Entre el ocaso de Pelé y el esplendor de Maradona hubo varios jugadores que se disputaron el trono del futbol mundial. No era fácil llegar a ese sitio, pues el gigante brasileño puso tan alta la vara que hasta la fecha muchos creen, sobre todo los viejos aficionados, que nadie ha podido igualarlo, es decir, que nadie ha alcanzado la genialidad futbolística de Pelé. Ahora bien, entre 1975 y 1985 apareció la figura de Arthur Antunes Coimbra (Río de Janeiro, Brasil, 1953), mejor conocido por su breve mote: Zico. Además de este hipocorístico, en la prensa no fue raro que lo llamaran “el Pelé blanco”. Creo que no deshonraba la comparación, tanto como Hagi, el rumano, sería llamado años después “El Maradona de los Cárpatos”. Tales correlaciones pueden parecer exageradas, pero en el caso de Zico es verdad que se trataba de un 10 perfecto, de un armador de juego elusivo, inteligente, con futbol vistoso y eficaz en la consumación de goles. Clavó más de 500 en clubes y selección, la mayoría con el Flamengo, y además fue un asistidor empedernido. Lo recuerdo principalmente en el Mundial 82: era la estrella en un equipo lleno de estrellas, el Pelé blanco.
domingo, julio 19, 2026
sábado, julio 11, 2026
31. Rivelino
Todavía con indiferencia infantil, cuando entreabrí los ojos al futbol estaba aún fresco el Mundial de 1970. Un recuerdo muy borroso de aquellos años (que parecían siglos) es el de los nombres propios de los seleccionados que no vi porque era muy pequeño y no despertaban mi interés. No los vi, pero estaban en el aire, los mencionaban en todos lados. Uno de los más sonoros servía para identificar a un brasileño de bigote setentero, el mostachón que solían portar los militantes de izquierda en aquella época. Me refiero a Roberto Rivellino (Sao Paulo, Brasil, 1946) coctel en sí mismo de habilidad y potencia. Según se sabe, fue el modelo que Maradona imitó cuando era niño. No era difícil prendarse de su estilo. Una de sus jugadas típicas podría ser resumida así: tomaba la pelota unos diez o veinte metros afuera del área rival, la detenía, hipnotizaba al defensor, hacía la elástica (se dice que él la inventó), lo engañaba y se abría espacio para soltar un zurdazo en forma de raya hacia la portería. Anotó casi 250 goles, la mayoría con el Corinthians. Formó parte de la selección campeona del 70, la encabezada por Pelé. En México fue ídolo.
sábado, julio 04, 2026
24. Maradona
Diego Armando Maradona Franco (Lanús, 1960-Dique Luján, Argentina, 2020) sería su nombre completo si en su país solieran usar ambos apellidos. Entre la selección y los clubes sumó poco más de 350 goles, una cifra nada ninguneable si consideramos que lo suyo era armar ataques y asistir, no tanto anotar. Es para muchos —me cuento entre ellos— el futbolista más técnico de la historia. Pasó al menos treinta años compartiendo la cima con Pelé como mejor jugador de todos los tiempos, pero en las últimas dos décadas se ha formado un trío que prorratea las opiniones al añadir a Lionel Messi. Los maradonianos no ceden: su ídolo dejó la videoteca nutrida de acciones y anécdotas que peculiarizan a Diego como figura esencial del futbol, tanto que ya es y seguirá siendo el jugador más estimulante como tema de escritura literaria y periodística. Nacido en extrema desventaja, emergió de la Nada para convertirse en algo más que un futbolista: un amado-odiado semidiós. ¿Y cuáles fueron sus virtudes sobre el rectángulo verde? Es posible comprimir la respuesta en una sola palabra: todas. Todas a un grado, además, superlativo. Por esto los maradonianos no ceden, no cedemos: es el mejor que vimos jugar.
miércoles, abril 22, 2026
El gran estadio Azteca
El 28 de marzo pasado la selección
mexicana jugó un partido amistoso contra la de Portugal. Este choque fue
organizado para reinaugurar el estadio Azteca luego de varios meses dedicados
al remozamiento del inmueble. El duelo de selecciones quedó empatado sin goles,
de modo que los 85 mil espectadores que concurrieron no dejaron de saludar el
pobre espectáculo con abucheos lanzados desde sus onerosas butacas. Más allá de
lo estrictamente deportivo (que pese a la ausencia de goles reveló la
superioridad de los lusitanos), fue otro detalle lo que atrajo mi atención desde
el arranque del encuentro.
