sábado, octubre 03, 2026

Luces… en persona


Las presentaciones de libros son como las cuartas de forros (mejor conocidas por el lector como “contraportadas”): suponemos siempre que su contenido se inclinará inevitablemente al elogio, al “brindis de sobremesa”, a veces a la más descarada adulación del libro y del autor. En efecto es así, aunque en mi ya largo trote como presentador o como parte del público en presentaciones he sido testigo de algunos desaguisados, como aquél en el que una comentarista hizo picadillo un libro en la jeta del autor o como mi amigo Víctor Hugo Morales cuando en la Argentina (hay video) despellejó al infame periodista Luis Majul. Pero hablar mal del libro y/o del autor no es lo habitual en este tipo de reuniones. Lo común es echarles flores, apapacharlos, enunciar las bondades recostadas en el papel y la pericia del autor al escribir, sea el tipo de texto que sea, independientemente del género al que responda su vástago bibliográfico.


En lo personal abrazo una técnica como pre-presentador. Si de acuerdo a mi subjetividad calculo que el libro carece de mérito, procuro inventar cualquier cuento piadoso para no aceptar la invitación a comentarlo; si, pese a esto, el asunto es inesquivable, participo del acto con salutaciones al recién nacido y expido algún etéreo comentario que no trascienda el alambre de púas de la mera urbanidad.


Otra posibilidad, por fortuna la más frecuente, es que me inviten a presentar libros valiosos, como el que esta noche nos ocupa. De hecho, nadie me invitó a presentar hoy, fui yo el que me invité, pues la organización de este momento fue producto de mi iniciativa. ¿Por qué?, es la pregunta retórica que me hago. Por dos razones que procedo a explicar.

Porque su autor, Alfredo Máynez Gil, es una de las personas que más quiero en La Laguna. Lo juzgo un tipo extraordinario, acaso el único sujeto que conozco con tan altas y parejas calificaciones; si él fuera boxeador, yo no hallaría por dónde meterle un gancho, un uppercut o un jab. No es perfecto, mas se acerca —parafraseo a Pablo Milanés— a lo que simplemente soñé como ejemplo de persona redonda. Alfredo es inteligente, sensible, culto, buen hijo, buen hermano, buen esposo, buen padre, buen amigo, buen profesionista, buen todo, hasta buen yerno. Además del Derecho, ha sabido establecer cercana convivencia con la música (toca la batería), con la fotografía, con la lectura literaria e histórica, con los deportes, con la gastronomía y con la conversación amena e informada. Aglutina simultáneamente todo lo anterior y además es horizontal, no se cree nada, lo que añade a su personalidad una desconcertante modestia, pues podría ser justificadamente fanfarrón. No lo es, asombrosamente no lo es; al contrario, es el tipo más sencillo que uno pueda imaginar, y su sencillez y su limpieza de espíritu no es la de un fariseo, la de un falso humilde; su índole es natural, genuina, nunca impostada. Además de todos sus atributos tiene calle y no se achica ni se agranda al hablar con nadie, y así puede conversar con un científico o con cualquier compa del barrio, en paridad de tesituras. No es por nada, pero quisiera saber de una persona que además de ser un excelente profesional fuera todo lo que es Alfredo con naturalidad, sin mamonería mediante. Muchos hay que saben mucho, que poseen copiosos bienes, pero tienen menos calle que Venecia; hasta en esto Alfredo se las sabe, y no lo tuerce ni lo asusta cualquier albur.


Además de la susodicha cascada de virtudes, Alfredo suma otra, la que hoy nos reúne en este foro: escribe muy bien. ¿Qué hicieron el señor Máynez y la señora Gil para tener un hijo de esta calaña? No lo sé, sólo sé que en el estuche de monerías que es Alfredo la escritura también cabe con solvencia, y conste que es una destreza exigente. En este momento tenemos su primera novela en proceso de edición y hoy presentamos su primer libro: Luces en el polvo. Alfredo Máynez nació en Torreón en 1972. Estudió la licenciatura en Derecho y la maestría en Historia de la Sociedad Contemporánea en la Universidad Iberoamericana Torreón, y desde 1998 ha sido maestro de asignatura en la misma institución. Ejerció como abogado corporativo en el sector privado y actualmente es el notario número 100 de Torreón. Además de ser autor del ensayo Luces en el polvo, tiene una novela de próxima publicación.


Luces… apareció en 2020, el maldito año de la pandemia. La doctora Laura Orellana y yo trabajábamos todavía en la Ibero Torreón y luego de editar el libro no tuvimos más remedio que presentarlo vía Facebook, una modalidad del género presentación que sabe a sopa sin sal. Durante los años que han pasado, nunca dejé de pensar que el valioso libro de Alfredo merecía piropos directos, con gente de carne y hueso como ustedes, no sólo perezosos likes a distancia. Por ello, hace poco lo conversé con él y acordamos esta fecha y convocamos a la matriz editora, la Ibero Torreón, y a nuestra admirada Laura Orellana para repetir el brindis sin la intromisión de una pantalla.


En fin. Después de este exordio aburrido pero sincero, paso a comentar un poco el libro. Pese a la insistencia de muchos historiadores, todavía es común advertir que en el público sigue afianzada una noción de la historia como algo independiente del historiador. Aunque la historia, o sea, el pasado, es una realidad que ya no existe y sólo podemos tangibilizarla en términos de documento, la opinión generalizada tiende a pensar que tanto los documentos como los libros de historia son, per se, “la historia”. Parece un juego de palabras, pero no lo es. Sólo es necesario pensar que el pasado ya no existe y es imposible que vuelva, razón por la cual es necesario reconstruirlo, es decir, historiar, conseguir documentos y articular conjeturas (relatos) a partir de su análisis e interpretación. La escritura que se obtiene como resultado es la historiografía, la escritura de la historia, no la historia en sí, ya irrecuperable.


Creer que la escritura de la historia es “la historia” ha sido tal vez la clave que ha posibilitado su manipulación por el poder. Como la gente cree que la historia está en los libros de historia, nada más adecuado para cualquier poderoso que fomentar la escritura de historias a modo para legitimarse. Esta es la razón por la que hasta la fecha las historias más populares son las que se refieren a los acontecimientos políticos y militares, a las caídas y los ascensos de tal o cual régimen o gobierno, a la vida y a la obra de los próceres. No otro tema, sino éste, aborda, por ejemplo, Leonardo Sciascia en El Archivo de Egipto, una novelita algo olvidada. Su tema eje es simple: la escritura de la historia generalmente ha dependido de los caprichos del poder, de ahí que sea tan peligrosa en manos de los mandamases.


Cada vez es más frecuente, sin embargo, comprobar que la escritura de la historia mira hacia otro punto, no tanto ya a los Grandes Hechos y a las Grandes Figuras sino al magma en el que se despliega la vida cotidiana con toda su complejidad. Esta historia nos enfatiza que la escritura sobre el pasado puede también detenerse a hurgar en comunidades específicas unidas asimismo por prácticas sociales ajenas al poder y sus detentadores. Esta historia, menos glamorosa pero tan importante como la otra, fija su atención en la gente de a pie, en el ciudadano que todos los días reproduce haceres compartidos por su comunidad. Visibilizar estas prácticas, describir su espesura, traerlas al presente para comprenderlas, es también tarea de historiadores.


Como cualquier escritura sobre el pasado, la de la vida cotidiana requiere apuntalarse en documentos. Es el caso de Luces en el polvo. Influencia del Club Fotográfico de La Laguna en el trabajo de José de Jesús Gil Alonso (1961-1987), libro de Alfredo Máynez Gil. Gracias a la cercanía de un fondo familiar lleno de textos y fotografías, Máynez Gil hundió su atención en el pasado de un grupo de ciudadanos de La Laguna dedicados a diversos oficios, pero ligados en un momento de sus vidas por una pasión: la fotografía. El joven historiador se apoya en una fuente primaria: las actas del Club Fotográfico de La Laguna animado por, al menos, cuatro decenas de integrantes a lo largo de un cuarto de siglo.


