Museo de Historia Mexicana, ciclo “11/22: futbol y polémica” coordinado por el comunicador Gabriel Contreras. Serán cuatro mesas a celebrarse los cuatro miércoles de este mes; van dos, y el 13 de mayo reciente me tocó dialogar en la segunda con Víctor Barrera Enderle. En esta liga pueden ver y escuchar la conversación completa.
lunes, mayo 18, 2026
sábado, mayo 16, 2026
Monterrey cuatro décadas atrás
El miércoles pasado volví a
Monterrey. Atendí una amable invitación del Museo de Historia Mexicana para
participar en el ciclo “11/22: futbol y polémica”, pensado y coordinado por el
comunicador Gabriel Contreras. Serán cuatro mesas, van dos, y me tocó dialogar
en la segunda con Víctor Barrera Enderle, a quien sólo conocía por escrito gracias
a su libro Ahora colecciono miradas. El
discurso ensayístico en la etapa madrileña de Alfonso Reyes (UANL, 2021). Aunque
el tema de nuestra conversación no fuera a girar en torno a la obra del polígrafo
regiomontano, el hecho de saber que mi interlocutor es especialista en la obra
de Reyes y actual director de la Biblioteca Alfonsina fue motivo más que grande
para entusiasmarme. Al final nuestro diálogo, titulado “Futbol y letras”, se desarrolló
por los cauces deseados, pues establecimos, o tratamos de establecer, los
puentes entre el futbol como fenómeno cultural y su influjo en la escritura
literaria.
El viaje en camión me dio
tiempo para recordar en la ida y en la vuelta mi etapa, digámoslo así,
regiomontana. Aunque he compartido poco esa experiencia, tuve radicación en
Monterrey durante un breve periodo de mi vida, apenas un semestre. Ahora que
reparo en esto, quizá una de las trampas de la memoria, de la mía en este caso,
ha sido ocultarme ese recuerdo porque fue particularmente duro, por no decir
que feo, digno de olvido. Pero así como esconde, como escamotea, la memoria no
puede borrar del todo lo ocurrido, y sobre el bus resucitó en mi cabeza la
andanza de hace cuarenta años. No pude recordar con precisión muchos detalles, sobre
todo datos duros, pero sí montones de imágenes que se agolpan cuando intento establecer
una cronología de aquellos meses traumáticos.
Tal vez estoy exagerando, no
sé. Quizá la vivencia no fue tan adversa, pero algo me lleva a creer que sí,
como si la memoria tuviera un mecanismo para hiperbolizar lo malo. Lo que
recuerdo de mi etapa regia —que de regia
no tuvo nada— se debió al desempleo. Acababa de salir de la carrera y de
inmediato me vi impelido a trabajar. En ese momento advertí que se había
acabado la beca familiar, así que me puse a buscar en dónde vender mi precaria
fuerza de trabajo. Probé suerte con un grupo de compañeros de la carrera en un emprendimiento
fallidísimo que merece crónica aparte, y luego en otro institucional, público,
que también se frustró casi desde el arranque. No habían pasado ni seis meses
desde que egresé, y ya tenía dos strikes
en mi cuenta laboral.
Fue en ese momento cuando un
amigo de la prepa, José Manuel González Souza, me dio un tip para hallar algo. Él estudiaba el último año de su carrera de
ingeniería en la UANL, y compartía una casa pequeña, como de Infonavit, con otro
compañero de la facultad. Me dijo que sobraba un cuarto, y que por una módica cooperación
podían hospedarme para que buscara chamba allá. Acepté. No recuerdo cómo
conseguí dinero para viajar a Monterrey, ni cómo nos organizamos para que me
recibiera en la terminal, pero un día de 1986 u 87 entramos a la casita ubicada
lejos del centro. En efecto, la casa estaba en una de esas colonias de viviendas
para trabajadores, espacios situados en la periferia con miles de casas idénticas
apiñadas en edificios también idénticos.
Tras mi llegada, recibí
instrucciones de movilidad, rutas de camiones y eso. Mi idea era trabajar en
algún periódico, y daba la casualidad nada casual de que las instalaciones de
los diarios estaban en el rumbo de la Macroplaza. Desde el primer día entendí
que para llegar al centro debía tomar dos camiones, una hora y media de
recorrido. En otras palabras, tres horas, si sumaba la vuelta. Esto ya de por sí
era letal para un lagunero acostumbrado toda la vida a viajes cortos dentro de mi
región.
Para entonces había leído el
suplemento cultural Aquí vamos, del
periódico El Porvenir, y me gustaba
mucho, así que me apersoné en sus instalaciones. No tenía ningún contacto, no
conocía a nadie en el periódico, pero como pude logré que me hicieran una
prueba para algo, no recuerdo si para corrector o reportero. Dijeron que si la
pasaba, me llamarían. Di el teléfono de una señora que era vecina de mi amigo,
el estudiante de la Uni, quien además les preparaba comida por una cuota a la
semana.
Como no podía atenerme al resultado en El Porvenir (que nunca llegó), alguien me dijo que recién habían abierto un nuevo periódico, el ABC. También quedaba por el rumbo de la Macroplaza, y pronto fui a sus instalaciones para husmear alguna oportunidad. Hablé con un funcionario, le expuse mi caso, y dio la casualidad de que tuvieran una vacante de reportero. Supongo que nadie la quería, pues de inmediato me dieron el empleo. Al día siguiente me presenté, me asignaron una máquina de escribir y una orden de trabajo tecleada mecánicamente en una tirita de papel. Con credencial de reportero novatísimo salí a la calle. Tuve que preguntar a compañeros todavía desconocidos en dónde estaba tal o cual lugar, en qué camión subir. Visité las sedes de partidos, de cámaras empresariales, de sindicatos corporativos, para entrevistar a personajes horribles. Caminé mucho, con el fin de ahorrar. A eso de las dos o tres regresaba al diario, me sentaba frente a la máquina y redactaba como podía —siempre con un hambre de perro— las notas que me encomendaban. Salía del periódico como a las 5, y recuerdo varias tardes en las que me senté en alguna banca de la Macroplaza para respirar antes de tomar el bus de hora y media hasta la casita de Infonavit ubicada en el culo de Monterrey, o poquito más allá.
Eso se repitió durante varios meses.
Comía muy mal y dormía peor, pues la casa no tenía aire acondicionado y en el
calor de Monterrey era imposible descansar. Además, los trayectos poco a poco
me redujeron a la condición de zombi, condición que no mejoraba con la llegada
del salario, pues también era rabón. Cómo estaría la cosa que lo único bueno
que recuerdo de mi chamba de reportero en el ABC son algunas tardes frente a la máquina de escribir. No por la máquina
ni por escribir, sino porque frente a mí, como a diez metros, tenía su
escritorio una compañera que me gustó. Se vestía como si fuera integrante del
grupo Flans, y por supuesto no me animé ni a decirle buenas tardes. Sin dinero,
derrotado por el hambre y derretido por el calor, la veía como lo que era: un
sueño imposible.
Cuando ya no di más, aproveché el pago de una quincena para renunciar y volver a Torreón con otro fracaso a cuestas, pero más contento que un liberto. Monterrey quedó como un feo recuerdo de mi estreno periodístico, pero, si lo analizo bien, no fue tan malo, pues me enseñó a boxear arrinconado en la esquina del ring y con la guardia cerrada, sin caer.
miércoles, mayo 13, 2026
Saldo de la visita fallida
A Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la
Comunidad de Madrid, le duró buen rato la cuerda antimexicana, pues todavía ayer hizo declaraciones sobre el trago amargo que pasó en su reciente tour por nuestro país. Provocadora
natural, Díaz Ayuso cargó contra la presidente Sheinbaum y de paso contra Pedro
Sánchez, el villano favorito de la ultraderecha española. Como la visita fue un
fracaso —táctica mal elegida en la estrategia de la derecha global por lastimar
al actual gobierno mexicano—, la excusa de la azuzadora serial fue decir que su
vida estuvo en riesgo, pues México es un país atestado de violencia.
El mismo país que ella pinta como fallido
es el que tiene más turismo en América Latina. Sólo de 2025 esta es una breve
lista, y no es de suponer que los turistas vienen a quedarse encerrados en los
hoteles. La distancia es brutal, ni todos juntos superan al México de las
calles “tomadas” por los narcos: México (48 millones de visitantes), República
Dominicana (11.6), Brasil (9.3), Colombia (6.5), Chile (5.4), Argentina (5.3) y
Perú (4.1). Eso de que México “está tomado por la delincuencia” es una ficción,
y si no es así cómo explicaría Díaz Ayuso el descomunal éxito del sector
turístico mexicano.
