sábado, febrero 14, 2026

De la inercia ultra

 








El riesgo es ser acusado de conspiranoico, pero creo que no está el horno para omitir que sigue en marcha, a buen ritmo en su ejecución, el plan que combina todas las excrecencias del neoliberalismo luego de medio siglo reformateando la vida del planeta. El avance que hoy vemos en la nueva derecha global es desigual, obviamente no se da parejo en todos los países del mundo, pero tiene comunes denominadores más o menos recurrentes. Destacar tales avances, denunciarlos por cualquier medio, así sea en la mera sobremesa, es un imperativo de quienes no quieran sumarse a la demolición de lo poco que nos queda de libertad, igualdad y fraternidad, para decirlo con la triada de valores enarbolados por la Revolución Francesa.

Jamás cuajó, lamentablemente, la mencionada triada, pero es un hecho que, como lo muestran las constituciones del mundo, el ideal francés de 1789 ha sido la aspiración vertebral de las diversas sociedades empeñadas en pasar por civilizadas. Lo más cerca que se estuvo, y se está todavía en algunos países, del ideal libertad-igualdad-fraternidad es el del estado de bienestar, sistema que, grosso modo, supone al Estado como garante de lo básico para la ciudadanía. No como regalo, sino como resultado de una distribución más justa y basada en el trabajo dentro del capitalismo.

Desde hace cincuenta años, el llamado neoliberalismo comenzó a designar “comunismo” al estado de bienestar. Cualquier participación del Estado en la economía, cualquiera, por minúscula que fuera de iure o de facto, ha sido vista con encono por los ideólogos de la derecha: hay que demoler todo lo que huela a estatismo, no dejar ni un ladrillo de la nociva política de mantener parásitos y, al revés, alentar la bendita meritocracia. Casi no es necesario observar que cincuenta años después logró su propósito, pero no está saciado: hay que borrar, ya sin los eufemismos del pasado, los pocos vestigios de “comunismo” que siguen en pie, hay que desaparecer a los genéricamente designados “zurdos de mierda”.

Como al discurso de la nueva derecha mundial se le notan todas las costuras, es obvio que su método de trabajo ideológico consiste de entrada en identificar un enemigo. Pueden ser los corruptos, los inmigrantes, los narcotraficantes o, el que más unifica su postura, los comunistas, los “zurdos de mierda” que ya dije. No es gratuito que Salinas Pliego use ahora este rótulo para referirse al enemigo y contraponerlo a su ideal de “libertad”. Es puro mileísmo en clase turista. Pero puede aprender y, lo peor, puede lograr algo más que sólo aprender.

Esto que digo quizá suene excesivo, pero igual sonaba en 2022 que Javier Milei pudiera ser presidente de la Argentina, y ya sabemos lo que está pasando. Un tipo estrafalario, vulgar, cruel, a todas luces limitado y bobo, incluso sin los rasgos convencionales del político (como peinarse bien y hablar sin estúpidas muletillas) llegó a la presidencia. Si Trump lo logró, y conste que supera con creces la viscosidad del mandatario argentino, ¿por qué no podría lograrlo cualquier otro bestia en cualquier otro lugar del mundo? He aquí la ventana de oportunidad que ve Salinas Pliego: de usurero impenitente y evasor de cuello blanco ha pasado a convertirse en opción electoral para los mexicanos.

¿Por qué un tipo sin atributos e incluso sin carisma puede ilusionarse con gobernar a millones? ¿Qué aberración de la democracia permite esto? Las razones son muchas, como todo en la complejidad económica, política y social de los pueblos actuales. Nada en política, dice Strobl, se presenta en estado puro o acusa rasgos que podamos percibir con plena claridad, cierto, pero creo ver que la emergencia de sujetos como Salinas Pliego tiene relación precisamente con la noción gramsciana de la “batalla cultural”. No en un lugar específico, sino en el mundo. La nueva derecha hizo visible la tal batalla cuando ya la tenía ganada, o casi, o cuando sabía que llevaba una tremenda ventaja. Antes no. Antes la derecha sentía pena de serlo, de aceptar por ejemplo el racismo, el trabajo de los niños, la desregulación del empleo, incluso el narcotráfico. Por eso el meme que circula con frecuencia entre los progres: “Que ser de derecha vuelva a dar vergüenza”.

La batalla cultural, noción del comunista italiano Antonio Gramsci, propone que se gana no cuando la fuerza se impone, sino cuando se remacha una idea en la conciencia, cuando se logra alguna hegemonía sobre las ideas del otro, esto hasta convertir tal idea en “sentido común”, en algo que es de una manera y no puede ser de otra. Hoy, sobre todo, la batalla cultural se da en la prensa, la radio, la televisión y los medios digitales (principalmente en las redes sociales), y no es muy complicado saber cuál “sentido común” se impuso: el del consumo, el del mercado, el de la meritocracia individualista que infunde en los perdedores un “yo punitivo”, el resentimiento que busca venganza a como dé lugar; en suma, los votantes de la nueva derecha.

Digo pues que la batalla cultural ha sido emprendida no para ganar a un oponente vigoroso, sino para aniquilar lo que queda de estado de bienestar. Arreció además cuando, como dice el lugar común, la mesa estaba ya servida: una sociedad egocéntrica, sin nexos comunitarios, despolitizada, precarizada, adicta a las redes y con legiones de marginales jóvenes y no tan jóvenes, ciudadanos que han admitido acríticamente las propuestas antiEstado, “libertarios”, “pobres de derecha”, fascistas que no saben que son fascistas, desheredados que desean emparejar para abajo antes que organizarse y luchar para emparejar hacia arriba.

La brutalidad de los discursos que sintetizan El Mal de las sociedades en los “zurdos de mierda” no deja de asombrar a quienes imaginan la política como se entendió todavía hasta hace diez años, incluso menos. Los políticos heterodoxos a la manera de Trump, Bolsonaro o Milei no son, sin embargo, la anomalía, sino la consecuencia de un caldo de cultivo que los ha hecho posibles. Por eso mi noción de que la batalla cultural contra el “wokismo” es apenas la espuma del conflicto. Debajo de esa espuma se esconde la verdad de que casi todo se subsume en los intereses de quienes defienden “las ideas de la libertad”, como gusta decir Milei. En todo caso, la virtud del presidente argentino y sus laderos ha consistido en leer acertadamente el espíritu de los tiempos, y obrar en consecuencia. Nuestro Salinas Pliego quiere aprovechar esa misma lectura y avanzar en su propósito de demostrar que será el azote de los “gobiernícolas” para luego bendecirnos con el bienestar con el que ya bendice a su clientela de Elektra.

¿Queremos comprobar si la vulgaridad sintoniza con el nuevo electorado? ¿Nos gustaría verificar que la mentira electoral puede ser descomunal y aún así mantener una base significativa de votantes? ¿Deseamos ver cómo se comunica la ineptitud triunfante? ¿Apetecemos observar declaraciones y acciones horrendas sin consecuencias políticas? Si es así, Trump es el dechado de este tiempo. Yo conozco mejor el de Milei, monigote de Trump, clon bananero del mejor amigo de Jeffrey Epstein.

Milei tiene la capacidad de afirmar algo y su contrario en la misma frase. El concepto de congruencia no lo conoce, de suerte que en América Latina es el político con más archivos digitales en los que afirma algo que a la postre choca con lo que después él mismo hace o afirma. Este licuado de posicionamientos parece no afectar a su electorado. Mientras en un pasado no muy lejano era difícil que alguien, no sólo el político, cambiara de opinión como de calcetines, pues si lo hacía ponía en absoluto riesgo la firmeza y credibilidad de sus ideas y por ello la lealtad de sus seguidores, Milei afirma cualquier burrada con nulo control de esfínteres mentales. Habla con la serenidad de un economista que pasa por ducho ante los profanos pero nunca ante los economistas serios, se expresa a gritos destemplados con los que fustiga a sus enemigos, se desgañita para defender “las ideas de la libertad” y expele sin sonrojo consideraciones sexuales que bordean la perversidad. Es un monstruo de la contradicción, y si hasta hoy se mantiene en la presidencia es gracias a Trump, a quien le lustra los zapatos cada vez que viaja a la Gomorra de Mar-a-Lago.

Mircea Eliade dice en Lo sagrado y lo profano que “Nada vale tanto como el ejemplo, el hecho concreto”, de allí que se me ocurrió compartir una lista breve de aberraciones enunciadas por Milei, el arquetipo de nuestro Salinas Pliego. Tiene decenas de videos más, pero estos pocos buscan mostrar al tipo de político que desea venir a redimirnos.

