Mostrando las entradas con la etiqueta pelé. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta pelé. Mostrar todas las entradas

domingo, julio 19, 2026

39. Zico









Entre el ocaso de Pelé y el esplendor de Maradona hubo varios jugadores que se disputaron el trono del futbol mundial. No era fácil llegar a ese sitio, pues el gigante brasileño puso tan alta la vara que hasta la fecha muchos creen, sobre todo los viejos aficionados, que nadie ha podido igualarlo, es decir, que nadie ha alcanzado la genialidad futbolística de Pelé. Ahora bien, entre 1975 y 1985 apareció la figura de Arthur Antunes Coimbra (Río de Janeiro, Brasil, 1953), mejor conocido por su breve mote: Zico. Además de este hipocorístico, en la prensa no fue raro que lo llamaran “el Pelé blanco”. Creo que no deshonraba la comparación, tanto como Hagi, el rumano, sería llamado años después “El Maradona de los Cárpatos”. Tales correlaciones pueden parecer exageradas, pero en el caso de Zico es verdad que se trataba de un 10 perfecto, de un armador de juego elusivo, inteligente, con futbol vistoso y eficaz en la consumación de goles. Clavó más de 500 en clubes y selección, la mayoría con el Flamengo, y además fue un asistidor empedernido. Lo recuerdo principalmente en el Mundial 82: era la estrella en un equipo lleno de estrellas, el Pelé blanco.

sábado, julio 11, 2026

31. Rivelino


 







Todavía con indiferencia infantil, cuando entreabrí los ojos al futbol estaba aún fresco el Mundial de 1970. Un recuerdo muy borroso de aquellos años (que parecían siglos) es el de los nombres propios de los seleccionados que no vi porque era muy pequeño y no despertaban mi interés. No los vi, pero estaban en el aire, los mencionaban en todos lados. Uno de los más sonoros servía para identificar a un brasileño de bigote setentero, el mostachón que solían portar los militantes de izquierda en aquella época. Me refiero a Roberto Rivellino (Sao Paulo, Brasil, 1946) coctel en sí mismo de habilidad y potencia. Según se sabe, fue el modelo que Maradona imitó cuando era niño. No era difícil prendarse de su estilo. Una de sus jugadas típicas podría ser resumida así: tomaba la pelota unos diez o veinte metros afuera del área rival, la detenía, hipnotizaba al defensor, hacía la elástica (se dice que él la inventó), lo engañaba y se abría espacio para soltar un zurdazo en forma de raya hacia la portería. Anotó casi 250 goles, la mayoría con el Corinthians. Formó parte de la selección campeona del 70, la encabezada por Pelé. En México fue ídolo.

sábado, julio 04, 2026

24. Maradona


 







Diego Armando Maradona Franco (Lanús, 1960-Dique Luján, Argentina, 2020) sería su nombre completo si en su país solieran usar ambos apellidos. Entre la selección y los clubes sumó poco más de 350 goles, una cifra nada ninguneable si consideramos que lo suyo era armar ataques y asistir, no tanto anotar. Es para muchos —me cuento entre ellos— el futbolista más técnico de la historia. Pasó al menos treinta años compartiendo la cima con Pelé como mejor jugador de todos los tiempos, pero en las últimas dos décadas se ha formado un trío que prorratea las opiniones al añadir a Lionel Messi. Los maradonianos no ceden: su ídolo dejó la videoteca nutrida de acciones y anécdotas que peculiarizan a Diego como figura esencial del futbol, tanto que ya es y seguirá siendo el jugador más estimulante como tema de escritura literaria y periodística. Nacido en extrema desventaja, emergió de la Nada para convertirse en algo más que un futbolista: un amado-odiado semidiós. ¿Y cuáles fueron sus virtudes sobre el rectángulo verde? Es posible comprimir la respuesta en una sola palabra: todas. Todas a un grado, además, superlativo. Por esto los maradonianos no ceden, no cedemos: es el mejor que vimos jugar.

miércoles, abril 22, 2026

El gran estadio Azteca








El 28 de marzo pasado la selección mexicana jugó un partido amistoso contra la de Portugal. Este choque fue organizado para reinaugurar el estadio Azteca luego de varios meses dedicados al remozamiento del inmueble. El duelo de selecciones quedó empatado sin goles, de modo que los 85 mil espectadores que concurrieron no dejaron de saludar el pobre espectáculo con abucheos lanzados desde sus onerosas butacas. Más allá de lo estrictamente deportivo (que pese a la ausencia de goles reveló la superioridad de los lusitanos), fue otro detalle lo que atrajo mi atención desde el arranque del encuentro.

Al sacrificio inevitable que significa escuchar la crónica de los locutores que narran y comentan nuestro futbol, tipos cada vez más estridentes y payasescos, se sumó una tortura inesperada: cada diez segundos, seguramente por consigna de sus patrones, el locutor y los comentaristas decían “estadio Banorte”. La idea era obvia: remarcar a los televidentes que el México-Portugal ya no se estaba jugando en el estadio Azteca, sino en el “estadio Banorte”. Armado con mi más espontáneo malestar, compartí de inmediato y donde pude estas palabras y otras similares, pues la verdad sentí rabia: “Perdón por la nimiedad. Esta es la única vez que llamaré estadio ‘Banorte’ al estadio Azteca. Para mí el estado Azteca se llama estadio Azteca. Dicho lo anterior, en unos minutos México jugará un amistoso contra Portugal en el estadio Azteca”. Creo que no pude ser más claro.

