miércoles, octubre 14, 2026

Conferencia del doctor Alcubierre

 







Conferencia completa del doctor Miguel Alcubierre ofrecida el 2 de octubre pasado en el Teatro Isauro Martínez. El video alcanzó para incluir, al inicio, mis palabras de bienvenida al académico. La breve parte que me corresponde tiene algunas levísimas interferencias, como diálogos en voz baja, pero afortunadamente son pocas. Pueden verlo y escucharlo en esta liga. Las palabras compartidas en mi alocución fueron las siguientes:

Miguel Alcubierre, científico

Si me preguntaran cómo me siento en este instante no dudaría en parafrasear los títulos de la dupla conformada por el paleoantropólogo Juan Luis Arsuaga y el escritor Juan José Millás, ambos españoles. Como tal vez ustedes saben, los dos han publicado una serie de libros muy bien recibidos por el lector y la crítica. Son textos científicos, antropológicos, de carácter divulgativo, y su contenido se basa en el diálogo. En ellos, el investigador Arsuaga explica al narrador Millás la vida, la muerte y la conciencia, cada tema en un volumen. Los tres libros tienen un título curioso y similar: La vida (o la muerte o la conciencia) contada por un sapiens a un neandertal. En este caso, obviamente, el sapiens es el paleoantropólogo y el neandertal es el escritor.

Toda proporción tomada respecto de mí, junto al doctor Alcubierre así me siento, un neandertal. No es, de cualquier manera, una posición indecorosa, ya que los neandertales y yo compartimos una buena cantidad de ingredientes biológicos. Las altas credenciales académicas del físico mexicano me quedan a años luz (nunca mejor dicho), pero esto es una buena noticia cuando uno habita la sombra en algún tema, pues toda luminosidad, grande o pequeña, es un paso adelante en el arte cada vez más desdeñado de aprender con humildad. Gracias pues, de antemano, al doctor Alcubierre por su visita y por representar a nuestro país como científico en las grandes ligas del conocimiento.

Además de escuchar su conferencia, titulada “Más rápido que la luz”, quizá en el camino nos enteremos cómo hace un mexicano para alcanzar las cotas de rigor que él ha tocado en la ciencia. Sé que, como los Revueltas, el doctor que nos visita es miembro de una familia de intelectuales (por ejemplo, su hermana Beatriz es una reconocida historiadora y por ella fue por quien primero supe en México del apellido aragonés Alcubierre). En un país como el nuestro, más bien dependiente de la ciencia foránea, el caso del doctor Alcubierre tiene mucho que decirnos acerca de nuestras capacidades y del caldo de cultivo que tienen la divulgación y la familia, además del apoyo institucional al trabajo investigativo como el encabezado por la UNAM.

El tema que hoy nos ocupa tiene que ver con el tiempo y el espacio, ambos, al parecer, infinitos. Esta idea le sirvió a Borges para acuñar una de sus famosas afirmaciones: si el espacio y el tiempo son infinitos, siempre estamos en el centro del espacio y en el centro del tiempo. Por otro lado, no deja de parecerme que la cultura popular también acierta a crear ideas interesantes. Hay una canción irremediablemente cursi cuya afirmación vertebral es, disculpen la cita textual en este foro, “tantos siglos, tantos mundos, tanto espacio y coincidir”. Así estamos aquí con el doctor Alcubierre: coincidiendo en el tiempo y quizá no en el centro del espacio, pero sí en el centro de Torreón ahora lleno de hoyos negros por las lluvias de estos días, y lo mejor, dentro del Teatro Isauro Martínez, lo que sin duda es el acontecimiento de su índole más importante de nuestra región al menos en lo que va del año.

Por último, esta conferencia se la debemos al empuje de uno de nuestros divulgadores más tenaces en materia astronómica, Alberto de la Fuente Trasfí. No sería justo omitirlo como el principal responsable de que nuestro lujoso invitado se encuentre en esta sala.

Bienvenido a La Laguna, doctor Alcubierre. Lo escucharemos con admiración, respeto y previo beneplácito.

Y muchas gracias también a ustedes por acompañarnos.

En la telaraña









Para cerrar un mes que no se caracterizó por arrimar buenas noticias, el miércoles 30 de septiembre perdí el celular. Hice todo lo indicado en esos casos, como tratar de localizarlo y, al fracasar en el intento, dar de baja el número en la compañía y tumbar en el banco los accesos a la aplicación correspondiente. En suma, el show que seguramente muchos ya conocen o con facilidad pueden imaginar ante una situación como la descrita.

Creo que en ningún momento perdí la estabilidad. Sabía que los datos contenidos en el aparato eran inaccesibles o casi inaccesibles, no sé, y en cuanto al teléfono en sí, de inmediato eché a andar el mecanismo que desde hace mucho me protege ante las pérdidas por robo o distracción: que toda propiedad, la que sea, presupone esencialmente la posibilidad de que en cualquier momento deje de serlo, que se extravíe, que la roben o incluso que se descomponga. Esto no significa que me alegre perder algo o me dé gusto que se destartale, sino que trato simplemente de no dramatizar ante una posibilidad siempre latente y a veces, como ahora, consumada.

Luego de terminar con las primeras diligencias ante la compañía telefónica y el banco, ya más relajado pensé que lo ocurrido podía convertirse en una gran oportunidad para abandonar, por fin, el smatphone. Dada mi actual circunstancia (similar a la del coronel que no tiene quien le escriba), vi viable aprovechar el caso para atender, al menos de manera parcial, la recomendación de Franco Berardi en su libro Desertemos. Pensé en comprar un celular de 1995, sólo para llamadas y mensajitos SMS, sin el enjambre de modalidades distractoras. Este sueño no se pudo realizar sobre todo por el banco, donde me indicaron que es imposible hacer cualquier trámite desde la web si no se asocia con un teléfono que contenga la aplicación autorizada.

Pensé al final del circo que estamos atrapados, que la telaraña digital y todas sus implicancias nos tiene enredados casi irremediablemente en el consumo, en la pérdida de concentración, en la banalidad, en la vigilancia permanente de todas nuestras acciones, en la lepra de la IA, en la sensación de libertad para que seamos dóciles proveedores 24/7 de la big data.

En fin, ya compré un nuevo equipo. Esta vez no pude escapar.

sábado, octubre 10, 2026

Bitácora del asombro en quince trazos


 






Palabras con las que el 23 de septiembre presenté Bitácora del asombro, obra de Alberto de la Fuente. Todavía hay ejemplares disponibles en la librería La Tinta (Morelos 559 poniente, Torreón):

La colección RAI continúa su marcha gloriosa hacia lo desconocido con el mismo ahínco de su arranque hace tres meses. La promesa de aquel 22 de junio era que iba a publicar diez plaquettes antes de terminar el año, pero ya preveo que será mucho si llegamos a cinco. No crean que me apura tanto, pues el mundillo editorial y periodístico abunda en promesas incumplidas, y una más no afecta la estadística. Casi todo lo que uno promete en el medio literario termina por sucumbir ante los embates de la realidad. Así y todo, siempre he creído que las demoras y las caídas en esta disciplina sirven para templar el ánimo, para demostrar si nuestra vocación es verdadero fuego sagrado en el corazón o llamarada de petate. En otras palabras, como dice mi amigo Fabián Vique, “Seguiremos de derrota en derrota hasta la victoria final”. Aquí estamos pues de nuevo, esta vez para presentar Bitácora del asombro. Quince cápsulas espaciales, número tres de una colección cuyo propósito es no abrazar ningún propósito, salvo el de seguir apareciendo con la mayor dignidad posible tanto en forma como en contenido.

