No sé si todas las personas
que leen con asiduidad saben en qué momento y por qué adquirieron este hábito.
Supongo que sí, pues creo que en general perciben la importancia de la lectura
como acompañante de sus vidas, lo que obliga a pensar con frecuencia en las motivaciones
remotas. En esto ayuda el hecho de que no es, como caminar, una práctica
desarrollada en la inconsciencia de la primera infancia, sino el nacimiento de
una habilidad que suele darse cuando ya podemos retener las vivencias con
cierto grado de claridad, cuando sabemos hablar con cierta lógica. Me estoy
refiriendo aquí a la lectura que va más allá de la alfebetidad, a la lectura
como goce así sea incipiente. Creo que todos los que leen con regularidad y
placer alcanzan a saber cuándo apareció el gusto, en qué momento tomaron un
libro sin el forzamiento de la obligación escolar.
Sobre esto he pensado más de
una vez porque me interesa como tema vinculado a mi experiencia y porque no ha
faltado oportunidad para que me lo pregunten. Mi respuesta tiene la claridad
que puede tener un recuerdo con medio siglo de edad. Es algo vago ese recuerdo, pero no lo
suficiente como para impedirme una explicación satisfactoria al menos para mí:
yo leo con asiduidad —diría que con pasión y placer si no sonara pedante— desde
que tenía cerca de diez años, hace 52. Antes de 1974, por supuesto que ya leía
los libros de texto de la SEP y el periódico La Opinión que a diario compraba doña Catalina, mi madre. Quiero
pensar que consumía aquellos papeles en los ratos libres, los ratos que
sobraban al juego vespertino con mis hermanos y los amigos de la cuadra. Nunca
fui un buen estudiante, así que me asomaba con desdén a los libros de texto.
Esto creo, pues mis notas jamás delataron a un alumno con aspiraciones altas.
Con el diario tuve una relación buena, me gustaba hojearlo, disfrutar sobre
todo con la sonoridad de los topónimos y la onomástica remota. Pero no entendía
las noticias ni los artículos, así que debía contentarme con una lectura
superficial.
En un cuento mío de 2023, reciente, un personaje ficticio desempeña algunas funciones de alter ego y dice lo siguiente (hagan de cuenta que allí usé lo que acabo de explicar a propósito de mi lectura periodística):
En 1973 yo tenía nueve años y en la casa de mi familia sólo disponíamos de dos posibilidades para leer: los libros de texto gratuitos y La Opinión, uno de los periódicos de La Laguna. Fue en las páginas del diario donde comencé a leer en serio, aunque sin procesar bien lo leído, textos que estaban más allá de lo que encomendaban en la escuela. No recuerdo con precisión ninguna nota, sólo el hecho de pasar la vista sobre el diario y encontrar información que por entonces sólo eran palabras, nombres propios de lugares y personas: Luis Echeverría, Vietnam, Richard Nixon, Madrid, Francisco Franco, Tel Aviv, Moshe Dayan, Juan Domingo Perón, Buenos Aires, Augusto Pinochet, Palestina, Yasser Arafat, Fidel Castro, La Habana, Paulo VI, Ciudad del Vaticano, Moscú, Leonid Brézhnev… Para mí no había ninguna posibilidad de saber entonces que esos nombres representaban ideas, y que esas ideas tenían orientaciones encontradas, que en el mundo había noticias de conflictos debido al choque de las ideologías que abrazaba cada uno de aquellos personajes…
Más o menos así me relacionaba
con el diario a mis diez años. Luego ocurrió un hecho que también he contado
alguna vez. Como a los once años descubrí el futbol. Uso el verbo descubrir porque hasta entonces el
ambiente deportivo de mi casa se relacionaba con la pasión de mi padre, el
beisbol. En uno de sus partidos dominicales celebrado en los campos de
Jabonoso, un ejido de Gómez Palacio, yo tenía quizá once años cuando me alejé
del partido de mi padre y caminé a los campos de futbol. Todo era un llano en
llamas, no había separación física entre los campos de fut y de beis, así que
fui a ver el futbol. Jugaban dos equipos llaneros de jóvenes como de
veinte años, y cuando desde la línea lateral vi el desarrollo del partido no
entendí muy bien las reglas, pero me gustó. Al llegar a casa aquel domingo en
la tarde sentí el impulso de patear algún balón, lo que ocurrió cuando comencé
a jugar en los recreos de la escuela primaria federal Presidente López Mateos de
Santa Rosa y en las tardes de mi barrio gomezpalatino. El gusto de jugar futbol
fue intenso, me hizo muy feliz durante la adolescencia.
