Entrevista del periodista José Juan Zapata Pacheco a Alberto de la Fuente Trasfí publicada en la web de la editorial Amonite. El tema central del diálogo se relaciona con la publicación de Bitácora del asombro. Quince cápsulas espaciales, número tres de la Colección RAI publicada por Iberia Editorial, plaquette disponible en la Cafebrería La Tinta (Morelos 559 poniente, Torreón). Aquí pueden acceder a la entrevista.
viernes, octubre 09, 2026
Entrevista sobre Bitácora del asombro
miércoles, octubre 07, 2026
Mismo pero diferente libro
Una
breve anécdota de lector. En estos días leí El
mundo de ayer (1942), la memoria del gran Stefan Zweig. Era un libro
largamente pospuesto, pero por suerte ya pude terminarlo y, pese a todo,
me pareció espléndido. El “pese a todo” figura en la frase anterior no por el libro
en sí, al que es muy difícil marcarle deficiencias, sino por mi lectura. Por
razones que no urge traer, lo leí en tres formatos distintos y en igual número
de traducciones. El original, como toda la inmensa obra creada por Zweig, fue
escrito en alemán, y haberlo leído en un trío de versiones es una experiencia
peculiar, tanto que se me ocurrió compartir tres ejemplos simétricos.
No
soy obseso de las traducciones. Sé que hay malas, buenas y excelentes, pero,
como en este caso, mientras no aprenda alemán tendré que resignarme a la que
caiga. Comencé a leerlo en papel, en el gordo tomo IV de las obras completas
del austriaco. Lo cargué en una salida y lo dejé olvidado en la casa de un
familiar, así que le seguí en una versión electrónica (EPUB). Luego, en una
antesala, sin ninguna de las dos versiones anteriores a la mano, lo hallé en
PDF y pude leer algunas páginas en el celular. Ustedes decidan cuál es la mejor
y si le hallan mucha diferencia.
Papel:
“Sólo un libro que se mantiene siempre, página tras página, sobre su nivel y
que arrastra al lector hasta la última línea, sin dejarle tomar aliento, me
proporciona un perfecto deleite. Nueve de cada diez libros que caen en mis
manos los encuentro sobrecargados con descripciones superfluas, diálogos
extensos y figuras secundarias innecesarias, que les quitan tensión y les
restan dinamismo”.
Electrónico:
“Sólo un libro que constantemente, página a página, me mantiene al borde del
asiento y me arrastra sin aliento hasta la última página me proporciona un
disfrute total. Nueve décimas partes de todos los libros que caen en mis manos
me parecen demasiado amplios, con descripciones superfluas, diálogos chismosos
y personajes secundarios innecesarios y, por tanto, no lo bastante
emocionantes, no lo bastante dinámicos”.
PDF: “Sólo un libro que no cese de mantener su nivel página tras página y me arrastre hasta el final de un tirón y sin dejarme tomar aliento me produce un placer completo. Nueve de cada diez libros que caen en mis manos los encuentro llenos de descripciones superfluas, de diálogos plagados de cháchara y de personajes secundarios innecesarios; resultan demasiado extensos y, por lo tanto, demasiado poco interesantes, demasiado poco dinámicos”.
sábado, octubre 03, 2026
Luces… en persona
Las presentaciones de libros son como las cuartas de forros (mejor conocidas por el lector como “contraportadas”): suponemos siempre que su contenido se inclinará inevitablemente al elogio, al “brindis de sobremesa”, a veces a la más descarada adulación del libro y del autor. En efecto es así, aunque en mi ya largo trote como presentador o como parte del público en presentaciones he sido testigo de algunos desaguisados, como aquél en el que una comentarista hizo picadillo un libro en la jeta del autor o como mi amigo Víctor Hugo Morales cuando en la Argentina (hay video) despellejó al infame periodista Luis Majul. Pero hablar mal del libro y/o del autor no es lo habitual en este tipo de reuniones. Lo común es echarles flores, apapacharlos, enunciar las bondades recostadas en el papel y la pericia del autor al escribir, sea el tipo de texto que sea, independientemente del género al que responda su vástago bibliográfico.
En lo personal abrazo una técnica como
pre-presentador. Si de acuerdo a mi subjetividad calculo que el libro carece de
mérito, procuro inventar cualquier cuento piadoso para no aceptar la invitación
a comentarlo; si, pese a esto, el asunto es inesquivable, participo del acto
con salutaciones al recién nacido y expido algún etéreo comentario que no
trascienda el alambre de púas de la mera urbanidad.
Otra posibilidad, por fortuna la más frecuente,
es que me inviten a presentar libros valiosos, como el que esta noche nos ocupa.
De hecho, nadie me invitó a presentar hoy, fui yo el que me invité, pues la
organización de este momento fue producto de mi iniciativa. ¿Por qué?, es la
pregunta retórica que me hago. Por dos razones que procedo a explicar.
Porque su autor, Alfredo Máynez Gil, es una de
las personas que más quiero en La Laguna. Lo juzgo un tipo extraordinario,
acaso el único sujeto que conozco con tan altas y parejas calificaciones; si él
fuera boxeador, yo no hallaría por dónde meterle un gancho, un uppercut o un jab. No es perfecto, mas se acerca —parafraseo a Pablo Milanés— a
lo que simplemente soñé como ejemplo de persona redonda. Alfredo es
inteligente, sensible, culto, buen hijo, buen hermano, buen esposo, buen padre,
buen amigo, buen profesionista, buen todo, hasta buen yerno. Además del Derecho,
ha sabido establecer cercana convivencia con la música (toca la batería), con
la fotografía, con la lectura literaria e histórica, con los deportes, con la
gastronomía y con la conversación amena e informada. Aglutina simultáneamente
todo lo anterior y además es horizontal, no se cree nada, lo que añade a su
personalidad una desconcertante modestia, pues podría ser justificadamente
fanfarrón. No lo es, asombrosamente no lo es; al contrario, es el tipo más
sencillo que uno pueda imaginar, y su sencillez y su limpieza de espíritu no es
la de un fariseo, la de un falso humilde; su índole es natural, genuina, nunca
impostada. Además de todos sus atributos tiene calle y no se achica ni se
agranda al hablar con nadie, y así puede conversar con un científico o con
cualquier compa del barrio, en paridad de tesituras. No es por nada, pero
quisiera saber de una persona que además de ser un excelente profesional fuera
todo lo que es Alfredo con naturalidad, sin mamonería mediante. Muchos hay que
saben mucho, que poseen copiosos bienes, pero tienen menos calle que Venecia;
hasta en esto Alfredo se las sabe, y no lo tuerce ni lo asusta cualquier albur.
Además de la susodicha cascada de virtudes,
Alfredo suma otra, la que hoy nos reúne en este foro: escribe muy bien. ¿Qué
hicieron el señor Máynez y la señora Gil para tener un hijo de esta calaña? No
lo sé, sólo sé que en el estuche de monerías que es Alfredo la escritura
también cabe con solvencia, y conste que es una destreza exigente. En este
momento tenemos su primera novela en proceso de edición y hoy presentamos su
primer libro: Luces en el polvo. Alfredo
Máynez nació en Torreón en 1972. Estudió la licenciatura en Derecho y la maestría
en Historia de la Sociedad Contemporánea en la Universidad Iberoamericana
Torreón, y desde 1998 ha sido maestro de asignatura en la misma institución.
Ejerció como abogado corporativo en el sector privado y actualmente es el
notario número 100 de Torreón. Además de ser autor del ensayo Luces en el polvo, tiene una novela de
próxima publicación.
