Hoy fueron subidos dos libros para descargar gratuitamente en la página de Letras de Chile. Ambos son publicaciones de Iberia Editorial, de Torreón, Coahuila, México. Se trata de Ecos de Comala y el llano, de Saúl Rosales, y Gilberto Prado Galán: exhumación de su imagen, que en su momento tuvieron un tiraje corto en papel y ahora aparecen disponibles sin costo en PDF. Muchas gracias a Letras de Chile por difundir estas dos publicaciones mexicanas. Pronto esperamos enviar más.
jueves, agosto 20, 2026
Dos libros para descargar en Letras de Chile
sábado, diciembre 28, 2024
Dos gardenias y otras estocadas
Cuando
la posesión de música dependía de la compra de discos, casetes y cidís, no faltaba que del
álbum con diez o doce canciones sólo se salvaran una o dos, los éxitos. Así,
los consumidores sabíamos de antemano que las demás piezas eran una especie de
relleno, la ensalada que indefectiblemente debía acompañar el corte grueso de
carne. Con frecuencia ocurre algo similar en los libros de poesía y de cuento,
e incluso, aunque de otro modo, en las novelas, relatos en los que no suelen
faltar capítulos hueros, acaso prescindibles, sólo necesarios para dar el peso
en la báscula de la narración larga.
Ahora
bien, creo que donde más se advierten las piezas de relleno es en el libro de
cuentos. Esta es la razón por la que he llegado a afirmar, tal vez con cierta
exageración, que escribir una novela es más difícil que un cuento, pero no más que un
libro de cuentos. Para que un volumen con ficciones cortas alcance buena
calificación es fundamental que se libre de la maldición del vinilo, es decir,
que parezca no haber sido engordado con historias de esponja. Esto es lo que
percibo en Dos gardenias y otros cuentos
(LOM Ediciones, Santiago de Chile, 127 pp.), de Eduardo Contreras (Chillán, Chile,
1964), libro en el que habitan quince piezas de una calidad alta y pareja.
Lo
anterior se debe, sospecho, al conocimiento que su autor tiene del género, un
conocimiento que lo obliga a gobernar el relato de acuerdo a las premisas que
están más allá, mucho más allá, de la mera brevedad como requisito obvio. Al
escribir un cuento cuento es menester que acatemos el criterio de la extensión
corta, es verdad, pero se requiere algo más, y ese algo más habitualmente
desdeñado es lo que hace del cuento un género peliagudo, de ejecución difícil.
Eduardo
Contreras fue exiliado junto con su familia en 1973, luego del golpe
cívico-militar. Volvió a su país en 1983, donde se tituló de ingeniero civil
industrial en la Universidad de Chile. Desde 1996 se desempeña como profesor de
la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile. Autor
de las novelas policiales Don’t disturb.
Crónica de un encuentro en Cartagena de Indias, reeditada el año 2009, y Será de madrugada, 2015. Su cuento “Historias
de generales” fue premiado en el concurso Letras de Chile, versión 2017, y su
novela Muerte en la campaña obtuvo el
primer premio en el concurso Fantoches 2017 en Santa Clara, Cuba, en el marco
del Primer Encuentro Latinoamericano de Novela Negra. Sus textos figuran en
varias antologías.
Los
cuentos de Dos gardenias… han sido pues
muy bien ensamblados; muchos ofrecen grandes brincos al pasado y personajes
delineados eficazmente, sin excesos retóricos, con el trazo justo de sus
psicologías. Hay en todas las historias una pátina bien administrada de
ambigüedad, de misterio, con información en los pliegues que apenas se deja
entrever en cada caso. Es notorio que el autor piensa en sus finales desde que acomete
cada ficción, pues no con otro objetivo fluye, como deseaba Piglia, la historia
subterránea. Eduardo Contreras acata en suma los rasgos esenciales del cuento
como género en el que es fundamental la intensidad para que el lector no escape
hacia la relajación, y si a esto añadimos dosis tenues de humor y sutiles ingredientes de índole sociopolítica, no dudo en
afirmar que se trata de un racimo más que atendible de relatos. A continuación ofrezco, en orden, una pincelada harto sumaria sobre cada pieza.
