jueves, mayo 07, 2026
Diálogo en Monterrey
miércoles, mayo 06, 2026
Cómo comprar un libro
Por supuesto que el título de
manual que exhibe esta entrega es sólo un gancho, el gancho habitual de lo que
quiere ser leído. Nadie sabe con exactitud cómo comprar un libro literario,
aunque es evidente que un lector más o menos entrenado no se guía sólo por las conversaciones
de sobremesa para interesarse en un volumen y luego ir a comprarlo. Un lector
ya no digamos experto, pero sí cuidadoso de sus adquisiciones, toma en cuenta elementos
que en general no son atendidos por el lector esporádico o meramente ocasional,
aquel que compra un libro cada que ocurre el milagro de que lo seduzcan con algún
detalle digno de su más recóndito interés. Digamos que aquí, en estos
renglones, no voy a pensar en ese lector complicadísimo, sino en alguien que no
es voraz de libros pero sí siente el apetito de comprar y leer con alguna voluntad
de esas que se apagan y de repente se reencienden, como la voluntad de las
dietas.
El lector más o menos suspicaz en el que estoy pensando, un lector que cuida sus pesos pero no al
grado de incurrir en la cicatería, toma en consideración, primero, el aspecto
del libro, la editorial que lo produjo. Digo esto para advertir sobre todo que
los libros de autores extranjeros clásicos (digamos Shakespeare) se nos aparecen con
innumerables sellos editoriales. No todos son lo mismo. De preferencia, por
ejemplo, debemos considerar que sea una buena traducción y que tenga algún mínimo
aparato crítico, como introducción y notas. En español, un caso de buenas
ediciones de clásicos lo hallamos en los libros de Cátedra, pero hay muchos, aunque
menos que ediciones chafas.
Siempre al comprar un libro es recomendable leer los paratextos: título, autor, texto de contratapa, solapa, prólogo... Todos estos ingredientes añaden algo, así sea poco, a la valoración del libro antes de comprarlo. Un método muy útil para tener mejor idea sobre el libro y el autor es rascar un poco al internet. No falta, cuando el escritor tiene un mínimo camino recorrido, que encontremos opiniones, reseñas. A veces no son muy favorables, y eso puede desalentar la compra, pero esto no debe ocurrir necesariamente así. Luego de indagar lo que ya dije, tanto en la búsqueda presencial como en la pesquisa en línea es pertinente leer un poco. Mi método fuerza explorar algunos párrafos del principio y, si se puede, unos cuantos aleatorios más. Si en la librería el libro tiene celofán, hay que solicitar quitárselo. Este es un derecho del lector antes de hacer su compra. En las ventas en línea las editoriales suelen darnos un adelanto de páginas muy útil. Lo que sigue para tomar la decisión de compra queda aquí en último lugar, aunque en realidad puede ser lo más importante: el precio. Esto merece otras consideraciones que por ahora no hago para no agüitarlos.
lunes, mayo 04, 2026
Ciclo sobre futbol
El miércoles 13 de mayo
estaré en Monterrey para participar en la segunda mesa de este ciclo. Me dará
mucho gusto conocer a y dialogar con Víctor Barrera, a quien he leído y admiro
por la pasión con la cual ha tratado un tema que también me apasiona: Alfonso
Reyes. En fin: será un gusto ver de nuevo el Cerro de la Silla y conversar en
el Museo de Historia Mexicana.
Muchas gracias a Gabriel Contreras por el contacto y la invitación. En esta liga pueden encontrar más datos sobre el ciclo.
sábado, mayo 02, 2026
Norbert Elías y la vejez actual
He
infligido una segunda lectura a La
soledad de los moribundos (FCE, México, 2018, 139 pp.) y sigo creyendo que
se trata de una reflexión muy interesante para pensar en un fenómeno que
comenzó a definir su rostro actual en los ochenta, casi cuando se dio la
primera edición de esta obra (1982). Tal fenómeno es la defensa de la juventud
o de la apariencia de la juventud y el rechazo a su envés: el aspecto de
envejecimiento y lo que supone ser en verdad viejo. El autor del breve libro es
Norbert Elias (Breslavia,
Imperio Alemán, 1897-Amsterdam, Países Bajos, 1990), sociólogo de quien el
Fondo en México ha publicado al menos dos libros individuales más: El proceso de la civilización y La sociedad cortesana.
Luego
de aquel primer acercamiento, sancoché rápido un comentario para la columna. La
reseña, forzosamente sucinta por el espacio disponible del diario, me dejó la
sensación de que el libro de Elias requería mayor abundamiento, pues anunció
con transparencia lo que sobrevino poco después, como ya señalé: el fenómeno
que dio como resultado un sujeto social hasta ahora desconocido al que de modo
popular aquí conocemos como “chavorruco” (llamado así por los mexicanismos
“chavo”, joven, y “ruco”, viejo). El trabajo del sociólogo explora
el pasado en la percepción de la muerte y percibe y destaca los cambios que al
cierre del siglo XX se perfilan en la mirada social de la gente en cuanto a la
finitud y su preámbulo, la vejez. Logra detectar el rasgo más saliente del
momento que vivimos: la urgencia y hasta la desesperación por blindar el
presente ante los estropicios del tiempo, una actitud casi paranoica que hoy se
manifiesta incluso a muy temprana edad, en jóvenes de treinta años o poco más
que a esa edad comienzan a sentirse acosados por el desgaste físico y obran, no
sin estrés, en consecuencia con impertinentes dosis de bótox.
Por
supuesto que no es objeto de este apunte dar idea cabal de las observaciones de
Elias en La soledad de los moribundos,
sino sólo proponerlo como dinamo de nuestra propia reflexión sobre la vejez y
la muerte que nos atañe en tanto seres conscientes de nuestra circunstancia. El
prólogo de Fernández Christlieb resume en un párrafo las ideas fuerza en la
reflexión del autor, las respuestas que el ser humano ha interpuesto para
“defenderse” de la muerte: “Hay
cuatro posibilidades según Elias: usar la forma más antigua que es pensar que
existe una vida posterior; reprimir la idea de la muerte; pensar que otros
mueren pero uno no y una última, que el autor puso en práctica los últimos
cuarenta años de su vida: mirar de frente a la muerte”.
El sociólogo escribió el libro cuando tenía 85 años, sabía que su tiempo se
agotaba y compartió su reflexión sobre la vejez y la muerte en las sociedades
antiguas y la actualidad: “Refiere que entre los
caballeros del siglo XIII un hombre de cuarenta años era casi un anciano,
mientras que en las actuales sociedades industriales esa persona sería un
joven”.
En efecto, Elias destaca que por el tamaño de las sociedades pretéritas la gente vivía apiñada en colectividades como tribus, clanes y pequeños conglomerados de diverso tipo, lo que aseguraba la visibilidad de la muerte para todos, incluso los niños. Agonizar y morir podían ser procesos dolorosos y poco o nada salubres, pero en general la vida acababa para el moribundo rodeado por los suyos. Esto cambió con el paso de los siglos, según Elias: “Con el desplazamiento hacia las ciudades y la institucionalización de la salud los viejos adquieren protección estatal pero pierden calidez en la convivencia. Si llegan a asilos o permanecen en sus casas viven una exclusión de la vida normal, se les aísla del resto de la sociedad. Es justamente el aislamiento emocional una de las principales características del proceso de envejecimiento en las sociedades avanzadas”.
Otro rasgo de las sociedades antiguas era la
posibilidad siempre cierta de que aflorara la violencia en cualquier momento y
lugar. Hoy suponemos que nuestra muerte se dará en un lecho, de manera natural.
En otros momentos de la historia, la fuerza física y las diferencias de edad,
religión, raza, sexo provocaban que la muerte ocurriera en cualquier momento.
En las sociedades más desarrolladas ha sido mitigado, pero no desterrado, el
miedo a morir abruptamente, de ahí que siga vivo el apego a una idea de trascendencia:
“Es evidente que no existe idea alguna, por extraña que parezca, en la que los
hombres no estén dispuestos a creer con profunda devoción, con tal de que les
proporcione alivio ante el conocimiento de que un día ya no existirán, con tal
de que les ofrezca la esperanza en una forma de eternidad para su existencia”.
