sábado, mayo 09, 2026

En un lugar de la cancha: lectura y futbol












No sé si todas las personas que leen con asiduidad saben en qué momento y por qué adquirieron este hábito. Supongo que sí, pues creo que en general perciben la importancia de la lectura como acompañante de sus vidas, lo que obliga a pensar con frecuencia en las motivaciones remotas. En esto ayuda el hecho de que no es, como caminar, una práctica desarrollada en la inconsciencia de la primera infancia, sino el nacimiento de una habilidad que suele darse cuando ya podemos retener las vivencias con cierto grado de claridad, cuando sabemos hablar con cierta lógica. Me estoy refiriendo aquí a la lectura que va más allá de la alfebetidad, a la lectura como goce así sea incipiente. Creo que todos los que leen con regularidad y placer alcanzan a saber cuándo apareció el gusto, en qué momento tomaron un libro sin el forzamiento de la obligación escolar.

Sobre esto he pensado más de una vez porque me interesa como tema vinculado a mi experiencia y porque no ha faltado oportunidad para que me lo pregunten. Mi respuesta tiene la claridad que puede tener un recuerdo con medio siglo de edad. Es algo vago ese recuerdo, pero no lo suficiente como para impedirme una explicación satisfactoria al menos para mí: yo leo con asiduidad —diría que con pasión y placer si no sonara pedante— desde que tenía cerca de diez años, hace 52. Antes de 1974, por supuesto que ya leía los libros de texto de la SEP y el periódico La Opinión que a diario compraba doña Catalina, mi madre. Quiero pensar que consumía aquellos papeles en los ratos libres, los ratos que sobraban al juego vespertino con mis hermanos y los amigos de la cuadra. Nunca fui un buen estudiante, así que me asomaba con desdén a los libros de texto. Esto creo, pues mis notas jamás delataron a un alumno con aspiraciones altas. Con el diario tuve una relación buena, me gustaba hojearlo, disfrutar sobre todo con la sonoridad de los topónimos y la onomástica remota. Pero no entendía las noticias ni los artículos, así que debía contentarme con una lectura superficial.

En un cuento mío de 2023, reciente, un personaje ficticio desempeña algunas funciones de alter ego y dice lo siguiente (hagan de cuenta que allí usé lo que acabo de explicar a propósito de mi lectura periodística):

En 1973 yo tenía nueve años y en la casa de mi familia sólo disponíamos de dos posibilidades para leer: los libros de texto gratuitos y La Opinión, uno de los periódicos de La Laguna. Fue en las páginas del diario donde comencé a leer en serio, aunque sin procesar bien lo leído, textos que estaban más allá de lo que encomendaban en la escuela. No recuerdo con precisión ninguna nota, sólo el hecho de pasar la vista sobre el diario y encontrar información que por entonces sólo eran palabras, nombres propios de lugares y personas: Luis Echeverría, Vietnam, Richard Nixon, Madrid, Francisco Franco, Tel Aviv, Moshe Dayan, Juan Domingo Perón, Buenos Aires, Augusto Pinochet, Palestina, Yasser Arafat, Fidel Castro, La Habana, Paulo VI, Ciudad del Vaticano, Moscú, Leonid Brézhnev… Para mí no había ninguna posibilidad de saber entonces que esos nombres representaban ideas, y que esas ideas tenían orientaciones encontradas, que en el mundo había noticias de conflictos debido al choque de las ideologías que abrazaba cada uno de aquellos personajes…

Más o menos así me relacionaba con el diario a mis diez años. Luego ocurrió un hecho que también he contado alguna vez. Como a los once años descubrí el futbol. Uso el verbo descubrir porque hasta entonces el ambiente deportivo de mi casa se relacionaba con la pasión de mi padre, el beisbol. En uno de sus partidos dominicales celebrado en los campos de Jabonoso, un ejido de Gómez Palacio, yo tenía quizá once años cuando me alejé del partido de mi padre y caminé a los campos de futbol. Todo era un llano en llamas, no había separación física entre los campos de fut y de beis, así que fui a ver el futbol. Jugaban dos equipos llaneros de jóvenes como de veinte años, y cuando desde la línea lateral vi el desarrollo del partido no entendí muy bien las reglas, pero me gustó. Al llegar a casa aquel domingo en la tarde sentí el impulso de patear algún balón, lo que ocurrió cuando comencé a jugar en los recreos de la escuela primaria federal Presidente López Mateos de Santa Rosa y en las tardes de mi barrio gomezpalatino. El gusto de jugar futbol fue intenso, me hizo muy feliz durante la adolescencia.

Lo extraño ocurrió casi simultáneamente: al gusto de jugar futbol y de leer el diario sin entender el sentido de las notas, sólo por la maravillosa sonoridad de las palabras, añadí la compra de revistas de futbol. También sobre esto he escrito dos o tres veces, una de ellas inédita, pues viene en un librito que aparecerá dentro de dos semanas: Amar a Maradona. Allí, en el primer párrafo del prólogo, comparto esto:

El primer Mundial que vi completo fue el celebrado en Argentina. Tenía 14 años y atravesaba una etapa de enamoramiento futbolero rayano en lo patológico. A la práctica diaria y callejera del futbol sumaba un par de hábitos que después no me abandonarían: ver en la tele dos o tres partidos todos los fines de semana y comprar cinco revistas de futbol con disciplina de académico. Por aquellos meses se había dado el brinco familiar de Gómez Palacio a Torreón, y poco a poco la atracción de la calle me alejó de las sobredosis televisivas y de la frenética compra de revistas, dado que los imperativos de la vagancia consumían los escasos recursos disponibles, incluido el tiempo libre para ver la tele. El virus cedió un poco, pero no se fue, nunca se fue, pues todavía veo en la pantalla algún partido por semana para recuperar un cacho ilusorio de la infancia, y eso de leer no se diga, creció y se orientó hacia mejor vertiente: ya en otros lugares he explicado que ante la falta de biblioteca en casa, las revistas de futbol fueron sin premeditarlo la herramienta que me impuso el gusto de la lectura y de los libros. Así de anómalo fue mi nacimiento a las letras. Los caminos de la literatura son inescrutables.

Ya había adelantado una explicación similar en el libro Invítame a leer. Conversaciones con gente de libros (SEC, 2019), de Gerardo Segura. En tales páginas comenté con mayor amplitud lo que aquí observo:

Cuando llegué a la secundaria ocurrieron dos hechos importantes: por un lado, descubrí la práctica del futbol y, por el otro, mi madre compró unas enciclopedias, lo que en aquella época (1978) era como conectarse a internet. Apasionarme por el futbol como deporte, jugarlo bien y sin descanso, tuvo una extraña derivación “intelectual”, por llamarla de algún modo: me convertí en comprador, lector y coleccionista contumaz de revistas futboleras. Cada semana ahorraba la cantidad necesaria para comprar cinco publicaciones, es decir, todo lo que llegaba a La Laguna sobre ese tema: las revistas Pénalty, Balón y Sólo Futbol, y las historietas Borjita y Chivas Chivas Ra Ra Ra. Gracias sobre todo a las revistas, y a falta de Ilíadas y Odiseas, accedí a entrevistas, reportajes y columnas en los que fui haciéndome una idea del mundo y de la vida a partir del futbol. En aquel tiempo no sólo La Laguna, toda la provincia era más provinciana y se soñaba poco con lo que estaba fuera de nuestro entorno. Las entrevistas a los jugadores me remontaban a geografías distantes, a topónimos y nombres de equipos y jugadores que conllevaban una sonoridad peculiar: Botafogo, San Lorenzo de Almagro, Amaury Epaminondas, Juan Carlos Czentoriky, Belarmino de Almeida, Colo Colo, Rafael Albrecht, Jan Gomola, Carlos Jara Saguier… algo raro había en esas palabras, lo que me hacía pensar en lejanías, en la heroicidad de viajar, en la vaga sensación de que el mundo era mucho más grande de lo que yo imaginaba. Mi vida, entonces, era ir a la escuela, leer revistas de pe a pa y jugar futbol en la calle todos los días. Eso fue, sospecho, lo primero que leí con pasión y disciplina, pero no me duraría mucho tiempo, pues llegaron las enciclopedias y con ellas unos libros de regalo, como un pilón. Las enciclopedias sirvieron en casa para las tareas de mis hermanos y las mías, pero yo aproveché más un libro extra, de los de regalo, al que considero muy importante en mi vida, acaso el primero que logró cautivarme.

