Más de 350 goles entre clubes y selección fue la cosecha anotadora de Wayne Rooney (Liverpool, Inglaterra, 1985), el último enfant terrible del futbol inglés. La cara de bebé en conjunción con su aguerrida manera de jugar lo aproximaban a la figura del muñeco diabólico. Tener a Rooney en sus filas, como por muchos años lo tuvo el Manchester United, era contar con un líder que gobernaba con el ejemplo: para él, ninguna pelota debía darse por perdida. Hay una repetición que ilustra como ninguna otra su brutal empuje, y es fácil encontrarla: jugaba para el D. C. United, en la MSL, y corrió para recuperar un balón que, salvo él, nadie más iría a buscar al filo del silbatazo final. Pero el pundonor no lo define en su totalidad, pues además de agallas y temperamento irreductible, tenía técnica para hacer goles. Las antologías de sus tantos permiten apreciar que logró muchos dignos del marco. Dos son los que más se le celebran: una chilena al ángulo y otro que me parece dechado de remate con la pelota en el aire, cuando soltó un seco derechazo con el empeine a casi treinta metros del arco rival. Fue un ídolo inglés.

