Dice
Han que padecemos una “crisis de la narración”, que vivir en el presente perpetuo
de las “actualizaciones” ha desembocado en la anulación de las historias dado
que el relato necesita tiempo, paciencia. Algo así. Creo que quienes nos
formamos antes del boom digital
todavía disfrutamos de esa práctica, como lo he notado al urdir pequeñas
historias de vida cotidiana en la red. Cuento.
En
estos días vi dos fotos antiguas de cines torreonenses ya desaparecidos. Como
los conocí de joven, compartí las fotos que motorizaron la remembranza y les
añadí un relato que vinculara mi experiencia con los inmuebles. Por los
comentarios noté que el pasado nos interesa cuando supone una vivencia
compartida o al menos afín. En el primer caso me referí al cine Variedades; esto
dije.
El
algoritmo me envió esta postal (primera foto; dar click para ampliar). Fue tomada sobre la avenida Morelos de oriente
a poniente, casi en la esquina de la calle Múzquiz, en Torreón, donde estuvo el
cine Variedades, zona siempre populosa. Dos años (de segundo a tercero de
secundaria, agosto de 1977 a mayo de 1979) me paré muchas tardes al lado de ese
cine para esperar un camión. Salía de la secundaria Flores Magón, en Ciudad
Lerdo, y me bajaba en esa esquina para tomar otro transporte, desde el mercado
Alianza hasta la colonia Nogales, en Torreón. Creo que en tales andanzas me
nació el instinto de cronista. Yo era adolescente y entonces me impresionaba
aquel rumbo decadente y a veces hasta putrefacto de la ciudad. A diferencia del
Buki, allí el ritmo de la vida no me parecía mal, sólo me asombraba y por ello
retenía en la memoria el ambiente y los tipos humanos que deambulaban por el
rumbo. Era como estar en un mercado turco o hindú, ruidoso, caótico, lleno de
gente pobre y sudada, de estudiantes proletarios, de vagabundos y perros
callejeros. Pasados como cinco años, ya en la carrera, colaboré en un periódico
universitario y escribí varias “crónicas de vida cotidiana” a la manera de José
Joaquín Blanco, pero fallidas (las mías). Una de ellas tuvo como protagonista
al Variedades, que obviamente era un cine de piojito, tan insalubre como su
entorno lleno de estanquillos, cantinas e infrahoteles que incluso en sus
umbrales lucían putas. La crónica sobre el Variedades, como las otras, fue
publicada pero afortunadamente se perdió en alguna de mis mudanzas. Dos o tres
pasajes de dos o tres cuentos de mi cuño tienen ese espacio como inspiración, y
a esto se debe que la foto me agradara. A veces el recuerdo, aunque la vivencia
haya sido ingrata o triste, se edulcora en la memoria.
Unos días después, sobre el cine Modelo, esto (segunda foto). Ahora el algoritmo me acercó esta imagen. Es del cine Modelo. Estaba en la Matamoros y Valdez Carrillo, a una cuadra del edificio Monterrey, en Torreón. Era, como casi todos los cines de mi juventud, un inmueble decadente donde pasaban películas softporno, filmes que hoy son más inofensivos que la divertida serie Pepa Pig, pero que en aquellos lejanos tiempos eran sinónimo de Pecado, con culpígena mayúscula. Recuerdo dos anécdotas de las pocas veces que disfruté de exhibiciones en su cochambrosa pantalla (cochambrosa en el sentido concreto y también en el abstracto). En la cuadra me juntaba con amigos dos o tres años mayores; yo tendría 16 o 17, y ellos ya traían cartilla militar, el documento que entonces servía para verificar la mayoría de edad, al menos los 18 años. Un domingo decidieron ir al cine y me invitaron. Accedí sin saber que irían al Modelo a ver dos películas “para adultos”. Me la jugué y cuando pasamos junto al boletero hice la mejor cara de señor que me salió. Entré sin que me pidieran la cartilla y fue así como pude ver algunas escenas de Edwige Fenech como dios la trajo al mundo, fórmula retórica que todavía se usaba como eufemismo de encuerada. Los esfuerzos que hice por memorizar algunas escenas han rendido frutos hasta hoy: no las he olvidado. La otra situación se dio como dos o tres años luego. Hacíamos una tarea escolar y Adrián recordó que era día del estudiante técnico, y por eso nos podrían dejar entrar gratis al cine. Yo ignoraba que hubiera día del estudiante técnico y que por eso dejaran entrar gratis al cine a los estudiantes técnicos. Alguien argumentó que estudiábamos Comunicación, una carrera humanística, pero Adrián tenía una respuesta genial: la universidad donde estudiábamos tenía la letra “T” en sus siglas, y eso significaba “Tecnología”, como se podía leer más abajito. Así pues, armados con nuestras credenciales llegamos al cine Modelo y sin pasar por la taquilla llegamos con el boletero, quien nos cedió el paso luego de que cada uno (éramos cuatro) le mostró su documento. Recuerdo más esta anécdota por el detalle de la gratuidad que por las películas pelangochas (en ese cine mugriento no daban de otras) que vimos con sentimiento de triunfo. El Modelo término presa de un incendio años después, lo demolieron y ahora, desde hace mucho, es un estacionamiento improvisado que atiende mi amigo el gordo que al estacionarnos da un boletito donde anota la hora de iniciado el servicio. Muchos años estuvo allí, enfrente, el tabarete de la birria Beto, la mejor birria de su tipo que he probado por estos rumbos, y en otra de las equinas figura el bar Reforma, de las pocos que quedan con aspecto antiguo, de esos que conservan el aroma tradicional a meados y cerveza.
En ambos casos la respuesta de algunos contactos añadió información o valiosas precisiones a lo que escribí, lo que me lleva a pensar que la crisis de la narración a algunos no nos ha afectado.