Sobre la eliminación de ministerios

Con histrionismo hitleriano prometió aniquilar ministerios; hasta hoy va bien en esta promesa depredadora, aunque a varios no los desapareció, sólo los desfinanció para mantener a sus secuaces en la nómina:

https://youtu.be/fJFqjiB0GW0?si=vLekcqq8IKMLtUk2

Sobre el FMI

Lleva dos megapréstamos solicitados y varias renegociaciones de la deuda, todo opaco y al margen de su Congreso, pero este archivo deja ver las pestes que escupía sobre el FMI antes de ser presidente. Una joya:

https://www.facebook.com/reel/1815838419076780

Sobre los negocios con China

Esto decía sobre el gigante asiático antes de las elecciones, y después, ya presidente, lo que dijo cuando se enteró de que China es un país clave en la supervivencia de la Argentina. Noten la cara de estúpida seriedad que pone cuando dice “comunista” y la voz aterciopelada al declarar su aprecio a la "interesante" China:

https://www.facebook.com/reel/920506209958710

Sobre el aumento de los impuestos

Por supuesto, y además de que no ha controlado la inflación, ha subido impuestos pese a la promesa de no aumentarlos; es tan burdo que al final comete el furcio de decir “bajarlos”. Como sea, hasta ahora no se ha cortado ninguna mano:

https://www.youtube.com/shorts/HSQyg_Ak4Zw

La deuda del kirchnerismo

Antes de soñar con la presidencia llegó a decir, iracundo, que la deuda fue pagada por el kirchnerismo. Ahora el kirchnerismo es la causa de todos los males argentinos y del sistema solar:

https://www.youtube.com/shorts/-FQDeTXRqbg

Sobre Patricia Bullrich

Bullrich fue su ministra de Seguridad y hoy en su senadora. Es un ser repugnante que ha pasado por todos los partidos, una saltimbanqui nata. Su ideología es traicionar, estar sólo con los ganadores, como estuvo y está con Milei aunque él le dedicara estos lindos piropos:

https://www.youtube.com/shorts/jS3eHgxDFV4

Sobre los dólares escurriendo por las orejas

En la verborrea de Milei, dentro de algunos años a los argentinos —que se han hundido alarmantemente en su gobierno— les escurrirán dólares por las orejas. Cualquier hipérbole le sirve:

https://www.facebook.com/reel/1904051037164687

Sobre la mafia y sus bondades

Milei y sus huestes han sido financiadas por narcos, como bien lo sabe su amigo José Luis Espert, ya fundido por el escándalo. Ignoro por qué aceptaron los financiamientos, pero este video quizá nos brinde alguna clave:

https://www.youtube.com/shorts/ixFQlceO4g4

Sobre tasas de interés

Entre las oportunas respuestas de este presidente no se excluyen los balbuceos:

https://www.youtube.com/shorts/-xyWRwskKMc

Sobre el Estado pedófilo

Son frecuentes en Milei las metáforas epsteineanas, gestadas por una cabeza que tiende a la aberración:

https://www.facebook.com/share/r/1GXsUUY2AE/?mibextid=wwXIfr

Sobre la venta de niños

Esto es insólito, un homenaje a la memoria de Jeffrey Epstein. Pudo contestar con un simple “no”, pero su cabecita perturbada buscó un razonamiento. Un detalle: el periodista del saco gris se llama Antonio Laje y ahora lo defiende; claro, entonces era sólo Milei y ahora es el presidente:

https://youtu.be/XNdlI9zJN_I?si=o10CZBkZ9nHzYMkF

Sobre la venta de órganos

Aquí reflexiona (digámoslo así) sobra la pertinencia de que el benemérito mercado incluya la venta de órganos:

https://youtube.com/shorts/-UAXm_fnarw?si=9wF5-SI0nIKcV-lc

Sobre el Nobel de Economía que le darán

Su socio Demian Reidel, como lo señala el video, terminó alejándose años luz del segurísimo premio Nobel:

https://www.facebook.com/reel/792126459964220

Sobre el tweet salvador

Cuando ya estaba casi ahogado ante las elecciones intermedias, Milei viajó a EUA para agarrarse de Trump, quien le regaló un tweet de apoyo que luego el mismo Milei llevó impreso para simular el gesto espontáneo. Es difícil imaginar una sumisión más bochornosa ante el mejor amigo de Epstein. Trump, por cierto, ni sabía que apoyaba para unas elecciones intermedias, no presidenciales. Un momento plenamente burdo:

https://youtube.com/shorts/B_qk35KZnsE?si=35Z4BCV5yTOScxMf

Sobre el río contaminado

Sabido es que Milei es un negacionista de todo lo que apeste a wokismo, por eso no acepta la idea del calentamiento global. Así habló alguna vez este estadista sobre la contaminación de un río. Cuál problema:

https://www.facebook.com/reel/820970844336535

Sobre su autopercepción como gobernante

En el siguiente video se aproxima con lucidez a la definición de sí mismo:

https://www.facebook.com/share/r/1Dd9RsPkBy/?mibextid=wwXIfr

Se podrá decir que sólo son palabras, declaraciones, retórica de un presidente que no pasa de allí, de la mera declaración, del exabrupto de clown. Lamentablemente no es así en este caso, pues la acción concreta de Milei ha hundido en dos años la producción, el empleo y los salarios, ha desfinanciado la obra pública en salud y educación, ha incrementado los servicios públicos básicos y obviamente la inflación, ha creado un protocolo para reprimir la protesta y espiar opositores, ha filtrado millones de dólares en los bolsillos de sus amigotes financistas, a participado en estafas internacionales como la perpetrada hace exactamente un año con la criptomoneda Libra y, en general, ha convertido al Estado en un cascarón del cual se beneficia sólo un segmento ínfimo de la sociedad, la oligarquía nativa que lo apoya porque, pese a todo, Milei garantiza el sometimiento de la mayoría que nació para callar y obedecer. Si se ha sostenido hasta ahora en el poder, es nada más por el apoyo de su tótem Trump, a quien el león argentino le lame los zapatos cada vez que es invitado a las exclusivas fiestas de Mar-a-Lago donde le han concedido premios por su entreguismo sin atenuantes.

Este es el tipo de político que vendrá a salvar a la humanidad. Con los matices que son del caso, atribuibles a la personalidad de cada uno, Santiago Abascal en España y Ricardo Salinas Pliego en México quieren emular al peluca Milei, tener la puerta abierta a decir y destruir lo que sea. Más vale que la sociedad lo medite un millón de veces antes de que sea demasiado tarde.

miércoles, febrero 11, 2026

José Luis Herrera, in memoriam

 







La etapa de mi juventud literaria creo que fue la última, y acaso la única, en la que se dio una convivencia más o menos frecuente no de todos, pero sí de muchos escritores y aspirantes a escritores laguneros, sobre todo de Torreón. Ocurrió entre las décadas de los ochenta y noventa, si es que este recuerdo no es una exageración o una idealización condicionada por mi nostalgia y esa tendencia manriqueana a pensar que todo tiempo pasado fue mejor. Por supuesto que aquella no era una reunión orgánica, compacta y coordinada, como si hubiéramos formado un sindicato de escritores o algo parecido, sino una frecuentación determinada por el azar y la tendencia a coincidir en actividades literarias celebradas en los recintos culturales del centro de la ciudad.

Era lógico, pues casi todos vivíamos, cuando mucho, hasta la colonia Jacarandas en el nororiente y hasta la Diagonal Reforma en el suroriente. Además, no había internet y todavía con un trabajo alcanzaba para paliar las necesidades básicas. Disponíamos pues de tiempo, y así los viejos y jóvenes escritores nos veíamos seguido en las presentaciones y en las mesas redondas, que por otro lado no eran esporádicas.

En aquel mundillo de gente literaria conocí a José Luis Herrera Arce (Torreón, 1950-2026), quien recién murió y aquí lo recuerdo. Es así porque siempre fue conmigo un tipo amable, un atento conversador y en su momento uno de los escritores más decididos a encarar entre nosotros, con plena voluntad, la tarea de escribir y difundir su obra. Donde quiera que me lo topaba (la última vez ocurrió hace como tres años en una presentación en el teatro Garibay) era reiterativo en su pregunta: “¿Qué has publicado últimamente y qué estás escribiendo?” Sé, y lo comprobé varias veces, que leía mucho y que ponía especial atención en los escritores locales. Siento que estaba pendiente de lo que publicaban los jóvenes (yo lo era en aquel momento) por genuina curiosidad y porque de alguna manera intentaba empatar con el clima de época que soplaba para la narrativa.