Ahora
bien, ¿por qué en la vista se hizo una defensa de Cortés? Más allá de la
polémica histórica, de la que ella sabe menos que nada, la idea clara fue
provocar y dividir con un exabrupto mediático, un paso importante para fortalecer
el voto duro, polarizado, para la derecha mexicana. Su visita respondió al
interés de Ricardo Salinas Pliego, quien está siguiendo el manual derechista
del supuesto outsider: acusar al
progresismo de “ultraizquierda”, “dictadura” y “narcoestado”. A la par,
llenarse la boca con la palabra “libertad”. En fin, todo de manual.
Debo
añadir que Díaz Ayuso está cerca de Trump, busca agradarle, y todo lo que esté
cerca del señor naranja es intrínsecamente nefasto. Además, Díaz Ayuso, como
toda la derecha española, adhiere al pasado franquista, no condena al régimen
criminal que sometió a España durante casi cuarenta años (ésta sí fue una
dictadura cabal) y dejó sembrado el país de fosas comunes. Lo de Díaz Ayuso fue
pues una provocación para favorecer al tío Richi. La operación proyectó un
usufructo bicéfalo: si el gobierno mexicano no decía nada, la española haría de
las suyas; si decía o hacía algo, podía colocarse en la posición de víctima de
los zurdos de mierda.
Por último, recordemos que Díaz Ayuso es una especie de gobernadora (de la Comunidad de Madrid, que incluye a la ciudad de Madrid) y no es equivalente a la figura de Sheinbaum. Esto no significa que no sea peligrosa, como toda la derecha mundial liderada por el secuaz del pederasta Epstein. Obviamente me refiero de nuevo a Trump, el peor ser vivo que en este momento habita sobre la tierra, y para colmo también apoya a Netanyahu, el segundo peor. Casi nada.
sábado, mayo 09, 2026
En un lugar de la cancha: lectura y futbol
No sé si todas las personas
que leen con asiduidad saben en qué momento y por qué adquirieron este hábito.
Supongo que sí, pues creo que en general perciben la importancia de la lectura
como acompañante de sus vidas, lo que obliga a pensar con frecuencia en las motivaciones
remotas. En esto ayuda el hecho de que no es, como caminar, una práctica
desarrollada en la inconsciencia de la primera infancia, sino el nacimiento de
una habilidad que suele darse cuando ya podemos retener las vivencias con
cierto grado de claridad, cuando sabemos hablar con cierta lógica. Me estoy
refiriendo aquí a la lectura que va más allá de la alfebetidad, a la lectura
como goce así sea incipiente. Creo que todos los que leen con regularidad y
placer alcanzan a saber cuándo apareció el gusto, en qué momento tomaron un
libro sin el forzamiento de la obligación escolar.
Sobre esto he pensado más de
una vez porque me interesa como tema vinculado a mi experiencia y porque no ha
faltado oportunidad para que me lo pregunten. Mi respuesta tiene la claridad
que puede tener un recuerdo con medio siglo de edad. Es algo vago ese recuerdo, pero no lo
suficiente como para impedirme una explicación satisfactoria al menos para mí:
yo leo con asiduidad —diría que con pasión y placer si no sonara pedante— desde
que tenía cerca de diez años, hace 52. Antes de 1974, por supuesto que ya leía
los libros de texto de la SEP y el periódico La Opinión que a diario compraba doña Catalina, mi madre. Quiero
pensar que consumía aquellos papeles en los ratos libres, los ratos que
sobraban al juego vespertino con mis hermanos y los amigos de la cuadra. Nunca
fui un buen estudiante, así que me asomaba con desdén a los libros de texto.
Esto creo, pues mis notas jamás delataron a un alumno con aspiraciones altas.
Con el diario tuve una relación buena, me gustaba hojearlo, disfrutar sobre
todo con la sonoridad de los topónimos y la onomástica remota. Pero no entendía
las noticias ni los artículos, así que debía contentarme con una lectura
superficial.
En un cuento mío de 2023, reciente, un personaje ficticio desempeña algunas funciones de alter ego y dice lo siguiente (hagan de cuenta que allí usé lo que acabo de explicar a propósito de mi lectura periodística):
En 1973 yo tenía nueve años y en la casa de mi familia sólo disponíamos de dos posibilidades para leer: los libros de texto gratuitos y La Opinión, uno de los periódicos de La Laguna. Fue en las páginas del diario donde comencé a leer en serio, aunque sin procesar bien lo leído, textos que estaban más allá de lo que encomendaban en la escuela. No recuerdo con precisión ninguna nota, sólo el hecho de pasar la vista sobre el diario y encontrar información que por entonces sólo eran palabras, nombres propios de lugares y personas: Luis Echeverría, Vietnam, Richard Nixon, Madrid, Francisco Franco, Tel Aviv, Moshe Dayan, Juan Domingo Perón, Buenos Aires, Augusto Pinochet, Palestina, Yasser Arafat, Fidel Castro, La Habana, Paulo VI, Ciudad del Vaticano, Moscú, Leonid Brézhnev… Para mí no había ninguna posibilidad de saber entonces que esos nombres representaban ideas, y que esas ideas tenían orientaciones encontradas, que en el mundo había noticias de conflictos debido al choque de las ideologías que abrazaba cada uno de aquellos personajes…
Más o menos así me relacionaba
con el diario a mis diez años. Luego ocurrió un hecho que también he contado
alguna vez. Como a los once años descubrí el futbol. Uso el verbo descubrir porque hasta entonces el
ambiente deportivo de mi casa se relacionaba con la pasión de mi padre, el
beisbol. En uno de sus partidos dominicales celebrado en los campos de
Jabonoso, un ejido de Gómez Palacio, yo tenía quizá once años cuando me alejé
del partido de mi padre y caminé a los campos de futbol. Todo era un llano en
llamas, no había separación física entre los campos de fut y de beis, así que
fui a ver el futbol. Jugaban dos equipos llaneros de jóvenes como de
veinte años, y cuando desde la línea lateral vi el desarrollo del partido no
entendí muy bien las reglas, pero me gustó. Al llegar a casa aquel domingo en
la tarde sentí el impulso de patear algún balón, lo que ocurrió cuando comencé
a jugar en los recreos de la escuela primaria federal Presidente López Mateos de
Santa Rosa y en las tardes de mi barrio gomezpalatino. El gusto de jugar futbol
fue intenso, me hizo muy feliz durante la adolescencia.
Lo extraño ocurrió casi simultáneamente: al gusto de jugar futbol y de leer el diario sin entender el sentido de las notas, sólo por la maravillosa sonoridad de las palabras, añadí la compra de revistas de futbol. También sobre esto he escrito dos o tres veces, una de ellas inédita, pues viene en un librito que aparecerá dentro de dos semanas: Amar a Maradona. Allí, en el primer párrafo del prólogo, comparto esto:
El primer Mundial que vi completo fue el celebrado en Argentina. Tenía 14 años y atravesaba una etapa de enamoramiento futbolero rayano en lo patológico. A la práctica diaria y callejera del futbol sumaba un par de hábitos que después no me abandonarían: ver en la tele dos o tres partidos todos los fines de semana y comprar cinco revistas de futbol con disciplina de académico. Por aquellos meses se había dado el brinco familiar de Gómez Palacio a Torreón, y poco a poco la atracción de la calle me alejó de las sobredosis televisivas y de la frenética compra de revistas, dado que los imperativos de la vagancia consumían los escasos recursos disponibles, incluido el tiempo libre para ver la tele. El virus cedió un poco, pero no se fue, nunca se fue, pues todavía veo en la pantalla algún partido por semana para recuperar un cacho ilusorio de la infancia, y eso de leer no se diga, creció y se orientó hacia mejor vertiente: ya en otros lugares he explicado que ante la falta de biblioteca en casa, las revistas de futbol fueron sin premeditarlo la herramienta que me impuso el gusto de la lectura y de los libros. Así de anómalo fue mi nacimiento a las letras. Los caminos de la literatura son inescrutables.
