En
las semanas recientes, no más de cuatro, hemos sido testigos de un fenómeno
inesperado: la nueva derecha mundial está siendo repentinamente cuestionada en
las calles y en las urnas. Primero con manifestaciones en capitales importantes
de Europa como París, Madrid y Berlín, luego en las elecciones de Brasil, Israel
y Serbia (en abril ya había perdido Viktor Orbán en Hungría), terminamos una
primera etapa de reveses con las elecciones del pasado martes en el país que
encabeza el extremismo procapitalista: Estados Unidos, con Trump como figura
central de quienes hasta hace pocos días parecían avanzar hacia el control de
todo sin oposición en el camino. A la cadena de derrotas podemos sumar los
acontecimientos de estas últimas horas en Paraguay, donde el crack de un banco se llevó puesto al
presidente Santiago Peña, quien fue sometido a juicio político y va a terminar vestido
de cebra.
Todo
lo que recién ha ocurrido vino a exhibir en carne viva las falacias de un
sistema apuntalado para favorecer a decenas y arruinar a millones. Estados
Unidos es el mejor ejemplo. Debido a la prepotencia de su presidente, con todo y el manoseo de los medios tradicionales y digitales que lo arropan, la gente ya no
toleró más las políticas de represión, saqueo y abuso que en sólo dos años
mostraron el cobre de un gobernante caracterizado por la brutalidad y la desvergüenza.
No se trata, como dice el tópico, de echar las campanas al vuelo, pero es
verdad que la zancadilla a Trump puede ser el primer gran paso para acabar con
una de las etapas más oscuras de la humanidad: “La hora de los depredadores”,
como la llama Giuliano da Empoli.
Muchas
veces me había preguntado por qué para tantos ciudadanos no era discernible la ineptitud
política en términos de sensibilidad en la comprensión de los problemas económicos
y sociales. Entendía a partir de esta sospecha que la mano negra digital había
logrado persuadir a tal grado a los posibles votantes que los tornó ciegos a lo
obvio. ¿Acaso no resultaba evidente que Trump era (es) racista, misógino,
clasista, mentiroso, despótico, corrupto, violento e ignorante? ¿No era suficiente
un reel con cortes reales para
comprobar que se trata de un sujeto repugnante? ¿Es necesario estudiar
filosofía política en la Sorbona para medir su catadura? Asombra el poder de
convencimiento de los medios actuales: ese engendro llegó a ser dos veces presidente del
país más poderoso del planeta.
El
fenómeno de la nueva derecha se extendió al mundo entero. Me refiero al que
supone la aceptación de sujetos que ejercen como gobernantes sin un ápice de
contención, atizadores de la crueldad y el odio usados como ejes de la política.
En su libro La nueva derecha (Katz
Editores, 2022, Buenos Aires, 158 pp., traducción de Gabriel Barpal), la
ensayista Natascha Strobl (Viena, 1985) señala los rasgos que definen a dichos
personajes. Caos, emocionalidad, diseminación de noticias falsas, promesas de
cualquier calibre, exabruptos, retórica de muladar, invocación de vagos orígenes
míticos, rescate de un pasado heroico destruido por una casta de corruptos y,
en general, vulgaridades que mancillan cualquier debate son, entre otros,
rasgos de muchos dirigentes que conducen gobiernos y hablan a la sociedad sin
sonrojarse, orgullosos de su matriz de out
siders, de enemigos de la “política tradicional”. Uno de ellos es el discípulo
más adelantado de Trump: Javier Milei, presidente de la Argentina. Aunque se
trata de una figura conocida en todo el globo, la verdad es que se le ha mirado
con poca atención. La población de todos los países vive tan apremiada por sus
problemas que apenas si hay tiempo de asomarse a otras realidades.
Milei
es un producto de estos tiempos, un sujeto “que no viene de la política”. En
esencia se trata de un tipo disruptivo, es verdad, igual que su tutor
norteamericano hoy caído en bienvenida desgracia. Pese a su semejanza, hay
diferencias entre ambos. No me refiero a la diferencia obvia, la del poder, que
en el caso de Milei se limita al ámbito de la Argentina, y ni allí es verdad
que lo tenga, pues apenas es el guiñol que las grandes corporaciones
encontraron para fortalecer sus intereses a grados neocolonialistas. La
diferencia fundamental está en su estilo oratorio y su look, que podrían ser irrelevantes pero han sido, quizá, las armas
principales de su encumbramiento también venido a menos con los traspiés de sus
aliados.