Publicó varios libros y creo que fue, entre los escritores que traté, el más empeñoso en difundir su trabajo, en venderlo. Por un defecto de fábrica, lo habitual es que los escritores no sepamos vender nada, ni nuestro trabajo, y que venderlo incluso dé vergüenza; José Luis fue, al contrario, de los pocos que navegaron a contracorriente del defecto que por ineptitud o pena impide al escritor imaginar su obra como objeto comercial.

Otro espacio donde coincidí frecuentemente con José Luis fue el universitario. Nos topábamos para el diálogo amable aunque veloz en los pasillos de la Ibero Torreón, donde dio clases durante muchos años. Él también fue profesor por décadas de la UAdeC. Su padre, Emilio Herrera, fue columnista local durante muchos años, y el mismo José Luis colaboró en espacios periodísticos durante algunas etapas de su vida. Fue condiscípulo en la Pereyra de mi amigo Sergio Antonio Corona Páez, quien lo apreciaba.

Publicó las novelas y cuentos La fábrica del bicho (1994), El ocaso de los días difíciles (1992), Jazz al piano (1993), ABC mujer (1996), Psst (1993), Cuentos para jóvenes (2002) y Los 10 niveles. Novela para niños (2003). Lo evoco aquí con respeto y afecto. Descanse en paz José Luis Herrera Arce.

sábado, febrero 07, 2026

Fervor en los muros napolitanos

 











Una celebración personal de este 2026, diría que íntima si me apuran un poco, es la del cuadragésimo aniversario del mundial 1986. No tanto por el torneo en sí, sino porque aquel año me permitió admirar la más alta práctica de un deporte con el que tengo buena relación desde la infancia. Cierto que se ha difuminado la pasión del pasado, el placer de ver uno o dos partidos por semana, pero el gusto sigue allí, latente en mi interior. Ahora casi no veo nada, pero el algoritmo sabe que no me desagrada todo lo que pone a merced de mi consideración sobre Diego Maradona. A él me refiero cuando digo que hace cuatro décadas vi en televisión al jugador más hipnótico que no había visto antes y no he vuelto a ver después de ese mundial. El 10 de Argentina fue en aquel momento el único jugador que no era posible detener ni a patadas, las decenas de patadas que ciertamente recibió en las canchas de México.

El Diez: Maradona y Nápoles, la historia de amor más bella entre un futbolista y una ciudad (2025, s/e, 64 pp.) es un breve libro del italiano Giulio Famiglietti. Su propósito es describir la relación sugerida en el largo subtítulo, una relación que hoy, luego de tanto tiempo, lejos de desvanecerse se ha consolidado hasta formar una dualidad indisoluble: Diego es Nápoles y Nápoles es Diego. Tanto es así que desde hace varios años una buena parte del turismo que llega a Nápoles lo hace como quien recala en un santuario religioso: para recorrer los testimonios del fervor callejero heredado por la presencia del jugador que les dio campeonatos y orgullo frente al poderoso norte de Italia que minusvaloraba al sur napolitano en todos los rubros de la vida, no sólo en el futbolístico. El pequeño libro de Famiglietti da fe de aquella fe, la fe por Diego en Nápoles, una fe que en realidad es admiración, pero que se confunde con la adoración que habitualmente se deposita, al menos en la cultura católica, a la iconografía sacra.

Como este año cumplo cuarenta de admirarlo no hasta llegar a la fe religiosa, que no tengo, pero sí por su peculiaridad humana no exenta de defectos, en 2026 he decidido leer y si se puede comentar algunos libros sobre Diego, que por cierto no son pocos. El primero será este, El Diez, que desde el arranque de sus elocuentes diez capítulos se autodefine como “una carta de amor”, más que como documento sobrio con olor a reportaje o crónica, que es lo que es. Dice el autor: “Esta es la historia de cómo un hombre, con magia en los pies y fuego en el corazón, cambió una ciudad para siempre. Y cómo esa ciudad, a cambio, lo hizo inmortal”. Y lo que ya señalé: que la amalgama del personaje y la ciudad terminó por integrarse hasta crear un todo compacto, por esto “verás el rostro de Diego pintado en las paredes, su nombre susurrado en los callejones, velas encendidas bajo su imagen como si fuera una especie de figura sagrada”.

La declaración “de amor” avanza cronológicamente luego de su introducción. Así, Famiglietti recuerda el amanecer de la devoción, cuando se esparció el rumor de que Corrado Ferlaino, presidente del club, estaba intentando sacar a Diego de Barcelona para arrimarlo a las faldas del Vesubio. Como sabemos, el argentino no tuvo mucha fortuna con los blaugranas, lo que incluyó una lesión artera del tobillo, y al llegar a Nápoles se llenó el estadio sólo para presentarlo. Allí comenzó todo, aquel contrato “Marcó un ‘antes’ y un ‘después’ definitivo en los anales de la historia napolitana”.  Y conste que se refiere a la historia de la ciudad, no sólo a la del equipo.

Para muchos fue insólito que el mejor jugador de aquel momento aceptara jugar en el sur italiano. Todo mundo sabía que los equipos poderosos figuraban de Roma hacia el norte en la bota del Mediterráneo. “El Napoli, por el contrario, era el eterno desvalido, un club que rara vez amenazaba la cima, a menudo luchando por el descenso, un reflejo de una ciudad que se sentía perpetuamente ignorada, incomprendida y económicamente asediada (…) Los estereotipos, afilados como puñales, calaban hondo: perezosos, caóticos, criminales, pobres”. Pese a esto, o quizá porque el reto parecía un disparate cósmico, Diego aceptó. Para Nápoles, “Diego fue más que un fichaje; fue una segunda venida. Fue la manifestación física de sus deseos más profundos, la profecía no escrita finalmente cumplida. Fue el elegido, enviado para sacarlos de las sombras, para desafiar a los poderosos y para guiarlos hacia una gloria que solo habían osado susurrar en sus sueños más salvajes. La lucha por la redención de Nápoles había comenzado de verdad”.

Con algunas pinceladas sociológicas, el autor subraya el contexto de adversidad al que fue a parar el recién contratado. Como si fuera una calca aumentada de su infancia en Lanús, el salvador encaró su desafío: “la conexión de Maradona fue más allá de los orígenes compartidos y un estilo de juego extravagante. Se convirtió en el escudo de la ciudad, su voz desafiante contra el racismo persistente y feo que se pudría en los estadios italianos”, y enunció una frase que apuntaló la afinidad: “Quiero convertirme en el ídolo de los niños pobres de Nápoles, porque son como yo era en Buenos Aires”. Y otra semejanza, quizá la más fuerte y visible: “Era imperfecto, humano y maravillosamente imperfecto, al igual que la propia Nápoles”.

Los triunfos finalmente llegaron, el equipo azul celeste conquistó campeonatos de la mano de Diego, y entonces la devoción se convirtió en peligrosa euforia. Tal fervor tenía un costado destructivo: “Maradona, el hombre más famoso del planeta, no tenía vida privada en Nápoles (…) Estaba atrapado por su propia popularidad, incapaz de escapar a las implacables demandas de una ciudad que lo amaba con una intensidad aterradora y que lo consumía todo”. En el contexto del encierro, sumado a las relaciones torcidas que nunca faltan en medio de la fama, apareció la droga y el castigo, pero el “núcleo del amor de Nápoles por Maradona permaneció inquebrantable. Ellos entendían la lucha, entendían la fragilidad humana, quizás mejor que cualquier otra ciudad”.

