viernes, junio 12, 2026

2. Baggio

 








Pasaran los años y no podré dejar de pensar en la injusticia que significa quedar estigmatizado por la falla de un penal. Todo el talento, toda la clase, toda la gloria acumulada se manchó por un disparo desde los 9 metros en el estadio Rose Bowl de Los Ángeles, California. Claro, era la final de un Mundial, el de EUA 94, jugado por Italia contra Brasil. Ese yerro pudo ocurrirle a cualquiera, pero cayó como rayo inmisericorde sobre la persona de Roberto Baggio (Caldogno, Italia, 1967), a mi juicio el jugador más técnico que ha dado la futbolísticamente ruda república donde nació el Renacimiento. Y ya que dije esto, Baggio el magnífico trataba con arte cada pelota que pasaba por sus pies, no por nada mereció un sobrenombre de sonoridad renacentista: Il divin codino, El divino cola de caballo en español, por su corte de pelo. Este 10 tenía gambeta para los dos lados y disparo preciso a todos los ángulos. Sus goles fueron, la mayoría, proyectiles telescópicos y carreras desde tres cuartos de cancha quitándose gente hasta llegar a la cocina. Fue un maestro digno de Vasari. Para mí, un penal no lo macha, haya ocurrido donde haya ocurrido.

jueves, junio 11, 2026

1. Abreu


 







Loco es un apodo común en Sudamérica, y se aplica al verdadero loco o a tipos que obviamente no lo son, pero rompen con los comportamientos habituales. Washington Sebastián Abreu (Minas, Uruguay, 1976) admitió el mote porque su capacidad rematadora de 9 natural parecía desenfadada e imprevisible, la de un loco en el eje del ataque. Alto, flaco, correoso, no daba el tipo de goleador. Su físico parecía inadecuado para lo que hizo: era hábil, driblaba en la carrera (no partiendo de cero), cabeceaba, disparaba con ambos pies, anticipaba remates, la empujaba porque la empujaba, llegara como llegara. Alcanzó la gloria en el Mundial de Sudáfrica con un alucinante penal al estilo de Panenka, el definitivo para que Uruguay pasara a semifinales y el paisito estallara de alegría. Fue un trashumante total, un cosmopolita de las canchas, pues jugó en casi cuarenta equipos y anotó más de 400 goles que en general no evidencian un estilo, sino una miscelánea en definiciones que lo mismo exhibió toques sutiles en globito que cañonazos despiadados a la red. De su etapa mexicana es inolvidable la temporada 2002-2003 con Cruz Azul: jugó 43 partidos y anotó 37 tantos, casi uno por juego. Una locura.

miércoles, junio 10, 2026

Uno por Mundial











 

Mañana comienza el Mundial, el primero celebrado en tres países, y es claro ya que no es el más entusiasmante de la historia. La mafia de la FIFA lavará por unos días la cara de Trump, pero por supuesto nada es suficiente para limpiar las tropelías del empresario genocida y pederasta, y menos si la ayuda proviene de los gángsters del futbol cuyo centro de operaciones es Suiza. Veremos qué ocurre en lo político con este Mundial, el más monetizado de cuantos se han jugado hasta ahora, un monumento al ansia de dinero y poder irrefrenable de la FIFA.

Si no hago mal la cuenta, he seguido de lado a lado doce competencias de este tipo. Haré aquí el ejercicio de pensar en el mejor jugador que vi en cada una. Es raro, rarísimo, pero en 1978 quedé asombrado con Teófilo Cubillas, el peruano; creo que nadie, salvo yo, lo mencionaría en una lista de esta naturaleza. De 1982 mi favorito fue Zico, quien al final tuvo mala suerte, pero fue el jugador de mayor clase en el Mundial de España (también marcado por Gentile con todas las marrullerías posibles). De 1986 en México no digo nada; es obvio de qué número 10 quedé embelesado. Igual en Italia 1990, aunque para no repetir puedo mencionar a Schillaci, por lo sorpresivo de su aparición como salvador de los locales. En 94 para mí el mejor fue Hagi, el rumano, un constructor de juego que manejaba todos los hilos de su selección, tanto como Zidane en 1998, por mucho el más destacado del Mundial francés.

También el Mundial Corea-Japón de 2002 es fácil: Ronaldo estaba por encima de todos en aquel momento, no por nada fijó para la historia el apodo de Fenómeno. En Alemania 2006 pongo a mi único defensor: Fabio Cannavaro, una pared en la zaga italiana. De 2010, el Mundial sudafricano, creo que me decanto por Xavi, el español (sólo dudo un poco por culpa de su paisano Iniesta, que igual puede ser colocado como señero). De 2014 en Brasil el mejor debe ser alemán, y para mí fue Toni Kroos con una leve sombra de su paisano Müller. De 2018 no hay duda: fue Luka Modrić, quien puso a Croacia en la final. Y, por último, contra lo que se pueda pensar, el mejor para mí en Qatar 2022 fue Mbapé, quien anotó tres en la final y con todo y eso la perdió.

Ya veremos ahora quién destaca en el Mundial que empieza mañana para 48 equipos, una cantidad absurda pero acorde a la voracidad de la FIFA.

martes, junio 09, 2026

Por un esférico no global


 












Texto leído el 9 de junio en la Casa del Libro UNAM durante la presentación de Área penal, el futbol en tiempos de la globalización (Federico Fernández Christlieb, Samuel Ortiz Pérez, Cristina Romera Tebar y Pedro Sergio Urquijo Torres, Instituto de Geografía, UNAM, 2026, 331 pp.). Lo reproduzco con autorización del autor.

Por un esférico no global

Marcial Fernández

La geografía es el ámbito en donde estamos parados.

Deriva del griego clásico “geo”, tierra, y “graphia”, raspar grabar, dibujar, escribir. Para Eratóstenes, que fue el hombre que midió la tierra en el siglo III a. C. con la sombra de dos palos y el sol, la geografía es la representación gráfica del planeta.

Esa imagen, la del sol y dos palos para medir la tierra, recuerda lo fácil y las pocas necesidades que presenta el futbol para jugarlo. La palabra cascarita que seguimos utilizando en México para referirnos a ese juego en las calles, parques y con mínimas reglas, no requiere, desde que se empezó a practicar en los llanos, nada más que una cáscara de una toronja, calcetines para rellenar lo que se convertirá en la pelota (el sol), y dos objetos (los palos o lo que sea) que marquen la portería. Lo demás son amigos y amigas que quieran ser de nuestro equipo o del contrario.

¿Qué quiere decir esto?

A partir del entendimiento de cualquier fenómeno terrestre, ya lo podemos abordar, por ejemplo, desde la antropología, la sociología, la economía e, incluso, la literatura.

Área penal, el futbol en tiempos de la globalización no se trata de un libro literario. ¿Por qué digo esto? Porque cuando Fede me invitó a presentarlo, me pidió que lo leyera desde una perspectiva literaria que, se supone, es mi especialidad.

Así lo hice y, aunque el título, Área penal, es un juego literario que determina, sí, un espacio concreto adentro del, valga la redundancia, terreno de juego, también determina un espacio metafórico —afuera del espacio meramente terrenal, nada lúdico— que en la actualidad crea nuevos reglamentos que poco aportan al juego, transformándolo en un espectáculo que aspira por imposición al gusto estadounidense, en un negocio hiperneoliberal, en una mala sentencia de esta época que, de manera totalitaria, es de lo que habla el libro.

