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sábado, enero 04, 2025

El cine de Ismael












 

Casi no hay mexicano mayor de cincuenta años que no haya sido tocado, o al menos rozado, por el cine de Ismael Rodríguez (Ciudad de México, 1917-Ídem, 2004). Obviamente me cuento entre ellos, ya que gracias sobre todo a la televisión, no tanto a la sala cinematográfica, vi Nosotros los pobres, Ustedes los ricos, A toda máquina y varias cintas más que llegaron a convertirse en parte de la cultura popular mexicana.

Es muy probable que nuestros abuelos y nuestros padres las vieron cuando fueron estrenos, éxitos de taquilla que encumbraron sobre todo a Pedro Infante como ídolo del país. Mi generación llegó a ese viejo cine mediante la televisión, aparato que al extender sus horarios requirió de las películas para mantener al público atado a la pantalla. Fue, como digo, mi caso, de modo que parte de la educación sentimental que recibí fue similar a la de mis padres, una educación llena de “Amorcito corazón”, “Parece que va a llover” y “Te quero más que a mis ojos”, canciones que no podemos escuchar sin las imágenes ya conocidas dentro de la cabeza.

Memorias (Conaculta, México, 2014, 107 pp.) de Ismael Rodríguez es por ello un libro importante para conocer de cerca al más influyente cineasta mexicano. No lo escribió directamente, sino por medio del crítico Gustavo García, quien entrevistó al realizador y extrajo sus vivencias bien abultadas de guiones, actores, cámaras, luces y acción, el universo de la cinematografía que le cupo en suerte sobre todo durante la llamada —con chovinista hipérbole— “época de oro del cine mexicano”.

El libro es un largo relato en primera persona sólo entrecortado con “cabecitas de descanso” que fungen como capítulos, 25 en total. Aunque no explícitamente marcado con fechas, el desarrollo de la memoria es cronológico, y por ello abarca de la niñez del realizador hasta el fin de siglo, cuando él ya estaba en el ocaso de su vida. Es evidente que Rodríguez fue hiperactivo, una especie de workaholic, como denominan los gringos a quienes tienen el feo vicio de trabajar sin medida ni clemencia. Otra adicción tuvo, la del cigarro, a la que jamás pudo renunciar. La incapacidad del cineasta para permanecer quieto se deja apreciar en lo apretado de la actividad que desarrolló desde su niñez, relacionada en un principio con el negocio familiar, una panadería. Por un problema de sus padres en el contexto de la persecución religiosa emprendida en el callismo, los Rodríguez fueron a radicar en California, lugar en donde el jovencito Ismael tuvo acceso a una mejor tecnología de sonido, que fue lo primero en lo que se vinculó con el arte fílmico. Al volver a la capital de nuestro país, muchas salas habían sido abiertas y el cine se había convertido en un fenómeno de masas, en el entretenimiento público más popular. Los Rodríguez, no sólo Ismael, se relacionaron con esa incipiente industria, y fue así como, entre obstáculos y negativas, a codazos, el joven cineasta se abrió camino hasta la oportunidad de dirigir.

En las páginas de estas Memorias casi no hay nombre de la cinematografía nacional que no aparezca. Entre los ausentes conté muy pocos (Clavillazo, Silvia Piñal, el Santo…), pero uno puede pensar casi en cualquier actor, productor, director, fotógrafo, editor y demás, hasta en la maquillista Fraustita, y aquí aparecen. Algunos nombres son los más recurrentes, esto por la cercanía afectiva y profesional que Rodríguez tuvo con ellos. Es el caso de Frank Capra (el gran director ítalo-norteamericano), Pedro Infante (su principal creación) y Ricardo Garibay (autor de varios de sus guiones). Destaco estos tres nombres, pero un índice onomástico del libro podría arrojar sin duda más de 300 que el lector recordará haber leído ya en los muchos créditos de películas mexicanas rodadas entre 1940 y 1995, que fue la ancha etapa en la que el cineasta que nos ocupa trabajó sus filmes.

Como es de esperar en este tipo de libros, las Memorias de Ismael Rodríguez abundan en anécdotas, en la mención de quienes lo ayudaron y de quienes lo obstruyeron, en sus numerosos viajes, en sus líos con la absurda censura, en incontables chismes de la farándula y en la descripción de sus malicias para resolver asuntos técnicos. Sobre esto último destaca el logro no menor de Los tres huastecos, película en la que hizo figurar tres veces a cuadro, simultáneamente, como ya sabemos, al mismo actor, Pedro Infante. Y ya que menciono al actor sinaloense, queda claro que su principal “inventor” fue Rodríguez, quien lo llevó al estrellato que jamás, hasta la fecha, ha perdido y fue magnificado por el avionazo que segó su vida el 15 de abril de 1957.

Sólo por destacar tres pasajes de estas Memorias, menciono el caso de Buñuel y Los olvidados. El cineasta español recibió un guion muy parecido a Nosotros los pobres, de la urbe proletaria chilanga, y lo despojó de canciones y melodrama hasta dejarlo casi crudo, de una severidad colindante con lo cruel. Para Ismael Rodríguez fue verdad que se trató de una gran película: “Tiene un enorme mérito, pero es para un público reducido. Para hacerla taquillera le hizo falta todo lo que le quitó”.

Otra anécdota se relaciona con Ánimas Trujano, película mexicana cuyo protagonista fue el actor japonés Toshiro Mifune. Luego de los enredos para contratarlo, se rodó en Oaxaca y al final tuvo un gran reconocimiento de la crítica, tanto que fue nominada al Oscar. La voz del nipón fue doblada al español por Narciso Busquets, y cuando Rodríguez fue a ver su exhibición en Japón le pidieron que no mencionara el doblaje, pues allá la gente admiraba que Mifune la hubiera filmado con su voz en español. Esta cinta fue realizada por Rodríguez gracias a una recomendación de Juan Rulfo.

La última anécdota que cito no tiene gran relevancia, pero atañe a uno de los recuerdos más tercos de mi memoria como espectador de esas películas. Al rodar la tragedia del Camellito, aquella escena atroz en la que el tranvía cercena ambas piernas del jorobado con el mote apenas eufemístico, Rodríguez explica que hicieron un pozo al lado de la vía; allí metió sus piernas el Camellito para luego poner unas piernas falsas al otro lado del riel. El ingenio al servicio de la truculencia.

Para los amantes de nuestro viejo cine, las Memorias de Ismael Rodríguez son un viaje a su pasado, un pasado que gracias a los filmes también nos pertenece.

sábado, diciembre 21, 2024

Réquiem a la carta

 


















La primera edición data de 1991; la segunda, de 2014. Ignoro si entre una y otra hubo cambios sustanciales o si la segunda recoge exactamente el mismo contenido en un nuevo diseño tipográfico y demás. La duda no es tan ociosa, pues entre ambas fechas se dio la masificación global de una innovación que cambió todo: internet, el uso del mail y, algo después, más o menos a partir de 2005, la aparición de las adictivas redes sociales.

