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sábado, noviembre 29, 2025

El personaje Rulfo


 








Es imposible pensar en la repercusión de los dos famosos libros (El Llano en llamas y Pedro Páramo), y sobre todo de la novela que en este 2025 cumple 70 años, sin aproximarnos al enigma Rulfo. Como ocurre con todo lo que se refiere a él, hay muchos testimonios de quienes lo conocieron y lo trataron. Me ciño por ahora a dos: el de Elena Poniatowska en el libro ¡Ay vida, no me mereces!, y a la conferencia “La persona Juan Rulfo”, de su coterráneo Antonio Alatorre. Para empezar, es un hecho que Rulfo fue un sujeto tímido, retraído, callado y por ello enigmático. Carballo, en una entrevista de 2006, apunta que en esa manera de ser se basó buena parte del éxito alcanzado por el personaje Rulfo:

“Rulfo no se dedicaba a promoverse. Rulfo le tenía miedo a la fama. Al final le daba gusto, pero él no ayudó a hacer su fama, más bien se escondía de la fama y eso le cayó muy bien a la gente. El huir de la promoción fue lo que le cayó bien a la gente: el escritor humilde y talentoso. Era hábil, y con eso hizo más propaganda sin hacer propaganda. Muchas gentes, como Fuentes, como Paz, hacían mucha publicidad y no tuvieron la ventaja que tuvo Rulfo. El escritor sencillo, huraño, que escribió un libro”.

Poco antes de morir, a Poniatowska le hizo este comentario luego de que ella lo elogia:

“—Me refería a que tú eres un gran escritor.

—Pues yo siento que soy un pobre diablo, así es el sentimiento que yo tengo, soy todo deprimido y marginado.

—Eres más ocurrente que eso, Juan.

—Eso sí, tengo mis ocurrencias. Pero lo que no me gusta es la gente, hablar en público, no me siento bien, nada bien. Me entra el pánico, me deprimo mucho, por eso te digo que soy deprimido, me entra la depresión baja y siempre tengo la presión baja, entonces me entra una depresión más baja que la depresión”.

Alatorre, su paisano de Jalisco, describe en “La persona Juan Rulfo” algunos pasajes de su vida, incluso de su genealogía. Los abuelos y los padres fueron personas pudientes en su época. Lamentablemente, al nacer, las escaramuzas de la Revolución no se habían apagado y pronto, en su niñez y por su rumbo, se desató la revuelta cristera (1926-1928) donde su padre, Juan Nepomuceno Pérez Rulfo, fue asesinado. Poco después murió María Vizcaíno, su madre, y el niño terminó, como sus hermanos, en un orfanato. En la frialdad de aquel espacio comenzó a leer, lo mismo que en el seminario, donde estuvo un tiempo hasta que lo enviaron a la ciudad de México a vivir con un tío militar. En la capital, el tío le consiguió un trabajo menor en Migración, donde coincidió con el escritor Efrén Hernández, quien detectó que su amigo Juan leía y escribía, y lo estimuló a mostrar sus cuentos. Con reticencia, Rulfo aceptó publicar un primer relato. Nuestro autor volvió a Guadalajara como empleado de Migración, y allí se encontró con sus paisanos Arreola y Alatorre, quienes le arrancaron otros dos cuentos. Al retornar a México, consiguió otra ocupación, el de la Goodrich Euzkadi, como vendedor de neumáticos de ciudad en ciudad por muchos lugares del país. Por entonces ya se había casado con Clara Aparicio, y ya tenía hijos. Al dejar esa empresa, agarró otro pequeño empleo en la Secretaría de Gobernación, y al entrar la década de los cincuenta obtuvo la beca del Centro Mexicano de Escritores, donde escribió Pedro Páramo.

En revistas publicó algunos adelantos de su novela aún no con el nombre definitivo. El título tentativo más famoso fue “Los murmullos”, e incluso hubo un momento en el que Comala no se llamó así, sino Texcacuesco, y Susana San Juan llevó un nombre distinto y muy extraño para el tono de la historia: Susana Foster. El 16 de marzo de 1985, Excelsior publicó un texto de Rulfo que recuerda detalles de la escritura de Pedro Páramo, cuando era becario del CME:

“En mayo de 1954 compré un cuaderno escolar y apunté el primer capítulo de una novela que durante muchos años había ido tomando forma en mi cabeza. Sentí por fin haber encontrado el tono y la atmósfera tan buscada para el libro que pensé tanto tiempo. Ignoro todavía de dónde salieron las intuiciones a las que debo Pedro Páramo. Fue como si alguien me lo dictara. De pronto, a media calle, se me ocurría una idea y la anotaba en papelitos verdes y azules. Al llegar a casa, después de mi trabajo en el departamento de publicidad de la Goodrich, pasaba mis apuntes al cuaderno. Escribía a mano, con pluma fuente Sheaffers y en tinta verde. Dejaba párrafos a la mitad, de modo que pudiera dejar un rescoldo o encontrar el hilo pendiente del pensamiento al día siguiente. En cuatro meses, de abril a agosto de 1954, reuní 300 páginas. Conforme pasaba a máquina el original destruía las hojas manuscritas”.

Cuando la terminó y comprometió su edición con el Fondo de Cultura Económica, Rulfo tuvo que dar forma definitiva al libro. Se dice que le podó decenas de cuartillas, y que fue Arreola quien lo ayudó a organizar la versión definitiva. Al salir al mercado, poco a poco, la vida de Rulfo pasó al estrellato, a la visibilidad, pero él no pudo abandonar su personalidad huidiza y hasta apocada. Lo esperaban muchas entrevistas, el asedio de la crítica, los reflectores, los viajes, la molestia del asedio.

Nota. Fragmento de la conferencia titulada “Comala está de fiesta. Pedro Páramo cumple 70 años” que se celebró en la cafebrería La Tinta, Torreón, el 26 de noviembre de 2025.

sábado, enero 04, 2025

El cine de Ismael












 

Casi no hay mexicano mayor de cincuenta años que no haya sido tocado, o al menos rozado, por el cine de Ismael Rodríguez (Ciudad de México, 1917-Ídem, 2004). Obviamente me cuento entre ellos, ya que gracias sobre todo a la televisión, no tanto a la sala cinematográfica, vi Nosotros los pobres, Ustedes los ricos, A toda máquina y varias cintas más que llegaron a convertirse en parte de la cultura popular mexicana.

