lunes, junio 29, 2026

19. Kempes


 







En 2010 fue aprobado el cambio de nombre al Estadio Olímpico de Córdoba, Argentina, que desde aquel año pasó a llamarse “Mario Alberto Kempes”. Fue un digno homenaje al Matador, quien había nacido en la ciudad de Ben Ville en 1954. Como sabemos, Kempes fue la figura principal del polémico Mundial celebrado en su país hacia 1978, cuando de la mano del Flaco Menotti la selección Argentina derrotó a Holanda (o Países Bajos) en el Monumental. La estampa del Matador era la de un futbolista fuerte, con un tren inferior poderoso, de zancada larga y avance vertical. La media caída (“el atavismo de los barrios”, según la acertada definición de Ángel Fernández) lo distinguía cuando aún era permitida. El primer equipo que lo vio lucir en el eje de la delantera fue Rosario Central, pero fue el Valencia de España donde cosechó su mejor récord como goleador. Aunque casi alcanzó la cifra de 400 tantos, el par que más recuerda la afición es el de la final contra el arco defendido por el neerlandés Jan Jongbloed. En ambos se nota plenamente la facultad mayor de Kempes: perforar desde poco fuera del área grande con una mezcla de habilidad y convicción.

domingo, junio 28, 2026

18. Ibrahimović

 







La primera vez que vi a Zlatan Ibrahimović (Malmö, Suecia, 1981) fue en la repetición de un gol anotado al Breda cuando militaba para el Ajax. Esa jugada bastó para no dejar de seguir su carrera como delantero de los mejores equipos del mundo. He visto varias veces aquella acción y me asombra cada vez que la recorro: pese a su carrocería de camión materialista, Ibrahimović esquiva rivales con la fluidez de un motociclista en la ciudad, recortes a derecha e izquierda con sorpresa y precisión. En la jugada que menciono burló tres veces al mismo jugador y a varios más, como si fuera brasileño y no sueco. Clavó más de 500 goles y rozó el 0.60 de productividad, más de medio tanto por partido. Era aguerrido, fue un ejemplo de fuerza y voluntad, nunca se arrugó ante nadie. Sobran las repeticiones en las que muestra poquísimas pulgas cuando los defensores lo acosaban. El total de sus goles permite imaginar que iba a todas las pelotas y aprovechaba cuantas podía. La más recordada evidencia de su voracidad es aquel balón que rescató con una especie de chilena descompuesta que, pese a la distancia y el ángulo, logró convertir en gol.

sábado, junio 27, 2026

17. Hermosillo









La suma de sus goles convirtió a Carlos Hermosillo (Cerro Azul, Veracruz, 1964) en el segundo mejor anotador en la historia del futbol mexicano, sólo debajo de Evanivaldo Castro. Casi 400 tantos, si se cuentan los que marcó para la selección, es una cantidad de ingente respeto. Con el América, donde debutó, llegó casi a la centena, pero fue en Cruz Azul donde duplicó esa cifra. Es inolvidable por ello su etapa como cementero, cuando formó endiablada mancuerna con el argentino Julio Zamora. A propósito, recuerdo una jugada que da muestra de la letalidad en aquel dúo: Zamora centra desde la banda derecha y llega Hermosillo con un cabezazo de palomita, más violento que si le hubiera pegado con el pie. Pero es improcedente describir un tipo de gol en la enorme cuenta del veracruzano. Larguirucho, grandote y fuerte, es lógico que su alta cantidad de goles suponga una variedad que incluye testarazos, chilenas, disparos de media, sombreritos, balazos de cerquita y numerosos tantos insólitos. Curiosamente, se le recuerda por un penal: el que, todavía groggy por un turbio patadón en la cara, le clavó a Ángel Comizzo en la final contra León. Inmensa fue la carrera de Carlos Hermosillo.

Razón de estas plaquettes

 









A finales del siglo XIX, París era el ombligo del mundo en casi todo, principalmente en materia cultural. Los pintores, los escultores, los músicos y no se diga los escritores de cualquier lugar anhelaban instalarse en el entorno de la torre Eiffel como si fuera un imperativo religioso, como vivir en tierra santa. En aquel contexto surgían las modas artísticas para después expandirse en todo el mundo con un sello de legitimidad: si algo había sido creado en París, entonces era bueno. Es el caso de las publicaciones en formato de plaquette, galicismo que podemos castellanizar como plaqueta, cuadernillo, folleto, opúsculo o simplemente libro grapado. En mi caso, tiendo a usar el galicismo puro porque “plaqueta” tiene, como sabemos, un uso médico relacionado con la sangre y es sinónimo de “trombocito”.

No hay, que yo sepa, un manual que determine el estricto número de páginas que debe tener una publicación para ser considerada libro o plaquette, de ahí que para mí no radique en tal dato la razón para llamarla de una u otra forma. Es un poco como el cuento: ¿qué número de páginas se requiere para que un cuento sea cuento? Creo que es importante tener en consideración su brevedad, pero no sólo esto. En el caso de la plaquette puede pasar lo mismo: para designarla así es pertinente tomar en cuenta su delgadez, que sea una publicación esbelta, pero hay además otro rasgo físico que da la mano: las grapas, la carencia de lomo. Por supuesto soy consciente de que las grapadoras profesionales de imprenta son capaces de perforar cien folios o más, de ahí que la flacura de la publicación sea el primer requisito para llamarla o no plaquette, pero no el único.

La palabra es francesa porque francés es el origen de la plaquette en el mundo literario. Este tipo de publicación era usado por los escritores, sobre todo poetas, para adelantar sus creaciones entre los colegas, en grupos pequeños y cercanos de potenciales lectores. Tenían además la cualidad, por su tamaño, de viajar lejos y llegar a homólogos distantes. Su grosor y su tiraje corto propiciaron asimismo la idea de trabajarlas con finura, con buenos materiales y diseño delicado, lo que a su vez alentaba su preservación en los libreros ajenos. Todavía bien entrado el siglo XX la plaquette fue usada por los escritores como alternativa al gran tiraje. Muchos poetas, ensayistas y narradores incluso las editaban con financiamiento propio y las ofrecían como regalo a sus amigos, algunas como presente de fin de año.

Si bien la plaquette no ha muerto, es un hecho que su edición y su difusión no están de moda, y en realidad nunca han estado. Para ciertos propósitos y en ciertos espacios, me parece, sigue siendo una opción atendible. En el caso de la colección que propongo, me atengo a la circunstancia actual de la publicación en espacios relativamente pequeños, como La Laguna. ¿Cuántos lectores hay para lo que escribimos? ¿Cuántos personas están dispuestos a comprar y leer lo que cuaja en nuestras cabezas? Esta colección de plaquettes busca llegar mediante el papel a lectores inmediatos, acaso amigos, y si de alguna manera hay interés por el contenido de cada publicación más allá de la sierra de las Noas, en el futuro quedará el PDF como producto residual, pero igualmente útil, para compartir las páginas.

El intento de esta colección es dejar constancia de un trabajo colectivo de escritura. Digo colectivo pero esto no significa que sea coordinado, articulado en grupo. La idea es publicar de entrada diez números, y seguir adelante si la inercia es favorable. El tiraje de cada ejemplar será corto, de entre 60 y 100 ejemplares, y cada pequeño “tomo” tendrá las mismas características del primero, de suerte que sea en verdad una colección con estricta unidad en la forma. Ya hay dos números: Transcursiones, ensayos literarios de Renata Iberia, y Amar a Maradona, que presento hoy, con artículos de mi autoría. Viene en camino uno de crónicas de Fernando de la Vara, y están apenas apalabrados otros de Jessica Ayala, Daniel Lomas, Alfredo Máynez, Laura Orellana, Iván Hernández, Alberto de la Fuente y Angélica López Gándara, todos de distintos géneros literarios y periodísticos.