“Guantanamera
del sur (con tiempos equivocados)” es un notable cuento retrospectivo. Un
joven, Antonio, pasa su adolescencia de chileno exiliado en Cuba. En las tareas
del campo descubre a una maestra, Carolina, bastante mayor que él y también
exiliada de Chile, con quien asombrosamente se le da la revelación del sexo. El
cuento abre en un presente narrativo (ve a la maestra en televisión) y de allí
se parte a una gran retrospección que al final vuelve al presente de la tele:
ella ha regresado a Chile y es una maestra exitosa desde el punto de vista
educativo y social. La tensión se da porque Antonio, al verla, recuerda
vagamente unas acusaciones del pasado. Apenas elíptico en detalles fogosos, es
un bello cuento sobre el despertar a los regocijos de la carne.
Desde
la mirada de Selene, joven rica, “El mayor general” narra una ceremonia de
homenaje al general Domeciano Garmendia, héroe de la patria. Durante el acto
cívico, la narradora recuerda una conversación con la abuela viejísima en la
que llega la voz de un capellán que supo por qué murió el héroe de la patria;
en el presente, la memoria que se tiene del militar sólo aborda su pasado como
prócer sin que queden vestigios sobre la razón genuina de su muerte, lo que impregna
de ironía su mérito.
Lo
que narra “La otra venganza” es un desquite. El pordiosero de la narración es
en realidad un asesino que huye. Mató por celos a la mujer de su amigo y ahora
es asediado por él. El perseguidor lo encuentra como vagabundo, lo tiene a
merced, pero sólo decide dejarle un mensaje enigmático en lugar de aniquilarlo.
“Se
acabó lo que se daba” es otro de los aciertos de este racimo. En Cuba, un
tipo recibe unos exámenes médicos equivocados. Tras esto, decide vagar, beber,
visitar a una antigua amante. El cuento es eficaz porque nos convence de que
en efecto hay en medio una enfermedad terminal. La salida es casi de comedia,
pero creíble si nos atenemos a los vericuetos de la burocracia cubana. El reencuentro con la
amiga de la juventud es un pasaje genial, muy natural, humano y lleno de
vivacidad.
Hay
en el conjunto un cuento, por llamarlo así, mexicano.
Su título es “La última copa”. Temí que aquí fallara el habla de los
personajes, pero está muy bien lograda. Eraclio mata a Ana y a su amante. Como
amaba a Ana, decide suicidarse, pero se le acaban las balas. Luego lo intenta mediante
ahorcamiento, pero se rompe la rama del árbol elegido. En la tercera oportunidad ocurre
un desaguisado que se imbrica a la situación con total lógica; no añado más
para no estropear la delicadeza de su resolución.
“Hathor”
es una pieza con registro totalmente distinto, borgeano; trata sobre un
inmortal que reencuentra a Octavia en Barcelona. El narrador es inmortal
gracias a ella, quien mediante la copulación le transmitió el poder de la
infinitud vital. Eso sólo puede acabarse mediante otro encuentro sexual. Ha
sido, insisto, muy bien narrado con un discreto eco de Borges, quien incluso aparece
mencionado en un pasaje del relato.
En
“Malas compañías” Mayra va a entregar una maleta con droga, y en tal labor la guían tres
malandros. La historia es ubicada en Miami. Sucede entonces que los estaban esperando para balearlos,
pero algo ocurre, casi un milagro. Este cuento ya nos permite señalar otro
rasgo del volumen: son cuentos multigeográficos. Así en “El mañana de Jacinto
Orichi”, historia ubicada en los rumbos de Guinea Ecuatorial; hay en este
relato mucha información subterránea y tal vez es necesario conocer las disputas
políticas de allá para comprenderlo de una leída.
“Dos
gardenias”, que da título al libro, es un cuento tremendo, sazonado por una
honda melancolía. Lázaro de la O es un cubano radicado en Chile. Tiene un amigo
bárman, Pepe, con quien conversa. Lázaro vivió enamorado de la bolerista
Margarita Lanier, Rita, con quien tuvo una relación de seis meses en Santiago
de Cuba. Era menor que ella. Lázaro fantasea que la casona chilena donde bebe es
el 1900, lugar donde se presentaba Rita. Dos veces, ya ebrio, la alucina. Es un relato hermoso con banda sonora de bolero.
