lunes, marzo 02, 2026

En la voz de Alejandro Apo









En mayo de 2023 le acerqué en Buenos Aires mi libro Ojos en la sombra (Conaculta, 2015) a Víctor Hugo Morales, el relator que narró para la inmortalidad el gol del siglo anotado por Maradona el 22 de junio de 1986 en el estadio Azteca. Pocos días después, y como gesto de amistad, Víctor Hugo recomendó a su amigo y colega Alejandro Apo que leyera uno de los cuentos que contiene el libro en su programa de radio “Todo con afecto”. Apo no sólo leyó mi relato “Transmisión diferida”, sino que me entrevistó desde Buenos Aires exactamente el 8 de julio de 2023. Fue, la verdad, placentero recibir esa llamada y de paso escuchar mi cuento en la voz de un periodista que como nadie ha difundido en la radio argentina la literatura con tema futbolero. Pensé que el material de audio había quedado perdido, pero ahora lo encontré en el repositorio de Radio Nacional Argentina, y aquí comparto las ligas de la entrevista y del cuento.

sábado, febrero 28, 2026

La tiranía del merecimiento

 











Una versión abreviada y comentada de este texto fue expuesta como conferencia en la Cafebrería La Tinta, de Torreón, el 26 de febrero de 2026. La acompañé con algunas imágenes ad hoc, que aquí omito.

La tiranía del merecimiento: un estudio de Paula Sibilia

Jaime Muñoz Vargas

Hice un experimento inocuo para convidar a esta exposición. Al difundirla, añadí una frase a la invitación digital. “Serán bienvenidos los amigos y los enemigos”. Contra lo habitual, que es invitar a los amigos, invitar a “los enemigos” es un guiño cínico si queremos casi insignificante, pero no por ello raro, más si su lector carga sobre la espalda cinco o seis décadas. ¿Qué pasó para que el cinismo fuera admitido como valor convencional en un mundo que antes lo marginaba? ¿Por qué ahora es posible exhibir frases o actitudes cínicas como maneras de relacionarnos con los demás? Algo cambió, sin duda, para que un político cambie de partido como quien cambia de camisa o para que una joven provinciana revele con total desenfado su ascenso económico con la creación de “contenido para adultos”? Pisamos un nuevo “suelo moral”, una mutación antropológica gigantesca que Paula Sibilia (Buenos Aires, 1967) analiza en Yo me lo merezco. De la vieja hipocresía a los nuevos cinismos (Taurus, 2024), libro que comparto con agradecimiento en este sobrevuelo.

Radicada en Brasil, Sibilia nació en Buenos Aires y vive en Río de Janeiro, donde es docente de Estudios Culturales y Medios en la Universidad Federal Fluminense (UFF) e investigadora de las agencias públicas brasileñas CNPq y FAPERJ. Su producción ensayística aborda temas culturales contemporáneos bajo la perspectiva genealógica, centrándose en las relaciones entre cuerpos, subjetividades, tecnologías y manifestaciones mediáticas o artísticas. Estudió las licenciaturas de Comunicación y Antropología en la Universidad de Buenos Aires (UBA), una maestría en Comunicación (UFF), un doctorado en Comunicación (UFRJ), otro en Salud Colectiva (UERJ), y posdoctorados en París VIII y la UBA. Es autora de El hombre postorgánico (2005), La intimidad como espectáculo (2008) y Redes o paredes (2012).

En Yo me lo merezco, la autora subraya el cambio de “suelo moral” que nos hizo pasar de la etapa moderna a la era actual, la del mundo digital. Señala que “La sociedad moderna se fundó bajo la égida de un ‘contrato social’ imaginario, un pacto mítico firmado por todos los ciudadanos de un determinado Estado nacional, que habría instaurado la democracia representativa con sus dignísimas promesas de igualdad, libertad y fraternidad entre los signatarios”. Para preservar su cohesión, la colectividad moderna apeló a una normatividad estricta y a la hipocresía burguesa como mecanismo de freno a las pulsiones individuales, aunque “las prácticas inspiradas en esos reglamentos no lograban disfrazar sus fisuras, solían estallar en serios dilemas morales, destilando un malestar que fue interpretado como el inevitable precio a pagar por algo digno de cualquier sacrificio: la civilización”. Una triada logró aherrojar los ímpetus del yo: “el sentimiento de culpa, la represión de las pulsiones y el respeto a la ley”, lo que trajo, a decir de Freud, el “malestar en la cultura”. Foucault la llamó “sociedad disciplinaria”, y en ella participaban todos los colectivos y sus reglamentaciones internas: la familia, la escuela, la iglesia, la fábrica, el sindicato, el club, las leyes y demás.

Citado por la autora, el mismo Foucault detectó a mediados de los setenta un astuto desplazamiento del “control-represión” al “control-estimulación”, truco consistente en no frenar las pulsiones individuales de libertad desatadas en los sesenta y setenta, sino dejarlas ser pero canalizadas al consumo y la libertad individuales. Rebasado por la insubordinación juvenil que demandaba acabar con las instituciones burguesas “hipócritas” impuestas en dos siglos de dominación, el capitalismo, sistema plástico si los hay, se reinventó con la llegada del neoliberalismo en cuyo seno se asentó la satisfacción del deseo sin las trabas de la contención defendida por la hipocresía burguesa. El individuo y su amplia carga de apetitos pasó a escena para ser sobrestimulado y puesto de cara al mercado y al consumo: si todo está disponible y hay libertad, no tengo límite, lo merezco todo.

La libertad de tenerlo y merecerlo todo en el universo del consumo, sin más cortapisa que la que uno se quiera imponer, permitió que florecieran “otras yerbas”, hordas de seres (los nuevos cínicos) que “lo merecen todo” y “desprecian los antiguos consensos acerca del bien común y la democracia, mientras defienden libertades individuales estrictamente mercadológicas e irrumpen con su irreverente violencia explícita en diversos ámbitos”. Tras el paso de las herramientas analógicas a las digitales y la creación de las redes sociales, “Ese entrenamiento en la diatriba rabiosa, sacándoles chispas a los teclados desde sus trincheras anónimas, terminó siendo contagioso. En pocos años, esas criaturas irascibles se reprodujeron insolentemente. (…) Con el aliento que brinda el apoyo mutuo, se sintieron habilitadas a capitalizar la (in)moralidad de los algoritmos para imponer sus insultos, memes, teorías conspirativas, delirios pseudocientíficos y una agresiva descalificación de los rivales”.

Yo me lo merezco se divide en cuatro capítulos (“De la represión a la excitación”, “Del deber al querer”, “De lo analógico a lo digital” y “De la hipocresía al cinismo”), a su vez segmentados en trancos breves. Luego de explicar la mutación del “suelo moral”, el paso del control-represión al control-estimulación y el encumbramiento del sujeto que lo merece todo en el mercado y puede expresarse como guste de lo que guste gracias a las redes, Sibilia apunta que en este nuevo contexto “la felicidad se ha convertido en una meta indiscutible”. Los medios digitales y los tradicionales exaltaron la búsqueda del goce individual y promovieron la construcción del sujeto emprendedor. Allí, la felicidad individual es “Tanto un derecho como una especie de ‘deber’ al cual nos consagramos; una misión que, de no consumarse, delataría un fracaso humillante: la incapacidad de ser felices”.

De esa manera, “Tras las reformulaciones de la segunda mitad del siglo XX empezaron a germinar desconsuelos imprevistos, frutos de una cultura que exalta y persigue el goce individual, en vez de posponerlo en nombre de entidades colectivas consideradas superiores o trascendentes. Hacer siempre y solamente lo que se desea, fortaleciendo la autoestima en provecho del éxito personal, por ejemplo, dejó de ser un pecado más o menos vergonzoso —asociado a la soberbia, la vanidad o el egoísmo— para volverse una meta orgullosamente prioritaria”.