Luces… apareció en 2020, el maldito año de la
pandemia. La doctora Laura Orellana y yo trabajábamos todavía en la Ibero
Torreón y luego de editar el libro no tuvimos más remedio que presentarlo vía
Facebook, una modalidad del género presentación que sabe a sopa sin sal.
Durante los años que han pasado, nunca dejé de pensar que el valioso libro de
Alfredo merecía piropos directos, con gente de carne y hueso como ustedes, no
sólo perezosos likes a distancia. Por
ello, hace poco lo conversé con él y acordamos esta fecha y convocamos a la
matriz editora, la Ibero Torreón, y a nuestra admirada Laura Orellana para
repetir el brindis sin la intromisión de una pantalla.
En fin. Después de este exordio aburrido pero
sincero, paso a comentar un poco el libro. Pese a la insistencia
de muchos historiadores, todavía es común advertir que en el público sigue
afianzada una noción de la historia como algo independiente del historiador.
Aunque la historia, o sea, el pasado, es una realidad que ya no existe y sólo
podemos tangibilizarla en términos de documento, la opinión generalizada tiende
a pensar que tanto los documentos como los libros de historia son, per
se, “la historia”. Parece un juego de palabras, pero no lo es. Sólo es
necesario pensar que el pasado ya no existe y es imposible que vuelva, razón
por la cual es necesario reconstruirlo, es decir, historiar, conseguir
documentos y articular conjeturas (relatos) a partir de su análisis e
interpretación. La escritura que se obtiene como resultado es la historiografía,
la escritura de la historia, no la historia en sí, ya irrecuperable.
Creer que la escritura de la historia es “la historia” ha sido tal vez
la clave que ha posibilitado su manipulación por el poder. Como la gente cree
que la historia está en los libros de historia, nada más adecuado para
cualquier poderoso que fomentar la escritura de historias a modo para
legitimarse. Esta es la razón por la que hasta la fecha las historias más
populares son las que se refieren a los acontecimientos políticos y militares,
a las caídas y los ascensos de tal o cual régimen o gobierno, a la vida y a la
obra de los próceres. No otro tema, sino éste, aborda, por ejemplo, Leonardo
Sciascia en El Archivo de Egipto, una novelita algo olvidada. Su
tema eje es simple: la escritura de la historia generalmente ha dependido de
los caprichos del poder, de ahí que sea tan peligrosa en manos de los
mandamases.
Cada vez es más frecuente, sin embargo, comprobar que la escritura de la
historia mira hacia otro punto, no tanto ya a los Grandes Hechos y a las
Grandes Figuras sino al magma en el que se despliega la vida cotidiana con toda
su complejidad. Esta historia nos enfatiza que la escritura sobre el pasado
puede también detenerse a hurgar en comunidades específicas unidas asimismo por
prácticas sociales ajenas al poder y sus detentadores. Esta historia, menos
glamorosa pero tan importante como la otra, fija su atención en la gente de a
pie, en el ciudadano que todos los días reproduce haceres compartidos por su
comunidad. Visibilizar estas prácticas, describir su espesura, traerlas al
presente para comprenderlas, es también tarea de historiadores.
Como cualquier escritura sobre el pasado, la de la vida cotidiana
requiere apuntalarse en documentos. Es el caso de Luces en el polvo.
Influencia del Club Fotográfico de La Laguna en el trabajo de José de Jesús Gil
Alonso (1961-1987), libro de Alfredo Máynez Gil. Gracias a la cercanía de
un fondo familiar lleno de textos y fotografías, Máynez Gil hundió su atención
en el pasado de un grupo de ciudadanos de La Laguna dedicados a diversos
oficios, pero ligados en un momento de sus vidas por una pasión: la fotografía.
El joven historiador se apoya en una fuente primaria: las actas del Club
Fotográfico de La Laguna animado por, al menos, cuatro decenas de integrantes a
lo largo de un cuarto de siglo.
Además de tales actas, en sí misma valiosas por elocuentes, Máynez Gil
apeló a otras herramientas útiles en ciertos casos como apoyo para la escritura
de la historia: las entrevistas directas, ya que una parte significativa de los
participantes en el Club viven y accedieron al diálogo, lo cual incrementó y
precisó la información contenida en las actas. Asimismo, interrogó al material
fotográfico reunido por su abuelo José de Jesús Gil Alonso, miembro del Club,
quien es situado en este libro como la parte de un todo que le fue afín: su
grupo de amigos, los demás participantes. El libro es entonces una especie de
sinécdoque: Gil Alonso como parte representativa de un todo que fue el Club.
La familia a la que en general perteneció Gil Alonso, como artista de la
lente, no desentona con nombres inmensos como los de Gaspard-Félix
Tournachon (Nadar), Gyula Halász (Brasaï), Henri Cartier-Bresson, Endre
Ernö Friedmann (Robert Capa), Gerta
Pohorylle (Gerda Taro) y Richard
Avedon. O, si no queremos ir tan lejos, en nuestro país se codea sin disonar
con el trabajo de Tina Modotti, Manuel Álvarez Bravo, Paulina Lavista, Graciela
Iturbide, Rogelio Cuéllar, Héctor García, Pedro Valtierra e incluso Juan Rulfo.
Dicho sea de paso, a todos ellos y ellas, e igual a Gil Alonso, podemos
acercarnos con un libro teórico casi indispensable: Sobre la fotografía, y complementarlo con otro de distinta
orientación pero similar tema titulado Ante
el dolor de los demás, ambos de la ensayista norteamericana Susan Sontag.
Luces en el polvo contiene una introducción, siete
secciones y un apartado conclusivo. Además, como apéndice muy destacado, una
galería con 22 fotografías de Gil Alonso. El prólogo fue preparado por la
doctora Laura Orellana Trinidad, quién aquí, nuevamente, ha enfatizado el valor
no sólo académico, sino social, que tiene el resguardo de los documentos
familiares como fuentes primordiales para la reconstrucción del pasado. A
propósito del material investigado por Alfredo Máynez, acentúa la importancia
que adquiere dar visibilidad en la escritura histórica a grupos antes
ignorados: “La estimación —observa la doctora Orellana— del acervo fotográfico
del doctor Gil Alonso se inscribe en un entramado de profundos cambios
culturales que han afectado a las Ciencias Sociales en las últimas cinco
décadas, particularmente a la historia, la archivística y la sociología. Esta
metamorfosis se debe, en gran medida, a las luchas de distintos grupos sociales
por lograr una mayor representación en la sociedad, lo que finalmente tuvo un
impacto en la selección de los objetos de estudio que estas disciplinas
comenzaron a abordar así como del tipo de documentos que se requerían para
estudiarlos”.
No cabe duda de que lo conseguido en Luces en el polvo debe
motivar el orgullo de Alfredo Máynez Gil, quien con este su primer libro da pie
a seguir explorando todo lo que puede ofrecer cada documento resguardado en los
fondos familiares, tanto los que ya tienen cabida en los archivos como aquellos
que siguen en posesión de hijos o nietos. Felicidades a Alfredo por este
inteligente libro y felicidades a Laura por acompañarlo en el camino de su
enfoque y su escritura.
Nota. Texto leído en la presentación de Luces en el polvo. Influencia del Club Fotográfico de La Laguna en el trabajo de José de Jesús Gil Alonso (1961-1987) celebrada en
la Galería de Arte Contemporáneo del Teatro Isauro Martínez el 24 de septiembre de 2026. Participamos Laura
Orellana Trinidad, el autor y yo.
miércoles, septiembre 30, 2026
Alcubierre en La Laguna
Hace
más de quince años, lo documenté en su momento, tuve la suerte de hacer dos
énfasis sobre el valor de un par de intelectuales argentinos que nos visitaron.