El autor que urdió las páginas de este nuevo opúsculo es Alberto de la Fuente Trasfí, quien nació en 1976, exactamente cuando comenzaba el sexenio de José López Portillo, el expresidente de las patillazas que defendió al peso como un perro y terminó casado con Sasha Montenegro, una estrella de cine. Adrede he mencionado la palabra “estrella”, pues las páginas de Bitácora del asombro se refieren al tema de los astros, al espacio, al saber y la fantasía astronómicas, a la perplejidad que genera el infinito y la necesidad de explorarlo con las herramientas de la ciencia, esto al margen de las explicaciones teológicas que remitimos al ámbito de la literatura fantástica, como bien lo consideró Borges.

De la Fuente Trasfí acomete las cápsulas con la intención de compartirnos su experiencia y su asombro, lo que se agradece en un mundo que suele mirar poco hacia la ciencia. Lo muy grato de los apuntes radica, creo, en el tono. Cuando De la Fuente Trasfí escribió estos apuntes dio con la tecla adecuada, encontró la manera precisa para expresar lo que deseaba, y con esto logró tener recorrido un trecho significativo del camino. El autor de estas exposiciones supo pues encarar su materia con la buena actitud de un ciudadano de a pie que se dirige a ciudadanos de a pie. Alberto es entonces un “simple terrenal” (como canta el filósofo Julión Álvarez) dedicado a compartir aquello que lo azora: el cosmos y sus inabarcables maravillas. En suma, no es flaco favor el que nos brinda al convidarnos sus asombros.

Como lo más común es que los libros casi no se vendan, leo mi prólogo con el fin de que al menos en la memoria se lleven algo a casa. Alberto de la Fuente Trasfí (Torreón, Coahuila, 1976), autor de los apuntes que componen esta Bitácora del asombro, es un hombre cuya mente oscila entre lo terrenal y lo extraterrenal (uso esta última palabra en sentido estricto, “lo que está fuera de la Tierra”, no en el teológico con el que se ha cargado su semántica). En lo terrenal tiene un oficio práctico y varios pasatiempos ya bien establecidos; en el otro, se ha interesado desde su niñez en el conocimiento de la astronomía como saber científico y a la par como fuente de creación estética.

Su pasión por la ciencia que estudia el espacio lo ha movido a leer mucho sobre el tema, a ver incontables documentales y películas, a estudiar una maestría y, desde hace algunos años, a compartir lo cosechado mediante apuntes escritos en clave divulgativa. Quince son las “cápsulas espaciales” que reúne en estas páginas. Aparecieron primeramente en el blog La insoportable precisión del universo, y ahora se arraciman en la presente publicación con el mismo ánimo: convidar a nuevos lectores la perplejidad producida por la más inmensa de las inmensidades: el universo.

La amenidad —e incluso el humor— de las piezas aquí convocadas no riñe con la buena y exuberante data que contienen. El pespunteo entre la vida cotidiana y la información producida por la investigación alienta párrafos a un tiempo ricos y divertidos, lo que constituye una forma de acercar interesados a un tema, la astrofísica, por lo general tenido por denso y especializado, que lo es. Como en las declaraciones de amor (en este caso de amor a la divulgación), De la Fuente Trasfí nos baja el sol y las estrellas, nos mueve entre sondas, nos recuerda hitos de la conquista espacial e ilustres nombres propios, nos comparte avances científicos, nos pasea por galaxias del vecindario espacial y, en suma, nos hace ver que el universo es fascinante desde donde quiera que se le mire.

Nuestra pequeñez no debe arredrarnos. Al contrario, hoy debemos sentirnos orgullosos de los alcances incorporados año tras año a la enciclopedia astronómica. Pese a nuestra nerudiana residencia en la Tierra y desde nuestra microscópica condición humana, es motivo de pasmo y satisfacción que hoy sepamos con alto grado de certeza lo que sucede a años luz en conglomerados celestes cuya dimensión no parece tener orillas y donde la abrumadora palabra infinito siempre parece quedar corta, incapaz de contener lo incontenible.

Bienvenidos entonces a esta Bitácora del asombro. Tomemos de las manos a la ciencia y la imaginación, y dentro de estas quince cápsulas despeguemos al infinito y muchísimo más y más y más allá.

Nota. Texto leído el 23 de septiembre de 2026 en la Cafebrería La Tinta. Participamos Iván Hernán Benítez, el autor y yo.

viernes, octubre 09, 2026

Entrevista sobre Bitácora del asombro












Entrevista del periodista José Juan Zapata Pacheco a Alberto de la Fuente Trasfí publicada en la web de la editorial Amonite. El tema central del diálogo se relaciona con la publicación de Bitácora del asombro. Quince cápsulas espaciales, número tres de la Colección RAI publicada por Iberia Editorial, plaquette disponible en la Cafebrería La Tinta (Morelos 559 poniente, Torreón). Aquí pueden acceder a la entrevista.

miércoles, octubre 07, 2026

Mismo pero diferente libro


 











Una breve anécdota de lector. En estos días leí El mundo de ayer (1942), la memoria del gran Stefan Zweig. Era un libro largamente pospuesto, pero por suerte ya pude terminarlo y, pese a todo, me pareció espléndido. El “pese a todo” figura en la frase anterior no por el libro en sí, al que es muy difícil marcarle deficiencias, sino por mi lectura. Por razones que no urge traer, lo leí en tres formatos distintos y en igual número de traducciones. El original, como toda la inmensa obra creada por Zweig, fue escrito en alemán, y haberlo leído en un trío de versiones es una experiencia peculiar, tanto que se me ocurrió compartir tres ejemplos simétricos.

No soy obseso de las traducciones. Sé que hay malas, buenas y excelentes, pero, como en este caso, mientras no aprenda alemán tendré que resignarme a la que caiga. Comencé a leerlo en papel, en el gordo tomo IV de las obras completas del austriaco. Lo cargué en una salida y lo dejé olvidado en la casa de un familiar, así que le seguí en una versión electrónica (EPUB). Luego, en una antesala, sin ninguna de las dos versiones anteriores a la mano, lo hallé en PDF y pude leer algunas páginas en el celular. Ustedes decidan cuál es la mejor y si le hallan mucha diferencia.

Papel: “Sólo un libro que se mantiene siempre, página tras página, sobre su nivel y que arrastra al lector hasta la última línea, sin dejarle tomar aliento, me proporciona un perfecto deleite. Nueve de cada diez libros que caen en mis manos los encuentro sobrecargados con descripciones superfluas, diálogos extensos y figuras secundarias innecesarias, que les quitan tensión y les restan dinamismo”.

Electrónico: “Sólo un libro que constantemente, página a página, me mantiene al borde del asiento y me arrastra sin aliento hasta la última página me proporciona un disfrute total. Nueve décimas partes de todos los libros que caen en mis manos me parecen demasiado amplios, con descripciones superfluas, diálogos chismosos y personajes secundarios innecesarios y, por tanto, no lo bastante emocionantes, no lo bastante dinámicos”.