Al sacrificio inevitable que
significa escuchar la crónica de los locutores que narran y comentan nuestro
futbol, tipos cada vez más estridentes y payasescos, se sumó una tortura
inesperada: cada diez segundos, seguramente por consigna de sus patrones, el
locutor y los comentaristas decían “estadio Banorte”. La idea era obvia:
remarcar a los televidentes que el México-Portugal ya no se estaba jugando en
el estadio Azteca, sino en el “estadio Banorte”. Armado con mi más espontáneo
malestar, compartí de inmediato y donde pude estas palabras y otras similares, pues la verdad sentí
rabia: “Perdón
por la nimiedad. Esta es la única vez que llamaré estadio ‘Banorte’ al estadio
Azteca. Para mí el estado Azteca se llama estadio Azteca. Dicho lo anterior, en
unos minutos México jugará un amistoso contra Portugal en el estadio Azteca”.
Creo que no pude ser más claro.
Lo que motivó mi malestar tiene
que ver con el peso simbólico de las palabras. Para los mercenarios, por
supuesto, las palabras no significan gran cosa, por eso ofrecieron al mejor
postor el poderoso y significativo nombre del más importante estadio mexicano,
esto sin considerar su peso simbólico, su valor histórico y el grado de
lexicalización que ya le había dado el uso popular durante sesenta años, desde
su inauguración, el 29 de mayo de 1966, hasta hoy. Por una millonada, le cercenaron
una palabra hermosa para injertarle otra tristemente comercial.
No me pasa lo mismo con otros estadios de reciente construcción con nombres comerciales (Banorte pudo hacer lo mismo). Ellos harán su historia así, con nombres de marcas, pero el Azteca es el Azteca, y este nombre no se puede mutilar como si seis décadas de historia no pesaran. Imaginemos: ¿Pelé fue campeón del mundo en el estadio Banorte? ¿Cruz Azul fue tricampeón jugando en el estadio Banorte? ¿El estadio Banorte fue testigo del gol del siglo anotado por Maradona? Esto es grosero. Por ello para mí el estadio Azteca seguirá siendo siempre, sin ninguna vacilación, el gran estadio Azteca concebido por la maestría del arquitecto Pedro Ramírez Vázquez.
Un pilón. Este caso me recordó lo
sucedido alguna vez con la palabra “chicle” en la publicidad. A algún experto
en anuncios quizá le pareció feo el hermoso nahuatlismo “chicle”, y en los
mensajes comerciales empezaron a decir “goma de mascar”. Por suerte
el calco del inglés no prosperó, la palabra mexica se impuso y para nosotros el chicle siguió
siendo “chicle”. Ojalá que esto mismo pase con la poderosa palabra “Azteca” en
el nombre del más importante estadio mexicano, el estadio Azteca, “El coloso de Santa Úrsula”,
como lo apodó nuestro siempre admirado Ángel Fernández.
sábado, noviembre 19, 2022
Rápido recuerdo de mundiales
Considero que he hecho marcaje personal a los mundiales
desde 1978 a la fecha. Los anteriores, todos, los he visto en documentales y
leído en artículos o libros. Cierto que yo ya habitaba en este mundo hacia el
66, pero era un bebé de dos años y nada supe entonces de Eusebio y el no-gol de
Inglaterra en la final; luego, el del 70 de Pelé y Rivelino me pasó de noche, y
de él sólo me queda el vago recuerdo de los anuncios publicitarios con Juanito,
la mascota del torneo. Todavía en el 74 poco me acerqué al campeonato
organizado en Alemania, el Mundial que vio nacer a la Naranja Mecánica de Johan
Cruyff.
