sábado, octubre 16, 2021

Influencers para chicos y grandes








Entre las muchas profesiones aparecidas tras la invención de las redes sociales hay una que destaca por su brillo y su importancia: la de influencer. Nosotros, los rucos provenientes de la era de las cavernas, jamás tuvimos tales paradigmas, de modo que nuestro sueño fue ser futbolistas, pilotos, cantantes, modelos, y ya luego la vida nos ubicó en actividades imprevisibles y grises, convencionales. Hoy, gracias al torrencial intercambio de información suscitado en y por las redes, se ha abierto la posibilidad de ser famoso y rico al unísono gracias a la chamba todavía algo indefinible de influencer. ¿Y qué jale es este? Consiste básicamente, según he visto, en crear mucho “contenido” (las comillas son imprescindibles) atractivo para algún sector de la población dispuesto a convertirse en destinatario habitual, en receptor de los mensajes y casi por añadidura en fan/auspiciador de tal o cual personaje.

Casi todas los tópicos de interés público han sido cubiertos. Hay influencers de chismes, moda, deportes, cocina, cine, sexo, viajes, tecnología, todos de diferentes calidades discursivas y desenvoltura ante las cámaras. Los niños y los jóvenes suelen ser sus principales adictos, y la veneración del público llega al grado de convertir a los influencers en seres sobrenaturales, dueños de verdades casi netafísicas. Hasta hace poco pensé por esto que los influencers sólo podían tener punch ante personas de corta edad, pero ayer, por un video, supe de un caso que me pasmó: el de un tipo ya verdolagón que es considerado (no sé si decir autoconsiderado) influencer y por ello se dedica a dictar, valga el lujoso verbo, conferencias sobre éxito financiero o algo así. En el video de marras (jamás había usado esta horrible locución adverbial adorada por el periodismo añejo: de marras) el sujeto pontifica frente a un público adulto y de repente arremete a vituperios contra un mesero que andaba por allí.

Como digo, no me asombró que un influencer muestre un perfil de superioridad idiota e incluso no me asombra que el público celebre frases minusvalorativas, ya que hoy es muy común encontrar personas que en cualquier medio a su alcance manifiestan odio o rechazo a la pobreza en todas sus variantes (aporofobia, la llaman desde hace dos décadas). Lo que más me asombró fue ver, no sin tristeza, que la concurrencia estaba constituida por adultos acaso no muy viejos, pero adultos, la mayoría hombres. ¿En serio hay admiradores de influencers mayores de veinte años? Pues sí, lamentablemente sí. Esa escoria actual de las redes sociales, los influencers, no perdona sexo, clase social, interés temático y ahora edad. Ya no es necesario ser niño o adolescente para caer seducido por tarambanas y pagar por oír sus vacuidades en un salón de conferencias.

miércoles, octubre 13, 2021

La pasión según Cepillín

 









A Marcos le decían Cepillín, claro, porque era alto, flaco y cabezón. Los rulos negros y abundantes en la testa le daban un aire de palmera nocturna o jirafa con peluca, y aunque no tenía la complexión ideal de futbolista, su pasión más honda, su devoción más profunda era el deporte de las patadas y los goles. Pero no exactamente el futbol, hay que aclarar, sino un equipo de futbol, los Potros de Hierro del Atlante, equipo que desde hace varios años se desenvolvía en la liga de ascenso, lejos, muy lejos de sus antiguas glorias en la primera división.

El Cepillín—justo es acotar que el artículo “el” era parte de su apodo— solía discutir en las mesas de cantina con amigos igualmente futboleros. Como siempre, él quedaba un poco al margen de los debates, arrecholado en su condición de fanático un poco intruso: todos discutían sobre equipos de primera división, todos manifestaban su parcialidad hacia el América, Guadalajara, Cruz Azul, Tigres, Pumas…, todos tenían un favorito en el gran escenario de nuestro futbol. Sólo El Cepillín no. Él tenía el alma pintada de azulgrana, era atlantista hasta la médula, así que en las conversaciones quedaba siempre al margen, lo quisiera o no. Una vez se atrevió a criticar duro al América frente a un americanista: “Tú cállate, tú le vas al Atlante, no seas ridículo”.

Aquel día llegó a su casa un poco ebrio y con la púa clavada en el espíritu: era fanático de un equipo ya casi olvidado, un equipo que tenía años sin codearse con escuadras de primera. Ni sin alguna lágrima derramada en la soledad de su habitación, decidió cambiar. “Desde mañana, adiós al Atlante. Le iré a otro equipo”, pensó. De inmediato juntó sus cinco playeras del Atlante, los tres banderines y el balón con el escudo de los Potros, salió al patio y, radical, encendió una fogata donde incineró su pasión. “Desde mañana soy americanista”, se dijo convencido, y durmió.

El americanismo en El Cepillín duró lo que dura una madrugada, pues temprano, apenas abrió sus enrojecidos ojos, pensó en la pira y en la humeante promesa de la noche anterior. Se talló los ojos, bostezó, se rascó un poco las bolas y entonces dijo, se dijo: “Tú cállate, tú le vas al Atlante, no seas ridículo”.