Es muy probable que nuestros abuelos y nuestros padres las vieron cuando fueron estrenos, éxitos de taquilla que encumbraron sobre todo a Pedro Infante como ídolo del país. Mi generación llegó a ese viejo cine mediante la televisión, aparato que al extender sus horarios requirió de las películas para mantener al público atado a la pantalla. Fue, como digo, mi caso, de modo que parte de la educación sentimental que recibí fue similar a la de mis padres, una educación llena de “Amorcito corazón”, “Parece que va a llover” y “Te quero más que a mis ojos”, canciones que no podemos escuchar sin las imágenes ya conocidas dentro de la cabeza.

Memorias (Conaculta, México, 2014, 107 pp.) de Ismael Rodríguez es por ello un libro importante para conocer de cerca al más influyente cineasta mexicano. No lo escribió directamente, sino por medio del crítico Gustavo García, quien entrevistó al realizador y extrajo sus vivencias bien abultadas de guiones, actores, cámaras, luces y acción, el universo de la cinematografía que le cupo en suerte sobre todo durante la llamada —con chovinista hipérbole— “época de oro del cine mexicano”.

El libro es un largo relato en primera persona sólo entrecortado con “cabecitas de descanso” que fungen como capítulos, 25 en total. Aunque no explícitamente marcado con fechas, el desarrollo de la memoria es cronológico, y por ello abarca de la niñez del realizador hasta el fin de siglo, cuando él ya estaba en el ocaso de su vida. Es evidente que Rodríguez fue hiperactivo, una especie de workaholic, como denominan los gringos a quienes tienen el feo vicio de trabajar sin medida ni clemencia. Otra adicción tuvo, la del cigarro, a la que jamás pudo renunciar. La incapacidad del cineasta para permanecer quieto se deja apreciar en lo apretado de la actividad que desarrolló desde su niñez, relacionada en un principio con el negocio familiar, una panadería. Por un problema de sus padres en el contexto de la persecución religiosa emprendida en el callismo, los Rodríguez fueron a radicar en California, lugar en donde el jovencito Ismael tuvo acceso a una mejor tecnología de sonido, que fue lo primero en lo que se vinculó con el arte fílmico. Al volver a la capital de nuestro país, muchas salas habían sido abiertas y el cine se había convertido en un fenómeno de masas, en el entretenimiento público más popular. Los Rodríguez, no sólo Ismael, se relacionaron con esa incipiente industria, y fue así como, entre obstáculos y negativas, a codazos, el joven cineasta se abrió camino hasta la oportunidad de dirigir.

En las páginas de estas Memorias casi no hay nombre de la cinematografía nacional que no aparezca. Entre los ausentes conté muy pocos (Clavillazo, Silvia Piñal, el Santo…), pero uno puede pensar casi en cualquier actor, productor, director, fotógrafo, editor y demás, hasta en la maquillista Fraustita, y aquí aparecen. Algunos nombres son los más recurrentes, esto por la cercanía afectiva y profesional que Rodríguez tuvo con ellos. Es el caso de Frank Capra (el gran director ítalo-norteamericano), Pedro Infante (su principal creación) y Ricardo Garibay (autor de varios de sus guiones). Destaco estos tres nombres, pero un índice onomástico del libro podría arrojar sin duda más de 300 que el lector recordará haber leído ya en los muchos créditos de películas mexicanas rodadas entre 1940 y 1995, que fue la ancha etapa en la que el cineasta que nos ocupa trabajó sus filmes.

Como es de esperar en este tipo de libros, las Memorias de Ismael Rodríguez abundan en anécdotas, en la mención de quienes lo ayudaron y de quienes lo obstruyeron, en sus numerosos viajes, en sus líos con la absurda censura, en incontables chismes de la farándula y en la descripción de sus malicias para resolver asuntos técnicos. Sobre esto último destaca el logro no menor de Los tres huastecos, película en la que hizo figurar tres veces a cuadro, simultáneamente, como ya sabemos, al mismo actor, Pedro Infante. Y ya que menciono al actor sinaloense, queda claro que su principal “inventor” fue Rodríguez, quien lo llevó al estrellato que jamás, hasta la fecha, ha perdido y fue magnificado por el avionazo que segó su vida el 15 de abril de 1957.

Sólo por destacar tres pasajes de estas Memorias, menciono el caso de Buñuel y Los olvidados. El cineasta español recibió un guion muy parecido a Nosotros los pobres, de la urbe proletaria chilanga, y lo despojó de canciones y melodrama hasta dejarlo casi crudo, de una severidad colindante con lo cruel. Para Ismael Rodríguez fue verdad que se trató de una gran película: “Tiene un enorme mérito, pero es para un público reducido. Para hacerla taquillera le hizo falta todo lo que le quitó”.

Otra anécdota se relaciona con Ánimas Trujano, película mexicana cuyo protagonista fue el actor japonés Toshiro Mifune. Luego de los enredos para contratarlo, se rodó en Oaxaca y al final tuvo un gran reconocimiento de la crítica, tanto que fue nominada al Oscar. La voz del nipón fue doblada al español por Narciso Busquets, y cuando Rodríguez fue a ver su exhibición en Japón le pidieron que no mencionara el doblaje, pues allá la gente admiraba que Mifune la hubiera filmado con su voz en español. Esta cinta fue realizada por Rodríguez gracias a una recomendación de Juan Rulfo.

La última anécdota que cito no tiene gran relevancia, pero atañe a uno de los recuerdos más tercos de mi memoria como espectador de esas películas. Al rodar la tragedia del Camellito, aquella escena atroz en la que el tranvía cercena ambas piernas del jorobado con el mote apenas eufemístico, Rodríguez explica que hicieron un pozo al lado de la vía; allí metió sus piernas el Camellito para luego poner unas piernas falsas al otro lado del riel. El ingenio al servicio de la truculencia.