PDF: “Sólo un libro que no cese de mantener su nivel página tras página y me arrastre hasta el final de un tirón y sin dejarme tomar aliento me produce un placer completo. Nueve de cada diez libros que caen en mis manos los encuentro llenos de descripciones superfluas, de diálogos plagados de cháchara y de personajes secundarios innecesarios; resultan demasiado extensos y, por lo tanto, demasiado poco interesantes, demasiado poco dinámicos”.

sábado, octubre 03, 2026

Luces… en persona


Las presentaciones de libros son como las cuartas de forros (mejor conocidas por el lector como “contraportadas”): suponemos siempre que su contenido se inclinará inevitablemente al elogio, al “brindis de sobremesa”, a veces a la más descarada adulación del libro y del autor. En efecto es así, aunque en mi ya largo trote como presentador o como parte del público en presentaciones he sido testigo de algunos desaguisados, como aquél en el que una comentarista hizo picadillo un libro en la jeta del autor o como mi amigo Víctor Hugo Morales cuando en la Argentina (hay video) despellejó al infame periodista Luis Majul. Pero hablar mal del libro y/o del autor no es lo habitual en este tipo de reuniones. Lo común es echarles flores, apapacharlos, enunciar las bondades recostadas en el papel y la pericia del autor al escribir, sea el tipo de texto que sea, independientemente del género al que responda su vástago bibliográfico.


En lo personal abrazo una técnica como pre-presentador. Si de acuerdo a mi subjetividad calculo que el libro carece de mérito, procuro inventar cualquier cuento piadoso para no aceptar la invitación a comentarlo; si, pese a esto, el asunto es inesquivable, participo del acto con salutaciones al recién nacido y expido algún etéreo comentario que no trascienda el alambre de púas de la mera urbanidad.


Otra posibilidad, por fortuna la más frecuente, es que me inviten a presentar libros valiosos, como el que esta noche nos ocupa. De hecho, nadie me invitó a presentar hoy, fui yo el que me invité, pues la organización de este momento fue producto de mi iniciativa. ¿Por qué?, es la pregunta retórica que me hago. Por dos razones que procedo a explicar.

Porque su autor, Alfredo Máynez Gil, es una de las personas que más quiero en La Laguna. Lo juzgo un tipo extraordinario, acaso el único sujeto que conozco con tan altas y parejas calificaciones; si él fuera boxeador, yo no hallaría por dónde meterle un gancho, un uppercut o un jab. No es perfecto, mas se acerca —parafraseo a Pablo Milanés— a lo que simplemente soñé como ejemplo de persona redonda. Alfredo es inteligente, sensible, culto, buen hijo, buen hermano, buen esposo, buen padre, buen amigo, buen profesionista, buen todo, hasta buen yerno. Además del Derecho, ha sabido establecer cercana convivencia con la música (toca la batería), con la fotografía, con la lectura literaria e histórica, con los deportes, con la gastronomía y con la conversación amena e informada. Aglutina simultáneamente todo lo anterior y además es horizontal, no se cree nada, lo que añade a su personalidad una desconcertante modestia, pues podría ser justificadamente fanfarrón. No lo es, asombrosamente no lo es; al contrario, es el tipo más sencillo que uno pueda imaginar, y su sencillez y su limpieza de espíritu no es la de un fariseo, la de un falso humilde; su índole es natural, genuina, nunca impostada. Además de todos sus atributos tiene calle y no se achica ni se agranda al hablar con nadie, y así puede conversar con un científico o con cualquier compa del barrio, en paridad de tesituras. No es por nada, pero quisiera saber de una persona que además de ser un excelente profesional fuera todo lo que es Alfredo con naturalidad, sin mamonería mediante. Muchos hay que saben mucho, que poseen copiosos bienes, pero tienen menos calle que Venecia; hasta en esto Alfredo se las sabe, y no lo tuerce ni lo asusta cualquier albur.


Además de la susodicha cascada de virtudes, Alfredo suma otra, la que hoy nos reúne en este foro: escribe muy bien. ¿Qué hicieron el señor Máynez y la señora Gil para tener un hijo de esta calaña? No lo sé, sólo sé que en el estuche de monerías que es Alfredo la escritura también cabe con solvencia, y conste que es una destreza exigente. En este momento tenemos su primera novela en proceso de edición y hoy presentamos su primer libro: Luces en el polvo. Alfredo Máynez nació en Torreón en 1972. Estudió la licenciatura en Derecho y la maestría en Historia de la Sociedad Contemporánea en la Universidad Iberoamericana Torreón, y desde 1998 ha sido maestro de asignatura en la misma institución. Ejerció como abogado corporativo en el sector privado y actualmente es el notario número 100 de Torreón. Además de ser autor del ensayo Luces en el polvo, tiene una novela de próxima publicación.


Luces… apareció en 2020, el maldito año de la pandemia. La doctora Laura Orellana y yo trabajábamos todavía en la Ibero Torreón y luego de editar el libro no tuvimos más remedio que presentarlo vía Facebook, una modalidad del género presentación que sabe a sopa sin sal. Durante los años que han pasado, nunca dejé de pensar que el valioso libro de Alfredo merecía piropos directos, con gente de carne y hueso como ustedes, no sólo perezosos likes a distancia. Por ello, hace poco lo conversé con él y acordamos esta fecha y convocamos a la matriz editora, la Ibero Torreón, y a nuestra admirada Laura Orellana para repetir el brindis sin la intromisión de una pantalla.


En fin. Después de este exordio aburrido pero sincero, paso a comentar un poco el libro. Pese a la insistencia de muchos historiadores, todavía es común advertir que en el público sigue afianzada una noción de la historia como algo independiente del historiador. Aunque la historia, o sea, el pasado, es una realidad que ya no existe y sólo podemos tangibilizarla en términos de documento, la opinión generalizada tiende a pensar que tanto los documentos como los libros de historia son, per se, “la historia”. Parece un juego de palabras, pero no lo es. Sólo es necesario pensar que el pasado ya no existe y es imposible que vuelva, razón por la cual es necesario reconstruirlo, es decir, historiar, conseguir documentos y articular conjeturas (relatos) a partir de su análisis e interpretación. La escritura que se obtiene como resultado es la historiografía, la escritura de la historia, no la historia en sí, ya irrecuperable.


Creer que la escritura de la historia es “la historia” ha sido tal vez la clave que ha posibilitado su manipulación por el poder. Como la gente cree que la historia está en los libros de historia, nada más adecuado para cualquier poderoso que fomentar la escritura de historias a modo para legitimarse. Esta es la razón por la que hasta la fecha las historias más populares son las que se refieren a los acontecimientos políticos y militares, a las caídas y los ascensos de tal o cual régimen o gobierno, a la vida y a la obra de los próceres. No otro tema, sino éste, aborda, por ejemplo, Leonardo Sciascia en El Archivo de Egipto, una novelita algo olvidada. Su tema eje es simple: la escritura de la historia generalmente ha dependido de los caprichos del poder, de ahí que sea tan peligrosa en manos de los mandamases.