Además de tales actas, en sí misma valiosas por elocuentes, Máynez Gil apeló a otras herramientas útiles en ciertos casos como apoyo para la escritura de la historia: las entrevistas directas, ya que una parte significativa de los participantes en el Club viven y accedieron al diálogo, lo cual incrementó y precisó la información contenida en las actas. Asimismo, interrogó al material fotográfico reunido por su abuelo José de Jesús Gil Alonso, miembro del Club, quien es situado en este libro como la parte de un todo que le fue afín: su grupo de amigos, los demás participantes. El libro es entonces una especie de sinécdoque: Gil Alonso como parte representativa de un todo que fue el Club.


La familia a la que en general perteneció Gil Alonso, como artista de la lente, no desentona con nombres inmensos como los de Gaspard-Félix Tournachon (Nadar), Gyula Halász (Brasaï), Henri Cartier-Bresson, Endre Ernö Friedmann (Robert Capa), Gerta Pohorylle (Gerda Taro) y Richard Avedon. O, si no queremos ir tan lejos, en nuestro país se codea sin disonar con el trabajo de Tina Modotti, Manuel Álvarez Bravo, Paulina Lavista, Graciela Iturbide, Rogelio Cuéllar, Héctor García, Pedro Valtierra e incluso Juan Rulfo. Dicho sea de paso, a todos ellos y ellas, e igual a Gil Alonso, podemos acercarnos con un libro teórico casi indispensable: Sobre la fotografía, y complementarlo con otro de distinta orientación pero similar tema titulado Ante el dolor de los demás, ambos de la ensayista norteamericana Susan Sontag.


Luces en el polvo contiene una introducción, siete secciones y un apartado conclusivo. Además, como apéndice muy destacado, una galería con 22 fotografías de Gil Alonso. El prólogo fue preparado por la doctora Laura Orellana Trinidad, quién aquí, nuevamente, ha enfatizado el valor no sólo académico, sino social, que tiene el resguardo de los documentos familiares como fuentes primordiales para la reconstrucción del pasado. A propósito del material investigado por Alfredo Máynez, acentúa la importancia que adquiere dar visibilidad en la escritura histórica a grupos antes ignorados: “La estimación —observa la doctora Orellana— del acervo fotográfico del doctor Gil Alonso se inscribe en un entramado de profundos cambios culturales que han afectado a las Ciencias Sociales en las últimas cinco décadas, particularmente a la historia, la archivística y la sociología. Esta metamorfosis se debe, en gran medida, a las luchas de distintos grupos sociales por lograr una mayor representación en la sociedad, lo que finalmente tuvo un impacto en la selección de los objetos de estudio que estas disciplinas comenzaron a abordar así como del tipo de documentos que se requerían para estudiarlos”.


No cabe duda de que lo conseguido en Luces en el polvo debe motivar el orgullo de Alfredo Máynez Gil, quien con este su primer libro da pie a seguir explorando todo lo que puede ofrecer cada documento resguardado en los fondos familiares, tanto los que ya tienen cabida en los archivos como aquellos que siguen en posesión de hijos o nietos. Felicidades a Alfredo por este inteligente libro y felicidades a Laura por acompañarlo en el camino de su enfoque y su escritura.


Nota. Texto leído en la presentación de Luces en el polvo. Influencia del Club Fotográfico de La Laguna en el trabajo de José de Jesús Gil Alonso (1961-1987) celebrada en la Galería de Arte Contemporáneo del Teatro Isauro Martínez. Participamos Laura Orellana Trinidad, el autor y yo.

miércoles, septiembre 30, 2026

Alcubierre en La Laguna


 











Hace más de quince años, lo documenté en su momento, tuve la suerte de hacer dos énfasis sobre el valor de un par de intelectuales argentinos que nos visitaron. El primero fue el filósofo Mario Bunge, invitado por una de las facultades de la UAdeC Unidad Torreón. No recuerdo si en mis crónicas destaqué que fue escasa la cantidad de público asistente a la conversación con Bunge, pensador que hasta la fecha sigue siendo frecuentado por la academia de todo el mundo. El segundo fue Juan Gelman, poeta que ya entonces sonaba para ganar, como en efecto ocurrió (2007), el premio Cervantes; por poco y Gelman pasa de noche por Torreón, pero tuve la suerte de enterarme a tiempo de su visita y diseminé la alerta propiciatoria de una cena numerosa en comensales. Ahora, este viernes 2 de octubre, viene a Torreón para dar una conferencia uno de los científicos más importantes del país: el doctor Miguel Alcubierre.

Reconocido físico mexicano, Alcubierre ofrecerá una conferencia como parte de las actividades de Foro Ciencia Torreón, iniciativa creada para acercar la ciencia y la divulgación a la comunidad lagunera. Su conferencia “Más rápido que la luz” está dirigida a niños, jóvenes y adultos con curiosidad por el estudio del universo.

Miguel Alcubierre es un científico reconocido internacionalmente sobre todo por la llamada “Métrica de Alcubierre”, una solución matemática dentro de la relatividad general de Albert Einstein en la que explora, de manera teórica, la posibilidad de modificar el espacio-tiempo para permitir desplazamientos efectivos a velocidades superiores a la de la luz sin que una nave viole localmente el límite establecido por la relatividad. Su trabajo, publicado en 1994, convirtió una idea que durante décadas perteneció principalmente a la ciencia ficción en un problema que podía discutirse mediante las matemáticas y la física teórica.

La presencia del doctor Alcubierre en Torreón representa una oportunidad para acercar al público lagunero a temas como la relatividad, el espacio-tiempo, los viajes interestelares y los límites actuales de nuestro conocimiento del universo, explicados directamente por uno de los científicos mexicanos con mayor reconocimiento internacional en este campo.

La conferencia se celebrará en el TIM (pedir informes allí) a las 7 pm.

sábado, septiembre 26, 2026

Estos Jales que ves











En el amplio corpus de documentos sobre nuestra lengua no cabe duda que el libro eje es el DRAE, el Diccionario de la Academia. Le siguen en predicamento la Ortografía, la Gramática y el Diccionario panhispánico de dudas. Este cuadrángulo de materiales son los cimientos en los que se apoya nuestra lengua, el español. Desde su fundación en 1713 hasta no hace mucho, la Real Academia Española tuvo un marcado propósito normativo, de suerte que el castellano que se destacó como modelo de corrección fue el hablado y escrito en España. Hoy, por suerte, la Academia (y sus corresponsalías en América) es menos prescriptiva que descriptiva y se ha tornado cada vez más abierta a la incorporación de rasgos propios del habla y la escritura puesta en acto de este lado del océano Atlántico.

Al costado de los libros institucionales sobre nuestra lengua cohabita un corpus bibliográfico que hoy rebasa cualquier capacidad de absorción individual. En otras palabras, es tanto el material disponible sobre este asunto que no existe lector capaz de insumirlo todo, incluso de reunirlo completo. En ese maremagno de libros destacan los diccionarios especializados, las historias de la lengua, los manuales de escritura, los volúmenes etimológicos y los lexicones antiguos muchas a veces presentados en edición facsimilar, entre muchos más.

También resalta un tipo de libros sobre nuestra lengua que a falta de mejor nombre denomino, sólo para mi nomenclatura interna, “minucias”, esto por un libro que valoro mucho titulado Minucias del lenguaje (FCE, 1996), de José Guadalupe Moreno de Alba, quien fue director de la Academia Mexicana de la Lengua. En la estructura y el contenido de ese libro —a mi juicio muy bien titulado— veo semejanzas con Para saber lo que se dice, de Arrigo Cohen; 1001 puñaladas a la lengua de Cervantes, de Federico Arana; Historia de las palabras, de Daniel Balmaceda; En torno al español hablado en México, del padre Ángel María Garibay Kintana; La punta de la lengua, de Álex Grijelmo; Palabralogía, de Virgilio Ortega; El género y la lengua y Más que palabras, de Pedro Álvarez de Miranda; Todo lo que quiso saber sobre la lengua española, de la Fundeu; los 101 errores más comunes del español, de Sandro Cohen, y muchos más, pues sólo cito algunos que tengo y he leído o cosultado. Pues bien, a esta familia de libros pertenece Jales sobre habla lagunera, de Saúl Rosales, el libro que esta noche nos acerca.

