miércoles, julio 29, 2026

Virales que sí sirven

 











La viralidad es un fenómeno que en la mayor parte de los casos se relaciona con lo audiovisual: un accidente, una agresión, un hecho extraño, la burrada de un famoso son los productos más socorridos de la divulgación repentina, de “lo viral”. Todo esto termina por ser, claro, una pérdida de tiempo entre las muchas otras miserias del universo digital que sólo son eso, pérdida de tiempo. Curiosamente, también hay productos virales de índole textual. No alcanzan por supuesto el efecto masivo de los audiovisuales, y de hecho su viralidad es tan modesta que quizá ni es digna de ser ubicada en tal rango.

Pienso que un texto (columna, artículo, crónica, poema…) es viral cuando aparece en mi celular o mi computadora como reenvío de varios contactos. Ya para que tres o cuatro amigos lo divulguen quiere decir que les llegó por diferente medio, que es un texto con capacidad de filtración. En estos días me llegó uno. Cuatro amigos que no se relacionan entre sí me enviaron el artículo “España contra todo pronóstico”, escrito por Gilberto Carrasquero Naranjo, periodista/escritor de quien no tengo más data.

Es muy bueno. Trata, lo resumo muy apretadamente, del sistema de salud en España, de sus avances y del futuro que se le augura en función de las estadísticas actuales. Resulta significativo recibir esta información, pero más enterarnos de que es muy probable que España tenga avances en la salud pública en función de un ítem que no parece tener nada que ver en el asunto: la cultura de la reunión, por llamarla de algún modo.

Desde los dos primeros renglones, Carrasquero Naranjo plantea lo que parece una anomalía (y lo es, pero benéfica): “España tiene más bares que camas de hospital. Léalo de nuevo, despacio. Unos 260.000 bares frente a unas 140.000 camas hospitalarias”. Cuando dice “bares”, es claro que no debemos entender el sustantivo sólo en el sentido mexicano, como sinónimo de cervecerías o cantinas. Bares sería en el caso español cafeterías, restaurantes, sitios para reunirse y conversar en los que también, obvio, puede ser incluido el alcohol.

No es difícil encontrar mediante Google el texto de Carrasquero Narranjo. Nos plantea con buena prosa y datos contundentes que hablar, que ver amigos, que ejercer el ocio sin apremio por producir bienes o servicios es quizá el mejor medicamento y no aparece, por desgracia, en ninguna prescripción médica.

sábado, julio 25, 2026

Soñemos de pie












Fernando Fabio Sánchez ha publicado el primer comentario sobre Prohibido soñar de pie (Ficticia Editorial, México, 2026, 200 pp.), mi más reciente libro de cuentos. Se lo agradezco mucho, pues todo ayuda a dar visibilidad a la escritura que nace en estos tiempos sin mucha esperanza de llegar a los lectores hoy pulverizados es intereses infinitos. La reseña de Fernando apareció en tres entregas/semanas de su columna 30-30, publicada desde hace varios años en el diario Milenio Laguna. Agradezco su generosa opinión y aprovecho que me permitió compartirla aquí para anunciar que el libro está a merced de quien guste en la cadena Gandhi, las librerías del FCE y, en Torreón, en la Cafebrería La Tinta (Morelos 559 poniente).

Este es el comentario de Fernando:

Soñemos de pie

I

Se dice que las primeras líneas de un libro determinan si un lector continuará leyendo la obra que comienza.

Es posible que así sea.

Las primeras líneas se parecen al primer saludo entre dos desconocidos, a la primera mirada de los amantes o a la primera impresión en una entrevista de trabajo.

La importancia de las primeras líneas es antigua. La novela inaugural de nuestra tradición es tan famosa como su entrada: “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme”.

Si queremos ir más atrás, remontémonos al siglo VIII a.n.e., para escuchar el inicio de La Odisea: “Cuéntame de aquel hombre complicado, Musa. Cuéntame cómo erró y se extravió después de asolar la sagrada Troya” (traducción al español de la versión de Emily Wilson).

O si deseamos ir todavía un poco más atrás, leemos en el Génesis: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra”.

Las primeras líneas son una fórmula. Nos introducen en el espacio, el tiempo o la lógica de un nuevo universo.

Son, también, un adelanto cifrado de la obra, un pacto que establece estilo, ritmo e intensidad.

No son las de sintaxis más sofisticada, las más líricas o cargadas de simbolismo.

Algunas son secas, con lenguaje directo y simple. Su fuerza consiste en definir un tema de gran importancia o trazar el inicio de una acción irrevocable.

Aunque su magnetismo es misterioso, quizá incuantificable, basta una buena primera línea para sembrar el deseo de leer cientos, miles de páginas.

No todos los libros tienen la fortuna de contar con una primera línea de antología. 

Pero, en algunos casos, la entrada es tan agraciada que acumula múltiples significados.

Tal es el caso del libro más reciente de Jaime Muñoz Vargas, Prohibido soñar de pie (Ficticia Editorial, México, 2026, 200 pp.).

Se trata de una colección de 15 cuentos que “permiten acceder a las numerosas lastimaduras que presupone la existencia”.

La primera pieza navega en siglos de tradiciones literarias.

Se titula “Microrrelato total”. Lo incluyo íntegro a continuación.

“En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme y en medio del camino de la vida, errante me encontré en una selva oscura cuando frente al pelotón de fusilamiento el coronel Aureliano Buendía recordó aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo a él, que sólo deseaba confesar que vino a Comala porque le dijeron que acá vivía su padre, un tal Pedro Páramo, declaración expresada la candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, apenas poco después de que Gregorio Samsa despertó convertido en un escarabajo, preguntando como loco, a gritos y con una pena extraordinaria, ¿en qué momento se jodió el Perú?”.

Este relato nos prepara para entrar en Prohibido soñar de pie, un libro que, desde su primera línea, ya promete más de lo que anuncia, como veremos en la siguiente entrega.

II

La semana pasada leímos el inicio de Prohibido soñar de pie, el libro más reciente de Jaime Muñoz Vargas. Hoy recorreremos los primeros cuentos, pero sin revelar los finales.

El segundo cuento, “Irene Olavarría”, narra la relación entre Irene y la viuda de Arturo, con quien Irene compartió una relación de juventud.

Irene ha llegado a la empobrecida casa de Teresa para hacerse cargo de los libros publicados y no publicados del recién fallecido.

Según Arturo, quizá la terquedad vasca de Irene podrá “hacer algo con los libros”.

Así, se embarca en el proyecto de rescatar a Arturo de una doble muerte: la física y la literaria, acaso salvando también a Teresa en el proceso.

Tour en gris” es un cuento basado en una de las paradojas de México en cuanto a la difusión de la llamada “alta cultura”.

El protagonista-narrador viaja hacia la provincia norteña, acompañado de un chofer aficionado a la música de banda, para dar una charla literaria.