A diferencia de las dinámicas actuales, la sociedad moderna entrañaba “insumos tan valiosos como el honor, la lealtad, el compromiso mutuo, la austeridad, los deberes cívicos, la rectitud moral y la constricción sexual. Preceptos como esos operaban en áspera armonía bajo la tutela de una instancia superior, importantísimo pilar de la esfera pública burguesa: el respeto” mediante el que “los sujetos modernos fueron llevados a ‘interiorizar’ la disciplina que se les exigía, promoviendo un obstinado autogobierno sobre sus actos. Eso los instaba a renunciar a ciertos placeres y soportar el infortunio resultante de tal abdicación en nombre de valores superiores como el bien común, la familia, el trabajo, la patria o la democracia”. En este punto, la autora recuerda a Weber y La ética protestante y el espíritu del capitalismo (1904-1905).

La abdicación a las pulsiones íntimas tenía como centro la construcción de un yo vigilante en el interior de la persona: “De modo que el verdugo más feroz no era el Estado ni el padre de familia, tampoco las múltiples figuras jerárquicas que comandaban las instituciones: profesores, directores, jefes, supervisores o patrones. Ese papel quedaba a cargo del alma de cada cual en aquella sociedad ambiguamente materialista. O bien, recurriendo a un concepto central para el psicoanálisis, ese rol lo asumía el superyó de cada psiquismo”, de allí que “se angustiaban con sus propios actos o deseos cuando estos se desviaban de la buena senda. Al autoevaluarse, se sentían culpables por no estar a la altura y por no ser tan buenos o normales como deberían. En consecuencia, temían la punición —considerada justa por las supuestas mayorías y las ordenanzas comunes— de caer en alguna de las terribles categorías de anormalidad. O sea, aquellas cristalizadas en el polo negativo de clasificaciones binarias como correcto o incorrecto, moral o inmoral, saludable o patológico, legal o criminal. (…) el superyó no daba escapatoria”.

Sin embargo, “Los jóvenes de los años 1960 y 1970 se movilizaron en varios países de Europa y América para insurgirse contra ese ‘sistema’ considerado opresor y autoritario, porque tendía a la normalización de los comportamientos y a la asfixia de los deseos individuales”, y así “El dócil soterramiento de las pulsiones ilícitas fue perdiendo sentido, así como la fabricación cotidiana de culpas envueltas en añejos pudores. Cambiaron las reglas del juego, diversos corsés ardieron en plazas públicas, cayeron varias rejas y se decretó la ilegitimidad de (casi) cualquier prohibición”.

Tras sacudirse el yugo de la hipocresía burguesa, los jóvenes tocaron la anhelada libertad históricamente oprimida. En las décadas de los ochenta y noventa, “Los ímpetus contestatarios de los rebeldes pronto serían secuestrados por los renovados tentáculos del capital, que les sacarían provecho sin necesidad de reprimirlos sino convirtiéndolos en el nuevo combustible de la maquinaria”, y de ese modo “Los deseos dejaron de ser mal vistos y ahora se canalizan productivamente, cebando sin nunca saciar la sed de dominación continua del capital”.

Tan fijo quedó el credo individualista de desear y conseguir todo, que se erigió el “emprendedurismo” como dogma: “‘Fuera de la empresa económica, fuera del trabajo productivo, fuera de los negocios, parece no haber ningún otro deseo, ninguna vitalidad’, sintetiza Franco Berardi. El espíritu empresarial penetró en todas las instituciones, incluso en el substrato molecular de las subjetividades, capitalizando las energías vitales de modos cada vez más generalizados y naturalizados, como si no hubiera ninguna alternativa a esa cosmovisión mercantilista”,

El problema de una sociedad que libera así los deseos y la búsqueda de satisfacción a toda costa, es “no lograr ni siquiera acercarse a los altos parámetros que se aspiran, con la consecuente estigmatización de quienes quedan descalificados como perdedores o fracasados cuando sus tropiezos se vuelven públicos, también se incuban resentimientos, aislamientos y violencias que envenenan la cohesión social. La explosión puede quedar latente, pero va incubándose y se presiente en todas partes”, “el ‘vicio’ de quererlo todo y la pesadumbre de no poder casi nada”.

Una buena cantidad de páginas dedica Sibilia al examen del uso que hacemos a los aparatos de comunicación digital, sobre todo al celular y las redes. He afirmado alguna vez algo que no dejo de pensar: el smartphone, por su portabilidad, es el aparato determinante, el más revolucionario, en la configuración de la sociedad actual, así que merece reflexión aparte, pues “intentan colmar los deseos de espectacularizarse para lograr visibilidad y repercusión con la aduladora compañía de una multitud de ‘amigos’ o seguidores”. Lamentablemente, el celular impide asentar conocimientos, ideas, experiencias: “cuando no se efectúan las operaciones capaces de sedimentar cada experiencia, suspendiendo la multiplicación desenfrenada de flujos informáticos y consumistas, cuando no se da lugar al pensamiento capaz de hilvanar algún sentido, queda solo un exceso de estimulación que suele girar en el vacío y ahogarnos en un sopor obnubilado”. En esta dinámica, hasta “El tiempo de descanso está amenazado” y ya sólo falta que el mercado conquiste la temporalidad del sueño, como lo comentó Jonathan Crary en su libro 24/7.

Lo curioso es que son los mismos espacios digitales los que miden nuestro exceso y recomiendan contención, obviamente sin lograrla: “el uso que solemos hacer de los celulares o las redes sociales es siempre ‘excesivo’, ya que de eso se trata, para eso se los inventó y con ese objetivo se fueron perfeccionando: es así como funcionan (y nos hacen funcionar). Ese uso considerado desmedido, abusivo o adictivo es precisamente el uso que esos dispositivos suponen, proponen y estimulan. Esos artefactos son fruto de esta época, nuestra sociedad los imaginó y los asimiló para ser usados compulsivamente” si no queremos caer en el llamado FoMO, “fear of missing out” (“miedo a perderse algo”).

En este escenario lleno de tentáculos que disputan nuestra atención, perdemos además la idea de espaciotemporalidad tal y como la conocimos en la era analógica. El trabajo, el descanso y todas las actividades humanas estaban limitados a un espacio y a un tiempo determinados; con los aparatos digitales de deslocalizó todo y perdió sus límites temporales, sobre todo el consumo, como comprar a toda hora en línea o ver maratones de programas de series y poder suspenderlas o acelerarlas a capricho, aunque “Al multiplicarse tanto las opciones disponibles como las chances de concretarlas, aumenta también la lista de deseos frustrados y, en consecuencia, la deuda que jamás logrará saldarse. Entre otros motivos, porque termina siendo funcional al nuevo régimen: el consumidor es, por definición, alguien insatisfecho; aunque su voracidad sea constantemente excitada, nunca deberá colmarse”.

Sibilia expone que en el escenario planteado al consumidor actual, “La publicidad, género cínico por excelencia, encontró tierra fértil en esa subjetividad liberada de la lógica represiva moderna y lanzada al torbellino del deseo capitalizable. Tú puedes o Vos podés, dice el lema básico de cualquier anuncio, sintonizando con el eufórico Yo quiero y el consecuente Yo lo merezco del potencial consumidor. Yes, you can, o bien Just do it, y todo así: puro estímulo, cero represión”.

En sus afirmaciones finales, la antropóloga resume las implicancias de los dos suelos morales, el moderno y el actual: “Las liberaciones que se dieron tras la descompresión de los deberes disciplinarios son evidentes y muy bienvenidas, pero hay un detalle: aquella contención limitadora que nos sacamos de encima tenía un efecto centrípeto a nivel colectivo, pues reprimía e inhibía las pulsiones propias y ajenas. Lo hacía en nombre de valores considerados superiores y aglutinadores, como la ley, la razón, la patria, la familia, el trabajo, inclusive el decoro y el ‘bien común’ encarnado en la civilización; la igualdad, la libertad, la fraternidad, la democracia, etcétera. En cambio, los deseos que ahora brotan a borbotones en este nuevo suelo moral detentan una vocación centrifuga, puesto que tienden a atomizar y polarizar generando caos, rupturas y conflictos. (…) Al poner al yo en primer plano, se rechaza cualquier límite a la libertad individual. El problema infernal como siempre, pero ahora mucho más, son los otros, que siguen existiendo y también reivindican su derecho a ser yo”, y concluye con una afirmación optimista pese al panorama todavía más desolador que a mi parecer se nos abre en el futuro: “A pesar de la desesperanza que este cuadro puede inspirar, vale recordar que crisis profundas como la actual tienen una ventaja: corroboran que un universo entero se puede desmoronar, por más sólido e inquebrantable que pudiera parecer poco tiempo atrás, para dar a la luz a otra era histórica. Lo cual no deja de ser una rara oportunidad”.