Su estructura no es compleja: su autor acumula en caída libre comentarios sobre palabras o expresiones habituales en el habla y la escritura cotidianas, en este caso habituales en el contexto lagunero. La forma de cada pieza es de artículo o ensayo divulgativo, por lo que se siente en ellos un tono ameno, “sabroso”, como adjetivaría un prosista algo anticuado. La amenidad no quita que exhiban hondo conocimiento sobre la materia, pero no expuesto de manera técnica. A los aportes se agradece la soltura, el buen ánimo de convidarnos observaciones sobre el habla lagunera no de manera regañona, normativa, sino como producto de la curiosidad del autor que a su vez intenta contagiarnos eso mismo, curiosidad para que descubramos pliegues, dobleces, intersticios en nuestra comunicación diaria, esa comunicación que, sin que lo notemos, materializa todos los fenómenos atañederos a la lengua y sus infinitos intercambios.

Jales sobre habla lagunera (Torreón, 2014, 115 pp.; segunda edición en Cravioto Editores, 2026) continúa la serie de publicaciones que Saúl Rosales ha redondeado en los años recientes, todas estrechamente vinculadas a su trabajo como periodista cultural en La Laguna. Me refiero a los libros sobre música clásica, teatro y, prácticamente desde que volvió a su tierra en 1981, sobre peculiaridades del habla lagunera. Jales…, como ya dije, contiene veinte comentarios. Dado que en su origen ocuparon las páginas de suplementos, periódicos y revistas, todos son accesibles para cualquier lector. Lo único que Jales… demanda es, pues, un poco de interés, un poco de curiosidad, la misma que en términos generales un lector común puede tener por otras muchas materias, como la política o el cine. Jales… dejó claro que la inquietud por el habla, por la palabra de la conversación diaria, despierta interés casi en cualquiera siempre y cuando tenga a la mano focalizaciones accesibles.

Como Rosales lo avisa, el origen remoto de estos acercamientos al habla lagunera se encuentra en su radicación foránea, que duró veinte años en la capital del país. Al regresar a La Laguna, Saúl pudo notar mejor las peculiaridades del habla lagunera en contraste con las del otrora Distrito Federal, lo que poco a poco fue registrado en artículos y ensayos que fueron recogidos en las páginas de Jales… Así como sólo es posible destacar rasgos de identidad por contraste con otras identidades, con la “alteridad”, Saúl Rosales, corresponsal desde 2003 de la Academia Mexicana de la Lengua, reencontró las voces de su infancia y pudo anotar sus características. Este reencuentro y este acopio sirvieron para que luego despertara en otros, ahora lo sabemos con claridad, un apetito semejante. Por ejemplo, su ensayo “Herencia náhuatl en el habla lagunera” tiene un carácter de innegable precursor, dada la fecha de su escritura.

Jales… tiene, insisto, el tono de la filología amena, la misma que practicaron autores como Arrigo Coen Anitúa, José G. Moreno de Alba, Álex Grijelmo y algunos otros que mencioné hace algunos párrafos. Su importancia para nosotros, sin embargo, es otra y doble: vale porque trabaja con la arcilla de nuestra habla y vale porque, por eso mismo, ha sido aquí, y estoy seguro que seguirá siendo, detonante de otras exploraciones a las peculiaridades de nuestra comunicación hablada y escrita.

Nota. Texto leído en la presentación de Jales sobre habla lagunera (Cravioto Editores, tercera edición, 2026, 113 pp.), de Saúl Rosales. La presentación se celebró en el foyer de El Siglo de Torreón el 22 de septiembre de 2026 y en ella participamos como comentaristas Germán Cravioto, el autor y yo.

miércoles, septiembre 23, 2026

Boletín. Presentación de Luces en el polvo












El jueves 24 de septiembre será presentado Luces en el polvo. Influencia del Club Fotográfico de La Laguna en el trabajo de José de Jesús Gil Alonso (1961-1987), libro de historia regional publicado por la Universidad Iberoamericana Torreón. La presentación se celebrará en la Galería de Arte Contemporáneo del Teatro Isauro Martínez a las 7 de la tarde, y contará con los comentarios de Laura Orellana Trinidad, Jaime Muñoz Vargas y Alfredo Máynez Gil, autor del libro.

Como cualquier escritura sobre el pasado, la de la vida cotidiana requiere apuntalarse en documentos. Es el caso de Luces en el polvo. Influencia del Club Fotográfico de La Laguna en el trabajo de José de Jesús Gil Alonso (1961-1987). Gracias a la cercanía de un fondo familiar lleno de textos y fotografías, Máynez Gil hundió su atención en el pasado de un grupo de ciudadanos de La Laguna dedicados a diversos oficios, pero ligados en un momento de sus vidas por una pasión: la fotografía. El joven historiador se apoya en una fuente primaria: las actas del Club Fotográfico de La Laguna animado por, al menos, cuatro decenas de integrantes a lo largo de un cuarto de siglo.

Alfredo Máynez nació en Torreón en 1972. Estudió la licenciatura en Derecho y la maestría en Historia de la Sociedad Contemporánea en la Universidad Iberoamericana Torreón, y desde 1998 ha sido maestro de asignatura en la misma institución. Ejerció como abogado corporativo en el sector privado y actualmente es el notario número 100 de Torreón. Es autor del ensayo Luces en el polvo y de una novela de próxima aparición.

Laura Orellana Trinidad nació en Torreón, Coahuila, y es socióloga, maestra y doctora en Historia por la Ibero Ciudad de México. De 1990 a 2022 colaboró en la Ibero Torreón como profesora, coordinadora de la Licenciatura en Comunicación, responsable del Archivo Histórico y directora general académica, entre otras funciones. En 1999 obtuvo el primer lugar en el certamen nacional de ensayo Susana San Juan. Es autora de Entre lo público y lo privado, Hermila Galindo, una mujer moderna, Teatro Martínez, patrimonio de los mexicanos y el libro conmemorativo de los 75 años de la escuela Carlos Pereyra, además de artículos académicos y de divulgación. Actualmente asesora proyectos de investigación de forma independiente.

Jaime Muñoz Vargas nació en Gómez Palacio en 1964. Es escritor y editor. Ha publicado más de 25 libros. Entre otros, ha ganado los premios nacionales de novela Jorge Ibargüengoitia y de cuento de San Luis Potosí. Es autor del himno nacional del IMSS. Desde 2005 es columnista de prensa. Textos suyos han aparecido en publicaciones de Argentina, España, Colombia, Chile y Uruguay. Algunos de sus libros han sido motivo de estudios académicos en universidades como la de Utrecht, en Países Bajos. En 2024 fue nombrado primer miembro honorario extranjero de la corporación Letras de Chile.

La entrada a la presentación de Luces en el polvo es libre y se ofrecerá brindis.

Boletín: Bitácora del asombro

 











Hoy miércoles 23 de septiembre de 2026 será presentada la plaquette Bitácora del asombro: quince cápsulas espaciales, de Alberto de la Fuente Trasfí. Esta publicación es la tercera de la colección RAI editada por Iberia Editorial, y contiene artículos vinculados con la divulgación astronómica. La cita es a las 7 de la tarde en la Cafebrería La Tinta, Morelos 559 poniente, entre Leona Vicario e Ildefonso Fuentes, Torreón.

