sábado, abril 11, 2026

Algunos astros en México


 











Por razones que no viene al caso comentar (de hecho ahora casi nada viene al caso comentar) leí una biografía sobre Vasco de Gama, el navegante que inauguró la ruta marítima para que los portugueses llegaran a la India. Al seguir el itinerario de la travesía lusitana me topé con lo que nadie desconoce: De Gama y sus tres barcos bajaron por la costa atlántica africana, doblaron el desconocido cabo de Buena Esperanza (Sudáfrica) y ascendieron las aguas por el Índico para llegar a Calicut, su destino, esto entre 1497-1499.

Cuando los navegantes iban a la altura de Madagascar, frente la costa este de África, pararon un poco en la actual Mozambique (por ese rumbo también está la pequeña isla de Zanzíbar, donde nació Farrokh Bulsara, el cantante mejor conocido como Freddie Mercury), y allí detuve un poco la lectura y se dio uno de esos pensamientos que en mí son como hipervínculos: al leer Mozambique recordé a Eusebio, el goleador de la selección portuguesa en la década de los sesenta.

Eusebio fue un delantero letal, anotó casi 600 goles y en mi memoria más remota, la memoria de mis 11 años, su nombre permanecía gracias a un recuerdo preciso: aunque parezca increíble, la Pantera Negra, como le decían, jugó en los Rayados de Monterrey. Un googleo veloz me confirmó que el mozambiqueño/portugués en efecto fichó para la Pandilla hacia 1975, ya viejo, sin éxito en su breve paso por el futbol mexicano, pues sólo anotó un tanto y se lesionó. La asomada a YouTube exhibe claramente qué tipo de artillero fue: a mi juicio, una especie de Pelé africano, pues su repertorio de jugadas muestra a un delantero con habilidad en ambas piernas, potencia, gambeta, disparo fuerte, rapidez. Como dije, un Pelé que jugó en la misma era que Pelé. Había nacido hacia 1942 en Lourenço Marques, hoy Maputo, la capital de Mozambique colonizada por portugueses. Pasó por varios clubes y su momento de mayor gloria se dio en el Mundial de 1966 en Inglaterra, donde fue campeón goleador con 9 tantos. Murió en 2014, en Lisboa.

Llegar a Eusebio me hizo pensar en otros extranjeros de ese calibre llegados a nuestro futbol. No han sido muchos, así que enumeré en la mente los nombres que caben en los dedos de ambas manos. Luego de Eusebio llegó el polaco Grzegorz Lato, otro campeón de goleo en un Mundial. Lo fue en Alemania 74, con 7 tantos. Para la temporada 82, el delantero se incorporó a las filas del Atlante, donde coincidió con el portero Ricardo Lavolpe, exmundialista campeón con Argentina en el 78, aunque allí no jugó pues Ubaldo Matildo Fillol era el titular en el arco. Varios años después, en el 98, los Potros de Hierro tendrían otro mundialista europeo, el defensor rumano Miodrag Belodedici. En cuanto al mencionado Lato, nacido en 1950 y aún vivo, era un delantero oportunista, pelón, de esos que parecen poco técnicos pero que empujan cualquier pelota que les llega al área chica, como ocurrió en 5 de los 7 pepinos que clavó en el Mundial germano.

Luego del Mundial celebrado en Argentina, dos estrellas se incorporaron al futbol mexicano. El seleccionado brasileño José Guimaraes Dirceu, fino mediocampista brasileño, llegó en sus meros moles al América, esto en 1978. Sólo jugó un año, pero eso bastó para que mostrara su talento. Había nacido en Curitiba, en 1952, pasó por muchos equipos y se retiró cuando jugaba para ¡el Atlético Yucatán! En 1995 murió en un accidente de tránsito en Río de Janeiro. De paso debo decir que par de campeones del mundo argentinos jugaron también en el América: Zelada y Ruggieri.

Por aquellos mismos años, en 1981, Leopoldo Jacinto Luque, campeón con Argentina en el 78, vino a jugar, asombrosamente, con el Tampico Madero. Era un delantero agresivo, hábil y de potente disparo. En la Jaiba Brava marcó 10 goles en el único año que jugó para los tamaulipecos. Se le recuerda sobre todo por su buen desempeño en el Mundial de su país, donde marcó un par de goles decisivos, tanto como los de Kempes. Santafesino, Luque nació en 1942 y murió en 2021.

Muchos años después, en las temporadas 2014 y 2015, y ya en el ocaso de su inmensa carrera, vino a jugar para los Gallos Blancos de Querétaro nada menos que Ronaldinho, acaso el mejor jugador extranjero que ha pisado la liga de México. Lo digo porque casi no hay lista de once ideal que no lo incluya. Y es merecido, pues el gran brasileño ha sido uno de los futbolistas más virtuosos del mundo. Nació en Porto Alegre, en 1980, y en Querétaro metió 8 goles que fueron lo de menos, pues lo que Dinho hizo en nuestro país fue más compartirnos el privilegio de solo verlo que anotar.

El último de los jugadores mundialistas que traigo a esta lista es James Rodríguez, quien el año pasado vistió los colores de León. Nacido en Cúcuta, Colombia, en 1991, durante el año que estuvo con los verdes marcó 5 tantos, y no lució realmente mucho. Su mejor momento lo vivió en el Mundial 2014, en Brasil, donde fue el campeón goleador con 6 anotaciones.

Dejo a varios jugadores fuera de esta lista. Estos sólo fueron los que recordé de volea al ver la palabra Mozambique y remontar el recuerdo como Vasco de Gama remontó dos océanos para llegar a las costas de la India.

jueves, abril 09, 2026

Listo Prohibido soñar de pie













Una buena entre las muchas malas de siempre: ha sido impreso Prohibido soñar de pie (Ficticia Editorial-Secretaría de Cultura, Ciudad de México, 2026, 198 pp.), mi nuevo libro de cuentos. Pese a que lo escribí yo, creo que es bueno, que no defraudará a quien generosamente acceda a la lectura de los relatos. Agradezco a Marcial Fernández, Mónica Villa y Rodrigo Toledo, de Ficticia Editorial, el trabajo depositado en la hechura y en la venidera distribución de este volumen adscrito a su colección Biblioteca de Cuento Contemporáneo. Debo decir que otra vez la foto del autor en la solapa fue tomada por mi hija Ivana Muñoz. Supongo que lo presentaré en La Laguna y en algún otro lugar, ya se verá. Sin duda me alegra mucho saber que este nuevo título comenzará muy pronto su andanza en busca de los cada vez más difíciles lectores, hoy acosados por una oferta de millones de libros, series, películas, canciones, documentales, noticias, memes, reels y demásEn tal maremagno de posibilidades se me ocurre encomendar las páginas de Prohibido soñar de pie a San Edgar Allan Poe, santo patrono del cuento moderno.

miércoles, abril 08, 2026

Salvador Castañeda, in memoriam

 











El primero de abril pasado murió Salvador Castañeda (1946-2026). Lo vi sólo un par de veces, ambas breves, ambas en Torreón. Lo recuerdo bajito, un tanto distante, muy callado.  Era paisano y colega escritor de La Laguna, y por esto lo invité a responder una batería de preguntas para mi libro Solazos y resolanas (SEC, 2015). Tardó en contestar tal vez porque no estaba muy convencido de mi propósito. Además, no respondió las preguntas una por una, sino con algunos párrafos que se distanciaban un poco del cuestionario, pero por supuesto respetaron esencialmente mi solicitud de contar pormenores de su vida y de su obra. Aquí la respuesta de Salvado Castañeda, que en paz descanse.