Así pues, Carlos Monsiváis escribió el epitafio del género epistolar cuando el correo electrónico estaba a punto de revivirlo. No lo hizo del mismo modo que en las cartas de papel, pues el correo digital añadió el rasgo de la inmediatez en la correspondencia, pero el hecho cierto es que volvieron a cruzarse amplias cartas de todo tipo entre interlocutores que asimismo volvieron a soportar en la escritura sus necesidades, sus tratos a distancia. El teléfono fijo y el celular (también recién popularizado al arranque de los noventa) podían sustituir al mail, pero eran servicios todavía caros, así que la gente escribió cartas, muchas cartas electrónicas al final del siglo pasado y principios del presente.

Como digo, todo se precipitó con la llegada de internet. Aparecieron los chats, los mensajitos de SMS, los foros, los blogs. En menos de diez años, la computadora y el celular (para llamar) cundieron en el mundo, y aún faltaba la llegada del smartphone que combinó la computadora, el celular, la cámara fotográfica y el reproductor de audio, y que poco a poco incorporó la vida entera gracias a la invención de miles de aplicaciones.

Monsiváis alcanzó a ver esto. Poco antes, en 1991, había dado por hecho que la correspondencia estaba muerta, de ahí que publicara El género epistolar. Un homenaje a modo de carta abierta (Conaculta-Miguel Ángel Porrúa, 2014, 103 pp.). Nació en 1939 y murió en 2010, así que la segunda edición es póstuma. Insisto en que no sé si tuvo algún retoque, aunque supongo que no, pues aquí en nada se detuvo a escudriñar las formas del diálogo a distancia surgidas tras la aparición de internet. Contrapone el teléfono convencional, fijo, a la carta de papel, y en el momento de escribir su réquiem por la carta tuvo razón: el género epistolar en papel ya estaba dando sus últimos suspiros.

La necrológica escrita por el famoso autor de Escenas de pudor y liviandad sirve entonces, más que nada, para recordarnos el valor que tuvo la carta física sobre todo en el siglo XIX y buena parte del XX. Se divide en cinco capítulos, y en ellos, además de lucir su prosa siempre barroca y zumbona, Monsiváis acude a la cita in extenso como recurso metodológico para probar sus afirmaciones. Destaca que la carta de papel sirvió no sólo para comunicar a los distanciados, sino para expresar de una forma específica, espesa de giros literarios, lo que se decía de otra manera en el diálogo directo. Los ejemplos que cita son elocuentes: las cartas amorosas, en su cursilería desbordada, son la evidencia de que la combinación distancia+papel+escritura provocaba que los corresponsales dejaran fluir un torrente metafórico imposible de poner en práctica dentro de la conversación cara a cara. Trae incluso el caso de una especie de manual para elaborar Cartas de amor, del cual comparte esta cumbre de lo que hoy juzgaríamos como discurso grotesco tanto escrito como oral:

Bienamado mío: ¿Crees que yo pueda arrancarte alguna vez del pensamiento mío? Ya nunca te podré alejar de mi alma porque tú has sido en mi vida estrofa y luz.

Toda mi existencia era un dulce arrobo porque esperaba el milagro de tu presencia y ese anhelo vertió ansiedad en mi corazón.

Marché a tu encuentro como una alucinada y rompí el hechizo de la soledad del alma. Tu vida y la mía se encontraron como dos ríos lejanos en un abrazo que solamente el infortunio podría deshacer”.

Monsiváis recuerda que fueron mujeres las principales usuarias del género epistolar, dado que, si en la realidad se les reprimía, la carta era un espacio en el que podían expresarse y derramar sin freno su subjetividad, sobre todo la vinculada a sus pasiones amorosas. Asimismo, como en el siglo XIX comenzó el auge de los viajes por el mundo pero todavía sin cámaras fotográficas a la mano, no fue extraño que la correspondencia sirviera como medio para compartir los asombros provocados por el exotismo de las tierras visitadas y la alteridad cultural.

Otro objetivo de la carta, dice el autor, era guiñar el ojo al futuro. Se escribían para el espacio privado, pero no muy en el fondo en los corresponsales latía el deseo de que las palabras fueran leídas públicamente en la posteridad. En este sentido, la carta y el diario personal caminaron tomados de la mano durante varias décadas, aunque el diario no tuvo tanto éxito entre nosotros. Este género pariente de la carta, el diario, llegó incluso a convertirse en un formato reconocible en libros con y sin ficción (hasta muy entrado el siglo XX se escribieron novelas que simulaban ser diarios, como La tregua, de 1960).

El género de epistolar es, por lo dicho, un libro adecuado para recordarnos que alguna vez la escritura postal tuvo como imperativo el esmero y hasta el preciosismo literario, rasgos que el bajo costo, la facilidad y la inmediatez de la comunicación actual —piénsese en WhatsApp— ha sepultado.

miércoles, julio 31, 2024

Otros usos del libro

Es frecuente que al hablar sobre libros gordos no falte el graciosito que exprime la broma por millonésima vez: “Sirve por si una pata de la mesa es más corta”. Después de que nadie emite ni un piadoso jajaja, la conversación sigue por otro rumbo, aunque es cierto que los libros pueden tener algunos usos no necesariamente ligados a la lectura. Al pensar esto vislumbro una de las razones, una más, entre las tantas o no tantas que me han hecho seguir fiel al libro convencional frente al electrónico con el cual ya estoy en tratos, así sea con parca emoción.

Sé de entrada que hay una trampa en mi preferencia por el papel, y es inevitable: crecí y alimenté un fervor muy hondo por el libro físico, así que la llegada del digital, pese a sus ventajas, no ha triunfado en mí. El peso de la costumbre es la trampa de la que hablo. Ahora bien, ¿es sólo eso? Creo que no. Como a muchos otros lectores de libros de papel, el electrónico me parece viable, pero no apasionante. Tiene ya —el dispositivo Kindle— aditamentos notables como la intensidad de la luz o su capacidad de almacenaje, pero no, algo pasa con sus ventajas que no terminan por derrotar al libro de carne y hueso. Me tiro otra pregunta retórica antes de pasar al siguiente párrafo: ¿por qué el libro tradicional no ha perdido fuerza en mí?

Creo saber por qué, y reafirmé la certeza al releer la elegante Apología del libro (Conaculta, México, 2012, 46 pp.), elaborada en mancuerna por Arnoldo Kraus (texto) y Vicente Rojo (ilustraciones). Este libro es muy muy breve, su parte textual da para leerla en menos de una hora, y por ello es más eficaz. Con insistencia, Kraus destaca el valor de libro de papel, más cuando lo pone en contraste con el electrónico de hace poco más de diez años, cuando escribió su elogio. Pero al margen de las virtudes del libro más o menos reiteradas aquí y allá, hay un pasaje con el cual me identifico, y en el que el autor también insiste (por algo será): los libros sirven para lo que sirven, pero también son receptáculos de papelitos personales, boletos viejos, fotos, bonitos separadores y, sobre todo, son una especie de diario o álbum, pues en sus páginas suelen quedar marcas de nuestra vida cuando anotamos fechas de compra, fechas de lectura, notas íntimas (“Cumpleaños de mi madre”, "Muerte de mi tío", "Mudanza a la nueva casa"...) y comentarios sobre la apreciación del libro en sí.

