miércoles, marzo 25, 2026

Tres ítems de Walsh

 











Ayer se cumplió el aniversario cincuenta de último golpe de Estado en la Argentina. He dicho, y aquí insisto, que tal ayer debe alertarnos porque el eje ideológico que empujó aquel sacudimiento es, sustancialmente, el que abrazan hoy personajes como Trump y Milei, dignos herederos de la derecha golpista acurrucada en el cono de sombra del Plan Cóndor. Un año después del golpe, el periodista y escritor Rodolfo Walsh (Lamarque, Río Negro, 1927-Buenos Aires, 1977) depositó en varios buzones su “Carta abierta de un escritor a la Junta Militar”. El día que salió a repartirla fue sorprendido por el aparato represivo, herido de muerte y desaparecido hasta la fecha. Walsh tenía claro el espanto del gobierno militar. Su carta se convirtió en la mejor y más rápida evaluación de un proceso al que todavía le faltaba sumar seis años de crímenes de lesa humanidad y deterioro económico. Destaco tres momentos de la carta:

Uno. “El 24 de marzo de 1976 derrocaron ustedes a un gobierno del que formaban parte, a cuyo desprestigio contribuyeron como ejecutores de su política represiva, y cuyo término estaba señalado por elecciones convocadas para nueve meses más tarde. En esa perspectiva lo que ustedes liquidaron no fue el mandato transitorio de Isabel Martínez sino la posibilidad de un proceso democrático donde el pueblo remediara males que ustedes continuaron y agravaron”.

Dos. “La falta de límite en el tiempo ha sido complementada con la falta de límite en los métodos, retrocediendo a épocas en que se operó directamente sobre las articulaciones y las vísceras de las víctimas, ahora con auxiliares quirúrgicos y farmacológicos de que no dispusieron los antiguos verdugos. El potro, el torno, el despellejamiento en vida, la sierra de los inquisidores medievales reaparecen en los testimonios junto con la picana y el ‘submarino’, el soplete de las actualizaciones contemporáneas”.

Tres. “Estos hechos, que sacuden la conciencia del mundo civilizado, no son sin embargo los que mayores sufrimientos han traído al pueblo argentino ni las peores violaciones de los derechos humanos en que ustedes incurren. En la política económica de ese gobierno debe buscarse no sólo la explicación de sus crímenes sino una atrocidad mayor que castiga a millones de seres humanos con la miseria planificada”.

Mañana en la cafebrería La Tinta de Torreón ofreceré una conferencia sobre todo esto a la 7 pm. Entrada libre.

martes, marzo 24, 2026

La ESMA en papel y en vivo

 











A estas alturas es inocultable mi interés, como tema, por el golpe de Estado en la Argentina. No es un asunto fácil de abordar, pues la distancia en el tiempo y en el espacio, sumado al océano de información que ha generado y seguirá generando, torna casi imposible un conocimiento completo de todo lo que envolvió como momento bisagra para la Argentina en particular y para Latinoamérica en general. Soy pues un interesado mexicano que conoce bien las generalidades del antes, del durante y del después del golpe, no un especialista como los muchos que ha tenido el tópico en la academia, el periodismo y el arte. Creo, sin embargo, que esto es suficiente para destacar, ante los no iniciados, la pertinencia de saber que la matriz ideológica de los militares y civiles que motorizaron el golpe no sólo sigue en pie, sino que en los años recientes se ha quitado la careta para expresar su total entrega a un pensamiento que supone a los dueños del mercado como únicos soportes de la vida social.

En el mar de información y posibilidad de accesos que tiene el asunto, pensé cómo podría resumir el golpe, qué decir realmente englobador sobre lo que significó. Hoy es quizá el día más importante que me tocará vivir en términos de recordación, pues seguro no llegaré al centenario. Así entonces, pienso que un símbolo adecuado del horror que atravesó aquel periodo de la historia argentina es la Escuela de Mecánica de la Armada, la ESMA. Se han contabilizado, entre importantes y no tanto, alrededor de 500 sitios de este tipo, lugares que funcionaron como centros clandestinos de detención donde la tortura y el asesinato tuvieron el tratamiento del más ordinario trámite administrativo. Muchos de esos lugares, como El Campito y La Perla, vieron pasar una población notable de secuestrados, pero sin duda la ESMA fue el espacio que se convirtió en emblema del plan sistemático de extermino impulsado por los militares.

Ubicada en la avenida Libertador 8151, en el pico norte de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, la ESMA es un predio amplio, con varias edificaciones en su interior, como corresponde a una escuela militar. Se ha hablado y escrito muchísimo sobre los usos que tuvo del 76 al 83, en gran medida basados en los testimonios de quienes allí fueron recluidos y torturados pero al final sobrevivieron. Se dice que cerca de cinco mil detenidos y detenidas fueron aprisionados en sus muros sin que mediara el más insignificante procedimiento legal. El objeto de las detenciones era, se sabe, aislar a los “subversivos”, sacarles toda la información posible y luego matarlos/desaparecerlos, todo esto, insisto, al margen de la ley, en la clandestinidad total pese a que su administrador era un Estado lleno de patriotas. Una guía textual de reciente edición es ESMA. Represión y poder en el centro clandestino de detención más emblemático de la última dictadura argentina (FCE, Buenos Aires, 2023, 198 pp.), libro colectivo coordinado por Marina Franco y Claudia Feld.

Para hacer un paneo general de la ESMA y lo que allí ocurrió, las coordinadoras y el equipo autoral nuclearon el material en siete capítulos: “Una breve historia del centro clandestino”, de Hernán Confino, Marina Franco y Rodrigo González Tizón; “El poder en las sombras: el grupo de tareas de la ESMA”, de Valentina Salvi; “Un nivel superior de aniquilamiento: el ‘proceso de recuperación’”, de Claudia Feld; “Solidaridades y tensiones”, de Rodrigo González Tizón y Luciana Messina; “De la rapiña a los millones: el robo de bienes en la ESMA”, de Hernán Confino y Marina Franco; “El lugar sin límites: el centro clandestino fuera de la ESMA”, de Claudia Feld, y “Conclusiones. Pensar la ESMA: entre la represión y la acumulación de poder”, Claudia Feld y Marina Franco.

Al contextualizar el golpe, las directoras del estudio señalaron que “El contexto internacional de la Guerra Fría y la llegada de las doctrinas contrainsurgentes de origen francés y estadounidense, particularmente entre las Fuerzas Armadas, facilitaron una lectura de los conflictos locales en clave de ‘enemigo interno’ contra el cual combatir”. Para consumar tal propósito, pusieron énfasis en la inteligencia como método de cacería y en la tortura como herramienta de trabajo para avanzar en la compilación de datos. La mención a “las doctrinas contrainsurgentes de origen francés” puede ser mejor comprendida, añado aquí, en la película La batalla de Argel (Guillo Pontecorvo, 1966), representación que expone una clara idea de la tensión entre las luchas de liberación y el propósito de aplastarlas.

El espíritu de persecución que alentó a las fuerzas armadas argentinas requirió la identificación/demonización de un enemigo pernicioso para el “orden”; más allá de la peligrosidad de los grupos guerrilleros, la noción de “enemigo” se amplió hasta donde fue posible para que todo cupiera en ella y la aniquilación fuera merecida: “Algunas de ellas [organizaciones revolucionarias] sostenían la toma del poder por la vía armada, como Montoneros y el Partido Revolucionario de los Trabajadores-Ejército Revolucionario del Pueblo (PRT-ERP). Sin embargo, de manera más amplia, la palabra ‘subversión’ designaba cualquier forma de organización o activismo político, cultural o social que fuera considerado una amenaza al orden”.