En un mundo que se expandió gracias al internet, donde teóricamente es posible que nos lean en todo el planeta, la verdad es que no deja de ser sensato que al menos nos lean donde vivimos. Por soñar con grandes tirajes hipotéticos y éxito de ventas, nos hemos olvidado que en casa no nos lee ni nuestra familia, de allí que, sin dejar de ilusionarnos con el reconocimiento foráneo, tratemos de ofrecer también algo concreto a los lectores cercanos, nuestros amigos, como lo hicieron en París los poetas del XIX. Una colección de plaquettes editada con alguna noción de pulcritud puede ser útil.

Y ya que hablo de grandes públicos, de los inmensos públicos que por ejemplo nos promete la utopía de Amazon, recuerdo dos anécdotas. Las reproduzco de memoria, no las tomen como citadas textualmente. A finales de los treinta, la filósofa María Zambrano pasó parte de su exilio en La Habana. Había salido de España debido a la Guerra Civil, y en Cuba de inmediato trabó amistad con la comunidad artística. Uno de sus mejores amigos fue José Lezama Lima. Se cuenta que en alguna ocasión, la gran pensadora le dijo que la calidad de la literatura que escribían debía ser conocida en otras partes del mundo, a lo que Lezama respondió: “No, María, nosotros queremos ser leídos en Cuba”. Una anécdota similar se dio en Buenos Aires. Cuenta Horacio Verbitsky que en cierta ocasión dos escritores felicitaron a Rodolfo Walsh por su cuento “Esa mujer”, pero apostillaron que requería algunos cambios para que se entendiera si lo traducían al francés, a lo que Walsh respondió: “No sé si me interesa que se traduzca al francés”.

En ambas anécdotas se puede notar que el primer público lo tenemos a la vista, y es el nuestro, el más próximo. Así entonces, para qué soñar con lectores de todo el país o de otras partes del mundo si ni siquiera o muy apenas nos pelan quienes conviven con nosotros. El propósito, en suma, de esta serie de plaquettes es llegar a lectores inmediatos, a ustedes que esta noche están aquí de carne y hueso, con cara reconocible y quizá con poco más de cien pesos en el bolsillo para hacer sustentable este modesto emprendimiento editorial que aspira a permanecer en sus estanterías por la calidad de lo escrito, es obvio, y también por el registro del ISBN y los materiales del objeto: serigrafía sobre cartulina texturada, papel cultural en interiores y una guarda de papel italiano, casi casi un fililí en estos tiempos de obligada austeridad.

En cuanto a Amar a Maradona no diré mucho, pues confío en que se lo lleven y recorran sus 56 páginas. Sólo añado que es un homenaje a alguien que me ha alegrado la vida y exactamente hace cuarenta años anotó en el estadio Azteca el gol más memorable de todos los mundiales.

Comarca Lagunera, 22, junio, 2026

Nota. Texto leído en la presentación de Amar a Maradona. Doce apuntes diegófilos y la colección RAI, celebrada el lunes 22 de junio de 2026 en La Tinta Cafebrería. Participamos Alfredo Máynez Gil, Fernando de la Vara y yo.



viernes, junio 26, 2026

16. Francescoli








 

Alto y espigado, Enzo Francescoli (Montevideo, 1961) es a mi juicio el delantero más fino que ha dado la República Oriental del Uruguay, país fecundo en futbolistas. Numerosos goles llenos de elegancia son evidencia de que el cuerpo no le estorbó para, además de alcanzar gran eficacia frente al arco, transmitir belleza. El apodo de Príncipe le calzó, pues, con total justicia. En su carrera marcó 250 tantos, la mitad con River Plate, donde ganó todo y se convirtió en una de sus figuras más salientes. Con la selección grande jugó dos mundiales, ambos sin mucha fortuna, pero ganó tres copas América. El estilo de su ataque combinaba todos los recursos que puede apetecer un delantero: tenía gambeta, disparo fuerte o delicado, anticipo, resolución de primera, rapidez, cabeceo, encare e incluso se dio el lujo de exhibir firuletes como la célebre chilena contra la selección de Polonia: Ruggeri baja de cabeza una pelota casi perdida, en segunda jugada Francescoli la mata de pecho pero queda de espalda a la portería y de repente se eleva para anidarla en el rincón del segundo poste. Fue un atacante completo, con todos los atributos para convertirse en jugador respetado hasta por sus rivales.

jueves, junio 25, 2026

15. Eusebio

 








Un lugar común del debate deportivo consiste en afirmar que los atletas de antes la tenían fácil, pues todos eran más lentos y menos fuertes, como se puede advertir en los videos de archivo. No se repara en que el deporte, como cualquier actividad humana, es histórico, ergo, que acusa un determinado desarrollo de acuerdo a cada época. Si Eusebio da Silva Ferreira (Laurenço Marques, Mozambique, 1942-Lisboa, Portugal, 2014) viajara desde 1966, tal cual, para jugar ahora, sería quizá un jugador inofensivo. Para ser la Pantera Negra, en 2026 requeriría el entrenamiento y en general las condiciones técnicas de 2026. Pero he llegado a pensar que en ciertos casos es precisamente al revés: el futbol constructivo, artístico, de muchos jugadores actuales se debe a que se han endurecido las reglas para ahorrarles patadas. Así, vayan ustedes a saber lo que hubieran sido Pelé, Eusebio o Maradona con el VAR a favor. En el caso del delantero portugués, clavó como 600 goles, la mayoría con el Benfica. Máximo artillero en el Mundial inglés, para los viejos aficionados fue sinónimo de pique, gambeta y gol. Como anécdota, ya en su decadencia (1976) jugó para los Rayados de Monterrey, donde no pudo lucir.

miércoles, junio 24, 2026

14. Fuertes

 







El repositorio de YouTube ha abierto la posibilidad de ver antologías de goleadores de todas las latitudes. Esto, claro, resultaba imposible en otros tiempos, cuando los recursos audiovisuales eran pobres y los aficionados teníamos que conformarnos con lo que difundía la televisión local. Gracias, entonces, a YouTube, una práctica frecuente de quien sancocha estos renglones ha sido localizar artilleros en todas las ligas disponibles. Uno de los que más ha llamado mi atención es Esteban el Bichi Fuertes (Coronel Dorrego, Argentina, 1972), quien anotó alrededor de 300 tantos en su carrera. Dirán que no es conocido más allá del futbol de su país, que no figuró en su selección, pero su desempeño en una primera división tan dura como la argentina lo convierte, a mi parecer, en un futbolista destacable. El de Esteban Fuertes es un caso típico de goleador oportuno, de última jugada. Ver sus anotaciones es asistir a un engarce de toques finales a la red. Esto significa que el fuerte de Fuertes no era encarar de tres cuartos en adelante, ni driblar ni disparar de lejos. Lo suyo fue empujarla, estar en el lugar preciso en el momento preciso, siempre, indefectiblemente listo para llegar, marcar y celebrar.

Narraciones y comentarios

 









La plataforma en la que he visto el Mundial 2026 ha convocado a todos sus narradores y comentaristas para cubrir la avalancha de partidos, el negociazo expandido de la FIFA que ya no encuentra, con Infantino, en dónde y con qué ordeñar más dólares. Son muchos periodistas del micrófono, cada uno con su estilo, para todos los gustos. Por primera vez reparo en que me agradan más quienes comentan que quienes relatan, y esto tal vez se debe a que los opinadores laterales no tienen el imperativo de gritar como si les jalaran los pelos.

Desde hace algunos años, el estilo de la dupla Martinolli-García fijó el modelo más atractivo en México de seguimiento a las acciones de los partidos. La voz aguda, rápida y ocurrente fue aderezada con permanentes gracejadas en ping-pong, y desde entonces Televisa ha buscado imitar la fórmula. Teóricamente la encontraron en la voz de un joven de nombre Andrés Vaca, gritón irrefrenable, a quien sumaron, por una millonada tal vez no bien invertida, los apuntes anodinos de David Faitelson. Ambos hacen una pareja que bordea la antipatía, pues es demasiado claro que tratan de emular el ritmo zumbón de Martinolli-García. Esto no ocurre, por ejemplo, con relatores como Emilio Fernando Alonso, que de entrada es bueno porque sus narraciones jamás han sido ni querido ser una pachanga.