Fue hasta 1978 cuando, inoculada ya hasta el fondo de mis
huesos la bacteria del futbol, atendí con veneración todos (todos significa todos) los partidos del Mundial
argentino. No eran tantos equipos como ahora, pero no dejo de asombrarme de que
día tras día, sin saber que aquel torneo era la pantalla de una dictadura
militar en pleno uso de su maquinaria genocida, seguía las transmisiones como si
la vida me fuera en ello. Por supuesto, padecí la ilusión de ver triunfos del
conjunto mexicano, la Selección de Roca, pero nada salió como se esperaba y aquello
terminó siendo, para los aztecas, un fracaso sin atenuantes.
Siguió el Mundial 82 en la España que, se puede decir
así, estrenaba transición a la democracia, aunque poco antes, en el 81, se dio
el intento golpista que hizo famoso al teniente-coronel Tejero. De aquella
justa recuerdo mucho: los golazos de Brasil (el de Éder a la URSS, sobre todo),
la expulsión del joven Maradona por el árbitro mexicano Mario Rubio y, obvio,
los goles de Paolo Rossi que le dieron el campeonato a Italia.
El del 86 es inolvidable para mí porque entonces vi en
vivo al mejor jugador que veré en mi vida. Nuestra selección no hizo mal papel,
pero de nuevo se estrelló a la hora buena, esta vez contra los teutones en
Monterrey. Luego, en 1990, México fue (pre)eliminado en el escritorio por culpa
de los cachirules; fue un mundial algo soso, y de él lo que más recuerdo es la
emergencia de uno de los jugadores más raros, en este caso por lo efímero de su
gloria, que vi sobre una cancha: Salvatore Schillaci. Al final, claro, todos
recordamos la mafufada de Codesal.
Vi en Chihuahua, pues allá trabajé unos meses, el Mundial
94. Nuestra selección, la de Jorge Campos, no jugó mal, pero se desbieló en el
partido contra Bulgaria, aquel en el que Mejía Barón guardó unos cambios
necesarios y luego generó la legendaria frase “El hubiera no existe”.
Ya se me acabó el espacio para sobrevolar los torneos siguientes (Francia, Corea-Japón, Alemania, Sudáfrica, Brasil y Rusia). No importa. Todos los seguí con atención, deseoso de un buen desempeño tricolor. Hubo altas y bajas, principalmente fracasos de último momento, como los provocados por el gol de Maxi Rodríguez o el “penal” al neerlandés Arjen Robben. Ahora no sé qué pronosticar para México en Catar. Según he visto, el optimismo nacional no anda a la alza, y me sumo a tal estado de ánimo. Ojalá que nos equivoquemos, ojalá que los pronósticos nos fallen. Ya veremos. Mañana domingo empieza todo.
miércoles, agosto 03, 2022
Cinco goles soñados (lit)
Los recovecos del subconsciente son inescrutables.
Digamos que, como cualquier sujeto de mi edad, estoy atado al estrés de sacar
adelante necesidades misceláneas entre las que destaca, en primer lugar, comer.
Luego vienen todas las demás. Esto supondría que mis sueños deberían estar
poblados por situaciones angustiantes, pesadillescas. Sucede sin embargo que en la película de mi ensoñación me coloco como espectador de
escenas gratas. Pasó apenas anoche. Dormía y en algún punto de la madrugada vi
en orden la repetición de cinco goles. Cuando desperté, el dinosaurio no estaba
allí, sino una sensación de gusto casi colindante con la felicidad. Estos
fueron, en orden descendente, los goles que vi en mi pantalla interior.
Uno. En el Mundial
de Suecia, el jovencito Pelé recibe de tres cuartos de cancha un centro en
diagonal. El brasileño tiene un hombre encima, pero logra bajar de pecho el
balón y se aproxima al punto penal. Un defensa le sale con una plancha criminal,
pero Pelé lo elude con un sombrerito corto e inclina el cuerpo para rematar a
gol. En Youtube está en “1958 PELÉ Suecia 2 Brasil 5 Golazo narrado
por Radio Brasileira 1958”. https://www.youtube.com/watch?v=CXMHV1rOxDk
Dos.