Los escenarios desolados, que espantan estéticamente al narrador, nos hacen sentir que ambos personajes se adentran en la nada.

Esa es la paradoja: nadie parece estar esperándolos y, aun así, el escritor va, apoyado por un programa estatal que debe difundir la cultura.

Del tema literario, llegamos al género de terror con “Dentro del cine”.

Aquí, Muñoz Vargas presenta a dos hermanos que filman una película, utilizando los elementos más oscuros de la realidad.

Quizá lo que produce terror en esta historia es exactamente el hecho de que los hermanos no deciden hacer arte, sino lucrar con la violencia social.

De aquí, volvemos al tema literario, pero ya contaminados por el cinismo.

En “Taller literario” encontramos a dos escritores muy diferentes. Uno parece tener la vida resuelta pero no tiene talento. El otro está en apuros, aunque escribir buenos libros le resulta un acto natural.

¿Qué es más importante? ¿El talento o la astucia comercial?

Hasta aquí, Prohibido soñar de pie ha presentado el problema de la profesionalización artística en un entorno que no parece reconocer ni recompensar tal esfuerzo.

El resultado es una serie de discordancias entre ejecutantes y su supuesta audiencia: el fracaso de escritores, pensadores y cineastas que soñaron con el “éxito” y cuyas expectativas se tornan ridículas ante un mundo que —irónicamente— no los categoriza de esa manera porque en realidad no los ve.

Este agotamiento lo encontramos en “Un día con Michelle”, que narra el episodio entre un tipo normal y la “novia” de su amigo.

El narrador-personaje debe acompañar a la influencer del fitness en Mazatlán como un favor al amigo, y no sabe si los deseos que siente por ella llegarán a cumplirse.

Es el mito de Tántalo, compartido por los personajes: tienen sed y ven el agua, pero no pueden beberla.

Encontramos a lo largo de las primeras cien páginas un realismo irónico y desencantado, cercano a Quevedo.

Jaime Muñoz Vargas reconoce esta influencia en el epígrafe del poeta del Siglo de Oro, que dice: “No sentí resbalar mudos los años/ hoy los lloro pasados, y los veo/ riendo de mis lágrimas y daños”.

Continuemos este recorrido por Prohibido soñar de pie. Quizá el verdadero tema del libro no sea la prohibición de soñar, sino la obstinación de seguir haciéndolo de pie.

III

En esta entrega concluiremos la reseña de Prohibido soñar de pie (Ficticia 2026) de Jaime Muñoz Vargas. Al entrar en la segunda parte del libro, reconocemos otros temas además del mundo literario.

Resalta el futbol en “Jugada de peligro” y “Un Maradona posible”. El segundo es el más futbolero —deporte que apasiona a Jaime y que ha sido una constante en su obra— y presenta una biografía hipotética del jugador argentino en México. Por lo mismo, también es el más borgeano del volumen.

“Jugada de peligro” nos lleva a una familia que, de pronto, se ve relacionada con algunos jugadores sudamericanos en La Laguna. Hay una reflexión sentimental sobre la manera en que la economía influye en las relaciones sociales.

Esta convergencia entre deporte y vida aparece también en “Después de las luchas”. El cuento ofrece uno de los motivos de la portada, en la que aparece una máscara de luchador reproducida en una tira de celuloide. La lucha libre es otro de los núcleos de la literatura de Jaime.

Luego, el libro se concentra en lo social. “En la orilla” y “Yo tengo tu dirección” nos hablan de la posible tragedia que puede estar anidada en la cotidianidad: un amigo de la juventud regresa completamente derrotado y un hombre cualquiera se enfrenta a la posibilidad de comprar un auto “chueco”, convirtiéndose quizá en un delincuente silencioso.

Llegamos entonces a tres cuentos sobre la masculinidad. “A tus brazos otra vez” es irónico y describe con detalles las experiencias íntimas de un personaje al que le han negado el amor.

En contraste, “Muchísimas gracias” adquiere una perspectiva nostálgica: el narrador nos cuenta cómo conoció a una mujer que reencuentra muchos años después, recordándonos a Cortázar y José Emilio Pacheco.

Y "Carta de Diana", que vuelve al mundo literario-académico: una especialista argentina ofrece un curso en una universidad lagunera y, entre la atracción y el respeto, la caballerosidad termina por imponerse.

El lector de esta columna ahora conoce catorce de los quince relatos de la colección.

Detectamos temas en común: la literatura y el arte como modo de existencia, el futbol, las luchas, el crimen, el realismo, la tentación del éxito y el fracaso.

Pero el libro nos reserva algunas victorias. Son pequeñas, acaso sentimentales nada más, aunque lo suficientemente poderosas como para restablecer la dignidad de los sueños y la vida.

No todo es frustración en estos cuentos que se desarrollan en la Comarca Lagunera, haciendo del desierto un universo.

Jaime Muñoz Vargas también triunfa por medio de su prosa: rítmica, muy rica y llena de humor. Y dedica el volumen a Saúl Rosales Carrillo, reconociendo su tradición e impulsándola.

Al final, nos revela que el hacer es en realidad juego. “Monotonía de las vueltas” dice: “Cuando el Hombre Araña se avecindó en Torreón, vio con tristeza que para tender su prodigiosa telaraña solo contaba con el edificio Monterrey. Allí murió, viejo y aburrido, dando vueltas como si fuera un monótono volador de Papantla”.

Prohibido soñar de pie de Jaime Muñoz Vargas es un libro que nos enseña a reír de pie y a soñar todavía, aunque el mundo no dé para más. 

Género de sobremesa


 











Proveniente del griego, la palabra “anécdota” (anékdoton, “no publicado”, “inédito”) tiene cuatro acepciones en el diccionario académico (la segunda me parece innecesaria): “Relato breve de un hecho curioso que se hace como ilustración, ejemplo o entretenimiento”; “Suceso curioso y poco conocido que se relata en una anécdota”; “Suceso circunstancial o irrelevante” y “Argumento de una obra”. Para lo que compartiré a continuación, me ciño a la tercera acepción, y sobre todo al adjetivo “irrelevante”, de allí que las confine al ámbito de la sobremesa. Las tres que comparto tienen un común denominador: que se relacionan con la periferia literaria, gran productora de situaciones que se trepan como polizones al recuerdo. Los títulos sólo sirven para identificarlas pese a su insignificancia. Van:

Abuso de la elegancia

Casi todos los lugares comunes tienen alguna inclinación por la elegancia. No es necesario anotar que, al usar un tópico, la elegancia resulta fallida, y lo que queda más bien es inelegancia, mal gusto, cursilería. Cuando alguien dice, por ejemplo, “cerrar con broche de oro” o “poner su granito de arena”, lo único que logra es evidenciar falta de imaginación.