Digo que, al menos para mí, algunos comentaristas han logrado una participación notablemente mejor que la de los narradores. En ambos casos no sé los nombres de todos, pero sí puedo reconocer a tres que expresan sus opiniones con tino futbolístico y, lo más importante, sin alaridos: Hugo Salcedo, Rafael Puente y Damián Zamogilny, los tres con ideas muy pertinentes, precisas notas al pie para las jugadas relevantes.

Entre las novedades que he encontrado en la relatoría de los partidos está la voz de un locutor apellidado Muñoz. Su tono, su ritmo, su impostación, una mezcla fallida de Perro Bermúdez con Martinolli, lo tornan inaguantable. Es como escuchar durante varios minutos al Gordolfo Gelatino, algo así de falso y presuntuoso en las modulaciones de la voz. No sin malestar confieso que he visto varios partidos con el audio en mute. Los de Muñoz, todos, sin dudarlo ni un segundo.

martes, junio 23, 2026

13. Caszely

 








Carlos Caszely (Santiago de Chile, 1950) fue un goleador indiscutible. Anotó casi 300 tantos, la mayoría con el Colo Colo, equipo más popular de su patria. Si nos pidieran imaginar a un killer de las porterías enemigas, es probable que la complexión que nos parecería menos apta es la de Caszely: era chaparrón, de cuerpo algo cuadrado, como el de Bob Esponja. Además, el pelo crespo y el mostacho denso podían inducirnos a pensar en un trabajador de oficina, no en un artillero del futbol. Caszely, pues, no impresionaba por su facha, pero tenía unas facultades que hasta hoy lo hacen digno de figurar en cualquier lista de cañoneros. Su menú deja ver que clavaba goles de diversa factura, pero su especialidad era llegar driblando hasta la mismísima raya de la meta enemiga. En otras palabras, tenía la obsesión de quitarse a todos los defensores, incluido el portero, y empujar la pelota caminando; marcó incluso un gol maradonesco en el que eludió hasta al árbitro. Dos datos importantes acompañan su biografía. En tiempos de Pinochet, se declaró abiertamente de izquierda, lo cual no es poco decir, y fue el primer expulsado con tarjeta roja en un Mundial, el del 74.

lunes, junio 22, 2026

12. Cuauhtémoc


 







Meter a Cuauhtémoc Blanco (Ciudad de México, 1973) a esta serie puede ser cuestionable, pero quiero ser justo con un jugador que sin duda fue importante en nuestro futbol, tanto que durante varios años su nombre fue sinónimo de talismán así en la selección como en los clubes donde alineó. Fue un caso extraño si nos atenemos a su pinta: grandote, de piernas largas, medio jorobado y con apariencia de lento, el Cuau era sumamente técnico, de una habilidad endiablada para resolver acciones sobre la marcha. Tengo la impresión de que siempre pensaba medio segundo antes que sus rivales, lo que en futbol es una ventaja tremenda, pues permite tomar decisiones cuando los otros apenas se están acomodando. Además de buen futbolista, Blanco era irritante, entrón, hablador, odioso y eficaz. Anotó más de 200 goles de todos los sabores, asistía, la mataba de nalgas, daba pases de lomo, inventó la “cuauthemiña”, era un descarado. Recuerdo que Valdano comentó el Mundial 98 y al hablar sobre el mexicano dijo algo así: “Es raro este Cuauthémoc, la toma y parece que se va a caer, que se le enredará la pelota, pero todo lo hace bien”. Es la mejor descripción del tepiteño.

Presentación de Amar a Maradona

 

domingo, junio 21, 2026

11. Cruyff


 






Johan Cruyff (Ámsterdam, 1947-Barcelona, 2016) jugaba antes de la línea de ataque, pero su manera de picar, de encarar y eludir defensores desde tres cuartos de cancha lo llevó a cosechar una cuota de goles nada despreciable para cualquier mediocampista. Fue el mejor futbolista del mundo durante el primer lustro de los setenta, cuando Países Bajos se convirtió, de la mano del DT Rinus Michels, en un artefacto cuyo desempeño dio origen a la noción del “futbol total”. El equipo de sus mayores logros fue el Ajax, donde en dos periodos sumó más de 200 goles (el total de su carrera no quedó lejos de las 400 anotaciones), una cantidad nada común para un arquitecto y constructor de la media cancha. Por fortuna, hay videos suficientes en los cuales podemos observar su estilo de juego; con otra estatura y otro ritmo, en algo recuerda a Lionel Messi: toma la pelota y frente a él hay un tercio de campo y varios defensores; Cruyff levanta la cabeza y como en cámara lenta, con sutiles quiebres de cintura a izquierda o derecha, elude rivales como si fueran conos de entrenamiento para luego batir al guardameta. Su magia radicó en aquel zig-zag indetenible.

sábado, junio 20, 2026

10. Cristiano

 








A los treinta años ya estaba incluido entre los mejores de la historia, pero todavía es hora en la que, a los 41 de su edad, sigue jugando. Cristiano Ronaldo (Funchal, Portugal, 1985) es uno de los monstruos indiscutibles del planeta futbolístico. Podrá gustarnos o no, pero sus más de 800 goles son una friolera que sólo puede homologarse con muy pocos residentes de la cúspide. Es quizá el ejemplo máximo de disciplina: su entrenamiento colinda hasta hoy con el de los boxeadores, exigencia a la que se ha sometido durante más de tres décadas, sin pausa, tanto que para él una Coca Cola es un crimen de lesa condición física. Un dato de inmenso valor en su semblanza no sólo es el de la cantidad de tantos, sino el de los equipos y las ligas donde ha jugado: Manchester United, Real Madrid y Juventus lo tuvieron en su mejor momento, y sólo con los españoles encajó 450 goles. Sumas anotadoras de ese tamaño hacen suponer que sus recursos son variados. Y sí: con velocidad, potencia en el disparo, salto descomunal para el remate de cabeza, hambre permanente de triunfo, Cristiano ha justificado todas las hipérboles. Simplemente es un superestrella.

En recuerdo de un balón


 








He contado ya, en esta columna y en algún foro público, que la práctica del futbol fue en mi caso un contagio infantil algo tardío. Salía de la niñez, como a los 9 o 10 años, cuando el virus de jugar a la pelota me invadió el cuerpo y, a su manera, también la mente, pues me convertí en adicto comprador y lector de cinco revistas semanales sobre la materia. Eso ya lo he expuesto, y aunque se trate de mí, aunque en la autorreferencialidad pueda sospecharse un dejo de pedantería, aseguro que no busco nada más que describir el buen efecto de la práctica deportiva como extraña propiciadora del hábito de leer. No tiene pues nada de malo si un niño no lee. Lo terrible es que no descubra pronto una pasión como yo descubrí la del futbol en los albores de mi adolescencia.

Pero ahora no hablaré de eso, sino de otro asunto, aunque vinculado al futbol que me atrapó como vicio y, sin querer, alteró hasta mis horas de estudio. Este recuerdo es también, de paso, un desagravio a mi padre. He tardado más de cincuenta años para convertir aquel recuerdo en el ofrecimiento de una disculpa. La idea de escribir este mea culpa surgió al leer Cerrado por mundial (Siglo XXI, México, 2017, 232 pp.), de Eduardo Galeano (Montevideo, 1941-2015). Y no fue por una de sus vistosas estampas ni por una de sus frases citables, sino por una viñeta dispuesta para el texto “La garra charrúa”, la de un balón con apariencia antigua (imagen que encabeza este comentario).