sábado, octubre 09, 2021

Jugar con un soneto



I
No recuerdo cómo ni por qué ni dónde, pero hace varios años alguien me invitó a colaborar en el número especial de una revista que abordaría el tema de la lucha libre. Fue al cuarto para las doce, muy a la carrera, así que no tuve margen de maniobra para preparar un artículo de verse, algo amplio y digno de mi experiencia como luchalibrófilo con al menos cuatro décadas fielmente consagradas a tal enajenación. En apenas un día de chance lo único que pude armar fue un pastiche (“El pastiche es una técnica utilizada en literatura y otras artes, consistente en la imitación de diversos textos, estilos o autores en una misma obra”, nos aclara la vituperada Wikipedia).
Pasa esto. No escribo poesía ni soy su más voraz lector, pero muchos de los poemas que he leído me rondan en la cabeza, regresan a mí de manera muy extraña, a propósito de cualquier frase o palabra. La poesía que más retengo en la memoria es, por ello, la tradicional, con metro y rima. Así pues, voy por la calle o estoy tirado en la cama y aparece un verso conocido, lo repito en la mente y de inmediato juego con él, le doy vueltas, le cambio palabras y logro otro efecto semántico sin deformar la sonoridad original. Algo así, que a veces es difícil explicar los barroquismos de la cochambrosa mente humana.
El caso es que, con el apuro de escribir algo sobre lucha libre, me saltó un verso famoso, el del soneto anónimo “A Cristo crucificado”. Se lo han atribuido, en sesudos estudios de esos que los españoles urden sobre todos los temas de su tradición literaria, a Juan de Ávila, Miguel de Guevara, Teresa de Ávila e incluso a los santos Francisco Javier e Ignacio de Loyola. Vayan ustedes a saber. Pero la autoría es lo de menos; lo de más es que se trata, sin respingo ninguno de mi parte, de una verdadera obra maestra de la sonetística mundial. Es tal vez, incluso y si me apuran un poco, el mejor soneto escrito en castellano. Conmueven su fuerza, su música y la hondura de su sentido, y todo eso está más allá, sospecho, de que creamos en lo que nos enuncia. Este es el soneto, la perfección hecha palabra en español:

Soneto a Cristo crucificado
No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

II
Pues bien, en aquel momento del que les platico me llegó a la cabeza, solito, sin pedirlo, el “No me mueve, mi Dios, para quererte”, y a partir de allí se derramó el juego. Parece una insolencia, pero debemos recordar que en literatura se valen estas cascaritas sin más mérito que el que les queramos achacar. Es un homenaje aunque algunos puedan creer que se trata de una grosería. Va ya, sin más rollo, este lúdico elogio para el famoso soneto y para El Enmascarado de Plata (el epígrafe es una payasada adicional):

Santo de mi devoción
(soneto en superlibre)

¡Lucha, lucha, lucha, no dejes de luchar
por una lucha libre divertida y popular!


No me mueve, mi as, para aplaudirte
la lucha que me tienes prometida,
ni me mueve la burla tan temida
para dejar por eso de seguirte.

Tú me mueves, oh rey, muéveme el verte
luchando en ese ring y adolorido,
muéveme ver tu cuerpo tan fornido,
muévenme tus candados y tu suerte.

Muéveme, en fin, tu ardor, y en tal manera,
que aunque no hubiera lucha, yo te amara
y aunque no hubiera rudos, te temiera.

No tienes que luchar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te aplaudo te aplaudiera.

miércoles, octubre 06, 2021

Ingenio popular sin orillas









No hace mucho tiempo, digamos que quince o veinte años atrás, ciertos creadores todavía diseñaban sus rutinas con la seguridad de poder repetirlas sin freno, como si en cada caso fuera la primera vez que las exponían. Un mago hacía sus trucos, un cómico disparaba sus chistes, un actor soltaba sus monólogos o un conferencista propalaba sus ponencias con la seguridad de que sus futuros públicos recibirían esos productos del ingenio como novedades, no como refritos. Todo fue que las cámaras comenzaran a aparecer por doquier, incorporadas en los celulares, para que las rutinas comenzaran a peligrar: alguien graba al mago o al cómico, lo sube a las redes y si aquello corre con suerte “quema” la futura sorpresa del espectáculo. Las cámaras son un mal de nuestro tiempo en este caso y en muchos otros, qué le podemos hacer, aunque, como ocurre con todas las nuevas tecnologías, también tienen su lado bueno.

Gracias a ubicuidad de las cámaras fotográficas y de video, hoy instaladas en un mismo aparato, y gracias también a la comunicación inmediata y libérrima que suponen las redes sociales, a cada rato recibimos memes, bendiciones, fotos, frases célebres, pornografía y en fin, toda una gama de mensajes que van desde la más ociosa estupidez hasta, a veces, material vagamente valioso al menos para pensar o sonreír.

Recién me llegó, por ejemplo, un pack (así llaman a la tanda de fotos en un mismo envío) con imágenes de negocios provistos de nombres ingeniosos, juegos de palabras cuyo fin es producir dos sentidos en uno gracias sobre todo a la semejanza fonética entre el giro del establecimiento y un personaje popular. Por ejemplo, la lavandería “Clean is Good”, la panadería “Bread Pitt”, la botella de “Miel Gibson”, la “Cantina Turner”, la peluquería “Barber Streisand”, la tienda de ropa “Indiana Jeans”, la huarachería “Chanclón Van Dam”, el empaque de pan “Elvis Cocho”, el gimnasio “Gym Morrison” y varios más.

En este caso no es perjudicial que las cámaras y las redes sociales difundan, y por lo tanto “quemen”, una imagen chistosa o pícara localizada en la vida real. Así la gente no tendrá la inclinación a plagiar y la creatividad seguirá, como hasta hoy, sin tener orillas.