El primero fue el filósofo Mario Bunge, invitado por una de las facultades de
la UAdeC Unidad Torreón. No recuerdo si en mis crónicas destaqué que fue escasa
la cantidad de público asistente a la conversación con Bunge, pensador que hasta
la fecha sigue siendo frecuentado por la academia de todo el mundo. El segundo
fue Juan Gelman, poeta que ya entonces sonaba para ganar, como en efecto
ocurrió (2007), el premio Cervantes; por poco y Gelman pasa de noche por
Torreón, pero tuve la suerte de enterarme a tiempo de su visita y diseminé la
alerta propiciatoria de una cena numerosa en comensales. Ahora, este viernes 2
de octubre, viene a Torreón para dar una conferencia uno de los científicos más
importantes del país: el doctor Miguel Alcubierre.
Reconocido
físico mexicano, Alcubierre ofrecerá una conferencia como parte de las
actividades de Foro Ciencia Torreón, iniciativa creada para acercar la ciencia
y la divulgación a la comunidad lagunera. Su conferencia “Más rápido que la
luz” está dirigida a niños, jóvenes y adultos con curiosidad por el estudio del
universo.
Miguel
Alcubierre es un científico reconocido internacionalmente sobre todo por la
llamada “Métrica de Alcubierre”, una solución matemática dentro de la
relatividad general de Albert Einstein en la que explora, de manera teórica, la
posibilidad de modificar el espacio-tiempo para permitir desplazamientos
efectivos a velocidades superiores a la de la luz sin que una nave viole
localmente el límite establecido por la relatividad. Su trabajo, publicado en
1994, convirtió una idea que durante décadas perteneció principalmente a la
ciencia ficción en un problema que podía discutirse mediante las matemáticas y
la física teórica.
La
presencia del doctor Alcubierre en Torreón representa una oportunidad para
acercar al público lagunero a temas como la relatividad, el espacio-tiempo, los
viajes interestelares y los límites actuales de nuestro conocimiento del
universo, explicados directamente por uno de los científicos mexicanos con
mayor reconocimiento internacional en este campo.
La conferencia se celebrará en el TIM (pedir informes allí) a las 7 pm.
sábado, septiembre 26, 2026
Estos Jales que ves
En
el amplio corpus de documentos sobre nuestra lengua no cabe duda que el libro
eje es el DRAE, el Diccionario de la
Academia. Le siguen en predicamento la Ortografía,
la Gramática y el Diccionario panhispánico de dudas. Este cuadrángulo de materiales son los cimientos en los que se apoya nuestra lengua, el
español. Desde su fundación en 1713 hasta no hace mucho, la Real Academia
Española tuvo un marcado propósito normativo, de suerte que el castellano que
se destacó como modelo de corrección fue el hablado y escrito en España. Hoy,
por suerte, la Academia (y sus corresponsalías en América) es menos
prescriptiva que descriptiva y se ha tornado cada vez más abierta a la
incorporación de rasgos propios del habla y la escritura puesta en acto de este
lado del océano Atlántico.
Al
costado de los libros institucionales sobre nuestra lengua cohabita un corpus
bibliográfico que hoy rebasa cualquier capacidad de absorción individual. En
otras palabras, es tanto el material disponible sobre este asunto que no existe
lector capaz de insumirlo todo, incluso de reunirlo completo. En ese maremagno
de libros destacan los diccionarios especializados, las historias de la lengua,
los manuales de escritura, los volúmenes etimológicos y los lexicones antiguos muchas
a veces presentados en edición facsimilar, entre muchos más.
También
resalta un tipo de libros sobre nuestra lengua que a falta de mejor nombre
denomino, sólo para mi nomenclatura interna, “minucias”, esto por un libro que
valoro mucho titulado Minucias del
lenguaje (FCE, 1996), de José Guadalupe Moreno de Alba, quien fue director
de la Academia Mexicana de la Lengua. En la estructura y el contenido de ese
libro —a mi juicio muy bien titulado— veo semejanzas con Para saber lo que se dice, de Arrigo Cohen; 1001 puñaladas a la lengua de Cervantes, de Federico Arana; Historia de las palabras, de Daniel
Balmaceda; En torno al español hablado en
México, del padre Ángel María Garibay Kintana; La punta de la lengua, de Álex Grijelmo; Palabralogía, de Virgilio Ortega; El género y la lengua y Más
que palabras, de Pedro Álvarez de Miranda; Todo lo que quiso saber sobre la lengua española, de la Fundeu; los 101 errores más comunes del español,
de Sandro Cohen, y muchos más, pues sólo cito algunos que tengo y he leído o
cosultado. Pues bien, a esta familia de libros pertenece Jales sobre habla lagunera, de Saúl Rosales, el libro que esta
noche nos acerca.
Su
estructura no es compleja: su autor acumula en caída libre comentarios sobre
palabras o expresiones habituales en el habla y la escritura cotidianas, en
este caso habituales en el contexto lagunero. La forma de cada pieza es de
artículo o ensayo divulgativo, por lo que se siente en ellos un tono ameno,
“sabroso”, como adjetivaría un prosista algo anticuado. La amenidad no quita
que exhiban hondo conocimiento sobre la materia, pero no expuesto de manera
técnica. A los aportes se agradece la soltura, el buen ánimo de convidarnos
observaciones sobre el habla lagunera no de manera regañona, normativa, sino
como producto de la curiosidad del autor que a su vez intenta contagiarnos eso
mismo, curiosidad para que descubramos pliegues, dobleces, intersticios en
nuestra comunicación diaria, esa comunicación que, sin que lo notemos, materializa
todos los fenómenos atañederos a la lengua y sus infinitos intercambios.
Jales sobre habla
lagunera (Torreón, 2014, 115 pp.; segunda edición en
Cravioto Editores, 2026) continúa la serie de publicaciones que Saúl Rosales ha
redondeado en los años recientes, todas estrechamente vinculadas a su trabajo
como periodista cultural en La Laguna. Me refiero a los libros sobre música
clásica, teatro y, prácticamente desde que volvió a su tierra en 1981, sobre
peculiaridades del habla lagunera. Jales…,
como ya dije, contiene veinte comentarios. Dado que en su origen ocuparon las
páginas de suplementos, periódicos y revistas, todos son accesibles para
cualquier lector. Lo único que Jales…
demanda es, pues, un poco de interés, un poco de curiosidad, la misma que en
términos generales un lector común puede tener por otras muchas materias, como
la política o el cine. Jales…
dejó claro que la inquietud por el habla, por la palabra de la conversación
diaria, despierta interés casi en cualquiera siempre y cuando tenga a la mano
focalizaciones accesibles.
Como
Rosales lo avisa, el origen remoto de estos acercamientos al habla lagunera se
encuentra en su radicación foránea, que duró veinte años en la capital del país.
Al regresar a La Laguna, Saúl pudo notar mejor las peculiaridades del habla
lagunera en contraste con las del otrora Distrito Federal, lo que poco a poco
fue registrado en artículos y ensayos que fueron recogidos en las páginas de Jales… Así como sólo es posible destacar
rasgos de identidad por contraste con otras identidades, con la “alteridad”,
Saúl Rosales, corresponsal desde 2003 de la Academia Mexicana de la Lengua,
reencontró las voces de su infancia y pudo anotar sus características. Este
reencuentro y este acopio sirvieron para que luego despertara en otros, ahora
lo sabemos con claridad, un apetito semejante. Por ejemplo, su ensayo “Herencia
náhuatl en el habla lagunera” tiene un carácter de innegable precursor, dada la
fecha de su escritura.