Asestado el golpe al gobierno constitucional, la ESMA comenzó a ser el símbolo principal de la represión. Es un predio de 14 hectáreas que funcionaba como escuela de los marinos; la mayor parte de sus edificios siguieron operando para la instrucción naval militar, mientras uno de sus espacios, el llamado “Casino de Oficiales”, se convirtió en el centro de detención. Al frente de la Marina estaba el almirante Emilio Eduardo Massera, se podría decir que segundo de a bordo en la primera Junta Militar, sólo por debajo de Jorge Rafael Videla. Bajo su mando accionó el Grupo de Tareas 3.3 (GT 3.3), dividido a su vez en dos unidades. Estos GT eran “patotas” (grupos) de militares vestidos de civil que objetivo en mano salían de la ESMA a cazar “subversivos”. Lo hacían sin orden judicial, rápida y eficazmente, en autos sin matrícula, como los famosos Ford Falcon verdes. Actuaban a cualquier hora del día, de la noche o de la misma madrugada, y no se ahorraban culatazos para “chupar” a las víctimas. Extraídos de sus domicilios, con la vista tapada, los secuestrados eran llevados a la ESMA, donde de inmediato comenzaba el calvario de la tortura y los interrogatorios. “La tortura, esa práctica atroz sobre el cuerpo de hombres y mujeres, era considerada por los militares un arma fundamental. Un arma para identificar al enemigo dentro de la guerra contrainsurgente que creían estar librando día a día”. Sin una política temporal precisa (todo estaba al margen de la legalidad, casi a capricho de los verdugos), sin que se supiera claramente hasta cuándo o por qué se les condenaba, los detenidos eran asesinados. Dos procedimientos famosos para acabar con las vidas de los secuestrados fueron los “asaditos” (disparo e incineración del cadáver) y los “traslados” en vuelos de la muerte. Como cabeza de los GT fue famoso el capitán de fragata Jorge Tigre Acosta, destacado también como experto torturador.

La ESMA, o el Casino de Oficiales, para ser más preciso, estaba segmentado en cada uno de sus pisos. Los nombres que los militares asignaron a esos espacios eran denotativos. Por ejemplo, el “Pañol” (en alusión a la parte de los barcos donde se guardan las provisiones) era el lugar donde almacenaban los bienes robados en las casas de los “subversivos”. Estos hurtos eran las “operaciones económicas”, una de las acciones más importantes de los grupos de tareas: saquear los bienes de los secuestrados y sus familias. La sustracción incluyó inmuebles, para lo cual los marinos establecieron empresas inmobiliarias y de reparaciones allá llamadas de “refacciones”. Otros espacios eran “Capucha”, donde se hacinaba a los detenidos, y la “Pecera” (en el tercer piso) y “Huevera” (en el sótano). Los dos últimos se diseñaron para el trabajo esclavo impuesto a los detenidos, lo que suponía trabajo en la falsificación de documentos, elaboración de un periódico, fotografías y síntesis de noticias. El almirante Massera abrazó la idea de hacer vida política tras el fin del gobierno de facto, y para ello requirió del trabajo esclavo que por medio de instrumentos propagandísticos le diera visibilidad. Es conocido el caso de Lisandro Cubas, secuestrado que fue obligado a trabajar como periodista; en una ocasión, cerca de arrancar el Mundial 78, le pusieron un traje y lo llevaran a una rueda de prensa con Menotti, el entrenador de la selección, para ver si le sacaba una declaración favorable a la Junta militar, lo que no ocurrió.

Muchos jóvenes fueron aherrojados en la ESMA, todos con muy distinto grado de compromiso político, pues lo mismo podía caer allí un guerrillero con entrenamiento militar que un estudiante con apenas alguna militancia o simpatía por alguna causa repudiable para los militares; allí llevaron a su presa principal: Norma Arrostito, fundadora de Montoneros, que se convirtió en el trofeo de Rubén Chamorro, director de la ESMA. Allí también se dieron algunos partos clandestinos, en la parte bautizada como “pequeña Sardá”, en alusión a un hospital de maternidad de Buenos Aires. La apropiación de bebés y asesinato de sus madres, se sabe, fue una de las dos o tres más grandes aberraciones sistemáticas de la dictadura.

En la ESMA asimismo operó el famoso Alfredo Astiz, todavía vivo y condenado, quien se infiltró en un grupo de madres que luchaba por dar con el paradero de sus hijos en la iglesia Santa Cruz. Astiz se hizo pasar como hermano de un desaparecido, se ganó la confianza de las madres y un día las “marcó” para que las secuestraran. En el grupo estaban, entre otras personas, Azucena Villaflor y las monjas francesas Alice Domon y Léonie Duquet. Muchos años después, ya en el siglo XXI, una historia de película, lamentablemente no ficcional, confirmó que tanto Villaflor como las monjas fueron asesinadas en un vuelo de la muerte.

El sadismo alcanzó las más altas cotas de bestialidad y “dejar ser” a los represores, “El cuerpo y la subjetividad de las víctimas, completamente indefensas, era el campo de batalla de esa guerra librada en el sótano de la ESMA. La crueldad no parecía tener inhibiciones, tal como describen los testimonios de los sobrevivientes de todos los centros clandestinos en Argentina. La tortura era masiva sobre todo el cuerpo, sistemática sobre todas las personas secuestradas, metódica con similares instrumentos y formas, y rutinaria en un tiempo y espacio similares. A más de cuarenta años de su cautiverio en la ESMA, Silvia Labayrú señala que es muy difícil transmitir ‘lo que significa escuchar permanentemente los gritos de los torturados día y noche’”. En cuanto a la técnica, “La tortura era aplicada alternativamente por dos o tres oficiales de Inteligencia. Los torturadores priorizaban la eficacia en los resultados. Como en todos los centros clandestinos de detención, el objetivo era obtener, cuanto antes, información valiosa para decidir de inmediato otras acciones represivas contra miembros de las organizaciones armadas o personas consideradas subversivas”, y en cuanto al propósito de cortísimo plazo, “debían operar sobre las víctimas, consideradas enemigos, en varios sentidos. En el plano militar, buscaban información valiosa para conocer las vulnerabilidades de las organizaciones armadas y desmantelarlas. En el plano moral, pretendían quebrar la voluntad, el carácter y las convicciones de las y los secuestrados, incluyendo el sometimiento sexual de las mujeres. En el plano ideológico, intentaron convertir a las víctimas para que adoptaran los valores, las creencias y las prácticas de sus captores. En el plano político, buscaron fortalecer la posición de la Armada y de Massera, en Argentina y en el exterior”.

El accionar bestial fue acompañado por un vocabulario ad hoc: “Los marinos también crearon una jerga para disfrazar el carácter criminal de sus acciones. Eufemismos tales como ‘traslado’ (asesinato), ‘quirófano’ (sala de tortura), ‘paquete’ (persona secuestrada) o tecnicismos como ‘interrogatorio’ (tortura), ‘blanco’ (persona a secuestrar) tenían la función de normalizar la violencia. Y también contribuían a morigerar o relativizar la responsabilidad de los represores”.

En septiembre de 1979, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA visitó la Argentina para una revisión; uno de los sitios a recorrer fue el Casino de la ESMA, que previamente fue modificado para que no se le notara el uso de los años recientes. Los detenidos fueron llevados a una finca en la isla El Silencio, en el delta de Tigre, no sin ayuda eclesiástico, como el mucho apoyo espiritual que los asesinos recibieron para justificar sus métodos. Es famoso el caso del capellán Christian Von Wernich, quien fue, aunque no en la ESMA, uno de los religiosos que tranquilizó el alma de los marinos al expresarles la necesidad de eliminar la cizaña para que crecieran las plantas benéficas.

En teoría, uno de los objetivos de la ESMA fue desarrollar lo que llamaron “proceso de recuperación”, consistente en alentar a los detenidos a convertirse al bien. Los posibles beneficiados tenían, entre alguna otra ventaja, salir acompañados por alguien, probar el exterior. Un viejo conocido en México, Ricardo Miguel Cavallo, torturó y violó a Ana Testa, y en otro momento la acompañó con su familia (de ella) para convivir. Todo esto tenía un costado monstruoso y otro surrealista: “Sin mediación ni razón aparente, las personas secuestradas podían ser sacadas repentinamente de las privaciones de Capucha y llevadas a alguna de las quintas que controlaba el GT, donde eran sentadas a comer un asado o jugaban un partido de fútbol”.