Aunque se trata del mero trazo de un dibujo, la forma de sus gajos es la que conocemos por fotografías. Todavía en los sesenta, los balones de futbol tenían tal apariencia. Todos eran marrones, aún no les añadían color, y tengo la impresión de que botaban con mayor viveza. A diferencia de los actuales, no eran impermeables. Si llovía o cruzaban un charco, adquirían una tonalidad oscura y pesaban más porque absorbían agua. La transición de aquel tipo de pelota a la de polígonos blancos y negros se dio en el arranque de los setenta, y a partir de allí se abandonó todo diseño con apariencia de cuero sin esmalte colorido.

Al llegar al 74 o 75 pedí a mi padre un balón “profesional” y unos guantes de portero. Me dijo que sí, pero, como siempre, el sábado anhelado para ir a la tienda tardó varias semanas en llegar. Sábado tras sábado se daban las cinco o seis de la tarde, y yo preguntaba a mi padre si podíamos ir a Deportes América, en la avenida Victoria de Gómez Palacio, para hacer la compra. Hoy entiendo que mi padre posponía no por capricho, sino por una razón más bien relacionada con el bolsillo. Tenía siete hijos, era empleado de una empresa y supongo que cualquier erogación extra le significaba un sacrificio incomunicable. El caso es que luego de muchos sábados llegó el sábado esperado, el sábado en el que me dijo “vamos”. No olvidaré nunca mi emoción al ver los arreos deportivos en el aparador, los atuendos, el surtido de la mejor tienda de deportes de la ciudad. Luego de mucho revisar precios, mi padre me compró un balón de cuero ya pasado de moda y los guantes de portero más económicos y mal cosidos. No me sentí totalmente bien, pero algo era algo y salimos de la tienda con mis cosas.

Los guantes fueron guardados herméticamente para que no se destruyeran. Yo prefería verlos que usarlos, así que me los ponía en casa sólo para admirarlos puestos, pues sabía que quedarían hechos pedazos a la primera cascarita. En cuanto al balón, dudé algunos días en sacarlo. Temía que se burlaran de mí, pues a kilómetros se veía que no era el más moderno. Un día me animé y dije a mis amigos de la primaria que tenía un balón (aunque ahora no se crea, no todos podían acceder a ese privilegio). Mis amigos celebraron la noticia y me pidieron que lo llevara.

Al día siguiente aparecí con el vejestorio casi proveniente del Mundial de 1930. Temí las risas, pues seguramente todos tenían en la cabeza el de secciones poligonales negras y blancas. Lo que resultó fue muy distinto: nadie dijo nada, armamos los equipos y comenzamos el partido como profesionales. Jugar con mis compañeros y ser el dueño del balón me generó una alegría indescriptible, y no fue sino hasta mil años después que comprendí por qué: lo que interesaba a mis amigos era jugar, no medir la calidad de la pelota.

Esto jamás se lo compartí a mi padre, quien mereció en su momento una disculpa de mi parte y no la recibió. Me había comprado el balón que pudo alcanzar su presupuesto, no uno de lujo. Fue el primer balón de muchos que llegaron después. A él, a mi padre, debo pues el orgullo inaugural de cooperar con el balón para organizar partidos, es decir, para organizar felicidad.

viernes, junio 19, 2026

9. Cardozo


 






Paraguay ha dado un par de goleadores al futbol mexicano: Salvador Cabañas, cuya carrera se malogró por un incidente extracancha, y el inmenso José Saturnino Cardozo (Nueva Italia, Paraguay, 1971), ariete que llegó en silencio a Toluca y allí se asentó como máquina de producir goles. Correoso, no muy alto, serio y garrudo como cumple al tipo del futbolista guaraní, su especialidad era empujar balones al fondo de las piolas. No se piense por esto que era un rematador así nomás, de esos que resuelven con un toque en la última jugada, lo cual no es, por otro lado, un defecto. Cardozo tenía tanto talento que podía resolver de una o parar la pelota, acomodarse y colocarla con vaselina lejos del portero. Un gol contra los Tecos exhibe su múltiple talento: recibió de pecho, controló con el muslo, se quitó a uno y disparó, cuatro jugadas distintas en una secuencia de dos segundos. Más de 300 tantos refulgen en su palmarés, 259 con los Diablos Rojos. Tiene el récord imbatible de goles en un campeonato corto (Apertura 2002): 29 en 19 partidos, promedio de más de un gol y medio por encuentro. Una locura. En aquel torneo anotó hasta dormido.

jueves, junio 18, 2026

8. Cantona


 







Solía usar la solapa levantada como si el jersey fuera la capa del conde Drácula. Las cejas pegadas y los ojos demasiado juntos le daban a su rostro un aire adolescente que se correspondía con su espíritu rebelde, de muchacho que no quiere acatar reglas. Éric Daniel Cantona (Marsella, Francia, 1966) fue un jugador siempre diferente en la cancha y fuera de. De haber practicado lucha libre, hubiera sido técnico y rudo a la vez, pues lo mismo tiraba una vaselina exquisita que un puñetazo iracundo. Al hablar sobre él, es inevitable recordar el episodio más famoso de su carrera: cuando propinó una patada de karateca a cierto hoolligan que lo estaba hostilizando con insultos xenófobos desde la tribuna. Luego del incidente, la multa y los castigos, el francés declaró estas perlas: “Patear a un fascista no se saborea todos los días”, y “Me hubiera encantado patearlo aún más fuerte”. El equipo de sus mayores triunfos fue el Manchester United, donde lució misceláneas facultades como definidor. Marcó más de 150 goles en su carrera, incursionó en el activismo político, en la publicidad y en la actuación. Fue, es, un “loco lindo”, como llaman en Sudamérica a los locos lindos.

miércoles, junio 17, 2026

7. Cabinho


 







El primer goleador implacable que vi en mi vida fue Evanivaldo Castro (Salvador, Bahía, Brasil, 1949), quien vino a los Pumas para luego jugar en el Atlante, León y Tigres. Pese a su tremenda cuota goleadora y debido al aislamiento del futbol mexicano, fue imposible que lo llamaran a la selección brasileña que alineaba por aquellos años a Roberto Dinamita y luego a Careca, el colega de Maradona en Nápoles. Cabinho fue bautizado así, según contaba Ángel Fernández, por la vinculación de su familia con el ambiente militar, de suerte que los soldados llamaban “cabito”, “cabinho”, pequeño cabo, al niño Evanivaldo. Pero más allá del mito sobre el alias, el brasileño es hasta hoy el máximo bombardero de nuestro futbol. Sólo con la UNAM hizo más de 200 goles sin un común denominador, pues los anotaba de todos los sabores. Si algo recuerdo de su estilo es, sin duda, la potencia: sus piernas eran tan fuertes que superaban a los defensores en la carrera y disparaban con violencia desde cualquier ángulo tanto en movimiento como desde un punto fijo, de ahí que fuera temible también en los tiros libres. Además, cabeceaba bien. Una palabra puede, para acabar pronto, definirlo: letal.

Futbol como tópico

 







No está de más pensar un poco en la evolución del futbol como tema intelectual. Sé que en contextos como el inglés o el francés ha sido observado desde los sesenta por algunos estudiosos de “la sociedad del espectáculo”, pero en América Latina sospecho que su interés como tópico no sólo deportivo, sino cultural en su sentido más amplio, ocurre a partir de la década de los noventa. Como motivo de relatos literarios data de más atrás, pero como fuente de reflexión más o menos frecuente apenas alcanza un periodo algo mayor a tres décadas.

Una explicación tal vez atendible, así sea nada más a manera de hipótesis, sobre el rechazo al futbol como tema atractivo al pensamiento, quizá tiene algún nexo con la rigidez de los intelectuales a la hora de aproximarse a la cultura de masas, o hacerlo tibiamente y muchas veces con obligado desprecio. El futbol como espectáculo popular, simple, irracional, frívolo, provocaba culpa en los estudiosos, más si en ellos había simpatía por su práctica. Es la tensión destacada por Umberto Eco entre los “apocalípticos” y los “integrados”. Los intelectuales, predominantemente de izquierda en los sesenta, setenta y ochenta, tal vez eran aficionados de clóset, y, si mucho, mostraban alguna adhesión en revistas y periódicos, nunca en el objeto sacralizado del libro.