Los diecisiete capítulos que lo conforman, más prólogo, introducción, epílogo, referencias, etcétera, son, pues, literales, no literarios, aunque estén bien escritos y, una cosa importantísima, los editores respetaron la grafía de cada escritor o escritora según su medio geográfico, pues aunque futbol sin acento pareciera lo mismo que fútbol con acento, este mínimo detalle da una tilde de identidad a sus autores o autoras.

¿Que, por qué es importante?

Porque en estos tiempos, la llamada Inteligencia Artificial está acabando con esas diferencias o, lo que es peor, el día que IA nos quite la titularidad en nuestros equipos, correremos la misma suerte que el personaje Juan Polti, quien no es otro que Abdon Porte, “el Indio”, del Nacional de Montevideo que, en 1918, se suicidó a los 27 años en un campo de futbol y que Horacio Quiroga inmortalizó en el primer cuento de tema futbolístico “Juan Polti half-back”, en 1919, en la revista Atlántida.

La diferencia entre la ciencia y la filosofía está en su manera de preguntar. La ciencia explica el cómo; la filosofía, el por qué. Y ciertamente la geografía está más cercana a la ciencia en el momento en la que el geógrafo, la geógrafa, escriben un estudio de tal o cual tema. De suerte que en este libro cuentan, de manera sesgada —sólo en la ciencia pura existe la objetividad, no en sus derivados— qué sucede en este deporte en distintos ámbitos y latitudes.

El sesgo del que hablo, sin embargo, no es peyorativo. Y no lo es porque la información y la manera de darla no apela a una verdad universal, pero sí a una subjetividad que, como tal, surge de manera natural y con argumentos sólidos frente a los contrargumentos. Pero, aclaro, no seré yo quien debata los discursos de Área penal, sino, desde mi deformación literaria, mencionaré lo que me evocaron algunos pocos de sus ensayos como una invitación a que otros lectores debatan con las autoras, autores intelectuales de dicho trabajo.

El capítulo sobre el futbol surgido de comunidades indígenas de Ecuador, por ejemplo, me recordó una anécdota harto conocida que linda entre lo mítico y lo real. La tregua del 24 de diciembre de 1914 entre soldados alemanes “versus” británicos y franceses, que salieron de sus trincheras en los campos de Flandes para jugar un partido de futbol, situación que derivó en películas, libros, canciones, etcétera. Robert Graves, por cierto, tiene un cuento muy bueno llamado “Tregua de Navidad”.

También iba a decir que me evocó la vez que Nigeria y Biafra, en plena Guerra Civil a finales de los sesenta, pactaron una tregua para ver jugar a Pelé, pero no la evoco porque se trata de un mito no urbano, sino global, un mito que como tal nunca sucedió.

El capítulo de la incursión de Arabia Saudita en el futbol profesional me llevó, “ipso facto”, a la novela Sumisión, de Michel Houellebecq, que habla de las implicaciones del mundo musulmán en el actual y futuro París. Por lo que les recomiendo la lectura del ensayo y la irónica y mordaz propuesta literaria, porque uno puede llevar a la otra y viceversa.

La entrevista a Honey Thaljieh, futbolista palestina, me invocó un libro divertido y terrible a la vez, Antes que anochezca, de Reynaldo Arenas, quien vivió el exilio en su propia isla, Cuba, en lo que lo importante no es ganar el partido, sino jugarlo por doloroso que resulte, pues en el juego se encuentra el antídoto contra los infiernos que imponen los que ganan, sean de un bando u otro.

Del ensayo de Federico y Félix Fernández no voy a decir palabra, so precaución de que me venza la subjetividad a ultranza, pues además bordan un análisis sobre el equipo en el que yo hubiera jugado de haber tenido el talento para hacerlo, mientras que el ensayo sobre el Pachuca me dejó la misma sensación de cuándo leí El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde, en el sentido de las contracaras de una misma moneda.

Otros trabajos con referentes insoslayables en esta época, como los del feminismo y sus vicisitudes, me trajo a la mente “El león de Bongor”, escrito hace años por el actual embajador de México en Etiopía, Alejandro Estivill, en una antología llamada También el último minuto. Cuentos de futbol, por la coherencia del movimiento —sobre todo el del equipo Barcelona femenil— y los resultados sorpresivos que han dado.

El ensayo sobre las militancias políticas en las tribunas se lee como Dr. Jekyll and Mr. Hyde, de Robert Louis Stevenson, aunque desindividualizar al individuo para convertirlo en una creencia, sea de un lado o de otro, me parece simplemente anecdótico y, para hacer contrapunto, es suficiente recordar una frase de Maradona: “La pelota no se mancha”.

La lectura de otros ensayos me hizo pensar en sistemas de castas —más que de racismos, aunque también los hay— desde el nacimiento del futbol en Londres hasta nuestros días en cualquier parte del planeta, las luchas por el poder que este deporte conlleva, las imposiciones trasnacionales e inclementes de la FIFA al futbol profesional —ajenas al sentido común o a la lógica más simple—, que merecerían ponencias para tratar cada tema en específico, lo que me obligaría a hablar del Quijote, de la Divina comedia, de Madame Bovary, del Tambor de hojalata o de otras obras de la literatura universal, pues lo que sucede en un campo de futbol, en una geografía que no es cualquier geografía, sino el reflejo vivo de lo que somos y de lo que queremos ser y, en este libro, Área Penal, el futbol en los tiempos de la globalización, marca, sí, lo que deseamos y, de manera sesgada, lo que definitivamente no deseamos para este juego ni para nosotros mismos.

sábado, junio 06, 2026

Pioneras olvidadas y gloriosas

 











En mi memoria se había sedimentado un recuerdo muy simple y borroso, casi casi nada. Sabía vagamente que a principios de los setenta nuestro país fue sede del Mundial de futbol femenil, y que con nuestra selección jugó una joven apellidada Rubio, la Peque, hermana de Sergio Rubio, jugador de primera división al que motejaron el Peque por su famosa hermana. No más que esta flaca información guardaba en mi cabeza, tres o cuatro pálidos datos que equivalen a nada. 

El martes 2 de junio me abrió el cráneo de un hachazo. Vale contar esto como crónica. Andaba yo husmeando entre los anaqueles de la librería del FCE Octavio Paz, de la Ciudad de México. Unos minutos después de que llegué entró en tropel un grupo de señoras con la playera de nuestra selección, la verde, la más representativa, la de manga larga y en el pecho el calendario azteca impreso con acabado marca de agua. Como en muchos lugares he visto que llegan contingentes deportivos uniformados, pensé que las señoras eran eso: deportistas de la tercera edad en viaje de competencia, de ésas que creo organiza el DIF. De reojo vi que eran más de diez, quizá quince, y que en el centro de la librería, una especie de ágora disponible para presentaciones de libros, se colocaron como equipo de futbol para una foto. Yo seguía en lo mío, buscando libros, calculando precios, leyendo contratapas, desentendido del contingente verde de señoras y su foto grupal.

Pasado un rato, y ya algo cansado de recorrer los pasillos de la librería, vi una silla despejada al lado de las cuatro o cinco señoras que se habían tomado la foto en equipo y no se habían alejado. Me acerqué, dije buenas tardes y pedí permiso para sentarme. Al lado mío quedó una señora y le pregunté por urbanidad que si iban a participar en un torneo. Me respondió que no, que eran las seleccionadas mexicanas que participaron en los mundiales femeniles de Italia 70 y México 71, y que estaban en la librería para hacerse una foto promocional del libro Pioneras. La historia que cambió el futbol mexicano (FCE, México, 2026, 80 pp.).