Ya había adelantado una explicación similar en el libro Invítame a leer. Conversaciones con gente de libros (SEC, 2019), de Gerardo Segura. En tales páginas comenté con mayor amplitud lo que aquí observo:
Cuando llegué a la secundaria ocurrieron dos hechos importantes: por un lado, descubrí la práctica del futbol y, por el otro, mi madre compró unas enciclopedias, lo que en aquella época (1978) era como conectarse a internet. Apasionarme por el futbol como deporte, jugarlo bien y sin descanso, tuvo una extraña derivación “intelectual”, por llamarla de algún modo: me convertí en comprador, lector y coleccionista contumaz de revistas futboleras. Cada semana ahorraba la cantidad necesaria para comprar cinco publicaciones, es decir, todo lo que llegaba a La Laguna sobre ese tema: las revistas Pénalty, Balón y Sólo Futbol, y las historietas Borjita y Chivas Chivas Ra Ra Ra. Gracias sobre todo a las revistas, y a falta de Ilíadas y Odiseas, accedí a entrevistas, reportajes y columnas en los que fui haciéndome una idea del mundo y de la vida a partir del futbol. En aquel tiempo no sólo La Laguna, toda la provincia era más provinciana y se soñaba poco con lo que estaba fuera de nuestro entorno. Las entrevistas a los jugadores me remontaban a geografías distantes, a topónimos y nombres de equipos y jugadores que conllevaban una sonoridad peculiar: Botafogo, San Lorenzo de Almagro, Amaury Epaminondas, Juan Carlos Czentoriky, Belarmino de Almeida, Colo Colo, Rafael Albrecht, Jan Gomola, Carlos Jara Saguier… algo raro había en esas palabras, lo que me hacía pensar en lejanías, en la heroicidad de viajar, en la vaga sensación de que el mundo era mucho más grande de lo que yo imaginaba. Mi vida, entonces, era ir a la escuela, leer revistas de pe a pa y jugar futbol en la calle todos los días. Eso fue, sospecho, lo primero que leí con pasión y disciplina, pero no me duraría mucho tiempo, pues llegaron las enciclopedias y con ellas unos libros de regalo, como un pilón. Las enciclopedias sirvieron en casa para las tareas de mis hermanos y las mías, pero yo aproveché más un libro extra, de los de regalo, al que considero muy importante en mi vida, acaso el primero que logró cautivarme.
El
acontecimiento cultural más importante de mi vida, leer asiduamente, se lo debo
pues al futbol, aunque parezca increíble. Supongo que es al menos mínimamente
raro que de jugar futbol se pase a leer futbol con voracidad y de allí, sin
solución de continuidad, haya pasado a la lectura literaria, a la lectura de
libros “serios”. Esto me lleva a pensar en los orígenes de un lector. ¿Todos
debemos comenzar por los clásicos infantiles y de ahí pasar a los clásicos
adultos? ¿El fracaso está garantizado si no se comienza por la Ilíada o el Quijote? Obviamente no, y modestia al margen creo que soy un buen
ejemplo de que el comienzo importa sólo como comienzo, para agarrar el gusto,
para cimentar la asiduidad que después pueda ser canalizada hacia obras de
mayor calado.
La
formación de un lector es misteriosa. En el proceso hay, supongo, una cierta
predisposición natural, que en mi caso fue el asombro ante el sonido de las
palabras dichas y la contextura de las palabras escritas. Antes de comprender
su sentido, las palabras ya me habían hechizado, no sé por qué. Lo que vino
después fue, diría Bourdieu, el habitus
que tuve a mi alcance: una familia que tenía periódico todos los días, una
escolaridad estándar en escuela pública sobrepoblada, un deporte popular a la
mano y revistas baratas de futbol para cobrar impulso como lector. Luego
vinieron los primeros libros casuales, el acceso a la universidad, los amigos
con más lecturas y el orgullo íntimo de ser un poquito distinto, vaya modesto
logro, por leer libros.
En
suma, nadie elige sus primeras lecturas fervorosas. En mi casa infantil no
había biblioteca, a mí me tocó combinar la práctica del futbol con la lectura
de revistas de futbol, y es por ello que tengo gratitud por este deporte que
luego sin querer me condujo hacia los libros. Esto quiere decir que no me asusto
cuando un joven comienza leyendo mucho de lo que sea, generalmente mugre. Lo
importante es que el impulso inicial luego tome un camino más exigente, que no se quede atorado, por ejemplo, en la autoayuda o los zombis. Esto de leer con fruición es
un tanto azaroso, pero si lo miramos bien, todo en la vida es así.
Comarca
Lagunera, 8, mayo, 2026
Nota 1. En la imagen que encabeza este post aparece Miguel Marín, portero de Cruz Azul en la década de los setenta. Fue mi ídolo futbolístico de la niñez, aunque nunca jugué en el arco. Si no recuerdo mal, la foto me la regaló José Manuel González Souza, compañero de la prepa, más o menos en 1980. Desde entonces la conservo. Es una foto periodística original, impresa en papel fotográfico. En el envés aparece impresa, con sello de goma, la leyenda “Foto Hermanos Mayo. 1974”. Mi amigo Souza es pariente de la familia Mayo, y con alguno de sus miembros consiguió esta excelente postal que después puso en mis cruzazulinas manos.
Nota 2. Texto parcialmente leído como base de una charla ofrecida en la Feria del Libro de Coahuila-Torreón. Su título fue “En un lugar de la cancha: lectura y futbol”. Se celebró el 9 de mayo de 2026 en el Centro de Convenciones de Torreón, sede de la Feria.
jueves, mayo 07, 2026
Diálogo en Monterrey
miércoles, mayo 06, 2026
Cómo comprar un libro
Por supuesto que el título de
manual que exhibe esta entrega es sólo un gancho, el gancho habitual de lo que
quiere ser leído. Nadie sabe con exactitud cómo comprar un libro literario,
aunque es evidente que un lector más o menos entrenado no se guía sólo por las conversaciones
de sobremesa para interesarse en un volumen y luego ir a comprarlo. Un lector
ya no digamos experto, pero sí cuidadoso de sus adquisiciones, toma en cuenta elementos
que en general no son atendidos por el lector esporádico o meramente ocasional,
aquel que compra un libro cada que ocurre el milagro de que lo seduzcan con algún
detalle digno de su más recóndito interés. Digamos que aquí, en estos
renglones, no voy a pensar en ese lector complicadísimo, sino en alguien que no
es voraz de libros pero sí siente el apetito de comprar y leer con alguna voluntad
de esas que se apagan y de repente se reencienden, como la voluntad de las
dietas.
El lector más o menos suspicaz en el que estoy pensando, un lector que cuida sus pesos pero no al
grado de incurrir en la cicatería, toma en consideración, primero, el aspecto
del libro, la editorial que lo produjo. Digo esto para advertir sobre todo que
los libros de autores extranjeros clásicos (digamos Shakespeare) se nos aparecen con
innumerables sellos editoriales. No todos son lo mismo. De preferencia, por
ejemplo, debemos considerar que sea una buena traducción y que tenga algún mínimo
aparato crítico, como introducción y notas. En español, un caso de buenas
ediciones de clásicos lo hallamos en los libros de Cátedra, pero hay muchos, aunque
menos que ediciones chafas.
Siempre al comprar un libro es recomendable leer los paratextos: título, autor, texto de contratapa, solapa, prólogo... Todos estos ingredientes añaden algo, así sea poco, a la valoración del libro antes de comprarlo. Un método muy útil para tener mejor idea sobre el libro y el autor es rascar un poco al internet. No falta, cuando el escritor tiene un mínimo camino recorrido, que encontremos opiniones, reseñas. A veces no son muy favorables, y eso puede desalentar la compra, pero esto no debe ocurrir necesariamente así. Luego de indagar lo que ya dije, tanto en la búsqueda presencial como en la pesquisa en línea es pertinente leer un poco. Mi método fuerza explorar algunos párrafos del principio y, si se puede, unos cuantos aleatorios más. Si en la librería el libro tiene celofán, hay que solicitar quitárselo. Este es un derecho del lector antes de hacer su compra. En las ventas en línea las editoriales suelen darnos un adelanto de páginas muy útil. Lo que sigue para tomar la decisión de compra queda aquí en último lugar, aunque en realidad puede ser lo más importante: el precio. Esto merece otras consideraciones que por ahora no hago para no agüitarlos.
lunes, mayo 04, 2026
Ciclo sobre futbol
El miércoles 13 de mayo
estaré en Monterrey para participar en la segunda mesa de este ciclo. Me dará
mucho gusto conocer a y dialogar con Víctor Barrera, a quien he leído y admiro
por la pasión con la cual ha tratado un tema que también me apasiona: Alfonso
Reyes. En fin: será un gusto ver de nuevo el Cerro de la Silla y conversar en
el Museo de Historia Mexicana.