Cada vez es más frecuente, sin embargo, comprobar que la escritura de la historia mira hacia otro punto, no tanto ya a los Grandes Hechos y a las Grandes Figuras sino al magma en el que se despliega la vida cotidiana con toda su complejidad. Esta historia nos enfatiza que la escritura sobre el pasado puede también detenerse a hurgar en comunidades específicas unidas asimismo por prácticas sociales ajenas al poder y sus detentadores. Esta historia, menos glamorosa pero tan importante como la otra, fija su atención en la gente de a pie, en el ciudadano que todos los días reproduce haceres compartidos por su comunidad. Visibilizar estas prácticas, describir su espesura, traerlas al presente para comprenderlas, es también tarea de historiadores.


Como cualquier escritura sobre el pasado, la de la vida cotidiana requiere apuntalarse en documentos. Es el caso de Luces en el polvo. Influencia del Club Fotográfico de La Laguna en el trabajo de José de Jesús Gil Alonso (1961-1987), libro de Alfredo Máynez Gil. Gracias a la cercanía de un fondo familiar lleno de textos y fotografías, Máynez Gil hundió su atención en el pasado de un grupo de ciudadanos de La Laguna dedicados a diversos oficios, pero ligados en un momento de sus vidas por una pasión: la fotografía. El joven historiador se apoya en una fuente primaria: las actas del Club Fotográfico de La Laguna animado por, al menos, cuatro decenas de integrantes a lo largo de un cuarto de siglo.


Además de tales actas, en sí misma valiosas por elocuentes, Máynez Gil apeló a otras herramientas útiles en ciertos casos como apoyo para la escritura de la historia: las entrevistas directas, ya que una parte significativa de los participantes en el Club viven y accedieron al diálogo, lo cual incrementó y precisó la información contenida en las actas. Asimismo, interrogó al material fotográfico reunido por su abuelo José de Jesús Gil Alonso, miembro del Club, quien es situado en este libro como la parte de un todo que le fue afín: su grupo de amigos, los demás participantes. El libro es entonces una especie de sinécdoque: Gil Alonso como parte representativa de un todo que fue el Club.


La familia a la que en general perteneció Gil Alonso, como artista de la lente, no desentona con nombres inmensos como los de Gaspard-Félix Tournachon (Nadar), Gyula Halász (Brasaï), Henri Cartier-Bresson, Endre Ernö Friedmann (Robert Capa), Gerta Pohorylle (Gerda Taro) y Richard Avedon. O, si no queremos ir tan lejos, en nuestro país se codea sin disonar con el trabajo de Tina Modotti, Manuel Álvarez Bravo, Paulina Lavista, Graciela Iturbide, Rogelio Cuéllar, Héctor García, Pedro Valtierra e incluso Juan Rulfo. Dicho sea de paso, a todos ellos y ellas, e igual a Gil Alonso, podemos acercarnos con un libro teórico casi indispensable: Sobre la fotografía, y complementarlo con otro de distinta orientación pero similar tema titulado Ante el dolor de los demás, ambos de la ensayista norteamericana Susan Sontag.


Luces en el polvo contiene una introducción, siete secciones y un apartado conclusivo. Además, como apéndice muy destacado, una galería con 22 fotografías de Gil Alonso. El prólogo fue preparado por la doctora Laura Orellana Trinidad, quién aquí, nuevamente, ha enfatizado el valor no sólo académico, sino social, que tiene el resguardo de los documentos familiares como fuentes primordiales para la reconstrucción del pasado. A propósito del material investigado por Alfredo Máynez, acentúa la importancia que adquiere dar visibilidad en la escritura histórica a grupos antes ignorados: “La estimación —observa la doctora Orellana— del acervo fotográfico del doctor Gil Alonso se inscribe en un entramado de profundos cambios culturales que han afectado a las Ciencias Sociales en las últimas cinco décadas, particularmente a la historia, la archivística y la sociología. Esta metamorfosis se debe, en gran medida, a las luchas de distintos grupos sociales por lograr una mayor representación en la sociedad, lo que finalmente tuvo un impacto en la selección de los objetos de estudio que estas disciplinas comenzaron a abordar así como del tipo de documentos que se requerían para estudiarlos”.


No cabe duda de que lo conseguido en Luces en el polvo debe motivar el orgullo de Alfredo Máynez Gil, quien con este su primer libro da pie a seguir explorando todo lo que puede ofrecer cada documento resguardado en los fondos familiares, tanto los que ya tienen cabida en los archivos como aquellos que siguen en posesión de hijos o nietos. Felicidades a Alfredo por este inteligente libro y felicidades a Laura por acompañarlo en el camino de su enfoque y su escritura.


Nota. Texto leído en la presentación de Luces en el polvo. Influencia del Club Fotográfico de La Laguna en el trabajo de José de Jesús Gil Alonso (1961-1987) celebrada en la Galería de Arte Contemporáneo del Teatro Isauro Martínez el 24 de septiembre de 2026. Participamos Laura Orellana Trinidad, el autor y yo.

miércoles, septiembre 30, 2026

Alcubierre en La Laguna


 











Hace más de quince años, lo documenté en su momento, tuve la suerte de hacer dos énfasis sobre el valor de un par de intelectuales argentinos que nos visitaron. El primero fue el filósofo Mario Bunge, invitado por una de las facultades de la UAdeC Unidad Torreón. No recuerdo si en mis crónicas destaqué que fue escasa la cantidad de público asistente a la conversación con Bunge, pensador que hasta la fecha sigue siendo frecuentado por la academia de todo el mundo. El segundo fue Juan Gelman, poeta que ya entonces sonaba para ganar, como en efecto ocurrió (2007), el premio Cervantes; por poco y Gelman pasa de noche por Torreón, pero tuve la suerte de enterarme a tiempo de su visita y diseminé la alerta propiciatoria de una cena numerosa en comensales. Ahora, este viernes 2 de octubre, viene a Torreón para dar una conferencia uno de los científicos más importantes del país: el doctor Miguel Alcubierre.

Reconocido físico mexicano, Alcubierre ofrecerá una conferencia como parte de las actividades de Foro Ciencia Torreón, iniciativa creada para acercar la ciencia y la divulgación a la comunidad lagunera. Su conferencia “Más rápido que la luz” está dirigida a niños, jóvenes y adultos con curiosidad por el estudio del universo.

Miguel Alcubierre es un científico reconocido internacionalmente sobre todo por la llamada “Métrica de Alcubierre”, una solución matemática dentro de la relatividad general de Albert Einstein en la que explora, de manera teórica, la posibilidad de modificar el espacio-tiempo para permitir desplazamientos efectivos a velocidades superiores a la de la luz sin que una nave viole localmente el límite establecido por la relatividad. Su trabajo, publicado en 1994, convirtió una idea que durante décadas perteneció principalmente a la ciencia ficción en un problema que podía discutirse mediante las matemáticas y la física teórica.

La presencia del doctor Alcubierre en Torreón representa una oportunidad para acercar al público lagunero a temas como la relatividad, el espacio-tiempo, los viajes interestelares y los límites actuales de nuestro conocimiento del universo, explicados directamente por uno de los científicos mexicanos con mayor reconocimiento internacional en este campo.