Hoy, señala Famiglietti, “El mito de Maradona se ha convertido en un potente imán para el turismo. Visitantes de todo el mundo, no solo fanáticos del fútbol, acuden a Nápoles específicamente para experimentar la devoción única hacia Diego. Vienen a deambular por los Barrios Españoles, a tomar un café en un bar adornado con sus fotos, a comprar una camiseta con el número 10 a un vendedor ambulante”. La ciudad terminó, cuatro décadas después, confundida con el jugador. Nunca pasó esto en ninguna otra urbe del mundo. Por ello tras su muerte, como colofón de la película, en las paredes de Nápoles apareció el graffiti necesario: “Maradona non muore mai”, Maradona nunca muere.

miércoles, febrero 04, 2026

Neoemperadores en acción

 







Leo y escucho desde hace varios años a Jorge Alemán (Buenos Aires, 1951), psicoanalista, politólogo y escritor argentino radicado en Madrid, y desde esa misma cantidad de tiempo advierto que se vienen cumpliendo sus feos pronósticos respecto de la reconfiguración del mundo en las décadas recientes. Alemán publica artículos y libros, pero también es invitado frecuente en programas de radio e internet. Ahora que vemos en plena acción a Trump —el peor ser humano del mundo en este momento— y a sus laderos periféricos, escuché una entrevista radiofónica a Alemán y no resisto la tentación de transcribir un fragmento:

“Se ha construido desde hace un tiempo (…) una internacional de ultraderecha que solamente estaba en condiciones de producirse si previamente no hubiera contado en la población con una serie de nuevos elementos que fueron el resultado de muchos años de trabajo, de destrucción de la memoria, de desaparición del trabajo fijo, de aumento de las desigualdades, de la concentración de la riqueza y, sobre todo, un empuje del cuentapropismo y de las soluciones individuales que empezaron a generar sentimientos antiestado, antinmigración, antiexperiencias populares. Bueno, todo eso fue coagulando de tal manera que, por supuesto, no vienen de la nada, han crecido y están creciendo de manera exponencial. (…) Son, los he designado así, neoemperadores, tipos que se han repartido las zonas de influencia y sobre esas zonas tienen derecho a todo”.

Los neoemperadores pueden aplastar derechos, reprimir a la población, participar en las orgías de Epstein, promover estafas, bombardear e invadir países, amenazar con aranceles, inventar cuerpos parapoliciales que operan al margen de la legalidad, modificar leyes, saquear. Nada los contiene, nada los limita, sobre todo porque además ostentan el monopolio de la manipulación. En efecto, los grandes sistemas de comunicación actuales funcionan como oráculos, orientan la información y crean caos, rompen lazos sociales y con algoritmos hunden en la dictadura de la banalidad y el consumo a las masas pulverizadas en el mapa del planeta.

Imposible imaginar cómo estará todo en 2050, un año que hoy tiene apariencia de ser “el futuro”. Pero con Trump y su gavilla en acción para qué pensar en tanto: imposible imaginar este 2026, el porvenir inmediato.

sábado, enero 31, 2026

Las palabras y los signos

 








El diccionario académico da una sola definición a la entrada “negacionismo”: “Actitud que consiste en la negación de determinadas realidades y hechos históricos o naturales relevantes, especialmente el holocausto”. Como cualquier definición, esta podría ser mejorada para adaptarla al sentido actual, que llega hasta el adjetivo “históricos” de la cita, aunque también podría ser menos eufemística y cambiar el adjetivo “relevantes”, porque negacionista es quien niega ciertas realidades relevantes ocurridas en el pasado, pero relevantes en función de las atrocidades perpetradas por un gobierno o grupo político. Así entonces, alguien no es negacionista porque niega que tal o cual gobierno haya aumentado el impuesto predial o haya construido una escuela en lugar de una carretera, sino porque torturó, mató y desapareció, es decir, porque perpetró crímenes de lesa humanidad. Esto es ser negacionista.

España es un país que por su pasado reciente mantiene una permanente tensión entre negacionistas y “afirmativistas” (propongo este neologismo por mera analogía). El meollo del debate es, lo sabemos, la Guerra Civil, el franquismo y su política de aniquilación a quienes eran mínimamente sospechados de rojos. En los meses que corren, dos efemérides han atizado la rivalidad discursiva: por un lado, el cincuenta aniversario de la muerte de Franco (el 20 de noviembre pasado) y el noventa aniversario del inicio de la Guerra Civil (el 17 de julio de este año). Explicado de manera harto esquemática, se enfrentan dos trincheras: del ala izquierda, el PSOE (que gobierna) y Podemos (con sus dos voceras principales: Ione Belarra e Irene Montero), más Gabriel Rufián, de Ezquerra Republicana de Cataluya; y del otro, la derecha que es oposición en el PP encabezado por Alberto Núñez Feijóo e Isabel Díaz Ayuso, y la cercanía, aunque más a la derecha, de Vox con personajes como Santiago Abascal, Pepa Millán y José María Figueredo. Por supuesto que se trata de un esquema simplista, pero creo suficiente para dibujar desde lejos la polaridad ideológica de la España actual.

En la semana que termina se manifestó con particular intensidad la polémica sobre la valoración de la Guerra Civil. Se debió sobre todo a que David Uclés, un joven escritor y músico andaluz, autor de La península de las casas vacías, novela que en las últimas semanas ha vendido miles de ejemplares, declinó participar en Letras de Sevilla, un encuentro cultural convocado por la Fundación Cajasol con la coordinación de dos escritores: Arturo Pérez-Reverte y Jesús Vigorra. Uclés grabó un video para decir que no participaría en la XI edición de Letras de Sevilla porque en la lista de participantes aparecían José María Aznar e Iván Espinosa de los Monteros, ambos políticos claramente ubicados a la derecha o poco más allá de la derecha: Aznar es orgulloso hijo de un falangista, y Espinoza es uno de los fundadores de Vox, partido que, entre otras ideas políticas convenientes a la oligarquía española, abraza férreamente la del negacionismo.

Tras la decisión de Uclés, otros escritores se bajaron del barco y comenzaron a poner énfasis en el nombre del festival: “1936: La guerra que todos perdimos”. Las palabras nunca son inocentes, y muchos vieron en esto una sutil intención de equiparar (“todos perdimos”) a los derrotados republicanos con los vencedores y ensañados franquistas. Ante esto, Pérez-Reverte y Vigorra publicaron una carta en la que exponían las razones para la posposición de LdeS; desde su primer párrafo son elocuentes: “La intención expresada en las redes sociales por grupos de ultraizquierda, proponiendo manifestarse de forma violenta ante el lugar donde está previsto celebrar la XI edición de letras en Sevilla (‘1936: ¿La guerra que todos perdimos?’) la semana próxima, nos hace aconsejar a Cajasol que aplace hasta nueva fecha los debates anunciados. Tal es el resultado de una campaña intolerable de presiones que desde el partido Podemos y medios afines se ha estado ejerciendo sobre algunos de los participantes, a fin de hacerles renunciar a su intervención en unas jornadas cuyo contenido éstos conocían perfectamente y cuya asistencia habían confirmado hace meses sin plantear objeción alguna”. No es necesario destacar que escribir “de ultraizquierda” fue preparar el terreno con una exageración que en teoría hace persuasivo todo lo que sigue: si lo dice la “ultraizquierda”, los malditos zurdos, malo debe ser.

Con columnas, artículos, declaraciones y torrenciales comentarios en las redes se desató en España un tsunami de opiniones a favor y en contra de los bandos. “Todo empezó con un título gloriosamente blanqueador: ‘1936: La guerra que todos perdimos’. Qué bonito, ¿verdad? Un intento de abrazar en la misma frase a golpistas y fusilados, a verdugos y víctimas, diluidos en una melancolía común, como si fueran igual de culpables Yagüe o Queipo que los asesinados en Badajoz o en Andalucía, como si cupieran en el mismo saco los asesinos de García Lorca y el poeta”, escribió Paco Arenas.

Un detalle que muchos “ultraizquierdistas” no pasaron por alto fue el uso tardío de los signos de interrogación. “1936: La guerra que todos perdimos” apareció en la carta de Pérez-Reverte como “1936: ¿La guerra que todos perdimos?”. Cuando saltó el detallito, el escritor sostuvo que la falta de los signos fue un “error de maquetación”, con lo cual terminó en el autogol, pues ese simple rasgo tipográfico da por hecho que a destiempo advirtieron el “todos perdimos” a secas como una barbaridad negacionista, una equiparación cínica para lavar un poco las manos ensangrentadas del franquismo.

Por otra parte, con o sin signos de interrogación, el sindicalista Diego Cañamero expuso que la guerra “la perdimos niños como yo que tuvimos que ponernos a trabajar a la edad de 8 años porque el hambre golpeaba en nuestros estómagos cada minuto del día, la perdieron los que fueron fusilados en paredes de cementerios y cunetas, la perdieron los que fueron a las cárceles, los que se quedaron sin padres, los que no tenían un trozo de pan que llevarse a la boca, la perdieron los que defendieron el gobierno democrático de la República... Así que, señores Reverte y Cajasol, el título de dicho acto es insultante, por eso quiero, desde esta página, felicitar a los conferenciantes que se han negado a participar en dicha jornada”.

