La suma de sus goles convirtió a Carlos Hermosillo (Cerro Azul, Veracruz, 1964) en el segundo mejor anotador en la historia del futbol mexicano, sólo debajo de Evanivaldo Castro. Casi 400 tantos, si se cuentan los que marcó para la selección, es una cantidad de ingente respeto. Con el América, donde debutó, llegó casi a la centena, pero fue en Cruz Azul donde duplicó esa cifra. Es inolvidable por ello su etapa como cementero, cuando formó endiablada mancuerna con el argentino Julio Zamora. A propósito, recuerdo una jugada que da muestra de la letalidad en aquel dúo: Zamora centra desde la banda derecha y llega Hermosillo con un cabezazo de palomita, más violento que si le hubiera pegado con el pie. Pero es improcedente describir un tipo de gol en la enorme cuenta del veracruzano. Larguirucho, grandote y fuerte, es lógico que su alta cantidad de goles suponga una variedad que incluye testarazos, chilenas, disparos de media, sombreritos, balazos de cerquita y numerosos tantos insólitos. Curiosamente, se le recuerda por un penal: el que, todavía groggy por un turbio patadón en la cara, le clavó a Ángel Comizzo en la final contra León. Inmensa fue la carrera de Carlos Hermosillo.
sábado, junio 27, 2026
17. Hermosillo
miércoles, mayo 27, 2026
Dipinto di blu
Es conocida como “Volare”, pero su verdadero
nombre es “Nel blu, dipinto di blu”, y en los sesenta se convirtió en una
canción famosa en la voz de Domenico Madugno. En YouTube está disponible la
versión original y muchas otras con cantantes varios, incluida una abusiva con
Luciano Pavarotti, que para su talento era una canción menos que fácil. También
me gusta la aflamencada y bailable de los franceses Gipsy Kings, que en todo su
repertorio son muy buenos.
Traigo a cuento la canción que inmortalizó a
Madugno porque así me siento, pintado de azul. Para nadie entre quienes me
conocen es un secreto que tengo décadas, cinco nomás, como aficionado
irreductible de Cruz Azul. Es fácil decirlo, pero es medio siglo de fidelidad a
un color que si bien me dio grandes noticias apenas lo abracé, luego fue tacaño
para alegrarme con campeonatos, sobre todo la larga y oscura etapa del 97 al
2021, una sequía en la que por las derrotas inexplicables nos estigmatizaron
con un verbo atroz que luego encontró cabida en el diccionario de
mexicanísimos: cruzazulear.
Con amigos de la misma bandería (como Giancarlo
Uribe) hice hace poco un recuento de los tropiezos aberrantes que motivaron
el verbo: el gol de Glaría en el último minuto con el que Pachuca nos quitó un
campeonato, la final contra el América con el gol del portero Moi Muñoz, la
eliminación que nos propinó Pumas pese a una ventaja de cuatro goles, el
imborrable error de Kevin Mier… y muchas cagadas más en finales y semifinales
perdidas por cruzazulear.
En 2021 se rompió la maldición y la Máquina consiguió el título con Juan Reynoso en el timón. Muchos pensamos que allí comenzaba una racha triunfadora, pero los fantasmas reaparecieron, el verbo maldito nuevamente nos acechó. Pero ya, el domingo pasado la suerte y el buen futbol encaramaron otra vez en la cúspide a los Cementeros. Gracias a lo que ocurrió, nunca voy a olvidar la alegría íntima, el grito callado que mi espíritu pegó cuando a las 9:15 de la noche del domingo 24 de mayo de 2026 el árbitro pitó. Otra vez campeones, la décima. No hubo verbo cruel y por eso hoy canto bajito (porque jamás me han agradado las bromas ruidosas contra el perdedor) “Nel blu, dipinto di blu”.
sábado, mayo 09, 2026
En un lugar de la cancha: lectura y futbol
No sé si todas las personas
que leen con asiduidad saben en qué momento y por qué adquirieron este hábito.
Supongo que sí, pues creo que en general perciben la importancia de la lectura
como acompañante de sus vidas, lo que obliga a pensar con frecuencia en las motivaciones
remotas. En esto ayuda el hecho de que no es, como caminar, una práctica
desarrollada en la inconsciencia de la primera infancia, sino el nacimiento de
una habilidad que suele darse cuando ya podemos retener las vivencias con
cierto grado de claridad, cuando sabemos hablar con cierta lógica. Me estoy
refiriendo aquí a la lectura que va más allá de la alfebetidad, a la lectura
como goce así sea incipiente. Creo que todos los que leen con regularidad y
placer alcanzan a saber cuándo apareció el gusto, en qué momento tomaron un
libro sin el forzamiento de la obligación escolar.