La ESMA, en suma, es un gran símbolo del horror que padeció la Argentina durante los siete años que van de 1976 a 1983. Allí la perversidad humana ensayó vejámenes que unos meses después obligaron a pensar en una consigna viva hasta la fecha y esperemos que siempre: nunca más.

Nota. El 11 de mayo de 2024 visité la ESMA por primera vez. Era una asignatura pendiente de otros viajes a Buenos Aires, y afortunadamente en aquella oportunidad pude hacer el recorrido por el ahora Museo Sitio de Memoria. Me acompañaron Maribel, el escritor Fabián Vique y el arqueólogo mendocino Leo Mercado, quien radica en Salta. Hice varias fotos, y aquí muestro sólo algunas. Las dos ultimas remiten al estadio Monumental, ubicado a medio kilómetro de la ESMA, y al delta de la ciudad de Tigre, a donde llevaron a los detenidos en septiembre de 1979, cuando se dio la visita de la CIDH. Todas estas imágenes son de mi autoría.








































sábado, marzo 21, 2026

Perversidad del verbo trasladar

 








El golpe de Estado más reciente perpetrado en la Argentina está hoy a tres días de cumplir su quincuagésimo aniversario, medio siglo desde que la Junta Militar tomó el “control operacional” del país y echó abajo el gobierno democrático encabezado por la errática y debilitada Isabel Perón (La Rioja, Argentina, 1931), quien asombrosamente aún vive. El interés del tema no es sólo histórico, como objeto de conocimiento por el conocimiento en sí, lo cual es, de cualquier modo, valioso y digno de atención. Desgraciadamente, poner la mirada en el golpe y la dictadura que generó desborda el interés académico o especializado, pues se vincula con la realidad que hoy nos atañe a todos. El auge de la nueva derecha en el mundo mueve a pensar que la vocación genocida convive todavía con nosotros, es un animal no extinto, de ahí la pertinencia de recordar cómo se las gastaron ciertos regímenes no sólo en la Argentina, sino en muchos otros lugares del planeta castigados por gobiernos a los que no les tembló el brazo para eliminar opositores.

El caso argentino es particularmente interesante por las características de su pasado y el accionar de su gobierno en el presente. Desde el regreso a la democracia en aquel país, de hecho, no ha habido, como en el actual, otro gobierno con mayores inclinaciones negacionistas, tanto así que desde el presidente para abajo sus funcionarios han llegado al extremo de suponer que los militares de los setenta y su pata civil de apoyo libraron una guerra que salvó a la patria del terrorismo. Lejos de considerarlos genocidas, Milei y sobre todo Victoria Villarruel, la vicepresidenta hoy coyunturalmente enemiga del presidente, han buscado desmantelar todo lo que remita a las instituciones dedicadas a la búsqueda de verdad y justicia, los dos ejes de la lucha contra la desmemoria y la impunidad.

La dictadura argentina operó en un momento histórico espeso de turbulencias. Por un lado, la Guerra Fría como manifestación de la polaridad mundial; su expresión hemisférica fue el empeño de los Estados Unidos por mantener tutelados a los países de América Latina, zona donde cundieron dictaduras supeditadas a Washington. En la otra orilla, la URSS y sus satélites, y entre ellos los países motivados para luchar contra la descolonización o el imperialismo. Bajo el ejemplo de Cuba, muchos jóvenes adhirieron a la insurrección por caminos distintos, donde el más radical fue el del foquismo guevarista. La Argentina llegó a 1976 arrastrando una cadena de desastres políticos cuyo origen se puede datar en 1955 con el golpe en la segunda presidencia de Perón.

Luego del bombardeo a la Plaza de Mayo, en la Argentina se sucedieron trastabillantes gobiernos militares de facto y otros civiles que terminaron mal, como los de Frondizi e Illia. Del 66 al 73, de Onganía a Lanusse, cuatro militares ejercieron el poder en un clima de creciente insurrección. Muchos grupos guerrilleros de filiación peronista (como Montoneros, cuya aparición se dio en mayo de 1970) y socialista (como el PRT-ERP) comenzaron a operar contra la dictadura. En un marco de profundo deterioro, la unión de un frente amplio en 1973 posibilitó unas elecciones que ganó el peronista Héctor Cámpora, quien volvió a convocar a elecciones, las que ganó Perón, quien había vuelto de casi veinte años de exilio para ejercer su tercer mandato.

Muchos aseguran que la edad no jugó del lado de Perón. Era ya muy viejo, la situación seguía agitada entre los jóvenes, y murió a menos de un año después de haber comenzado su gobierno. Isabelita, viuda de Perón, era la vicepresidenta, así que con todas sus limitaciones asumió el Ejecutivo. Además de su ineptitud, estaba muy mal asesorada sobre todo por un tipo siniestro llamado José López Rega, alias el Brujo, cuyo rol fue importante porque desde un ministerio, el de Bienestar Social, creó la Triple A, un aparato de muerte encargado de perseguir y liquidar opositores de cualquier orientación, sobre todo "comunista" (Triple A significa Alianza Anticomunista Argentina). La andadura de los grupos de tareas duró en acción intensa cerca de dos años, del 74 al 76. Todo se descompuso vertiginosamente.

Militares y civiles de la oligarquía local olieron sangre y comenzaron a presionar a Isabel Perón para iniciar en Tucumán operaciones “antisubversivas” encomendadas al Ejército. Poco después dieron el golpe del 24 de marzo, y se hizo la noche a plenitud. Diseñaron un plan sistemático de extermino que, para serlo, debía quedar al margen de la ley. Se crearon en todo el país centros de detención, tortura y desaparición, cuyo edificio emblemático fue la ESMA. El horror se convirtió así en política pública.

Por testimonios de sobrevivientes se sabe cuál era el método desarrollado con precisión quirúrgica para viabilizar el genocidio: después de ubicar a un sospechoso, lo “chupaban” a culatazos para treparlo a vehículos Ford Falcon sin número de matrícula, luego lo llevaban a un centro donde al margen de cualquier legalidad lo torturaban para exprimirle información. En esa situación los habeas corpus no servían de nada. El calvario para los supliciados duraba hasta que a criterio de sus captores el "subversivo" era útil como fuente de datos (nombres, direcciones, teléfonos...). Cuando se agotaban las posibilidades de sacarle más, el destino habitual era matarlo y desaparecerlo sin dejar rastro.

La desaparición, acaso el peor delito que en el mundo hay, podía servirse de incineración de cadáveres o fosas comunes, pero los militares argentinos dieron un paso más hacia el terreno de lo abominable: perfeccionaron los llamados vuelos de la muerte. Sin que los condenados tuvieran al menos el derecho de saber que los conducían a su fin, les comunicaban que habían sido elegidos para ser parte de un “traslado”, es decir, que en teoría serían llevados a otro espacio para proseguir su reclusión. Con el pretexto de que era una vacuna, un médico les inyectaba una dosis de pentotal sódico para sedarlos y así los trepaban a un camión que de inmediato se dirigía al aeropuerto, donde los subían a un pequeño avión militar (el famoso Skyvan) y ya arriba les inyectaban otra dosis de la droga. Volaban hacia el Atlántico y en la boca oriental del Río de la Plata los arrojaban vivos al mar. Tal era el procedimiento del eufemístico “traslado”, una de las mayores proezas de la perversidad latinoamericana que no podemos olvidar porque ganas no faltarán hoy de reeditarla.

Sobre este tema, y a propósito del susodicho golpe, hablaré el jueves 26 de marzo a las 7 pm en la cafebrería La Tinta (Morelos 559 poniente), de Torreón. Trabajaré sustancialmente sobre dos libros (El vuelo, de Horacio Verbitsky, y Anatomía de una mentira: quiénes y por qué justifican la represión de los setenta, de Hernán Confino y Rodrigo González Tizón) y dos documentales (Scilingo, del canal Encuentro, y Traslados, de Nicolás Gil Lavedra). La entrada es libre.