Soy originario del ejido San Isidro, municipio de Matamoros de La Laguna, Coahuia; terminé el tercer año de instrucción primaria en la escuela con un solo salón y una sola maestra para los tres grados (no se podía arribar al siguiente grado sin salir de esa población). Así las cosas, me trasladé a otro ejido, éste del municipio de Torreón: La Paz. Des­pués ingresé a la Escuela Secundaria y Preparatoria Venustiano Carranza. Luego de terminar la preparatoria, regresé al ejido a las labores agrícolas al lado de mi padre y los demás ejidatarios. Las razones para reintegrarme al campo fueron económicas. Luego de un par de años deambulé hacia Altos Hornos de México, a la Escuela de Agricultura «Antonio Narro» en busca de alguna posibilidad de ingreso. Todo eso resultó inútil y seguí en el ejido.

Conseguí acumular 200 pesos libres en lo que llamábamos pepena (recoger los últimos capullos de algodón luego de levantar la cosecha), y con ese capital y la decisión de ingresar a la UNAM, llegué a la ciudad de México en un tráiler carga­do con pacas de algodón. Ya en la capital, donde por supuesto jamás había estado pero imaginaba, la mayor sorpresa fue encontrarme con una gran cantidad de información; publicaciones, noticias de todo el mundo (debo señalar que en el ejido San Isidro, en ese tiempo, no había energía eléctrica, ni agua potable, no llegaba ningún periódico de Torreón o de Matamoros).

En la ciudad de México todo me resultaba apabullante. La abundancia de impresos, de librerías, teatros, cines, exposiciones, etcétera. Todo esto, sin proponérmelo, me hacía reflexionar mediante la confrontación de las condi­ciones de los ejidos y lo que veía en la ciudad. Los ejidatarios por completo dependientes de los créditos del Banco Ejidal (llamado “Bandidal” por los propios campesinos).

Más sorprendente y festivo me resultó llegar a la UNAM. La inscripción no resultó fácil: primero era necesario revalidar lo estudiado en Torreón. Hacer filas para todo en la Secretaría de Educación Pública. Los 200 pesos ya no eran míos.

Como estudiante de geología no pude ir más allá del tercer año. Otra vez lo mis­mo: falta de recursos, pues trabajé de mandadero en una compañía de exploración geológica. Después trabajé como dibujante de geología. Sin proponérmelo, un día me enteré en un periódico de un programa de intercambio cultural entre México y la entonces Unión Soviética. No la pensé mucho y solicité una beca para estudiar Agronomía en la Universidad de la Amistad de los Pueblos en Moscú. Cuando ya me había olvidado de la solicitud, pues en realidad tenía pocas esperanzas de conseguir esa oportunidad, recibí un telegrama de la embajada de la URSS donde me informaron que había obtenido la beca como resultado del promedio de mis calificaciones. Más sorprendente que México me resultó hallarme en la capital de aquel lejano país. Existía ahí en aquel tiempo (1965), en la universidad, una atmósfera de efervescencia permanente en la que estudiábamos jóvenes llegados del llamado Tercer Mundo (Asia, África y América Latina) donde en muchos de esos países existían movimientos revolucionarios de liberación nacional. La revo­lución cubana recién había triunfado y por supuesto ejercía una gran influencia en las organizaciones de los países de Latinoamérica; las posibilidades de un cambio estaban ahí. Me involucré en uno de estos movimientos y regresé al país. Luego de operar algún tiempo caí preso (por fortuna, pues muchos jóvenes murieron en enfrentamientos, torturados o ejecutados). Luego de siete años adentro, salí. Ahí adentro fue donde empecé a escribir. Siempre trabajé en la Dirección de Literatura del Instituto Nacional de Bellas Artes, pues en ese tiempo el titular de la dirección era el escritor Gustavo Sáinz, quien sabía de mí porque desde la cárcel envié un libro de relatos a un concurso literario convocado por la UNAM; Gustavo era parte del jurado.

Ahora estoy jubilado. Recuerdo mucho a mis compañeros de la secundaria y la preparatoria: Eduardo Antonio Lee Soriano, Homero Ogasón Navarrete, Martín Bautista, Gustavo Bautista, Víctor Albores G., Benito Briceño Paredes, J. Isabel Acosta Solís, Salvador Acosta Solís, Rogelio de la O, Luis de la Rosa, Enrique Martínez, Alejandro López A., Manuel Nava, Enrique Morán, Hugo Olivier, Óscar Morales, Tomás Arizpe Uribe, Mariana G., Irene, Gloria A. Mijares, Ma­nuel Quiñones y Gabriel Carrera; entre otros (he hecho esfuerzos por recordar a más de ellos, sin lograrlo). A todos ellos, o los que quieran y puedan, les pediría sinceramente reunirnos algún día en alguna parte.

Actualmente también coordino tres talleres literarios en la SHCP, en la UNAM y en el INBA. He coordinado un taller en la Casa de Cultura de Torreón y en otros estados.

A un escritor ya no le recomendaría nada, pero sí a alguien que empieza o quiere comenzar: escribir acerca de lo que conoce. Escribir todos los días. Que lo que escriban le guste antes que a nadie más. No olvidar que el escritor se hace escribiendo. Que el problema fundamental que tiene que resolver es decir lo que todos ya dijeron (no existe tema que no se haya abordado ya), pero de diferente manera, lograr una voz propia.

Escritor mexicano nacido en el ejido San Isidro del municipio de Matamoros, Coahuila, en 1946. Fue cofundador del grupo guerrillero Movimiento de Acción Revolucionaria (MAR) en los años sesenta. Castañeda cayó en prisión a causa de las acciones de dicho grupo armado, y en la cárcel fue donde descubrió su vocación de escritor. Obtuvo el Premio de Novela Grijalbo en 1980 por su primera obra, ¿Por qué no dijiste todo? (SEP/Lecturas mexicanas, 1986). Entre otros, también ha publicado Los diques del tiempo (UNAM, 1991), La patria celestial (Cal y Arena, 1992), El de ayer es Él (El Espejo Concéntrico, 1996) y Papel revolución (DMC, Torreón, 2001).

sábado, abril 04, 2026

Volúmenes de colección

 






En su libro Cómo ordenar una biblioteca, Roberto Calasso afirmó como de pasada que tener muchos libros permite reencuentros inesperados: uno busca un volumen y en el trance de encontrarlo se topa con otro que desvía del propósito inicial, lo que de inmediato justifica la tenencia de una biblioteca abundante y hasta caótica. Esto significa que un bibliófilo suele abrazar, como el chileno Bolaño, el ideal de tener “todos” los libros; no para leer todo, como creen quienes no leen, sino para sentir que a la mano están dispuestos los autores queridos y otros muchos que podrían serlo en el futuro, mientras el cuerpo aguante.

Sacudir el polvo de los libreros, actividad cuya frecuencia es inevitable en La Laguna, me lleva con regularidad a la sorpresa comentada por Calasso. Muchos libros he leído inesperadamente sólo porque levantan la mano cuando busco otro o también cuando sacudo. Nomás por esta razón no es tan ingrato tomar el trapo muy ligeramente húmedo para retirar partículas: algo “nuevo” salta siempre, casi como un amigo que ha vuelto repentinamente luego de una larga ausencia.