sábado, octubre 02, 2021

Déjame que te explique, limeña




















Conocí a C.E. Feiling (digo, uno de sus libros) en el macedónico reducto de Fabián Vique, cueva sita en Morón, partido del llamado Gran Buenos Aires. Una tarde de 2010 hurgaba en su biblioteca y vi la extraña firma. “¿Y éste?”, le pregunté a Vique mostrándole la gorda edición de Los cuatro elementos (Norma, 2007) que contiene El agua electrizada, Un poeta nacional, El mal menor y el primer tranco de La tierra esmeralda (inconclusa), novelas que junto con el poemario Amor a Roma y poco más, constituyen la obra completa de este escritor nacido en Rosario, provincia de Santa Fe, Argentina, en 1961, y muerto muy joven, de leucemia, en 1997, a la corta edad de 37 años. Mi amigo me miró de reojo, casi sin ver, y sólo dijo esto: “Ah, un genio”.
La desenfadada seguridad de la afirmación me llevó a hojear. Unos pocos párrafos después, seducido por la expresividad de la prosa y más por la confianza que tengo en el buen gusto literario de Vique, le pregunté: “¿Y dónde puedo conseguir este librote?”. La segunda respuesta fue mejor que la primera: “Llevátelo, yo luego lo busco por acá”.
En 2011 volví a Buenos Aires y no llevaba en mi lista el libro que de Feiling me faltaba, el de poesía. Pero la suerte es la suerte, y a 15 irrisorios pesos, en un botadero de Corrientes, me topé con otro título del rosarino, con Con toda intención publicado por Sudamericana en 2005. No era necesario, pero al ver su cuarta quedé cabalmente convencido de que debía llevármelo, y lo compré.
Con toda intención es un racimo de artículos/ensayos/apuntes publicados en periódicos y revistas (Página 12, Clarín, La Nación, El País de Montevideo, La Gaceta del FCE…) entre 1988 y 1997. Meses después hinqué el ojo a esas páginas, y la penetrante mirada de C.E. (Carlos Eduardo, Charlie) Feiling coincidió con el elogio que Rodrigo Fresán le dedica en el prólogo: “Lo que sí sé es que cada vez que se me presenta semejante pregunta [¿qué es la inteligencia?] (…) me respondo siempre lo mismo. Me respondo: la inteligencia en Charlie Feiling”.
Fresán no exagera, pues Feiling fue de esos sujetos superdotados para pensar, para pensar en serio, con filo de bisturí. Todo en él fue vertiginoso: licenciado en Letras por la UBA, muy joven ya era allí profesor de Latín y Lingüística, luego de Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Nottingham. En 1990 abandonó la vida académica y se dedicó sin descanso, durante siete años, los siete años que le quedaban de vida, a la literatura y el periodismo cultural, con los asombrosos resultados que ya vimos.
He leído —agradado y deslumbrado, o en orden inverso— los textos periodísticos que de Feiling reunieron Gabriela Esquivada (su viuda) y Alfredo Grieco y Bavio. Todos tienen dos huellas: la del prosista que escribe a vuelatecla, y la del genio que siempre encuadra sus afirmaciones desde ángulos, bajita la mano, interesantes.
Con toda intención es un libro inconseguible en México, por eso ni siquiera hice el intento por reseñarlo, además de que lo leí, recuerdo bien, en un mes de profunda agitación laboral. Fue muy extraño lo que se impuso en mi memoria y sé que jamás me abandonará. Abrí la puerta del libro y me recibió un apunte titulado “La canción más linda del mundo”. Feiling confiesa allí su lejanía de la música. Eso no le impide afirmar, para mi asombro, esto: “la música no será nunca mi tema. Sólo mi oído de tapia me autoriza a decir que ‘La flor de la canela’ es la canción más linda del mundo”.
Digo que me asombró no porque no me guste la “La flor de la canela”, pues es una canción inmensa, sino porque uno espera, luego de tan altos antecedentes, que “la canción más linda del mundo” para un tipo como Feiling sea algo más oculto, no tan evidente como una canción latinoamericana (peruana, ya sabemos) popular y entonada en todos lados por cualquier hijo de vecino.
Casi para seguir en el extremismo, el rosarino plantea que lo embruja la interpretación de “un señor apodado ‘Bola de nieve’”, de quien cita una ficha biográfica y hace un elogio que quizá desconcierta, pero conlleva una gran carga de verdad: “Lo que hace Bola de Nieve con ‘La flor de la canela’ va más allá, hay que buscarle un parangón fuera del ámbito de la música popular (…) Bola de Nieve corre a través de ‘La flor de la canela’ a toda velocidad. En un momento, el piano y la voz se separan, tocan temas distintos: entonces sabemos de la hermosura, y desde entonces cualquier otra versión del tema de Chabuca Granda nos hace recordar a un músico cubano, gordo y negro, llamado Ignacio Villa”.
El video de You Tube es muy malo. Supongo que fue entrecortado para editarle anuncios, pero se alcanza a percibir el detalle que destaca Feiling sobre la voz y la música, es decir, cómo en cierto tramo de la interpretación parecen correr por distintas avenidas.
El gusto es misterioso, y no por nada se rompe en géneros. Cada cual tendrá su tema favorito, y cualquier argumento es válido para defender algo que nos llega. A mí, por ejemplo, que me gustan tantas canciones, tantas letras, tantas formas de asumirlas con la garganta, si me preguntan en este momento cuál es la canción más linda del mundo, diré que “Mi destino fue quererte”, del saltillense Felipe Valdés Leal, en la voz de Flor Silvestre. Pero precisaría: no es a mi modesto juicio la canción más linda del mundo, pero sí la más triste. En fin, cada quien sus gustos y sus ratos.

miércoles, septiembre 29, 2021

La ollita del escritor

















Antes de la fotografía los escritores eran dibujados o pintados con obvios clichés: con toda la gravedad posible fija en el rostro, el modelo miraba de frente al artista y siempre, sentado o de pie, asía la pluma sobre un papelón amarillento. En el escritorio no faltaba el tintero, más hojas sueltas, algún cortaplumas y libros en cuyos lomos se podían leer algunos títulos del mismo autor representado en la imagen. El fondo podía ser simplemente oscuro o, como en el cuadro de Sor Juana, mostrar un librero bien poblado con aparatosos tomos. De background también eran habituales las cortinas y las borlas.




















Poco a poco la imagen del escritor en esa circunstancia, un verdadero tópico visual, pasó a ser planteado con mayor economía de elementos. El artista captaba al escritor así nomás, con su ropa habitual, y por allí un solo elemento servía para dar el mensaje deseado, es decir, que el modelo era un escritor, como en el caso del cuadro de Víctor Hugo.




