El acontecimiento cultural más importante de mi vida, leer asiduamente, se lo debo pues al futbol, aunque parezca increíble. Supongo que es al menos mínimamente raro que de jugar futbol se pase a leer futbol con voracidad y de allí, sin solución de continuidad, haya pasado a la lectura literaria, a la lectura de libros “serios”. Esto me lleva a pensar en los orígenes de un lector. ¿Todos debemos comenzar por los clásicos infantiles y de ahí pasar a los clásicos adultos? ¿El fracaso está garantizado si no se comienza por la Ilíada o el Quijote? Obviamente no, y modestia al margen creo que soy un buen ejemplo de que el comienzo importa sólo como comienzo, para agarrar el gusto, para cimentar la asiduidad que después pueda ser canalizada hacia obras de mayor calado.

La formación de un lector es misteriosa. En el proceso hay, supongo, una cierta predisposición natural, que en mi caso fue el asombro ante el sonido de las palabras dichas y la contextura de las palabras escritas. Antes de comprender su sentido, las palabras ya me habían hechizado, no sé por qué. Lo que vino después fue, diría Bourdieu, el habitus que tuve a mi alcance: una familia que tenía periódico todos los días, una escolaridad estándar en escuela pública sobrepoblada, un deporte popular a la mano y revistas baratas de futbol para cobrar impulso como lector. Luego vinieron los primeros libros casuales, el acceso a la universidad, los amigos con más lecturas y el orgullo íntimo de ser un poquito distinto, vaya modesto logro, por leer libros.

En suma, nadie elige sus primeras lecturas fervorosas. En mi casa infantil no había biblioteca, a mí me tocó combinar la práctica del futbol con la lectura de revistas de futbol, y es por ello que tengo gratitud por este deporte que luego sin querer me condujo hacia los libros. Esto quiere decir que no me asusto cuando un joven comienza leyendo mucho de lo que sea, generalmente mugre. Lo importante es que el impulso inicial luego tome un camino más exigente, que no se quede atorado, por ejemplo, en la autoayuda o los zombis. Esto de leer con fruición es un tanto azaroso, pero si lo miramos bien, todo en la vida es así.

Comarca Lagunera, 8, mayo, 2026

Nota 1. En la imagen que encabeza este post aparece Miguel Marín, portero de Cruz Azul en la década de los setenta. Fue mi ídolo futbolístico de la niñez, aunque nunca jugué en el arco. Si no recuerdo mal, la foto me la regaló José Manuel González Souza, compañero de la prepa, más o menos en 1980. Desde entonces la conservo. Es una foto periodística original, impresa en papel fotográfico. En el envés aparece impresa, con sello de goma, la leyenda “Foto Hermanos Mayo. 1974”. Mi amigo Souza es pariente de la familia Mayo, y con alguno de sus miembros consiguió esta excelente postal que después puso en mis cruzazulinas manos.

Nota 2. Texto parcialmente leído como base de una charla ofrecida en la Feria del Libro de Coahuila-Torreón. Su título fue “En un lugar de la cancha: lectura y futbol”. Se celebró el 9 de mayo de 2026 en el Centro de Convenciones de Torreón, sede de la Feria.

miércoles, mayo 06, 2026

Cómo comprar un libro

 







Por supuesto que el título de manual que exhibe esta entrega es sólo un gancho, el gancho habitual de lo que quiere ser leído. Nadie sabe con exactitud cómo comprar un libro literario, aunque es evidente que un lector más o menos entrenado no se guía sólo por las conversaciones de sobremesa para interesarse en un volumen y luego ir a comprarlo. Un lector ya no digamos experto, pero sí cuidadoso de sus adquisiciones, toma en cuenta elementos que en general no son atendidos por el lector esporádico o meramente ocasional, aquel que compra un libro cada que ocurre el milagro de que lo seduzcan con algún detalle digno de su más recóndito interés. Digamos que aquí, en estos renglones, no voy a pensar en ese lector complicadísimo, sino en alguien que no es voraz de libros pero sí siente el apetito de comprar y leer con alguna voluntad de esas que se apagan y de repente se reencienden, como la voluntad de las dietas.

El lector más o menos suspicaz en el que estoy pensando, un lector que cuida sus pesos pero no al grado de incurrir en la cicatería, toma en consideración, primero, el aspecto del libro, la editorial que lo produjo. Digo esto para advertir sobre todo que los libros de autores extranjeros clásicos (digamos Shakespeare) se nos aparecen con innumerables sellos editoriales. No todos son lo mismo. De preferencia, por ejemplo, debemos considerar que sea una buena traducción y que tenga algún mínimo aparato crítico, como introducción y notas. En español, un caso de buenas ediciones de clásicos lo hallamos en los libros de Cátedra, pero hay muchos, aunque menos que ediciones chafas.

Siempre al comprar un libro es recomendable leer los paratextos: título, autor, texto de contratapa, solapa, prólogo... Todos estos ingredientes añaden algo, así sea poco, a la valoración del libro antes de comprarlo. Un método muy útil para tener mejor idea sobre el libro y el autor es rascar un poco al internet. No falta, cuando el escritor tiene un mínimo camino recorrido, que encontremos opiniones, reseñas. A veces no son muy favorables, y eso puede desalentar la compra, pero esto no debe ocurrir necesariamente así. Luego de indagar lo que ya dije, tanto en la búsqueda presencial como en la pesquisa en línea es pertinente leer un poco. Mi método fuerza explorar algunos párrafos del principio y, si se puede, unos cuantos aleatorios más. Si en la librería el libro tiene celofán, hay que solicitar quitárselo. Este es un derecho del lector antes de hacer su compra. En las ventas en línea las editoriales suelen darnos un adelanto de páginas muy útil. Lo que sigue para tomar la decisión de compra queda aquí en último lugar, aunque en realidad puede ser lo más importante: el precio. Esto merece otras consideraciones que por ahora no hago para no agüitarlos.

lunes, mayo 04, 2026

Ciclo sobre futbol

 












El miércoles 13 de mayo estaré en Monterrey para participar en la segunda mesa de este ciclo. Me dará mucho gusto conocer a y dialogar con Víctor Barrera, a quien he leído y admiro por la pasión con la cual ha tratado un tema que también me apasiona: Alfonso Reyes. En fin: será un gusto ver de nuevo el Cerro de la Silla y conversar en el Museo de Historia Mexicana.

Muchas gracias a Gabriel Contreras por el contacto y la invitación. En esta liga pueden encontrar más datos sobre el ciclo.

sábado, mayo 02, 2026

Norbert Elías y la vejez actual

 







He infligido una segunda lectura a La soledad de los moribundos (FCE, México, 2018, 139 pp.) y sigo creyendo que se trata de una reflexión muy interesante para pensar en un fenómeno que comenzó a definir su rostro actual en los ochenta, casi cuando se dio la primera edición de esta obra (1982). Tal fenómeno es la defensa de la juventud o de la apariencia de la juventud y el rechazo a su envés: el aspecto de envejecimiento y lo que supone ser en verdad viejo. El autor del breve libro es Norbert Elias (Breslavia, Imperio Alemán, 1897-Amsterdam, Países Bajos, 1990), sociólogo de quien el Fondo en México ha publicado al menos dos libros individuales más: El proceso de la civilización y La sociedad cortesana.

Luego de aquel primer acercamiento, sancoché rápido un comentario para la columna. La reseña, forzosamente sucinta por el espacio disponible del diario, me dejó la sensación de que el libro de Elias requería mayor abundamiento, pues anunció con transparencia lo que sobrevino poco después, como ya señalé: el fenómeno que dio como resultado un sujeto social hasta ahora desconocido al que de modo popular aquí conocemos como “chavorruco” (llamado así por los mexicanismos “chavo”, joven, y “ruco”, viejo). El trabajo del sociólogo explora el pasado en la percepción de la muerte y percibe y destaca los cambios que al cierre del siglo XX se perfilan en la mirada social de la gente en cuanto a la finitud y su preámbulo, la vejez. Logra detectar el rasgo más saliente del momento que vivimos: la urgencia y hasta la desesperación por blindar el presente ante los estropicios del tiempo, una actitud casi paranoica que hoy se manifiesta incluso a muy temprana edad, en jóvenes de treinta años o poco más que a esa edad comienzan a sentirse acosados por el desgaste físico y obran, no sin estrés, en consecuencia con impertinentes dosis de bótox.