Para los amantes de nuestro viejo cine, las Memorias de Ismael Rodríguez son un viaje a su pasado, un pasado que gracias a los filmes también nos pertenece.

miércoles, enero 01, 2025

El gallo de oro otra vez


 








Un vagabundeo en la plataforma Prime me deparó el encuentro inesperado de El gallo de oro, película basada en un relato de Juan Rulfo. El texto, un cuento o novela corta, como queramos verlo, fue adaptado a guion por Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes, y contaron para esto con la colaboración de Roberto Gavaldón, quien a su vez dirigió la cinta. De la historia hubo un remake, como le llaman, titulado El imperio de la fortuna, y recientemente una serie con la cantante Lucerito como protagonista, que por supuesto tengo toda la intención de no ver.

Para mí, El gallo de oro es y será siempre el primero que salió a la luz, el de 1964, con Narciso Busquets como Lorenzo Benavides, Lucha Villa como La Caponera e Ignacio López Tarso como Dionisio Pinzón (ver foto). En este triángulo de buenos actores baso mi querencia a la historia concebida por Rulfo sobre el mundo de las ferias y los galleros.

El argumento es sencillo, pero está lleno de interés. Pinzón es un pobre diablo que se dedica al hoy extinto oficio de pregonero, una especie de publicista antiguo. Vive con su madre, quien muere al principio de la historia mientras su hijo sueña con la feria próxima que le dará la oportunidad de ganar buen dinero como gritón de palenque. Tras el fallecimiento de su madre, Pinzón desea comprar una caja digna para enterrarla, pero como no tiene plata se conforma con envolverla en un petate, como taco.

Así llegan las peleas de gallos, y en una de ellas rescata de la muerte a un gallo perdedor, que queda lisiado. Lo reanima, lo cura y lo entrena hasta que lo presenta a una pelea. Para entonces, el don nadie Pinzón ya se ha enamorado secreta e imposiblemente de La Caponera, una cantante de feria y compañera del gallero y tahúr Lorenzo Benavides. La suerte de Pinzón es grande: su gallo gana varias peleas a Benavides, y atribuye los triunfos a su talismán, La Caponera. Con la intercesión de la cantadora, Pinzón se asocia entonces con Benavides, y ganan, se hacen incluso de una hacienda, lo que precipita el final, pues La Caponera es mujer de ferias, no una esposa convencional.

Cierto que la película exhibe todavía el lastre de cargar demasiadas canciones dentro del argumento (aunque en algo justificadas por el oficio de La Caponera), pero no deja de abordar dos temas que siempre han estimulado la imaginación de la humanidad: el de la fortuna y sus vaivenes, por un lado, y los flecos de la ambición y el triunfo, por otro.

Ha sido un grato accidente reencontrarla.

Que tengan un espléndido 2025.

sábado, julio 30, 2022

Invitación a Rulfo por Saúl Rosales

 







Así sea de lejos y como mero oyente de sus avances, he sido testigo de la más reciente escritura de Saúl Rosales. Gracias a nuestra conversación sabatina me he enterado en tiempo real del trabajo que a diario despliega para organizar sus materiales en conjuntos de cuartillas que luego serán libros. Ecos de Comala y el llano, título que presentamos esta tarde, es el caso más reciente de lo que digo. Hace, creo, poco menos de tres meses, en mayo, Saúl me comentó que estaba por cerrar la hechura de algunos ensayos sobre Rulfo a los que deseaba añadir uno de sus cuentos (no de Rulfo, sino de Saúl). Poco después me lo envió y comenzamos la labor de edición que esta noche convida su resultado.

El autor me ha pedido la cuarta de forros, una forma de textualidad que puede ir o no firmada. Cuando sí, como en este caso, no es viable acatar los usos y costumbres del género, soltar así nomás hipérboles irresponsables sobre el valor descomunal, muchas veces sólo hipotético, del contenido. La mía, mi contratapa, es meramente descriptiva y observa que Ecos de Comala y el llano propone dos rutas de asedio a la obra de Juan Rulfo: la primera al fondo, donde el escritor lagunero subraya el primitivismo, la irracionalidad reflejada en el universo de los personajes rulfianos; la segunda a la forma, costado en el que destaca el recurso de los ecos o de las aliteraciones como generadores de eufonía en toda la extensión de El llano en llamas y de Pedro Páramo, además de la curiosidad que implica el uso de los adverbios allí y ahí. Asimismo, el autor ha incorporado “Autorretrato con Rulfo”, cuento que oscila entre la memoria y la ficción. Este periplo crítico y narrativo de Saúl Rosales alienta, en suma, lo que debe alentar toda cala a la obra de un grande como Rulfo: invitarnos a revisitarla, a reencontrar en ella los dones de la belleza y el asombro.

El libro contiene, pues, cinco ensayos titulados “Cómo llegué a Comala (o cómo llegué a leer Pedro Páramo)”, “Primitivismo del rencor vivo y otras pasiones”, “Ecos de Comala y el llano”, “Allí en El llano en llamas”, “Primitivismo pedroparamero” y el cuento “Autorretrato con Rulfo”. El viaje entonces nos lleva a ponderar algunos rasgos del alma contenida en la obra rulfiana y algunos otros referidos al cuerpo. En el primer caso, es fundamental lo expuesto por Saúl Rosales en su ensayo sobre lo que él denomina “primitivismo”. De hecho, creo que este es un lado de la moneda (de oro) que hace grande al narrador jalisciense: haber roto con la mirada de la literatura y del cine mexicanos, artes que por su ánimo benefactor, el ánimo de época alentado por la Revolución, tropezaban en la demagogia de pensar que en el medio rural de nuestro país y de cualquier otro, es decir, en la pobreza y la ignorancia, los seres humanos son incapaces de maldad y torceduras espirituales, casi como si fueran los buenos salvajes imaginados por Rousseau. Vemos que no. Vemos que sin caer en la denuncia explícita, sin incurrir en la oratoria bienintencionada, Rulfo deja ver en su obra pliegues de la realidad que evidencian la complejidad de sus personajes, su acción basada en el instinto (que deriva en la barbarie) y no en la razón que en teoría desemboca en realidades civilizatorias. Ahora bien, ese mundo, el de nuestro campo y sus habitantes, ha sido expresado de una manera poética y sólo sencilla en apariencia. La forma usada por Rulfo fue perfecta y está llena de malicias, como el uso de las aliteraciones o repeticiones (“ecos”) muy bien detectadas por Saúl, quien nos aproxima copiosos ejemplos.

