Entrevista de Armando Enríquez para la revista digital Artefacto de Letras. Se celebró en la Librería Bonilla de la Ciudad de México el 4 de junio de este año poco antes de la presentación, allí mismo, de Prohibido soñar de pie (Ficticia Editorial, 2026, 2026 pp.) Muchas gracias a Armando y a Artefacto de Letras por este amable diálogo. Pulse aquí.
lunes, agosto 17, 2026
sábado, agosto 15, 2026
Memoria de un adiós interminable
Una sombría tendencia a la autominusvaloración
nos lleva a pensar que los productos artísticos locales no tienen la calidad
que sí podemos encontrar en los espacios de la cultura consagrados como centrales.
Nosotros, los laguneros, somos parte de la periferia, y así como no tenemos
esto ni aquello en términos industriales, comerciales o deportivos, nuestra
literatura, suponemos, carece del empaque que nos mueva a considerarla
trascendente. Nos equivocamos al juzgarnos así, creo. Si bien es cierto en
cantidad no podemos generar libros como lo hacen las factorías editoriales de
lugares como Madrid, París, Buenos Aires o la misma Ciudad de México, ocurre
que entre nuestros escritores ya no es tan infrecuente la creación de obras estimables
bajo cualquier criterio de calidad en su contenido. Una de ellas, de reciente
hechura, es Un largo adiós que no se
acaba (UANL, Monterrey, 91 pp.), de Alfredo Loera (Torreón, 1983).
Afirmo que la calidad de este libro es digna de
cualquier lector no por su cercanía de paisano, no por afinidad geográfica. Un largo adiós que no se acaba es un
libro en el que se adunan atributos que quien sea puede exigir a una
memoria, género al que corresponde este caso. Un lector de aquí o de cualquier
sitio encontrará en sus páginas el relato en primera persona de un ser humano
que, ante la muerte de su ser amado, piensa y repiensa el misterio del abismo
que es la finitud. Lo hace con impecable prosa y también, asombrosamente, con
un rigor a la par sereno y dolorido, lúcido y poético.
Construida mediante la acumulación de
fragmentos en caída libre, la memoria de Loera deja ver rasgos de crónica,
aunque el asunto que aborda no haya sido organizado de modo cronológico. La
mujer que cruza Un largo adiós que no se
acaba es Teresa Muñoz, pareja del autor durante 17 años. Murió el 9 de mayo
de 2024, víctima de un cáncer que avanzó rápido y con saña. Teresa
Muñoz nació en Minatitlán, Veracruz, en 1967; escribió el libro de
cuentos El fin de la inocencia y la novela Días de ceniza.
Dedicada al teatro, también fue autora de la columna “Las actrices también
leen”, publicada en la revista electrónica Bitácora de Vuelos, y
fue una incansable promotora cultural.
El autor reconstruye en los fragmentos de su
memoria, sin hacerse ni hacernos concesiones, cómo se dio la relación con su
pareja, cómo era ella, qué reacción provocó en su entorno familiar y amistoso el
hecho de que ella fuera 17 años mayor que él (“nuestra relación nos hacía
tremendamente peligrosos o, en el mejor de los casos, incómodos”) y cómo
evolucionó su convivencia desde que se conocieron hasta que esparcieron sus
cenizas en el mar.
Añade a las peculiaridades de su convivencia
frecuentes reflexiones que, sin dejar de tener a Teresa y su partida como eje,
indagan crudamente en el laberinto al que nos arroja la muerte con dolor y, de
alguna manera, repentina. Loera, en un registro que delata su pena al escribir,
amplía el interés de la experiencia personal a un ámbito que puede rozar a
cualquier lector, potencial víctima de un hachazo parecido. La memoria
personal deviene así planteo que nos atañe a todos en tanto seres vivos y, por ello, parados siempre en el precipicio de la muerte. Hay pues mucho de
filosófico, de hondamente humano en los fragmentos de Un largo adiós que no se acaba, aunque esto no signifique que sea
un libro intelectual, sino en esencia
un relato desgarrado sobre el término de una vida en medio del amor.
Acompañado por algunos poemas en los que aflora
en otro registro la exposición de la memoria, el libro oscila entonces entre
dos tesituras; la primera, en los pormenores (digamos concretos) de la relación
y, la segunda, en el intento de comprender lo incomprensible que es la muerte,
lo que incluye la irrupción de la presencia amada en el espacio de lo onírico y
la recurrencia a la literatura más cercana (Rilke) para arrojar algo de luz hacia
fondo del túnel.
Este es, creo, el mejor documento de su tipo
—una memoria— producido en La Laguna por las virtudes de su forma y también
porque uno siente que el legítimo dolor no condesciende al ornamento melifluo.
Esto se debe a que el autor ha acopiado en sus lecturas el tono justo para
hacernos sentir su tragedia sin apelar a ningún chantaje. El buceo en su alma
es acre, e incluso bordea la incomodidad de hacer ciertas menciones que, pese a
lo complejo de su tratamiento, aquí están, latiendo en varios párrafos como
borbotones de lava.
Este párrafo de la página 74 condensa en parte
lo que he querido recoger en las observaciones anteriores, pues fluctúa de un
hecho práctico a una reflexión abstracta: “Pero mi amor por Teresa ha sido una
de mis emociones más puras y constantes. En muchos aspectos este amor por ella
es lo que verdaderamente me define. Quedarme a su lado no sólo era una cuestión
práctica. Me refiero a cuidarla, cuando nadie más iba a ser capaz de hacerlo,
al menos no del modo en que yo lo hice. Para mí también se trataba de un hecho
de vida o muerte. Me quedé con ella hasta el final de sus días, porque también
era un camino para no perderme a mí mismo. Aún mientras escribo estas memorias
estoy en la lucha por no ser destruido por su ausencia. Lo cierto es que, de no
haber permanecido con ella, mi caída en el abismo habría sido inevitable”.
Alfredo Loera es maestro en Literatura Mexicana por la Universidad Veracruzana. Inició sus estudios de literatura en la Escuela de Escritores de La Laguna. De 2009 a 2011 fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas. Publicaciones suyas han aparecido en revistas como Interpretatio, Texto Crítico, La Revista de El Colegio de San Luis, El Pez y la Flecha, Casa del Tiempo, Círculo de Poesía, Este País, Tierra Adentro, Red es Poder y Registros de Voz. Títulos de su autoría son Aquella luz púrpura, Wish you were here y Guerra de intervención. Estudia doctorado en literatura hispanoamericana en la Universidad Veracruzana y su más reciente libro es Un largo adiós que no se acaba, cuya lectura recomiendo dado que es una memoria escrita con todas las herramientas de la inteligencia y el corazón.
miércoles, agosto 12, 2026
Abuso de la literatura
En
un soneto de Borges, no el más famoso, la voz poética imagina durante los
primeros versos una posibilidad de encontrarse con el ser amado. Pocas líneas
más adelante sobreviene la fea realidad: “Esas cosas no son”, dice, y después
confiesa: “Otra es mi suerte”. Entre lo que sí tiene todos los días, ciertamente
menos valioso que la posesión imposible del ser amado, es “el abuso de la
literatura” y la certeza de que morirá tarde o temprano, como cualquiera.
La
expresión “el abuso de la literatura” mueve a pensar en lo que significa
insumir literatura en un mundo que jamás la apreció mucho y que para agravar la
situación poco a poco se ha vuelto más pragmático, más vinculado a tareas y
habilidades que, a diferencia de la literatura, buscan convertirse sin subterfugios
morales en dinero. En el universo del éxito no es muy común que aparezcan los
escritores serios, aquellos que dicen no venderse.
