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sábado, marzo 24, 2018

Martín Dihígo, pelotero total
























A mi ver, tres son los deportes más arraigados en La Laguna: el futbol, el beisbol y la lucha libre. El tercero es, lo sabemos, un deporte que acusa gran teatralidad, pero no deja de ser, cuando es ejercido con rigor, un asunto que demanda capacidades físicas considerables. Ahora bien, pese a que el beisbol fue poco a poco desplazado como deporte más popular en ambos costados del Nazas, no ha perdido arraigo y sigue teniendo afición y practicantes sobre todo en nuestra zona rural y semirrural. No es por ello extraño que todos los ejidos tengan su equipo y que de pequeñas ciudades como Matamoros, Tlahualilo y San Pedro salgan peloteros tan buenos como nuestras sandías o nuestros melones. A la hondura del arraigo debemos sumar la presencia, casi ininterrumpida por décadas, de pelota profesional, lo que da un toque genuinamente beisbolero a nuestra región.
Parte del arraigo se debe en gran medida a los logros obtenidos décadas atrás por el Unión Laguna. Sin duda, la presencia de esta franela en la comarca nos fijó en el contexto nacional como zona de beisbol. De tal pasado habría que destacar, sin duda, el primer campeonato del UL alcanzado en 1942 bajo la batuta del cubano Martín Dihígo, pelotero ilustre del beisbol mundial.
Como tantos acá, de la grandeza de Dihígo sólo me quedaba la envidia de no haberlo visto jugar. Me quedaba esa envidia y a retazos una fama que ha crecido año tras año en conversaciones que aquí y allá lo mencionan como lo que fue: un monstruo. Mi padre lo vio, por ejemplo, y alguna vez me dijo que era un pelotero de no creerse. Porque lo vio era posible afirmar, sin titubeos, que Dihígo fue el beisbol de carne y hueso, una especie de Maradona o Pelé con bat, guante y pelota. Siempre quise, pues, acceder a más información sobre aquel cubano que al parecer no cabía en la lógica del beisbol, pues lo mismo pichaba que bateaba con porcentajes de escándalo.
El vacío de información confiable quedó subsanado este jueves 22 de marzo cuando asistí a la presentación, en el auditorio del Museo Regional de La Laguna, de Martín Dihígo “El inmortal” (Plaza Editorial, Columbia, SC, EUA, 2017, 275 pp.) del periodista cubano Gilberto Dihígo. En la mesa estuvieron el autor, Juan Antonio García Villa, Aarón Arguijo, Enrique Huevo Romo y Horacio Ejote Piña, quienes coincidieron en afirmar que el de Matanzas fue un pelotero total que además, por si fuera poco, amó a La Laguna. Sólo me quedó pensar, como se lo dije a Édgar Salinas, que la comarca adeuda un parque de pelota al iluminado Martín Dihígo. Sería justo develar esa placa.

sábado, noviembre 14, 2015

HNSF quince años después




















Las iniciales que encabezan este texto significan Hoy no se fía, libro que recién, en septiembre, cumplió quince años. Quince años que, ahora lo veo así, se han ido en un parpadeo. Recuerdo que ese libro fue el segundo que organicé con material del taller literario de la Universidad Iberoamericana Torreón, entonces y ahora la universidad que más publica en La Laguna. El primer libro del taller llevaba un título sugerente: Alba de la semilla, una metáfora que se me ocurrió para insinuar que la semilla (es decir, el joven escritor) apenas estaba amaneciendo, apenas veía el alba.
Hoy no se fía fue un libro más hecho en formato y, principalmente, en contenido. Reunió al club de Toby que en aquel entonces era el mencionado taller, y al revisar sus páginas advierto que todos, para mi nada secreto orgullo, siguieron el camino de la escritura. Los menciono a la carrera. Miguel Báez Durán, quien radica en Montreal desde hace más de diez años, ha publicado ya varios libros de narrativa y crítica de cine (Miel de maple, Vislumbre de cineastas...); sé, porque sigue siendo mi amigo cercano, que su trabajo todavía inédito es amplio, y en esto incluyo su crítica “ocasional” de cine, tan bien escrita e informada que no desencajaría en recipiente de libro. Daniel Herrera ha trabajado con ganas y hoy es ya un narrador más que estimable; sus libros Polvo rojo, Melamina y (recientísimo) Quisiera ser John Fante acreditan su vena como constructor de ficciones agrias y divertidas. De Daniel Lomas puedo decir que me gusta todo lo que ha publicado; no es mucho, pero tiene una calidad digna de observación; su poemario Una costilla de la noche, su novela Morena de mar y su libro de cuentos Tres balas de juguete testimonian una bien afinada vena creativa. Rodrigo Pérez Rembao acaba de ser integrado a la antología Norte, de cuentos, preparada por Eduardo Antonio Parra y publicada con el sello de Era; le perdí un poco la huella, vive en el DF, trabaja como periodista en revistas especializadas y sé que también sigue escribiendo narrativa. Por su lado, Enrique Sada es columnista en este diario y no deja de estar cerca de su principal interés: la historia de México en el siglo XIX, sobre todo en la franja que se refiere a nuestra independencia. Por último, Édgar Salinas Uribe, quien ha dedicado sus afanes de escritura al periodismo de opinión (también colabora en este diario), el ensayo histórico-sociológico y la narrativa.
Todos, pues, siguen en esto, escribiendo. Hace quince años yo deseaba que fuera así, y así fue.