Da
Empoli acierta a señalar que en la era de la comunicación digital ya no hay un
centro que sirva de modelo a las nuevas formas de entender y ejercer la
política. La periferia (cita el caso de El Salvador) puede ser un espacio para
trabajar con modalidades no vistas que luego pueden ser incorporadas en otras
sociedades. Dado lo anterior, desde 2023 he tenido para mí que el caso de la
Argentina es eso: un tanteo en la periferia, la puesta en acto de un modelo de
sociedad donde la cuerda se estira hasta los límites de su elasticidad para ver
qué tantos vejámenes resiste el pueblo antes de rebelarse.
Los
argentinos han sido un conejillo de Indias muy aguantador. ¿Qué áreas de su
vida pública han sido modificadas en perjuicio de la ciudadanía? Todas.
Precarización laboral (“McEmpleos”, los llama Nancy Frazer), desregulación que favorece sólo a los grandes capitales,
recortes a la obra pública, a la salud y la educación, industricidio por apertura
de importaciones, desguace de las pensiones, caída del consumo, corrupción y represión a
la protesta, degradación ambiental, violación de los derechos humanos, todo un combo distópico que el politólogo italiano Rocco Carbone
ha sintetizado como “experimento teratológico”.
Las
buenas noticias de los últimos días mueven a suponer que Ricardo Salinas
Pliego, el émulo mexicano de Milei, debe estar pensando en serio si sigue en la
idea de ceñirse al manual del out sider
o es momento de botarlo al tacho de las inmundicias. Obviamente es lo de menos
que diga “zurdos de mierda” o “gobiernícolas”; lo demás es el peligro que
entraña su posible ascenso, aunque siento que con la debacle de Trump se vino también
abajo la careta de sus acólitos. ¿Qué implica marginar a estos sujetos de la
política? No lo sé con exactitud, pero de entrada puede traducirse como una
posible vuelta a formas de convivencia más civilizadas y, sobre todo, a
contenidos discursivos con acento en lo social.
Desde
hace varios años, al menos los que van desde la aparición de las redes sociales
hasta hoy, la nueva derecha habilitó la posibilidad de decir lo que sea desde
cualquier tribuna, aprovechar cualquier foro para expresar sin embozo las
crueldades más descaradas. Se empezó por allí, por lo discursivo, pero al
llegar al poder sus líderes hicieron realidad sus palabras y recortaron sin pudor todo lo que
supusiera redistribución, gasto público y justicia social. Citados por Strobl,
Trump y Bannon expusieron en algún momento su credo cínico: “Podría ponerme en
medio de la Quinta Avenida y disparar a alguien, y no perdería ningún votante”
(Trump, 2016); o, sobre la comunicación política, Bannon teorizó: “La verdadera
oposición son los medios de comunicación, y te enfrentas a ellos inundando la
zona con mierda”. En México, un reel
viral con el publicista político Carlos Alazraki recomendó: “Mientras más
mentiras des, mejor te va”.
¿Cómo
se llama a esa nueva expresión política? Strobl la denomina “conservadurismo
radicalizado”, y se caracteriza por haber cooptado al conservadurismo
tradicional para desplazarlo hacia el extremo de la crueldad. La primera
víctima de los orates fue pues el conservadurismo al uso que empujado por los
radicales terminó sumando a sus dinámicas el odio y la ruptura con los usos y
costumbres de la política entendida, al menos en términos ideales, como diálogo
y búsqueda de consensos. Para el “conservadurismo radicalizado” que aguijaron los
grandes multimillonarios del planeta y su engranaje digital, lo fundamental fue
incorporar una metodología nueva para hacerse del poder político y ejercerlo.
Strobl dedica un capítulo fundamental de su libro a describir las susodichas
acciones; entre ellas, señala la ruptura de reglas, polarizar hasta la
satanización/aniquilación del enemigo, sembrar el caos informativo con
banalidades de todo tipo y torrenciales, asentar la infalibilidad del líder,
vaciar la gravitación de los partidos, avanzar sobre las instituciones y demás.
El
libro de la politóloga vienesa suma numerosos ejemplos de Trump y un correlato
austriaco, el joven Sebastian Kurz. Esto no significa que las categorías de
Strobl no le calcen como guante a Milei y, en alguna medida, al mexicano Tío
Richi que en vista de las noticias verá más cuestarriba desde ahora el ascenso
de su campaña.
No han sido buenos días para la nueva derecha. Con prudencia, sin ingenuo desbordamiento, celebremos estos instantes de felicidad.