Lo que motivó mi malestar tiene que ver con el peso simbólico de las palabras. Para los mercenarios, por supuesto, las palabras no significan gran cosa, por eso ofrecieron al mejor postor el poderoso y significativo nombre del más importante estadio mexicano, esto sin considerar su peso simbólico, su valor histórico y el grado de lexicalización que ya le había dado el uso popular durante sesenta años, desde su inauguración, el 29 de mayo de 1966, hasta hoy. Por una millonada, le cercenaron una palabra hermosa para injertarle otra tristemente comercial.

No me pasa lo mismo con otros estadios de reciente construcción con nombres comerciales (Banorte pudo hacer lo mismo). Ellos harán su historia así, con nombres de marcas, pero el Azteca es el Azteca, y este nombre no se puede mutilar como si seis décadas de historia no pesaran. Imaginemos: ¿Pelé fue campeón del mundo en el estadio Banorte? ¿Cruz Azul fue tricampeón jugando en el estadio Banorte? ¿El estadio Banorte fue testigo del gol del siglo anotado por Maradona? Esto es grosero. Por ello para mí el estadio Azteca seguirá siendo siempre, sin ninguna vacilación, el gran estadio Azteca concebido por la maestría del arquitecto Pedro Ramírez Vázquez.

Un pilón. Este caso me recordó lo sucedido alguna vez con la palabra “chicle” en la publicidad. A algún experto en anuncios quizá le pareció feo el hermoso nahuatlismo “chicle”, y en los mensajes comerciales empezaron a decir “goma de mascar”. Por suerte el calco del inglés no prosperó, la palabra mexica se impuso y para nosotros el chicle siguió siendo “chicle”. Ojalá que esto mismo pase con la poderosa palabra “Azteca” en el nombre del más importante estadio mexicano, el estadio Azteca, “El coloso de Santa Úrsula”, como lo apodó nuestro siempre admirado Ángel Fernández.


sábado, noviembre 19, 2022

Rápido recuerdo de mundiales

 










Considero que he hecho marcaje personal a los mundiales desde 1978 a la fecha. Los anteriores, todos, los he visto en documentales y leído en artículos o libros. Cierto que yo ya habitaba en este mundo hacia el 66, pero era un bebé de dos años y nada supe entonces de Eusebio y el no-gol de Inglaterra en la final; luego, el del 70 de Pelé y Rivelino me pasó de noche, y de él sólo me queda el vago recuerdo de los anuncios publicitarios con Juanito, la mascota del torneo. Todavía en el 74 poco me acerqué al campeonato organizado en Alemania, el Mundial que vio nacer a la Naranja Mecánica de Johan Cruyff.

Fue hasta 1978 cuando, inoculada ya hasta el fondo de mis huesos la bacteria del futbol, atendí con veneración todos (todos significa todos) los partidos del Mundial argentino. No eran tantos equipos como ahora, pero no dejo de asombrarme de que día tras día, sin saber que aquel torneo era la pantalla de una dictadura militar en pleno uso de su maquinaria genocida, seguía las transmisiones como si la vida me fuera en ello. Por supuesto, padecí la ilusión de ver triunfos del conjunto mexicano, la Selección de Roca, pero nada salió como se esperaba y aquello terminó siendo, para los aztecas, un fracaso sin atenuantes.

Siguió el Mundial 82 en la España que, se puede decir así, estrenaba transición a la democracia, aunque poco antes, en el 81, se dio el intento golpista que hizo famoso al teniente-coronel Tejero. De aquella justa recuerdo mucho: los golazos de Brasil (el de Éder a la URSS, sobre todo), la expulsión del joven Maradona por el árbitro mexicano Mario Rubio y, obvio, los goles de Paolo Rossi que le dieron el campeonato a Italia.

El del 86 es inolvidable para mí porque entonces vi en vivo al mejor jugador que veré en mi vida. Nuestra selección no hizo mal papel, pero de nuevo se estrelló a la hora buena, esta vez contra los teutones en Monterrey. Luego, en 1990, México fue (pre)eliminado en el escritorio por culpa de los cachirules; fue un mundial algo soso, y de él lo que más recuerdo es la emergencia de uno de los jugadores más raros, en este caso por lo efímero de su gloria, que vi sobre una cancha: Salvatore Schillaci. Al final, claro, todos recordamos la mafufada de Codesal.

Vi en Chihuahua, pues allá trabajé unos meses, el Mundial 94. Nuestra selección, la de Jorge Campos, no jugó mal, pero se desbieló en el partido contra Bulgaria, aquel en el que Mejía Barón guardó unos cambios necesarios y luego generó la legendaria frase “El hubiera no existe”.

Ya se me acabó el espacio para sobrevolar los torneos siguientes (Francia, Corea-Japón, Alemania, Sudáfrica, Brasil y Rusia). No importa. Todos los seguí con atención, deseoso de un buen desempeño tricolor. Hubo altas y bajas, principalmente fracasos de último momento, como los provocados por el gol de Maxi Rodríguez o el “penal” al neerlandés Arjen Robben. Ahora no sé qué pronosticar para México en Catar. Según he visto, el optimismo nacional no anda a la alza, y me sumo a tal estado de ánimo. Ojalá que nos equivoquemos, ojalá que los pronósticos nos fallen. Ya veremos. Mañana domingo empieza todo.

miércoles, agosto 03, 2022

Cinco goles soñados (lit)

 








Los recovecos del subconsciente son inescrutables. Digamos que, como cualquier sujeto de mi edad, estoy atado al estrés de sacar adelante necesidades misceláneas entre las que destaca, en primer lugar, comer. Luego vienen todas las demás. Esto supondría que mis sueños deberían estar poblados por situaciones angustiantes, pesadillescas. Sucede sin embargo que en la película de mi ensoñación me coloco como espectador de escenas gratas. Pasó apenas anoche. Dormía y en algún punto de la madrugada vi en orden la repetición de cinco goles. Cuando desperté, el dinosaurio no estaba allí, sino una sensación de gusto casi colindante con la felicidad. Estos fueron, en orden descendente, los goles que vi en mi pantalla interior.