Nota. En mayo de 2024 tomé la foto que encabeza este post; el lugar es la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA). Se trata del avión Skyvan mencionado en el texto. No fue el único usado para desaparecer. En 2023 fue recuperado en Fort Lauderdale, Florida, por el gobierno argentino que lo recuperó para que formará parte del Museo Sitio de Memoria ESMA. El avión es allí un recordatorio metálico de los vuelos de la muerte.

miércoles, marzo 18, 2026

Hemingway responde


 






Los poetas han encontrado en el mismo poema el molde para expresar cómo trabajan. A esos poemas les llaman genéricamente ars poetica, y suelen ser muy apreciados por quieres siguen con atención los usos y costumbres de quienes se plantean la escritura en la forma destacada, aunque no la única, del verso. El ars poetica que recuerdo cada vez que reparo en este tema es el micropoema “Retórica”, de Paz: “Cantan los pájaros, / cantan sin saber lo que cantan: / todo su entendimiento es su garganta”, donde no es exagerado advertir que esos pájaros pueden ser los poetas.

Los narradores suelen explicar sus procedimientos mediante decálogos como el de Quiroga o ensayos breves como el que Piglia propuso para exponer su teoría de “Los dos hilos”. Un camino intermedio para poetas y narradores es el de la entrevista, género periodístico que les resulta útil para explicar detalles que hacen a la cocina de su arte.

Hemingway, famoso y asediado por la prensa en los años de su Nobel, “mediático” como ahora se dice, dialogó con entrevistadores que al encararlo no dejaron pasar la oportunidad de preguntar por sus métodos. Esta respuesta sobre la manera como concibe un cuento: “A veces conozco toda la historia desde el principio. A veces la construyo a medida que escribo y no sé a ciencia cierta qué va a ocurrir. Todo va cambiando a medida que avanzo. Es este movimiento de composición el que le da el tono a la historia. A veces ese movimiento es tan lento, que se diría que no se produce. Y, sin embargo, siempre hay cambio y movimiento”.

Sobre la competencia con sus contemporáneos: “Lo único que trato de hacer es escribir mejor que ciertos escritores muertos, de cuyo valor estoy seguro”, y sobre la llegada de los años y la decadencia del escritor: “Entiendo que la gente que tiene conciencia de su trabajo mantiene su fuego encendido mientras vive”.

Le preguntaron sobre sus personajes, si son reales o inventados: “Algunos provienen de la experiencia real, pero la mayor parte de las veces los invento partiendo del conocimiento y de la comprensión que tengo de la gente”.

Y sobre los títulos: “Una vez terminada la novela hago una lista de títulos posibles, que puede llegar hasta el centenar. Después procedo por eliminación. A veces elimino la lista entera”. Antes esto llamaba la atención del lector; ahora no sé.

sábado, marzo 14, 2026

Entre goles y torturas

 











En poco más de una semana, el 24 de marzo, se cumplirá el cincuenta aniversario del golpe militar perpetrado en la Argentina. Dados los vientos que corren para el mundo en la actualidad, no es impertinente tener en cuenta que el terrorismo de estado es una metodología nunca totalmente abandonada, que el genocidio siempre se expresa en algún punto del planeta, como sucede ahora en Palestina con el agravante de su exposición pública, una difusión que no ha servido para alarmar a la comunidad internacional ya subreptesentada por la inoperante ONU. Hoy es posible masacrar a un pueblo y compartir las imágenes de su devastación como si fueran entretenimiento de Netflix. “El mundo fue y será una porquería”, dice el tango y nuestro tiempo le otorga la razón.

Si no nos interesa el tema por su inevitable crudeza, por su lejanía en el tiempo y el espacio o por cualquier otro motivo, pero nos interesa el futbol y hoy aguardamos con ansia el comienzo del Mundial, hay una serie que combina materiales de las dos realidades: por un lado, el genocidio perpetrado por la dictadura argentina que comenzó en 1976, y, por otro, el Mundial celebrado en aquel país hacia 1978. Titulado Argentina ’78 (2024, dirección de Lucas Bucci y Tomás Sposato), es un gran documental basado en el libro 78: historia oral del Mundial (Sudamericana, 2018, 240 pp.), de Matías Bauso (Buenos Aires, 1971). Tanto el documento audiovisual como el de papel habilitan el recurso del pespunteo: como se dieron al alimón, los crímenes de la dictadura conviven con la euforia provocada por el futbol, la mayor pasión argentina desde hace décadas. Gracias a este zigzag, un espectador alejado de la política pero fervoroso del futbol tiene en la mesa un producto que puede ampliar su horizonte: pasar del aparentemente apolítico deporte a las modalidades más bestiales del ejercicio del poder. Dos en uno.

El libro es de difícil consecución en México, aunque hay versión electrónica. De cuatro capítulos (“El comienzo de los comienzos”, “Empieza el juego”, “Ganar o ganar” y “Gloria”), la serie audiovisual está disponible en la plataforma Disney Plus, lo cual no deja de parecer un tanto extraño. En ella, desfilan varios entrevistados, todos vinculados con la política, el periodismo y, la mayoría, el futbol. El diálogo con los personajes es acompañado obviamente por imágenes originales del Mundial, desde su organización hasta un poco más allá del partido final, cuando la dictadura quedó hecha añicos. La serie muestra el estado político y social de la Argentina durante los preparativos del Mundial, el momento en el que los militares deciden invertir dinero y energía para que cuajara un buen espectáculo cuya repercusión podía ser doblemente positiva: en el país, al lograr efusiones de patriotismo motivadas por el amor a la selección y, fuera de la Argentina, al lavar la cara de la dictadura ante el mundo que ya, poco a poco, se enteraba por la prensa del baño de sangre resultante del plan sistemático de exterminio contra cualquier sospechado de “subversión”.

En general, todo salió como esperaban los militares, aunque no sin alguno que otro contratiempo que el documental describe con suficiente detalle, como el famoso boicot orquestado por opositores de la dictadura radicados en Europa, sobre todo argentinos, aunque no únicamente. El boicot no logró su propósito, pero sí llamar la atención de la prensa internacional que sin duda comenzó a interesarse más por las tropelías del gobierno militar. Esto se anuda con otro posible contratiempo de la dictadura: la censura, cuidar que los periodistas foráneos no reportearan algo más que futbol, vigilarlos a prudente distancia para que no obtuvieran materiales sobre las desapariciones forzadas, las torturas y los asesinatos que ya hacia el 77 y principios del 78 habían alcanzado cotas de horror y eran inocultables por más que los milicos se afanaran en echarlos debajo de la alfombra.

Entre los entrevistados aparecen personajes de la selección, como el entrenador César Luis Menotti (quien seguramente fue entrevistado poco antes de morir), Roberto Saporiti (asistente de Menotti), Daniel Passarella (capitán del seleccionado) y Mario Kempes (goleador y a la postre ídolo de aquel equipo); también, Ezequiel Fernández Moores y Ailín Bullentini (periodistas) y varios corresponsales extranjeros, además de la historiadora Paula Canelo. Destacan los diálogos con Matías Bauso, autor del libro que fue cimiento del documental; con Mario Eduardo Firmenich, el único militante vivo de la dirigencia del grupo guerrillero Montoneros, y con Miriam Lewin, sobreviviente de la ESMA, el centro de reclusión, tortura y desaparición emblemático de la dictadura. Todos ellos y varios interlocutores más comparten su visión de los distintos momentos que supuso el desarrollo del extraño Mundial.

Además de lo estrictamente futbolístico, además de los avances y las dificultades que se le presentaron a la selección argentina en su paso hacia la conquista del campeonato, como la famosa y polémica goleada contra Perú, Argentina ’78 hace énfasis en la mirada que tuvieron los militantes opositores al régimen. Por eso las entrevistas a Firmenich y a Lewin son aquí fundamentales, ya que, según su opinión, era claro el propósito de los militares de manipular la mayor pasión argentina a su favor, pero también legítimo el fervor que la ciudadanía sintió por la selección del deporte que allá casi se confunde con la devoción religiosa.

