Tengo un par de amigos (Alberto de la Fuente y
Fernando Fabio Sánchez) con inquietudes astronómicas, de esos tipos que hasta
se han comprado un telescopio para husmear en el vecindario sideral. Yo, por
supuesto, en este tema y en mil más, no soy más que un lejano interesado por
mera cultura general, sin un interés que vaya más allá de lo superficial. Datos
duros sobre el espacio no podría dar, pero cada vez que veo un programa sobre
el cosmos siento en estremecimiento por mi pequeñez dentro de la pequeñez del
mundo.
Esta es la razón por la que vi con asombro un
breve documental sobre la sonda espacial Voyager 1. Como sabemos, fue lanzada
en 1977, y desde entonces se aleja de la Tierra a no sé qué velocidad. En este
2026 cumplirá la distancia de “un día-luz”, por lo que obviamente se trata del
objeto humano más alejado del género humano. No me pregunten las distancias en cifras
o algún otro detalle técnico, pues, como ya dije, eso me abruma. Otro aspecto
del asunto me emocionó más que lo propiamente científico.
El Voyager —en cuyo diseño destaca una antena
parabólica que emite información a la Tierra— lleva un disco de oro similar en
su tamaño y forma a los discos de vinilo que nos servían hasta los noventa para
escuchar música. Su nombre es “The sounds of earth”. Este objeto lleva
información diversa como fotos, saludos en distintas lenguas, escritura humana
en muchos códigos, todo escogido por Carl Sagan y un equipo de trabajo. Se
supone que el contenido busca comunicar algo a una civilización remota en caso
de que ocurra el hipotético contacto.
Entre los datos que lleva el disco figuran varios fragmentos musicales de distintas culturas. En español contiene “El cascabel”, son veracruzano compuesto por Lorenzo Barcelata (Tlalixcoyan, Veracruz, 1889-Ciudad de México, 1943). Es una pieza alegre, bailable y ciertamente hermosa. Lo que me pasmó fue imaginar al compositor mexicano metido en la escritura de la letra: “Yo tenía mi cascabel / con una cinta morada / y como era de oropel / se lo di a mi prenda amada”, sin imaginar que sus versos —nunca mejor usado el lugar común— “iban a llegar tan lejos”. Estas notas, interpretadas por Antonio Maciel y Las Aguilillas con el mariachi México de Pepe Villa, estarán en noviembre de 2026 a un día-luz (26 mil millones de kilómetros) de nosotros, una distancia que emociona y apabulla.