Aunque no se ve una luz de cambio en el fondo del túnel, aunque todos los signos del presente anuncien un futuro aún más negro, vale aprehender el párrafo final de Paula Sibilia en Yo me lo merezco: tomarlo como quien abraza una tabla en el naufragio para no morir de pesimismo en el preciso ahora.

miércoles, febrero 25, 2026

Vivir con filtros

 













La semana pasada, mientras cundían memes y opiniones sesudas sobre los therians, vi un corte de video que me dejó perplejo. En él, un tipo como de treinta años era entrevistado en un estudio de los que ahora se usan para dialogar en la modalidad de streaming. No es necesario apuntar que el joven es sobrino de Salinas Pliego, pues da igual que haya sido otro sujeto de los que hoy abundan como chancros para dictar cátedra sobre cualquier tema. Interrogado por un entrevistador a todas luces falto de luces, el joven soltó una afirmación digna de ser fijada en letras de oro sobre el hemiciclo de la estupidez: si el gobierno imprime el dinero, por qué tiene que cobrar impuestos y por qué mejor no imprime más.

Extrañamente, el entrevistador no se desintegró de risa ni terminó el diálogo en ese punto. Más bien se le dibujó una cara de asombro, como si la brillante idea del invitado mereciera el interés que le concedemos a un especialista de la UNAM. Imprimir más dinero para acabar con la falta de dinero. Excelente descubrimiento. Con tal medida se puede incluso acabar con la pobreza: se echa a andar la máquina de emitir y se arrojan monedas y billetes a la población como si fuera arroz para los pollos. Caray.

La multiplicación de espacios propiciada por internet es una bienvenida democratización, es verdad, pero es evidente que esto provoca una suerte de caos rizomático en el que da igual una noticia verdadera y confirmada que un bulo (así les dicen los españoles a las fake news), o da igual un dato apuntalado en el conocimiento que una estupidez terraplanista. Dado que ahora la labor de una persona que desea informarse no es buscar información, pues ésta abunda y llega por todos lados, el imperativo es seleccionar, cribar, filtrar la información basura y la opinología que ni siquiera ha pasado sus ojos por un libro y se basa sólo en la conjetura idiota, exactamente como la del joven que propone imprimir más dinero para acabar con la exigencia tributaria.

Recién sucedió el domingo eso de apoyarse en lo que sea para asir la realidad. En efecto, con la muerte del Mencho hubo razones para el miedo en el país, pero no para tragarse videos sancochados con inteligencia artificial. Tenemos que aprender a vivir con filtros, no engancharnos en cualquier mísero cuento audiovisual.

sábado, febrero 21, 2026

Error de cálculo

 






He escrito y publicado que la derecha que más puede influir en México, así sea como mera imitación autóctona, forma un triángulo cuyo centro geográfico es el Atlántico. Sus ángulos lo forman EUA, España y Argentina. El avance en esos países de líderes cargados hacia la carnicería postneoliberal ha dado como fruto la llegada de Trump y Milei a sus respectivos gobiernos, y en España ha significado el avance de una derecha rancia, retrógrada y violenta encabezada por el partido Vox, cuyo líder es Santiago Abascal, a quien dicho sea de paso ha asesorado el Yunque, buque insignia mexicano convertido pues en nuestro segundo producto de exportación facha luego del éxito logrado por los legionarios de Marcial Maciel, su chilesuelto fundador.

Las políticas adoptadas por Trump y Milei no dejan espacio a las dudas sobre su filo antipopular. Ante tales políticas podemos asumir dos posturas: que se impondrán a marrazos o que no se impondrán gracias a la oposición que generen. En ambos casos, creo que la ultraderecha comete un error de cálculo. Si avanzan, la oposición a sus medidas no tardará en manifestarse incluso de manera violenta, lo que dará pie a reconsideraciones en sentido contrario, es decir, social y económicamente más moderadas; si son frenadas, se sentará un precedente que confirmará la pertinencia de la lucha social para impedir medidas y reformas regresivas.

En este momento se debate la aprobación de una reforma laboral a todas luces sádica en la Argentina de Milei. Probablemente sea aprobada por un congreso comprado/extorsionado, pero insisto: quienes la promueven han calculado mal. Ya en este momento hay protestas muy fuertes que se intensificarán apenas arrecien los despidos masivos y la caída en desgracia de los salarios y el consumo, además del crack de la industria apuñalada por importaciones indiscriminadas. La Argentina, no exagero, puede pasar al caos si Milei y sus secuaces, instruidos por el FMI, avanzan en la demolición del país.

Es casi un hecho que la reforma (presentada como “modernización” de la ley laboral) será impuesta, entre otras razones más generales, por lo que Ángelo Albanese, académico argentino del Conicet (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas) publicó con buen ojo en un apunte de twitter que tituló “La furia de los invisibles”: “La reforma laboral va a salir porque el laburante precarizado odia al trabajador formal. Así de simple y duro. Este es un resultado cultural que viene incubándose desde hace una década. Para ellos, tener una obra social o vacacionar son privilegios. El precarizado odia los retazos solidarios del Estado colapsando porque a ellos no los ayudó nunca nadie. Y eso es cierto.  Quisieran que la sociedad sea una jungla donde el individualismo sea una carta a su favor. Si siempre la pelearon solos creen, esperanzadoramente, que son más fuertes que otros trabajadores. Que son más duros que aquellos [que] vivieron arropados por aguinaldo o licencias médicas. Se sienten interpelados por la explotación porque no conocen otro régimen de vida. Creen que es injusto que el 30 o el 40% de PEA [población económicamente activa] que vive en la formalidad, no experimente la incertidumbre y la falta de posibilidades que ellos padecen. Quieren, también, revanchismo. Ese es un mérito de Milei, haber sabido seducir a ese sector. Un sector que, a su vez, detesta el discurso de justicia social porque vivió en carne propia cómo sus condiciones de vida vienen cayendo desde hace varios gobiernos atrás. En el abismo ven luz.  Pero es terrible, nos dirigimos a toda velocidad al abismo”.

Deseo ser optimista frente al desastre circundante porque creo que todavía quedan anticuerpos en la masa de los trabajadores no sólo argentinos, sino de muchos países que luchando a los tumbos o como sea han conseguido lo inimaginable hace algunas décadas: mejores salarios, jornada de ocho horas, vacaciones, derecho a la salud, aguinaldo, pensión… La Argentina es un laboratorio de la ultraderecha mundial: si allá talan derechos y no pasa nada, lo mismo harán otros países. Pero no funcionará, ahora mismo ya no está funcionando, pues luego de dos siglos de luchas de los trabajadores y trabajadoras en el mundo no será fácil para el poder fascistizado cercenar conquistas sin oposición popular.

En una entrevista reciente, Thomas Piketty señaló que “hay una marcha hacia la igualdad que viene de lejos, que es un fenómeno de largo plazo y que se nutre a veces de revoluciones, pero más generalmente de rebeliones, de peticiones de más igualdad”. Esas luchas que vienen de lejos no se borrarán nomás porque a un gobierno lacayo del poder financiero se le ocurra modificar leyes a conveniencia de unos pocos y desgracia de millones. El avance antiderechos laborales no lo veo, por ejemplo, tan fácil de ejecutar en México, y menos con el desastroso caso argentino tan a la vista. Lo mismo pienso que ocurriría en Chile pese a la llegada a la presidencia del nazi confeso José Antonio Kast, quien al parecer intentará emular en lo que se pueda a su vecino de la motosierra, aunque le será complicado, supongo que imposible, impulsar reformas cavernícolas como las argentinas.

