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sábado, octubre 26, 2024

La Máquina de Nacho Flores



Me tumbó la gripe y tomo del archivo un viejo texto inédito en la columna:

Vi un resumen televisivo de los que condensan en dos horas un año de información y me enteré apenas de que en agosto mataron a Nacho Flores, el maravilloso lateral de Cruz Azul, de aquel Cruz Azul imborrable que fue mandón en los setenta, el Cruz Azul del tri/bicampeonato. En su momento no supe lo de Flores, supongo, porque el hecho me agarró en el viaje a la Argentina. Luego, al oír que lo habían asesinado sin un adarme de misericordia, con 27 plomazos, lamenté la noticia y recordé que aquel chaparrito de bigote zapatista corría la banda con solvencia y elegancia, y que fue un jugadorazo respetado por todos en la cancha y fuera de ella. Recordé que Flores era Ocaranza de segundo apellido, recordé a sus hermanos Luis y Lorenzo, recordé las incontables tardes de sábado en las que Nacho Flores alineaba en la legendaria Máquina que todavía usaba el Azteca de escenario. Era un jugador impecable en su posición, metía la pierna, pasaba bien, cubría toda la banda derecha, no aspaventaba, jamás sufría lesiones. Por Nacho Flores y sus compañeros adherí, hasta la fecha y con el plus del Santos Laguna, a la bandería cementera.

Gracias a ese viejo Cruz Azul hice de mi vida una permanente e infantil esperanza de victoria semanal. Era la Máquina de Marín, Quintano, Guzmán, Pulido, Gómez, Cornero, Montoya, Bustos, López Salgado, Vera, Flores y demás ídolos que me dieron tardes de éxtasis en una telecita Hitachi blanco y negro con la que fui inmensamente feliz e inmensamente triste, esto cuando la Máquina perdía. Para volver a mi pasado, porque tengo la capacidad de ser de nuevo el niño o el adolescente que vio en vivo decenas de partidos, recurro como todos, ahora, al YouTube. Un video que me encanta es el que mete en una cápsula (cápsula del tiempo) el 6-3 que Cruz Azul le propinó a la UNAM en 77-78, es decir, en aquellas temporadas kilométricas que de veras ponían a prueba la regularidad de los equipos. Fue un choque espectacular, pues si los azules eran un conjunto poderoso, los Pumas no eran menos. Basta ver la alineación de los universitarios para advertir que se trataba de una cosa espeluznante; ya no estaban allí Bora Milutinovic, Mejía Barón ni “El Capi” Cabalceta, lo que quizá debilitó su defensa, pero de la media cancha hacia adelante era un equipo de ensueño. Cierto, allí alineaban todavía el “Gonini” Vázquez Ayala (el Pujol mexicano, una especie de cavernícola de la retaguardia), Héctor Sanabria (que golpeaba como asno en las tibias rivales) y “El Pareja” López (un tipo velocísimo y de pata dura), pero lo mejor estaba adelante: Jota Jota Muñante (a quien Ángel Fernández le colocó dos apodos: “La Cobra”, el primero, y otro digno de catálogo: “El Jet de Perú”, ya imaginarán por qué), Enrique López Zarza (gran recuperador), Cabinho (un bombardero criminal, el mayor en la historia del fut mexicano), Leo Cuéllar (un motor incansable pese a los 23 kilos y medio de greña que cargaba en su cabeza), y Hugo (el mejor futbolista mexicano de la historia).

A tales fieras doblegó la Máquina en aquel memorable partido. Empezó con el gol un poco accidentado del paraguayo Carlos Jara Saguier (a quien Fernández motejaba “El Francesito”), luego el 2-0 con el riflazo del mismo guaraní. Viene el 2-1 gracias al olfato anticipatorio de Cabinho, y el empate se da gracias al centro de Cuéllar en el que Marín se va con la finta de Cabinho. Juan Dosal narró el primer tiempo; a muchos no les gustaba su relato, pero a mí sí, pues jamás oí a un cronista con tanta precisión al momento de ver, sin pensarla dos veces y sin necesidad de repetición, los detalles sutiles de cada jugada. Un ejemplo: noten cómo desde el palco advierte de inmediato que el gol es de Cuéllar, no de Cabinho. No requirió la repetición, y su comentario fue inmediato. Había sido jugador, conocía perfectamente la física del juego, y en el gol de Leo notó que la pelota no tuvo ninguna desviación, de ahí que se lo atribuyó sin dudar al melenudo.

El tiempo complementario fue formidable (en el gol del rosarino Alberto “Hijitus” Gómez el centro a la olla salió de Nacho Flores, número 2 de los azules, tras recibir un pase del “maestro” Fernando Bustos que poco antes había pegado una gambeta enceguecedora). Lo narró el más grande: Ángel Fernández. Sus descripciones, su tesitura, sus gritos sonaban perfectamente bien, exactos, como los de nadie. Basta ver la manera como aborda los dos goles de Rodolfo Montoya. El primero, que fue más casual que otra cosa, valió por las palabras de don Ángel. Dice: “Este es Rodolfo Montoya, sobre la barrida del Chiquilín [Cervantes, un grandulón] tocando un enorme sombrero galoneao, y alrededor de ese sombrero unos gallos tremendos con las navajas afiladas”. ¡Caray, qué natural se oye eso, qué creativo y espontáneo! Poco después, luego del misil al ángulo disparado por Montoya, el cronista grita gol como si gritara que está lloviendo oro, con auténtica dicha. Recuerdo que Fernández elogiaba mucho a Montoya, un extremo centellante que llegó de Tigres a los Cementeros. Usaba siempre la media caída, pues entonces el reglamento permitía que quien quisiera no usara espinilleras y se bajara el calcetón. Ángel Fernández llamó a ese estilo, como siempre, inigualablemente bien: “El atavismo de los barrios”, porque en las calles se jugó siempre con la media caída.