Viene aquí una tanda de piezas violentas. En “Arcanos mayores” una tarotista descubre que el cliente con el cual se revuelca la ha engañado. Luego de hacer el amor le echa las cartas y ve para él un futuro que no se presta a discusión. Un alcalde debe firmar un permiso inmobiliario en “Héroe municipal”. Se niega y un sicario lo amenaza. El sicario es asesinado por un guardaespaldas oculto. “En la mira” es un cuento vertiginoso narrado desde la perspectiva de una pistola que ve a una pareja de amantes cocainómanos. Ella lo traiciona, lo engaña con otro, y todo se precipita para que la pistola asuma el rol de protagonista. Un rebelde perseguido huye por el monte, esto en el cuento “Letalidad anónima”. Está metido en asuntos políticos. Recuerda a su madre y su deseo de que abandone la lucha política. Durante la huida recuenta las atrocidades. Se cree salvado. Es un texto escrito en imprescindible tiempo presente.
En
“Crímenes vírales” un exmilitante, arquitecto, pasa la cuarentena en casa.
Tiene el rito de beber whisky por las noches y navegar en internet. Hace
búsquedas sobre represores chilenos, que casualmente mueren al día siguiente.
Suma tres importantes, y entre ellos incluye a la viuda de Pinochet. Un día comete un
error que cambiará el sentido de su suerte. Otro cuento con tema pandémico es “Salir
a la calle”, el último. En la cuarentena, un tipo recuerda la rebeldía previa. Pese
a la prohibición, decide salir y volver a lo que hacía antes.
Más allá de este apretado resumen —en el que me he cuidado de no revelar los cierres—, es claro que Dos gardenias y otros cuentos contiene un menú valioso de historias. La variación geográfica y la heterogeneidad de los personajes forzaban a Eduardo Contreras a inyectar un tono diferente en cada pieza, así que la unidad del conjunto debió cuajar en otro punto: la estructura; si no en todas las piezas, se siente en muchas de ellas la mano de un autor que ordena, que administra detalles, que siembra guiños, que narra con contención y malicia para desembocar en finales que son, para decirlo con una metáfora proveniente de la tauromaquia, estocadas a la sensibilidad del lector.
Nota.
Con este apunte despido el 2024. Que tengan un espléndido 2025.
sábado, agosto 17, 2024
Bucear en la memoria: cuentos de DMV
Tremendo
sentido del ritmo cuentístico, de la administración de detalles, del flujo
zigzagueante de la descripción, la narración y el diálogo. Humor en la pintura
física y psicológica de los personajes y elección perfecta de las peripecias.
Hábil sostenimiento de la tirantez que requiere el suspenso, suministro preciso
de guiños históricos y políticos, eficacia en el punch conclusivo de las
historias. Estilo alusivo, no explícito, al referirse a la situación de Chile
en los horribles tiempos de la opresión dictatorial y la cacería de
refractarios, es decir, dominio en el arte de bordear lo político-social sin
incurrir en la prédica ideológica. Las anteriores son algunas de las malicias
literarias de Diego Muñoz Valenzuela (Constitución, Chile, 1956, en adelante
DMV), autor de cuentos de pecho ancho, amplios y a la vez apretados, rotundos,
sin cascajo.
Parecen
demasiadas virtudes juntas, pero las tiene y las exhibe sin escatimar destreza
en Foto de portada y otros cuentos (Zuramérica, Santiago de Chile, 2020,
159 pp.), libro que en 2003 apareció con el título Déjalo ser (FCE,
colección Tierra Firme, 165 pp.) y desde hace poco, en busca de nuevos
lectores, reanudó su andadura editorial. Es, claro, el mismo libro, sólo que
con otra portada, otro título, otro ordenamiento de los cuentos, un oportuno
prólogo de Rodrigo Barra Villalón y algunos retoques sólo detectables, creo,
con un cotejo de ambas ediciones. El único asegún que le pondría a esta
nueva salida es el reacomodo de las historias, pero esto es prácticamente nada
frente al dechado de libro de cuentos que Zuramérica puso en recirculación
durante el año de la pandemia. La mayoría de los cuentos son para mí, sin
discusión, modelos del género tal y como podemos entenderlo si lo asumimos con
rigor, como arquitectura gobernada con los ojos abiertos y no como mero chorreo
de lirismo o acumulación deshuesada de situaciones. Al menos en su costado de
narrador realista, siento que hay un aire de Ribeyro en el chileno que aquí me
ocupa.