La historia no ha caminado tan en vano. El experimento argentino terminará mal y entonces las trabajadoras y los trabajadores del mundo estarán advertidos y preparados para los hachazos que les quieran propinar en casa.

miércoles, febrero 18, 2026

Trabajo en un hilo

 












Si bien veo con pesimismo el avance de la ultraderecha que en occidente encarnan gángsteres como Trump (Partido Republicano, EUA), Milei (La Libertad Avanza, Argentina) y Abascal (Vox, España), percibo una salida a la bestialidad que proponen los discursos de estos sujetos. Es complicada, lo he dicho varias veces, sobre todo porque las inercias del mundo transitan hacia la disgregación y el embebimiento individualista. Alguna respuesta tendrá que darse, sin embargo, ante los embates que en el mundo desmoronan el trabajo como medio digno de vida allí donde se han establecido leyes para regular la relación obrero-patronal. México no es el paraíso en este rubro ni en ninguno, pero sin duda, como se dice para exagerar, casi es Suiza si lo comparamos con países que hoy avanzan hacia la desprotección total del trabajador.

En el fondo veo que el neocapitalismo global ha encontrado en la tecnología y sobre todo en la IA una serie de avances que poco a poco torna innecesario el trabajo humano. Sin que lo veamos muy claramente todavía, al mercado laboral le va sobrando mano de obra, y por ello la tendencia a la precarización, al abatimiento de cualquier prestación, a la destrucción del homo faber. El mundo transita hacia un colapso de millones de fuentes de trabajo, y por ello la urgencia de economizar con contratos temporales y facilidades para despedir y dejar en la calle.

El tipo ideal de trabajador que desea el “tecnofeudalismo” (así lo llama Yanis Varoufakis) es como el empleado de las “plataformas”: sin ninguna ventaja, él y su bicicleta contra el mundo. Mariano Recalde, político argentino especializado en estos asuntos, se ha opuesto a la reforma laboral de Milei, hoy en vías de aprobación; si cuaja, sería el primer gran experimento latinoamericano para hacer pomada los derechos de los trabajadores. Sintetizado por Horacio Verbitsky, al hablar de las chambas de los repartidores Recalde plantea la necesidad de una negociación colectiva que “establecería como piso el salario mínimo, seguridad social, licencias y protección contra el despido. El trabajador tendría derecho a conectarse y desconectarse libremente, respetando descansos legales obligatorios. La plataforma estaría obligada a informar cómo se asignan los pedidos, se evalúan las tareas, se pagan las comisiones y se aplican las sanciones, y debería atender al trabajador a través de una persona humana, para evitar bloqueos arbitrarios y resolver conflictos. La plataforma estaría obligada a capacitar al trabajador, proveerle elementos de seguridad, darle cobertura ante accidentes y enfermedades laborales, poseer estaciones sanitarias y de carga de energía. Debería reconocer al trabajador derecho al descanso, a vacaciones y a sindicalizarse, con posibilidad de afiliación desde la propia plataforma”.

Esto nomás respecto de los repartidores que hoy son un símbolo de la indefensión laboral. Por supuesto, sumarles derechos no será una iniciativa de quienes hoy los contratan, así que sin remedio estos trabajadores, y todos los demás, requieren de un Estado firme y la posibilidad de organización y lucha. Ahí está el detalle: primero, que el Estado sea sensible a los reclamos de justicia en el trabajo, y después, que los trabajadores sepan valorar colectivamente su importancia en la cadena de producción de la riqueza.

Por todo, es importante seguir atentos a la Argentina. Allá se libra esta semana el primer gran hachazo a los derechos laborales o la primera gran derrota de capitalismo financiero para sacarse de encima a los trabajadores que aspiran a algo más que un salario de supervivencia. Para bien o para mal, lo que resulte allá será ejemplo para los trabajadores en el mundo.

lunes, febrero 16, 2026

Ficciones argentinas

 












La semana pasada los senadores argentinos votaron la media sanción a una nueva ley laboral, que dicho de pasada es una ley criminal. Falta que la voten los diputados. Afuera del congreso se iba a formar una concentración de opositores a la nueva ley, pero antes de que esto ocurriera, aparecieron cinco o seis vándalos que a diez metros de los granaderos y de los camiones hidrantes armaron bombas molotov y las arrojaron hacia la policía. Un camión hidrante ubicado a veinte metros les disparó unos chisguetitos de agua que misteriosamente no dieron en el blanco de los parapetos de cartón, esto mientras los rebeldes encapuchados preparaban con paciencia china los artefactos explosivos y un dron de la televisora más influyente del país los grababa desde arriba como en la comodidad de un estudio. Tras lanzar algunos explosivos, los opositores radicales huyeron y entonces la policía comenzó a reprimir a todo aquel que se atravesara, con saldo alto de detenidos. Obviamente, los rebeldes de las molotov no fueron capturados.

La derecha argentina, siempre a la vanguardia en materia de brutalidad y construcción de escenarios falaces, usó a los “rebeldes” como pretexto para la represión. Lo malo es que a muchos les pareció (para mí lo fue, por su descarada obviedad) un montaje, una representación teatral perfectamente coordinada por la policía. La noticia ha seguido caminando y ayer las autoridades dieron con uno de los “terroristas” y tomaron esta foto de los artículos que guardaba en su ratonera. En la imagen destaca el pantalón caqui industrial con reflejantes, recién comprado y típico de anarquista. Estos productos ya son conocidos como el “terrorkit”. Les dejo la foto y un video de los rebeldes en acción con la crónica “periodística” que también fue parte del montaje.

Así es la Argentina de Milei, el engendro al que sigue los torcidos pasos de nuestro tío Richi.

En cuanto al video, pueden verlo completo o del minuto 9 al 14; queda clara la farsa de los cartones protectores, el embudo, las mochilas nuevas, el close up del dron, la paciencia para armar bombas in situ y sobre todo la baja potencia y la mala puntería de los camiones hidrantes. Esa simple teatralización de la policía sirvió para deshacer la concentración pacífica de opositores. Son unos genios de la represión. Aquí está el video:

https://youtu.be/lIhdf1YOnG0?si=ihVIvNnPbmmInBy0l

sábado, febrero 14, 2026

De la inercia ultra

 








El riesgo es ser acusado de conspiranoico, pero creo que no está el horno para omitir que sigue en marcha, a buen ritmo en su ejecución, un plan que combina todas las excrecencias del neoliberalismo luego de medio siglo reformateando la vida del planeta. El avance que hoy vemos en la nueva derecha global es desigual, obviamente no se da parejo en todos los países del mundo, pero tiene comunes denominadores más o menos recurrentes. Destacar tales avances, denunciarlos por cualquier medio, así sea en la mera sobremesa, es un imperativo de quienes no quieran sumarse a la demolición de lo poco que nos queda de libertad, igualdad y fraternidad, para decirlo con la triada de valores enarbolados por la Revolución Francesa.

Jamás cuajó, lamentablemente, la mencionada triada, pero es un hecho que, como lo muestran las constituciones del mundo, el ideal francés de 1789 ha sido la aspiración vertebral de las diversas sociedades empeñadas en pasar por civilizadas. Lo más cerca que se estuvo, y se está todavía en algunos países, del ideal libertad-igualdad-fraternidad es el del estado de bienestar, sistema que, grosso modo, supone al Estado como garante de lo básico para la ciudadanía. No como regalo, sino como resultado de una distribución más justa y basada en el trabajo dentro del capitalismo.

Desde hace cincuenta años, el llamado neoliberalismo comenzó a designar “comunismo” al estado de bienestar. Cualquier participación del Estado en la economía, cualquiera, por minúscula que fuera de iure o de facto, ha sido vista con encono por los ideólogos de la derecha: hay que demoler todo lo que huela a estatismo, no dejar ni un ladrillo de la nociva política de mantener parásitos y, al revés, alentar la bendita meritocracia. Casi no es necesario observar que cincuenta años después logró su propósito, pero no está saciado: hay que borrar, ya sin los eufemismos del pasado, los pocos vestigios de “comunismo” que siguen en pie, hay que desaparecer a los genéricamente designados “zurdos de mierda”.