Alvaro Recoba, el Chino, juega para Nacional de Montevideo. Toma un balón
cargado a la derecha y casi desde su área, maradonescamente, comienza un trote que
poco a poco evoluciona hacia la máxima velocidad. Se quita a seis rivales,
incluido el portero, y dispara un zurdazo ya con el arco abierto. “Àlvaro
Recoba - Gol Similar de Maradona” https://www.youtube.com/watch?v=D4UD2vmFY7U
Tres.
Juegan el Manchester United contra New Castle, y con los rojos alinea Wayne
Rooney. Uno de sus compañeros toma un balón a media cancha, manda un pase
elevado que de cabeza rechaza un defensa. La bola cae bombeadita a Rooney,
quien la agarra de frente y la empeina de derecha para que salga una parábola
infernal. “Wayne Rooney Vs Newcastle Volley” https://www.youtube.com/watch?v=pPHqRpJ7tLY
Cuatro. Zlatan Ibrahimovic juega para el Ajax, y en tres cuartos gana un taponazo frente al Breda. Luego hace seis recortes en terreno corto, insólitos, con movimientos laterales de colibrí, hasta cachetear de zurda cuando la portería ha quedado sin vigilancia. “El mejor gol del mundo Zlatan Ibrahimovic”. https://www.youtube.com/watch?v=9WU8Qb90s_I
Cinco. Barcelona contra Real Madrid. Lobo Carrasco, en contragolpe, pasa a Maradona, quien elude al portero y tiene sola la puerta. Diego mira a su izquierda y ve que cierra un defensor lleno de esperanza y decisión. Lo espera, lo recorta desvergonzadamente y anota un gol cuyo penúltimo toque es un monumento a la sangre fría. “El análisis del gol de Maradona en el Bernabéu paso a paso”. https://www.youtube.com/watch?v=C5Olxkf2cAc&t=40s
sábado, septiembre 01, 2018
Inmensidad del Mágico
martes, agosto 04, 2015
La penúltima jugada
Nota: Luego de postear, recibí este mail de mi amigo Pepe de la Torre; lo difundo con su permiso: "Esa 'penúltima jugada' solía platicármela mi papá como si estuviera instruyéndome sobre los clásicos, como una batalla entre tirios y troyanos. Recuerdo que en el barrio también se hablaba de ella, hasta se 'montaba un teatro' entre los que la explicaban; esto sucedía en la 'Costi' ('Constituyentes de 1917', García Carrillo, entre Corregidora y Aldama, en Torreón), allá por el ’85, con una pelota de hule que entre varios comprábamos en Chácharas y Juguetes y que ingenuamente llenábamos de agua y la dejábamos en el congelador varios días, que porque se hacía más pesada y dura al sacarle el hielo". Estos dos detalles son interesantes para mí: que la jugada de Pelé sirvió para dar clases de futbol y que en la "Consti" hacían más duros los balones de hule con un método contrario al de mi barrio: nosotros los hacíamos más duros y pesados mediante una suerte de reducción jíbara de cabezas; en la estufa colocábamos la pelota a cierta distancia y a fuego lento le bajábamos el tamaño siempre con el peligro de que quedara "huevuda". Era un arte que por cierto, no es por presumir, dominé.