sábado, noviembre 24, 2012

El vuelo del Supermán




















Un tuit de Édgar Salinas me dejó pensando desde el miércoles. Lo envió para tres de sus contactos: Chava Perales, Jesús Haro y el que aquí comenta. Contenía un enlace hacia la web La Ciudad Deportiva, que yo no conocía. De esa página, nos convidó el artículo “Navegando por el Atlántico: Una pasión nunca se extingue (I)”, firmado por Alan Sunderland. El primer párrafo establece claramente el planteamiento: “Y usted… ¿recuerda, sabe o reconoce de dónde nació el amor por su equipo? ¿Le fue heredado, se lo impusieron, no tenía de otra, adquirió una moda, le gustó algún jugador, le agradaban los colores de la entidad, los uniformes que vestían los futbolistas, la marca que los patrocinaba, el estadio que defendían, el sufrimiento que le provocaban, las alegrías que le brindaban, los motes que tenían, las rivalidades que se fomentaban? ¿Cuál fue la razón por la que usted, aficionado, pasivo o apasionado, le va, hoy en día, a su equipo?”.
Respondí con un tuit que más o menos decía esto, muy en la generalidad obligada por el corsé de los 140 caracteres: “Para mí es fácil saberlo: el fut llegó a mi vida cuando la Máquina era la Máquina”. Es, reitero, un comentario general, sometido a la falta de espacio. Al ampliarlo gracias a la hospitalidad del blog, puedo decir que, en efecto, mi primer enamoramiento futbolero fue el de Cruz Azul, y pese a los quince años en ayunas que todos conocemos, esa querencia sigue vigente, aunque entibiada por mi alejamiento del futbol en casi todos los sentidos, salvo en el de escribir de vez en cuando algún relato con aspiraciones literarias o, como aquí, algún artículo a vuelatecla.
Mi respuesta en tuit no hace pues la precisión que doy ahora: la Máquina era la Máquina, ciertamente, pero en realidad yo me enganché con Cruz Azul gracias a la admiración que sentí por su portero del tri y bicampeonato, el argentino José Miguel Marín Acotto (Río Tercero, Córdoba, Argentina 1945-Querétaro, México, 1991). En 1974, cuando los Cementeros obtuvieron otra corona de las muchas que ganaron en los setenta, yo tenía exactos los diez años. Dado que nací en un hogar con mucha influencia beisbolera —por mi padre, que siempre jugó buena pelota amateur—, el fut me importaba poco. Pero fui por primera vez con unos amigos al estadio San Isidro, el cubil del Laguna, para ver a la Ola Verde contra Cruz Azul.
Sentí la obligación de apoyar a los de mi tierra, y así lo hice en aquel partido. Pero allí estaba la Máquina celeste con todas sus estrellas, con ese portero que era un ídolo entre ídolos. Fue el primer partido que vi en un estadio, y quedé impresionado con el encanto del futbol y alelado sobre todo por una jugada, un instante que cambió mi vida. Describo.
Laguna ataca por el extremo izquierdo. Hay un desborde y un centro en diagonal, a la olla. El rematador adelanta al defensa, cabecea con fuerza y colocación, la pelota va al ángulo, la gente se levanta ya con el grito de gol vibrando en la garganta, y cuando parece que el balón lamerá las redes de los Cementeros, un tipo de cuerpo robusto, de presencia imponente y traje negro con vivos blancos en los hombros, el portero Miguel Marín, pega un brinco descomunal, se tiende hacia su izquierda por el aire, vuela como cuatro metros y en lugar de tirar un manotazo a la pelota para echarla fuera por la raya del fondo, la toma en las alturas con las dos manos, cae con elegancia, se levanta, despeja de lado, tendidito, y así comienza el contrataque de su equipo.
Vista así, casi a ras de campo, esa jugada cambió mi vida. Vi volar un ser humano, vi cómo se colgó del balón y vi como aterrizó, sin despeinarse, en el césped de San Isidro. El partido quedó empatado 1-1, y pocos meses después Laguna, nuestro equipo, desapareció de la primera división.
Al quedar en la orfandad de aficionado, fue fácil encariñarme con Cruz Azul, equipo al que secretamente ya seguía. Supongo que vi decenas de partidos, jugaba los sábados en el Azteca, el "Coloso de Santa Úrsula", y lo pasaba el canal 5. Bien entrado en la adolescencia, gocé con sus triunfos y llegué a llorar, lo confieso, ante alguna de sus derrotas, sobre todo cuando las padecía contra el América.
En los segundos tiempos de los partidos cruzazulinos siempre narraba Ángel Fernández, el mejor en ese oficio. Él admiraba a Marín tanto como muchos, tanto como yo. Le decía con elegancia de locutor experto El Gato, o ¡Supermán Marín!
Bueno, por aquel gran portero cordobés, ex jugador y campeón con Vélez Sarsfield, multicampeón en México y Supermán de carne y hueso, soy fanático de Cruz Azul desde hace más de 35 años. Así de fácil.

