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sábado, diciembre 21, 2024

Réquiem a la carta

 


















La primera edición data de 1991; la segunda, de 2014. Ignoro si entre una y otra hubo cambios sustanciales o si la segunda recoge exactamente el mismo contenido en un nuevo diseño tipográfico y demás. La duda no es tan ociosa, pues entre ambas fechas se dio la masificación global de una innovación que cambió todo: internet, el uso del mail y, algo después, más o menos a partir de 2005, la aparición de las adictivas redes sociales.

Así pues, Carlos Monsiváis escribió el epitafio del género epistolar cuando el correo electrónico estaba a punto de revivirlo. No lo hizo del mismo modo que en las cartas de papel, pues el correo digital añadió el rasgo de la inmediatez en la correspondencia, pero el hecho cierto es que volvieron a cruzarse amplias cartas de todo tipo entre interlocutores que asimismo volvieron a soportar en la escritura sus necesidades, sus tratos a distancia. El teléfono fijo y el celular (también recién popularizado al arranque de los noventa) podían sustituir al mail, pero eran servicios todavía caros, así que la gente escribió cartas, muchas cartas electrónicas al final del siglo pasado y principios del presente.

Como digo, todo se precipitó con la llegada de internet. Aparecieron los chats, los mensajitos de SMS, los foros, los blogs. En menos de diez años, la computadora y el celular (para llamar) cundieron en el mundo, y aún faltaba la llegada del smartphone que combinó la computadora, el celular, la cámara fotográfica y el reproductor de audio, y que poco a poco incorporó la vida entera gracias a la invención de miles de aplicaciones.

Monsiváis alcanzó a ver esto. Poco antes, en 1991, había dado por hecho que la correspondencia estaba muerta, de ahí que publicara El género epistolar. Un homenaje a modo de carta abierta (Conaculta-Miguel Ángel Porrúa, 2014, 103 pp.). Nació en 1939 y murió en 2010, así que la segunda edición es póstuma. Insisto en que no sé si tuvo algún retoque, aunque supongo que no, pues aquí en nada se detuvo a escudriñar las formas del diálogo a distancia surgidas tras la aparición de internet. Contrapone el teléfono convencional, fijo, a la carta de papel, y en el momento de escribir su réquiem por la carta tuvo razón: el género epistolar en papel ya estaba dando sus últimos suspiros.

La necrológica escrita por el famoso autor de Escenas de pudor y liviandad sirve entonces, más que nada, para recordarnos el valor que tuvo la carta física sobre todo en el siglo XIX y buena parte del XX. Se divide en cinco capítulos, y en ellos, además de lucir su prosa siempre barroca y zumbona, Monsiváis acude a la cita in extenso como recurso metodológico para probar sus afirmaciones. Destaca que la carta de papel sirvió no sólo para comunicar a los distanciados, sino para expresar de una forma específica, espesa de giros literarios, lo que se decía de otra manera en el diálogo directo. Los ejemplos que cita son elocuentes: las cartas amorosas, en su cursilería desbordada, son la evidencia de que la combinación distancia+papel+escritura provocaba que los corresponsales dejaran fluir un torrente metafórico imposible de poner en práctica dentro de la conversación cara a cara. Trae incluso el caso de una especie de manual para elaborar Cartas de amor, del cual comparte esta cumbre de lo que hoy juzgaríamos como discurso grotesco tanto escrito como oral:

Bienamado mío: ¿Crees que yo pueda arrancarte alguna vez del pensamiento mío? Ya nunca te podré alejar de mi alma porque tú has sido en mi vida estrofa y luz.

Toda mi existencia era un dulce arrobo porque esperaba el milagro de tu presencia y ese anhelo vertió ansiedad en mi corazón.

Marché a tu encuentro como una alucinada y rompí el hechizo de la soledad del alma. Tu vida y la mía se encontraron como dos ríos lejanos en un abrazo que solamente el infortunio podría deshacer”.

Monsiváis recuerda que fueron mujeres las principales usuarias del género epistolar, dado que, si en la realidad se les reprimía, la carta era un espacio en el que podían expresarse y derramar sin freno su subjetividad, sobre todo la vinculada a sus pasiones amorosas. Asimismo, como en el siglo XIX comenzó el auge de los viajes por el mundo pero todavía sin cámaras fotográficas a la mano, no fue extraño que la correspondencia sirviera como medio para compartir los asombros provocados por el exotismo de las tierras visitadas y la alteridad cultural.

Otro objetivo de la carta, dice el autor, era guiñar el ojo al futuro. Se escribían para el espacio privado, pero no muy en el fondo en los corresponsales latía el deseo de que las palabras fueran leídas públicamente en la posteridad. En este sentido, la carta y el diario personal caminaron tomados de la mano durante varias décadas, aunque el diario no tuvo tanto éxito entre nosotros. Este género pariente de la carta, el diario, llegó incluso a convertirse en un formato reconocible en libros con y sin ficción (hasta muy entrado el siglo XX se escribieron novelas que simulaban ser diarios, como La tregua, de 1960).