Esto cambió como una distensión, podemos imaginar por qué, en los noventa. Más allá de las renuncias o las constancias ideológicas de la izquierda, lo ciento es que se acusó un nuevo clima para el despliegue del pensamiento. Si el futbol era atractivo para las mayorías, más que un fenómeno puramente deportivo o espectáculo con estatus de nuevo opio del pueblo, en buena hora los estudiosos decidieron explorarlo. Por eso no me parece poco sintomático que Fútbol argentino, El futbol a sol y sombra, Los once de la tribu y La era del fútbol hayan aparecido en 1990, 1995, l995 y 1998, en este orden. El trazo de esta idea es muy grueso, pero precisamente por ello más visible, digno de un hilado más fino en el futuro.

¿Por qué el anarquista Osvaldo Bayer, gran relator en los setenta de las masacres en la Patagonia, decidió publicar un libro sobre futbol en 1990? ¿Por qué el zurdo Eduardo Galeano elogió el futbol en 1995 cuando Las venas abiertas de América Latina era ya un clásico del saqueo colonialista en nuestro continente espiritual? ¿Por qué Juan Villoro se arriesgó en el 95 a ser excluido del canon mexicano por escribir sobre futbol? ¿Por qué Juan José Sebreli emprendió su sesudo y severo alegato contra el futbol en 1998? Insisto: tanto para elogiarlo como para repudiarlo, el futbol alcanzó en esa década el rango de tema a indagar. Han pasado 35 años en los que, a un ritmo constante, aparecen libros sobre futbol encarados desde distintas disciplinas, muchos colectivos, como Área penal: el futbol en tiempos de globalización, publicado por la UNAM y coordinado por Federico Fernández Christlieb (hermano del exportero del Atlante). No es necesario resaltar que la sanción editorial de la UNAM da carta total de naturalización al futbol como tema académico.

martes, junio 16, 2026

6. Butragueño


 







Gilberto Prado, erudito en letras y deportes, solía citar unas palabras de Emilio Butragueño (Madrid, 1963) cuando alguna vez pidieron al español que comparara su estilo con el de Hugo: “Él es mejor en el remate, pero creo que yo en el uno a uno”. No es errónea esta observación, pues siempre que pensamos en él es fácil imaginarlo en la ejecución de un desborde o una penetración con balón atado a los dos pies: desde un punto muerto, superaba al rival con un arranque súbito en el que, como nadie, se pasaba a sí mismo la pelota de un zapato a otro. Era su especialidad, llegar hasta las narices del portero y liquidarlo. Creo que en nadie, o tal vez sólo en Messi, he visto con tal velocidad y eficacia ese traslado de balón entre ambos pies. Lo recuerdo como estrella del Madrid, obvio, en la mejor época de Hugo, pero más en su partido consagratorio, aquel que España ganó en Querétaro a la Dinamarca de Elkjær con cuatro tantos del Buitre, apodo que por cierto no le concernía, pues era rubio con cara de angelito. Clavó casi 250 goles. Curiosamente, jugó su último partido contra el Santos Laguna.

lunes, junio 15, 2026

5. Borgetti


 






Por más objetividad que se imprima, cualquier elección supone el peso del gusto y a veces de otros factores, como la cercanía. Jared Borgetti (Culiacanito, México, 1973) aparece en esta lista, sin embargo, no por capricho de mi subjetividad, sino porque lo merece. Anotó 299 tantos en su carrera, la mayoría con Santos Laguna, la mayoría a servicios de Rodrigo Ruiz. Es, si me apuran, nuestro CR7: un ejemplo de disciplina espartana y voluntad para perseguir hasta los centros más difusos, los balones perdidos en el más allá. Clavó goles de todas las modalidades posibles, aunque fue el remate de testa la marca de su estilo. Alto, espigado, fuerte, iba a todas, siempre estaba en el lugar oportuno y, como ya dije, jamás daba una jugada por baldía. Todos lo recordamos por varias estampas, como la del remate a Necaxa en el partido definitivo con el que los laguneros ganaron su primera liga en el viejo y nunca suficientemente añorado estadio Corona, pero la acción que sobrevivirá a los tiempos es la del cabezazo a Italia en el Mundial 2002. Los anatomistas todavía preguntan cómo demonios torció el cuello para anotar de espaldas y sesgado. Los anatomistas y Gianluigi Buffon.

domingo, junio 14, 2026

4. Best









A George Best (Belfast, Irlanda del Norte, 1946-Londres, 2005) se le recuerda con frecuencia por dos frases que gustan en función de su cinismo tabernario: “Gasté un montón de dinero en coches, mujeres y alcohol. El resto simplemente lo malgasté”, y “En 1969 dejé las mujeres y la bebida. Fueron los peores 20 minutos de mi vida”. Por la malicia, pese a su machismo, parecen de Wilde, pero más allá de las boutades, Best fue, según he podido leer y luego ver en YouTube, un jugador anómalo en su contexto. Husmear las repeticiones de sus gambetas y sus goles contradice la idea, por otro lado harto justificada, que tenemos del futbol practicado en el país que reglamentó este juego: físico, veloz, directo, duro y sin muchos arabescos. Best, entonces, avanzaba en contra de la inercia, pues driblaba, inventaba jugadas y resolvía frente a los palos con quiebres y disparos que delataban más creatividad que reciedumbre. La época y el lugar de su gloria fueron propicios para que pareciera un quinto beatle, y la suerte de ser “carita”, como decimos en México, le permitió asemejarse en algo a Paul McCartney incluso en aquello de las patillazas. Anotó más de 250 goles.

sábado, junio 13, 2026

3. Batistuta

 








Su apellido fue aprovechado para jugar con el prefijo del superhéroe. En lugar de Batistuta, los medios lo rebautizaron Batigol. No deshonró el mote: frente a la portería daba la impresión de ser todopoderoso y anotar cuantas pelotas le caían cerca con intención o por azar. Fue un artillero despiadado. La mezcla de velocidad y fuerza hacían casi imposible detener ese tren rubio, quien se hartó de clavar goles en los que destacaba la potencia física y la ausencia de misericordia con los arqueros rivales. Si veía un hueco, ya sea encarrerado o disparando de media distancia, de sus botas salían obuses con lumbre. La fuerza fue su fuerza, que combinada con el olfato de perro para rematar dio como resultado una cauda total de 300 tantos en su carrera, la mayoría (207) con la Fiorentina en tiempos del más feroz catenaccio, lo cual le añade mérito. Gabriel Omar Batistuta (Avellaneda, Santa Fe, Argentina, 1969) fue una fuerza telúrica con ropa de futbolista, y a México le trae malos recuerdos, pues es imposible olvidar que rompió el empate en la Copa América de 1993, cuando en Guayaquil, tras un madruguete de banda, eludió a uno y venció a Jorge Campos.

Sumario de Borges













En “Los diccionarios de ayer y de mañana”, su discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua (1992), el filólogo Guido Gómez de Silva consigna la evolución de este tipo de libros, llamados genéricamente “de referencia”, y destaca que en su origen tuvieron una hechura individual, como, entre muchos otros, el famoso Tesoro de la lengua castellana o española, confeccionado sin ayuda por Sebastián de Covarrubias Orozco (1611). Mucho más cerca de nosotros en el tiempo, es célebre el Diccionario de uso del español, titánico emprendimiento encarado por María Moliner, quien trabajó sola en su casa, con ficheros de papel y una maquinita mecánica Olivetti. Lo habitual desde hace mucho, sin embargo, es el trabajo en colaboración, como lo mostró la Enciclopedia (1751-1772) coordinada por Denis Diderot y Jean Le Rond d’Alambert, quienes convocaron a un ejército de eruditos para preparar la monumental obra que dio identidad al también llamado “Siglo de las Luces”.