viernes, agosto 27, 2010

Crónica de un fervor



Como cualquiera, he visto llorar, hacer pucheros y sentir nudos en la garganta a muchas personas por los motivos más diversos. A niños por el capricho de un juguete, a adultos por la pérdida de un pariente amado, a jóvenes por un descalabro sentimental, a deportistas por un golpe, al público por una escena cinematográfica estremecedora, a un presidente por la defensa canina y mendaz de nuestra moneda, y así. Los motivos del llanto son innumerables. Entre los muchos que conozco, uno me faltaba por conocer: llorar, sentir una emoción que como manaza toma del cuello e impide hablar, quebrarse, en suma, por un libro. Hago la crónica de lo ocurrido el miércoles pasado a partir de las ocho de la noche en la biblioteca José García Letona de Torreón.
Hasta las 8:45 todo avanzó como se acostumbra en las presentaciones de libros. Primero Raúl Jáquez cantó dos piezas en compañía de su acordeón. Carlos Velázquez, encargado de literatura en la Dirección Municipal de Cultura torreonense, dio la bienvenida a nombre de Norma González Córdova, directora de la DMC también en el presidium; acto seguido, como decían los narradores de endenantes, hablamos Édgar Salinas y yo, en este orden, sobre el libro que nos convocaba: Un año con el Quijote, de Saúl Rosales Carrillo. Édgar y yo despachamos nuestras intervenciones con fluidez, sin mayores contratiempos. El también académico de la UIA Laguna dijo, y tal fue el corazón de su texto, que el Quijote es un libro propiciatorio de la conversación, del diálogo, de ahí que Saúl Rosales haya “charlado” tan animadamente con sus páginas. Yo traté de resaltar el valor de Un año con el Quijote en tanto tributo de Saúl al más poderoso símbolo de nuestras letras. Hasta allí todo en orden.
Luego vino la participación de Saúl. Agradeció a la DMC por la abundante promoción del acto, a Tábata Ayup por la esplendidez de las viñetas que ornan el libro, a Nadia e Ígor, sus hijos, por ser sus hijos y por socorrerlo en el armado de Un año con el Quijote, y a los presentadores por sus palabras. Al final quiso hacer un comentario sobre lo que le debía a Cervantes y al Quijote. Fue allí donde irrumpió lo inesperado. Para asombro del respetable, la voz de Saúl primero se quebró y después, en la orilla de la emoción, lo abandonó. Saúl, su temple y su imperturbabilidad famosos entre nosotros, quedó paralizado frente al público cuando intentó expresar lo mucho que le agradecía al Quijote y a Cervantes los muchos años de compañía y felicidad literarias.
Saúl, el Saúl que conocemos, ese Saúl tan difícil para mostrar en vivo sus emociones más profundas, se cuarteó con al amor que tiene por el Quijote y por unos segundos dejó su discurso en grado de tentativa. Cervantes tuvo pues que viajar desde el siglo XVII hasta La Laguna para que Saúl quedara noqueado de agradecimiento y emoción, y luego del rato de suspenso en el que el público lo animó a continuar con un aplauso espontáneo e igualmente conmovido, nuestro escritor recuperó unos buches de aliento para seguir, con la voz pequeña y trastabillante, la confesión de inmensa gratitud que lo había movido a trabajar sobre el Quijote durante todo el 2005 y ahora, con sus propios recursos, a publicar en libro los frutos de aquel esfuerzo.
Pasó el punto climático de la emoción al tope y el público, en voz de Estrella Atilano y Rosita Gámez, arropó con palabras al autor y le reiteró la admiración unánime de quienes lo leemos. Rato después, en mi viaje de retorno a casa, recapitulé lo recién vivido. Pensé en las situaciones de llanto y estremecimiento emocional que había visto en mi vida y concluí que todas eran legítimas, pues llorar, pese a la cultura machista que modela a los hombres para la dureza y a las mujeres para lo contrario, no es una anomalía sino la válvula del alma cuando siente que se asfixia sobrecogida por un hecho. Lo que jamás imaginé fue ver a Saúl Rosales en ese trance, anulado por su devoción del Quijote, paralizado frente a la necesidad de agradecerle en público y no poder hacerlo porque toda palabra parecía humilde frente a la grandeza de una obra vital para este escritor lagunero que sin premeditarlo supo expresar, con silenciosa conmoción, el tamaño de su fervor y su gratitud.
Extrañamente, lo mejor de la noche fue el nudo en la garganta de Saúl. Con eso dijo todo lo que es y lo que vale.