“El
abuso de la literatura” es, creo, por ejemplo, leer mucho. ¿Qué beneficio
inmediato arroja esta práctica que no sea el espiritual? Se podrá decir que,
tal vez, quien lee un libro literario tiene en términos prácticos un
conocimiento que luego puede intercambiar, convertir en moneda de cambio en
cursos o reseñas, pero afirmar esto no deja de ser una idealización demasiado
optimista y una conversión del acto puro de leer en una chambita.
“El
abuso de la literatura” se ha convertido en muy pocos casos en estabilidad
material. Leer o escribir mucho no se traduce ni a corto ni —mucho menos— a
largo plazo en tanque de oxígeno para quien abusa de las dos actividades. Al
contrario, las dos suelen sumarse a las que ya de por sí soporta el sujeto
literario, pues por defender su abuso de la literatura termina manteniendo la
lectura y la escritura como quien mantiene estómagos voraces e improductivos.
En este escenario, quien decida el camino de la literatura y su abuso sostenido debe contar con un escudo para guarecerse de la frustración, alimaña que siempre acecha, sobre todo al término de cada mes, cuando llegan las cuentas por pagar. Quien no lo haga puede terminar en un pozo hondo y oscuro. Ahora bien, y esto es curioso y paradójico, allí abajo sólo podrá defenderse con aquello que lo hundió: el abuso de la literatura.
sábado, agosto 08, 2026
Retazos de memoria
La
semana pasada rocé el nombre de Daniel Cosío Villegas y su rol como ideador/fundador
del FCE. Mencioné muy brevemente su descripción del momento en el que, junto a
otros jóvenes, consiguió los primeros recursos para echar a andar, en 1934, un
proyecto editorial que terminó siendo el más importante de su tipo en América
Latina. Cosío Villegas había muerto en marzo de 1976, y explicó los detalles citados
en sus Memorias, libro publicado en noviembre
de 1976 por el sello Joaquín Mortiz. Esto significa que antes de morir ya tenía
escrita y quizá apalabrada la publicación del libro, a menos que en una parte
del proceso hayan intervenido sus herederos.
Lo
que en este caso me llama la atención es que haya escrito sus Memorias y que en su primera edición tuvieran
un tiraje de 12 mil ejemplares, altísimo en los parámetros mexicanos.
¿Despertaba tanto interés el relato en primera persona de un hombre de ideas?
¿Por qué 12 mil ejemplares? No sé. Lo que sí sé es que en América Latina no
es habitual el libro de memorias, género al que han sido asiduos los ingleses y
los franceses, sobre todo. Sospecho que una especie de pudor heredado de España
nos lleva a guardar hasta la tumba el relato de nuestras andanzas, de otra
manera no me explico por qué en México son tan escasos los memorialistas al
estilo de Cosío Villegas.
Al
reparar en esto pensé que, de modo disperso, tengo ya muchos elementos o
retazos para fraguar una memoria. No serviría a nadie, sería casi totalmente
lagunera y por lo tanto aburrida, pero qué más da. Acto seguido (así decían los
narradores del XIX), hurgué en mis archivos y encontré, por ejemplo, un fragmento
de mi pasado que tal vez añadiría una pequeña situación de aquel libro
hipotético. Las anécdotas y las perplejidades escritas en presente son una
especie de “acordeón” para escribir memorias. Este apunte fue titulado “Aquel
robot que cautivó mi vida” y fue escrito en 2012 sin haber sido, hasta hoy,
publicado. Viene a continuación:
No resistí la tentación de decir a mi hija lo que le dije. Veníamos en
el Ómnibus de México hace rato, de Durango a Torreón, y en la plática
adormecida por el ronroneo del bus, hice un breve silencio y me salió esta
frase: “No puedo creer que tengas quince años”. Ella me miró, sonrió con una
chispa de orgullo, como si crecer fuera bello o meritorio, y me preguntó lo
obvio: “¿Por qué no lo crees?”. La explicación que le di también fue elemental,
algo parecido a esto: pues porque sigo teniendo fresca su cara de bebé, su
cabeza sin pelo de recién nacida, sus pasos inseguros, su risa y su
llanto, las frases con las que inauguró su comunicación hablada, todo su
pasado, el pasado que en aquel momento cerraba el siglo XX. Te miro, pues, le
dije, y a veces quedo absorto, incrédulo, desconcertado ante la rapidez con la
que se han ido quince años, los quince que han pasado desde que la tengo como
hija mayor.
El diálogo allí quedó e hicimos silencio mientras el Ómnibus seguía su
ruta hacia La Laguna; mi mente se atoró entonces en algunos pasajes compartidos
con ella durante su primera niñez. Pensé en la anécdota del robot, en aquel
trabajo escolar con el que la ayudé en segundo o tercer grados de primaria. Ese
fue, creo, mi máximo trabajo como padre de familia que ayuda en las tareas
escolares. Cuento la historia.
Espero a mi primera hija de pie en la puerta de la escuela. Es hasta ese
momento la única de mis hijas que ha llegado a la primaria. Está en segundo o
tercero, no recuerdo, incluso puede ser que en cuarto. Le pido su mochila, la
tomo de la mano y avanzamos hacia el coche. En el camino a casa me comparte sus
pendientes: “Papá —dice—, tenemos que hacer el proyecto de un robot elaborado
con cajas. El mejor del salón recibirá un premio”.
La vi tan ilusionada con la palabra “premio” que desde ese momento me
salieron, no sé de dónde, unas ganas horrendas de construir un robot que
apantallara hasta a George Lucas. Y se lo dije a mi pequeña: “Haremos un gran
robot, no te preocupes”. Supongo que era jueves, algo así, y el robot debía
estar listo para el lunes, por lo que nos favorecería el fin de semana. El
viernes pensé en el diseño, lo imaginé. No exagero si digo, como exageramos los
laguneros, que me la bañé, que en mi mente apareció el mejor robot jamás
imaginado para un trabajo de primaria.
El sábado por la mañana amanecí con un fervor creativo desbordado. Fui a
una papelería, fui a una farmacia y fui a una tienda de electrónica. A la
papelería por papel plateado, a la farmacia por cuatro pastas de dientes y a la
electrónica por unos foquitos, unos alambres y un pila. En la casa había
hallado una caja de zapatos adecuada, y el aditamento estrella yo ya lo tenía:
un señalador de rayo láser de los que usaba a veces en mis clases de la
universidad. Ya con todo reunido, comencé la construcción del inusitado robot,
no sin antes pedir a la pequeña que me ayudara como la enfermera que asiste al
cirujano en el quirófano.
Lo primero fue forrar de papel plata la caja de zapatos. No era una
monstruosa caja de botas sino de calzado infantil. Eso sería el tórax del
robot. Luego hice lo mismo con las cajas de pasta dental, pues servirían para
armar todas las extremidades; recuerdo que a las piernas les puse una base más
amplia, para que el mono pudiera mantenerse en pie sin mayor problema. Siguió
la cabeza, hecha con una cajita cuadrada, como la que puede contener un tarro
mediano de crema o ungüento. Ya con todas esas piezas a la vista, lo que siguió
fue unirlas con pegamento y colocar los foquitos, de esos que denominan leds.
