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sábado, mayo 16, 2026

Monterrey cuatro décadas atrás

 









El miércoles pasado volví a Monterrey. Atendí una amable invitación del Museo de Historia Mexicana para participar en el ciclo “11/22: futbol y polémica”, pensado y coordinado por el comunicador Gabriel Contreras. Serán cuatro mesas, van dos, y me tocó dialogar en la segunda con Víctor Barrera Enderle, a quien sólo conocía por escrito gracias a su libro Ahora colecciono miradas. El discurso ensayístico en la etapa madrileña de Alfonso Reyes (UANL, 2021). Aunque el tema de nuestra conversación no fuera a girar en torno a la obra del polígrafo regiomontano, el hecho de saber que mi interlocutor es especialista en la obra de Reyes y actual director de la Biblioteca Alfonsina fue motivo más que grande para entusiasmarme. Al final nuestro diálogo, titulado “Futbol y letras”, se desarrolló por los cauces deseados, pues establecimos, o tratamos de establecer, los puentes entre el futbol como fenómeno cultural y su influjo en la escritura literaria.

El viaje en camión me dio tiempo para recordar en la ida y en la vuelta mi etapa, digámoslo así, regiomontana. Aunque he compartido poco esa experiencia, tuve radicación en Monterrey durante un breve periodo de mi vida, apenas un semestre. Ahora que reparo en esto, quizá una de las trampas de la memoria, de la mía en este caso, ha sido ocultarme ese recuerdo porque fue particularmente duro, por no decir que feo, digno de olvido. Pero así como esconde, como escamotea, la memoria no puede borrar del todo lo ocurrido, y sobre el bus resucitó en mi cabeza la andanza de hace cuarenta años. No pude recordar con precisión muchos detalles, sobre todo datos duros, pero sí montones de imágenes que se agolpan cuando intento establecer una cronología de aquellos meses traumáticos.

Tal vez estoy exagerando, no sé. Quizá la vivencia no fue tan adversa, pero algo me lleva a creer que sí, como si la memoria tuviera un mecanismo para hiperbolizar lo malo. Lo que recuerdo de mi etapa regia —que de regia no tuvo nada— se debió al desempleo. Acababa de salir de la carrera y de inmediato me vi impelido a trabajar. En ese momento advertí que se había acabado la beca familiar, así que me puse a buscar en dónde vender mi precaria fuerza de trabajo. Probé suerte con un grupo de compañeros de la carrera en un emprendimiento fallidísimo que merece crónica aparte, y luego en otro institucional, público, que también se frustró casi desde el arranque. No habían pasado ni seis meses desde que egresé, y ya tenía dos strikes en mi cuenta laboral.

Fue en ese momento cuando un amigo de la prepa, José Manuel González Souza, me dio un tip para hallar algo. Él estudiaba el último año de su carrera de ingeniería en la UANL, y compartía una casa pequeña, como de Infonavit, con otro compañero de la facultad. Me dijo que sobraba un cuarto, y que por una módica cooperación podían hospedarme para que buscara chamba allá. Acepté. No recuerdo cómo conseguí dinero para viajar a Monterrey, ni cómo nos organizamos para que me recibiera en la terminal, pero un día de 1986 u 87 entramos a la casita ubicada lejos del centro. En efecto, la casa estaba en una de esas colonias de viviendas para trabajadores, espacios situados en la periferia con miles de casas idénticas apiñadas en edificios también idénticos.

Tras mi llegada, recibí instrucciones de movilidad, rutas de camiones y eso. Mi idea era trabajar en algún periódico, y daba la casualidad nada casual de que las instalaciones de los diarios estaban en el rumbo de la Macroplaza. Desde el primer día entendí que para llegar al centro debía tomar dos camiones, una hora y media de recorrido. En otras palabras, tres horas, si sumaba la vuelta. Esto ya de por sí era letal para un lagunero acostumbrado toda la vida a viajes cortos dentro de mi región.

Para entonces había leído el suplemento cultural Aquí vamos, del periódico El Porvenir, y me gustaba mucho, así que me apersoné en sus instalaciones. No tenía ningún contacto, no conocía a nadie en el periódico, pero como pude logré que me hicieran una prueba para algo, no recuerdo si para corrector o reportero. Dijeron que si la pasaba, me llamarían. Di el teléfono de una señora que era vecina de mi amigo, el estudiante de la Uni, quien además les preparaba comida por una cuota a la semana.

Como no podía atenerme al resultado en El Porvenir (que nunca llegó), alguien me dijo que recién habían abierto un nuevo periódico, el ABC. También quedaba por el rumbo de la Macroplaza, y pronto fui a sus instalaciones para husmear alguna oportunidad. Hablé con un funcionario, le expuse mi caso, y dio la casualidad de que tuvieran una vacante de reportero. Supongo que nadie la quería, pues de inmediato me dieron el empleo. Al día siguiente me presenté, me asignaron una máquina de escribir y una orden de trabajo tecleada mecánicamente en una tirita de papel. Con credencial de reportero novatísimo salí a la calle. Tuve que preguntar a compañeros todavía desconocidos en dónde estaba tal o cual lugar, en qué camión subir. Visité las sedes de partidos, de cámaras empresariales, de sindicatos corporativos, para entrevistar a personajes horribles. Caminé mucho, con el fin de ahorrar. A eso de las dos o tres regresaba al diario, me sentaba frente a la máquina y redactaba como podía siempre con un hambre de perro las notas que me encomendaban. Salía del periódico como a las 5, y recuerdo varias tardes en las que me senté en alguna banca de la Macroplaza para respirar antes de tomar el bus de hora y media hasta la casita de Infonavit ubicada en el culo de Monterrey, o poquito más allá.

Eso se repitió durante varios meses. Comía muy mal y dormía peor, pues la casa no tenía aire acondicionado y en el calor de Monterrey era imposible descansar. Además, los trayectos poco a poco me redujeron a la condición de zombi, condición que no mejoraba con la llegada del salario, pues también era rabón. Cómo estaría la cosa que lo único bueno que recuerdo de mi chamba de reportero en el ABC son algunas tardes frente a la máquina de escribir. No por la máquina ni por escribir, sino porque frente a mí, como a diez metros, tenía su escritorio una compañera que me gustó. Se vestía como si fuera integrante del grupo Flans, y por supuesto no me animé ni a decirle buenas tardes. Sin dinero, derrotado por el hambre y derretido por el calor, la veía como lo que era: un sueño imposible.

Cuando ya no di más, aproveché el pago de una quincena para renunciar y volver a Torreón con otro fracaso a cuestas, pero más contento que un liberto. Monterrey quedó como un feo recuerdo de mi estreno periodístico, pero, si lo analizo bien, no fue tan malo, pues me enseñó a boxear arrinconado en la esquina del ring y con la guardia cerrada, sin caer.

sábado, mayo 09, 2026

En un lugar de la cancha: lectura y futbol












No sé si todas las personas que leen con asiduidad saben en qué momento y por qué adquirieron este hábito. Supongo que sí, pues creo que en general perciben la importancia de la lectura como acompañante de sus vidas, lo que obliga a pensar con frecuencia en las motivaciones remotas. En esto ayuda el hecho de que no es, como caminar, una práctica desarrollada en la inconsciencia de la primera infancia, sino el nacimiento de una habilidad que suele darse cuando ya podemos retener las vivencias con cierto grado de claridad, cuando sabemos hablar con cierta lógica. Me estoy refiriendo aquí a la lectura que va más allá de la alfebetidad, a la lectura como goce así sea incipiente. Creo que todos los que leen con regularidad y placer alcanzan a saber cuándo apareció el gusto, en qué momento tomaron un libro sin el forzamiento de la obligación escolar.

Sobre esto he pensado más de una vez porque me interesa como tema vinculado a mi experiencia y porque no ha faltado oportunidad para que me lo pregunten. Mi respuesta tiene la claridad que puede tener un recuerdo con medio siglo de edad. Es algo vago ese recuerdo, pero no lo suficiente como para impedirme una explicación satisfactoria al menos para mí: yo leo con asiduidad —diría que con pasión y placer si no sonara pedante— desde que tenía cerca de diez años, hace 52. Antes de 1974, por supuesto que ya leía los libros de texto de la SEP y el periódico La Opinión que a diario compraba doña Catalina, mi madre. Quiero pensar que consumía aquellos papeles en los ratos libres, los ratos que sobraban al juego vespertino con mis hermanos y los amigos de la cuadra. Nunca fui un buen estudiante, así que me asomaba con desdén a los libros de texto. Esto creo, pues mis notas jamás delataron a un alumno con aspiraciones altas. Con el diario tuve una relación buena, me gustaba hojearlo, disfrutar sobre todo con la sonoridad de los topónimos y la onomástica remota. Pero no entendía las noticias ni los artículos, así que debía contentarme con una lectura superficial.