La dictadura cobró clara conciencia de que el “mal humor social” provocado por la presencia militar en la vida cotidiana, las prohibiciones y la inflación podía ser paliado por el entusiasmo popular que detonaría el futbol. Pese a la sobredosis de Mundial, la política no dejó de estar presente, los grupos guerrilleros no dejaron de actuar y el gobierno de facto no dejó de reprimir con mano dura. En el ínterin, algunos periodistas extranjeros lograron sacar información valiosa, como las entrevistas a las madres en la Plaza de Mayo cuyas desesperadas voces claman a los reporteros foráneos que ellos son su única esperanza de que más allá se supiera lo ocurrido en el país.

El documento funciona en suma como crónica de un campeonato mundial que en lo futbolístico fue harto peculiar, tanto que siempre quedó la duda sobre el peso que tuvo el gobierno golpista para que la selección ganara sí o sí el campeonato (no podía ser de otra manera, pues de eso dependía la “imagen” de la banda en el poder), y como relato del espanto en el que los militares sometieron a miles de argentinos, situación que se resume en los dos sitios más representativos de la serie: el estadio Monumental, donde la selección jugó varios partidos, uno de ellos la final contra Holanda, y a medio kilómetro de allí la ESMA, predio donde se torturaba y desaparecía mientras en la cancha de River Plate se vitoreaban los goles albicelestes.

Argentina logró la copa FIFA y el fervor patriótico se exacerbó durante algunos meses, pero la realidad económica y el desprestigio del gobierno llegaron a tanto que luego saltó al vacío con la fallida recuperación, manu militari, de las Malvinas, lo que al fin terminó por acabarlo y a los tumbos obligó a restituir el proceso electoral. Un campeonato del mundo, miles de muertos y desaparecidos, cientos de bebés apropiados y una crisis económica aplastante es la ruta que recorre Argentina ’78, serie que aparenta tratar sólo sobre futbol, pero que es mucho más: una realidad todavía vigente si advertimos que la ultraderecha aquí y allá nunca ha olvidado su estilo criminal de gobernar. Basta escuchar a Trump —el peor ser humano que habita hoy en el mundo para confirmar que el peligro sigue vivito y matando.

miércoles, marzo 11, 2026

En mi menor


 






No han sido pocas las ocasiones en las que he leído una recomendación de manual con propósito instructivo: tratar de evitar la primera persona en los artículos, las columnas y los textos editoriales. La recomendación se extiende a los ensayos y, en general, claro, a la escritura académica. Es una recomendación atendible, pues supone que al tenerla en cuenta nos colocamos en un tono de bienvenida objetividad, casi como si el texto se hubiera escrito solo, por un sujeto sin historicidad ni pasiones.

No dudo que el consejo sea apropiado para las tesis y cierto tipo de periodismo en el que se desea establecer una separación entre el tema y quien lo observa. Hay otra modalidad de escritura, sin embargo, que no necesariamente debe ser marginada de la prensa por más que enfatice sus marcas de subjetividad, el uso de la primera persona y los pronombres me y mi.

En la crónica y los textos con tono de memoria es aceptable y hasta recomendable inclinarse hacia la primera persona, subrayar el carácter personal de lo escrito. Podrían ser escritos sin ese rasgo, claro, pero en ellos lo que se busca es exactamente la intromisión del sujeto en tanto testigo, beneficiario o víctima del hecho contado. Esto sin duda crea una cercanía cómplice con el lector, quien accede al texto como invitado inmediato de la historia.

Las crónicas de la vida cotidiana, esas que nos narran aquellos pequeños fastidios a los que siempre estaremos expuestos por el sólo hecho de existir, se prestan mejor que ningún otro tema para la escritura de la índole que aquí comento. Su requisito, creo, para que no empalaguen o se vayan de las manos en el apapacho al yo, es templarlas para que se establezca el “mi” como dinamo del lo narrado, pero en “mi menor”, descargado de grandilocuencia, heroicidad, protagonismo y autocompasión.

Cada tema pedirá la gradación de esa primera persona, no todo se trata idénticamente. Por ejemplo, si narramos un trámite recién vivido con la burocracia, la sustancia del hecho determinará si asumimos un todo ligero, humorístico, o grave y tristón. Lo que ocurre al cronista pudo o puede ocurrirle al lector, de ahí que este lea el texto como suyo y hasta se lo apropie. La perspectiva individual del autor pasa a ser aquí plural, del “mi” pasa sin sentirlo hacia el “nosotros”.

sábado, marzo 07, 2026

Condenado niño silvestre

 







Hace casi cuarenta años leí Los condenados de la tierra de Frantz Fanon en la edición del FCE traducida por la escritora cubano-mexicana Julieta Campos (La Habana, 1932-Ciudad de México, 2007). Fue publicado originalmente en francés, hacia 1961, y su primera aparición en español data de 1963. Fue y sigue siendo un clásico. Mi ejemplar, el mismo que leí mal leído durante la carrera, es de 1973, su cuarta reimpresión.

Ahora que lo releo comprendo mejor su desafiante contenido, el estallido de sus insumisas páginas prologadas, dicho sea al pasar, por Sartre. Como sabemos, describe la lucha de los pueblos colonizados por sacudirse el torniquete opresor, el proceso descolonizador. Como el mundo ha caminado hacia estadios de mayor desigualdad, de hiperconcentración de la riqueza y esquemas de extractivismo y coloniaje financiero ahora manejados a control remoto mediante herramientas digitales, da la impresión de que muchas de las propuestas de Fanon son atendibles al menos en el plano de lo descriptivo.

Es un hecho: el mundo no es mejor que hace sesenta años, y pese a los avances de la ciencia y la tecnología hay una desigualdad bestial que condena a la mayor parte de la población mundial a la Nada y a otra buena parte a la zozobra diaria por conservar lo básico. Y no me refiero sólo al alimento, la vivienda, el vestido, la salud y demás, sino al bienestar que significa anular o mitigar el miedo al despido laboral del cual cuelga la tranquilidad en todos los sentidos. La multiplicación del trabajo en plataformas, precarizado e impersonal, particular en sentido estricto (trabajadores que son partículas desunidas e impotentes) es un signo de colonialismo que el capitalismo ha vendido como oportunidad y libertad, cuando en síntesis es un retroceso que da la espalda a los derechos laborales más inmediatos. La desigualdad atraviesa todos los órdenes de la vida: usamos celulares y computadoras, pero la asimetría entre los dueños de los programas y sus usuarios (nosotros) es abismal: creemos que decidimos pero no decidimos, los algoritmos nos orientan a decidir lo que decidimos.

No quiero desviarme mucho, aunque ya lo hice. Frantz Fanon (Fort-de-France, Martinica, 1925-Bathesda, Maryland, EUA, 1961) dice en un párrafo luminoso y trágico a la vez lo que pasa en los espacios asignados a la miseria, qué son, qué representan: “La ciudad del colonizado, o al menos la ciudad indígena, la ciudad negra, la ‘medina’ o barrio árabe (…) es un lugar de mala fama, poblado por hombres de mala fama, allí se nace en cualquier parte, de cualquier manera. Se muere en cualquier parte, de cualquier cosa. Es un mundo sin intervalos, los hombres están unos sobre otros, las casuchas unas sobre otras. La ciudad del colonizado es una ciudad hambrienta, hambrienta de pan, de carne, de zapatos, de carbón, de luz. La ciudad del colonizado es una ciudad agachada, una ciudad de rodillas, una ciudad revolcada en el fango. Es una ciudad de negros, una ciudad de bicots [forma francesa de llamar peyorativamente a los árabes]. La mirada que el colonizado lanza sobre la ciudad del colono es una mirada de lujuria, una mirada de deseo”.

En ese contexto de espanto, el colono erige “Sueños de posesión. Todos los modos de posesión: sentarse a la mesa del colono, acostarse en la cama del colono, si es posible con su mujer. El colonizado es un envidioso. El colono no lo ignora cuando, sorprendiendo su mirada a la deriva, comprueba amargamente, pero siempre alerta: ‘Quieren ocupar nuestro lugar’. Es verdad, no hay un colonizado que no sueñe cuando menos una vez al día en instalarse en el lugar del colono”.