La respuesta me aturdió, pues de golpe me vi ante una historia que sospeché excepcional. Pronto me di cuenta de que lo era: estaba frente a varias heroínas que en efecto cambiaron algo no pequeño en México: con su iniciativa y pundonor establecieron que las mujeres querían y podían jugar futbol, que eran capaces de saltar al rectángulo verde y desahogar un juego vistoso y eficaz. Sin pensarlo, con las cinco que quedaban a la mano, acordé que no se movieran de donde estaban, corrí a pagar un ejemplar del libro para que me lo dedicaran y les pedí una foto. Afectuosas, las exfutbolistas de nuestra selección sonrieron a la cámara y luego estamparon sus firmas en la primera página del libro. Me sentí, me siento orgulloso de esa imagen y de las firmas.

Allí mismo andaban dos de las coordinadoras del libro: Jéssica Arreola e Ingrid Bravo, a quienes felicité por la iniciativa de rescatar la historia de nuestras futbolistas. Les prometí unas mínimas palabras, que son éstas, sobre Pioneras, su libro, el “cómic documental” que recoge apretadamente, con textos e imágenes, el pasado de una selección que fue hito del futbol internacional. ¿Y por qué hito? Pues porque participó en los dos primeros mundiales y en ambos conquistó un lugar destacado, nada menos que el tercero y segundo lugares en las competiciones de Italia y México, respectivamente.

El libro avanza desde la configuración del grupo hasta los logros mundialistas, y en medio las dificultades para conseguir hasta lo básico, como los uniformes y la bandera nacional, los pasajes de avión y el auspicio de las estancias. La historia es doblemente heroica por eso: las seleccionadas jugaban con todo en contra, sin apoyo institucional, pues la FIFA no validó los dos mundiales.

Pese a esto, y sólo con algunos magros patrocinios privados, las jóvenes del representativo tricolor sacaron adelante sus competiciones con garra y motivaron el respeto de la afición.

El “cómic documental” avanza pues cronológicamente. Lo hace con una mirada que no personaliza en ninguna jugadora, sino que toma al equipo como protagonista de la proeza deportiva, porque así ocurrió. En las páginas hay un marcado énfasis en el ninguneo que las jóvenes recibieron de los hombres de pantalón largo, quienes pese a que nuestras deportistas llegaron a la final en México y llenaron el Azteca contra Dinamarca, pagaron a las seleccionadas con un menosprecio amparado en falacias machistas, nula gratificación económica y, a la postre, un olvido que por largo tiempo ha sido ejemplo acabado de miserabilidad.

Gracias al trabajo de Jessica Arreola, Ingrid Bravo, Sergio Campos. Olga Mayoral y Francisco de la Mora (ilustrador), el olvido comienza a ver caer sus brumas para dar a las seleccionadas el sitio que merecen: ser pioneras de una práctica que con la actual LigaMx femenil nos ha demostrado el enorme potencial de las mujeres a la hora de trabajar con el balón de futbol.

El FCE ha hecho muy bien al mostrar de una manera sintética y eficaz, para todo potencial lector, la historia de unas jóvenes que soñaron y dieron al país un orgullo que ya no debe ser marginado, sino ocupar con justicia el centro de nuestros mejores recuerdos deportivos.

Nota. Aprovecho el espacio ilimitado del blog para traer las semblanzas de las y los autores además de dos fotos, una con algunas de las jugadoras y otra con dos de las editoras, Jessica e Ingrid:

Jessica Arreola es internacionalista e investigadora en derechos humanos. Desde 2014 ha trabajado en temas de justicia de género e interseccionalidad, con el propósito de impulsar la reflexión sobre la desigualdad. Desde hace tres años colabora con Antifaz, donde desarrolla pódcasts sobre defensa del territorio, justicia racial y derechos humanos. Si hay una historia de justicia social, probablemente Jessica ya la está investigando.

Ingrid Bravo es arquitecta y apasionada del futbol, aunque su verdadera especialidad es armar equipos dentro y fuera de la cancha. Lleva ocho años trabajando en el sector social, impulsando proyectos que promueven la participación de mujeres en el deporte como herramienta de transformación social. Cree firmemente que un buen pase puede cambiar un partido y también una comunidad.

Sergio Campos es productor de audio y tallerista en Antifaz desde hace cinco años, con especialidad en temas sociales y derechos humanos. Ha producido y colaborado en más de veinte programas de radio y pódcasts. Nació en Iztapalapa, es neurodivergente, tiene un oído fino para detectar tanto errores de sonido como injusticias y siente un amor incomparable por el Tigres femenil.

Olga Mayoral es comunicadora estratégica, amante de los buenos mensajes, con experiencia en la promoción de la igualdad y los derechos humanos en España, los Estados Unidos y México. Actualmente es directora de comunicación de Creatura, donde coordina la producción y el contenido, transformando conceptos complejos en ideas que conectan y brillan.

Francisco de la Mora es creador de cómics. Su trabajo abarca desde formatos de una sola página hasta novelas gráficas completas. Entre sus proyectos destacan la adaptación gráfica en ocho volúmenes de la Breve historia mínima de México y la pieza mensual que realiza para el periódico The Hackney Citizen desde 2018.




miércoles, junio 03, 2026

Abarcar, apretar


 








Estoy en la librería del FCE Octavio Paz, en la avenida Miguel Ángel de Quevedo de la Ciudad de México. Al ladito, sabemos, se ubica la matriz de Gandhi, su competencia. Tras recorrerlas me ha golpeado, como siempre, una pregunta hostil: ¿qué hacer como lector más o menos contumaz frente a la desmesurada oferta de libros? ¿Cómo soportar el caleidoscopio de portadas y cuartas de forros que se ofrecen a la vista? La respuesta es fácil para el no lector o para el lector bien definido en sus temáticas, pero no para quien cometió el error, como creo haberlo cometido, de interesarse por demasiados temas y autores. Explico.

Cuando uno comienza a leer, habitualmente en la infancia o la juventud, no sabe qué le gusta. El paso del tiempo y de los libros afinan los intereses, y es casi seguro que en pocos años sea claro el tipo de volúmenes que el lector puede ubicar como potencialmente suyos. Es en ese momento cuando se presenta una disyuntiva: elegir uno, dos o tres temas o abrir el radar a diez, quince, veinte o más asuntos. Cualquiera de las dos opciones tiene pros y contras, como todo.

Elegir pocos temas de interés ayuda a enfocar mejor la mirada, a no dispersarse, a alcanzar un cierto grado de especialización, pero también a perderse una tremenda parte del menú. Elegir muchos temas, al contrario, apunta a la erudición aunque no se logre, abarca panorámicamente, permite al menos un conato de cultura general, pero dispersa al lector, pulveriza su tiempo en ínsulas de saber. Y lo peor: fuerza la entrada a librerías bien nutridas con el sentimiento de que no da la vida para insumir todo lo disponible/apetecible sobre las mesas, lo que provoca fascinación y horror al mismo tiempo, además de que siempre deja en ridículo al presupuesto disponible en el bolsillo. Y un golpe adicional, si el lector abraza además la utopía de escribir: deprime al mostrarle lo minúsculo de su capacidad frente a los miles de libros urdidos por espíritus y mentes con talento y en algunos casos con verdadero genio.