En un cuento mío de 2023, reciente, un personaje ficticio desempeña algunas funciones de alter ego y dice lo siguiente (hagan de cuenta que allí usé lo que acabo de explicar a propósito de mi lectura periodística):

En 1973 yo tenía nueve años y en la casa de mi familia sólo disponíamos de dos posibilidades para leer: los libros de texto gratuitos y La Opinión, uno de los periódicos de La Laguna. Fue en las páginas del diario donde comencé a leer en serio, aunque sin procesar bien lo leído, textos que estaban más allá de lo que encomendaban en la escuela. No recuerdo con precisión ninguna nota, sólo el hecho de pasar la vista sobre el diario y encontrar información que por entonces sólo eran palabras, nombres propios de lugares y personas: Luis Echeverría, Vietnam, Richard Nixon, Madrid, Francisco Franco, Tel Aviv, Moshe Dayan, Juan Domingo Perón, Buenos Aires, Augusto Pinochet, Palestina, Yasser Arafat, Fidel Castro, La Habana, Paulo VI, Ciudad del Vaticano, Moscú, Leonid Brézhnev… Para mí no había ninguna posibilidad de saber entonces que esos nombres representaban ideas, y que esas ideas tenían orientaciones encontradas, que en el mundo había noticias de conflictos debido al choque de las ideologías que abrazaba cada uno de aquellos personajes…

Más o menos así me relacionaba con el diario a mis diez años. Luego ocurrió un hecho que también he contado alguna vez. Como a los once años descubrí el futbol. Uso el verbo descubrir porque hasta entonces el ambiente deportivo de mi casa se relacionaba con la pasión de mi padre, el beisbol. En uno de sus partidos dominicales celebrado en los campos de Jabonoso, un ejido de Gómez Palacio, yo tenía quizá once años cuando me alejé del partido de mi padre y caminé a los campos de futbol. Todo era un llano en llamas, no había separación física entre los campos de fut y de beis, así que fui a ver el futbol. Jugaban dos equipos llaneros de jóvenes como de veinte años, y cuando desde la línea lateral vi el desarrollo del partido no entendí muy bien las reglas, pero me gustó. Al llegar a casa aquel domingo en la tarde sentí el impulso de patear algún balón, lo que ocurrió cuando comencé a jugar en los recreos de la escuela primaria federal Presidente López Mateos de Santa Rosa y en las tardes de mi barrio gomezpalatino. El gusto de jugar futbol fue intenso, me hizo muy feliz durante la adolescencia.

Lo extraño ocurrió casi simultáneamente: al gusto de jugar futbol y de leer el diario sin entender el sentido de las notas, sólo por la maravillosa sonoridad de las palabras, añadí la compra de revistas de futbol. También sobre esto he escrito dos o tres veces, una de ellas inédita, pues viene en un librito que aparecerá dentro de dos semanas: Amar a Maradona. Allí, en el primer párrafo del prólogo, comparto esto:

El primer Mundial que vi completo fue el celebrado en Argentina. Tenía 14 años y atravesaba una etapa de enamoramiento futbolero rayano en lo patológico. A la práctica diaria y callejera del futbol sumaba un par de hábitos que después no me abandonarían: ver en la tele dos o tres partidos todos los fines de semana y comprar cinco revistas de futbol con disciplina de académico. Por aquellos meses se había dado el brinco familiar de Gómez Palacio a Torreón, y poco a poco la atracción de la calle me alejó de las sobredosis televisivas y de la frenética compra de revistas, dado que los imperativos de la vagancia consumían los escasos recursos disponibles, incluido el tiempo libre para ver la tele. El virus cedió un poco, pero no se fue, nunca se fue, pues todavía veo en la pantalla algún partido por semana para recuperar un cacho ilusorio de la infancia, y eso de leer no se diga, creció y se orientó hacia mejor vertiente: ya en otros lugares he explicado que ante la falta de biblioteca en casa, las revistas de futbol fueron sin premeditarlo la herramienta que me impuso el gusto de la lectura y de los libros. Así de anómalo fue mi nacimiento a las letras. Los caminos de la literatura son inescrutables.

Ya había adelantado una explicación similar en el libro Invítame a leer. Conversaciones con gente de libros (SEC, 2019), de Gerardo Segura. En tales páginas comenté con mayor amplitud lo que aquí observo:

Cuando llegué a la secundaria ocurrieron dos hechos importantes: por un lado, descubrí la práctica del futbol y, por el otro, mi madre compró unas enciclopedias, lo que en aquella época (1978) era como conectarse a internet. Apasionarme por el futbol como deporte, jugarlo bien y sin descanso, tuvo una extraña derivación “intelectual”, por llamarla de algún modo: me convertí en comprador, lector y coleccionista contumaz de revistas futboleras. Cada semana ahorraba la cantidad necesaria para comprar cinco publicaciones, es decir, todo lo que llegaba a La Laguna sobre ese tema: las revistas Pénalty, Balón y Sólo Futbol, y las historietas Borjita y Chivas Chivas Ra Ra Ra. Gracias sobre todo a las revistas, y a falta de Ilíadas y Odiseas, accedí a entrevistas, reportajes y columnas en los que fui haciéndome una idea del mundo y de la vida a partir del futbol. En aquel tiempo no sólo La Laguna, toda la provincia era más provinciana y se soñaba poco con lo que estaba fuera de nuestro entorno. Las entrevistas a los jugadores me remontaban a geografías distantes, a topónimos y nombres de equipos y jugadores que conllevaban una sonoridad peculiar: Botafogo, San Lorenzo de Almagro, Amaury Epaminondas, Juan Carlos Czentoriky, Belarmino de Almeida, Colo Colo, Rafael Albrecht, Jan Gomola, Carlos Jara Saguier… algo raro había en esas palabras, lo que me hacía pensar en lejanías, en la heroicidad de viajar, en la vaga sensación de que el mundo era mucho más grande de lo que yo imaginaba. Mi vida, entonces, era ir a la escuela, leer revistas de pe a pa y jugar futbol en la calle todos los días. Eso fue, sospecho, lo primero que leí con pasión y disciplina, pero no me duraría mucho tiempo, pues llegaron las enciclopedias y con ellas unos libros de regalo, como un pilón. Las enciclopedias sirvieron en casa para las tareas de mis hermanos y las mías, pero yo aproveché más un libro extra, de los de regalo, al que considero muy importante en mi vida, acaso el primero que logró cautivarme.

El acontecimiento cultural más importante de mi vida, leer asiduamente, se lo debo pues al futbol, aunque parezca increíble. Supongo que es al menos mínimamente raro que de jugar futbol se pase a leer futbol con voracidad y de allí, sin solución de continuidad, haya pasado a la lectura literaria, a la lectura de libros “serios”. Esto me lleva a pensar en los orígenes de un lector. ¿Todos debemos comenzar por los clásicos infantiles y de ahí pasar a los clásicos adultos? ¿El fracaso está garantizado si no se comienza por la Ilíada o el Quijote? Obviamente no, y modestia al margen creo que soy un buen ejemplo de que el comienzo importa sólo como comienzo, para agarrar el gusto, para cimentar la asiduidad que después pueda ser canalizada hacia obras de mayor calado.

La formación de un lector es misteriosa. En el proceso hay, supongo, una cierta predisposición natural, que en mi caso fue el asombro ante el sonido de las palabras dichas y la contextura de las palabras escritas. Antes de comprender su sentido, las palabras ya me habían hechizado, no sé por qué. Lo que vino después fue, diría Bourdieu, el habitus que tuve a mi alcance: una familia que tenía periódico todos los días, una escolaridad estándar en escuela pública sobrepoblada, un deporte popular a la mano y revistas baratas de futbol para cobrar impulso como lector. Luego vinieron los primeros libros casuales, el acceso a la universidad, los amigos con más lecturas y el orgullo íntimo de ser un poquito distinto, vaya modesto logro, por leer libros.

En suma, nadie elige sus primeras lecturas fervorosas. En mi casa infantil no había biblioteca, a mí me tocó combinar la práctica del futbol con la lectura de revistas de futbol, y es por ello que tengo gratitud por este deporte que luego sin querer me condujo hacia los libros. Esto quiere decir que no me asusto cuando un joven comienza leyendo mucho de lo que sea, generalmente mugre. Lo importante es que el impulso inicial luego tome un camino más exigente, que no se quede atorado, por ejemplo, en la autoayuda o los zombis. Esto de leer con fruición es un tanto azaroso, pero si lo miramos bien, todo en la vida es así.