Las palabras nunca son inocentes, dije hace algunos renglones. Amplío: ni los signos.

miércoles, enero 28, 2026

Efecto naranja

 







Los oriundos de la modernidad, el periodo que cubre, más o menos, de la Revolución Francesa al desgajamiento de la URSS, no podemos habituarnos todavía al aire que sopla para la humanidad de este momento. Tras el derrumbe de los grandes relatos que explicaban el mundo y la irrupción de la posmodernidad, ha crecido la idea de que se puede regresar al despotismo y conculcar derechos conseguidos a durísimas penas sobre todo tras la propuesta del estado de bienestar que se aceleró poco después de la Segunda Guerra. Que el Estado se inmiscuyera en la procuración de alimento, salud, educación, vivienda y demás obra pública gozaba hasta hace pocas décadas de una sanción variablemente positiva, lo que se vio aparejado por la conquista de derechos y un avance notable, entre otros, del feminismo y la conciencia ambiental.

Esta situación cambió drásticamente en las dos décadas más recientes, lo que coincide con la invención del smartphone y la creación de las redes sociales. Sin que fuera muy evidente para la mayoría (todavía no lo es), una nueva ola de pensamiento político adquirió los peores rasgos del comportamiento en las redes: la agresividad, la banalidad, la emocionalidad, la espectacularidad pasaron a caracterizar el modo de comunicar lo social y lo político, y se extravió todo rastro de densidad y espíritu comunitario. El auge de la nueva derecha se inscribe en esta inercia global: ahora, en el río revuelto de las redes, las fake news y la IA se puede decir lo que sea, y no sólo decirlo, sino algo peor: hacerlo.

El caso extremo de esta relajación de los principios, aunque no el único en el mundo, es el de Trump. Antes, durante y después de su primer mandato le escurría de la boca machismo, racismo, clasismo, pedofilia y autoritarismo comprobado en miles de notas de prensa, y de todos modos repitió mediante el voto su estancia en la Casa Blanca. Si esto es de por sí increíble, el magnate naranja dio otras vueltas a la tuerca desde el 3 de enero: pasó del discurso a la acción no sólo en patios ajenos, sino también en su país. Tal muestra de brutalidad no es la causa, sino el efecto de un padecimiento social que prohijó la aparición de un tirano al que el pueblo permitió llegar y sólo el pueblo podrá, esperemos, defenestrar. Si no lo hace, tendremos vesania para rato.

sábado, enero 24, 2026

Pacheco por Laura Emilia

 











Laura Emilia Pacheco ha reunido en uno de los libros de la colección Opúsculos varias aproximaciones a la abundante y diversa obra de José Emilio Pacheco, su padre. El recorrido es compendioso en dos sentidos: porque enumera varias líneas de trabajo abrazadas por JEP y lo hace de manera sumaria, a trazo grueso, lo que permite apreciar de un solo vistazo, en apenas 89 páginas, toda la ramificación del quehacer pachequiano.

El libro lleva por título Caleidoscopio: José Emilio Pacheco, aproximaciones a la obra de un poeta (El Colegio Nacional, México, 2025), y tiene un par de textos liminares: una presentación de Vicente Quirarte y un prólogo de Rosa Beltrán. Quirarte destaca en sus palabras algunas de las preocupaciones centrales de JEP, como la relacionada con la devastación ambiental y su mirada pesimista respecto del paso del tiempo y sus estragos en el presente. Al subrayar su condición de polígrafo, lo hermana con Reyes, pero anota que en su bajo perfil y su negación a conceder entrevistas sobre cualquier tema dejó ver que no quería ser todólogo, un papel (y esto lo digo yo) que muchos escritores son forzados a representar por culpa de la actualidad periodística.

Dice Quirarte: “La modestia fue su principal enemiga, pero también el arma que se vuelve contra quienes, en busca de elementos para criticarlo, lo quisieran más mundano, más débil, más expuesto a las mezquindades del a veces innoble oficio. Con el ejemplo de su vida y de su obra, nos enseña a ser mejores, a respetarnos y respetar la existencia. A vivir con la mayor integridad la breve aventura que nos corresponde”.

Por su parte, Rosa Beltrán describe cómo se dio su contacto con la obra poética, narrativa y crítica de JEP, y cómo, a partir de sus libros, fue adentrándose en el universo tenaz y silencioso de este autor visible en su obra e casi invisible en su persona. Coincide en destacar su modestia: “Pese a ser un autor festivo, bienhumorado, conferencista magnánimo y generoso en sus participaciones públicas, José Emilio se oponía a aparecer en los medios de comunicación, que para él eran banalizadores automáticos de la cultura”.

Luego de las dos anotaciones anteriores, Laura Emilia Pacheco traza en diez capítulos el perfil completo de su padre. No es, lo remarco, una descripción detallada, pormenorizada, minuciosa de cada línea de interés en JEP, sino el vistazo más abarcador y rápido posible a un personaje cuya diversidad de intereses lo convirtió en uno de los divulgadores —culturales, literarios— más importantes de la segunda mitad del siglo XX mexicano y el arranque del XXI.

En cada tramo aborda una cara del poliedro que fue JEP: la recurrente presencia de los animales, la traducción, su guion de la película El castillo de la pureza (donde por cierto hay una errata grave, pues el papel del protagonista fue de Claudio Brook, y no Obregón), su quevediana obsesión por el paso del tiempo, su mirada sobre el sismo del 85, su columna periodística  “Inventario”, su pasión por los libros y Borges, el periodismo cultural, López Velarde y Oscar Wilde. La clasificación puede parecer algo caprichosa, pero es verdad que, como dice Quirarte, “la versatilidad de su trabajo lo hace indefinible”, así que bien se pueden añadir más abordajes a la decena propuesta por Laura Emilia en este Caleidoscopio.

Al menos en la intención, en la sintonía del apetito esencial, JEP puede ser analogado a Reyes, y lo mismo podría decirse con respecto de Borges, como señala Laura Emilia: “Más allá del saludo circunstancial en la Capilla Alfonsina, ¿qué vincula a Jorge Luis Borges y a José Emilio Pacheco? Los libros, las bibliotecas, una gozosa erudición, ¿qué más? Ambos ejercieron el periodismo cultural, ambos fueron poetas y narradores, ambos fueron ensayistas y traductores. Ambos recibieron el Premio Cervantes. Los dos reconocieron como maestro a Alfonso Reyes, generoso artífice de nuestras letras. En 1999 José Emilio Pacheco publicó el libro Jorge Luis Borges: una invitación a su lectura, donde reúne varios ensayos sobre el autor de El Aleph. Pacheco escribió, como imitación y en ocasiones como parodia, algunos textos en homenaje a Borges, cuentos que son ensayos y ensayos que parecen cuentos. ‘Borges —escribió Pacheco— sólo puede entenderse en la mezcla, la unión, la síntesis y la discordia de lo urbano, lo rural, lo europeo, lo nacional, lo elitista y lo popular’”.

No soy especialista en José Emilio Pacheco, pero sí un viajero frecuente de sus páginas; creo tener y haber leído una parte mayoritaria de su obra publicada (sobre todo la poética y narrativa), y una parte importante de la suma de los “inventarios” publicada por Era en tres tomos (que hoy es un material de referencia y leí durante incontables semanas, cuando Proceso publicaba la columna); puedo afirmar pues que este sucinto Caleidoscopio preparado por su hija es una puerta amplia y generosa para acceder a un escritor que debemos tener siempre a la vista: JEP, sigla que, como sabemos, fue durante muchos años la firma con la que JEP buscó notarse lo menos posible.

miércoles, enero 21, 2026

Cascabel en el espacio

 











Tengo un par de amigos (Alberto de la Fuente y Fernando Fabio Sánchez) con inquietudes astronómicas, de esos tipos que hasta se han comprado un telescopio para husmear en el vecindario sideral. Yo, por supuesto, en este tema y en mil más, no soy más que un lejano interesado por mera cultura general, sin un interés que vaya más allá de lo superficial. Datos duros sobre el espacio no podría dar, pero cada vez que veo un programa sobre el cosmos siento en estremecimiento por mi pequeñez dentro de la pequeñez del mundo.

Esta es la razón por la que vi con asombro un breve documental sobre la sonda espacial Voyager 1. Como sabemos, fue lanzada en 1977, y desde entonces se aleja de la Tierra a no sé qué velocidad. En este 2026 cumplirá la distancia de “un día-luz”, por lo que obviamente se trata del objeto humano más alejado del género humano. No me pregunten las distancias en cifras o algún otro detalle técnico, pues, como ya dije, eso me abruma. Otro aspecto del asunto me emocionó más que lo propiamente científico.