Por supuesto que no es objeto de este apunte dar idea cabal de las observaciones de Elias en La soledad de los moribundos, sino sólo proponerlo como dinamo de nuestra propia reflexión sobre la vejez y la muerte que nos atañe en tanto seres conscientes de nuestra circunstancia. El prólogo de Fernández Christlieb resume en un párrafo las ideas fuerza en la reflexión del autor, las respuestas que el ser humano ha interpuesto para “defenderse” de la muerte: “Hay cuatro posibilidades según Elias: usar la forma más antigua que es pensar que existe una vida posterior; reprimir la idea de la muerte; pensar que otros mueren pero uno no y una última, que el autor puso en práctica los últimos cuarenta años de su vida: mirar de frente a la muerte”. El sociólogo escribió el libro cuando tenía 85 años, sabía que su tiempo se agotaba y compartió su reflexión sobre la vejez y la muerte en las sociedades antiguas y la actualidad: “Refiere que entre los caballeros del siglo XIII un hombre de cuarenta años era casi un anciano, mientras que en las actuales sociedades industriales esa persona sería un joven”.

En efecto, Elias destaca que por el tamaño de las sociedades pretéritas la gente vivía apiñada en colectividades como tribus, clanes y pequeños conglomerados de diverso tipo, lo que aseguraba la visibilidad de la muerte para todos, incluso los niños. Agonizar y morir podían ser procesos dolorosos y poco o nada salubres, pero en general la vida acababa para el moribundo rodeado por los suyos. Esto cambió con el paso de los siglos, según Elias: “Con el desplazamiento hacia las ciudades y la institucionalización de la salud los viejos adquieren protección estatal pero pierden calidez en la convivencia. Si llegan a asilos o permanecen en sus casas viven una exclusión de la vida normal, se les aísla del resto de la sociedad. Es justamente el aislamiento emocional una de las principales características del proceso de envejecimiento en las sociedades avanzadas”.

Otro rasgo de las sociedades antiguas era la posibilidad siempre cierta de que aflorara la violencia en cualquier momento y lugar. Hoy suponemos que nuestra muerte se dará en un lecho, de manera natural. En otros momentos de la historia, la fuerza física y las diferencias de edad, religión, raza, sexo provocaban que la muerte ocurriera en cualquier momento. En las sociedades más desarrolladas ha sido mitigado, pero no desterrado, el miedo a morir abruptamente, de ahí que siga vivo el apego a una idea de trascendencia: “Es evidente que no existe idea alguna, por extraña que parezca, en la que los hombres no estén dispuestos a creer con profunda devoción, con tal de que les proporcione alivio ante el conocimiento de que un día ya no existirán, con tal de que les ofrezca la esperanza en una forma de eternidad para su existencia”.

Casi no pensamos en el pasado como un tiempo ciertamente atroz. El avance civilizatorio, observa Elias, no ha echado por tierra el vandalismo o acabado con lastres como las epidemias, pero el grado de desarrollo alcanzado en estos dos aspectos es innegable. Por un lado, se ha conseguido la “monopolización relativamente eficaz de la violencia física”, que castiga el comportamiento destructivo, y, por otro, la ciencia ha dado pasos extraordinarios que aseguran una extensión promedio de la vida más allá de lo que imaginaron otras generaciones. Esto lleva al autor a asegurar que “En los Estados nacionales más desarrollados, la seguridad de las personas, su protección frente a los más rudos golpes del destino como la enfermedad y la muerte súbita, es considerablemente mayor que en épocas anteriores, quizá mayor que en toda la historia de la humanidad”.

Elias subraya que a la par de lo anterior, y motorizado desde el individualismo Renacentista, se ha dado una especie de paulatina secularización de la vida cotidiana que tiende al laicismo y a difuminar, sin anularla del todo, la idea de trascendencia o inmortalidad. El tiempo terrenal, poco a poco, ocupa mayor interés en la vida humana, y la garantía de seguridad social y salud apalancada en la ciencia han propiciado una especie de evasión. Los moribundos, léase los viejos, han pasado a colocarse tras un muro, pues son un recordatorio ingrato para quienes todavía están vivos: “Nunca antes, en toda la historia de la humanidad, se hizo desaparecer a los moribundos de modo tan higiénico de la vista de los vivientes, para esconderlos tras las bambalinas de la vida social; jamás anteriormente se transportaron los cadáveres humanos, sin olores y con tal perfección técnica, desde la habitación mortuoria hasta la tumba”.

Individualismo, secularización, monopolio de la violencia, participación del Estado, evolución de la ciencia y obsesión hedónica han sido la mezcla de elementos que marginan al viejo reacio a participar en lo lucha por no parecerlo. El afán impuesto hoy, razón de fondo que ha propiciado la propagación de los chavorrucos, es la defensa de la juventud como valor irrenunciable: “La idea de la implacabilidad de los procesos naturales se suaviza con el conocimiento de que también son controlables. Hoy más que nunca puede esperarse aplazar la propia muerte gracias al arte de los médicos, a la dieta y a los medicamentos. (…) En ningún momento anterior de la historia de la humanidad se ha hablado tanto, a todo lo ancho de la sociedad, de métodos más o menos científicos para prolongar la vida”.

El estrés que ahora provoca envejecer, el esfuerzo por mantener una apariencia lozana a cualquier precio y la lucha despiadada contra la decadencia propia que crea pánico, en cierto punto deben tener fin. ¿Habrá valido la pena ese combate contra la naturaleza? Cada quien debe apropiarse una respuesta. Obviamente, y esto lo comento de pasada como tema que merece exploración aparte, el fomento de la juventud a rajatabla es, como casi todo, un negocio, un gran negocio, y no es casual que la multiplicación de los chavorrucos se haya dado a la par del proceso económico neoliberal, que todo lo convierte en consumo. La vejez actual tiene, por ello, dos filos: uno benéfico (se extiende la vida, se mejora la salud en la edad avanzada) y otro traumático (por más que nos opongamos con estrés y gastos, el final llegará).

La soledad de los moribundos termina con palabras que sin duda pueden servirnos para estar preparados, tengamos o no espíritu de chavorrucos: “No abre ninguna puerta [se refiere a la muerte]. Es el final de un ser humano. Lo que sobrevive de él es lo que ha conseguido dar de sí a los demás, lo que de él se guarda en la memoria de los otros. El ethos del homo clausus, del hombre que se siente solo, tocará pronto a su fin cuando deje de reprimirse la muerte, cuando se incluya este hecho en la imagen del hombre como una parte integrante de la vida”.

Cómo último comentario, recuerdo que hace dos años tuve noticia del libro Un instante eterno. Filosofía de la longevidad (Siruela, 2021, Madrid, 202 pp.), del filósofo francés Pascal Bruckner (París, 1948). A mi juicio es también un gran documento, dado que dialoga con el libro de Elias al actualizar la mirada sobre la vejez que nos atañe directamente, pues es un libro escrito y publicado casi ayer, en esta era de jeans rotos, tenis blancos y gimnasios abarrotados de clientela convencida de su lucha contra los estragos del reloj y los malos hábitos que abrevian el disfrute de la única vida que tenemos.

Sólo para sacar tentación, cito uno de sus párrafos de arranque: “Qué contraste con nuestros tiempos, cuando cualquier adulto trata de forma desesperada de mostrar los signos externos de la juventud, practica la confusión de disfraces, lleva el pelo largo o vaqueros; cuando las propias madres se visten como sus hijas para anular cualquier brecha entre ellas. En el pasado, la gente vivía la vida de sus antepasados, de generación en generación. Ahora los progenitores quieren vivir la vida de sus descendientes”.

Cada quien, en suma, sabrá cómo encara su vejez, si lo hará ceñido a la propuesta radicalizada del mercado que modela comportamientos de consumo o cuidará su salud con la prudencia necesaria y sin renunciar del todo a una vejez que parezca eso: la etapa en la que ya estará cerca el fin, el inevitable cierre de todo lo que fuimos.

Nota. Versión abreviada de la conferencia ofrecida el 30 de abril de 2026 en La Tinta Cafebrería.

miércoles, abril 29, 2026

Elogio de lo invisible


 











Alguna vez dediqué un pequeño libro a la comida lagunera. Corrió con buena suerte, tuvo un par de tirajes así fuera de pocos ejemplares cada uno y el volumen anda por allí, seguramente, en entrepaños de la región y quizá también de otros rumbos. Lo que hice en aquellas páginas fue homenajear veinte platillos de la gastronomía local en tanto preparaciones combinadas de ingredientes. No recuerdo si dije que la idea nació de la gratitud. Sentía tanto agradecimiento a las gorditas, a nuestras hamburguesas de carrito o a ciertos tacos del terruño que quise expresarlo de alguna forma, y así lo hice. Tenía de lejos un modelo literario: Neruda y sus Odas elementales. De entrada, el título de mi librito incurrió en la misma simetría de dos palabras con aire de oxímoron: Callejero gourmet.