Comarca Lagunera, 8, mayo, 2026

Nota 1. En la imagen que encabeza este post aparece Miguel Marín, portero de Cruz Azul en la década de los setenta. Fue mi ídolo futbolístico de la niñez, aunque nunca jugué en el arco. Si no recuerdo mal, la foto me la regaló José Manuel González Souza, compañero de la prepa, más o menos en 1980. Desde entonces la conservo. Es una foto periodística original, impresa en papel fotográfico. En el envés aparece impresa, con sello de goma, la leyenda “Foto Hermanos Mayo. 1974”. Mi amigo Souza es pariente de la familia Mayo, y con alguno de sus miembros consiguió esta excelente postal que después puso en mis cruzazulinas manos.

Nota 2. Texto parcialmente leído como base de una charla ofrecida en la Feria del Libro de Coahuila-Torreón. Su título fue “En un lugar de la cancha: lectura y futbol”. Se celebró el 9 de mayo de 2026 en el Centro de Convenciones de Torreón, sede de la Feria.

miércoles, marzo 25, 2026

Tres ítems de Walsh

 











Ayer se cumplió el aniversario cincuenta de último golpe de Estado en la Argentina. He dicho, y aquí insisto, que tal ayer debe alertarnos porque el eje ideológico que empujó aquel sacudimiento es, sustancialmente, el que abrazan hoy personajes como Trump y Milei, dignos herederos de la derecha golpista acurrucada en el cono de sombra del Plan Cóndor. Un año después del golpe, el periodista y escritor Rodolfo Walsh (Lamarque, Río Negro, 1927-Buenos Aires, 1977) depositó en varios buzones su “Carta abierta de un escritor a la Junta Militar”. El día que salió a repartirla fue sorprendido por el aparato represivo, herido de muerte y desaparecido hasta la fecha. Walsh tenía claro el espanto del gobierno militar. Su carta se convirtió en la mejor y más rápida evaluación de un proceso al que todavía le faltaba sumar seis años de crímenes de lesa humanidad y deterioro económico. Destaco tres momentos de la carta:

Uno. “El 24 de marzo de 1976 derrocaron ustedes a un gobierno del que formaban parte, a cuyo desprestigio contribuyeron como ejecutores de su política represiva, y cuyo término estaba señalado por elecciones convocadas para nueve meses más tarde. En esa perspectiva lo que ustedes liquidaron no fue el mandato transitorio de Isabel Martínez sino la posibilidad de un proceso democrático donde el pueblo remediara males que ustedes continuaron y agravaron”.

Dos. “La falta de límite en el tiempo ha sido complementada con la falta de límite en los métodos, retrocediendo a épocas en que se operó directamente sobre las articulaciones y las vísceras de las víctimas, ahora con auxiliares quirúrgicos y farmacológicos de que no dispusieron los antiguos verdugos. El potro, el torno, el despellejamiento en vida, la sierra de los inquisidores medievales reaparecen en los testimonios junto con la picana y el ‘submarino’, el soplete de las actualizaciones contemporáneas”.

Tres. “Estos hechos, que sacuden la conciencia del mundo civilizado, no son sin embargo los que mayores sufrimientos han traído al pueblo argentino ni las peores violaciones de los derechos humanos en que ustedes incurren. En la política económica de ese gobierno debe buscarse no sólo la explicación de sus crímenes sino una atrocidad mayor que castiga a millones de seres humanos con la miseria planificada”.

Mañana en la cafebrería La Tinta de Torreón ofreceré una conferencia sobre todo esto a la 7 pm. Entrada libre.

miércoles, marzo 11, 2026

En mi menor


 






No han sido pocas las ocasiones en las que he leído una recomendación de manual con propósito instructivo: tratar de evitar la primera persona en los artículos, las columnas y los textos editoriales. La recomendación se extiende a los ensayos y, en general, claro, a la escritura académica. Es una recomendación atendible, pues supone que al tenerla en cuenta nos colocamos en un tono de bienvenida objetividad, casi como si el texto se hubiera escrito solo, por un sujeto sin historicidad ni pasiones.

No dudo que el consejo sea apropiado para las tesis y cierto tipo de periodismo en el que se desea establecer una separación entre el tema y quien lo observa. Hay otra modalidad de escritura, sin embargo, que no necesariamente debe ser marginada de la prensa por más que enfatice sus marcas de subjetividad, el uso de la primera persona y los pronombres me y mi.

En la crónica y los textos con tono de memoria es aceptable y hasta recomendable inclinarse hacia la primera persona, subrayar el carácter personal de lo escrito. Podrían ser escritos sin ese rasgo, claro, pero en ellos lo que se busca es exactamente la intromisión del sujeto en tanto testigo, beneficiario o víctima del hecho contado. Esto sin duda crea una cercanía cómplice con el lector, quien accede al texto como invitado inmediato de la historia.

Las crónicas de la vida cotidiana, esas que nos narran aquellos pequeños fastidios a los que siempre estaremos expuestos por el sólo hecho de existir, se prestan mejor que ningún otro tema para la escritura de la índole que aquí comento. Su requisito, creo, para que no empalaguen o se vayan de las manos en el apapacho al yo, es templarlas para que se establezca el “mi” como dinamo del lo narrado, pero en “mi menor”, descargado de grandilocuencia, heroicidad, protagonismo y autocompasión.

Cada tema pedirá la gradación de esa primera persona, no todo se trata idénticamente. Por ejemplo, si narramos un trámite recién vivido con la burocracia, la sustancia del hecho determinará si asumimos un todo ligero, humorístico, o grave y tristón. Lo que ocurre al cronista pudo o puede ocurrirle al lector, de ahí que este lea el texto como suyo y hasta se lo apropie. La perspectiva individual del autor pasa a ser aquí plural, del “mi” pasa sin sentirlo hacia el “nosotros”.

sábado, enero 10, 2026

Horror de altos vuelos


Scilingo ha enviado cartas a militares de alto rango e incluso al presidente, pero no recibió respuesta. Su interés se centra en demostrar que, dado su grado en la jerarquía castrense, él acató órdenes superiores para servir a la patria y ahora desea que quienes instruyeron esas directivas se hagan cargo de su responsabilidad y no se escuden en la coartada fácil de los “excesos” de la tropa. Lo que encontró fue silencio, un paredón de indiferencia que en aquel momento, primer lustro de los noventa, lo obliga a seguir otro camino. Buscó pues al periodista Horacio Verbitsky para ponerlo al tanto de todo lo que de todos modos ya se sabía, aunque sin la declaración absolutamente brutal de un actor directo como Scilingo, quien no dudó en señalar en algún momento de su declaración que “hicimos cosas peores que los nazis”.

De nombre Adolfo Francisco Scilingo (Bahía Blanca, provincia de Buenos Aires, 1946) y oficio militar, había participado en vuelos de la muerte. Tras las leyes de Punto Final dictadas por Menem, los militares previamente condenados vieron terminada su reclusión, y fue allí que Scilingo se preguntó qué habían hecho los subordinados. ¿Simples crímenes, simples excesos individuales? Dirigió cartas a Videla, a Menem y, como ya dije, nunca recibió respuesta. La crisis se agudizó en 1994, cuando dos militares de apellidos Rolón y Pernías decidieron hablar ante los senadores sobre sus métodos de lucha contra la “subversión”. Lo que dijeron disipó toda duda acerca de la vileza empleada para liquidar a los enemigos armados y no armados, como las monjas francesas Alice Domon y Léonie Duquet, una vileza que no era mero exceso individual, sino modus operandi, política pública de la dictadura.

El vuelo (Planeta, 1995, 205 pp.), de Horacio Verbitsky (Buenos Aires, 1942), es un documento escalofriante, un libro al que le queda justo el epígrafe de Joyce: “La historia es una pesadilla de la que estoy tratando de despertar”. Fue el primero en abordar uno de los métodos más crueles habilitados por la dictadura argentina para deshacerse de “subversivos”. Dejemos que lo explique Scilingo mediante una de sus cartas sin respuesta: “En 1977, siendo Teniente de Navío, estando destinado en la Escuela de Mecánica, con dependencia operativa del Primer Cuerpo de Ejército, siendo usted [Videla] el Comandante en Jefe y en cumplimiento de órdenes impartidas por el Poder Ejecutivo cuya titularidad usted ejercía, participé de dos traslados aéreos, el primero con 13 subversivos a bordo de un Skyvan de la Prefectura, y el otro con 17 terroristas en un Electra de la Aviación Naval. Se les dijo que serían evacuados a un penal del sur y por ello debían ser vacunados. Recibieron una primera dosis de anestesia, la que sería reforzada por otra mayor en vuelo. Finalmente en ambos casos fueron arrojados desnudos a aguas del Atlántico Sur desde los aviones en vuelo. Personalmente nunca pude superar el shock que me produjo el cumplimiento de esta orden, pues pese a estar en plena guerra sucia, el método de ejecución del enemigo me pareció poco ético para ser empleado por militares…”.