Uno.  En el Mundial de Suecia, el jovencito Pelé recibe de tres cuartos de cancha un centro en diagonal. El brasileño tiene un hombre encima, pero logra bajar de pecho el balón y se aproxima al punto penal. Un defensa le sale con una plancha criminal, pero Pelé lo elude con un sombrerito corto e inclina el cuerpo para rematar a gol. En Youtube está en “1958 PELÉ Suecia 2 Brasil 5 Golazo narrado por Radio Brasileira 1958”. https://www.youtube.com/watch?v=CXMHV1rOxDk

Dos. Alvaro Recoba, el Chino, juega para Nacional de Montevideo. Toma un balón cargado a la derecha y casi desde su área, maradonescamente, comienza un trote que poco a poco evoluciona hacia la máxima velocidad. Se quita a seis rivales, incluido el portero, y dispara un zurdazo ya con el arco abierto. “Àlvaro Recoba - Gol Similar de Maradona” https://www.youtube.com/watch?v=D4UD2vmFY7U

Tres. Juegan el Manchester United contra New Castle, y con los rojos alinea Wayne Rooney. Uno de sus compañeros toma un balón a media cancha, manda un pase elevado que de cabeza rechaza un defensa. La bola cae bombeadita a Rooney, quien la agarra de frente y la empeina de derecha para que salga una parábola infernal. “Wayne Rooney Vs Newcastle Volley” https://www.youtube.com/watch?v=pPHqRpJ7tLY

Cuatro. Zlatan Ibrahimovic juega para el Ajax, y en tres cuartos gana un taponazo frente al Breda. Luego hace seis recortes en terreno corto, insólitos, con movimientos laterales de colibrí, hasta cachetear de zurda cuando la portería ha quedado sin vigilancia. “El mejor gol del mundo Zlatan Ibrahimovic”. https://www.youtube.com/watch?v=9WU8Qb90s_I

Cinco. Barcelona contra Real Madrid. Lobo Carrasco, en contragolpe, pasa a Maradona, quien elude al portero y tiene sola la puerta. Diego mira a su izquierda y ve que cierra un defensor lleno de esperanza y decisión. Lo espera, lo recorta desvergonzadamente y anota un gol cuyo penúltimo toque es un monumento a la sangre fría. “El análisis del gol de Maradona en el Bernabéu paso a paso”. https://www.youtube.com/watch?v=C5Olxkf2cAc&t=40s

sábado, septiembre 01, 2018

Inmensidad del Mágico

















Poco a poco, silenciosamente, como una “culebra” que asimismo es el nombre de la jugada que él mejor hacía, se ha ido deslizando en mi vida la querencia por Jorge Alberto González Barillas, mejor conocido como Mágico, Mágico González. Nacido en la capital de El Salvador el 13 de marzo de 1958, por lo que acaba de cumplir sesenta, Mágico milita en mi lista de diez o quince futbolistas imperdibles. Esa lista la encabezan Maradona y Pelé indistintamente, aunque quizá más el primero que el segundo, y crece con Platini, Ronaldinho, Romario, Messi…, y sin duda incluye ya a Mágico González. No importa si otros lo colocan o no en sus propias listas, pero a mí me parece indispensable porque cada vez que reviso en YouTube los videos que de él y sobre él hay disponibles, hallo una suerte de grandeza reiterada: son las mismas jugadas, no tantas como quisiera, pero esas pocas muestran que se trataba de un futbolista con una capacidad técnica deslumbrante, tan grande que no deja de asombrarme pese a los años que lleva en el retiro.
Lo vi por primera vez, como todos los mexicanos, en la eliminatoria para el mundial del 82. Jugaba en la selección salvadoreña y bastaba que tocara el balón para saber que él era toda la selección salvadoreña. Gracias a su talento y su velocidad, un talento y una velocidad que Leonardo Cuéllar jamás pudo alcanzar en la jugada con la que nos echaron del premundial, el país centroamericano pudo llegar a España y allá fue maltratado incluso con goleadas como la de 10 a 1 que le propinó Hungría en el primer partido. El pobre juego de El Salvador no representó el opacamiento del Mágico, quien tuvo pinceladas de futbol que terminaron por llamar la atención del Cádiz, equipo en el que elevó su condición de futbolista a la de mito. Domingo tras domingo durante casi una década, la prensa española —y hasta Maradona, quien andaba por esos mismos años en el Barcelona— destacaba la crónica de los goles o las jugadas del Mágico en el equipo gaditano, y en ocasiones bastaba con un pase, una gambeta o un gesto técnico inusitados para que todos volvieran a coincidir en una afirmación: Jorge González era un jugador superdotado, un tipo con mucho más futbol que el habitualmente concedido a los jugadores de primera división.
La repetición de sus goles y algunas de sus jugadas disponibles en YouTube no dejan mentir. Con Cádiz jugó en dos momentos, interrumpidos en 1985 por su breve estancia en el Valladolid; en el equipo andaluz anotó sesenta goles, algunos de los cuales podemos disfrutar eternamente en las repeticiones internéticas. Destaca uno anotado a los blaugranas: toma el balón a mitad de la cancha, elude rivales a velocidad de flecha y al final vence al portero con un toque de billar. Algunos dicen que no llegó más lejos por vago, por poco ambicioso. Él negaba eso, simplemente argüía, como chico de barrio, que le gustaba la fiesta tanto como el futbol. Tengo para mí que el Mágico es encantador por eso mismo: un genio irresponsable que jugó al futbol profesional para divertir y divertirse, no para triunfar en el más o menos miserable sentido que desde hace varios años tiene la palabra triunfo en el deporte.