Aquel libro tiene una segunda parte todavía no realizada y tal vez así se quede, como libro que nunca existirá: escribir sobre ciertos ingredientes mágicos, como el maíz, el frijol, el cilantro, el chile, el ajo, el cacahuate, obviamente la sal…, todos sin combinar. Este nace del asombro: en su humildad, pues la mayoría son relativamente baratos y abundantes, tienen un sabor tan definido y enriquecedor, tan digno de elogio, que fácilmente admiten unas cuantas “odas elementales”.

Digo lo precedente porque hace poco vi el video en el que Borges, mi querido y a veces maldosamente excesivo Borges, le propina un coscorrón a Neruda en una de las brillantes entrevistas que concedió a Antonio Carrizo. De Neruda dice que tiene poemas horribles, como uno que le dedicó a la cebolla. Creo que en ese momento pensaba en la “Oda a la cebolla”, que aparece en la primera tanda (de tres que armó) más o menos con el mismo título: Odas elementales (Losada, Buenos Aires, 1958).

Pese al dictamen de Borges, a mí me agradan esas “odas”. Entrecomillo el molde poético para destacar la paradoja. ¿Puede algo simple, “elemental”, admitir la composición de una “oda”? Lo que el premio Nobel chileno quiso expresar con tal unión de palabras es genial: hasta lo simple, hasta lo primario, es asunto del poeta. Nada le es ajeno, ni la cebolla, “redonda rosa de agua”, “Estrella de los pobres” “más hermosa que un ave”. Estos piropos a la cebolla de todos los días son merecidos. No veo por qué no escribirlos.

sábado, abril 25, 2026

Uruguay es tan mucho

 








Estas palabras tendrán algún sabor a crónica. Crónica a destiempo, no importa, porque lo fundamental no es seguir una ceñida línea cronológica, sino expresar una emoción verdadera, la que contaré a partir de este punto y seguido. Durante muchos años, tal vez treinta, abracé la esperanza de no irme (de la vida, quiero decir) sin conocer Montevideo. Pude lograrlo durante casi una semana en los primeros días de mayo de 2024, hace dos años. Con Maribel tomé el ferry de la compañía Colonia Express desde Buenos Aires hasta Colonia del Sacramento, al otro lado del Río de la Plata. Temprano el 2 de mayo ambos estábamos en el Uruguay. Una hora duró el cruce.

En Colonia pasamos un solo día, y al siguiente, el 3, tomamos un camión rumbo a Montevideo, la capital. Este viaje duró tres horas algo grises y lluviosas por momentos, pero no lo suficiente como para no notar el verdor del sur charrúa. Llegamos a la capital a mediodía y desde la terminal Tres Cruces un taxi nos movió hacia el Palacio Salvo, edificio insignia ubicado al lado de la plaza principal. Allí nos hospedamos, en aquel inmueble recurrente en la iconografía turística montevideana.

Yo me mantenía contenidamente emocionado porque al fin estaba en una ciudad anhelada. Hacía frío, permanecía nublado mucho tiempo, y las lluvias eran intermitentes y por ello sorpresivas. No dejé que el clima borroneara mi buen ánimo, pues de hecho era lo que esperaba del mundo onettiano: una ciudad algo brumosa, algo existencialista.

Semanas antes, cuando aseguré en el itinerario la recorrida por el Uruguay, me mantuve cerca de los personajes que me alentaban a viajar: eran varios artistas, pero sobre todo dos: Alfredo Zitarrosa y Mario Benedetti. Ya sé que para algunos quizá demasiados jóvenes no dicen nada hoy, y que el hecho de que hayan sido de izquierda es casi aberrante para muchos, pero para mí resulta lo contrario: quería pisar una calle montevideana sólo para poder decirme, como aquí, en estos renglones, que alguna vez fui al lugar donde nacieron, y celebrar sus vidas.

Había tiempo para toparme con lo requerido luego de hacer un poco de turismo fotográfico por la llamada “Ciudad Vieja”. En la cabeza me rondaba todo el tiempo el poema “Es tan poco” de Benedetti, pero en la versión cantada por Zitarrosa. En esta pieza los condensaba, los reunía, y era grato saber que las largas conversaciones con Maribel servían para tratar de abolir lo que sugiere ese poema: que podemos convivir con una persona, pero sin que ninguno conozca al otro verdaderamente.

Así, con la canción en la cabeza, esperaba encontrar lo que hallé en un paseo: un vendedor de libros viejos de la peatonal Sarandí tenía un libro de 1979 titulado Alfredo Zitarrosa y sus canciones en una edición asombrosamente mexicana preparada por el poeta argentino Saúl Ibargoyen. Lo compré. Tiene varias partituras para mí ilegibles, pues a duras penas leo palabras, no música. El documento me servía para lo que quería que me sirviera: como fetiche o evidencia de mi turismo bibliográfico. Ya con el libro en la maleta, otro día prosiguieron las caminatas. Vi en el plano de Google Maps que no quedaba lejos la Fundación Alfredo Zitarrosa. Fui a pie y estaba cerrada. Sólo me quedó el registro de una foto en su exterior.

La canción “Es tan poco” siguió zumbando en mi cabeza. Pensaba encontrar un libro de Benedetti, de preferencia usado, con cualquier librero de la calle, no porque no tuviera mucha obra de él en La Laguna, sino para llevarme algo comprado allá. El 5 de mayo tuve suerte. Nos vimos con mi amigo Martín Palacio Gamboa, escritor, cantante y profesor, en el café Lo de Molina ubicado en la calle Tristán Narvaja, espacio de la ciudad donde los domingos hay una especie de tianguis. Al terminar la conversación con Martín, Maribel y yo erramos un poco por el mercadito y encontré Preguntas al azar, de Benedetti, en edición de 1989. La bibliografía fetiche había sido completada.

Lo que ocurrió durante la última tarde montevideana tuvo algo de mágico, aunque no creo en eso. Ya dije que me seguía como sombra “Es tan poco” en la voz de Zitarrosa. Un poco apuradamente (ya era tarde) el último día salí solo a la Fundación, y nuevamente estaba cerrada. En el regreso, vi a otro vendedor callejero de libros. Tenía un montón revuelto y estaba a punto de guardar su mercancía. Eché un vistazo y localicé El amor, las mujeres y la vida, título de Benedetti que parafrasea uno de Schopenhauer. Le di una rápida hojeada/ojeada y en una de sus páginas estaba “Es tan poco”, el poema que me rondó durante todo el viaje. Por supuesto compré el libro.

Sobre el poema digo nomás que es sencillo y de verso corto, por eso se acomoda relativamente fácil a la melancólica versión cantada. La metáfora que rige toda la pieza piensa en la pareja como en un par de casas: lo que conocemos del otro es la fachada, el mero afuera, pero nunca o casi nunca nos atrevemos a timbrar para entrar a conocer bien el interior.

Dejó en esta liga la pieza cantada y aquí el poema:

Lo que conoces
es tan poco
lo que conoces
de mí
lo que conoces
son mis nubes
son mis silencios
son mis gestos
lo que conoces
de mí
lo que conoces
es la tristeza
de mi casa vista de afuera
son los postigos de mi tristeza
el llamador de mi tristeza.

