Mostrando las entradas con la etiqueta miguel marín. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta miguel marín. Mostrar todas las entradas

domingo, octubre 04, 2015

Sequía azul
















La década de los setenta fue celeste para el futbol mexicano. Cruz Azul, equipo de Hidalgo que jugaba ya en el DF, ganó un tri y un bicampeonato, y marcó desde entonces su destino como equipo grande, tan grande que en sólo diez años de éxito colocó su fama popular sólo debajo del Guadalajara y del América. Hoy, sin duda, sigue entre los cinco equipos más populares del país; eso se debe a la etapa de Marín, Quintano, Guzmán, Flores, Pulido, Vera, Bustos, López Salgado, Lugo, Mendizábal, Jara Saguier, Montoya y otros muchos que ayudaron a crear lo que Ángel Fernández denominó “La Máquina Celeste”.
Hoy, sin embargo, la antigua grandeza cementera anda a rastras en el balompié nacional. Luego del bicampeonato que ya no pudo ser otra vez tri, es decir, de 1980 a 1997, logró un título de liga, ya en torneos cortos, y desde ese 97 a la fecha la sequía mantiene a raya los deseos ya desesperados de su afición. Quizá no recordamos con claridad la primera gran sequía, pero la segunda que Cruz Azul está padeciendo se ha tornado intolerable, un bochorno para una de las banderías futbolísticas más importantes del país.
El recuento de los fracasos tiene dos hitos destacados. El primero fue aquella final en la que los cementeros cayeron contra Pachuca, exactamente en diciembre de 1999. Fue lamentable. En casa propia y con gol de Alejandro Glaría, Cruz Azul quedó sembrado en la cancha y de alguna manera allí comenzó la maldición de los subcampeonatos. Con temporadas buenas y regulares —más las primeras que las segundas—, los azules han rasguñado varias veces el título, pero no se han hecho de él. El caso más desgarrador fue sin duda el de la final de mediados de 2013 contra su mayor enemigo: el América, equipo que con diez hombres le birló el campeonato en los últimos cinco minutos debido al gol inverosímil de Moisés Muñoz. Aquella no fue una derrota, fue una catástrofe, un hachazo al orgullo azul.
Desde hace años he venido pensando en la razón de tan largo ayuno. ¿Ha sido culpa de los entrenadores? ¿Ha sido la suerte? ¿Han sido los futbolistas que se achicaron a la hora buena? ¿Ha sido la afición? Adrede omito en estas preguntas retóricas a la directiva, pues al menos para mí es obvio que en los hombres de pantalón largo recae gran parte de la culpa. Cierto que en dos ocasiones se ha estado a punto de obtener el campeonato y que una combinación de actitud y mala suerte dio como resultado dos terribles derrotas, pero también es verdad que todo ha cambiado en el equipo, menos su cabeza principal. ¿Y si se experimenta con un cambio en esa zona? ¿Es posible pensar en la salida de Guillermo Álvarez Cuevas?
La temporada que corre comenzó igual, llena de expectativas y sueños de grandeza. Por desgracia, la llegada de Sergio Bueno a la dirección técnica no auguró para muchos que las mencionadas ilusiones fueran a cristalizar en la obtención del título. No se equivocaron: Bueno fracasó, el equipo aún no juega a nada y a estas alturas ya se ve pequeña la posibilidad de llegar siquiera a la liguilla. En resumen, una temporada más de sequía y, a medio camino, los cambios que supone la llegada de un nuevo entrenador, Tomás Boy.
En fin. Todo cambia en Cruz Azul, menos su cabeza, y tal vez por eso todo sigue igual.