martes, agosto 04, 2015

La penúltima jugada











Imposible olvidarla. El pase viene filtrado, en diagonal desde tres cuartos de cancha y un poco cargado a la izquierda. Lo envía Eduardo Gonçalez de Andrade, mejor conocido como Tostão, número 9 de la selección brasileña en el Mundial México 70. El balón pasa rápido entre dos defensas, a ras de suelo, y va dirigido al 10 de la casaca amarilla, es decir, a Pelé. El eje del ataque avanza hacia la pelota tanto como el portero rival, el uruguayo Ladislao Mazurkiewics. El esférico se aproxima al punto en el que Pelé y el arquero de apellido aparatoso quizá estallarán en un choque de esos que inevitablemente dejan lesionados. El brasileño, sin embargo, parece unos centímetros más cerca del balón y todo el mundo espera que corte la dirección del pase, eluda al portero y se encarrile solo a la portería. Pero tal jugada no ocurre, sino uno de esos pequeños y verdaderos milagros que el futbol produce muy de vez en cuando. El mundo fue testigo de, quizá, una de las más grandes muestras de genialidad del genio Arantes do Nascimento. En vez de proceder de acuerdo a la lógica (es decir, hacer contacto con la pelota antes de que el guardameta la despeje), Pelé se va de balde y deja pasar de largo, en sentido contrario, el balón, lo que deja solo, anulado, al cancerbero charrúa.
En este punto podría pensarse que Pelé no hubiera alcanzado el balón, pero la prueba irrefutable de que sí lo hubiera alcanzado pero que decidió no hacerlo para trabajar mejor una pantalla fue que de inmediato, tras anular al arquero, fue tras la pelota para disparar hacia las redes. Pelé sabía que su finta había funcionado, no que había sido un error del portero o una jugada accidental. Alcanzó el balón y ya con menos ángulo, pues dos defensores llegaron a cerrar la puerta, disparó al segundo palo. Lo que pasó fue casi trágico: acaso la mejor jugada del Mundial 70 no había sido coronada con el gol, sino con un disparo que casi lo fue, que casi lamió el poste y se escurrió por la línea de meta.
Reconstruyo la secuencia con el mayor detalle posible simplemente para que la leamos en cámara lenta, tal y como debe leerse una jugada de esa dimensión desconocida. También, para explicar que no es común la inmortalidad de las penúltimas jugadas, es decir, de las aproximaciones.
El futbol, lo repiten a diario aquí y allá, se gana con goles, es decir, con jugadas que concluyen con la pelota en las redes. En el juego de ida por la Copa Libertadores, casi al final del ríspido encuentro entre Tigres y River, Jürgen Damm quedó solo frente a Marcelo Barovero, guardamenta de los Millonarios. Todos sabemos qué pasó en aquella acción: en vez de tirar directo o bombeado (con vaselina, como dicen en España), o en vez de pasar en diagonal al compañero que cerraba por la izquierda, decidió por el corte: abrió a su derecha, logró eludir parcialmente al portero pero el balón quedó un poco largo. Hubo un instante en el que Damm tuvo una segunda oportunidad para disparar, pero una estirada extra de Barovero obligó al joven delantero a abrir más, tanto que su ángulo quedó totalmente cerrado y fue obligado, ahora sí, a buscar el pase. Lo que siguió fue un desastre: Damm trató de habilitar a su compañero pero la pelota fue rechazada por un defensor, y fin, Tigres no pudo anotar el valioso tanto que lo hubiera llevado al partido de vuelta con una mínima ventaja, pero ventaja al fin. Ahora, por más optimismo que se ponga en el futuro, se ve harto difícil que el equipo mexicano se alce con la Libertadores. Creo que River tiene en el juego definitivo la apuesta más importante de sus últimos veinte años, pues la Libertadores en sus vitrinas sería el paso más amplio hasta ahora para alejarse del bochorno que le propinó su caída de 2011 a la B. En otras palabras, River buscará ganar sí o sí.
Ahora bien, lo que pasó en el minuto 83 en el Volcán nos deja una conclusión. Cuando la jugada no termina en gol, cuando el posible anotador se extiende, se embrolla y no liquida, es muy difícil que la penúltima jugada quede con letras de oro en la historia. Más bien, la tendencia es a olvidar esas fallas, o a recordarlas sin alegría, con siempre renovada pesadumbre. El caso de la penúltima jugada de Pelé contra Mazurkiewics es la excepción; la recordaremos siempre por su grandeza y también porque no lastimó el resultado del equipo encabezado por Zagallo: Brasil ganó 3-1 a Uruguay y luego fue campeón.