La conferencia se celebrará en el TIM (pedir informes allí) a las 7 pm.

sábado, septiembre 26, 2026

Estos Jales que ves











En el amplio corpus de documentos sobre nuestra lengua no cabe duda que el libro eje es el DRAE, el Diccionario de la Academia. Le siguen en predicamento la Ortografía, la Gramática y el Diccionario panhispánico de dudas. Este cuadrángulo de materiales son los cimientos en los que se apoya nuestra lengua, el español. Desde su fundación en 1713 hasta no hace mucho, la Real Academia Española tuvo un marcado propósito normativo, de suerte que el castellano que se destacó como modelo de corrección fue el hablado y escrito en España. Hoy, por suerte, la Academia (y sus corresponsalías en América) es menos prescriptiva que descriptiva y se ha tornado cada vez más abierta a la incorporación de rasgos propios del habla y la escritura puesta en acto de este lado del océano Atlántico.

Al costado de los libros institucionales sobre nuestra lengua cohabita un corpus bibliográfico que hoy rebasa cualquier capacidad de absorción individual. En otras palabras, es tanto el material disponible sobre este asunto que no existe lector capaz de insumirlo todo, incluso de reunirlo completo. En ese maremagno de libros destacan los diccionarios especializados, las historias de la lengua, los manuales de escritura, los volúmenes etimológicos y los lexicones antiguos muchas a veces presentados en edición facsimilar, entre muchos más.

También resalta un tipo de libros sobre nuestra lengua que a falta de mejor nombre denomino, sólo para mi nomenclatura interna, “minucias”, esto por un libro que valoro mucho titulado Minucias del lenguaje (FCE, 1996), de José Guadalupe Moreno de Alba, quien fue director de la Academia Mexicana de la Lengua. En la estructura y el contenido de ese libro —a mi juicio muy bien titulado— veo semejanzas con Para saber lo que se dice, de Arrigo Cohen; 1001 puñaladas a la lengua de Cervantes, de Federico Arana; Historia de las palabras, de Daniel Balmaceda; En torno al español hablado en México, del padre Ángel María Garibay Kintana; La punta de la lengua, de Álex Grijelmo; Palabralogía, de Virgilio Ortega; El género y la lengua y Más que palabras, de Pedro Álvarez de Miranda; Todo lo que quiso saber sobre la lengua española, de la Fundeu; los 101 errores más comunes del español, de Sandro Cohen, y muchos más, pues sólo cito algunos que tengo y he leído o cosultado. Pues bien, a esta familia de libros pertenece Jales sobre habla lagunera, de Saúl Rosales, el libro que esta noche nos acerca.

Su estructura no es compleja: su autor acumula en caída libre comentarios sobre palabras o expresiones habituales en el habla y la escritura cotidianas, en este caso habituales en el contexto lagunero. La forma de cada pieza es de artículo o ensayo divulgativo, por lo que se siente en ellos un tono ameno, “sabroso”, como adjetivaría un prosista algo anticuado. La amenidad no quita que exhiban hondo conocimiento sobre la materia, pero no expuesto de manera técnica. A los aportes se agradece la soltura, el buen ánimo de convidarnos observaciones sobre el habla lagunera no de manera regañona, normativa, sino como producto de la curiosidad del autor que a su vez intenta contagiarnos eso mismo, curiosidad para que descubramos pliegues, dobleces, intersticios en nuestra comunicación diaria, esa comunicación que, sin que lo notemos, materializa todos los fenómenos atañederos a la lengua y sus infinitos intercambios.

Jales sobre habla lagunera (Torreón, 2014, 115 pp.; segunda edición en Cravioto Editores, 2026) continúa la serie de publicaciones que Saúl Rosales ha redondeado en los años recientes, todas estrechamente vinculadas a su trabajo como periodista cultural en La Laguna. Me refiero a los libros sobre música clásica, teatro y, prácticamente desde que volvió a su tierra en 1981, sobre peculiaridades del habla lagunera. Jales…, como ya dije, contiene veinte comentarios. Dado que en su origen ocuparon las páginas de suplementos, periódicos y revistas, todos son accesibles para cualquier lector. Lo único que Jales… demanda es, pues, un poco de interés, un poco de curiosidad, la misma que en términos generales un lector común puede tener por otras muchas materias, como la política o el cine. Jales… dejó claro que la inquietud por el habla, por la palabra de la conversación diaria, despierta interés casi en cualquiera siempre y cuando tenga a la mano focalizaciones accesibles.

Como Rosales lo avisa, el origen remoto de estos acercamientos al habla lagunera se encuentra en su radicación foránea, que duró veinte años en la capital del país. Al regresar a La Laguna, Saúl pudo notar mejor las peculiaridades del habla lagunera en contraste con las del otrora Distrito Federal, lo que poco a poco fue registrado en artículos y ensayos que fueron recogidos en las páginas de Jales… Así como sólo es posible destacar rasgos de identidad por contraste con otras identidades, con la “alteridad”, Saúl Rosales, corresponsal desde 2003 de la Academia Mexicana de la Lengua, reencontró las voces de su infancia y pudo anotar sus características. Este reencuentro y este acopio sirvieron para que luego despertara en otros, ahora lo sabemos con claridad, un apetito semejante. Por ejemplo, su ensayo “Herencia náhuatl en el habla lagunera” tiene un carácter de innegable precursor, dada la fecha de su escritura.

Jales… tiene, insisto, el tono de la filología amena, la misma que practicaron autores como Arrigo Coen Anitúa, José G. Moreno de Alba, Álex Grijelmo y algunos otros que mencioné hace algunos párrafos. Su importancia para nosotros, sin embargo, es otra y doble: vale porque trabaja con la arcilla de nuestra habla y vale porque, por eso mismo, ha sido aquí, y estoy seguro que seguirá siendo, detonante de otras exploraciones a las peculiaridades de nuestra comunicación hablada y escrita.

Nota. Texto leído en la presentación de Jales sobre habla lagunera (Cravioto Editores, tercera edición, 2026, 113 pp.), de Saúl Rosales. La presentación se celebró en el foyer de El Siglo de Torreón el 22 de septiembre de 2026 y en ella participamos como comentaristas Germán Cravioto, el autor y yo.

miércoles, septiembre 23, 2026

Boletín. Presentación de Luces en el polvo












El jueves 24 de septiembre será presentado Luces en el polvo. Influencia del Club Fotográfico de La Laguna en el trabajo de José de Jesús Gil Alonso (1961-1987), libro de historia regional publicado por la Universidad Iberoamericana Torreón. La presentación se celebrará en la Galería de Arte Contemporáneo del Teatro Isauro Martínez a las 7 de la tarde, y contará con los comentarios de Laura Orellana Trinidad, Jaime Muñoz Vargas y Alfredo Máynez Gil, autor del libro.

Como cualquier escritura sobre el pasado, la de la vida cotidiana requiere apuntalarse en documentos. Es el caso de Luces en el polvo. Influencia del Club Fotográfico de La Laguna en el trabajo de José de Jesús Gil Alonso (1961-1987). Gracias a la cercanía de un fondo familiar lleno de textos y fotografías, Máynez Gil hundió su atención en el pasado de un grupo de ciudadanos de La Laguna dedicados a diversos oficios, pero ligados en un momento de sus vidas por una pasión: la fotografía. El joven historiador se apoya en una fuente primaria: las actas del Club Fotográfico de La Laguna animado por, al menos, cuatro decenas de integrantes a lo largo de un cuarto de siglo.