miércoles, enero 16, 2013

Fontanarrosa por mail















Una de las dificultades más grandes que plantea la literatura es que ya parece toda hecha. Tal vez esa sea la razón por la que muchas vocaciones se quedan en calidad de larvas, apenas insinuadas en unas cuantas líneas. Me refiero, claro, a los escritores en cierne que al leer una obra ajena y genial sienten que no vale ya el esfuerzo de intentar algo que de seguro jamás alcanzará ni los tobillos de lo verdaderamente bueno. En arte no escasea pues el desaliento por culpa de la genialidad ajena que no se da en maceta ni venden en el almacén de los coreanos.
Roberto Fontanarrosa, el famoso Negro, el inmortal dibujante rosarino y canalla creador de Boogie e Inodoro Pereyra, nos dejó además (un además que a mi juicio vale tanto o más que su obra gráfica) muchos libros de narrativa, cuentos y novelas que gracias a Ediciones de la Flor tenemos, eso en México es un decir, al alcance de la vista. He podido comprar algunos libros del Negro ora en Buenos Aires, ora en la Feria del Libro de Guadalajara, ora en alguna librería de viejo deefeña, y siempre que leo sus páginas sobre futbol quedo en la lona, noqueado al estilo Pacquiao y con el ambiguo deseo de retirarme o mantener viva la obsesión de continuar con mis intentos.
Cargadas de imágenes poderosas y de un sostenido tono hiperbólico que barniza al futbol de un aire épico, las estampas de Fontanarrosa siempre son un regocijo para quienes sentimos que este juego es más que un juego de once contra once. Me pasó hace unos treinta minutos, cuando revisé mi buzón de mail y vi que tenía una carta de mi amigo Antonio Cruz, quien radicada en Santiago del Estero, Argentina. Toño me comparte allí un texto de Fontanarrosa que yo no conocía. Lo publicó Roberto Vallejo, un amigo suyo, en el boletín Para leer atentamente. Mi cuate comenta: “sé que, cuando leas este texto, te vas a acordar de Marín y del gran Daniel”.  Sabe Toño que hace poco publiqué un apunte sobre mi primer ídolo futbolero, Miguel Marín, y ahora que leí lo que me envió de Fontanarrosa, al pasar por el nombre del gran arquero no pude no sentir un grato estremecimiento. Por eso, sólo por eso, busqué la foto del aquel Vélez Sarsfield campeón de 1968 donde se ve al joven portero Miguel Marín y, abajo, en cuclillas, con el rostro un poco agachado, a Daniel Willington, uno de esos monstruos que llegaron a nosotros sólo como lejano eco de su grandeza setentera, como pasó con Bochini y algún otro.
Les dejo el texto sobre Willington, una pieza maestra de narrativa futbolera, y mando un agradecimiento a Toño Cruz, que me lo envió, y a Roberto Vallejo, que se lo envió. Aquí prosigo la cadena, pues.

