Solía usar la solapa levantada como si el jersey fuera la capa del conde Drácula. Las cejas pegadas y los ojos demasiado juntos le daban a su rostro un aire adolescente que se correspondía con su espíritu rebelde, de muchacho que no quiere acatar reglas. Éric Daniel Cantona (Marsella, Francia, 1966) fue un jugador siempre diferente en la cancha y fuera de. De haber practicado lucha libre, hubiera sido técnico y rudo a la vez, pues lo mismo tiraba una vaselina exquisita que un puñetazo iracundo. Al hablar sobre él, es inevitable recordar el episodio más famoso de su carrera: cuando propinó una patada de karateca a cierto hoolligan que lo estaba hostilizando con insultos xenófobos desde la tribuna. Luego del incidente, la multa y los castigos, el francés declaró estas perlas: “Patear a un fascista no se saborea todos los días”, y “Me hubiera encantado patearlo aún más fuerte”. El equipo de sus mayores triunfos fue el Manchester United, donde lució misceláneas facultades como definidor. Marcó más de 150 goles en su carrera, incursionó en el activismo político, en la publicidad y en la actuación. Fue, es, un “loco lindo”, como llaman en Sudamérica a los locos lindos.
jueves, junio 18, 2026
8. Cantona
miércoles, junio 17, 2026
7. Cabinho
El primer goleador implacable que vi en mi vida fue Evanivaldo Castro (Salvador, Bahía, Brasil, 1949), quien vino a los Pumas para luego jugar en el Atlante, León y Tigres. Pese a su tremenda cuota goleadora y debido al aislamiento del futbol mexicano, fue imposible que lo llamaran a la selección brasileña que alineaba por aquellos años a Roberto Dinamita y luego a Careca, el colega de Maradona en Nápoles. Cabinho fue bautizado así, según contaba Ángel Fernández, por la vinculación de su familia con el ambiente militar, de suerte que los soldados llamaban “cabito”, “cabinho”, pequeño cabo, al niño Evanivaldo. Pero más allá del mito sobre el alias, el brasileño es hasta hoy el máximo bombardero de nuestro futbol. Sólo con la UNAM hizo más de 200 goles sin un común denominador, pues los anotaba de todos los sabores. Si algo recuerdo de su estilo es, sin duda, la potencia: sus piernas eran tan fuertes que superaban a los defensores en la carrera y disparaban con violencia desde cualquier ángulo tanto en movimiento como desde un punto fijo, de ahí que fuera temible también en los tiros libres. Además, cabeceaba bien. Una palabra puede, para acabar pronto, definirlo: letal.
Futbol como tópico
No
está de más pensar un poco en la evolución del futbol como tema intelectual. Sé
que en contextos como el inglés o el francés ha sido observado desde los
sesenta por algunos estudiosos de “la sociedad del espectáculo”, pero en
América Latina sospecho que su interés como tópico no sólo deportivo, sino
cultural en su sentido más amplio, ocurre a partir de la década de los noventa.
Como motivo de relatos literarios data de más atrás, pero como fuente de
reflexión más o menos frecuente apenas alcanza un periodo algo mayor a tres
décadas.
Una
explicación tal vez atendible, así sea nada más a manera de hipótesis, sobre el
rechazo al futbol como tema atractivo al pensamiento, quizá tiene algún nexo con
la rigidez de los intelectuales a la hora de aproximarse a la cultura de masas,
o hacerlo tibiamente y muchas veces con obligado desprecio. El futbol como espectáculo
popular, simple, irracional, frívolo, provocaba culpa en los estudiosos, más si
en ellos había simpatía por su práctica. Es la tensión destacada por Umberto
Eco entre los “apocalípticos” y los “integrados”. Los intelectuales, predominantemente
de izquierda en los sesenta, setenta y ochenta, tal vez eran aficionados de
clóset, y, si mucho, mostraban alguna adhesión en revistas y periódicos, nunca
en el objeto sacralizado del libro.
Esto
cambió como una distensión, podemos imaginar por qué, en los noventa. Más allá
de las renuncias o las constancias ideológicas de la izquierda, lo ciento es
que se acusó un nuevo clima para el despliegue del pensamiento. Si el futbol
era atractivo para las mayorías, más que un fenómeno puramente deportivo o espectáculo con estatus de nuevo opio del pueblo, en
buena hora los estudiosos decidieron explorarlo. Por eso no me parece poco
sintomático que Fútbol argentino, El futbol
a sol y sombra, Los once de la tribu y La
era del fútbol hayan aparecido en 1990, 1995, l995 y 1998, en este orden.
El trazo de esta idea es muy grueso, pero precisamente por ello más visible,
digno de un hilado más fino en el futuro.
¿Por qué el anarquista Osvaldo Bayer, gran relator en los setenta de las masacres en la Patagonia, decidió publicar un libro sobre futbol en 1990? ¿Por qué el zurdo Eduardo Galeano elogió el futbol en 1995 cuando Las venas abiertas de América Latina era ya un clásico del saqueo colonialista en nuestro continente espiritual? ¿Por qué Juan Villoro se arriesgó en el 95 a ser excluido del canon mexicano por escribir sobre futbol? ¿Por qué Juan José Sebreli emprendió su sesudo y severo alegato contra el futbol en 1998? Insisto: tanto para elogiarlo como para repudiarlo, el futbol alcanzó en esa década el rango de tema a indagar. Han pasado 35 años en los que, a un ritmo constante, aparecen libros sobre futbol encarados desde distintas disciplinas, muchos colectivos, como Área penal: el futbol en tiempos de globalización, publicado por la UNAM y coordinado por Federico Fernández Christlieb (hermano del exportero del Atlante). No es necesario resaltar que la sanción editorial de la UNAM da carta total de naturalización al futbol como tema académico.
martes, junio 16, 2026
6. Butragueño
Gilberto Prado, erudito en letras y deportes, solía citar unas palabras de Emilio Butragueño (Madrid, 1963) cuando alguna vez pidieron al español que comparara su estilo con el de Hugo: “Él es mejor en el remate, pero creo que yo en el uno a uno”. No es errónea esta observación, pues siempre que pensamos en él es fácil imaginarlo en la ejecución de un desborde o una penetración con balón atado a los dos pies: desde un punto muerto, superaba al rival con un arranque súbito en el que, como nadie, se pasaba a sí mismo la pelota de un zapato a otro. Era su especialidad, llegar hasta las narices del portero y liquidarlo. Creo que en nadie, o tal vez sólo en Messi, he visto con tal velocidad y eficacia ese traslado de balón entre ambos pies. Lo recuerdo como estrella del Madrid, obvio, en la mejor época de Hugo, pero más en su partido consagratorio, aquel que España ganó en Querétaro a la Dinamarca de Elkjær con cuatro tantos del Buitre, apodo que por cierto no le concernía, pues era rubio con cara de angelito. Clavó casi 250 goles. Curiosamente, jugó su último partido contra el Santos Laguna.