Pero no sabes
nada
a lo sumo
piensas a veces
que es tan poco
lo que conozco
lo que conozco
de ti
lo que conozco
sea tus nubes
o tus silencios
o tus gestos
lo que conozco
es la tristeza
de tu casa vista de afuera
son los postigos de tu tristeza
el llamador de tu tristeza.
Pero no llamas.
Pero no llamo.

jueves, abril 23, 2026

Nuestra presidenta opina sobre el himno del IMSS


 











En otros otras oportunidades he explicado cómo y por qué escribí la letra del himno del Instituto Mexicano del Seguro Social, en uno de cuyos hospitales nací en mayo del 1964. Desde el 2000, cuando la letra ganó el premio nacional convocado por el IMSS, la pequeña pieza literaria (tres estrofas y un coro) me ha traído satisfacciones frecuentes y sorpresivas, como ésta en la que Claudia Sheinbaum, presidenta de México, hace un comentario y lee los primeros cuatro versos. Me llegaron dos versiones del mensaje: se pueden ver en esta liga y en esta otra. También, comparto de nuevo la más reciente grabación del himno celebrada en el Palacio de Bellas Artes el 13 de mayo de 2024. No se me pasa recordar que la música fue compuesta por mi amigo Ricardo Serna.

miércoles, abril 22, 2026

El gran estadio Azteca








El 28 de marzo pasado la selección mexicana jugó un partido amistoso contra la de Portugal. Este choque fue organizado para reinaugurar el estadio Azteca luego de varios meses dedicados al remozamiento del inmueble. El duelo de selecciones quedó empatado sin goles, de modo que los 85 mil espectadores que concurrieron no dejaron de saludar el pobre espectáculo con abucheos lanzados desde sus onerosas butacas. Más allá de lo estrictamente deportivo (que pese a la ausencia de goles reveló la superioridad de los lusitanos), fue otro detalle lo que atrajo mi atención desde el arranque del encuentro.

Al sacrificio inevitable que significa escuchar la crónica de los locutores que narran y comentan nuestro futbol, tipos cada vez más estridentes y payasescos, se sumó una tortura inesperada: cada diez segundos, seguramente por consigna de sus patrones, el locutor y los comentaristas decían “estadio Banorte”. La idea era obvia: remarcar a los televidentes que el México-Portugal ya no se estaba jugando en el estadio Azteca, sino en el “estadio Banorte”. Armado con mi más espontáneo malestar, compartí de inmediato y donde pude estas palabras y otras similares, pues la verdad sentí rabia: “Perdón por la nimiedad. Esta es la única vez que llamaré estadio ‘Banorte’ al estadio Azteca. Para mí el estado Azteca se llama estadio Azteca. Dicho lo anterior, en unos minutos México jugará un amistoso contra Portugal en el estadio Azteca”. Creo que no pude ser más claro.

Lo que motivó mi malestar tiene que ver con el peso simbólico de las palabras. Para los mercenarios, por supuesto, las palabras no significan gran cosa, por eso ofrecieron al mejor postor el poderoso y significativo nombre del más importante estadio mexicano, esto sin considerar su peso simbólico, su valor histórico y el grado de lexicalización que ya le había dado el uso popular durante sesenta años, desde su inauguración, el 29 de mayo de 1966, hasta hoy. Por una millonada, le cercenaron una palabra hermosa para injertarle otra tristemente comercial.

No me pasa lo mismo con otros estadios de reciente construcción con nombres comerciales (Banorte pudo hacer lo mismo). Ellos harán su historia así, con nombres de marcas, pero el Azteca es el Azteca, y este nombre no se puede mutilar como si seis décadas de historia no pesaran. Imaginemos: ¿Pelé fue campeón del mundo en el estadio Banorte? ¿Cruz Azul fue tricampeón jugando en el estadio Banorte? ¿El estadio Banorte fue testigo del gol del siglo anotado por Maradona? Esto es grosero. Por ello para mí el estadio Azteca seguirá siendo siempre, sin ninguna vacilación, el gran estadio Azteca concebido por la maestría del arquitecto Pedro Ramírez Vázquez.

Un pilón. Este caso me recordó lo sucedido alguna vez con la palabra “chicle” en la publicidad. A algún experto en anuncios quizá le pareció feo el hermoso nahuatlismo “chicle”, y en los mensajes comerciales empezaron a decir “goma de mascar”. Por suerte el calco del inglés no prosperó, la palabra mexica se impuso y para nosotros el chicle siguió siendo “chicle”. Ojalá que esto mismo pase con la poderosa palabra “Azteca” en el nombre del más importante estadio mexicano, el estadio Azteca, “El coloso de Santa Úrsula”, como lo apodó nuestro siempre admirado Ángel Fernández.


sábado, abril 18, 2026

Posesión de Maradona

 











Aunque mi admiración por Maradona tiene, obviamente, un costado irracional, no dejo de intentar una explicación justificada con el envés de la mera emocionalidad. Sé que no la necesito, que la pasión deportiva, como todas las pasiones, requiere de ingredientes algo inexplicables para no dejar de ser lo que es. Cuando es posible graficar la pasión en una tabla de Excel es porque ya dejó de existir y resulta viable observarla desde fuera, sobriamente y con la frialdad del analista. Esto se puede comprobar con el enamoramiento de un hijo o un amigo: por más que racionalmente queramos convencerlos de que la elección de la novia no les conviene, la pasión seguirá intacta, pues “el corazón tiene razones que la razón no entiende”, para decirlo con la famosa sentencia pascaleana.

Pese a lo anterior, cada vez que me pregunto por qué me atrae tanto la figura de Maradona enumero las tres razones que dan sustento a esta posesión: su manera superior de jugar a la pelota, su proximidad política a muchas ideas con las cuales simpatizo y la cauda de testimonios admirados sobre su cercanía y solidaridad. La última es la que más me convence de lo que creo, pues es la menos subjetiva: decenas de jugadores y no jugadores de futbol declararon alguna vez un gesto de amistad o plena empatía del argentino, lo cual es raro si consideramos que en las alturas de la popularidad es difícil que un superestrella tenga tiempo siquiera para escuchar al otro, y menos para ayudarlo. Con Maradona no fue el caso, y esto es dable certificarlo mediante YouTube en innumerables testimonios.

La estatura mítica del 10 se construyó en la cancha, es obvio, pero no menos importante fue el peso de su trajín fuera de ella. La presión social, política y mediática a la que lo sometieron fue la mayor que gravitó sobre un ser humano durante al menos dos décadas, y por supuesto que su fragilidad fue puesta a prueba. Pese a todo, pese incluso a un origen de total pobreza y falta de instrucción escolar, Maradona supo ser reconocido como un ídolo. Ni sus errores ni sus enemigos lograron tumbarlo del pedestal, y por algo fue y es.

Como la que acabo de exponer, una explicación personal del fervor por Maradona es el tema del libro Mi Diego: Crónica sentimental de una gambeta que desafió al mundo (Lince Ediciones, Buenos Aires, 208 pp.), del periodista Alejandro Duchini. El relato nace cuando el autor se entera de la muerte del ídolo. Como muchos, él tampoco esperaba el exabrupto del destino que se llevó a Maradona cuando apenas tenía sesenta años, el 25 de noviembre de 2020. (Su impacto me hace recordar el propio: yo estaba en la cocina de casa cuando mi amigo Jorge Figueroa informó en un grupo de Whatsapp que Diego había muerto. Así, “Murió Diego”. Quedé como vaciado, como repentinamente hueco por dentro).

Duchini cuenta aquel momento: “‘Murió Maradona’, dispara la televisión. Male me pregunta por qué lloro y no sé qué decirle. Lloro porque siento que todo se detiene y la infancia, que viene arrasando en su vorágine, me lleva puesto. De pronto me quedo un poco más solo entre los demás”.

El golpe impulsa una cauda de recuerdos personales atada a las frecuentes imágenes de Maradona en las canchas y fuera de ellas; como tantos, Duchini advierte que su vida no puede ser contada sin incluir a Diego: “Lo quiero y lo querré siempre. Diego Maradona estuvo desde siempre en mi vida”. En la Argentina el impacto fue devastador, inimaginable para quienes lo vieron y lo admiraron en geografías más lejanas. Pero muchos allá y acá abrieron los “Archivos guardados en el disco rígido de la infancia” y notaron, notamos, que la ausencia nos pesaba, que la mala noticia llegó muy prematuramente.

En cada corazón reaparecieron los latidos de alegría que el futbolista provocó en partidos memorables por la belleza del futbol que desplegaba, una belleza capaz de abrir paréntesis al horror: “Diego nos daba el espacio para arañar la alegría en un país gris, sumido en la tristeza de la dictadura. Los desaparecidos. La ESMA y los otros centros clandestinos de detención en su apogeo. La censura. Los asesinatos organizados. El miedo y el terror. El silencio. La muerte a cada metro. Diego nos sacaba de esa realidad, aunque fuera un ratito”.