Instalé, con maña y silicón, los ojos, la nariz y la boca. Con cables internos
como tripas conecté las luces hacia una pila cuadrada que ingeniosamente
ubiqué, invisible, en la espalda del robot. Ya con los leds puestos
el mono era un fenómeno, pero no estuve conforme, pues como vengo diciendo, yo
estaba endiosado por un espíritu científico que jamás ha vuelto a visitarme.
Coloqué los brazos en distinta posición: uno caído, otro, el derecho,
apuntando al frente, fijo. Dentro de la caja que era el brazo derecho instalé
con maestría mi rayo láser, lo fijé bien, y permití que fuera encendido
mediante un dispositivo oculto, cercano a la zona del codo. Cuando todo estuvo
listo, luego de varias horas de trabajo enfebrecido, probamos el robot en un
lugar oscuro, para percibir bien la vistosidad de las luces. Aquello fue
hermoso. El maldito robot echaba unas luces vivas, intensas e infalibles, y el
láser, como solemos decir, dejaba chiva de tan eficaz.
Tras ver eso, mi hija y yo estuvimos seguros del triunfo. Llegó el lunes
y entró al salón, supongo que orgullosa con su robot lumínico. No vi, claro, la
competencia, nada, sólo supe el resultado cuando me lo comunicó mi hija a
mediodía. Su explicación, jamás la olvidaré, fue ésta: todos los niños querían
mi robot, encender sus luces, principalmente el rayo láser. Se peleaban por
jugar con él. Fue el que más gustó. La maestra, sin embargo, dijo que el primer
lugar era para un robot que tenía el tamaño de un niño, un robot grande. Ese
ganó.
Le pregunté, cómo no iba a hacerlo, si además del tamaño aquel robot tenía algo más. No sé, luces, sonido, algo. Mi hija añadió: “No, papá, nada. Sólo era un robot más grande”. Tampoco olvido mi conclusión: “Bueno, la maestra hubiera aclarado que hiciéramos una piñata con aspecto de robot”. Pero mi hija estaba contenta, pese a todo. Su robot había sido, insistió, el que gustó más. El dictamen de la maestra no había destruido pues el aprecio de mi hija por aquel robot que cautivó mi vida.
miércoles, agosto 05, 2026
Corregir para arriba y para abajo
No
han sido una, ni dos ni tres, han sido muchas las veces que he insistido en el
taller literario que escribir no es escribir, sino corregir. Quienes no
entiendan esto por pereza o supuesta suficiencia terminan por entregar textos
maltrechos, al menos no mejores que los que ellos mismos producirían si
dedicarán el tiempo pertinente al trabajo de enderezado y pintura. A menos que
quien escriba sea un genio de la creación automática perfecta, cosa que no
existe, el arte requiere paciencia, y la paciencia sirve sobre todo para
trabajar los acabados, el esfuerzo de pulir.
Hay,
como sabemos, tres tipos de enmiendas al texto: adición, supresión y permuta.
Cuando se genera el borrador (y todo texto es siempre un borrador, como lo
aseguran muchos escritores serios), se pueden añadir palabras y frases, se le
pueden podar o se le pueden cambiar por otras. Es una labor obvia, aunque
algunos prefieran omitirla. Hace poco encontré en un libro recién leído un
comentario de Octavio Paz sobre su obsesión por corregir incluso lo destinado a
una segunda edición: “Corrijo sin cesar. Algunos críticos dicen que demasiado.
Tal vez tengan razón. Observo, no obstante, que si corregir es peligroso, lo es
más no corregir. Creo en la inspiración; creo también que hay que ayudarla,
constreñirla y aun contradecirla. Nunca he creído que he terminado realmente un
poema; simplemente me resigno, no puedo ir más allá”.
Paz
corrigió para arriba, añadiendo, la segunda edición de El laberinto de la soledad. Augusto Monterroso, en cambio, decía
que corregía para abajo, suprimiendo, como dijo en el prólogo de una antología
personal: “Como mis libros son ya antologías de cuanto he escrito, reducirlos a
ésta me fue fácil; y si de ésta se hace inteligentemente otra, y de ésta otra,
otra más, hasta convertir aquéllos en dos líneas o en ninguna, será siempre por
dicha en beneficio de la literatura y del lector”.
Entre esos dos extremos (“para arriba” y “para abajo”, como se me ocurre designar ambas acciones), un término medio es lo recomendable: corregir para arriba puede hacer interminable el texto, y corregir para abajo puede desaparecerlo a punta de autocrítica. El caso, siempre, es entender que la escritura no está en la escritura en sí, sino en la prudente y necesaria corrección.
sábado, agosto 01, 2026
Viaje al fondo del Fondo
Desde
hace muchos años, quizá cuarenta o poco menos, tengo dos o tres devociones
bibliográficas irrenunciables. Una de ellas es, sin duda, la que guardo por el
Fondo de Cultura Económica, el sello editorial más importante de México y, si
me apuran, de Latinoamérica toda. Un viejo artículo de 1994, creo que ya
perdido, testimonió en las páginas de un suplemento cultural mi fervor por los
libros del Fondo y el enorme servicio que han brindado desde el 4 de septiembre
de 1934, fecha de su fundación. Vamos pues, ya, encaminados a su primer siglo
de vida y el Fondo, más allá de cualquier turbulencia coyuntural, sigue firme
como una casa editorial enorme para el conocimiento y la imaginación, para toda
forma de expresión escrita y gráfica, humanística en suma. El FCE me
enorgullece en la materialidad de los muchos, de los muchísimos libros que de
su catálogo figuran en mis entrepaños, más de los que la biología me dará
tiempo de leer.
No
poco de proeza tiene recorrer la historia de una institución como el FCE. Las
editoriales grandes, y ésta lo es, ramifican su hacer de tal manera que en
potencia su historia podría llenar muchos tomos, una enciclopedia. Del Fondo,
por ejemplo, cabría explorar la historia de su origen (e incluso de la
situación previa del libro y la edición en México), sus directores, sus
autores, sus editores, sus colecciones, sus sucursales, su producción y su
distribución, por enumerar los ítems más amplios y salientes en un estudio
potencial. De hecho, ya hay libros que se internan en el pasado del Fondo, como
Historia de la Casa (FCE, 1994), de
Víctor Díaz Arciniega, o, más recientemente, El Fondo, La Casa y la introducción del pensamiento moderno en México
(FCE, 2016), de Javier Garciadiego.
Ya
compraba y leía libros del FCE cuando llegaron a mis manos las Memorias (Joaquín Mortiz, 1976) de
Daniel Cosío Villegas, fundador del Fondo. Dado el género del libro, el
economista e historiador dedicó algunas páginas a recordar cómo nació la casa
editorial. Al final del “Tramo octavo” (Cosío Villegas dividió su memoria en
“tramos”), dice lo siguiente: “El hecho es que en enero de 1935 apareció
nuestro primer libro, El dólar plata
(¡traducido por un poeta! [Salvador Novo]), y que de allí seguimos hasta hacer
del Fondo una editorial de enorme prestigio, que prestó un servicio señalado a
la educación y la cultura de México y de todos los países de habla hispana.
Valdría la pena hacer su historia, pues el libro que la recogiese resultaría
sumamente aleccionador”.
Libros
hay ahora, entonces, abocados a bucear en el pasado del Fondo, y uno de ellos
es De México para América entera.
Pequeñas historias del Fondo de Cultura Económica (Grano de Sal, 2019, México,
300 pp.), escrito por Rafael Vargas Escalante y prologado por José Woldenberg.