Hijo
de los escritores Diego Muñoz y Inés Valenzuela, DMV es autor de más de veinte
libros; entre otros, de Nada ha terminado, Ángeles y verdugos, De monstruos
y bellezas, Las nuevas hadas, Microsauri, El tiempo del ogro, Todo el amor en
sus ojos, Ojos de metal, Entrenieblas, El mundo de Enid. Además, ha sido
incluido en más de cien antologías de relatos en Chile, España, Bulgaria,
Rusia, Ecuador, Argentina, México, Colombia, Italia, Islandia, Canadá, Croacia,
Estados Unidos y otros países. Cuentos suyos han sido traducidos al croata
(incluido el volumen Lugares secretos, en 2009), francés, italiano,
ruso, islandés y mapuche; su novela Flores para un cyborg fue
publicada en España (2008), Italia (2013) y Croacia (2014). Ha obtenido
numerosos reconocimientos, participado en decenas de congresos, encuentros y
ferias del libro, y trabajado como ingeniero (carrera que estudió), profesor
universitario, coordinador de talleres, antologador y promotor cultural. Es
presidente de la corporación Letras de Chile.
Haré
una revista en caída libre de cada cuento, pero antes quiero subrayar dos o
tres líneas generales, rasgos que atraviesan todas o casi todas las piezas.
Primero, que ocho de las diez pueden quedar arracimadas en un haz, lo que da
unidad al libro. Siento que dos de ellas, por razones que señalaré en su turno,
escapan por su tema de la orientación mayoritaria. Segundo, que en el conjunto
de ocho que he mencionado destaca el uso del recuerdo como dinamo de los
relatos; los protagonistas viven en un presente que con alguna facilidad
podemos ubicar en los noventa y desde allí se remontan a retrospecciones
setenteras. Este racconto permite saber que en casi todos los casos, por
no decir que en todos, se evoca una juventud inmersa en la tensión que
provocaba su apetito de libertad intelectual y sexual puesto en contraste con
los usos y costumbres de la satrapía atornillada al poder desde septiembre de
1973. Tercero, y esto se liga a otra estrategia de DMV: que carga la tinta de
su interés en las experiencias de los personajes, los retrata en su vitalidad, en
sus excesos, en su voracidad cultural, en su desorientación, en sus bromas, en
sus titubeos, en su inmadurez y sus arrebatadas preocupaciones por el mundo inmediato
que les cupo en (mala) suerte, y deja como fondo, con sutileza y precisión para
no resbalar hacia el precipicio del panfletarismo, las alusiones a la tiranía.
Según recuerdo —digo esto como ejemplo—, una sola vez se menciona el apellido del
Déspota, pero uno como lector entiende que la mancha venenosa de su “gobierno”,
por llamarle de algún modo, permeaba todo el luengo país las 24 horas de
aquellos días aciagos. Recorro ahora sí cada uno de los cuentos.
“Foto
de portada” es un relato político genial. Sabemos que se ubica en el 77 por la
mención al acto del cerro de Chacarillas (en el que participó, por cierto,
Nelson Sanhueza, futbolista que pasó por varios equipos mexicanos), y cuenta
una revuelta estudiantil en la Universidad de Chile. El personaje narrador,
Arancibia, un estudiante de ingeniería que casi podemos considerar alter ego
del autor, recuerda, a partir de una foto de portada de El Mercurio, al Guatón
(esto en Chile significa “barrigón”, “panzón”, “tripón”) Alvarado y a Vicente,
dos jóvenes que se destacaron contra los carabineros en un encontronazo universitario.
El relato describe el horror represivo y el coraje de los estudiantes que
reclamaban otro estado de cosas para el país apuñalado por el generalote, sus
esbirros y sus “sapos” (espías). Es un cuento con todos los atributos del
género, además de cinematográficamente vertiginoso.
Relato
que rompe un poco con la tesitura de las ocho piezas que mencioné como afines, “Apuntes
para una historia siniestra” es una especie de utopía despiadada, o más bien de
antiutopía. Cierto tipo adicto al dinero hace negocio con una anciana
millonaria: produce para ella una pomada hecha de grasa humana. La sustancia es
capaz de abolir las arrugas y por ello alargar al menos la apariencia juvenil.