La amenidad —e incluso el humor— de las piezas reunidas en Bitácora del asombro no riñe con la buena y exuberante data que contienen. El pespunteo entre la vida cotidiana y la información producida por la investigación alienta párrafos a un tiempo ricos y divertidos, lo que constituye una forma de acercar interesados a un tema, la astrofísica, por lo general tenido por denso y especializado, que lo es. Como en las declaraciones de amor (en este caso de amor a la divulgación), De la Fuente Trasfí nos baja el sol y las estrellas, nos mueve entre sondas, nos recuerda hitos de la conquista espacial e ilustres nombres propios, nos comparte avances científicos, nos pasea por galaxias del vecindario espacial y, en suma, nos hace ver que el universo es fascinante desde donde quiera que se le mire.

Alberto de la Fuente Trasfí (Torreón, Coahuila, 1976) estudió Ingeniería Industrial en la Universidad Iberoamericana Torreón. Fue profesor de Fotografía en el Tecnológico de Monterrey y en la Universidad Iberoamericana, institución donde también formó parte del taller literario. Publicó en los libros colectivos Mañana tampoco, Acequias de cuentos y Acequias de poesía; en las revistas Acequias y Estepa del Nazas y en los diarios El Siglo de Torreón y La Opinión Milenio. Maestro en Astrofísica y Formación Planetaria y creador del blog “La insoportable precisión del universo”, donde comparte contenidos sobre astronomía, exploración espacial y ciencia. Es fundador del Foro Ciencia Torreón, iniciativa dedicada a promover la divulgación científica mediante conferencias y actividades abiertas al público.

Los comentarios sobre la publicación correrán a cargo de los escritores Iván Hernán Benítez, Jaime Muñoz Vargas y el autor. Iván Hernán Benítez nació en Torreón, en 1981. Es licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Autónoma de Coahuila, y lleva más de veinte años en el ejercicio del periodismo como reportero, cronista y articulista. Textos suyos han sido publicados o retomados por medios como Milenio, Animal Político, Aristegui Noticias y W Radio. Es autor del poemario Los pequeños fantasmas y del libro de crónicas Con el barrio puesto. Diseña cursos de redacción creativa, prácticas periodísticas e historia que imparte en instituciones educativas y centros culturales de la Comarca Lagunera. Es divulgador de la historia y la actualidad del ajedrez.

Jaime Muñoz Vargas nació en Gómez Palacio en 1964. Es escritor y editor. Ha publicado más de 25 libros. Entre otros, ha ganado los premios nacionales de novela Jorge Ibargüengoitia y de cuento de San Luis Potosí. Es autor del himno nacional del IMSS. Desde 2005 es columnista de prensa. Textos suyos han aparecido en publicaciones de Argentina, España, Colombia, Chile y Uruguay. Algunos de sus libros han sido motivo de estudios académicos en universidades como la de Utrecht, en Países Bajos. En 2024 fue nombrado primer miembro honorario extranjero de la corporación Letras de Chile.

La plaquette estará a la venta en la Cafebrería La Tinta.

lunes, septiembre 21, 2026

Veinte años de Ruta Norte Laguna en Heridas Abiertas










Agradezco mucho a Fernando de la Vara y a la revista digital Heridas Abiertas por destacar el vigésimo aniversario del blog Ruta Norte Laguna. Este blog apareció en julio de 2006, cuando recién cundieron las redes sociales como Facebook y Twitter. Muchos blogueros dejaron de alimentar sus espacios y migraron a las redes, y yo seguí porque sentí que el blog serviría como repositorio ordenado de parte de mi trabajo no literario, el del día a día. A la fecha suma cerca de 15 mil cuartillas y un promedio de 60 a 70 mil visitas por mes, sin que esto signifique que he dependido del tránsito para mantener vivo el espacio (haría lo mismo si lo visitaran 30 personas cada mes). Una buena parte del trabajo se refiere a la Comarca Lagunera en general y a su literatura en particular, así que, en efecto, tiene algo de memoria. Enfatizo pues mi gratitud a Fernando de la Vara. Sus palabras me alientan a continuar.

Muchas gracias asimismo a Luis Alberto López, creador del espacio Heridas Abiertas, y a Miguel Sifuentes por la hermosa viñeta del camión. El comentario de Fernando puede ser leído en esta liga.

sábado, septiembre 19, 2026

Qué nos podemos esperar

 











No son raros los pleitos entre escritores. Aunque en general no se dispute nada, salvo quizá la posición del ego o a lo sumo unas cuantas monedas, nunca han faltado las pullas en el terreno de las letras. La bronca más famosa que registran los anales de la literatura en español fue la entablada tripartitamente por Quevedo, Góngora y Lope de Vega en el Siglo de Oro. Estos monstruos se tiraron tan duro que pasaron a la historia como maestros del insulto poético, aunque para entender hoy sus sablazos es necesario disponer de ediciones críticas preparadas por especialistas. Véase por ejemplo el arranque de este soneto de Quevedo a Góngora: “Yo te untaré mis obras con tocino / porque no me las muerdas, Gongorilla, / perro de los ingenios de Castilla, / docto en pullas, cual mozo de camino…”, donde la alusión al tocino buscó denigrar los presuntos orígenes judíos del poeta andaluz, dada la prohibición judaica a la ingesta de carne de cerdo. En otras palabras, le recordaba su condición de converso y le negaba la condición de “cristiano viejo”, todo con una sola palabra.

Nunca han faltado pues mandobles escritos entre la gente dedicada a las letras. Esto se ha dado en las grandes ligas y en las ligas pequeñas, y lo atribuyo a los celos o la envidia en un mundillo, el literario, donde la mayor parte de las veces lo único que se gana es prestigio o “trascendencia”, de allí que los encontronazos sólo se consumen en el espacio simbólico: hablar mal de un colega como medio para bajarlo de peldaños que en teoría no merece. La historia de la literatura está llena de estos casos e incluso hay libros que, entre anécdotas y pasajes biográficos, recogen los dardos tirados o recibidos por tal o cual escritor. Nadie se salva en este caso, el espacio literario es muy rijoso, inclinado al chismorreo y a la carnicería crítica, como por cierto lo mostró hace poco Javier Cercas en una columna titulada “Ruiz Zafón y el mundillo literario”. Pueden buscarla para observar lo que señala.

Durante la semana pensé en este tema porque estoy leyendo un libro que luego espero comentar. En uno de sus pasajes el autor habla de los corros europeos que en el siglo XIX servían a los escritores para desahogar sus tirrias. Luego me cayó, gracias al algoritmo que sabe mejor que yo todo lo que me interesa, un excelente video que cita frases de escritores contra escritores donde de manera sintética queda expuesta la malditez verbal a la que me he referido desde hace dos párrafos. No resisto la tentación de transcribir las frases que acumula, pues algunas son muy buenas, hayan sido ciertas o no. Las enumero tal y como aparecen en el videíto, casi como peleas de box:

Jorge Luis Borges contra Gabriel García Márquez: “Cien años de soledad es una gran novela, aunque creo que con cincuenta años hubiera sido suficiente”.

Roberto Bolaño contra Isabel Allende: “Me parece una mala escritora simple y llanamente, y llamarla escritora es un acto de generosidad. Su literatura es anémica, como muchos latinoamericanos… no va a vivir mucho tiempo”.

William Faulkner contra Ernest Hemingway. “Nunca a usado una palabra que pudiera mandar al lector al diccionario”.

Ernest Hemingway contra William Faulkner. “Pobre Faulkner. ¿Realmente cree que las grandes emociones provienen de las grandes palabras?”

Cyril Connolly contra George Orwell. “No podía soplarse la nariz sin tener que moralizar sobre la industria del pañuelo”.

Truman Capote contra Jack Kerouac. “Eso que él hace no es escribir, es teclear”.

Virginia Woolf contra James Joyce. “Ulises me parece un libro analfabeto, mal educado: el libro de un trabajador autodidacta, egoísta, insistente, crudo, sorprendente y finalmente nauseabundo”.

Evelyn Waugh contra Marcel Proust. “Estoy leyendo a Proust por primera vez y me sorprende descubrir que era un deficiente mental. Nadie me lo advirtió”.

Oscar Wilde contra George Bernard Shaw. “Es un hombre excelente: no tiene enemigos y ninguno de sus amigos lo quiere”.