Al salir de la librería cargué con cinco libros nuevos, todos temáticamente distintos, todos correspondientes a cinco zonas de interés que me persiguen desde hace varias décadas y reavivan el fantasma de la frase condenatoria: el que mucho abarca...

sábado, mayo 30, 2026

Del cuento y sus linderos

 











El fin de semana pasado participé en un encuentro de cuentistas celebrado en Ciudad Juárez. Quedó enmarcado en la Feria del Libro de la Frontera, y reunió a 19 cultores del género provenientes de distintas partes del país. Como no fueron tantos, los menciono: Adriana Azucena Rodríguez, Agustín García Delgado, Alberto Chimal, Ana Paula González Aragón. Carlos Martín Briceño. Carlos René Padilla. César Gándara, Daniel Bernal Moreno, Elpidia García Delgado, Ricardo Vigueras, Héctor Arreola, Iris García Cuevas, José Alberto García, Mauricio Carrera, Norma Lazo, Pepe Rojo, Salud Ochoa. Raquel Castro y yo.

El orquestador del encuentro y de las mesas fue José Juan Aboytia, escritor bajacaliforniano pero con larga radicación juarense. En las mesas redondas y en las presentaciones de novedades se habló por supuesto del cuento y sus orillas, del consabido desdén editorial-comercial, de las orientaciones que ha seguido el género, de los autores clásicos, de la microficción, del tallereo, de sus bordes formales y de todo aquello que concierne a la narrativa breve. Fueron jornadas muy productivas en las que, como síntesis, me quedé con la idea de que el cuento, pese a los atávicos ninguneos de siempre, goza de una salud estable en nuestro país, pues muchos escritores hay que lo practican con asiduidad y empaque.

Semanas antes de viajar a Ciudad Juárez, Aboytia pidió a los participantes que respondieran por separado a tres preguntas sobre el cuento. Su idea, su buena idea era preparar un cuadernillo de notas que regalaría, y en efecto regaló, a quienes participamos. Como el tiraje de la publicación se ciñó estrictamente al número de invitados y quizá algunos pocos ejemplares más, comparto en caída libre y sin comentario lateral seis aproximaciones al cuento contenidas en las páginas de aquel grato regalo; creo que así pueden servir a los lectores/escritores de cuento todavía no muy avisados.

Rosina Conde: “Un consejo para un joven cuentista: No debemos menospreciar el estudio de las técnicas narrativas ni de las estructuras. Los lectores se dan cuenta cuando nos equivocamos y nos celebran cuando se han cubierto todos los planos, así rompamos con la linealidad o la temporalidad en la narrativa, o trabajemos el verso libre en la poesía”.

Iris García Cuevas: “Me gusta pensar que cada género narrativo tiene su propósito. La novela sigue procesos de formación y transformación a largo plazo; la novela breve capta cómo se reconfigura la vida bajo presión, ante una situación de emergencia; el cuento fija el momento exacto en que todo cambia, es una instantánea del ser humano ante la crisis”.

Raquel Castro: “Un consejo a jóvenes cuentistas. Decide primero el esqueleto de lo que quieres contar; luego vístelo poco a poco: que sólo le quede encima lo que realmente necesita. Luego, si quieres, adorna”.

Daniel Bernal Moreno: “Sugiero escribir un primer borrador sin ninguna restricción de tema o extensión. Teniendo claro el conflicto, la anécdota o el final, al escribir sin limitantes podríamos descubrir elementos que enriquezcan nuestro texto. Después viene el trabajo más difícil que es eliminar todo lo que sobre y no aporte nada al cuento. Sacrificando incluso frases potentes o imágenes que podrían ser interesantes”.

Carlos Martín Briceño: “Los cuentos surgen de instantes, de la morbosa mirada del escritor que descubre en las acciones de otros, una historia oculta digna de ser narrada. El cuento es un golpe de sol en los ojos, un paseo por las entrañas de la condición humana, y debe ofrecer a los lectores, como ‘El Aleph’ de Borges, ángulos inadvertidos de la realidad”.

Pepe Rojo: “Me gustan los cuentos que cortan. Me gustan los cuentos que cantan. Me gustan los cuentos que no te dejan dormir. Que te hacen llorar y sonreír a la vez. Esos que, al acabar de leerlos, te dejan en una realidad distinta a la que estabas cuando los empezaste”.

miércoles, mayo 27, 2026

Dipinto di blu

 








Es conocida como “Volare”, pero su verdadero nombre es “Nel blu, dipinto di blu”, y en los sesenta se convirtió en una canción famosa en la voz de Domenico Madugno. En YouTube está disponible la versión original y muchas otras con cantantes varios, incluida una abusiva con Luciano Pavarotti, que para su talento era una canción menos que fácil. También me gusta la aflamencada y bailable de los franceses Gipsy Kings, que en todo su repertorio son muy buenos.

Traigo a cuento la canción que inmortalizó a Madugno porque así me siento, pintado de azul. Para nadie entre quienes me conocen es un secreto que tengo décadas, cinco nomás, como aficionado irreductible de Cruz Azul. Es fácil decirlo, pero es medio siglo de fidelidad a un color que si bien me dio grandes noticias apenas lo abracé, luego fue tacaño para alegrarme con campeonatos, sobre todo la larga y oscura etapa del 97 al 2021, una sequía en la que por las derrotas inexplicables nos estigmatizaron con un verbo atroz que luego encontró cabida en el diccionario de mexicanísimos: cruzazulear.

Con amigos de la misma bandería (como Giancarlo Uribe) hice hace poco un recuento de los tropiezos aberrantes que motivaron el verbo: el gol de Glaría en el último minuto con el que Pachuca nos quitó un campeonato, la final contra el América con el gol del portero Moi Muñoz, la eliminación que nos propinó Pumas pese a una ventaja de cuatro goles, el imborrable error de Kevin Mier… y muchas cagadas más en finales y semifinales perdidas por cruzazulear.

En 2021 se rompió la maldición y la Máquina consiguió el título con Juan Reynoso en el timón. Muchos pensamos que allí comenzaba una racha triunfadora, pero los fantasmas reaparecieron, el verbo maldito nuevamente nos acechó. Pero ya, el domingo pasado la suerte y el buen futbol encaramaron otra vez en la cúspide a los Cementeros. Gracias a lo que ocurrió, nunca voy a olvidar la alegría íntima, el grito callado que mi espíritu pegó cuando a las 9:15 de la noche del domingo 24 de mayo de 2026 el árbitro pitó. Otra vez campeones, la décima. No hubo verbo cruel y por eso hoy canto bajito (porque jamás me han agradado las bromas ruidosas contra el perdedor) “Nel blu, dipinto di blu”.

sábado, mayo 23, 2026

El bueno, el malo y el CEO

 







No recuerdo dónde lo leí, pero siempre lo recuerdo. Creo que fue en El escritor y la crítica, libro de ensayos sobre Vargas Llosa coordinado por su paisano José Miguel Oviedo y publicado por Taurus. Bueno, da igual. Lo que recuerdo es que en una de sus páginas el novelista peruano declara que antes de escribir La guerra del fin del mundo viajó al norte de Brasil para documentarse sobre el paisaje y ver “tipos humanos”. Dado lo que resultó, una de las novelas más poderosas del siglo XX latinoamericano, no es mala recomendación la de documentarse antes de escribir un libro que no dependa de la imaginación pura, sino procurar una experiencia directa con el entorno previsto para ser descrito, lo que incluye aquello de escanear “tipos humanos”.

Pero contenga descripciones de los rostros o no, la narrativa debe presuponer que los lectores tantean en su imaginación la cara de los personajes. Cuando Borges dice, al inicio de “La forma de la espada”, “Le cruzaba la cara una cicatriz rencorosa”, nos obliga con la fuerza del adjetivo a que nos hagamos de inmediato la idea de una cara, la de John Vincent  Moon, y lo mismo pasa cuando Vargas Llosa escribe, en la primera frase de la novela mencionada hace pocas líneas, “El hombre era alto y tan flaco que parecía siempre de perfil”, de inmediato nos estimula a colocar un rostro enjuto y fakirístico a Antonio Conselheiro. La iconografía del Quijote y de Sherlock Holmes, por citar dos casos clásicos, es la materialización de la necesidad de poner una cara a los personajes ficticios.