Lo extraño ocurrió casi simultáneamente: al gusto de jugar futbol y de leer el diario sin entender el sentido de las notas, sólo por la maravillosa sonoridad de las palabras, añadí la compra de revistas de futbol. También sobre esto he escrito dos o tres veces, una de ellas inédita, pues viene en un librito que aparecerá dentro de dos semanas: Amar a Maradona. Allí, en el primer párrafo del prólogo, comparto esto:
El primer Mundial que vi completo fue el celebrado en Argentina. Tenía 14 años y atravesaba una etapa de enamoramiento futbolero rayano en lo patológico. A la práctica diaria y callejera del futbol sumaba un par de hábitos que después no me abandonarían: ver en la tele dos o tres partidos todos los fines de semana y comprar cinco revistas de futbol con disciplina de académico. Por aquellos meses se había dado el brinco familiar de Gómez Palacio a Torreón, y poco a poco la atracción de la calle me alejó de las sobredosis televisivas y de la frenética compra de revistas, dado que los imperativos de la vagancia consumían los escasos recursos disponibles, incluido el tiempo libre para ver la tele. El virus cedió un poco, pero no se fue, nunca se fue, pues todavía veo en la pantalla algún partido por semana para recuperar un cacho ilusorio de la infancia, y eso de leer no se diga, creció y se orientó hacia mejor vertiente: ya en otros lugares he explicado que ante la falta de biblioteca en casa, las revistas de futbol fueron sin premeditarlo la herramienta que me impuso el gusto de la lectura y de los libros. Así de anómalo fue mi nacimiento a las letras. Los caminos de la literatura son inescrutables.
Ya había adelantado una explicación similar en el libro Invítame a leer. Conversaciones con gente de libros (SEC, 2019), de Gerardo Segura. En tales páginas comenté con mayor amplitud lo que aquí observo:
Cuando llegué a la secundaria ocurrieron dos hechos importantes: por un lado, descubrí la práctica del futbol y, por el otro, mi madre compró unas enciclopedias, lo que en aquella época (1978) era como conectarse a internet. Apasionarme por el futbol como deporte, jugarlo bien y sin descanso, tuvo una extraña derivación “intelectual”, por llamarla de algún modo: me convertí en comprador, lector y coleccionista contumaz de revistas futboleras. Cada semana ahorraba la cantidad necesaria para comprar cinco publicaciones, es decir, todo lo que llegaba a La Laguna sobre ese tema: las revistas Pénalty, Balón y Sólo Futbol, y las historietas Borjita y Chivas Chivas Ra Ra Ra. Gracias sobre todo a las revistas, y a falta de Ilíadas y Odiseas, accedí a entrevistas, reportajes y columnas en los que fui haciéndome una idea del mundo y de la vida a partir del futbol. En aquel tiempo no sólo La Laguna, toda la provincia era más provinciana y se soñaba poco con lo que estaba fuera de nuestro entorno. Las entrevistas a los jugadores me remontaban a geografías distantes, a topónimos y nombres de equipos y jugadores que conllevaban una sonoridad peculiar: Botafogo, San Lorenzo de Almagro, Amaury Epaminondas, Juan Carlos Czentoriky, Belarmino de Almeida, Colo Colo, Rafael Albrecht, Jan Gomola, Carlos Jara Saguier… algo raro había en esas palabras, lo que me hacía pensar en lejanías, en la heroicidad de viajar, en la vaga sensación de que el mundo era mucho más grande de lo que yo imaginaba. Mi vida, entonces, era ir a la escuela, leer revistas de pe a pa y jugar futbol en la calle todos los días. Eso fue, sospecho, lo primero que leí con pasión y disciplina, pero no me duraría mucho tiempo, pues llegaron las enciclopedias y con ellas unos libros de regalo, como un pilón. Las enciclopedias sirvieron en casa para las tareas de mis hermanos y las mías, pero yo aproveché más un libro extra, de los de regalo, al que considero muy importante en mi vida, acaso el primero que logró cautivarme.