Como al discurso de la nueva derecha mundial se le notan todas las costuras, es obvio que su método de trabajo ideológico consiste de entrada en identificar un enemigo. Pueden ser los corruptos, los inmigrantes, los narcotraficantes o, el que más unifica su postura, los comunistas, los “zurdos de mierda” que ya dije. No es gratuito que Salinas Pliego use ahora este rótulo para referirse al enemigo y contraponerlo a su ideal de “libertad”. Es puro mileísmo en clase turista. Pero puede aprender y, lo peor, puede lograr algo más que sólo aprender.

Esto que digo quizá suene excesivo, pero igual sonaba en 2022 que Javier Milei pudiera ser presidente de la Argentina, y ya sabemos lo que está pasando. Un tipo estrafalario, vulgar, cruel, a todas luces limitado y bobo, incluso sin los rasgos convencionales del político (como peinarse bien y hablar sin estúpidas muletillas) llegó a la presidencia. Si Trump lo logró, y conste que supera con creces la viscosidad del mandatario argentino, ¿por qué no podría lograrlo cualquier otro bestia en cualquier otro lugar del mundo? He aquí la ventana de oportunidad que ve Salinas Pliego: de usurero impenitente y evasor de cuello blanco ha pasado a convertirse en opción electoral para los mexicanos.

¿Por qué un tipo sin atributos e incluso sin carisma puede ilusionarse con gobernar a millones? ¿Qué aberración de la democracia permite esto? Las razones son muchas, como todo en la complejidad económica, política y social de los pueblos actuales. Nada en política, dice Strobl, se presenta en estado puro o acusa rasgos que podamos percibir con plena claridad, cierto, pero creo ver que la emergencia de sujetos como Salinas Pliego tiene relación precisamente con la noción gramsciana de la “batalla cultural”. Ahora no en un lugar específico, sino en el mundo. La nueva derecha hizo visible la tal batalla cuando ya la tenía ganada, o casi, o cuando sabía que llevaba una tremenda ventaja. Antes no. Antes la derecha sentía pena de serlo, de aceptar por ejemplo el racismo, el trabajo de los niños, la desregulación del empleo, incluso el narcotráfico. Por eso el meme que circula con frecuencia entre los progres: “Que ser de derecha vuelva a dar vergüenza”.

La batalla cultural, noción del comunista italiano Antonio Gramsci, propone que se gana no cuando la fuerza se impone, sino cuando se remacha una idea en la conciencia, cuando se logra alguna hegemonía sobre las ideas del otro, esto hasta convertir tal idea en “sentido común”, en algo que es de una manera y no puede ser de otra. Hoy, sobre todo, la batalla cultural se da en la prensa, la radio, la televisión y los medios digitales (principalmente en las redes sociales), y no es muy complicado saber cuál “sentido común” se impuso: el del consumo, el del mercado, el de la meritocracia individualista que infunde en los perdedores un “yo punitivo”, el resentimiento que busca venganza a como dé lugar; en suma, los votantes de la nueva derecha.

Digo pues que la batalla cultural ha sido emprendida no para ganar a un oponente vigoroso, sino para aniquilar lo que queda de estado de bienestar. Arreció además cuando, como dice el lugar común, la mesa estaba ya servida: una sociedad egocéntrica, sin nexos comunitarios, despolitizada, precarizada, adicta a las redes y con legiones de marginales jóvenes y no tan jóvenes, ciudadanos que han admitido acríticamente las propuestas antiEstado, “libertarios”, “pobres de derecha”, fascistas que no saben que son fascistas, desheredados que desean emparejar para abajo antes que organizarse y luchar para emparejar hacia arriba.

La brutalidad de los discursos que sintetizan El Mal de las sociedades en los “zurdos de mierda” no deja de asombrar a quienes imaginan la política como se entendió todavía hasta hace diez años, incluso menos. Los políticos heterodoxos a la manera de Trump, Bolsonaro o Milei no son, sin embargo, la anomalía, sino la consecuencia de un caldo de cultivo que los ha hecho posibles. Por eso mi noción de que la batalla cultural contra el “wokismo” es apenas la espuma del conflicto. Debajo de esa espuma se esconde la verdad de que casi todo se subsume en los intereses de quienes defienden “las ideas de la libertad”, como gusta decir Milei. En todo caso, la virtud del presidente argentino y sus laderos ha consistido en leer acertadamente el espíritu de los tiempos, y obrar en consecuencia. Nuestro Salinas Pliego quiere aprovechar esa misma lectura y avanzar en su propósito de demostrar que será el azote de los “gobiernícolas” para luego bendecirnos con el bienestar con el que ya bendice a su clientela de Elektra.

¿Queremos comprobar si la vulgaridad sintoniza con el nuevo electorado? ¿Nos gustaría verificar que la mentira electoral puede ser descomunal y aún así mantener una base significativa de votantes? ¿Deseamos ver cómo se comunica la ineptitud triunfante? ¿Apetecemos observar declaraciones y acciones horrendas sin consecuencias políticas? Si es así, Trump es el dechado de este tiempo. Yo conozco mejor el de Milei, monigote de Trump, clon bananero del mejor amigo de Jeffrey Epstein.

Milei tiene la capacidad de afirmar algo y su contrario en la misma frase. El concepto de congruencia no lo conoce, de suerte que en América Latina es el político con más archivos digitales en los que afirma algo que a la postre choca con lo que después él mismo hace o afirma. Este licuado de posicionamientos parece no afectar a su electorado. Mientras en un pasado no muy lejano era difícil que alguien, no sólo el político, cambiara de opinión como de calcetines, pues si lo hacía ponía en absoluto riesgo la firmeza y credibilidad de sus ideas y por ello la lealtad de sus seguidores, Milei afirma cualquier burrada con nulo control de esfínteres mentales. Habla con la serenidad de un economista que pasa por ducho ante los profanos pero nunca ante los economistas serios, se expresa a gritos destemplados con los que fustiga a sus enemigos, se desgañita para defender “las ideas de la libertad” y expele sin sonrojo consideraciones sexuales que bordean la perversidad. Es un monstruo de la contradicción, y si hasta hoy se mantiene en la presidencia es gracias a Trump, a quien le lustra los zapatos cada vez que viaja a la Gomorra de Mar-a-Lago.

Mircea Eliade dice en Lo sagrado y lo profano que “Nada vale tanto como el ejemplo, el hecho concreto”, de allí que se me ocurrió compartir una lista breve de aberraciones enunciadas por Milei, el arquetipo de nuestro Salinas Pliego. Tiene decenas de videos más, pero estos pocos buscan mostrar al tipo de político que desea venir a redimirnos.

Sobre la eliminación de ministerios

Con histrionismo hitleriano prometió aniquilar ministerios; hasta hoy va bien en esta promesa depredadora, aunque a varios no los desapareció, sólo los desfinanció para mantener a sus secuaces en la nómina:

https://youtu.be/fJFqjiB0GW0?si=vLekcqq8IKMLtUk2

Sobre el FMI

Lleva dos megapréstamos solicitados y varias renegociaciones de la deuda, todo opaco y al margen de su Congreso, pero este archivo deja ver las pestes que escupía sobre el FMI antes de ser presidente. Una joya:

https://www.facebook.com/reel/1815838419076780

Sobre los negocios con China

Esto decía sobre el gigante asiático antes de las elecciones, y después, ya presidente, lo que dijo cuando se enteró de que China es un país clave en la supervivencia de la Argentina. Noten la cara de estúpida seriedad que pone cuando dice “comunista” y la voz aterciopelada al declarar su aprecio a la "interesante" China:

https://www.facebook.com/reel/920506209958710

Sobre el aumento de los impuestos

Por supuesto, y además de que no ha controlado la inflación, ha subido impuestos pese a la promesa de no aumentarlos; es tan burdo que al final comete el furcio de decir “bajarlos”. Como sea, hasta ahora no se ha cortado ninguna mano:

https://www.youtube.com/shorts/HSQyg_Ak4Zw

La deuda del kirchnerismo

Antes de soñar con la presidencia llegó a decir, iracundo, que la deuda fue pagada por el kirchnerismo. Ahora el kirchnerismo es la causa de todos los males argentinos y del sistema solar:

https://www.youtube.com/shorts/-FQDeTXRqbg

Sobre Patricia Bullrich

Bullrich fue su ministra de Seguridad y hoy en su senadora. Es un ser repugnante que ha pasado por todos los partidos, una saltimbanqui nata. Su ideología es traicionar, estar sólo con los ganadores, como estuvo y está con Milei aunque él le dedicara estos lindos piropos:

https://www.youtube.com/shorts/jS3eHgxDFV4

Sobre los dólares escurriendo por las orejas

En la verborrea de Milei, dentro de algunos años a los argentinos —que se han hundido alarmantemente en su gobierno— les escurrirán dólares por las orejas. Cualquier hipérbole le sirve:

https://www.facebook.com/reel/1904051037164687

Sobre la mafia y sus bondades

Milei y sus huestes han sido financiadas por narcos, como bien lo sabe su amigo José Luis Espert, ya fundido por el escándalo. Ignoro por qué aceptaron los financiamientos, pero este video quizá nos brinde alguna clave:

https://www.youtube.com/shorts/ixFQlceO4g4

Sobre tasas de interés

Entre las oportunas respuestas de este presidente no se excluyen los balbuceos:

https://www.youtube.com/shorts/-xyWRwskKMc

Sobre el Estado pedófilo

Son frecuentes en Milei las metáforas epsteineanas, gestadas por una cabeza que tiende a la aberración:

https://www.facebook.com/share/r/1GXsUUY2AE/?mibextid=wwXIfr

Sobre la venta de niños

Esto es insólito, un homenaje a la memoria de Jeffrey Epstein. Pudo contestar con un simple “no”, pero su cabecita perturbada buscó un razonamiento. Un detalle: el periodista del saco gris se llama Antonio Laje y ahora lo defiende; claro, entonces era sólo Milei y ahora es el presidente:

https://youtu.be/XNdlI9zJN_I?si=o10CZBkZ9nHzYMkF

Sobre la venta de órganos

Aquí reflexiona (digámoslo así) sobra la pertinencia de que el benemérito mercado incluya la venta de órganos:

https://youtube.com/shorts/-UAXm_fnarw?si=9wF5-SI0nIKcV-lc

Sobre el Nobel de Economía que le darán

Su socio Demian Reidel, como lo señala el video, terminó alejándose años luz del segurísimo premio Nobel:

https://www.facebook.com/reel/792126459964220

Sobre la ignorancia de lo elemental

Es fácil exhibir a Milei. En esta diálogo, un entrevistador habitualmente acolchonado se atrevió a ir un poco más lejos. El presidente de la Argentina tiene menos calle que Venecia:

https://www.facebook.com/reel/1420899036095685

Sobre el tweet salvador

Cuando ya estaba casi ahogado ante las elecciones intermedias, Milei viajó a EUA para agarrarse de Trump, quien le regaló un tweet de apoyo que luego el mismo Milei llevó impreso para simular el gesto espontáneo. Es difícil imaginar una sumisión más bochornosa ante el mejor amigo de Epstein. Trump, por cierto, ni sabía que apoyaba para unas elecciones intermedias, no presidenciales. Un momento plenamente burdo:

https://youtube.com/shorts/B_qk35KZnsE?si=35Z4BCV5yTOScxMf

Sobre el río contaminado

Sabido es que Milei es un negacionista de todo lo que apeste a wokismo, por eso no acepta la idea del calentamiento global. Así habló alguna vez este estadista sobre la contaminación de un río. Cuál problema:

https://www.facebook.com/reel/820970844336535

Sobre su autopercepción como gobernante

En el siguiente video se aproxima con lucidez a la definición de sí mismo:

https://www.facebook.com/share/r/1Dd9RsPkBy/?mibextid=wwXIfr

Se podrá decir que sólo son palabras, declaraciones, retórica de un presidente que no pasa de allí, de la mera declaración, del exabrupto de clown. Lamentablemente no es así en este caso, pues la acción concreta de Milei ha hundido en dos años la producción, el empleo y los salarios, ha desfinanciado la obra pública en salud y educación, ha incrementado los servicios públicos básicos y obviamente la inflación, ha creado un protocolo para reprimir la protesta y espiar opositores, ha filtrado millones de dólares en los bolsillos de sus amigotes financistas, a participado en estafas internacionales como la perpetrada hace exactamente un año con la criptomoneda Libra y, en general, ha convertido al Estado en un cascarón del cual se beneficia sólo un segmento ínfimo de la sociedad, la oligarquía nativa que lo apoya porque, pese a todo, Milei garantiza el sometimiento de la mayoría que nació para callar y obedecer. Si se ha sostenido hasta ahora en el poder, es nada más por el apoyo de su tótem Trump, a quien el león argentino le lame los zapatos cada vez que es invitado a las exclusivas fiestas de Mar-a-Lago donde le han concedido premios por su entreguismo sin atenuantes.

Este es el tipo de político que vendrá a salvar a la humanidad. Con los matices que son del caso, atribuibles a la personalidad de cada uno, Santiago Abascal en España y Ricardo Salinas Pliego en México quieren emular al peluca Milei, tener la puerta abierta a decir y destruir lo que sea. Más vale que la sociedad lo medite un millón de veces antes de que sea demasiado tarde.

miércoles, febrero 11, 2026

José Luis Herrera, in memoriam

 







La etapa de mi juventud literaria creo que fue la última, y acaso la única, en la que se dio una convivencia más o menos frecuente no de todos, pero sí de muchos escritores y aspirantes a escritores laguneros, sobre todo de Torreón. Ocurrió entre las décadas de los ochenta y noventa, si es que este recuerdo no es una exageración o una idealización condicionada por mi nostalgia y esa tendencia manriqueana a pensar que todo tiempo pasado fue mejor. Por supuesto que aquella no era una reunión orgánica, compacta y coordinada, como si hubiéramos formado un sindicato de escritores o algo parecido, sino una frecuentación determinada por el azar y la tendencia a coincidir en actividades literarias celebradas en los recintos culturales del centro de la ciudad.

Era lógico, pues casi todos vivíamos, cuando mucho, hasta la colonia Jacarandas en el nororiente y hasta la Diagonal Reforma en el suroriente. Además, no había internet y todavía con un trabajo alcanzaba para paliar las necesidades básicas. Disponíamos pues de tiempo, y así los viejos y jóvenes escritores nos veíamos seguido en las presentaciones y en las mesas redondas, que por otro lado no eran esporádicas.

En aquel mundillo de gente literaria conocí a José Luis Herrera Arce (Torreón, 1950-2026), quien recién murió y aquí lo recuerdo. Es así porque siempre fue conmigo un tipo amable, un atento conversador y en su momento uno de los escritores más decididos a encarar entre nosotros, con plena voluntad, la tarea de escribir y difundir su obra. Donde quiera que me lo topaba (la última vez ocurrió hace como tres años en una presentación en el teatro Garibay) era reiterativo en su pregunta: “¿Qué has publicado últimamente y qué estás escribiendo?” Sé, y lo comprobé varias veces, que leía mucho y que ponía especial atención en los escritores locales. Siento que estaba pendiente de lo que publicaban los jóvenes (yo lo era en aquel momento) por genuina curiosidad y porque de alguna manera intentaba empatar con el clima de época que soplaba para la narrativa.

Publicó varios libros y creo que fue, entre los escritores que traté, el más empeñoso en difundir su trabajo, en venderlo. Por un defecto de fábrica, lo habitual es que los escritores no sepamos vender nada, ni nuestro trabajo, y que venderlo incluso dé vergüenza; José Luis fue, al contrario, de los pocos que navegaron a contracorriente del defecto que por ineptitud o pena impide al escritor imaginar su obra como objeto comercial.