El escritor argentino Delmiro Sáenz señaló en un diálogo con Cristina Mucci, conductora del programa Los siete locos, “Las caras no son gratuitas”. Es para mí una afirmación que resume la importancia de encontrar al menos un rasgo definitivo en los personajes creados en cualquier producto narrativo. Y en efecto: por razones que quizá no llegaremos a entender del todo, un mínimo pliegue natural en el rostro puede lograr que tal o cual personaje encarne héroes, y otro, villanos, o que uno parezca sufrido, y otro, alegre. Se supone que los expertos en casting saben muy bien esto y, además de la capacidad histriónica medida en las pruebas aplicadas a los aspirantes, calculan a partir de la fachada quién encaja mejor para cada personaje. “Las caras no son gratuitas”, repito la sentenciosa frase de Sáenz.

Una película insignia del casting perfecto es El bueno, el malo y el feo, donde la mejor cara es sin duda la de Lee Van Cleef, el malo, quien apoya casi toda su intrínseca malditez en los ojos felinos, siempre rasgados y amenazantes.

Pero no es necesario ir tan lejos, a las joyas del cine, para saber que las caras son fundamentales a la hora de crear impacto y verosimilitud (en las películas con un enigma fuerte suelen escoger a un tipo de cara bonita para fungir como culpable, pero este recurso ya ha sido manoseado y por lo tanto es previsible). Hasta en las cintas de bajo presupuesto o las telenovelas chafas (frase que puede ser considerada un pleonasmo) hay un sistema implícito para seleccionar héroes y villanos, con la escala de grises que puede caber en los extremos. Tal es la razón por la que Adela Noriega siempre fue una heroína lánguida y Nailea Norvind fue con frecuencia la prima envidiosa, o por la que Polo Ortín siempre caracterizó al tío ruco buena onda y Fernando Colunga el CEO sin un solo pelo fuera de lugar.

En el teatro, en el cine, en la novela y el cuento, e incluso en el cómic y la publicidad, con frecuencia una cara, así sea construida sólo con palabras escritas, dice más que mil parlamentos.

miércoles, mayo 20, 2026

Hay semejanzas maravillosas


 











José F. Armida es el autor de “Semejanzas”, un bolero mexicano cuya música se debe a Ricardo Palmerín, el yucateco autor de “Peregrina”, la canción que Felipe Carrillo Puerto pidió para Alma Reed; seguro conocen esa historia. “Entre las almas y entre las rosas / hay semejanzas maravillosas”, escribió Armida, y más allá de la elevada edulcoración verbal puedo decir lo mismo sobre el cuento y la poesía como géneros literarios: entre los dos hay afinidad, tanta que he llegado a cuajar una noción sobre su proximidad en ciertos rasgos. Paso a explicar aunque esto nomás me sirva para tener claro en qué pienso cuando pienso en el cuento.

En la escritura poética más convencional hay dos formas básicas: el verso llamado tradicional y el libre. A ambos los une la intención poética, el ritmo. Pueden ser poesía porque intentan una determinada sonoridad, la música de la palabra. La poesía tradicional apela a la métrica (la acentuación, el número de sílabas, la rima, la división estrófica y a veces el número de versos), como lo hacen el soneto y la décima, formas fijas que han sobrevivido sólidas hasta la fecha; por otro lado, el llamado verso libre es, como lo indica su adjetivo, libre, no exige número de sílabas, ni rima no nada, sólo obtener un ritmo más o menos eficaz, dependiendo de lo que cada poeta pueda alcanzar en función de su talento.

En el cuento noto de manera esquemática una división similar. Se supone que un rasgo ineludible, como el ritmo en la poesía, es la brevedad de lo narrado, pero también, como en la poesía, hay un cuento que podemos llamar tradicional y otro libre. En el primero hay algunas reglas, es como el soneto de la narrativa. En un exceso de taxatividad, Piglia ha señalado que "un cuento siempre cuenta dos historias": una fluye en la superficie y otra soterradamente. Elegir en este tipo de cuento un tema, un argumento, personajes, atmósferas y demás supone una postura similar a la que se asume cuando escribimos un soneto: es un mecanismo cuyo engranaje se interconecta en un palmo de papel y busca, lo consiga o no, la perfección del círculo. Es una historia vigilada, gobernada por la racionalidad del cuentista.

El otro tipo de cuento, para seguir con la analogía, es el libre, desentendido del mecanismo, sostenido, me he fijado, por el trazo prosístico o la agudeza del autor puesta en sus personajes, pero sin afán de contar (“siempre”) las susodichas dos historias de Piglia ni apetito por lograr alguna sorpresa. Por eso el cuento “libre” siempre termina en cualquier punto, sin conectar nada como imperativo de la estructura, de ahí que varias veces he pensado que en esencia carece de sistema óseo, que es un texto invertebrado.

Claro, ninguno de los dos es mejor que el otro, todo depende del tratamiento, en el que por cierto también podemos atrever interesantes mixturas. En ambos casos son moldes espléndidos para narrar. Aunque por inercia tiendo a preferir el primero, el vertebrado, ninguno es mejor que el otro, repito.

martes, mayo 19, 2026

Décima Feria de Libro de la Frontera

 















Décima Feria del Libro de la Frontera a celebrarse en Ciudad Juárez del 22 al 24 de mayo. El tema vertebral será el cuento como género siempre en movimiento. Allá nos vemos.

lunes, mayo 18, 2026

Futbol y letras, diálogo completo

 









Museo de Historia Mexicana, ciclo “11/22: futbol y polémica” coordinado por el comunicador Gabriel Contreras. Serán cuatro mesas a celebrarse los cuatro miércoles de este mes; van dos, y el 13 de mayo reciente me tocó dialogar en la segunda con Víctor Barrera Enderle. En esta liga pueden ver y escuchar la conversación completa.

sábado, mayo 16, 2026

Monterrey cuatro décadas atrás

 









El miércoles pasado volví a Monterrey. Atendí una amable invitación del Museo de Historia Mexicana para participar en el ciclo “11/22: futbol y polémica”, pensado y coordinado por el comunicador Gabriel Contreras. Serán cuatro mesas, van dos, y me tocó dialogar en la segunda con Víctor Barrera Enderle, a quien sólo conocía por escrito gracias a su libro Ahora colecciono miradas. El discurso ensayístico en la etapa madrileña de Alfonso Reyes (UANL, 2021). Aunque el tema de nuestra conversación no fuera a girar en torno a la obra del polígrafo regiomontano, el hecho de saber que mi interlocutor es especialista en la obra de Reyes y actual director de la Biblioteca Alfonsina fue motivo más que grande para entusiasmarme. Al final nuestro diálogo, titulado “Futbol y letras”, se desarrolló por los cauces deseados, pues establecimos, o tratamos de establecer, los puentes entre el futbol como fenómeno cultural y su influjo en la escritura literaria.