Sobre esto he pensado más de
una vez porque me interesa como tema vinculado a mi experiencia y porque no ha
faltado oportunidad para que me lo pregunten. Mi respuesta tiene la claridad
que puede tener un recuerdo con medio siglo de edad. Es algo vago ese recuerdo, pero no lo
suficiente como para impedirme una explicación satisfactoria al menos para mí:
yo leo con asiduidad —diría que con pasión y placer si no sonara pedante— desde
que tenía cerca de diez años, hace 52. Antes de 1974, por supuesto que ya leía
los libros de texto de la SEP y el periódico La Opinión que a diario compraba doña Catalina, mi madre. Quiero
pensar que consumía aquellos papeles en los ratos libres, los ratos que
sobraban al juego vespertino con mis hermanos y los amigos de la cuadra. Nunca
fui un buen estudiante, así que me asomaba con desdén a los libros de texto.
Esto creo, pues mis notas jamás delataron a un alumno con aspiraciones altas.
Con el diario tuve una relación buena, me gustaba hojearlo, disfrutar sobre
todo con la sonoridad de los topónimos y la onomástica remota. Pero no entendía
las noticias ni los artículos, así que debía contentarme con una lectura
superficial.
En un cuento mío de 2023, reciente, un personaje ficticio desempeña algunas funciones de alter ego y dice lo siguiente (hagan de cuenta que allí usé lo que acabo de explicar a propósito de mi lectura periodística):
En 1973 yo tenía nueve años y en la casa de mi familia sólo disponíamos de dos posibilidades para leer: los libros de texto gratuitos y La Opinión, uno de los periódicos de La Laguna. Fue en las páginas del diario donde comencé a leer en serio, aunque sin procesar bien lo leído, textos que estaban más allá de lo que encomendaban en la escuela. No recuerdo con precisión ninguna nota, sólo el hecho de pasar la vista sobre el diario y encontrar información que por entonces sólo eran palabras, nombres propios de lugares y personas: Luis Echeverría, Vietnam, Richard Nixon, Madrid, Francisco Franco, Tel Aviv, Moshe Dayan, Juan Domingo Perón, Buenos Aires, Augusto Pinochet, Palestina, Yasser Arafat, Fidel Castro, La Habana, Paulo VI, Ciudad del Vaticano, Moscú, Leonid Brézhnev… Para mí no había ninguna posibilidad de saber entonces que esos nombres representaban ideas, y que esas ideas tenían orientaciones encontradas, que en el mundo había noticias de conflictos debido al choque de las ideologías que abrazaba cada uno de aquellos personajes…
Más o menos así me relacionaba
con el diario a mis diez años. Luego ocurrió un hecho que también he contado
alguna vez. Como a los once años descubrí el futbol. Uso el verbo descubrir porque hasta entonces el
ambiente deportivo de mi casa se relacionaba con la pasión de mi padre, el
beisbol. En uno de sus partidos dominicales celebrado en los campos de
Jabonoso, un ejido de Gómez Palacio, yo tenía quizá once años cuando me alejé
del partido de mi padre y caminé a los campos de futbol. Todo era un llano en
llamas, no había separación física entre los campos de fut y de beis, así que
fui a ver el futbol. Jugaban dos equipos llaneros de jóvenes como de
veinte años, y cuando desde la línea lateral vi el desarrollo del partido no
entendí muy bien las reglas, pero me gustó. Al llegar a casa aquel domingo en
la tarde sentí el impulso de patear algún balón, lo que ocurrió cuando comencé
a jugar en los recreos de la escuela primaria federal Presidente López Mateos de
Santa Rosa y en las tardes de mi barrio gomezpalatino. El gusto de jugar futbol
fue intenso, me hizo muy feliz durante la adolescencia.
Lo extraño ocurrió casi simultáneamente: al gusto de jugar futbol y de leer el diario sin entender el sentido de las notas, sólo por la maravillosa sonoridad de las palabras, añadí la compra de revistas de futbol. También sobre esto he escrito dos o tres veces, una de ellas inédita, pues viene en un librito que aparecerá dentro de dos semanas: Amar a Maradona. Allí, en el primer párrafo del prólogo, comparto esto:
El primer Mundial que vi completo fue el celebrado en Argentina. Tenía 14 años y atravesaba una etapa de enamoramiento futbolero rayano en lo patológico. A la práctica diaria y callejera del futbol sumaba un par de hábitos que después no me abandonarían: ver en la tele dos o tres partidos todos los fines de semana y comprar cinco revistas de futbol con disciplina de académico. Por aquellos meses se había dado el brinco familiar de Gómez Palacio a Torreón, y poco a poco la atracción de la calle me alejó de las sobredosis televisivas y de la frenética compra de revistas, dado que los imperativos de la vagancia consumían los escasos recursos disponibles, incluido el tiempo libre para ver la tele. El virus cedió un poco, pero no se fue, nunca se fue, pues todavía veo en la pantalla algún partido por semana para recuperar un cacho ilusorio de la infancia, y eso de leer no se diga, creció y se orientó hacia mejor vertiente: ya en otros lugares he explicado que ante la falta de biblioteca en casa, las revistas de futbol fueron sin premeditarlo la herramienta que me impuso el gusto de la lectura y de los libros. Así de anómalo fue mi nacimiento a las letras. Los caminos de la literatura son inescrutables.