El arrepentido y desdeñado militar busca eco en la parte alta de la estructura lo de poder; sustancialmente desea que los jefes militares de la dictadura reconozcan que fueron ellos quienes impartieron las órdenes para materializar la atrocidad. No halló respuesta y en su desesperación buscó a Horacio Verbitsky, acaso el periodista argentino más dotado del siglo XX argentino y lo que va del XXI. Además de haber trabajado en numerosos medios de prensa escrita, es autor de una bibliografía amplísima y determinante para el examen de distintas coyunturas argentinas, entre otros de La última batalla de la Tercera Guerra Mundial (1984), La posguerra sucia (1985), Civiles y militares (1987), La educación presidencial (1990), Hacer la corte (1993), Un mundo sin periodistas (1997), Doble juego: la Argentina católica y militar (2006), Cristo vence: la Iglesia en la Argentina: un siglo de historia política (1884-1983) (2007), Vigilia de armas. Del Cordobazo de 1969 al 23 de marzo de 1976 (2009), La mano izquierda de Dios. La última dictadura (1976-1983) (2010), La música del Perro (2020). Además de El vuelo (Planeta, 1995, Buenos Aires, 203 pp.), de él tengo en Torreón y he leído Ezeiza (1985), Rodolfo Walsh y la prensa clandestina (1976-1978) (1985), Medio siglo de proclamas militares (1987), Robo para la corona (1991), Hemisferio derecho (1998), El Silencio. De Paulo VI a Bergoglio: Las relaciones secretas de la Iglesia con la ESMA (2005) y Vida de Perro (2018). Ha trabajado en un montón de periódicos y revistas, y actualmente dirige el portal digital El Cohete a la Luna.

El vuelo es principalmente una entrevista. Verbitsky aprovecha en ella, para extraer toda la sopa posible, la disposición del informante. El diálogo es frío, seco, sin matices de parte del entrevistador, que en todo momento se mantiene en una postura extraña: no se suaviza ante Scilingo, lo que hace suponer que pone en riesgo la conversación. Pero no, el militar avanza en su exposición, decidido a denunciar la injusticia que los altos mandos del Ejército cometen al no aceptar que impartían órdenes luego acatadas por sus subordinados ahora despojados de ascensos y salpicados de sospecha delictiva. Scilingo defiende incluso a Astiz, uno de los represores más famosos del “Proceso de Reorganización Nacional”, eufemismo que la dictadura se obsequió a sí misma para encubrir el terrorismo de Estado bajo un rótulo con mera resonancia administrativa.

Scilingo cuenta que recibió un curso propedéutico para el combate contrainsurgente. El instructor les informó que se trataría de la “lucha contra un enemigo que no estaba contemplado dentro de los organigramas normales (…) Con respecto a los subversivos que fuesen condenados a muerte o que se decidiese eliminarlos comentó que iban a volar (…) Y dijo que se había consultado con las autoridades eclesiásticas, no sé a qué nivel, para buscar que fuese una forma cristiana y poco violenta”. El verbo “volar” era, claro, literal, en avión, para morir y desaparecer, y en efecto a dicha modalidad dio luz verde la iglesia católica mediante capellanes del ejército como el famoso Christian Von Wernich, cura hijo de puta luego condenado por crímenes de lesa humanidad. Ahora bien, “Había dos formas de desaparecer: vuelo o parrilla”; es decir, arrojados vivos desde el aire al mar o incinerados (en la Argentina no siguieron pues el método del franquismo, que llenó el territorio de España con fosas comunes, sepulcros colectivos y anónimos que hasta hoy siguen apareciendo).

El diálogo salta para muchos subtemas mediante preguntas que en algunos casos requieren el contexto específico del momento, como las reuniones del senado para escuchar a Rolón y Perdías. Empero, lo que perdurará en la mente del lector es lo que intuye Verbitsky como fundamental, el colmo de la crueldad: los detalles precisos de cada vuelo. Tiene razón: las preguntas debían servir como tirabuzón para sacar a la luz los pormenores de los vuelos, cada detalle exacto. El entrevistado, así sea con reticencias, se suelta y saca a la luz no la abstracción del horror, sino su concreción abominable. En las pausas, dado que celebra varios encuentros con Scilingo, Verbitsky reflexiona y sospecha que en cierto punto el informante frenará la lengua: “La voz de Scilingo sigue en la cinta, los documentos [las cartas que recibió fotocopiadas y figuran en el apéndice del libro] aún llevan su firma. En su casa atienden las llamadas y le pasan el teléfono, en el que se oye la misma voz de la grabación. Esto ha ocurrido, no es un sueño. ¿Pero no se desvanecerá como si lo fuera? Cuando un secreto de casi veinte años se le hizo insoportable, contó las cosas más tremendas a alguien que sólo por azar no fue su víctima [el mismo Verbitsky, quien fue militante montonero]. Contestó todas las preguntas, se sometió a un rol que no había imaginado. ¿Cómo reaccionaría después del desahogo, cuando midiera el paso dado y sus consecuencias? ¿Volvería a refugiarse en las viejas certidumbres institucionales, cortaría todo contacto, trataría de impedir la publicación?”.

La acumulación de evidencias comprometía a los militares, sobre todo a los comandantes, pero estos eludían toda responsabilidad con retórica autoexculpatoria. Argüían que la guerra contra la subversión implicó métodos novedosos, y que tal vez alguno de los héroes de la patria cometió excesos, pero nada que no estuviera dentro del margen de lo lógico en una guerra así de heterodoxa. Un informe de observadores internacionales —de la OEA— no dejó duda de que tales excesos eran más bien la regla, el plan sistemático de aniquilamiento.

Aun así, los excomandantes de la Junta Militar callaban, minimizaban o tergiversaban; una de las explicaciones señalaba que reñían dos grupos: los subversivos y los restos de la Triple A, con el gobierno en medio, casi como árbitro que desea frenar la pugna. En su “Carta de un escritor a la Junta Militar”, Walsh los apuntó directamente al rechazar “la ficción de bandas de derecha, presuntas herederas de las 3A [grupo paramilitar que operó años antes del golpe] de López Rega, capaces de atravesar la mayor guarnición del país en camiones militares, de alfombrar de muertos el Río de la Plata o de arrojar prisioneros al mar desde los transportes de la Primera Brigada Aérea sin que se enteren el general Videla, el almirante Massera, el brigadier Agosti. Las 3A son hoy las 3 Armas y la Junta que ustedes presiden no es el fiel de la balanza entre ‘violencias de distintos signos’ ni el árbitro justo entre ‘dos terrorismos’ sino la fuente misma del terror que ha perdido el rumbo y sólo puede balbucear el discurso de la muerte”. En una palabra, fue el mismo Estado de donde manó a borbotones la política terrorista y, de paso, en lo económico, “la miseria planificada”.

Pese a las evidencias que poco a poco fueron apareciendo sobre la atrocidad, incluso en el informe de la Conadep, los jefes militares no salían de su libreto: sólo aceptaban algunos “excesos inconsultos” de sus “cuadros inferiores”, no un plan sistemático de secuestro, tortura y desaparición de personas. La declaración de Scilingo comprobó lo ya sabido al recordar minuciosamente su participación en dos vuelos y en otras tareas no menos ominosas de su paso por el Ejército. Asimismo, explicó que el personal militar asignado para ejecutar los vuelos era “rotativo”, una decisión inteligente para involucrar a todos los represores y garantizar bocas cerradas. Al detenerse un poco en la figura del almirante Emilio Massera, Verbitsky cita algunas de las frases más famosas del mandón en la ESMA, como aquella en la que resumió que “el concepto general del accionar del Proceso era occidental, humanista, cristiano”. Pese a tan bello accionar, sin embargo, como lo declaró en privado al periodista Jacobo Timerman, “El mundo no está como para que reconozcamos lo que estamos haciendo”.