Hay lugares comunes, sin embargo, que no lo parecen. Uno de ellos es “valga la redundancia”, tópico que sale a la luz (“salir a la luz” es un tópico) cuando alguien, durante la conversación, repite con demasiada proximidad una palabra (“recuerden que lo fundamental es dar fundamento, valga la redundancia, a los proyectos bla bla bla”). La pobreza de vocabulario o el simple lapsus es disculpado entonces por un “valga la redundancia” comodín, una frase ya corrompida, gastada por el uso.

Lo recomendable para evitar tal tropiezo es ampliar el vocabulario, sin duda. Pero cuando eso no es posible, se me ocurre que pueden equivaler las frases “valga la reiteración”, “disculpen la expresión” o algo así.

Lo que no se debe hacer nunca es usar frases como esas cuando no haya ninguna necesidad. Todo esto lo digo sólo para recordar al locutor de radio que escuché cierta tarde. Iba yo camino a la universidad y, al terminar una canción, el locutor dijo la hora con el mayor abuso de elegancia que he escuchado jamás:

—Faltan cuatro para las cuatro, valga la redundancia.

Luego de oírlo decidí escribir algo, lo que fuera. Y es esta cuartilla, precisamente.

 El autor de las leyes

Quizá no haya libros de factura más anónima que las leyes. Escritas y avaladas por muchos, las leyes representan un consenso, un acuerdo establecido entre varias cabezas. Pues bien, un amigo llegó a una tienda comercial de esas que, para no ser acusadas de indiferencia cultural, también tienen una librería aledaña al restaurant. Mi amigo, abogado él, andaba en busca de la Ley de equilibrio ecológico. Mientras buscaba en el anaquel donde posiblemente se podía encontrar aquel libro, un dependiente se le acercó para ofrecerle ayuda.

—Gracias, joven, ando buscando la Ley de equilibro ecológico.

El dependiente, capacitado un par de horas antes para dar su servicio pero ajeno totalmente al mundo de los libros, le pidió un dato insólito.

—¿Me puede dar el nombre del autor?

Mi amigo el abogado estuvo a punto de responderle que “la Cámara de Diputados en sesión plenaria”, pero prefirió dejar el asunto en paz. Vio en la cara del muchacho tal aburrimiento que ya no quiso explicar nada.

Por desgracia

Juan Pablo Neyret y yo tomábamos café en la amable casa de David Lagmanovich. Horas antes nuestro anfitrión nos había presentado a ciertos personajes tucumanos. Yo recordé en particular a uno que me había parecido algo extraño, enigmático, y pregunté.

—Oye, David, ¿y fulano de tal escribe, ha publicado algo?

David, con una malicia que he visto en pocos rostros, contestó resignado y negando con la cabeza, casi como si fuera una tragedia.

—Lamentablemente, lamentablemente.

Neyret y yo no pudimos evitar el dueto de carcajadas.

jueves, julio 23, 2026

Microficción futbolera en Macedonia

 



































Gracias a MacedoniaEditorial, de Argentina, por invitarme a este combo de minificciones futbolísticas armado durante el Mundial. Mi gratitud va dirigida sobre todo al escritor, editor y amigo José Luis Bulacio.

miércoles, julio 22, 2026

Odios digitales









Siempre hemos visto que las grandes competencias deportivas sirven para invocar la hermandad de los pueblos y la paz mundial. Las inauguraciones y las clausuras son los escenarios más adecuados para que desfilen banderas y se emitan discursos con fuerte contenido demagógico en el que se destaca la necesidad de que los pueblos de la tierra convivan en armonía, leal y solidariamente. Todo debe sonar bonito aunque en realidad vivamos en una circunstancia muy desigual: diez países controlan la economía y los demás, 170 más o menos, dependen de decisiones ajenas. La “paz mundial” es mera retórica, una quimera que sólo sirve para abrir y cerrar competencias internacionales.

A la violencia real provocada por economías disparejas se sumó por estos días (todavía hoy se nota) la avalancha de violencia simbólica propalada por los medios durante el desarrollo del Mundial. Como no lo recuerdo en ediciones anteriores del torneo, en esta ocasión se agudizaron muchos rencores internacionales, un efecto opuesto a la hipotética fraternidad apetecida por la publicidad de los organizadores. Lejos de conseguirla, lo que se vio en la realidad de las redes —una realidad ahora tal vez más real que la realidad presencial—, fue encono verbal, agresiones espantosas de todos contra todos.

El caso más visible y multiplicado de la tirria digital, pero no el único, se dio en relación con los argentinos y su selección. Casi casi debo precisar que no fueron tanto los argentinos cuanto los porteños y especialmente algunos comunicadores de la capital de aquel país quienes atizaron el ambiente para que se caldeara en buena parte del globo. En el caso mexicano, un periodista dio pábulo a la “argentinofobia” con declaraciones que se viralizaron en México. El descerebrado, de nombre Eduardo Feinmann, señaló que odia a los mexicanos y añadió que nuestro país envidia al suyo. Todo absurdo pero muy eficaz para multiplicarse exponencialmente y verse reforzado por una ola de nuevas opiniones igual o peor de soeces.

Engancharse en cualquier fuego cruzado de las redes es simplista y burdo, pero en esta oportunidad resultó harto eficaz para exacerbar el clima de crispación que espera cualquier rivalidad deportiva para manifestarse en las trincheras de nuestro tiempo: las redes sociales, espacios donde salen a relucir los traumas y los complejos de tirios y troyanos, para decirlo con un manoseado cliché bélico.

lunes, julio 20, 2026

40. Zidane








Su cuota goleadora no fue grande, apenas rebasó los 150 tantos, una cifra de todos modos muy decorosa para la función que desempeñaba en el campo. Fue un 10 puro, quizá el más clásico de los que han ocupado su posición, tanto que de haber sido urbe, a Zinedine Zidane (Marsella, Francia, 1972) le hubiera tocado ser distribuidor vial: en el centro de la cancha hacía fluir las acciones para todos lados. En América sólo recuerdo el caso aproximado de Riquelme, parecido incluso por la estatura en apariencia poco adecuada para jugar con elegancia y eficacia. Otros parecidos fueron Platini e Iniesta, futbolistas con el don de tener el mapa de la cancha cadriculado en la mente. Uno de los elogios más precisos dirigidos al marsellés lo hizo Valdano en el Mundial de 1998: jugaba Francia y opinó que en las escuelas de futbol “debían abrir las materias Zindane I y Zidene II”, pues, en efecto, la función de Zizu era una cátedra permanente de ubicación y correcta toma de decisiones. Y más allá de su capacidad como cerebro, consumó goles espectaculares. El anotado de volea con el Real Madrid (todos lo vimos) fue para enmarcarse o esculpirse. Impresionante jugador.