Siempre me ha parecido increíble que en la colonización de la subjetividad, que es acaso peor que la del territorio, creamos que en el mundo los deseos de poeseer sólo los tenemos nosotros, quienes podemos “tener”. La mezcla que surge de las oportunidades miserables y lo que es posible conseguir es un dinamo de conflictos, el resultado del resentimiento. Cuando se afirma que los parias envidian y harían lo que fuera por tener lo que no tienen, es verdad: envidian y desean tener lo que no tienen. Los jóvenes que adhieren al narcotráfico son el mejor ejemplo. Con una pequeña parte de los resentidos es suficiente para poblar las páginas amarillistas de los diarios y atestar de carne pobre las prisiones. La inseguridad tiene pues su más remoto origen en la envidia, en el deseo de cristalizar deseos frenados.

No sé por qué, pero al pasar por el párrafo de Fanon citado hace diez renglones, me reapareció “Niño silvestre”, una de las canciones de Serrat que más admiro. En una sesión del taller literario comenté a los participantes que, como en aquella pieza musical, el escritor puede ejecutar una especie de desplazamiento y parecer distante y hasta cruel. En la letra de Serrat uno siente con toda claridad, como en las palabras de Fanon, que la mirada no es la mirada de los autores, sino una mirada fría, casi clínica, la mirada de la alteridad que observa el desastre. Ver al niño (y al adulto y al viejo) de esa manera es lo que justifica su aniquilación, como en las guerras de este momento impulsadas por el déspota de la Casa Blanca.

Incluida en el álbum Nadie es perfecto (1994), la canción de Serrat es un poema contundente, una letra que sin renunciar a la poesía pinta un cuadro exacto sobre los condenados infantiles de la tierra, aquellos que trataron de exterminar, baste este ejemplo, los famosos “escuadrones de la muerte” brasileños. Empieza: “Hijo del cerro / presagio de mala muerte, / niño silvestre / que acechando la acera viene y va”, en donde el verbo “acechar” marca la distancia, pues rápido entendemos que en esa palabra se agazapa el peligro para los ciudadanos correctos. Viene otra imagen visual en la que el verbo “deslucir” establece lo incómodo de la pobreza pública: “Niño de nadie / que buscándose la vida / desluce la avenida / y le da mala fama a la ciudad”.

El siguiente par de estrofas ratifica el origen y las circunstancias del niño en cuestión. La animalización/deshumanización del sujeto, como bien lo vio Fanon en otra página de su libro, es marcada aquí con dos palabras: “manada” y “bestias”: “Recién nacido / con la inocencia amputada / que en la manada / redime su pecado de existir. // Niño sin niño / indefenso y asustado / que aprende a fuerza de palos / como las bestias a sobrevivir”.

Luego viene el estribillo que alude al despedazamiento posible del niño; no me parece gratuita la elección del “chocolate” para marcar la comparación, por el color oscuro compartido entre el producto y la persona: “Niño silvestre / lustrabotas y ratero / se vende a piezas o entero, / como onza de chocolate”. La canción vuelve al niño en el escenario de su vida y al peligro que supone exacerbado durante las noches: “Ronda la calle / mientras el día la ronde / que por la noche se esconde / para que no le maten”.

La muerte, sin duda, es omnipresente en el contexto del niño que en su desprotección sólo depende de la “suerte” para estirar hasta donde sea posible su vulnerable existencia: “Y si la suerte / por llamarle de algún modo, / ahuyenta al lobo, / y le alarga la vida un poco más”. El “lobo”, para un niño silvestre, habita en todo: la droga, los asesinos por nada, el trabajo de mula, que si se eluden sólo pueden asegurar una vejez con más calamidades: “Si el pegamento / no le pudre los pulmones, / si escapa de los matones, / si sobrevive al látigo, quizás / llegue hasta viejo / entre cárceles y ‘fierros’ [armas de fuego] / sembrando el cerro / de más niños silvestres, al azar. / Y cualquier noche / en un trabajo de limpieza / le vuele la cabeza / alguno de ellos, sin pestañear”.

Como dije, leía a Fanon y la crudeza de sus descripciones, la violencia del mundo que describió en su tratado sobre la descolonización, me llevaron a la canción no tan conocida de Serrat. ¿Hay relación entre ambas obras? Da igual si para otros la hay o no la hay. Yo sentí que allí latía un hipervínculo y aquí lo muestro para sugerir que la descripción de los cánceres puede apelar a la prosa o al verso. Da lo mismo. La atrocidad es atrocidad se describa como se describa.

miércoles, marzo 04, 2026

Lula y la hegemonía digital

 








Un video al que he vuelto más de una ocasión es aquel en el que Lula enuncia unas palabras tras asumir su primera presidencia. Lo recordamos, es de 2002: luego de expresar que fue tornero mecánico en una fábrica, señala con un nudo en la garganta que muchas veces fue acusado de no poseer un diploma de enseñanza superior, así que su primer diploma es el de presidente de la república de Brasil. Es, no lo digo ahora, un político que me provoca emoción cada vez que lo escucho, pues lo considero de una claridad digna de asombro. Por eso padeció una campaña de lawfare (llamada operación “Lava Jato”) que lo llevó a la cárcel y permitió el triunfo de su envés, el ultaderechista Jair Bolsonaro. Injustamente, casi dos años estuvo Lula en prisión, para luego salir y ganar de nuevo la presidencia que ocupa hasta la actualidad.

Hace dos semanas (en estos tiempos dos semanas no parecen dos semanas, pues tranquilamente en tan corto lapso puede pasar todo, como otra guerra y mil disparates más de Trump), Lula participó en una Cumbre de Impacto de la IA celebrada en Nueva Delhi. En ella, el presidente brasileño observó algo que desde hace algunos años debería ser prioridad de todos los gobiernos: “Cuando pocos controlan los algoritmos y las infraestructuras digitales, no estamos hablando de innovación, sino de dominación. Los datos generados por nuestros ciudadanos están siendo apropiados sin una contrapartida equivalente en generación de valor en nuestros territorios”.

No está demás recalcarlo aunque parezca o sea una obviedad: el control de los medios digitales se traduce en una amenaza permanente para la democracia, pues con su poder logran manipular e influir en el ánimo de los ciudadanos. Para ello, como dice Lula, se aprovechan de la misma información generada por los usuarios de internet, en un negocio redondo y manejado sin ninguna regulación o control.

“El régimen de gobernanza de estas tecnologías definirá quién participa, quién es explotado y quién quedará al margen de este proceso”, pues los datos son administrados por los magnates tecnológicos para borrar o demonizar a quienes no se amolden a sus expectativas. Elon Musk es un caso evidente de lo que critica Lula, pero no el único. Dejar las elecciones y la “gobernanza” en las manos de los superricos digitales, es acabar con la equidad de voces, el cercenamiento de la democracia sobre el que alerta Lula.

lunes, marzo 02, 2026

En la voz de Alejandro Apo









En mayo de 2023 le acerqué en Buenos Aires mi libro Ojos en la sombra (Conaculta, 2015) a Víctor Hugo Morales, el relator que narró para la inmortalidad el gol del siglo anotado por Maradona el 22 de junio de 1986 en el estadio Azteca. Pocos días después, y como gesto de amistad, Víctor Hugo recomendó a su amigo y colega Alejandro Apo que leyera uno de los cuentos que contiene el libro en su programa de radio “Todo con afecto”. Apo no sólo leyó mi relato “Transmisión diferida”, sino que me entrevistó desde Buenos Aires exactamente el 8 de julio de 2023. Fue, la verdad, placentero recibir esa llamada y de paso escuchar mi cuento en la voz de un periodista que como nadie ha difundido en la radio argentina la literatura con tema futbolero. Pensé que el material de audio había quedado perdido, pero ahora lo encontré en el repositorio de Radio Nacional Argentina, y aquí comparto las ligas de la entrevista y del cuento.

sábado, febrero 28, 2026

La tiranía del merecimiento

 











Una versión abreviada y comentada de este texto fue expuesta como conferencia en la Cafebrería La Tinta, de Torreón, el 26 de febrero de 2026. La acompañé con algunas imágenes ad hoc, que aquí omito.