Muchas gracias a Gabriel Contreras por el contacto y la invitación. En esta liga pueden encontrar más datos sobre el ciclo.
sábado, mayo 02, 2026
Norbert Elías y la vejez actual
He
infligido una segunda lectura a La
soledad de los moribundos (FCE, México, 2018, 139 pp.) y sigo creyendo que
se trata de una reflexión muy interesante para pensar en un fenómeno que
comenzó a definir su rostro actual en los ochenta, casi cuando se dio la
primera edición de esta obra (1982). Tal fenómeno es la defensa de la juventud
o de la apariencia de la juventud y el rechazo a su envés: el aspecto de
envejecimiento y lo que supone ser en verdad viejo. El autor del breve libro es
Norbert Elias (Breslavia,
Imperio Alemán, 1897-Amsterdam, Países Bajos, 1990), sociólogo de quien el
Fondo en México ha publicado al menos dos libros individuales más: El proceso de la civilización y La sociedad cortesana.
Luego
de aquel primer acercamiento, sancoché rápido un comentario para la columna. La
reseña, forzosamente sucinta por el espacio disponible del diario, me dejó la
sensación de que el libro de Elias requería mayor abundamiento, pues anunció
con transparencia lo que sobrevino poco después, como ya señalé: el fenómeno
que dio como resultado un sujeto social hasta ahora desconocido al que de modo
popular aquí conocemos como “chavorruco” (llamado así por los mexicanismos
“chavo”, joven, y “ruco”, viejo). El trabajo del sociólogo explora
el pasado en la percepción de la muerte y percibe y destaca los cambios que al
cierre del siglo XX se perfilan en la mirada social de la gente en cuanto a la
finitud y su preámbulo, la vejez. Logra detectar el rasgo más saliente del
momento que vivimos: la urgencia y hasta la desesperación por blindar el
presente ante los estropicios del tiempo, una actitud casi paranoica que hoy se
manifiesta incluso a muy temprana edad, en jóvenes de treinta años o poco más
que a esa edad comienzan a sentirse acosados por el desgaste físico y obran, no
sin estrés, en consecuencia con impertinentes dosis de bótox.
Por
supuesto que no es objeto de este apunte dar idea cabal de las observaciones de
Elias en La soledad de los moribundos,
sino sólo proponerlo como dinamo de nuestra propia reflexión sobre la vejez y
la muerte que nos atañe en tanto seres conscientes de nuestra circunstancia. El
prólogo de Fernández Christlieb resume en un párrafo las ideas fuerza en la
reflexión del autor, las respuestas que el ser humano ha interpuesto para
“defenderse” de la muerte: “Hay
cuatro posibilidades según Elias: usar la forma más antigua que es pensar que
existe una vida posterior; reprimir la idea de la muerte; pensar que otros
mueren pero uno no y una última, que el autor puso en práctica los últimos
cuarenta años de su vida: mirar de frente a la muerte”.
El sociólogo escribió el libro cuando tenía 85 años, sabía que su tiempo se
agotaba y compartió su reflexión sobre la vejez y la muerte en las sociedades
antiguas y la actualidad: “Refiere que entre los
caballeros del siglo XIII un hombre de cuarenta años era casi un anciano,
mientras que en las actuales sociedades industriales esa persona sería un
joven”.
En efecto, Elias destaca que por el tamaño de las sociedades pretéritas la gente vivía apiñada en colectividades como tribus, clanes y pequeños conglomerados de diverso tipo, lo que aseguraba la visibilidad de la muerte para todos, incluso los niños. Agonizar y morir podían ser procesos dolorosos y poco o nada salubres, pero en general la vida acababa para el moribundo rodeado por los suyos. Esto cambió con el paso de los siglos, según Elias: “Con el desplazamiento hacia las ciudades y la institucionalización de la salud los viejos adquieren protección estatal pero pierden calidez en la convivencia. Si llegan a asilos o permanecen en sus casas viven una exclusión de la vida normal, se les aísla del resto de la sociedad. Es justamente el aislamiento emocional una de las principales características del proceso de envejecimiento en las sociedades avanzadas”.
Otro rasgo de las sociedades antiguas era la
posibilidad siempre cierta de que aflorara la violencia en cualquier momento y
lugar. Hoy suponemos que nuestra muerte se dará en un lecho, de manera natural.
En otros momentos de la historia, la fuerza física y las diferencias de edad,
religión, raza, sexo provocaban que la muerte ocurriera en cualquier momento.
En las sociedades más desarrolladas ha sido mitigado, pero no desterrado, el
miedo a morir abruptamente, de ahí que siga vivo el apego a una idea de trascendencia:
“Es evidente que no existe idea alguna, por extraña que parezca, en la que los
hombres no estén dispuestos a creer con profunda devoción, con tal de que les
proporcione alivio ante el conocimiento de que un día ya no existirán, con tal
de que les ofrezca la esperanza en una forma de eternidad para su existencia”.
Casi no pensamos en el pasado como un tiempo
ciertamente atroz. El avance civilizatorio, observa Elias, no ha echado por
tierra el vandalismo o acabado con lastres como las epidemias, pero el grado de
desarrollo alcanzado en estos dos aspectos es innegable. Por un lado, se ha
conseguido la “monopolización relativamente eficaz de la violencia física”, que
castiga el comportamiento destructivo, y, por otro, la ciencia ha dado pasos
extraordinarios que aseguran una extensión promedio de la vida más allá de lo
que imaginaron otras generaciones. Esto lleva al autor a asegurar que “En los
Estados nacionales más desarrollados, la seguridad de las personas, su
protección frente a los más rudos golpes del destino como la enfermedad y la
muerte súbita, es considerablemente mayor que en épocas anteriores, quizá mayor
que en toda la historia de la humanidad”.
Elias subraya que a la par de lo anterior, y
motorizado desde el individualismo Renacentista, se ha dado una especie de
paulatina secularización de la vida cotidiana que tiende al laicismo y a
difuminar, sin anularla del todo, la idea de trascendencia o inmortalidad. El
tiempo terrenal, poco a poco, ocupa mayor interés en la vida humana, y la
garantía de seguridad social y salud apalancada en la ciencia han propiciado
una especie de evasión. Los moribundos, léase los viejos, han pasado a
colocarse tras un muro, pues son un recordatorio ingrato para quienes todavía
están vivos: “Nunca antes, en toda la historia de la humanidad, se hizo
desaparecer a los moribundos de modo tan higiénico de la vista de los
vivientes, para esconderlos tras las bambalinas de la vida social; jamás
anteriormente se transportaron los cadáveres humanos, sin olores y con tal
perfección técnica, desde la habitación mortuoria hasta la tumba”.
Individualismo, secularización, monopolio de la
violencia, participación del Estado, evolución de la ciencia y obsesión
hedónica han sido la mezcla de elementos que marginan al viejo reacio a participar
en lo lucha por no parecerlo. El afán impuesto hoy, razón de fondo que ha
propiciado la propagación de los chavorrucos, es la defensa de la juventud como
valor irrenunciable: “La idea de la implacabilidad de los procesos naturales se
suaviza con el conocimiento de que también son controlables. Hoy más que nunca
puede esperarse aplazar la propia muerte gracias al arte de los médicos, a la
dieta y a los medicamentos. (…) En ningún momento anterior de la historia de la
humanidad se ha hablado tanto, a todo lo ancho de la sociedad, de métodos más o
menos científicos para prolongar la vida”.
El estrés que ahora provoca envejecer, el
esfuerzo por mantener una apariencia lozana a cualquier precio y la lucha
despiadada contra la decadencia propia que crea pánico, en cierto punto deben
tener fin. ¿Habrá valido la pena ese combate contra la naturaleza? Cada quien
debe apropiarse una respuesta. Obviamente, y esto lo comento de pasada como
tema que merece exploración aparte, el fomento de la juventud a rajatabla es,
como casi todo, un negocio, un gran negocio, y no es casual que la
multiplicación de los chavorrucos se haya dado a la par del proceso económico
neoliberal, que todo lo convierte en consumo. La vejez actual tiene, por ello,
dos filos: uno benéfico (se extiende la vida, se mejora la salud en la edad
avanzada) y otro traumático (por más que nos opongamos con estrés y gastos, el final llegará).
