sábado, enero 10, 2026

Horror de altos vuelos


Scilingo ha enviado cartas a militares de alto rango e incluso al presidente, pero no recibió respuesta. Su interés se centra en demostrar que, dado su grado en la jerarquía castrense, él acató órdenes superiores para servir a la patria y ahora desea que quienes instruyeron esas directivas se hagan cargo de su responsabilidad y no se escuden en la coartada fácil de los “excesos” de la tropa. Lo que encontró fue silencio, un paredón de indiferencia que en aquel momento, primer lustro de los noventa, lo obliga a seguir otro camino. Buscó pues al periodista Horacio Verbitsky para ponerlo al tanto de todo lo que de todos modos ya se sabía, aunque sin la declaración absolutamente brutal de un actor directo como Scilingo, quien no dudó en señalar en algún momento de su declaración que “hicimos cosas peores que los nazis”.

De nombre Adolfo Francisco Scilingo (Bahía Blanca, provincia de Buenos Aires, 1946) y oficio militar, había participado en vuelos de la muerte. Tras las leyes de Punto Final dictadas por Menem, los militares previamente condenados vieron terminada su reclusión, y fue allí que Scilingo se preguntó qué habían hecho los subordinados. ¿Simples crímenes, simples excesos individuales? Dirigió cartas a Videla, a Menem y, como ya dije, nunca recibió respuesta. La crisis se agudizó en 1994, cuando dos militares de apellidos Rolón y Pernías decidieron hablar ante los senadores sobre sus métodos de lucha contra la “subversión”. Lo que dijeron disipó toda duda acerca de la vileza empleada para liquidar a los enemigos armados y no armados, como las monjas francesas Alice Domon y Léonie Duquet, una vileza que no era mero exceso individual, sino modus operandi, política pública de la dictadura.

El vuelo (Planeta, 1995, 205 pp.), de Horacio Verbitsky (Buenos Aires, 1942), es un documento escalofriante, un libro al que le queda justo el epígrafe de Joyce: “La historia es una pesadilla de la que estoy tratando de despertar”. Fue el primero en abordar uno de los métodos más crueles habilitados por la dictadura argentina para deshacerse de “subversivos”. Dejemos que lo explique Scilingo mediante una de sus cartas sin respuesta: “En 1977, siendo Teniente de Navío, estando destinado en la Escuela de Mecánica, con dependencia operativa del Primer Cuerpo de Ejército, siendo usted [Videla] el Comandante en Jefe y en cumplimiento de órdenes impartidas por el Poder Ejecutivo cuya titularidad usted ejercía, participé de dos traslados aéreos, el primero con 13 subversivos a bordo de un Skyvan de la Prefectura, y el otro con 17 terroristas en un Electra de la Aviación Naval. Se les dijo que serían evacuados a un penal del sur y por ello debían ser vacunados. Recibieron una primera dosis de anestesia, la que sería reforzada por otra mayor en vuelo. Finalmente en ambos casos fueron arrojados desnudos a aguas del Atlántico Sur desde los aviones en vuelo. Personalmente nunca pude superar el shock que me produjo el cumplimiento de esta orden, pues pese a estar en plena guerra sucia, el método de ejecución del enemigo me pareció poco ético para ser empleado por militares…”.

El arrepentido y desdeñado militar busca eco en la parte alta de la estructura lo de poder; sustancialmente desea que los jefes militares de la dictadura reconozcan que fueron ellos quienes impartieron las órdenes para materializar la atrocidad. No halló respuesta y en su desesperación buscó a Horacio Verbitsky, acaso el periodista argentino más dotado del siglo XX argentino y lo que va del XXI. Además de haber trabajado en numerosos medios de prensa escrita, es autor de una bibliografía amplísima y determinante para el examen de distintas coyunturas argentinas, entre otros de La última batalla de la Tercera Guerra Mundial (1984), La posguerra sucia (1985), Civiles y militares (1987), La educación presidencial (1990), Hacer la corte (1993), Un mundo sin periodistas (1997), Doble juego: la Argentina católica y militar (2006), Cristo vence: la Iglesia en la Argentina: un siglo de historia política (1884-1983) (2007), Vigilia de armas. Del Cordobazo de 1969 al 23 de marzo de 1976 (2009), La mano izquierda de Dios. La última dictadura (1976-1983) (2010), La música del Perro (2020). Además de El vuelo (Planeta, 1995, Buenos Aires, 203 pp.), de él tengo en Torreón y he leído Ezeiza (1985), Rodolfo Walsh y la prensa clandestina (1976-1978) (1985), Medio siglo de proclamas militares (1987), Robo para la corona (1991), Hemisferio derecho (1998), El Silencio. De Paulo VI a Bergoglio: Las relaciones secretas de la Iglesia con la ESMA (2005) y Vida de Perro (2018). Ha trabajado en un montón de periódicos y revistas, y actualmente dirige el portal digital El Cohete a la Luna.