Otro espacio donde coincidí frecuentemente con José Luis fue el universitario. Nos topábamos para el diálogo amable aunque veloz en los pasillos de la Ibero Torreón, donde dio clases durante muchos años. Él también fue profesor por décadas de la UAdeC. Su padre, Emilio Herrera, fue columnista local durante muchos años, y el mismo José Luis colaboró en espacios periodísticos durante algunas etapas de su vida. Fue condiscípulo en la Pereyra de mi amigo Sergio Antonio Corona Páez, quien lo apreciaba.

Publicó las novelas y cuentos La fábrica del bicho (1994), El ocaso de los días difíciles (1992), Jazz al piano (1993), ABC mujer (1996), Psst (1993), Cuentos para jóvenes (2002) y Los 10 niveles. Novela para niños (2003). Lo evoco aquí con respeto y afecto. Descanse en paz José Luis Herrera Arce.

sábado, febrero 07, 2026

Fervor en los muros napolitanos

 











Una celebración personal de este 2026, diría que íntima si me apuran un poco, es la del cuadragésimo aniversario del mundial 1986. No tanto por el torneo en sí, sino porque aquel año me permitió admirar la más alta práctica de un deporte con el que tengo buena relación desde la infancia. Cierto que se ha difuminado la pasión del pasado, el placer de ver uno o dos partidos por semana, pero el gusto sigue allí, latente en mi interior. Ahora casi no veo nada, pero el algoritmo sabe que no me desagrada todo lo que pone a merced de mi consideración sobre Diego Maradona. A él me refiero cuando digo que hace cuatro décadas vi en televisión al jugador más hipnótico que no había visto antes y no he vuelto a ver después de ese mundial. El 10 de Argentina fue en aquel momento el único jugador que no era posible detener ni a patadas, las decenas de patadas que ciertamente recibió en las canchas de México.

El Diez: Maradona y Nápoles, la historia de amor más bella entre un futbolista y una ciudad (2025, s/e, 64 pp.) es un breve libro del italiano Giulio Famiglietti. Su propósito es describir la relación sugerida en el largo subtítulo, una relación que hoy, luego de tanto tiempo, lejos de desvanecerse se ha consolidado hasta formar una dualidad indisoluble: Diego es Nápoles y Nápoles es Diego. Tanto es así que desde hace varios años una buena parte del turismo que llega a Nápoles lo hace como quien recala en un santuario religioso: para recorrer los testimonios del fervor callejero heredado por la presencia del jugador que les dio campeonatos y orgullo frente al poderoso norte de Italia que minusvaloraba al sur napolitano en todos los rubros de la vida, no sólo en el futbolístico. El pequeño libro de Famiglietti da fe de aquella fe, la fe por Diego en Nápoles, una fe que en realidad es admiración, pero que se confunde con la adoración que habitualmente se deposita, al menos en la cultura católica, a la iconografía sacra.

Como este año cumplo cuarenta de admirarlo no hasta llegar a la fe religiosa, que no tengo, pero sí por su peculiaridad humana no exenta de defectos, en 2026 he decidido leer y si se puede comentar algunos libros sobre Diego, que por cierto no son pocos. El primero será este, El Diez, que desde el arranque de sus elocuentes diez capítulos se autodefine como “una carta de amor”, más que como documento sobrio con olor a reportaje o crónica, que es lo que es. Dice el autor: “Esta es la historia de cómo un hombre, con magia en los pies y fuego en el corazón, cambió una ciudad para siempre. Y cómo esa ciudad, a cambio, lo hizo inmortal”. Y lo que ya señalé: que la amalgama del personaje y la ciudad terminó por integrarse hasta crear un todo compacto, por esto “verás el rostro de Diego pintado en las paredes, su nombre susurrado en los callejones, velas encendidas bajo su imagen como si fuera una especie de figura sagrada”.

La declaración “de amor” avanza cronológicamente luego de su introducción. Así, Famiglietti recuerda el amanecer de la devoción, cuando se esparció el rumor de que Corrado Ferlaino, presidente del club, estaba intentando sacar a Diego de Barcelona para arrimarlo a las faldas del Vesubio. Como sabemos, el argentino no tuvo mucha fortuna con los blaugranas, lo que incluyó una lesión artera del tobillo, y al llegar a Nápoles se llenó el estadio sólo para presentarlo. Allí comenzó todo, aquel contrato “Marcó un ‘antes’ y un ‘después’ definitivo en los anales de la historia napolitana”.  Y conste que se refiere a la historia de la ciudad, no sólo a la del equipo.

Para muchos fue insólito que el mejor jugador de aquel momento aceptara jugar en el sur italiano. Todo mundo sabía que los equipos poderosos figuraban de Roma hacia el norte en la bota del Mediterráneo. “El Napoli, por el contrario, era el eterno desvalido, un club que rara vez amenazaba la cima, a menudo luchando por el descenso, un reflejo de una ciudad que se sentía perpetuamente ignorada, incomprendida y económicamente asediada (…) Los estereotipos, afilados como puñales, calaban hondo: perezosos, caóticos, criminales, pobres”. Pese a esto, o quizá porque el reto parecía un disparate cósmico, Diego aceptó. Para Nápoles, “Diego fue más que un fichaje; fue una segunda venida. Fue la manifestación física de sus deseos más profundos, la profecía no escrita finalmente cumplida. Fue el elegido, enviado para sacarlos de las sombras, para desafiar a los poderosos y para guiarlos hacia una gloria que solo habían osado susurrar en sus sueños más salvajes. La lucha por la redención de Nápoles había comenzado de verdad”.

Con algunas pinceladas sociológicas, el autor subraya el contexto de adversidad al que fue a parar el recién contratado. Como si fuera una calca aumentada de su infancia en Lanús, el salvador encaró su desafío: “la conexión de Maradona fue más allá de los orígenes compartidos y un estilo de juego extravagante. Se convirtió en el escudo de la ciudad, su voz desafiante contra el racismo persistente y feo que se pudría en los estadios italianos”, y enunció una frase que apuntaló la afinidad: “Quiero convertirme en el ídolo de los niños pobres de Nápoles, porque son como yo era en Buenos Aires”. Y otra semejanza, quizá la más fuerte y visible: “Era imperfecto, humano y maravillosamente imperfecto, al igual que la propia Nápoles”.

Los triunfos finalmente llegaron, el equipo azul celeste conquistó campeonatos de la mano de Diego, y entonces la devoción se convirtió en peligrosa euforia. Tal fervor tenía un costado destructivo: “Maradona, el hombre más famoso del planeta, no tenía vida privada en Nápoles (…) Estaba atrapado por su propia popularidad, incapaz de escapar a las implacables demandas de una ciudad que lo amaba con una intensidad aterradora y que lo consumía todo”. En el contexto del encierro, sumado a las relaciones torcidas que nunca faltan en medio de la fama, apareció la droga y el castigo, pero el “núcleo del amor de Nápoles por Maradona permaneció inquebrantable. Ellos entendían la lucha, entendían la fragilidad humana, quizás mejor que cualquier otra ciudad”.

Hoy, señala Famiglietti, “El mito de Maradona se ha convertido en un potente imán para el turismo. Visitantes de todo el mundo, no solo fanáticos del fútbol, acuden a Nápoles específicamente para experimentar la devoción única hacia Diego. Vienen a deambular por los Barrios Españoles, a tomar un café en un bar adornado con sus fotos, a comprar una camiseta con el número 10 a un vendedor ambulante”. La ciudad terminó, cuatro décadas después, confundida con el jugador. Nunca pasó esto en ninguna otra urbe del mundo. Por ello tras su muerte, como colofón de la película, en las paredes de Nápoles apareció el graffiti necesario: “Maradona non muore mai”, Maradona nunca muere.

miércoles, febrero 04, 2026

Neoemperadores en acción

 







Leo y escucho desde hace varios años a Jorge Alemán (Buenos Aires, 1951), psicoanalista, politólogo y escritor argentino radicado en Madrid, y desde esa misma cantidad de tiempo advierto que se vienen cumpliendo sus feos pronósticos respecto de la reconfiguración del mundo en las décadas recientes. Alemán publica artículos y libros, pero también es invitado frecuente en programas de radio e internet. Ahora que vemos en plena acción a Trump —el peor ser humano del mundo en este momento— y a sus laderos periféricos, escuché una entrevista radiofónica a Alemán y no resisto la tentación de transcribir un fragmento:

“Se ha construido desde hace un tiempo (…) una internacional de ultraderecha que solamente estaba en condiciones de producirse si previamente no hubiera contado en la población con una serie de nuevos elementos que fueron el resultado de muchos años de trabajo, de destrucción de la memoria, de desaparición del trabajo fijo, de aumento de las desigualdades, de la concentración de la riqueza y, sobre todo, un empuje del cuentapropismo y de las soluciones individuales que empezaron a generar sentimientos antiestado, antinmigración, antiexperiencias populares. Bueno, todo eso fue coagulando de tal manera que, por supuesto, no vienen de la nada, han crecido y están creciendo de manera exponencial. (…) Son, los he designado así, neoemperadores, tipos que se han repartido las zonas de influencia y sobre esas zonas tienen derecho a todo”.