martes, octubre 30, 2012
Diego desde el centro de Diego
viernes, noviembre 13, 2009
jueves, noviembre 12, 2009
Charla con Pelé

Con todas las dudas encima de mí, de todos modos apuré la ducha y el arreglo básico. Salí sin pensarla más, aunque con la pesada sensación de que alguien jugaba a mis costillas y estaba a punto de estallar en una carcajada del tamaño del TSM. Llegué al edificio, donde una persona se adelantó hacia mí. Sin hablar, el sujeto que parecía empleado del hotel me llevó a un elevador, luego a una suite. Dio dos leves toquidos a la puerta. Eran las siete en punto. Abrió la puerta un tipo perfectamente vestido con un traje de dos piezas y una brillosa corbata de chillón color verde-amarillo. Me dijo buenos días y de inmediato reconocí la voz: era el mismo sujeto que me había despertado por teléfono hacía pocos minutos. Me dijo adelante, tanto gusto, y me dio asiento en un sillón lujoso aledaño a un escritorio todavía más lujoso. Un minuto después, de la puertita medio escondida de un vestidor apareció la fantástica figura de Pelé. Por supuesto, en ese instante pensé que en realidad yo no había despertado y que todavía estaba soñando bien acurrucadito junto a mis almohadas. Pero no, pues Pelé se adelantó hacia mí, me puse de pie, me estrechó la mano y me dio un abrazo cordial, como si nos conociéramos de toda la vida. Luego pidió que otra vez tomara asiento. Él usó el sillón alto y finísimo del escritorio, yo el del visitante. Y comenzamos a platicar.
Me dijo que estaba interesado en los escritores que poco a poco se habían ido acercando al futbol, y que secretamente había formado ya una enorme biblioteca de literatura sobre balompié. Comentó que por una carambola, un amigo argentino suyo le había dado mi librito con historias futboleras, así que cuando supo que iba a visitar La Laguna pensó en charlar conmigo. Le agradecí, incrédulo ante mi enorme buena suerte. Le dije que ese librito, una poquedad, lo dediqué a Maradona, pues en la discordia mundial que obligaba a elegir al brasileño o al argentino como el mejor de la historia, yo opté y sigo optando por el Pelusa, pero eso no significa que “usted, amigo Pelé, no sea un monstruo”. Sin titubeos, le dije que más allá de lo deportivo, en el futbol él era lo que al pacifismo Gandhi, o a la lucha guerrillera el Che, o a la filosofía del siglo XX Sartre, o a la pintura Picasso. Querámoslo aceptar o no, usted es como la Mona Lisa del futbol, el icono histórico y mundial del deporte más popular del planeta. “Hasta he llegado a pensar que el nuevo estadio fue construido sólo como pretexto para que usted viniera”. Hablamos un poco más. De todo, menos de futbol. Finalmente, Pelé me preguntó por qué acepté la apresurada invitación a platicar con él. Le respondí la verdad: “No sé, amigo Pelé, siento que esto es un sueño, un verdadero sueño”.
sábado, octubre 03, 2009
Lula, un peligro para Brasil

En lo personal, aunque eso no le importe a nadie, me da gusto y siento como propio el júbilo de los brasileños tras haber obtenido la nominación olímpica. Más allá del inmenso negocio que ahora es toda justa deportiva internacional, es grato saber que en América Latina hay países que trabajan con un poco más de orden y progreso, pese a que sus gobiernos llevan en el pecho el rótulo que los identifica con la peligrosa izquierda. Luiz Inácio Lula da Silva, un tipo que casi obligatoriamente cae bien por su campechanía, por su discurso sin retórica perfumada y, sobre todo, porque ha colocado a Brasil en un plano de respetabilidad internacional, no ha trabajado solo, por supuesto, pero al encabezar una política de desarrollo que busca atacar los abismos de desigualdad y lograr avances, sin duda merece el reconocimiento que tiene de su pueblo y de la comunidad internacional.
Ese Brasil, ese Lula. Qué país, qué político. No olvido aquel documental en el que, al final, el obrero y líder sindicalista Lula declara, al tomar posesión, con lágrimas: “Y yo, que durante tantas veces fui acusado de no tener un título universitario, consigo mi primer diploma, el título de presidente de la República de mí país”. Y lo fue luego de que los medios de comunicación y la derecha más hojaldre de su país se encargaron de difamarlo, de considerarlo un elemento peligroso por sus antecedentes izquierdistas y por su pasado íntimo, supuestamente escandaloso. Luego de dos o tres derrotas, el obrero Lula llegó a la presidencia en 2003 y desde ese año a la fecha Brasil avanza y se ubica como país con notables índices de desarrollo, sin que esto signifique, insisto, desaparición de los atávicos problemas que Brasil comparte con todos sus vecinos.