No es una ventaja descomunal frente al libro electrónico, pero es una ventaja que en mi caso me ha sorprendido, por ejemplo, cuando revisito un libro y en sus páginas encuentro un post-it con caligrafía infantil de mis hijas o el boleto de uno de mis viajes en camión con hora y todo. Aunque disperso entre muchas hojas, los libros también son o pueden ser un repositorio de evidencias sobre nuestro fugaz paso por la vida.

miércoles, enero 09, 2019

Escribir cine




















Es misterioso el encuentro del escritor con los géneros que formarán parte de su trabajo. ¿Cuándo ocurre? ¿Por qué? O sea, ¿cómo llega un poeta a darse cuenta de que es poeta? ¿O cómo llega un cuentista a notar que lo suyo es la narrativa breve? Y dos casos más raros: ¿cuándo descubre el ensayista que su mundo está en la crítica o el dramaturgo en la escena? No sé. Lo que sí sé es que en general eso comienza a despuntar un poco antes de los veinte años. Es allí, por el rumbo de los 16 o los 17, cuando un escritor vislumbra lo que más le gusta y/o le acomoda, cuando descubre que su capacidad se orienta hacia tal o cual género. Por eso ocurre que los primeros libros generalmente delimitan los géneros con los que el escritor convivirá, razón por la que más allá, por los treinta o cuarenta años, ese chango ya no podrá aprender maroma nueva. Habrá excepciones, claro, pero en la generalidad de los casos el escritor se topa temprano con sus géneros y zafar de allí, luego, resulta casi imposible. Por eso García Márquez no le hizo a la poesía, y por eso Paz no se arrimó a la escritura de novelas.
En el camino de mi trabajo literario no ha faltado que me recomienden escribir en tal o cual género, como si uno pudiera escribir de todo. Aunque hay algunos casos de escritores que han intentado trabajar con muchos moldes, el talento no es tan grande como para ser bueno o al menos decoroso en todos los géneros. Si esto fuera música, sería como el dominio de un instrumento. Aunque hay músicos que tocan varios, el verdadero músico es especialista. Esta es la razón por la que escribir para cine es un coto muy bien delimitado. No cualquiera, pues, puede hacerlo, como lo demuestra el libro Antes de la película. Conversaciones alrededor de la escritura cinematográfica (Conaculta, 2012, 357 pp.), de Ana Cruz. En siete apartados, la entrevistadora se acerca aquí a 39 personalidades vinculadas de una u otra manera a la escritura cinematográfica, como, entre otros, Sabina Berman, Guillermo Arriaga, Paz Alicia Garciadiego y Vicente Leñero.
Ahora que Roma rehidrató el interés por el cine mexicano sobre México, Antes de la película es un libro útil sobre todo para quienes quieren dedicarse a escribir historias cuyo fin es aterrizar en la pantalla.

viernes, julio 03, 2015

Fernando Martínez Sánchez o la poesía reincidente




















A continuación, el prólogo que escribí para el libro Decir el ansia urgente, de Fernando Martínez Sánchez, Conaculta, Secretaría de Cultura de Coahuila, colección Arena de poesía, Saltillo, 2014, 126 pp.