El género de epistolar es, por lo dicho, un libro adecuado para recordarnos que alguna vez la escritura postal tuvo como imperativo el esmero y hasta el preciosismo literario, rasgos que el bajo costo, la facilidad y la inmediatez de la comunicación actual —piénsese en WhatsApp— ha sepultado.

miércoles, agosto 25, 2021

Letra horrible









Instalemos la imaginación en 1980. En una casa clasemediera de Torreón, un joven recién salido de la pubertad sancocha sus trabajos escolares en la mesa de la sala, frente a uno de los muchos floreros de mamá. Usa para escribir una maquinita Lettera Olivetti color crema, la lap top mecánica más popular de aquella época, casi una ouija. No puede teclear con más de dos dedos, los índices, pero poco a poco ha adquirido la velocidad suficiente para asentar las ideas en el papel antes de que se fuguen. A diferencia de muchos de sus amigos y amigas, trabaja en silencio, sin música, pues sabe que si se dejara acompañar por las notas de cualquier canción, nada podría fluir bien en sus trabajos escolares. El estéreo, que por cierto tiene al lado de la mesa, se mantiene apagado. Escribe, digamos, un ensayo para la clase de historia. Consulta en un libro prestado y en la enciclopedia Salvat, sus únicas herramientas documentales. En la Lettera hay una hoja de máquina tamaño carta, de las finas, aquellas que tenían textura irregular y un marco de florituras ya impreso, útiles para los trabajos finales. Procura no equivocarse para evitar el uso del corrector blanco, y así, en una tarde o dos, salen a pujidos las seis cuartillas del ensayo escrito con prosa trastabillante, insegura, pero ya tal vez sin tantas fallas ortográficas ni sintácticas.

Un día lo amonesta un profesor; le recuerda que esos trabajos necesitan portada, los datos generales en hoja aparte, al frente. Todavía está lejos la invención del Word o el Corel, así que surge una idea: el estudiante de prepa convoca a su padre para que elabore a mano, con bolígrafo negro, las portadas de sus trabajos. Sabe que su padre, quien estudió hasta la primaria por falta de recursos en su niñez, tiene una caligrafía espléndida, llena de arabescos hermosos y trazos seguros y perfectos. El viejo acepta, pregunta que qué debe escribir, y cuando recibe la información comienzan a brotar de su mano letras deslumbrantes, mayúsculas de lujo y remates de palabras con ganchos decrecientes que son un placer para la vista.

Aquel joven era yo y aquella caligrafía era la caligrafía de mi papá, una caligrafía aprendida en una escuela rural de La Laguna, porque en los cuarenta, cincuenta, sesenta y todavía en parte de los setenta se enseñó en las vasconceleanas aulas mexicanas, incluso en las de rancho, a escribir con “letra pegada”, con letra de la llamada “Palmer”, nombre derivado del Método Palmer elaborado por Austin Norman Palmer (1860-1927) para la escritura a mano. En mi caso, hasta tercero de primaria, de 1970 a 1973, hice ejercicios caligráficos en alguno de los libros de texto gratuitos y en los cuadernos adjuntos para tal propósito, pero poco después el sistema fue radicalmente cambiado y nos obligaron a escribir con letra “de molde” o “despegada”, lo que terminó por arruinar la letra de muchos niños —y luego adultos— de mi generación.

Ciertamente el origen de la “buena letra” es misterioso, tan misterioso como todos los talentos, pero es un hecho que con muchos ejercicios la escritura a mano se va soltando hasta el dominio de la belleza en el trazado de cada letra. Como en la primaria hicieron incontables ejercicios de caligrafía, mi padre, mi madre, mis tíos y muchas otras personas mayores que conocí o conozco, escribieron/escriben con una elegancia que hoy nos deslumbra y antes era habitual hasta en los recaditos más insustanciales. Luego llegó, para muchos, el aprendizaje de la horrible letra despegada que casi solamente queda bella a los arquitectos y a los diseñadores.

La letra fea provocó que yo no tenga manuscritos de lo que he publicado, que a estas alturas no es poco. Es decir, desde los tiempos de la Lettera escribo en teclados, siempre con dos dedos, siempre seguro de que cuando emprendo la escritura a mano quedo inhibido de inmediato para seguir adelante. Por supuesto, tampoco llevo diarios ni agendas, pues me paraliza ver los anárquicos rasgos de mi letra.

Siempre lamenté no tener la letra de mi padre, o su firma sobria y elegante a la vez. Desde niño no me quedó más remedio que aceptar la letra horrible con la que, por cierto, no escribo este apunte.