Casi no pensamos en el pasado como un tiempo
ciertamente atroz. El avance civilizatorio, observa Elias, no ha echado por
tierra el vandalismo o acabado con lastres como las epidemias, pero el grado de
desarrollo alcanzado en estos dos aspectos es innegable. Por un lado, se ha
conseguido la “monopolización relativamente eficaz de la violencia física”, que
castiga el comportamiento destructivo, y, por otro, la ciencia ha dado pasos
extraordinarios que aseguran una extensión promedio de la vida más allá de lo
que imaginaron otras generaciones. Esto lleva al autor a asegurar que “En los
Estados nacionales más desarrollados, la seguridad de las personas, su
protección frente a los más rudos golpes del destino como la enfermedad y la
muerte súbita, es considerablemente mayor que en épocas anteriores, quizá mayor
que en toda la historia de la humanidad”.
Elias subraya que a la par de lo anterior, y
motorizado desde el individualismo Renacentista, se ha dado una especie de
paulatina secularización de la vida cotidiana que tiende al laicismo y a
difuminar, sin anularla del todo, la idea de trascendencia o inmortalidad. El
tiempo terrenal, poco a poco, ocupa mayor interés en la vida humana, y la
garantía de seguridad social y salud apalancada en la ciencia han propiciado
una especie de evasión. Los moribundos, léase los viejos, han pasado a
colocarse tras un muro, pues son un recordatorio ingrato para quienes todavía
están vivos: “Nunca antes, en toda la historia de la humanidad, se hizo
desaparecer a los moribundos de modo tan higiénico de la vista de los
vivientes, para esconderlos tras las bambalinas de la vida social; jamás
anteriormente se transportaron los cadáveres humanos, sin olores y con tal
perfección técnica, desde la habitación mortuoria hasta la tumba”.
Individualismo, secularización, monopolio de la
violencia, participación del Estado, evolución de la ciencia y obsesión
hedónica han sido la mezcla de elementos que marginan al viejo reacio a participar
en lo lucha por no parecerlo. El afán impuesto hoy, razón de fondo que ha
propiciado la propagación de los chavorrucos, es la defensa de la juventud como
valor irrenunciable: “La idea de la implacabilidad de los procesos naturales se
suaviza con el conocimiento de que también son controlables. Hoy más que nunca
puede esperarse aplazar la propia muerte gracias al arte de los médicos, a la
dieta y a los medicamentos. (…) En ningún momento anterior de la historia de la
humanidad se ha hablado tanto, a todo lo ancho de la sociedad, de métodos más o
menos científicos para prolongar la vida”.
El estrés que ahora provoca envejecer, el
esfuerzo por mantener una apariencia lozana a cualquier precio y la lucha
despiadada contra la decadencia propia que crea pánico, en cierto punto deben
tener fin. ¿Habrá valido la pena ese combate contra la naturaleza? Cada quien
debe apropiarse una respuesta. Obviamente, y esto lo comento de pasada como
tema que merece exploración aparte, el fomento de la juventud a rajatabla es,
como casi todo, un negocio, un gran negocio, y no es casual que la
multiplicación de los chavorrucos se haya dado a la par del proceso económico
neoliberal, que todo lo convierte en consumo. La vejez actual tiene, por ello,
dos filos: uno benéfico (se extiende la vida, se mejora la salud en la edad
avanzada) y otro traumático (por más que nos opongamos con estrés y gastos, el final llegará).
La
soledad de los moribundos
termina con palabras que sin duda pueden servirnos para estar preparados,
tengamos o no espíritu de chavorrucos: “No abre ninguna puerta [se refiere a la muerte]. Es el final de un ser humano. Lo que sobrevive
de él es lo que ha conseguido dar de sí a los demás, lo que de él se guarda en
la memoria de los otros. El ethos del
homo clausus, del hombre que se
siente solo, tocará pronto a su fin cuando deje de reprimirse la muerte, cuando
se incluya este hecho en la imagen del hombre como una parte integrante de la
vida”.
Cómo último comentario, recuerdo que hace dos
años tuve noticia del libro Un instante
eterno. Filosofía de la longevidad (Siruela, 2021, Madrid, 202 pp.), del
filósofo francés Pascal Bruckner (París, 1948). A mi juicio es también un gran
documento, dado que dialoga con el libro de Elias al actualizar la mirada sobre
la vejez que nos atañe directamente, pues es un libro escrito y publicado casi
ayer, en esta era de jeans rotos,
tenis blancos y gimnasios abarrotados de clientela convencida de su lucha
contra los estragos del reloj y los malos hábitos que abrevian el disfrute de
la única vida que tenemos.
Sólo para sacar tentación, cito uno de sus
párrafos de arranque: “Qué contraste con nuestros tiempos, cuando cualquier
adulto trata de forma desesperada de mostrar los signos externos de la juventud,
practica la confusión de disfraces, lleva el pelo largo o vaqueros; cuando las
propias madres se visten como sus hijas para anular cualquier brecha entre
ellas. En el pasado, la gente vivía la vida de sus antepasados, de generación
en generación. Ahora los progenitores quieren vivir la vida de sus
descendientes”.
Cada quien, en suma, sabrá cómo encara su vejez, si lo hará ceñido a la propuesta radicalizada del mercado que modela comportamientos de consumo o cuidará su salud con la prudencia necesaria y sin renunciar del todo a una vejez que parezca eso: la etapa en la que ya estará cerca el fin, el inevitable cierre de todo lo que fuimos.
Nota. Versión abreviada de la conferencia ofrecida el 30 de abril de 2026 en La Tinta Cafebrería.
miércoles, abril 29, 2026
Elogio de lo invisible
Alguna vez dediqué un pequeño
libro a la comida lagunera. Corrió con buena suerte, tuvo un par de tirajes así
fuera de pocos ejemplares cada uno y el volumen anda por allí, seguramente, en entrepaños de la región y quizá también de otros rumbos. Lo
que hice en aquellas páginas fue homenajear veinte platillos de la gastronomía
local en tanto preparaciones combinadas de ingredientes. No recuerdo si dije
que la idea nació de la gratitud. Sentía tanto agradecimiento a las gorditas, a
nuestras hamburguesas de carrito o a ciertos tacos del terruño que quise
expresarlo de alguna forma, y así lo hice. Tenía de lejos un modelo literario:
Neruda y sus Odas elementales. De
entrada, el título de mi librito incurrió en la misma simetría de dos palabras con
aire de oxímoron: Callejero gourmet.
Aquel libro tiene una segunda
parte todavía no realizada y tal vez así se quede, como libro que nunca
existirá: escribir sobre ciertos ingredientes mágicos, como el maíz, el frijol,
el cilantro, el chile, el ajo, el cacahuate, obviamente la sal…, todos sin
combinar. Este nace del asombro: en su humildad, pues la mayoría son
relativamente baratos y abundantes, tienen un sabor tan definido y
enriquecedor, tan digno de elogio, que fácilmente admiten unas cuantas “odas
elementales”.
Digo lo precedente porque hace
poco vi el video en el que Borges, mi querido y a veces maldosamente excesivo
Borges, le propina un coscorrón a Neruda en una de las brillantes entrevistas que
concedió a Antonio Carrizo. De Neruda dice que tiene poemas horribles, como uno
que le dedicó a la cebolla. Creo que en ese momento pensaba en la “Oda a la
cebolla”, que aparece en la primera tanda (de tres que armó) más o menos con el mismo
título: Odas elementales (Losada,
Buenos Aires, 1958).
Pese al dictamen de Borges, a mí me agradan esas “odas”. Entrecomillo el molde poético para destacar la paradoja. ¿Puede algo simple, “elemental”, admitir la composición de una “oda”? Lo que el premio Nobel chileno quiso expresar con tal unión de palabras es genial: hasta lo simple, hasta lo primario, es asunto del poeta. Nada le es ajeno, ni la cebolla, “redonda rosa de agua”, “Estrella de los pobres” “más hermosa que un ave”. Estos piropos a la cebolla de todos los días son merecidos. No veo por qué no escribirlos.
sábado, abril 25, 2026
Uruguay es tan mucho
Estas palabras tendrán algún sabor a crónica.
Crónica a destiempo, no importa, porque lo fundamental no es seguir una ceñida
línea cronológica, sino expresar una emoción verdadera, la que contaré a partir
de este punto y seguido. Durante muchos años, tal vez treinta, abracé la
esperanza de no irme (de la vida, quiero decir) sin conocer Montevideo. Pude
lograrlo durante casi una semana en los primeros días de mayo de 2024, hace dos
años. Con Maribel tomé el ferry de la compañía Colonia Express desde Buenos
Aires hasta Colonia del Sacramento, al otro lado del Río de la Plata. Temprano
el 2 de mayo ambos estábamos en el Uruguay. Una hora duró el cruce.