Mark Twain contra Edgar Allan Poe y Jane Austen. “Para mí, la prosa de Edgar Allan Poe es ilegible, como la de Jane Austen. Bueno, no, hay una diferencia: podría leer la prosa de Poe si me pagaran, pero la de Jane no. Jane es completamente imposible. Es una verdadera lástima que le permitieran morir una muerte natural”.

Dos, me parece, son las ofensas más ingeniosas: la de Connolly y la de Wilde, y la más ruda y sin duda cruel es la de Twain contra Austen. En fin. La pregunta que me hago es simple: si estos tipos que son considerados genios y clásicos de la literatura se decían tales lindezas, ¿qué podemos esperar para nosotros? Supongo que nada, ni insultos, lo cual podría ser el peor insulto.

miércoles, septiembre 16, 2026

Vicente Alfonso, ciudadano distinguido








Tuve ayer el gusto de asistir a la entrega del reconocimiento Magdalena Mondragón para el escritor Vicente Alfonso (Torreón, 1977), esto en la ceremonia llamada “Ciudadanía Distinguida” que año tras año ofrece nuestro ayuntamiento para premiar a personalidades de la cultura, el deporte, la ciencia y la beneficencia. Que Vicente haya recibido el galardón que lo reconoce en el rubro artístico es hoy un acto de justicia y, desde hacía varios años, era asimismo un imperativo para nuestro municipio, pues se trata del escritor lagunero con más proyección no sólo nacional. Las traducciones de sus libros a lenguas como el alemán, griego e italiano, además de sus exitosas ediciones en español, confirman que se trata de un narrador de excepción, el más adelantado de los escritores nacidos a la vera del Nazas.

Novelista, cuentista, cronista y reseñista, Vicente ha trabajado una obra no sólo abundante, ya tan numerosa en páginas que es imposible no reconocer su disciplinado oficio. Pero más allá de la cantidad, la calidad de su obra ha persuadido a escritores como Federico Campbell, Vicente Leñero, Elena Poniatowska, Sergio Pitol e Ignacio Solares —por mencionar sólo a cinco entre muchos más— de que se trata de un autor que aduna inteligencia y sensibilidad. En efecto, este escritor de Torreón ha logrado en cerca de treinta años de trabajo ininterrumpido combinar el ejercicio literario, el periodístico y el docente, pues no son pocos los talleres y cursos que ha impartido y sigue impartiendo sin fatiga en universidades y espacios culturales de nuestro país. Para decirlo con un adjetivo socorrido en estos casos: es un escritor todoterreno.

No es difícil imaginar en qué se ha basado la cauda de méritos acumulados hasta hoy por Vicente, cuando está a punto de cumplir, el 3 de mayo de 2027, su primer medio siglo de vida. Creo que su cosecha de libros, lectores y reconocimientos se sostiene en un talento peculiar, sin duda, pero no exclusivamente. Además de su vocación, Vicente ha organizado sus días y sus años para no desviarse de un objetivo fijo: escribir siempre con la mayor exigencia. Para lograrlo, su caso es el caso de un volcamiento pleno a la literatura, a la investigación, a la curiosidad como cimientos que luego, al teclear, materializan el esfuerzo en libros muy bien nacidos.

Es rica la obra de Vicente Alfonso, y seguirá creciendo, pues es todavía joven y ya está más armado que “las mandíbulas de un tigre”, para decirlo con una imagen de Miguel Ángel Asturias. Reconocerla en su ciudad era una urgencia que la medalla Magdalena Mondragón ha comenzado a subsanar. Felicidades para él y para su familia.

sábado, septiembre 12, 2026

Dos formas de comunicar










Hace más de 25 años, para escribir un cuento finalmente publicado junto con otros en un libro, conviví de cerca con el último discurso de Salvador Allende. La idea de aquel relato fue emplear las asediadas palabras del presidente chileno para enfatizar su permanencia en la memoria del protagonista dentro de mi ficción, y modestia al margen creo que no quedó tan mal. No lo he releído en años (suelo no releerme para evitar sonrojos retrospectivos), pero sí he vuelto varias veces más al discurso de Allende, tanto que en varios pasajes puedo anticipar, pese a mi mala memoria, las palabras en el fluido oratorio.

El discurso no es un informe administrativo, sino una pieza retórica herida y serena en su trágica ilación. Mientras avanza el golpe de Estado que encabeza el general Pinochet, lo que incluyó el control de los medios que podían difundir la noticia, al presidente le queda la señal de Radio Magallanes para comunicarse con la población. Sabe que las horas de su gobierno y aún sus horas de vida están contadas. Los militares bombardean el palacio de la Moneda y no pararán hasta liquidar a su huésped principal y hacerse del poder. Así y todo, el mandatario echa a andar su último mensaje a la nación. Si bien menciona algunos nombres propios y observa situaciones de coyuntura política, las palabras del presidente fluyen en un registro literario, se podría decir que hasta poético. Creo que esta es la razón por la que han sobrevivido y son recordadas hasta ahora. Su fuerza está en que construyeron imágenes, en que expresaron una emoción espiritual con cadencia firme, sobria, ajena al exabrupto que, por otro lado y dada su situación, no hubiera sido ilegítimo, más porque habló sin guion. A lo más que llega es a adjetivar como “rastrero” a un general, y todas las demás palabras tienen el aseo de un hombre conteniendo la emoción violenta, dispuesto a morir serena y firmemente en la nobleza de sus ideales.

El pasaje más famoso del discurso entre sus muchos pasajes famosos es, a mi juicio, éste: “El pueblo debe defenderse, pero no sacrificarse. El pueblo no debe dejarse arrasar ni acribillar, pero tampoco puede humillarse. Trabajadores de mi Patria, tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo donde la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor. ¡Viva Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los trabajadores! Estas son mis últimas palabras y tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano, tengo la certeza de que, por lo menos, será una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición”.

Recordé el último discurso de Allende hace pocos días, cuando Milei visitó a Juan Antonio Kast y reivindicó, sin que el mandatario chileno hiciera gestos, la figura de Pinochet, es decir, su horripilante dictadura, valga el pleonasmo. Recordé también que hace varios años pensé en escribir un apunte donde compararía el mensaje de Allende con los mensajes de Pinochet a sus subordinados. El general sublevado era un sujeto pedestre, ambicioso, bruto, así que no resultaba posible esperar de él palabras ajenas a su esencia. No escribí nada aquella vez, sólo lo pensé. Ahora, a 53 años del golpe en Santiago, la visita de Milei a Chile me hizo ver un rasgo común presente en esos trogloditas: su vocabulario cuartelero, su bestialidad 24/7, y ahora sí decidí urdir el apunte, éste que vamos leyendo.

Casi a la misma hora —minutos más, minutos menos— en la que Allende habló a los chilenos que pudieron escucharlo, el general que lo traicionó ayudado por los gringos se comunicaba por radio interno con los militares subordinados a su mando. En diálogo con el almirante Patricio Carvajal, salta esta joya que lo pinta entero como sujeto pérfido (ambos se refieren a Allende):

“Carvajal: Ellos están ofreciendo parlamentar.

Pinochet: Rendición incondicional, nada de parlamentar. Rendición incondicional.

Carvajal: Muy bien, conforme. Rendición incondicional en que lo toma preso, ofreciéndole nada más que respetarle la vida, digamos.

Pinochet: La vida y su integridad física y en seguida se le va a despachar para otra parte.

Carvajal: Conforme, o sea que se mantiene el ofrecimiento de sacarlo del país.

Pinochet: Se mantiene el ofrecimiento de sacarlo del país... Y el avión se cae, viejo, cuando vaya volando.

Carvajal: Conforme (Risas)”.

Son más las grabaciones que existen de Pinochet durante la asonada del 11 de septiembre de 1973. En todas se muestra como lo que fue: un burro dando de patadas a la Constitución. Y no era por el calor de los acontecimientos, por la agitación que supone perpetrar un golpe de Estado en el papel de traidor. Pinochet era un sátrapa puro y de tiempo completo, como varias décadas después lo confirmarían hasta decir basta las grabaciones del general Gustavo Leigh, miembro de la Junta Militar que quiso convencer a Pinochet de aflojar un poco la fiereza de la represión. Por supuesto que no fue escuchado y durante muchos años continuó la masacre a la democracia chilena, además de la muerte o el exilio para muchos.