Eso me pasó en esta semana de vacaciones. Sacudía y no sé por qué reparé en mis colecciones. Nunca fui obsesivo de reunir meticulosamente libros de una misma serie, pero a lo largo de más de cuatro décadas supe armar puñados interesantes de volúmenes adscritos a una misma catadura serial. No me refiero aquí a los libros publicados en la modalidad de las extintas enciclopedias u otras tantas compactas como las obras completas de un escritor, sino a los libros que corresponden exactamente a lo que se entiende por colección: libros que una editorial publica gradualmente y que vende poco a poco, conforme van siendo editados e impresos. Su rasgo más saliente radica en la apariencia externa: mismo formato, mismo encuadernado, mismo diseño, numeración seriada y casi de manera infalible el nombre de la colección en alguna parte visible de las tapas o del lomo.

Pese al horror que puedan sentir muchos lectores, conservo como 200 libros de la colección Sepan cuántos…, de Porrúa, la más nutrida de su tipo en nuestro país. Gracias a estos libros, considerados por muchos un espanto debido a su tipografía, su apretada interlínea y su doble columna, fue la más constante en la publicación de clásicos y no tan clásicos. La Sepan cuantos… obró el milagro de facilitar que los encargos escolares de lectura fueran accesibles en todos los sentidos, pues además de que los libros estaban en todos lados su precio nunca fue alto. Recuerdo que muchas veces me asomaba a las páginas finales de cualquier libro de ese conjunto, ya que allí aparecía la lista de los autores y las obras publicadas en la colección, y fantaseaba con la idea de tenerlos todos. Esto nunca sucedió, pero sí engrosar poco a poco el número de los títulos disponibles, hasta la fecha, en varios de mis entrepaños. Otra ventaja de esta colección era que todos los ejemplares contenían un prólogo amplio y autorizado, suficiente para entrar a las obras con algo de contexto.

Una similar, aunque publicada en la Argentina y con buena distribución en México, fue la colección Austral de la editorial Espasa-Calpe. Tengo muchos de sus títulos, quizá algunos 150, todos ahora amarillentos, comprados la mayoría en librerías de viejo, todos editados en el famoso formato de bolsillo y presentación final con “camisa” (en la foto). Esta serie repetía varios de la Sepan cuantos… mexicana, pero añadía autores que de otro modo jamás hubieran circulado en nuestro país.

A mediados de los ochenta la editorial Planeta había comprado el sello Joaquín Mortiz, que entre los sesenta y setenta publicó, gracias a la benemérita labor de Joaquín Díez-Canedo, la Serie del Volador, colección imprescindible de la literatura mexicana contemporánea. Su catálogo fue impresionante, sobre todo nutrido de escritores mexicanos ya maduros, pero todavía no viejos. Todos cupieron allí: Yáñez, Paz, Arreola, Fuentes, Castellanos, José Agustín, Dueñas, Leñero, Garibay, Vilalta, Elizondo, Sáinz, Pacheco... A finales de los noventa, el sello buscó revivir la serie y entre los publicados colé mi primera novela. Como tenía, y conservo, muchos libros de esa colección, no dejé de sentir el provinciano orgullo de haberme colado a una fiesta importante.

Otras colecciones sumo, pero las tres más importantes son las mencionadas en los tres párrafos precedentes. Puedo mencionar además la de Revistas Literarias Mexicanas Modernas o la de Breviarios, ambas del FCE, o una de biografías publicada por Salvat, obviamente en Barcelona, y otra de los tomotes clásicos y algo ilegibles de Aguilar, así como los tomitos de la colección Crisol, también de Aguilar. Ninguna de estas colecciones ha sido recorrida por completo, claro, pero me alegra saber que me acompaña y en cualquier momento, sin avisar y por cualquier motivo, puedo tomar arbitrariamente alguno de los volúmenes para darle sentido con la lectura o una simple hojeada, las dos raras costumbres del bibliófilo que se resigna a ser trabajado por el azar.

miércoles, abril 01, 2026

El peor de todos








 

Unas diez veces al menos he escrito donde he podido una frase que me impuse como consigna para estos turbulentos años. No es la mera expresión de un enojo o el efectista desahogo de quien se quiere hacer el interesante, sino el sincero parecer de alguien, yo mismo, profundamente convencido de la verdad encerrada en un puñado de palabras. La consigna es esta: Donald Trump es el peor ser humano que habita hoy sobre la tierra.

La afirmación no supone a mi juicio ninguna hipérbole. Creo honestamente que el actual presidente norteamericano es el peor ser humano que habita hoy sobre la cáscara del globo. No se me oculta que entre los 8 mil millones de personas que en el mundo hay no faltarán sujetos igualmente inmorales, soberbios, mentirosos, déspotas, ruines, degenerados y malévolos que el señor naranja, pero sin un atributo que éste tiene y los otros no: el poder de la, todavía, principal potencia armada.

Luego entonces, saber que Trump es poseedor de tantos atributos negativos y al mismo tiempo de un poder de decisión inmenso, tan grande que puede invadir países e iniciar guerras, no hace sino confirmarme que es el peor ser humano, una especie de campeón indiscutible de la podredumbre y la peligrosidad, y conste que en muchos rubros tiene competidores con capacidades formidables para dañar.

Alguien podrá invocar prudencia y decir que no podemos saber exactamente qué es o cómo es el inquilino principal de la Casa Blanca. Creo que no es necesario ser muy brillante para entender que Trump es su gestualidad y su discurso, formas expresivas en las que le escurre la abyección a borbotones. Son elocuentes la mirada, el ceño, la sonrisa, la rabia que se dibujan en su cara de acuerdo a los temas que farfulla, pero más lo son sus frases: una máquina de insultar y de mentir.

Por esta razón vi con optimismo las manifestaciones denominadas “No Kings” del 28 de marzo en muchas ciudades grandes y pequeñas de EUA, una de ellas encabezada admirablemente por Robert De Niro. Saber que se va creando una fuerza mayoritaria de repudio es un signo quizá no tan pequeño de que el mundo, después de todo, todavía conserva algo de sensatez y en las horas más difíciles es aún capaz de caminar en una misma dirección.


sábado, marzo 28, 2026

Páginas de Alianzas

 











A lo largo de una vida de lector, uno se siente a veces íntimamente más cerca de algunos relatos dispuestos en el camino. Esto no significa, por supuesto, que una historia remota en el tiempo y el espacio no tenga la capacidad de conmovernos. Si el tema es humano, si cuenta el drama permanente de existir con todo y las esporádicas alegrías que a veces el azar nos brinda, si su tratamiento es el adecuado para considerarlo arte, cualquier aventura de palabras, remota o próxima, tiene potencialmente la capacidad de seducirnos, de asir en un puño nuestra sensibilidad de lectores.

El complemento de lo que afirmo es que algunas historias, por su cercanía espacio-temporal, nos parecen más entrañables, parte indiscernible de nuestra vida. Es el caso de Alianzas, primera novela de Elena Palacios. Por su asunto, y sobre todo por su ambiente, por el espacio que sus páginas deambulan, muchos lectores laguneros, aunque no únicamente de nuestra región, podrán sentir que la savia que da vida al extenso relato es algo que nos concierne, un lugar que alguna vez hemos recorrido y acaso retenemos como tatuaje en la memoria.