Saúl Rosales nació en Torreón, en 1940. Es Miembro Correspondiente de la Academia Mexicana de la Lengua. Su libro de cuentos Autorretrato con Rulfo fue seleccionado para la colección “Literatura Mexicana Contemporánea ¿Ya Leíssste?” Se le concedió el reconocimiento de Creador Emérito de Coahuila en 1999; se le otorgó el de Ciudadano Distinguido de Torreón en 1990 y 2004; la medalla al Mérito Universitario “Miguel Ramos Arizpe”, de la UAdeC y la medalla “José Revueltas”, del Proyecto Cultural Revueltas, en 2019.

Reitero en suma que Ecos de Comala y el llano es una breve e inteligente invitación a recorrer por dos rutas la obra del escritor más extraño que dio México a la literatura del siglo XX. No dudo que en leyendo a Rosales muchos apetezcan ir de nuevo a las páginas de Rulfo, y este no es un mérito menor de la crítica literaria. De hecho, creo que es, entre muchos otros, el más importante.

Nota. Texto comentado, no leído, el 27 de julio de 2022 en el Teatro Garibay durante la presentación del libro Ecos de Comala y el llano, de Saúl Rosales, en la que participamos Fernando Fabio Sánchez y yo como presentadores. Estos párrafos no los leí in situ porque no los llevaba impresos y al final no me funcionó en la modalidad digital del celular. Leídos o improvisados, para el caso fue lo mismo.

miércoles, julio 27, 2022

Nuevo libro de Saúl Rosales

 











Ecos de Comala y el llano es el título del nuevo libro de Saúl Rosales. Será presentado este 27 de julio a las 7 pm en el Teatro Alfonso Garibay. Lo comentarán Fernando Fabio Sánchez, Jaime Muñoz Vargas y el autor.

Ecos de Comala y el llano propone dos rutas de asedio a la obra de Juan Rulfo: la primera al fondo, donde el escritor lagunero subraya el primitivismo, la irracionalidad reflejada en el universo de los personajes rulfianos; la segunda a la forma, costado en el que destaca el recurso de los ecos o de las aliteraciones como generadores de eufonía en toda la extensión de El llano en llamas y de Pedro Páramo, además de la curiosidad que implica el uso de los adverbios allí y ahí. Asimismo, el autor ha incorporado “Autorretrato con Rulfo”, cuento que oscila entre la memoria y la ficción. Este periplo crítico y narrativo de Saúl Rosales alienta, en suma, lo que debe alentar toda cala a la obra de un grande como Rulfo: invitarnos a revisitarla, a reencontrar en ella los dones de la belleza y el asombro. El libro contiene, pues, cinco ensayos titulados “Cómo llegué a Comala (o cómo llegué a leer Pedro Páramo)”, “Primitivismo del rencor vivo y otras pasiones”, “Ecos de Comala y el llano”, “Allí en El llano en llamas”, “Primitivismo pedroparamero” y el cuento “Autorretrato con Rulfo”.

Saúl Rosales Carrillo, el autor, nació en Torreón, Coahuila, en 1940. Es Miembro Correspondiente de la Academia Mexicana de la Lengua. Su libro de cuentos Autorretrato con Rulfo fue seleccionado para la colección “Literatura Mexicana Contemporánea ¿Ya Leíssste?” Se le concedió el reconocimiento de Creador Emérito de Coahuila en 1999; se le otorgó el de Ciudadano Distinguido de Torreón en 1990 y 2004; la medalla al Mérito Universitario “Miguel Ramos Arizpe”, de la Universidad Autónoma de Coahuila y la medalla “José Revueltas”, del Proyecto Cultural Revueltas, en 2019.

Por su parte, Fernando Fabio Sánchez (Torreón, Coahuila, 1973), uno de los presentadores, ha publicado el libro de cuentos Los arcanos de la sangre (1997), el de poesía Posesión de naves (1999), y dos libros de ensayo: Muerte, sucesión y sueño (2000) y Clásicos en el destierro (2000). Además, en colaboración con Gerardo García Muñoz, La luz y la guerra (Conaculta, 2010). Sus textos ensayísticos han formado parte de revistas y libros en México, Estados Unidos e Inglaterra. En 1998 ganó el premio nacional de ensayo Abigael Bohórquez. Es doctor en letras latinoamericanas por the University of Colorado at Boulder. Actualmente es profesor en California, Estados Unidos, y columnista en Milenio Diario.

Acompañaré a Saúl y a Fernando para comentar el proceso editorial, del cual me encargué, y el contenido de esta aproximación a Rulfo.

Entrada libre.

miércoles, enero 12, 2022

La culpa incierta

 








Uno de los atributos del buen relato es la indefinición de los roles asumidos por los personajes. A diferencia de las historias que vemos sobre todo en el cine y la televisión, en los que claramente se enfrentan héroes contra villanos, en la literatura los límites suelen o deben ser más ambiguos. Entre más ambiguos son, podemos añadir, más intensa en la sensación de realidad que trasuda el relato.

Uno de los mejores ejemplos que conozco para explicar esto in situ, es decir, con un cuento de carne y hueso, es “¡Diles que no me maten!”, de Rulfo. Si lo que deseamos, como lectores, es descargar la culpa a los dos personajes en pugna, considero que es la mejor pieza de El llano en llamas por el grado de incertidumbre que el autor jalisciense infundió a tal historia. No sabemos bien a bien quién es culpable y quién es inocente.

Como podemos recordar, Juvencio Nava ha sido detenido en el presente de la historia. Su aprehensión se debe a un asesinato perpetrado varias décadas atrás, luego de una disputa contra su compadre Lupe Terreros. En aquel remoto pasado, planteado por Rulfo con una gran retrospección, Juvencio y Lupe discutieron: el segundo negó que los animales de Juvencio pastaran y sobrevivieran. A la advertencia de matarlos, Nava responde que actuará de manera radical si esa amenaza se cumple. A una amenaza sobreviene pues otra amenaza.