En Colonia pasamos un solo día, y al siguiente,
el 3, tomamos un camión rumbo a Montevideo, la capital. Este viaje duró tres
horas algo grises y lluviosas por momentos, pero no lo suficiente como para no notar
el verdor del sur charrúa. Llegamos a la capital a mediodía y desde la terminal Tres Cruces un
taxi nos movió hacia el Palacio Salvo, edificio insignia ubicado al lado de la
plaza principal. Allí nos hospedamos, en aquel inmueble recurrente en la
iconografía turística montevideana.
Yo me mantenía contenidamente emocionado porque
al fin estaba en una ciudad anhelada. Hacía frío, permanecía nublado mucho
tiempo, y las lluvias eran intermitentes y por ello sorpresivas. No dejé que el
clima borroneara mi buen ánimo, pues de hecho era lo que esperaba del mundo
onettiano: una ciudad algo brumosa, algo existencialista.
Semanas antes, cuando aseguré en el itinerario
la recorrida por el Uruguay, me mantuve cerca de los personajes que me
alentaban a viajar: eran varios artistas, pero sobre todo dos: Alfredo
Zitarrosa y Mario Benedetti. Ya sé que para algunos quizá demasiados jóvenes no dicen nada hoy, y que el hecho de que hayan sido de izquierda es casi
aberrante para muchos, pero para mí resulta lo contrario: quería pisar una
calle montevideana sólo para poder decirme, como aquí, en estos renglones, que
alguna vez fui al lugar donde nacieron, y celebrar sus vidas.
Había tiempo para toparme con lo requerido
luego de hacer un poco de turismo fotográfico por la llamada “Ciudad Vieja”. En
la cabeza me rondaba todo el tiempo el poema “Es tan poco” de Benedetti, pero en
la versión cantada por Zitarrosa. En esta pieza los condensaba, los reunía, y
era grato saber que las largas conversaciones con Maribel servían para tratar
de abolir lo que sugiere ese poema: que podemos convivir con una persona, pero
sin que ninguno conozca al otro verdaderamente.
Así, con la canción en la cabeza, esperaba
encontrar lo que hallé en un paseo: un vendedor de libros viejos de la peatonal
Sarandí tenía un libro de 1979 titulado Alfredo
Zitarrosa y sus canciones en una edición asombrosamente mexicana preparada
por el poeta argentino Saúl Ibargoyen. Lo compré. Tiene varias partituras para
mí ilegibles, pues a duras penas leo palabras, no música. El documento me
servía para lo que quería que me sirviera: como fetiche o evidencia de mi turismo bibliográfico. Ya con el libro en la maleta, otro
día prosiguieron las caminatas. Vi en el plano de Google Maps que no quedaba
lejos la Fundación Alfredo Zitarrosa. Fui a pie y estaba cerrada. Sólo me quedó
el registro de una foto en su exterior.
La canción “Es tan poco” siguió zumbando en mi
cabeza. Pensaba encontrar un libro de Benedetti, de preferencia usado, con cualquier librero de la calle, no porque no tuviera mucha obra de él en La Laguna, sino
para llevarme algo comprado allá. El 5 de mayo tuve suerte. Nos vimos con mi
amigo Martín Palacio Gamboa, escritor, cantante y profesor, en el café Lo de
Molina ubicado en la calle Tristán Narvaja, espacio de la ciudad donde los
domingos hay una especie de tianguis. Al terminar la conversación con Martín, Maribel
y yo erramos un poco por el mercadito y encontré Preguntas al azar, de Benedetti, en edición de 1989. La
bibliografía fetiche había sido completada.
Lo que ocurrió durante la última tarde montevideana
tuvo algo de mágico, aunque no creo en eso. Ya dije que me seguía como sombra “Es
tan poco” en la voz de Zitarrosa. Un poco apuradamente (ya era tarde) el último
día salí solo a la Fundación, y nuevamente estaba cerrada. En el regreso, vi a
otro vendedor callejero de libros. Tenía un montón revuelto y estaba a punto de
guardar su mercancía. Eché un vistazo y localicé El amor, las mujeres y la vida, título de Benedetti que parafrasea uno
de Schopenhauer. Le di una rápida hojeada/ojeada y en una de sus páginas estaba
“Es tan poco”, el poema que me rondó durante todo el viaje. Por supuesto compré
el libro.
Sobre el poema digo nomás que es sencillo y de
verso corto, por eso se acomoda relativamente fácil a la melancólica versión cantada.
La metáfora que rige toda la pieza piensa en la pareja como en un par de casas:
lo que conocemos del otro es la fachada, el mero afuera, pero nunca o casi
nunca nos atrevemos a timbrar para entrar a conocer bien el interior.
Dejó en esta liga la pieza cantada y aquí el poema:
Lo que conoces
es tan poco
lo que conoces
de mí
lo que conoces
son mis nubes
son mis silencios
son mis gestos
lo que conoces
de mí
lo que conoces
es la tristeza
de mi casa vista de afuera
son los postigos de mi tristeza
el llamador de mi tristeza.
Pero no sabes
nada
a lo sumo
piensas a veces
que es tan poco
lo que conozco
lo que conozco
de ti
lo que conozco
sea tus nubes
o tus silencios
o tus gestos
lo que conozco
es la tristeza
de tu casa vista de afuera
son los postigos de tu tristeza
el llamador de tu tristeza.
Pero no llamas.
Pero no llamo.
viernes, abril 24, 2026
jueves, abril 23, 2026
Nuestra presidenta opina sobre el himno del IMSS
En otros otras oportunidades he explicado cómo y por qué escribí la letra del himno del Instituto Mexicano del Seguro Social, en uno de cuyos hospitales nací en mayo del 1964. Desde el 2000, cuando la letra ganó el premio nacional convocado por el IMSS, la pequeña pieza literaria (tres estrofas y un coro) me ha traído satisfacciones frecuentes y sorpresivas, como ésta en la que Claudia Sheinbaum, presidenta de México, hace un comentario y lee los primeros cuatro versos. Me llegaron dos versiones del mensaje: se pueden ver en esta liga y en esta otra. También, comparto de nuevo la más reciente grabación del himno celebrada en el Palacio de Bellas Artes el 13 de mayo de 2024. No se me pasa recordar que la música fue compuesta por mi amigo Ricardo Serna.
miércoles, abril 22, 2026
El gran estadio Azteca
El 28 de marzo pasado la selección
mexicana jugó un partido amistoso contra la de Portugal. Este choque fue
organizado para reinaugurar el estadio Azteca luego de varios meses dedicados
al remozamiento del inmueble. El duelo de selecciones quedó empatado sin goles,
de modo que los 85 mil espectadores que concurrieron no dejaron de saludar el
pobre espectáculo con abucheos lanzados desde sus onerosas butacas. Más allá de
lo estrictamente deportivo (que pese a la ausencia de goles reveló la
superioridad de los lusitanos), fue otro detalle lo que atrajo mi atención desde
el arranque del encuentro.
Al sacrificio inevitable que
significa escuchar la crónica de los locutores que narran y comentan nuestro
futbol, tipos cada vez más estridentes y payasescos, se sumó una tortura
inesperada: cada diez segundos, seguramente por consigna de sus patrones, el
locutor y los comentaristas decían “estadio Banorte”. La idea era obvia:
remarcar a los televidentes que el México-Portugal ya no se estaba jugando en
el estadio Azteca, sino en el “estadio Banorte”. Armado con mi más espontáneo
malestar, compartí de inmediato y donde pude estas palabras y otras similares, pues la verdad sentí
rabia: “Perdón
por la nimiedad. Esta es la única vez que llamaré estadio ‘Banorte’ al estadio
Azteca. Para mí el estado Azteca se llama estadio Azteca. Dicho lo anterior, en
unos minutos México jugará un amistoso contra Portugal en el estadio Azteca”.
Creo que no pude ser más claro.