lunes, junio 15, 2026
5. Borgetti
Por más objetividad que se imprima, cualquier elección supone el peso del gusto y a veces de otros factores, como la cercanía. Jared Borgetti (Culiacanito, México, 1973) aparece en esta lista, sin embargo, no por capricho de mi subjetividad, sino porque lo merece. Anotó 299 tantos en su carrera, la mayoría con Santos Laguna, la mayoría a servicios de Rodrigo Ruiz. Es, si me apuran, nuestro CR7: un ejemplo de disciplina espartana y voluntad para perseguir hasta los centros más difusos, los balones perdidos en el más allá. Clavó goles de todas las modalidades posibles, aunque fue el remate de testa la marca de su estilo. Alto, espigado, fuerte, iba a todas, siempre estaba en el lugar oportuno y, como ya dije, jamás daba una jugada por baldía. Todos lo recordamos por varias estampas, como la del remate a Necaxa en el partido definitivo con el que los laguneros ganaron su primera liga en el viejo y nunca suficientemente añorado estadio Corona, pero la acción que sobrevivirá a los tiempos es la del cabezazo a Italia en el Mundial 2002. Los anatomistas todavía preguntan cómo demonios torció el cuello para anotar de espaldas y sesgado. Los anatomistas y Gianluigi Buffon.
domingo, junio 14, 2026
4. Best
A George Best (Belfast, Irlanda del Norte, 1946-Londres, 2005) se le recuerda con frecuencia por dos frases que gustan en función de su cinismo tabernario: “Gasté un montón de dinero en coches, mujeres y alcohol. El resto simplemente lo malgasté”, y “En 1969 dejé las mujeres y la bebida. Fueron los peores 20 minutos de mi vida”. Por la malicia, pese a su machismo, parecen de Wilde, pero más allá de las boutades, Best fue, según he podido leer y luego ver en YouTube, un jugador anómalo en su contexto. Husmear las repeticiones de sus gambetas y sus goles contradice la idea, por otro lado harto justificada, que tenemos del futbol practicado en el país que reglamentó este juego: físico, veloz, directo, duro y sin muchos arabescos. Best, entonces, avanzaba en contra de la inercia, pues driblaba, inventaba jugadas y resolvía frente a los palos con quiebres y disparos que delataban más creatividad que reciedumbre. La época y el lugar de su gloria fueron propicios para que pareciera un quinto beatle, y la suerte de ser “carita”, como decimos en México, le permitió asemejarse en algo a Paul McCartney incluso en aquello de las patillazas. Anotó más de 250 goles.
sábado, junio 13, 2026
3. Batistuta
Su apellido fue aprovechado para jugar con el prefijo del superhéroe. En lugar de Batistuta, los medios lo rebautizaron Batigol. No deshonró el mote: frente a la portería daba la impresión de ser todopoderoso y anotar cuantas pelotas le caían cerca con intención o por azar. Fue un artillero despiadado. La mezcla de velocidad y fuerza hacían casi imposible detener ese tren rubio, quien se hartó de clavar goles en los que destacaba la potencia física y la ausencia de misericordia con los arqueros rivales. Si veía un hueco, ya sea encarrerado o disparando de media distancia, de sus botas salían obuses con lumbre. La fuerza fue su fuerza, que combinada con el olfato de perro para rematar dio como resultado una cauda total de 300 tantos en su carrera, la mayoría (207) con la Fiorentina en tiempos del más feroz catenaccio, lo cual le añade mérito. Gabriel Omar Batistuta (Avellaneda, Santa Fe, Argentina, 1969) fue una fuerza telúrica con ropa de futbolista, y a México le trae malos recuerdos, pues es imposible olvidar que rompió el empate en la Copa América de 1993, cuando en Guayaquil, tras un madruguete de banda, eludió a uno y venció a Jorge Campos.
Sumario de Borges
En
“Los diccionarios de ayer y de mañana”, su discurso de ingreso a la Academia
Mexicana de la Lengua (1992), el filólogo Guido Gómez de Silva consigna la
evolución de este tipo de libros, llamados genéricamente “de referencia”, y
destaca que en su origen tuvieron una hechura individual, como, entre muchos
otros, el famoso Tesoro de la lengua
castellana o española, confeccionado sin ayuda por Sebastián de Covarrubias
Orozco (1611). Mucho más cerca de nosotros en el tiempo, es célebre el Diccionario de uso del español, titánico
emprendimiento encarado por María Moliner, quien trabajó sola en su casa, con
ficheros de papel y una maquinita mecánica Olivetti. Lo habitual desde hace
mucho, sin embargo, es el trabajo en colaboración, como lo mostró la Enciclopedia (1751-1772) coordinada por Denis
Diderot y Jean Le Rond d’Alambert, quienes convocaron a un ejército de eruditos
para preparar la monumental obra que dio identidad al también llamado “Siglo de
las Luces”.
Otra
característica de los diccionarios de uso o enciclopédicos, además de implicar
un trabajo plural, es el de abordar registros de una lengua o de una parcela
del conocimiento. Por ejemplo, los diccionarios de la casa Larousse o los del
FCE de filosofía, sociología o religiones. Más raro es dedicar un libro de esta
naturaleza a un solo personaje, como es el caso de Borges babilónico. Una enciclopedia (FCE, primera edición en
español 2023, Buenos Aires, 626 pp.). Es el libro que se me ocurre traer hoy, a
un día del cuadragésimo aniversario de la partida de Borges, quien murió en
Ginebra, Suiza, el 14 de junio de 1986.
Borges babilónico (el adjetivo obviamente alude al cuento “La biblioteca de Babel”) tuvo una primera edición brasileña, en portugués, hacia 2017, y fue trabajada por la Companhia das Letras. Lo preparó Jorge Schwartz, quien coordinó un grueso equipo de colaboradores: 75. Todos, todas, bajo la batuta de Schwartz, escribieron las cientos de entradas que iluminan enciclopédicamente la vida y la obra de Borges. Entre los nombres conocidos (al menos por mí) de quienes colaboraron puedo destacar a Beatriz Sarlo, Alberto Manguel, Edgardo Cozarinsky, Emir Rodríguez Monegal, Horacio González, Rafael Olea Franco y Ricardo Piglia.
El
director del libro expone en el prólogo a la edición brasileña, incluido
también aquí, que su primera labor fue crear la lista de entradas. El resultado
alcanzó un número desorbitado de posibilidades, tanto que tuvo que ser achicado.
La edición argentina sumó de todos modos más entradas hasta cerrar en una
cantidad que en efecto forma un libro voluminoso, pero manejable.
Como
en todo material de índole enciclopédica, Borges
babilónico tiene algo de arbitrario en sus entradas. ¿Cómo decidir qué
entradas vale desarrollar en la obra de un autor tan complejo y diverso como
Borges? ¿Qué personaje real o ficticio, qué idea, qué lugar, qué libro es dable
atender con amplitud para formar una noción general y precisa sobre el más famoso
escritor argentino? La selección trabaja entonces sobre los asuntos, los
libros, los escritores, los amigos y los tópicos (el laberinto, los tigres, el
tiempo, los espejos…) borgeanos. Cada entrada tiene un desarrollo que alcanza, dicho esto a
ojo de buen cubero y sólo para dar la idea, de una cuartilla a dos en promedio,
aunque las hay poco más breves o poco más largas. La aspiración, en todo caso, fue
obtener un panorama amplio, el más amplio y abarcador posible, de todo aquello
que interesó al autor de Fervor de Buenos
Aires. El diseño del libro, rasgo de no escaso valor en un volumen de consulta como este, es impecable, a dos tintas en sus folios y tipografía clara.