El subtítulo insinúa un abordaje modesto (“pequeñas historias”), pero sólo admite,
quizá, y eso a veces, el adjetivo nomás por la extensión de cada estancia, no
por la espesura y el valor de su contenido. Si no conté mal, son 37 textos que equivalen,
cada uno, a una ventana para asomarnos al pasado de la casa editorial creada en
México “para América entera”. Quienes nada sepan sobre el FCE, lo digo desde
ya, este libro es la más grata introducción a su andanza desde 1934 a la
actualidad.
¿Por
qué la más grata? Porque Rafael Vargas articuló las piezas de este libro luego
de haberlas publicado en diferentes espacios de la prensa cultural, es decir,
desde su concepción estaban destinadas al público no necesariamente
especializado. Tiene mucho, pues, de ameno y anecdótico, de ágil y bien
escrito, pero al margen de sus valores más visibles hay debajo de sus párrafos
un arduo trabajo de investigación periodística, de data contante y sonante.
De México para América
entera configura pues un fresco textual que puede llevar al
recuerdo de Rivera: en un plano aparecen, juntos pero no revueltos, los
protagonistas de la aventura editorial que comenzó como una mera idea para
publicar traducciones de libros sobre Economía y terminó siendo el
emprendimiento de carácter bibliográfico más grande de América Latina.
Vargas
Escalante, en textos breves e independientes, explora distintos momentos de una
sola historia, a varios protagonistas y numerosos hitos. Por supuesto desfilan
en sus páginas Cosío Villegas, la labor crucialísima de Arnaldo Orfila, el peso
de Joaquín Díez-Canedo, la impagable participación de los republicanos
españoles, la disciplina bibliográfica de José Luis Martínez, el empuje de
Jaime García Terrés y el talento de muchos y muchas como María Elena Satostegui,
Magda Portal y Camila Henríquez Ureña, responsables de sucursales fuera de
México. Asimismo, recoge casos específicos de libros y autores como Reyes (Obras completas), Paz (Piedra de sol), Fuentes (La región más transparente), El Popol Vuh, Selma Ancira, Wenceslao
Roces, Leonora Carrington, Vicente Rojo y muchos más, todos vinculados de una
forma u otra a la sigla FCE. Son particularmente interesantes, por poco
conocidos en México, los apuntes del autor sobre las mujeres que fungieron como
embajadoras de la editorial fuera de México: las mencionadas Satostegui (España
y Argentina), Portal (Perú) y Henríquez Ureña (Cuba y Estados Unidos).
Otra
virtud de este libro, por si le faltara una, es la de compartir sutilmente un
panorama general de la escritura y de la edición mientras ilumina pasajes del
FCE. Dos ejemplos, entre muchísimos otros, podrían ser el de Orfila, quien
luego de su injusta salida del FCE, creó Siglo XXI, o el de Díez-Canedo, quien
cuando dejó el FCE (1962) lo hizo para fundar su propia casa editorial, Joaquín
Mortiz. Así pues, el libro tiene derivaciones, ramas, vertientes hacia muchos
puntos del mundo editorial mexicano, latinoamericano e incluso español. Por
todo, no vacilo al afirmar que el paseo por sus páginas termina siendo una grata
y fructífera inversión de tiempo.
Rafael Vargas Escalante (Ciudad de México, 1954) ha publicado una decena de libros de poesía, entre los que se cuentan Conversaciones (1979), Signos de paso (1994) y Pienso en el poema (2000). Ha colaborado en revistas como Proceso, Nexos, Biblioteca de México, Artes de México y La Gaceta del FCE; en la última revista fue, por cierto, donde publicó previamente gran parte de las piezas aglutinadas en De México para América entera. Las escribió en la época durante la que La Gaceta fue dirigida por Tomás Granados Salinas, quien, hasta donde sé, es el esmerado editor del sello Grano de sal.
miércoles, julio 29, 2026
Virales que sí sirven
La
viralidad es un fenómeno que en la mayor parte de los casos se relaciona con lo
audiovisual: un accidente, una agresión, un hecho extraño, la burrada de un
famoso son los productos más socorridos de la divulgación repentina, de “lo
viral”. Todo esto termina por ser, claro, una pérdida de tiempo entre las muchas
otras miserias del universo digital que sólo son eso, pérdida de tiempo. Curiosamente,
también hay productos virales de índole textual. No alcanzan por supuesto el
efecto masivo de los audiovisuales, y de hecho su viralidad es tan modesta que
quizá ni es digna de ser ubicada en tal rango.
Pienso
que un texto (columna, artículo, crónica, poema…) es viral cuando aparece en mi
celular o mi computadora como reenvío de varios contactos. Ya para que tres o
cuatro amigos lo divulguen quiere decir que les llegó por diferente medio, que
es un texto con capacidad de filtración. En estos días me llegó uno. Cuatro
amigos que no se relacionan entre sí me enviaron el artículo “España contra
todo pronóstico”, escrito por Gilberto Carrasquero Naranjo, periodista/escritor
de quien no tengo más data.
Es
muy bueno. Trata, lo resumo muy apretadamente, del sistema de salud en España,
de sus avances y del futuro que se le augura en función de las estadísticas actuales.
Resulta significativo recibir esta información, pero más enterarnos de que es muy
probable que España tenga avances en la salud pública en función de un ítem que
no parece tener nada que ver en el asunto: la cultura de la reunión, por
llamarla de algún modo.
Desde
los dos primeros renglones, Carrasquero Naranjo plantea lo que parece una
anomalía (y lo es, pero benéfica): “España
tiene más bares que camas de hospital. Léalo de nuevo, despacio. Unos 260.000
bares frente a unas 140.000 camas hospitalarias”. Cuando dice “bares”, es claro
que no debemos entender el sustantivo sólo en el sentido mexicano, como sinónimo
de cervecerías o cantinas. Bares sería en el caso español cafeterías,
restaurantes, sitios para reunirse y conversar en los que también, obvio,
puede ser incluido el alcohol.
No es difícil encontrar mediante Google el texto de Carrasquero Narranjo. Nos plantea con buena prosa y datos contundentes que hablar, que ver amigos, que ejercer el ocio sin apremio por producir bienes o servicios es quizá el mejor medicamento y no aparece, por desgracia, en ninguna prescripción médica.
sábado, julio 25, 2026
Soñemos de pie
Fernando
Fabio Sánchez ha publicado el primer comentario sobre Prohibido soñar de pie (Ficticia Editorial, México, 2026, 200 pp.),
mi más reciente libro de cuentos. Se lo agradezco mucho, pues todo ayuda a dar
visibilidad a la escritura que nace en estos tiempos sin mucha esperanza de
llegar a los lectores hoy pulverizados es intereses infinitos. La reseña de
Fernando apareció en tres entregas/semanas de su columna 30-30, publicada desde hace
varios años en el diario Milenio Laguna.
Agradezco su generosa opinión y aprovecho que me permitió compartirla aquí para anunciar que el libro
está a merced de quien guste en la cadena Gandhi, las librerías del FCE y, en
Torreón, en la Cafebrería La Tinta (Morelos 559 poniente).
Este es el comentario de Fernando:
Soñemos de pie
I
Se
dice que las primeras líneas de un libro determinan si un lector continuará
leyendo la obra que comienza.
Es
posible que así sea.
Las
primeras líneas se parecen al primer saludo entre dos desconocidos, a la
primera mirada de los amantes o a la primera impresión en una entrevista de
trabajo.
La
importancia de las primeras líneas es antigua. La novela inaugural de nuestra
tradición es tan famosa como su entrada: “En un lugar de la Mancha, de cuyo
nombre no quiero acordarme”.