A ese tirano vulgar reivindicó el vulgar Milei frente a Kast. Todo queda en familia.

miércoles, septiembre 09, 2026

Sumar lecturas


 










En una entrevista ya no tan reciente le preguntaron a César Aira qué leía. No un libro específico, sino en general. Respondió que desde hace aproximadamente veinte años ya no lee novelas, sólo poesía. Esto me llevó a pensar una vez más en las peculiaridades de la vida literaria, en que cada escritor-lector va construyendo sus hábitos de una manera secreta e imprevisible, y muchas veces son las entrevistas el tirabuzón que jala hacia la superficie lo que cada autor tiene por cotidiano o preferido.

Eso de leer sólo un tipo de libros, sólo un género, jamás se me dio. Quizá es una deformación, una costumbre que dispersa y provoca la pérdida de foco, pero nomás no pude nunca con un solo tipo de libro. La lectura entonces se me disparó hacia muchos puntos, tantos que no es cómoda su clasificación. Se dio incluso un fenómeno muy curioso: en lugar de limitar uno o dos caminos a esta altura de la vida, cuando se supone que ya no hay tanto tiempo para perder, sumé una gran línea temática que denomino “del pensamiento”.

Por supuesto, seguí muy arbitrariamente con las novelas, los libros de cuento, la poesía, el ensayo literario, el periodismo y la historia, y en este menú sumé a sociólogos, antropólogos, politólogos, comunicólogos y en alguna medida filósofos, esto como resultado no tanto de una preocupación espontánea, nacida dentro de mí, sino por exigencia de la realidad exterior. Hasta hace quince años, por decir, yo estaba cómodo con mis libros, mis géneros y mis autores, y este gusto permanece vivo, pero algo pasó y sigue pasando.

Los vertiginosos cambios que trajo la comunicación digital, y hoy la revolución incierta de la IA, me han hecho manita de puerco para tratar de encontrar explicaciones a lo que considero en varios sentidos desastroso. No dejo de leer ficciones o poemas, eso está siempre a la mano, pero en alguna etapa me pareció insuficiente. Allí fue donde entraron los pensadores, esos analistas de la realidad que en muchos casos pueden ser densos e intragables, y en otros tantos verdaderas luminarias del análisis que necesitamos para tratar de asir una explicación en medio del caos que es nuestra época. Explicar, por ejemplo, que sea posible burlarse de la invalidez en las redes sociales, explicar que se crea en la teoría del derrame, explicar el auge de la meritocracia... No sé. Hay mucho, muchísimo que explicar en todos los rincones de la vida cotidiana, y la única forma de hacerlo, o al menos de intentarlo, es añadiendo lecturas, no restándolas.

sábado, septiembre 05, 2026

Presentación de Luces en el polvo

 

Salud por Hernán


 












Una de las pocas palabras que tal vez no ha logrado destruir la trituradora semántica posmoderna es “lealtad”. No es poco decir, pues ya sabemos lo que significan “libertad”, “éxito”, “cambio”, “democracia” usadas hoy como papel de baño para conquistar las causas más abyectas, como es el caso de Milei y su defensa de “las ideas de la libertad” o de Trump y su noción de “justicia”. “Lealtad” ha sobrevivido, y creo sigue siendo cara incluso en los códigos de corte siciliano, aunque no deja de ser cierto que también se ha visto manoseada por el mercado, esto cuando algunas empresas hablan de la “lealtad del cliente”, una manera de rebajarla y convertirla en cautiverio del consumidor. No está mal ser fiel a un producto o una marca, es verdad, pero siempre y cuando no terminemos en la cesión del noble y desinteresado sentido que atesora la palabra “lealtad”.

Los prolegómenos a este comentario me sirven para traer un ejemplo en el que la lealtad es puramente eso: lealtad. Me refiero al libro Mi amigo Hernán (Grano de Sal-UNAM, México, 2025, 116 pp.), de Gonzalo Celorio (Ciudad de México, 1948). Estas páginas son una emotiva evocación de un compañero de andadura, la reconstrucción de una amistad larga y sólida. Tras la muerte de Hernán Lara Zavala (Ciudad de México, 1946-2025), Celorio echa a andar la película del recuerdo y levanta un abarcador túmulo de palabras. La mirada recrea pues, de orilla a orilla, al hombre que fue Lara Zavala, su amigo.

No es esta una modalidad desdeñable de escritura. El género oscila entre la memoria, la crónica y el ensayo biográfico, y nadie mejor para ponerlo en acto que un amigo del personaje que partió. Un poco al margen, aclaro que me gusta esta forma de evocación porque creo que, como nadie en La Laguna, he escrito sobre varios amigos y no tan amigos que, como solemos decir eufemísticamente, “se nos adelantaron”. Lo siento como un imperativo, como una mínima evidencia de lealtad o algo parecido. Por esto, que Celorio haya trabajado un libro sobre Hernán y su amistad es agradecible, ya que entre nosotros no es frecuente la gratitud escrita en formato de artículo o columna, mucho menos en la modalidad de libro.

Dicho lo anterior, puede pensarse que el recorrido es triste. Claro que tiene momentos en los que campea la pena e incluso cierto desgarramiento, pero sus páginas son más bien una celebración de la vida y la convivencia literaria. En siete capítulos, Celorio avanza temática y cronológicamente. Nos habla de la formación de Hernán, de su producción literaria, de su devoción por las letras inglesas, de su trabajo como maestro y editor, de sus numerosos viajes, de su labor en la promoción cultural, de sus maestros y amigos comunes, de sus familias, incluso de su cercanía geográfica (pues buena parte de sus vidas fueron vecinos, lo que posibilitó sistemáticos encuentros dominicales) y, claro, del declive en la salud de ambos hasta uno de los desenlaces: la muerte de Lara Zavala.

El tono del libro es sobrio, pero Celorio no deja de hacer sentir en cada párrafo que la amistad puede y debe ser, pese a la cercanía de la muerte, recordada con alegría y gratitud. Salvo en los pasajes relacionados con las calamidades que les acarreó la enfermedad, el autor evoca al amigo para reconocerlo como lo que fue: un ser vital, lleno de ideas, sensible e inteligente. Tales rasgos no son una idealización, sino el registro de la convivencia mantenida a ras de suelo, en las innumerables actividades profesionales y festivas que compartieron como cuates durante décadas. En ellas caben especialmente los muchos viajes que por sus labores como maestros/funcionarios de la UNAM y escritores compartieron por buena parte del planeta, principalmente en Europa y los Estados Unidos.

Una sección muy importante es la que se refiere a todos los libros de Lara Zavala, de modo que Mi amigo Hernán sirve como rápida guía de lectura. También, la que se refiere a su trabajo como editor en la Universidad, donde creó colecciones que hasta la fecha siguen vigentes. El periplo biográfico va más allá de lo esperable, lo profesional, por decirlo así. Se interna en la relación cotidiana, en las costumbres del personaje, en aquello que sólo es visible para quien lo trató de cerca. Por ejemplo, al abordar los hábitos concurrentes en el proceso de escritura: “A diferencia mía, que siempre anuncio mis proyectos literarios, Hernán, como lo he dicho, no solía hablar de lo que estaba escribiendo, como si el solo hecho de decirlo pusiera en riesgo la posibilidad de llevar a buen fin lo que aún tenía en el tintero; de que se ‘salara’, pues. Pero en cambio sí hablaba, igual que yo, de lo que estaba leyendo. Y en esas lecturas del momento basábamos buena parte, acaso la sustancial, de nuestras frecuentes y largas conversaciones”. Y así muchos, muchísimos pasajes que nos dan una idea más cercana del personaje público e íntimo, del escritor y del compañero de trajines.