Schwartz señala, al final del prólogo a la edición en español, que “Para ser fiel al espíritu borgiano, recomendamos que el Borges babilónico, además de obra de consulta, sea también de lectura”. Estoy seguro de que lo logra, que sus entradas se dejan recorrer con gusto y pueden ser un material muy valioso tanto para quien conoce a fondo la obra de Borges como para quien todavía no lo ubica como el inmenso escritor que fue, una inmensidad que por cierto no ha parado de crecer desde que murió hace cuarenta años y acaso desde dos o tres décadas antes, tras el asombro y la repentina veneración que por él sintieron Europa y los Estados Unidos.
viernes, junio 12, 2026
2. Baggio
Pasaran los años y no podré dejar de pensar en la injusticia que significa quedar estigmatizado por la falla de un penal. Todo el talento, toda la clase, toda la gloria acumulada se manchó por un disparo desde los 9 metros en el estadio Rose Bowl de Los Ángeles, California. Claro, era la final de un Mundial, el de EUA 94, jugado por Italia contra Brasil. Ese yerro pudo ocurrirle a cualquiera, pero cayó como rayo inmisericorde sobre la persona de Roberto Baggio (Caldogno, Italia, 1967), a mi juicio el jugador más técnico que ha dado la futbolísticamente ruda república donde nació el Renacimiento. Y ya que dije esto, Baggio el magnífico trataba con arte cada pelota que pasaba por sus pies, no por nada mereció un sobrenombre de sonoridad renacentista: Il divin codino, El divino cola de caballo en español, por su corte de pelo. Este 10 tenía gambeta para los dos lados y disparo preciso a todos los ángulos. Sus goles fueron, la mayoría, proyectiles telescópicos y carreras desde tres cuartos de cancha quitándose gente hasta llegar a la cocina. Fue un maestro digno de Vasari. Para mí, un penal no lo macha, haya ocurrido donde haya ocurrido.
jueves, junio 11, 2026
1. Abreu
Loco es un apodo común en Sudamérica, y se aplica al verdadero loco o a tipos que obviamente no lo son, pero rompen con los comportamientos habituales. Washington Sebastián Abreu (Minas, Uruguay, 1976) admitió el mote porque su capacidad rematadora de 9 natural parecía desenfadada e imprevisible, la de un loco en el eje del ataque. Alto, flaco, correoso, no daba el tipo de goleador. Su físico parecía inadecuado para lo que hizo: era hábil, driblaba en la carrera (no partiendo de cero), cabeceaba, disparaba con ambos pies, anticipaba remates, la empujaba porque la empujaba, llegara como llegara. Alcanzó la gloria en el Mundial de Sudáfrica con un alucinante penal al estilo de Panenka, el definitivo para que Uruguay pasara a semifinales y el paisito estallara de alegría. Fue un trashumante total, un cosmopolita de las canchas, pues jugó en casi cuarenta equipos y anotó más de 400 goles que en general no evidencian un estilo, sino una miscelánea en definiciones que lo mismo exhibió toques sutiles en globito que cañonazos despiadados a la red. De su etapa mexicana es inolvidable la temporada 2002-2003 con Cruz Azul: jugó 43 partidos y anotó 37 tantos, casi uno por juego. Una locura.
miércoles, junio 10, 2026
Uno por Mundial
Mañana comienza el
Mundial, el primero celebrado en tres países, y es claro ya que no es el más
entusiasmante de la historia. La mafia de la FIFA lavará por unos días la cara
de Trump, pero por supuesto nada es suficiente para limpiar las tropelías del
empresario genocida y pederasta, y menos si la ayuda proviene de los gángsters
del futbol cuyo centro de operaciones es Suiza. Veremos qué ocurre en lo
político con este Mundial, el más monetizado de cuantos se han jugado hasta
ahora, un monumento al ansia de dinero y poder irrefrenable de la FIFA.
Si no hago mal la cuenta, he seguido de lado a lado doce competencias de este tipo. Haré aquí el ejercicio de pensar en el mejor jugador que vi en cada una. Es raro, rarísimo, pero en 1978 quedé asombrado con Teófilo Cubillas, el peruano; creo que nadie, salvo yo, lo mencionaría en una lista de esta naturaleza. De 1982 mi favorito fue Zico, quien al final tuvo mala suerte, pero fue el jugador de mayor clase en el Mundial de España (también marcado por Gentile con todas las marrullerías posibles). De 1986 en México no digo nada; es obvio de qué número 10 quedé embelesado. Igual en Italia 1990, aunque para no repetir puedo mencionar a Schillaci, por lo sorpresivo de su aparición como salvador de los locales. En 94 para mí el mejor fue Hagi, el rumano, un constructor de juego que manejaba todos los hilos de su selección, tanto como Zidane en 1998, por mucho el más destacado del Mundial francés.
También
el Mundial Corea-Japón de 2002 es fácil: Ronaldo estaba por encima de todos en
aquel momento, no por nada fijó para la historia el apodo de Fenómeno. En Alemania 2006 pongo a mi
único defensor: Fabio Cannavaro, una pared en la zaga italiana. De 2010, el
Mundial sudafricano, creo que me decanto por Xavi, el español (sólo dudo un
poco por culpa de su paisano Iniesta, que igual puede ser colocado como señero).
De 2014 en Brasil el mejor debe ser alemán, y para mí fue Toni Kroos con una
leve sombra de su paisano Müller. De 2018 no hay duda: fue Luka Modrić, quien
puso a Croacia en la final. Y, por último, contra lo que se pueda pensar, el
mejor para mí en Qatar 2022 fue Mbapé, quien anotó tres en la final y con todo
y eso la perdió.
Ya veremos ahora quién destaca en el Mundial que empieza mañana para 48 equipos, una cantidad absurda pero acorde a la voracidad de la FIFA.
martes, junio 09, 2026
Por un esférico no global
Texto leído el 9 de junio en la Casa del Libro UNAM durante la presentación de Área penal, el futbol en tiempos de la globalización (Federico Fernández Christlieb, Samuel Ortiz Pérez, Cristina Romera Tebar y Pedro Sergio Urquijo Torres, Instituto de Geografía, UNAM, 2026, 331 pp.). Lo reproduzco con autorización del autor.
Por un esférico no global
Marcial Fernández
La
geografía es el ámbito en donde estamos parados.
Deriva
del griego clásico “geo”, tierra, y “graphia”, raspar grabar, dibujar,
escribir. Para Eratóstenes, que fue el hombre que midió la tierra en el siglo
III a. C. con la sombra de dos palos y el sol, la geografía es la
representación gráfica del planeta.
Esa
imagen, la del sol y dos palos para medir la tierra, recuerda lo fácil y las
pocas necesidades que presenta el futbol para jugarlo. La palabra cascarita que
seguimos utilizando en México para referirnos a ese juego en las calles,
parques y con mínimas reglas, no requiere, desde que se empezó a practicar en
los llanos, nada más que una cáscara de una toronja, calcetines para rellenar
lo que se convertirá en la pelota (el sol), y dos objetos (los palos o lo que
sea) que marquen la portería. Lo demás son amigos y amigas que quieran ser de
nuestro equipo o del contrario.
¿Qué
quiere decir esto?
A
partir del entendimiento de cualquier fenómeno terrestre, ya lo podemos
abordar, por ejemplo, desde la antropología, la sociología, la economía e,
incluso, la literatura.
Área penal, el futbol en
tiempos de la globalización no se trata de un libro literario.
¿Por qué digo esto? Porque cuando Fede me invitó a presentarlo, me pidió que lo
leyera desde una perspectiva literaria que, se supone, es mi especialidad.