Fernando Martínez Sánchez o la poesía reincidente

Jaime Muñoz Vargas

El vago azar o las precisas leyes que rigen este sueño, el universo, me permitieron gozar la generosa y festiva amistad de Fernando Martínez Sánchez (Torreón, Coahuila, 21 de septiembre de 1936-10 de enero de 2014). Pese a la diferencia de nuestras edades (soy del 64), mi relación con Fer, como siempre le dije, duró casi 25 años, poco más o poco menos. Como muchos en La Laguna, lo conocí en alguna actividad cultural de las muchísimas que aquí organizó, esto a finales de los ochenta o principios de los noventa. Ya entonces él radicaba totalmente en La Laguna luego de su larga estancia en la capital del país, donde egresó por la UNAM de contaduría pública.
Las anécdotas que puedo contar luego de mi convivencia con Fernando son numerosas. Casi todas ocurrieron en Torreón, pero por razones de trabajo literario algunas se dieron en Saltillo y el D.F. Fernando fue siempre un tipo incansable, un hiperactivo de ésos a los que nunca les ajusta el día para despachar las mil y una actividades en las que se involucran. Jamás, pues, lo vi quieto, o sólo dos veces: cuatro meses antes de su muerte, cuando por el deterioro de su salud debía mantenerse sentado, y la otra justo un día antes de su partida, cuando ya estaba inconsciente en una cama de hospital. Pude, pues, despedirme de este querido amigo, tocar su mano pálida e inmóvil, verlo vivo por última vez luego de muchísimas conversaciones y carcajadas.
Nunca dejó de asombrarme su vitalidad. Yo tenía poco más de veinte años cuando trabamos nuestros primeros diálogos. Recuerdo que aquellos acercamientos iniciales de Fernando se debieron al gustoso asombro que le provocó la irrupción del grupo literario Botella al Mar, en el que participé. Me dijo con estas o parecidas palabras que había notado un timbre especial, fresco y lúcido a la vez, en escritores como Gilberto Prado y Pablo Arredondo. Creo que en ese elogio me incluía, así que pronto nuestro primer contacto derivó en encuentros cada vez más frecuentes y en intercambio de ideas, de libros y proyectos.
Mi amistad con Fernando se extendió a María Caliano, su esposa, y a sus cuatro hijos: Fernando, Gerardo Joel, Mireya y Cristián. Lo extraño de esto es que jamás sentí que entre Fernando y yo hubiera casi treinta años de diferencia. Con su actitud, con su desenfado, con su risa y su ímpetu vital lograba ser un joven de tiempo completo. Era un obseso del trabajo, pero lo era más de los placeres que eligió y nunca dudó en darse a manos llenas, sin límites visibles: los libros, el cine, el teatro, la música, la buena mesa y los viajes. Por ello, Fernando no podía ganar un peso sin que ya estuviera pensando en qué libro, película, teatro, disco, restaurante o destino turístico lo gastaría.
Además de su buena memoria, esta es la razón por la que sus referencias bibliográficas, cinematográficas, teatrales y demás parecían no tener coto, casi como si fuera un internet viviente en las materias de su interés. Las sobremesas con Fernando eran entonces memorables. Si uno, por ejemplo, mencionaba una trama del abundante Simenon, Fernando la conocía y daba minuciosos detalles; si otro recordaba vagamente el nombre de una actriz perdida en los créditos de cualquier film alemán, Fernando mencionaba las películas y los roles en los que participó. Así era, un océano de experiencias artísticas, un gozador empedernido de la creatividad humana.
En medio de sus innumerables trajines laborales y hedónicos Fernando no dejó, además, de escribir. Lo hizo siempre, casi hasta el ocaso de su vida, en periódicos y revistas, y en menor escala, pero suficiente, como narrador y poeta, en libros. El número de sus títulos no es alto, pero creo que la calidad de su obra, sobre todo la poética, es harto estimable, tanto que a mi juicio —y se lo dije en varias oportunidades— él fue esencialmente un poeta, un hombre tocado por la magia del verso. La prueba que verifica esta afirmación podemos hallarla, si no me equivoco, en Decir el ansia urgente, la selección reunida en estas páginas.
Para armarla convoqué todos los libros con poesía del autor. Uno de ellos, Nada y ave (Pléyade, 1963) es en realidad un libro con prosa poética y cuentística, pero asombrosamente abre con un poema químicamente puro. Digo que esto es asombroso porque parece una tardía confirmación de lo que siempre le comenté a Fernando, incluso antes, mucho antes, de que yo pudiera establecer contacto con Nada y ave: “Eres poeta, Fer, la poesía es lo tuyo”. Pues bien, ahora que pude conseguir el libro lo primero que allí destaca es que “Nido de palabras”, un poema, sirvió como primera escala en un material prosístico y de alguna manera inauguró la carrera literaria de su autor. Es difícil —o imposible, más bien— saber por qué Fernando no marginó ese poema, pero dado lo que sucedió luego es inevitable asociar la carrera estrictamente poética de autor con aquel poema de juventud. Fernando tenía entonces 27 años, era un adulto ya, estaba en el DF y sé que al margen de la chamba alimenticia exploraba espacios literarios con reconocidos escritores como los mexicanos Ermilo Abreu Gómez y Emmanuel Carballo, y el peruano Edmundo de los Ríos. Pese a la juventud de Fernando, “Nido de palabras” es ya un poema cuajado de aciertos, yo diría que hasta impecable. Siento que en sus imágenes todavía late el influjo de las vanguardias, y por allí le sospecho, por ejemplo, al mejor Maples Arce. Es lo de menos. Lo de más es que el poema se deja leer de un jalón y permite —o permitió en su momento— advertir la llegada de un buen poeta.
El anuncio de aquella obra cristalizó en Suma presencia (Ediciones Oasis, 1967), primer poemario-poemario de Fernando y a mi juicio su libro más logrado. El autor tenía 31 años y allí, en esas breves páginas, dejó caer poemas de un notable encanto expresivo, tanto que Emmanuel Carballo resaltó en sus diarios la pericia expresiva del lagunero. En esta selección he creído importante acopiar un número importante de piezas de Suma presencia. La razón es simple: sólo tuvo aquella edición, la del 67, pese a que se trata de un libro más que bien articulado.
Los caminos de la creación artística son inescrutables, por eso no sé cómo explicar el silencio poético de Fernando luego de publicar Suma presencia. Aventuro la hipótesis de la hiperactividad: Fernando se echaba tantas tareas a cuestas y disfrutaba hasta el fanatismo de tantas manifestaciones artísticas que pospuso y pospuso y pospuso lo que a mi parecer, insisto, fue su mayor virtud: la escritura de poemas. La pospuso, sí, pero siempre reincidió, y eso a fin de cuentas es lo que debemos subrayar. Imagino ahora que si hubiera sacrificado otras actividades, si no hubiera sido devorado por la cinefilia o el teatro o la promotoría cultural, el lapso que corrió entre su publicación del 67 y la siguiente no sería tan amplio como lo fue. Por limitaciones de espacio no es posible traer aquí toda su Suma presencia, pero de una vez deseo imaginarle una edición íntegra, incluso en fascímil.
En 1980 apareció Reincidencias (Macondo-Ayuntamiento de Torreón), el segundo libro de poemas de Fernando. La edición es modesta, pero su contenido ratifica la calidad del artista. Los versos mantienen la musicalidad y el brillo metafórico, y los temas siguen siendo la mujer, el amor, el abandono y la desdicha que jamás condesciende a la autoflagelación. Tiene unas palabras prologales de José Muñoz Cota, quien afirmó: “Fernando Martínez es un varón correcto. Bien educado, de maneras suaves y discretas. Así son las líneas de su poesía. No levantan el tono ni mueven las manos con exageración. No gritan. No agonizan”.
Tuvieron que pasar 28 años para tener Al filo de la ausencia (Iberia Editorial, 2008), nuevo libro de Fernando. Aprovechando la coyuntura de un homenaje, yo hice y pagué la edición, y lo preparé como un regalo secreto para mi amigo. En el Teatro Nazas presentamos esa noche su novela Mi nombre es lluvia, y allí, sin que él supiera nada, le hice entrega de ejemplares que regaló al público. Con perdón por la autocita, una parte de mi prólogo explica todo aquello:

De los géneros literarios encarados por Fernando Martínez Sánchez (…), su poesía destaca, a mi juicio, con hipnótica fosforescencia. Es, creo, un escritor tocado por la maestría para articular en verso su pensamiento y su emoción, de ahí que por su mano fluyan con extremosa facilidad las imágenes y el ritmo, la música de las palabras vertida sobre la partitura en blanco que es la cuartilla del poeta. Esa es la razón por la que aprovecho el justo homenaje que Martínez Sánchez ha recibido el 20 de febrero de 2008 para mostrar, convocado en este libro, un lote de poemas que hace algunos años tuvo la generosidad de acercarme sin mayor propósito que el de compartir sus “originales”, textos ya pulidos y listos para una potencial edición.
Los sonetos reunidos en Al filo de la ausencia han pasado pues un lapso no muy largo, aunque innecesario, de silencio. Los mantuve celosamente hospedados en un archivo digital porque sabía que tarde o temprano se iban a conjugar las circunstancias para darles continente de libro y ofrecerlos al lector. Ese momento ha llegado, y me honra saber que tengo aquí la suerte de difundir estos hermosos sonetos de Martínez Sánchez en ocasión tan propicia: un homenaje, su homenaje.