Nota: Luego de postear, recibí este mail de mi amigo Pepe de la Torre; lo difundo con su permiso: "Esa 'penúltima jugada' solía platicármela mi papá como si estuviera instruyéndome sobre los clásicos, como una batalla entre tirios y troyanos. Recuerdo que en el barrio también se hablaba de ella, hasta se 'montaba un teatro' entre los que la explicaban; esto sucedía en la 'Costi' ('Constituyentes de 1917', García Carrillo, entre Corregidora y Aldama, en Torreón), allá por el ’85, con una pelota de hule que entre varios comprábamos en Chácharas y Juguetes y que ingenuamente llenábamos de agua y la dejábamos en el congelador varios días, que porque se hacía más pesada y dura al sacarle el hielo". Estos dos detalles son interesantes para mí: que la jugada de Pelé sirvió para dar clases de futbol y que en la "Consti" hacían más duros los balones de hule con un método contrario al de mi barrio: nosotros los hacíamos más duros y pesados mediante una suerte de reducción jíbara de cabezas; en la estufa colocábamos la pelota a cierta distancia y a fuego lento le bajábamos el tamaño siempre con el peligro de que quedara "huevuda". Era un arte que por cierto, no es por presumir, dominé.

martes, octubre 30, 2012

Diego desde el centro de Diego




















Hace poco más de diez años publiqué en un fugaz periódico universitario de La Laguna este apunte sobre el libro Yo soy el Diego. Luego lo reproduje en otros dos lugares, pero no está en este blog. Hoy lo subo porque de momento no tengo nada para piropear a uno de los personajes que más grande y frecuente alegría me producen: Maradona, quien hoy cumple 52 años. Sé que es enfermizo el rollo de gastar, cada mes, cada mes y medio, una hora de tiempo viendo videos en You Tube con jugadas, goles, entrenamientos y más donde este cabrón enano me aproxima a la poesía escrita con futbol. No entro en debates sobre Pelé, Cruyff, Messi, Ronaldo y todos los demás. Para qué hacerlo, pues admirar a Maradona no excluye en mí otras sinceras admiraciones. Pero por una cuestión de gusto, de química o de lo que sea, Diego es para quien esto escribe el grado máximo al que se puede llegar en materia de futbol, y eso ya nadie me lo saca del corazón. Va pues la vieja reseñita:

Diego desde el centro de Diego
Una vieja costumbre del mundo es la de buscar al número uno de tal o cual actividad. En el deporte, Michael Jordan es, por unanimidad, el mero mero del basquetbol; Babe Ruth lo es del beisbol; Mohamad Alí del box, Sergei Bubka del salto con garrocha, Javier Sotomayor del salto de altura y Francisco Pipín Ferrara del buceo; en otros casos, hay división de pareceres: Bjorn Borg tal vez lo sea del tenis, Carl Lewis del atletismo, Emerson Fittipaldi del automovilismo. Por supuesto, otras áreas del quehacer humano también tienen a sus insuperables: nadie puede igualar a Gandhi como paradigma de pacifismo, así como nadie se equipara a Hitler como estandarte de la barbarie política. El mundo se entretiene buscando al hombre más representativo en cada actividad.
Con el futbol, el deporte más popular inventado por la humanidad, los juicios se bifurcan. Para un sector de la tribuna universal, Pelé es sin asomo de titubeo el máximo exponente; brasileño que hacía magia con el balón, Pelé anotó chorrocientos mil goles, ganó campeonatos del mundo y se convirtió durante algunos años en el indiscutible icono del balompié. Pero a finales de los setenta llegó Maradona y, con ello, el soccer mundial comenzó a dudar de la supremacía establecida por Edson Arantes. Muchos —este reseñista se cuenta entre ellos— dieron su juicio a torcer por Diego Armando y hasta la fecha se mantienen firmes en la opinión que postula al Pelusa de Villa Fiorito como el número uno del futbol.
Yo soy el Diego es la autobiografía de Maradona (Buenos Aires, 1960) recientemente publicada. En ella, el argentino describe con minucia, paso tras paso, su accidentada y maravillosa trayectoria como jugador activo. El Pelusa condensa en este libro sus primeros cuarenta años de vida, su nacimiento en Villa Fiorito —arrabal que vio sus gambetas inaugurales—, su paso por los Cebollitas, su llegada al Argentinos Junior, su pase al Boca, su arribo al Barcelona, su noticiosa lesión, su traspaso al Napoli, su campeonato del mundo, su regreso a Buenos Aires, su fugaz presencia en el Sevilla, su retiro y en medio de todo ese ajetreo las entrevistas, los infundios, las zancadillas, el aplauso cerrado, los millones de dólares, la sordidez de las drogas, el amor por sus hijas, su afección cardiaca, su recuperación en Cuba, su admiración por los barbudos de la Sierra Maestra, su tremenda, su imantada personalidad dentro y fuera de las canchas.
Aderezado con una discreta cuota de fotografías, Yo soy el Diego es un espléndido recorrido por los escondrijos de la fama. Escrito con prosa limpia pero que a veces se excede en argentinismos futboleros, este libro divierte, emociona y conmueve, pues en el centro del escenario no vemos al ídolo de las gramillas, sino al indefenso ser humano que fue, que es Maradona, un pibe que de Villa Fiorito, un barrio miserable como tantos en América Latina, saltó a la conquista del mundo con esas piernas cortas e inusitadas que fueron capaces de todo, porque cuando Maradona se calzaba unos tacos y tenía un balón enfrente, todo, absolutamente todo era posible. El gol contra Inglaterra en México 86 obvia cualquier elogio adicional.
Apoyado en dos muletas, los periodistas Ernesto Chelquis Bialo, de Uruguay, y Daniel Arcucci, de Argentina, Maradona dibuja en Yo soy el Diego, su entrecomillable “autobiografía”, el perfil de un joven que desde el misérrimo arrabal subió a lo más alto, que luego descendió a los infiernos de la cocaína y que ahora, con madurez y entereza, nos cuenta qué se siente tocar esos extremos.