Jales… tiene, insisto, el tono de la filología amena, la misma que practicaron autores como Arrigo Coen Anitúa, José G. Moreno de Alba, Álex Grijelmo y algunos otros que mencioné hace algunos párrafos. Su importancia para nosotros, sin embargo, es otra y doble: vale porque trabaja con la arcilla de nuestra habla y vale porque, por eso mismo, ha sido aquí, y estoy seguro que seguirá siendo, detonante de otras exploraciones a las peculiaridades de nuestra comunicación hablada y escrita.
Nota. Texto leído en la presentación de Jales sobre habla lagunera (Cravioto Editores, tercera edición, 2026, 113 pp.), de Saúl Rosales. La presentación se celebró en el foyer de El Siglo de Torreón el 22 de septiembre de 2026 y en ella participamos como comentaristas Germán Cravioto, el autor y yo.
miércoles, septiembre 23, 2026
Boletín. Presentación de Luces en el polvo
El
jueves 24 de septiembre será presentado Luces
en el polvo. Influencia del Club Fotográfico de La Laguna en el trabajo de José
de Jesús Gil Alonso (1961-1987), libro de historia regional publicado por
la Universidad Iberoamericana Torreón. La presentación se celebrará en la
Galería de Arte Contemporáneo del Teatro Isauro Martínez a las 7 de la tarde, y
contará con los comentarios de Laura Orellana Trinidad, Jaime Muñoz Vargas y Alfredo
Máynez Gil, autor del libro.
Como
cualquier escritura sobre el pasado, la de la vida cotidiana requiere
apuntalarse en documentos. Es el caso de Luces en el polvo. Influencia del Club Fotográfico de La Laguna en el
trabajo de José de Jesús Gil Alonso (1961-1987). Gracias a la cercanía de
un fondo familiar lleno de textos y fotografías, Máynez Gil hundió su atención
en el pasado de un grupo de ciudadanos de La Laguna dedicados a diversos
oficios, pero ligados en un momento de sus vidas por una pasión: la fotografía.
El joven historiador se apoya en una fuente primaria: las actas del Club
Fotográfico de La Laguna animado por, al menos, cuatro decenas de integrantes a
lo largo de un cuarto de siglo.
Alfredo
Máynez nació en Torreón en 1972. Estudió la licenciatura en Derecho y la
maestría en Historia de la Sociedad Contemporánea en la Universidad
Iberoamericana Torreón, y desde 1998 ha sido maestro de asignatura en la misma
institución. Ejerció como abogado corporativo en el sector privado y
actualmente es el notario número 100 de Torreón. Es autor del ensayo Luces en el polvo y de una novela de
próxima aparición.
Laura
Orellana Trinidad nació en Torreón, Coahuila, y es socióloga, maestra y doctora
en Historia por la Ibero Ciudad de México. De 1990 a 2022 colaboró en la Ibero
Torreón como profesora, coordinadora de la Licenciatura en Comunicación,
responsable del Archivo Histórico y directora general académica, entre otras
funciones. En 1999 obtuvo el primer lugar en el certamen nacional de ensayo
Susana San Juan. Es autora de Entre lo
público y lo privado, Hermila
Galindo, una mujer moderna, Teatro
Martínez, patrimonio de los mexicanos y el libro conmemorativo de los 75
años de la escuela Carlos Pereyra, además de artículos académicos y de
divulgación. Actualmente asesora proyectos de investigación de forma
independiente.
Jaime
Muñoz Vargas nació en Gómez Palacio en 1964. Es escritor y editor. Ha publicado
más de 25 libros. Entre otros, ha ganado los premios nacionales de novela
Jorge Ibargüengoitia y de cuento de San Luis Potosí. Es autor del himno
nacional del IMSS. Desde 2005 es columnista de prensa. Textos suyos han
aparecido en publicaciones de Argentina, España, Colombia, Chile y Uruguay.
Algunos de sus libros han sido motivo de estudios académicos en universidades como
la de Utrecht, en Países Bajos. En 2024 fue nombrado primer miembro honorario
extranjero de la corporación Letras de Chile.
La entrada a la presentación de Luces en el polvo es libre y se ofrecerá brindis.
Boletín: Bitácora del asombro
Hoy miércoles 23 de septiembre de 2026 será presentada la plaquette Bitácora del
asombro: quince cápsulas espaciales, de Alberto de la Fuente Trasfí. Esta
publicación es la tercera de la colección RAI editada por Iberia Editorial, y
contiene artículos vinculados con la divulgación astronómica. La cita es a las
7 de la tarde en la Cafebrería La Tinta, Morelos 559 poniente, entre Leona
Vicario e Ildefonso Fuentes, Torreón.
La
amenidad —e incluso el humor— de las piezas reunidas en Bitácora del asombro no riñe con la buena y exuberante data que
contienen. El pespunteo entre la vida cotidiana y la información producida por
la investigación alienta párrafos a un tiempo ricos y divertidos, lo que
constituye una forma de acercar interesados a un tema, la astrofísica, por lo
general tenido por denso y especializado, que lo es. Como en las declaraciones
de amor (en este caso de amor a la divulgación), De la Fuente Trasfí nos baja
el sol y las estrellas, nos mueve entre sondas, nos recuerda hitos de la
conquista espacial e ilustres nombres propios, nos comparte avances
científicos, nos pasea por galaxias del vecindario espacial y, en suma, nos
hace ver que el universo es fascinante desde donde quiera que se le mire.
Alberto de la Fuente Trasfí (Torreón, Coahuila, 1976)
estudió Ingeniería Industrial en la Universidad Iberoamericana Torreón. Fue
profesor de Fotografía en el Tecnológico de Monterrey y en la Universidad
Iberoamericana, institución donde también formó parte del taller literario. Publicó
en los libros colectivos Mañana tampoco, Acequias de cuentos y Acequias
de poesía; en las revistas Acequias y Estepa del Nazas y en
los diarios El Siglo de Torreón y La Opinión Milenio. Maestro en
Astrofísica y Formación Planetaria y creador del blog “La insoportable
precisión del universo”, donde comparte contenidos sobre astronomía,
exploración espacial y ciencia. Es fundador del Foro Ciencia Torreón,
iniciativa dedicada a promover la divulgación científica mediante conferencias
y actividades abiertas al público.
Los comentarios sobre la publicación correrán a cargo de
los escritores Iván Hernán Benítez, Jaime Muñoz Vargas y el autor. Iván
Hernán Benítez nació en Torreón, en 1981. Es licenciado en Ciencias de la
Comunicación por la Universidad Autónoma de Coahuila, y lleva más de veinte años
en el ejercicio del periodismo como reportero, cronista y articulista. Textos
suyos han sido publicados o retomados por medios como Milenio, Animal Político, Aristegui Noticias y W Radio. Es autor del poemario Los
pequeños fantasmas y del libro de crónicas Con el barrio puesto. Diseña cursos de redacción creativa,
prácticas periodísticas e historia que imparte en instituciones educativas y
centros culturales de la Comarca Lagunera. Es divulgador de la historia y la
actualidad del ajedrez.
Jaime Muñoz Vargas nació en Gómez Palacio en 1964. Es escritor y editor. Ha publicado más de 25 libros. Entre otros, ha ganado los premios nacionales de novela Jorge Ibargüengoitia y de cuento de San Luis Potosí. Es autor del himno nacional del IMSS. Desde 2005 es columnista de prensa. Textos suyos han aparecido en publicaciones de Argentina, España, Colombia, Chile y Uruguay. Algunos de sus libros han sido motivo de estudios académicos en universidades como la de Utrecht, en Países Bajos. En 2024 fue nombrado primer miembro honorario extranjero de la corporación Letras de Chile.
