Casi no hay semana en la que no cruce algunas palabras con Gerardo
García Muñoz. En ésta, nos escribimos brevemente el miércoles y ocurrió algo
insólito. Como es costumbre, intercambiamos data sobre lo que actualmente
leemos y le dije que yo atravesaba las numerosas/luminosas páginas de Conversaciones
con Goethe, de Eckermann, en la edición de Porrúa. Su respuesta fue una
exclamación: “¡Caramba!” Se debió a que, casualmente, de entre los cientos de
libros que sobrepueblan los entrepaños de su biblioteca, él también tramitaba
ese título. Pero es una casualidad no tan casual, dado que desde que tenemos
trato le hincamos más el diente a la literatura de antes, al menos no tanto a
la que abarrota las inestables mesas de novedades.
La conversación antedicha comenzó con un halago de Gerardo a un texto
mío reciente sobre Stefan Zweig. Me dijo que hacía varias décadas leyó El
mundo de ayer, y recordó algunos pasajes. Gracias a la amistad de mi
paisano y colega trabé contacto, creo que a mediados de los noventa, con la
obra de Zweig. Fue en principio con Fouché, una de las biografías
más exitosas escritas por el austriaco. Le siguieron con el tiempo varios
títulos más, pero tenía pendiente El mundo de ayer, su desgarrada
memoria.
Fue escrita en medio del desaliento terminal, cuando en su exilio
latinoamericano estaba a punto de suicidarse por las razones que describe en
las páginas de la memoria. El relato es largo, de alrededor de 500 páginas, y
detalla con minucia los pasos del autor desde su nacimiento vienés en 1881
hasta su muerte en Piriápolis, Brasil, en 1942. En tal burbuja de tiempo cupo
una existencia dedicada casi plenamente al arte, sobre todo, claro, de la
escritura.
Sabemos que Zweig nació en una posición económica muy favorable. No
resultó entonces extraño que su familia lo apoyara en la idea de volcarse desde
niño a la convivencia con el arte (“se considera un título de honor para
toda familia tener en su seno a alguien visiblemente respetado en la esfera
intelectual, un profesor, un erudito, un músico”). La Viena que le tocó vivir
en su infancia y su primera juventud permitió que los gustos artísticos de
Zweig tuvieran estímulos literarios, teatrales, musicales y pictóricos ubicuos.
Según su propio relato, pronto descubrió que la convivencia en los cafés, más
que en la escuela, resultaba mejor nutriente de sus inquietudes
artísticas (“era balsámico vivir aquí [en Viena], en esta atmósfera de
conciliación intelectual, e inconscientemente cada ciudadano de esta ciudad fue
educado para ser supranacional, cosmopolita, un ciudadano del mundo”). Los
pasajes dedicados a su experiencia dentro de las aulas mueve a pensar en
rutinas execrables impuestas por profesores execrables, de una formación pobre
y monolítica. La escuela representó para él una institución por la que guardó
siempre un recuerdo casi penitenciario.
Fue con los amigos artistas de toda laya —malos, regulares, buenos y
geniales— con quienes Zweig encontró su sitio en la vida. Por supuesto, y todo
según se puede inferir por su memoria, pronto desarrolló un olfato muy agudo
para detectar la genialidad, y de inmediato supo aplaudirla (“siempre tuve un
especial sentimiento de reverencia por toda manifestación terrenal del
genio”). La cantidad de personalidades del arte y del pensamiento
mencionada en su crónica vital es aplastante, como si todos los grandes
creadores y sabios del mundo se hubieran concentrado a vivir, a finales del XIX
y principios del XX, en Europa, sobre todo en París. Zweig tenía recursos de
sobra y convirtió los viajes en verdaderos encuentros con el arte. Recorrió
ciudades, visitó librerías y museos, pero sobre todo buscó el diálogo directo,
además del epistolar, con escritores que se le revelaron como geniales. Cinco
fueron los que más lo impresionaron y por los que sintió afecto y admiración
más hondos: Hugo von Hofmannsthal, Émile Verhaeren, Reiner Maria Rilke,
Romaind Rolland y, en el plano del pensamiento, Freud, más o menos en este
orden.