Me pasó tal como digo. Al leer, advertí que mi recuerdo se mezclaba con la creatura literaria de Elena Palacios al grado de sentir que la atmósfera no era la que me insinuaban sus páginas, el flujo de su narración, sino la que yo mismo preservo en la memoria. Así, gracias a esta novela noté que no era poca mi experiencia directa con el mercado Alianza, corazón de nuestra ciudad durante muchas décadas. Sin querer, el relato de Elena fue estimulante como catapulta de lo agregado por mi recuerdo: viejas caminatas, numerosas vagancias de transeúnte joven por aquellas callecitas llenas de vitalidad y colorido.

Elena Palacios nació en Torreón, Coahuila, en 1967. Es escritora de narrativa. Sus libros individuales son Cuentos cortos para gente que duerme sola (2018 y 2023), Maté a la mariposa (2022 y 2025) y A vuelta de rueda (2023 y 2024). Creadora del proyecto “La plaquette, revista literaria”. Ha publicado en las revistas Estepa del Nazas, del Teatro Isauro Martínez, y Acequias, de la Ibero Torreón. Actualmente coordina el taller literario “Libros, letras y café”.

Más allá de la anécdota y los entrañables individuos que aparecen en las páginas de Alianzas, el personaje protagónico, o uno de ellos, es el mismo mercado Alianza del que se perfila una emotiva y sutil biografía, un trazo de su alma.

Construida de manera cronológica —aunque con algunos saltos al pasado—, Alianzas nos comparte la vida de personajes ubicados en el contexto del mercado. El arranque nos presenta el primer eslabón, la pareja formada por Gregorio y Paulina. Ambos viven en el mismo espacio donde tienen su negocio de especiería. A partir de esta pareja se despliega una genealogía que, como ocurre siempre, sufre pérdidas y de accidentada manera supone encuentros que dan continuidad a las vicisitudes de toda vida humana. La cercanía de una familia de migrantes chinos, también dedicada al comercio en el mercado, sirve para atravesar el peor momento padecido por nuestra comunidad: el genocidio conocido como “matanza de los chinos”.

Desde el arranque del siglo XX, el mercado se convirtió en la zona más agitada de Torreón, el punto donde convergían los destinos de decenas de personas de fuera que, atraídas por nuestra bonanza económica, comenzaron a tejer aquí sus vidas. Un teatro inevitable de aquellos vínculos, hasta la fecha, es la zona del poniente, donde nació Torreón. Así entonces, a Gregorio y Paulina se van sumando poco a poco, mientras avanza el tiempo y la novela, las vidas de Teodoro, Alberto, Aurora, Román, Jesús y muchos más que mientras viven la cotidianeidad contrariada de sus existencias, ven pasar los lustros de un espacio que en el presente ya no tiene la gravitación de su época fundacional.

No es posible olvidar en la recomendación de esta novela que su autora muestra en ella dos pericias valiosas para la confección de una historia de amplio aliento: la capacidad para anudar situaciones que dan fluidez al relato y un estilo que en todo momento acusa un lirismo terso, delicadamente poético en la descripción de los caracteres, del espacio físico general y, más particularmente, de la casa y las costumbres populares, muchas de ellas mágicas, que se suman como abundante ingrediente de la narración. Alianzas es pues una primera novela que no lo parece, sino la obra de una escritora madura y ya diestra en el tejido de urdimbres narrativas que provocan el goce del lector.

miércoles, marzo 25, 2026

Tres ítems de Walsh

 











Ayer se cumplió el aniversario cincuenta de último golpe de Estado en la Argentina. He dicho, y aquí insisto, que tal ayer debe alertarnos porque el eje ideológico que empujó aquel sacudimiento es, sustancialmente, el que abrazan hoy personajes como Trump y Milei, dignos herederos de la derecha golpista acurrucada en el cono de sombra del Plan Cóndor. Un año después del golpe, el periodista y escritor Rodolfo Walsh (Lamarque, Río Negro, 1927-Buenos Aires, 1977) depositó en varios buzones su “Carta abierta de un escritor a la Junta Militar”. El día que salió a repartirla fue sorprendido por el aparato represivo, herido de muerte y desaparecido hasta la fecha. Walsh tenía claro el espanto del gobierno militar. Su carta se convirtió en la mejor y más rápida evaluación de un proceso al que todavía le faltaba sumar seis años de crímenes de lesa humanidad y deterioro económico. Destaco tres momentos de la carta:

Uno. “El 24 de marzo de 1976 derrocaron ustedes a un gobierno del que formaban parte, a cuyo desprestigio contribuyeron como ejecutores de su política represiva, y cuyo término estaba señalado por elecciones convocadas para nueve meses más tarde. En esa perspectiva lo que ustedes liquidaron no fue el mandato transitorio de Isabel Martínez sino la posibilidad de un proceso democrático donde el pueblo remediara males que ustedes continuaron y agravaron”.

Dos. “La falta de límite en el tiempo ha sido complementada con la falta de límite en los métodos, retrocediendo a épocas en que se operó directamente sobre las articulaciones y las vísceras de las víctimas, ahora con auxiliares quirúrgicos y farmacológicos de que no dispusieron los antiguos verdugos. El potro, el torno, el despellejamiento en vida, la sierra de los inquisidores medievales reaparecen en los testimonios junto con la picana y el ‘submarino’, el soplete de las actualizaciones contemporáneas”.

Tres. “Estos hechos, que sacuden la conciencia del mundo civilizado, no son sin embargo los que mayores sufrimientos han traído al pueblo argentino ni las peores violaciones de los derechos humanos en que ustedes incurren. En la política económica de ese gobierno debe buscarse no sólo la explicación de sus crímenes sino una atrocidad mayor que castiga a millones de seres humanos con la miseria planificada”.

Mañana en la cafebrería La Tinta de Torreón ofreceré una conferencia sobre todo esto a la 7 pm. Entrada libre.

martes, marzo 24, 2026

La ESMA en papel y en vivo

 











A estas alturas es inocultable mi interés, como tema, por el golpe de Estado en la Argentina. No es un asunto fácil de abordar, pues la distancia en el tiempo y en el espacio, sumado al océano de información que ha generado y seguirá generando, torna casi imposible un conocimiento completo de todo lo que envolvió como momento bisagra para la Argentina en particular y para Latinoamérica en general. Soy pues un interesado mexicano que conoce bien las generalidades del antes, del durante y del después del golpe, no un especialista como los muchos que ha tenido el tópico en la academia, el periodismo y el arte. Creo, sin embargo, que esto es suficiente para destacar, ante los no iniciados, la pertinencia de saber que la matriz ideológica de los militares y civiles que motorizaron el golpe no sólo sigue en pie, sino que en los años recientes se ha quitado la careta para expresar su total entrega a un pensamiento que supone a los dueños del mercado como únicos soportes de la vida social.

En el mar de información y posibilidad de accesos que tiene el asunto, pensé cómo podría resumir el golpe, qué decir realmente englobador sobre lo que significó. Hoy es quizá el día más importante que me tocará vivir en términos de recordación, pues seguro no llegaré al centenario. Así entonces, pienso que un símbolo adecuado del horror que atravesó aquel periodo de la historia argentina es la Escuela de Mecánica de la Armada, la ESMA. Se han contabilizado, entre importantes y no tanto, alrededor de 500 sitios de este tipo, lugares que funcionaron como centros clandestinos de detención donde la tortura y el asesinato tuvieron el tratamiento del más ordinario trámite administrativo. Muchos de esos lugares, como El Campito y La Perla, vieron pasar una población notable de secuestrados, pero sin duda la ESMA fue el espacio que se convirtió en emblema del plan sistemático de extermino impulsado por los militares.