La plaquette estará a la venta en la Cafebrería La Tinta.
lunes, septiembre 21, 2026
Veinte años de Ruta Norte Laguna en Heridas Abiertas
Agradezco mucho a Fernando de la Vara y a la revista digital Heridas Abiertas por destacar el vigésimo aniversario del blog Ruta Norte Laguna. Este blog apareció en julio de 2006, cuando recién cundieron las redes sociales como Facebook y Twitter. Muchos blogueros dejaron de alimentar sus espacios y migraron a las redes, y yo seguí porque sentí que el blog serviría como repositorio ordenado de parte de mi trabajo no literario, el del día a día. A la fecha suma cerca de 15 mil cuartillas y un promedio de 60 a 70 mil visitas por mes, sin que esto signifique que he dependido del tránsito para mantener vivo el espacio (haría lo mismo si lo visitaran 30 personas cada mes). Una buena parte del trabajo se refiere a la Comarca Lagunera en general y a su literatura en particular, así que, en efecto, tiene algo de memoria. Enfatizo pues mi gratitud a Fernando de la Vara. Sus palabras me alientan a continuar.
Muchas gracias asimismo a Luis Alberto López, creador del espacio Heridas Abiertas, y a Miguel Sifuentes por la hermosa viñeta del camión. El comentario de Fernando puede ser leído en esta liga.
sábado, septiembre 19, 2026
Qué nos podemos esperar
No
son raros los pleitos entre escritores. Aunque en general no se dispute nada,
salvo quizá la posición del ego o a lo sumo unas cuantas monedas, nunca han faltado las pullas en
el terreno de las letras. La bronca más famosa que registran los anales de
la literatura en español fue la entablada tripartitamente por Quevedo, Góngora
y Lope de Vega en el Siglo de Oro. Estos monstruos se tiraron tan duro que
pasaron a la historia como maestros del insulto poético, aunque para entender
hoy sus sablazos es necesario disponer de ediciones críticas preparadas por
especialistas. Véase por ejemplo el arranque de este soneto de Quevedo a
Góngora: “Yo te untaré mis obras con tocino / porque no me las muerdas,
Gongorilla, / perro de los ingenios de Castilla, / docto en pullas, cual mozo
de camino…”, donde la alusión al tocino buscó denigrar los presuntos orígenes
judíos del poeta andaluz, dada la prohibición judaica a la ingesta de carne de cerdo. En otras palabras, le recordaba su condición de converso y le negaba la condición de “cristiano viejo”, todo con una sola palabra.
Nunca
han faltado pues mandobles escritos entre la gente dedicada a las letras. Esto
se ha dado en las grandes ligas y en las ligas pequeñas, y lo atribuyo a los
celos o la envidia en un mundillo, el literario, donde la mayor parte de las
veces lo único que se gana es prestigio o “trascendencia”, de allí que los encontronazos
sólo se consumen en el espacio simbólico: hablar mal de un colega como medio para
bajarlo de peldaños que en teoría no merece. La historia de la literatura está
llena de estos casos e incluso hay libros que, entre anécdotas y pasajes biográficos,
recogen los dardos tirados o recibidos por tal o cual escritor. Nadie se salva
en este caso, el espacio literario es muy rijoso, inclinado al chismorreo y a
la carnicería crítica, como por cierto lo mostró hace poco Javier Cercas en una
columna titulada “Ruiz Zafón y el mundillo literario”. Pueden buscarla para
observar lo que señala.
Durante
la semana pensé en este tema porque estoy leyendo un libro que luego espero
comentar. En uno de sus pasajes el autor habla de los corros europeos que en el siglo
XIX servían a los escritores para desahogar sus tirrias. Luego me cayó,
gracias al algoritmo que sabe mejor que yo todo lo que me interesa, un
excelente video que cita frases de escritores contra escritores donde de manera
sintética queda expuesta la malditez verbal a la que me he referido desde
hace dos párrafos. No resisto la tentación de transcribir las frases que
acumula, pues algunas son muy buenas, hayan sido ciertas o no. Las enumero tal
y como aparecen en el videíto, casi como peleas de box:
Jorge
Luis Borges contra Gabriel García Márquez: “Cien
años de soledad es una gran novela, aunque creo que con cincuenta años
hubiera sido suficiente”.
Roberto
Bolaño contra Isabel Allende: “Me parece una mala escritora simple y llanamente,
y llamarla escritora es un acto de
generosidad. Su literatura es anémica, como muchos latinoamericanos… no va a
vivir mucho tiempo”.
William
Faulkner contra Ernest Hemingway. “Nunca a usado una palabra que pudiera mandar
al lector al diccionario”.
Ernest
Hemingway contra William Faulkner. “Pobre Faulkner. ¿Realmente cree que las
grandes emociones provienen de las grandes palabras?”
Cyril
Connolly contra George Orwell. “No podía soplarse la nariz sin tener que
moralizar sobre la industria del pañuelo”.
Truman
Capote contra Jack Kerouac. “Eso que él hace no es escribir, es teclear”.
Virginia
Woolf contra James Joyce. “Ulises me
parece un libro analfabeto, mal educado: el libro de un trabajador autodidacta,
egoísta, insistente, crudo, sorprendente y finalmente nauseabundo”.
Evelyn
Waugh contra Marcel Proust. “Estoy leyendo a Proust por primera vez y me
sorprende descubrir que era un deficiente mental. Nadie me lo advirtió”.
Oscar
Wilde contra George Bernard Shaw. “Es un hombre excelente: no tiene enemigos y
ninguno de sus amigos lo quiere”.
Mark
Twain contra Edgar Allan Poe y Jane Austen. “Para mí, la prosa de Edgar Allan
Poe es ilegible, como la de Jane Austen. Bueno, no, hay una diferencia: podría
leer la prosa de Poe si me pagaran, pero la de Jane no. Jane es completamente
imposible. Es una verdadera lástima que le permitieran morir una muerte
natural”.
Dos, me parece, son las ofensas más ingeniosas: la de Connolly y la de Wilde, y la más ruda y sin duda cruel es la de Twain contra Austen. En fin. La pregunta que me hago es simple: si estos tipos que son considerados genios y clásicos de la literatura se decían tales lindezas, ¿qué podemos esperar para nosotros? Supongo que nada, ni insultos, lo cual podría ser el peor insulto.
miércoles, septiembre 16, 2026
Vicente Alfonso, ciudadano distinguido
Tuve ayer el gusto de asistir
a la entrega del reconocimiento Magdalena Mondragón para el escritor Vicente
Alfonso (Torreón, 1977), esto en la ceremonia llamada “Ciudadanía Distinguida” que
año tras año ofrece nuestro ayuntamiento para premiar a personalidades de la
cultura, el deporte, la ciencia y la beneficencia. Que Vicente haya recibido el
galardón que lo reconoce en el rubro artístico es hoy un acto de justicia y, desde
hacía varios años, era asimismo un imperativo para nuestro municipio, pues se trata del escritor
lagunero con más proyección no sólo nacional. Las traducciones de sus libros a lenguas
como el alemán, griego e italiano, además de sus exitosas ediciones en español, confirman
que se trata de un narrador de excepción, el más adelantado de los escritores
nacidos a la vera del Nazas.
Novelista, cuentista, cronista
y reseñista, Vicente ha trabajado una obra no sólo abundante, ya tan numerosa
en páginas que es imposible no reconocer su disciplinado oficio. Pero más allá de
la cantidad, la calidad de su obra ha persuadido a escritores como Federico
Campbell, Vicente Leñero, Elena Poniatowska, Sergio Pitol e Ignacio Solares —por mencionar sólo a cinco entre muchos más— de que se trata de un autor que aduna
inteligencia y sensibilidad. En efecto, este escritor de Torreón ha logrado en
cerca de treinta años de trabajo ininterrumpido combinar el ejercicio literario,
el periodístico y el docente, pues no son pocos los talleres y cursos que ha impartido y sigue impartiendo sin fatiga en universidades y espacios culturales de nuestro país. Para decirlo
con un adjetivo socorrido en estos casos: es un escritor todoterreno.