Si
queremos ir más atrás, remontémonos al siglo VIII a.n.e., para escuchar el
inicio de La Odisea: “Cuéntame de
aquel hombre complicado, Musa. Cuéntame cómo erró y se extravió después de
asolar la sagrada Troya” (traducción al español de la versión de Emily Wilson).
O
si deseamos ir todavía un poco más atrás, leemos en el Génesis: “En el
principio creó Dios los cielos y la tierra”.
Las
primeras líneas son una fórmula. Nos introducen en el espacio, el tiempo o la
lógica de un nuevo universo.
Son,
también, un adelanto cifrado de la obra, un pacto que establece estilo, ritmo e
intensidad.
No
son las de sintaxis más sofisticada, las más líricas o cargadas de simbolismo.
Algunas
son secas, con lenguaje directo y simple. Su fuerza consiste en definir un tema
de gran importancia o trazar el inicio de una acción irrevocable.
Aunque
su magnetismo es misterioso, quizá incuantificable, basta una buena primera
línea para sembrar el deseo de leer cientos, miles de páginas.
No
todos los libros tienen la fortuna de contar con una primera línea de
antología.
Pero,
en algunos casos, la entrada es tan agraciada que acumula múltiples
significados.
Tal
es el caso del libro más reciente de Jaime Muñoz Vargas, Prohibido soñar de pie (Ficticia Editorial, México, 2026, 200 pp.).
Se
trata de una colección de 15 cuentos que “permiten acceder a las numerosas
lastimaduras que presupone la existencia”.
La
primera pieza navega en siglos de tradiciones literarias.
Se
titula “Microrrelato total”. Lo incluyo íntegro a continuación.
“En
un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme y en medio del camino
de la vida, errante me encontré en una selva oscura cuando frente al pelotón de
fusilamiento el coronel Aureliano Buendía recordó aquella tarde remota en que
su padre lo llevó a conocer el hielo a él, que sólo deseaba confesar que vino a
Comala porque le dijeron que acá vivía su padre, un tal Pedro Páramo,
declaración expresada la candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo
murió, apenas poco después de que Gregorio Samsa despertó convertido en un
escarabajo, preguntando como loco, a gritos y con una pena extraordinaria, ¿en
qué momento se jodió el Perú?”.
Este
relato nos prepara para entrar en Prohibido
soñar de pie, un libro que, desde su primera línea, ya promete más de lo
que anuncia, como veremos en la siguiente entrega.
II
La
semana pasada leímos el inicio de Prohibido
soñar de pie, el libro más reciente de Jaime Muñoz Vargas. Hoy recorreremos
los primeros cuentos, pero sin revelar los finales.
El
segundo cuento, “Irene Olavarría”, narra la relación entre Irene y la viuda de
Arturo, con quien Irene compartió una relación de juventud.
Irene
ha llegado a la empobrecida casa de Teresa para hacerse cargo de los libros
publicados y no publicados del recién fallecido.
Según
Arturo, quizá la terquedad vasca de Irene podrá “hacer algo con los libros”.
Así,
se embarca en el proyecto de rescatar a Arturo de una doble muerte: la física y
la literaria, acaso salvando también a Teresa en el proceso.
“Tour en gris” es un cuento basado en una
de las paradojas de México en cuanto a la difusión de la llamada “alta
cultura”.
El
protagonista-narrador viaja hacia la provincia norteña, acompañado de un chofer
aficionado a la música de banda, para dar una charla literaria.
Los
escenarios desolados, que espantan estéticamente al narrador, nos hacen sentir
que ambos personajes se adentran en la nada.
Esa
es la paradoja: nadie parece estar esperándolos y, aun así, el escritor va,
apoyado por un programa estatal que debe difundir la cultura.
Del
tema literario, llegamos al género de terror con “Dentro del cine”.
Aquí,
Muñoz Vargas presenta a dos hermanos que filman una película, utilizando los
elementos más oscuros de la realidad.
Quizá
lo que produce terror en esta historia es exactamente el hecho de que los
hermanos no deciden hacer arte, sino lucrar con la violencia social.
De
aquí, volvemos al tema literario, pero ya contaminados por el cinismo.
En
“Taller literario” encontramos a dos escritores muy diferentes. Uno parece
tener la vida resuelta pero no tiene talento. El otro está en apuros, aunque
escribir buenos libros le resulta un acto natural.
¿Qué
es más importante? ¿El talento o la astucia comercial?
Hasta
aquí, Prohibido soñar de pie ha
presentado el problema de la profesionalización artística en un entorno que no
parece reconocer ni recompensar tal esfuerzo.
El
resultado es una serie de discordancias entre ejecutantes y su supuesta
audiencia: el fracaso de escritores, pensadores y cineastas que soñaron con el
“éxito” y cuyas expectativas se tornan ridículas ante un mundo que
—irónicamente— no los categoriza de esa manera porque en realidad no los ve.
Este
agotamiento lo encontramos en “Un día con Michelle”, que narra el episodio
entre un tipo normal y la “novia” de su amigo.
El
narrador-personaje debe acompañar a la influencer
del fitness en Mazatlán como un favor al amigo, y no sabe si los deseos que
siente por ella llegarán a cumplirse.
Es
el mito de Tántalo, compartido por los personajes: tienen sed y ven el agua,
pero no pueden beberla.
Encontramos
a lo largo de las primeras cien páginas un realismo irónico y desencantado,
cercano a Quevedo.
Jaime
Muñoz Vargas reconoce esta influencia en el epígrafe del poeta del Siglo de
Oro, que dice: “No sentí resbalar mudos los años/ hoy los lloro pasados, y los
veo/ riendo de mis lágrimas y daños”.
Continuemos
este recorrido por Prohibido soñar de pie.
Quizá el verdadero tema del libro no sea la prohibición de soñar, sino la
obstinación de seguir haciéndolo de pie.
III
En
esta entrega concluiremos la reseña de Prohibido
soñar de pie (Ficticia 2026) de Jaime Muñoz Vargas. Al entrar en la segunda
parte del libro, reconocemos otros temas además del mundo literario.
Resalta
el futbol en “Jugada de peligro” y “Un Maradona posible”. El segundo es el más
futbolero —deporte que apasiona a Jaime y que ha sido una constante en su obra—
y presenta una biografía hipotética del jugador argentino en México. Por lo
mismo, también es el más borgeano del volumen.
“Jugada
de peligro” nos lleva a una familia que, de pronto, se ve relacionada con
algunos jugadores sudamericanos en La Laguna. Hay una reflexión sentimental
sobre la manera en que la economía influye en las relaciones sociales.
Esta
convergencia entre deporte y vida aparece también en “Después de las luchas”.
El cuento ofrece uno de los motivos de la portada, en la que aparece una
máscara de luchador reproducida en una tira de celuloide. La lucha libre es
otro de los núcleos de la literatura de Jaime.
Luego,
el libro se concentra en lo social. “En la orilla” y “Yo tengo tu dirección”
nos hablan de la posible tragedia que puede estar anidada en la cotidianidad:
un amigo de la juventud regresa completamente derrotado y un hombre cualquiera
se enfrenta a la posibilidad de comprar un auto “chueco”, convirtiéndose quizá
en un delincuente silencioso.
Llegamos
entonces a tres cuentos sobre la masculinidad. “A tus brazos otra vez” es
irónico y describe con detalles las experiencias íntimas de un personaje al que
le han negado el amor.