Yo soy el Diego, Diego Maradona, Ernesto Chelquis Bialo, Daniel Arcucci, Planeta, Buenos Aires, 2000, 319 pp.

jueves, noviembre 12, 2009

Charla con Pelé



Ayer a las seis de la mañana me despertó una llamada telefónica. Como debo la mensualidad de una tarjeta, pensé que eran los malnacidos del banco que otra vez, como a millones en México, me iban a urgir el pago que no pude hacer porque me gasté todo en España. En fin, contesté. Mayúscula fue mi sorpresa: no eran los torturadores del banco, esas bestezuelas con alma de extorsionador, sino un hombre que dijo ser el “representante de Pelé”. Seguro de que era una broma, le seguí la corriente, me hice el no sorprendido y le pregunté que qué se le ofrecía. Primero, se disculpó por llamar a esa hora, pero dijo que no había otra opción, pues el señor Arantes do Nascimento no disponía de un minuto libre en su visita a Torreón, salvo una media hora de las 7 a las 7:30 de la mañana de ayer. Debido a mi escepticismo y a mi modorra, no entendí bien su acento brasileño, pero algo me explicó sobre la literatura y la importancia que el señor Pelé le daba a quienes alguna vez han escrito relatos imaginarios sobre futbol. “Nos hemos informado —dijo— que usted es el único en esta región que ha inventado historias de futbol, por eso él quiere platicar con usted”. Por supuesto, cuando el de la voz dijo “él” se refería a “Él”, un dios, nada menos que el Rey Pelé. Convencido, serio ante lo que yo consideraba una broma de pésimo gusto, el asistente del ídolo me convidaba a una charla de media hora con Pelé. “Tiene que ser ahora mismo, a las siete en punto”. Luego me dio la dirección, y colgó. Eran las 6:15 de la mañana del miércoles 11 de noviembre de 2009, un Gran Día para la afición futbolera de la comarca.
Con todas las dudas encima de mí, de todos modos apuré la ducha y el arreglo básico. Salí sin pensarla más, aunque con la pesada sensación de que alguien jugaba a mis costillas y estaba a punto de estallar en una carcajada del tamaño del TSM. Llegué al edificio, donde una persona se adelantó hacia mí. Sin hablar, el sujeto que parecía empleado del hotel me llevó a un elevador, luego a una suite. Dio dos leves toquidos a la puerta. Eran las siete en punto. Abrió la puerta un tipo perfectamente vestido con un traje de dos piezas y una brillosa corbata de chillón color verde-amarillo. Me dijo buenos días y de inmediato reconocí la voz: era el mismo sujeto que me había despertado por teléfono hacía pocos minutos. Me dijo adelante, tanto gusto, y me dio asiento en un sillón lujoso aledaño a un escritorio todavía más lujoso. Un minuto después, de la puertita medio escondida de un vestidor apareció la fantástica figura de Pelé. Por supuesto, en ese instante pensé que en realidad yo no había despertado y que todavía estaba soñando bien acurrucadito junto a mis almohadas. Pero no, pues Pelé se adelantó hacia mí, me puse de pie, me estrechó la mano y me dio un abrazo cordial, como si nos conociéramos de toda la vida. Luego pidió que otra vez tomara asiento. Él usó el sillón alto y finísimo del escritorio, yo el del visitante. Y comenzamos a platicar.
Me dijo que estaba interesado en los escritores que poco a poco se habían ido acercando al futbol, y que secretamente había formado ya una enorme biblioteca de literatura sobre balompié. Comentó que por una carambola, un amigo argentino suyo le había dado mi librito con historias futboleras, así que cuando supo que iba a visitar La Laguna pensó en charlar conmigo. Le agradecí, incrédulo ante mi enorme buena suerte. Le dije que ese librito, una poquedad, lo dediqué a Maradona, pues en la discordia mundial que obligaba a elegir al brasileño o al argentino como el mejor de la historia, yo opté y sigo optando por el Pelusa, pero eso no significa que “usted, amigo Pelé, no sea un monstruo”. Sin titubeos, le dije que más allá de lo deportivo, en el futbol él era lo que al pacifismo Gandhi, o a la lucha guerrillera el Che, o a la filosofía del siglo XX Sartre, o a la pintura Picasso. Querámoslo aceptar o no, usted es como la Mona Lisa del futbol, el icono histórico y mundial del deporte más popular del planeta. “Hasta he llegado a pensar que el nuevo estadio fue construido sólo como pretexto para que usted viniera”. Hablamos un poco más. De todo, menos de futbol. Finalmente, Pelé me preguntó por qué acepté la apresurada invitación a platicar con él. Le respondí la verdad: “No sé, amigo Pelé, siento que esto es un sueño, un verdadero sueño”.