La crónica de Duchini pendula entre lo personal y lo público. Lo personal, el recuerdo del autor, la posesión de su Maradona, se va anudando a las distintas situaciones en las que Diego fue indudable protagonista. En su ir y venir, este relato se ve fortalecido por lo que el ídolo significó para tantos. No omite mencionar los tropiezos, la pesada losa que cargó debido a la fama que quizá fue menos premio que castigo. El desarrollo de su carrera avanza en la crónica hasta llegar a la despedida en la Bombonera, llena hasta los banderines sólo para ver las últimas palabras de Diego dentro de un campo de juego: “‘Yo me equivoqué y pagué, pero la pelota no se mancha’. La Bombonera estaba hasta las manos de hinchas para su partido despedida. Pocas frases como esa quedaron tan impregnadas en el imaginario popular argentino”.

En su revista de los hechos maradonianos, Mi Diego cita a Víctor Hugo Morales, el relator que con la mejor descripción del Gol en el Azteca pasó a unir su destino al de Maradona: “Fue también el año [se refiere a 1981, cuando Diego fue trasferido de Argentinos a Boca] en que Víctor Hugo Morales comenzaba a relatar en Argentina. Era la primera vez que la popularidad de José María Muñoz, un hombre ligado a la dictadura, tenía competencia. Tal vez más elitista, Víctor Hugo ganó a todos los públicos y se convirtió en el favorito apelando a imágenes ajenas al fútbol para contar los partidos y a una innovadora manera de relatar”. Vale decir que el Gordo Muñoz era el relator más popular en Argentina cuando Víctor Hugo llegó del Uruguay. Cinco años después, el charrúa describió como nadie la jugada inmortal ("la jugada de todos los tiempos") del Mundial México 86.

Extrañeza, desacomodo en la vida, vacío es lo que se siente al leer las páginas de Duchini. No pudo ser de otra manera, pues el periodista escribió su libro casi al calor de la mala nueva. "Recién a su muerte algunos nos dimos cuenta de cuánto queríamos a ese hombre tan humano, como nosotros. Entendimos cuánto nos había marcado en nuestras vidas. Cuánto condimento nos había dado". Todavía hoy, añado, la querencia de Diego lo mantiene tan cerca que parece haber partido ayer, no hace seis años, en 2020, el año de la pandemia que tantas calamidades provocó.

miércoles, abril 15, 2026

En materia de maldad

 









Uno de los problemas del mundo actual es la cantidad desorbitada de información y la poca capacidad que asiste a cada consumidor para procesarla. ¿Cómo ser experto en todo si sobre cada tema hay toneladas y toneladas de datos disponibles? ¿Cómo animarse a opinar de lo que sea si en cada tema hay decenas, cientos de especialistas concentrados más que nosotros en tal o cual asunto? La superabundancia de información ha creado las condiciones para la propagación de noticias falsas, como primera consecuencia, pero también para que en el ruido emerjan voces disonantes, mentirosas, violentas como la de Trump.

El manual de la comunicación política actual incluye el ruido, el demasiado ruido. Mantener atenta y confundida a la comunidad es una de las tácticas más socorridas del momento en el accionar político. Quien mejor representa la sordidez de esta gramática de la confusión es el presidente norteamericano, quien a diario, en raptos que parecen brotar de la cabeza de un psicópata, escupe una mentira, una amenaza, una crítica, una vulgaridad a cualquier punto. De aquí a que el mundo no especializado en política internacional descifra qué ha dicho, el gobernante naranja ya soltó una más de sus aberrantes declaraciones, de suerte que jamás hay tregua ni para los periodistas y académicos expertos en el tema.

En estos tres últimos días, Trump se le tiró a la yugular al papa. Unas declaraciones del pontífice enunciadas durante su viaje a Argelia sirvieron para que el magnate devenido truculento político lo criticara con frases acuñadas a su brutal estilo, ya naturalizado en el mundo. De León XIV dijo que es “pésimo en materia de política exterior” y que “debería concentrarse en ser un gran Papa, no un político”. El pontífice sólo dijo lo que se espera de él, una obviedad: seguir el camino del diálogo para alcanzar la paz.

La patada de mula trumpista sirvió para que Giorgia Meloni, la primera ministra italiana considerada una política de derecha hasta por quienes no saben nada, saliera al paso en defensa del papa. Calificó de “inaceptables” las declaraciones del megalómano rubio, quien ahora apuntó contra su hipotética aliada: “Es ella la que es inaceptable”, y añadió con su proverbial soberbia: “¿Meloni le gusta a la gente? No puedo imaginarlo. Estoy sorprendido. Yo pensaba que ella tenía coraje y en cambio me equivoqué”.

Trump tiene al planeta en vilo. Para él, la única razón es la que le otorga la razón sin titubeos. Lo digo por enésima: es el peor ser humano que hoy habita sobre la tierra, y conste que tiene competidores de tremendo nivel en materia de maldad.

domingo, abril 12, 2026

Caída del orate Milei


 

















En abril del año pasado estaba fundido pero lo rescató el FMl. En octubre hubo elecciones intermedias, su gobierno estaba en la lona y lo rescató Trump por medio del Tesoro norteamericano. A casi dos años y medio de su mandato, Milei está hoy de nuevo en la olla, con el peor nivel de aprobación desde que llegó al gobierno. En este lapso la ultraderecha que representa ya destruyó todo a unos niveles de catástrofe que en lo económico no alcanzó ni la profundidad ni la rapidez que impuso la dictadura de hace 50 años. La Argentina se encuentra hoy arrasada por el gobierno de un tipo que se dijo experto “en crecimiento económico con y sin dinero”. En realidad es un orate que llegó a demoler todo con la promesa contraria: salvar a su país.

Me interesa este fenómeno porque en cierto momento Milei fue elogiado como modelo por la ultraderecha mundial. Llegaron a considerarlo un outsider genial, un modelo a seguir, tanto que el tarambana político Ricardo Salinas Pliego le copió fallidamente algunas excentricidades para ver si cuajan en México. Milei es un idiota cruel y absurdo, un disparate de la historia latinoamericana. Más allá de que se dé de nuevo el milagro y alguien lo salve desde afuera, parece que el daño es tan profundo que ahora no tiene escapatoria: caerá tarde o temprano y con él se evaporará el experimento mundial más atrevido hasta la fecha del llamado anarcocapitalismo.

Lástima que una nación entera, la Argentina, haya sido su conejillo de Indias. Como país lo pagó muy caro, pues ahora es tierra arrasada para el 70% de la población. La expresidenta Cristina Fernández, hoy injustamente presa, lo advirtió hace cuatro años a los trabajadores: en realidad “No vienen por mí; vienen por ustedes”. Obviamente tuvo razón, así fue: llegaron por ellos y los han empobrecido hasta arrumbarlos en las deudas y en el hambre. Eso mismo haría la nueva derecha (una derecha ya no avergonzada de ser derecha, sino cínica, procaz y violenta a la manera de Trump o de Vox en España) si llega por la vía de las urnas o por cualquier otra a gobernar cualquier otro país.


sábado, abril 11, 2026

Algunos astros en México


 











Por razones que no viene al caso comentar (de hecho ahora casi nada viene al caso comentar) leí una biografía sobre Vasco de Gama, el navegante que inauguró la ruta marítima para que los portugueses llegaran a la India. Al seguir el itinerario de la travesía lusitana me topé con lo que nadie desconoce: De Gama y sus tres barcos bajaron por la costa atlántica africana, doblaron el desconocido cabo de Buena Esperanza (Sudáfrica) y ascendieron las aguas por el Índico para llegar a Calicut, su destino, esto entre 1497-1499.

Cuando los navegantes iban a la altura de Madagascar, frente la costa este de África, pararon un poco en la actual Mozambique (por ese rumbo también está la pequeña isla de Zanzíbar, donde nació Farrokh Bulsara, el cantante mejor conocido como Freddie Mercury), y allí detuve un poco la lectura y se dio uno de esos pensamientos que en mí son como hipervínculos: al leer Mozambique recordé a Eusebio, el goleador de la selección portuguesa en la década de los sesenta.

Eusebio fue un delantero letal, anotó casi 600 goles y en mi memoria más remota, la memoria de mis 11 años, su nombre permanecía gracias a un recuerdo preciso: aunque parezca increíble, la Pantera Negra, como le decían, jugó en los Rayados de Monterrey. Un googleo veloz me confirmó que el mozambiqueño/portugués en efecto fichó para la Pandilla hacia 1975, ya viejo, sin éxito en su breve paso por el futbol mexicano, pues sólo anotó un tanto y se lesionó. La asomada a YouTube exhibe claramente qué tipo de artillero fue: a mi juicio, una especie de Pelé africano, pues su repertorio de jugadas muestra a un delantero con habilidad en ambas piernas, potencia, gambeta, disparo fuerte, rapidez. Como dije, un Pelé que jugó en la misma era que Pelé. Había nacido hacia 1942 en Lourenço Marques, hoy Maputo, la capital de Mozambique colonizada por portugueses. Pasó por varios clubes y su momento de mayor gloria se dio en el Mundial de 1966 en Inglaterra, donde fue campeón goleador con 9 tantos. Murió en 2014, en Lisboa.