El Voyager —en cuyo diseño destaca una antena parabólica que emite información a la Tierra— lleva un disco de oro similar en su tamaño y forma a los discos de vinilo que nos servían hasta los noventa para escuchar música. Su nombre es “The sounds of earth”. Este objeto lleva información diversa como fotos, saludos en distintas lenguas, escritura humana en muchos códigos, todo escogido por Carl Sagan y un equipo de trabajo. Se supone que el contenido busca comunicar algo a una civilización remota en caso de que ocurra el hipotético contacto.

Entre los datos que lleva el disco figuran varios fragmentos musicales de distintas culturas. En español contiene “El cascabel”, son veracruzano compuesto por Lorenzo Barcelata (Tlalixcoyan, Veracruz, 1889-Ciudad de México, 1943). Es una pieza alegre, bailable y ciertamente hermosa. Lo que me pasmó fue imaginar al compositor mexicano metido en la escritura de la letra: “Yo tenía mi cascabel / con una cinta morada / y como era de oropel / se lo di a mi prenda amada”, sin imaginar que sus versos —nunca mejor usado el lugar común— “iban a llegar tan lejos”. Estas notas, interpretadas por Antonio Maciel y Las Aguilillas con el mariachi México de Pepe Villa, estarán en noviembre de 2026 a un día-luz (26 mil millones de kilómetros) de nosotros, una distancia que emociona y apabulla.

sábado, enero 17, 2026

Aquel adiós a la máquina

 











Tengo frente a mí, detrás de la computadora con la que escribo estas palabras, tres máquinas de escribir meramente ornamentales, reliquias del oficio que atesoro sólo por su aspecto: la Olympia funciona; la Underwood, no; y la Remington, más o menos. De cualquier manera, no las conservo por una razón práctica, ni siquiera para rememorar la añeja sensación de golpear sus teclas y escuchar el ruido que hoy da la impresión no de ser ejercicio de escritura sino secuencia de latigazos. Son, sin duda, pese a su obsolescencia, aparatos hermosos por su mecanismo visible, por el ingenio de su diseño a flor de metal, que no de piel.

Aunque, como ocurre con todos los adornos de la casa, se han vuelto invisibles para mí, de vez en cuando fijo la mirada en alguna de las máquinas y recuerdo el tiempo de la transición, cuando a finales de los ochenta y principios de los noventa, la década que va de 1985 a 1995, mi década más adicta a la consecución y lectura de revistas y suplementos culturales, fui testigo en las páginas periodísticas de una pregunta y una respuesta frecuentes en las entrevistas a escritores: ¿usted sigue escribiendo a máquina o ya usa computadora? Las respuestas a esa pregunta hoy inviable eran variadas, todavía sin unanimidad. Algunos escritores decían que la computadora les parecía muy fría, demandante de gran experiencia en su trato y en algunos casos riesgosa, pues corría el rumor no tan falso de que por impericia o un desperfecto del sistema podían perderse documentos, incluso libros ya terminados, así que preferían la máquina de escribir mecánica. Otros, una minoría que poco a poco iba pasando a ser mayoría, confesaba que había entrado con tibieza y escepticismo al mundo del teclado electrónico, y que sin duda lo sentían como un avance para la creación literaria. Unos pocos, sobre todo los poetas, respondían que ni máquina ni computadora, sino lápiz y papel.

No pasó mucho tiempo (el mundo digital no demoró y sigue sin demorar en avasallarlo todo, incluidos sus propios adelantos) para que la pregunta dejará de aparecer en las entrevistas. En un momento de los noventa, quizá en su segundo lustro, ya casi no había escritor que no tuviera una computadora para redactar sus cuartillas, y conste que esto ocurrió poco antes de que llegara la verdadera revolución: internet. Escasos años antes de que se creara la necesidad casi física del contacto con “la supercarretera de la información” (apodo que tuvo internet en el momento de su primera expansión), las computadoras eran, para los escritores, máquinas de escribir, no más, y ya eso parecía ciencia ficción.

En esto, un escritor adelantado en La Laguna fue Paco Amparán. No vi su computadora, pero como chisme azorado en el mundillo literario local corrió la voz de que él, Paco, “tenía una Macintosh”. Me enteré del secreto a voces y no entendí nada. Cerrábamos la década de los ochenta y yo seguía fiel a mi Olympia de metal pesado y a mis hojas tamaño carta de papel revolución para sancochar originales que luego, ya para entonces, pasarían a aparecer en revistas, periódicos y en mis primeros libros.

Pero no transcurrió mucho tiempo para que la fuerza de los vientos que soplaban en el universo digital también venciera mis defensas: en 1993, gracias a la propuesta de un vendedor que la ofrecía en cómodas mensualidades, adquirí una Macintosh Classic II, mi primera compu, la misma que presume Steve Jobs en la foto de arriba. Luego de los tanteos iniciales, pronto me di cuenta de que esa máquina era un adelanto brutal, pues así, de entrada, obviaba los “borradores”. A partir de ese momento no habría más cuartillas llenas de enmiendas, tachaduras, flechitas con dirección a los calces. El texto virtual en la pantalla permitía cambiar infinitamente, sin máculas, la sintaxis de una oración, de un párrafo, de un capítulo, de toda una novela. Fue una revelación, aunque poco después ocurrió lo que ya sabemos: el despliegue de los avances digitales, la caducidad programada, provocó cambios de equipo sin freno hasta la fecha.

El Centro Gabo de Colombia publicó no hace mucho una serie de fragmentos que muestra la transición máquina-computadora en García Márquez. Al leer sus opiniones recordé las entrevistas que comenté párrafos atrás: hubo un tiempo en el que el periodismo se interesó en saber si los escritores habían dejado de ser arcaicos. En la introducción a las citas, se señala que “Aunque era un escritor formado en la era de las máquinas de escribir, Gabriel García Márquez jamás le huyó a las computadoras. Por el contrario, poseía una practicidad a prueba de nostalgias que le permitía adaptarse con facilidad a los cambios tecnológicos. Cuando procesar textos a través de un teclado y una pantalla fue posible gracias a la invención del computador, el autor colombiano no dudó en abandonar sus máquinas de escribir”.

Y amplía que la velocidad de GGM para terminar libros se vio notablemente favorecida: “A lo largo de su vida probó sin recelo todas las herramientas útiles en la confección de un libro: plumas estilográficas, bolígrafos, máquinas de escribir mecánicas y máquinas de escribir electrónicas. En la década de los ochenta del siglo anterior fue el turno para el computador. El amor en los tiempos del cólera fue su primera novela escrita con esta tecnología. Le siguieron El general en su laberinto, Del amor y otros demonios y Memoria de mis putas tristes. La transición le permitió a García Márquez reducir el tiempo que empleaba para finalizar sus libros, ya que no tenía que empezar de nuevo en una hoja en blanco cada vez que cometía un error de mecanografía”.

De las frases que citan de GGM, la primera resume de alguna manera a las demás, pues enfatiza la mayor ventaja que la computadora le dio a su escritura, algo que hoy no vemos porque ya olvidamos escribir con máquina mecánica: “Escribir en la computadora es como volver a escribir a mano, se puede romper, quitar, poner. Me río cuando mis amigos escritores hablan de su vieja máquina de escribir, de que escribir a mano es como ver fluir la sangre por las venas. La verdad pura y simple es que el mejor invento que se ha hecho para el escritor es la computadora. Si la hubiera tenido hace veinte años tendría el doble de libros escritos”. (“La fama es un oficio de 24 horas”, El Tiempo, 28 de marzo de 1989).

Quiero subrayar la fecha en la que GGM hizo la declaración: 1989. Es la misma a la que me referí al principio, el instante bisagra en el que moría un aparato de escritura y nacía otro. Cuatro años después, en 1993, opiné igual.


miércoles, enero 14, 2026

Fotos y remembranza























Dice Han que padecemos una “crisis de la narración”, que vivir en el presente perpetuo de las “actualizaciones” ha desembocado en la anulación de las historias dado que el relato necesita tiempo, paciencia. Algo así. Creo que quienes nos formamos antes del boom digital todavía disfrutamos de esa práctica, como lo he notado al urdir pequeñas historias de vida cotidiana en la red. Cuento.

En estos días vi dos fotos antiguas de cines torreonenses ya desaparecidos. Como los conocí de joven, compartí las fotos que motorizaron la remembranza y les añadí un relato que vinculara mi experiencia con los inmuebles. Por los comentarios noté que el pasado nos interesa cuando supone una vivencia compartida o al menos afín. En el primer caso me referí al cine Variedades; esto dije.