domingo, julio 19, 2026

39. Zico









Entre el ocaso de Pelé y el esplendor de Maradona hubo varios jugadores que se disputaron el trono del futbol mundial. No era fácil llegar a ese sitio, pues el gigante brasileño puso tan alta la vara que hasta la fecha muchos creen, sobre todo los viejos aficionados, que nadie ha podido igualarlo, es decir, que nadie ha alcanzado la genialidad futbolística de Pelé. Ahora bien, entre 1975 y 1985 apareció la figura de Arthur Antunes Coimbra (Río de Janeiro, Brasil, 1953), mejor conocido por su breve mote: Zico. Además de este hipocorístico, en la prensa no fue raro que lo llamaran “el Pelé blanco”. Creo que no deshonraba la comparación, tanto como Hagi, el rumano, sería llamado años después “El Maradona de los Cárpatos”. Tales correlaciones pueden parecer exageradas, pero en el caso de Zico es verdad que se trataba de un 10 perfecto, de un armador de juego elusivo, inteligente, con futbol vistoso y eficaz en la consumación de goles. Clavó más de 500 en clubes y selección, la mayoría con el Flamengo, y además fue un asistidor empedernido. Lo recuerdo principalmente en el Mundial 82: era la estrella en un equipo lleno de estrellas, el Pelé blanco.

sábado, julio 18, 2026

38. Zamorano

 







No muy alto, medio flaco y correoso, Iván Zamorano (Maipú, Chile, 1967) siempre daba la impresión de no llenar el uniforme. Tenía un aspecto algo desgarbado, de futbolista llanero porque incluso usaba las calcetas a media asta. Clase no derrochaba, era un jugador con aspecto semisalvaje, y de alguna forma lo era: un guerrero araucano como los que Ercilla supo homenajear con versos de hierro. Militó en cuatro equipos importantes: Real Madrid, Inter de Milán, América de México y Colo Colo de su país, y por supuesto muchas veces fue seleccionado de la Roja. Anotó casi 350 goles, y quienes lo vieron en el área recuerdan que su principal habilidad estaba en el juego aéreo. Las repeticiones evidencian que su resorte, además de poderoso, tenía una virtud capital: la precisión. Algunos creerán que para el golpeo de testa lo importante es saltar mucho: entre más alto, mejor. El Bam-Bam, como lo apodaron, demostró que el arte de cabecear demanda sobre todo una capacidad sutil para calcular el instante exacto en el cual cobrar impulso. Zamorano lo dominaba como nadie y por ello superó a defensores mucho más altos. Sin duda ha sido, es y será un ídolo del futbol chileno.

Gerda en la trinchera

 















Entre el 17 y 18 de julio de 1936, hace justamente noventa años, comenzó la Guerra Civil española, una de las confrontaciones más sangrientas que registra la historia del siglo pasado y sin duda el hito bélico que gravita más en el presente español. El alzamiento militar en Melilla y Ceuta, posesiones españolas conservadas hasta la fecha en África, fue el banderazo de salida para el golpe que después encabezaría uno de los generales sublevados: Francisco Franco. Luego del albazo, poco a poco los “nacionales” avanzaron por territorio de España y en el camino, de oeste a este, encontraron la confusa oposición de los “republicanos”. Es innecesario añadir que las batallas produjeron una carnicería sobre la que la justicia jamás se expidió, así que aquello sigue archivado en la ominosa impunidad.

A la violencia se sumó el poderío del armamento y la asesoría de Hitler y Mussolini en respaldo de los golpistas. La llamada Segura República poco a poco fue desmoronada hasta que, tres años después, en abril de 1939, cayó y dio inicio al medievo español del XX: la dictadura de Franco que extendería su mancha política, económica y socialmente venenosa hasta 1975. En realidad, llegó más lejos, hasta nuestros días, pues muchas de las grandes fortunas actuales fueron amasadas mientras el Franquismo reprimía, mataba y hacía negocios privados con recursos públicos.

En efecto, los estragos de la guerra que comenzó hace nueve décadas siguen vigentes no sólo en lo económico. En el plano ideológico, los nietos de la Falange mantienen vigente un pensamiento perrunamente conservador. Controlan la economía, los medios más importantes, la justicia y algunos partidos que, como el PP y Vox, no tienen tapujos para disimular así sea un poco su carácter ultrarreaccionario. El discurso de personajes como Alberto Núñez Feijóo, Isabel Díaz Ayuso y Santiago Abascal hacen innecesarias mayores explicaciones. Como otras tantas naciones del mundo, España corre hoy el peligro de caer en las garras de su Trump o su Milei con el plus de la maldad de larga data cultivada en las mazmorras de la Inquisición.

Durante la Guerra Civil se formó un grupo de artistas que manifestaron su apoyo a la República en peligro. En él participaron Pablo Neruda, César Vallejo, Octavio Paz, Elena Garro y Silvestre Revueltas, entre muchos otros que viajaron desde lejos y se unieron a la Alianza de Intelectuales Antifascistas para la Defensa de la Cultura en la que también participaron, claro, españoles como Rafael Alberti, su esposa María Teresa León y León Felipe. Mezclada con tales personalidades anduvo una joven rubia, de baja estatura y políglota. Su nombre era un seudónimo: Gerda Taro. Había nacido en 1910, en Stuttgart, Alemania, en el seno de una familia judía. Se llamaba realmente Gerta Pohorylle Boral, y como parte de su educación vivió un tiempo en Lausana, Suiza. Su origen, su ideología y sus amistades provocaron que saliera de Alemania, pues el nazismo, con la figura del Führer en la cima del poder tras el derrumbe de la República de Weimar, era una amenaza nada ilusoria, más concreta que un gueto.

Una esplendida biografía titulada Gerda Taro. La primera fotorreportera que se (sic) dejó la vida en el campo de batalla (RBA, 2020, México, 185 pp.) ilumina la circunstancia de Pohorylle, quien en efecto arriesgó su vida por cumplir con la labor de documentar los más cerca posible la Guerra Civil. Malamente y no sé por qué, esta semblanza exhibe el crédito de su autora con extrema cicatería; su nombre es Betty Doñate, reportera y escritora catalana.

Decía pues, basado en el texto de Doñate, que Gerta se estableció en París sin documentos para trabajar. Sobrevivió como pudo, sabía francés y era una excelente mecanógrafa. Allí convivió en círculos de jóvenes revolucionarios y allí conoció a un joven también migrante de origen húngaro: André Friedmann, cuyo verdadero nombre era Endre Ernö, pues también ocultaba su origen judío. Era fotógrafo, operaba una cámara Leica, y poco a poco se había edificado una buena reputación en el oficio de fotorreportear.

Las carambolas de la azarosa vida que movía en París a la joven alemana terminaron por acercarla afectivamente a André y, por esto mismo, a la fotografía, actividad que llamaba su atención. La relación de Gerta con André y el despertar de su curiosidad por el arte fotográfico coincidieron con el estallido de la Guerra Civil en España. El joven fue contratado por revistas francesas para hacer fotos en el campo de batalla, y en ese momento Gerta tuvo la idea de acompañarlo. Entre los dos crearon una agencia y para denominarla se les ocurrió, casi como broma, un nombre falso: Robert Capa, supuestamente un experimentado fotógrafo norteamericano.