Pasados los años, el huérfano de Terreros, ya militar, busca venganza, y logra pescar a Nava, quien en los muchos años que han pasado huyó y perdió todo, incluso sus mejores años. Es entonces un hombre viejo, estragado, un sujeto que de alguna manera ya pagó su culpa. Pero el coronel no está de acuerdo con eso, y expresa así su rabia acumulada: “Guadalupe Terreros era mi padre. Cuando crecí y lo busqué me dijeron que estaba muerto. Es algo difícil crecer sabiendo que la cosa de donde podemos agarrarnos para enraizar está muerta”. Nava, el inculpado, se defiende: “Ya he pagado, coronel. He pagado muchas veces. Todo me lo quitaron. Me castigaron de muchos modos. Me he pasado cosa de cuarenta años escondido como un apestado, siempre con el pálpito de que en cualquier rato me matarían”.

En este diálogo la culpa adquiere ambigüedad. Parece que ambos tienen razón; parece que ambos no la tienen, de lo que resulta un cuento perfecto.


miércoles, octubre 27, 2021

La "a" de Rulfo

 







Puse en la voz de Julio Sosa el tango “Che papusa, oí”, escrito por mi ídolo Enrique Cadícamo, y reparé en el verso “de parla afranchutada” (que habla con estilo francés). El adjetivo deriva, claro, del verbo “afranchutar”, que a su vez proviene de “franchute”, deformación algo peyorativa de “francés”. La observación de esa palabra me llevó a recordar “¡Diles que no me maten!”, el famoso cuento de Rulfo, pues allí usa al menos cuatro palabras con esa “a” inicial que en ocasiones sirve para pasar de sustantivo a verbo y en otras como (o casi como) énfasis expresivo.

En efecto, en aquel relato Rulfo escribió “afusilarme” (fusilar), “apaciguarse” (quedar en paz), “arrastrado” (ser llevado a rastras), “arrinconado” (quedar en un rincón) y el extraño verbo “arrebiatado”, que no alcanzo a definir con precisión, pues la Academia señala que “rebiatar” es “Atar por el rabo”, pero en este caso no concuerda con el sentido que le dio el narrador jalisciense: “Y luego le hizo pelos al burro y se fueron, arrebiatados, de prisa, para llegar a Palo de Venado todavía con tiempo para arreglar el velorio del difunto”.

La “a” de Rulfo, como prefijo, está presente, pensé luego, en muchas palabras que se convirtieron en verbos muy útiles: “atravesar” (pasar a través), “acobardar” (incurrir en cobardía), “acariciar” (prodigar caricias), “acomplejar” (adquirir complejos), “atormentar” (dar o sentir tormento) y muchas más.

El recurso parece ser en varios casos un rasgo del habla popular, tanto que no se puede saber (al menos yo no lo sé) el sentido preciso de la palabra base. Entiendo, claro, verbos como “alivianar” (hacer más liviano),  “apendejar” (que es atontarse o atontar), “acomedir” (mostrar comedimiento), “arrejuntar” (juntar, en este caso las parejas sin que medie contrato civil o religioso), “ajusticiar” (hacer “justicia”), “agandallar” (tomar algo como gandalla, robarlo), "agüitar" (entristecerse, tener "cuitas", o también aburrirse) “acabalar” (acabar), “acuclillar” (ponerse en cuclillas), “arrempujar” (empujar), “apoquinar” (cooperar sobre todo con dinero, poner “un poco”) y más.

Hay, también, algunos enigmáticos: “arrecholar”, “amachinar”, “alebrestar”, “atarantar”, todos igualmente expresivos, no por nada los usamos tanto en la conversación diaria.


sábado, agosto 08, 2020

Lección del CEM















¿Qué tienen en común Carlos Monsiváis, Homero Aridjis, Inés Arredondo, Juan José Arreola, Rubén Bonifaz Nuño, Emmanuel Carballo, Alí Chumacero, Rosario Castellanos, Fernando del Paso, Guadalupe Dueñas, Salvador Elizondo, Carlos Fuentes, Sergio Galindo, Juan García Ponce, Ricardo Garibay, Vicente Leñero, Elena Poniatowska, Juan Rulfo, Jaime Sabines, Gustavo Sáinz, Héctor Azar, Emilio Carballido, Luisa Josefina Hernández y Jorge Ibargüengoitia? Hay dos respuestas obvias: que son mexicanos y que son escritores. Otra respuesta posible es que todos pertenecen ya, con los asegunes que poner queramos, al canon literario mexicano; a su modo son parte, por ello, de nuestros clásicos contemporáneos.
No sé si alguna respuesta dio en otra coincidencia: alguna vez los susodichos fueron becarios del Centro Mexicano de Escritores (CME).Cierto que con CME o sin CME los escritores de la lista iban a serlo, a publicar y a ganar concursos, a dar clases y conferencias, a editar y ser parte de nuestro servicio diplomático, pero es un hecho que de algo habrá servido la beca y las reuniones en el CME para estimular, orientar y definir las carreras de quienes fueron abrazados por tal sigla. Un apoyo no es determinante para que cuaje la vocación de un escritor, pero sin duda, cuando halla tierra fértil, puede impulsar trabajos literarios ambiciosos, a veces malogrados en su ejecución inmediata, pero que favorecen la ulterior madurez del escritor.
El CME fue creado en el 1951 por iniciativa de la escritora norteamericana Margaret Shedd, quien contó con la asesoría de Alfonso Reyes. Fue una institución itinerante, y sirvió sobre todo para analizar la obra en marcha de escritores jóvenes o relativamente jóvenes.
Para quienes comenzamos a leer seriamente en los setenta/ochenta, era muy frecuente encontrar cierto dato en las solapas de los libros: además de los generales del autor como la fecha y el lugar de nacimiento, la formación académica, los premios y los libros publicados (cuando los había), no faltaba este renglón: “becario del Centro Mexicano de Escritores”. El CME se convirtió pues en una suerte de lugar mítico, en la juvenil tierra prometida de muchos escritores que en las dos últimas décadas del siglo se convertirían en vacas sagradas de nuestra literatura.
Al leer los nombres de todos los becarios es posible advertir que el apoyo, es decir, las becas y las asesorías, no garantizan la germinación de las carreras artísticas (muchos de quienes estuvieron en el CME se afantasmaron con el paso del tiempo). Si así fuera, sólo sería necesario invertir plata para ver el florecimiento de Rosario Castellanos o Juan Rulfo. La realidad es que todo tiene algo de técnico y de misterioso. Por un lado, son necesarios los apoyos, la selección honesta, el seguimiento; por otro, y he aquí lo misterioso, la suerte, el viento que a veces sopla a favor y a veces no. Así entonces, si a la rigurosa selección de los candidatos y a la crítica severa para formarlos se suma la suerte, puede ser que una institución dé con el paradero de Inés Arredondo y Jorge Ibargüengoitia, como lo hizo el CME. No es fácil, pero cualquier buena voluntad institucional —el de alguna fundación, por ejemplo— puede intentarlo.