El viaje en camión me dio tiempo para recordar en la ida y en la vuelta mi etapa, digámoslo así, regiomontana. Aunque he compartido poco esa experiencia, tuve radicación en Monterrey durante un breve periodo de mi vida, apenas un semestre. Ahora que reparo en esto, quizá una de las trampas de la memoria, de la mía en este caso, ha sido ocultarme ese recuerdo porque fue particularmente duro, por no decir que feo, digno de olvido. Pero así como esconde, como escamotea, la memoria no puede borrar del todo lo ocurrido, y sobre el bus resucitó en mi cabeza la andanza de hace cuarenta años. No pude recordar con precisión muchos detalles, sobre todo datos duros, pero sí montones de imágenes que se agolpan cuando intento establecer una cronología de aquellos meses traumáticos.

Tal vez estoy exagerando, no sé. Quizá la vivencia no fue tan adversa, pero algo me lleva a creer que sí, como si la memoria tuviera un mecanismo para hiperbolizar lo malo. Lo que recuerdo de mi etapa regia —que de regia no tuvo nada— se debió al desempleo. Acababa de salir de la carrera y de inmediato me vi impelido a trabajar. En ese momento advertí que se había acabado la beca familiar, así que me puse a buscar en dónde vender mi precaria fuerza de trabajo. Probé suerte con un grupo de compañeros de la carrera en un emprendimiento fallidísimo que merece crónica aparte, y luego en otro institucional, público, que también se frustró casi desde el arranque. No habían pasado ni seis meses desde que egresé, y ya tenía dos strikes en mi cuenta laboral.

Fue en ese momento cuando un amigo de la prepa, José Manuel González Souza, me dio un tip para hallar algo. Él estudiaba el último año de su carrera de ingeniería en la UANL, y compartía una casa pequeña, como de Infonavit, con otro compañero de la facultad. Me dijo que sobraba un cuarto, y que por una módica cooperación podían hospedarme para que buscara chamba allá. Acepté. No recuerdo cómo conseguí dinero para viajar a Monterrey, ni cómo nos organizamos para que me recibiera en la terminal, pero un día de 1986 u 87 entramos a la casita ubicada lejos del centro. En efecto, la casa estaba en una de esas colonias de viviendas para trabajadores, espacios situados en la periferia con miles de casas idénticas apiñadas en edificios también idénticos.

Tras mi llegada, recibí instrucciones de movilidad, rutas de camiones y eso. Mi idea era trabajar en algún periódico, y daba la casualidad nada casual de que las instalaciones de los diarios estaban en el rumbo de la Macroplaza. Desde el primer día entendí que para llegar al centro debía tomar dos camiones, una hora y media de recorrido. En otras palabras, tres horas, si sumaba la vuelta. Esto ya de por sí era letal para un lagunero acostumbrado toda la vida a viajes cortos dentro de mi región.

Para entonces había leído el suplemento cultural Aquí vamos, del periódico El Porvenir, y me gustaba mucho, así que me apersoné en sus instalaciones. No tenía ningún contacto, no conocía a nadie en el periódico, pero como pude logré que me hicieran una prueba para algo, no recuerdo si para corrector o reportero. Dijeron que si la pasaba, me llamarían. Di el teléfono de una señora que era vecina de mi amigo, el estudiante de la Uni, quien además les preparaba comida por una cuota a la semana.

Como no podía atenerme al resultado en El Porvenir (que nunca llegó), alguien me dijo que recién habían abierto un nuevo periódico, el ABC. También quedaba por el rumbo de la Macroplaza, y pronto fui a sus instalaciones para husmear alguna oportunidad. Hablé con un funcionario, le expuse mi caso, y dio la casualidad de que tuvieran una vacante de reportero. Supongo que nadie la quería, pues de inmediato me dieron el empleo. Al día siguiente me presenté, me asignaron una máquina de escribir y una orden de trabajo tecleada mecánicamente en una tirita de papel. Con credencial de reportero novatísimo salí a la calle. Tuve que preguntar a compañeros todavía desconocidos en dónde estaba tal o cual lugar, en qué camión subir. Visité las sedes de partidos, de cámaras empresariales, de sindicatos corporativos, para entrevistar a personajes horribles. Caminé mucho, con el fin de ahorrar. A eso de las dos o tres regresaba al diario, me sentaba frente a la máquina y redactaba como podía siempre con un hambre de perro las notas que me encomendaban. Salía del periódico como a las 5, y recuerdo varias tardes en las que me senté en alguna banca de la Macroplaza para respirar antes de tomar el bus de hora y media hasta la casita de Infonavit ubicada en el culo de Monterrey, o poquito más allá.

Eso se repitió durante varios meses. Comía muy mal y dormía peor, pues la casa no tenía aire acondicionado y en el calor de Monterrey era imposible descansar. Además, los trayectos poco a poco me redujeron a la condición de zombi, condición que no mejoraba con la llegada del salario, pues también era rabón. Cómo estaría la cosa que lo único bueno que recuerdo de mi chamba de reportero en el ABC son algunas tardes frente a la máquina de escribir. No por la máquina ni por escribir, sino porque frente a mí, como a diez metros, tenía su escritorio una compañera que me gustó. Se vestía como si fuera integrante del grupo Flans, y por supuesto no me animé ni a decirle buenas tardes. Sin dinero, derrotado por el hambre y derretido por el calor, la veía como lo que era: un sueño imposible.

Cuando ya no di más, aproveché el pago de una quincena para renunciar y volver a Torreón con otro fracaso a cuestas, pero más contento que un liberto. Monterrey quedó como un feo recuerdo de mi estreno periodístico, pero, si lo analizo bien, no fue tan malo, pues me enseñó a boxear arrinconado en la esquina del ring y con la guardia cerrada, sin caer.

miércoles, mayo 13, 2026

Saldo de la visita fallida


 








A Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, le duró buen rato la cuerda antimexicana, pues todavía ayer hizo declaraciones sobre el trago amargo que pasó en su reciente tour por nuestro país. Provocadora natural, Díaz Ayuso cargó contra la presidente Sheinbaum y de paso contra Pedro Sánchez, el villano favorito de la ultraderecha española. Como la visita fue un fracaso —táctica mal elegida en la estrategia de la derecha global por lastimar al actual gobierno mexicano—, la excusa de la azuzadora serial fue decir que su vida estuvo en riesgo, pues México es un país atestado de violencia.

El mismo país que ella pinta como fallido es el que tiene más turismo en América Latina. Sólo de 2025 esta es una breve lista, y no es de suponer que los turistas vienen a quedarse encerrados en los hoteles. La distancia es brutal, ni todos juntos superan al México de las calles “tomadas” por los narcos: México (48 millones de visitantes), República Dominicana (11.6), Brasil (9.3), Colombia (6.5), Chile (5.4), Argentina (5.3) y Perú (4.1). Eso de que México “está tomado por la delincuencia” es una ficción, y si no es así cómo explicaría Díaz Ayuso el descomunal éxito del sector turístico mexicano.

Ahora bien, ¿por qué en la vista se hizo una defensa de Cortés? Más allá de la polémica histórica, de la que ella sabe menos que nada, la idea clara fue provocar y dividir con un exabrupto mediático, un paso importante para fortalecer el voto duro, polarizado, para la derecha mexicana. Su visita respondió al interés de Ricardo Salinas Pliego, quien está siguiendo el manual derechista del supuesto outsider: acusar al progresismo de “ultraizquierda”, “dictadura” y “narcoestado”. A la par, llenarse la boca con la palabra “libertad”. En fin, todo de manual.

Debo añadir que Díaz Ayuso está cerca de Trump, busca agradarle, y todo lo que esté cerca del señor naranja es intrínsecamente nefasto. Además, Díaz Ayuso, como toda la derecha española, adhiere al pasado franquista, no condena al régimen criminal que sometió a España durante casi cuarenta años (ésta sí fue una dictadura cabal) y dejó sembrado el país de fosas comunes. Lo de Díaz Ayuso fue pues una provocación para favorecer al tío Richi. La operación proyectó un usufructo bicéfalo: si el gobierno mexicano no decía nada, la española haría de las suyas; si decía o hacía algo, podía colocarse en la posición de víctima de los zurdos de mierda.