El algoritmo me envió esta postal (primera foto; dar click para ampliar). Fue tomada sobre la avenida Morelos de oriente a poniente, casi en la esquina de la calle Múzquiz, en Torreón, donde estuvo el cine Variedades, zona siempre populosa. Dos años (de segundo a tercero de secundaria, agosto de 1977 a mayo de 1979) me paré muchas tardes al lado de ese cine para esperar un camión. Salía de la secundaria Flores Magón, en Ciudad Lerdo, y me bajaba en esa esquina para tomar otro transporte, desde el mercado Alianza hasta la colonia Nogales, en Torreón. Creo que en tales andanzas me nació el instinto de cronista. Yo era adolescente y entonces me impresionaba aquel rumbo decadente y a veces hasta putrefacto de la ciudad. A diferencia del Buki, allí el ritmo de la vida no me parecía mal, sólo me asombraba y por ello retenía en la memoria el ambiente y los tipos humanos que deambulaban por el rumbo. Era como estar en un mercado turco o hindú, ruidoso, caótico, lleno de gente pobre y sudada, de estudiantes proletarios, de vagabundos y perros callejeros. Pasados como cinco años, ya en la carrera, colaboré en un periódico universitario y escribí varias “crónicas de vida cotidiana” a la manera de José Joaquín Blanco, pero fallidas (las mías). Una de ellas tuvo como protagonista al Variedades, que obviamente era un cine de piojito, tan insalubre como su entorno lleno de estanquillos, cantinas e infrahoteles que incluso en sus umbrales lucían putas. La crónica sobre el Variedades, como las otras, fue publicada pero afortunadamente se perdió en alguna de mis mudanzas. Dos o tres pasajes de dos o tres cuentos de mi cuño tienen ese espacio como inspiración, y a esto se debe que la foto me agradara. A veces el recuerdo, aunque la vivencia haya sido ingrata o triste, se edulcora en la memoria.

Unos días después, sobre el cine Modelo, esto (segunda foto). Ahora el algoritmo me acercó esta imagen. Es del cine Modelo. Estaba en la Matamoros y Valdez Carrillo, a una cuadra del edificio Monterrey, en Torreón. Era, como casi todos los cines de mi juventud, un inmueble decadente donde pasaban películas softporno, filmes que hoy son más inofensivos que la divertida serie Pepa Pig, pero que en aquellos lejanos tiempos eran sinónimo de Pecado, con culpígena mayúscula. Recuerdo dos anécdotas de las pocas veces que disfruté de exhibiciones en su cochambrosa pantalla (cochambrosa en el sentido concreto y también en el abstracto). En la cuadra me juntaba con amigos dos o tres años mayores; yo tendría 16 o 17, y ellos ya traían cartilla militar, el documento que entonces servía para verificar la mayoría de edad, al menos los 18 años. Un domingo decidieron ir al cine y me invitaron. Accedí sin saber que irían al Modelo a ver dos películas “para adultos”. Me la jugué y cuando pasamos junto al boletero hice la mejor cara de señor que me salió. Entré sin que me pidieran la cartilla y fue así como pude ver algunas escenas de Edwige Fenech como dios la trajo al mundo, fórmula retórica que todavía se usaba como eufemismo de encuerada. Los esfuerzos que hice por memorizar algunas escenas han rendido frutos hasta hoy: no las he olvidado. La otra situación se dio como dos o tres años luego. Hacíamos una tarea escolar y Adrián recordó que era día del estudiante técnico, y por eso nos podrían dejar entrar gratis al cine. Yo ignoraba que hubiera día del estudiante técnico y que por eso dejaran entrar gratis al cine a los estudiantes técnicos. Alguien argumentó que estudiábamos Comunicación, una carrera humanística, pero Adrián tenía una respuesta genial: la universidad donde estudiábamos tenía la letra “T” en sus siglas, y eso significaba “Tecnología”, como se podía leer más abajito. Así pues, armados con nuestras credenciales llegamos al cine Modelo y sin pasar por la taquilla llegamos con el boletero, quien nos cedió el paso luego de que cada uno (éramos cuatro) le mostró su documento. Recuerdo más esta anécdota por el detalle de la gratuidad que por las películas pelangochas (en ese cine mugriento no daban de otras) que vimos con sentimiento de triunfo. El Modelo término presa de un incendio años después, lo demolieron y ahora, desde hace mucho, es un estacionamiento improvisado que atiende mi amigo el gordo que al estacionarnos da un boletito donde anota la hora de iniciado el servicio. Muchos años estuvo allí, enfrente, el tabarete de la birria Beto, la mejor birria de su tipo que he probado por estos rumbos, y en otra de las equinas figura el bar Reforma, de las pocos que quedan con aspecto antiguo, de esos que conservan el aroma tradicional a meados y cerveza.

En ambos casos la respuesta de algunos contactos añadió información o valiosas precisiones a lo que escribí, lo que me lleva a pensar que la crisis de la narración a algunos no nos ha afectado.

sábado, enero 10, 2026

Horror de altos vuelos


Scilingo ha enviado cartas a militares de alto rango e incluso al presidente, pero no recibió respuesta. Su interés se centra en demostrar que, dado su grado en la jerarquía castrense, él acató órdenes superiores para servir a la patria y ahora desea que quienes instruyeron esas directivas se hagan cargo de su responsabilidad y no se escuden en la coartada fácil de los “excesos” de la tropa. Lo que encontró fue silencio, un paredón de indiferencia que en aquel momento, primer lustro de los noventa, lo obliga a seguir otro camino. Buscó pues al periodista Horacio Verbitsky para ponerlo al tanto de todo lo que de todos modos ya se sabía, aunque sin la declaración absolutamente brutal de un actor directo como Scilingo, quien no dudó en señalar en algún momento de su declaración que “hicimos cosas peores que los nazis”.

De nombre Adolfo Francisco Scilingo (Bahía Blanca, provincia de Buenos Aires, 1946) y oficio militar, había participado en vuelos de la muerte. Tras las leyes de Punto Final dictadas por Menem, los militares previamente condenados vieron terminada su reclusión, y fue allí que Scilingo se preguntó qué habían hecho los subordinados. ¿Simples crímenes, simples excesos individuales? Dirigió cartas a Videla, a Menem y, como ya dije, nunca recibió respuesta. La crisis se agudizó en 1994, cuando dos militares de apellidos Rolón y Pernías decidieron hablar ante los senadores sobre sus métodos de lucha contra la “subversión”. Lo que dijeron disipó toda duda acerca de la vileza empleada para liquidar a los enemigos armados y no armados, como las monjas francesas Alice Domon y Léonie Duquet, una vileza que no era mero exceso individual, sino modus operandi, política pública de la dictadura.

El vuelo (Planeta, 1995, 205 pp.), de Horacio Verbitsky (Buenos Aires, 1942), es un documento escalofriante, un libro al que le queda justo el epígrafe de Joyce: “La historia es una pesadilla de la que estoy tratando de despertar”. Fue el primero en abordar uno de los métodos más crueles habilitados por la dictadura argentina para deshacerse de “subversivos”. Dejemos que lo explique Scilingo mediante una de sus cartas sin respuesta: “En 1977, siendo Teniente de Navío, estando destinado en la Escuela de Mecánica, con dependencia operativa del Primer Cuerpo de Ejército, siendo usted [Videla] el Comandante en Jefe y en cumplimiento de órdenes impartidas por el Poder Ejecutivo cuya titularidad usted ejercía, participé de dos traslados aéreos, el primero con 13 subversivos a bordo de un Skyvan de la Prefectura, y el otro con 17 terroristas en un Electra de la Aviación Naval. Se les dijo que serían evacuados a un penal del sur y por ello debían ser vacunados. Recibieron una primera dosis de anestesia, la que sería reforzada por otra mayor en vuelo. Finalmente en ambos casos fueron arrojados desnudos a aguas del Atlántico Sur desde los aviones en vuelo. Personalmente nunca pude superar el shock que me produjo el cumplimiento de esta orden, pues pese a estar en plena guerra sucia, el método de ejecución del enemigo me pareció poco ético para ser empleado por militares…”.