Con la llegada de la fotografía se impusieron los retratos. Casi desaparecieron los elementos representativos de la profesión (libros, escritorios, papeles, plumas) y quedó el puro rostro firme, cejijunto, desafiante, irónico incluso, muy pocas veces alegre, todo eso bien reforzado con un atuendo negro, como en las imágenes mejor conocidas —capturadas por el gran Nadar— de Baudelaire.




















Cuando la fotografía alcanzó plena popularidad y casi cualquier hijo de vecino pudo comprar una cámara aunque fuera de mala calidad, los escritores comenzaron a aparecer en escenas domésticas, haciendo de todo. Pienso, por caso, en las fotos de Cortázar en su buhardilla parisina, como la famosísima imagen en la que aparece con su cámara fotográfica y el gato en la ventana, o todas las demás con y sin Carol Dunlop.




















Ahora bien, los escritores fueron dibujados, pintados y fotografiados, respectivamente, con libros y tinteros, con gravedad del gesto debido al trance de pensar o en situaciones domésticas pero cercanas a lo poético. Eso fue brutalmente quebrantado por la imagen que, creo, representa el parteaguas de la fotografía del escritor en posición de antiescritor, de cínico, de sujeto ajeno casi por completo a la nobleza de las musas y cercano a los peores asuntos terrenales. La foto a la que me refiero es la de Charles Bukowski acompañado por la chica de no muy buena facha en un departamentito. Su grado de insolencia raya en la jocosidad: delante de lo que parece ser un refrigerador, el panzón Bukowski anda en calcetines, usa una playerita que a pujidos le llega al ombligo, un pantalón de vestir pero astroso y, claro, cerveza y cigarro en manos; aunque parezca increíble, la chica luce peor: una espantosa minifalda, unas espantosas medias, unos espantosos zapatos y un top del mismo estilo, infinitamente feo. Por si fuera poco, su cara es, pese a lo altanero del rictus o quizá por ello, desagradable. Remata su escandaloso look con una botella y un cigarro en la misma mano, lo que nos asegura su experiencia en trotes, por decirlo así, bukowskianos. En esa famosa placa hay algo, sin embargo, que casi no se ve, pero que a mi juicio representa el súmmum del desenfado: más que la playerita untada del viejo Bukowski o las atroces medias negras de la chica, lo que más acalambra para ubicar esta imagen en el rubro de lo antiliterario es la ollita plateada que se ve detrás, arriba del que parece ser un refrigerador. Esa ollita está a años luz de las plumas de ganso, los tinteros, las borlas, los libros y los trajes negros del escritor en pose de escritor. Esa ollita, la ollita de Bukowski, es el símbolo de toda una desacralización.























sábado, septiembre 25, 2021

El rebozo, prenda inagotable


Durante treinta años he sustituido el rebozo por el modesto paliacate que siempre cargo en el bolsillo de mi escasa retaguardia. Ambos, el paliacate y el rebozo, son dos prendas maravillosas, pero si me preguntaran cuál es más bella y útil, claro que me quedo con el rebozo. Lamentablemente a los hombres nos ha sido vedado. Alguna vez he llegado a creer incluso que parte de la superioridad femenina radica en que ellas sí pueden usar rebozo y nosotros no. Como sea, pienso que se trata de una prenda no sólo hermosa, sino sumamente práctica para las mujeres de nuestro pueblo. Es tan práctica como para mí lo ha sido, precisamente, el paliacate.

Porque debemos saber que el rebozo es un accesorio cuya hermosura destaca el encanto de la mujer, pero fue en primer lugar más que un objeto estético: fue, o es, una frazada, un tocado, un soporte para cargar al bebé, una faja, un bolso para armar repentinos liachos, un trapo para limpiar el llanto, un discreto secamanos o, en casos de necesidad extrema, hasta una soga para atar lo que ande suelto. El rebozo es muchas cosas, no sólo un rebozo.

Por eso me alegra que tengamos hoy una actividad como ésta, de homenaje a un objeto valioso en nuestra cultura popular. Me gustan, creo, en diferentes niveles de interés y conocimiento, todas las artes e incluso lo que denominamos  “artesanía”. He comentado que desde siempre los rebozos me parecen dignos de aprecio, y más si detrás de ellos hay un esfuerzo creativo que busque dar a la pieza coloridos y texturas especiales. Pero mi gusto por este objeto no sólo es material. Me agrada también por lo que significa en el alma de los mexicanos. A lo largo del tiempo he notado que es una prenda que supo colarse en el espíritu de nuestro país, y que por eso ha motivado composiciones que tienen también un sabor peculiar.  La más famosa es, sin duda, “Aires del Mayab”, compuesta por Carlos Duarte y José Domínguez, y cantada emblemáticamente por la inmensa Lola Beltrán; es, lo sabemos, una de las más difíciles de interpretar en su estribillo, por la rapidez y el desafiante cierre de la parte que aquí cito:

Muchacha bonita
zapato de raso bordado de seda te voy a comprar.

Otra canción inmortal decorada con rebozo es “La patita”, de Cri-Cri. Todos los mexicanos Ya rucones sabemos que la patita avanza con mucho salero, y que

Se va meneando al caminar 
como los barcos en altamar.

Pero más sabemos esto, que

La patita, 
de canasto y con rebozo de bolita, 
va al mercado 
a comprar todas las cosas del mandado.

En esta pincelada es imposible no ver al México anterior a la llegada del supermercado, un México en el que se hacían las compras domésticas a la usanza de la patita, con canasto y con rebozo de bolita.
Ahora bien, creo que la mejor canción enrebozada la compusieron Rubén Fuentes y Rafael Cárdenas. Su gran intérprete fue, es y será Miguel Aceves Mejía, aunque es gloriosa la versión con Pedro Infante. Esta es la letra de “La del rebozo blanco”, un huapango que me conmueve por la valentía de la mujer que encara la malediciencia pública nomás por el amor que lleva dentro, doloroso e infinitamente limpio:

Ese rebozo blanco 
que lleva puesto
 
y entre bromas y risas
 
viene luciendo
 
nadie sabe
 
las penas que lleva dentro
 
nadie sabe las penas
 
que va cubriendo.
 