La tiranía del merecimiento: un estudio de Paula Sibilia

Jaime Muñoz Vargas

Hice un experimento inocuo para convidar a esta exposición. Al difundirla, añadí una frase a la invitación digital. “Serán bienvenidos los amigos y los enemigos”. Contra lo habitual, que es invitar a los amigos, invitar a “los enemigos” es un guiño cínico si queremos casi insignificante, pero no por ello raro, más si su lector carga sobre la espalda cinco o seis décadas. ¿Qué pasó para que el cinismo fuera admitido como valor convencional en un mundo que antes lo marginaba? ¿Por qué ahora es posible exhibir frases o actitudes cínicas como maneras de relacionarnos con los demás? Algo cambió, sin duda, para que un político cambie de partido como quien cambia de camisa o para que una joven provinciana revele con total desenfado su ascenso económico con la creación de “contenido para adultos”? Pisamos un nuevo “suelo moral”, una mutación antropológica gigantesca que Paula Sibilia (Buenos Aires, 1967) analiza en Yo me lo merezco. De la vieja hipocresía a los nuevos cinismos (Taurus, 2024), libro que comparto con agradecimiento en este sobrevuelo.

Radicada en Brasil, Sibilia nació en Buenos Aires y vive en Río de Janeiro, donde es docente de Estudios Culturales y Medios en la Universidad Federal Fluminense (UFF) e investigadora de las agencias públicas brasileñas CNPq y FAPERJ. Su producción ensayística aborda temas culturales contemporáneos bajo la perspectiva genealógica, centrándose en las relaciones entre cuerpos, subjetividades, tecnologías y manifestaciones mediáticas o artísticas. Estudió las licenciaturas de Comunicación y Antropología en la Universidad de Buenos Aires (UBA), una maestría en Comunicación (UFF), un doctorado en Comunicación (UFRJ), otro en Salud Colectiva (UERJ), y posdoctorados en París VIII y la UBA. Es autora de El hombre postorgánico (2005), La intimidad como espectáculo (2008) y Redes o paredes (2012).

En Yo me lo merezco, la autora subraya el cambio de “suelo moral” que nos hizo pasar de la etapa moderna a la era actual, la del mundo digital. Señala que “La sociedad moderna se fundó bajo la égida de un ‘contrato social’ imaginario, un pacto mítico firmado por todos los ciudadanos de un determinado Estado nacional, que habría instaurado la democracia representativa con sus dignísimas promesas de igualdad, libertad y fraternidad entre los signatarios”. Para preservar su cohesión, la colectividad moderna apeló a una normatividad estricta y a la hipocresía burguesa como mecanismo de freno a las pulsiones individuales, aunque “las prácticas inspiradas en esos reglamentos no lograban disfrazar sus fisuras, solían estallar en serios dilemas morales, destilando un malestar que fue interpretado como el inevitable precio a pagar por algo digno de cualquier sacrificio: la civilización”. Una triada logró aherrojar los ímpetus del yo: “el sentimiento de culpa, la represión de las pulsiones y el respeto a la ley”, lo que trajo, a decir de Freud, el “malestar en la cultura”. Foucault la llamó “sociedad disciplinaria”, y en ella participaban todos los colectivos y sus reglamentaciones internas: la familia, la escuela, la iglesia, la fábrica, el sindicato, el club, las leyes y demás.

Citado por la autora, el mismo Foucault detectó a mediados de los setenta un astuto desplazamiento del “control-represión” al “control-estimulación”, truco consistente en no frenar las pulsiones individuales de libertad desatadas en los sesenta y setenta, sino dejarlas ser pero canalizadas al consumo y la libertad individuales. Rebasado por la insubordinación juvenil que demandaba acabar con las instituciones burguesas “hipócritas” impuestas en dos siglos de dominación, el capitalismo, sistema plástico si los hay, se reinventó con la llegada del neoliberalismo en cuyo seno se asentó la satisfacción del deseo sin las trabas de la contención defendida por la hipocresía burguesa. El individuo y su amplia carga de apetitos pasó a escena para ser sobrestimulado y puesto de cara al mercado y al consumo: si todo está disponible y hay libertad, no tengo límite, lo merezco todo.

La libertad de tenerlo y merecerlo todo en el universo del consumo, sin más cortapisa que la que uno se quiera imponer, permitió que florecieran “otras yerbas”, hordas de seres (los nuevos cínicos) que “lo merecen todo” y “desprecian los antiguos consensos acerca del bien común y la democracia, mientras defienden libertades individuales estrictamente mercadológicas e irrumpen con su irreverente violencia explícita en diversos ámbitos”. Tras el paso de las herramientas analógicas a las digitales y la creación de las redes sociales, “Ese entrenamiento en la diatriba rabiosa, sacándoles chispas a los teclados desde sus trincheras anónimas, terminó siendo contagioso. En pocos años, esas criaturas irascibles se reprodujeron insolentemente. (…) Con el aliento que brinda el apoyo mutuo, se sintieron habilitadas a capitalizar la (in)moralidad de los algoritmos para imponer sus insultos, memes, teorías conspirativas, delirios pseudocientíficos y una agresiva descalificación de los rivales”.

Yo me lo merezco se divide en cuatro capítulos (“De la represión a la excitación”, “Del deber al querer”, “De lo analógico a lo digital” y “De la hipocresía al cinismo”), a su vez segmentados en trancos breves. Luego de explicar la mutación del “suelo moral”, el paso del control-represión al control-estimulación y el encumbramiento del sujeto que lo merece todo en el mercado y puede expresarse como guste de lo que guste gracias a las redes, Sibilia apunta que en este nuevo contexto “la felicidad se ha convertido en una meta indiscutible”. Los medios digitales y los tradicionales exaltaron la búsqueda del goce individual y promovieron la construcción del sujeto emprendedor. Allí, la felicidad individual es “Tanto un derecho como una especie de ‘deber’ al cual nos consagramos; una misión que, de no consumarse, delataría un fracaso humillante: la incapacidad de ser felices”.

De esa manera, “Tras las reformulaciones de la segunda mitad del siglo XX empezaron a germinar desconsuelos imprevistos, frutos de una cultura que exalta y persigue el goce individual, en vez de posponerlo en nombre de entidades colectivas consideradas superiores o trascendentes. Hacer siempre y solamente lo que se desea, fortaleciendo la autoestima en provecho del éxito personal, por ejemplo, dejó de ser un pecado más o menos vergonzoso —asociado a la soberbia, la vanidad o el egoísmo— para volverse una meta orgullosamente prioritaria”.

A diferencia de las dinámicas actuales, la sociedad moderna entrañaba “insumos tan valiosos como el honor, la lealtad, el compromiso mutuo, la austeridad, los deberes cívicos, la rectitud moral y la constricción sexual. Preceptos como esos operaban en áspera armonía bajo la tutela de una instancia superior, importantísimo pilar de la esfera pública burguesa: el respeto” mediante el que “los sujetos modernos fueron llevados a ‘interiorizar’ la disciplina que se les exigía, promoviendo un obstinado autogobierno sobre sus actos. Eso los instaba a renunciar a ciertos placeres y soportar el infortunio resultante de tal abdicación en nombre de valores superiores como el bien común, la familia, el trabajo, la patria o la democracia”. En este punto, la autora recuerda a Weber y La ética protestante y el espíritu del capitalismo (1904-1905).