Lo que motivó mi malestar tiene
que ver con el peso simbólico de las palabras. Para los mercenarios, por
supuesto, las palabras no significan gran cosa, por eso ofrecieron al mejor
postor el poderoso y significativo nombre del más importante estadio mexicano,
esto sin considerar su peso simbólico, su valor histórico y el grado de
lexicalización que ya le había dado el uso popular durante sesenta años, desde
su inauguración, el 29 de mayo de 1966, hasta hoy. Por una millonada, le cercenaron
una palabra hermosa para injertarle otra tristemente comercial.
No me pasa lo mismo con otros estadios de reciente construcción con nombres comerciales (Banorte pudo hacer lo mismo). Ellos harán su historia así, con nombres de marcas, pero el Azteca es el Azteca, y este nombre no se puede mutilar como si seis décadas de historia no pesaran. Imaginemos: ¿Pelé fue campeón del mundo en el estadio Banorte? ¿Cruz Azul fue tricampeón jugando en el estadio Banorte? ¿El estadio Banorte fue testigo del gol del siglo anotado por Maradona? Esto es grosero. Por ello para mí el estadio Azteca seguirá siendo siempre, sin ninguna vacilación, el gran estadio Azteca concebido por la maestría del arquitecto Pedro Ramírez Vázquez.
Un pilón. Este caso me recordó lo
sucedido alguna vez con la palabra “chicle” en la publicidad. A algún experto
en anuncios quizá le pareció feo el hermoso nahuatlismo “chicle”, y en los
mensajes comerciales empezaron a decir “goma de mascar”. Por suerte
el calco del inglés no prosperó, la palabra mexica se impuso y para nosotros el chicle siguió
siendo “chicle”. Ojalá que esto mismo pase con la poderosa palabra “Azteca” en
el nombre del más importante estadio mexicano, el estadio Azteca, “El coloso de Santa Úrsula”,
como lo apodó nuestro siempre admirado Ángel Fernández.
sábado, abril 18, 2026
Posesión de Maradona
Aunque
mi admiración por Maradona tiene, obviamente, un costado irracional, no dejo de
intentar una explicación justificada con el envés de la mera emocionalidad. Sé
que no la necesito, que la pasión deportiva, como todas las pasiones, requiere
de ingredientes algo inexplicables para no dejar de ser lo que es. Cuando es posible graficar la pasión en una tabla de Excel es porque ya dejó de existir y
resulta viable observarla desde fuera, sobriamente y con la frialdad del analista.
Esto se puede comprobar con el enamoramiento de un hijo o un amigo: por más
que racionalmente queramos convencerlos de que la elección de la novia no les
conviene, la pasión seguirá intacta, pues “el corazón tiene razones que la
razón no entiende”, para decirlo con la famosa sentencia pascaleana.
Pese
a lo anterior, cada vez que me pregunto por qué me atrae tanto la figura de
Maradona enumero las tres razones que dan sustento a esta posesión: su manera
superior de jugar a la pelota, su proximidad política a muchas ideas con las
cuales simpatizo y la cauda de testimonios admirados sobre su cercanía y
solidaridad. La última es la que más me convence de lo que creo, pues es la
menos subjetiva: decenas de jugadores y no jugadores de futbol declararon
alguna vez un gesto de amistad o plena empatía del argentino, lo cual es raro si
consideramos que en las alturas de la popularidad es difícil que un
superestrella tenga tiempo siquiera para escuchar al otro, y menos para
ayudarlo. Con Maradona no fue el caso, y esto es dable certificarlo mediante
YouTube en innumerables testimonios.
La
estatura mítica del 10 se construyó en la cancha, es obvio, pero no menos
importante fue el peso de su trajín fuera de ella. La presión social, política y
mediática a la que lo sometieron fue la mayor que gravitó sobre un ser humano
durante al menos dos décadas, y por supuesto que su fragilidad fue puesta a
prueba. Pese a todo, pese incluso a un origen de total pobreza y falta de
instrucción escolar, Maradona supo ser reconocido como un ídolo. Ni sus errores
ni sus enemigos lograron tumbarlo del pedestal, y por algo fue y es.
Como
la que acabo de exponer, una explicación personal del fervor por Maradona es el
tema del libro Mi Diego: Crónica
sentimental de una gambeta que desafió al mundo (Lince Ediciones, Buenos
Aires, 208 pp.), del periodista Alejandro Duchini. El relato nace cuando el
autor se entera de la muerte del ídolo. Como muchos, él tampoco esperaba el
exabrupto del destino que se llevó a Maradona cuando apenas tenía sesenta años,
el 25 de noviembre de 2020. (Su impacto me hace recordar el propio: yo estaba
en la cocina de casa cuando mi amigo Jorge Figueroa informó en un grupo de
Whatsapp que Diego había muerto. Así, “Murió Diego”. Quedé como vaciado, como repentinamente hueco
por dentro).
Duchini
cuenta aquel momento: “‘Murió Maradona’, dispara la televisión. Male me
pregunta por qué lloro y no sé qué decirle. Lloro porque siento que todo se
detiene y la infancia, que viene arrasando en su vorágine, me lleva puesto. De
pronto me quedo un poco más solo entre los demás”.
El
golpe impulsa una cauda de recuerdos personales atada a las frecuentes imágenes
de Maradona en las canchas y fuera de ellas; como tantos, Duchini advierte que
su vida no puede ser contada sin incluir a Diego: “Lo quiero y lo querré
siempre. Diego Maradona estuvo desde siempre en mi vida”. En la Argentina el
impacto fue devastador, inimaginable para quienes lo vieron y lo admiraron en
geografías más lejanas. Pero muchos allá y acá abrieron los “Archivos guardados
en el disco rígido de la infancia” y notaron, notamos, que la ausencia nos
pesaba, que la mala noticia llegó muy prematuramente.
En
cada corazón reaparecieron los latidos de alegría que el futbolista provocó en
partidos memorables por la belleza del futbol que desplegaba, una belleza capaz
de abrir paréntesis al horror: “Diego nos daba el espacio para arañar la
alegría en un país gris, sumido en la tristeza de la dictadura. Los
desaparecidos. La ESMA y los otros centros clandestinos de detención en su
apogeo. La censura. Los asesinatos organizados. El miedo y el terror. El
silencio. La muerte a cada metro. Diego nos sacaba de esa realidad, aunque
fuera un ratito”.
La
crónica de Duchini pendula entre lo personal y lo público. Lo personal, el
recuerdo del autor, la posesión de su
Maradona, se va anudando a las distintas situaciones en las que Diego fue indudable
protagonista. En su ir y venir, este relato se ve fortalecido por lo que el
ídolo significó para tantos. No omite mencionar los tropiezos, la pesada losa
que cargó debido a la fama que quizá fue menos premio que castigo. El desarrollo
de su carrera avanza en la crónica hasta llegar a la despedida en la Bombonera,
llena hasta los banderines sólo para ver las últimas palabras de Diego dentro
de un campo de juego: “‘Yo me equivoqué y pagué, pero la pelota no se mancha’.
La Bombonera estaba hasta las manos de hinchas para su partido despedida. Pocas
frases como esa quedaron tan impregnadas en el imaginario popular argentino”.
En su revista de los hechos maradonianos, Mi Diego cita a Víctor Hugo Morales, el relator que con la mejor descripción del Gol en el Azteca pasó a unir su destino al de Maradona: “Fue también el año [se refiere a 1981, cuando Diego fue trasferido de Argentinos a Boca] en que Víctor Hugo Morales comenzaba a relatar en Argentina. Era la primera vez que la popularidad de José María Muñoz, un hombre ligado a la dictadura, tenía competencia. Tal vez más elitista, Víctor Hugo ganó a todos los públicos y se convirtió en el favorito apelando a imágenes ajenas al fútbol para contar los partidos y a una innovadora manera de relatar”. Vale decir que el Gordo Muñoz era el relator más popular en Argentina cuando Víctor Hugo llegó del Uruguay. Cinco años después, el charrúa describió como nadie la jugada inmortal ("la jugada de todos los tiempos") del Mundial México 86.