Así
lo hice y, aunque el título, Área penal,
es un juego literario que determina, sí, un espacio concreto adentro del, valga
la redundancia, terreno de juego, también determina un espacio metafórico
—afuera del espacio meramente terrenal, nada lúdico— que en la actualidad crea
nuevos reglamentos que poco aportan al juego, transformándolo en un espectáculo
que aspira por imposición al gusto estadounidense, en un negocio
hiperneoliberal, en una mala sentencia de esta época que, de manera
totalitaria, es de lo que habla el libro.
Los
diecisiete capítulos que lo conforman, más prólogo, introducción, epílogo,
referencias, etcétera, son, pues, literales, no literarios, aunque estén bien
escritos y, una cosa importantísima, los editores respetaron la grafía de cada
escritor o escritora según su medio geográfico, pues aunque futbol sin acento
pareciera lo mismo que fútbol con acento, este mínimo detalle da una tilde de
identidad a sus autores o autoras.
¿Que,
por qué es importante?
Porque
en estos tiempos, la llamada Inteligencia Artificial está acabando con esas
diferencias o, lo que es peor, el día que IA nos quite la titularidad en
nuestros equipos, correremos la misma suerte que el personaje Juan Polti, quien
no es otro que Abdon Porte, “el Indio”, del Nacional de Montevideo que, en
1918, se suicidó a los 27 años en un campo de futbol y que Horacio Quiroga
inmortalizó en el primer cuento de tema futbolístico “Juan Polti half-back”, en 1919, en la revista Atlántida.
La
diferencia entre la ciencia y la filosofía está en su manera de preguntar. La
ciencia explica el cómo; la filosofía, el por qué. Y ciertamente la geografía
está más cercana a la ciencia en el momento en la que el geógrafo, la geógrafa,
escriben un estudio de tal o cual tema. De suerte que en este libro cuentan, de
manera sesgada —sólo en la ciencia pura existe la objetividad, no en sus
derivados— qué sucede en este deporte en distintos ámbitos y latitudes.
El
sesgo del que hablo, sin embargo, no es peyorativo. Y no lo es porque la
información y la manera de darla no apela a una verdad universal, pero sí a una
subjetividad que, como tal, surge de manera natural y con argumentos sólidos
frente a los contrargumentos. Pero, aclaro, no seré yo quien debata los
discursos de Área penal, sino, desde
mi deformación literaria, mencionaré lo que me evocaron algunos pocos de sus
ensayos como una invitación a que otros lectores debatan con las autoras,
autores intelectuales de dicho trabajo.
El
capítulo sobre el futbol surgido de comunidades indígenas de Ecuador, por
ejemplo, me recordó una anécdota harto conocida que linda entre lo mítico y lo
real. La tregua del 24 de diciembre de 1914 entre soldados alemanes “versus”
británicos y franceses, que salieron de sus trincheras en los campos de Flandes
para jugar un partido de futbol, situación que derivó en películas, libros,
canciones, etcétera. Robert Graves, por cierto, tiene un cuento muy bueno
llamado “Tregua de Navidad”.
También
iba a decir que me evocó la vez que Nigeria y Biafra, en plena Guerra Civil a
finales de los sesenta, pactaron una tregua para ver jugar a Pelé, pero no la
evoco porque se trata de un mito no urbano, sino global, un mito que como tal
nunca sucedió.
El
capítulo de la incursión de Arabia Saudita en el futbol profesional me llevó, “ipso
facto”, a la novela Sumisión, de
Michel Houellebecq, que habla de las implicaciones del mundo musulmán en el
actual y futuro París. Por lo que les recomiendo la lectura del ensayo y la
irónica y mordaz propuesta literaria, porque uno puede llevar a la otra y
viceversa.
La
entrevista a Honey Thaljieh, futbolista palestina, me invocó un libro divertido
y terrible a la vez, Antes que anochezca,
de Reynaldo Arenas, quien vivió el exilio en su propia isla, Cuba, en lo que lo
importante no es ganar el partido, sino jugarlo por doloroso que resulte, pues
en el juego se encuentra el antídoto contra los infiernos que imponen los que
ganan, sean de un bando u otro.
Del
ensayo de Federico y Félix Fernández no voy a decir palabra, so precaución de
que me venza la subjetividad a ultranza, pues además bordan un análisis sobre
el equipo en el que yo hubiera jugado de haber tenido el talento para hacerlo,
mientras que el ensayo sobre el Pachuca me dejó la misma sensación de cuándo
leí El retrato de Dorian Gray, de
Oscar Wilde, en el sentido de las contracaras de una misma moneda.
Otros
trabajos con referentes insoslayables en esta época, como los del feminismo y
sus vicisitudes, me trajo a la mente “El león de Bongor”, escrito hace años por
el actual embajador de México en Etiopía, Alejandro Estivill, en una antología
llamada También el último minuto. Cuentos
de futbol, por la coherencia del movimiento —sobre todo el del equipo
Barcelona femenil— y los resultados sorpresivos que han dado.
El
ensayo sobre las militancias políticas en las tribunas se lee como Dr. Jekyll and Mr. Hyde, de Robert Louis
Stevenson, aunque desindividualizar al individuo para convertirlo en una
creencia, sea de un lado o de otro, me parece simplemente anecdótico y, para
hacer contrapunto, es suficiente recordar una frase de Maradona: “La pelota no
se mancha”.
La lectura de otros ensayos me hizo pensar en sistemas de castas —más que de racismos, aunque también los hay— desde el nacimiento del futbol en Londres hasta nuestros días en cualquier parte del planeta, las luchas por el poder que este deporte conlleva, las imposiciones trasnacionales e inclementes de la FIFA al futbol profesional —ajenas al sentido común o a la lógica más simple—, que merecerían ponencias para tratar cada tema en específico, lo que me obligaría a hablar del Quijote, de la Divina comedia, de Madame Bovary, del Tambor de hojalata o de otras obras de la literatura universal, pues lo que sucede en un campo de futbol, en una geografía que no es cualquier geografía, sino el reflejo vivo de lo que somos y de lo que queremos ser y, en este libro, Área Penal, el futbol en los tiempos de la globalización, marca, sí, lo que deseamos y, de manera sesgada, lo que definitivamente no deseamos para este juego ni para nosotros mismos.
sábado, junio 06, 2026
Pioneras olvidadas y gloriosas
En mi memoria se había sedimentado un recuerdo
muy simple y borroso, casi casi nada. Sabía vagamente que a principios de los
setenta nuestro país fue sede del Mundial de futbol femenil, y que con
nuestra selección jugó una joven apellidada Rubio, la Peque, hermana de Sergio Rubio, jugador de primera división al que
motejaron el Peque por su famosa
hermana. No más que esta flaca información guardaba en mi cabeza, tres o cuatro
pálidos datos que equivalen a nada.
El martes 2 de junio me abrió el cráneo de un
hachazo. Vale contar esto como crónica. Andaba yo husmeando entre los anaqueles
de la librería del FCE Octavio Paz, de la Ciudad de México. Unos minutos
después de que llegué entró en tropel un grupo de señoras con la playera de
nuestra selección, la verde, la más representativa, la de manga larga y en el
pecho el calendario azteca impreso con acabado marca de agua. Como en muchos
lugares he visto que llegan contingentes deportivos uniformados, pensé que las
señoras eran eso: deportistas de la tercera edad en viaje de competencia, de ésas
que creo organiza el DIF. De reojo vi que eran más de diez, quizá quince, y que
en el centro de la librería, una especie de ágora disponible para
presentaciones de libros, se colocaron como equipo de futbol para una foto. Yo
seguía en lo mío, buscando libros, calculando precios, leyendo contratapas,
desentendido del contingente verde de señoras y su foto grupal.