La
soledad de los moribundos
termina con palabras que sin duda pueden servirnos para estar preparados,
tengamos o no espíritu de chavorrucos: “No abre ninguna puerta [se refiere a la muerte]. Es el final de un ser humano. Lo que sobrevive
de él es lo que ha conseguido dar de sí a los demás, lo que de él se guarda en
la memoria de los otros. El ethos del
homo clausus, del hombre que se
siente solo, tocará pronto a su fin cuando deje de reprimirse la muerte, cuando
se incluya este hecho en la imagen del hombre como una parte integrante de la
vida”.
Cómo último comentario, recuerdo que hace dos
años tuve noticia del libro Un instante
eterno. Filosofía de la longevidad (Siruela, 2021, Madrid, 202 pp.), del
filósofo francés Pascal Bruckner (París, 1948). A mi juicio es también un gran
documento, dado que dialoga con el libro de Elias al actualizar la mirada sobre
la vejez que nos atañe directamente, pues es un libro escrito y publicado casi
ayer, en esta era de jeans rotos,
tenis blancos y gimnasios abarrotados de clientela convencida de su lucha
contra los estragos del reloj y los malos hábitos que abrevian el disfrute de
la única vida que tenemos.
Sólo para sacar tentación, cito uno de sus
párrafos de arranque: “Qué contraste con nuestros tiempos, cuando cualquier
adulto trata de forma desesperada de mostrar los signos externos de la juventud,
practica la confusión de disfraces, lleva el pelo largo o vaqueros; cuando las
propias madres se visten como sus hijas para anular cualquier brecha entre
ellas. En el pasado, la gente vivía la vida de sus antepasados, de generación
en generación. Ahora los progenitores quieren vivir la vida de sus
descendientes”.
Cada quien, en suma, sabrá cómo encara su vejez, si lo hará ceñido a la propuesta radicalizada del mercado que modela comportamientos de consumo o cuidará su salud con la prudencia necesaria y sin renunciar del todo a una vejez que parezca eso: la etapa en la que ya estará cerca el fin, el inevitable cierre de todo lo que fuimos.
Nota. Versión abreviada de la conferencia ofrecida el 30 de abril de 2026 en La Tinta Cafebrería.
miércoles, abril 29, 2026
Elogio de lo invisible
Alguna vez dediqué un pequeño
libro a la comida lagunera. Corrió con buena suerte, tuvo un par de tirajes así
fuera de pocos ejemplares cada uno y el volumen anda por allí, seguramente, en entrepaños de la región y quizá también de otros rumbos. Lo
que hice en aquellas páginas fue homenajear veinte platillos de la gastronomía
local en tanto preparaciones combinadas de ingredientes. No recuerdo si dije
que la idea nació de la gratitud. Sentía tanto agradecimiento a las gorditas, a
nuestras hamburguesas de carrito o a ciertos tacos del terruño que quise
expresarlo de alguna forma, y así lo hice. Tenía de lejos un modelo literario:
Neruda y sus Odas elementales. De
entrada, el título de mi librito incurrió en la misma simetría de dos palabras con
aire de oxímoron: Callejero gourmet.
Aquel libro tiene una segunda
parte todavía no realizada y tal vez así se quede, como libro que nunca
existirá: escribir sobre ciertos ingredientes mágicos, como el maíz, el frijol,
el cilantro, el chile, el ajo, el cacahuate, obviamente la sal…, todos sin
combinar. Este nace del asombro: en su humildad, pues la mayoría son
relativamente baratos y abundantes, tienen un sabor tan definido y
enriquecedor, tan digno de elogio, que fácilmente admiten unas cuantas “odas
elementales”.
Digo lo precedente porque hace
poco vi el video en el que Borges, mi querido y a veces maldosamente excesivo
Borges, le propina un coscorrón a Neruda en una de las brillantes entrevistas que
concedió a Antonio Carrizo. De Neruda dice que tiene poemas horribles, como uno
que le dedicó a la cebolla. Creo que en ese momento pensaba en la “Oda a la
cebolla”, que aparece en la primera tanda (de tres que armó) más o menos con el mismo
título: Odas elementales (Losada,
Buenos Aires, 1958).
Pese al dictamen de Borges, a mí me agradan esas “odas”. Entrecomillo el molde poético para destacar la paradoja. ¿Puede algo simple, “elemental”, admitir la composición de una “oda”? Lo que el premio Nobel chileno quiso expresar con tal unión de palabras es genial: hasta lo simple, hasta lo primario, es asunto del poeta. Nada le es ajeno, ni la cebolla, “redonda rosa de agua”, “Estrella de los pobres” “más hermosa que un ave”. Estos piropos a la cebolla de todos los días son merecidos. No veo por qué no escribirlos.
sábado, abril 25, 2026
Uruguay es tan mucho
Estas palabras tendrán algún sabor a crónica.
Crónica a destiempo, no importa, porque lo fundamental no es seguir una ceñida
línea cronológica, sino expresar una emoción verdadera, la que contaré a partir
de este punto y seguido. Durante muchos años, tal vez treinta, abracé la
esperanza de no irme (de la vida, quiero decir) sin conocer Montevideo. Pude
lograrlo durante casi una semana en los primeros días de mayo de 2024, hace dos
años. Con Maribel tomé el ferry de la compañía Colonia Express desde Buenos
Aires hasta Colonia del Sacramento, al otro lado del Río de la Plata. Temprano
el 2 de mayo ambos estábamos en el Uruguay. Una hora duró el cruce.
En Colonia pasamos un solo día, y al siguiente,
el 3, tomamos un camión rumbo a Montevideo, la capital. Este viaje duró tres
horas algo grises y lluviosas por momentos, pero no lo suficiente como para no notar
el verdor del sur charrúa. Llegamos a la capital a mediodía y desde la terminal Tres Cruces un
taxi nos movió hacia el Palacio Salvo, edificio insignia ubicado al lado de la
plaza principal. Allí nos hospedamos, en aquel inmueble recurrente en la
iconografía turística montevideana.
Yo me mantenía contenidamente emocionado porque
al fin estaba en una ciudad anhelada. Hacía frío, permanecía nublado mucho
tiempo, y las lluvias eran intermitentes y por ello sorpresivas. No dejé que el
clima borroneara mi buen ánimo, pues de hecho era lo que esperaba del mundo
onettiano: una ciudad algo brumosa, algo existencialista.
Semanas antes, cuando aseguré en el itinerario
la recorrida por el Uruguay, me mantuve cerca de los personajes que me
alentaban a viajar: eran varios artistas, pero sobre todo dos: Alfredo
Zitarrosa y Mario Benedetti. Ya sé que para algunos quizá demasiados jóvenes no dicen nada hoy, y que el hecho de que hayan sido de izquierda es casi
aberrante para muchos, pero para mí resulta lo contrario: quería pisar una
calle montevideana sólo para poder decirme, como aquí, en estos renglones, que
alguna vez fui al lugar donde nacieron, y celebrar sus vidas.
Había tiempo para toparme con lo requerido
luego de hacer un poco de turismo fotográfico por la llamada “Ciudad Vieja”. En
la cabeza me rondaba todo el tiempo el poema “Es tan poco” de Benedetti, pero en
la versión cantada por Zitarrosa. En esta pieza los condensaba, los reunía, y
era grato saber que las largas conversaciones con Maribel servían para tratar
de abolir lo que sugiere ese poema: que podemos convivir con una persona, pero
sin que ninguno conozca al otro verdaderamente.
Así, con la canción en la cabeza, esperaba
encontrar lo que hallé en un paseo: un vendedor de libros viejos de la peatonal
Sarandí tenía un libro de 1979 titulado Alfredo
Zitarrosa y sus canciones en una edición asombrosamente mexicana preparada
por el poeta argentino Saúl Ibargoyen. Lo compré. Tiene varias partituras para
mí ilegibles, pues a duras penas leo palabras, no música. El documento me
servía para lo que quería que me sirviera: como fetiche o evidencia de mi turismo bibliográfico. Ya con el libro en la maleta, otro
día prosiguieron las caminatas. Vi en el plano de Google Maps que no quedaba
lejos la Fundación Alfredo Zitarrosa. Fui a pie y estaba cerrada. Sólo me quedó
el registro de una foto en su exterior.