Extrañeza, desacomodo en la vida, vacío es lo que se siente al leer las páginas de Duchini. No pudo ser de otra manera, pues el periodista escribió su libro casi al calor de la mala nueva. "Recién a su muerte algunos nos dimos cuenta de cuánto queríamos a ese hombre tan humano, como nosotros. Entendimos cuánto nos había marcado en nuestras vidas. Cuánto condimento nos había dado". Todavía hoy, añado, la querencia de Diego lo mantiene tan cerca que parece haber partido ayer, no hace seis años, en 2020, el año de la pandemia que tantas calamidades provocó.
miércoles, abril 15, 2026
En materia de maldad
Uno
de los problemas del mundo actual es la cantidad desorbitada de información y
la poca capacidad que asiste a cada consumidor para procesarla. ¿Cómo ser
experto en todo si sobre cada tema hay toneladas y toneladas de datos
disponibles? ¿Cómo animarse a opinar de lo que sea si en cada tema hay decenas,
cientos de especialistas concentrados más que nosotros en tal o cual asunto? La
superabundancia de información ha creado las condiciones para la propagación de
noticias falsas, como primera consecuencia, pero también para que en el ruido
emerjan voces disonantes, mentirosas, violentas como la de Trump.
El
manual de la comunicación política actual incluye el ruido, el demasiado ruido.
Mantener atenta y confundida a la comunidad es una de las tácticas más
socorridas del momento en el accionar político. Quien mejor representa la
sordidez de esta gramática de la confusión es el presidente norteamericano,
quien a diario, en raptos que parecen brotar de la cabeza de un psicópata,
escupe una mentira, una amenaza, una crítica, una vulgaridad a cualquier punto.
De aquí a que el mundo no especializado en política internacional descifra qué
ha dicho, el gobernante naranja ya soltó una más de sus aberrantes declaraciones,
de suerte que jamás hay tregua ni para los periodistas y académicos expertos en
el tema.
En
estos tres últimos días, Trump se le tiró a la yugular al papa. Unas
declaraciones del pontífice enunciadas durante su viaje a Argelia sirvieron para que el magnate devenido
truculento político lo criticara con frases acuñadas a su brutal estilo, ya
naturalizado en el mundo. De León XIV dijo que es “pésimo en materia de
política exterior” y que “debería concentrarse en ser un gran Papa, no un
político”. El pontífice sólo dijo lo que se espera de él, una obviedad: seguir el camino del
diálogo para alcanzar la paz.
La
patada de mula trumpista sirvió para que Giorgia Meloni, la primera ministra
italiana considerada una política de derecha hasta por quienes no saben nada, saliera
al paso en defensa del papa. Calificó de “inaceptables” las declaraciones del
megalómano rubio, quien ahora apuntó contra su hipotética aliada: “Es ella la
que es inaceptable”, y añadió con su proverbial soberbia: “¿Meloni le gusta a
la gente? No puedo imaginarlo. Estoy sorprendido. Yo pensaba que ella tenía
coraje y en cambio me equivoqué”.
Trump tiene al planeta en vilo. Para él, la única razón es la que le otorga la razón sin titubeos. Lo digo por enésima: es el peor ser humano que hoy habita sobre la tierra, y conste que tiene competidores de tremendo nivel en materia de maldad.
domingo, abril 12, 2026
Caída del orate Milei
En abril del año pasado estaba fundido pero lo rescató el FMl. En octubre hubo elecciones intermedias, su gobierno estaba en la lona y lo rescató Trump por medio del Tesoro norteamericano. A casi dos años y medio de su mandato, Milei está hoy de nuevo en la olla, con el peor nivel de aprobación desde que llegó al gobierno. En este lapso la ultraderecha que representa ya destruyó todo a unos niveles de catástrofe que en lo económico no alcanzó ni la profundidad ni la rapidez que impuso la dictadura de hace 50 años. La Argentina se encuentra hoy arrasada por el gobierno de un tipo que se dijo experto “en crecimiento económico con y sin dinero”. En realidad es un orate que llegó a demoler todo con la promesa contraria: salvar a su país.
Me interesa este fenómeno porque en cierto momento Milei fue elogiado como modelo por la ultraderecha mundial. Llegaron a considerarlo un outsider genial, un modelo a seguir, tanto que el tarambana político Ricardo Salinas Pliego le copió fallidamente algunas excentricidades para ver si cuajan en México. Milei es un idiota cruel y absurdo, un disparate de la historia latinoamericana. Más allá de que se dé de nuevo el milagro y alguien lo salve desde afuera, parece que el daño es tan profundo que ahora no tiene escapatoria: caerá tarde o temprano y con él se evaporará el experimento mundial más atrevido hasta la fecha del llamado anarcocapitalismo.
Lástima que una nación entera, la Argentina, haya sido su conejillo de Indias. Como país lo pagó muy caro, pues ahora es tierra arrasada para el 70% de la población. La expresidenta Cristina Fernández, hoy injustamente presa, lo advirtió hace cuatro años a los trabajadores: en realidad “No vienen por mí; vienen por ustedes”. Obviamente tuvo razón, así fue: llegaron por ellos y los han empobrecido hasta arrumbarlos en las deudas y en el hambre. Eso mismo haría la nueva derecha (una derecha ya no avergonzada de ser derecha, sino cínica, procaz y violenta a la manera de Trump o de Vox en España) si llega por la vía de las urnas o por cualquier otra a gobernar cualquier otro país.
sábado, abril 11, 2026
Algunos astros en México
Por
razones que no viene al caso comentar (de hecho ahora casi nada viene al caso
comentar) leí una biografía sobre Vasco de Gama, el navegante que inauguró la ruta
marítima para que los portugueses llegaran a la India. Al seguir el itinerario
de la travesía lusitana me topé con lo que nadie desconoce: De Gama y sus tres
barcos bajaron por la costa atlántica africana, doblaron el desconocido cabo de
Buena Esperanza (Sudáfrica) y ascendieron las aguas por el Índico para llegar a
Calicut, su destino, esto entre 1497-1499.
Cuando
los navegantes iban a la altura de Madagascar, frente la costa este de África,
pararon un poco en la actual Mozambique (por ese rumbo también está la pequeña
isla de Zanzíbar, donde nació Farrokh Bulsara, el cantante mejor conocido como
Freddie Mercury), y allí detuve un poco la lectura y se dio uno de esos
pensamientos que en mí son como hipervínculos: al leer Mozambique recordé a
Eusebio, el goleador de la selección portuguesa en la década de los sesenta.
Eusebio
fue un delantero letal, anotó casi 600 goles y en mi memoria más remota, la
memoria de mis 11 años, su nombre permanecía gracias a un recuerdo preciso:
aunque parezca increíble, la Pantera Negra, como le decían, jugó en los Rayados
de Monterrey. Un googleo veloz me confirmó que el mozambiqueño/portugués en
efecto fichó para la Pandilla hacia 1975, ya viejo, sin éxito en su breve paso
por el futbol mexicano, pues sólo anotó un tanto y se lesionó. La asomada a
YouTube exhibe claramente qué tipo de artillero fue: a mi juicio, una especie
de Pelé africano, pues su repertorio de jugadas muestra a un delantero con
habilidad en ambas piernas, potencia, gambeta, disparo fuerte, rapidez. Como
dije, un Pelé que jugó en la misma era que Pelé. Había nacido hacia 1942 en Lourenço Marques, hoy Maputo, la
capital de Mozambique colonizada por portugueses. Pasó por varios clubes y su
momento de mayor gloria se dio en el Mundial de 1966 en Inglaterra, donde fue
campeón goleador con 9 tantos. Murió en 2014, en Lisboa.
Llegar
a Eusebio me hizo pensar en otros extranjeros de ese calibre llegados a nuestro
futbol. No han sido muchos, así que enumeré en la mente los nombres que caben en
los dedos de ambas manos. Luego de Eusebio llegó el polaco Grzegorz Lato, otro
campeón de goleo en un Mundial. Lo fue en Alemania 74, con 7 tantos. Para la
temporada 82, el delantero se incorporó a las filas del Atlante, donde coincidió
con el portero Ricardo Lavolpe, exmundialista campeón con Argentina en el 78,
aunque allí no jugó pues Ubaldo Matildo Fillol era el titular en el arco.
Varios años después, en el 98, los Potros de Hierro tendrían otro mundialista
europeo, el defensor rumano Miodrag Belodedici. En cuanto al mencionado Lato,
nacido en 1950 y aún vivo, era un delantero oportunista, pelón, de esos que
parecen poco técnicos pero que empujan cualquier pelota que les llega al área
chica, como ocurrió en 5 de los 7 pepinos que clavó en el Mundial germano.