Pasado un rato, y ya algo cansado de recorrer
los pasillos de la librería, vi una silla despejada al lado de las cuatro o
cinco señoras que se habían tomado la foto en equipo y no se habían alejado. Me
acerqué, dije buenas tardes y pedí permiso para sentarme. Al lado mío quedó una
señora y le pregunté por urbanidad que si iban a participar en un torneo. Me
respondió que no, que eran las seleccionadas mexicanas que participaron en los
mundiales femeniles de Italia 70 y México 71, y que estaban en la librería para
hacerse una foto promocional del libro Pioneras.
La historia que cambió el futbol mexicano (FCE, México, 2026, 80 pp.).
La respuesta me aturdió, pues de golpe me vi
ante una historia que sospeché excepcional. Pronto me di cuenta de que lo era:
estaba frente a varias heroínas que en efecto cambiaron algo no pequeño en
México: con su iniciativa y pundonor establecieron que las mujeres querían y
podían jugar futbol, que eran capaces de saltar al rectángulo verde y desahogar
un juego vistoso y eficaz. Sin pensarlo, con las cinco que quedaban a la mano,
acordé que no se movieran de donde estaban, corrí a pagar un ejemplar del libro
para que me lo dedicaran y les pedí una foto. Afectuosas, las exfutbolistas de
nuestra selección sonrieron a la cámara y luego estamparon sus firmas en la
primera página del libro. Me sentí, me siento orgulloso de esa imagen y de las
firmas.
Allí mismo andaban dos de las coordinadoras del
libro: Jéssica Arreola e Ingrid Bravo, a quienes felicité por la iniciativa de
rescatar la historia de nuestras futbolistas. Les prometí unas mínimas
palabras, que son éstas, sobre Pioneras,
su libro, el “cómic documental” que recoge apretadamente, con textos e
imágenes, el pasado de una selección que fue hito del futbol internacional. ¿Y
por qué hito? Pues porque participó en los dos primeros mundiales y en ambos
conquistó un lugar destacado, nada menos que el tercero y segundo lugares en
las competiciones de Italia y México, respectivamente.
El libro avanza desde la configuración del
grupo hasta los logros mundialistas, y en medio las dificultades para conseguir
hasta lo básico, como los uniformes y la bandera nacional, los pasajes de avión
y el auspicio de las estancias. La historia es doblemente heroica por eso: las
seleccionadas jugaban con todo en contra, sin apoyo institucional, pues la FIFA
no validó los dos mundiales.
Pese a esto, y sólo con algunos magros
patrocinios privados, las jóvenes del representativo tricolor sacaron adelante
sus competiciones con garra y motivaron el respeto de la afición.
El “cómic documental” avanza pues cronológicamente.
Lo hace con una mirada que no personaliza en ninguna jugadora, sino que toma al
equipo como protagonista de la proeza deportiva, porque así ocurrió. En las
páginas hay un marcado énfasis en el ninguneo que las jóvenes recibieron de los
hombres de pantalón largo, quienes pese a que nuestras deportistas llegaron a
la final en México y llenaron el Azteca contra Dinamarca, pagaron a las
seleccionadas con un menosprecio amparado en falacias machistas, nula
gratificación económica y, a la postre, un olvido que por largo tiempo ha sido
ejemplo acabado de miserabilidad.
Gracias al trabajo de Jessica Arreola, Ingrid
Bravo, Sergio Campos. Olga Mayoral y Francisco de la Mora (ilustrador), el
olvido comienza a ver caer sus brumas para dar a las seleccionadas el sitio que
merecen: ser pioneras de una práctica que con la actual LigaMx femenil nos ha
demostrado el enorme potencial de las mujeres a la hora de trabajar con el
balón de futbol.
El FCE ha hecho muy bien al mostrar de una
manera sintética y eficaz, para todo potencial lector, la historia de unas
jóvenes que soñaron y dieron al país un orgullo que ya no debe ser marginado,
sino ocupar con justicia el centro de nuestros mejores recuerdos deportivos.
Jessica Arreola es internacionalista e
investigadora en derechos humanos. Desde 2014 ha trabajado en temas de justicia
de género e interseccionalidad, con el propósito de impulsar la reflexión sobre
la desigualdad. Desde hace tres años colabora con Antifaz, donde desarrolla
pódcasts sobre defensa del territorio, justicia racial y derechos humanos. Si
hay una historia de justicia social, probablemente Jessica ya la está
investigando.
Ingrid Bravo es arquitecta y apasionada del
futbol, aunque su verdadera especialidad es armar equipos dentro y fuera de la
cancha. Lleva ocho años trabajando en el sector social, impulsando proyectos
que promueven la participación de mujeres en el deporte como herramienta de
transformación social. Cree firmemente que un buen pase puede cambiar un partido
y también una comunidad.
Sergio Campos es productor de audio y
tallerista en Antifaz desde hace cinco años, con especialidad en temas sociales
y derechos humanos. Ha producido y colaborado en más de veinte programas de
radio y pódcasts. Nació en Iztapalapa, es neurodivergente, tiene un oído fino
para detectar tanto errores de sonido como injusticias y siente un amor
incomparable por el Tigres femenil.
Olga Mayoral es comunicadora estratégica,
amante de los buenos mensajes, con experiencia en la promoción de la igualdad y
los derechos humanos en España, los Estados Unidos y México. Actualmente es
directora de comunicación de Creatura, donde coordina la producción y el
contenido, transformando conceptos complejos en ideas que conectan y brillan.
Francisco de la Mora es creador de cómics. Su trabajo abarca desde formatos de una sola página hasta novelas gráficas completas. Entre sus proyectos destacan la adaptación gráfica en ocho volúmenes de la Breve historia mínima de México y la pieza mensual que realiza para el periódico The Hackney Citizen desde 2018.
miércoles, junio 03, 2026
Abarcar, apretar
Estoy
en la librería del FCE Octavio Paz, en la avenida Miguel Ángel de Quevedo de la
Ciudad de México. Al ladito, sabemos, se ubica la matriz de Gandhi, su
competencia. Tras recorrerlas me ha golpeado, como siempre, una pregunta
hostil: ¿qué hacer como lector más o menos contumaz frente a la desmesurada
oferta de libros? ¿Cómo soportar el caleidoscopio de portadas y cuartas de
forros que se ofrecen a la vista? La respuesta es fácil para el no lector o
para el lector bien definido en sus temáticas, pero no para quien cometió el
error, como creo haberlo cometido, de interesarse por demasiados temas y
autores. Explico.
Cuando
uno comienza a leer, habitualmente en la infancia o la juventud, no sabe qué le
gusta. El paso del tiempo y de los libros afinan los intereses, y es casi
seguro que en pocos años sea claro el tipo de volúmenes que el lector puede
ubicar como potencialmente suyos. Es en ese momento cuando se presenta una
disyuntiva: elegir uno, dos o tres temas o abrir el radar a diez, quince,
veinte o más asuntos. Cualquiera de las dos opciones tiene pros y contras, como
todo.