Aunque atravesada por cierta irrealidad, la agencia consiguió los contratos para hacer fotos de la guerra, así que Gerta y André cruzaron los Pirineos. Llegaron a Barcelona, pasaron a Madrid y luego a la zona de Andalucía, tomaron muchas fotos que luego aparecieron publicadas en Francia con la firma “Photo Robert Capa”. La conclusión del público lector fue obvia: ese nombre correspondía a un hombre, no a una mujer. Como Gerta deseaba hacerse de prestigio como fotorreportera, con el paso de los días comenzó a usar el seudónimo Gerda (no Gerta) Taro, que le sonaba a “Greta Garbo”, actriz a la que admiraba. Así nació “Reportage Robert Capa & Taro”.

Tras algunas separaciones de André, motivadas por el mismo trabajo que los obligaba a cubrir distintas zonas en conflicto o a viajar a París para entregar material y establecer nuevos contratos con revistas y diarios, en Gerta se radicalizó el deseo de usar su oficio como herramienta de denuncia. Tomó muy en serio uno de los consejos de André: para obtener buenas fotos hay que acercarse al acontecimiento tanto como sea posible. Al trabajar sola, Gerda decidió arrimarse hasta la misma línea de combate, acompañar, con alto riesgo de su vida, a los milicianos de la República. En un combate librado al oeste de Madrid, tenía casi 27 años cuando arreció la lluvia de balas, y al escapar sobre un vehículo atestado de heridos, mal tomada del estribo y cargada con su equipo fotográfico, cayó al suelo y el carrete de un tanque le pasó encima. Quedó gravemente herida, lograron llevarla a un hospital, pero murió desangrada algunas horas después.

La joven fotógrafa de la línea de fuego recibió un multitudinario homenaje en Madrid y luego en París. Fue sepultada en el cementerio del Père Lachaise, en la capital francesa, y hasta la fecha su sepulcro recibe visitantes que le dejan flores y mensajes de cariño y admiración.

En esta época de posverdades y mentiras descaradas, de fotos trucadas con herramientas digitales y, lo peor, de crecimiento neofascista en modo cínico, la Guerra Civil española nos recuerda, entre otros muchos hechos, que Gerda Taro, armada sólo con su cámara y su voluntad, entregó la vida al periodismo. La pequeña rubia con corte de pelo a la garçonne fue una “cazadora de luz” (como la definió José Bergamín), en donde la palabra luz es sinónimo de foto que a su vez es sinónimo de verdad. Hasta la fecha, aquellas imágenes captadas por Gerta Pohorylle declaran que la lucha contra el fascismo, sea cual sea la trinchera que se elija, no debe suspenderse.

viernes, julio 17, 2026

37. Stoichkov

 







Hristo Stoichkov (Plovdiv, Bulgaria, 1966) es considerado, sin migaja de duda, el mejor jugador de su país, que dicha sea la verdad no ha producido futbolistas de altura como lo han hecho Alemania o Brasil, por mencionar sólo dos naciones representativas como semilleros. Era de estatura media, veloz y sobre todo fuerte, con la fibra que siempre tuvieron los cargadores de pesas búlgaros en las olimpiadas. En la cancha era aguerrido, bravo, no le sacaba al choque y sabía defenderse de las patadas y los codazos enemigos. La cifra de sus goles llegó casi a 300, y fue en la Barcelona de Cruyff donde puso en práctica su mayor habilidad: acompañar las jugadas, estar en el lugar correcto en el momento correcto, de ahí que la mayoría de sus tantos cayeron en el último toque, casi como trámite gracias a que el búlgaro estaba allí, encima del arco, en el asedio, siempre amenazante, siempre con la parte interna de ambos zapatos lista para empujar el balón. Más que un gran jugador búlgaro, fue y sigue siendo un símbolo de la casi oculta (para nosotros) Europa del Este. Por un golazo en el Mundial 1994, en México dejó un mal recuerdo.

jueves, julio 16, 2026

36. Sánchez

 








El recuerdo más lejano que conservo de Hugo Sánchez (Ciudad de México, 1958) se remonta a su participación en la selección olímpica de 1976. Parecía ser uno de los más destacados en aquel grupo de buenos jugadores, pero apenas pocos años después, ya como profesional en los Pumas y todavía muy joven, disputó a Cabinho el liderato de goleo en México. En otras palabras, el juvenil “destacado” terminó por convertirse, sin sombra de duda, en el mejor jugador mexicano de la historia. Lo fue por su talento natural, pero también por su fervor competitivo. Los más de 500 goles que figuran en su estadística se agigantan en función del equipo que lo vio encaramarse hasta la punta del futbol mundial: el Real Madrid, club en el que, con más de 200 tantos, se convirtió en “pentapichichi”. Era rápido y elástico, de un resorte poderoso y una capacidad imprevisible para la pirueta. Creo que de él es la mejor chilena de la historia, la más estética. La habilidad que lo encumbró fue el olfato, la anticipación para rematar como venía. Tuvo por ello una temporada de 38 goles ¡de un solo toque! Ha sido el mejor futbolista mexicano, es imposible negarlo.

miércoles, julio 15, 2026

Yo tengo un mosaico que dice así


 











Llevo como cinco mundiales dedicando más tiempo del pertinente a escribir sobre futbol. Es como una alineación de astros: si hay sobredosis de partidos, qué más da que haya, para mí, sobredosis de palabras sobre ese tema al menos por un rato. En el caso del Mundial que ahora casi pega su último suspiro, decidí escribir breves semblanzas sobre goleadores. No son todos los que están ni etcétera, pero sí los que más admiro y he visto aunque sea en repeticiones de archivo. Las he publicado sólo en mis redes, además de que el blog Intelisport, administrado por mi amigo Enrique Macías, decidió abrir una cancha especial para que estén disponibles con acceso libre y todas juntas. Como serán 39 días de Mundial, quise cerrar el número de estampas en 40, una diaria, así que al día de hoy van 35. Si gustan buscarlas, escriban en Google “intelisport.com.mx”, y allí aparecen en mosaico numeradas de la primera a la más reciente. Hoy aquí comparto una, la que trata sobre George Best, sólo para mostrar la extensión y el tono que he dado al conjunto:

“A George Best (Belfast, Irlanda del Norte, 1946-Londres, 2005) se le recuerda con frecuencia por dos frases que gustan en función de su cinismo tabernario: ‘Gasté un montón de dinero en coches, mujeres y alcohol. El resto simplemente lo malgasté’, y ‘En 1969 dejé las mujeres y la bebida. Fueron los peores 20 minutos de mi vida’. Por la malicia, pese a su machismo, parecen de Wilde, pero más allá de las boutades, Best fue, según he podido leer y luego ver en YouTube, un jugador anómalo en su contexto. Husmear las repeticiones de sus gambetas y sus goles contradice la idea, por otro lado harto justificada, que tenemos del futbol practicado en el país que reglamentó este juego: físico, veloz, directo, duro y sin muchos arabescos. Best, entonces, avanzaba en contra de la inercia, pues driblaba, inventaba jugadas y resolvía frente a los palos con quiebres y disparos que delataban más creatividad que reciedumbre. La época y el lugar de su gloria fueron propicios para que pareciera un quinto beatle, y la suerte de ser ‘carita’, como decimos en México, le permitió asemejarse en algo a Paul McCartney incluso en aquello de las patillazas. Anotó más de 250 goles”.