Otra característica de los diccionarios de uso o enciclopédicos, además de implicar un trabajo plural, es el de abordar registros de una lengua o de una parcela del conocimiento. Por ejemplo, los diccionarios de la casa Larousse o los del FCE de filosofía, sociología o religiones. Más raro es dedicar un libro de esta naturaleza a un solo personaje, como es el caso de Borges babilónico. Una enciclopedia (FCE, primera edición en español 2023, Buenos Aires, 626 pp.). Es el libro que se me ocurre traer hoy, a un día del cuadragésimo aniversario de la partida de Borges, quien murió en Ginebra, Suiza, el 14 de junio de 1986.

Borges babilónico (el adjetivo obviamente alude al cuento “La biblioteca de Babel”) tuvo una primera edición brasileña, en portugués, hacia 2017, y fue trabajada por la Companhia das Letras. Lo preparó Jorge Schwartz, quien coordinó un grueso equipo de colaboradores: 75. Todos, todas, bajo la batuta de Schwartz, escribieron las cientos de entradas que iluminan enciclopédicamente la vida y la obra de Borges. Entre los nombres conocidos (al menos por mí) de quienes colaboraron puedo destacar a Beatriz Sarlo, Alberto Manguel, Edgardo Cozarinsky, Emir Rodríguez Monegal, Horacio González, Rafael Olea Franco y Ricardo Piglia.

El director del libro expone en el prólogo a la edición brasileña, incluido también aquí, que su primera labor fue crear la lista de entradas. El resultado alcanzó un número desorbitado de posibilidades, tanto que tuvo que ser achicado. La edición argentina sumó de todos modos más entradas hasta cerrar en una cantidad que en efecto forma un libro voluminoso, pero manejable.

Como en todo material de índole enciclopédica, Borges babilónico tiene algo de arbitrario en sus entradas. ¿Cómo decidir qué entradas vale desarrollar en la obra de un autor tan complejo y diverso como Borges? ¿Qué personaje real o ficticio, qué idea, qué lugar, qué libro es dable atender con amplitud para formar una noción general y precisa sobre el más famoso escritor argentino? La selección trabaja entonces sobre los asuntos, los libros, los escritores, los amigos y los tópicos (el laberinto, los tigres, el tiempo, los espejos…) borgeanos. Cada entrada tiene un desarrollo que alcanza, dicho esto a ojo de buen cubero y sólo para dar la idea, de una cuartilla a dos en promedio, aunque las hay poco más breves o poco más largas. La aspiración, en todo caso, fue obtener un panorama amplio, el más amplio y abarcador posible, de todo aquello que interesó al autor de Fervor de Buenos Aires. El diseño del libro, rasgo de no escaso valor en un volumen de consulta como este, es impecable, a dos tintas en sus folios y tipografía clara.

Schwartz señala, al final del prólogo a la edición en español, que “Para ser fiel al espíritu borgiano, recomendamos que el Borges babilónico, además de obra de consulta, sea también de lectura”. Estoy seguro de que lo logra, que sus entradas se dejan recorrer con gusto y pueden ser un material muy valioso tanto para quien conoce a fondo la obra de Borges como para quien todavía no lo ubica como el inmenso escritor que fue, una inmensidad que por cierto no ha parado de crecer desde que murió hace cuarenta años y acaso desde dos o tres décadas antes, tras el asombro y la repentina veneración que por él sintieron Europa y los Estados Unidos. 

viernes, junio 12, 2026

2. Baggio

 








Pasaran los años y no podré dejar de pensar en la injusticia que significa quedar estigmatizado por la falla de un penal. Todo el talento, toda la clase, toda la gloria acumulada se manchó por un disparo desde los 9 metros en el estadio Rose Bowl de Los Ángeles, California. Claro, era la final de un Mundial, el de EUA 94, jugado por Italia contra Brasil. Ese yerro pudo ocurrirle a cualquiera, pero cayó como rayo inmisericorde sobre la persona de Roberto Baggio (Caldogno, Italia, 1967), a mi juicio el jugador más técnico que ha dado la futbolísticamente ruda república donde nació el Renacimiento. Y ya que dije esto, Baggio el magnífico trataba con arte cada pelota que pasaba por sus pies, no por nada mereció un sobrenombre de sonoridad renacentista: Il divin codino, El divino cola de caballo en español, por su corte de pelo. Este 10 tenía gambeta para los dos lados y disparo preciso a todos los ángulos. Sus goles fueron, la mayoría, proyectiles telescópicos y carreras desde tres cuartos de cancha quitándose gente hasta llegar a la cocina. Fue un maestro digno de Vasari. Para mí, un penal no lo macha, haya ocurrido donde haya ocurrido.

jueves, junio 11, 2026

1. Abreu


 







Loco es un apodo común en Sudamérica, y se aplica al verdadero loco o a tipos que obviamente no lo son, pero rompen con los comportamientos habituales. Washington Sebastián Abreu (Minas, Uruguay, 1976) admitió el mote porque su capacidad rematadora de 9 natural parecía desenfadada e imprevisible, la de un loco en el eje del ataque. Alto, flaco, correoso, no daba el tipo de goleador. Su físico parecía inadecuado para lo que hizo: era hábil, driblaba en la carrera (no partiendo de cero), cabeceaba, disparaba con ambos pies, anticipaba remates, la empujaba porque la empujaba, llegara como llegara. Alcanzó la gloria en el Mundial de Sudáfrica con un alucinante penal al estilo de Panenka, el definitivo para que Uruguay pasara a semifinales y el paisito estallara de alegría. Fue un trashumante total, un cosmopolita de las canchas, pues jugó en casi cuarenta equipos y anotó más de 400 goles que en general no evidencian un estilo, sino una miscelánea en definiciones que lo mismo exhibió toques sutiles en globito que cañonazos despiadados a la red. De su etapa mexicana es inolvidable la temporada 2002-2003 con Cruz Azul: jugó 43 partidos y anotó 37 tantos, casi uno por juego. Una locura.

miércoles, junio 10, 2026

Uno por Mundial











 

Mañana comienza el Mundial, el primero celebrado en tres países, y es claro ya que no es el más entusiasmante de la historia. La mafia de la FIFA lavará por unos días la cara de Trump, pero por supuesto nada es suficiente para limpiar las tropelías del empresario genocida y pederasta, y menos si la ayuda proviene de los gángsters del futbol cuyo centro de operaciones es Suiza. Veremos qué ocurre en lo político con este Mundial, el más monetizado de cuantos se han jugado hasta ahora, un monumento al ansia de dinero y poder irrefrenable de la FIFA.

Si no hago mal la cuenta, he seguido de lado a lado doce competencias de este tipo. Haré aquí el ejercicio de pensar en el mejor jugador que vi en cada una. Es raro, rarísimo, pero en 1978 quedé asombrado con Teófilo Cubillas, el peruano; creo que nadie, salvo yo, lo mencionaría en una lista de esta naturaleza. De 1982 mi favorito fue Zico, quien al final tuvo mala suerte, pero fue el jugador de mayor clase en el Mundial de España (también marcado por Gentile con todas las marrullerías posibles). De 1986 en México no digo nada; es obvio de qué número 10 quedé embelesado. Igual en Italia 1990, aunque para no repetir puedo mencionar a Schillaci, por lo sorpresivo de su aparición como salvador de los locales. En 94 para mí el mejor fue Hagi, el rumano, un constructor de juego que manejaba todos los hilos de su selección, tanto como Zidane en 1998, por mucho el más destacado del Mundial francés.