El exorcista

Roberto Fontanarrosa

Era una pelota, señores, poseída por el demonio. Bajaba desde el cielo, créanme, convulsa, atrapada por el efecto espasmódico contraído por un despeje largo y defectuoso o por un disparo trabado a último momento. Digo más, esa pelota, queridos amigos del viril deporte del balompié, traía consigo dos o tres efectos simultáneos: hacia atrás, hacia adelante y hacia ambos costados. Y gemía, crujía, jadeaba, emitía gorgoteos sobrecogedores. Bajaba, en suma, endiablada, hacia un señor que se llamaba Daniel Willington y que la esperaba parado, casi sobre la línea de fuera, midiéndola con la mirada torva de los que saben.
Era en la cancha de Central y, rodeando a Willington, había varios hombres de los nuestros. No intentaron ni siquiera anticipar o intervenir en la jugada. Sabían que esa pelota era imposible de dominar y que el rebote, corto o largo, los favorecería. Willington levantó su pierna derecha con el movimiento lento y acompasado de las garzas, hasta que el pie alcanzó la altura de su propia cabeza. Y la pelota, la trastornada, la rabiosa, la enloquecida, se posó sobre la punta de ese pie derecho para quedar allí, mansa, sosegada, como el halcón que encuentra la mano enguantada de su señor. O, más domésticamente, como el loro que localiza el dedo familiar de su dueño. Así, pegada a la punta de su botín, ya tranquila, ya exorcizada, Willington la bajó casi hasta el piso pero, antes de dejarla tocar el suelo, le dió un golpecito tenue con la capellada, luego otro, y la puso en el pecho de un compañero que estaba a unos diez metros de distancia, por sobre las cabezas de los jugadores de Central.
Recuerdo que se hizo un silencio breve en el estadio y después rompió un aplauso respetuoso, cálido, reconocido, más propio de una sala teatral que de una cancha de fútbol. Ni siquiera sé cómo salimos ese día. Me acuerdo, solamente, de esa pelota que bajó Willington.
Fui testigo, asimismo, pasado el tiempo, de cómo el padre Karras expulsaba al demonio del cuerpo martirizado de una niña en "El exorcista". La niña bufaba, se retorcía, vomitaba y emitía aullidos animaloides. Pero, así y todo, les confieso, me impresionó más aquella pelota que bajó Willington. Que no jugaba solo, sin embargo, en ese Vélez campeón del año '68. Había una defensa, al estilo velezano, de gente dura y fornida. Estaba Solórzano, estaba Zóttola. Estaban Ovejero y Atela. Atela tenía la solidez, la expresión prolija y cortante de aquellos que, en solitario y desde las tinieblas, atacaban a James Bond. Marín, el arquero, que también triunfaría largamente en México, revistaba en la línea de los eficientes y tarzanescos, los apuestos, los que bien podrían interpretar al amigo del héroe en una serie televisiva norteamericana mala. En el medio merodeaba Moreyra, un volante alto y habilidoso que mostraba un gran manejo y una particular cabeza esférica y chiquita. En la punta derecha jugaba Luna, un wing absolutamente clásico y formal, de aquellos extremos que disfrutaban de la corrida y el centro como única labor, sin ningún tipo de culpa, antes de que se los empezara a cuestionar y terminaran casi desapareciendo, como los osos panda. Luna era rubio, veloz y vertical. Metía esos centros rasantes y a la carrera, casi sin desbordar al marcador, corriendo aparejado con él, con el chanfle interno de su pie derecho, buscando las cabezas del Turco Wehbe, Carlitos Bianchi o, en menor medida y eficacia, Nogara. Wehbe era un ultraliviano vivo, buen cabeceador y rebotero. Fibroso, agudo, morocho aceitunado, parecía un perfil recortado sobre chapa. De esos goleadores que los relatores deportivos recién identifican cuando salen gritando y reciben los abrazos de sus compañeros tras uno de esos centros rastreros frente a los palos que van a buscar ocho atacantes y catorce defensores. Siempre son ellos, los goleadores, los que la tocaron último.
Bianchi, que por ese entonces asomaba en Primera, tenía otra dimensión, física y futbolística. Más grandote, más pesado, más sólido, era temible lanzado en carrera y podía aguantar con el cuerpo a los adversarios que se le colgaban del cuello o de los hombros. Cabeceaba muy bien y definía con enorme certeza.
Un poco injustamente, aquel campeonato conquistado por Vélez suele recordarse por esa pelota que Gallo, el lateral derecho velezano, sacó con la mano sobre la línea de gol en un partido definitorio contra River, ante la miopía repentina del árbitro Guillermo Nimo. Y no fue una mano cortita, furtiva, el zarpazo invisible de un gato, al estilo de la mano de Dios de Diego Maradona. Gallo se estiró cuan largo es (no lo era mucho) con todo el brazo extendido, para despejar esa pelota que ya entraba, tal como lo registraron algunas fotografías que aparecieron en la revista El Gráfico. Pero, de la misma forma en que no se puede borrar con el codo lo que se escribió con la mano, tampoco se podrá borrar con la mano de Gallo lo que Vélez, en el '68, conducido por el parsimonioso talento de Daniel Willington, escribió con los pies y con el corazón dentro de la cancha.

Posdata. No desaprovecho este viaje para refritear dos enlaces a textos míos sobre Fontanarrosa, ambos publicados aquí mismo: “Genio Fontanarrosa” y “Foto con Fontanarrosa”.

