Aunque
mi admiración por Maradona tiene, obviamente, un costado irracional, no dejo de
intentar una explicación justificada con el envés de la mera emocionalidad. Sé
que no la necesito, que la pasión deportiva, como todas las pasiones, requiere
de ingredientes algo inexplicables para no dejar de ser lo que es. Cuando
podemos graficar la pasión en una tabla de Excel es porque ya dejó de existir y
es viable observarla desde fuera, sobriamente y con la frialdad del analista.
Esto podemos comprobarlo con el enamoramiento de un hijo o un amigo: por más
que racionalmente queramos convencerlos de que la elección de la novia no les
conviene, la pasión seguirá intacta, pues “el corazón tiene razones que la
razón no entiende”, para decirlo con la famosa sentencia pascaleana.
Pese
a lo anterior, cada vez que me pregunto por qué me atrae tanto la figura de
Maradona enumero las tres razones que dan sustento a esta posesión: su manera
superior de jugar a la pelota, su proximidad política a muchas ideas con las
cuales simpatizo y la cauda de testimonios admirados sobre su cercanía y
solidaridad. La última es la que más me convence de lo que creo, pues es la
menos subjetiva: decenas de jugadores y no jugadores de futbol declararon
alguna vez un gesto de amistad o plena empatía del argentino, lo cual es raro si
consideramos que en las alturas de la popularidad es difícil que un
superestrella tenga tiempo siquiera para escuchar al otro, y menos para
ayudarlo. Con Maradona no fue el caso, y esto es dable comprobarlo mediante
YouTube en innumerables testimonios.
La
estatura mítica del 10 se construyó en la cancha, es obvio, pero no menos
importante pesó su trajín fuera de ella. La presión social, política y
mediática a la que lo sometieron fue la mayor que gravitó sobre un ser humano
durante al menos dos décadas, y por supuesto que su fragilidad fue puesta a
prueba. Pese a todo, pese incluso a un origen de total pobreza y falta de
instrucción escolar, Maradona supo ser reconocido como un ídolo. Ni sus errores
ni sus enemigos lograron tumbarlo del pedestal, y por algo fue y es.
Como
la que acabo de exponer, una explicación personal del fervor por Maradona es el
tema del libro Mi Diego: Crónica
sentimental de una gambeta que desafió al mundo (Lince Ediciones, Buenos
Aires, 208 pp.), del periodista Alejandro Duchini. El relato nace cuando el
autor se entera de la muerte del ídolo. Como muchos, él tampoco esperaba el
exabrupto del destino que se llevó a Maradona cuando apenas tenía sesenta años,
el 25 de noviembre de 2020. (Su impacto me hace recordar el propio: yo estaba
en la cocina de casa cuando mi amigo Jorge Figueroa informó en un grupo de
Whatsapp que Diego había muerto. Así, “Murió Diego”. Quedé como vaciado, como repentinamente hueco
por dentro).
Duchini
cuenta aquel momento: “‘Murió Maradona’, dispara la televisión. Male me
pregunta por qué lloro y no sé qué decirle. Lloro porque siento que todo se
detiene y la infancia, que viene arrasando en su vorágine, me lleva puesto. De
pronto me quedo un poco más solo entre los demás”.
El
golpe impulsa una cauda de recuerdos personales atada a las frecuentes imágenes
de Maradona en las canchas y fuera de ellas; como tantos, Duchini advierte que
su vida no puede ser contada sin incluir a Diego: “Lo quiero y lo querré
siempre. Diego Maradona estuvo desde siempre en mi vida”. En la Argentina el
impacto fue devastador, inimaginable para quienes lo vieron y lo admiraron en
geografías más lejanas. Pero muchos allá y acá abrieron los “Archivos guardados
en el disco rígido de la infancia” y notaron, notamos, que la ausencia nos
pesaba, que la mala noticia llegó muy prematuramente.
En
cada corazón reaparecieron los latidos de alegría que el futbolista provocó en
partidos memorables por la belleza del futbol que desplegaba, una belleza capaz
de abrir paréntesis al horror: “Diego nos daba el espacio para arañar la
alegría en un país gris, sumido en la tristeza de la dictadura. Los
desaparecidos. La ESMA y los otros centros clandestinos de detención en su
apogeo. La censura. Los asesinatos organizados. El miedo y el terror. El
silencio. La muerte a cada metro. Diego nos sacaba de esa realidad, aunque
fuera un ratito”.
La
crónica de Duchini pendula entre lo personal y lo público. Lo personal, el
recuerdo del autor, la posesión de su
Maradona, se va anudando con las distintas situaciones en las que Diego fue indudable
protagonista. En su ir y venir, este relato se ve fortalecido por lo que el
ídolo significó para tantos. No omite mencionar los tropiezos, la pesada losa
que cargó debido a la fama que quizá es menos premio que castigo. El desarrollo
de su carrera avanza en la crónica hasta llegar a la despedida en la Bombonera,
llena hasta los banderines sólo para ver las últimas palabras de Diego dentro
de un campo de juego: “‘Yo me equivoqué y pagué, pero la pelota no se mancha’.
La Bombonera estaba hasta las manos de hinchas para su partido despedida. Pocas
frases como esa quedaron tan impregnadas en el imaginario popular argentino”.
En
su revista de los hechos maradonianos, Mi
Diego cita a Víctor Hugo Morales, el relator que con la mejor descripción
del Gol en el Azteca pasó a unir su destino al de Maradona: “Fue también el año
[se refiere a 1981, cuando Diego fue tranferido de Argentinos a Boca] en que Víctor Hugo Morales comenzaba a relatar en
Argentina. Era la primera vez que la popularidad de José María Muñoz, un hombre
ligado a la dictadura, tenía competencia. Tal vez más elitista, Víctor Hugo
ganó a todos los públicos y se convirtió en el favorito apelando a imágenes
ajenas al fútbol para contar los partidos y a una innovadora manera de relatar”.
Vale decir que el Gordo Muñoz era el
relator más popular en Argentina cuando Víctor Hugo llegó del Uruguay. Cinco años
después, el charrúa describió como nadie la jugada inmortal ("la jugada de todos los tiempos") del Mundial México
86.
Extrañeza, desacomodo en la vida, vacío es lo que se siente al leer las páginas de Duchini. No pudo ser de otra manera, pues el periodista escribió su libro casi al calor de la mala nueva. “Recién a su muerte algunos nos dimos cuenta de cuánto queríamos a ese hombre tan humano, como nosotros. Entendimos cuánto nos había marcado en nuestras vidas. Cuánto condimento nos había dado”. Todavía hoy, añado, la querencia de Diego lo mantiene tan cerca que parece haber partido ayer, no hace seis años, en 2020, el año de la pandemia que tantas calamidades provocó.

