miércoles, abril 22, 2026

El gran estadio Azteca








El 28 de marzo pasado la selección mexicana jugó un partido amistoso contra la de Portugal. Este choque fue organizado para reinaugurar el estadio Azteca luego de varios meses dedicados al remozamiento del inmueble. El duelo de selecciones quedó empatado sin goles, de modo que los 85 mil espectadores que concurrieron no dejaron de saludar el pobre espectáculo con abucheos lanzados desde sus onerosas butacas. Más allá de lo estrictamente deportivo (que pese a la ausencia de goles reveló la superioridad de los lusitanos), fue otro detalle lo que atrajo mi atención desde el arranque del encuentro.

Al sacrificio inevitable que significa escuchar la crónica de los locutores que narran y comentan nuestro futbol, tipos cada vez más estridentes y payasescos, se sumó una tortura inesperada: cada diez segundos, seguramente por consigna de sus patrones, el locutor y los comentaristas decían “estadio Banorte”. La idea era obvia: remarcar a los televidentes que el México-Portugal ya no se estaba jugando en el estadio Azteca, sino en el “estadio Banorte”. Armado con mi más espontáneo malestar, compartí de inmediato y donde pude estas palabras y otras similares, pues la verdad sentí rabia: “Perdón por la nimiedad. Esta es la única vez que llamaré estadio ‘Banorte’ al estadio Azteca. Para mí el estado Azteca se llama estadio Azteca. Dicho lo anterior, en unos minutos México jugará un amistoso contra Portugal en el estadio Azteca”. Creo que no pude ser más claro.

Lo que motivó mi malestar tiene que ver con el peso simbólico de las palabras. Para los mercenarios, por supuesto, las palabras no significan gran cosa, por eso ofrecieron al mejor postor el poderoso y significativo nombre del más importante estadio mexicano, esto sin considerar su peso simbólico, su valor histórico y el grado de lexicalización que ya le había dado el uso popular durante sesenta años, desde su inauguración, el 29 de mayo de 1966, hasta hoy. Por una millonada, le cercenaron una palabra hermosa para injertarle otra tristemente comercial.

No me pasa lo mismo con otros estadios de reciente construcción con nombres comerciales (Banorte pudo hacer lo mismo). Ellos harán su historia así, con nombres de marcas, pero el Azteca es el Azteca, y este nombre no se puede mutilar como si seis décadas de historia no pesaran. Imaginemos: ¿Pelé fue campeón del mundo en el estadio Banorte? ¿Cruz Azul fue tricampeón jugando en el estadio Banorte? ¿El estadio Banorte fue testigo del gol del siglo anotado por Maradona? Esto es grosero. Por ello para mí el estadio Azteca seguirá siendo siempre, sin ninguna vacilación, el gran estadio Azteca concebido por la maestría del arquitecto Pedro Ramírez Vázquez.

Un pilón. Este caso me recordó lo sucedido alguna vez con la palabra “chicle” en la publicidad. A algún experto en anuncios quizá le pareció feo el hermoso nahuatlismo “chicle”, y en los mensajes comerciales empezaron a decir “goma de mascar”. Por suerte el calco del inglés no prosperó, la palabra mexica se impuso y para nosotros el chicle siguió siendo “chicle”. Ojalá que esto mismo pase con la poderosa palabra “Azteca” en el nombre del más importante estadio mexicano, el estadio Azteca, “El coloso de Santa Úrsula”, como lo apodó nuestro siempre admirado Ángel Fernández.