Tres veces he leído El vuelo y en las tres he sentido la misma perplejidad. No de otra manera, es decir, con perplejo horror, se puede imaginar un método de tamaña bestialidad: desde aviones, arrojar al mar a seres humanos vivos, engañados, desnudos, sedados con inyecciones y sin el derecho a saber que morirán pocos minutos después. El libro es de difícil consecución en México, pero hay mucho material en YouTube sobre el capitán Scilingo, quien por cierto terminó condenado en España, pero esa es otra parte de su historia. El video que más recomiendo es la entrevista a Verbitsky sobre el tema en el canal Encuentro.

Por último, no está de más observar que los promotores de aquellos vuelos tenían la misma matriz ideológica de quienes hoy gobiernan, por ejemplo, la Argentina y los Estados Unidos, así que más allá de la atrocidad pasada debemos pensar en la atrocidad futura o ya no tan futura, vistos los aires represivos que soplan en el gigante del norte que todavía presume libertad y ha sacado el gran garrote para golpear a propios (manifestantes en EUA) y extraños (Venezuela, el caso más reciente). El vuelo es en síntesis un libro-advertencia para siempre.


miércoles, noviembre 26, 2025

Pájaros muertos


 









La metáfora del pájaro muerto atraviesa el libro Contra el progreso (Paidós, 2025, 169 pp.), de Slavoj Žižek (Liubliana, Eslovenia, 1949), quien la plantea en este impecable párrafo de arranque: “En la película de Christopher Nolan El truco final (El prestigio) [2006], un mago hace un truco con un pajarito que desaparece en una jaula aplastada en la mesa. Un chiquillo del público empieza a llorar, afligido por la muerte del pájaro. El mago se acerca a él y termina el truco haciendo aparecer suavemente un pájaro vivo de su mano; pero el niño no está convencido e insiste en que debe de tratarse de otro pájaro, el hermano del muerto. Después del espectáculo, vemos al mago solo, tirando un pájaro aplastado a la basura, donde hay otros muchos pájaros muertos. El muchacho tenía razón. El truco no podía hacerse sin violencia y muerte, pero su efectividad depende de la ocultación de los residuos rotos y escuálidos de lo que ha sido sacrificado, deshaciéndose de ellos donde nadie importante los vea. Ahí reside la premisa básica de la noción dialéctica de progreso: cuando llega una etapa nueva y superior, debe de haber un pájaro aplastado en algún lugar”.

Uno de los pájaros muertos del actual “progreso” (comillas tan horribles como necesarias en esta frase) es la noción de verdad. Ya sabíamos que de repente, con el auge de las nuevas tecnologías de la información, comenzamos a convivir con un maremagno de noticias falsas o fake news. Este tipo de noticias, claro, ya existía, pero no en la cantidad que nos invade ahora. En la era preinternética, digamos, una noticia falsa podría ser rastreada y desenmascarada por alguien, y el público podía sopesar, a veces demasiado serenamente porque le sobraba tiempo, los argumentos puestos a su consideración. Las cartas se apoyaban en una mesa con dimensión humana, podían analizarse sin apremio.

Hoy, ante la superabundancia de falsedades empujada además por el fentanilo de la IA, se ha creado en el público una especie de bloqueo: entre miles, llega una notica falsa más y nadie se dedica a desmontarla porque eso requeriría tiempo y paciencia, y si alguien lo hiciera y presentara el resultado, todo haría pensar que su indagación ha producido otra noticia falsa. La respuesta ante las fakes es pues, ahora, la indiferencia, pasar pronto de largo para que la verdad se reafirme como un pájaro muerto más de la infodemia que el progreso nos ha traído.

Hay una opinión que con frecuencia viene a cuento cuando se sobrevuela este problema. Es la formulada por Umberto Eco (Alessandria, 1932-Milán, 2016) en 2015, casi al final de su vida. Como alcanzó a ver la desprolijidad de las redes sociales, hizo al respecto una famosa declaración: “Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos eran silenciados rápidamente y ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los idiotas”.

Creo que el problema no está en que un “idiota” hable y diga lo que piensa, sino en el hecho de que sean legión y al mismo tiempo generen aluviones de “contenido” ni siquiera urdido discursivamente. Una imagen elaborada a la perfección y fácilmente con inteligencia artificial (Eco no vio esto), y una catarata de respuestas similares, crean algo más peligroso que el enojo o la confusión: crean indiferencia.

Me explico con un ejemplo. Esta semana circuló una foto falsa de Claudia Sheinbaum con Carlos Salinas de Gortari. Jóvenes, parece que ambos conversan informalmente. La imagen es técnicamente perfecta, hasta donde pude apreciar. De inmediato se viralizaron imágenes de Sheinbaum joven con otros personajes, aunque en el mismo contexto y con la misma postura en la que apareció con Salinas, todas igualmente bien logradas. La experiencia que queda en el usuario de las redes es de hartazgo, ya ni siquiera de risa. Si vemos una foto de este tipo, ¿tendremos paciencia y capacidad para indagar si es verdadera o falsa? Supongo que no, que la dejaremos pasar, e igual las noticias. Este sentimiento movedizo, inestable, viscoso frente a las novedades seudoperiodísticas, aleja de la información al ciudadano, lo torna indiferente, con las consecuencias que esto tiene para la formación crítica de los usuarios de las redes, víctimas sin filtros de la ultraderecha en su cruzada mundial por ¡la libertad!

Son tiempos de caos, y lo único que se me ocurre es, ya lo sé, una utopía: no reenviar lo que no estamos seguros de que cuenta con algún sustento verdadero. Reenviar es añadir basura a la basura, seguir matando pájaros. Pero insisto: es una utopía, seguiremos en la comodidad del caos.

jueves, marzo 06, 2025

Veinte años os contemplan


 








Conocí a un amigo que repetía con frecuencia esta frase: “Tuvo salida de pura sangre y llegada de burro”. Se refería a los entusiasmos efímeros, aquellos que prometen tragarse el mundo en un taco y al final se desinflan sin dejar un solo rastro de su fe inicial. Esto me pasó como editor de columnistas y articulistas sobre todo cuando tuve bajo mi responsabilidad la coordinación de un suplemento cultural. No faltó en aquellos noventeros años que de la nada me pidiera cita cualquier conocido o desconocido. Su idea era “colaborar”, escribir sobre “algo”, un “algo” que podría ser cine, teatro, literatura, música, historia… Antes de agarrar malicia, yo me emocionaba con esas propuestas, pues si algo alegra a un editor es la disposición ajena para escribir y colaborar.

Lo que venía inmediatamente después no requería ninguna espera, pues el potencial columnista o articulista, tras recibir la aceptación de su propuesta, desenfundaba el primer texto: una maravillosa colaboración de cinco cuartillas para nutrir su flamante columna. Allí mismo se acordaban los plazos de cierre, la extensión de los textos y todo lo que fuera necesario. Para la siguiente quincena, ante la demora, como editor debía llamar al columnista con el fin de recordar la entrega de su colaboración. Por lo común, su respuesta era que la estaba terminando y que la haría llegar en unas horas. En efecto, el texto llegaba, pero misteriosamente ya no sumaba las tres cuartillas convenidas, sino una y media. Y en fin, así se publicaba.

El desenlace habitual se daba en la tercera o cuarta colaboración: el columnista ya no respondía a las llamadas o, cuando lo hacía, de su ancha manga sacaba argumentos ciertos o ficticios, daba igual: “Se murió mi abuelita y anduve en los trámites”, “Me salió un viaje urgente y no pude escribir”, “No encontré tema, te lo debo para la próxima”. Así fue como obtuve la noción de los ya mencionados "entusiasmos efímeros" de muchos columnistas en cierne, colegas que a las dos o tres entregas notaban que una colaboración semanal o quincenal parece nada, pero como el tiempo tiene siempre la mala costumbre de avanzar hacia adelante y hacer que las fechas lleguen, pronto caían en la cuenta de que escribir para mantener un espacio recurrente no era enchilar sopes. Inevitablemente, el género periodístico llamado columna supone al menos la sencilla exigencia de vislumbrar sin pausa temas en la mente y sentarse a escribir antes de los cierres de edición.