El protagonista, Matías de nombre, se vincula con un químico corrupto para fabricar
en serio y en serie la grasa milagrosa derivada de cadáveres humanos. El texto
es una especie de parábola de la ambición, de la voracidad empresarial como
aplanadora de cualquier prurito ético, nada muy lejano de la mentalidad
neoliberal puesta en boga durante los ochenta.
En
“Déjalo ser” DMV sabe mostrar/esconder la información necesaria para que el relato
mantenga in crescendo el interés, el aura de amenaza que apetecía Carver
para los buenos cuentos. Ramsey, el protagonista, es un excelente asesor
empresarial, una “estrella de la consultoría”. El cuento es narrado por un
compañero de trabajo, quien reconoce su profesionalismo y su éxito. Un día
Ramsey pasa de ser alegre a tristón, cuando ya no puede más con un sentimiento
oprimente relacionado sin duda con su condición (algunos le llaman
“preferencia”) sexual. Se lo revela al narrador. Ramsey desaparece y uno siente
que las alusiones a la canción de Los Beatles, que da título al cuento, tienen profunda
validez. Humor, sentido de la realidad, conocimiento del interior humano,
malicia en la disposición de las peripecias: todas las virtudes de DMV en un
relato.
“Ojos
un poco perdidos” narra el encuentro de Monique y Leo. Beben bitters y
recuerdan su ya larga amistad. En el fondo está la dictadura, el negror del
terrorismo de Estado que deja márgenes muy estrechos para ejercer una felicidad
algo desesperada. Leo apetece desde siempre a su amiga, está obsesionado con
sus tetas. Dialogan, recuerdan, pero lo que avanza debajo de la conversación es
el acercamiento sexual luego de una larga postergación. Saben que lo resultante
de un encuentro es la infelicidad, el dolor. Ambos están como marcados por la
urgencia y la anticipada derrota de la alegría. Aquí como en la mayoría de los
cuentos hay leves referencias al momento en el que viven los personajes: el
trasfondo es, ya lo dije, la dictadura, y los personajes son jóvenes que se
mueven entre el instinto y la racionalidad, y saben que tienen poco margen de
maniobra para disfrutar de sus vidas, del erotismo y el arte, que son casi
clandestinos en ese marco social.
Más
que triste, tristísimo es el cuento “Mirando los pollitos”, aunque no deja de
estar impregnado del humor a veces acre de DMV. Cárdenas es un oficinista de
provincia instalado a pujidos en la capital chilena. Casado y con dos hijos
pequeños, con sacrificios levantó una casa que, precaria y todo, es un reino si
nos atenemos a sus expectativas de origen. Un día lo echan del trabajo y con la
liquidación sobrevive algunos meses si decir a su esposa que ha sido centrifugado.
Deambula por la ciudad y busca sin fruto un nuevo empleo. Está ya casi al borde
del cataclismo, aletargado en un parque, cuando aparece un tipo embutido en una
botarga, el animador publicitario del pollo Roky, “el mejor de todo el Pacífico
Sur”, quien lo convida a disfrazarse; con este empleo ínfimo y tragándose la
sensación de ridículo, Cárdenas logra salir un poco del infierno de las deudas.
Cierto día lo invitan a animar como botarga en una fiesta, y ese hecho detona
una novedad. Es un cuentazo armado, como otros de DMV, in extremas res, de modo
que desde el comienzo de la historia ya estamos instalados en el desastre del
personaje.
“Yesterday”
es otro gran cuento. Emilio, un joven estudiante de ingeniería y militante
clandestino, se enamora de una mujer seis años mayor que él, Isabel. Tienen
encuentros fugaces, no asientan nada firme, pero cada vez que se ven estalla el
deseo. Esta historia revela lo destructivo de la rutina en pareja y lo feliz
que puede ser el ser humano en los encuentros no burocratizados. La historia se
ubica en el Chile del 76, así que allí campean los toques de queda, la
persecución y el pavor a la degollina convertida en política pública. En medio
de eso se tenía que colar la vida, el sexo, la aventura, como lo saben los
protagonistas.