A propósito de Mi amigo Hernán se me ocurre que podría existir una colección cuya base sea el modelo pergeñado por Celorio. No de tratados académicos, de ensayos biográficos helados y distantes, sino de obras en las que, por lealtad y con escritura afectuosa, se celebre la vida y la obra del cuate que recién haya partido.

miércoles, septiembre 02, 2026

Somos transparentes









Hace rato que nos volvimos transparentes, hace rato que no tenemos privacidad. La vida íntima, los más recónditos pliegues de nuestra consciencia, los albañales donde se guarda toda la data buena y mala y espantosa de nuestra alma, antes inaccesibles, ahora son un cofre sin tapa, un amasijo de pasiones a la vista y vulnerable como sandía abierta. Por supuesto, unos cuantos seres sin rostro son los intrusos que pueden extender cada uno de nuestros rasgos como naipes sobre una mesa. Tienen nuestros datos a merced y por esto pueden perfilar individualmente, usuario por usuario, nuestras necesidades, nuestras creencias, nuestras fobias, todo.

Saben qué ropa nos gusta, qué zapatos nos agradan, qué comida preferimos, qué color de pelo tenemos, qué edad alcanzamos, cuándo cumplimos años, quiénes son nuestros amigos, cuál es nuestra familia, dónde vivimos, en qué trabajamos o estudiamos, que ideología tenemos, qué religión, si fumamos y tomamos o si no fumamos ni tomamos, cuál es nuestra música predilecta, qué deporte practicamos, qué carro conducimos, qué leemos, qué no leemos, de qué nos enfermamos, con qué nos curamos, cuáles son nuestras rutas de trabajo y diversión, cuánto ganamos, a quién engañamos, a quién le somos leales, que nos fascina, qué odiamos, qué palabras elegimos con mayor frecuencia, a qué groserías recurrimos con más deleite, qué chistes nos mueven a risa, cómo nos dirigimos a dios, qué pensamos de nuestros jefes, qué opinamos sobre nuestros subordinados, cómo discutimos con nuestras parejas, dónde tenemos lunares y cicatrices, qué soñamos, cómo es nuestra casa, qué arreglos le hicimos, cuáles es el género de películas que más frecuentamos, a qué políticos detestamos, qué orientación sexual tenemos, qué pornografía consumimos, qué anhelamos en la vida, cómo nos gustaría morir, cuándo viajamos, qué pensamos de los muertos cercanos a nuestras vidas, cómo suenan nuestros pedos… Saben todo, saben lo que nunca nadie supo de nosotros, ni nosotros mismos.

El triunfo de los invasores consistió en transformar la vigilancia: trascenderla como coerción para luego confundirla con libertad y entretenimiento. En el celular somos libres, es un espacio privado, individual, como un diario del siglo XIX cerrado bajo llave. Craso disparate: es un diario abierto, por eso el algoritmo no falla. Luego entonces, ¿a qué viene renegar del registro de una mugrosa línea telefónica? Alguien ya lo tiene todo, hemos sido voluntariamente transparentes, somos un diario abierto a los algoritmos.

sábado, agosto 29, 2026

Agonías del libro

 






Hoy el mundo es un escenario ideal para ejercitar el pesimismo. Quizá no para ser Cioranes demasiado convencidos de la devastación, pero sí, al menos, ciudadanos atentos al devenir de la realidad como una sucesión de estragos que anuncian como trompetas del Apocalipsis el advenimiento de monstruosidades inimaginables. Quien sea que mire sin tapujo cualquier zona de la vida moderna podrá alegrarse un poco si sólo recorre su superficie, la cáscara de bienestar que se ofrece sobre todo a quienes tienen los medios para disfrutar los beneficios del consumo moderno, del mercado 24/7 de la digitalidad, pero basta rascar un poco más abajo para discernir que aquello que llamamos progreso y confort del siglo XXI en verdad esconde el aniquilamiento de casi todo: el medio ambiente, la educación, la convivencia, la libertad, el pensamiento crítico, la privacidad, la noción de verdad en el suministro de información…

Parte de lo que percibo demolido —más pábulo para el pesimismo— es la cultura del libro y la lectura. Trato de no tragarme las fintas de las estadísticas y de las multitudinarias ferias del libro: las primeras suelen indicar numéricamente que nunca se han impreso tantos libros como ahora; las segundas, que lucen concurrencias cuantificadas en miles de personas, como la FIL de Guadalajara. En el caso del milagro de la multiplicación de los libros, cada vez que a vistazo de pájaro recorro mesas de novedades en las librerías es evidente que se publica muchísimo, como nunca, pero casi pura basura, lo que equivale a producir Coca Cola o pachoncito Pétalo. En cuanto a las ferias, pueden estallar de concurrencia, pero siempre es infinitamente más la gente que jamás asistirá a una, que en nunca buscará un maldito libro ni amagada con un revólver en la sien. Ya a principios de los noventa Niel Postman se lamentaba, en su libro Divertirse hasta morir, de la “decadencia de la era de la tipografía y el ascenso de la era de la televisión”. Le darían diez infartos al mismo tiempo si viera hoy la era de las redes sociales, pero tuvo la fortuna de morir antes de que las inventaran.

Por eso el pesimismo, por eso la sensación de que la bancarrota de las editoriales sólo puede remediarse si publican basura para el éxito pasajero, y eso quien sabe, tampoco es seguro que la escoria se venda en recipiente de libro si ya hay tanta gratuitamente diseminada en internet, sobre todo en las “benditas” redes. En este sentido, no abrigo las esperanzas que no hace muchos años nos hacíamos del lector incipiente al afirmar como dogma que en los albores del hábito no importa leer lo que sea, pues el lector endereza su gusto en el camino. Hoy, el predominio de la basura y la influencia de la banalidad potenciada por la inteligencia artificial dan la impresión de que no hay escapatoria: quien crece viendo bromas y chistes en las redes y de casualidad abre un libro, no se enganchará a otro esfuerzo que el de leer, cuando mucho, fragmentos sin átomo de hondura, frashazos sin pizca de complejidad intelectual, libros de Yordi Rosado o Francisco Martín Moreno.

No soy en suma muy dado a la esperanza frente al panorama triste del libro y la lectura, pero tampoco de bajar así como así la guardia sin exponer aunque sea alguna quejumbre. Qué más queda aparte de seguir escribiendo y seguir publicando y seguir divulgando lo que se pueda hasta que se pueda, como en este caso el comunicado “Todos somos ERA” que en la semana compartió la CANIEM (Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana). Es prudente difundir su postura:

A la opinión pública:

Durante los últimos años, quienes formamos parte del sector editorial, hemos sido testigos del paulatino deterioro de la industria del libro en México.

El anuncio del cierre de operaciones de Ediciones Era, una de las editoriales independientes más relevantes y respetadas de nuestro país, fundada hace 66 años, es una señal de alarma. Pero no es un hecho aislado: es la expresión de una problemática que afecta a toda la cadena del libro.

La desaparición de editoriales y librerías, la reducción de espacios para la circulación de los libros y las dificultades cada vez mayores para producir, distribuir y acceder a ellos revelan la ausencia de una política pública integral y sostenida para el libro y la lectura.

Mientras en otros países se han impulsado políticas para fortalecer sus industrias editoriales, ampliar el acceso a los libros y recuperar lectores, México enfrenta un escenario cada vez más preocupante.

La bibliodiversidad —la posibilidad de que la mayor variedad de autores, ideas, géneros y contenidos llegue al mayor número posible de personas— es una de las expresiones culturales más importantes de una sociedad democrática.

El acceso al libro, a la lectura, a la cultura y al conocimiento no puede depender únicamente de las condiciones del mercado. Es también una responsabilidad del Estado, sustentada en el derecho de todas las personas al acceso a la cultura y al ejercicio de sus derechos culturales.