Toda esta explicación sirve de intro al recordatorio de que hoy, 6 de marzo de 2025, la columna Ruta Norte cumple veinte años de ininterrumpida existencia. Nació gracias a la invitación que me hizo Marcela Moreno, responsable editorial de Milenio Laguna, para colaborar como columnista del diario. Acordamos el nombre, la frecuencia y las características del espacio. Yo ya colaboraba mucho como articulista en el matutino, pero jamás había sido columnista. Acordamos que serían cerca de tres cuartillas publicadas de miércoles a domingo, cinco entregas a la semana. Durante varios años, creo que cinco o seis, cumplí sin falla con el propósito, pero obviamente fue agotador, desgastante. La búsqueda de ideas terminó por obligarme a tomar una decisión: cambiar las frecuencias. Propuse entonces dos colaboraciones a la semana, miércoles y sábados, y con esta regularidad ya tengo cerca de quince años.

Como se podrá advertir, no fue un entusiasmo efímero. Lo que ya sabía antes de asumir la columna era que un espacio de esta naturaleza no podía tener como sostén la inspiración (si es que tal cosa existe) o el mero entusiasmo, sino el oficio. Oficio para tener presente las fechas de cierre, oficio para aprovechar los tiempos muertos en la elección de un tema, oficio para sentarse a teclear en cualquier circunstancia, oficio para tratar siempre de urdir algo digno pese a la premura inevitable del periodismo, oficio para no fallar ni enfermo con la colaboración. El oficio, no el entusiasmo, es pues la base de sustentación de cualquier espacio fijo en un diario, y sólo el tiempo dirá si el trabajo ha rendido algún fruto meritorio o fue un esfuerzo digno de mejores causas.

A lo largo de los veinte años que hoy se cumplen, he publicado alrededor de tres mil textos. La mayoría trata sobre libros y asuntos literarios, medios de comunicación, rollos de la vida cotidiana y miscelánea histórica, política, cinematográfica y hasta deportiva. Muy al tanteo, calculo en doce mil las cuartillas producidas, la mayoría disponibles gratuitamente en este espacio digital, recipiente último de la columna. Sé bien que la cantidad no es sinónimo de calidad, pero también sé que todo trabajo de escritura extenso al menos tiene el mérito de las horas-nalga. En cuanto al blog, no lo he sobrepoblado de imágenes y menos de videos, esto para destacar que su interés es la palabra, la austera pero indispensable palabra. Más de un amigo me he dicho que le imprima movimiento, videos, audios (podcasts), incluso más fotos, pero les he respondido que como creo en las palabras, sé que las palabras se defienden con palabras. Ya otros millones de sitios ofrecen en la web abundante confeti audiovisual; yo aquí ni siquiera he cambiado la plantilla verdiblanca con la que nació esta modesta aventura.

Me despido con agradecimiento a quienes han leído alguna vez lo que comparto; les hago la promesa de seguir hasta que el cuerpo y la creatividad aguanten. También, convido el acta de nacimiento de Ruta Norte, el texto inaugural de este espacio, un texto inaugural con el que, pese a los veinte años transcurridos, coincido hasta esta fecha.

De qué escribir

¿De qué escribir cuando a uno lo invitan a escribir?, esta pregunta es la primera que debe plantearse quien asume la responsabilidad de alimentar una columna. Como así es, escribo en esta primera entrega de Ruta Norte que escribiré sobre libros y escritores, sobre medios de comunicación, sobre arte y política, sobre asuntos misceláneos con algún discreto tinte antropológico. No quiero, sin embargo, pecar de solemnidad, incurrir en un soliloquio bostezante, sino aprovechar el espacio que generosamente me convida La Opinión Milenio para campechanear ideas con el tono oscilatorio del —me atrevo a denominarlo así— “periodismo lúdico”, un periodismo que sin renunciar a su responsabilidad social y política, a su gesto militante, atreve en todo momento el chispazo desenfadado y festivo, satírico a veces, que le dé al lector la posibilidad de encontrar amable lo sacralizado y serio lo mordaz. Agradezco, pues, a La Opinión Milenio la oportunidad de colocarme en su importante alineación, el feliz chance de saltar a su cancha de papel.

Ruta Norte sirve ahora como título de una columna que me ronda desde hace años. Obviamente, como lo saben muy bien quienes viven en La Laguna, esas dos palabritas las plagié de la realidad, pues forman el nombre de una línea de camiones caracterizada por hacer sus recorridos por o hacia el norte de Torreón. Desde que recuerdo, decir, pensar, leer “ruta norte” era para mí como una afirmación de nuestra condición geográfica, de nuestra norteñidad, si se me permite el sufijo filosoficoide.

Por razones de identidad y de querencia al terruño local, aunque sin chovinismos que cierren las compuertas de mi afecto a lo foráneo, he insistido por todos los medios a mi alcance que los laguneros debemos enfatizar nuestro orgullo por lo propio. Como lo ha demostrado el doctor Corona Páez en sus ensayos históricos (y ya habrá tiempo para desmenuzarlos con calma), la noción de “lo lagunero” nos viene de muy lejos, desde tiempos de la conquista, y no precisamente desde que se cruzaron unas vías de tren muy cerca del cerro de las Noas.

De ahí pues Ruta Norte, una línea de camiones, un rumbo preciso, una posición en la geografía del país, un nombre hermoso para esta columna periodística que se lanza a recorrer las calles de La Laguna con el único fin de repensar, a botepronto, algunas ideas. Trataré de añadir, cuando sea posible, cualquier imagen que roce lo que aquí vaya expresando, como ocurre en el caso de estas palabras inaugurales, lujosamente aderezadas con una foto (“La nave de los Guerreros”) obtenida gracias a mi asombrosa Fuji digital.

Aquí quedo, y espero que Ruta Norte sea un espacio digno de quienes quieran invertir tres minutos de su tiempo en estas líneas. Si no es así, envíe cualquier reclamación a mi Departamento de quejas instalado en la terminal rutanortelaguna@yahoo.com.mx

sábado, octubre 05, 2024

Mucha más gente de Leñero

 











Supongo que, como casi todos los escritores que además fueron periodistas, Vicente Leñero (Guadalajara, 1933-Ciudad de México, 2014) dejó muchos textos por imprimir o incluso, en el caso de sus materiales hemerográficos, por organizar y publicar. No todo lo que queda en carpetas sirve para llegar al libro, es verdad, pero con un poco de depuración es viable transformarlo en volúmenes asequibles para los lectores. En el caso de Leñero, no es poco lo que escribió primero para la prensa y luego, poco a poco, fue arracimando en títulos como La Zona Rosa y otros reportajes, Talacha periodística y Periodismo de emergencia. No es, ni de él ni de nadie como él, lo más valorado de su escritura, pero muchos lectores —entre los que me cuento— lo aprecian como parte significativa de su obra dado que como profesional de la escritura no sólo fue novelista y dramaturgo, sino también abundante periodista (precisamente, combinó ambas pericias en Los periodistas y Asesinato, consideradas sus dos novelas sin ficción).

Uno de los títulos de la índole que describo es Más gente así, compilación de piezas con sabor, la mayoría, a crónica. Lo leí y lo reseñé hace poco más de tres años sin saber que tenía un antecedente: Gente así. Tampoco sabía de la existencia de Mucho más gente así (Alfaguara, México, 2017, 256 pp.), que recién leí y me parece un libro atendible. Sólo me falta pues el primero para afirmar que he recorrido esta trilogía; en ella no está, insisto, el mejor Leñero, pero si aquél cuya pasión por contar la realidad lo acompañó hasta el final de sus días. Echo un vistazo en caída libre a las doce piezas que componen este título.

“Fumar o no fumar” es una crónica de su adicción al tabaco. Expone casos de escritores entregados al cigarrillo y de allí pasa a su caso y cómo luchó para vencerlo. Tuvo siete años de abstinencia, recayó y al final confiesa que ya no lo dejaría. Algo observa también sobre las campañas que amedrentan al fumador con imágenes pavorosas en las cajetillas, lo cual también me parece el colmo del mal gusto.

Amplía crónica sobre los encuentros y desencuentros periodísticos de Leñero con el subcomandante es “Al acoso de Marcos”. Describe el revuelo que causó la disputa por sus entrevistas, lo que parece la prehistoria aunque aquello ocurrió a mediados de los 90. Un fleco importante del relato es la obsesión periodística de Julio Scherer, su fervor por “la exclusiva”. Pasa rápido sobre la foto de Marcos exhibida durante el zedillato en la PGR por Juan Ignacio Zavala —el cuñado de Calderón— cuando todavía era usuario de pelo en la cabeza.

En “Yuliet” trabaja sobre la delgada línea que separa la ficción de la crónica. Yuliet es una ricachona lesbiana que asiste al taller de dramaturgia impartido por Leñero. A punta de billetes, ella lo aísla para que la apoye en la escritura de una novela autobiográfica. Trabajan en su caserón, pero ella es una escritora caótica, no respeta ninguna regla. Al final ocurre un hecho violento y el destino de Yuliet parece cerrarse con la publicación de su novela-bodrio Mis amores.