Ya había adelantado una explicación similar en el libro Invítame a leer. Conversaciones con gente de libros (SEC, 2019), de Gerardo Segura. En tales páginas comenté con mayor amplitud lo que aquí observo:
Cuando llegué a la secundaria ocurrieron dos hechos importantes: por un lado, descubrí la práctica del futbol y, por el otro, mi madre compró unas enciclopedias, lo que en aquella época (1978) era como conectarse a internet. Apasionarme por el futbol como deporte, jugarlo bien y sin descanso, tuvo una extraña derivación “intelectual”, por llamarla de algún modo: me convertí en comprador, lector y coleccionista contumaz de revistas futboleras. Cada semana ahorraba la cantidad necesaria para comprar cinco publicaciones, es decir, todo lo que llegaba a La Laguna sobre ese tema: las revistas Pénalty, Balón y Sólo Futbol, y las historietas Borjita y Chivas Chivas Ra Ra Ra. Gracias sobre todo a las revistas, y a falta de Ilíadas y Odiseas, accedí a entrevistas, reportajes y columnas en los que fui haciéndome una idea del mundo y de la vida a partir del futbol. En aquel tiempo no sólo La Laguna, toda la provincia era más provinciana y se soñaba poco con lo que estaba fuera de nuestro entorno. Las entrevistas a los jugadores me remontaban a geografías distantes, a topónimos y nombres de equipos y jugadores que conllevaban una sonoridad peculiar: Botafogo, San Lorenzo de Almagro, Amaury Epaminondas, Juan Carlos Czentoriky, Belarmino de Almeida, Colo Colo, Rafael Albrecht, Jan Gomola, Carlos Jara Saguier… algo raro había en esas palabras, lo que me hacía pensar en lejanías, en la heroicidad de viajar, en la vaga sensación de que el mundo era mucho más grande de lo que yo imaginaba. Mi vida, entonces, era ir a la escuela, leer revistas de pe a pa y jugar futbol en la calle todos los días. Eso fue, sospecho, lo primero que leí con pasión y disciplina, pero no me duraría mucho tiempo, pues llegaron las enciclopedias y con ellas unos libros de regalo, como un pilón. Las enciclopedias sirvieron en casa para las tareas de mis hermanos y las mías, pero yo aproveché más un libro extra, de los de regalo, al que considero muy importante en mi vida, acaso el primero que logró cautivarme.
El
acontecimiento cultural más importante de mi vida, leer asiduamente, se lo debo
pues al futbol, aunque parezca increíble. Supongo que es al menos mínimamente
raro que de jugar futbol se pase a leer futbol con voracidad y de allí, sin
solución de continuidad, haya pasado a la lectura literaria, a la lectura de
libros “serios”. Esto me lleva a pensar en los orígenes de un lector. ¿Todos
debemos comenzar por los clásicos infantiles y de ahí pasar a los clásicos
adultos? ¿El fracaso está garantizado si no se comienza por la Ilíada o el Quijote? Obviamente no, y modestia al margen creo que soy un buen
ejemplo de que el comienzo importa sólo como comienzo, para agarrar el gusto,
para cimentar la asiduidad que después pueda ser canalizada hacia obras de
mayor calado.
La
formación de un lector es misteriosa. En el proceso hay, supongo, una cierta
predisposición natural, que en mi caso fue el asombro ante el sonido de las
palabras dichas y la contextura de las palabras escritas. Antes de comprender
su sentido, las palabras ya me habían hechizado, no sé por qué. Lo que vino
después fue, diría Bourdieu, el habitus
que tuve a mi alcance: una familia que tenía periódico todos los días, una
escolaridad estándar en escuela pública sobrepoblada, un deporte popular a la
mano y revistas baratas de futbol para cobrar impulso como lector. Luego
vinieron los primeros libros casuales, el acceso a la universidad, los amigos
con más lecturas y el orgullo íntimo de ser un poquito distinto, vaya modesto
logro, por leer libros.
En
suma, nadie elige sus primeras lecturas fervorosas. En mi casa infantil no
había biblioteca, a mí me tocó combinar la práctica del futbol con la lectura
de revistas de futbol, y es por ello que tengo gratitud por este deporte que
luego sin querer me condujo hacia los libros. Esto quiere decir que no me asusto
cuando un joven comienza leyendo mucho de lo que sea, generalmente mugre. Lo
importante es que el impulso inicial luego tome un camino más exigente, que no se quede atorado, por ejemplo, en la autoayuda o los zombis. Esto de leer con fruición es
un tanto azaroso, pero si lo miramos bien, todo en la vida es así.