También el Mundial Corea-Japón de 2002 es fácil: Ronaldo estaba por encima de todos en aquel momento, no por nada fijó para la historia el apodo de Fenómeno. En Alemania 2006 pongo a mi único defensor: Fabio Cannavaro, una pared en la zaga italiana. De 2010, el Mundial sudafricano, creo que me decanto por Xavi, el español (sólo dudo un poco por culpa de su paisano Iniesta, que igual puede ser colocado como señero). De 2014 en Brasil el mejor debe ser alemán, y para mí fue Toni Kroos con una leve sombra de su paisano Müller. De 2018 no hay duda: fue Luka Modrić, quien puso a Croacia en la final. Y, por último, contra lo que se pueda pensar, el mejor para mí en Qatar 2022 fue Mbapé, quien anotó tres en la final y con todo y eso la perdió.

Ya veremos ahora quién destaca en el Mundial que empieza mañana para 48 equipos, una cantidad absurda pero acorde a la voracidad de la FIFA.

martes, junio 09, 2026

Por un esférico no global


 












Texto leído el 9 de junio en la Casa del Libro UNAM durante la presentación de Área penal, el futbol en tiempos de la globalización (Federico Fernández Christlieb, Samuel Ortiz Pérez, Cristina Romera Tebar y Pedro Sergio Urquijo Torres, Instituto de Geografía, UNAM, 2026, 331 pp.). Lo reproduzco con autorización del autor.

Por un esférico no global

Marcial Fernández

La geografía es el ámbito en donde estamos parados.

Deriva del griego clásico “geo”, tierra, y “graphia”, raspar grabar, dibujar, escribir. Para Eratóstenes, que fue el hombre que midió la tierra en el siglo III a. C. con la sombra de dos palos y el sol, la geografía es la representación gráfica del planeta.

Esa imagen, la del sol y dos palos para medir la tierra, recuerda lo fácil y las pocas necesidades que presenta el futbol para jugarlo. La palabra cascarita que seguimos utilizando en México para referirnos a ese juego en las calles, parques y con mínimas reglas, no requiere, desde que se empezó a practicar en los llanos, nada más que una cáscara de una toronja, calcetines para rellenar lo que se convertirá en la pelota (el sol), y dos objetos (los palos o lo que sea) que marquen la portería. Lo demás son amigos y amigas que quieran ser de nuestro equipo o del contrario.

¿Qué quiere decir esto?

A partir del entendimiento de cualquier fenómeno terrestre, ya lo podemos abordar, por ejemplo, desde la antropología, la sociología, la economía e, incluso, la literatura.

Área penal, el futbol en tiempos de la globalización no se trata de un libro literario. ¿Por qué digo esto? Porque cuando Fede me invitó a presentarlo, me pidió que lo leyera desde una perspectiva literaria que, se supone, es mi especialidad.

Así lo hice y, aunque el título, Área penal, es un juego literario que determina, sí, un espacio concreto adentro del, valga la redundancia, terreno de juego, también determina un espacio metafórico —afuera del espacio meramente terrenal, nada lúdico— que en la actualidad crea nuevos reglamentos que poco aportan al juego, transformándolo en un espectáculo que aspira por imposición al gusto estadounidense, en un negocio hiperneoliberal, en una mala sentencia de esta época que, de manera totalitaria, es de lo que habla el libro.

Los diecisiete capítulos que lo conforman, más prólogo, introducción, epílogo, referencias, etcétera, son, pues, literales, no literarios, aunque estén bien escritos y, una cosa importantísima, los editores respetaron la grafía de cada escritor o escritora según su medio geográfico, pues aunque futbol sin acento pareciera lo mismo que fútbol con acento, este mínimo detalle da una tilde de identidad a sus autores o autoras.

¿Que, por qué es importante?

Porque en estos tiempos, la llamada Inteligencia Artificial está acabando con esas diferencias o, lo que es peor, el día que IA nos quite la titularidad en nuestros equipos, correremos la misma suerte que el personaje Juan Polti, quien no es otro que Abdon Porte, “el Indio”, del Nacional de Montevideo que, en 1918, se suicidó a los 27 años en un campo de futbol y que Horacio Quiroga inmortalizó en el primer cuento de tema futbolístico “Juan Polti half-back”, en 1919, en la revista Atlántida.

La diferencia entre la ciencia y la filosofía está en su manera de preguntar. La ciencia explica el cómo; la filosofía, el por qué. Y ciertamente la geografía está más cercana a la ciencia en el momento en la que el geógrafo, la geógrafa, escriben un estudio de tal o cual tema. De suerte que en este libro cuentan, de manera sesgada —sólo en la ciencia pura existe la objetividad, no en sus derivados— qué sucede en este deporte en distintos ámbitos y latitudes.

El sesgo del que hablo, sin embargo, no es peyorativo. Y no lo es porque la información y la manera de darla no apela a una verdad universal, pero sí a una subjetividad que, como tal, surge de manera natural y con argumentos sólidos frente a los contrargumentos. Pero, aclaro, no seré yo quien debata los discursos de Área penal, sino, desde mi deformación literaria, mencionaré lo que me evocaron algunos pocos de sus ensayos como una invitación a que otros lectores debatan con las autoras, autores intelectuales de dicho trabajo.

El capítulo sobre el futbol surgido de comunidades indígenas de Ecuador, por ejemplo, me recordó una anécdota harto conocida que linda entre lo mítico y lo real. La tregua del 24 de diciembre de 1914 entre soldados alemanes “versus” británicos y franceses, que salieron de sus trincheras en los campos de Flandes para jugar un partido de futbol, situación que derivó en películas, libros, canciones, etcétera. Robert Graves, por cierto, tiene un cuento muy bueno llamado “Tregua de Navidad”.

También iba a decir que me evocó la vez que Nigeria y Biafra, en plena Guerra Civil a finales de los sesenta, pactaron una tregua para ver jugar a Pelé, pero no la evoco porque se trata de un mito no urbano, sino global, un mito que como tal nunca sucedió.

El capítulo de la incursión de Arabia Saudita en el futbol profesional me llevó, “ipso facto”, a la novela Sumisión, de Michel Houellebecq, que habla de las implicaciones del mundo musulmán en el actual y futuro París. Por lo que les recomiendo la lectura del ensayo y la irónica y mordaz propuesta literaria, porque uno puede llevar a la otra y viceversa.

La entrevista a Honey Thaljieh, futbolista palestina, me invocó un libro divertido y terrible a la vez, Antes que anochezca, de Reynaldo Arenas, quien vivió el exilio en su propia isla, Cuba, en lo que lo importante no es ganar el partido, sino jugarlo por doloroso que resulte, pues en el juego se encuentra el antídoto contra los infiernos que imponen los que ganan, sean de un bando u otro.

Del ensayo de Federico y Félix Fernández no voy a decir palabra, so precaución de que me venza la subjetividad a ultranza, pues además bordan un análisis sobre el equipo en el que yo hubiera jugado de haber tenido el talento para hacerlo, mientras que el ensayo sobre el Pachuca me dejó la misma sensación de cuándo leí El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde, en el sentido de las contracaras de una misma moneda.

Otros trabajos con referentes insoslayables en esta época, como los del feminismo y sus vicisitudes, me trajo a la mente “El león de Bongor”, escrito hace años por el actual embajador de México en Etiopía, Alejandro Estivill, en una antología llamada También el último minuto. Cuentos de futbol, por la coherencia del movimiento —sobre todo el del equipo Barcelona femenil— y los resultados sorpresivos que han dado.

El ensayo sobre las militancias políticas en las tribunas se lee como Dr. Jekyll and Mr. Hyde, de Robert Louis Stevenson, aunque desindividualizar al individuo para convertirlo en una creencia, sea de un lado o de otro, me parece simplemente anecdótico y, para hacer contrapunto, es suficiente recordar una frase de Maradona: “La pelota no se mancha”.

