El
diccionario académico da una sola definición a la entrada “negacionismo”:
“Actitud que consiste en la negación de determinadas realidades y hechos
históricos o naturales relevantes, especialmente el holocausto”. Como cualquier
definición, esta podría ser mejorada para adaptarla al sentido actual, que
llega hasta el adjetivo “históricos” de la cita, aunque también podría ser
menos eufemística y cambiar el adjetivo “relevantes”, porque negacionista es
quien niega ciertas realidades relevantes ocurridas en el pasado, pero
relevantes en función de las atrocidades perpetradas por un gobierno o grupo
político. Así entonces, alguien no es negacionista porque niega que tal o cual
gobierno haya aumentado el impuesto predial o haya construido una escuela en
lugar de una carretera, sino porque torturó, mató y desapareció, es decir,
porque perpetró crímenes de lesa humanidad. Esto es ser negacionista.
España
es un país que por su pasado reciente mantiene una permanente tensión entre
negacionistas y “afirmativistas” (propongo este neologismo por mera analogía).
El meollo del debate es, lo sabemos, la Guerra Civil, el franquismo y su
política de aniquilación a quienes eran mínimamente sospechados de rojos. En
los meses que corren, dos efemérides han atizado la rivalidad discursiva: por
un lado, el cincuenta aniversario de la muerte de Franco (el 20 de noviembre
pasado) y el noventa aniversario del inicio de la Guerra Civil (el 17 de julio de
este año). Explicado de manera harto esquemática, se enfrentan dos trincheras:
del ala izquierda, el PSOE (que gobierna) y Podemos (con sus dos voceras
principales: Ione Belarra e Irene Montero), más Gabriel Rufián, de Ezquerra
Republicana de Cataluya; y del otro, la derecha que es oposición en el PP
encabezado por Alberto Núñez Feijóo e Isabel Díaz Ayuso, y la cercanía, aunque
más a la derecha, de Vox con personajes como Santiago Abascal, Pepa Millán y
José María Figueredo. Por supuesto que se trata de un esquema simplista, pero creo
suficiente para dibujar desde lejos la polaridad ideológica de la España
actual.
En
la semana que termina se manifestó con particular intensidad la polémica sobre
la valoración de la Guerra Civil. Se debió sobre todo a que David Uclés, un
joven escritor y músico andaluz, autor de La
península de las casas vacías, novela que en las últimas semanas ha vendido
miles de ejemplares, declinó participar en Letras de Sevilla, un encuentro cultural
convocado por la Fundación Cajasol con la coordinación de dos escritores:
Arturo Pérez-Reverte y Jesús Vigorra. Uclés grabó un video para decir que no
participaría en la XI edición de Letras de Sevilla porque en la lista de participantes
aparecían José María Aznar e Iván Espinosa de los Monteros, ambos políticos claramente
ubicados a la derecha o poco más allá de la derecha: Aznar es orgulloso hijo de
un falangista, y Espinoza es uno de los fundadores de Vox, partido que, entre
otras ideas políticas convenientes a la oligarquía española, abraza férreamente la
del negacionismo.
Tras
la decisión de Uclés, otros escritores se bajaron del barco y comenzaron a
poner énfasis en el nombre del festival: “1936: La guerra que todos perdimos”. Las
palabras nunca son inocentes, y muchos vieron en esto una sutil intención de
equiparar (“todos perdimos”) a los derrotados republicanos con los vencedores y
ensañados franquistas. Ante esto, Pérez-Reverte y Vigorra publicaron una carta
en la que exponían las razones para la posposición de LdeS; desde su primer
párrafo son elocuentes: “La intención expresada en las redes sociales por
grupos de ultraizquierda, proponiendo manifestarse de forma violenta ante el
lugar donde está previsto celebrar la XI edición de letras en Sevilla (‘1936:
¿La guerra que todos perdimos?’) la semana próxima, nos hace aconsejar a
Cajasol que aplace hasta nueva fecha los debates anunciados. Tal es el
resultado de una campaña intolerable de presiones que desde el partido Podemos
y medios afines se ha estado ejerciendo sobre algunos de los participantes, a
fin de hacerles renunciar a su intervención en unas jornadas cuyo contenido
éstos conocían perfectamente y cuya asistencia habían confirmado hace meses sin
plantear objeción alguna”. No es necesario destacar que escribir “de
ultraizquierda” fue preparar el terreno con una exageración que en teoría hace
persuasivo todo lo que sigue: si lo dice la “ultraizquierda”, los malditos
zurdos, malo debe ser.
Con
columnas, artículos, declaraciones y torrenciales comentarios en las redes se
desató en España un tsunami de opiniones a favor y en contra de los bandos. “Todo
empezó con un título gloriosamente blanqueador: ‘1936: La guerra que todos
perdimos’. Qué bonito, ¿verdad? Un intento de abrazar en la misma frase a
golpistas y fusilados, a verdugos y víctimas, diluidos en una melancolía común,
como si fueran igual de culpables Yagüe o Queipo que los asesinados en Badajoz
o en Andalucía, como si cupieran en el mismo saco los asesinos de García Lorca
y el poeta”, escribió Paco Arenas.
Un
detalle que muchos “ultraizquierdistas” no pasaron por alto fue el uso
tardío de los signos de interrogación. “1936: La guerra que todos perdimos” apareció
en la carta de Pérez-Reverte como “1936: ¿La guerra que todos perdimos?”.
Cuando saltó el detallito, el escritor sostuvo que la falta de los signos fue
un “error de maquetación”, con lo cual terminó en el autogol, pues ese simple rasgo
tipográfico da por hecho que a destiempo advirtieron el “todos perdimos” a
secas como una barbaridad negacionista, una equiparación cínica para lavar un
poco las manos ensangrentadas del franquismo.
Por
otra parte, con o sin signos de interrogación, el sindicalista Diego Cañamero
expuso que la guerra “la perdimos niños como yo que tuvimos que ponernos a
trabajar a la edad de 8 años porque el hambre golpeaba en nuestros estómagos
cada minuto del día, la perdieron los que fueron fusilados en paredes de
cementerios y cunetas, la perdieron los que fueron a las cárceles, los que se
quedaron sin padres, los que no tenían un trozo de pan que llevarse a la boca,
la perdieron los que defendieron el gobierno democrático de la República... Así
que, señores Reverte y Cajasol, el título de dicho acto es insultante, por eso
quiero, desde esta página, felicitar a los conferenciantes que se han negado a
participar en dicha jornada”.
Las palabras nunca son inocentes, dije hace algunos renglones. Amplío: ni los signos.