Luego
del Mundial celebrado en Argentina, dos estrellas se incorporaron al futbol
mexicano. El seleccionado brasileño José Guimaraes Dirceu, fino mediocampista brasileño,
llegó en sus meros moles al América, esto en 1978. Sólo jugó un año, pero eso
bastó para que mostrara su talento. Había nacido en Curitiba, en 1952, pasó por
muchos equipos y se retiró cuando jugaba para ¡el Atlético Yucatán! En 1995
murió en un accidente de tránsito en Río de Janeiro. De paso debo decir que un par
de campeones del mundo argentinos jugaron también en el América: Zelada y
Ruggieri.
Por
aquellos mismos años, en 1981, Leopoldo Jacinto Luque, campeón con Argentina en
el 78, vino a jugar, asombrosamente, para el Tampico Madero. Era un delantero
agresivo, hábil y de potente disparo. En la Jaiba Brava marcó 10 goles en el
único año que jugó para los tamaulipecos. Se le recuerda sobre todo por su buen
desempeño en el Mundial de su país, donde marcó un par de goles decisivos,
tanto como los de Kempes. Santafesino, Luque nació en 1942 y murió en 2021.
Muchos
años después, en las temporadas 2014 y 2015, y ya en el ocaso de su inmensa
carrera, vino a jugar para los Gallos Blancos de Querétaro nada menos que Ronaldinho,
acaso el mejor jugador extranjero que ha pisado la liga de México. Lo digo
porque casi no hay lista de once ideal que no lo incluya. Y es merecido, pues
el gran brasileño ha sido uno de los futbolistas más virtuosos del mundo. Nació
en Porto Alegre, en 1980, en Querétaro metió 8 goles que fueron lo de menos,
pues lo más importante que Dinho hizo en nuestro país fue compartirnos, con o sin anotaciones, el privilegio de verlo.
El
último de los jugadores mundialistas que traigo a esta lista es James
Rodríguez, quien el año pasado vistió los colores de León. Nacido en Cúcuta,
Colombia, en 1991, durante el año que estuvo con los verdes marcó 5 tantos, y
no lució realmente mucho. Su mejor momento lo vivió en el Mundial 2014, en
Brasil, donde fue el campeón goleador con 6 anotaciones.
Dejo a varios jugadores fuera de esta lista. Estos sólo fueron los que recordé de volea al ver la palabra Mozambique y remontar el recuerdo como Vasco de Gama remontó dos océanos para llegar a las costas de la India.
jueves, abril 09, 2026
Listo Prohibido soñar de pie
Una buena entre las muchas malas de siempre: ha sido impreso Prohibido soñar de pie (Ficticia Editorial-Secretaría de Cultura, Ciudad de México, 2026, 198 pp.), mi nuevo libro de cuentos. Pese a que lo escribí yo, creo que es bueno, que no defraudará a quien generosamente acceda a la lectura de los relatos. Agradezco a Marcial Fernández, Mónica Villa y Rodrigo Toledo, de Ficticia Editorial, el trabajo depositado en la hechura y en la venidera distribución de este volumen adscrito a su colección Biblioteca de Cuento Contemporáneo. Debo decir que otra vez la foto del autor en la solapa fue tomada por mi hija Ivana Muñoz. Supongo que lo presentaré en La Laguna y en algún otro lugar, ya se verá. Sin duda me alegra mucho saber que este nuevo título comenzará muy pronto su andanza en busca de los cada vez más difíciles lectores, hoy acosados por una oferta de millones de libros, series, películas, canciones, documentales, noticias, memes, reels y demás. En tal maremagno de posibilidades se me ocurre encomendar las páginas de Prohibido soñar de pie a San Edgar Allan Poe, santo patrono del cuento moderno.
miércoles, abril 08, 2026
Salvador Castañeda, in memoriam
El primero de abril pasado murió Salvador Castañeda (1946-2026). Lo vi sólo un par de veces, ambas breves, ambas en Torreón. Lo recuerdo bajito, un tanto distante, muy callado. Era paisano y colega escritor de La Laguna, y por esto lo invité a responder una batería de preguntas para mi libro Solazos y resolanas (SEC, 2015). Tardó en contestar tal vez porque no estaba muy convencido de mi propósito. Además, no respondió las preguntas una por una, sino con algunos párrafos que se distanciaban un poco del cuestionario, pero por supuesto respetaron esencialmente mi solicitud de contar pormenores de su vida y de su obra. Aquí la respuesta de Salvado Castañeda, que en paz descanse.
Soy
originario del ejido San Isidro, municipio de Matamoros de La Laguna, Coahuia; terminé
el tercer año de instrucción primaria en la escuela con un solo salón y una
sola maestra para los tres grados (no se podía arribar al siguiente grado sin
salir de esa población). Así las cosas, me trasladé a otro ejido, éste del
municipio de Torreón: La Paz. Después ingresé a la Escuela Secundaria y
Preparatoria Venustiano Carranza. Luego de terminar la preparatoria, regresé al
ejido a las labores agrícolas al lado de mi padre y los demás ejidatarios. Las
razones para reintegrarme al campo fueron económicas. Luego de un par de años
deambulé hacia Altos Hornos de México, a la Escuela de Agricultura «Antonio
Narro» en busca de alguna posibilidad de ingreso. Todo eso resultó inútil y
seguí en el ejido.
Conseguí
acumular 200 pesos libres en lo que llamábamos pepena (recoger los últimos
capullos de algodón luego de levantar la cosecha), y con ese capital y la
decisión de ingresar a la UNAM, llegué a la ciudad de México en un tráiler
cargado con pacas de algodón. Ya en la capital, donde por supuesto jamás había
estado pero imaginaba, la mayor sorpresa fue encontrarme con una gran cantidad
de información; publicaciones, noticias de todo el mundo (debo señalar que en
el ejido San Isidro, en ese tiempo, no había energía eléctrica, ni agua
potable, no llegaba ningún periódico de Torreón o de Matamoros).
En
la ciudad de México todo me resultaba apabullante. La abundancia de impresos,
de librerías, teatros, cines, exposiciones, etcétera. Todo esto, sin
proponérmelo, me hacía reflexionar mediante la confrontación de las condiciones
de los ejidos y lo que veía en la ciudad. Los ejidatarios por completo
dependientes de los créditos del Banco Ejidal (llamado “Bandidal” por los
propios campesinos).
Más
sorprendente y festivo me resultó llegar a la UNAM. La inscripción no resultó
fácil: primero era necesario revalidar lo estudiado en Torreón. Hacer filas
para todo en la Secretaría de Educación Pública. Los 200 pesos ya no eran míos.
Como
estudiante de geología no pude ir más allá del tercer año. Otra vez lo mismo:
falta de recursos, pues trabajé de mandadero en una compañía de exploración
geológica. Después trabajé como dibujante de geología. Sin proponérmelo, un día
me enteré en un periódico de un programa de intercambio cultural entre México y
la entonces Unión Soviética. No la pensé mucho y solicité una beca para estudiar
Agronomía en la Universidad de la Amistad de los Pueblos en Moscú. Cuando ya me
había olvidado de la solicitud, pues en realidad tenía pocas esperanzas de
conseguir esa oportunidad, recibí un telegrama de la embajada de la URSS donde
me informaron que había obtenido la beca como resultado del promedio de mis
calificaciones. Más sorprendente que México me resultó hallarme en la capital
de aquel lejano país. Existía ahí en aquel tiempo (1965), en la universidad,
una atmósfera de efervescencia permanente en la que estudiábamos jóvenes
llegados del llamado Tercer Mundo (Asia, África y América Latina) donde en
muchos de esos países existían movimientos revolucionarios de liberación
nacional. La revolución cubana recién había triunfado y por supuesto ejercía
una gran influencia en las organizaciones de los países de Latinoamérica; las
posibilidades de un cambio estaban ahí. Me involucré en uno de estos
movimientos y regresé al país. Luego de operar algún tiempo caí preso (por
fortuna, pues muchos jóvenes murieron en enfrentamientos, torturados o
ejecutados). Luego de siete años adentro, salí. Ahí adentro fue donde empecé a
escribir. Siempre trabajé en la Dirección de Literatura del Instituto Nacional
de Bellas Artes, pues en ese tiempo el titular de la dirección era el escritor
Gustavo Sáinz, quien sabía de mí porque desde la cárcel envié un libro de
relatos a un concurso literario convocado por la UNAM; Gustavo era parte del
jurado.
Ahora
estoy jubilado. Recuerdo mucho a mis compañeros de la secundaria y la
preparatoria: Eduardo Antonio Lee Soriano, Homero Ogasón Navarrete, Martín
Bautista, Gustavo Bautista, Víctor Albores G., Benito Briceño Paredes, J.