jueves, agosto 26, 2010

El Quijote según Saúl Rosales



Tengo casi treinta años sabiendo que Saúl Rosales es admirador del Quijote. Lo sé porque en aquellas lejanas clases de literatura no faltaban sus comentarios sobre el libro de Cervantes cuya primera parte cumplió cuatro siglos en 2005. Tampoco escaseaban sus elogios para otros autores, pero los que le tributaba a Cervantes siempre tenían un énfasis especial; eran, por decirlo así, elogios a sombrero quitado, reconocimiento que jamás entraba en crisis. Por eso no me sorprendió que en el año de la efemérides quijotesca nuestro escritor usara todos los foros posibles de su escritura para aplaudir/recomendar/analizar las huellas dejadas en su alma por el caballero andante. Hoy tenemos a la vista, ya en su catadura de libro, el resultado de aquellos doce meses consagrados a convivir con esa novela que por sí sola bastaría para hacernos felices y justificar una literatura y hasta una lengua.
Leí los tanteos de Saúl en torno al Quijote según fueron apareciendo en algunas revistas laguneras (Siglo Nuevo, Estepa del Nazas, Mesas de adentro). Era ese tipo de colaboración periodística sin fecha de caducidad, escrita para perdurar y, por qué no, escanciarse con el tiempo en un recipiente bibliográfico. Eso es lo que presentamos esta noche: el libro Un año con el Quijote, título que sintetiza el esfuerzo de Saúl Rosales por codearse los días y las horas de 2005 al lado del idealista caballero enjuto. El propósito de aquellos artículos es el mismo que ahora abraza el libro: motivar en los lectores rezagados la curiosidad de leer una obra que fue sustancialmente escrita para divertir. El autor sabe a la perfección que el Quijote amedrenta con su prestigio de “clásico” y que los lectores de hoy aprecian la amenidad como valor supremo en una obra, de ahí que página tras página reitere la intención jocosa que Cervantes le imprimiera a su quehacer. Y así, tan amenas como el Quijote son las 34 piezas (casi tres por mes) que componen el libro celebratorio de Rosales Carrillo.
Para dar una muy general idea de la magnitud humanística del Quijote, Saúl Rosales no sólo ponderó la riqueza del humor contenida en los capítulos donde el manchego emprende sus numerosas aventuras. El abordaje de Un año con el Quijote avanza por varias rutas, todas insinuadas o explícitas en el gran libro de la literatura hispánica, de suerte que en el intento pone toda su erudición sobre la báscula. Hay en esta obra, entonces, un poco de lo que ha sido Saúl Rosales: por supuesto sentimos que escribe el hombre de letras, pero también el lingüista, el político, el antropólogo, el sociólogo, el historiador, el periodista, el maestro. Tal es la principal virtud de esta exploración: con diversa inteligencia nos enseña que el entretenido libro de Cervantes es además una especie de encicopedia del espíritu humano, un punto luminoso de la literatura universal donde convergen, disfrazadas de ficción, las pasiones del hombre, sus miserias y sus grandezas.