La lectura de otros ensayos me hizo pensar en sistemas de castas —más que de racismos, aunque también los hay— desde el nacimiento del futbol en Londres hasta nuestros días en cualquier parte del planeta, las luchas por el poder que este deporte conlleva, las imposiciones trasnacionales e inclementes de la FIFA al futbol profesional —ajenas al sentido común o a la lógica más simple—, que merecerían ponencias para tratar cada tema en específico, lo que me obligaría a hablar del Quijote, de la Divina comedia, de Madame Bovary, del Tambor de hojalata o de otras obras de la literatura universal, pues lo que sucede en un campo de futbol, en una geografía que no es cualquier geografía, sino el reflejo vivo de lo que somos y de lo que queremos ser y, en este libro, Área Penal, el futbol en los tiempos de la globalización, marca, sí, lo que deseamos y, de manera sesgada, lo que definitivamente no deseamos para este juego ni para nosotros mismos.

sábado, junio 06, 2026

Pioneras olvidadas y gloriosas

 











En mi memoria se había sedimentado un recuerdo muy simple y borroso, casi casi nada. Sabía vagamente que a principios de los setenta nuestro país fue sede del Mundial de futbol femenil, y que con nuestra selección jugó una joven apellidada Rubio, la Peque, hermana de Sergio Rubio, jugador de primera división al que motejaron el Peque por su famosa hermana. No más que esta flaca información guardaba en mi cabeza, tres o cuatro pálidos datos que equivalen a nada. 

El martes 2 de junio me abrió el cráneo de un hachazo. Vale contar esto como crónica. Andaba yo husmeando entre los anaqueles de la librería del FCE Octavio Paz, de la Ciudad de México. Unos minutos después de que llegué entró en tropel un grupo de señoras con la playera de nuestra selección, la verde, la más representativa, la de manga larga y en el pecho el calendario azteca impreso con acabado marca de agua. Como en muchos lugares he visto que llegan contingentes deportivos uniformados, pensé que las señoras eran eso: deportistas de la tercera edad en viaje de competencia, de ésas que creo organiza el DIF. De reojo vi que eran más de diez, quizá quince, y que en el centro de la librería, una especie de ágora disponible para presentaciones de libros, se colocaron como equipo de futbol para una foto. Yo seguía en lo mío, buscando libros, calculando precios, leyendo contratapas, desentendido del contingente verde de señoras y su foto grupal.

Pasado un rato, y ya algo cansado de recorrer los pasillos de la librería, vi una silla despejada al lado de las cuatro o cinco señoras que se habían tomado la foto en equipo y no se habían alejado. Me acerqué, dije buenas tardes y pedí permiso para sentarme. Al lado mío quedó una señora y le pregunté por urbanidad que si iban a participar en un torneo. Me respondió que no, que eran las seleccionadas mexicanas que participaron en los mundiales femeniles de Italia 70 y México 71, y que estaban en la librería para hacerse una foto promocional del libro Pioneras. La historia que cambió el futbol mexicano (FCE, México, 2026, 80 pp.).

La respuesta me aturdió, pues de golpe me vi ante una historia que sospeché excepcional. Pronto me di cuenta de que lo era: estaba frente a varias heroínas que en efecto cambiaron algo no pequeño en México: con su iniciativa y pundonor establecieron que las mujeres querían y podían jugar futbol, que eran capaces de saltar al rectángulo verde y desahogar un juego vistoso y eficaz. Sin pensarlo, con las cinco que quedaban a la mano, acordé que no se movieran de donde estaban, corrí a pagar un ejemplar del libro para que me lo dedicaran y les pedí una foto. Afectuosas, las exfutbolistas de nuestra selección sonrieron a la cámara y luego estamparon sus firmas en la primera página del libro. Me sentí, me siento orgulloso de esa imagen y de las firmas.

Allí mismo andaban dos de las coordinadoras del libro: Jéssica Arreola e Ingrid Bravo, a quienes felicité por la iniciativa de rescatar la historia de nuestras futbolistas. Les prometí unas mínimas palabras, que son éstas, sobre Pioneras, su libro, el “cómic documental” que recoge apretadamente, con textos e imágenes, el pasado de una selección que fue hito del futbol internacional. ¿Y por qué hito? Pues porque participó en los dos primeros mundiales y en ambos conquistó un lugar destacado, nada menos que el tercero y segundo lugares en las competiciones de Italia y México, respectivamente.

El libro avanza desde la configuración del grupo hasta los logros mundialistas, y en medio las dificultades para conseguir hasta lo básico, como los uniformes y la bandera nacional, los pasajes de avión y el auspicio de las estancias. La historia es doblemente heroica por eso: las seleccionadas jugaban con todo en contra, sin apoyo institucional, pues la FIFA no validó los dos mundiales.

Pese a esto, y sólo con algunos magros patrocinios privados, las jóvenes del representativo tricolor sacaron adelante sus competiciones con garra y motivaron el respeto de la afición.

El “cómic documental” avanza pues cronológicamente. Lo hace con una mirada que no personaliza en ninguna jugadora, sino que toma al equipo como protagonista de la proeza deportiva, porque así ocurrió. En las páginas hay un marcado énfasis en el ninguneo que las jóvenes recibieron de los hombres de pantalón largo, quienes pese a que nuestras deportistas llegaron a la final en México y llenaron el Azteca contra Dinamarca, pagaron a las seleccionadas con un menosprecio amparado en falacias machistas, nula gratificación económica y, a la postre, un olvido que por largo tiempo ha sido ejemplo acabado de miserabilidad.

Gracias al trabajo de Jessica Arreola, Ingrid Bravo, Sergio Campos. Olga Mayoral y Francisco de la Mora (ilustrador), el olvido comienza a ver caer sus brumas para dar a las seleccionadas el sitio que merecen: ser pioneras de una práctica que con la actual LigaMx femenil nos ha demostrado el enorme potencial de las mujeres a la hora de trabajar con el balón de futbol.

El FCE ha hecho muy bien al mostrar de una manera sintética y eficaz, para todo potencial lector, la historia de unas jóvenes que soñaron y dieron al país un orgullo que ya no debe ser marginado, sino ocupar con justicia el centro de nuestros mejores recuerdos deportivos.

Nota. Aprovecho el espacio ilimitado del blog para traer las semblanzas de las y los autores además de dos fotos, una con algunas de las jugadoras y otra con dos de las editoras, Jessica e Ingrid:

Jessica Arreola es internacionalista e investigadora en derechos humanos. Desde 2014 ha trabajado en temas de justicia de género e interseccionalidad, con el propósito de impulsar la reflexión sobre la desigualdad. Desde hace tres años colabora con Antifaz, donde desarrolla pódcasts sobre defensa del territorio, justicia racial y derechos humanos. Si hay una historia de justicia social, probablemente Jessica ya la está investigando.

Ingrid Bravo es arquitecta y apasionada del futbol, aunque su verdadera especialidad es armar equipos dentro y fuera de la cancha. Lleva ocho años trabajando en el sector social, impulsando proyectos que promueven la participación de mujeres en el deporte como herramienta de transformación social. Cree firmemente que un buen pase puede cambiar un partido y también una comunidad.

Sergio Campos es productor de audio y tallerista en Antifaz desde hace cinco años, con especialidad en temas sociales y derechos humanos. Ha producido y colaborado en más de veinte programas de radio y pódcasts. Nació en Iztapalapa, es neurodivergente, tiene un oído fino para detectar tanto errores de sonido como injusticias y siente un amor incomparable por el Tigres femenil.

Olga Mayoral es comunicadora estratégica, amante de los buenos mensajes, con experiencia en la promoción de la igualdad y los derechos humanos en España, los Estados Unidos y México. Actualmente es directora de comunicación de Creatura, donde coordina la producción y el contenido, transformando conceptos complejos en ideas que conectan y brillan.

Francisco de la Mora es creador de cómics. Su trabajo abarca desde formatos de una sola página hasta novelas gráficas completas. Entre sus proyectos destacan la adaptación gráfica en ocho volúmenes de la Breve historia mínima de México y la pieza mensual que realiza para el periódico The Hackney Citizen desde 2018.