sábado, enero 19, 2019

Veinte cuentos en mi cercanía












El cuento moderno, pese a sus casi dos siglos de vida, sigue frenado, sofocado por la novela. Esto articula una paradoja interesante: suponemos que ahora no hay mucho tiempo para leer, pero las editoriales y el lector siguen prefiriendo la novela. Y voy más lejos: salvo algunos esfuerzos editoriales, las grandes corporaciones ya no reciben nuevos cuentos ni siquiera para dictaminarlos negativamente. O sea, los descartan de antemano, tras enterarse de que son cuentos. Pese a eso, el género sigue allí, haciendo su vida de salmón desde que nació con la forma de una historia policial ocurrida en la famosa calle Morgue.
Sólo por la superstición de alcanzar un número cerrado, traigo una lista de veinte cuentos que siempre releeré. Toda selección es, lo sabemos, un acto discriminatorio, así que éste no será la excepción. Ofrezco, pues, la siguiente veintena sólo para no terminar recomendando cincuenta o más, así que dejaré al margen muchas piezas que bien pudieron haber quedado aquí. De cada autor me gustaría citar varios, pero opté por escoger uno de cada uno para tratar de que cuajara exactamente la tanda que me propuse. No escondo que mi preferencia se carga al cuento en español, y particularmente al latinoamericano, que es lo que más he leído porque a su vez es lo que más me agrada:
“La carta robada”, Edgar Allan Poe
 “El Sur”, Jorge Luis Borges
“¡Diles que no me maten!”, Juan Rulfo
“Yzur”, Leopoldo Lugones
“Deshoras”, Julio Cortázar
“Los gallinazos sin plumas”, Julio Ramón Ribeyro
“Escenas en la vida de un monstruo doble”, Vladimir Nabocov
“Enoch Soames”, Max Beerbohm
“El cuervero”, Juan José Arreola
“Tu rastro de sangre en la nieve”, Gabriel García Márquez
“La clave literaria”, María Elvira Bermúdez
“La aventura de las pruebas de imprenta”, Rodolfo Walsh
“La fiesta brava”, José Emilio Pacheco
“El candelabro de plata”, Abelardo Castillo
“La loca y el relato del crimen”, Ricardo Piglia
“La muerte tiene permiso”, Edmundo Valadés
“El crimen de San Alberto”, Fernando Sorrentino
“La muerte”, Mario Benedetti
“El caso de los crímenes sin firma”, Adolfo Pérez Zelaschi
“19 de diciembre de 1971”, Roberto Fontanarrosa

Nota. Este texto es una extracto de uno más amplio que en su origen fue el borrador de una conferencia. Puede ser leído aquí.

sábado, octubre 06, 2018

Una muerte bien colocada




















En una de mis muchísimas incursiones a la lucha libre me tocó ser testigo de un acontecimiento que juzgo, sin exagerar, surrealista, y eso que el surrealismo es ingrediente sine qua non de ese espectáculo: en la pelea estelar, una de relevos australianos, el anunciador presentó a Pedro Infante, y de los vestidores salió un tipo con vistoso atuendo de charro que mediante play back “cantaba” la jocosa ranchera “Yo soy quien soy” (“y no me parezco a naiden”). Conforme caminaba por el pasillo hacia el ring, pude certificar que el Pedro Infante apócrifo en efecto le daba un aire al Pedro Infante fílmico, de suerte que aquello casi me rebasó en términos de asombro. Poco después, el clon del ídolo sinaloense subió al cuadrilátero y se despojó del atavío charro para quedar en malla de luchador, y ya sin sombrero dejó ver incluso las entradas en la frente con las cuales daba más el gatazo al personaje imitado.

Al sentir el alboroto del público, pensé otra vez en lo afortunado que fue nuestro Pedrito al morir joven, en la cima de su fama. Gracias al accidente aéreo en Yucatán, conservamos en la memoria su aspecto joven, de Adonis vernáculo. Si hubiera vivido y llegado a la vejez, no sólo no se hubiera dado “el efecto Pedro Infante” que inmortaliza de golpe a “los famosos” desaparecidos prematuramente como Gardel, Lennon, Selena, Sal Sánchez y muchos más, sino que acaso lo recordaríamos nada más en pleno ejercicio de su decrepitud. Morir joven no es, a veces, tan terrible, pues la leyenda espera y trae a cuestas una idealización que casi santifica.

Toda esta bisutería vine a pensar cuando hace unos días tomé El concepto de ficción (Planeta, 1997), del gran Juan José Saer. Fue, hasta donde sé, uno de sus pocos libros de ensayos, y en él incluye el titulado “Roberto Arlt” que arranca: “Para los griegos, morir joven era un acto de desmesura. Si comparamos la retirada brusca de Arlt con la persistencia borgiana, que se disemina en banalidades, advertiremos tal vez que, en ciertos casos, una muerte bien colocada puede llegar a tener, como él decía, la eficacia de un cross a la mandíbula”. Arlt murió a los 42, y en ese corto tramo de vida dejó una obra que para muchos es indispensable por su exploración del mal, de la incertidumbre, del flanco sombrío y turbulento del animal humano.

