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miércoles, diciembre 04, 2024

Huerta en cuatro endecasílabos















En estos días leo otro libro sobre la Decena Trágica y me ha reaparecido a cada rato la imagen de Victoriano Huerta. Creo entender por qué: por su expresión torva y por lo que hizo con ella; a mi modesto juicio, uno de los actos más viles —o el más vil— que registre nuestra historia ya de por sí espesa de acciones miserables. Pero en Huerta mirando desde sus quevedos oscuros noto una maldad cercana a lo diabólico, aunque sé que lo juzgo así no tanto a partir del estereotipo de militar pétreo que tenía, sino por lo que luego, hace más de cien años, ejecutó para echar al suelo el primer conato democrático del siglo XX mexicano.

Pues bien, hoy, en el sopor de la siesta, me aparecieron como fugaz pesadilla o postpesadilla cuatro endecasílabos, una especie de definición muy adjetivada de lo que siento por nuestro más célebre usurpador. El primer sorprendido fui yo —quién más podría ser—, ya que no es común que me sobrevuelen versos medidos, sino ideas en prosa, relatos, opiniones, crónicas de lo que sea.

Antes de que la estrofa se escapara, encendí la computadora y la anoté, le apliqué un par de enmiendas y quedó así. Su valor, si alguno tiene, creo que está más en la anécdota que acabo de contar que en los versos en sí. Digamos que es la manifestación pesadillesca de un odio que en verdad sí guardo, sea cual sea el formato literario que yo use para repudiarlo, por aquel criminal histórico sobre quién, por supuesto, hay muchos relatos frescos y accesibles. Uno recomendable, por su brevedad y sencillez, es el libro Temporada de zopilotes, de Taibo II, que en breves capítulos narra los acontecimientos de aquel momento terrible del pasado nacional, la Decena Trágica, que tuvo como zopilote más destacado al golpista de Colotlán, Jalisco. Van los endecasílabos:

Sigue aquí, ruin, oculto tras la puerta
mirando con temible rostro duro
ese tipo cloacal de gesto oscuro
esa sierpe mendaz, el traidor Huerta.

sábado, enero 13, 2024

Dos Vientos del Pueblo más











 











En las pasadas vacaciones de fin de año fui un par de veces a la librería Educal de Torreón, sucursal que es parte de la numerosa cadena de librerías paraestatales del gobierno federal. Está, como sabe cualquier lector lagunero, en el Museo Arocena por el acceso de la calle Cepeda, no por el de la Juárez. Allí, en compañía de ese lector irrefrenable que es Gerardo García Muñoz, cuya visita a su tierra obedece al contacto familiar pero también tiene siempre un costado bibliográfico, compramos cada cual varios libros y luego pasamos a conversar en el restaurante aledaño que es parte del mismo Museo. Hay pues allí un tándem perfecto para los biblioadictos: libros y café.

En una de las incursiones pesqué dos títulos más de la Colección Vientos del Pueblo coordinada por Luis Arturo Salmerón en el Fondo de Cultura Económica. No sé cuántos sumo ahora, pero son muchos del ya abundante catálogo de esa serie caracterizada por sus altos tirajes, la brevedad de sus ejemplares y su bajo precio. Los que adquirí no pueden ser dos cuadernillos más distintos, lo que de rebote da idea de la heterogeneidad de mis intereses: Gustavo A. Madero (México, 2019) y La cancha. Dónde los invisibles todavía pueden hacerse visibles (México, 2023) de, respectivamente, Ignacio Solares (Ciudad Juárez, 1945-Ciudad de México, 2023) y Eduardo Galeano (Montevideo, 1940-2015).

Dada su corta cantidad de páginas, rasgo que los hace ser plaquettes, opúsculos o cuadernillos más que libros, los leí en dos ratos de distinto día, ambos en su correspondiente sentada. No quiero posponer un énfasis, quizá el que debería ser más subrayado: sus precios; el de Solares, once pesos; el de Galeano, quince. Por supuesto, estas módicas cantidades tienen la intención de echar por tierra una de las excusas más esgrimidas para no leer: que los libros son muy caros. Con esta colección se desbaratan pues dos pretextos de un solo tirón: el económico y, de paso, el de la falta de tiempo para leer, pues casi cualquiera tiene poco más de diez pesos libres y asimismo media hora disponible.

No me equivoqué al escoger los dos títulos que motivan este apunte: Gustavo A. Madero es un ensayo biográfico; aborda, claro, la figura del hermano del presidente asesinado tras el golpe de Estado que terminó en la usurpación de Victoriano Huerta. Con pasión apenas disimulada y para mí justa, el escritor chihuahuense, por cierto especialista en el periodo revolucionario, describe la personalidad de Gustavo Adolfo Madero y la generosa cercanía que, pese a cualquier amenaza, mostró frente a las turbulencias políticas padecidas por Francisco I. Tal relación tuvo, como sabemos, uno de los desenlaces más cruentos en la historia de México, el de la Decena Trágica en el que Gustavo A. padeció la muerte más sádica y miserable de aquel instante bárbaro. El opúsculo aduna como complemento varias imágenes de la Fototeca Nacional.

La cancha… de Galeano acoge cinco piezas extraídas de Cerrado por fútbol, uno de sus dos libros sobre este deporte (el otro es el más famoso título latinoamericano relacionado con tal tema: El fútbol a sol y sombra, también con tilde en la “ú” de la palabra que nosotros pronunciamos “futbol”). Es a veces complicado definir el género de la escritura dejada por Galeano; para no fallar puedo decir que es una mixtura de ensayo, artículo, crónica, memoria y relato. La prosa del uruguayo es muy peculiar, inconfundible, infatigablemente ocupada en mostrar la irracionalidad del poder y la necesidad de la belleza y la solidaridad, entre otras urgencias. La plaquette añade el aderezo gráfico del ilustrador Ricardo Peláez, homónimo del goleador necaxista.

Reitero pues que no hay excusa para eludir estas publicaciones buenas, bonitas y baratas, como plantea un añejo pregón publicitario.

sábado, febrero 09, 2013

El general calcula




















Bebió. Terminó de limpiar los quevedos y con el paliacate enjugó de una sola pasadita el sudor de su cuello. Miró la hora. Hizo cálculos. Recapituló cada uno de los detalles que sería necesario precisar para que todo saliera bien. Pensó en sus leales. Recordó la cercanía, el apoyo del cabrón embajador gringo. La acción estaba en marcha y pronto concluiría con él, con el pobre indio de Colotlán, en el lugar ocupado inmerecidamente por aquel catrín blandengue. Ya estaba todo en marcha. Imaginó muchas balas, mucha sangre, pero sólo pensaba en una bala y una sangre: la que entraría en Madero, la que derramaría Madero, en ese orden. Volvió a los cálculos. Sonrió. Fue a servirse otro coñac.