En deporte, lo que detonó este breve comentario sobre la patria de Jorge Amado y de Rubem Fonseca, Brasil siempre ha sido Brasil, una potencia en varios deportes y en futbol sobre todos los demás. ¿Cómo ganarle a un país que podría tener cinco o seis selecciones de dar pánico? ¿Cómo hacer para zancadillar al equipo que ha dado a Garrincha, a Zico, a Sócrates, a Ronaldo, a Roberto Carlos? O a Pelé, que ese solo nombre es sinónimo de futbol. Como sucede con algunas de sus universidades, que son ubicadas entre las mejores del mundo, en futbol los brasileños nunca han dejado de ser competitivos y en muchos momentos los mejores, los únicos que guardan cinco copas del mundo en sus vitrinas.
“Vamos a probar que el alma generosa de los brasileños va a hacer la más extraordinaria olimpiada que este mundo ya vio”, dijo Lula poco después de recibir la noticia que hoy aparece en la primera plana de todos los periódicos. Por supuesto, en esas palabras está implícita la idea que en general cunde en los países desarrollados: una nación sudamericana jamás podrá con el paquete olímpico. Lula, en representación de un país que con 52 millones de votos lo sentó en la presidencia, habla no sólo de que Brasil puede, sino de que organizará los mejores olímpicos de los que se tenga memoria. Quizá exagera, pero no es malo poner los sueños muy alto para demostrar que agallas no escasean. Y en fin, cómo no estar contentos con la designación olímpica de Brasil, pues además de lo ya dicho es la cuna de la mujer más bella del sistema solar y puntos circunvecinos, una supermodelo de rostro más que perfecto: el monstruo llamado Alessandra Ambrosio.
domingo, abril 12, 2009
Magia y decadencia de Garrincha

En tal contexto soy, como tantos, cliente distinguido de YouTube. Gracias a esa bárbara ventana he podido ver a mis ídolos artísticos y deportivos de los sesenta, setenta y ochenta. Qué placer escuchar y ver allí a Yupanqui, a Los Ángeles Negros, a los Creedence y a tantos y tantos otros que fueron para mi generación iconos formativos (o deformativos), el ruido que servía de fondo en las fiestas o en cualquier lugar. Pero hay más: todo lo que tenga audio o video, o audio y video, ha ido cayendo poco a poco en el YouTube, de suerte que el concepto de almacenaje audiovisual fue radicalmente modificado en unos cuantos años.
Y hay más: puedo ver ahora lo que jamás vi, y paso a dar un ejemplo. Durante años he escuchado a los viejos cronistas futboleros hablar de “la magia de Garrincha”. A retazos, sin concierto, supe que Garrincha fue un innovador del balompié, que sus gambetas llegaron a un atrevimiento descarado, lo que sirvió para que muchos estadios se llenaran de público atraído por la fama de ese extremo verdaderamente volador. Tiempo después, en un disco de Alfredo Zitarrosa hallé una canción titulada “Garrincha”, donde el cantor uruguayo hizo una especie de homenaje a la figura del brasileño que improvisaba quiebres de cintura y hacía trucos inusitados con el balón. El tema cantado por Zitarrosa me llevó a buscar material sobre Garrincha; encontré, entre otros, una especie de boceto mal escrito (le he pulido al menos la ortografía), pero que sirve lo suficiente para sacar de apuros: “Cuando murió Garrincha lloró todo Brasil y el mundo del futbol perdió al que ha sido un mago del balón y posiblemente el mejor extremo derecho que ha habido nunca. Cuando era pequeño (le apodaron Garrincha, que quería decir pajarito feo e inútil) sufrió poliomielitis y los médicos le dijeron que nunca podría andar con normalidad, de hecho era zambo (tenía los pies girados 80 grados hacia dentro) y tenía una pierna 6 cm. más larga que la otra, pero se equivocaron, y esas piernas le sirvieron para ser el rey del regate (amagaba hacia el centro y se iba por la derecha). Nunca nadie ha tenido la valentía de hacer los regates, las fintas, los amagos y las jugadas hasta la línea de fondo que hizo Garrincha. Tenía una clase individual prodigiosa y aprovechó la banda derecha como nadie. Daba igual el marcador que le pusieran, Garrincha siempre le regateaba una, dos o tres veces antes de poner el balón al compañero mejor colocado. Jugo 60 partidos con la selección brasileña, esa selección que nunca perdió con él y Pelé en el campo. Debutó como profesional en el Botafogo con 20 años con el que llegó a marcar 232 goles (el día de su debut ya marcó 3). Por aquella época los partidos contra el Santos de Pelé eran memorables. Sus problemas con el alcohol y las mujeres le llevaron a la decadencia futbolística. Se vio envuelto en un escándalo cuando dejó a su mujer y a sus 8 hijos para casarse con una cantante. También tuvo problemas con Hacienda. Su muerte que se dio el 20 de enero de 1983 en Río”.