Luego
viene “Vientos de cambio”, pero no lo juzgo el cuento más eficaz. Está escrito
en clave de parábola. Un tipo anodino, de rostro convencional, quien representa
a la sociedad chilena agraviada, sale a manejar y padece abusos. Trae un auto
con el que inicia su desquite. El principal, atentar contra el general Lareen y
comenzar allí el cambio: no permitirá más abusos contra la libertad de
circulación. Parece qué tal es el símbolo encerrado en esta extraña historia.
“Adagio
para un reencuentro”. Tremendo relato. Trata sobre el reencuentro imposible en
San Francisco, California, con el padre muerto y también acosado por opositores
políticos; la historia se mueve en una franja de realidad-irrealidad (más,
claro, en la segunda que en la primera) en la que se da el recuento de lo
compartido entre padre e hijo, un diálogo en el que reviven, entre otros
asuntos comunes para los dos, “huelgas obreras y esperanzas fallidas”. Es un
gran cuento fantástico, urdido con el fondo del “Adagio de Barber”. No sé dónde
la leyó, pero esta es una pieza narrativa venerada por mi amigo Daniel Lomas,
escritor, y lo entiendo y adhiero a su admiración.
Un
cuento que no empata con el tema y el tono con los anteriores es “El día en que
todo se detuvo”. Plantea la sorpresa de llegar a un día en el que amanece y no
funciona ningún aparato. Nada explica el fenómeno. Esta especie de distopía se
ubica en la casa de Alberto, su esposa y sus hijos pequeños. Entre sorprendidos
y resignados, ven que nada echa a andar. Los teléfonos no funcionan, los autos
no encienden, todo ha quedado sin energía. Tratan de llegar a la escuela y la
oficina, pero no hay transporte. Sin tragedia aparente, se resignan todos a
seguir una vida más serena y vinculada a la naturaleza. Este cuento
desconcierta un poco en el conjunto, se siente algo edificante, con una
moraleja acaso no muy soterrada, lo que podría ser juzgado como lunar en un
grupo de cuentos sin tal rasgo.
Por
último, “Después de treinta años” cuenta la historia de un reencuentro de
amigos cincuentones. Es de mis textos favoritos en el menú. Fueron adolescentes
en el periodo del Golpe que, obvio, también les cagó la vida. El
narrador-testigo (Diego Núñez, escritor, alter ego menos disimulado del
autor) describe el caso de Lucho, quien se fue a España y está de paso por
Chile luego de treinta años. Es la época de las fiestas navideñas. Rememoran
andanzas, “la diáspora” tras el ataque a La Moneda, sucesos relacionados con la
represión, amigos muertos (Héctor). Es un cuento ejemplar, pues debajo de su
humor asordinado —el retrato de los personajes es impecable— se desliza como
pesadilla el recuerdo de la dictadura y su contracara: el heroísmo. Este es,
como observé hace algunos párrafos, el único que menciona por su apellido al tiranosaurio
de Valparaíso.
En el prólogo, Rodrigo Barra tiene razón al comentar que como editores se preguntaron si era pertinente “volver a publicar el libro, pensando que tal vez sería extemporáneo y no se ajustaría a los nuevos tiempos. ‘Ha corrido mucha agua bajo el puente desde que Déjalo ser vio la luz’ —nos dijimos”. Me da gusto que Zuramérica haya consumado, ahora con otro título, esta reedición precisamente por ser, o al menos parecer, un libro extemporáneo. Con él, los jóvenes lectores, sobre todo ellos, podrán asomarse a un mundo que en efecto comparten, el de la inquietud sexual, cultural, académica, pero también a otra realidad lamentablemente desplazada hoy por la potencia de la banalidad digital que ha hecho del compromiso político un bochorno como no lo fue, como no podía serlo, para la juventud que nos mira desde las páginas de Foto de portada y otros cuentos de factura compacta y sin detalles librados al azar.
lunes, agosto 12, 2024
Antología del cuento chileno reciente
Enlace para descargar gratuitamente el PDF del libro Antología del cuento chileno reciente editada por la corporación Letras de Chile. Pulse aquí.
sábado, agosto 10, 2024
Un día inolvidable
Al
género crónica podemos añadir en ciertos casos el apellido memoria: crónica-memoria. Se trata de la recuperación, con la mayor
fidelidad posible, de un acontecimiento del pasado descrito en clave
cronológica. Los hechos más adecuados para su escritura son aquellos que nos han
impresionado con fuerza, sean gratos o funestos. El olvido de muchos detalles,
por supuesto, es parte de su dificultad, pero la imaginación sin desbordes de
la franqueza es aceptable si nos atenemos al objetivo de alcanzar una meta cara
a toda escritura de este tipo, autoconfesional: ser al menos verosímil. Es un
género que me gusta porque en él se adunan, en grados desiguales, el deseo de
recuperar una estampa real algo remota y el arte de narrar el acontecimiento o la
anécdota como si de un cuento se tratara. Traigo aquí un relato de esta índole.