Sufre su orgullo herido por el desprecio
 
y en vez de arrinconarse triste a llorar
 
hoy se viste de boda como una novia
 
con su rebozo blanco para cantar.
 

Ay, quién pudiera
 
debajo de un rebozo,
 
cariño mío, tapar las penas,
 
debajo de un rebozo
 
tapar las penas.
 

“La del rebozo blanco”
 
ahora le dicen
 
porque la ven
 
vestida toda de azahar.
 
Y es que muchos
 
quisieran verla de negro
 
y es que muchos
 
quisieran verla llorar.
 

Aunque le han destrozado toda su vida
 
aunque siempre de luto por dentro va
 
ella todo lo cubre con su rebozo
 
y no le importa el mundo ni su maldad.
 

Ay, quien pudiera
 
debajo de un rebozo
,
cariño mío, tapar las penas,
 
debajo de un rebozo
 
tapar las penas.


Debajo de un rebozo real o imaginario tapemos nuestras penas, sí, pero también resaltemos con su color, en la mujer, las alegrías, que también las tenemos y debemos celebrarlas.

miércoles, septiembre 22, 2021

Dionisio, un niño dolorosamente múltiple













Dionisio, el niño del tren del norte (Proceso, 2015), de Paulina del Moral González, es un libro doloroso, profundamente trágico. Su eje no es sólo la pobreza extrema, que en sí misma resulta pavorosa en muchos lados, sino tal pobreza y la suma de dos factores que la agudizan hasta la inhumanidad: la corta edad y el desarraigo. Porque la pobreza, incluso extrema, cuando se vive en un entorno reconocible dada la cercanía de los lugares, la lengua, los códigos culturales y principalmente la familia, puede ser navegable, no así cuando está expuesta a la otredad en todas sus formas posibles y con el agravante de la inmadurez. En otras palabras, la pobreza extrema es doblemente terrible cuando ataca a un niño migrante no acompañado. Ante esto, la única defensa posible para salir vivo es la buena suerte o la Divina Providencia, ya que ninguna instancia pública o privada parece tener las miras o los alcances para mitigar los estragos producidos por la migración infantil sin compañía.

Dionisio es el seudónimo que dio Paulina del Moral al niño de carne y hueso, más hueso que carne, cuyas palabras atraviesan Dionisio, el niño del tren del norte. Este trabajo fue parte del proyecto “Testimonios de niños trabajadores dentro y fuera de la calle” que la autora desarrolló entre junio de 1999 y mayo de 2000 en el Programa de Estímulos a la Creación y Desarrollo Artístico de Coahuila. Paulina del Moral nació en Torreón, y es licenciada en comunicación social, maestra en antropología social y doctora en ciencias antropológicas, grados obtenidos, respectivamente, en la UAM-Xochimilco, la ENAH-Chihuahua y la UAM-Iztapalapa. Entre otros reconocimientos, la Asociación Mundial de Mujeres Periodistas y Escritoras le otorgó el premio de Periodismo Rosario Castellanos (1990) por un trabajo sobre las maquiladoras de ropa en la comarca lagunera.

El libro que hoy nos reúne ha sido estructurado en dos secciones: la primera, introductoria, es un apartado profusamente estadístico en el que Del Moral González despliega sobre la mesa los indicadores de la pobreza en varios países centroamericanos, con énfasis en Honduras, país donde nació Dionisio. Apoyada en un aparado documental incontestable, la antropóloga social evidencia que todos los rubros de la realidad económica y social hondureña son deficitarios y están lejos de permitir niveles de desarrollo ya no se diga buenos, sino mínimamente decorosos para desahogar la vida individual y comunitaria con algo aproximado a lo que solemos entender por “bienestar”. Casi cuarenta páginas dibujan este panorama apocalíptico en el que se enseñorea la pobreza en todas sus facetas, con toda la crudeza de los guarismos generados por organismos internacionales como el Banco Mundial o la Unicef. Honduras, pues, como muchas otras naciones del mundo, es desde hace varias décadas una nación expulsiva, con una pobreza tan enquistada y terca que aguija la desesperación y lleva a sus habitantes a buscar las puertas de escape hacia algo acaso peor: el viaje por Guatemala y México con el fin de encontrar una difusa salvación en los Estados Unidos. La introducción, entonces, es un dechado de análisis cuantitativo, el contexto en el que debemos imaginar los primeros años de miles de Dionisios centroamericanos.

En la segunda parte de la obra es Dionisio en persona quien nos cuenta con detalle los tumbos de su breve y muy accidentada existencia hasta el año 2000. Paulina del Moral ha organizado cada circunstancia en breves apartados temáticos para que el fluir de la conciencia de su entrevistado adquiera, al menos en el papel, algo de orden. Si la vida de Dionisio está signada por el azar, por la permanente incertidumbre, por la inestabilidad y la carencia de todo, las estancias temáticas del libro nos brindan la oportunidad de encontrar alguna ilación al relato de un periplo dislocado en el que somos testigos de que la vida del niño del tren del norte es lo más cercano a la vulnerabilidad absoluta: un adolescente, casi un niño todavía, trepado a La Bestia, entre adultos de todas las cataduras, metido en todos los subempleos imaginables, expuesto a todos los peligros, nos deja acompañarlo por las brechas del inframundo que le ha cabido en suerte, en pésima suerte.