sábado, noviembre 24, 2012

El vuelo del Supermán




















Un tuit de Édgar Salinas me dejó pensando desde el miércoles. Lo envió para tres de sus contactos: Chava Perales, Jesús Haro y el que aquí comenta. Contenía un enlace hacia la web La Ciudad Deportiva, que yo no conocía. De esa página, nos convidó el artículo “Navegando por el Atlántico: Una pasión nunca se extingue (I)”, firmado por Alan Sunderland. El primer párrafo establece claramente el planteamiento: “Y usted… ¿recuerda, sabe o reconoce de dónde nació el amor por su equipo? ¿Le fue heredado, se lo impusieron, no tenía de otra, adquirió una moda, le gustó algún jugador, le agradaban los colores de la entidad, los uniformes que vestían los futbolistas, la marca que los patrocinaba, el estadio que defendían, el sufrimiento que le provocaban, las alegrías que le brindaban, los motes que tenían, las rivalidades que se fomentaban? ¿Cuál fue la razón por la que usted, aficionado, pasivo o apasionado, le va, hoy en día, a su equipo?”.
Respondí con un tuit que más o menos decía esto, muy en la generalidad obligada por el corsé de los 140 caracteres: “Para mí es fácil saberlo: el fut llegó a mi vida cuando la Máquina era la Máquina”. Es, reitero, un comentario general, sometido a la falta de espacio. Al ampliarlo gracias a la hospitalidad del blog, puedo decir que, en efecto, mi primer enamoramiento futbolero fue el de Cruz Azul, y pese a los quince años en ayunas que todos conocemos, esa querencia sigue vigente, aunque entibiada por mi alejamiento del futbol en casi todos los sentidos, salvo en el de escribir de vez en cuando algún relato con aspiraciones literarias o, como aquí, algún artículo a vuelatecla.
Mi respuesta en tuit no hace pues la precisión que doy ahora: la Máquina era la Máquina, ciertamente, pero en realidad yo me enganché con Cruz Azul gracias a la admiración que sentí por su portero del tri y bicampeonato, el argentino José Miguel Marín Acotto (Río Tercero, Córdoba, Argentina 1945-Querétaro, México, 1991). En 1974, cuando los Cementeros obtuvieron otra corona de las muchas que ganaron en los setenta, yo tenía exactos los diez años. Dado que nací en un hogar con mucha influencia beisbolera —por mi padre, que siempre jugó buena pelota amateur—, el fut me importaba poco. Pero fui por primera vez con unos amigos al estadio San Isidro, el cubil del Laguna, para ver a la Ola Verde contra Cruz Azul.
Sentí la obligación de apoyar a los de mi tierra, y así lo hice en aquel partido. Pero allí estaba la Máquina celeste con todas sus estrellas, con ese portero que era un ídolo entre ídolos. Fue el primer partido que vi en un estadio, y quedé impresionado con el encanto del futbol y alelado sobre todo por una jugada, un instante que cambió mi vida. Describo.
Laguna ataca por el extremo izquierdo. Hay un desborde y un centro en diagonal, a la olla. El rematador adelanta al defensa, cabecea con fuerza y colocación, la pelota va al ángulo, la gente se levanta ya con el grito de gol vibrando en la garganta, y cuando parece que el balón lamerá las redes de los Cementeros, un tipo de cuerpo robusto, de presencia imponente y traje negro con vivos blancos en los hombros, el portero Miguel Marín, pega un brinco descomunal, se tiende hacia su izquierda por el aire, vuela como cuatro metros y en lugar de tirar un manotazo a la pelota para echarla fuera por la raya del fondo, la toma en las alturas con las dos manos, cae con elegancia, se levanta, despeja de lado, tendidito, y así comienza el contrataque de su equipo.
Vista así, casi a ras de campo, esa jugada cambió mi vida. Vi volar un ser humano, vi cómo se colgó del balón y vi como aterrizó, sin despeinarse, en el césped de San Isidro. El partido quedó empatado 1-1, y pocos meses después Laguna, nuestro equipo, desapareció de la primera división.
Al quedar en la orfandad de aficionado, fue fácil encariñarme con Cruz Azul, equipo al que secretamente ya seguía. Supongo que vi decenas de partidos, jugaba los sábados en el Azteca, el "Coloso de Santa Úrsula", y lo pasaba el canal 5. Bien entrado en la adolescencia, gocé con sus triunfos y llegué a llorar, lo confieso, ante alguna de sus derrotas, sobre todo cuando las padecía contra el América.
En los segundos tiempos de los partidos cruzazulinos siempre narraba Ángel Fernández, el mejor en ese oficio. Él admiraba a Marín tanto como muchos, tanto como yo. Le decía con elegancia de locutor experto El Gato, o ¡Supermán Marín!
Bueno, por aquel gran portero cordobés, ex jugador y campeón con Vélez Sarsfield, multicampeón en México y Supermán de carne y hueso, soy fanático de Cruz Azul desde hace más de 35 años. Así de fácil.