Pero
antes a esta introducción sumo otra: ¿qué detona la crónica-memoria? Puede ser
el capricho, un resorte del subconsciente. Un día estamos en la ducha y nos
asalta el recuerdo sin un motivo claro a la vista. Otro día leemos o escuchamos
algo y aparece pleno una especie de film en nuestro interior. Lo que contaré
tuvo una palanca del segundo tipo, y esto parece un buen ejemplo para el comentario
“Otros usos del libro”, que escribí hace poco. En él declaro que en mi caso
suelo usar los libros para leer, pero también como archivo o repositorio
disperso, desordenado, de papelitos entre sus páginas. Obviamente nunca sé lo
que voy a encontrar, si es que encuentro algo, cuando tomo alguno de mis
libros. Puede ser un post it, una
foto, una invitación vieja, una nota de compra, un pedazo de servilleta, un
fragmento de periódico, un separador perdido… Recientemente hallé así, entre
páginas de libro, un cacho de mi pase de abordar para un vuelo de la Ciudad de
México a Santiago de Chile. La fecha aparece en el comprobante del equipaje: 26
de octubre de 2011. Este dato precipitó mi recuerdo de aquel momento y sus
vicisitudes.
La
mañana ya del 27 bajé de la nave de Aeroméxico en el aeropuerto Arturo Merino
Benítez de Santiago. Para evitar el alto costo del taxi, creo que primero tomé
un autobús y luego el metro; lo que sí recuerdo fue que al cálculo descendí
cerca de la estación Universidad de Chile. No tenía señal de internet y sin
Google Maps (¿ya existía?) me resultaba imposible saber en dónde estaba. Era,
lo sé ahora muy bien, un viaje mal planeado. Sólo sabía que por allí, donde
fuera, debía encontrar una habitación de hotel. Los recursos no me sobraban,
así que descarté edificios sólo por su fachada. Erré por algunas calles
comerciales con mi mochila de espalda y la maleta de rueditas inclinada desde
la extensión hasta mi mano derecha. De aquella caminata guardo fija una imagen insustancial:
la farmacia Ahumada con el mismo logo y la misma tipografía de nuestra farmacia
Benavides. Nadie me esperaba en Santiago, aunque en el mail tenía el contacto
de Diego Muñoz Valenzuela, quien ya para entonces me tenía organizada una
lectura en la corporación Letras de Chile.
Al
azar seguí caminando como una hora y vi una especie de cueva con un rústico
anuncio que ofrecía “habitaciones disponibles”. Al pie de la calle, en el
umbral, una chica de edad incierta, tal vez apenas adulta y muy humilde, vendía
golosinas en una caja de madera trepada sobre una de cartón. Antes de acceder a
la “administración” de aquel hostal claramente sórdido —para ahorrar—, pregunté
a la chica si en efecto allí había hospedajes, dado que el anuncio había sido
diseñado con las pezuñas. Me respondió que sí, pero luego, dibujando una cara
de genuina angustia, añadió con el acento del lugar: “Pero no entre, allí le roban
a la gente”. Sus ojos abiertos, alarmados, solidarios y hermosos reflejaban que
en verdad quería ayudarme, así que de inmediato reculé y huí con mi maleta de
rueditas a otra parte.