Ubicada en la avenida Libertador 8151, en el pico norte de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, la ESMA es un predio amplio, con varias edificaciones en su interior, como corresponde a una escuela militar. Se ha hablado y escrito muchísimo sobre los usos que tuvo del 76 al 83, en gran medida basados en los testimonios de quienes allí fueron recluidos y torturados pero al final sobrevivieron. Se dice que cerca de cinco mil detenidos y detenidas fueron aprisionados en sus muros sin que mediara el más insignificante procedimiento legal. El objeto de las detenciones era, se sabe, aislar a los “subversivos”, sacarles toda la información posible y luego matarlos/desaparecerlos, todo esto, insisto, al margen de la ley, en la clandestinidad total pese a que su administrador era un Estado lleno de patriotas. Una guía textual de reciente edición es ESMA. Represión y poder en el centro clandestino de detención más emblemático de la última dictadura argentina (FCE, Buenos Aires, 2023, 198 pp.), libro colectivo coordinado por Marina Franco y Claudia Feld.

Para hacer un paneo general de la ESMA y lo que allí ocurrió, las coordinadoras y el equipo autoral nuclearon el material en siete capítulos: “Una breve historia del centro clandestino”, de Hernán Confino, Marina Franco y Rodrigo González Tizón; “El poder en las sombras: el grupo de tareas de la ESMA”, de Valentina Salvi; “Un nivel superior de aniquilamiento: el ‘proceso de recuperación’”, de Claudia Feld; “Solidaridades y tensiones”, de Rodrigo González Tizón y Luciana Messina; “De la rapiña a los millones: el robo de bienes en la ESMA”, de Hernán Confino y Marina Franco; “El lugar sin límites: el centro clandestino fuera de la ESMA”, de Claudia Feld, y “Conclusiones. Pensar la ESMA: entre la represión y la acumulación de poder”, Claudia Feld y Marina Franco.

Al contextualizar el golpe, las directoras del estudio señalaron que “El contexto internacional de la Guerra Fría y la llegada de las doctrinas contrainsurgentes de origen francés y estadounidense, particularmente entre las Fuerzas Armadas, facilitaron una lectura de los conflictos locales en clave de ‘enemigo interno’ contra el cual combatir”. Para consumar tal propósito, pusieron énfasis en la inteligencia como método de cacería y en la tortura como herramienta de trabajo para avanzar en la compilación de datos. La mención a “las doctrinas contrainsurgentes de origen francés” puede ser mejor comprendida, añado aquí, en la película La batalla de Argel (Guillo Pontecorvo, 1966), representación que expone una clara idea de la tensión entre las luchas de liberación y el propósito de aplastarlas.

El espíritu de persecución que alentó a las fuerzas armadas argentinas requirió la identificación/demonización de un enemigo pernicioso para el “orden”; más allá de la peligrosidad de los grupos guerrilleros, la noción de “enemigo” se amplió hasta donde fue posible para que todo cupiera en ella y la aniquilación fuera merecida: “Algunas de ellas [organizaciones revolucionarias] sostenían la toma del poder por la vía armada, como Montoneros y el Partido Revolucionario de los Trabajadores-Ejército Revolucionario del Pueblo (PRT-ERP). Sin embargo, de manera más amplia, la palabra ‘subversión’ designaba cualquier forma de organización o activismo político, cultural o social que fuera considerado una amenaza al orden”.

Asestado el golpe al gobierno constitucional, la ESMA comenzó a ser el símbolo principal de la represión. Es un predio de 14 hectáreas que funcionaba como escuela de los marinos; la mayor parte de sus edificios siguieron operando para la instrucción naval militar, mientras uno de sus espacios, el llamado “Casino de Oficiales”, se convirtió en el centro de detención. Al frente de la Marina estaba el almirante Emilio Eduardo Massera, se podría decir que segundo de a bordo en la primera Junta Militar, sólo por debajo de Jorge Rafael Videla. Bajo su mando accionó el Grupo de Tareas 3.3 (GT 3.3), dividido a su vez en dos unidades. Estos GT eran “patotas” (grupos) de militares vestidos de civil que objetivo en mano salían de la ESMA a cazar “subversivos”. Lo hacían sin orden judicial, rápida y eficazmente, en autos sin matrícula, como los famosos Ford Falcon verdes. Actuaban a cualquier hora del día, de la noche o de la misma madrugada, y no se ahorraban culatazos para “chupar” a las víctimas. Extraídos de sus domicilios, con la vista tapada, los secuestrados eran llevados a la ESMA, donde de inmediato comenzaba el calvario de la tortura y los interrogatorios. “La tortura, esa práctica atroz sobre el cuerpo de hombres y mujeres, era considerada por los militares un arma fundamental. Un arma para identificar al enemigo dentro de la guerra contrainsurgente que creían estar librando día a día”. Sin una política temporal precisa (todo estaba al margen de la legalidad, casi a capricho de los verdugos), sin que se supiera claramente hasta cuándo o por qué se les condenaba, los detenidos eran asesinados. Dos procedimientos famosos para acabar con las vidas de los secuestrados fueron los “asaditos” (disparo e incineración del cadáver) y los “traslados” en vuelos de la muerte. Como cabeza de los GT fue famoso el capitán de fragata Jorge Tigre Acosta, destacado también como experto torturador.

La ESMA, o el Casino de Oficiales, para ser más preciso, estaba segmentado en cada uno de sus pisos. Los nombres que los militares asignaron a esos espacios eran denotativos. Por ejemplo, el “Pañol” (en alusión a la parte de los barcos donde se guardan las provisiones) era el lugar donde almacenaban los bienes robados en las casas de los “subversivos”. Estos hurtos eran las “operaciones económicas”, una de las acciones más importantes de los grupos de tareas: saquear los bienes de los secuestrados y sus familias. La sustracción incluyó inmuebles, para lo cual los marinos establecieron empresas inmobiliarias y de reparaciones allá llamadas de “refacciones”. Otros espacios eran “Capucha”, donde se hacinaba a los detenidos, y la “Pecera” (en el tercer piso) y “Huevera” (en el sótano). Los dos últimos se diseñaron para el trabajo esclavo impuesto a los detenidos, lo que suponía trabajo en la falsificación de documentos, elaboración de un periódico, fotografías y síntesis de noticias. El almirante Massera abrazó la idea de hacer vida política tras el fin del gobierno de facto, y para ello requirió del trabajo esclavo que por medio de instrumentos propagandísticos le diera visibilidad. Es conocido el caso de Lisandro Cubas, secuestrado que fue obligado a trabajar como periodista; en una ocasión, cerca de arrancar el Mundial 78, le pusieron un traje y lo llevaran a una rueda de prensa con Menotti, el entrenador de la selección, para ver si le sacaba una declaración favorable a la Junta militar, lo que no ocurrió.

Muchos jóvenes fueron aherrojados en la ESMA, todos con muy distinto grado de compromiso político, pues lo mismo podía caer allí un guerrillero con entrenamiento militar que un estudiante con apenas alguna militancia o simpatía por alguna causa repudiable para los militares; allí llevaron a su presa principal: Norma Arrostito, fundadora de Montoneros, que se convirtió en el trofeo de Rubén Chamorro, director de la ESMA. Allí también se dieron algunos partos clandestinos, en la parte bautizada como “pequeña Sardá”, en alusión a un hospital de maternidad de Buenos Aires. La apropiación de bebés y asesinato de sus madres, se sabe, fue una de las dos o tres más grandes aberraciones sistemáticas de la dictadura.