Comarca
Lagunera, 8, mayo, 2026
Nota 1. En la imagen que encabeza este post aparece Miguel Marín, portero de Cruz Azul en la década de los setenta. Fue mi ídolo futbolístico de la niñez, aunque nunca jugué en el arco. Si no recuerdo mal, la foto me la regaló José Manuel González Souza, compañero de la prepa, más o menos en 1980. Desde entonces la conservo. Es una foto periodística original, impresa en papel fotográfico. En el envés aparece impresa, con sello de goma, la leyenda “Foto Hermanos Mayo. 1974”. Mi amigo Souza es pariente de la familia Mayo, y con alguno de sus miembros consiguió esta excelente postal que después puso en mis cruzazulinas manos.
Nota 2. Texto parcialmente leído como base de una charla ofrecida en la Feria del Libro de Coahuila-Torreón. Su título fue “En un lugar de la cancha: lectura y futbol”. Se celebró el 9 de mayo de 2026 en el Centro de Convenciones de Torreón, sede de la Feria.
miércoles, abril 22, 2026
El gran estadio Azteca
El 28 de marzo pasado la selección
mexicana jugó un partido amistoso contra la de Portugal. Este choque fue
organizado para reinaugurar el estadio Azteca luego de varios meses dedicados
al remozamiento del inmueble. El duelo de selecciones quedó empatado sin goles,
de modo que los 85 mil espectadores que concurrieron no dejaron de saludar el
pobre espectáculo con abucheos lanzados desde sus onerosas butacas. Más allá de
lo estrictamente deportivo (que pese a la ausencia de goles reveló la
superioridad de los lusitanos), fue otro detalle lo que atrajo mi atención desde
el arranque del encuentro.
Al sacrificio inevitable que
significa escuchar la crónica de los locutores que narran y comentan nuestro
futbol, tipos cada vez más estridentes y payasescos, se sumó una tortura
inesperada: cada diez segundos, seguramente por consigna de sus patrones, el
locutor y los comentaristas decían “estadio Banorte”. La idea era obvia:
remarcar a los televidentes que el México-Portugal ya no se estaba jugando en
el estadio Azteca, sino en el “estadio Banorte”. Armado con mi más espontáneo
malestar, compartí de inmediato y donde pude estas palabras y otras similares, pues la verdad sentí
rabia: “Perdón
por la nimiedad. Esta es la única vez que llamaré estadio ‘Banorte’ al estadio
Azteca. Para mí el estado Azteca se llama estadio Azteca. Dicho lo anterior, en
unos minutos México jugará un amistoso contra Portugal en el estadio Azteca”.
Creo que no pude ser más claro.
Lo que motivó mi malestar tiene
que ver con el peso simbólico de las palabras. Para los mercenarios, por
supuesto, las palabras no significan gran cosa, por eso ofrecieron al mejor
postor el poderoso y significativo nombre del más importante estadio mexicano,
esto sin considerar su peso simbólico, su valor histórico y el grado de
lexicalización que ya le había dado el uso popular durante sesenta años, desde
su inauguración, el 29 de mayo de 1966, hasta hoy. Por una millonada, le cercenaron
una palabra hermosa para injertarle otra tristemente comercial.
No me pasa lo mismo con otros estadios de reciente construcción con nombres comerciales (Banorte pudo hacer lo mismo). Ellos harán su historia así, con nombres de marcas, pero el Azteca es el Azteca, y este nombre no se puede mutilar como si seis décadas de historia no pesaran. Imaginemos: ¿Pelé fue campeón del mundo en el estadio Banorte? ¿Cruz Azul fue tricampeón jugando en el estadio Banorte? ¿El estadio Banorte fue testigo del gol del siglo anotado por Maradona? Esto es grosero. Por ello para mí el estadio Azteca seguirá siendo siempre, sin ninguna vacilación, el gran estadio Azteca concebido por la maestría del arquitecto Pedro Ramírez Vázquez.
Un pilón. Este caso me recordó lo
sucedido alguna vez con la palabra “chicle” en la publicidad. A algún experto
en anuncios quizá le pareció feo el hermoso nahuatlismo “chicle”, y en los
mensajes comerciales empezaron a decir “goma de mascar”. Por suerte
el calco del inglés no prosperó, la palabra mexica se impuso y para nosotros el chicle siguió
siendo “chicle”. Ojalá que esto mismo pase con la poderosa palabra “Azteca” en
el nombre del más importante estadio mexicano, el estadio Azteca, “El coloso de Santa Úrsula”,
como lo apodó nuestro siempre admirado Ángel Fernández.
miércoles, diciembre 11, 2024
Infausta semi
La
semana pasada estuve en la FIL Guadalajara y por ello tenía el deseo de
comentar algo sobre ella, pero el domingo se atravesó en mi menú temático un
asunto más importante: la semifinal entre Cruz Azul y América. No es la opinión
de un especialista, aunque casi, pues sin temor a equivocarme y menos a parecer
pedante, mucho entiendo de esta vaina, como dicen los colombianos.