No hay regla en esto, claro, pero creo que la franja creativa más importante del escritor anda entre los 35 y los 45 años, poco más o menos. Hay casos de precocidad inusitada, o de impetuosa producción en la vejez, pero en general los mejores frutos cuajan, como digo, en un cierto periodo de la vida. Dante publicó el “Infierno” de la Divina… a los 39; Cervantes, la primera parte del Quijote a los 47; Flaubert, Madame Bovary a los 36; Cortázar, Rayuela a los 49; Rulfo, Pedro Páramo a los 37; García Márquez, Cien años de soledad a los 39. Para un artista que ha dado sus productos más ricos en esos lapsos aproximados, sufrir “una muerte bien colocada” quizá no sea tan mala noticia. El efecto Pedro Infante puede darse y durar incólume durante décadas.

sábado, julio 28, 2018

El señor de la cantina




















Entre muchos otros, Facebook tiene un dispositivo que diariamente recuerda a cada usuario sus antiguas apariciones en esa red social. Si uno subió una foto hace dos años, cualquier día de estos la telaraña de Zuckerberg la trae a cuento con la intención de que sea relanzada. Facebook descubrió entonces que nos gusta recordar, que en el pasado encontramos motivos suficientes para reafirmar lo que somos.

Así como Facebook, mi mente se atarea en recuerdos que detonan caprichosamente, al azar de cualquier estímulo. Algunos me alegran, la mayoría no, pero no elijo ni los unos ni los otros. Lo que hacen es llegar sin aviso, instalarse en mi conciencia y permitirme la proyección íntima de viejas películas vividas en carne propia. Ayer, por ejemplo, vi en línea la portada de un libro español que de inmediato provocó un bullidero de recuerdos hasta llegar particularmente a uno. El libro era una bella edición de El gallo de oro, el famoso relato de Rulfo que a la postre fue convertido en film. La primera versión, homónima, tuvo a Ignacio López Tarso y a Lucha Villa como protagonistas; la segunda, titulada El imperio de la fortuna, a Ernesto Gómez Cruz y a la hermosa Blanca Guerra. Ver esa portada me recordó el centenario de Rulfo, y tras recordar eso recordé que hace 28 años, cuando Pedro Páramo cumplió cuarenta de vida, decidí escribir algo sobre el habla en el campo lagunero.

Ya en aquellos años —yo tenía como treinta— la agenda periodística me la imponía solo, así que decidí emprender un recorrido por nuestro ámbito rural con el fin de platicar con ejidatarios viejos. En mi Caribe tomé el rumbo de Gómez Palacio hacia El Compás. Antes, mucho antes de llegar a mi destino, cambié de planes, me detuve en una ranchería cualquiera donde vi a un viejo sentado en un tronco convertido en banca. Le expliqué mi difuso propósito periodístico y accedió a conversar. Sólo me pidió un favor: “Vamos a mi cantina”, dijo. Lo seguí unos cincuenta metros hacia un cuarto de adobe aledaño a una parcela con sorgo, quitó un candado y vi que la cantina era en realidad la bodeguita de adobe. En el interior estaban tirados algunos aperos de labranza y una hielera antigua de Carta Blanca, de aquellas que tenían tapas corredizas de lámina galvanizada. Movió una de las hojas y vi que en un lago de agua quizá fresca, sin hielo, nadaban cinco botellas de caguama. El viejo sacó una para mí y otra para él. No había vasos. Luego salimos del cuarto y nos sentamos en unas endebles sillas de alambrón. Creo que conversamos como tres o cuatro horas, y entre cerveza y moscas el viejo me iluminó con el mejor español campirano de La Laguna. No recuerdo su nombre, pero cada que pienso en Rulfo no es extraño que derive en mi alma aquel personaje de Pedro Páramo con el que conversé caguamas mediante.

sábado, diciembre 23, 2017

Bloqueo y autoplagio

















Entre los horrores más frecuentes del escritor está el horror a la página en blanco. Así lo llamaban antes, “a la página en blanco”, pero hoy podría ser “al monitor en blanco”. Suena menos poético, pero igual da: se trata de una sequía imaginativa por supuesto que involuntaria, un cerco que por alguna razón harto misteriosa impide que fluyan las palabras, que a la hora de la hora, frente al teclado, algo se frene, se contenga, se atrofie.
Dije “sequía imaginativa” y matizo. No es exactamente eso. La imaginación, por lo general, sigue su curso, las ideas se mantienen en ebullición y parece que están a punto de estallar, pero sólo parece. El escritor experimenta un raro estado de ansiedad, tiene materia prima en la cabeza pero al momento de sentarse a modelarla ocurre lo inesperado: no avanza, escribe un párrafo, dos, algunas cuartillas, pero algo en el fondo le indica que no es por allí, que las palabras están mintiendo, que no hay una coincidencia entre lo pensado y lo escrito. Por eso el horror, esa sensación a despertar cualquier día y presentir la llegada del bloqueo. Generalmente piensa: es pasajero. ¿Pero si no? Y es en la ansiedad de no saber hasta cuándo durará que comienza a extenderse a veces meses, a veces años, a veces décadas, a veces toda la vida. Tal vez eso le pasó a Rulfo luego del 55, tras publicar Pedro Páramo.
He pensado y repensado la razón de ese bloqueo y no tengo una explicación quizá porque no hay una sola, sino muchas. Aventuro dos posibilidades en el caso hipotético de dos escritores que ya hayan escrito y publicado algo. Ese escritor imaginario, en efecto, publica uno, dos, cinco o seis libros. Luego, un día, comienza a sospechar que debe hacer algo mejor y se fija un objetivo más desafiante, salir de territorio conocido y dominado. Comienza a ver que la máquina no funciona, que las palabras no cuajan. Tras la primera frustración sobreviene la segunda, la tercera, hasta que se instala el miedo y luego escribir se torna muy difícil, casi una disfunción.
El otro caso es el del escritor que se repite, el que nota que se autoplagia y en vez de resignarse a sus temas, busca otros, indaga nuevas rutas, y se pierde en borradores inconclusos, en material que sólo le acarrea insatisfacción. Puede llegar un momento en el que si no regresa a lo suyo, quedará extraviado e impotente, fijo en el silencio.
Las razones del bloqueo literario son muchas y siempre misteriosas. Y aunque muchos escritores las padecen alguna o varias veces en sus vidas, hay excepciones, claro, que también son misteriosas.

miércoles, mayo 17, 2017

Permanente Rulfo















Ayer celebramos el centenario de Juan Rulfo. Para quienes vivimos en esto (conste que no digo “de esto”), para quienes accedemos a la literatura por sus dos puertas principales, la de la lectura y la escritura, el fervor de Rulfo es permanente, tanto que no resulta necesaria una fecha tan importante para tenerlo presente. Los rulfianos de ley volvemos a él, a sus dos obritas inagotables, cada que podemos, es decir, cada siempre.