El vuelo es principalmente una entrevista. Verbitsky aprovecha en ella, para extraer toda la sopa posible, la disposición del informante. El diálogo es frío, seco, sin matices de parte del entrevistador, que en todo momento se mantiene en una postura extraña: no se suaviza ante Scilingo, lo que hace suponer que pone en riesgo la conversación. Pero no, el militar avanza en su exposición, decidido a denunciar la injusticia que los altos mandos del Ejército cometen al no aceptar que impartían órdenes luego acatadas por sus subordinados ahora despojados de ascensos y salpicados de sospecha delictiva. Scilingo defiende incluso a Astiz, uno de los represores más famosos del “Proceso de Reorganización Nacional”, eufemismo que la dictadura se obsequió a sí misma para encubrir el terrorismo de Estado bajo un rótulo con mera resonancia administrativa.

Scilingo cuenta que recibió un curso propedéutico para el combate contrainsurgente. El instructor les informó que se trataría de la “lucha contra un enemigo que no estaba contemplado dentro de los organigramas normales (…) Con respecto a los subversivos que fuesen condenados a muerte o que se decidiese eliminarlos comentó que iban a volar (…) Y dijo que se había consultado con las autoridades eclesiásticas, no sé a qué nivel, para buscar que fuese una forma cristiana y poco violenta”. El verbo “volar” era, claro, literal, en avión, para morir y desaparecer, y en efecto a dicha modalidad dio luz verde la iglesia católica mediante capellanes del ejército como el famoso Christian Von Wernich, cura hijo de puta luego condenado por crímenes de lesa humanidad. Ahora bien, “Había dos formas de desaparecer: vuelo o parrilla”; es decir, arrojados vivos desde el aire al mar o incinerados (en la Argentina no siguieron pues el método del franquismo, que llenó el territorio de España con fosas comunes, sepulcros colectivos y anónimos que hasta hoy siguen apareciendo).

El diálogo salta para muchos subtemas mediante preguntas que en algunos casos requieren el contexto específico del momento, como las reuniones del senado para escuchar a Rolón y Perdías. Empero, lo que perdurará en la mente del lector es lo que intuye Verbitsky como fundamental, el colmo de la crueldad: los detalles precisos de cada vuelo. Tiene razón: las preguntas debían servir como tirabuzón para sacar a la luz los pormenores de los vuelos, cada detalle exacto. El entrevistado, así sea con reticencias, se suelta y saca a la luz no la abstracción del horror, sino su concreción abominable. En las pausas, dado que celebra varios encuentros con Scilingo, Verbitsky reflexiona y sospecha que en cierto punto el informante frenará la lengua: “La voz de Scilingo sigue en la cinta, los documentos [las cartas que recibió fotocopiadas y figuran en el apéndice del libro] aún llevan su firma. En su casa atienden las llamadas y le pasan el teléfono, en el que se oye la misma voz de la grabación. Esto ha ocurrido, no es un sueño. ¿Pero no se desvanecerá como si lo fuera? Cuando un secreto de casi veinte años se le hizo insoportable, contó las cosas más tremendas a alguien que sólo por azar no fue su víctima [el mismo Verbitsky, quien fue militante montonero]. Contestó todas las preguntas, se sometió a un rol que no había imaginado. ¿Cómo reaccionaría después del desahogo, cuando midiera el paso dado y sus consecuencias? ¿Volvería a refugiarse en las viejas certidumbres institucionales, cortaría todo contacto, trataría de impedir la publicación?”.