Por ello, quienes formamos parte de la cadena del libro —escritores, editores, libreros, diseñadores, traductores, fotógrafos, ilustradores, distribuidores, bibliotecarios, papeleros, impresores, encuadernadores y, sobre todo, lectores— hacemos un llamado urgente a las autoridades. Es preocupante que no exista una instancia pública a nivel federal encargada del libro y su promoción con la cual, de manera coordinada, poder construir una política pública integral que fortalezca el libro y la lectura en México.

Cuando desaparece una editorial, desaparece también una parte de nuestra diversidad cultural. Defender al libro (en cualquiera de sus formatos) es defender la cultura, la diversidad de pensamiento y el derecho de todos a leer.

miércoles, agosto 26, 2026

Prohibido faltar hoy


 







Hoy a las 7 en la Galería de Arte Contemporáneo del Teatro Isauro Martínez será presentado mi más reciente libro de cuentos. Me acompañarán con sus comentarios Iván Hernán Benítez y Saúl Rosales. La entrada es libre y al final habrá un modesto brindis. Ya enumeré todo lo importante, salvo el título: Prohibido soñar de pie, libro que contiene quince relatos editados este año por Ficticia Editorial en la Ciudad de México. Nada más debo añadir, pero aún queda espacio a esta columna y lo aprovecho para bordear algunas peculiaridades de este nuevo título incorporado a la literatura mexicana en general y lagunera en particular.

Prohibido soñar de pie contiene quince historias estacionadas en exactamente 200 páginas. El promedio de cada cuento ronda las doce o trece páginas, aunque en realidad la extensión de las piezas es variada. Tan lo es que se me ocurrió añadir dos textos brevísimos, de un párrafo apenas, junto a otros de mucho mayor envergadura. Salvo dos o tres de corte lúdico (los muy breves y algún otro), todas las demás ficciones son realistas, algunas claramente ubicadas en el contexto lagunero aunque por supuesto sin el ánimo de incurrir en el color local o el costumbrismo que tanto daño ha hecho y hace a la indefensa literatura.

Los cuentos son realistas, insisto, pero no autobiográficos. Son ficciones a la manera de las que solemos urdir los escritores no fantásticos: puede parpadear en ellos alguna tenue luz autobiográfica, pero sólo como asidero de la imaginación literaria cuyo principal atributo es fingir la realidad, mentir con la apariencia de verdad sin desentenderse de la verosimilitud. El título alude a una idea que de cierta forma pellizca todas las historias: que en la realidad los propósitos (léase los sueños) muchas veces, la mayoría, se ven vapuleados por la insignificancia de los frutos, razón por la cual quizá no sea tan desaconsejable ambicionar con prudencia más allá de que los manuales exitistas nos inculquen el deseo de triunfo cueste lo que cueste y otras quimeras que a lo sumo se materializan a cuentagotas.

Un resumen apretado de los contenidos podría destacar tres rutas temáticas: cuatro cuentos con asunto literario, cuatro con sesgo (des)amoroso, dos futboleros y otros de menos sencilla ubicación. Es un libro misceláneo, otro intento por ejercer el oficio de escribir donde casi no importa.

sábado, agosto 22, 2026

Presentación de Prohibido soñar de pie

 

Tiempos todavía más recios


 











No recuerdo bien quién dijo —¿Verbitsky?— que le parecía curioso el caso de Mario Vargas Llosa (Arequipa, Perú, 1936-Lima, 2025), escritor que andaba por la vida como ultraliberal y armaba novelas no tan radicales, incluso con cierto añejo tufillo progre. No es, claro, para tanto. De los ochenta en adelante, la obra narrativa del peruano no desaprovechó la ocasión para expresar, por medio de ficciones, lo anómalo del pensamiento zurdo, lo utópico y hasta risible de cualquier ideología colectivista, y tal vez sea Historia de Mayta (1984) su resumen del desastre individual y masivo en el que inexorablemente desemboca la izquierda aquí y en cualquier parte, según su muy conocida opinión.

Traigo a Vargas Llosa por una razón de actualidad: el avance de la derecha en el contexto de América Latina y la más que evidente influencia norteamericana en el armado de varios poderes regionales de derecha, como los de Fujimori, el invasor de embajadas Noboa, Kast, el flamingo pero dizque tigre De la Espriella y por supuesto Milei, figura señera del entreguismo al amo del norte, tanto así que Peter Lamelas (sic), embajador de EUA en la Argentina, tiene una injerencia explícita y toral en el gobierno del Peluca, como lo demostró hace poco al prohibir que una empresa argentina hiciera compras de tecnología a Huawei de China. En México vivimos hace poco el escándalo de la balbuceante gobernadora Maru Campos y la presencia de la CIA en Chihuahua, no menos injerencista que en cualquier otra zona de Latinoamérica.

Las frecuentes apariciones noticiosas de embajadores y operadores me llevaron a recordar Tiempos recios (2019), novela en la que Vargas Llosa abordó “desde la ficción” el desplome de la presidencia de Jacobo Árbenz Guzmán (Quetzaltenango, 1913-Ciudad de México, 1971) en Guatemala. Claro, el escritor de Arequipa no la urdió para desagraviar al comunista Árbenz, pues a su parecer (que comparto) no era ideológicamente tal, sino, a lo mucho, un socialdemócrata que al impulsar unas cuantas reformas (como la agraria) terminó por firmar su sentencia de derrocamiento.

Árbenz, quien llegó al poder de Guatemala por la vía electoral y gobernó de 1950 a 1954, le sirvió a Vargas Llosa para ilustrar la brutalidad norteamericana en la defensa de sus intereses económicos en Centroamérica, particularmente los de la United Fruit, empresa que para empezar tenía la ventaja de no pagar impuestos en las repúblicas donde se estableció, a las que luego ellos motejarían, no sin malagradecimiento, “bananeras”.

Vargas Llosa recuerda en Tiempos recios una etapa de la historia norteamericana, el macartismo (llamado así por el apellido del senador ultranticomunista Joseph McCarthy) que en el arranque de los cincuenta se caracterizó por la acusación/persecución de cualquier sospechado, real o sobre todo ficticio, de comunismo o de nexos con la Unión Soviética. En tal sospechosa sospecha cayó el gobierno de Árbenz: la embajada de EUA, representada por John Peurifoy, y la CIA, lo acusaron de tratos con la URSS y muy rápidamente minaron su gobernabilidad al auspiciar mercenarios encabezados por Carlos Castillo Armas y entrenados en Honduras y Nicaragua. Pese a que Árbenz negó toda filiación de su gobierno con el comunismo, la suerte ya había sido echada en Washington y en los medios de prensa norteamericanos: debía caer, y cayó el 27 de junio de 1954, como bien lo sabemos.

El relato de Vargas Llosa, enemigo de todo comunismo cuando lo escribió, no deja dudas sobre la participación de los EUA en Guatemala, pues inventó el bulo del prosovietismo arbencista para derrumbarlo. Lo curioso es que, en entrevistas ulteriores, el autor peruano señaló la caída de Árbenz como motorizadora del radicalismo izquierdista de finales de los cincuenta y todos los sesenta, y como ejemplo puso a Cuba: para no pasar las calamidades de Árbenz, Fidel y los suyos mutaron a explícitos comunistas antes de que los tildaran de comunistas sin serlo, y a partir de allí acosarlos y talarlos como ocurrió poco antes en Guatemala.

Tiempos recios es una novela voluminosa y tiene muchas más aristas y personajes, como el dictador Rafael Leónidas Trujillo y su asesino de cabecera, Johnny Abbes García, además del enigmático personaje de Marta Borrero Parra, testigo de casi todos los recovecos de esta vidriosa historia. Pero lo fundamental es que un representante dilecto del liberalismo, Mario Vargas Llosa, no deja dudas sobre la injerencia descarada de embajadores y espías norteamericanos a la hora de manipular asensos y caídas en América Latina, lo que ahora seguimos presenciando como rehidratado macartismo. Todo con un agravante: que hoy el neomacartismo se expresa a cielo abierto, a la vista de quien quiera verlo. Quizá los tiempos actuales son, por ello, todavía más recios, si esto es posible.