También tuve algo que ver con Silabario de Eros (UA de C, 2009), su último libro de poesía. Había comenzado el declive de su salud y me confió aquel libro. Lo propuse a la UA de C y trabajé con Gerardo Segura y Claudia Berrueto para que la edición fuera perfecta. Este libro incluye algunos poemas que Fernando había publicado en Las voces del tranvía (Ayuntamiento de Torreón, 2007); la compilación es de Rossana Conte y tiene dos prólogos, uno de Eduardo Langagne y otro de Gilberto Prado Galán, quien señala lo que a mi juicio puede también notarse en los cuatro poemas que seleccioné de Silabario de Eros: “La poesía de Fernando Martínez Sánchez ha transitado de la mesura y corrección formales, como se aprecia en el soneto ‘Deseos’, hasta la puesta en marcha de poemas irreverentes, coloquiales y apasionados como ‘Silvana: estrella en blanco y negro’. Esta poesía oxigena el territorio lírico al ignorar la mojigatería y el recato”.
Recapitulo. De Nada y ave tomé el único poema que allí habita. De Suma presencia, una buena parte por los motivos ya expuestos: su brevedad y su precoz fortuna literaria. De Reincidencias, la mayor parte de su contenido, pues es un libro también breve y eficaz, casi una plaquette. Igual hice con Al filo de la ausencia, y de Silabario de Eros elegí pocas piezas dado que es un libro todavía disponible si uno lo busca en las instancias editoriales de la UA de C.
Debo confesar por último un problema. Fernando retrabajó algunos de sus poemas y de una edición a otra llegó incluso a modificarlos casi hasta convertirlos en productos nuevos. Enfrenté pues la disyuntiva que seguramente han arrostrado otros seleccionadores en similar trance: ¿cuál versión dejar de “un mismo” poema? Por un momento pensé en elegir la más reciente, la retrabajada con el paso de los años por el autor, pero opté por el otro camino: incluir los poemas de la primera versión disponible, esto por tres razones: 1) porque la primera versión es innegablemente buena; 2) porque (principalmente en el caso de Suma presencia) resulta evidente que el autor ya era un poeta formado desde su primer libro, y 3) porque la selección cronológica nos permite apreciar mejor la evolución del escritor.
Fernando Martínez Sánchez murió la tarde del 10 de enero de 2014, en Torreón. Al día siguiente le dediqué una columna cuyo cierre también me sirve en esta presentación: “Pese a nuestra diferencia de edad, conviví con él en incontables/imborrables momentos. Edité dos de sus libros y recibí como regalo muchos de su enorme biblioteca. Gracias a él tengo, por ejemplo, el Tesoro de la lengua castellana de Sebastián de Covarrubias, una joya. No olvidaré (supongo que muchos en La Laguna podrán decir lo mismo) a don Fernando Martínez Sánchez. Yo lo recordaré principalmente por las que fueron, creo, sus dos máximas virtudes: la poesía y la risa”.
Sea.

sábado, mayo 16, 2015

Puertas de papel




















Las preguntas aparecen cada vez con mayor frecuencia: ¿qué han sido y qué son hoy los libros, qué pasará con ellos, cuál es su destino en un mundo gradualmente dominado por la comunicación electrónica, en qué se convertirá la lectura si todo sigue como hasta ahora? Arnoldo Kraus (Distrito Federal, 1951, médico y profesor de medicina en la UNAM, articulista y autor, entre otros libros, de Apología del lápiz y Cuando la muerte se aproxima) ha pensado en esas preguntas, y en Apología del libro (Conaculta, México, 2012) ofrece algunas respuestas atendibles no sólo por quienes creemos en este objeto —es decir, lectores que no necesitamos ninguna conversión— sino, sobre todo, por quienes desconocen o han renunciado al libro como transformador del alma humana.
Este libro sobre el libro es un ensayo libre, personal, sereno, como pensado con el chip de Montaigne puesto en la cabeza. Sin dogmatismo, sin desgarrarse la piel para demostrarnos que es verdad lo que poco a poco afirma, sin atestar de citas eruditas su reflexión, Kraus nos convida un paseo por su pasión bibliográfica. Es un paseo lento, a pie, como bien cuadra a un recorrido sobre este tema.
En las páginas va quedando pues asentada su certeza sobre el valor todavía fundamental del libro como organizador de la sensibilidad y la memoria de nuestra especie. El contraste, claro, se establece entre el libro y los soportes que lo han colocado en una zona marginal, más marginal que la padecida por el libro antes de la aparición de internet. Kraus exalta las bondades del objeto, las enumera: el contacto con el papel, el olor de la tinta, la posibilidad de escribir con mano humana sobre sus hojas y todo eso. En la acera opuesta, la lectura sobre pantallas, siempre vertiginosa, irreflexiva, facilista, entrecortada, fragmentaria y superabundante, tanto que hoy se ha hecho de códigos (“mensajes abreviados, casi sin idioma”) en los que nada entra en real contacto con nada y todo se consuma en el plano de la virtualidad.
Apología del libro, objeto editorial bellamente ilustrado por el maestro Vicente Rojo, es en el fondo un sereno llamamiento a quienes todavía sientan que puede ser posible, sin renunciar a las nuevas tecnologías, creer en el libro como arma civilizatoria principalmente porque con él podemos hacer algo que no excede las capacidades humanas: pensar con calma, reflexionar con hondura, sentir que gracias a estas puertas de papel entramos de veras en contacto con nuestros semejantes debido a la magia de la impresión real.
Podrá ser un clamor en el desierto, no sé, pero yo lo acepto y, como Arnoldo Kraus, seguiré siguiéndolo.

lunes, mayo 11, 2015

Nueva edición de Ojos en la sombra
























Acaba de aparecer, y ya está en circulación, la segunda edición de Ojos en la sombra (Conaculta, México, 2015, 145 pp.). Tiene estas palabras en la contratapa:

"Los protagonistas de estos relatos se mueven en una región siempre marginal de la vida cultural y literaria. Aspirantes a es­critores, editores de ínfimos pasquines, investigadores de oscuros institutos e inflados esbirros de la 'burocracia intelectual' lu­chan por el monopolio de la inquina, el recelo, la beca, la plaza y el fracaso menos estruendoso.
Desfilan por estas páginas un filósofo de buhardilla que no sabe bailar, un académico asediado por la sed de poder de una minúscula tirana, un estudiante de periodismo que debe narrar el Super Bowl desde Los Mochis. Narrados con un sentido del humor punzante y una prosa de absorbente ritmo, los cuentos de Ojos en la sombra transmiten también una melancolía: es en el territorio del recuerdo donde se desenvuelven estas historias, y su carácter cómico y a veces absurdo no evita —más bien pro­picia— que toquen ciertas fibras sensibles.
Con este libro de cuentos, Jaime Muñoz Vargas se confirma como una de las voces más reconocibles e intensas de la reciente literatura del norte de México. Un autor que ha inventado un lenguaje para narrar la vida a la orilla del desierto".

Poco a poco iré informando sobre sus presentaciones.