Dionisio, el niño del tren del norte opera en dos sentidos: avanza de lo general (la introducción) hacia lo particular (el relato del pequeño). Lo general es cuantitativo; lo particular, cualitativo. Así, como en la muy útil figura retórica llamada “sinécdoque”, se muestra la parte (Dionisio) de un todo (Honduras) que al final embonan y nos persuaden de que no hay razón para incurrir, con irresponsable optimismo, en la idea de que Dionisio constituye una excepción, es decir, un niño que por esas curiosas carambolas de la vida nace en un hogar disfuncional y depauperado, lo que lo obliga a cambiar de radicaciones y de empleos, todos mezquinos y peligrosos, ajenos a su cultura, a su tono de voz, a sus afectos, a su edad, hasta que, también por casualidad, llega como migrante a Torreón, es detenido por portación de arma punzocortante y allí es entrevistado para luego salir y desaparecer en los demás infiernos que le depare el porvenir.

Paulina del Moral González ha sabido, en suma, articular un trabajo eficaz y conmovedor al mismo tiempo: eficaz porque nos aproxima datos ciertos de la realidad, cifras que, sobre todo en lo económico, detonan las mil formas de la violencia social, y conmovedor porque en el relato de Dionisio no vemos sólo a Dionisio, sino a una legión de niños sin futuro, arrojados a un destino en el que la crueldad jamás descansa.


Comarca Lagunera, 20, septiembre y 2021
 

Nota. Dionisio, el niño del tren del norte, fue presentado el lunes 20 de septiembre de 2021 por Facebook. Participamos la doctora Paulina del Moral (autora), la doctora Laura Orellana Trinidad, la maestra Luz María Meza, el maestro Oswaldo Valenzuela y yo con la reseña de este post. 

sábado, septiembre 18, 2021

Del dolor sin orillas

 

















Hoy a las 4 pm, en Saltillo y en el marco de la Feria Internacional del Libro Coahuila, será presentado Historias que no pedimos, libro de escritura testimonial publicado por la SEC y la Comisión de Búsqueda de Coahuila. Uno de los prólogos es de Julián Herbert, y el otro mío, éste:

No sin razón, algunos maestros afirman que el aprendizaje suele darse en sentido contrario, es decir, del alumno a quien enseña. Más allá de que esto es frecuentemente cierto, hay casos en los que el aserto se torna incontestable, como recién me acaba de ocurrir en el taller de testimonio en el que, se supone, yo era el instructor, “el maestro”, y cinco mujeres, todas ellas familiares de desaparecidos, las participantes, “las alumnas”. La verdad es que dialogar con ellas, mostrarles la importancia del testimonio escrito como documento con valor público, fue para mí aleccionador, una experiencia de docencia que trascendió a ser humana, de vida.

Nuestro taller de testimonio trabajó viernes y sábados durante los meses de septiembre y octubre de 2019 en un aula de la Secretaría de Cultura de Coahuila Región Laguna. Al principio se inscribieron ocho participantes, pero al poco tiempo de comenzar —no sin que yo lo lamentara— tres dejaron de asistir pues debieron atender otros compromisos. A lo largo de esta experiencia traté de mostrarles un panorama general de los medios de comunicación y sus agentes, quienes escriben. Les comenté que la palabra no es, o no debe ser, patrimonio exclusivo de quienes se dedican al periodismo y la literatura, sino de todo aquel que desee compartir una experiencia, cualquiera que ésta sea.

En el caso de los familiares de desaparecidos, el uso de la palabra es fundamental. Además de buscar medios de expresión —a reporteros y a escritores, por ejemplo— para compartir su experiencia, el camino del testimonio personal se abre como posibilidad de comunicación directa, sin intermediarios. El valor de este género radica precisamente en su capacidad para servir como difusor de realidades generalmente omitidas por los grandes medios, de vivencias padecidas en los planos personal, familiar o comunitario  despojados de poder. El testimonio se coloca así en los pliegues de la comunicación dominante y deja ver algo, lo que sea, desde abajo, desde la vida a ras de suelo.

Las compañeras escucharon atentas todas las exposiciones, digamos, informativas y “teóricas” sobre el tema, y luego pasamos a la etapa en la que escribirían sus testimonios. Traté de desactivar su miedo a la forma o al “estilo”, y les pedí que escribieran como hablan sin preocuparse de algo más que no fuera expresar lo que vivieron y siguen viviendo. Para avanzar con más seguridad, les pedí que primero contaran su experiencia en grupo, y fue allí donde mi circunstancia de “instructor” se reveló menor, casi innecesaria, pues luego de oír sus historias, ¿qué podía enseñarles yo?

Por desgarradores, sus relatos habitaban —habitan— la orilla de la infelicidad, muy lejos de lo que cualquiera de nosotros, quienes venturosamente no hemos padecido algo así, suponemos que es la tristeza. Más allá, mucho más allá del dolor, las participantes de este taller dieron vuelta a los roles y se convirtieron en instructoras del instructor, en hermosos ejemplos de vida, porque además de contar lo que contaban, lo hacían con entereza, con una voluntad de seguir adelante que yo jamás había visto de cerca.

Los cinco testimonios que escuché y luego leí atraviesan la experiencia del familiar de desaparecido. En todos los casos hay un antes y un después, un crack, una fractura, un día bisagra. La idea es que los potenciales lectores de estos textos escuchen con los ojos a Martha, Gabriela, Norma, Juanita y Yadira; confío en que sean estremecidos y, si no la tienen, adquieran conciencia de la importancia que implica la tragedia de la desaparición.

He aquí los testimonios.

Comarca Lagunera, 10, diciembre y 2019

miércoles, septiembre 15, 2021

Sobre intelectuales








La anécdota es un género narrativo cuyo contenido tiene algo de divertido, de chusco y memorable, y por fuerza debe referirse a un hecho acontecido en la realidad. La definición es mía, así que no vale ni dos centavos, pero sirve para comenzar esta anotación. He escrito algunas, quizá varias, que se mantienen en el limbo editorial, pues no les veo valor para trasegarlas más allá de la sobremesa o de apuntes como este que aquí vas leyendo, por decirlo a la manera de Cervantes. Traigo pues una anécdota.