He indagado, claro, en la despensa de YouTube y corroboro lo que describen las palabras ya citadas: Garrincha operó sobre la cancha con una especie de descarada alegría. Se nota en los videos que en todo momento intentó engañar a sus rivales con fintas y dribles que hoy son habituales, pero que en su época resultaban desconcertantes para los defensivos contrarios y regocijantes para la tribuna. Con razón se hizo de tal mito. Era tan escurridizo que debían marcarlo dos o tres defensas, pero con todo y eso lograba eludirlos. Un futbolista que juega con ese voltaje lúdico no puede ser cualquier cosa ni ayer ni hoy. Zitarrosa cantó el candombe que compuso Manuel Picón para Manuel Dos Santos, Garrincha (1933-1984):
“Lo lleva atado al pie, como una luna atada al flanco de un jinete, / lo juega sin saber que juega el sentimiento de una muchedumbre, / y le pega tan suave, tan corto, tan bello, / que el balón es palomo de comba en el vuelo, / y lo toca tan justo, tan leve, tan quedo, / que lo limpia de barro y lo cuelga del cielo, / ¡y se estremece la gente, y lo ovaciona la gente! // Lo lleva unido al pie, como un equilibrista unido va a la muerte, / lo esconde —no se ve—, le infunde magia y vida y luego lo devuelve, / y se escapa, lo engaña, lo deja, lo quiere, / y el balón le persigue, le cela, le hiere, / y se juntan y danzan y grita la gente, / y se abrazan y ruedan por entre las redes, / ¡y se estremece la gente, y lo ovaciona la gente! // ¿Quién se llevó de pronto la multitud? / ¿Quién le robó de pronto la juventud? / ¿Quién le quitó de un golpe el hechizo mágico del balón? / ¿Quién le enredó en la sombra la pierna, el flanco y el corazón? / ¿Quién le llenó su copa en la soledad? / ¿Quién lo empujó de golpe a la realidad? / ¿Quién lo volvió al suburbio penoso y turbio de la niñez? / ¿Quién le gritó en la cara: —Usted no es nada, ya no es usted? / Ya no es usted, señor, ya no es usted. // El último balón lo para con el pecho y junto al pie lo duerme, / lo mira y sólo ve cenizas del amor que estremeció a la gente, / y lo pierde en la hierba, lo deja, lo olvida, / no lo quiere, le teme, no puede, no atina, / y se siente de nuevo enterrado en la vida, / el balón se le escapa entre insultos y risas, / ¡y se enfurece la gente, y le abuchea la gente! / ¿Quién se llevó de pronto la multitud? / ¿Quién le robó de pronto la juventud? / ¿Quién le quitó de un golpe el hechizo mágico del balón? / ¿Quién le enredó en la sombra la pierna, el flanco y el corazón? / ¿Quién le llenó su copa en la soledad? / ¿Quién lo empujó de golpe a la realidad? / ¿Quién lo volvió al suburbio penoso y turbio de la niñez? / ¿Quién le gritó en la cara: —Usted no es nada, ya no es usted? // Ya no es usted, señor, ya no es usted…”.