El arrepentido y desdeñado militar busca eco en la parte alta de la estructura lo de poder; sustancialmente desea que los jefes militares de la dictadura reconozcan que fueron ellos quienes impartieron las órdenes para materializar la atrocidad. No halló respuesta y en su desesperación buscó a Horacio Verbitsky, acaso el periodista argentino más dotado del siglo XX argentino y lo que va del XXI. Además de haber trabajado en numerosos medios de prensa escrita, es autor de una bibliografía amplísima y determinante para el examen de distintas coyunturas argentinas, entre otros de La última batalla de la Tercera Guerra Mundial (1984), La posguerra sucia (1985), Civiles y militares (1987), La educación presidencial (1990), Hacer la corte (1993), Un mundo sin periodistas (1997), Doble juego: la Argentina católica y militar (2006), Cristo vence: la Iglesia en la Argentina: un siglo de historia política (1884-1983) (2007), Vigilia de armas. Del Cordobazo de 1969 al 23 de marzo de 1976 (2009), La mano izquierda de Dios. La última dictadura (1976-1983) (2010), La música del Perro (2020). Además de El vuelo (Planeta, 1995, Buenos Aires, 203 pp.), de él tengo en Torreón y he leído Ezeiza (1985), Rodolfo Walsh y la prensa clandestina (1976-1978) (1985), Medio siglo de proclamas militares (1987), Robo para la corona (1991), Hemisferio derecho (1998), El Silencio. De Paulo VI a Bergoglio: Las relaciones secretas de la Iglesia con la ESMA (2005) y Vida de Perro (2018). Ha trabajado en un montón de periódicos y revistas, y actualmente dirige el portal digital El Cohete a la Luna.

El vuelo es principalmente una entrevista. Verbitsky aprovecha en ella, para extraer toda la sopa posible, la disposición del informante. El diálogo es frío, seco, sin matices de parte del entrevistador, que en todo momento se mantiene en una postura extraña: no se suaviza ante Scilingo, lo que hace suponer que pone en riesgo la conversación. Pero no, el militar avanza en su exposición, decidido a denunciar la injusticia que los altos mandos del Ejército cometen al no aceptar que impartían órdenes luego acatadas por sus subordinados ahora despojados de ascensos y salpicados de sospecha delictiva. Scilingo defiende incluso a Astiz, uno de los represores más famosos del “Proceso de Reorganización Nacional”, eufemismo que la dictadura se obsequió a sí misma para encubrir el terrorismo de Estado bajo un rótulo con mera resonancia administrativa.

Scilingo cuenta que recibió un curso propedéutico para el combate contrainsurgente. El instructor les informó que se trataría de la “lucha contra un enemigo que no estaba contemplado dentro de los organigramas normales (…) Con respecto a los subversivos que fuesen condenados a muerte o que se decidiese eliminarlos comentó que iban a volar (…) Y dijo que se había consultado con las autoridades eclesiásticas, no sé a qué nivel, para buscar que fuese una forma cristiana y poco violenta”. El verbo “volar” era, claro, literal, en avión, para morir y desaparecer, y en efecto a dicha modalidad dio luz verde la iglesia católica mediante capellanes del ejército como el famoso Christian Von Wernich, cura hijo de puta luego condenado por crímenes de lesa humanidad. Ahora bien, “Había dos formas de desaparecer: vuelo o parrilla”; es decir, arrojados vivos desde el aire al mar o incinerados (en la Argentina no siguieron pues el método del franquismo, que llenó el territorio de España con fosas comunes, sepulcros colectivos y anónimos que hasta hoy siguen apareciendo).

El diálogo salta para muchos subtemas mediante preguntas que en algunos casos requieren el contexto específico del momento, como las reuniones del senado para escuchar a Rolón y Perdías. Empero, lo que perdurará en la mente del lector es lo que intuye Verbitsky como fundamental, el colmo de la crueldad: los detalles precisos de cada vuelo. Tiene razón: las preguntas debían servir como tirabuzón para sacar a la luz los pormenores de los vuelos, cada detalle exacto. El entrevistado, así sea con reticencias, se suelta y saca a la luz no la abstracción del horror, sino su concreción abominable. En las pausas, dado que celebra varios encuentros con Scilingo, Verbitsky reflexiona y sospecha que en cierto punto el informante frenará la lengua: “La voz de Scilingo sigue en la cinta, los documentos [las cartas que recibió fotocopiadas y figuran en el apéndice del libro] aún llevan su firma. En su casa atienden las llamadas y le pasan el teléfono, en el que se oye la misma voz de la grabación. Esto ha ocurrido, no es un sueño. ¿Pero no se desvanecerá como si lo fuera? Cuando un secreto de casi veinte años se le hizo insoportable, contó las cosas más tremendas a alguien que sólo por azar no fue su víctima [el mismo Verbitsky, quien fue militante montonero]. Contestó todas las preguntas, se sometió a un rol que no había imaginado. ¿Cómo reaccionaría después del desahogo, cuando midiera el paso dado y sus consecuencias? ¿Volvería a refugiarse en las viejas certidumbres institucionales, cortaría todo contacto, trataría de impedir la publicación?”.

La acumulación de evidencias comprometía a los militares, sobre todo a los comandantes, pero estos eludían toda responsabilidad con retórica autoexculpatoria. Argüían que la guerra contra la subversión implicó métodos novedosos, y que tal vez alguno de los héroes de la patria cometió excesos, pero nada que no estuviera dentro del margen de lo lógico en una guerra así de heterodoxa. Un informe de observadores internacionales —de la OEA— no dejó duda de que tales excesos eran más bien la regla, el plan sistemático de aniquilamiento.

Aun así, los excomandantes de la Junta Militar callaban, minimizaban o tergiversaban; una de las explicaciones señalaba que reñían dos grupos: los subversivos y los restos de la Triple A, con el gobierno en medio, casi como árbitro que desea frenar la pugna. En su “Carta de un escritor a la Junta Militar”, Walsh los apuntó directamente al rechazar “la ficción de bandas de derecha, presuntas herederas de las 3A [grupo paramilitar que operó años antes del golpe] de López Rega, capaces de atravesar la mayor guarnición del país en camiones militares, de alfombrar de muertos el Río de la Plata o de arrojar prisioneros al mar desde los transportes de la Primera Brigada Aérea sin que se enteren el general Videla, el almirante Massera, el brigadier Agosti. Las 3A son hoy las 3 Armas y la Junta que ustedes presiden no es el fiel de la balanza entre ‘violencias de distintos signos’ ni el árbitro justo entre ‘dos terrorismos’ sino la fuente misma del terror que ha perdido el rumbo y sólo puede balbucear el discurso de la muerte”. En una palabra, fue el mismo Estado de donde manó a borbotones la política terrorista y, de paso, en lo económico, “la miseria planificada”.

Pese a las evidencias que poco a poco fueron apareciendo sobre la atrocidad, incluso en el informe de la Conadep, los jefes militares no salían de su libreto: sólo aceptaban algunos “excesos inconsultos” de sus “cuadros inferiores”, no un plan sistemático de secuestro, tortura y desaparición de personas. La declaración de Scilingo comprobó lo ya sabido al recordar minuciosamente su participación en dos vuelos y en otras tareas no menos ominosas de su paso por el Ejército. Asimismo, explicó que el personal militar asignado para ejecutar los vuelos era “rotativo”, una decisión inteligente para involucrar a todos los represores y garantizar bocas cerradas. Al detenerse un poco en la figura del almirante Emilio Massera, Verbitsky cita algunas de las frases más famosas del mandón en la ESMA, como aquella en la que resumió que “el concepto general del accionar del Proceso era occidental, humanista, cristiano”. Pese a tan bello accionar, sin embargo, como lo declaró en privado al periodista Jacobo Timerman, “El mundo no está como para que reconozcamos lo que estamos haciendo”.

Tres veces he leído El vuelo y en las tres he sentido la misma perplejidad. No de otra manera, es decir, con perplejo horror, se puede imaginar un método de tamaña bestialidad: desde aviones, arrojar al mar a seres humanos vivos, engañados, desnudos, sedados con inyecciones y sin el derecho a saber que morirán pocos minutos después. El libro es de difícil consecución en México, pero hay mucho material en YouTube sobre el capitán Scilingo, quien por cierto terminó condenado en España, pero esa es otra parte de su historia. El video que más recomiendo es la entrevista a Verbitsky sobre el tema en el canal Encuentro.

Por último, no está de más observar que los promotores de aquellos vuelos tenían la misma matriz ideológica de quienes hoy gobiernan, por ejemplo, la Argentina y los Estados Unidos, así que más allá de la atrocidad pasada debemos pensar en la atrocidad futura o ya no tan futura, vistos los aires represivos que soplan en el gigante del norte que todavía presume libertad y ha sacado el gran garrote para golpear a propios (manifestantes en EUA) y extraños (Venezuela, el caso más reciente). El vuelo es en síntesis un libro-advertencia para siempre.