Estábamos Gerardo García y yo tomando café en el Apolo Palacio, un restaurante exlujoso que había sido orgullo de Torreón, pero que ya para el 94 o 95 estaba convertido en una zahúrda con poca luz, un solo mesero y otro pobre hombre como cobrador en la ociosa caja. Íbamos a ese sitio por una razón simple: nadie entraba, así que podíamos conversar sobre libros sin el estorbo de los impertinentes que llegan y se sientan sin preguntar. El hombre de la caja solía mirarnos con distancia, como molesto. Realmente, lo suyo era admiración, pues siempre nos veía llegar con libros y cuartillas. Un día tomó valor y se acercó a nosotros. Titubeante, apenado, preguntó:

—Disculpen, caballeros, ¿son ustedes intelectuales?

Ni Gerardo ni yo supimos qué contestar. Yo sólo atiné a decir, también vacilante:

—Pues... nos gusta leer.

—Ah. Es que como siempre los veo con libros... —dijo el cajero—Bueno, gracias, ya no les robo su tiempo.

Al salir del café, Jerry recordó el momento con una pregunta implacable:

—¿Cómo responder a eso? Hasta Umberto Eco hubiera batallado para responder que sí.

Hasta aquí la anécdota. Tengo para mí que la palabra “intelectual” es incómoda para los escritores, tanto que casi todos la rechazan. Por una extraña razón, sin embargo, resulta atractiva para quienes ven desde lejos a quienes leen y escriben. En mi experiencia, sé que los escritores se asumen como escritores (poetas, cuentistas, ensayistas…) y en general jamás leeré o escucharé que se presenten como “intelectuales” (“Me llamo Fulano, soy intelectual”). Pero en el uso popular, como ya dije, la palabreja tiene prestigio y sirve para designar casi a cualquier ente cercano a los libros y la escritura.

No pasa nada si la gente designa como intelectuales a quienes les supone tal estatus, pero definitivamente perece pedante que quien recibe la etiqueta se sienta cómodo con ella. Para mí, y esta es una noción personal, son intelectuales no tanto los creadores de literatura, sino los pensadores, los filósofos, los analistas de la realidad a la manera de Bourdieu, Bauman, Lipovetsky o Žižek, por citar a cuatro pensadores originales e influyentes de esta hora.

Ahora bien, recién me topé, en las redes sociales, con la foto de una página en la que Umberto Eco responde una entrevista. Le preguntan: “Usted es uno de los intelectuales más famosos del mundo. ¿Cómo definiría el término intelectual? ¿Conserva para usted algún significado particular?”. La respuesta del semiólogo y novelista piamontés es muy peculiar: “Si por intelectual entendemos todo aquel que trabaja con su cabeza y no con sus manos, un empleado de un banco es un intelectual, y Miguel Ángel no. Hoy, con los ordenadores, cualquiera es un intelectual. Por eso, no creo que la cuestión tenga nada que ver con profesiones o clases sociales. Para mí, un intelectual es alguien que produce nuevos conocimientos haciendo uso de su creatividad. Un campesino, cuando comprende que un nuevo tipo de injerto puede producir una nueva clase de manzanas, está desarrollando una actividad intelectual, mientras que un catedrático de Filosofía que se pasa la vida repitiendo una misma clase sobre Heidegger no tiene por qué ser un intelectual. La creatividad crítica —el espíritu crítico para analizar lo que hacemos o inventar formas mejores de hacerlo— es la única vara para medir la actividad intelectual”.

No le falta razón a Eco. La condición intelectual quizá no depende tanto de trabajar con las manos o la mente, sino de crear, de buscar caminos nuevos para todo y ofrecer soluciones.

sábado, septiembre 11, 2021

El 11 de septiembre aquel

 







La vida se va rápido. Hoy es 11 de septiembre de 2021, así que no me resulta difícil recordar aquella mañana de hace veinte años en la que desperté, como casi siempre, a las razonables siete de la mañana. Mientras preparaba el desayuno para mi primera hija, vi que el televisor estaba en llamas y los conductores de noticieros se desgañitaban con la mala nueva de las Torres Gemelas. Mi hija cursaba su kínder en la Pereyra, jardín de infantes ubicado más o menos donde hoy está el área de salchichonería del HEB Independencia, así que apuré el trance de atragantarla con el desayuno, llevarla a su escuela y volver a casa para seguir uncido a la pantalla. Todavía a las ocho de la mañana no dimensionaba la importancia de lo que estaba pasando, y nadie podía hacerlo sin incurrir en especulaciones y vaguedades.

Se hablaba ya, claro, de terrorismo, pero todo era confuso, pues resultaba muy extraño que en la ciudad más poderosa del mundo fuera a ocurrir lo que veíamos en vivo. Al lado de los conductores de noticias, como Javier Alatorre o López Dóriga, destacaba el recuadro con la toma en vivo desde Nueva York, y una y otra vez las repeticiones de la primera torre en caída libre. Pasaban los minutos y poco a poco se iba sabiendo un poco más acerca del avionazo. Todavía no le hacíamos ni mediana digestión al desaguisado cuando en las pantallas, como si fuera el efecto especial de una película, otro avión se incrustó como venablo en el pecho de la segunda torre. Este segundo impacto lo vimos en vivo, no como repetición. Recuerdo que para los locutores fue inevitable recurrir al tópico: que el avión entró como cuchillo en mantequilla, la comparación más manoseada en aquel momento.

Sin suspender la atención al televisor al menos de oídas, me bañé a la velocidad de la luz y seguí pendiente de los detalles compartidos por los reporteros y los conductores. A lo lejos, todavía difusamente, ya sospechaba que aquello era o parecía un parteaguas, un acontecimiento que cambiaría en algo la dinámica de la sociedad norteamericana o quizá mundial. Era demasiado pronto para saber hasta dónde se extendería la onda expansiva de la tragedia.