Por último, recordemos que Díaz Ayuso es una especie de gobernadora (de la Comunidad de Madrid, que incluye a la ciudad de Madrid) y no es equivalente a la figura de Sheinbaum. Esto no significa que no sea peligrosa, como toda la derecha mundial liderada por el secuaz del pederasta Epstein. Obviamente me refiero de nuevo a Trump, el peor ser vivo que en este momento habita sobre la tierra, y para colmo también apoya a Netanyahu, el segundo peor. Casi nada.

sábado, mayo 09, 2026

En un lugar de la cancha: lectura y futbol












No sé si todas las personas que leen con asiduidad saben en qué momento y por qué adquirieron este hábito. Supongo que sí, pues creo que en general perciben la importancia de la lectura como acompañante de sus vidas, lo que obliga a pensar con frecuencia en las motivaciones remotas. En esto ayuda el hecho de que no es, como caminar, una práctica desarrollada en la inconsciencia de la primera infancia, sino el nacimiento de una habilidad que suele darse cuando ya podemos retener las vivencias con cierto grado de claridad, cuando sabemos hablar con cierta lógica. Me estoy refiriendo aquí a la lectura que va más allá de la alfebetidad, a la lectura como goce así sea incipiente. Creo que todos los que leen con regularidad y placer alcanzan a saber cuándo apareció el gusto, en qué momento tomaron un libro sin el forzamiento de la obligación escolar.

Sobre esto he pensado más de una vez porque me interesa como tema vinculado a mi experiencia y porque no ha faltado oportunidad para que me lo pregunten. Mi respuesta tiene la claridad que puede tener un recuerdo con medio siglo de edad. Es algo vago ese recuerdo, pero no lo suficiente como para impedirme una explicación satisfactoria al menos para mí: yo leo con asiduidad —diría que con pasión y placer si no sonara pedante— desde que tenía cerca de diez años, hace 52. Antes de 1974, por supuesto que ya leía los libros de texto de la SEP y el periódico La Opinión que a diario compraba doña Catalina, mi madre. Quiero pensar que consumía aquellos papeles en los ratos libres, los ratos que sobraban al juego vespertino con mis hermanos y los amigos de la cuadra. Nunca fui un buen estudiante, así que me asomaba con desdén a los libros de texto. Esto creo, pues mis notas jamás delataron a un alumno con aspiraciones altas. Con el diario tuve una relación buena, me gustaba hojearlo, disfrutar sobre todo con la sonoridad de los topónimos y la onomástica remota. Pero no entendía las noticias ni los artículos, así que debía contentarme con una lectura superficial.

En un cuento mío de 2023, reciente, un personaje ficticio desempeña algunas funciones de alter ego y dice lo siguiente (hagan de cuenta que allí usé lo que acabo de explicar a propósito de mi lectura periodística):

En 1973 yo tenía nueve años y en la casa de mi familia sólo disponíamos de dos posibilidades para leer: los libros de texto gratuitos y La Opinión, uno de los periódicos de La Laguna. Fue en las páginas del diario donde comencé a leer en serio, aunque sin procesar bien lo leído, textos que estaban más allá de lo que encomendaban en la escuela. No recuerdo con precisión ninguna nota, sólo el hecho de pasar la vista sobre el diario y encontrar información que por entonces sólo eran palabras, nombres propios de lugares y personas: Luis Echeverría, Vietnam, Richard Nixon, Madrid, Francisco Franco, Tel Aviv, Moshe Dayan, Juan Domingo Perón, Buenos Aires, Augusto Pinochet, Palestina, Yasser Arafat, Fidel Castro, La Habana, Paulo VI, Ciudad del Vaticano, Moscú, Leonid Brézhnev… Para mí no había ninguna posibilidad de saber entonces que esos nombres representaban ideas, y que esas ideas tenían orientaciones encontradas, que en el mundo había noticias de conflictos debido al choque de las ideologías que abrazaba cada uno de aquellos personajes…

Más o menos así me relacionaba con el diario a mis diez años. Luego ocurrió un hecho que también he contado alguna vez. Como a los once años descubrí el futbol. Uso el verbo descubrir porque hasta entonces el ambiente deportivo de mi casa se relacionaba con la pasión de mi padre, el beisbol. En uno de sus partidos dominicales celebrado en los campos de Jabonoso, un ejido de Gómez Palacio, yo tenía quizá once años cuando me alejé del partido de mi padre y caminé a los campos de futbol. Todo era un llano en llamas, no había separación física entre los campos de fut y de beis, así que fui a ver el futbol. Jugaban dos equipos llaneros de jóvenes como de veinte años, y cuando desde la línea lateral vi el desarrollo del partido no entendí muy bien las reglas, pero me gustó. Al llegar a casa aquel domingo en la tarde sentí el impulso de patear algún balón, lo que ocurrió cuando comencé a jugar en los recreos de la escuela primaria federal Presidente López Mateos de Santa Rosa y en las tardes de mi barrio gomezpalatino. El gusto de jugar futbol fue intenso, me hizo muy feliz durante la adolescencia.

Lo extraño ocurrió casi simultáneamente: al gusto de jugar futbol y de leer el diario sin entender el sentido de las notas, sólo por la maravillosa sonoridad de las palabras, añadí la compra de revistas de futbol. También sobre esto he escrito dos o tres veces, una de ellas inédita, pues viene en un librito que aparecerá dentro de dos semanas: Amar a Maradona. Allí, en el primer párrafo del prólogo, comparto esto:

El primer Mundial que vi completo fue el celebrado en Argentina. Tenía 14 años y atravesaba una etapa de enamoramiento futbolero rayano en lo patológico. A la práctica diaria y callejera del futbol sumaba un par de hábitos que después no me abandonarían: ver en la tele dos o tres partidos todos los fines de semana y comprar cinco revistas de futbol con disciplina de académico. Por aquellos meses se había dado el brinco familiar de Gómez Palacio a Torreón, y poco a poco la atracción de la calle me alejó de las sobredosis televisivas y de la frenética compra de revistas, dado que los imperativos de la vagancia consumían los escasos recursos disponibles, incluido el tiempo libre para ver la tele. El virus cedió un poco, pero no se fue, nunca se fue, pues todavía veo en la pantalla algún partido por semana para recuperar un cacho ilusorio de la infancia, y eso de leer no se diga, creció y se orientó hacia mejor vertiente: ya en otros lugares he explicado que ante la falta de biblioteca en casa, las revistas de futbol fueron sin premeditarlo la herramienta que me impuso el gusto de la lectura y de los libros. Así de anómalo fue mi nacimiento a las letras. Los caminos de la literatura son inescrutables.