La canción “Es tan poco” siguió zumbando en mi
cabeza. Pensaba encontrar un libro de Benedetti, de preferencia usado, con cualquier librero de la calle, no porque no tuviera mucha obra de él en La Laguna, sino
para llevarme algo comprado allá. El 5 de mayo tuve suerte. Nos vimos con mi
amigo Martín Palacio Gamboa, escritor, cantante y profesor, en el café Lo de
Molina ubicado en la calle Tristán Narvaja, espacio de la ciudad donde los
domingos hay una especie de tianguis. Al terminar la conversación con Martín, Maribel
y yo erramos un poco por el mercadito y encontré Preguntas al azar, de Benedetti, en edición de 1989. La
bibliografía fetiche había sido completada.
Lo que ocurrió durante la última tarde montevideana
tuvo algo de mágico, aunque no creo en eso. Ya dije que me seguía como sombra “Es
tan poco” en la voz de Zitarrosa. Un poco apuradamente (ya era tarde) el último
día salí solo a la Fundación, y nuevamente estaba cerrada. En el regreso, vi a
otro vendedor callejero de libros. Tenía un montón revuelto y estaba a punto de
guardar su mercancía. Eché un vistazo y localicé El amor, las mujeres y la vida, título de Benedetti que parafrasea uno
de Schopenhauer. Le di una rápida hojeada/ojeada y en una de sus páginas estaba
“Es tan poco”, el poema que me rondó durante todo el viaje. Por supuesto compré
el libro.
Sobre el poema digo nomás que es sencillo y de
verso corto, por eso se acomoda relativamente fácil a la melancólica versión cantada.
La metáfora que rige toda la pieza piensa en la pareja como en un par de casas:
lo que conocemos del otro es la fachada, el mero afuera, pero nunca o casi
nunca nos atrevemos a timbrar para entrar a conocer bien el interior.
Dejó en esta liga la pieza cantada y aquí el poema:
Lo que conoces
es tan poco
lo que conoces
de mí
lo que conoces
son mis nubes
son mis silencios
son mis gestos
lo que conoces
de mí
lo que conoces
es la tristeza
de mi casa vista de afuera
son los postigos de mi tristeza
el llamador de mi tristeza.
Pero no sabes
nada
a lo sumo
piensas a veces
que es tan poco
lo que conozco
lo que conozco
de ti
lo que conozco
sea tus nubes
o tus silencios
o tus gestos
lo que conozco
es la tristeza
de tu casa vista de afuera
son los postigos de tu tristeza
el llamador de tu tristeza.
Pero no llamas.
Pero no llamo.
viernes, abril 24, 2026
jueves, abril 23, 2026
Nuestra presidenta opina sobre el himno del IMSS
En otros otras oportunidades he explicado cómo y por qué escribí la letra del himno del Instituto Mexicano del Seguro Social, en uno de cuyos hospitales nací en mayo del 1964. Desde el 2000, cuando la letra ganó el premio nacional convocado por el IMSS, la pequeña pieza literaria (tres estrofas y un coro) me ha traído satisfacciones frecuentes y sorpresivas, como ésta en la que Claudia Sheinbaum, presidenta de México, hace un comentario y lee los primeros cuatro versos. Me llegaron dos versiones del mensaje: se pueden ver en esta liga y en esta otra. También, comparto de nuevo la más reciente grabación del himno celebrada en el Palacio de Bellas Artes el 13 de mayo de 2024. No se me pasa recordar que la música fue compuesta por mi amigo Ricardo Serna.
miércoles, abril 22, 2026
El gran estadio Azteca
El 28 de marzo pasado la selección
mexicana jugó un partido amistoso contra la de Portugal. Este choque fue
organizado para reinaugurar el estadio Azteca luego de varios meses dedicados
al remozamiento del inmueble. El duelo de selecciones quedó empatado sin goles,
de modo que los 85 mil espectadores que concurrieron no dejaron de saludar el
pobre espectáculo con abucheos lanzados desde sus onerosas butacas. Más allá de
lo estrictamente deportivo (que pese a la ausencia de goles reveló la
superioridad de los lusitanos), fue otro detalle lo que atrajo mi atención desde
el arranque del encuentro.
Al sacrificio inevitable que
significa escuchar la crónica de los locutores que narran y comentan nuestro
futbol, tipos cada vez más estridentes y payasescos, se sumó una tortura
inesperada: cada diez segundos, seguramente por consigna de sus patrones, el
locutor y los comentaristas decían “estadio Banorte”. La idea era obvia:
remarcar a los televidentes que el México-Portugal ya no se estaba jugando en
el estadio Azteca, sino en el “estadio Banorte”. Armado con mi más espontáneo
malestar, compartí de inmediato y donde pude estas palabras y otras similares, pues la verdad sentí
rabia: “Perdón
por la nimiedad. Esta es la única vez que llamaré estadio ‘Banorte’ al estadio
Azteca. Para mí el estado Azteca se llama estadio Azteca. Dicho lo anterior, en
unos minutos México jugará un amistoso contra Portugal en el estadio Azteca”.
Creo que no pude ser más claro.
Lo que motivó mi malestar tiene
que ver con el peso simbólico de las palabras. Para los mercenarios, por
supuesto, las palabras no significan gran cosa, por eso ofrecieron al mejor
postor el poderoso y significativo nombre del más importante estadio mexicano,
esto sin considerar su peso simbólico, su valor histórico y el grado de
lexicalización que ya le había dado el uso popular durante sesenta años, desde
su inauguración, el 29 de mayo de 1966, hasta hoy. Por una millonada, le cercenaron
una palabra hermosa para injertarle otra tristemente comercial.
No me pasa lo mismo con otros estadios de reciente construcción con nombres comerciales (Banorte pudo hacer lo mismo). Ellos harán su historia así, con nombres de marcas, pero el Azteca es el Azteca, y este nombre no se puede mutilar como si seis décadas de historia no pesaran. Imaginemos: ¿Pelé fue campeón del mundo en el estadio Banorte? ¿Cruz Azul fue tricampeón jugando en el estadio Banorte? ¿El estadio Banorte fue testigo del gol del siglo anotado por Maradona? Esto es grosero. Por ello para mí el estadio Azteca seguirá siendo siempre, sin ninguna vacilación, el gran estadio Azteca concebido por la maestría del arquitecto Pedro Ramírez Vázquez.
Un pilón. Este caso me recordó lo
sucedido alguna vez con la palabra “chicle” en la publicidad. A algún experto
en anuncios quizá le pareció feo el hermoso nahuatlismo “chicle”, y en los
mensajes comerciales empezaron a decir “goma de mascar”. Por suerte
el calco del inglés no prosperó, la palabra mexica se impuso y para nosotros el chicle siguió
siendo “chicle”. Ojalá que esto mismo pase con la poderosa palabra “Azteca” en
el nombre del más importante estadio mexicano, el estadio Azteca, “El coloso de Santa Úrsula”,
como lo apodó nuestro siempre admirado Ángel Fernández.
sábado, abril 18, 2026
Posesión de Maradona
Aunque
mi admiración por Maradona tiene, obviamente, un costado irracional, no dejo de
intentar una explicación justificada con el envés de la mera emocionalidad. Sé
que no la necesito, que la pasión deportiva, como todas las pasiones, requiere
de ingredientes algo inexplicables para no dejar de ser lo que es. Cuando es posible graficar la pasión en una tabla de Excel es porque ya dejó de existir y
resulta viable observarla desde fuera, sobriamente y con la frialdad del analista.
Esto se puede comprobar con el enamoramiento de un hijo o un amigo: por más
que racionalmente queramos convencerlos de que la elección de la novia no les
conviene, la pasión seguirá intacta, pues “el corazón tiene razones que la
razón no entiende”, para decirlo con la famosa sentencia pascaleana.
Pese
a lo anterior, cada vez que me pregunto por qué me atrae tanto la figura de
Maradona enumero las tres razones que dan sustento a esta posesión: su manera
superior de jugar a la pelota, su proximidad política a muchas ideas con las
cuales simpatizo y la cauda de testimonios admirados sobre su cercanía y
solidaridad. La última es la que más me convence de lo que creo, pues es la
menos subjetiva: decenas de jugadores y no jugadores de futbol declararon
alguna vez un gesto de amistad o plena empatía del argentino, lo cual es raro si
consideramos que en las alturas de la popularidad es difícil que un
superestrella tenga tiempo siquiera para escuchar al otro, y menos para
ayudarlo. Con Maradona no fue el caso, y esto es dable certificarlo mediante
YouTube en innumerables testimonios.