En
contraste, “Muchísimas gracias” adquiere una perspectiva nostálgica: el
narrador nos cuenta cómo conoció a una mujer que reencuentra muchos años
después, recordándonos a Cortázar y José Emilio Pacheco.
Y
"Carta de Diana", que vuelve al mundo literario-académico: una
especialista argentina ofrece un curso en una universidad lagunera y, entre la
atracción y el respeto, la caballerosidad termina por imponerse.
El
lector de esta columna ahora conoce catorce de los quince relatos de la
colección.
Detectamos
temas en común: la literatura y el arte como modo de existencia, el futbol, las
luchas, el crimen, el realismo, la tentación del éxito y el fracaso.
Pero
el libro nos reserva algunas victorias. Son pequeñas, acaso sentimentales nada
más, aunque lo suficientemente poderosas como para restablecer la dignidad de
los sueños y la vida.
No
todo es frustración en estos cuentos que se desarrollan en la Comarca Lagunera,
haciendo del desierto un universo.
Jaime
Muñoz Vargas también triunfa por medio de su prosa: rítmica, muy rica y llena
de humor. Y dedica el volumen a Saúl Rosales Carrillo, reconociendo su
tradición e impulsándola.
Al
final, nos revela que el hacer es en realidad juego. “Monotonía de las vueltas”
dice: “Cuando el Hombre Araña se avecindó en Torreón, vio con tristeza que para
tender su prodigiosa telaraña solo contaba con el edificio Monterrey. Allí
murió, viejo y aburrido, dando vueltas como si fuera un monótono volador de
Papantla”.
Prohibido soñar de pie de Jaime Muñoz Vargas es un libro que nos enseña a reír de pie y a soñar todavía, aunque el mundo no dé para más.
Género de sobremesa
Proveniente del griego, la palabra “anécdota” (anékdoton, “no publicado”, “inédito”)
tiene cuatro acepciones en el diccionario académico (la segunda me parece
innecesaria): “Relato breve de un hecho curioso que se hace como ilustración,
ejemplo o entretenimiento”; “Suceso curioso y poco conocido que se relata en
una anécdota”; “Suceso circunstancial o irrelevante” y “Argumento de una obra”.
Para lo que compartiré a continuación, me ciño a la tercera acepción, y sobre
todo al adjetivo “irrelevante”, de allí que las confine al ámbito de la
sobremesa. Las tres que comparto tienen un común denominador: que se relacionan
con la periferia literaria, gran productora de situaciones que se trepan como
polizones al recuerdo. Los títulos sólo sirven para identificarlas pese a su
insignificancia. Van:
Abuso de la elegancia
Casi todos los lugares comunes tienen alguna
inclinación por la elegancia. No es necesario anotar que, al usar un tópico, la
elegancia resulta fallida, y lo que queda más bien es inelegancia, mal gusto,
cursilería. Cuando alguien dice, por ejemplo, “cerrar con broche de oro” o
“poner su granito de arena”, lo único que logra es evidenciar falta de
imaginación.
Hay lugares comunes, sin embargo, que
no lo parecen. Uno de ellos es “valga la redundancia”, tópico que sale a la luz
(“salir a la luz” es un tópico) cuando alguien, durante la conversación, repite
con demasiada proximidad una palabra (“recuerden que lo fundamental es dar
fundamento, valga la redundancia, a los proyectos bla bla bla”). La pobreza de
vocabulario o el simple lapsus es disculpado entonces por un “valga la
redundancia” comodín, una frase ya corrompida, gastada por el uso.
Lo recomendable para evitar tal
tropiezo es ampliar el vocabulario, sin duda. Pero cuando eso no es posible, se
me ocurre que pueden equivaler las frases “valga la reiteración”, “disculpen la
expresión” o algo así.
Lo que no se debe hacer nunca es usar
frases como esas cuando no haya ninguna necesidad. Todo esto lo digo sólo para
recordar al locutor de radio que escuché cierta tarde. Iba yo camino a la
universidad y, al terminar una canción, el locutor dijo la hora con el mayor
abuso de elegancia que he escuchado jamás:
—Faltan cuatro para las cuatro, valga
la redundancia.
Luego de oírlo decidí escribir algo,
lo que fuera. Y es esta cuartilla, precisamente.
Quizá no haya libros de factura más
anónima que las leyes. Escritas y avaladas por muchos, las leyes representan un
consenso, un acuerdo establecido entre varias cabezas. Pues bien, un amigo
llegó a una tienda comercial de esas que, para no ser acusadas de indiferencia
cultural, también tienen una librería aledaña al restaurant. Mi amigo, abogado
él, andaba en busca de la Ley de
equilibrio ecológico. Mientras buscaba en el anaquel donde posiblemente se
podía encontrar aquel libro, un dependiente se le acercó para ofrecerle ayuda.
—Gracias, joven, ando buscando la Ley de equilibro ecológico.
El dependiente, capacitado un par de
horas antes para dar su servicio pero ajeno totalmente al mundo de los libros,
le pidió un dato insólito.
—¿Me puede dar el nombre del autor?
Mi amigo el abogado estuvo a punto de
responderle que “la Cámara de Diputados en sesión plenaria”, pero prefirió
dejar el asunto en paz. Vio en la cara del muchacho tal aburrimiento que ya no
quiso explicar nada.
Por desgracia
Juan Pablo Neyret y yo tomábamos café en la amable
casa de David Lagmanovich. Horas antes nuestro anfitrión nos había presentado a
ciertos personajes tucumanos. Yo recordé en particular a uno que me había
parecido algo extraño, enigmático, y pregunté.
—Oye, David, ¿y fulano de tal escribe, ha publicado
algo?
David,
con una malicia que he visto en pocos rostros, contestó resignado y negando con
la cabeza, casi como si fuera una tragedia.
—Lamentablemente, lamentablemente.
Neyret y yo no pudimos evitar el dueto de carcajadas.
jueves, julio 23, 2026
Microficción futbolera en Macedonia
Gracias a MacedoniaEditorial, de Argentina, por invitarme a este combo de minificciones futbolísticas armado durante el Mundial. Mi gratitud va dirigida sobre todo al escritor, editor y amigo José Luis Bulacio.
miércoles, julio 22, 2026
Odios digitales
Siempre
hemos visto que las grandes competencias deportivas sirven para invocar la
hermandad de los pueblos y la paz mundial. Las inauguraciones y las clausuras
son los escenarios más adecuados para que desfilen banderas y se emitan
discursos con fuerte contenido demagógico en el que se destaca la necesidad de
que los pueblos de la tierra convivan en armonía, leal y solidariamente. Todo
debe sonar bonito aunque en realidad vivamos en una circunstancia muy desigual:
diez países controlan la economía y los demás, 170 más o menos, dependen de
decisiones ajenas. La “paz mundial” es mera retórica, una quimera que sólo
sirve para abrir y cerrar competencias internacionales.
A
la violencia real provocada por economías disparejas se sumó por estos días
(todavía hoy se nota) la avalancha de violencia simbólica propalada por los
medios durante el desarrollo del Mundial. Como no lo recuerdo en ediciones
anteriores del torneo, en esta ocasión se agudizaron muchos rencores
internacionales, un efecto opuesto a la hipotética fraternidad apetecida por la
publicidad de los organizadores. Lejos de conseguirla, lo que se vio en la
realidad de las redes —una realidad ahora tal vez más real que la realidad
presencial—, fue encono verbal, agresiones espantosas de todos contra todos.