sábado, octubre 03, 2009

Lula, un peligro para Brasil



Como todos los países de América Latina, Brasil tiene hondos problemas de pobreza y desigualdad. La palabra “favela” es frecuente por allá, lo que significa presencia terca de la marginación en toda la geografía del gigante latinoamericano. Hay muchísimo qué hacer, pues, para remediar los desajustes de la realidad brasileña, aunque es innegable que su economía ha repuntado y poco a poco esa nación ha tomado la estafeta de liderazgo en la zona. Con la designación de Río de Janeiro como sede de los Juegos Olímpicos de 2016, Brasil consolida su posición y avanza un peldaño más como país de nuestra América deseoso de escapar a la tenaz etiqueta de tercermundista.
En lo personal, aunque eso no le importe a nadie, me da gusto y siento como propio el júbilo de los brasileños tras haber obtenido la nominación olímpica. Más allá del inmenso negocio que ahora es toda justa deportiva internacional, es grato saber que en América Latina hay países que trabajan con un poco más de orden y progreso, pese a que sus gobiernos llevan en el pecho el rótulo que los identifica con la peligrosa izquierda. Luiz Inácio Lula da Silva, un tipo que casi obligatoriamente cae bien por su campechanía, por su discurso sin retórica perfumada y, sobre todo, porque ha colocado a Brasil en un plano de respetabilidad internacional, no ha trabajado solo, por supuesto, pero al encabezar una política de desarrollo que busca atacar los abismos de desigualdad y lograr avances, sin duda merece el reconocimiento que tiene de su pueblo y de la comunidad internacional.
Ese Brasil, ese Lula. Qué país, qué político. No olvido aquel documental en el que, al final, el obrero y líder sindicalista Lula declara, al tomar posesión, con lágrimas: “Y yo, que durante tantas veces fui acusado de no tener un título universitario, consigo mi primer diploma, el título de presidente de la República de mí país”. Y lo fue luego de que los medios de comunicación y la derecha más hojaldre de su país se encargaron de difamarlo, de considerarlo un elemento peligroso por sus antecedentes izquierdistas y por su pasado íntimo, supuestamente escandaloso. Luego de dos o tres derrotas, el obrero Lula llegó a la presidencia en 2003 y desde ese año a la fecha Brasil avanza y se ubica como país con notables índices de desarrollo, sin que esto signifique, insisto, desaparición de los atávicos problemas que Brasil comparte con todos sus vecinos.
En deporte, lo que detonó este breve comentario sobre la patria de Jorge Amado y de Rubem Fonseca, Brasil siempre ha sido Brasil, una potencia en varios deportes y en futbol sobre todos los demás. ¿Cómo ganarle a un país que podría tener cinco o seis selecciones de dar pánico? ¿Cómo hacer para zancadillar al equipo que ha dado a Garrincha, a Zico, a Sócrates, a Ronaldo, a Roberto Carlos? O a Pelé, que ese solo nombre es sinónimo de futbol. Como sucede con algunas de sus universidades, que son ubicadas entre las mejores del mundo, en futbol los brasileños nunca han dejado de ser competitivos y en muchos momentos los mejores, los únicos que guardan cinco copas del mundo en sus vitrinas.
“Vamos a probar que el alma generosa de los brasileños va a hacer la más extraordinaria olimpiada que este mundo ya vio”, dijo Lula poco después de recibir la noticia que hoy aparece en la primera plana de todos los periódicos. Por supuesto, en esas palabras está implícita la idea que en general cunde en los países desarrollados: una nación sudamericana jamás podrá con el paquete olímpico. Lula, en representación de un país que con 52 millones de votos lo sentó en la presidencia, habla no sólo de que Brasil puede, sino de que organizará los mejores olímpicos de los que se tenga memoria. Quizá exagera, pero no es malo poner los sueños muy alto para demostrar que agallas no escasean. Y en fin, cómo no estar contentos con la designación olímpica de Brasil, pues además de lo ya dicho es la cuna de la mujer más bella del sistema solar y puntos circunvecinos, una supermodelo de rostro más que perfecto: el monstruo llamado Alessandra Ambrosio.