Me vestí de prisa. Esa mañana había pedido permiso en la universidad para atender una actividad cultural recientemente puesta en marcha por mi amigo Saúl Rosales en el Teatro Isauro Martínez: el Café Literario. Era martes, y me tocaba guiar la sesión en la que un grupo de lectores, sobre todo de lectoras, y un coordinador desmenuzan un cuento previamente leído por todo el grupo. Recuerdo que llegué a las 10:30 para comenzar la sesión, y dados los acontecimientos, la literatura cedió su lugar a la noticia de momento. La hora y media de la sesión se nos fue en el comentario de los detalles que a retazos todas y todos habíamos pescado desde la mañana.

Lo que pasó después lo fuimos sabiendo con el paso de los días, de las semanas, de los meses y de los años. Fue un atentado a las dos torres y a una parte del Pentágono, se lo atribuyó el extremismo de Medio Oriente, pero con el tiempo se soltó la especie de que fue un autoatentado para justificar una política de guerra contra las denominadas “nuevas amenazas” contra “la libertad”. Diez años antes se había desgajado la URSS, así que la inercia armamentista y agresiva norteamericana necesitaba un casus belli poderoso para invadir países y continuar con su dinámica expansionista. Vayan ustedes a saber qué era cierto y qué no, pues ya para entonces comenzaron a rodar sin freno las fake news y las llamadas postverdades.

No sé si todos los que ya tenemos cierta edad recordamos dónde estábamos el 11 de septiembre aquel. Yo sí: metido en la literatura, como casi siempre.

miércoles, septiembre 08, 2021

Operaciones poéticas de Álvarez Bravo






























Como todos, siempre asocio palabras. Si digo “pintura”, pienso en Diego Velázquez; si digo “canto”, pienso en Pavarotti; si digo “ciencia”, pienso en Einstein; si digo “futbol”, pienso en Maradona. Asimismo, y por razones que ignoro, si digo “fotografía”, pienso en Manuel Álvarez Bravo. Expreso que ignoro las razones pero en realidad no tanto: las imágenes que nos dejó este artista mexicano son, para mí, literalmente imborrables y envidiables. Envidio, envidio en serio, porque me gusta la fotografía, las muchas placas que Álvarez Bravo nos dejó, esos instantes llenos de poesía, la extraña magia que contiene cada uno de los momentos que cazó con su impecable lente. Hay en todas esas fotos una pátina de arte que por supuesto no logra pescar la cámara por sí misma, sino el hombre que la manipula. Además, uno tiene la impresión de que todas las tomas son sencillas. Lo son, de hecho, y tal vez por eso nos sorprenden: debajo de la simplicidad de los momentos que atrapó Manuel Álvarez Bravo hay un temblor de vida, la sutil evidencia de que todo está hecho de fugacidad.
Entre las decenas de imágenes que nos dejó y conozco, tengo mis cuatro o cinco favoritas y son las que cito, todas localizables en internet. “Señor presidente municipal” es una genialidad. Como siempre, pocos elementos son suficientes para armar una atmósfera completa. El alcalde, sentado frente a su escritorio, se pierde junto a la pared donde destaca un cromo del Padre de la Patria; cerca de allí, casi en la misma jerarquía, otras imágenes, entre ellas un almanaque con la foto de una troca. Despeinado, con una especie de susto en su gesto, el indígena mira a la cámara como sin creer en la importancia que el objetivo le confiere. Una foto maravillosa, sencilla y maravillosa.
Imagen viva de la muerte, “Obrero en huelga asesinado” es sin duda una de las fotos más famosas de Álvarez Bravo. La posición del cuerpo, el tono de piel, la camisa y la cara manchadas de sangre, todo hace de esta imagen un instante que condensa el dramatismo de la violencia consumada. Es extraño que no necesitemos el color rojo de la sangre para saber que la mancha gris es roja, brutal y desgarradoramente roja, como si la mente completara por Gestalt el color que se derrama del cuerpo ultimado.
Parece que el humor negro se revela en “Cajas mortuorias”. La mujer, tímida, de perfil, mira hacia donde señala en dedo, un dedo sarmentoso y negro, el dedo de la muerte. La mano pintada en la pared en este caso no pudo ser más siniestra.
Por último, la foto más famosa del gran artista mexicano: “Parábola óptica”, imagen que vemos y nos ve con sus siete surrealistas ojos, una especie de foto que homenajea al ojo, como esas casas de espejos de las ferias en las que nos vemos multiplicados y parece que nos ven desde todos los ángulos. Esta foto bien puede ser una alegoría del internet y sus millones de ojos atentos a los que podemos ser y hacer.
Tengo dos referencias a la mano sobre Álvarez Bravo. La primera, un artículo publicado en el número 29 de la revista El Hijo Pródigo del 15 de agosto de 1945 recogida en libro por el FCE dentro de la colección Revistas Literarias Mexicanas Modernas (México, 1983, p. 377). Lo escribió, con la excelente prosa crítica que también ejerció, el poeta Xavier Villaurrutia. La segunda es de Enrique Krauze en su libro Retratos personales (Tusquets, México, 2007, p. 19). Ambos destacan, no podía ser de otra manera, la peculiar capacidad poética del fotógrafo, una mirada que nos legó imágenes ya inmortales.

Por esto Villaurrutia subrayó: “Detener lo inasible, hacer durar el instante, lograr que los ojos de nuestros dedos palpen el misterio que se desprende a veces de un objeto o se aloja en un ser o en las sombras de un ser y de un objeto, son las operaciones poéticas de Manuel Álvarez Bravo”.

En un tiempo, como el actual, de imágenes por toneladas, no sobra detenerse un poco en la obra de Álvarez Bravo. Quizá así vislumbraremos la diferencia entre una imagen efímera y otra perdurable, con olor a eternidad.