El
caso más visible y multiplicado de la tirria digital, pero no el único, se dio
en relación con los argentinos y su selección. Casi casi debo precisar que no
fueron tanto los argentinos cuanto los porteños y especialmente algunos
comunicadores de la capital de aquel país quienes atizaron el ambiente para que
se caldeara en buena parte del globo. En el caso mexicano, un periodista dio
pábulo a la “argentinofobia” con declaraciones que se viralizaron en México. El
descerebrado, de nombre Eduardo Feinmann, señaló que odia a los mexicanos y
añadió que nuestro país envidia al suyo. Todo absurdo pero muy eficaz para
multiplicarse exponencialmente y verse reforzado por una ola de nuevas
opiniones igual o peor de soeces.
Engancharse en cualquier fuego cruzado de las redes es simplista y burdo, pero en esta oportunidad resultó harto eficaz para exacerbar el clima de crispación que espera cualquier rivalidad deportiva para manifestarse en las trincheras de nuestro tiempo: las redes sociales, espacios donde salen a relucir los traumas y los complejos de tirios y troyanos, para decirlo con un manoseado cliché bélico.
lunes, julio 20, 2026
40. Zidane
Su cuota goleadora no fue
grande, apenas rebasó los 150 tantos, una cifra de todos modos muy decorosa
para la función que desempeñaba en el campo. Fue un 10 puro, quizá el más
clásico de los que han ocupado su posición, tanto que de haber sido urbe, a Zinedine
Zidane (Marsella, Francia, 1972) le hubiera tocado ser distribuidor vial: en el
centro de la cancha hacía fluir las acciones para todos lados. En América sólo
recuerdo el caso aproximado de Riquelme, parecido incluso por la estatura en
apariencia poco adecuada para jugar con elegancia y eficacia. Otros parecidos fueron
Platini e Iniesta, futbolistas con el don de tener el mapa de la cancha
cadriculado en la mente. Uno de los elogios más precisos dirigidos al marsellés
lo hizo Valdano en el Mundial de 1998: jugaba Francia y opinó que en las
escuelas de futbol “debían abrir las materias Zindane I y Zidene II”, pues, en
efecto, la función de Zizu era una
cátedra permanente de ubicación y correcta toma de decisiones. Y más allá de su
capacidad como cerebro, consumó goles espectaculares. El anotado de volea con
el Real Madrid (todos lo vimos) fue para enmarcarse o esculpirse. Impresionante
jugador.
domingo, julio 19, 2026
39. Zico
Entre el ocaso de Pelé y el esplendor de Maradona hubo varios jugadores que se disputaron el trono del futbol mundial. No era fácil llegar a ese sitio, pues el gigante brasileño puso tan alta la vara que hasta la fecha muchos creen, sobre todo los viejos aficionados, que nadie ha podido igualarlo, es decir, que nadie ha alcanzado la genialidad futbolística de Pelé. Ahora bien, entre 1975 y 1985 apareció la figura de Arthur Antunes Coimbra (Río de Janeiro, Brasil, 1953), mejor conocido por su breve mote: Zico. Además de este hipocorístico, en la prensa no fue raro que lo llamaran “el Pelé blanco”. Creo que no deshonraba la comparación, tanto como Hagi, el rumano, sería llamado años después “El Maradona de los Cárpatos”. Tales correlaciones pueden parecer exageradas, pero en el caso de Zico es verdad que se trataba de un 10 perfecto, de un armador de juego elusivo, inteligente, con futbol vistoso y eficaz en la consumación de goles. Clavó más de 500 en clubes y selección, la mayoría con el Flamengo, y además fue un asistidor empedernido. Lo recuerdo principalmente en el Mundial 82: era la estrella en un equipo lleno de estrellas, el Pelé blanco.
sábado, julio 18, 2026
38. Zamorano
No muy alto, medio flaco y correoso, Iván Zamorano (Maipú, Chile, 1967) siempre daba la impresión de no llenar el uniforme. Tenía un aspecto algo desgarbado, de futbolista llanero porque incluso usaba las calcetas a media asta. Clase no derrochaba, era un jugador con aspecto semisalvaje, y de alguna forma lo era: un guerrero araucano como los que Ercilla supo homenajear con versos de hierro. Militó en cuatro equipos importantes: Real Madrid, Inter de Milán, América de México y Colo Colo de su país, y por supuesto muchas veces fue seleccionado de la Roja. Anotó casi 350 goles, y quienes lo vieron en el área recuerdan que su principal habilidad estaba en el juego aéreo. Las repeticiones evidencian que su resorte, además de poderoso, tenía una virtud capital: la precisión. Algunos creerán que para el golpeo de testa lo importante es saltar mucho: entre más alto, mejor. El Bam-Bam, como lo apodaron, demostró que el arte de cabecear demanda sobre todo una capacidad sutil para calcular el instante exacto en el cual cobrar impulso. Zamorano lo dominaba como nadie y por ello superó a defensores mucho más altos. Sin duda ha sido, es y será un ídolo del futbol chileno.
Gerda en la trinchera
Entre
el 17 y 18 de julio de 1936, hace justamente noventa años, comenzó la Guerra
Civil española, una de las confrontaciones más sangrientas que registra la
historia del siglo pasado y sin duda el hito bélico que gravita más en el
presente español. El alzamiento militar en Melilla y Ceuta, posesiones
españolas conservadas hasta la fecha en África, fue el banderazo de salida para
el golpe que después encabezaría uno de los generales sublevados: Francisco
Franco. Luego del albazo, poco a poco los “nacionales” avanzaron por territorio
de España y en el camino, de oeste a este, encontraron la confusa oposición de
los “republicanos”. Es innecesario añadir que las batallas produjeron una carnicería
sobre la que la justicia jamás se expidió, así que aquello sigue archivado en la
ominosa impunidad.
A
la violencia se sumó el poderío del armamento y la asesoría de Hitler y
Mussolini en respaldo de los golpistas. La llamada Segura República poco a poco
fue desmoronada hasta que, tres años después, en abril de 1939, cayó y dio
inicio al medievo español del XX: la dictadura de Franco que extendería su
mancha política, económica y socialmente venenosa hasta 1975. En realidad,
llegó más lejos, hasta nuestros días, pues muchas de las grandes fortunas
actuales fueron amasadas mientras el Franquismo reprimía, mataba y hacía
negocios privados con recursos públicos.
En
efecto, los estragos de la guerra que comenzó hace nueve décadas siguen
vigentes no sólo en lo económico. En el plano ideológico, los nietos de la
Falange mantienen vigente un pensamiento perrunamente conservador. Controlan la
economía, los medios más importantes, la justicia y algunos partidos que, como
el PP y Vox, no tienen tapujos para disimular así sea un poco su carácter ultrarreaccionario.
El discurso de personajes como Alberto Núñez Feijóo, Isabel Díaz Ayuso y
Santiago Abascal hacen innecesarias mayores explicaciones. Como otras tantas
naciones del mundo, España corre hoy el peligro de caer en las garras de su
Trump o su Milei con el plus de la maldad de larga data cultivada en las mazmorras de la Inquisición.