Adornado con bellas imágenes trazadas por Tábata Ayup, Un año con el Quijote recorre El ingenioso hidalgo… con ojo erudito aunque accesible a todo lector medianamente informado. Su matriz original, la periodística, dictó a Saúl Rosales el imperativo de no caer en desentrañamientos inextricables, en esas densas interpretaciones que a veces son más difíciles de entender que lo analizado. Nuestro autor procede con generosidad: sus trancos son cortos y es trasparente el propósito de cada uno. Más: tan bien han sido confeccionados que desde los mismos títulos (una obsesión del autor, debo decir: la precisión al bautizar sus obras) se sabe sin divagaciones qué asedia cada artículo. Doy un par de ejemplos: en “La dulzura de Dulcinea y la melosidad de Melibea” explica la admiración que sentía Cervantes por Fernando de Rojas, autor de La Celestina y creador del personaje Melibea, nombre asombrosamente simétrico, en forma y fondo, al de la inspiradora toboseña; en “Los consejos de don Quijote para gobernar” expone lo que queda dicho allí mismo, en ese título que no requiere mayor espulgamiento.
Un año con el Quijote es un libro sencillo, pero no simple. Además, en consonancia con su materia, aleccionador, edificante sin caer en el dogmatismo de lo que extrae para nosotros en la rica mina de su objeto estudiado. Se vale siempre, además, de citas textuales precisas, referidas al lugar de donde fueron extraídas, y con ellas borda cada una de sus reflexiones hasta dar con el develamiento de cada tema. No puedo leer este tipo de trabajos de Saúl Rosales sin recordar su metodología; al modo antiguo que por cierto sigue siendo el mejor, anota en tarjetas lo que va leyendo, o más bien lo que le va sugiriendo la lectura. De esa manera teje la red en la que apresa los peces que son los temas y subtemas con los que a su vez alimenta cada una de sus aproximaciones. Y me pasa siempre: leo estudios sobre el Quijote, encuentro las citas usadas por los analistas y despiertan de inmediato en mí las ganas de volver a la fuente, a El ingenioso hidalgo… Al final uno termina persuadido (¿acaso, además de persuadir, tiene la crítica otro fin?) de que el Quijote es, con los pelos en la mano, lo que ya sabemos: no un libro, sino un monumento a la lengua española y a lo que con ella su autor pudo expresar, es decir, todo lo que la mente y el corazón del hombre albergan para reflexión y regocijo de los pasados siglos y de los venideros.
En suma, Saúl Rosales ha tenido la gentileza de volcar, para nosotros, un año de su atención en un proyecto que al enaltecer lo que merece ser enaltecido lo enaltece también a él. Sin auspicio, movido sólo por los resortes de su amor por la literatura y por el personaje más importante de la literatura, el escritor lagunero arrostró el plan de desmenuzar el Quijote desde enero de 2005 hasta que concluyó el jubileo. Ahora, cinco años luego, encara la hombrada de armar, pagar y propagar una edición que confirma su desprendimiento y su fe en el credo cervantino. Para quienes creen que ya no existen hombres entregados a la literatura por la literatura y sin exigencias de retribución alguna, el caso de Saúl Rosales y Un año con el Quijote es una prueba notable de que se equivocan. Precisamente, hay mucho del magisterio del Quijote en este emprendimiento.