35. Rooney


 







Más de 350 goles entre clubes y selección fue la cosecha anotadora de Wayne Rooney (Liverpool, Inglaterra, 1985), el último enfant terrible del futbol inglés. La cara de bebé en conjunción con su aguerrida manera de jugar lo aproximaban a la figura del muñeco diabólico. Tener a Rooney en sus filas, como por muchos años lo tuvo el Manchester United, era contar con un líder que gobernaba con el ejemplo: para él, ninguna pelota debía darse por perdida. Hay una repetición que ilustra como ninguna otra su brutal empuje, y es fácil encontrarla: jugaba para el D. C. United, en la MSL, y corrió para recuperar un balón que, salvo él, nadie más iría a buscar al filo del silbatazo final. Pero el pundonor no lo define en su totalidad, pues además de agallas y temperamento irreductible, tenía técnica para hacer goles. Las antologías de sus tantos permiten apreciar que logró muchos dignos del marco. Dos son los que más se le celebran: una chilena al ángulo y otro que me parece dechado de remate con la pelota en el aire, cuando soltó un seco derechazo con el empeine a casi treinta metros del arco rival. Fue un ídolo inglés.

martes, julio 14, 2026

34. Ronaldo

 







Una de las figuras que nunca faltan en, como le llaman, el top ten mundial, es la de Ronaldo Nazário de Lima (Río de Janeiro, Brasil, 1976), conocido también con un alias legítimo: el Fenómeno. Su carrera, vivida en los mejores equipos del planeta y la selección brasileña, sumó alrededor de 500 goles, muchos de ellos consumados en acciones con inaudito desarrollo. Su jugada más ordinaria era extraordinaria: tomaba la pelota en tres cuartos de cancha o luego de algún contragolpe, encaraba al defensor y a partir de allí era lo mismo que ver a un búfalo embistiendo, pero con agilidad de guepardo, es decir, con zigzagueante pericia para sortear al enemigo por izquierda, derecha o túnel; al quedar frente al portero se planteaba al menos cuatro o cinco posibilidades: eludir por izquierda, derecha, bombear, disparar entre las piernas o ceder a un compañero, todo a velocidad desconcertante. Por su tamaño y su tendencia al sobrepeso, parecía lento, aunque quizá gracias a la ley física de la inercia —un objeto pesado que ha adquirido velocidad es más difícil de frenar— pocos pudieron detenerlo. Es más que justo ubicarlo entre los diez de la historia, y acaso entre los cinco.

lunes, julio 13, 2026

33. Ronaldinho

 








Hablar de Ronaldinho produce alegría. Creo que no hay futbolista en el mundo con mayor carisma, el único que parece carecer de detractores (digo “parece” para precaverme de los claridosos que escarbarán en internet para encontrarlos). Quiero decir que es mayoritaria la opinión favorable sobre Ronaldo de Assis Moreira (Porto Alegre, Brasil, 1980) que la negativa. Casi todos los futboleros agradecemos su manera de jugar, acaso la más lúdica que en la historia hubo y habrá. Son innumerables las escenas de Dinho usando la pelota como lo que esencialmente es: un juguete. Durante algunos años, en la transición Maradona-Messi, el brasileño de la sonrisa eterna se apoderó de la magia y la renovó. Porque eso era, un artista que desaparecía el balón para sacarlo luego de la manga o la chistera convertida en regate, en pase, en gol. Anotó más de 300, muchos de ellos convertidos hoy en piezas de museo lo mismo que sus asistencias “sin ver” o sus elásticas a la velocidad de la luz. Brilló sobre todo en Barcelona y en su selección, y en México tuvimos el privilegio de tenerlo en Querétaro al final de su carrera. Ronaldinho es un digno comensal de la última cena.

domingo, julio 12, 2026

31. Romario









Uno se pone de pie al ver los goles del delantero con los nervios más templados que ha tenido el futbol mundial. Clavó cerca de mil, una cantidad que podría colmar de orgullo a cinco delanteros juntos. Romario de Souza Faria (Río de Janeiro, 1966), conocido a secas como Romario, era muy bajo de estatura, pero fuerte como un perno de acero. Reunía todos los atributos deseables para un depredador del área, y esto incluye el cabeceo, pues pese a su módica estatura sabía buscar y hallar balones por arriba. No es raro que sea considerado por los aficionados como uno de los diez mejores jugadores de la historia, incluso de los cinco. Si vemos sus acciones, notaremos que su repertorio de habilidades dentro del área era total. Fue un maestro del cambio de ritmo, pues podía pasar de cero a cien en un microsegundo, y a esto se anudaba el mayor de sus talentos: la tranquilidad. Ha sido el delantero más sereno que se vio en las canchas; casi todos disparaban fuerte, con apuro, y Romario no: él cruzaba o picaba la pelota con cínica lentitud, como quien cascarea en el patio de su casa. Liquidaba a sangre fría.

sábado, julio 11, 2026

31. Rivelino


 







Todavía con indiferencia infantil, cuando entreabrí los ojos al futbol estaba aún fresco el Mundial de 1970. Un recuerdo muy borroso de aquellos años (que parecían siglos) es el de los nombres propios de los seleccionados que no vi porque era muy pequeño y no despertaban mi interés. No los vi, pero estaban en el aire, los mencionaban en todos lados. Uno de los más sonoros servía para identificar a un brasileño de bigote setentero, el mostachón que solían portar los militantes de izquierda en aquella época. Me refiero a Roberto Rivellino (Sao Paulo, Brasil, 1946) coctel en sí mismo de habilidad y potencia. Según se sabe, fue el modelo que Maradona imitó cuando era niño. No era difícil prendarse de su estilo. Una de sus jugadas típicas podría ser resumida así: tomaba la pelota unos diez o veinte metros afuera del área rival, la detenía, hipnotizaba al defensor, hacía la elástica (se dice que él la inventó), lo engañaba y se abría espacio para soltar un zurdazo en forma de raya hacia la portería. Anotó casi 250 goles, la mayoría con el Corinthians. Formó parte de la selección campeona del 70, la encabezada por Pelé. En México fue ídolo.

