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lunes, abril 12, 2010

Coche y libertad



El lunes 19 de abril comprobé no en carne, pero sí en carro propio lo que siempre he pensado: que jamás aceptaré someterme a la servidumbre de un coche. La experiencia fue traumática, cierto, pero me dejó la certeza de que en materia de automóvil he procedido correctamente y de acuerdo a mis intereses. Narro. Eran las 6:40 de la tarde y me dirigía al TSM para ver el juego del Santos contra San Luis. Desde el rumbo de los yonkes cercanos al ejido La Unión vi que se aproximaba una tolvanera de las nuestras, de esas que parecen gigantesca cortina color crema. La carretera estaba congestionada, así que no pude hacer nada más que avanzar. En un instante la tolvanera lo cubrió todo, cerró la visibilidad y comenzaron a caer gordas gotas de lluvia sobre mi parabrisas. Unos segundos después oí el primer impacto, como un balazo: una bola de granizo pegó en mi coche y de inmediato comenzaron a caer tantas que como pude me orillé “a la orilla” para esperar, sin protección, lo que la naturaleza había preparado. Una ráfaga de granizo me azotó de frente. Vi que en los vidrios del coche se estrellaban unas pelotas de golf que producían ruido de metralla. Lo único que pude hacer fue encomendarme a San Ernesto de la Higuera y cruzar los brazos como defensa de fut en la barrera antes de un tiro libre, pues supuse que en cualquier momento los granizos acabarían con el cristal y me golpearían directamente en esa especie de fin del mundo en miniatura.
Cinco o diez minutos después, apendejado por el imprevisto, hice lo que puede para acomodarme a la situación. Vi que el parabrisas sufrió una rajadura como de río en mapa, y luego de un par de llamadas para confirmar que mis mujeres estaban a salvo, continué el camino hacia el futbol. Al estacionarme y bajar, noté que además del cristalazo la carrocería sufrió lesiones múltiples: los golpes de hielo dejaron la impresión de que mi coche había sobrevivido a la viruela. Ni modo.
Confieso que esa noche dormí mal. Sentí pesadumbre al saber que mi carrito, un Neón más austero que los presupuestos para la cultura, perdió al menos un 30 o 40 por ciento de su valor. La tristeza no duró, pues a la mañana siguiente pensé en lo que siempre pienso en estos casos: son bienes materiales relativamente económicos, y no pasa tanto que no pueda arreglarse con un poco de resignación.
Pensé también en mi relación con el coche. Siempre he creído que el mejor carro es el que no se tiene (porque contamina y nunca deja de ser un “arma” peligrosa), por lo que durante algunos años hice honor a esa política y carecí de él. Caminé, usé taxis, camiones, aventones, pero cuando vi que era imposible movilizar a mis hijas con el puro vehículo conyugal, compré uno usado, de bajo precio, con menos lujos que un Cereso. Pude, como tantos en México, endrogarme con un crédito y tener un coche, digamos, no muy caro, pero sí nuevo. Me lo negué por las razones que siempre me he dado al respecto: un coche, para mí, es una herramienta útil para la libertad. De un coche nuevo y quizá lujoso sería, sin remedio, esclavo. No hay tiempo para eso. No hay tiempo para pagar mensualidades altas (lo que implica más chamba distractiva), no hay tiempo para pagar seguros caros, no hay tiempo para tenencias leoninas, no hay tiempo para cuidarlo en todos lados como si fuera un nene, no hay tiempo para traerlo como porcelana en esta comarca cochina de polvo y tapizada de baches, no hay tiempo para añadir la zozobra de un posible robo con violencia. Si hubiera tiempo y viviera en Malibú, con gusto me esforzaría para algo más, incluso para que la sensación de estatus se viera satisfecha. Pero no. Prefiero sentir que uso un coche que me sirve exclusivamente para andar en la ciudad, en trayectos cortos, invisible de tan modesto, ajeno a la tentación de nadie. Así —aunque algunos, por estatus, no estén de acuerdo— el coche no se suma a las mil miserias que nos amarran a la supervivencia cotidiana. Hay mucho que hacer, son muchas las ataduras como para añadir tan lamentable servidumbre: la de ser guarura de un coche. Por eso la granizada a la carrocería fue para mí un daño menor, un perjuicio ínfimo en el contexto de los estropicios que solemos padecer en este país.