En la ESMA asimismo operó el famoso Alfredo Astiz, todavía vivo y condenado, quien se infiltró en un grupo de madres que luchaba por dar con el paradero de sus hijos en la iglesia Santa Cruz. Astiz se hizo pasar como hermano de un desaparecido, se ganó la confianza de las madres y un día las “marcó” para que las secuestraran. En el grupo estaban, entre otras personas, Azucena Villaflor y las monjas francesas Alice Domon y Léonie Duquet. Muchos años después, ya en el siglo XXI, una historia de película, lamentablemente no ficcional, confirmó que tanto Villaflor como las monjas fueron asesinadas en un vuelo de la muerte.

El sadismo alcanzó las más altas cotas de bestialidad y “dejar ser” a los represores, “El cuerpo y la subjetividad de las víctimas, completamente indefensas, era el campo de batalla de esa guerra librada en el sótano de la ESMA. La crueldad no parecía tener inhibiciones, tal como describen los testimonios de los sobrevivientes de todos los centros clandestinos en Argentina. La tortura era masiva sobre todo el cuerpo, sistemática sobre todas las personas secuestradas, metódica con similares instrumentos y formas, y rutinaria en un tiempo y espacio similares. A más de cuarenta años de su cautiverio en la ESMA, Silvia Labayrú señala que es muy difícil transmitir ‘lo que significa escuchar permanentemente los gritos de los torturados día y noche’”. En cuanto a la técnica, “La tortura era aplicada alternativamente por dos o tres oficiales de Inteligencia. Los torturadores priorizaban la eficacia en los resultados. Como en todos los centros clandestinos de detención, el objetivo era obtener, cuanto antes, información valiosa para decidir de inmediato otras acciones represivas contra miembros de las organizaciones armadas o personas consideradas subversivas”, y en cuanto al propósito de cortísimo plazo, “debían operar sobre las víctimas, consideradas enemigos, en varios sentidos. En el plano militar, buscaban información valiosa para conocer las vulnerabilidades de las organizaciones armadas y desmantelarlas. En el plano moral, pretendían quebrar la voluntad, el carácter y las convicciones de las y los secuestrados, incluyendo el sometimiento sexual de las mujeres. En el plano ideológico, intentaron convertir a las víctimas para que adoptaran los valores, las creencias y las prácticas de sus captores. En el plano político, buscaron fortalecer la posición de la Armada y de Massera, en Argentina y en el exterior”.

El accionar bestial fue acompañado por un vocabulario ad hoc: “Los marinos también crearon una jerga para disfrazar el carácter criminal de sus acciones. Eufemismos tales como ‘traslado’ (asesinato), ‘quirófano’ (sala de tortura), ‘paquete’ (persona secuestrada) o tecnicismos como ‘interrogatorio’ (tortura), ‘blanco’ (persona a secuestrar) tenían la función de normalizar la violencia. Y también contribuían a morigerar o relativizar la responsabilidad de los represores”.

En septiembre de 1979, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA visitó la Argentina para una revisión; uno de los sitios a recorrer fue el Casino de la ESMA, que previamente fue modificado para que no se le notara el uso de los años recientes. Los detenidos fueron llevados a una finca en la isla El Silencio, en el delta de Tigre, no sin ayuda eclesiástico, como el mucho apoyo espiritual que los asesinos recibieron para justificar sus métodos. Es famoso el caso del capellán Christian Von Wernich, quien fue, aunque no en la ESMA, uno de los religiosos que tranquilizó el alma de los marinos al expresarles la necesidad de eliminar la cizaña para que crecieran las plantas benéficas.

En teoría, uno de los objetivos de la ESMA fue desarrollar lo que llamaron “proceso de recuperación”, consistente en alentar a los detenidos a convertirse al bien. Los posibles beneficiados tenían, entre alguna otra ventaja, salir acompañados por alguien, probar el exterior. Un viejo conocido en México, Ricardo Miguel Cavallo, torturó y violó a Ana Testa, y en otro momento la acompañó con su familia (de ella) para convivir. Todo esto tenía un costado monstruoso y otro surrealista: “Sin mediación ni razón aparente, las personas secuestradas podían ser sacadas repentinamente de las privaciones de Capucha y llevadas a alguna de las quintas que controlaba el GT, donde eran sentadas a comer un asado o jugaban un partido de fútbol”.

La ESMA, en suma, es un gran símbolo del horror que padeció la Argentina durante los siete años que van de 1976 a 1983. Allí la perversidad humana ensayó vejámenes que unos meses después obligaron a pensar en una consigna viva hasta la fecha y esperemos que siempre: nunca más.

Nota. El 11 de mayo de 2024 visité la ESMA por primera vez. Era una asignatura pendiente de otros viajes a Buenos Aires, y afortunadamente en aquella oportunidad pude hacer el recorrido por el ahora Museo Sitio de Memoria. Me acompañaron Maribel, el escritor Fabián Vique y el arqueólogo mendocino Leo Mercado, quien radica en Salta. Hice varias fotos, y aquí muestro sólo algunas. Las dos ultimas remiten al estadio Monumental, ubicado a medio kilómetro de la ESMA, y al delta de la ciudad de Tigre, a donde llevaron a los detenidos en septiembre de 1979, cuando se dio la visita de la CIDH. Todas estas imágenes son de mi autoría.








































sábado, marzo 21, 2026

Perversidad del verbo trasladar

 








El golpe de Estado más reciente perpetrado en la Argentina está hoy a tres días de cumplir su quincuagésimo aniversario, medio siglo desde que la Junta Militar tomó el “control operacional” del país y echó abajo el gobierno democrático encabezado por la errática y debilitada Isabel Perón (La Rioja, Argentina, 1931), quien asombrosamente aún vive. El interés del tema no es sólo histórico, como objeto de conocimiento por el conocimiento en sí, lo cual es, de cualquier modo, valioso y digno de atención. Desgraciadamente, poner la mirada en el golpe y la dictadura que generó desborda el interés académico o especializado, pues se vincula con la realidad que hoy nos atañe a todos. El auge de la nueva derecha en el mundo mueve a pensar que la vocación genocida convive todavía con nosotros, es un animal no extinto, de ahí la pertinencia de recordar cómo se las gastaron ciertos regímenes no sólo en la Argentina, sino en muchos otros lugares del planeta castigados por gobiernos a los que no les tembló el brazo para eliminar opositores.

El caso argentino es particularmente interesante por las características de su pasado y el accionar de su gobierno en el presente. Desde el regreso a la democracia en aquel país, de hecho, no ha habido, como en el actual, otro gobierno con mayores inclinaciones negacionistas, tanto así que desde el presidente para abajo sus funcionarios han llegado al extremo de suponer que los militares de los setenta y su pata civil de apoyo libraron una guerra que salvó a la patria del terrorismo. Lejos de considerarlos genocidas, Milei y sobre todo Victoria Villarruel, la vicepresidenta hoy coyunturalmente enemiga del presidente, han buscado desmantelar todo lo que remita a las instituciones dedicadas a la búsqueda de verdad y justicia, los dos ejes de la lucha contra la desmemoria y la impunidad.

La dictadura argentina operó en un momento histórico espeso de turbulencias. Por un lado, la Guerra Fría como manifestación de la polaridad mundial; su expresión hemisférica fue el empeño de los Estados Unidos por mantener tutelados a los países de América Latina, zona donde cundieron dictaduras supeditadas a Washington. En la otra orilla, la URSS y sus satélites, y entre ellos los países motivados para luchar contra la descolonización o el imperialismo. Bajo el ejemplo de Cuba, muchos jóvenes adhirieron a la insurrección por caminos distintos, donde el más radical fue el del foquismo guevarista. La Argentina llegó a 1976 arrastrando una cadena de desastres políticos cuyo origen se puede datar en 1955 con el golpe en la segunda presidencia de Perón.