Elegir
pocos temas de interés ayuda a enfocar mejor la mirada, a no dispersarse, a
alcanzar un cierto grado de especialización, pero también a perderse una
tremenda parte del menú. Elegir muchos temas, al contrario, apunta a la
erudición aunque no se logre, abarca panorámicamente, permite al menos un
conato de cultura general, pero dispersa al lector, pulveriza su tiempo en
ínsulas de saber. Y lo peor: fuerza la entrada a librerías bien nutridas con el
sentimiento de que no da la vida para insumir todo lo disponible/apetecible
sobre las mesas, lo que provoca fascinación y horror al mismo tiempo, además de
que siempre deja en ridículo al presupuesto disponible en el bolsillo. Y un
golpe adicional, si el lector abraza además la utopía de escribir: deprime al
mostrarle lo minúsculo de su capacidad frente a los miles de libros urdidos por
espíritus y mentes con talento y en algunos casos con verdadero genio.
Al salir de la librería cargué con cinco libros nuevos, todos temáticamente distintos, todos correspondientes a cinco zonas de interés que me persiguen desde hace varias décadas y reavivan el fantasma de la frase condenatoria: el que mucho abarca...
sábado, mayo 30, 2026
Del cuento y sus linderos
El
fin de semana pasado participé en un encuentro de cuentistas celebrado en
Ciudad Juárez. Quedó enmarcado en la Feria del Libro de la Frontera, y reunió a
19 cultores del género provenientes de distintas partes del país. Como no
fueron tantos, los menciono: Adriana Azucena Rodríguez, Agustín García Delgado,
Alberto Chimal, Ana Paula González Aragón. Carlos Martín Briceño. Carlos René
Padilla. César Gándara, Daniel Bernal Moreno, Elpidia García Delgado, Ricardo
Vigueras, Héctor Arreola, Iris García Cuevas, José Alberto García, Mauricio
Carrera, Norma Lazo, Pepe Rojo, Salud Ochoa. Raquel Castro y yo.
El
orquestador del encuentro y de las mesas fue José Juan Aboytia, escritor
bajacaliforniano pero con larga radicación juarense. En las mesas redondas y en
las presentaciones de novedades se habló por supuesto del cuento y sus orillas,
del consabido desdén editorial-comercial, de las orientaciones que ha seguido
el género, de los autores clásicos, de la microficción, del tallereo, de sus
bordes formales y de todo aquello que concierne a la narrativa breve. Fueron
jornadas muy productivas en las que, como síntesis, me quedé con la idea de que
el cuento, pese a los atávicos ninguneos de siempre, goza de una salud estable
en nuestro país, pues muchos escritores hay que lo practican con asiduidad y
empaque.
Semanas
antes de viajar a Ciudad Juárez, Aboytia pidió a los participantes que
respondieran por separado a tres preguntas sobre el cuento. Su idea, su buena
idea era preparar un cuadernillo de notas que regalaría, y en efecto regaló, a
quienes participamos. Como el tiraje de la publicación se ciñó estrictamente al
número de invitados y quizá algunos pocos ejemplares más, comparto en caída
libre y sin comentario lateral seis aproximaciones al cuento contenidas en las
páginas de aquel grato regalo; creo que así pueden servir a los
lectores/escritores de cuento todavía no muy avisados.
Rosina
Conde: “Un consejo para un joven cuentista: No debemos menospreciar el estudio
de las técnicas narrativas ni de las estructuras. Los lectores se dan cuenta
cuando nos equivocamos y nos celebran cuando se han cubierto todos los planos,
así rompamos con la linealidad o la temporalidad en la narrativa, o trabajemos
el verso libre en la poesía”.
Iris
García Cuevas: “Me gusta pensar que cada género narrativo tiene su propósito.
La novela sigue procesos de formación y transformación a largo plazo; la novela
breve capta cómo se reconfigura la vida bajo presión, ante una situación de
emergencia; el cuento fija el momento exacto en que todo cambia, es una
instantánea del ser humano ante la crisis”.
Raquel
Castro: “Un consejo a jóvenes cuentistas. Decide primero el esqueleto de lo que
quieres contar; luego vístelo poco a poco: que sólo le quede encima lo que
realmente necesita. Luego, si quieres, adorna”.
Daniel
Bernal Moreno: “Sugiero escribir un primer borrador sin ninguna restricción de
tema o extensión. Teniendo claro el conflicto, la anécdota o el final, al
escribir sin limitantes podríamos descubrir elementos que enriquezcan nuestro
texto. Después viene el trabajo más difícil que es eliminar todo lo que sobre y
no aporte nada al cuento. Sacrificando incluso frases potentes o imágenes que
podrían ser interesantes”.
Carlos
Martín Briceño: “Los cuentos surgen de instantes, de la morbosa mirada del
escritor que descubre en las acciones de otros, una historia oculta digna de
ser narrada. El cuento es un golpe de sol en los ojos, un paseo por las
entrañas de la condición humana, y debe ofrecer a los lectores, como ‘El Aleph’
de Borges, ángulos inadvertidos de la realidad”.
Pepe Rojo: “Me gustan los cuentos que cortan. Me gustan los cuentos que cantan. Me gustan los cuentos que no te dejan dormir. Que te hacen llorar y sonreír a la vez. Esos que, al acabar de leerlos, te dejan en una realidad distinta a la que estabas cuando los empezaste”.
miércoles, mayo 27, 2026
Dipinto di blu
Es conocida como “Volare”, pero su verdadero
nombre es “Nel blu, dipinto di blu”, y en los sesenta se convirtió en una
canción famosa en la voz de Domenico Madugno. En YouTube está disponible la
versión original y muchas otras con cantantes varios, incluida una abusiva con
Luciano Pavarotti, que para su talento era una canción menos que fácil. También
me gusta la aflamencada y bailable de los franceses Gipsy Kings, que en todo su
repertorio son muy buenos.
Traigo a cuento la canción que inmortalizó a
Madugno porque así me siento, pintado de azul. Para nadie entre quienes me
conocen es un secreto que tengo décadas, cinco nomás, como aficionado
irreductible de Cruz Azul. Es fácil decirlo, pero es medio siglo de fidelidad a
un color que si bien me dio grandes noticias apenas lo abracé, luego fue tacaño
para alegrarme con campeonatos, sobre todo la larga y oscura etapa del 97 al
2021, una sequía en la que por las derrotas inexplicables nos estigmatizaron
con un verbo atroz que luego encontró cabida en el diccionario de
mexicanísimos: cruzazulear.
Con amigos de la misma bandería (como Giancarlo
Uribe) hice hace poco un recuento de los tropiezos aberrantes que motivaron
el verbo: el gol de Glaría en el último minuto con el que Pachuca nos quitó un
campeonato, la final contra el América con el gol del portero Moi Muñoz, la
eliminación que nos propinó Pumas pese a una ventaja de cuatro goles, el
imborrable error de Kevin Mier… y muchas cagadas más en finales y semifinales
perdidas por cruzazulear.