Los neoemperadores pueden aplastar derechos, reprimir a la población, participar en las orgías de Epstein, promover estafas, bombardear e invadir países, amenazar con aranceles, inventar cuerpos parapoliciales que operan al margen de la legalidad, modificar leyes, saquear. Nada los contiene, nada los limita, sobre todo porque además ostentan el monopolio de la manipulación. En efecto, los grandes sistemas de comunicación actuales funcionan como oráculos, orientan la información y crean caos, rompen lazos sociales y con algoritmos hunden en la dictadura de la banalidad y el consumo a las masas pulverizadas en el mapa del planeta.

Imposible imaginar cómo estará todo en 2050, un año que hoy tiene apariencia de ser “el futuro”. Pero con Trump y su gavilla en acción para qué pensar en tanto: imposible imaginar este 2026, el porvenir inmediato.

sábado, enero 31, 2026

Las palabras y los signos

 








El diccionario académico da una sola definición a la entrada “negacionismo”: “Actitud que consiste en la negación de determinadas realidades y hechos históricos o naturales relevantes, especialmente el holocausto”. Como cualquier definición, esta podría ser mejorada para adaptarla al sentido actual, que llega hasta el adjetivo “históricos” de la cita, aunque también podría ser menos eufemística y cambiar el adjetivo “relevantes”, porque negacionista es quien niega ciertas realidades relevantes ocurridas en el pasado, pero relevantes en función de las atrocidades perpetradas por un gobierno o grupo político. Así entonces, alguien no es negacionista porque niega que tal o cual gobierno haya aumentado el impuesto predial o haya construido una escuela en lugar de una carretera, sino porque torturó, mató y desapareció, es decir, porque perpetró crímenes de lesa humanidad. Esto es ser negacionista.

España es un país que por su pasado reciente mantiene una permanente tensión entre negacionistas y “afirmativistas” (propongo este neologismo por mera analogía). El meollo del debate es, lo sabemos, la Guerra Civil, el franquismo y su política de aniquilación a quienes eran mínimamente sospechados de rojos. En los meses que corren, dos efemérides han atizado la rivalidad discursiva: por un lado, el cincuenta aniversario de la muerte de Franco (el 20 de noviembre pasado) y el noventa aniversario del inicio de la Guerra Civil (el 17 de julio de este año). Explicado de manera harto esquemática, se enfrentan dos trincheras: del ala izquierda, el PSOE (que gobierna) y Podemos (con sus dos voceras principales: Ione Belarra e Irene Montero), más Gabriel Rufián, de Ezquerra Republicana de Cataluya; y del otro, la derecha que es oposición en el PP encabezado por Alberto Núñez Feijóo e Isabel Díaz Ayuso, y la cercanía, aunque más a la derecha, de Vox con personajes como Santiago Abascal, Pepa Millán y José María Figueredo. Por supuesto que se trata de un esquema simplista, pero creo suficiente para dibujar desde lejos la polaridad ideológica de la España actual.

En la semana que termina se manifestó con particular intensidad la polémica sobre la valoración de la Guerra Civil. Se debió sobre todo a que David Uclés, un joven escritor y músico andaluz, autor de La península de las casas vacías, novela que en las últimas semanas ha vendido miles de ejemplares, declinó participar en Letras de Sevilla, un encuentro cultural convocado por la Fundación Cajasol con la coordinación de dos escritores: Arturo Pérez-Reverte y Jesús Vigorra. Uclés grabó un video para decir que no participaría en la XI edición de Letras de Sevilla porque en la lista de participantes aparecían José María Aznar e Iván Espinosa de los Monteros, ambos políticos claramente ubicados a la derecha o poco más allá de la derecha: Aznar es orgulloso hijo de un falangista, y Espinoza es uno de los fundadores de Vox, partido que, entre otras ideas políticas convenientes a la oligarquía española, abraza férreamente la del negacionismo.

Tras la decisión de Uclés, otros escritores se bajaron del barco y comenzaron a poner énfasis en el nombre del festival: “1936: La guerra que todos perdimos”. Las palabras nunca son inocentes, y muchos vieron en esto una sutil intención de equiparar (“todos perdimos”) a los derrotados republicanos con los vencedores y ensañados franquistas. Ante esto, Pérez-Reverte y Vigorra publicaron una carta en la que exponían las razones para la posposición de LdeS; desde su primer párrafo son elocuentes: “La intención expresada en las redes sociales por grupos de ultraizquierda, proponiendo manifestarse de forma violenta ante el lugar donde está previsto celebrar la XI edición de letras en Sevilla (‘1936: ¿La guerra que todos perdimos?’) la semana próxima, nos hace aconsejar a Cajasol que aplace hasta nueva fecha los debates anunciados. Tal es el resultado de una campaña intolerable de presiones que desde el partido Podemos y medios afines se ha estado ejerciendo sobre algunos de los participantes, a fin de hacerles renunciar a su intervención en unas jornadas cuyo contenido éstos conocían perfectamente y cuya asistencia habían confirmado hace meses sin plantear objeción alguna”. No es necesario destacar que escribir “de ultraizquierda” fue preparar el terreno con una exageración que en teoría hace persuasivo todo lo que sigue: si lo dice la “ultraizquierda”, los malditos zurdos, malo debe ser.

Con columnas, artículos, declaraciones y torrenciales comentarios en las redes se desató en España un tsunami de opiniones a favor y en contra de los bandos. “Todo empezó con un título gloriosamente blanqueador: ‘1936: La guerra que todos perdimos’. Qué bonito, ¿verdad? Un intento de abrazar en la misma frase a golpistas y fusilados, a verdugos y víctimas, diluidos en una melancolía común, como si fueran igual de culpables Yagüe o Queipo que los asesinados en Badajoz o en Andalucía, como si cupieran en el mismo saco los asesinos de García Lorca y el poeta”, escribió Paco Arenas.

Un detalle que muchos “ultraizquierdistas” no pasaron por alto fue el uso tardío de los signos de interrogación. “1936: La guerra que todos perdimos” apareció en la carta de Pérez-Reverte como “1936: ¿La guerra que todos perdimos?”. Cuando saltó el detallito, el escritor sostuvo que la falta de los signos fue un “error de maquetación”, con lo cual terminó en el autogol, pues ese simple rasgo tipográfico da por hecho que a destiempo advirtieron el “todos perdimos” a secas como una barbaridad negacionista, una equiparación cínica para lavar un poco las manos ensangrentadas del franquismo.

Por otra parte, con o sin signos de interrogación, el sindicalista Diego Cañamero expuso que la guerra “la perdimos niños como yo que tuvimos que ponernos a trabajar a la edad de 8 años porque el hambre golpeaba en nuestros estómagos cada minuto del día, la perdieron los que fueron fusilados en paredes de cementerios y cunetas, la perdieron los que fueron a las cárceles, los que se quedaron sin padres, los que no tenían un trozo de pan que llevarse a la boca, la perdieron los que defendieron el gobierno democrático de la República... Así que, señores Reverte y Cajasol, el título de dicho acto es insultante, por eso quiero, desde esta página, felicitar a los conferenciantes que se han negado a participar en dicha jornada”.

Las palabras nunca son inocentes, dije hace algunos renglones. Amplío: ni los signos.