Alfredo Máynez nació en Torreón en 1972. Estudió la licenciatura en Derecho y la maestría en Historia de la Sociedad Contemporánea en la Universidad Iberoamericana Torreón, y desde 1998 ha sido maestro de asignatura en la misma institución. Ejerció como abogado corporativo en el sector privado y actualmente es el notario número 100 de Torreón. Es autor del ensayo Luces en el polvo y de una novela de próxima aparición.

Laura Orellana Trinidad nació en Torreón, Coahuila, y es socióloga, maestra y doctora en Historia por la Ibero Ciudad de México. De 1990 a 2022 colaboró en la Ibero Torreón como profesora, coordinadora de la Licenciatura en Comunicación, responsable del Archivo Histórico y directora general académica, entre otras funciones. En 1999 obtuvo el primer lugar en el certamen nacional de ensayo Susana San Juan. Es autora de Entre lo público y lo privado, Hermila Galindo, una mujer moderna, Teatro Martínez, patrimonio de los mexicanos y el libro conmemorativo de los 75 años de la escuela Carlos Pereyra, además de artículos académicos y de divulgación. Actualmente asesora proyectos de investigación de forma independiente.

Jaime Muñoz Vargas nació en Gómez Palacio en 1964. Es escritor y editor. Ha publicado más de 25 libros. Entre otros, ha ganado los premios nacionales de novela Jorge Ibargüengoitia y de cuento de San Luis Potosí. Es autor del himno nacional del IMSS. Desde 2005 es columnista de prensa. Textos suyos han aparecido en publicaciones de Argentina, España, Colombia, Chile y Uruguay. Algunos de sus libros han sido motivo de estudios académicos en universidades como la de Utrecht, en Países Bajos. En 2024 fue nombrado primer miembro honorario extranjero de la corporación Letras de Chile.

La entrada a la presentación de Luces en el polvo es libre y se ofrecerá brindis.

Boletín: Bitácora del asombro

 











Hoy miércoles 23 de septiembre de 2026 será presentada la plaquette Bitácora del asombro: quince cápsulas espaciales, de Alberto de la Fuente Trasfí. Esta publicación es la tercera de la colección RAI editada por Iberia Editorial, y contiene artículos vinculados con la divulgación astronómica. La cita es a las 7 de la tarde en la Cafebrería La Tinta, Morelos 559 poniente, entre Leona Vicario e Ildefonso Fuentes, Torreón.

La amenidad —e incluso el humor— de las piezas reunidas en Bitácora del asombro no riñe con la buena y exuberante data que contienen. El pespunteo entre la vida cotidiana y la información producida por la investigación alienta párrafos a un tiempo ricos y divertidos, lo que constituye una forma de acercar interesados a un tema, la astrofísica, por lo general tenido por denso y especializado, que lo es. Como en las declaraciones de amor (en este caso de amor a la divulgación), De la Fuente Trasfí nos baja el sol y las estrellas, nos mueve entre sondas, nos recuerda hitos de la conquista espacial e ilustres nombres propios, nos comparte avances científicos, nos pasea por galaxias del vecindario espacial y, en suma, nos hace ver que el universo es fascinante desde donde quiera que se le mire.

Alberto de la Fuente Trasfí (Torreón, Coahuila, 1976) estudió Ingeniería Industrial en la Universidad Iberoamericana Torreón. Fue profesor de Fotografía en el Tecnológico de Monterrey y en la Universidad Iberoamericana, institución donde también formó parte del taller literario. Publicó en los libros colectivos Mañana tampoco, Acequias de cuentos y Acequias de poesía; en las revistas Acequias y Estepa del Nazas y en los diarios El Siglo de Torreón y La Opinión Milenio. Maestro en Astrofísica y Formación Planetaria y creador del blog “La insoportable precisión del universo”, donde comparte contenidos sobre astronomía, exploración espacial y ciencia. Es fundador del Foro Ciencia Torreón, iniciativa dedicada a promover la divulgación científica mediante conferencias y actividades abiertas al público.

Los comentarios sobre la publicación correrán a cargo de los escritores Iván Hernán Benítez, Jaime Muñoz Vargas y el autor. Iván Hernán Benítez nació en Torreón, en 1981. Es licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Autónoma de Coahuila, y lleva más de veinte años en el ejercicio del periodismo como reportero, cronista y articulista. Textos suyos han sido publicados o retomados por medios como Milenio, Animal Político, Aristegui Noticias y W Radio. Es autor del poemario Los pequeños fantasmas y del libro de crónicas Con el barrio puesto. Diseña cursos de redacción creativa, prácticas periodísticas e historia que imparte en instituciones educativas y centros culturales de la Comarca Lagunera. Es divulgador de la historia y la actualidad del ajedrez.

Jaime Muñoz Vargas nació en Gómez Palacio en 1964. Es escritor y editor. Ha publicado más de 25 libros. Entre otros, ha ganado los premios nacionales de novela Jorge Ibargüengoitia y de cuento de San Luis Potosí. Es autor del himno nacional del IMSS. Desde 2005 es columnista de prensa. Textos suyos han aparecido en publicaciones de Argentina, España, Colombia, Chile y Uruguay. Algunos de sus libros han sido motivo de estudios académicos en universidades como la de Utrecht, en Países Bajos. En 2024 fue nombrado primer miembro honorario extranjero de la corporación Letras de Chile.

La plaquette estará a la venta en la Cafebrería La Tinta.

lunes, septiembre 21, 2026

Veinte años de Ruta Norte Laguna en Heridas Abiertas










Agradezco mucho a Fernando de la Vara y a la revista digital Heridas Abiertas por destacar el vigésimo aniversario del blog Ruta Norte Laguna. Este blog apareció en julio de 2006, cuando recién cundieron las redes sociales como Facebook y Twitter. Muchos blogueros dejaron de alimentar sus espacios y migraron a las redes, y yo seguí porque sentí que el blog serviría como repositorio ordenado de parte de mi trabajo no literario, el del día a día. A la fecha suma cerca de 15 mil cuartillas y un promedio de 60 a 70 mil visitas por mes, sin que esto signifique que he dependido del tránsito para mantener vivo el espacio (haría lo mismo si lo visitaran 30 personas cada mes). Una buena parte del trabajo se refiere a la Comarca Lagunera en general y a su literatura en particular, así que, en efecto, tiene algo de memoria. Enfatizo pues mi gratitud a Fernando de la Vara. Sus palabras me alientan a continuar.

Muchas gracias asimismo a Luis Alberto López, creador del espacio Heridas Abiertas, y a Miguel Sifuentes por la hermosa viñeta del camión. El comentario de Fernando puede ser leído en esta liga.

sábado, septiembre 19, 2026

Qué nos podemos esperar

 











No son raros los pleitos entre escritores. Aunque en general no se dispute nada, salvo quizá la posición del ego o a lo sumo unas cuantas monedas, nunca han faltado las pullas en el terreno de las letras. La bronca más famosa que registran los anales de la literatura en español fue la entablada tripartitamente por Quevedo, Góngora y Lope de Vega en el Siglo de Oro. Estos monstruos se tiraron tan duro que pasaron a la historia como maestros del insulto poético, aunque para entender hoy sus sablazos es necesario disponer de ediciones críticas preparadas por especialistas. Véase por ejemplo el arranque de este soneto de Quevedo a Góngora: “Yo te untaré mis obras con tocino / porque no me las muerdas, Gongorilla, / perro de los ingenios de Castilla, / docto en pullas, cual mozo de camino…”, donde la alusión al tocino buscó denigrar los presuntos orígenes judíos del poeta andaluz, dada la prohibición judaica a la ingesta de carne de cerdo. En otras palabras, le recordaba su condición de converso y le negaba la condición de “cristiano viejo”, todo con una sola palabra.