Sabemos
que los dos equipos venían de un empate a cero en el juego de ida. Por su
posición en la tabla, los azules tenían la ventaja de buscar dos resultados
para pasar a la final. Los amarillos, en cambio, sólo uno: el triunfo. Como
buen cementero de la vieja guardia, como cruzazulino acostumbrado a los
tropiezos, sospeché que la ventaja de Cruz Azul planteaba en realidad un
peligro: podían saltar a la cancha con la idea de empatar, sin intensidad, lo
que en efecto sucedió, pues en lugar de salir a arrasar cedieron el balón más
de sesenta minutos. La consecuencia de tal parálisis fue que al minuto 50 ya
iban abajo 2 a 0. Obviamente, no puedo estar contento con un equipo que juega una hora sin intensidad, y menos en una semifinal, y menos frente al América.
Mal los azules, pues.
Lo
que vino luego fue tragicómico. Cruz Azul, no sé cómo, empató el marcador a tres
tantos, y fue en ese momento cuando se dio el punto desastroso del partido.
América siguió haciendo lo suyo muy bien, Cruz Azul enderezó su pésimo primer
tiempo, el partido se puso en tono histórico, pero luego apareció un disparate
arbitral rayano en el absurdo. Tras el gol del empate a tres, los amarillos
movieron el balón con dos jugadores adelante del medio campo. La decisión de
seguir la jugada sería peccata minuta
en un Potosino-La Piedad de la jornada 3, pero en este caso cambió el destino
de una semifinal. La acción del penal nació entonces contaminada, y era
suficiente un vistazo al VAR para rehacerla y anular el cabezazo de Aguirre, la
falta de Rotondi y el tiro de castigo, todo.
Pondré
un ejemplo extremo para que sirva de paralelismo: cualquier negocio que derive
del lavado de dinero es un negocio turbio, así se trate de una dulcería; si el
origen de los recursos está contaminado, todo lo que le siga asimila la mancha
primigenia.
La jugada del penal al América ni siquiera debió proseguir más allá del cabezazo. Todo lo demás es debatible. Eso no, como lo demuestran las imágenes que el árbitro y el VAR se pasaron por calva sea la parte.
sábado, octubre 26, 2024
La Máquina de Nacho Flores

Gracias a ese viejo Cruz Azul hice de mi vida una permanente e infantil esperanza de victoria semanal. Era la Máquina de Marín, Quintano, Guzmán, Pulido, Gómez, Cornero, Montoya, Bustos, López Salgado, Vera, Flores y demás ídolos que me dieron tardes de éxtasis en una telecita Hitachi blanco y negro con la que fui inmensamente feliz e inmensamente triste, esto cuando la Máquina perdía. Para volver a mi pasado, porque tengo la capacidad de ser de nuevo el niño o el adolescente que vio en vivo decenas de partidos, recurro como todos, ahora, al YouTube. Un video que me encanta es el que mete en una cápsula (cápsula del tiempo) el 6-3 que Cruz Azul le propinó a la UNAM en 77-78, es decir, en aquellas temporadas kilométricas que de veras ponían a prueba la regularidad de los equipos. Fue un choque espectacular, pues si los azules eran un conjunto poderoso, los Pumas no eran menos. Basta ver la alineación de los universitarios para advertir que se trataba de una cosa espeluznante; ya no estaban allí Bora Milutinovic, Mejía Barón ni “El Capi” Cabalceta, lo que quizá debilitó su defensa, pero de la media cancha hacia adelante era un equipo de ensueño. Cierto, allí alineaban todavía el “Gonini” Vázquez Ayala (el Pujol mexicano, una especie de cavernícola de la retaguardia), Héctor Sanabria (que golpeaba como asno en las tibias rivales) y “El Pareja” López (un tipo velocísimo y de pata dura), pero lo mejor estaba adelante: Jota Jota Muñante (a quien Ángel Fernández le colocó dos apodos: “La Cobra”, el primero, y otro digno de catálogo: “El Jet de Perú”, ya imaginarán por qué), Enrique López Zarza (gran recuperador), Cabinho (un bombardero criminal, el mayor en la historia del fut mexicano), Leo Cuéllar (un motor incansable pese a los 23 kilos y medio de greña que cargaba en su cabeza), y Hugo (el mejor futbolista mexicano de la historia).