Llegar a Eusebio me hizo pensar en otros extranjeros de ese calibre llegados a nuestro futbol. No han sido muchos, así que enumeré en la mente los nombres que caben en los dedos de ambas manos. Luego de Eusebio llegó el polaco Grzegorz Lato, otro campeón de goleo en un Mundial. Lo fue en Alemania 74, con 7 tantos. Para la temporada 82, el delantero se incorporó a las filas del Atlante, donde coincidió con el portero Ricardo Lavolpe, exmundialista campeón con Argentina en el 78, aunque allí no jugó pues Ubaldo Matildo Fillol era el titular en el arco. Varios años después, en el 98, los Potros de Hierro tendrían otro mundialista europeo, el defensor rumano Miodrag Belodedici. En cuanto al mencionado Lato, nacido en 1950 y aún vivo, era un delantero oportunista, pelón, de esos que parecen poco técnicos pero que empujan cualquier pelota que les llega al área chica, como ocurrió en 5 de los 7 pepinos que clavó en el Mundial germano.

Luego del Mundial celebrado en Argentina, dos estrellas se incorporaron al futbol mexicano. El seleccionado brasileño José Guimaraes Dirceu, fino mediocampista brasileño, llegó en sus meros moles al América, esto en 1978. Sólo jugó un año, pero eso bastó para que mostrara su talento. Había nacido en Curitiba, en 1952, pasó por muchos equipos y se retiró cuando jugaba para ¡el Atlético Yucatán! En 1995 murió en un accidente de tránsito en Río de Janeiro. De paso debo decir que un par de campeones del mundo argentinos jugaron también en el América: Zelada y Ruggieri.

Por aquellos mismos años, en 1981, Leopoldo Jacinto Luque, campeón con Argentina en el 78, vino a jugar, asombrosamente, para el Tampico Madero. Era un delantero agresivo, hábil y de potente disparo. En la Jaiba Brava marcó 10 goles en el único año que jugó para los tamaulipecos. Se le recuerda sobre todo por su buen desempeño en el Mundial de su país, donde marcó un par de goles decisivos, tanto como los de Kempes. Santafesino, Luque nació en 1942 y murió en 2021.

Muchos años después, en las temporadas 2014 y 2015, y ya en el ocaso de su inmensa carrera, vino a jugar para los Gallos Blancos de Querétaro nada menos que Ronaldinho, acaso el mejor jugador extranjero que ha pisado la liga de México. Lo digo porque casi no hay lista de once ideal que no lo incluya. Y es merecido, pues el gran brasileño ha sido uno de los futbolistas más virtuosos del mundo. Nació en Porto Alegre, en 1980, en Querétaro metió 8 goles que fueron lo de menos, pues lo más importante que Dinho hizo en nuestro país fue compartirnos, con o sin anotaciones, el privilegio de verlo.

El último de los jugadores mundialistas que traigo a esta lista es James Rodríguez, quien el año pasado vistió los colores de León. Nacido en Cúcuta, Colombia, en 1991, durante el año que estuvo con los verdes marcó 5 tantos, y no lució realmente mucho. Su mejor momento lo vivió en el Mundial 2014, en Brasil, donde fue el campeón goleador con 6 anotaciones.

Dejo a varios jugadores fuera de esta lista. Estos sólo fueron los que recordé de volea al ver la palabra Mozambique y remontar el recuerdo como Vasco de Gama remontó dos océanos para llegar a las costas de la India.

jueves, abril 09, 2026

Listo Prohibido soñar de pie













Una buena entre las muchas malas de siempre: ha sido impreso Prohibido soñar de pie (Ficticia Editorial-Secretaría de Cultura, Ciudad de México, 2026, 198 pp.), mi nuevo libro de cuentos. Pese a que lo escribí yo, creo que es bueno, que no defraudará a quien generosamente acceda a la lectura de los relatos. Agradezco a Marcial Fernández, Mónica Villa y Rodrigo Toledo, de Ficticia Editorial, el trabajo depositado en la hechura y en la venidera distribución de este volumen adscrito a su colección Biblioteca de Cuento Contemporáneo. Debo decir que otra vez la foto del autor en la solapa fue tomada por mi hija Ivana Muñoz. Supongo que lo presentaré en La Laguna y en algún otro lugar, ya se verá. Sin duda me alegra mucho saber que este nuevo título comenzará muy pronto su andanza en busca de los cada vez más difíciles lectores, hoy acosados por una oferta de millones de libros, series, películas, canciones, documentales, noticias, memes, reels y demásEn tal maremagno de posibilidades se me ocurre encomendar las páginas de Prohibido soñar de pie a San Edgar Allan Poe, santo patrono del cuento moderno.

miércoles, abril 08, 2026

Salvador Castañeda, in memoriam

 











El primero de abril pasado murió Salvador Castañeda (1946-2026). Lo vi sólo un par de veces, ambas breves, ambas en Torreón. Lo recuerdo bajito, un tanto distante, muy callado.  Era paisano y colega escritor de La Laguna, y por esto lo invité a responder una batería de preguntas para mi libro Solazos y resolanas (SEC, 2015). Tardó en contestar tal vez porque no estaba muy convencido de mi propósito. Además, no respondió las preguntas una por una, sino con algunos párrafos que se distanciaban un poco del cuestionario, pero por supuesto respetaron esencialmente mi solicitud de contar pormenores de su vida y de su obra. Aquí la respuesta de Salvado Castañeda, que en paz descanse.

Soy originario del ejido San Isidro, municipio de Matamoros de La Laguna, Coahuia; terminé el tercer año de instrucción primaria en la escuela con un solo salón y una sola maestra para los tres grados (no se podía arribar al siguiente grado sin salir de esa población). Así las cosas, me trasladé a otro ejido, éste del municipio de Torreón: La Paz. Des­pués ingresé a la Escuela Secundaria y Preparatoria Venustiano Carranza. Luego de terminar la preparatoria, regresé al ejido a las labores agrícolas al lado de mi padre y los demás ejidatarios. Las razones para reintegrarme al campo fueron económicas. Luego de un par de años deambulé hacia Altos Hornos de México, a la Escuela de Agricultura «Antonio Narro» en busca de alguna posibilidad de ingreso. Todo eso resultó inútil y seguí en el ejido.

Conseguí acumular 200 pesos libres en lo que llamábamos pepena (recoger los últimos capullos de algodón luego de levantar la cosecha), y con ese capital y la decisión de ingresar a la UNAM, llegué a la ciudad de México en un tráiler carga­do con pacas de algodón. Ya en la capital, donde por supuesto jamás había estado pero imaginaba, la mayor sorpresa fue encontrarme con una gran cantidad de información; publicaciones, noticias de todo el mundo (debo señalar que en el ejido San Isidro, en ese tiempo, no había energía eléctrica, ni agua potable, no llegaba ningún periódico de Torreón o de Matamoros).

En la ciudad de México todo me resultaba apabullante. La abundancia de impresos, de librerías, teatros, cines, exposiciones, etcétera. Todo esto, sin proponérmelo, me hacía reflexionar mediante la confrontación de las condi­ciones de los ejidos y lo que veía en la ciudad. Los ejidatarios por completo dependientes de los créditos del Banco Ejidal (llamado “Bandidal” por los propios campesinos).

Más sorprendente y festivo me resultó llegar a la UNAM. La inscripción no resultó fácil: primero era necesario revalidar lo estudiado en Torreón. Hacer filas para todo en la Secretaría de Educación Pública. Los 200 pesos ya no eran míos.