Isabel Acosta Solís, Salvador Acosta Solís, Rogelio de la O, Luis de la Rosa,
Enrique Martínez, Alejandro López A., Manuel Nava, Enrique Morán, Hugo Olivier,
Óscar Morales, Tomás Arizpe Uribe, Mariana G., Irene, Gloria A. Mijares, Manuel
Quiñones y Gabriel Carrera; entre otros (he hecho esfuerzos por recordar a más
de ellos, sin lograrlo). A todos ellos, o los que quieran y puedan, les pediría
sinceramente reunirnos algún día en alguna parte.
Actualmente
también coordino tres talleres literarios en la SHCP, en la UNAM y en el INBA.
He coordinado un taller en la Casa de Cultura de Torreón y en otros estados.
A un escritor ya no le recomendaría nada, pero sí a alguien que empieza o quiere comenzar: escribir acerca de lo que conoce. Escribir todos los días. Que lo que escriban le guste antes que a nadie más. No olvidar que el escritor se hace escribiendo. Que el problema fundamental que tiene que resolver es decir lo que todos ya dijeron (no existe tema que no se haya abordado ya), pero de diferente manera, lograr una voz propia.
Escritor mexicano nacido en el ejido San Isidro del municipio de Matamoros, Coahuila, en 1946. Fue cofundador del grupo guerrillero Movimiento de Acción Revolucionaria (MAR) en los años sesenta. Castañeda cayó en prisión a causa de las acciones de dicho grupo armado, y en la cárcel fue donde descubrió su vocación de escritor. Obtuvo el Premio de Novela Grijalbo en 1980 por su primera obra, ¿Por qué no dijiste todo? (SEP/Lecturas mexicanas, 1986). Entre otros, también ha publicado Los diques del tiempo (UNAM, 1991), La patria celestial (Cal y Arena, 1992), El de ayer es Él (El Espejo Concéntrico, 1996) y Papel revolución (DMC, Torreón, 2001).
sábado, abril 04, 2026
Volúmenes de colección
En
su libro Cómo ordenar una biblioteca,
Roberto Calasso afirmó como de pasada que tener muchos libros permite
reencuentros inesperados: uno busca un volumen y en el trance de encontrarlo se
topa con otro que desvía del propósito inicial, lo que de inmediato justifica
la tenencia de una biblioteca abundante y hasta caótica. Esto significa que un
bibliófilo suele abrazar, como el chileno Bolaño, el ideal de tener “todos” los
libros; no para leer todo, como creen quienes no leen, sino para sentir que a
la mano están dispuestos los autores queridos y otros muchos que podrían serlo en
el futuro, mientras el cuerpo aguante.
Sacudir
el polvo de los libreros, actividad cuya frecuencia es inevitable en La Laguna,
me lleva con regularidad a la sorpresa comentada por Calasso. Muchos libros he
leído inesperadamente sólo porque levantan la mano cuando busco otro o también
cuando sacudo. Nomás por esta razón no es tan ingrato tomar el trapo muy
ligeramente húmedo para retirar partículas: algo “nuevo” salta siempre, casi
como un amigo que ha vuelto repentinamente luego de una larga ausencia.
Eso
me pasó en esta semana de vacaciones. Sacudía y no sé por qué reparé en mis
colecciones. Nunca fui obsesivo de reunir meticulosamente libros de una misma
serie, pero a lo largo de más de cuatro décadas supe armar puñados interesantes
de volúmenes adscritos a una misma catadura serial. No me refiero aquí a los
libros publicados en la modalidad de las extintas enciclopedias u otras tantas
compactas como las obras completas de un escritor, sino a los libros que corresponden exactamente a lo que se entiende
por colección: libros que una
editorial publica gradualmente y que vende poco a poco, conforme van siendo
editados e impresos. Su rasgo más saliente radica en la apariencia externa:
mismo formato, mismo encuadernado, mismo diseño, numeración seriada y casi de
manera infalible el nombre de la colección en alguna parte visible de las tapas
o del lomo.
Pese
al horror que puedan sentir muchos lectores, conservo como 200 libros de la
colección Sepan cuántos…, de Porrúa, la más nutrida de su tipo en nuestro país.
Gracias a estos libros, considerados por muchos un espanto debido a su
tipografía, su apretada interlínea y su doble columna, fue la más constante en
la publicación de clásicos y no tan clásicos. La Sepan cuantos… obró el milagro
de facilitar que los encargos escolares de lectura fueran accesibles en todos
los sentidos, pues además de que los libros estaban en todos lados su precio
nunca fue alto. Recuerdo que muchas veces me asomaba a las páginas finales de
cualquier libro de ese conjunto, ya que allí aparecía la lista de los autores y las obras publicadas
en la colección, y fantaseaba con la idea de tenerlos todos. Esto nunca
sucedió, pero sí engrosar poco a poco el número de los títulos disponibles,
hasta la fecha, en varios de mis entrepaños. Otra ventaja de esta colección era
que todos los ejemplares contenían un prólogo amplio y autorizado, suficiente para
entrar a las obras con algo de contexto.
Una
similar, aunque publicada en la Argentina y con buena distribución en México,
fue la colección Austral de la editorial Espasa-Calpe. Tengo muchos de sus
títulos, quizá algunos 150, todos ahora amarillentos, comprados la mayoría en
librerías de viejo, todos editados en el famoso formato de bolsillo y
presentación final con “camisa” (en la foto). Esta serie repetía varios de la Sepan cuantos…
mexicana, pero añadía autores que de otro modo jamás hubieran circulado en
nuestro país.
A
mediados de los ochenta la editorial Planeta había comprado el sello Joaquín
Mortiz, que entre los sesenta y setenta publicó, gracias a la benemérita labor
de Joaquín Díez-Canedo, la Serie del Volador, colección imprescindible de la
literatura mexicana contemporánea. Su catálogo fue impresionante, sobre todo
nutrido de escritores mexicanos ya maduros, pero todavía no viejos. Todos
cupieron allí: Yáñez, Paz, Arreola, Fuentes, Castellanos, José Agustín, Dueñas,
Leñero, Garibay, Vilalta, Elizondo, Sáinz, Pacheco... A finales de los
noventa, el sello buscó revivir la serie y entre los publicados colé mi primera
novela. Como tenía, y conservo, muchos libros de esa colección, no dejé de
sentir el provinciano orgullo de haberme colado a una fiesta importante.
Otras colecciones sumo, pero las tres más importantes son las mencionadas en los tres párrafos precedentes. Puedo mencionar además la de Revistas Literarias Mexicanas Modernas o la de Breviarios, ambas del FCE, o una de biografías publicada por Salvat, obviamente en Barcelona, y otra de los tomotes clásicos y algo ilegibles de Aguilar, así como los tomitos de la colección Crisol, también de Aguilar. Ninguna de estas colecciones ha sido recorrida por completo, claro, pero me alegra saber que me acompaña y en cualquier momento, sin avisar y por cualquier motivo, puedo tomar arbitrariamente alguno de los volúmenes para darle sentido con la lectura o una simple hojeada, las dos raras costumbres del bibliófilo que se resigna a ser trabajado por el azar.
miércoles, abril 01, 2026
El peor de todos
Unas diez veces al menos he escrito donde he
podido una frase que me impuse como consigna para estos turbulentos años. No es
la mera expresión de un enojo o el efectista desahogo de quien se quiere hacer
el interesante, sino el sincero parecer de alguien, yo mismo, profundamente
convencido de la verdad encerrada en un puñado de palabras. La consigna es
esta: Donald Trump es el peor ser humano que habita hoy sobre la tierra.
La afirmación no supone a mi juicio ninguna
hipérbole. Creo honestamente que el actual presidente norteamericano es el peor
ser humano que habita hoy sobre la cáscara del globo. No se me oculta que entre
los 8 mil millones de personas que en el mundo hay no faltarán sujetos
igualmente inmorales, soberbios, mentirosos, déspotas, ruines, degenerados y
malévolos que el señor naranja, pero sin un atributo que éste tiene y los otros
no: el poder de la, todavía, principal potencia armada.
Luego entonces, saber que Trump es poseedor de
tantos atributos negativos y al mismo tiempo de un poder de decisión inmenso,
tan grande que puede invadir países e iniciar guerras, no hace sino confirmarme
que es el peor ser humano, una especie de campeón indiscutible de la
podredumbre y la peligrosidad, y conste que en muchos rubros tiene competidores
con capacidades formidables para dañar.