A tales fieras doblegó la Máquina en aquel memorable partido. Empezó con el gol un poco accidentado del paraguayo Carlos Jara Saguier (a quien Fernández motejaba “El Francesito”), luego el 2-0 con el riflazo del mismo guaraní. Viene el 2-1 gracias al olfato anticipatorio de Cabinho, y el empate se da gracias al centro de Cuéllar en el que Marín se va con la finta de Cabinho. Juan Dosal narró el primer tiempo; a muchos no les gustaba su relato, pero a mí sí, pues jamás oí a un cronista con tanta precisión al momento de ver, sin pensarla dos veces y sin necesidad de repetición, los detalles sutiles de cada jugada. Un ejemplo: noten cómo desde el palco advierte de inmediato que el gol es de Cuéllar, no de Cabinho. No requirió la repetición, y su comentario fue inmediato. Había sido jugador, conocía perfectamente la física del juego, y en el gol de Leo notó que la pelota no tuvo ninguna desviación, de ahí que se lo atribuyó sin dudar al melenudo.
El tiempo complementario fue formidable (en el gol del rosarino Alberto “Hijitus” Gómez el centro a la olla salió de Nacho Flores, número 2 de los azules, tras recibir un pase del “maestro” Fernando Bustos que poco antes había pegado una gambeta enceguecedora). Lo narró el más grande: Ángel Fernández. Sus descripciones, su tesitura, sus gritos sonaban perfectamente bien, exactos, como los de nadie. Basta ver la manera como aborda los dos goles de Rodolfo Montoya. El primero, que fue más casual que otra cosa, valió por las palabras de don Ángel. Dice: “Este es Rodolfo Montoya, sobre la barrida del Chiquilín [Cervantes, un grandulón] tocando un enorme sombrero galoneao, y alrededor de ese sombrero unos gallos tremendos con las navajas afiladas”. ¡Caray, qué natural se oye eso, qué creativo y espontáneo! Poco después, luego del misil al ángulo disparado por Montoya, el cronista grita gol como si gritara que está lloviendo oro, con auténtica dicha. Recuerdo que Fernández elogiaba mucho a Montoya, un extremo centellante que llegó de Tigres a los Cementeros. Usaba siempre la media caída, pues entonces el reglamento permitía que quien quisiera no usara espinilleras y se bajara el calcetón. Ángel Fernández llamó a ese estilo, como siempre, inigualablemente bien: “El atavismo de los barrios”, porque en las calles se jugó siempre con la media caída.
Bien, en aquel Cruz Azul militó el gran Nacho Flores, hoy uno más de los miles de “daños colaterales” en la guerra estulta que seguimos soportando. Traigo, por ello, estas palabras en reconocimiento a Ignacio Flores Ocaranza y como retroactivo elogio a los compañeros con los que tocó la gloria cuando la Máquina sí pitaba y pitaba, imponente.
He aquí el video de aquel choque.
miércoles, mayo 26, 2021
Feliz e infeliz
No sé si hay muchos casos como el mío, pero supongo que
son raros. Me refiero a la afición pareja por dos equipos del mismo torneo, una
especie de amor siamés. He explicado ya en otro momento el origen de esta
duplicidad de afectos, un sentimiento que maduró lenta e inexorablemente en mi
corazón hasta dar con mi actual condición de aficionado doble, como si ahora
sí, aunque no creo en horóscopos, se validara el hecho de que me tocó ser
géminis. Sé que muchos jóvenes y no tan jóvenes son hoy aficionados a dos
equipos, uno local y otro por lo general europeo. Así, hay ahora muchos
santistas y al mismo tiempo hinchas fervientes del Barcelona o Real Madrid, y
cada vez más, también, de equipos italianos, ingleses, alemanes y franceses.
Pero (esto es lo raro) que alguien tenga equitativo cariño a dos equipos del
torneo mexicano casi no se ve, y es mi caso. Soy, a la par, azul y verde, o verde
y azul, da igual.
Por tal razón, toda esta semana me voy a sentir con el
corazón partío, por citar la letra de un cantante que detesto. Sé, como he
respondido a todos los que me bulean, que tras el pase de Santos Laguna contra
Puebla el domingo pasado aseguré al unísono la tristeza y la alegría. Entiendo que
este cruce de sentimientos culminará el domingo en la noche, cuando sepamos
quién quedó campeón. En ese momento me sentiré muy bien por el ganador, y muy
mal por el que se quede sin el título. Lo mismo sentí hace algunos años, cuando
ambos equipos llegaron a la final que concluyó con un triunfo para los de La
Laguna.
Ambos clubes llegan, si no me engaño, en su mejor circunstancia,
sin lesionados, con todas las baterías cargadas. Pese a tener un torneo
desigual, con altas y bajas, Santos se colocó en quinto de la general y mejoró en
la fase de repechaje y de liguilla. El motivo del repunte se debió a la
recuperación, por fin, de jugadores como Preciado y Valdés, quienes padecieron lesiones,
y a la veloz adaptación de muchos novatos como Campos, Aguirre, Ocejo y Muñoz,
que a estas alturas ya agarraron confianza para jugar sin timidez ante cualquier
rival. Pese, pues, a tener una campaña con turbulencias, la nave de Guillermo
Almada no hizo agua y ha respondido, como se dice en el beisbol, a la hora
buena, cuando más se ha necesitado de futbol ambicioso y eficaz.