Durante
la Guerra Civil se formó un grupo de artistas que manifestaron su apoyo a la
República en peligro. En él participaron Pablo Neruda, César Vallejo, Octavio
Paz, Elena Garro y Silvestre Revueltas, entre muchos otros que viajaron desde
lejos y se unieron a la Alianza de Intelectuales Antifascistas para la Defensa
de la Cultura en la que también participaron, claro, españoles como Rafael
Alberti, su esposa María Teresa León y León Felipe. Mezclada con tales
personalidades anduvo una joven rubia, de baja estatura y políglota. Su nombre
era un seudónimo: Gerda Taro. Había nacido en 1910, en Stuttgart, Alemania, en
el seno de una familia judía. Se llamaba realmente Gerta Pohorylle Boral, y
como parte de su educación vivió un tiempo en Lausana, Suiza. Su origen, su
ideología y sus amistades provocaron que saliera de Alemania, pues el nazismo,
con la figura del Führer en la cima
del poder tras el derrumbe de la República de Weimar, era una amenaza nada
ilusoria, más concreta que un gueto.
Una
esplendida biografía titulada Gerda Taro.
La primera fotorreportera que se (sic)
dejó la vida en el campo de batalla (RBA, 2020, México, 185 pp.) ilumina la
circunstancia de Pohorylle, quien en efecto arriesgó su vida por cumplir con la
labor de documentar los más cerca posible la Guerra Civil. Malamente y no sé
por qué, esta semblanza exhibe el crédito de su autora con extrema cicatería;
su nombre es Betty Doñate, reportera y escritora catalana.
Decía
pues, basado en el texto de Doñate, que Gerta se estableció en París sin
documentos para trabajar. Sobrevivió como pudo, sabía francés y era una
excelente mecanógrafa. Allí convivió en círculos de jóvenes revolucionarios y allí
conoció a un joven también migrante de origen húngaro: André Friedmann, cuyo
verdadero nombre era Endre Ernö, pues también ocultaba su origen judío. Era
fotógrafo, operaba una cámara Leica, y poco a poco se había edificado una buena
reputación en el oficio de fotorreportear.
Las
carambolas de la azarosa vida que movía en París a la joven alemana terminaron
por acercarla afectivamente a André y, por esto mismo, a la fotografía,
actividad que llamaba su atención. La relación de Gerta con André y el
despertar de su curiosidad por el arte fotográfico coincidieron con el
estallido de la Guerra Civil en España. El joven fue contratado por revistas
francesas para hacer fotos en el campo de batalla, y en ese momento Gerta tuvo
la idea de acompañarlo. Entre los dos crearon una agencia y para denominarla se
les ocurrió, casi como broma, un nombre falso: Robert Capa, supuestamente un
experimentado fotógrafo norteamericano.
Aunque
atravesada por cierta irrealidad, la agencia consiguió los contratos para hacer
fotos de la guerra, así que Gerta y André cruzaron los Pirineos. Llegaron a
Barcelona, pasaron a Madrid y luego a la zona de Andalucía, tomaron muchas
fotos que luego aparecieron publicadas en Francia con la firma “Photo Robert
Capa”. La conclusión del público lector fue obvia: ese nombre correspondía a un
hombre, no a una mujer. Como Gerta deseaba hacerse de prestigio como
fotorreportera, con el paso de los días comenzó a usar el seudónimo Gerda (no
Gerta) Taro, que le sonaba a “Greta Garbo”, actriz a la que admiraba. Así nació
“Reportage Robert Capa & Taro”.
Tras
algunas separaciones de André, motivadas por el mismo trabajo que los obligaba
a cubrir distintas zonas en conflicto o a viajar a París para entregar material
y establecer nuevos contratos con revistas y diarios, en Gerta se radicalizó el
deseo de usar su oficio como herramienta de denuncia. Tomó muy en serio uno de los
consejos de André: para obtener buenas fotos hay que acercarse al
acontecimiento tanto como sea posible. Al trabajar sola, Gerda decidió arrimarse
hasta la misma línea de combate, acompañar, con alto riesgo de su vida, a los milicianos
de la República. En un combate librado al oeste de Madrid, tenía casi 27 años
cuando arreció la lluvia de balas, y al escapar sobre un vehículo atestado de
heridos, mal tomada del estribo y cargada con su equipo fotográfico, cayó al
suelo y el carrete de un tanque le pasó encima. Quedó gravemente herida,
lograron llevarla a un hospital, pero murió desangrada algunas horas después.
La
joven fotógrafa de la línea de fuego recibió un multitudinario homenaje en
Madrid y luego en París. Fue sepultada en el cementerio del Père Lachaise, en
la capital francesa, y hasta la fecha su sepulcro recibe visitantes que le dejan
flores y mensajes de cariño y admiración.
En esta época de posverdades y mentiras descaradas, de fotos trucadas con herramientas digitales y, lo peor, de crecimiento neofascista en modo cínico, la Guerra Civil española nos recuerda, entre otros muchos hechos, que Gerda Taro, armada sólo con su cámara y su voluntad, entregó la vida al periodismo. La pequeña rubia con corte de pelo a la garçonne fue una “cazadora de luz” (como la definió José Bergamín), en donde la palabra luz es sinónimo de foto que a su vez es sinónimo de verdad. Hasta la fecha, aquellas imágenes captadas por Gerta Pohorylle declaran que la lucha contra el fascismo, sea cual sea la trinchera que se elija, no debe suspenderse.
viernes, julio 17, 2026
37. Stoichkov
Hristo Stoichkov (Plovdiv, Bulgaria, 1966) es considerado, sin migaja de duda, el mejor jugador de su país, que dicha sea la verdad no ha producido futbolistas de altura como lo han hecho Alemania o Brasil, por mencionar sólo dos naciones representativas como semilleros. Era de estatura media, veloz y sobre todo fuerte, con la fibra que siempre tuvieron los cargadores de pesas búlgaros en las olimpiadas. En la cancha era aguerrido, bravo, no le sacaba al choque y sabía defenderse de las patadas y los codazos enemigos. La cifra de sus goles llegó casi a 300, y fue en la Barcelona de Cruyff donde puso en práctica su mayor habilidad: acompañar las jugadas, estar en el lugar correcto en el momento correcto, de ahí que la mayoría de sus tantos cayeron en el último toque, casi como trámite gracias a que el búlgaro estaba allí, encima del arco, en el asedio, siempre amenazante, siempre con la parte interna de ambos zapatos lista para empujar el balón. Más que un gran jugador búlgaro, fue y sigue siendo un símbolo de la casi oculta (para nosotros) Europa del Este. Por un golazo en el Mundial 1994, en México dejó un mal recuerdo.
jueves, julio 16, 2026
36. Sánchez
El recuerdo más lejano que conservo de Hugo Sánchez (Ciudad de México, 1958) se remonta a su participación en la selección olímpica de 1976. Parecía ser uno de los más destacados en aquel grupo de buenos jugadores, pero apenas pocos años después, ya como profesional en los Pumas y todavía muy joven, disputó a Cabinho el liderato de goleo en México. En otras palabras, el juvenil “destacado” terminó por convertirse, sin sombra de duda, en el mejor jugador mexicano de la historia. Lo fue por su talento natural, pero también por su fervor competitivo. Los más de 500 goles que figuran en su estadística se agigantan en función del equipo que lo vio encaramarse hasta la punta del futbol mundial: el Real Madrid, club en el que, con más de 200 tantos, se convirtió en “pentapichichi”. Era rápido y elástico, de un resorte poderoso y una capacidad imprevisible para la pirueta. Creo que de él es la mejor chilena de la historia, la más estética. La habilidad que lo encumbró fue el olfato, la anticipación para rematar como venía. Tuvo por ello una temporada de 38 goles ¡de un solo toque! Ha sido el mejor futbolista mexicano, es imposible negarlo.


