En mi modesto caso de lector, han pasado cerca de 35 años desde que visité sus páginas por primera vez. Conseguí los dos títulos señeros (ambos ya prestados y perdidos) en las ediciones populares del FCE, cuando entré a la carrera. Todavía viven en mí las dos o tres tardes en las que me senté en el patio de mi casa, que era particular, para devorar esa rara prosa, por engañosamente sencilla, y ese universo poblado por criaturas elementales, rústicas y conmovedoras. La primera lectura se dio por obligación académica, pero luego vinieron otras que casi me alarmaron: ¿cómo era posible que esos dos libritos fueran capaces de renovarse a cada recorrido? ¿Es posible que dos libros puedan parecer interminables? Sí, El llano en llamas y Pedro Páramo, lo eran, lo son.
Los años, ya muchos, han pasado y durante el decurso de ese largo tiempo he vuelto incontables veces a don Juan Nepomuceno. Las obligaciones de la docencia literaria me han impuesto la forzosa alegría de convivir con sus páginas, de entrar y salir, semestre tras semestre, por sus cuentos, sobre todo por sus cuentos. Los comento siempre con entusiasmo, como si fueran obras escritas hace poco, ayer apenas, pues ellas, por su inextinguible lozanía, se dejan examinar así. Tres cuentos son mis favoritos, los conozco de memoria: “Talpa”, “Luvina” y el mejor de todos a mi juicio: “¡Diles que no me maten!” Esto no significa que desdeñe los demás, claro.

¿Cuál será, me he preguntado muchas veces, el secreto de esos libros? Mi respuesta se ramifica al menos hacia dos rutas: como nadie, Rulfo supo escribir el silencio. Su prosa parece contenida, de labios apretados, reticente. Es una prosa que apenas quiere serlo. En segundo lugar, con ella, con esa prosa, contó historias llenas de sentimientos primarios, las pasiones de una especie de ser humano esencial, el ser humano que podemos ser todos.

Con o sin centenario, Rulfo es un artista que jamás deja de asombrar. Volvamos siempre a sus páginas.

sábado, abril 05, 2014

Pulir la onza




















¿El escritor nace o se hace? Esta pregunta podemos dedicarla a cualquier profesional: ¿el matemático, el ajedrecista, el carpintero, el vulcanólogo, el estilista, el cantante, el plomero, el “lo que sea” nacen o se hacen? La respuesta resulta sencilla en todos los casos y es, como dice el albañil al preparar la mezcla, ésta: micha y micha. Cualquier profesión asumida vocacionalmente, es decir, no por obligación sino por genuino gusto, demanda una mixtura de capacidad innata, de inclinación física y anímica natural, y de trabajo, de chamba similar a la del galeote.
Los casos que rompen esta dualidad cunden en el planeta. En toda actividad hay profesionales que no traen la onza ni le echan fervor a la chamba, o que traen el diamante y se tiran a la hamaca porque creen que se pulirá solo, o que no traen nada de nacimiento y de paso asumen esa carencia rascándose el ombligo. En menor cantidad están los que cuentan con el talento y se empeñan en perfeccionarse, los conscientes de una capacidad que saben escalable gracias, sin más, al trabajo.
En Escribir es un tic (Ariel, Barcelona, 2008), libro-bufet de Francisco Piccolo, esto es afirmado mediante una parábola deportiva: “Conviene recordar siempre que McEnroe y Carl Lewis, lo mismo que Maradona, son una combinación de talento y entrenamiento. Más de uno pensará: si yo tuviera las piernas de Carl Lewis no perdería el tiempo entrenándome. Pero si Carl Lewis hubiera decidido levantarse cada cuatro años para ir a los Juegos Olímpicos a correr y saltar, su talento habría quedado en muy mal lugar. Basta con informarse un poco para saber que Carl Lewis se entrenaba más que nadie, más que los que no eran Carl Lewis. Así que no será difícil creer que el mismo concepto (método, justamente) se les puede aplicar a Tolstoi y a Flaubert, a García Márquez y a Calvino”.
Si Carl Lewis entrenaba más que los que no eran Carl Lewis, imaginen entonces lo que debe hacer, en el caso de la literatura, quienes no son Faulkner o Mann. Deben entregar su vida, lo que se pueda de su vida, a la pulimentación, sin fatiga, de la piedrita que ya traen de nacencia, pues de lo contrario no llegarán a escribir lo que en potencia, por el talento natural ya dado, guardan en su cabeza.
Sobre los métodos de trabajo no hay regla que valga, pues en este caso cada quién se inventa sus entrenamientos y se inscribe en sus competencias. Pienso por ejemplo en Juan Rulfo. A simple vista parece un escritor huevón, un genio que no quiso dar a la posteridad más allá de dos o tres libros. Rulfo tenía, es incuestionable, un talento especial, único e inaudito, un oído conectado con la sonoridad profunda del español mexicano del mundo rural. Eso estaba en él desde siempre, desde que nació, pero lo pulió en silencio, abnegada, tozudamente, a lo largo de los 35 años que le sirvieron de entrenamiento para llegar a El llano en llamas y Pedro Páramo. ¿Y qué fue exactamente ese entrenamiento? Leer, leer como loco, con la vista puesta en las tripas de la prosa, en la estructura de historias ajenas que orientaron y afinaron su sensibilidad a un grado casi aéreo. Luego de esa breve totalidad, de esa carrera de cien metros planos que fue “su” única carrera, Rulfo se llamó a silencio y ya jamás volvió a las pistas.
Lo malo es que los Rulfos, como los Bolts, no se dan en maceta. Los demás tienen, tenemos, que trabajar y trabajar sin freno, todos los días leer y escribir cuanto sea viable para poder dar lo poco o lo mucho a lo que estuvimos destinados, sea lo que sea.