Cruz Azul, en cambio, tuvo un torneo casi perfecto.
Todavía con la sombra del fracaso contra Pumas en la semifinal de diciembre,
comenzó el Clausura 2021 con cambio de entrenador, con dos derrotas y un
panorama que parecía encaminado a la catástrofe. Luego vino el racimo de
triunfos consecutivos que lo encaramó en el primer lugar de la tabla, después la
liguilla en la que se vio bien en general, aunque sacando el jale con algo de
zozobra frente a Toluca y Pachuca. También llega a la final con el equipo
entero, sin bajas “por el tema” (así dicen muchos periodistas deportivos) de
lesiones, y al parecer muy motivado por Juan Reynoso y la certeza de que ahora
sí, por fin, luego de 24 años, tras muchos intentos fallidos, después de varios
fracasos sonoros, definitivamente, esta oportunidad es la buena.
Me preguntan, reitero, de qué lado me canteo en este dilema.
Respondo que prefiero no responder, suspender el juicio y dejar que la historia
eche un volado, como llamamos en México a la moneda puesta en el aire. Ahora
bien, alguien me planteó la disyuntiva de otro modo: si fueras indiferente a
estos dos equipos, ¿a cuál sientes más viable ganador en este momento?
Respondo: por el torneo, por los jugadores, por cerrar en el Azteca y sobre
todo por la urgencia, creo que Cruz Azul tiene una leve ventaja. Lo pongo así:
45% contra 55%.
Pero bueno, mejor cierro el pico y me resigno desde ya a ser feliz e infeliz al mismo tiempo.
domingo, octubre 04, 2015
Sequía azul
jueves, abril 11, 2013
Quince años después
Mañana saldré a la calle y me sentiré raro. La gente dirá: "Mira, ese güey es cementero, qué envidia".
sábado, noviembre 24, 2012
El vuelo del Supermán
jueves, noviembre 25, 2010
De la Máquina y los demás
Esta entrega divagará por los cuatro equipos que quedan vivos en el apertura 2010 y uno que ya fue despachado, el Cruz Azul. Disculparán la frivolidad, pero siempre he considerado que para todo hay tiempo, incluso para echarle un morboso ojo al TVyNovelas en la peluquería. En fin. Primero lo primero: mis cuatro o cinco interlocutores de futbol tienen trece años riendo de este servidor por culpa de mi afición al Cruz Azul. No los cuestiono, más bien les doy la razón y hasta les digo que ya no me duelen sus carcajadas. El sábado pasado reincidieron en cagotearme y esta vez, no miento, volví a sentirme un poco mal, como antaño. Édgar Salinas, por ejemplo, me compartió un chiste que circuló en la red: “¿Por qué los alcohólicos anónimos felicitaron a Cruz Azul? Porque los Cementeros tienen trece años sin levantar una copa”. No pude negarle que es muy bueno, además de verdadero.
El caso es que para los cuarentones/cincuentones que fuimos niños en la cada vez más borrosa era del tricampeonato cementero es una pena ver lo que pasa con el equipo de nuestras niñeces. Años van y vienen y ya nos estamos convirtiendo en los Saraperos de Saltillo del futbol: los “ya merito” (aunque es justo reconocer que los Saraperos por fin se sacudieron la malaria en beis). A Cruz Azul le hace falta un cambio radical de directiva. Creo que Guillermo Álvarez es el presidente de los azules desde el Medievo, así que ya llegó la hora de expropiarle el feudo. Es evidente que allí hace falta un relevo generacional tan profundo como el que han aplicado muchos equipos mexicanos (uno de ellos, acaso el más destacado últimamente, el del Santos, pues los buenos resultados del club lagunero se deben al trabajo de su nueva directiva, un grupo de jóvenes que ha sabido maniobrar a tiempo para que el equipo no decaiga). Cruz Azul demanda eso desde hace lustros: que sean otras personas, jóvenes sobre todo, las que ocupen los cargos directivos y diseñen un plan de choque contra la mediocridad y el arrugamiento a la hora buena.
Y ya que hablé de los nuestros, qué decir; sólo esto: para desplumar a los amarillos es necesario más futbol que el exhibido contra Jaguares el domingo pasado. Sigo creyendo que en la alineación original deben estar Estrada, Ludueña y Peralta (no Quintero). Sabemos que Estrada está fuera por lesión, pero es un hecho que el equipo mejora adelante con el atrabancado pero eficaz campirano lagunero. Cuando Peralta está de inicio se siente un poco más de verticalidad y quedan al margen los arabescos sin veneno del errático Darwin. El caso de Ludueña es ejemplar de lo que yo puedo llamar pereza creativa; jugador de contentillo, es el más dotado de técnica pero no ha querido soltarse, mostrar otra vez que puede comandar el ataque y repartir balones a la Zinedine. Esta es su oportunidad, se le presenta el escenario para borrar una temporada gris y regresar a lo que los aficionados ya le vimos alguna vez: un futbol que nadie más en México tiene en los botines.