En 2021 se rompió la maldición y la Máquina consiguió el título con Juan Reynoso en el timón. Muchos pensamos que allí comenzaba una racha triunfadora, pero los fantasmas reaparecieron, el verbo maldito nuevamente nos acechó. Pero ya, el domingo pasado la suerte y el buen futbol encaramaron otra vez en la cúspide a los Cementeros. Gracias a lo que ocurrió, nunca voy a olvidar la alegría íntima, el grito callado que mi espíritu pegó cuando a las 9:15 de la noche del domingo 24 de mayo de 2026 el árbitro pitó. Otra vez campeones, la décima. No hubo verbo cruel y por eso hoy canto bajito (porque jamás me han agradado las bromas ruidosas contra el perdedor) “Nel blu, dipinto di blu”.
sábado, mayo 23, 2026
El bueno, el malo y el CEO
No
recuerdo dónde lo leí, pero siempre lo recuerdo. Creo que fue en El escritor y la crítica, libro de
ensayos sobre Vargas Llosa coordinado por su paisano José Miguel Oviedo y
publicado por Taurus. Bueno, da igual. Lo que recuerdo es que en una de sus páginas
el novelista peruano declara que antes de escribir La guerra del fin del mundo viajó al norte de Brasil para
documentarse sobre el paisaje y ver “tipos humanos”. Dado lo que resultó, una
de las novelas más poderosas del siglo XX latinoamericano, no es mala
recomendación la de documentarse antes de escribir un libro que no dependa de
la imaginación pura, sino procurar una experiencia directa con el entorno
previsto para ser descrito, lo que incluye aquello de escanear “tipos humanos”.
Pero
contenga descripciones de los rostros o no, la narrativa debe presuponer que
los lectores tantean en su imaginación la cara de los personajes. Cuando Borges
dice, al inicio de “La forma de la espada”, “Le cruzaba la cara una cicatriz
rencorosa”, nos obliga con la fuerza del adjetivo a que nos hagamos de
inmediato la idea de una cara, la de John Vincent Moon, y lo mismo pasa cuando Vargas Llosa
escribe, en la primera frase de la novela mencionada hace pocas líneas, “El
hombre era alto y tan flaco que parecía siempre de perfil”, de inmediato nos
estimula a colocar un rostro enjuto y fakirístico a Antonio Conselheiro. La
iconografía del Quijote y de Sherlock Holmes, por citar dos casos clásicos, es
la materialización de la necesidad de poner una cara a los personajes ficticios.
El
escritor argentino Delmiro Sáenz señaló en un diálogo con Cristina Mucci,
conductora del programa Los siete locos,
“Las caras no son gratuitas”. Es para mí una afirmación que resume la
importancia de encontrar al menos un rasgo definitivo en los personajes creados
en cualquier producto narrativo. Y en efecto: por razones que quizá no
llegaremos a entender del todo, un mínimo pliegue natural en el rostro puede
lograr que tal o cual personaje encarne héroes, y otro, villanos, o que uno
parezca sufrido, y otro, alegre. Se supone que los expertos en casting saben
muy bien esto y, además de la capacidad histriónica medida en las pruebas
aplicadas a los aspirantes, calculan a partir de la fachada quién encaja mejor
para cada personaje. “Las caras no son gratuitas”, repito la sentenciosa frase
de Sáenz.
Una
película insignia del casting perfecto es El bueno, el malo y el feo, donde la
mejor cara es sin duda la de Lee Van Cleef, el malo, quien apoya casi toda su
intrínseca malditez en los ojos felinos, siempre rasgados y amenazantes.
Pero
no es necesario ir tan lejos, a las joyas del cine, para saber que las caras
son fundamentales a la hora de crear impacto y verosimilitud (en las películas
con un enigma fuerte suelen escoger a un tipo de cara bonita para fungir como
culpable, pero este recurso ya ha sido manoseado y por lo tanto es previsible).
Hasta en las cintas de bajo presupuesto o las telenovelas chafas (frase que
puede ser considerada un pleonasmo) hay un sistema implícito para seleccionar
héroes y villanos, con la escala de grises que puede caber en los extremos. Tal
es la razón por la que Adela Noriega siempre fue una heroína lánguida y Nailea
Norvind fue con frecuencia la prima envidiosa, o por la que Polo Ortín siempre
caracterizó al tío ruco buena onda y Fernando Colunga el CEO sin un solo pelo
fuera de lugar.
En el teatro, en el cine, en la novela y el cuento, e incluso en el cómic y la publicidad, con frecuencia una cara, así sea construida sólo con palabras escritas, dice más que mil parlamentos.
miércoles, mayo 20, 2026
Hay semejanzas maravillosas
José
F. Armida es el autor de “Semejanzas”, un bolero mexicano cuya música se debe a
Ricardo Palmerín, el yucateco autor de “Peregrina”, la canción que Felipe
Carrillo Puerto pidió para Alma Reed; seguro conocen esa historia. “Entre las
almas y entre las rosas / hay semejanzas maravillosas”, escribió Armida, y más
allá de la elevada edulcoración verbal puedo decir lo mismo sobre el cuento y
la poesía como géneros literarios: entre los dos hay afinidad, tanta que he
llegado a cuajar una noción sobre su proximidad en ciertos rasgos. Paso a
explicar aunque esto nomás me sirva para tener claro en qué pienso cuando
pienso en el cuento.
En
la escritura poética más convencional hay dos formas básicas: el verso llamado
tradicional y el libre. A ambos los une la intención poética, el ritmo. Pueden
ser poesía porque intentan una determinada sonoridad, la música de la palabra.
La poesía tradicional apela a la métrica (la acentuación, el número de sílabas,
la rima, la división estrófica y a veces el número de versos), como lo hacen el
soneto y la décima, formas fijas que han sobrevivido sólidas hasta la fecha; por
otro lado, el llamado verso libre es, como lo indica su adjetivo, libre, no exige
número de sílabas, ni rima no nada, sólo obtener un ritmo más o menos eficaz,
dependiendo de lo que cada poeta pueda alcanzar en función de su talento.
En
el cuento noto de manera esquemática una división similar. Se supone que un
rasgo ineludible, como el ritmo en la poesía, es la brevedad de lo narrado,
pero también, como en la poesía, hay un cuento que podemos llamar tradicional y
otro libre. En el primero hay algunas reglas, es como el soneto de la
narrativa. En un exceso de taxatividad, Piglia ha señalado que "un cuento siempre cuenta dos historias": una fluye en la superficie y otra soterradamente. Elegir en
este tipo de cuento un tema, un argumento, personajes, atmósferas y demás
supone una postura similar a la que se asume cuando escribimos un soneto: es un
mecanismo cuyo engranaje se interconecta en un palmo de papel y busca, lo
consiga o no, la perfección del círculo. Es una historia vigilada, gobernada
por la racionalidad del cuentista.
El
otro tipo de cuento, para seguir con la analogía, es el libre, desentendido del
mecanismo, sostenido, me he fijado, por el trazo prosístico o la agudeza del
autor puesta en sus personajes, pero sin afán de contar (“siempre”) las susodichas
dos historias de Piglia ni apetito por lograr alguna sorpresa. Por eso el
cuento “libre” siempre termina en cualquier punto, sin conectar nada como
imperativo de la estructura, de ahí que varias veces he pensado que en esencia carece
de sistema óseo, que es un texto invertebrado.