domingo, abril 12, 2009

Magia y decadencia de Garrincha



Veo a mi hija más pequeña, de casi siete años, metida en el YouTube; busca sus canciones favoritas, toda esa basura pop que difunde el canal de Disney. La veo y pienso en lo que siempre pienso cuando pienso en el poder de internet: para los niños es normal que exista esa monstruosidad de información al alcance de unos cuantos clicks. Nacieron con eso, así que su percepción del entretenimiento y del aprendizaje (en este orden) es muy distinta a la nuestra. Los pequeños no se asombran; nosotros, los adultos, creo que sí, pues de golpe pasamos de una edad lenta y algo escasa de información al torrencial mundo de datos que la red nos ofrece.
En tal contexto soy, como tantos, cliente distinguido de YouTube. Gracias a esa bárbara ventana he podido ver a mis ídolos artísticos y deportivos de los sesenta, setenta y ochenta. Qué placer escuchar y ver allí a Yupanqui, a Los Ángeles Negros, a los Creedence y a tantos y tantos otros que fueron para mi generación iconos formativos (o deformativos), el ruido que servía de fondo en las fiestas o en cualquier lugar. Pero hay más: todo lo que tenga audio o video, o audio y video, ha ido cayendo poco a poco en el YouTube, de suerte que el concepto de almacenaje audiovisual fue radicalmente modificado en unos cuantos años.
Y hay más: puedo ver ahora lo que jamás vi, y paso a dar un ejemplo. Durante años he escuchado a los viejos cronistas futboleros hablar de “la magia de Garrincha”. A retazos, sin concierto, supe que Garrincha fue un innovador del balompié, que sus gambetas llegaron a un atrevimiento descarado, lo que sirvió para que muchos estadios se llenaran de público atraído por la fama de ese extremo verdaderamente volador. Tiempo después, en un disco de Alfredo Zitarrosa hallé una canción titulada “Garrincha”, donde el cantor uruguayo hizo una especie de homenaje a la figura del brasileño que improvisaba quiebres de cintura y hacía trucos inusitados con el balón. El tema cantado por Zitarrosa me llevó a buscar material sobre Garrincha; encontré, entre otros, una especie de boceto mal escrito (le he pulido al menos la ortografía), pero que sirve lo suficiente para sacar de apuros: “Cuando murió Garrincha lloró todo Brasil y el mundo del futbol perdió al que ha sido un mago del balón y posiblemente el mejor extremo derecho que ha habido nunca. Cuando era pequeño (le apodaron Garrincha, que quería decir pajarito feo e inútil) sufrió poliomielitis y los médicos le dijeron que nunca podría andar con normalidad, de hecho era zambo (tenía los pies girados 80 grados hacia dentro) y tenía una pierna 6 cm. más larga que la otra, pero se equivocaron, y esas piernas le sirvieron para ser el rey del regate (amagaba hacia el centro y se iba por la derecha). Nunca nadie ha tenido la valentía de hacer los regates, las fintas, los amagos y las jugadas hasta la línea de fondo que hizo Garrincha. Tenía una clase individual prodigiosa y aprovechó la banda derecha como nadie. Daba igual el marcador que le pusieran, Garrincha siempre le regateaba una, dos o tres veces antes de poner el balón al compañero mejor colocado. Jugo 60 partidos con la selección brasileña, esa selección que nunca perdió con él y Pelé en el campo. Debutó como profesional en el Botafogo con 20 años con el que llegó a marcar 232 goles (el día de su debut ya marcó 3). Por aquella época los partidos contra el Santos de Pelé eran memorables. Sus problemas con el alcohol y las mujeres le llevaron a la decadencia futbolística. Se vio envuelto en un escándalo cuando dejó a su mujer y a sus 8 hijos para casarse con una cantante. También tuvo problemas con Hacienda. Su muerte que se dio el 20 de enero de 1983 en Río”.
He indagado, claro, en la despensa de YouTube y corroboro lo que describen las palabras ya citadas: Garrincha operó sobre la cancha con una especie de descarada alegría. Se nota en los videos que en todo momento intentó engañar a sus rivales con fintas y dribles que hoy son habituales, pero que en su época resultaban desconcertantes para los defensivos contrarios y regocijantes para la tribuna. Con razón se hizo de tal mito. Era tan escurridizo que debían marcarlo dos o tres defensas, pero con todo y eso lograba eludirlos. Un futbolista que juega con ese voltaje lúdico no puede ser cualquier cosa ni ayer ni hoy. Zitarrosa cantó el candombe que compuso Manuel Picón para Manuel Dos Santos, Garrincha (1933-1984):
“Lo lleva atado al pie, como una luna atada al flanco de un jinete, / lo juega sin saber que juega el sentimiento de una muchedumbre, / y le pega tan suave, tan corto, tan bello, / que el balón es palomo de comba en el vuelo, / y lo toca tan justo, tan leve, tan quedo, / que lo limpia de barro y lo cuelga del cielo, / ¡y se estremece la gente, y lo ovaciona la gente! // Lo lleva unido al pie, como un equilibrista unido va a la muerte, / lo esconde —no se ve—, le infunde magia y vida y luego lo devuelve, / y se escapa, lo engaña, lo deja, lo quiere, / y el balón le persigue, le cela, le hiere, / y se juntan y danzan y grita la gente, / y se abrazan y ruedan por entre las redes, / ¡y se estremece la gente, y lo ovaciona la gente! // ¿Quién se llevó de pronto la multitud? / ¿Quién le robó de pronto la juventud? / ¿Quién le quitó de un golpe el hechizo mágico del balón? / ¿Quién le enredó en la sombra la pierna, el flanco y el corazón? / ¿Quién le llenó su copa en la soledad? / ¿Quién lo empujó de golpe a la realidad? / ¿Quién lo volvió al suburbio penoso y turbio de la niñez? / ¿Quién le gritó en la cara: —Usted no es nada, ya no es usted? / Ya no es usted, señor, ya no es usted. // El último balón lo para con el pecho y junto al pie lo duerme, / lo mira y sólo ve cenizas del amor que estremeció a la gente, / y lo pierde en la hierba, lo deja, lo olvida, / no lo quiere, le teme, no puede, no atina, / y se siente de nuevo enterrado en la vida, / el balón se le escapa entre insultos y risas, / ¡y se enfurece la gente, y le abuchea la gente! / ¿Quién se llevó de pronto la multitud? / ¿Quién le robó de pronto la juventud? / ¿Quién le quitó de un golpe el hechizo mágico del balón? / ¿Quién le enredó en la sombra la pierna, el flanco y el corazón? / ¿Quién le llenó su copa en la soledad? / ¿Quién lo empujó de golpe a la realidad? / ¿Quién lo volvió al suburbio penoso y turbio de la niñez? / ¿Quién le gritó en la cara: —Usted no es nada, ya no es usted? // Ya no es usted, señor, ya no es usted…”.