“Oraciones fúnebres” presenta tres necrológicas: de Garibay, Rascón Banda y Granados Chapa. En ellas destaca, respectivamente, la fiereza, el pleiteo contra todos, el oído para la armadura de diálogos, la enormidad de sus propósitos literarios; el fervor por hacer teatro con la realidad, la voluntad de convertir en pieza para la escena todo lo que ocurre alrededor de la vida; y la tenacidad, el silencio, la memoria y la pulcritud fría al hacer periodismo de opinión. Son excelentes semblanzas, todas escritas en función de la cercanía profesional y afectiva.

En “El casillero del diablo” arma otro texto urdido en la franja realidad-ficción. Trata sobre un libro de Enrique Maza cuyo tema fue el diablo, obra debatida y al final censurada por Roma. Allí mismo cuenta una anécdota de Fernando Zamora, amigo que se interesó por asistir a un curso sobre exorcismo. Zamora le inventa que en el cursillo conoció a un cura dizque poseído, pues la gente cercana a su vida moría misteriosamente. Es un juego que al parecer Zamora inventó para que Leñero urdiera después un documento realista a partir de la ficción, al revés de lo que sucede la mayor parte de las veces.

“Manual para vendedores” es una crónica del engargolado que le envía un viejo amigo de la primaria, a quien no recuerda. Es vendedor. Se cita con él en un café y no cesa de contestar llamadas al celular. Leñero se va. Pasa un tiempo y se arrepiente, siente culpa y le llama. Hay una sorpresa final que no develo, lo que da a la pieza un remate de cuento.

Recuerdo escrito en primera persona del presente, “Mañana se va a morir mi padre” trata sobre el día en el que revisan a su padre por un posible tumor en el cerebro. La cosa viene de unos meses atrás, desde que su viejo entró en el deterioro anticipatorio del fin. Aparecen su hermano y su hermana, su madre, su cuñada, su esposa Estela y, claro, su padre tendido en la cama, perdida la mirada, débil, frente a un tal doctor Del Cueto. El título es elocuente: revive el día anterior a la muerte de su padre y lo que hicieron sus familiares.

“El ajedrez de Casablanca” es la historia de la jovencita Julia María, ajedrecista michoacana huérfana que en la Ciudad de México ganó una beca para mejorar su ajedrez. Vive con sus tíos y consigue el trabajo de acompañar a cierto viejo en un asilo, quien la contrata para jugar. No le paga las partidas y le regala un tablero que supuesta, que mañosamente perteneció a Capablanca. Como siempre en los relatos de Leñero, se siente la naturalidad de una prosa oscilante entre lo literario y lo periodístico, magnética.

Especie de cuento con preámbulo y conclusión, no muy logrado, es “El flechazo”. La nieta de Leñero le pide un cuento de amor. Él lo escribe. Trata sobre un joven representante de compañías farmacéuticas que está de visita en Salvatierra, Guanajuato. En el consultorio de un doctor conoce a la recepcionista Glafira y de inmediato se enamora de ella. No digo más. Es un relato simple, casi elemental y creo prescindible.

“La pequeña espina de Alfonso Reyes” aborda una acusación ¡de plagio! Al más importante escritor mexicano del siglo pasado. Hizo su defensa José Emilio Pacheco, quien al parecer dejó noqueados a los detractores que en su momento aprovecharon una bicoca para echar pestes contra el polígrafo.

Relato de una especie de administrador o lavador de dinero de los narcos tijuanenses es “La noche del Rayo López”. Desde el meollo de la delincuencia, el empleado de los criminales habla sobre los tratos entre capos, y particularmente de una fiesta donde manda “Benjamín”; también, de una reunión convocada por el pesado Félix Gallardo. Es un texto que basa su eficacia en la oralidad trocha, siempre brutal y pedestre, de los narcos.

El último texto es “Queen Federika”, una especie de memoria parcial sobre su paso juvenil por la España franquista y el regreso a América en un barco de octava categoría.

Libro misceláneo, insisto en que no es de los más importantes en la producción de Vicente Leñero; Mucho más gente así (creo que el título debió ser “mucha”) contiene piezas estimables, otras regulares y una o dos dignas de supresión y olvido. En cualquier caso, es un título cómodo, útil para la convivencia relajada con uno de los mejores escritores-periodistas que nos dio el siglo XX mexicano.

sábado, mayo 18, 2024

Veinte años no es nada










Hace veinte años, el 15 de mayo de 2004, pisé por primera vez suelo argentino. Entre esa fecha y el presente ha cabido, creo, casi una decena de viajes al mismo país, del que además de la Capital Federal he podido visitar las ciudades de Tucumán, Santiago del Estero, Morón, Tigre, Hurlingham, Ituzaingó, La Matanza, Mendoza, Córdoba y Altagracia, hasta donde recuerdo. Acá tengo muchos amigos, casi todos relacionados con la literatura y el periodismo. Sobre muchos de ellos, y sobre diversas realidades del país, he escrito decenas de textos diversificados en crónicas, reseñas, artículos e incluso algunos cuentos, casi todos publicados en esta ya longeva columna.

Mi relación con la Argentina no cuajó de una manera intencional. Se fue dando sin querer, más bien. Un día por el futbol, otro por la música y uno más por la literatura o la política, noté que me atraían su historia y su cultura, y cuando me di cuenta ya estaba inmiscuido en un conocimiento más o menos amplio sobre su realidad pasada y actual, tan convulsa como estimulante.

En 2004 cumplí 40 años en la ciudad de Tucumán. Ahora, el jueves 23 de mayo, cumpliré 60 en la Capital Federal. Así, habrán pasado ya veinte años de viajes, libros y conversaciones en un país que luego me he esforzado en conocer, no en querer, que esto se ha dado sin obstáculos, como se da todo en las amistades largas y leales.

Los primeros tres viajes fueron ideados originalmente por mi amigo David Lagmanovich, escritor y académico con quien comencé una amistad epistolar, de mail, a partir del nuevo siglo. Durante diez años, desde el 2000 hasta el 2010, cuando murió, los mensajes entre David y yo se cruzaron abundantemente, al ritmo de dos o tres cartas por semana. Nuestro diálogo comenzó por la literatura, pero poco a poco avanzó hacia la confianza que permite el adentramiento en lo personal, incluso en lo familiar. Fue en una de esas cartas donde David me convidó a visitarlo, a conocernos. Él era pieza fundamental en la organización de un encuentro de escritores que se celebraría en Tucumán, y me envió la invitación oficial y los detalles de la cita literaria. David era ya un hombre entrado en edad. Había nacido en la provincia de Córdoba, en 1927, se habían criado en la de San Miguel de Tucumán, y había pasado buena parte de su vida, junto a su esposa y sus hijos, trabajando en universidades de Estados Unidos, Europa y Latinoamérica, hasta que ya jubilado volvió a las tierras tucumanas. A mi parecer, su erudición lo abarcaba todo, de manera que yo me sentía —porque lo era— privilegiado con su amistad de viejo lobo literario.

Viajé de Torreón a la Ciudad de México el 14 de mayo de 2004; el avión a la Argentina voló de día, así que llegué a su capital en la madrugada, el 15 de mayo. Seguí al pie de la letra las instrucciones que por la vía del correo electrónico me dio David, y ya en Buenos Aires amanecí en un pequeño hotel casi aledaño a la Avenida de Mayo, en la calle Tacuarí. Los dos o tres primeros días los pasé en ese entorno, fui al café Tortoni, caminé la Plaza de Mayo, la peatonal Florida, el café London City que era frecuentado por Cortázar, el rumbo del Obelisco, las incesantes librerías de Corrientes. Ese mundo me fascinó y me asustó al mismo tiempo. Luego llegó el día de apersonarme en la terminal de Retiro para tomar un autobús a Tucumán, donde me fumé quince horas de madrugada por territorio argentino.

Así conocí personalmente a David, y en el encuentro de escritores cuya sede fue la Universidad Nacional de Tucumán, comencé a trabar amistad con otros escritores con quienes hasta hoy tengo contacto, como Rogelio Ramos Signes, Julio Estefan y Juan Pablo Neyret.

Al viaje de 2004 le siguieron otros, y en cada uno se sumaron experiencias, anécdotas, presentaciones, amigos, libros, palabras e incluso partidos de futbol. Hoy estoy de nuevo acá, y como pasa siempre que estoy acá y a punto de partir a La Laguna: pienso que puede ser el último viaje, el último saludo de mano a la Argentina. Pero ojalá no, pues siempre que me voy quiero —como dice el tango insignia de Gardel— volver.