Nunca han faltado pues mandobles escritos entre la gente dedicada a las letras. Esto se ha dado en las grandes ligas y en las ligas pequeñas, y lo atribuyo a los celos o la envidia en un mundillo, el literario, donde la mayor parte de las veces lo único que se gana es prestigio o “trascendencia”, de allí que los encontronazos sólo se consumen en el espacio simbólico: hablar mal de un colega como medio para bajarlo de peldaños que en teoría no merece. La historia de la literatura está llena de estos casos e incluso hay libros que, entre anécdotas y pasajes biográficos, recogen los dardos tirados o recibidos por tal o cual escritor. Nadie se salva en este caso, el espacio literario es muy rijoso, inclinado al chismorreo y a la carnicería crítica, como por cierto lo mostró hace poco Javier Cercas en una columna titulada “Ruiz Zafón y el mundillo literario”. Pueden buscarla para observar lo que señala.

Durante la semana pensé en este tema porque estoy leyendo un libro que luego espero comentar. En uno de sus pasajes el autor habla de los corros europeos que en el siglo XIX servían a los escritores para desahogar sus tirrias. Luego me cayó, gracias al algoritmo que sabe mejor que yo todo lo que me interesa, un excelente video que cita frases de escritores contra escritores donde de manera sintética queda expuesta la malditez verbal a la que me he referido desde hace dos párrafos. No resisto la tentación de transcribir las frases que acumula, pues algunas son muy buenas, hayan sido ciertas o no. Las enumero tal y como aparecen en el videíto, casi como peleas de box:

Jorge Luis Borges contra Gabriel García Márquez: “Cien años de soledad es una gran novela, aunque creo que con cincuenta años hubiera sido suficiente”.

Roberto Bolaño contra Isabel Allende: “Me parece una mala escritora simple y llanamente, y llamarla escritora es un acto de generosidad. Su literatura es anémica, como muchos latinoamericanos… no va a vivir mucho tiempo”.

William Faulkner contra Ernest Hemingway. “Nunca a usado una palabra que pudiera mandar al lector al diccionario”.

Ernest Hemingway contra William Faulkner. “Pobre Faulkner. ¿Realmente cree que las grandes emociones provienen de las grandes palabras?”

Cyril Connolly contra George Orwell. “No podía soplarse la nariz sin tener que moralizar sobre la industria del pañuelo”.

Truman Capote contra Jack Kerouac. “Eso que él hace no es escribir, es teclear”.

Virginia Woolf contra James Joyce. “Ulises me parece un libro analfabeto, mal educado: el libro de un trabajador autodidacta, egoísta, insistente, crudo, sorprendente y finalmente nauseabundo”.

Evelyn Waugh contra Marcel Proust. “Estoy leyendo a Proust por primera vez y me sorprende descubrir que era un deficiente mental. Nadie me lo advirtió”.

Oscar Wilde contra George Bernard Shaw. “Es un hombre excelente: no tiene enemigos y ninguno de sus amigos lo quiere”.

Mark Twain contra Edgar Allan Poe y Jane Austen. “Para mí, la prosa de Edgar Allan Poe es ilegible, como la de Jane Austen. Bueno, no, hay una diferencia: podría leer la prosa de Poe si me pagaran, pero la de Jane no. Jane es completamente imposible. Es una verdadera lástima que le permitieran morir una muerte natural”.

Dos, me parece, son las ofensas más ingeniosas: la de Connolly y la de Wilde, y la más ruda y sin duda cruel es la de Twain contra Austen. En fin. La pregunta que me hago es simple: si estos tipos que son considerados genios y clásicos de la literatura se decían tales lindezas, ¿qué podemos esperar para nosotros? Supongo que nada, ni insultos, lo cual podría ser el peor insulto.

miércoles, septiembre 16, 2026

Vicente Alfonso, ciudadano distinguido








Tuve ayer el gusto de asistir a la entrega del reconocimiento Magdalena Mondragón para el escritor Vicente Alfonso (Torreón, 1977), esto en la ceremonia llamada “Ciudadanía Distinguida” que año tras año ofrece nuestro ayuntamiento para premiar a personalidades de la cultura, el deporte, la ciencia y la beneficencia. Que Vicente haya recibido el galardón que lo reconoce en el rubro artístico es hoy un acto de justicia y, desde hacía varios años, era asimismo un imperativo para nuestro municipio, pues se trata del escritor lagunero con más proyección no sólo nacional. Las traducciones de sus libros a lenguas como el alemán, griego e italiano, además de sus exitosas ediciones en español, confirman que se trata de un narrador de excepción, el más adelantado de los escritores nacidos a la vera del Nazas.

Novelista, cuentista, cronista y reseñista, Vicente ha trabajado una obra no sólo abundante, ya tan numerosa en páginas que es imposible no reconocer su disciplinado oficio. Pero más allá de la cantidad, la calidad de su obra ha persuadido a escritores como Federico Campbell, Vicente Leñero, Elena Poniatowska, Sergio Pitol e Ignacio Solares —por mencionar sólo a cinco entre muchos más— de que se trata de un autor que aduna inteligencia y sensibilidad. En efecto, este escritor de Torreón ha logrado en cerca de treinta años de trabajo ininterrumpido combinar el ejercicio literario, el periodístico y el docente, pues no son pocos los talleres y cursos que ha impartido y sigue impartiendo sin fatiga en universidades y espacios culturales de nuestro país. Para decirlo con un adjetivo socorrido en estos casos: es un escritor todoterreno.

No es difícil imaginar en qué se ha basado la cauda de méritos acumulados hasta hoy por Vicente, cuando está a punto de cumplir, el 3 de mayo de 2027, su primer medio siglo de vida. Creo que su cosecha de libros, lectores y reconocimientos se sostiene en un talento peculiar, sin duda, pero no exclusivamente. Además de su vocación, Vicente ha organizado sus días y sus años para no desviarse de un objetivo fijo: escribir siempre con la mayor exigencia. Para lograrlo, su caso es el caso de un volcamiento pleno a la literatura, a la investigación, a la curiosidad como cimientos que luego, al teclear, materializan el esfuerzo en libros muy bien nacidos.

Es rica la obra de Vicente Alfonso, y seguirá creciendo, pues es todavía joven y ya está más armado que “las mandíbulas de un tigre”, para decirlo con una imagen de Miguel Ángel Asturias. Reconocerla en su ciudad era una urgencia que la medalla Magdalena Mondragón ha comenzado a subsanar. Felicidades para él y para su familia.

sábado, septiembre 12, 2026

Dos formas de comunicar










Hace más de 25 años, para escribir un cuento finalmente publicado junto con otros en un libro, conviví de cerca con el último discurso de Salvador Allende. La idea de aquel relato fue emplear las asediadas palabras del presidente chileno para enfatizar su permanencia en la memoria del protagonista dentro de mi ficción, y modestia al margen creo que no quedó tan mal. No lo he releído en años (suelo no releerme para evitar sonrojos retrospectivos), pero sí he vuelto varias veces más al discurso de Allende, tanto que en varios pasajes puedo anticipar, pese a mi mala memoria, las palabras en el fluido oratorio.