No es difícil imaginar en qué se ha basado la cauda de méritos acumulados hasta hoy por Vicente, cuando está a punto de cumplir, el 3 de mayo de 2027, su primer medio siglo de vida. Creo que su cosecha de libros, lectores y reconocimientos se sostiene en un talento peculiar, sin duda, pero no exclusivamente. Además de su vocación, Vicente ha organizado sus días y sus años para no desviarse de un objetivo fijo: escribir siempre con la mayor exigencia. Para lograrlo, su caso es el caso de un volcamiento pleno a la literatura, a la investigación, a la curiosidad como cimientos que luego, al teclear, materializan el esfuerzo en libros muy bien nacidos.
Es rica la obra de Vicente Alfonso, y seguirá creciendo, pues es todavía joven y ya está más armado que “las mandíbulas de un tigre”, para decirlo con una imagen de Miguel Ángel Asturias. Reconocerla en su ciudad era una urgencia que la medalla Magdalena Mondragón ha comenzado a subsanar. Felicidades para él y para su familia.
sábado, septiembre 12, 2026
Dos formas de comunicar
Hace
más de 25 años, para escribir un cuento finalmente publicado junto con otros en
un libro, conviví de cerca con el último discurso de Salvador Allende. La idea
de aquel relato fue emplear las asediadas palabras del presidente chileno para
enfatizar su permanencia en la memoria del protagonista dentro de mi ficción, y
modestia al margen creo que no quedó tan mal. No lo he releído en años (suelo
no releerme para evitar sonrojos retrospectivos), pero sí he vuelto varias
veces más al discurso de Allende, tanto que en varios pasajes puedo anticipar,
pese a mi mala memoria, las palabras en el fluido oratorio.
El
discurso no es un informe administrativo, sino una pieza retórica herida y
serena en su trágica ilación. Mientras avanza el golpe de Estado que encabeza
el general Pinochet, lo que incluyó el control de los medios que podían
difundir la noticia, al presidente le queda la señal de Radio Magallanes para
comunicarse con la población. Sabe que las horas de su gobierno y aún sus horas
de vida están contadas. Los militares bombardean el palacio de la Moneda y no
pararán hasta liquidar a su huésped principal y hacerse del poder. Así y todo,
el mandatario echa a andar su último mensaje a la nación. Si bien menciona
algunos nombres propios y observa situaciones de coyuntura política, las
palabras del presidente fluyen en un registro literario, se podría decir que
hasta poético. Creo que esta es la razón por la que han sobrevivido y son
recordadas hasta ahora. Su fuerza está en que construyeron imágenes, en que
expresaron una emoción espiritual con cadencia firme, sobria, ajena al
exabrupto que, por otro lado y dada su situación, no hubiera sido ilegítimo,
más porque habló sin guion. A lo más que llega es a adjetivar como “rastrero” a
un general, y todas las demás palabras tienen el aseo de un hombre conteniendo la
emoción violenta, dispuesto a morir serena y firmemente en la nobleza de sus
ideales.
El
pasaje más famoso del discurso entre sus muchos pasajes famosos es, a mi
juicio, éste: “El pueblo debe defenderse, pero no sacrificarse. El pueblo no
debe dejarse arrasar ni acribillar, pero tampoco puede humillarse. Trabajadores
de mi Patria, tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este
momento gris y amargo donde la traición pretende imponerse. Sigan ustedes
sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo abrirán las grandes
alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor. ¡Viva
Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los trabajadores! Estas son mis últimas palabras
y tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano, tengo la certeza de
que, por lo menos, será una lección moral que castigará la felonía, la cobardía
y la traición”.
Recordé
el último discurso de Allende hace pocos días, cuando Milei visitó a Juan
Antonio Kast y reivindicó, sin que el mandatario chileno hiciera gestos, la
figura de Pinochet, es decir, su horripilante dictadura, valga el pleonasmo.
Recordé también que hace varios años pensé en escribir un apunte donde compararía
el mensaje de Allende con los mensajes de Pinochet a sus subordinados. El
general sublevado era un sujeto pedestre, ambicioso, bruto, así que no resultaba
posible esperar de él palabras ajenas a su esencia. No escribí nada aquella
vez, sólo lo pensé. Ahora, a 53 años del golpe en Santiago, la visita de Milei
a Chile me hizo ver un rasgo común presente en esos trogloditas: su vocabulario
cuartelero, su bestialidad 24/7, y ahora sí decidí urdir el apunte, éste que vamos
leyendo.
Casi
a la misma hora —minutos más, minutos menos— en la que Allende habló a los chilenos
que pudieron escucharlo, el general que lo traicionó ayudado por los gringos se
comunicaba por radio interno con los militares subordinados a su mando. En
diálogo con el almirante Patricio Carvajal, salta esta joya que lo pinta entero
como sujeto pérfido (ambos se refieren a Allende):
“Carvajal:
Ellos están ofreciendo parlamentar.
Pinochet:
Rendición incondicional, nada de parlamentar. Rendición incondicional.
Carvajal:
Muy bien, conforme. Rendición incondicional en que lo toma preso, ofreciéndole
nada más que respetarle la vida, digamos.
Pinochet:
La vida y su integridad física y en seguida se le va a despachar para otra
parte.
Carvajal:
Conforme, o sea que se mantiene el ofrecimiento de sacarlo del país.
Pinochet:
Se mantiene el ofrecimiento de sacarlo del país... Y el avión se cae, viejo,
cuando vaya volando.
Carvajal:
Conforme (Risas)”.
Son
más las grabaciones que existen de Pinochet durante la asonada del 11 de septiembre
de 1973. En todas se muestra como lo que fue: un burro dando de patadas a la
Constitución. Y no era por el calor de los acontecimientos, por la agitación
que supone perpetrar un golpe de Estado en el papel de traidor. Pinochet era un
sátrapa puro y de tiempo completo, como varias décadas después lo confirmarían hasta decir basta las
grabaciones del general Gustavo Leigh, miembro de la Junta Militar que quiso
convencer a Pinochet de aflojar un poco la fiereza de la represión. Por
supuesto que no fue escuchado y durante muchos años continuó la masacre a la
democracia chilena, además de la muerte o el exilio para muchos.
A ese tirano vulgar reivindicó el vulgar Milei frente a Kast. Todo queda en familia.
miércoles, septiembre 09, 2026
Sumar lecturas
En
una entrevista ya no tan reciente le preguntaron a César Aira qué leía. No un
libro específico, sino en general. Respondió que desde hace aproximadamente
veinte años ya no lee novelas, sólo poesía. Esto me llevó a pensar una vez más
en las peculiaridades de la vida literaria, en que cada escritor-lector va
construyendo sus hábitos de una manera secreta e imprevisible, y muchas veces
son las entrevistas el tirabuzón que jala hacia la superficie lo que cada autor
tiene por cotidiano o preferido.
Eso
de leer sólo un tipo de libros, sólo un género, jamás se me dio. Quizá es una
deformación, una costumbre que dispersa y provoca la pérdida de foco, pero
nomás no pude nunca con un solo tipo de libro. La lectura entonces se me
disparó hacia muchos puntos, tantos que no es cómoda su clasificación. Se dio
incluso un fenómeno muy curioso: en lugar de limitar uno o dos caminos a esta
altura de la vida, cuando se supone que ya no hay tanto tiempo para perder,
sumé una gran línea temática que denomino “del pensamiento”.