viernes, diciembre 17, 2010

Mapeo de Sáizar



Leo con frecuencia las notas de Jesús Alejo en La Opinión; las escribe en la capital y llegan como parte del material que luego se integra a los periódicos de Milenio en todo el país. Ayer, con la cabeza “48% de la población, ‘poco o nada’ interesado en cultura”, Alejo compartió la información presentada por Consuelo Sáizar, presidenta del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, sobre la Encuesta Nacional de Hábitos, Prácticas y Consumo Culturales 2010.
Entre otros resultados, el trabajo de Alejo destaca lo que arrojó la encuesta a la pregunta ¿Qué tan interesado está por lo que pasa en la cultura o en las actividades culturales? “48 por ciento de los encuestados respondió que ‘Poco o Nada’, mientras 47 por ciento dijo estar ‘muy o algo interesado’”.
Vale detenerse en esos porcentajes y pensar un poco en lo que pueden significar. De entrada, es inevitable pensar que se trata de una respuesta demasiado plana. Presuponemos que la “cultura” a la que se refiere la pregunta es la que en general promueve el Conaculta y todos los demás cientos de instancias dedicados a lo mismo en el país. ¿Lo entendían así los encuestados? ¿Sabían que les estaban preguntando por conciertos de jazz o clásica, por exposiciones de pintura, por conferencias, por obras de teatro, por cineclubes y todo eso, o también asociaron la pregunta a cualquier concierto de palenque o exhibición fílmica de estreno en la sala vip? Lo pregunto porque el porcentaje de interesados (“muy o algo interesado”) me parece demasiado alto para lo que en la práctica he podido apreciar no sólo en La Laguna, sino en otras partes del país a donde he concurrido como participante en el área de literatura. En general veo interés en las ferias o en los festivales, pero es obvio que no se trata del 47% de la población. En otros términos, en una encuesta declaran que están “muy” o “algo” interesados, pero en la práctica no asisten a las actividades que ofrecen las instancias culturales de cada región. En este sentido, es más que evidente una realidad: el disfrute de las actividades artísticas en este país es asunto de una inmensa minoría, así que las cuentas alegres de cualquier funcionario o de cualquier encuesta dejan de serlo cuando las contrastamos con la realidad. Por las razones que sean, México sigue siendo un país dominado por el desinterés cultural aunque la mitad de nuestros paisanos declare (sólo declare) “interés” en esto.
El estudio, puntualiza Alejo, “se desarrolló en las 32 entidades del país, con más de 32 mil entrevistas realizadas cara a cara entre el 24 de julio y el 5 de agosto, basado en una encuesta similar efectuada en 2003”. Allí se detectó además que “las nuevas tecnologías empiezan a transformar los hábitos de prácticas y consumos culturales de los mexicanos, según quedó demostrado. La aparición de nuevos formatos, desde el iPhone, los iPad o los lectores digitales, además de la posibilidad de bajar películas y música con mayor facilidad que en el pasado, tiene una gran influencia en los resultados de la encuesta”. Suena lógico aquí sí, aunque también debemos añadir que las afluencias de público se han visto mermadas, y todavía se ven, por el clima de inseguridad que en general nos ha golpeado.
El mismo espacio que sirvió para la presentación de esos resultados fue usado para que Consuelo Sáizar hablara sobre el Atlas de Infraestructura Cultural de México y el Libro de las Instituciones Culturales. “Entre la encuesta de cómo estamos en 2010 y la infraestructura que nos proporciona el Atlas, podremos hacer análisis para saber en qué estados se requiere abrir más librerías, más bibliotecas, cómo están los museos. Vamos a poder empatar todos los datos con los requerimientos de la sociedad”, expuso la presidenta del Conaculta. Pues bien, esto nos permite abrigar esperanzas de que allí esté incluida, visible, la pobreza casi de lágrima que padecen Lerdo y Gómez Palacio en relación a la infraestructura cultural. ¿En algún punto del Atlas se podrá apreciar que esos municipios de Durango tienen más de tres décadas sin crecimiento en su infraestructura de museos, teatros, auditorios y espacios para la formación artística? Si sí, ¿habrá en consecuencia algún proyecto federal, estatal o municipal que por fin subsane esa indigencia? Ojalá que sí, porque entonces se podría empatar el mapeo proporcionado por el Atlas con la necesidad ya imperativa, impostergable, de añadir a Gómez y a Lerdo un poco más de ladrillos para el trabajo cultural. Torreón ha crecido mucho en este aspecto. Sus hermanos de la zona “metropolitana” lagunera no pueden esperar más. Espero que el Atlas les haya noticiado el terrible faltante.

viernes, septiembre 24, 2010

Cine con carrilleras



Exactamente el día de su cumpleaños, el 22 de septiembre pasado, me enteré de que Fernando Fabio Sánchez cristalizó por fin un sueño largamente trabajado: la publicación de La luz y la guerra: el cine de la Revolución Mexicana (Conaculta, 2010). Desde lejos, un poco al sesgo pero siempre con interés, vi cómo crecía ese libro armado por Fernando junto a otro torreonense amigo, Gerardo García Muñoz. El libro ya está en circulación, todavía no lo tengo pero por las dos firmas que lucen debajo de su título sé que es un documento magnífico para adentrarnos en la presencia de la Revolución en el cine. Se trata de un libro colectivo, de un lúcido engarce de ensayos de académicos especializados en el tema, todos coordinados por dos brillantes laguneros.
En la promoción del libro es subrayado lo siguiente: “La Revolución mexicana fue el primer conflicto bélico cuya grandilocuente e incómoda belleza fue exhibida comercialmente en cines de todo México y, después, del mundo entero.
En los albores de la industria cinematográfica mundial, la Revolución mexicana se entrecruzó con géneros vinculados con el filme de aventuras y la comedia campirana. Más tarde, los artistas e intelectuales alineados con los preceptos del muralismo y la Novela de la Revolución, tuvieron un rol fundamental en la arquitectura del relato visual de la guerra. Aún así, el cine puso de manifiesto que la idea de la Revolución nunca fue una sola: estuvo formada por una acumulación de fragmentos, dicotomías y afirmaciones contradictorias que no se narraron de manera estable, ni se interpretaron del mismo modo en todos los espacios geográficos, posiciones sociales, genéricas y raciales.
La luz y la guerra: el cine de la Revolución mexicana no intenta enjuiciar ni salvar películas, ya sea por adhesión o resistencia a la cultura oficial, ni tampoco por su calidad técnica o estética. Se interesa en las cintas porque son el sueño de luz y pasado en que vivió una nación; un sueño actualizado constantemente en la oscuridad y el instante: la guerra que continuó en la pantalla pese al hecho de que ya había dejado de existir”.
Fernando Fabio Sánchez (Torreón, Coahuila, 1973) es profesor de estudios literarios y cinematográficos en Portland State University, Portland, Oregon. Obtuvo el Doctorado en Letras Latinoamericanas en University of Colorado en Boulder en 2006. Su línea principal de investigación ha sido, hasta el momento, el concepto de modernidad y sus diferentes relaciones con el arte, el nacionalismo, la violencia y la cultura en el México posrevolucionario. Textos académicos suyos han formado parte de revistas y libros en México, Estados Unidos e Inglaterra. Ha publicado, entre otros libros de crítica literaria, narrativa y poesía, Artful Assassins: Murder as a Art in Modern Mexico (Vanderbilt University Press, 2010), volumen que propone el asesinato como una escena fundacional del México posrevolucionario, por medio de un análisis del relato criminal mexicano en el cine y la literatura, así como en otras manifestaciones culturales. Actualmente, prepara un estudio sobre la filmografía de Felipe Cazals y realiza una investigación sobre la cultura visual en el siglo XIX mexicano. Ha publicado dos libros de cuento, uno de poesía y dos de ensayo; con uno de estos últimos ganó el premio nacional Abigael Bohórquez 1998.
Por su parte, Gerardo García Muñoz nació en Torreón en 1959. Doctor en letras latinoamericanas por Arizona State University, fue catedrático en Southwest Minnesota State University. Ha publicado los libros El sueño creador: el ABC de la invención (1994) sobre la novela La invención de Morel del escritor argentino Adolfo Bioy Casares; La vigilia del Almirante (1997); Julio Ramón Ribeyro: cinco claves de su cuentística (2003), y la monografía Las paráfrasis plásticas de Alberto Gironella (1997). Sus artículos sobre literatura mexicana han aparecido en las revistas Semiosis, Texto crítico, Revista de Literatura Mexicana Contemporánea, Studies in Latin American Popular Culture, Chasqui, Hispania y Revista de la Universidad de México. Sus áreas de interés son la literatura policíaca, el cuento posmoderno, la novela de la Revolución y la narrativa penitenciaria. Actualmente es profesor de la Prairie View A&M University, en Texas.
En suma, dos laguneros destacados cosechando los frutos de su talento y su dedicación.