Pausa de hidratación


 











Entre libro y libro de literatura y otras yerbas, por estos días metí a la lista de lecturas en trámite un título recientemente conseguido: Cerrado por fútbol (Siglo XXI, 2017, 232 pp.), póstumo de Eduardo Galeano (Montevideo, 1940-2015). Le traía ganas luego de insumir hace varios años su clásico El futbol a sol y sombra (1995), editado también por Siglo XXI. Los dos forman el corpus de la obra futbolística, por así decirlo, de uno de los escritores más leídos de América Latina, y no sólo se parecen en su tema y su armadura fragmentaria, sino en el enfoque sustancial: ambos celebran el futbol y ambos remarcan la viscosidad de su manejo en las altas esferas dirigenciales de un deporte convertido desde hace décadas en la droga más adictiva de la sociedad del espectáculo.

Como Galeano, muchos acusamos una especie de vaivén al convivir con el futbol: sabemos que su control es poco menos que una mierda, vemos a diario los chanchullos que perpetra la cosa nostra eufemísticamente denominada FIFA, conocemos o al menos intuimos los flecos delictivos de su administración, pero aun así vivimos pendientes de jugadores, equipos, torneos, partidos y resultados como si algo importante nos fuera en ello, incluso con una pasión que no se manifiesta en el consumo de otras golosinas mediáticas o en la puesta en práctica de creencias religiosas o políticas. El futbol como negocio, lo sabemos, es una calamidad espesa de intereses vidriosos, pero con todo y esto le somos leales, miramos a otro lado y seguimos encontrando justificaciones que nos consuelan del vicio incontrolable. Los Mundiales —como el Mundial que en este momento atravesamos— son una oportunidad inmejorable para quienes, porque suponemos tener un mínimo de autocrítica, atestiguamos en estos días nuestra oscilación entre el amor y el odio.

Cerrado por fútbol es un título elocuente, revelador de adicción irreprimible. Se dice que el escritor uruguayo colocaba en la puerta de su casa, durante los torneos mundialistas, el letrero “Carrado por Mundial”, indicador de asueto. Establecía pues un lapso necesario para ver partidos, para mendigar belleza sobre la cancha. No parece haber tenido muchas esperanzas de éxito con la selección de su país —apodada la “garra charrúa”, una forma distinta de decir futbol con poca técnica y ultradefensivo—, pero su apetito se podía detener, dice, y no sin admiración, por cualquier otro equipo o jugador digno de merecer elogios por la calidad estética de su desempeño. Galeano, entonces, postergaba todo mientras los Mundiales organizados por una mafia orquestaban el suministro de droga en las pantallas.

El libro fue organizado luego de la muerte de Galeano. Carlos E. Díaz reunió textos dispersos en revistas, diarios y libros para armar el segundo libro futbolero del también autor de Las venas abiertas de América Latina (1971). Contiene una explicación sobre lo anterior del mismo Díaz, y también una especie de prólogo del periodista deportivo Ezequiel Fernández Moores, quien en alguno de sus párrafos sostiene que la de Galeano por el futbol “era una pasión ‘sin talibanismos’, aunque sí con desesperación por el buen juego”.

Al final de su amplia presentación, Fernández Moores cita a Galeano en un párrafo que transparenta bien la idea general del uruguayo en torno al futbol: “Pero también escribió de fútbol porque el fútbol, decía siempre, ‘es el espejo del mundo y en mis libros yo me ocupo de la realidad’. Para este libro redescubrimos uno de los textos en los que mejor explicó su amor por el fútbol. Lo invitaron en 1997 a abrir un congreso de deportes en Copenhague. ‘¿Qué pasión popular no es objeto de manipulación?’, preguntó a sociólogos, médicos, intelectuales y periodistas, muchos de ellos excesivamente escandalizados, como si la corrupción en el deporte ‘puro y noble’ fuera algo de otro mundo. ‘¿Existe algo que no sea negocio?’, insistía Galeano. Le hablaba al Primer Mundo Democrático. ‘El norte y el sur jamás se miden en igualdad de condiciones, ni en el fútbol ni en nada, por muy democrático que el mundo diga ser’. Y pese a todo, seguimos celebrando el fútbol. Porque ‘las emociones colectivas —decía Eduardo— se hacen fiesta compartida o compartido naufragio, y existen sin dar explicaciones ni pedir disculpas”.

Tras las prefaciones vienen en cadena los textos recuperados de Galeano sobre futbol. Son muchos apuntes breves (algunos brevísimos), una entrevista, el discurso ya mencionado de Copenhague y una tanda como de cuatro ensayos algo más desarrollados. El género que destaca es, por denominarlo de algún modo, el de la estampa: el autor toma una anécdota y la convierte es pequeño relato (de no más de una página cada uno) para mostrar alguna de las innumerables marcas que el futbol deja en la vida privada y pública de jugadores y espectadores, todos (los textos) atravesados por la mirada crítica/conmovida del autor.

No será el libro fundamental de Galeano, pero es atendible por la agudeza del autor al observar las gestas menores y mayores de un deporte cuya grandeza en la práctica es inversamente proporcional a la miseria de sus turbios administradores, de ahí el pendular amor/odio mencionado hace tres o cuatro párrafos. Puede ser leído entonces como “pausa de hidratación” autocrítica mientras se dan los partidos de cierre en el Mundial 2026.

viernes, julio 10, 2026

30. Recoba









Al futbolista uruguayo que más he admirado por su espléndida manera de jugar y principalmente por sus golazos es Álvaro Recoba (Montevideo, Uruguay, 1976). Su friolera de anotaciones, alrededor de 150, corresponde a la de un mediocampista con buena llegada al arco, pero más allá de la cantidad, la calidad, sobre todo, de sus disparos desde fuera del área es lo más parecido a un lanzador de misiles en acción sobre las canchas de futbol. El Chino, como le apodaron por sus ojos rasgados y su pelo de cantante pop coreano, tenía mira telescópica: donde ponía el ojo, ponía el torpedo. Sus mejores tantos fueron disparos de treinta o cuarenta metros, riatazos que delataban a un pateador perfecto. Tenía, por supuesto, otras habilidades, como hacer pases filtrados, tirar paredes y driblar con solvencia, como se puede apreciar en un gol maradonesco urdido con la camiseta del Nacional en el estadio más importante de la capital uruguaya: en el video se ve que recoge la pelota en el área de su equipo y elude rivales hasta llegar a las narices de arquero para también esquivarlo y luego embutir inmisericordemente el balón en la portería. Fue un futbolista carente de goles feos.

jueves, julio 09, 2026

29. Raúl


 