Por
supuesto, seguí muy arbitrariamente con las novelas, los libros de cuento, la
poesía, el ensayo literario, el periodismo y la historia, y en este menú sumé a
sociólogos, antropólogos, politólogos, comunicólogos y en alguna medida
filósofos, esto como resultado no tanto de una preocupación espontánea, nacida
dentro de mí, sino por exigencia de la realidad exterior. Hasta hace quince
años, por decir, yo estaba cómodo con mis libros, mis géneros y mis autores, y
este gusto permanece vivo, pero algo pasó y sigue pasando.
Los vertiginosos cambios que trajo la comunicación digital, y hoy la revolución incierta de la IA, me han hecho manita de puerco para tratar de encontrar explicaciones a lo que considero en varios sentidos desastroso. No dejo de leer ficciones o poemas, eso está siempre a la mano, pero en alguna etapa me pareció insuficiente. Allí fue donde entraron los pensadores, esos analistas de la realidad que en muchos casos pueden ser densos e intragables, y en otros tantos verdaderas luminarias del análisis que necesitamos para tratar de asir una explicación en medio del caos que es nuestra época. Explicar, por ejemplo, que sea posible burlarse de la invalidez en las redes sociales, explicar que se crea en la teoría del derrame, explicar el auge de la meritocracia... No sé. Hay mucho, muchísimo que explicar en todos los rincones de la vida cotidiana, y la única forma de hacerlo, o al menos de intentarlo, es añadiendo lecturas, no restándolas.
sábado, septiembre 05, 2026
Presentación de Luces en el polvo
Salud por Hernán
Una
de las pocas palabras que tal vez no ha logrado destruir la trituradora
semántica posmoderna es “lealtad”. No es poco decir, pues ya sabemos lo que
significan “libertad”, “éxito”, “cambio”, “democracia” usadas hoy como papel de
baño para conquistar las causas más abyectas, como es el caso de Milei y su
defensa de “las ideas de la libertad” o de Trump y su noción de “justicia”.
“Lealtad” ha sobrevivido, y creo sigue siendo cara incluso en los códigos de
corte siciliano, aunque no deja de ser cierto que también se ha visto manoseada por el mercado, esto cuando algunas empresas hablan de la “lealtad del cliente”, una manera de rebajarla y convertirla en cautiverio del consumidor.
No está mal ser fiel a un producto o una marca, es verdad, pero siempre y cuando no terminemos en la cesión del
noble y desinteresado sentido que atesora la palabra “lealtad”.
Los
prolegómenos a este comentario me sirven para traer un ejemplo en el que la
lealtad es puramente eso: lealtad. Me refiero al libro Mi amigo Hernán (Grano de Sal-UNAM, México, 2025, 116 pp.), de
Gonzalo Celorio (Ciudad de México, 1948). Estas páginas son una emotiva
evocación de un compañero de andadura, la reconstrucción de una amistad larga y
sólida. Tras la muerte de Hernán Lara Zavala (Ciudad de México, 1946-2025),
Celorio echa a andar la película del recuerdo y levanta un abarcador túmulo de
palabras. La mirada recrea pues, de orilla a orilla, al hombre que fue Lara
Zavala, su amigo.
No
es esta una modalidad desdeñable de escritura. El género oscila entre la
memoria, la crónica y el ensayo biográfico, y nadie mejor para ponerlo en acto
que un amigo del personaje que partió. Un poco al margen, aclaro que me gusta
esta forma de evocación porque creo que, como nadie en La Laguna, he escrito
sobre varios amigos y no tan amigos que, como solemos decir eufemísticamente,
“se nos adelantaron”. Lo siento como un imperativo, como una mínima evidencia
de lealtad o algo parecido. Por esto, que Celorio haya trabajado un libro sobre
Hernán y su amistad es agradecible, ya que entre nosotros no es frecuente la
gratitud escrita en formato de artículo o columna, mucho menos en la modalidad de libro.
Dicho
lo anterior, puede pensarse que el recorrido es triste. Claro que tiene
momentos en los que campea la pena e incluso cierto desgarramiento, pero sus
páginas son más bien una celebración de la vida y la convivencia literaria. En
siete capítulos, Celorio avanza temática y cronológicamente. Nos habla de la
formación de Hernán, de su producción literaria, de su devoción por las letras
inglesas, de su trabajo como maestro y editor, de sus numerosos viajes, de su
labor en la promoción cultural, de sus maestros y amigos comunes, de sus
familias, incluso de su cercanía geográfica (pues buena parte de sus vidas
fueron vecinos, lo que posibilitó sistemáticos encuentros dominicales) y, claro,
del declive en la salud de ambos hasta uno de los desenlaces: la muerte de Lara
Zavala.
El
tono del libro es sobrio, pero Celorio no deja de hacer sentir en cada párrafo que
la amistad puede y debe ser, pese a la cercanía de la muerte, recordada con
alegría y gratitud. Salvo en los pasajes relacionados con las calamidades que les
acarreó la enfermedad, el autor evoca al amigo para reconocerlo como lo que
fue: un ser vital, lleno de ideas, sensible e inteligente. Tales rasgos no son
una idealización, sino el registro de la convivencia mantenida a ras de suelo,
en las innumerables actividades profesionales y festivas que compartieron como
cuates durante décadas. En ellas caben especialmente los muchos viajes que por
sus labores como maestros/funcionarios de la UNAM y escritores compartieron por
buena parte del planeta, principalmente en Europa y los Estados Unidos.
Una
sección muy importante es la que se refiere a todos los libros de Lara Zavala,
de modo que Mi amigo Hernán sirve como
rápida guía de lectura. También, la que se refiere a su trabajo como editor en
la Universidad, donde creó colecciones que hasta la fecha siguen vigentes. El
periplo biográfico va más allá de lo esperable, lo profesional, por decirlo
así. Se interna en la relación cotidiana, en las costumbres del personaje, en
aquello que sólo es visible para quien lo trató de cerca. Por ejemplo, al
abordar los hábitos concurrentes en el proceso de escritura: “A diferencia mía,
que siempre anuncio mis proyectos literarios, Hernán, como lo he dicho, no
solía hablar de lo que estaba escribiendo, como si el solo hecho de decirlo
pusiera en riesgo la posibilidad de llevar a buen fin lo que aún tenía en el
tintero; de que se ‘salara’, pues. Pero en cambio sí hablaba, igual que yo, de
lo que estaba leyendo. Y en esas lecturas del momento basábamos buena parte,
acaso la sustancial, de nuestras frecuentes y largas conversaciones”. Y así
muchos, muchísimos pasajes que nos dan una idea más cercana del personaje
público e íntimo, del escritor y del compañero de trajines.
A propósito de Mi amigo Hernán se me ocurre que podría existir una colección cuya base sea el modelo pergeñado por Celorio. No de tratados académicos, de ensayos biográficos helados y distantes, sino de obras en las que, por lealtad y con escritura afectuosa, se celebre la vida y la obra del cuate que recién haya partido.
viernes, septiembre 04, 2026
miércoles, septiembre 02, 2026
Somos transparentes
Hace
rato que nos volvimos transparentes, hace rato que no tenemos privacidad. La
vida íntima, los más recónditos pliegues de nuestra consciencia, los albañales donde
se guarda toda la data buena y mala y espantosa de nuestra alma, antes inaccesibles,
ahora son un cofre sin tapa, un amasijo de pasiones a la vista y vulnerable
como sandía abierta. Por supuesto, unos cuantos seres sin rostro son los intrusos
que pueden extender cada uno de nuestros rasgos como naipes sobre una mesa. Tienen nuestros datos a
merced y por esto pueden perfilar individualmente, usuario por usuario,
nuestras necesidades, nuestras creencias, nuestras fobias, todo.