domingo, julio 06, 2008

De la caca y otras asquerosidades



Publicado en su primera edición por la Dirección General de Publicaciones del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, El libro de las cochinadas, escrito por Juan Tonda y Julieta Fierro e ilustrado por José Luis Perujo, fue un regalo que tuve a mal hacerles a mis hijas. Sin revisarlo minuciosamente, lo compré hace como dos años en la librería Gandhi de Miguel Ángel de Quevedo, en el DF, y apenas en la semana que hoy termina le he hincado el ojo. Es un asco, y por eso lo voy a reseñar, para que los padres de familia que verdaderamente quieran a sus hijos no vayan a comprarlo ni aunque lean comentarios favorables dirigidos a tan puerca monografía.

Ganadores del premio nacional de divulgación científica, Tonda y Fierro, los autores, se han propuesto en El libro de las cochinadas develarle a la inocente niñez los secretos mejor guardados del conocimiento escatológico. Lo hacen con amplio conocimiento y sin eufemismos que amortigüen el peso de las barbaridades, como felices de revolcarse  en el saber de esas porquerías de las que (así dicen) muchos hablan, pero sobre las que muy pocos escriben.

El libro ha sido organizado en 25 capítulos breves, más una introducción y un glosario. No se puede ser más explícito a la hora de abordar esas temáticas, lo que sin duda llenaría de bochorno a las familias ceñidas a las buenas costumbres del recato y la prudencia. Estos son los titulillos de los capítulos: “¿Por qué hacemos caca?”, “Ingredientes para hacer caca”, “Tipos de caca”, “La caca de los animales”, “Aprovechamiento de la caca”, “¡Me hice pipí!”, “La orina”, “Usos y costumbres de la orina”, “Historia del excusado”, “Cómo vamos al baño”, “Caca en el espacio”, “¡Qué pedo!”, “Experimentos con pedos”, “El eructo”, “Los mocos”, “Cómo sacarse los mocos”, “Los gargajos y los escupitajos”, “La vomitada”, “El sudor”, “Barros y espinillas”, “Cera, mugre, lagañas y mal aliento”, “Limpieza de las cochinadas”, “Curiosidades cochinas”, “Más curiosidades cochinas” y “Dichos y textos cochinos”. Como se podrá apreciar, nada bueno deparan al lector esas secciones atiborradas de coprografía, si me permiten el neologismo. Con datos científicos a la mano, los autores deambulan por las excrecencias del ser humano y no se detienen ante nada para expresar ese saber impropio para la niñez del mundo. Tonda y Fierro han escrito en su introducción que “Dejar de hacer cochinadas resulta imposible —a menos que alguien quiera demostrar lo contrario—, así que ya es hora de aceptarlas y conocerlas. La cultura cochina también forma parte de nuestra vida cotidiana y la ciencia de las cochinadas nos permitirá ser muy cochinos pero a la vez muy saludables, ¡ese es el reto!”.

Esmerada, pacientemente, pues, los autores colocan uno por uno los ladrillos del insalubre tratado. Cuando explican el proceso de defecación, por ejemplo, tiran un rollo científico sobre ingesta de alimentos y nutrientes, para aterrizar en esto: “Lo que no se puede digerir, se va acumulando, como si llenáramos un tubo de pasta de dientes, hasta que ya no nos cabe. Entonces recibimos una señal en nuestro cerebro que nos dice ‘tengo ganas de ir al baño’; dos músculos muy fuertes del ano (esfínteres) impiden la salida cuando se contraen y nos dicen: ‘espérate tantito porque no hay baño’. Pero al fin llegamos al baño, los esfínteres se relajan y ¡oh descanso!, ¡placer de los dioses!: hacemos caca”.

Así prosiguen, en esa tesitura no apta para las personas de buen gusto. Quien lo dude, que lo compruebe e ingrese al segmento del libro donde Tonda y Fierro analizan el acto de peer, que dicho de manera menos elegante quiere decir el acto de echar pedos: “No hay placer más grande que echarse un pedo. Si estamos en una reunión o en una clase y nos da vergüenza echarnos un pedo, empezamos a sentir dolores en la panza y definitivamente no estamos a gusto hasta que logramos que salga. Lo más cómodo es levantar ligeramente una nalga para que pueda escapar libremente”; luego se ponen cejijuntos, doctorales: “El pedo o flatulencia es un gas que sale por el ano y uno de sus componentes más importantes es el gas metano, aunque también posee un segundo componente que es el hidrógeno, que se forma por la reacción de las bacterias anaerobias, es decir, las que viven en el intestino donde no hay oxígeno en abundancia como en el aire que respiramos. Ambos gases son altamente inflamables. Los pedos también tienen nitrógeno, bióxido de carbono y oxígeno; y en ocasiones, sulfuro de hidrógeno, lo que les confiere un desagradable olor como a huevo podrido”.

Este es el tenor de la monografía; fluctúa de la expresión callejera a la sesuda con irreverente soltura, y es oportuno decir que hubiera estado bien que se quedara sólo en la segunda, como en este párrafo dedicado al examen de los verdosos tapones de la nariz: “Los mocos están compuestos de aproximadamente 95% de agua, 2.5% de sal y 2.5% de mucina, una proteína que se emplea para hacer algunos tipos de pegamento, de ahí lo pegajoso. El color característico de los mocos, verde amarillento, depende de unas sustancias llamadas mucopolisacáridos (hechas a base de azúcares y aminoácidos), así como del tipo de bacterias con las cuales se mezclan”.