La
estatura mítica del 10 se construyó en la cancha, es obvio, pero no menos
importante fue el peso de su trajín fuera de ella. La presión social, política y
mediática a la que lo sometieron fue la mayor que gravitó sobre un ser humano
durante al menos dos décadas, y por supuesto que su fragilidad fue puesta a
prueba. Pese a todo, pese incluso a un origen de total pobreza y falta de
instrucción escolar, Maradona supo ser reconocido como un ídolo. Ni sus errores
ni sus enemigos lograron tumbarlo del pedestal, y por algo fue y es.
Como
la que acabo de exponer, una explicación personal del fervor por Maradona es el
tema del libro Mi Diego: Crónica
sentimental de una gambeta que desafió al mundo (Lince Ediciones, Buenos
Aires, 208 pp.), del periodista Alejandro Duchini. El relato nace cuando el
autor se entera de la muerte del ídolo. Como muchos, él tampoco esperaba el
exabrupto del destino que se llevó a Maradona cuando apenas tenía sesenta años,
el 25 de noviembre de 2020. (Su impacto me hace recordar el propio: yo estaba
en la cocina de casa cuando mi amigo Jorge Figueroa informó en un grupo de
Whatsapp que Diego había muerto. Así, “Murió Diego”. Quedé como vaciado, como repentinamente hueco
por dentro).
Duchini
cuenta aquel momento: “‘Murió Maradona’, dispara la televisión. Male me
pregunta por qué lloro y no sé qué decirle. Lloro porque siento que todo se
detiene y la infancia, que viene arrasando en su vorágine, me lleva puesto. De
pronto me quedo un poco más solo entre los demás”.
El
golpe impulsa una cauda de recuerdos personales atada a las frecuentes imágenes
de Maradona en las canchas y fuera de ellas; como tantos, Duchini advierte que
su vida no puede ser contada sin incluir a Diego: “Lo quiero y lo querré
siempre. Diego Maradona estuvo desde siempre en mi vida”. En la Argentina el
impacto fue devastador, inimaginable para quienes lo vieron y lo admiraron en
geografías más lejanas. Pero muchos allá y acá abrieron los “Archivos guardados
en el disco rígido de la infancia” y notaron, notamos, que la ausencia nos
pesaba, que la mala noticia llegó muy prematuramente.
En
cada corazón reaparecieron los latidos de alegría que el futbolista provocó en
partidos memorables por la belleza del futbol que desplegaba, una belleza capaz
de abrir paréntesis al horror: “Diego nos daba el espacio para arañar la
alegría en un país gris, sumido en la tristeza de la dictadura. Los
desaparecidos. La ESMA y los otros centros clandestinos de detención en su
apogeo. La censura. Los asesinatos organizados. El miedo y el terror. El
silencio. La muerte a cada metro. Diego nos sacaba de esa realidad, aunque
fuera un ratito”.
La
crónica de Duchini pendula entre lo personal y lo público. Lo personal, el
recuerdo del autor, la posesión de su
Maradona, se va anudando a las distintas situaciones en las que Diego fue indudable
protagonista. En su ir y venir, este relato se ve fortalecido por lo que el
ídolo significó para tantos. No omite mencionar los tropiezos, la pesada losa
que cargó debido a la fama que quizá fue menos premio que castigo. El desarrollo
de su carrera avanza en la crónica hasta llegar a la despedida en la Bombonera,
llena hasta los banderines sólo para ver las últimas palabras de Diego dentro
de un campo de juego: “‘Yo me equivoqué y pagué, pero la pelota no se mancha’.
La Bombonera estaba hasta las manos de hinchas para su partido despedida. Pocas
frases como esa quedaron tan impregnadas en el imaginario popular argentino”.
En su revista de los hechos maradonianos, Mi Diego cita a Víctor Hugo Morales, el relator que con la mejor descripción del Gol en el Azteca pasó a unir su destino al de Maradona: “Fue también el año [se refiere a 1981, cuando Diego fue trasferido de Argentinos a Boca] en que Víctor Hugo Morales comenzaba a relatar en Argentina. Era la primera vez que la popularidad de José María Muñoz, un hombre ligado a la dictadura, tenía competencia. Tal vez más elitista, Víctor Hugo ganó a todos los públicos y se convirtió en el favorito apelando a imágenes ajenas al fútbol para contar los partidos y a una innovadora manera de relatar”. Vale decir que el Gordo Muñoz era el relator más popular en Argentina cuando Víctor Hugo llegó del Uruguay. Cinco años después, el charrúa describió como nadie la jugada inmortal ("la jugada de todos los tiempos") del Mundial México 86.
Extrañeza, desacomodo en la vida, vacío es lo que se siente al leer las páginas de Duchini. No pudo ser de otra manera, pues el periodista escribió su libro casi al calor de la mala nueva. "Recién a su muerte algunos nos dimos cuenta de cuánto queríamos a ese hombre tan humano, como nosotros. Entendimos cuánto nos había marcado en nuestras vidas. Cuánto condimento nos había dado". Todavía hoy, añado, la querencia de Diego lo mantiene tan cerca que parece haber partido ayer, no hace seis años, en 2020, el año de la pandemia que tantas calamidades provocó.
miércoles, abril 15, 2026
En materia de maldad
Uno
de los problemas del mundo actual es la cantidad desorbitada de información y
la poca capacidad que asiste a cada consumidor para procesarla. ¿Cómo ser
experto en todo si sobre cada tema hay toneladas y toneladas de datos
disponibles? ¿Cómo animarse a opinar de lo que sea si en cada tema hay decenas,
cientos de especialistas concentrados más que nosotros en tal o cual asunto? La
superabundancia de información ha creado las condiciones para la propagación de
noticias falsas, como primera consecuencia, pero también para que en el ruido
emerjan voces disonantes, mentirosas, violentas como la de Trump.
El
manual de la comunicación política actual incluye el ruido, el demasiado ruido.
Mantener atenta y confundida a la comunidad es una de las tácticas más
socorridas del momento en el accionar político. Quien mejor representa la
sordidez de esta gramática de la confusión es el presidente norteamericano,
quien a diario, en raptos que parecen brotar de la cabeza de un psicópata,
escupe una mentira, una amenaza, una crítica, una vulgaridad a cualquier punto.
De aquí a que el mundo no especializado en política internacional descifra qué
ha dicho, el gobernante naranja ya soltó una más de sus aberrantes declaraciones,
de suerte que jamás hay tregua ni para los periodistas y académicos expertos en
el tema.
En
estos tres últimos días, Trump se le tiró a la yugular al papa. Unas
declaraciones del pontífice enunciadas durante su viaje a Argelia sirvieron para que el magnate devenido
truculento político lo criticara con frases acuñadas a su brutal estilo, ya
naturalizado en el mundo. De León XIV dijo que es “pésimo en materia de
política exterior” y que “debería concentrarse en ser un gran Papa, no un
político”. El pontífice sólo dijo lo que se espera de él, una obviedad: seguir el camino del
diálogo para alcanzar la paz.
La
patada de mula trumpista sirvió para que Giorgia Meloni, la primera ministra
italiana considerada una política de derecha hasta por quienes no saben nada, saliera
al paso en defensa del papa. Calificó de “inaceptables” las declaraciones del
megalómano rubio, quien ahora apuntó contra su hipotética aliada: “Es ella la
que es inaceptable”, y añadió con su proverbial soberbia: “¿Meloni le gusta a
la gente? No puedo imaginarlo. Estoy sorprendido. Yo pensaba que ella tenía
coraje y en cambio me equivoqué”.
Trump tiene al planeta en vilo. Para él, la única razón es la que le otorga la razón sin titubeos. Lo digo por enésima: es el peor ser humano que hoy habita sobre la tierra, y conste que tiene competidores de tremendo nivel en materia de maldad.
domingo, abril 12, 2026
Caída del orate Milei
En abril del año pasado estaba fundido pero lo rescató el FMl. En octubre hubo elecciones intermedias, su gobierno estaba en la lona y lo rescató Trump por medio del Tesoro norteamericano. A casi dos años y medio de su mandato, Milei está hoy de nuevo en la olla, con el peor nivel de aprobación desde que llegó al gobierno. En este lapso la ultraderecha que representa ya destruyó todo a unos niveles de catástrofe que en lo económico no alcanzó ni la profundidad ni la rapidez que impuso la dictadura de hace 50 años. La Argentina se encuentra hoy arrasada por el gobierno de un tipo que se dijo experto “en crecimiento económico con y sin dinero”. En realidad es un orate que llegó a demoler todo con la promesa contraria: salvar a su país.