Luego del bombardeo a la Plaza de Mayo, en la Argentina se sucedieron trastabillantes gobiernos militares de facto y otros civiles que terminaron mal, como los de Frondizi e Illia. Del 66 al 73, de Onganía a Lanusse, cuatro militares ejercieron el poder en un clima de creciente insurrección. Muchos grupos guerrilleros de filiación peronista (como Montoneros, cuya aparición se dio en mayo de 1970) y socialista (como el PRT-ERP) comenzaron a operar contra la dictadura. En un marco de profundo deterioro, la unión de un frente amplio en 1973 posibilitó unas elecciones que ganó el peronista Héctor Cámpora, quien volvió a convocar a elecciones, las que ganó Perón, quien había vuelto de casi veinte años de exilio para ejercer su tercer mandato.

Muchos aseguran que la edad no jugó del lado de Perón. Era ya muy viejo, la situación seguía agitada entre los jóvenes, y murió a menos de un año después de haber comenzado su gobierno. Isabelita, viuda de Perón, era la vicepresidenta, así que con todas sus limitaciones asumió el Ejecutivo. Además de su ineptitud, estaba muy mal asesorada sobre todo por un tipo siniestro llamado José López Rega, alias el Brujo, cuyo rol fue importante porque desde un ministerio, el de Bienestar Social, creó la Triple A, un aparato de muerte encargado de perseguir y liquidar opositores de cualquier orientación, sobre todo "comunista" (Triple A significa Alianza Anticomunista Argentina). La andadura de los grupos de tareas duró en acción intensa cerca de dos años, del 74 al 76. Todo se descompuso vertiginosamente.

Militares y civiles de la oligarquía local olieron sangre y comenzaron a presionar a Isabel Perón para iniciar en Tucumán operaciones “antisubversivas” encomendadas al Ejército. Poco después dieron el golpe del 24 de marzo, y se hizo la noche a plenitud. Diseñaron un plan sistemático de extermino que, para serlo, debía quedar al margen de la ley. Se crearon en todo el país centros de detención, tortura y desaparición, cuyo edificio emblemático fue la ESMA. El horror se convirtió así en política pública.

Por testimonios de sobrevivientes se sabe cuál era el método desarrollado con precisión quirúrgica para viabilizar el genocidio: después de ubicar a un sospechoso, lo “chupaban” a culatazos para treparlo a vehículos Ford Falcon sin número de matrícula, luego lo llevaban a un centro donde al margen de cualquier legalidad lo torturaban para exprimirle información. En esa situación los habeas corpus no servían de nada. El calvario para los supliciados duraba hasta que a criterio de sus captores el "subversivo" era útil como fuente de datos (nombres, direcciones, teléfonos...). Cuando se agotaban las posibilidades de sacarle más, el destino habitual era matarlo y desaparecerlo sin dejar rastro.

La desaparición, acaso el peor delito que en el mundo hay, podía servirse de incineración de cadáveres o fosas comunes, pero los militares argentinos dieron un paso más hacia el terreno de lo abominable: perfeccionaron los llamados vuelos de la muerte. Sin que los condenados tuvieran al menos el derecho de saber que los conducían a su fin, les comunicaban que habían sido elegidos para ser parte de un “traslado”, es decir, que en teoría serían llevados a otro espacio para proseguir su reclusión. Con el pretexto de que era una vacuna, un médico les inyectaba una dosis de pentotal sódico para sedarlos y así los trepaban a un camión que de inmediato se dirigía al aeropuerto, donde los subían a un pequeño avión militar (el famoso Skyvan) y ya arriba les inyectaban otra dosis de la droga. Volaban hacia el Atlántico y en la boca oriental del Río de la Plata los arrojaban vivos al mar. Tal era el procedimiento del eufemístico “traslado”, una de las mayores proezas de la perversidad latinoamericana que no podemos olvidar porque ganas no faltarán hoy de reeditarla.

Sobre este tema, y a propósito del susodicho golpe, hablaré el jueves 26 de marzo a las 7 pm en la cafebrería La Tinta (Morelos 559 poniente), de Torreón. Trabajaré sustancialmente sobre dos libros (El vuelo, de Horacio Verbitsky, y Anatomía de una mentira: quiénes y por qué justifican la represión de los setenta, de Hernán Confino y Rodrigo González Tizón) y dos documentales (Scilingo, del canal Encuentro, y Traslados, de Nicolás Gil Lavedra). La entrada es libre.

Nota. En mayo de 2024 tomé la foto que encabeza este post; el lugar es la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA). Se trata del avión Skyvan mencionado en el texto. No fue el único usado para desaparecer. En 2023 fue recuperado en Fort Lauderdale, Florida, por el gobierno argentino que lo recuperó para que formará parte del Museo Sitio de Memoria ESMA. El avión es allí un recordatorio metálico de los vuelos de la muerte.

miércoles, marzo 18, 2026

Hemingway responde


 






Los poetas han encontrado en el mismo poema el molde para expresar cómo trabajan. A esos poemas les llaman genéricamente ars poetica, y suelen ser muy apreciados por quieres siguen con atención los usos y costumbres de quienes se plantean la escritura en la forma destacada, aunque no la única, del verso. El ars poetica que recuerdo cada vez que reparo en este tema es el micropoema “Retórica”, de Paz: “Cantan los pájaros, / cantan sin saber lo que cantan: / todo su entendimiento es su garganta”, donde no es exagerado advertir que esos pájaros pueden ser los poetas.

Los narradores suelen explicar sus procedimientos mediante decálogos como el de Quiroga o ensayos breves como el que Piglia propuso para exponer su teoría de “Los dos hilos”. Un camino intermedio para poetas y narradores es el de la entrevista, género periodístico que les resulta útil para explicar detalles que hacen a la cocina de su arte.

Hemingway, famoso y asediado por la prensa en los años de su Nobel, “mediático” como ahora se dice, dialogó con entrevistadores que al encararlo no dejaron pasar la oportunidad de preguntar por sus métodos. Esta respuesta sobre la manera como concibe un cuento: “A veces conozco toda la historia desde el principio. A veces la construyo a medida que escribo y no sé a ciencia cierta qué va a ocurrir. Todo va cambiando a medida que avanzo. Es este movimiento de composición el que le da el tono a la historia. A veces ese movimiento es tan lento, que se diría que no se produce. Y, sin embargo, siempre hay cambio y movimiento”.

Sobre la competencia con sus contemporáneos: “Lo único que trato de hacer es escribir mejor que ciertos escritores muertos, de cuyo valor estoy seguro”, y sobre la llegada de los años y la decadencia del escritor: “Entiendo que la gente que tiene conciencia de su trabajo mantiene su fuego encendido mientras vive”.

Le preguntaron sobre sus personajes, si son reales o inventados: “Algunos provienen de la experiencia real, pero la mayor parte de las veces los invento partiendo del conocimiento y de la comprensión que tengo de la gente”.