Obra peculiar, El libro de las cochinadas ingresa a una realidad que más vale ocultar a nuestros inocentes chiquitines. No la recomiendo. El lector aprenderá mucho, sí, pero 
corre el riesgo de cagarse de risa. He ahí el problema.

domingo, octubre 01, 2006

Fulgores del asombro*




















Manadero irrefrenable de ideas que casi inmediatamente después de nacidas buscan hospedaje en libros, Gilberto Prado Galán (Torreón, 1960) no ha parado de publicar desde que en 1987 dio a la prensa aquella Exhumación de la imagen que, pese a su modestia artesanal, ya recalcaba las numerosas destrezas del autor que lo mandó maquilar en una imprenta de la avenida Hidalgo de Torreón. Hace años me propuse reseñar toda esa obra, pero fue tan acelerado el pratense ritmo de trabajo y tan repentina la superabundancia de mis ocupaciones que en pocos años quedó rebasado aquel deseo. Hace un par de meses hablamos precisamente sobre eso, sobre su friolera bibliográfica: en poco más de veinte años dedicado a la escritura que aspira a ser vista públicamente, Prado Galán a tramado más de quince libros individuales y no sé cuántos otros como coautor en colectivos.
Ahora, mediado el 2006 y un poco después de habernos dado El canto de la ceniza, El libro de las preguntas y Minas y teodolitos, se nos apersona con Fragmentos del asombro, manojo de ensayos que pese a su brevedad no deja de enseñar el malicioso arte del pensar filoso que asiste a Prado Galán en todos sus afanes literarios.
Debo decir, de entrada, que los marrazos del tiempo y del oficio templan cada vez más, como espadón japonés, la prosa de Prado Galán; no ha perdido su exquisita belleza, su endemoniada acuñación de imágenes deslumbrantes, el colorido de su vocabulario inagotable, pero ha ganado en placidez, en una especie de sabio desenfado, en una desenvoltura de jugador que sabe perfectamente cuál es su tamaño y se permite todas las prerrogativas del estilo.
Al recorrer estas nuevas páginas uno siente la impresión de estar leyendo por primera vez, como si el texto hubiese sido escrito en un código recién inventado y recién aprendido. Gilberto Prado encuentra caminos nuevos para la expresión; como Lezama, ayunta palabras que ni por accidente se han reunido en el español, y con ellas crea tropos que bailan como trompos ante la mirada atónita de quien acaricia estos renglones. Por esta virtud, notoria para todo lector sensible, una mano anónima del periódico ABC de España señaló hace poco tiempo sobre su poesía, que es como decir sobre toda su escritura, que “Prado Galán —tal y como lo demuestra en los numerosos palíndromos aforísticos que viene publicando en ArteletrA— disfruta con los juegos de palabras y la disposición del verso, así como la utilización peculiar de los elementos tipográficos. Metaliterario, confesional, imaginista, funde en sus versos lirismo y pensamiento, reflexión y sugerencia del lenguaje, y pule el verso (utilizando la analogía geológica que tanto le gusta) buscando para extraer la piedra preciosa que duerme en el interior de todas las palabras”.
El genio verbal del torreonense exhibe tanta opulencia que puedo decir esto sin incurrir en hipérbole: lamento que Fragmentos del asombro no contenga índice, pues son tan atinados los títulos que uno hubiera tenido, como bonus track, un poema espeso de fortuna en esa parte de los libros que suele servir nomás de gélida referencia al contenido. Los títulos de cada ensayo son en sí mismos una lección de literatura, y sólo me había ocurrido percibir esto con Breviario de podredumbre, un libro que en estructura interna y hasta en nombre es pariente de Fragmentos… Como Ciorán, lo cual no es flaco elogio, nuestro poeta y ensayista encabeza todas sus piezas con un gancho al hígado de la imaginación: “La ponzoña abstracta”, “El diablo tranquilizado”, “Filosofía y prostitución”, “El arquitecto de las cavernas”, “Fisonomía de un fracaso”…, dice el nihilista rumano. “Los vestidos de la errata”, “El hacedor de silencios”, “Refutación de los pies”, “El escondite de Dios”, “Elogio de la amistad”, “El arte de morir”…, escribe Prado Galán.
En estos Fragmentos…, el autor de El oro amotinado toma como pretexto varios temas para acercarse al eje temático del libro: en todos los casos late el asombro, la sorpresa que asalta al escritor luego de leer una noticia, un libro, luego de columbrar un recuerdo, el pliegue de una determinada realidad social o íntima. En tal sentido, el que nos regala esta noche —dicho esto en los dos sentidos del verbo regalar: como obsequio y como acto que provoca placer— es un libro con parientes ricos: andan en él, por supuesto, todo Baltasar Gracián, El Minutero de López Velarde, la Varia invención de Arreola, muchas páginas de Borges y de Reyes y de Cortázar, un poco los diarios de Ribeyro, las anotaciones al calce de la vida de Azorín, los Enseres para sobrevivir en la ciudad de Quitarte, La batalla perdurable de Castañón y no sé cuántas inteligentes páginas de Zaíd, libros que acaso han sido originalmente apuntes, notas al pie de la gran obra, colaboraciones periodísticas que en las manos de un gran escritor pasan con pasaporte legal al país de la permanencia y, algunas, a la más descarada inmortalidad, como es el caso de los textos breves, fogonzos en prosa, del jerezano ya mencionado.
Aunque a primera vista no lo parezca, Fragmentos… es un libro de linaje erudito. No sé cuántas disciplinas, libros, autores, experiencias, cruces, interrelaciones son convocadas en cada página, como si el mundo conocido, todo lo visible y lo invisible, pudiera aquí encontrar estacionamiento desahogadamente, sin embotellar las copiosas referencias que le sirven al autor para urdir el fino y firme cáñamo de sus reflexiones. Cualquier párrafo puede ser el ejemplo: de una pincelada literaria el autor pasa a la antropología, luego a la fisiología, poco después a la historia, a la matemática, a la política y a la química y en fin, cada pieza de este libro da la impresión de encontrar, como agua que desciende desde la montaña, su cauce más sencillo y más barroco a la vez. Al final, ese torrente de conocimientos se acomoda (forma un lago) en la sensibilidad del lector gracias a que Prado Galán domina sus variados materiales con soltura, sin apretujones innecesarios. Todo cabe en un librito sabiéndolo aquilatar.
Debo decir no tan al margen, como punto último de este veloz escrutinio, que parecía extraño que un hombre con su sentido del humor, con su pasmosa capacidad para caricaturizar voces, con su memoria anecdótica y su pericia nata para amonedar juegos de palabras no tuviera escrito hasta ahora un libro que revelara, al menos en sordina, ese flanco de su personalidad. En Fragmentos del asombro hay humor a kilos, una risilla tenue que se esboza (se emboza) tras los múltiples antifaces del vertiginoso saber. Los ejemplos son muchos, como en los sucintos ensayos-crónica-memoria en los que sonríe de sí mismo, de su lectura virginal de Nervo, de su aprendizaje aeronáutico (como pasajero), de su manía por rayar libros como el que, prestado, palimpsestó de Salamandra para armar allí sus Huellas de ídem. Hay humor del bueno, del inteligente, en todo el libro, y junto con eso lo que ya enuncié y acaso mucho más: un Gilberto Prado que, perdón por la profana metáfora beisbolera, sigue siendo indiscutible cuarto bat en el line up de la liga literaria lagunera y, poco a poco ya, inicialista en ligas infinitamente más difíciles, ésas donde las pichadas llevan lumbre y las barridas siempre se dan con los feroces picos por delante. Allá Prado también sabe desempeñarse y lo respetan. Por eso es un orgullo tenerlo aquí en libro y/o, mejor, en persona.
Comarca Lagunera, 28, septiembre y 2006

Fragmentos del asombro, Gilberto Prado Galán, Conaculta/Ediciones sin nombre, México, 2006, 121 pp.

*Reseña leída en la presentación de este libro celebrada en el Museo Regional de La Laguna el 27 de septiembre de 2006.