El discurso no es un informe administrativo, sino una pieza retórica herida y serena en su trágica ilación. Mientras avanza el golpe de Estado que encabeza el general Pinochet, lo que incluyó el control de los medios que podían difundir la noticia, al presidente le queda la señal de Radio Magallanes para comunicarse con la población. Sabe que las horas de su gobierno y aún sus horas de vida están contadas. Los militares bombardean el palacio de la Moneda y no pararán hasta liquidar a su huésped principal y hacerse del poder. Así y todo, el mandatario echa a andar su último mensaje a la nación. Si bien menciona algunos nombres propios y observa situaciones de coyuntura política, las palabras del presidente fluyen en un registro literario, se podría decir que hasta poético. Creo que esta es la razón por la que han sobrevivido y son recordadas hasta ahora. Su fuerza está en que construyeron imágenes, en que expresaron una emoción espiritual con cadencia firme, sobria, ajena al exabrupto que, por otro lado y dada su situación, no hubiera sido ilegítimo, más porque habló sin guion. A lo más que llega es a adjetivar como “rastrero” a un general, y todas las demás palabras tienen el aseo de un hombre conteniendo la emoción violenta, dispuesto a morir serena y firmemente en la nobleza de sus ideales.

El pasaje más famoso del discurso entre sus muchos pasajes famosos es, a mi juicio, éste: “El pueblo debe defenderse, pero no sacrificarse. El pueblo no debe dejarse arrasar ni acribillar, pero tampoco puede humillarse. Trabajadores de mi Patria, tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo donde la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor. ¡Viva Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los trabajadores! Estas son mis últimas palabras y tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano, tengo la certeza de que, por lo menos, será una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición”.

Recordé el último discurso de Allende hace pocos días, cuando Milei visitó a Juan Antonio Kast y reivindicó, sin que el mandatario chileno hiciera gestos, la figura de Pinochet, es decir, su horripilante dictadura, valga el pleonasmo. Recordé también que hace varios años pensé en escribir un apunte donde compararía el mensaje de Allende con los mensajes de Pinochet a sus subordinados. El general sublevado era un sujeto pedestre, ambicioso, bruto, así que no resultaba posible esperar de él palabras ajenas a su esencia. No escribí nada aquella vez, sólo lo pensé. Ahora, a 53 años del golpe en Santiago, la visita de Milei a Chile me hizo ver un rasgo común presente en esos trogloditas: su vocabulario cuartelero, su bestialidad 24/7, y ahora sí decidí urdir el apunte, éste que vamos leyendo.

Casi a la misma hora —minutos más, minutos menos— en la que Allende habló a los chilenos que pudieron escucharlo, el general que lo traicionó ayudado por los gringos se comunicaba por radio interno con los militares subordinados a su mando. En diálogo con el almirante Patricio Carvajal, salta esta joya que lo pinta entero como sujeto pérfido (ambos se refieren a Allende):

“Carvajal: Ellos están ofreciendo parlamentar.

Pinochet: Rendición incondicional, nada de parlamentar. Rendición incondicional.

Carvajal: Muy bien, conforme. Rendición incondicional en que lo toma preso, ofreciéndole nada más que respetarle la vida, digamos.

Pinochet: La vida y su integridad física y en seguida se le va a despachar para otra parte.

Carvajal: Conforme, o sea que se mantiene el ofrecimiento de sacarlo del país.

Pinochet: Se mantiene el ofrecimiento de sacarlo del país... Y el avión se cae, viejo, cuando vaya volando.

Carvajal: Conforme (Risas)”.

Son más las grabaciones que existen de Pinochet durante la asonada del 11 de septiembre de 1973. En todas se muestra como lo que fue: un burro dando de patadas a la Constitución. Y no era por el calor de los acontecimientos, por la agitación que supone perpetrar un golpe de Estado en el papel de traidor. Pinochet era un sátrapa puro y de tiempo completo, como varias décadas después lo confirmarían hasta decir basta las grabaciones del general Gustavo Leigh, miembro de la Junta Militar que quiso convencer a Pinochet de aflojar un poco la fiereza de la represión. Por supuesto que no fue escuchado y durante muchos años continuó la masacre a la democracia chilena, además de la muerte o el exilio para muchos.

A ese tirano vulgar reivindicó el vulgar Milei frente a Kast. Todo queda en familia.

miércoles, septiembre 09, 2026

Sumar lecturas


 










En una entrevista ya no tan reciente le preguntaron a César Aira qué leía. No un libro específico, sino en general. Respondió que desde hace aproximadamente veinte años ya no lee novelas, sólo poesía. Esto me llevó a pensar una vez más en las peculiaridades de la vida literaria, en que cada escritor-lector va construyendo sus hábitos de una manera secreta e imprevisible, y muchas veces son las entrevistas el tirabuzón que jala hacia la superficie lo que cada autor tiene por cotidiano o preferido.

Eso de leer sólo un tipo de libros, sólo un género, jamás se me dio. Quizá es una deformación, una costumbre que dispersa y provoca la pérdida de foco, pero nomás no pude nunca con un solo tipo de libro. La lectura entonces se me disparó hacia muchos puntos, tantos que no es cómoda su clasificación. Se dio incluso un fenómeno muy curioso: en lugar de limitar uno o dos caminos a esta altura de la vida, cuando se supone que ya no hay tanto tiempo para perder, sumé una gran línea temática que denomino “del pensamiento”.

Por supuesto, seguí muy arbitrariamente con las novelas, los libros de cuento, la poesía, el ensayo literario, el periodismo y la historia, y en este menú sumé a sociólogos, antropólogos, politólogos, comunicólogos y en alguna medida filósofos, esto como resultado no tanto de una preocupación espontánea, nacida dentro de mí, sino por exigencia de la realidad exterior. Hasta hace quince años, por decir, yo estaba cómodo con mis libros, mis géneros y mis autores, y este gusto permanece vivo, pero algo pasó y sigue pasando.

Los vertiginosos cambios que trajo la comunicación digital, y hoy la revolución incierta de la IA, me han hecho manita de puerco para tratar de encontrar explicaciones a lo que considero en varios sentidos desastroso. No dejo de leer ficciones o poemas, eso está siempre a la mano, pero en alguna etapa me pareció insuficiente. Allí fue donde entraron los pensadores, esos analistas de la realidad que en muchos casos pueden ser densos e intragables, y en otros tantos verdaderas luminarias del análisis que necesitamos para tratar de asir una explicación en medio del caos que es nuestra época. Explicar, por ejemplo, que sea posible burlarse de la invalidez en las redes sociales, explicar que se crea en la teoría del derrame, explicar el auge de la meritocracia... No sé. Hay mucho, muchísimo que explicar en todos los rincones de la vida cotidiana, y la única forma de hacerlo, o al menos de intentarlo, es añadiendo lecturas, no restándolas.