Y sobre los títulos: “Una vez terminada la novela hago una lista de títulos posibles, que puede llegar hasta el centenar. Después procedo por eliminación. A veces elimino la lista entera”. Antes esto llamaba la atención del lector; ahora no sé.

sábado, marzo 14, 2026

Entre goles y torturas

 











En poco más de una semana, el 24 de marzo, se cumplirá el cincuenta aniversario del golpe militar perpetrado en la Argentina. Dados los vientos que corren para el mundo en la actualidad, no es impertinente tener en cuenta que el terrorismo de estado es una metodología nunca totalmente abandonada, que el genocidio siempre se expresa en algún punto del planeta, como sucede ahora en Palestina con el agravante de su exposición pública, una difusión que no ha servido para alarmar a la comunidad internacional ya subreptesentada por la inoperante ONU. Hoy es posible masacrar a un pueblo y compartir las imágenes de su devastación como si fueran entretenimiento de Netflix. “El mundo fue y será una porquería”, dice el tango y nuestro tiempo le otorga la razón.

Si no nos interesa el tema por su inevitable crudeza, por su lejanía en el tiempo y el espacio o por cualquier otro motivo, pero nos interesa el futbol y hoy aguardamos con ansia el comienzo del Mundial, hay una serie que combina materiales de las dos realidades: por un lado, el genocidio perpetrado por la dictadura argentina que comenzó en 1976, y, por otro, el Mundial celebrado en aquel país hacia 1978. Titulado Argentina ’78 (2024, dirección de Lucas Bucci y Tomás Sposato), es un gran documental basado en el libro 78: historia oral del Mundial (Sudamericana, 2018, 240 pp.), de Matías Bauso (Buenos Aires, 1971). Tanto el documento audiovisual como el de papel habilitan el recurso del pespunteo: como se dieron al alimón, los crímenes de la dictadura conviven con la euforia provocada por el futbol, la mayor pasión argentina desde hace décadas. Gracias a este zigzag, un espectador alejado de la política pero fervoroso del futbol tiene en la mesa un producto que puede ampliar su horizonte: pasar del aparentemente apolítico deporte a las modalidades más bestiales del ejercicio del poder. Dos en uno.

El libro es de difícil consecución en México, aunque hay versión electrónica. De cuatro capítulos (“El comienzo de los comienzos”, “Empieza el juego”, “Ganar o ganar” y “Gloria”), la serie audiovisual está disponible en la plataforma Disney Plus, lo cual no deja de parecer un tanto extraño. En ella, desfilan varios entrevistados, todos vinculados con la política, el periodismo y, la mayoría, el futbol. El diálogo con los personajes es acompañado obviamente por imágenes originales del Mundial, desde su organización hasta un poco más allá del partido final, cuando la dictadura quedó hecha añicos. La serie muestra el estado político y social de la Argentina durante los preparativos del Mundial, el momento en el que los militares deciden invertir dinero y energía para que cuajara un buen espectáculo cuya repercusión podía ser doblemente positiva: en el país, al lograr efusiones de patriotismo motivadas por el amor a la selección y, fuera de la Argentina, al lavar la cara de la dictadura ante el mundo que ya, poco a poco, se enteraba por la prensa del baño de sangre resultante del plan sistemático de exterminio contra cualquier sospechado de “subversión”.

En general, todo salió como esperaban los militares, aunque no sin alguno que otro contratiempo que el documental describe con suficiente detalle, como el famoso boicot orquestado por opositores de la dictadura radicados en Europa, sobre todo argentinos, aunque no únicamente. El boicot no logró su propósito, pero sí llamar la atención de la prensa internacional que sin duda comenzó a interesarse más por las tropelías del gobierno militar. Esto se anuda con otro posible contratiempo de la dictadura: la censura, cuidar que los periodistas foráneos no reportearan algo más que futbol, vigilarlos a prudente distancia para que no obtuvieran materiales sobre las desapariciones forzadas, las torturas y los asesinatos que ya hacia el 77 y principios del 78 habían alcanzado cotas de horror y eran inocultables por más que los milicos se afanaran en echarlos debajo de la alfombra.

Entre los entrevistados aparecen personajes de la selección, como el entrenador César Luis Menotti (quien seguramente fue entrevistado poco antes de morir), Roberto Saporiti (asistente de Menotti), Daniel Passarella (capitán del seleccionado) y Mario Kempes (goleador y a la postre ídolo de aquel equipo); también, Ezequiel Fernández Moores y Ailín Bullentini (periodistas) y varios corresponsales extranjeros, además de la historiadora Paula Canelo. Destacan los diálogos con Matías Bauso, autor del libro que fue cimiento del documental; con Mario Eduardo Firmenich, el único militante vivo de la dirigencia del grupo guerrillero Montoneros, y con Miriam Lewin, sobreviviente de la ESMA, el centro de reclusión, tortura y desaparición emblemático de la dictadura. Todos ellos y varios interlocutores más comparten su visión de los distintos momentos que supuso el desarrollo del extraño Mundial.

Además de lo estrictamente futbolístico, además de los avances y las dificultades que se le presentaron a la selección argentina en su paso hacia la conquista del campeonato, como la famosa y polémica goleada contra Perú, Argentina ’78 hace énfasis en la mirada que tuvieron los militantes opositores al régimen. Por eso las entrevistas a Firmenich y a Lewin son aquí fundamentales, ya que, según su opinión, era claro el propósito de los militares de manipular la mayor pasión argentina a su favor, pero también legítimo el fervor que la ciudadanía sintió por la selección del deporte que allá casi se confunde con la devoción religiosa.

La dictadura cobró clara conciencia de que el “mal humor social” provocado por la presencia militar en la vida cotidiana, las prohibiciones y la inflación podía ser paliado por el entusiasmo popular que detonaría el futbol. Pese a la sobredosis de Mundial, la política no dejó de estar presente, los grupos guerrilleros no dejaron de actuar y el gobierno de facto no dejó de reprimir con mano dura. En el ínterin, algunos periodistas extranjeros lograron sacar información valiosa, como las entrevistas a las madres en la Plaza de Mayo cuyas desesperadas voces claman a los reporteros foráneos que ellos son su única esperanza de que más allá se supiera lo ocurrido en el país.

El documento funciona en suma como crónica de un campeonato mundial que en lo futbolístico fue harto peculiar, tanto que siempre quedó la duda sobre el peso que tuvo el gobierno golpista para que la selección ganara sí o sí el campeonato (no podía ser de otra manera, pues de eso dependía la “imagen” de la banda en el poder), y como relato del espanto en el que los militares sometieron a miles de argentinos, situación que se resume en los dos sitios más representativos de la serie: el estadio Monumental, donde la selección jugó varios partidos, uno de ellos la final contra Holanda, y a medio kilómetro de allí la ESMA, predio donde se torturaba y desaparecía mientras en la cancha de River Plate se vitoreaban los goles albicelestes.

Argentina logró la copa FIFA y el fervor patriótico se exacerbó durante algunos meses, pero la realidad económica y el desprestigio del gobierno llegaron a tanto que luego saltó al vacío con la fallida recuperación, manu militari, de las Malvinas, lo que al fin terminó por acabarlo y a los tumbos obligó a restituir el proceso electoral. Un campeonato del mundo, miles de muertos y desaparecidos, cientos de bebés apropiados y una crisis económica aplastante es la ruta que recorre Argentina ’78, serie que aparenta tratar sólo sobre futbol, pero que es mucho más: una realidad todavía vigente si advertimos que la ultraderecha aquí y allá nunca ha olvidado su estilo criminal de gobernar. Basta escuchar a Trump —el peor ser humano que habita hoy en el mundo para confirmar que el peligro sigue vivito y matando.