viernes, noviembre 13, 2009

Galería del 11-11



















Crónica desde primera fila



Mi fila era la primera. No dentro del nuevo estadio, sino fuera, casi al borde de la carretera a San Pedro. Llegué a las 5:30 gracias al aventón que me dio Joel Cobos, viejo amigo mío, periodista y ahora mi vecino. La cola de coches era descomunal, casi chilanga, lo que no estamos acostumbrados a ver en estos terregosos páramos ajenos a la benevolencia del Señor. Lo que es a diario, pues, una ruta más o menos ágil devino lenta caravana de coches con el mismo apetito: llegar a los talqueados estacionamientos del TSM.
Luego de 45 minutos a vuelta de rueda (sin metáfora), alcanzamos el objetivo. Allí me despedí de Joel, pues la zona demarcada por nuestros boletos era muy diferente. A mí me tocó la tribuna denominada Takis, que según sé es la marca de unas frituras caracterizadas por su forma de minitaco. Tomé entonces la primera fila que tuve a la vista, una que llegaba hasta Cuatrociénegas. Allí empecé las morosas estaciones de un viacrucis que me sirvió para ver a media comarca lagunera. Mientras mi avance se daba a diez centímetros por minuto, por allí vi moverse al doctor Jalife, al notario Cárdenas, al empresario mueblero Roberto Rodríguez, el empresario del transporte Miguel Sánchez, al ex jugador Nicolás Ramírez, el ex candidato Chuy de León, a los alcaldes Calderón Cigarroa y Carlos “A poco nos vamos a quedar así” Aguilera, al rector Ochoa Rivera de la UAdeC, todos entre un mar de gente que corría en sentido contrario a la dirección de mi bostezante fila.
Me sentí en “Autopista del sur”, el cuento de Cortázar que narra un embotellamiento que poco tuvo para terminar en el compadrazgo de quienes se hallan varados. Así, atorado en esa fila infinita, tuve tiempo para reflexionar en la inmortalidad no sólo del cangrejo, sino de todas las especies del reino animal. Por otro lado, nadie daba información oficial. En esa parte del recorrido de acceso no se veía personal con gafete o algo parecido, de manera que la masa se convertía un conglomerado de seres extraviados en el desierto, hombres y mujeres cuyo único anhelo era llegar al paraíso terrenal del TSM. Por un extraño imán, mucha gente se aproximaba a mí para peguntar si la fila conducía a tal o cual parte. Traté de ser amable en mi flamante rol de orientador, pero en todo momento me sentí ciego guiando a otros ciegos: “No sé, al parecer es necesario pasar esa reja y allá dentro nos distribuyen a las diferentes tribunas, según se asiente en los boletos”. Repetí esa respuesta como cuarenta veces, siempre a sabiendas de que mi respuesta no era una respuesta, sino una forma más o menos cortés de decir algo, lo que fuera. El tedio, sin embargo, me llevó a contestar de una manera delirante: “No sé a dónde nos lleva esta fila. Yo vengo a un concierto de la Camerata y tal vez algún día pueda llegar a él” o “No sé, es probable que al final de la fila lleguemos al beis o a una función de box”.
La falta de información y la creciente inquietud al poco rato provocaron lazos de camaradería en diferentes sectores de la fila. Yo hice una estrecha amistad con los que iban un poco adelante, al grado de que quedamos en invitarnos a cenar uno de estos días. Como en toda muchedumbre, los rumores empezaron a cundir. Que ya comenzó el espectáculo; no, que no ha comenzado. Que hay otras cinco entradas, tres de las cuales no tienen mucha gente; no, que nomás hay una entrada. Que ya se llenó el estadio; no, que no se ha llenado el estadio. Todo era incertidumbre. Entre muchos, un rumor comenzó a tomar fuerza: “El Estado Mayor Presidencial colocó filtros que han hecho muy lento el acceso”. Y sí, más delante vi que el EMP tenía latosos arcos detectores para proteger (¿de qué?) al inquilino de Los Pinos. Mientras era o no era lo que decían que era, un sujeto con gafete apareció milagrosamente por allí. Muchos le reclamaron, algunos airadamente. Dijo que “los de Takis” debían buscar otro acceso, así que, resignado, abandoné mi ya querida fila. Asombrado, entré sin batallar a la zona Takis, pero ya no busqué mi asiento, pues debido al cansancio decidí permanecer en el estadio, no sin abnegación, durante menos de dos horas. Lo único bueno de mi larga espera en la fila de tres horas fue que tuve la oportunidad de no ver a Ricky Martin y llegué a tiempo para escuchar la opinión que atronó contra Felipe Calderón. Ah, y vi otra vez a Pelé, mi cuate Pelé. Salí del estadio cuando Vuoso marcó el primer pepino.