Saben
qué ropa nos gusta, qué zapatos nos agradan, qué comida preferimos, qué color
de pelo tenemos, qué edad alcanzamos, cuándo cumplimos años, quiénes son nuestros
amigos, cuál es nuestra familia, dónde vivimos, en qué trabajamos o estudiamos,
que ideología tenemos, qué religión, si fumamos y tomamos o si no fumamos ni tomamos,
cuál es nuestra música predilecta, qué deporte practicamos, qué carro conducimos,
qué leemos, qué no leemos, de qué nos enfermamos, con qué nos curamos, cuáles son
nuestras rutas de trabajo y diversión, cuánto ganamos, a quién engañamos, a quién
le somos leales, que nos fascina, qué odiamos, qué palabras elegimos con mayor
frecuencia, a qué groserías recurrimos con más deleite, qué chistes nos mueven
a risa, cómo nos dirigimos a dios, qué pensamos de nuestros jefes, qué opinamos
sobre nuestros subordinados, cómo discutimos con nuestras parejas, dónde
tenemos lunares y cicatrices, qué soñamos, cómo es nuestra casa, qué arreglos
le hicimos, cuáles es el género de películas que más frecuentamos, a qué políticos
detestamos, qué orientación sexual tenemos, qué pornografía consumimos, qué anhelamos
en la vida, cómo nos gustaría morir, cuándo viajamos, qué pensamos de los
muertos cercanos a nuestras vidas, cómo suenan nuestros pedos… Saben todo, saben lo
que nunca nadie supo de nosotros, ni nosotros mismos.
El triunfo de los invasores consistió en transformar la vigilancia: trascenderla como coerción para luego confundirla con libertad y entretenimiento. En el celular somos libres, es un espacio privado, individual, como un diario del siglo XIX cerrado bajo llave. Craso disparate: es un diario abierto, por eso el algoritmo no falla. Luego entonces, ¿a qué viene renegar del registro de una mugrosa línea telefónica? Alguien ya lo tiene todo, hemos sido voluntariamente transparentes, somos un diario abierto a los algoritmos.
sábado, agosto 29, 2026
Agonías del libro
Hoy
el mundo es un escenario ideal para ejercitar el pesimismo. Quizá no para
ser Cioranes demasiado convencidos de la devastación, pero sí, al menos,
ciudadanos atentos al devenir de la realidad como una sucesión de estragos que
anuncian como trompetas del Apocalipsis el advenimiento de monstruosidades inimaginables. Quien sea que mire sin tapujo cualquier zona de la vida moderna
podrá alegrarse un poco si sólo recorre su superficie, la cáscara de bienestar
que se ofrece sobre todo a quienes tienen los medios para disfrutar los beneficios
del consumo moderno, del mercado 24/7 de la digitalidad, pero basta rascar un
poco más abajo para discernir que aquello que llamamos progreso y confort del siglo
XXI en verdad esconde el aniquilamiento de casi todo: el medio ambiente, la
educación, la convivencia, la libertad, el pensamiento crítico, la privacidad, la noción
de verdad en el suministro de información…
Parte
de lo que percibo demolido —más pábulo para el pesimismo— es la cultura
del libro y la lectura. Trato de no tragarme las fintas de las estadísticas y
de las multitudinarias ferias del libro: las primeras suelen indicar numéricamente
que nunca se han impreso tantos libros como ahora; las segundas, que lucen
concurrencias cuantificadas en miles de personas, como la FIL de Guadalajara.
En el caso del milagro de la multiplicación de los libros, cada vez que a vistazo
de pájaro recorro mesas de novedades en las librerías es evidente que se
publica muchísimo, como nunca, pero casi pura basura, lo que equivale a producir
Coca Cola o pachoncito Pétalo. En cuanto a las ferias, pueden estallar de
concurrencia, pero siempre es infinitamente más la gente que jamás asistirá
a una, que en nunca buscará un maldito libro ni amagada con un revólver en la sien.
Ya a principios de los noventa Niel Postman se lamentaba, en su libro Divertirse hasta morir, de la
“decadencia de la era de la tipografía y el ascenso de la era de la
televisión”. Le darían diez infartos al mismo tiempo si viera hoy la era de las
redes sociales, pero tuvo la fortuna de morir antes de que las
inventaran.
Por
eso el pesimismo, por eso la sensación de que la bancarrota de las editoriales
sólo puede remediarse si publican basura para el éxito pasajero, y eso quien sabe, tampoco es seguro
que la escoria se venda en recipiente de libro si ya hay tanta gratuitamente
diseminada en internet, sobre todo en las “benditas” redes. En este sentido, no
abrigo las esperanzas que no hace muchos años nos hacíamos del lector
incipiente al afirmar como dogma que en los albores del hábito no
importa leer lo que sea, pues el lector endereza su gusto en el camino. Hoy, el
predominio de la basura y la influencia de la banalidad potenciada por la
inteligencia artificial dan la impresión de que no hay escapatoria: quien crece
viendo bromas y chistes en las redes y de casualidad abre un libro, no se
enganchará a otro esfuerzo que el de leer, cuando mucho, fragmentos sin átomo
de hondura, frashazos sin pizca de complejidad intelectual, libros de Yordi Rosado o Francisco Martín Moreno.
No
soy en suma muy dado a la esperanza frente al panorama triste del libro y la
lectura, pero tampoco de bajar así como así la guardia sin exponer aunque sea
alguna quejumbre. Qué más queda aparte de seguir escribiendo y seguir publicando
y seguir divulgando lo que se pueda hasta que se pueda, como en este caso el comunicado
“Todos somos ERA” que en la semana compartió la CANIEM (Cámara Nacional de la
Industria Editorial Mexicana). Es prudente difundir su postura:
A
la opinión pública:
Durante
los últimos años, quienes formamos parte del sector editorial, hemos sido
testigos del paulatino deterioro de la industria del libro en México.
El
anuncio del cierre de operaciones de Ediciones Era, una de las editoriales
independientes más relevantes y respetadas de nuestro país, fundada hace 66
años, es una señal de alarma. Pero no es un hecho aislado: es la expresión de
una problemática que afecta a toda la cadena del libro.
La
desaparición de editoriales y librerías, la reducción de espacios para la
circulación de los libros y las dificultades cada vez mayores para producir,
distribuir y acceder a ellos revelan la ausencia de una política pública
integral y sostenida para el libro y la lectura.
Mientras
en otros países se han impulsado políticas para fortalecer sus industrias
editoriales, ampliar el acceso a los libros y recuperar lectores, México
enfrenta un escenario cada vez más preocupante.
La
bibliodiversidad —la posibilidad de que la mayor variedad de autores, ideas,
géneros y contenidos llegue al mayor número posible de personas— es una de las
expresiones culturales más importantes de una sociedad democrática.
El
acceso al libro, a la lectura, a la cultura y al conocimiento no puede depender
únicamente de las condiciones del mercado. Es también una responsabilidad del
Estado, sustentada en el derecho de todas las personas al acceso a la cultura y
al ejercicio de sus derechos culturales.
Por
ello, quienes formamos parte de la cadena del libro —escritores, editores,
libreros, diseñadores, traductores, fotógrafos, ilustradores, distribuidores,
bibliotecarios, papeleros, impresores, encuadernadores y, sobre todo, lectores—
hacemos un llamado urgente a las autoridades. Es preocupante que no exista una
instancia pública a nivel federal encargada del libro y su promoción con la
cual, de manera coordinada, poder construir una política pública integral que
fortalezca el libro y la lectura en México.
Cuando desaparece una editorial, desaparece también una parte de nuestra diversidad cultural. Defender al libro (en cualquiera de sus formatos) es defender la cultura, la diversidad de pensamiento y el derecho de todos a leer.





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