La acumulación de evidencias comprometía a los militares, sobre todo a los comandantes, pero estos eludían toda responsabilidad con retórica autoexculpatoria. Argüían que la guerra contra la subversión implicó métodos novedosos, y que tal vez alguno de los héroes de la patria cometió excesos, pero nada que no estuviera dentro del margen de lo lógico en una guerra así de heterodoxa. Un informe de observadores internacionales —de la OEA— no dejó duda de que tales excesos eran más bien la regla, el plan sistemático de aniquilamiento.

Aun así, los excomandantes de la Junta Militar callaban, minimizaban o tergiversaban; una de las explicaciones señalaba que reñían dos grupos: los subversivos y los restos de la Triple A, con el gobierno en medio, casi como árbitro que desea frenar la pugna. En su “Carta abierta a la Junta Militar”, Walsh los apuntó directamente al rechazar “la ficción de bandas de derecha, presuntas herederas de las 3A [grupo paramilitar que operó años antes del golpe] de López Rega, capaces de atravesar la mayor guarnición del país en camiones militares, de alfombrar de muertos el Río de la Plata o de arrojar prisioneros al mar desde los transportes de la Primera Brigada Aérea sin que se enteren el general Videla, el almirante Massera, el brigadier Agosti. Las 3A son hoy las 3 Armas y la Junta que ustedes presiden no es el fiel de la balanza entre ‘violencias de distintos signos’ ni el árbitro justo entre ‘dos terrorismos’ sino la fuente misma del terror que ha perdido el rumbo y sólo puede balbucear el discurso de la muerte”. En una palabra, fue el mismo Estado de donde manó a borbotones la política terrorista y, de paso, en lo económico, “la miseria planificada”.

Pese a las evidencias que poco a poco fueron apareciendo sobre la atrocidad, incluso en el informe de la Conadep, los jefes militares no salían de su libreto: sólo aceptaban algunos “excesos inconsultos” de sus “cuadros inferiores”, no un plan sistemático de secuestro, tortura y desaparición de personas. La declaración de Scilingo comprobó lo ya sabido al recordar minuciosamente su participación en dos vuelos y en otras tareas no menos ominosas de su paso por el Ejército. Asimismo, explicó que el personal militar asignado para ejecutar los vuelos era “rotativo”, una decisión inteligente para involucrar a todos los represores y garantizar bocas cerradas. Al detenerse un poco en la figura del almirante Emilio Massera, Verbitsky cita algunas de las frases más famosas del mandón en la ESMA, como aquella en la que resumió que “el concepto general del accionar del Proceso era occidental, humanista, cristiano”. Pese a tan bello accionar, sin embargo, como lo declaró en privado al periodista Jacobo Timerman, “El mundo no está como para que reconozcamos lo que estamos haciendo”.

Tres veces he leído El vuelo y en las tres he sentido la misma perplejidad. No de otra manera, es decir, con perplejo horror, se puede imaginar un método de tamaña bestialidad: desde aviones, arrojar al mar a seres humanos vivos, engañados, desnudos, sedados con inyecciones y sin el derecho a saber que morirán pocos minutos después. El libro es de difícil consecución en México, pero hay mucho material en YouTube sobre el capitán Scilingo, quien por cierto terminó condenado en España, pero esa es otra parte de su historia. El video que más recomiendo es la entrevista a Verbitsky sobre el tema en el canal Encuentro.

Por último, no está de más observar que los promotores de aquellos vuelos tenían la misma matriz ideológica de quienes hoy gobiernan, por ejemplo, la Argentina y los Estados Unidos, así que más allá de la atrocidad pasada debemos pensar en la atrocidad futura o ya no tan futura, vistos los aires represivos que soplan en el gigante del norte que todavía presume libertad y ha sacado el gran garrote para golpear a propios (manifestantes en EUA) y extraños (Venezuela, el caso más reciente). El vuelo es en síntesis un libro-advertencia para siempre.