El 28 de marzo pasado la selección
mexicana jugó un partido amistoso contra la de Portugal. Este choque fue
organizado para reinaugurar el estadio Azteca luego de varios meses dedicados
al remozamiento del inmueble. El duelo de selecciones quedó empatado sin goles,
de modo que los 85 mil espectadores que concurrieron no dejaron de saludar el
pobre espectáculo con abucheos lanzados desde sus onerosas butacas. Más allá de
lo estrictamente deportivo (que pese a la ausencia de goles reveló la
superioridad de los lusitanos), fue otro detalle lo que atrajo mi atención desde
el arranque del encuentro.
Al sacrificio inevitable que
significa escuchar la crónica de los locutores que narran y comentan nuestro
futbol, tipos cada vez más estridentes y payasescos, se sumó una tortura
inesperada: cada diez segundos, seguramente por consigna de sus patrones, el
locutor y los comentaristas decían “estadio Banorte”. La idea era obvia:
remarcar a los televidentes que el México-Portugal ya no se estaba jugando en
el estadio Azteca, sino en el “estadio Banorte”. Armado con mi más espontáneo
malestar, compartí de inmediato y donde pude estas palabras y otras similares, pues la verdad sentí
rabia: “Perdón
por la nimiedad. Esta es la única vez que llamaré estadio ‘Banorte’ al estadio
Azteca. Para mí el estado Azteca se llama estadio Azteca. Dicho lo anterior, en
unos minutos México jugará un amistoso contra Portugal en el estadio Azteca”.
Creo que no pude ser más claro.
Lo que motivó mi malestar tiene
que ver con el peso simbólico de las palabras. Para los mercenarios, por
supuesto, las palabras no significan gran cosa, por eso ofrecieron al mejor
postor el poderoso y significativo nombre del más importante estadio mexicano,
esto sin considerar su peso simbólico, su valor histórico y el grado de
lexicalización que ya le había dado el uso popular durante sesenta años, desde
su inauguración, el 29 de mayo de 1966, hasta hoy. Por una millonada, le cercenaron
una palabra hermosa para injertarle otra tristemente comercial.
No me pasa lo mismo con otros estadios de reciente construcción con nombres comerciales (Banorte pudo hacer lo mismo). Ellos harán su historia así, con nombres de marcas, pero el Azteca es el Azteca, y este nombre no se puede mutilar como si seis décadas de historia no pesaran. Imaginemos: ¿Pelé fue campeón del mundo en el estadio Banorte? ¿Cruz Azul fue tricampeón jugando en el estadio Banorte? ¿El estadio Banorte fue testigo del gol del siglo anotado por Maradona? Esto es grosero. Por ello para mí el estadio Azteca seguirá siendo siempre, sin ninguna vacilación, el gran estadio Azteca concebido por la maestría del arquitecto Pedro Ramírez Vázquez.
Un pilón. Este caso me recordó lo
sucedido alguna vez con la palabra “chicle” en la publicidad. A algún experto
en anuncios quizá le pareció feo el hermoso nahuatlismo “chicle”, y en los
mensajes comerciales empezaron a decir “goma de mascar”. Por suerte
el calco del inglés no prosperó, la palabra mexica se impuso y para nosotros el chicle siguió
siendo “chicle”. Ojalá que esto mismo pase con la poderosa palabra “Azteca” en
el nombre del más importante estadio mexicano, el estadio Azteca, “El coloso de Santa Úrsula”,
como lo apodó nuestro siempre admirado Ángel Fernández.

