el deseo de innovación tanto como en la audacia creadora. Volví a encontrar personalmente a Goytisolo en esa ocasión, pero, a diferencia del primer encuentro fugaz y como de reojo de 1974 ya había tenido tiempo de leer algunos de sus libros —gracias a los préstamos de Danubio Torres Fierro— y conocer su mundo y trasmundo. Por eso el paseo que hicimos por el zócalo la mañana del jueves de corpus de aquel 2002 fue el espacio singular en que, a ritmo lento y moroso, y como de casualidad, nació, junto con una viva simpatía, el proyecto de armar una antología de su obra ensayística para lectores mexicanos y americanos, al compás de la caminata que tuvo el efecto de desdoblar la plancha de nuestra plaza mayor y poner virtualmente sobre ella otra, a la par real e imaginaria, a la par profusa y gobernada por un orden secreto, la de la plaza de Marraquesh cuya bóveda inmaterial y vertiginosa describen las páginas de la novela Makbara. Sus palabras me llevaron a pensar y sentir que esos dos espacios son como los polos subterráneos que sostienen el mundo hispánico. Durante aquel paseo noté cómo Juan Goytisolo no camina sino que parece flotar en el espacio como si fuese un efrit de las Mil y una noches, como que anda con los ojos muy abiertos y atentos pero a la vez dando cada paso con una rara conciencia sonámbula de los pasos que lo aventuran al mismo tiempo en otros reinos, en otras ciudades imaginarias. Mezcla de cálculo y distracción, de serenidad y disponibilidad. Goytisolo en resumen parecía conocer el Zócalo mejor que yo, y estar más y mejor en su aire y en su compás. Nos tomamos una foto muy kitsch con sombrero charro, sarape, paisaje apócrifo y junto a un caballito de madera como el ‘Clavileño’ de Don Quijote”.