Ya había adelantado una explicación similar en el libro Invítame a leer. Conversaciones con gente de libros (SEC, 2019), de Gerardo Segura. En tales páginas comenté con mayor amplitud lo que aquí observo:

Cuando llegué a la secundaria ocurrieron dos hechos importantes: por un lado, descubrí la práctica del futbol y, por el otro, mi madre compró unas enciclopedias, lo que en aquella época (1978) era como conectarse a internet. Apasionarme por el futbol como deporte, jugarlo bien y sin descanso, tuvo una extraña derivación “intelectual”, por llamarla de algún modo: me convertí en comprador, lector y coleccionista contumaz de revistas futboleras. Cada semana ahorraba la cantidad necesaria para comprar cinco publicaciones, es decir, todo lo que llegaba a La Laguna sobre ese tema: las revistas Pénalty, Balón y Sólo Futbol, y las historietas Borjita y Chivas Chivas Ra Ra Ra. Gracias sobre todo a las revistas, y a falta de Ilíadas y Odiseas, accedí a entrevistas, reportajes y columnas en los que fui haciéndome una idea del mundo y de la vida a partir del futbol. En aquel tiempo no sólo La Laguna, toda la provincia era más provinciana y se soñaba poco con lo que estaba fuera de nuestro entorno. Las entrevistas a los jugadores me remontaban a geografías distantes, a topónimos y nombres de equipos y jugadores que conllevaban una sonoridad peculiar: Botafogo, San Lorenzo de Almagro, Amaury Epaminondas, Juan Carlos Czentoriky, Belarmino de Almeida, Colo Colo, Rafael Albrecht, Jan Gomola, Carlos Jara Saguier… algo raro había en esas palabras, lo que me hacía pensar en lejanías, en la heroicidad de viajar, en la vaga sensación de que el mundo era mucho más grande de lo que yo imaginaba. Mi vida, entonces, era ir a la escuela, leer revistas de pe a pa y jugar futbol en la calle todos los días. Eso fue, sospecho, lo primero que leí con pasión y disciplina, pero no me duraría mucho tiempo, pues llegaron las enciclopedias y con ellas unos libros de regalo, como un pilón. Las enciclopedias sirvieron en casa para las tareas de mis hermanos y las mías, pero yo aproveché más un libro extra, de los de regalo, al que considero muy importante en mi vida, acaso el primero que logró cautivarme.

El acontecimiento cultural más importante de mi vida, leer asiduamente, se lo debo pues al futbol, aunque parezca increíble. Supongo que es al menos mínimamente raro que de jugar futbol se pase a leer futbol con voracidad y de allí, sin solución de continuidad, haya pasado a la lectura literaria, a la lectura de libros “serios”. Esto me lleva a pensar en los orígenes de un lector. ¿Todos debemos comenzar por los clásicos infantiles y de ahí pasar a los clásicos adultos? ¿El fracaso está garantizado si no se comienza por la Ilíada o el Quijote? Obviamente no, y modestia al margen creo que soy un buen ejemplo de que el comienzo importa sólo como comienzo, para agarrar el gusto, para cimentar la asiduidad que después pueda ser canalizada hacia obras de mayor calado.

La formación de un lector es misteriosa. En el proceso hay, supongo, una cierta predisposición natural, que en mi caso fue el asombro ante el sonido de las palabras dichas y la contextura de las palabras escritas. Antes de comprender su sentido, las palabras ya me habían hechizado, no sé por qué. Lo que vino después fue, diría Bourdieu, el habitus que tuve a mi alcance: una familia que tenía periódico todos los días, una escolaridad estándar en escuela pública sobrepoblada, un deporte popular a la mano y revistas baratas de futbol para cobrar impulso como lector. Luego vinieron los primeros libros casuales, el acceso a la universidad, los amigos con más lecturas y el orgullo íntimo de ser un poquito distinto, vaya modesto logro, por leer libros.

En suma, nadie elige sus primeras lecturas fervorosas. En mi casa infantil no había biblioteca, a mí me tocó combinar la práctica del futbol con la lectura de revistas de futbol, y es por ello que tengo gratitud por este deporte que luego sin querer me condujo hacia los libros. Esto quiere decir que no me asusto cuando un joven comienza leyendo mucho de lo que sea, generalmente mugre. Lo importante es que el impulso inicial luego tome un camino más exigente, que no se quede atorado, por ejemplo, en la autoayuda o los zombis. Esto de leer con fruición es un tanto azaroso, pero si lo miramos bien, todo en la vida es así.

Comarca Lagunera, 8, mayo, 2026

Nota 1. En la imagen que encabeza este post aparece Miguel Marín, portero de Cruz Azul en la década de los setenta. Fue mi ídolo futbolístico de la niñez, aunque nunca jugué en el arco. Si no recuerdo mal, la foto me la regaló José Manuel González Souza, compañero de la prepa, más o menos en 1980. Desde entonces la conservo. Es una foto periodística original, impresa en papel fotográfico. En el envés aparece impresa, con sello de goma, la leyenda “Foto Hermanos Mayo. 1974”. Mi amigo Souza es pariente de la familia Mayo, y con alguno de sus miembros consiguió esta excelente postal que después puso en mis cruzazulinas manos.

Nota 2. Texto parcialmente leído como base de una charla ofrecida en la Feria del Libro de Coahuila-Torreón. Su título fue “En un lugar de la cancha: lectura y futbol”. Se celebró el 9 de mayo de 2026 en el Centro de Convenciones de Torreón, sede de la Feria.

miércoles, mayo 06, 2026

Cómo comprar un libro

 







Por supuesto que el título de manual que exhibe esta entrega es sólo un gancho, el gancho habitual de lo que quiere ser leído. Nadie sabe con exactitud cómo comprar un libro literario, aunque es evidente que un lector más o menos entrenado no se guía sólo por las conversaciones de sobremesa para interesarse en un volumen y luego ir a comprarlo. Un lector ya no digamos experto, pero sí cuidadoso de sus adquisiciones, toma en cuenta elementos que en general no son atendidos por el lector esporádico o meramente ocasional, aquel que compra un libro cada que ocurre el milagro de que lo seduzcan con algún detalle digno de su más recóndito interés. Digamos que aquí, en estos renglones, no voy a pensar en ese lector complicadísimo, sino en alguien que no es voraz de libros pero sí siente el apetito de comprar y leer con alguna voluntad de esas que se apagan y de repente se reencienden, como la voluntad de las dietas.

El lector más o menos suspicaz en el que estoy pensando, un lector que cuida sus pesos pero no al grado de incurrir en la cicatería, toma en consideración, primero, el aspecto del libro, la editorial que lo produjo. Digo esto para advertir sobre todo que los libros de autores extranjeros clásicos (digamos Shakespeare) se nos aparecen con innumerables sellos editoriales. No todos son lo mismo. De preferencia, por ejemplo, debemos considerar que sea una buena traducción y que tenga algún mínimo aparato crítico, como introducción y notas. En español, un caso de buenas ediciones de clásicos lo hallamos en los libros de Cátedra, pero hay muchos, aunque menos que ediciones chafas.

Siempre al comprar un libro es recomendable leer los paratextos: título, autor, texto de contratapa, solapa, prólogo... Todos estos ingredientes añaden algo, así sea poco, a la valoración del libro antes de comprarlo. Un método muy útil para tener mejor idea sobre el libro y el autor es rascar un poco al internet. No falta, cuando el escritor tiene un mínimo camino recorrido, que encontremos opiniones, reseñas. A veces no son muy favorables, y eso puede desalentar la compra, pero esto no debe ocurrir necesariamente así. Luego de indagar lo que ya dije, tanto en la búsqueda presencial como en la pesquisa en línea es pertinente leer un poco. Mi método fuerza explorar algunos párrafos del principio y, si se puede, unos cuantos aleatorios más. Si en la librería el libro tiene celofán, hay que solicitar quitárselo. Este es un derecho del lector antes de hacer su compra. En las ventas en línea las editoriales suelen darnos un adelanto de páginas muy útil. Lo que sigue para tomar la decisión de compra queda aquí en último lugar, aunque en realidad puede ser lo más importante: el precio. Esto merece otras consideraciones que por ahora no hago para no agüitarlos.