Bien, en aquel Cruz Azul militó el gran Nacho Flores, hoy uno más de los miles de “daños colaterales” en la guerra estulta que seguimos soportando. Traigo, por ello, estas palabras en reconocimiento a Ignacio Flores Ocaranza y como retroactivo elogio a los compañeros con los que tocó la gloria cuando la Máquina sí pitaba y pitaba, imponente.

He aquí el video de aquel choque.

sábado, noviembre 24, 2012

El vuelo del Supermán




















Un tuit de Édgar Salinas me dejó pensando desde el miércoles. Lo envió para tres de sus contactos: Chava Perales, Jesús Haro y el que aquí comenta. Contenía un enlace hacia la web La Ciudad Deportiva, que yo no conocía. De esa página, nos convidó el artículo “Navegando por el Atlántico: Una pasión nunca se extingue (I)”, firmado por Alan Sunderland. El primer párrafo establece claramente el planteamiento: “Y usted… ¿recuerda, sabe o reconoce de dónde nació el amor por su equipo? ¿Le fue heredado, se lo impusieron, no tenía de otra, adquirió una moda, le gustó algún jugador, le agradaban los colores de la entidad, los uniformes que vestían los futbolistas, la marca que los patrocinaba, el estadio que defendían, el sufrimiento que le provocaban, las alegrías que le brindaban, los motes que tenían, las rivalidades que se fomentaban? ¿Cuál fue la razón por la que usted, aficionado, pasivo o apasionado, le va, hoy en día, a su equipo?”.
Respondí con un tuit que más o menos decía esto, muy en la generalidad obligada por el corsé de los 140 caracteres: “Para mí es fácil saberlo: el fut llegó a mi vida cuando la Máquina era la Máquina”. Es, reitero, un comentario general, sometido a la falta de espacio. Al ampliarlo gracias a la hospitalidad del blog, puedo decir que, en efecto, mi primer enamoramiento futbolero fue el de Cruz Azul, y pese a los quince años en ayunas que todos conocemos, esa querencia sigue vigente, aunque entibiada por mi alejamiento del futbol en casi todos los sentidos, salvo en el de escribir de vez en cuando algún relato con aspiraciones literarias o, como aquí, algún artículo a vuelatecla.
Mi respuesta en tuit no hace pues la precisión que doy ahora: la Máquina era la Máquina, ciertamente, pero en realidad yo me enganché con Cruz Azul gracias a la admiración que sentí por su portero del tri y bicampeonato, el argentino José Miguel Marín Acotto (Río Tercero, Córdoba, Argentina 1945-Querétaro, México, 1991). En 1974, cuando los Cementeros obtuvieron otra corona de las muchas que ganaron en los setenta, yo tenía exactos los diez años. Dado que nací en un hogar con mucha influencia beisbolera —por mi padre, que siempre jugó buena pelota amateur—, el fut me importaba poco. Pero fui por primera vez con unos amigos al estadio San Isidro, el cubil del Laguna, para ver a la Ola Verde contra Cruz Azul.
Sentí la obligación de apoyar a los de mi tierra, y así lo hice en aquel partido. Pero allí estaba la Máquina celeste con todas sus estrellas, con ese portero que era un ídolo entre ídolos. Fue el primer partido que vi en un estadio, y quedé impresionado con el encanto del futbol y alelado sobre todo por una jugada, un instante que cambió mi vida. Describo.
Laguna ataca por el extremo izquierdo. Hay un desborde y un centro en diagonal, a la olla. El rematador adelanta al defensa, cabecea con fuerza y colocación, la pelota va al ángulo, la gente se levanta ya con el grito de gol vibrando en la garganta, y cuando parece que el balón lamerá las redes de los Cementeros, un tipo de cuerpo robusto, de presencia imponente y traje negro con vivos blancos en los hombros, el portero Miguel Marín, pega un brinco descomunal, se tiende hacia su izquierda por el aire, vuela como cuatro metros y en lugar de tirar un manotazo a la pelota para echarla fuera por la raya del fondo, la toma en las alturas con las dos manos, cae con elegancia, se levanta, despeja de lado, tendidito, y así comienza el contrataque de su equipo.
Vista así, casi a ras de campo, esa jugada cambió mi vida. Vi volar un ser humano, vi cómo se colgó del balón y vi como aterrizó, sin despeinarse, en el césped de San Isidro. El partido quedó empatado 1-1, y pocos meses después Laguna, nuestro equipo, desapareció de la primera división.
Al quedar en la orfandad de aficionado, fue fácil encariñarme con Cruz Azul, equipo al que secretamente ya seguía. Supongo que vi decenas de partidos, jugaba los sábados en el Azteca, el "Coloso de Santa Úrsula", y lo pasaba el canal 5. Bien entrado en la adolescencia, gocé con sus triunfos y llegué a llorar, lo confieso, ante alguna de sus derrotas, sobre todo cuando las padecía contra el América.
En los segundos tiempos de los partidos cruzazulinos siempre narraba Ángel Fernández, el mejor en ese oficio. Él admiraba a Marín tanto como muchos, tanto como yo. Le decía con elegancia de locutor experto El Gato, o ¡Supermán Marín!
Bueno, por aquel gran portero cordobés, ex jugador y campeón con Vélez Sarsfield, multicampeón en México y Supermán de carne y hueso, soy fanático de Cruz Azul desde hace más de 35 años. Así de fácil.