jueves, noviembre 12, 2009

Charla con Pelé



Ayer a las seis de la mañana me despertó una llamada telefónica. Como debo la mensualidad de una tarjeta, pensé que eran los malnacidos del banco que otra vez, como a millones en México, me iban a urgir el pago que no pude hacer porque me gasté todo en España. En fin, contesté. Mayúscula fue mi sorpresa: no eran los torturadores del banco, esas bestezuelas con alma de extorsionador, sino un hombre que dijo ser el “representante de Pelé”. Seguro de que era una broma, le seguí la corriente, me hice el no sorprendido y le pregunté que qué se le ofrecía. Primero, se disculpó por llamar a esa hora, pero dijo que no había otra opción, pues el señor Arantes do Nascimento no disponía de un minuto libre en su visita a Torreón, salvo una media hora de las 7 a las 7:30 de la mañana de ayer. Debido a mi escepticismo y a mi modorra, no entendí bien su acento brasileño, pero algo me explicó sobre la literatura y la importancia que el señor Pelé le daba a quienes alguna vez han escrito relatos imaginarios sobre futbol. “Nos hemos informado —dijo— que usted es el único en esta región que ha inventado historias de futbol, por eso él quiere platicar con usted”. Por supuesto, cuando el de la voz dijo “él” se refería a “Él”, un dios, nada menos que el Rey Pelé. Convencido, serio ante lo que yo consideraba una broma de pésimo gusto, el asistente del ídolo me convidaba a una charla de media hora con Pelé. “Tiene que ser ahora mismo, a las siete en punto”. Luego me dio la dirección, y colgó. Eran las 6:15 de la mañana del miércoles 11 de noviembre de 2009, un Gran Día para la afición futbolera de la comarca.
Con todas las dudas encima de mí, de todos modos apuré la ducha y el arreglo básico. Salí sin pensarla más, aunque con la pesada sensación de que alguien jugaba a mis costillas y estaba a punto de estallar en una carcajada del tamaño del TSM. Llegué al edificio, donde una persona se adelantó hacia mí. Sin hablar, el sujeto que parecía empleado del hotel me llevó a un elevador, luego a una suite. Dio dos leves toquidos a la puerta. Eran las siete en punto. Abrió la puerta un tipo perfectamente vestido con un traje de dos piezas y una brillosa corbata de chillón color verde-amarillo. Me dijo buenos días y de inmediato reconocí la voz: era el mismo sujeto que me había despertado por teléfono hacía pocos minutos. Me dijo adelante, tanto gusto, y me dio asiento en un sillón lujoso aledaño a un escritorio todavía más lujoso. Un minuto después, de la puertita medio escondida de un vestidor apareció la fantástica figura de Pelé. Por supuesto, en ese instante pensé que en realidad yo no había despertado y que todavía estaba soñando bien acurrucadito junto a mis almohadas. Pero no, pues Pelé se adelantó hacia mí, me puse de pie, me estrechó la mano y me dio un abrazo cordial, como si nos conociéramos de toda la vida. Luego pidió que otra vez tomara asiento. Él usó el sillón alto y finísimo del escritorio, yo el del visitante. Y comenzamos a platicar.
Me dijo que estaba interesado en los escritores que poco a poco se habían ido acercando al futbol, y que secretamente había formado ya una enorme biblioteca de literatura sobre balompié. Comentó que por una carambola, un amigo argentino suyo le había dado mi librito con historias futboleras, así que cuando supo que iba a visitar La Laguna pensó en charlar conmigo. Le agradecí, incrédulo ante mi enorme buena suerte. Le dije que ese librito, una poquedad, lo dediqué a Maradona, pues en la discordia mundial que obligaba a elegir al brasileño o al argentino como el mejor de la historia, yo opté y sigo optando por el Pelusa, pero eso no significa que “usted, amigo Pelé, no sea un monstruo”. Sin titubeos, le dije que más allá de lo deportivo, en el futbol él era lo que al pacifismo Gandhi, o a la lucha guerrillera el Che, o a la filosofía del siglo XX Sartre, o a la pintura Picasso. Querámoslo aceptar o no, usted es como la Mona Lisa del futbol, el icono histórico y mundial del deporte más popular del planeta. “Hasta he llegado a pensar que el nuevo estadio fue construido sólo como pretexto para que usted viniera”. Hablamos un poco más. De todo, menos de futbol. Finalmente, Pelé me preguntó por qué acepté la apresurada invitación a platicar con él. Le respondí la verdad: “No sé, amigo Pelé, siento que esto es un sueño, un verdadero sueño”.