Como estudiante de geología no pude ir más allá del tercer año. Otra vez lo mis­mo: falta de recursos, pues trabajé de mandadero en una compañía de exploración geológica. Después trabajé como dibujante de geología. Sin proponérmelo, un día me enteré en un periódico de un programa de intercambio cultural entre México y la entonces Unión Soviética. No la pensé mucho y solicité una beca para estudiar Agronomía en la Universidad de la Amistad de los Pueblos en Moscú. Cuando ya me había olvidado de la solicitud, pues en realidad tenía pocas esperanzas de conseguir esa oportunidad, recibí un telegrama de la embajada de la URSS donde me informaron que había obtenido la beca como resultado del promedio de mis calificaciones. Más sorprendente que México me resultó hallarme en la capital de aquel lejano país. Existía ahí en aquel tiempo (1965), en la universidad, una atmósfera de efervescencia permanente en la que estudiábamos jóvenes llegados del llamado Tercer Mundo (Asia, África y América Latina) donde en muchos de esos países existían movimientos revolucionarios de liberación nacional. La revo­lución cubana recién había triunfado y por supuesto ejercía una gran influencia en las organizaciones de los países de Latinoamérica; las posibilidades de un cambio estaban ahí. Me involucré en uno de estos movimientos y regresé al país. Luego de operar algún tiempo caí preso (por fortuna, pues muchos jóvenes murieron en enfrentamientos, torturados o ejecutados). Luego de siete años adentro, salí. Ahí adentro fue donde empecé a escribir. Siempre trabajé en la Dirección de Literatura del Instituto Nacional de Bellas Artes, pues en ese tiempo el titular de la dirección era el escritor Gustavo Sáinz, quien sabía de mí porque desde la cárcel envié un libro de relatos a un concurso literario convocado por la UNAM; Gustavo era parte del jurado.

Ahora estoy jubilado. Recuerdo mucho a mis compañeros de la secundaria y la preparatoria: Eduardo Antonio Lee Soriano, Homero Ogasón Navarrete, Martín Bautista, Gustavo Bautista, Víctor Albores G., Benito Briceño Paredes, J. Isabel Acosta Solís, Salvador Acosta Solís, Rogelio de la O, Luis de la Rosa, Enrique Martínez, Alejandro López A., Manuel Nava, Enrique Morán, Hugo Olivier, Óscar Morales, Tomás Arizpe Uribe, Mariana G., Irene, Gloria A. Mijares, Ma­nuel Quiñones y Gabriel Carrera; entre otros (he hecho esfuerzos por recordar a más de ellos, sin lograrlo). A todos ellos, o los que quieran y puedan, les pediría sinceramente reunirnos algún día en alguna parte.

Actualmente también coordino tres talleres literarios en la SHCP, en la UNAM y en el INBA. He coordinado un taller en la Casa de Cultura de Torreón y en otros estados.

A un escritor ya no le recomendaría nada, pero sí a alguien que empieza o quiere comenzar: escribir acerca de lo que conoce. Escribir todos los días. Que lo que escriban le guste antes que a nadie más. No olvidar que el escritor se hace escribiendo. Que el problema fundamental que tiene que resolver es decir lo que todos ya dijeron (no existe tema que no se haya abordado ya), pero de diferente manera, lograr una voz propia.

Escritor mexicano nacido en el ejido San Isidro del municipio de Matamoros, Coahuila, en 1946. Fue cofundador del grupo guerrillero Movimiento de Acción Revolucionaria (MAR) en los años sesenta. Castañeda cayó en prisión a causa de las acciones de dicho grupo armado, y en la cárcel fue donde descubrió su vocación de escritor. Obtuvo el Premio de Novela Grijalbo en 1980 por su primera obra, ¿Por qué no dijiste todo? (SEP/Lecturas mexicanas, 1986). Entre otros, también ha publicado Los diques del tiempo (UNAM, 1991), La patria celestial (Cal y Arena, 1992), El de ayer es Él (El Espejo Concéntrico, 1996) y Papel revolución (DMC, Torreón, 2001).

sábado, abril 04, 2026

Volúmenes de colección

 






En su libro Cómo ordenar una biblioteca, Roberto Calasso afirmó como de pasada que tener muchos libros permite reencuentros inesperados: uno busca un volumen y en el trance de encontrarlo se topa con otro que desvía del propósito inicial, lo que de inmediato justifica la tenencia de una biblioteca abundante y hasta caótica. Esto significa que un bibliófilo suele abrazar, como el chileno Bolaño, el ideal de tener “todos” los libros; no para leer todo, como creen quienes no leen, sino para sentir que a la mano están dispuestos los autores queridos y otros muchos que podrían serlo en el futuro, mientras el cuerpo aguante.

Sacudir el polvo de los libreros, actividad cuya frecuencia es inevitable en La Laguna, me lleva con regularidad a la sorpresa comentada por Calasso. Muchos libros he leído inesperadamente sólo porque levantan la mano cuando busco otro o también cuando sacudo. Nomás por esta razón no es tan ingrato tomar el trapo muy ligeramente húmedo para retirar partículas: algo “nuevo” salta siempre, casi como un amigo que ha vuelto repentinamente luego de una larga ausencia.

Eso me pasó en esta semana de vacaciones. Sacudía y no sé por qué reparé en mis colecciones. Nunca fui obsesivo de reunir meticulosamente libros de una misma serie, pero a lo largo de más de cuatro décadas supe armar puñados interesantes de volúmenes adscritos a una misma catadura serial. No me refiero aquí a los libros publicados en la modalidad de las extintas enciclopedias u otras tantas compactas como las obras completas de un escritor, sino a los libros que corresponden exactamente a lo que se entiende por colección: libros que una editorial publica gradualmente y que vende poco a poco, conforme van siendo editados e impresos. Su rasgo más saliente radica en la apariencia externa: mismo formato, mismo encuadernado, mismo diseño, numeración seriada y casi de manera infalible el nombre de la colección en alguna parte visible de las tapas o del lomo.

Pese al horror que puedan sentir muchos lectores, conservo como 200 libros de la colección Sepan cuántos…, de Porrúa, la más nutrida de su tipo en nuestro país. Gracias a estos libros, considerados por muchos un espanto debido a su tipografía, su apretada interlínea y su doble columna, fue la más constante en la publicación de clásicos y no tan clásicos. La Sepan cuantos… obró el milagro de facilitar que los encargos escolares de lectura fueran accesibles en todos los sentidos, pues además de que los libros estaban en todos lados su precio nunca fue alto. Recuerdo que muchas veces me asomaba a las páginas finales de cualquier libro de ese conjunto, ya que allí aparecía la lista de los autores y las obras publicadas en la colección, y fantaseaba con la idea de tenerlos todos. Esto nunca sucedió, pero sí engrosar poco a poco el número de los títulos disponibles, hasta la fecha, en varios de mis entrepaños. Otra ventaja de esta colección era que todos los ejemplares contenían un prólogo amplio y autorizado, suficiente para entrar a las obras con algo de contexto.

Una similar, aunque publicada en la Argentina y con buena distribución en México, fue la colección Austral de la editorial Espasa-Calpe. Tengo muchos de sus títulos, quizá algunos 150, todos ahora amarillentos, comprados la mayoría en librerías de viejo, todos editados en el famoso formato de bolsillo y presentación final con “camisa” (en la foto). Esta serie repetía varios de la Sepan cuantos… mexicana, pero añadía autores que de otro modo jamás hubieran circulado en nuestro país.

A mediados de los ochenta la editorial Planeta había comprado el sello Joaquín Mortiz, que entre los sesenta y setenta publicó, gracias a la benemérita labor de Joaquín Díez-Canedo, la Serie del Volador, colección imprescindible de la literatura mexicana contemporánea. Su catálogo fue impresionante, sobre todo nutrido de escritores mexicanos ya maduros, pero todavía no viejos. Todos cupieron allí: Yáñez, Paz, Arreola, Fuentes, Castellanos, José Agustín, Dueñas, Leñero, Garibay, Vilalta, Elizondo, Sáinz, Pacheco... A finales de los noventa, el sello buscó revivir la serie y entre los publicados colé mi primera novela. Como tenía, y conservo, muchos libros de esa colección, no dejé de sentir el provinciano orgullo de haberme colado a una fiesta importante.

Otras colecciones sumo, pero las tres más importantes son las mencionadas en los tres párrafos precedentes. Puedo mencionar además la de Revistas Literarias Mexicanas Modernas o la de Breviarios, ambas del FCE, o una de biografías publicada por Salvat, obviamente en Barcelona, y otra de los tomotes clásicos y algo ilegibles de Aguilar, así como los tomitos de la colección Crisol, también de Aguilar. Ninguna de estas colecciones ha sido recorrida por completo, claro, pero me alegra saber que me acompaña y en cualquier momento, sin avisar y por cualquier motivo, puedo tomar arbitrariamente alguno de los volúmenes para darle sentido con la lectura o una simple hojeada, las dos raras costumbres del bibliófilo que se resigna a ser trabajado por el azar.