Nota. La foto, tomada frente al Congreso de la Nación por mi hija mayor, es de uno de los dos viajes que hice en 2011.

sábado, diciembre 09, 2023

Cuadernillos a merced








En noviembre del año que cerrando vamos fue presentada una colección de seis cuadernillos publicados por la Ibero Torreón. Los textos que componen cada ejemplar nacieron en el seno de Taller de periodismo de opinión de la mencionada universidad, y fueron organizados por Laura Elena Parra (Letras sobre letras), Claudia Rivera Marín (Mente, corazón y letra), Claudia Guerrero Sepúlveda (México en lontananza), Zaide Seáñez Martínez (Sentipensar de mujer) y Andrés Rosales Valdés (Observatorio de salarios). El quinto de la serie es Voces de la calle, de mi autoría. Además de su materialización en papel, están disponibles en documentos de PDF separados que aquí es posible “bajar” gratis. Va la antesala de mi plaquette:

La más importante y decisiva creación humana la tenemos siempre frente a nosotros, tan a la mano que ni siquiera es necesario estirar el brazo para asirla. Es el lenguaje, la posibilidad de articular palabras y, con ellas, cristalizar el asombro de comunicar desde lo más sencillo hasta lo más complejo. Quien advierte esta maravilla no tiene ya escapatoria: como todo pasa por las palabras, la vida es un permanente catálogo de posibilidades para el goce y la reflexión.

Hay un ensayo en el que Borges analiza versos de cuño populachero. Los ha elegido deliberadamente burdos para demostrar que hasta la escritura menos esmerada admite una explicación ceñida a la retórica: cualquier criatura de palabras posibilita la observación de su engranaje. Así entonces, en todo lo que enunciamos hay aciertos o pifias, hallazgos deslumbrantes o expresiones gastadas, logros impecables o transgresiones de la lógica, poesía o fealdad, fluidez o tortuosidad, inteligencia o estupidez.

Lamentablemente, como nos son tan naturales, pasamos a través de las palabras sin pensar en ellas, como si no fueran el producto más acabado y perfecto de la cultura humana. Suelo referirme a esta indiferencia cuando comento los primeros dos versos del archiconocido huapango “La malagueña”, que cantamos sin pensar: “Qué bonitos ojos tienes / debajo de esas dos cejas”, y ya desde allí hay algunos disparates: es obvio que los ojos están “debajo” de las cejas, y además no es necesario decir que las cejas son dos, pues no es habitual encontrar seres humanos con tres o más cejas que sirvan de ornamento para tres o más bonitos ojos.

En la conversación familiar, en la publicidad, en el periodismo, en el diálogo que entablamos con el compa de la vulka cuando se nos poncha una llanta, en una conferencia de las pleonásticamente llamadas “magistrales” (si la conferencia no implica magistralidad, ¿qué caso tiene ofrecerla?), en las clases, en los memes, en todos lados se abren posibilidades para indagar en los entresijos de la palabra. Lo único que hace falta es un poco de curiosidad y aceptar que nada define mejor al ser humano que el hecho prehistórico de hablar y —más recientemente, desde hace cinco mil años— de escribir.

Voces de la calle es, en síntesis, un testimonio quizás un tanto juguetón, pero en el fondo serio, de mi inacabable estupor ante el instrumento que, por ejemplo, me ha permitido llegar hasta aquí, a este párrafo, y saber que soy, quevedianamente, escuchado con los ojos de quien lee. Bienvenidos pues a este manojito de perplejidades cuyo título encontré en unos versos de Joan Manuel: “Pero puestos a escoger soy partidario / de las voces de la calle / más que del diccionario”.

sábado, septiembre 23, 2023

Herbert observa

 











Entre los muchos libros de la Secretaría de Cultura disponibles en línea está Un borracho que se cree invisible, de Julián Herbert (Acapulco, Guerrero, 1971). No es un libro central en su producción ni uno de los ya numerosos que le han granjeado premios como el Gilberto Owen (2003), Juan José Arreola (2006), Jaén de Novela (2011) y Elena Poniatowska (2012), entre otros, pero es muy representativo de la mirada, por decirlo así, herbertiana: una mirada perspicaz, aguda, disruptiva y ágil en la observación de la realidad como escenario de lo paradojal y lo grotesco.

En Un borracho que se cree invisible, el autor de Canción de tumba trabaja en una tesitura a caballo entre el relato literario y la crónica periodística. En esta hibridez, jamás podremos saber bien a bien en dónde están las fronteras entre ficción y realidad, cuáles son los límites entre lo imaginado y lo realmente vivido. No importa, sin embargo, pues más allá de precisar las borrosas líneas divisorias entre fantasía y verdad lo que atrae en estos ¿relatos? (uso la palabra más ambigua posible) está en la ironía por la que tamiza Herbert todo lo que piensa.

Por ejemplo, en el segundo de sus textos (sigo con la ambigüedad a la hora de nombrarlos), titulado “Mi mamá me mina”, la formula ya lexicalizada que termina en “mima” es subvertida con una sola letra y transforma su sentido en lo contrario. Ahora bien, su planteamiento inicial enfatiza su ánimo subvertor de las ideas ya cristalizadas por la tradición o la costumbre: “Todos necesitamos una madre con quien desquitarnos de estar vivos. O, ¿por qué otra razón las amaríamos tanto? Claro: ellas velaron por nosotros cuando estábamos enfermos, nos dieron lechita y un vocabulario, asistieron desveladas a ese horrendo show donde salíamos disfrazados de pollitos, se soplaron más de dos veces las divisiones de quebrados, nos consintieron berrinches por los que aún sentimos nostalgia. Pero esas nimiedades no bastan para querer a alguien más allá de los límites del decoro. Si fuera así, ninguno de nosotros sabría lo que es un rompimiento o un divorcio. No: el amor incomparable solo florece si lo riegan las aguas elementales del rencor”.

Insisto: esta línea apartada, lejana a la línea de lo que preconcebimos como lógico u obvio, se enfatiza texto tras texto en Un borracho que se cree invisible. En ocasiones no sólo en el contenido, sino también en la forma, como sucede en “Historia y evolución de las ideas fijas”, texto en el que Herbert no nada más va a quebrantar la idea, sino que lo hace en un formato que habitualmente encontramos como fijo, rígido, serio e inamovible, el formato que podríamos llamar “requerimientos para curso”. ¿Qué pasa aquí? Que el escritor acapulqueño-saltillense apela al mencionado esquema para convertirlo en papilla mediante el método, se me ocurre denominarlo así, de las hipérboles delirantes:

“Instructor:

Julián Herbert

Duración:

120 horas repartidas en 5 sesiones de 24 horas cada una

Número de asistentes:

2,500 (mínimo)

Requerimientos técnicos:

Un campo de golf, sistema de salida de audio RTM-PowerDrift (se adjunta rider), un dispositivo Classroom Papamóvil modelo 94 a prueba de balas (para uso exclusivo del Instructor), dos pizarrones verdes, 20 cajas de gises blancos blandos (de los que no rechinan), dos mochilas de libros (pueden ser nuevos y estar plastificados: no son para leer sino para cumplir funciones propias de un osito de peluche) y 100 sobres individuales de figuras Playmobil azules y rosas (previamente abiertas: son para ser armadas por el Instructor en sus ratos de ocio) (así que mucho cuidado con las piezas chiquitas, ¿eh?). Ah, sí: y medio litro de agua Bonafont”.

¿Para qué sirve un texto como éste? Formulo esta otra pregunta retórica. Respondo: para nada y para mostrar que los requisitos de muchos cursos de cualquier disciplina a veces colindan con el disparate, son absurdos como los cursos a los que convocan.

No creo que sea necesario traer más ejemplos de lo que contiene Un borracho que se cree invisible. Está dividido en tres secciones más o menos simétricas (“Vomitar encima de personas ilustres”, “Intermedio, 8 fábulas” y “Las ciudades destruyen las costumbres”); en todos ellos hay algo, un rasgo, o muchos, que transforman al texto en pedrada al foco de la vecina, en escupitajo al tipo con traje, en eructo durante la ceremonia nupcial, es decir, en transgresión, en travesura, en maldad que bien mirada tiene siempre un fondo de razón, de lógica. Y si no tuviera todo esto, tiene asimismo valores muy apreciados en un libro: sentido del humor y buena prosa.