El América llega muy emparejado con los laguneros. Confieso que he visto poco al equipo de Televisa y de oídas sé que hoy juega más o menos y mañana mal. Esperemos que ni hoy en la ida ni el domingo en la vuelta salga bien lubricado, que en general se contamine por el raro virus del Vuoso bipolar.
En el otro juego también veo equidad de fuerza, aunque por los hechos es admisible pensar que Monterrey se ha comportado mejor y tiene una leve ventaja. Por sus goles es claro que se trata del equipo con mejor desempeño de conjunto, y que si sale enganchado puede reiterar su campeonato de hace poco. Lo malo, o lo bueno, pues en este caso tuerzo por los Pumas, es la motivación con la que llegan los universitarios. Haber liquidado a Cruz Azul como lo hicieron les ha levantado la autoestima y seguramente están pensando lo obvio: si ya se echaron en un taco al líder de la tabla general, no hay razón para no colocar en la tortilla, también, un cabrito sublíder.
Y ya no pronostico nada, pues para adivinar resultados ando más falible que Quintero frente al arco.
viernes, agosto 21, 2009
sábado, diciembre 13, 2008
Cementero de clóset

Pero pasó que después del bicampeonato todo fue fracaso en la Máquina. Nada les cuadraba. Tuvieron, sí, un chispazo en 97, cuando ganaron la corona en León contra los Panzas Verdes con aquel penal tirado por el hoy trastabillante funcionario deportivo Carlos Hermosillo. Fuera de eso, un par, creo, de subcampeonatos y harta mediocridad, errores, malas contrataciones, futbol aguado, directivos pusilánimes. Tuve la suerte de que en La Laguna apareciera el Santos y, sin disputa, que fuera un equipo con tendencia triunfadora, lo que de alguna manera aminoró la pena de ser cruzazulino. Poco a poco, el tiempo y los laguneros mitigaron mi fervor cementero, pero es cierto, y legítimo, que uno como uno tenga dos equipos queridos. En los choques entre ellos no me importa cuál gane, eso porque ya no me clavo tanto y porque en ambos casos quedo con la buena sensación de que ganó algo cercano a mis afectos infantiles. Lo poco, pues, que me queda en el alma de niñez lo desperdicio en el futbol y en la lucha libre, así que en fechas de final no deja de interesarme lo que pasa con el soccer profesional, más si por allí andan los míos.
Tenía al menos quince años, lo aseguro, sin ver a un Cruz Azul compacto, alegre y ofensivo. Vi hace una semana el juego de ida contra el Atlante en el estadio Azul y la verdad quedé hasta bizco. Feroz y organizado, el Cruz Azul atacó con todo a los Potros, y no les clavó seis nomás porque el Atlante tuvo suerte. Alejandro y Martín, mis interlocutores futboleros de la miscelánea Ale-Mart donde compro víveres del diario, saben ya, con sorpresa, que también le voy a Cruz Azul, y como entienden bastante del negocio estuvieron de acuerdo en que la Máquina de veras se pronunció fuerte, insólita, en la liguilla que corre.
Escribo esto un par de horas antes del partido de ida contra Toluca; no abrigo muchas esperanzas, pues de esperanzas está empedrado el camino hacia la frustración, pero ustedes, mientras leen esto, sabrán con qué ánimo amanecí a partir del resultado. En fin: el fut es lo que me queda de niñez, de esa niñez pasada con amigos callejeros en numerosas canchas improvisadas de Gómez Palacio y Lerdo, de esa niñez que nunca me dio chance de aprender golf ni tenis ni equitación, sino futbol en la calle y en los llanos de La Laguna. Tengo derecho a seguir gustando de las patadas, y lo ejerzo.
Los que no tienen derecho a explotar con tanta saña la afición son los empresarios de Cruz Azul y de Toluca. El escándalo de la reventa amerita, como tantas mierdas en este país, la mano de la autoridad, legislar incluso para evitar abusos de tal tamaño. Pero cómo pedir ayuda a los diputados, si ya vemos que evaden impuestos con la mano en la (iba a escribir cintura, pero no) cartera. En fin. Suerte a los Cementeros. Ya nos toca una migaja de gloria.
En nuestra gustada sección “Grandes locutores futboleros”, va: Ángel Fernández, el más brillante cronista deportivo que recuerde mi cabeza, acuñaba frases afortunadas como si respirara. En un juego mundialista de la URSS contra Escocia se aventó una digna de aplauso: como en la camiseta de la Unión Soviética lucía la sigla CCCP (o sea, URSS, Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, Союз Советских Социалистических Республик, en ruso), dijo: “He allí la playera de los soviéticos. Esas cuatro letras en español significan ‘Cucurrucucú, paloma’”.