Alguien podrá invocar prudencia y decir que no
podemos saber exactamente qué es o cómo es el inquilino principal de la Casa
Blanca. Creo que no es necesario ser muy brillante para entender que Trump es
su gestualidad y su discurso, formas expresivas en las que le escurre la abyección
a borbotones. Son elocuentes la mirada, el ceño, la sonrisa, la rabia que se
dibujan en su cara de acuerdo a los temas que farfulla, pero más lo son sus
frases: una máquina de insultar y de mentir.
Por esta razón vi con optimismo las
manifestaciones denominadas “No Kings”
del 28 de marzo en muchas ciudades grandes y pequeñas de EUA, una de ellas
encabezada admirablemente por Robert De Niro. Saber que se va creando una
fuerza mayoritaria de repudio es un signo quizá no tan pequeño de que el mundo,
después de todo, todavía conserva algo de sensatez y en las horas más difíciles
es aún capaz de caminar en una misma dirección.
sábado, marzo 28, 2026
Páginas de Alianzas
A lo largo de una vida de
lector, uno se siente a veces íntimamente más cerca de algunos relatos dispuestos
en el camino. Esto no significa, por supuesto, que una historia remota en el
tiempo y el espacio no tenga la capacidad de conmovernos. Si el tema es humano,
si cuenta el drama permanente de existir con todo y las esporádicas alegrías
que a veces el azar nos brinda, si su tratamiento es el adecuado para
considerarlo arte, cualquier aventura de palabras, remota o próxima, tiene
potencialmente la capacidad de seducirnos, de asir en un puño nuestra
sensibilidad de lectores.
El complemento de lo que
afirmo es que algunas historias, por su cercanía espacio-temporal, nos parecen
más entrañables, parte indiscernible de nuestra vida. Es el caso de Alianzas, primera novela de Elena
Palacios. Por su asunto, y sobre todo por su ambiente, por el espacio que sus
páginas deambulan, muchos lectores laguneros, aunque no únicamente de nuestra
región, podrán sentir que la savia que da vida al extenso relato es algo que
nos concierne, un lugar que alguna vez hemos recorrido y acaso retenemos como
tatuaje en la memoria.
Me pasó tal como digo. Al
leer, advertí que mi recuerdo se mezclaba con la creatura literaria de Elena
Palacios al grado de sentir que la atmósfera no era la que me insinuaban sus
páginas, el flujo de su narración, sino la que yo mismo preservo en la memoria.
Así, gracias a esta novela noté que no era poca mi experiencia directa con el
mercado Alianza, corazón de nuestra ciudad durante muchas décadas. Sin querer, el
relato de Elena fue estimulante como catapulta de lo agregado por mi recuerdo: viejas
caminatas, numerosas vagancias de transeúnte joven por aquellas callecitas
llenas de vitalidad y colorido.
Elena
Palacios nació en Torreón, Coahuila, en 1967. Es escritora de narrativa. Sus
libros individuales son Cuentos
cortos para gente que duerme sola (2018 y 2023), Maté
a la mariposa (2022 y 2025) y A
vuelta de rueda (2023 y 2024). Creadora del proyecto “La
plaquette, revista literaria”. Ha publicado en las revistas Estepa del Nazas, del Teatro Isauro
Martínez, y Acequias, de la Ibero
Torreón. Actualmente coordina el taller literario “Libros, letras y café”.
Más
allá de la anécdota y los entrañables individuos que aparecen en las páginas de
Alianzas, el personaje protagónico, o
uno de ellos, es el mismo mercado Alianza del que se perfila una emotiva y
sutil biografía, un trazo de su alma.
Construida
de manera cronológica —aunque con algunos saltos al pasado—, Alianzas nos comparte la vida de
personajes ubicados en el contexto del mercado. El arranque nos presenta el
primer eslabón, la pareja formada por Gregorio y Paulina. Ambos viven en el
mismo espacio donde tienen su negocio de especiería. A partir de esta pareja se
despliega una genealogía que, como ocurre siempre, sufre pérdidas y de accidentada
manera supone encuentros que dan continuidad a las vicisitudes de toda vida
humana. La cercanía de una familia de migrantes chinos, también dedicada al
comercio en el mercado, sirve para atravesar el peor momento padecido por
nuestra comunidad: el genocidio conocido como “matanza de los chinos”.
Desde
el arranque del siglo XX, el mercado se convirtió en la zona más agitada de
Torreón, el punto donde convergían los destinos de decenas de personas de fuera
que, atraídas por nuestra bonanza económica, comenzaron a tejer aquí sus vidas.
Un teatro inevitable de aquellos vínculos, hasta la fecha, es la zona del
poniente, donde nació Torreón. Así entonces, a Gregorio y Paulina se van
sumando poco a poco, mientras avanza el tiempo y la novela, las vidas de
Teodoro, Alberto, Aurora, Román, Jesús y muchos más que mientras viven la
cotidianeidad contrariada de sus existencias, ven pasar los lustros de un
espacio que en el presente ya no tiene la gravitación de su época fundacional.
No es posible olvidar en la recomendación de esta novela que su autora muestra en ella dos pericias valiosas para la confección de una historia de amplio aliento: la capacidad para anudar situaciones que dan fluidez al relato y un estilo que en todo momento acusa un lirismo terso, delicadamente poético en la descripción de los caracteres, del espacio físico general y, más particularmente, de la casa y las costumbres populares, muchas de ellas mágicas, que se suman como abundante ingrediente de la narración. Alianzas es pues una primera novela que no lo parece, sino la obra de una escritora madura y ya diestra en el tejido de urdimbres narrativas que provocan el goce del lector.
miércoles, marzo 25, 2026
Tres ítems de Walsh
Ayer se cumplió el aniversario
cincuenta de último golpe de Estado en la Argentina. He dicho, y aquí insisto,
que tal ayer debe alertarnos porque el eje ideológico que empujó aquel
sacudimiento es, sustancialmente, el que abrazan hoy personajes como Trump y
Milei, dignos herederos de la derecha golpista acurrucada en el cono de sombra
del Plan Cóndor. Un año después del golpe, el periodista y escritor Rodolfo
Walsh (Lamarque, Río Negro, 1927-Buenos Aires, 1977) depositó en varios buzones
su “Carta abierta de un escritor a la Junta Militar”. El día que salió a
repartirla fue sorprendido por el aparato represivo, herido de muerte y desaparecido
hasta la fecha. Walsh tenía claro el espanto del gobierno militar. Su carta se
convirtió en la mejor y más rápida evaluación de un proceso al que todavía le
faltaba sumar seis años de crímenes de lesa humanidad y deterioro económico.
Destaco tres momentos de la carta:
Uno.
“El 24 de marzo de 1976 derrocaron ustedes a un gobierno del que formaban
parte, a cuyo desprestigio contribuyeron como ejecutores de su política represiva,
y cuyo término estaba señalado por elecciones convocadas para nueve meses más
tarde. En esa perspectiva lo que ustedes liquidaron no fue el mandato
transitorio de Isabel Martínez sino la posibilidad de un proceso democrático
donde el pueblo remediara males que ustedes continuaron y agravaron”.
Dos.
“La falta de límite en el tiempo ha sido complementada con la falta de límite
en los métodos, retrocediendo a épocas en que se operó directamente sobre las
articulaciones y las vísceras de las víctimas, ahora con auxiliares quirúrgicos
y farmacológicos de que no dispusieron los antiguos verdugos. El potro, el
torno, el despellejamiento en vida, la sierra de los inquisidores medievales
reaparecen en los testimonios junto con la picana y el ‘submarino’, el soplete
de las actualizaciones contemporáneas”.
Tres.
“Estos hechos, que sacuden la conciencia del mundo civilizado, no son sin
embargo los que mayores sufrimientos han traído al pueblo argentino ni las
peores violaciones de los derechos humanos en que ustedes incurren. En la
política económica de ese gobierno debe buscarse no sólo la explicación de sus
crímenes sino una atrocidad mayor que castiga a millones de seres humanos con
la miseria planificada”.
Mañana en la cafebrería La Tinta de Torreón ofreceré una conferencia sobre todo esto a la 7 pm. Entrada libre.



