Comenzó a publicar sus primeras obras en el amanecer del XX, y en el
camino de su escritura sumó viajes y conversaciones con sus próceres
intelectuales. Además, se aficionó a los autógrafos, es decir, a los textos
redactados sobre todo a mano por grandes autores del pasado, como Balzac. Con
el tiempo logró acumular un repositorio de joyas en las que se interesaba
principalmente por las enmiendas de los borradores, ya que allí detectaba la
genialidad en desarrollo (“adhiero a la palabra de Goethe de que para
comprender completamente las grandes creaciones, no sólo hay que verlas en su
perfección, sino también haberlas espiado en su proceso de creación”).
Ese mundo casi perfecto, a ratos hasta idílico, cada vez más triunfal
ante las miserias del pasado (“El confort se trasladaba de las casas nobles a
las casas burguesas, ya no había que ir a buscar el agua al pozo o al pasillo,
ya no había que encender laboriosamente el fuego en el fogón, la higiene se
extendía, la suciedad desaparecía”), se ve amenazado por la guerra en la
segunda década del siglo XX. La primera etapa del capitalismo luego de la Revolución
Industrial comenzó a crujir: “Tuvimos que dar la razón a Freud cuando veía en
nuestra cultura, nuestra civilización, sólo una fina capa que podía ser
traspasada en cualquier momento por las fuerzas destructoras del inframundo”.
Zweig no se explica tanto la barbarie que viene en función de los desbarajustes
macroeconómicos del mundo, del colonialismo y las disputas de los países
hegemónicos, sino como miseria espiritual lisa y llana.
Con mirada retrospectiva ve el colapso del mundo en el que le tocó nacer
y critica severamente a quienes celebraron la irrupción de la guerra como una
oportunidad de gloria. Como cosmopolita, censura los raptos de nacionalismo y
la idealización de la guerra: “Y entonces, en 1914, tras casi medio siglo de
paz, ¿qué sabían las grandes masas de la guerra? No la conocían, apenas habían
pensado en ella. Era una leyenda, y era precisamente la distancia lo que la
había hecho heroica y romántica”.
Al final, tras el paso del huracán bélico, le queda como lección que
nada está seguro, que en cualquier momento puede estallar la barbarie en el
mismísimo ombligo de la “civilización”. Hay una década de remozamiento, la del
veinte, en la que todo, principalmente la paz, parece regresar a su cauce. La
entrada a la tercera década del siglo comenzó a incubar/encumbrar en Alemania
la figura de Hitler, quien tras el incendio del Reichstag en 1933, se hizo del
poder y comenzó una nueva pesadilla. Durante algunos años acumuló más poder
fanático y ya sabemos lo que pasó: “sabíamos que una guerra mundial en 1939
sería mil veces más mezquina, más bestial, más inhumana que todas las guerras
anteriores de la humanidad gracias a su mecanización sin alma”. La Segunda
Guerra alejó al judío Zweig de Europa. Tras deambular por algunos países,
recaló en Brasil, donde, deprimido, se suicidó junto con su segunda esposa. Dejó
tras de sí una breve carta y una obra descomunal, de decenas de libros que en
un tiempo fueron los más traducidos del planeta y se siguen reimprimiendo y
leyendo.
De El mundo de ayer llama fuertemente la atención el
énfasis que Zweig pone en el avance del nacional-socialismo. Hoy, en este
momento estelar de la humanidad en el que contamos, mutatis mutandis,
con energúmenos esencialmente iguales a Hitler, no debemos desentendernos de
movimientos que con armas digitales se están haciendo del control de vidas y
recursos globales. Esta paz que tenemos puede ser ilusoria, tanto como la de
Zweig en la Viena fin de siècle.

