Palabras
con las que el 23 de septiembre presenté Bitácora
del asombro, obra de Alberto de la Fuente. Todavía hay ejemplares
disponibles en la librería La Tinta (Morelos 559 poniente, Torreón):
La
colección RAI continúa su marcha gloriosa hacia lo desconocido con el mismo
ahínco de su arranque hace tres meses. La promesa de aquel 22 de junio era que
iba a publicar diez plaquettes antes
de terminar el año, pero ya preveo que será mucho si llegamos a cinco. No crean
que me apura tanto, pues el mundillo editorial y periodístico abunda en
promesas incumplidas, y una más no afecta la estadística. Casi todo lo que uno
promete en el medio literario termina por sucumbir ante los embates de la realidad.
Así y todo, siempre he creído que las demoras y las caídas en esta disciplina
sirven para templar el ánimo, para demostrar si nuestra vocación es verdadero
fuego sagrado en el corazón o llamarada de petate. En otras palabras, como dice
mi amigo Fabián Vique, “Seguiremos de derrota en derrota hasta la victoria
final”. Aquí estamos pues de nuevo, esta vez para presentar Bitácora del asombro. Quince cápsulas
espaciales, número tres de una colección cuyo propósito es no abrazar
ningún propósito, salvo el de seguir apareciendo con la mayor dignidad posible
tanto en forma como en contenido.
El
autor que urdió las páginas de este nuevo opúsculo es Alberto de la Fuente
Trasfí, quien nació en 1976, exactamente cuando comenzaba el sexenio de José
López Portillo, el expresidente de las patillazas que defendió al peso como un
perro y terminó casado con Sasha Montenegro, una estrella de cine. Adrede he
mencionado la palabra “estrella”, pues las páginas de Bitácora del asombro se refieren al tema de los astros, al espacio,
al saber y la fantasía astronómicas, a la perplejidad que genera el infinito y
la necesidad de explorarlo con las herramientas de la ciencia, esto al margen
de las explicaciones teológicas que remitimos al ámbito de la literatura
fantástica, como bien lo consideró Borges.
De
la Fuente Trasfí acomete las cápsulas con la intención de compartirnos su
experiencia y su asombro, lo que se agradece en un mundo que suele mirar poco
hacia la ciencia. Lo muy grato de los apuntes radica, creo, en el tono. Cuando De
la Fuente Trasfí escribió estos apuntes dio con la tecla adecuada, encontró la
manera precisa para expresar lo que deseaba, y con esto logró tener recorrido
un trecho significativo del camino. El autor de estas exposiciones supo pues
encarar su materia con la buena actitud de un ciudadano de a pie que se dirige
a ciudadanos de a pie. Alberto es entonces un “simple terrenal” (como canta el
filósofo Julión Álvarez) dedicado a compartir aquello que lo azora: el cosmos y
sus inabarcables maravillas. En suma, no es flaco favor el que nos brinda al convidarnos
sus asombros.
Como
lo más común es que los libros casi no se vendan, leo mi prólogo con el fin de
que al menos en la memoria se lleven algo a casa. Alberto de la
Fuente Trasfí (Torreón, Coahuila, 1976), autor de los apuntes que componen esta
Bitácora del asombro, es un
hombre cuya mente oscila entre lo terrenal y lo extraterrenal (uso esta última
palabra en sentido estricto, “lo que está fuera de la Tierra”, no en el
teológico con el que se ha cargado su semántica). En lo terrenal tiene un
oficio práctico y varios pasatiempos ya bien establecidos; en el otro, se ha
interesado desde su niñez en el conocimiento de la astronomía como saber
científico y a la par como fuente de creación estética.
Su pasión por
la ciencia que estudia el espacio lo ha movido a leer mucho sobre el tema, a
ver incontables documentales y películas, a estudiar una maestría y, desde hace
algunos años, a compartir lo cosechado mediante apuntes escritos en clave
divulgativa. Quince son las “cápsulas espaciales” que reúne en estas páginas.
Aparecieron primeramente en el blog La insoportable precisión del universo, y ahora se
arraciman en la presente publicación con el mismo ánimo: convidar a nuevos
lectores la perplejidad producida por la más inmensa de las inmensidades: el
universo.
La amenidad
—e incluso el humor— de las piezas aquí convocadas no riñe con la buena y
exuberante data que contienen. El pespunteo entre la vida cotidiana y la
información producida por la investigación alienta párrafos a un tiempo ricos y
divertidos, lo que constituye una forma de acercar interesados a un tema, la
astrofísica, por lo general tenido por denso y especializado, que lo es. Como
en las declaraciones de amor (en este caso de amor a la divulgación), De la
Fuente Trasfí nos baja el sol y las estrellas, nos mueve entre sondas, nos
recuerda hitos de la conquista espacial e ilustres nombres propios, nos
comparte avances científicos, nos pasea por galaxias del vecindario espacial y,
en suma, nos hace ver que el universo es fascinante desde donde quiera que se
le mire.
Nuestra
pequeñez no debe arredrarnos. Al contrario, hoy debemos sentirnos orgullosos de
los alcances incorporados año tras año a la enciclopedia astronómica. Pese a nuestra
nerudiana residencia en la Tierra y desde nuestra microscópica condición
humana, es motivo de pasmo y satisfacción que hoy sepamos con alto grado de
certeza lo que sucede a años luz en conglomerados celestes cuya dimensión no
parece tener orillas y donde la abrumadora palabra infinito siempre parece quedar corta, incapaz de contener lo incontenible.
Bienvenidos
entonces a esta Bitácora del asombro. Tomemos de
las manos a la ciencia y la imaginación, y dentro de estas quince cápsulas
despeguemos al infinito y muchísimo más y más y más allá.
Nota. Texto leído el 23 de septiembre de 2026 en la Cafebrería La Tinta. Participamos Iván Hernán Benítez, el autor y yo.