La abdicación a las pulsiones íntimas tenía como centro la construcción de un yo vigilante en el interior de la persona: “De modo que el verdugo más feroz no era el Estado ni el padre de familia, tampoco las múltiples figuras jerárquicas que comandaban las instituciones: profesores, directores, jefes, supervisores o patrones. Ese papel quedaba a cargo del alma de cada cual en aquella sociedad ambiguamente materialista. O bien, recurriendo a un concepto central para el psicoanálisis, ese rol lo asumía el superyó de cada psiquismo”, de allí que “se angustiaban con sus propios actos o deseos cuando estos se desviaban de la buena senda. Al autoevaluarse, se sentían culpables por no estar a la altura y por no ser tan buenos o normales como deberían. En consecuencia, temían la punición —considerada justa por las supuestas mayorías y las ordenanzas comunes— de caer en alguna de las terribles categorías de anormalidad. O sea, aquellas cristalizadas en el polo negativo de clasificaciones binarias como correcto o incorrecto, moral o inmoral, saludable o patológico, legal o criminal. (…) el superyó no daba escapatoria”.

Sin embargo, “Los jóvenes de los años 1960 y 1970 se movilizaron en varios países de Europa y América para insurgirse contra ese ‘sistema’ considerado opresor y autoritario, porque tendía a la normalización de los comportamientos y a la asfixia de los deseos individuales”, y así “El dócil soterramiento de las pulsiones ilícitas fue perdiendo sentido, así como la fabricación cotidiana de culpas envueltas en añejos pudores. Cambiaron las reglas del juego, diversos corsés ardieron en plazas públicas, cayeron varias rejas y se decretó la ilegitimidad de (casi) cualquier prohibición”.

Tras sacudirse el yugo de la hipocresía burguesa, los jóvenes tocaron la anhelada libertad históricamente oprimida. En las décadas de los ochenta y noventa, “Los ímpetus contestatarios de los rebeldes pronto serían secuestrados por los renovados tentáculos del capital, que les sacarían provecho sin necesidad de reprimirlos sino convirtiéndolos en el nuevo combustible de la maquinaria”, y de ese modo “Los deseos dejaron de ser mal vistos y ahora se canalizan productivamente, cebando sin nunca saciar la sed de dominación continua del capital”.

Tan fijo quedó el credo individualista de desear y conseguir todo, que se erigió el “emprendedurismo” como dogma: “‘Fuera de la empresa económica, fuera del trabajo productivo, fuera de los negocios, parece no haber ningún otro deseo, ninguna vitalidad’, sintetiza Franco Berardi. El espíritu empresarial penetró en todas las instituciones, incluso en el substrato molecular de las subjetividades, capitalizando las energías vitales de modos cada vez más generalizados y naturalizados, como si no hubiera ninguna alternativa a esa cosmovisión mercantilista”,

El problema de una sociedad que libera así los deseos y la búsqueda de satisfacción a toda costa, es “no lograr ni siquiera acercarse a los altos parámetros que se aspiran, con la consecuente estigmatización de quienes quedan descalificados como perdedores o fracasados cuando sus tropiezos se vuelven públicos, también se incuban resentimientos, aislamientos y violencias que envenenan la cohesión social. La explosión puede quedar latente, pero va incubándose y se presiente en todas partes”, “el ‘vicio’ de quererlo todo y la pesadumbre de no poder casi nada”.

Una buena cantidad de páginas dedica Sibilia al examen del uso que hacemos a los aparatos de comunicación digital, sobre todo al celular y las redes. He afirmado alguna vez algo que no dejo de pensar: el smartphone, por su portabilidad, es el aparato determinante, el más revolucionario, en la configuración de la sociedad actual, así que merece reflexión aparte, pues “intentan colmar los deseos de espectacularizarse para lograr visibilidad y repercusión con la aduladora compañía de una multitud de ‘amigos’ o seguidores”. Lamentablemente, el celular impide asentar conocimientos, ideas, experiencias: “cuando no se efectúan las operaciones capaces de sedimentar cada experiencia, suspendiendo la multiplicación desenfrenada de flujos informáticos y consumistas, cuando no se da lugar al pensamiento capaz de hilvanar algún sentido, queda solo un exceso de estimulación que suele girar en el vacío y ahogarnos en un sopor obnubilado”. En esta dinámica, hasta “El tiempo de descanso está amenazado” y ya sólo falta que el mercado conquiste la temporalidad del sueño, como lo comentó Jonathan Crary en su libro 24/7.

Lo curioso es que son los mismos espacios digitales los que miden nuestro exceso y recomiendan contención, obviamente sin lograrla: “el uso que solemos hacer de los celulares o las redes sociales es siempre ‘excesivo’, ya que de eso se trata, para eso se los inventó y con ese objetivo se fueron perfeccionando: es así como funcionan (y nos hacen funcionar). Ese uso considerado desmedido, abusivo o adictivo es precisamente el uso que esos dispositivos suponen, proponen y estimulan. Esos artefactos son fruto de esta época, nuestra sociedad los imaginó y los asimiló para ser usados compulsivamente” si no queremos caer en el llamado FoMO, “fear of missing out” (“miedo a perderse algo”).

En este escenario lleno de tentáculos que disputan nuestra atención, perdemos además la idea de espaciotemporalidad tal y como la conocimos en la era analógica. El trabajo, el descanso y todas las actividades humanas estaban limitados a un espacio y a un tiempo determinados; con los aparatos digitales de deslocalizó todo y perdió sus límites temporales, sobre todo el consumo, como comprar a toda hora en línea o ver maratones de programas de series y poder suspenderlas o acelerarlas a capricho, aunque “Al multiplicarse tanto las opciones disponibles como las chances de concretarlas, aumenta también la lista de deseos frustrados y, en consecuencia, la deuda que jamás logrará saldarse. Entre otros motivos, porque termina siendo funcional al nuevo régimen: el consumidor es, por definición, alguien insatisfecho; aunque su voracidad sea constantemente excitada, nunca deberá colmarse”.

Sibilia expone que en el escenario planteado al consumidor actual, “La publicidad, género cínico por excelencia, encontró tierra fértil en esa subjetividad liberada de la lógica represiva moderna y lanzada al torbellino del deseo capitalizable. Tú puedes o Vos podés, dice el lema básico de cualquier anuncio, sintonizando con el eufórico Yo quiero y el consecuente Yo lo merezco del potencial consumidor. Yes, you can, o bien Just do it, y todo así: puro estímulo, cero represión”.

En sus afirmaciones finales, la antropóloga resume las implicancias de los dos suelos morales, el moderno y el actual: “Las liberaciones que se dieron tras la descompresión de los deberes disciplinarios son evidentes y muy bienvenidas, pero hay un detalle: aquella contención limitadora que nos sacamos de encima tenía un efecto centrípeto a nivel colectivo, pues reprimía e inhibía las pulsiones propias y ajenas. Lo hacía en nombre de valores considerados superiores y aglutinadores, como la ley, la razón, la patria, la familia, el trabajo, inclusive el decoro y el ‘bien común’ encarnado en la civilización; la igualdad, la libertad, la fraternidad, la democracia, etcétera. En cambio, los deseos que ahora brotan a borbotones en este nuevo suelo moral detentan una vocación centrifuga, puesto que tienden a atomizar y polarizar generando caos, rupturas y conflictos. (…) Al poner al yo en primer plano, se rechaza cualquier límite a la libertad individual. El problema infernal como siempre, pero ahora mucho más, son los otros, que siguen existiendo y también reivindican su derecho a ser yo”, y concluye con una afirmación optimista pese al panorama todavía más desolador que a mi parecer se nos abre en el futuro: “A pesar de la desesperanza que este cuadro puede inspirar, vale recordar que crisis profundas como la actual tienen una ventaja: corroboran que un universo entero se puede desmoronar, por más sólido e inquebrantable que pudiera parecer poco tiempo atrás, para dar a la luz a otra era histórica. Lo cual no deja de ser una rara oportunidad”.

Aunque no se ve una luz de cambio en el fondo del túnel, aunque todos los signos del presente anuncien un futuro aún más negro, vale aprehender el párrafo final de Paula Sibilia en Yo me lo merezco: tomarlo como quien abraza una tabla en el naufragio para no morir de pesimismo en el preciso ahora.