Desde
hace muchos años, quizá cuarenta o poco menos, tengo dos o tres devociones
bibliográficas irrenunciables. Una de ellas es, sin duda, la que guardo por el
Fondo de Cultura Económica, el sello editorial más importante de México y, si
me apuran, de Latinoamérica toda. Un viejo artículo de 1994, creo que ya
perdido, testimonió en las páginas de un suplemento cultural mi fervor por los
libros del Fondo y el enorme servicio que han brindado desde el 4 de septiembre
de 1934, fecha de su fundación. Vamos pues, ya, encaminados a su primer siglo
de vida y el Fondo, más allá de cualquier turbulencia coyuntural, sigue firme
como una casa editorial enorme para el conocimiento y la imaginación, para toda
forma de expresión escrita y gráfica, humanística en suma. El FCE me
enorgullece en la materialidad de los muchos, de los muchísimos libros que de
su catálogo figuran en mis entrepaños, más de los que la biología me dará
tiempo de leer.
No
poco de proeza tiene recorrer la historia de una institución como el FCE. Las
editoriales grandes, y ésta lo es, ramifican su hacer de tal manera que en
potencia su historia podría llenar muchos tomos, una enciclopedia. Del Fondo,
por ejemplo, cabría explorar la historia de su origen (e incluso de la
situación previa del libro y la edición en México), sus directores, sus
autores, sus editores, sus colecciones, sus sucursales, su producción y su
distribución, por enumerar los ítems más amplios y salientes en un estudio
potencial. De hecho, ya hay libros que se internan en el pasado del Fondo, como
Historia de la Casa (FCE, 1994), de
Víctor Díaz Arciniega, o, más recientemente, El Fondo, La Casa y la introducción del pensamiento moderno en México
(FCE, 2016), de Javier Garciadiego.
Ya
compraba y leía libros del FCE cuando llegaron a mis manos las Memorias (Joaquín Mortiz, 1976) de
Daniel Cosío Villegas, fundador del Fondo. Dado el género del libro, el
economista e historiador dedicó algunas páginas a recordar cómo nació la casa
editorial. Al final del “Tramo octavo” (Cosío Villegas dividió su memoria en
“tramos”), dice lo siguiente: “El hecho es que en enero de 1935 apareció
nuestro primer libro, El dólar plata
(¡traducido por un poeta! [Salvador Novo]), y que de allí seguimos hasta hacer
del Fondo una editorial de enorme prestigio, que prestó un servicio señalado a
la educación y la cultura de México y de todos los países de habla hispana.
Valdría la pena hacer su historia, pues el libro que la recogiese resultaría
sumamente aleccionador”.
Libros
hay ahora, entonces, abocados a bucear en el pasado del Fondo, y uno de ellos
es De México para América entera.
Pequeñas historias del Fondo de Cultura Económica (Grano de Sal, 2019, México,
300 pp.), escrito por Rafael Vargas Escalante y prologado por José Woldenberg.
El subtítulo insinúa un abordaje modesto (“pequeñas historias”), pero sólo admite,
quizá, y eso a veces, el adjetivo nomás por la extensión de cada estancia, no
por la espesura y el valor de su contenido. Si no conté mal, son 37 textos que equivalen,
cada uno, a una ventana para asomarnos al pasado de la casa editorial creada en
México “para América entera”. Quienes nada sepan sobre el FCE, lo digo desde
ya, este libro es la más grata introducción a su andanza desde 1934 a la
actualidad.
¿Por
qué la más grata? Porque Rafael Vargas articuló las piezas de este libro luego
de haberlas publicado en diferentes espacios de la prensa cultural, es decir,
desde su concepción estaban destinadas al público no necesariamente
especializado. Tiene mucho, pues, de ameno y anecdótico, de ágil y bien
escrito, pero al margen de sus valores más visibles hay debajo de sus párrafos
un arduo trabajo de investigación periodística, de data contante y sonante.
De México para América
entera configura pues un fresco textual que puede llevar al
recuerdo de Rivera: en un plano aparecen, juntos pero no revueltos, los
protagonistas de la aventura editorial que comenzó como una mera idea para
publicar traducciones de libros sobre Economía y terminó siendo el
emprendimiento de carácter bibliográfico más grande de América Latina.
Vargas
Escalante, en textos breves e independientes, explora distintos momentos de una
sola historia, a varios protagonistas y numerosos hitos. Por supuesto desfilan
en sus páginas Cosío Villegas, la labor crucialísima de Arnaldo Orfila, el peso
de Joaquín Díez-Canedo, la impagable participación de los republicanos
españoles, la disciplina bibliográfica de José Luis Martínez, el empuje de
Jaime García Terrés y el talento de muchos y muchas como María Elena Satostegui,
Magda Portal y Camila Henríquez Ureña, responsables de sucursales fuera de
México. Asimismo, recoge casos específicos de libros y autores como Reyes (Obras completas), Paz (Piedra de sol), Fuentes (La región más transparente), El Popol Vuh, Selma Ancira, Wenceslao
Roces, Leonora Carrington, Vicente Rojo y muchos más, todos vinculados de una
forma u otra a la sigla FCE. Son particularmente interesantes, por poco
conocidos en México, los apuntes del autor sobre las mujeres que fungieron como
embajadoras de la editorial fuera de México: las mencionadas Satostegui (España
y Argentina), Portal (Perú) y Henríquez Ureña (Cuba y Estados Unidos).
Otra
virtud de este libro, por si le faltara una, es la de compartir sutilmente un
panorama general de la escritura y de la edición mientras ilumina pasajes del
FCE. Dos ejemplos, entre muchísimos otros, podrían ser el de Orfila, quien
luego de su injusta salida del FCE, creó Siglo XXI, o el de Díez-Canedo, quien
cuando dejó el FCE (1962) lo hizo para fundar su propia casa editorial, Joaquín
Mortiz. Así pues, el libro tiene derivaciones, ramas, vertientes hacia muchos
puntos del mundo editorial mexicano, latinoamericano e incluso español. Por
todo, no vacilo al afirmar que el paseo por sus páginas termina siendo una grata
y fructífera inversión de tiempo.
Rafael Vargas Escalante (Ciudad de México, 1954) ha publicado una decena de libros de poesía, entre los que se cuentan Conversaciones (1979), Signos de paso (1994) y Pienso en el poema (2000). Ha colaborado en revistas como Proceso, Nexos, Biblioteca de México, Artes de México y La Gaceta del FCE; en la última revista fue, por cierto, donde publicó previamente gran parte de las piezas aglutinadas en De México para América entera. Las escribió en la época durante la que La Gaceta fue dirigida por Tomás Granados Salinas, quien, hasta donde sé, es el esmerado editor del sello Grano de sal.