No es muy recordado, los jóvenes creo que ni lo conocen, pero Raúl González Blanco (Madrid, España, 1977) ha sido un goleador harto importante para el Real Madrid, club en el que desahogó la mayor parte de su carrera. Más de 400 goles lucen en su hoja de servicios, una cantidad que lo destaca como figura en una de las épocas más prolíficas en logros para los Merengues, donde consiguió todo. Hay rematadores que se caracterizan por un tipo de gol, a lo mucho dos, y esto es lógico, pues no es posible aglutinar todas las destrezas en un solo delantero. Raúl era un atacante con tantos recursos que su abanico de goles se reparte casi por igual en remates de un toque como acompañante de quien centra, cabezazos, vaselinas, disparos de lejos, voleas, palomitas, todo. Ver sus tantos es verificar que Raúl era un delantero polimorfo, imposible de anular porque fue de aquellos que anotaban sin ver, con la portería tatuada en la cabeza como si tuviera un GPS biológico. Vivió una época dorada del Real Madrid, aunque decir esto en realidad no dice gran cosa, pues casi todas las épocas de tal equipo admiten el susodicho adjetivo: doradas.

miércoles, julio 08, 2026

28. Platini

 








El físico ideal del futbol no existe. Son las facultades innatas, el entrenamiento y un poco la suerte los que determinan la eficacia de un jugador más allá de su carrocería. El caso de Michel François Platini (Jœuf, Francia, 1955) es ejemplar. Era delgado, no muy alto, de facha nada impresionante. Cuando usaba la media caída y la camisa desfajada añadía a su pinta un desgarbo que no permitía imaginarlo como lo que fue en su desempeño sobre las canchas. La elegancia de su futbol, su visión de campo, su liderazgo, su orden táctico y otras tantas virtudes eran napoleónicas. No era el más rápido ni el más fuerte, pero cuando la pelota llegaba a sus botines levantaba la cabeza y organizaba todo, era un jugador pensante. Se trataba entonces de un director de orquesta, un mediocampista con batuta, un 10 clásico. Lo suyo fue marcar el compás, distribuir balones, filtrar pases de gol. Pese a que no estaba obligado a destacarse como anotador, alcanzó una suma de tantos nada desdeñable: más de 350. Le tocó una buena época para el futbol francés, colegas de inmensa calidad como Giresse y Tigana, pero la fortuna no lo acompañó en los mundiales.

Trump une al mundo









“Durante nuestra conversación, le expliqué que había un proceso legal en curso en el que participaban los órganos judiciales independientes de la FIFA y que el caso sería resuelto a su debido tiempo por los órganos competentes. Así es como funciona el sistema de la FIFA, y es un principio que siempre defenderé”, fueron las palabras de Gianni Infantino, presidente de la FIFA, para explicar lo que conversó con Donald Trump sobre el affaire del jugador suspendido.

Salvo quizá la famosa aparición de Videla en el vestidor de Perú en Argentina 78, no recuerdo un caso más flagrante de injerencia/prepotencia política dentro del futbol. Aquel, el del dictador argentino, por oscuro al menos detonó un debate sobre sus verdaderas motivaciones, pero el de Trump perpetrado en estos días fue tan flagrante que logró unir al mundo entero en su contra y, lo peor, en contra de la selección yanqui.

Como sabemos, Trump expuso que no le gustó una decisión arbitral y con la desfachatez de la que siempre goza gracias a su poder y su estúpido cinismo, decidió echarla abajo. Llamó al mandamás de la FIFA y se esfumó la sanción al delantero penalizado. El déspota no dudó luego en expresar abiertamente, en rueda de prensa, que él sabe de deportes y que le pareció excesivo el castigo contra su compatriota. Por supuesto, logró torcer el reglamento de la FIFA, amoldarlo a sus intereses.

Citada al inicio, la respuesta de Infantino fue ambigua. Como no podía recular frente al tirano que hoy regentea la Casa Blanca, envió la dinamita encendida hacia unos “órganos judiciales independientes de la FIFA” que se encargarán de dirimir, en un futuro abstracto, lo que proceda, que obviamente no será nada, pues esos órganos “independientes” son un tribunal, en caso de que exista, más dependiente de la FIFA que una parroquia del Vaticano.

Por supuesto que Trump inmiscuido en un asunto futbolístico no da para mucho más que lo simbólico, es uno más de sus gestos de prepotencia idiota, pero en este caso es significativo por evidente y fácil de leer para el gran público: así como maniobró para “persuadir” a la FIFA (¡a la FIFA!, que representa el autoritarismo total), igual opera contra países con aranceles, guerras, deportaciones, invasiones y mentiras sin coto.

Lo bueno es que Bélgica lo ridiculizó con un impiadoso 4-1 y la parodia del bailecito tonto. 

martes, julio 07, 2026

27. Pelé


 







He escrito varias veces sobre Pelé, icono del futbol, y he afirmado que la elección "Pelé o Maradona" no tiene sentido. ¿No sería mejor Pelé y Maradona? El desplazamiento de la conjunción disyuntiva por la copulativa es fundamental para admirar sus admirables talentos por igual, o casi, que es lo mismo. Edson Arantes do Nascimento (Tres Corazones, 1949-Sao Paulo, Brasil, 2022) elevó a la gloria las dos sencillas sílabas de su apodo, y esta breve palabra se convirtió en sinónimo de futbolista. Aunque la estadística en su tiempo no era muy rigurosa, sabemos que anotó más de mil goles, muchos de ellos inspirados por la genialidad. Los testimonios en video demuestran que Pelé inventó casi todo. Su repertorio de habilidades fue infinitamente superior a la imaginación de su época, de suerte que los sombreritos, las palomitas, las chilenas, los dribles, los amagues, los cabezazos, los túneles que puso en práctica siguen siendo dechados de excelencia. Entre sus innumerables jugadas virtuosas, he escrito alguna vez que me quedo con una: la finta a Mazurkiewicz en el Mundial de 1970, portento de habilidad que nunca más se ha visto sobre las canchas. Pelé fue, es y será el símbolo mayor del futbol.

lunes, julio 06, 2026

26. Müller

 








Su nombre llegó como un ligero zumbido a mis orejas de niño. Yo tenía seis años y algunos mocosos de nueve o diez se creían Müller. El apellido correspondía al jugador alemán que consiguió el liderato de goleo en el Mundial de 1970: Gerhard Müller (Nördlingen, 1945-Wolfratshausen, Alemania, 2021). Tenía cuerpo de acorazado: chaparro, ancho, de piernotas como pilares de hormigón. Por la cara le daba un aire a Jim Morrison, y las patillazas de la época reforzaban ese parecido. Como los jugadores de antes, casi militó en un solo equipo, el Bayern, donde empujó cerca de 400 goles. El total de anotaciones acumulado en su carrera fue de más de 500, y se calcula que sumado todo (ligas juveniles, clubes profesionales, amistosos, selección…) clavó casi 1500. Un animal al acecho. Si nos asomamos a las repeticiones disponibles para sopesar su desempeño, podremos advertir un común denominador en la mayoría de sus tantos: todos son disparos o cabezazos propinados a no más de tres metros del manchón de penal. Es decir, era un cacique del área, y pelota que caía, pelota que anidaba en las piolas, fuera con acciones vistosas o poco estéticas. No por nada lo apodaron el Bombardero.