Me interesa este fenómeno porque en cierto momento Milei fue elogiado como modelo por la ultraderecha mundial. Llegaron a considerarlo un outsider genial, un modelo a seguir, tanto que el tarambana político Ricardo Salinas Pliego le copió fallidamente algunas excentricidades para ver si cuajan en México. Milei es un idiota cruel y absurdo, un disparate de la historia latinoamericana. Más allá de que se dé de nuevo el milagro y alguien lo salve desde afuera, parece que el daño es tan profundo que ahora no tiene escapatoria: caerá tarde o temprano y con él se evaporará el experimento mundial más atrevido hasta la fecha del llamado anarcocapitalismo.
Lástima que una nación entera, la Argentina, haya sido su conejillo de Indias. Como país lo pagó muy caro, pues ahora es tierra arrasada para el 70% de la población. La expresidenta Cristina Fernández, hoy injustamente presa, lo advirtió hace cuatro años a los trabajadores: en realidad “No vienen por mí; vienen por ustedes”. Obviamente tuvo razón, así fue: llegaron por ellos y los han empobrecido hasta arrumbarlos en las deudas y en el hambre. Eso mismo haría la nueva derecha (una derecha ya no avergonzada de ser derecha, sino cínica, procaz y violenta a la manera de Trump o de Vox en España) si llega por la vía de las urnas o por cualquier otra a gobernar cualquier otro país.
sábado, abril 11, 2026
Algunos astros en México
Por
razones que no viene al caso comentar (de hecho ahora casi nada viene al caso
comentar) leí una biografía sobre Vasco de Gama, el navegante que inauguró la ruta
marítima para que los portugueses llegaran a la India. Al seguir el itinerario
de la travesía lusitana me topé con lo que nadie desconoce: De Gama y sus tres
barcos bajaron por la costa atlántica africana, doblaron el desconocido cabo de
Buena Esperanza (Sudáfrica) y ascendieron las aguas por el Índico para llegar a
Calicut, su destino, esto entre 1497-1499.
Cuando
los navegantes iban a la altura de Madagascar, frente la costa este de África,
pararon un poco en la actual Mozambique (por ese rumbo también está la pequeña
isla de Zanzíbar, donde nació Farrokh Bulsara, el cantante mejor conocido como
Freddie Mercury), y allí detuve un poco la lectura y se dio uno de esos
pensamientos que en mí son como hipervínculos: al leer Mozambique recordé a
Eusebio, el goleador de la selección portuguesa en la década de los sesenta.
Eusebio
fue un delantero letal, anotó casi 600 goles y en mi memoria más remota, la
memoria de mis 11 años, su nombre permanecía gracias a un recuerdo preciso:
aunque parezca increíble, la Pantera Negra, como le decían, jugó en los Rayados
de Monterrey. Un googleo veloz me confirmó que el mozambiqueño/portugués en
efecto fichó para la Pandilla hacia 1975, ya viejo, sin éxito en su breve paso
por el futbol mexicano, pues sólo anotó un tanto y se lesionó. La asomada a
YouTube exhibe claramente qué tipo de artillero fue: a mi juicio, una especie
de Pelé africano, pues su repertorio de jugadas muestra a un delantero con
habilidad en ambas piernas, potencia, gambeta, disparo fuerte, rapidez. Como
dije, un Pelé que jugó en la misma era que Pelé. Había nacido hacia 1942 en Lourenço Marques, hoy Maputo, la
capital de Mozambique colonizada por portugueses. Pasó por varios clubes y su
momento de mayor gloria se dio en el Mundial de 1966 en Inglaterra, donde fue
campeón goleador con 9 tantos. Murió en 2014, en Lisboa.
Llegar
a Eusebio me hizo pensar en otros extranjeros de ese calibre llegados a nuestro
futbol. No han sido muchos, así que enumeré en la mente los nombres que caben en
los dedos de ambas manos. Luego de Eusebio llegó el polaco Grzegorz Lato, otro
campeón de goleo en un Mundial. Lo fue en Alemania 74, con 7 tantos. Para la
temporada 82, el delantero se incorporó a las filas del Atlante, donde coincidió
con el portero Ricardo Lavolpe, exmundialista campeón con Argentina en el 78,
aunque allí no jugó pues Ubaldo Matildo Fillol era el titular en el arco.
Varios años después, en el 98, los Potros de Hierro tendrían otro mundialista
europeo, el defensor rumano Miodrag Belodedici. En cuanto al mencionado Lato,
nacido en 1950 y aún vivo, era un delantero oportunista, pelón, de esos que
parecen poco técnicos pero que empujan cualquier pelota que les llega al área
chica, como ocurrió en 5 de los 7 pepinos que clavó en el Mundial germano.
Luego
del Mundial celebrado en Argentina, dos estrellas se incorporaron al futbol
mexicano. El seleccionado brasileño José Guimaraes Dirceu, fino mediocampista brasileño,
llegó en sus meros moles al América, esto en 1978. Sólo jugó un año, pero eso
bastó para que mostrara su talento. Había nacido en Curitiba, en 1952, pasó por
muchos equipos y se retiró cuando jugaba para ¡el Atlético Yucatán! En 1995
murió en un accidente de tránsito en Río de Janeiro. De paso debo decir que un par
de campeones del mundo argentinos jugaron también en el América: Zelada y
Ruggieri.
Por
aquellos mismos años, en 1981, Leopoldo Jacinto Luque, campeón con Argentina en
el 78, vino a jugar, asombrosamente, para el Tampico Madero. Era un delantero
agresivo, hábil y de potente disparo. En la Jaiba Brava marcó 10 goles en el
único año que jugó para los tamaulipecos. Se le recuerda sobre todo por su buen
desempeño en el Mundial de su país, donde marcó un par de goles decisivos,
tanto como los de Kempes. Santafesino, Luque nació en 1942 y murió en 2021.
Muchos
años después, en las temporadas 2014 y 2015, y ya en el ocaso de su inmensa
carrera, vino a jugar para los Gallos Blancos de Querétaro nada menos que Ronaldinho,
acaso el mejor jugador extranjero que ha pisado la liga de México. Lo digo
porque casi no hay lista de once ideal que no lo incluya. Y es merecido, pues
el gran brasileño ha sido uno de los futbolistas más virtuosos del mundo. Nació
en Porto Alegre, en 1980, en Querétaro metió 8 goles que fueron lo de menos,
pues lo más importante que Dinho hizo en nuestro país fue compartirnos, con o sin anotaciones, el privilegio de verlo.
El
último de los jugadores mundialistas que traigo a esta lista es James
Rodríguez, quien el año pasado vistió los colores de León. Nacido en Cúcuta,
Colombia, en 1991, durante el año que estuvo con los verdes marcó 5 tantos, y
no lució realmente mucho. Su mejor momento lo vivió en el Mundial 2014, en
Brasil, donde fue el campeón goleador con 6 anotaciones.
Dejo a varios jugadores fuera de esta lista. Estos sólo fueron los que recordé de volea al ver la palabra Mozambique y remontar el recuerdo como Vasco de Gama remontó dos océanos para llegar a las costas de la India.
jueves, abril 09, 2026
Listo Prohibido soñar de pie
Una buena entre las muchas malas de siempre: ha sido impreso Prohibido soñar de pie (Ficticia Editorial-Secretaría de Cultura, Ciudad de México, 2026, 198 pp.), mi nuevo libro de cuentos. Pese a que lo escribí yo, creo que es bueno, que no defraudará a quien generosamente acceda a la lectura de los relatos. Agradezco a Marcial Fernández, Mónica Villa y Rodrigo Toledo, de Ficticia Editorial, el trabajo depositado en la hechura y en la venidera distribución de este volumen adscrito a su colección Biblioteca de Cuento Contemporáneo. Debo decir que otra vez la foto del autor en la solapa fue tomada por mi hija Ivana Muñoz. Supongo que lo presentaré en La Laguna y en algún otro lugar, ya se verá. Sin duda me alegra mucho saber que este nuevo título comenzará muy pronto su andanza en busca de los cada vez más difíciles lectores, hoy acosados por una oferta de millones de libros, series, películas, canciones, documentales, noticias, memes, reels y demás. En tal maremagno de posibilidades se me ocurre encomendar las páginas de Prohibido soñar de pie a San Edgar Allan Poe, santo patrono del cuento moderno.


