Claro, ninguno de los dos es mejor que el otro, todo depende del tratamiento, en el que por cierto también podemos atrever interesantes mixturas. En ambos casos son moldes espléndidos para narrar. Aunque por inercia tiendo a preferir el primero, el vertebrado, ninguno es mejor que el otro, repito.
martes, mayo 19, 2026
Décima Feria de Libro de la Frontera
Décima Feria del Libro de la Frontera a celebrarse en Ciudad Juárez del 22 al 24 de mayo. El tema vertebral será el cuento como género siempre en movimiento. Allá nos vemos.
lunes, mayo 18, 2026
Futbol y letras, diálogo completo
Museo de Historia Mexicana, ciclo “11/22: futbol y polémica” coordinado por el comunicador Gabriel Contreras. Serán cuatro mesas a celebrarse los cuatro miércoles de este mes; van dos, y el 13 de mayo reciente me tocó dialogar en la segunda con Víctor Barrera Enderle. En esta liga pueden ver y escuchar la conversación completa.
sábado, mayo 16, 2026
Monterrey cuatro décadas atrás
El miércoles pasado volví a
Monterrey. Atendí una amable invitación del Museo de Historia Mexicana para
participar en el ciclo “11/22: futbol y polémica”, pensado y coordinado por el
comunicador Gabriel Contreras. Serán cuatro mesas, van dos, y me tocó dialogar
en la segunda con Víctor Barrera Enderle, a quien sólo conocía por escrito gracias
a su libro Ahora colecciono miradas. El
discurso ensayístico en la etapa madrileña de Alfonso Reyes (UANL, 2021). Aunque
el tema de nuestra conversación no fuera a girar en torno a la obra del polígrafo
regiomontano, el hecho de saber que mi interlocutor es especialista en la obra
de Reyes y actual director de la Biblioteca Alfonsina fue motivo más que grande
para entusiasmarme. Al final nuestro diálogo, titulado “Futbol y letras”, se desarrolló
por los cauces deseados, pues establecimos, o tratamos de establecer, los
puentes entre el futbol como fenómeno cultural y su influjo en la escritura
literaria.
El viaje en camión me dio
tiempo para recordar en la ida y en la vuelta mi etapa, digámoslo así,
regiomontana. Aunque he compartido poco esa experiencia, tuve radicación en
Monterrey durante un breve periodo de mi vida, apenas un semestre. Ahora que
reparo en esto, quizá una de las trampas de la memoria, de la mía en este caso,
ha sido ocultarme ese recuerdo porque fue particularmente duro, por no decir
que feo, digno de olvido. Pero así como esconde, como escamotea, la memoria no
puede borrar del todo lo ocurrido, y sobre el bus resucitó en mi cabeza la
andanza de hace cuarenta años. No pude recordar con precisión muchos detalles, sobre
todo datos duros, pero sí montones de imágenes que se agolpan cuando intento establecer
una cronología de aquellos meses traumáticos.
Tal vez estoy exagerando, no
sé. Quizá la vivencia no fue tan adversa, pero algo me lleva a creer que sí,
como si la memoria tuviera un mecanismo para hiperbolizar lo malo. Lo que
recuerdo de mi etapa regia —que de regia
no tuvo nada— se debió al desempleo. Acababa de salir de la carrera y de
inmediato me vi impelido a trabajar. En ese momento advertí que se había
acabado la beca familiar, así que me puse a buscar en dónde vender mi precaria
fuerza de trabajo. Probé suerte con un grupo de compañeros de la carrera en un emprendimiento
fallidísimo que merece crónica aparte, y luego en otro institucional, público,
que también se frustró casi desde el arranque. No habían pasado ni seis meses
desde que egresé, y ya tenía dos strikes
en mi cuenta laboral.
Fue en ese momento cuando un
amigo de la prepa, José Manuel González Souza, me dio un tip para hallar algo. Él estudiaba el último año de su carrera de
ingeniería en la UANL, y compartía una casa pequeña, como de Infonavit, con otro
compañero de la facultad. Me dijo que sobraba un cuarto, y que por una módica cooperación
podían hospedarme para que buscara chamba allá. Acepté. No recuerdo cómo
conseguí dinero para viajar a Monterrey, ni cómo nos organizamos para que me
recibiera en la terminal, pero un día de 1986 u 87 entramos a la casita ubicada
lejos del centro. En efecto, la casa estaba en una de esas colonias de viviendas
para trabajadores, espacios situados en la periferia con miles de casas idénticas
apiñadas en edificios también idénticos.
Tras mi llegada, recibí
instrucciones de movilidad, rutas de camiones y eso. Mi idea era trabajar en
algún periódico, y daba la casualidad nada casual de que las instalaciones de
los diarios estaban en el rumbo de la Macroplaza. Desde el primer día entendí
que para llegar al centro debía tomar dos camiones, una hora y media de
recorrido. En otras palabras, tres horas, si sumaba la vuelta. Esto ya de por sí
era letal para un lagunero acostumbrado toda la vida a viajes cortos dentro de mi
región.
Para entonces había leído el
suplemento cultural Aquí vamos, del
periódico El Porvenir, y me gustaba
mucho, así que me apersoné en sus instalaciones. No tenía ningún contacto, no
conocía a nadie en el periódico, pero como pude logré que me hicieran una
prueba para algo, no recuerdo si para corrector o reportero. Dijeron que si la
pasaba, me llamarían. Di el teléfono de una señora que era vecina de mi amigo,
el estudiante de la Uni, quien además les preparaba comida por una cuota a la
semana.
Como no podía atenerme al resultado en El Porvenir (que nunca llegó), alguien me dijo que recién habían abierto un nuevo periódico, el ABC. También quedaba por el rumbo de la Macroplaza, y pronto fui a sus instalaciones para husmear alguna oportunidad. Hablé con un funcionario, le expuse mi caso, y dio la casualidad de que tuvieran una vacante de reportero. Supongo que nadie la quería, pues de inmediato me dieron el empleo. Al día siguiente me presenté, me asignaron una máquina de escribir y una orden de trabajo tecleada mecánicamente en una tirita de papel. Con credencial de reportero novatísimo salí a la calle. Tuve que preguntar a compañeros todavía desconocidos en dónde estaba tal o cual lugar, en qué camión subir. Visité las sedes de partidos, de cámaras empresariales, de sindicatos corporativos, para entrevistar a personajes horribles. Caminé mucho, con el fin de ahorrar. A eso de las dos o tres regresaba al diario, me sentaba frente a la máquina y redactaba como podía —siempre con un hambre de perro— las notas que me encomendaban. Salía del periódico como a las 5, y recuerdo varias tardes en las que me senté en alguna banca de la Macroplaza para respirar antes de tomar el bus de hora y media hasta la casita de Infonavit ubicada en el culo de Monterrey, o poquito más allá.
Eso se repitió durante varios meses.
Comía muy mal y dormía peor, pues la casa no tenía aire acondicionado y en el
calor de Monterrey era imposible descansar. Además, los trayectos poco a poco
me redujeron a la condición de zombi, condición que no mejoraba con la llegada
del salario, pues también era rabón. Cómo estaría la cosa que lo único bueno
que recuerdo de mi chamba de reportero en el ABC son algunas tardes frente a la máquina de escribir. No por la máquina
ni por escribir, sino porque frente a mí, como a diez metros, tenía su
escritorio una compañera que me gustó. Se vestía como si fuera integrante del
grupo Flans, y por supuesto no me animé ni a decirle buenas tardes. Sin dinero,
derrotado por el hambre y derretido por el calor, la veía como lo que era: un
sueño imposible.
Cuando ya no di más, aproveché el pago de una quincena para renunciar y volver a Torreón con otro fracaso a cuestas, pero más contento que un liberto. Monterrey quedó como un feo recuerdo de mi estreno periodístico, pero, si lo analizo bien, no fue tan malo, pues me enseñó a boxear arrinconado en la esquina del ring y con la guardia cerrada, sin caer.


