Continué
mi marcha por calles desconocidas, y en un puesto de periódicos y revistas
pregunté por algún hotel económico. La oscura cabeza asomada en un marco de
papeles me respondió que a dos cuadras, por allá, había uno. Seguí avanzando y
di con el hotel Imperio situado en la esquina de la avenida Bernardo O’Higgins
y calle San Alfonso. Entré ya agotado de caminar y pregunté el precio en la
recepción. No era barato, pero tampoco caro, así que pagué mi estancia con
desayuno incluido. Al entrar en la habitación —ni fea ni bonita— lo primero que
hice fue bañarme. Luego me tendí en la cama y caí dormido como un bulto de
cemento. Tras un rato de sueño, desempaqué mis cosas y vi que no traía
adaptador para conectar la computadora y el celular. Decidí salir a comprar uno
y de paso a buscar un sitio para comer lo que fuera. Una indicación del
recepcionista del hotel me señaló buscar mi adaptador en la calle Matucana, a
dos cuadras de allí. Caminé hacia el rumbo recomendado en aquella tarde
espléndida, y esos primeros pasos en Santiago los recuerdo muy gratos, de un
verdor pleno por los álamos y los amplios tramos con césped del camellón. Por
fin estaba en la ciudad de tantos queridos y detestados hechos históricos. Me
sentía dueño de la urbe, un mexicano llenándose los pulmones de Santiago. Lo
que vino luego amerita párrafo aparte.
Estaba
ya frente a la Estación Central del metro, en la bocacalle de O’Higgins con
Matucana, sitio desde donde vi que era verdad: había allí muchos pequeños
negocios de electrónica. Pero antes de avanzar por Matucana, un griterío llamó
mi atención. Tras esto, vi que un tropel corría hacia mí; las caras de quienes
corrían mostraban agitación, supongo que horror. No sé por qué, como
hipnotizado, en lugar de sumarme a la estampida caminé de frente a ella.
Algunas personas que corrían me rozaban los costados al pasar. Yo iba como ido,
fascinado y curioso hasta que noté una nube no muy densa pero visible. Quise tomar
una foto con el celular (creo que era Blackberry) y en eso estaba cuando la
nube me llegó. Ya no pude ni encender el celular, pues sentí una picazón
horrible en los ojos. Ahí fue cuando di marcha en reversa por segunda vez en el
día, y con los ojos llorosos, ardientes, como si en ellos me hubieran tallado
un chile xalapeño, llegué otra vez a la esquina de la calle Matucana, donde doblé y
avancé media cuadra antes de encontrar la sombra de un árbol. Los ojos me
ardían, saqué mi paliacate y comencé a llorar en su decorado hindú. El ardor
desconocido casi no me permitía ver, y cuando abría los ojos todo lo veía
acuoso, hiriente, con un picor inédito en las córneas. Necesitaba agua. Casi a
tientas me desplacé hacia una tiendita cercana y pedí una botella. El encargado
dijo unas palabras que no recuerdo, me pasó el agua y pagué con cualquier
billete. Salí de la tienda y de nuevo busqué el resguardo del árbol bienhechor. Luego
humedecí el paliacate y comencé a frotarme los ojos. Nada. Me incliné y a
ciegas me derramé agua en la cara, de lado. El agua fría palió el ardor, pero
tuvo que pasar como media hora para recuperar una visibilidad decente.
¿Por
qué ocurrió esto? Lo supe después en mi viaje mal organizado: al lado de la
calle Matucana se ubica uno de los planteles de la Universidad de Chile. Los
estudiantes estaban enfrentando al gobierno de Sebastián Piñera por sus afanes
privatizadores de todo, incluida la educación (era la época de oro como
dirigente de Camila Vallejo, vocera de la Federación de Estudiantes de la
Universidad de Chile) y el poder reprimía con camiones de agua a presión, gases
lacrimógenos y demás amabilidades. Eso fue habitual allá durante el 2011, pero
yo no lo esperaba así de golpe, casi como bienvenida.
Ya más recuperado me coloqué en una ubicación adecuada para tomar algunas fotos de los carabineros y de la Universidad de Chile en los dos planteles de la avenida O’Higgins que me quedaban cerca: el de la Estación Central donde probé el gas pimienta y el que está frente al Palacio de la Moneda. Comparto esas modestas fotos como recién acabo de compartir de mi inolvidable primer día chileno.
martes, junio 11, 2024
Miembro honorario de Letras de Chile
Agradezco profundamente este honor a la Corporación Letras de Chile. Me sumo con alegría a sus propósitos de divulgación literaria con el ánimo y la convicción que allá les he visto y les aplaudo. Muchas gracias de veras por su generosa iniciativa, la de investirme como primer miembro honorario extranjero de su institución. Aquí la nota que consigna el hecho.