El
acontecimiento cultural más importante de mi vida, leer asiduamente, se lo debo
pues al futbol, aunque parezca increíble. Supongo que es al menos mínimamente
raro que de jugar futbol se pase a leer futbol con voracidad y de allí, sin
solución de continuidad, haya pasado a la lectura literaria, a la lectura de
libros “serios”. Esto me lleva a pensar en los orígenes de un lector. ¿Todos
debemos comenzar por los clásicos infantiles y de ahí pasar a los clásicos
adultos? ¿El fracaso está garantizado si no se comienza por la Ilíada o el Quijote? Obviamente no, y modestia al margen creo que soy un buen
ejemplo de que el comienzo importa sólo como comienzo, para agarrar el gusto,
para cimentar la asiduidad que después pueda ser canalizada hacia obras de
mayor calado.
La
formación de un lector es misteriosa. En el proceso hay, supongo, una cierta
predisposición natural, que en mi caso fue el asombro ante el sonido de las
palabras dichas y la contextura de las palabras escritas. Antes de comprender
su sentido, las palabras ya me habían hechizado, no sé por qué. Lo que vino
después fue, diría Bourdieu, el habitus
que tuve a mi alcance: una familia que tenía periódico todos los días, una
escolaridad estándar en escuela pública sobrepoblada, un deporte popular a la
mano y revistas baratas de futbol para cobrar impulso como lector. Luego
vinieron los primeros libros casuales, el acceso a la universidad, los amigos
con más lecturas y el orgullo íntimo de ser un poquito distinto, vaya modesto
logro, por leer libros.
En
suma, nadie elige sus primeras lecturas fervorosas. En mi casa infantil no
había biblioteca, a mí me tocó combinar la práctica del futbol con la lectura
de revistas de futbol, y es por ello que tengo gratitud por este deporte que
luego sin querer me condujo hacia los libros. Esto quiere decir que no me asusto
cuando un joven comienza leyendo mucho de lo que sea, generalmente mugre. Lo
importante es que el impulso inicial luego tome un camino más exigente, que no se quede atorado, por ejemplo, en la autoayuda o los zombis. Esto de leer con fruición es
un tanto azaroso, pero si lo miramos bien, todo en la vida es así.
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Lagunera, 8, mayo, 2026
Nota 1. En la imagen que encabeza este post aparece Miguel Marín, portero de Cruz Azul en la década de los setenta. Fue mi ídolo futbolístico de la niñez, aunque nunca jugué en el arco. Si no recuerdo mal, la foto me la regaló José Manuel González Souza, compañero de la prepa, más o menos en 1980. Desde entonces la conservo. Es una foto periodística original, impresa en papel fotográfico. En el envés aparece impresa, con sello de goma, la leyenda “Foto Hermanos Mayo. 1974”. Mi amigo Souza es pariente de la familia Mayo, y con alguno de sus miembros consiguió esta excelente postal que después puso en mis cruzazulinas manos.
Nota 2. Texto parcialmente leído como base de una charla ofrecida en la Feria del Libro de Coahuila-Torreón. Su título fue “En un lugar de la cancha: lectura y futbol”. Se celebró el 9 de mayo de 2026 en el Centro de Convenciones de Torreón, sede de la Feria.