miércoles, agosto 25, 2010

Quijotes a la vista



Felizmente he leído en estos días dos hermosos libros sobre el Quijote. Uno de ellos lo presentaré hoy a las ocho de la noche en la biblioteca José García Letona de Torreón; lo haré junto con su autor, Saúl Rosales, y Édgar Salinas Uribe; se trata de Un año con el Quijote, libro al que le dedicaré los muchos elogios que merece. El otro fue publicado en España hacia 2005; es El País del Quijote, y lo encontré hace poco sobre un mesón de saldos, a 39 pesos, en una tienda de autoservicio que de vez en cuando compra lotes grandes, como tomates, y los pone a precio accesible para los bolsillos menesterosos.
El título declara qué contiene el libro: son acercamientos de escritores, académicos y periodistas sobre el Quijote, todos publicados en el periódico El País, de España, durante 2005, año en el que celebramos el cuarto centenario del libro inmortal. A México, a Torreón llegaron tales páginas seguramente por una de esas carambolas del comercio internacional que rebotan excedentes a los lugares más extraños. No importa: lo vi y como suelo comprar casi todo lo que hallo sobre el Quijote, pagué los 39 de su valor y comencé a leerlo con algo de escepticismo, pues suele no gustarme el estilo arranciado de algunos escritores españoles con mentalidad doctoral y regañona, de dómines.
Mi sorpresa fue grande al navegar sus páginas. Son 33 artículos y un prólogo enquijotados hasta el tuétano, todos visiblemente contentos (hasta el Vila-Matas que se queja, algo mamón, de la efemérides) al recordar la serena grandeza de un libro escrito por un hombre, Cervantes, tal vez más grande que su libro, lo que es muchísimo decir. La lista de colaboradores es de grandes ligas, un auténtico dream team; entre los más destacados puedo mencionar al mencionado Vila-Matas, Harold Bloom, Basilio Baltasar (quien además cooperó con el prólogo), Eduardo Mendoza, Francisco Rico (una eminencia en quijotología), Carlos Fuentes, Jordi Soler, Juan José Saer, José Saramago, Juan Goytisolo y Fernando Vallejo. Todos fueron convocados por El País para, durante los días conmemorativos de 2005, aportar una opinión que sirviera para reiterar la valía —no tanto para descubrir Mediterráneos— del libro por antonomasia de la literatura universal.
Tras leer este racimo de opiniones me quedó más clara que nunca una idea: la defensa del Quijote ha estado, está y estará en manos de los escritores. Como lo reconocen muchos de los autores convocados, el “publico en general” se ha alejado de la obra cumbre de nuestras letras por las razones que sean, pero los que escriben, los que leen para escribir, saben que en el libro de Cervantes habita algo más que un personaje, su escudero y mil peripecias, sino el espíritu de nuestra lengua en estado prodigiosamente vivo. En efecto, en el Quijote el castellano fue trabajado con toda suerte de timbres, casi para dar idea de su plasticidad, de su maleabilidad. El español de Cervantes sirve allí para comunicar alegría, tristeza, melancolía, enojo, pena, heroicidad, amor, ira y todo lo que el humano ser puede guardar en la faltriquera de su alma. Lo hace además, para expresarlo también con una palabra de esos tiempos, con donaire, siempre con una resonancia poderosamente bella para quienes, como los escritores, saben que la palabra escrita no sólo comunica para los ojos, sino también, y acaso con mayor importancia, para las orejas.
Es difícil destacar dos o tres artículos entre los demasiados que contiene El País del Quijote. Salvo uno o dos comensales, lo afirmo convencido, todos ofrecen un enfoque grato e impulsan aunque no lo quieran a buscar las páginas del Quijote. En la criba que mi mente hace gracias al selectivo olvido destacan al menos cuatro a los que volveré, porque me gustaron mucho: el de Bloom, el de Saer, el de Goytisolo (una maravilla) y, pese a sus ex abruptos algo innecesarios, el de Fernando Vallejo. Pero en esta especie de bufet (en la Argentina dirían, más castizamente, “tenedor libre”) lo importante es que todos aportan algo para estimularnos a lo mero mero: ir hacia el Quijote en cualquier momento, con o sin cuarto centenario en las narices.
Y bueno, los espero hoy para quijotear con el libro Un año con el Quijote, de Saúl Rosales. Recuerden: Biblioteca José García Letona, alameda Zaragoza, Torreón, ocho de la noche, entrada libre y brindis. Presentamos Édgar Salinas Uribe, el autor y yo. Organiza la Dirección Municipal de Cultura torreonense encabezada por Norma González Córdova.

jueves, mayo 07, 2009

Saúl Rosales editor



Hace un par de semanas Saúl Rosales ofreció una extraordinaria conferencia en la galería del Icocult Laguna. Trató sobre el boom, y hubo lleno. El abordaje que hizo fue sencillo: nos habló del movimiento literario en el que solemos agrupar, entre otros, a Vargas Llosa, a Cortázar, a García Márquez y a Fuentes, pero no con datos fríos, de libro, sino como parte de su vivencia como trabajador asalariado, como lector y como aprendiz de escritor. Los asistentes vimos pues, tras las palabras de Saúl, al joven lagunero que en la capital lidiaba con la supervivencia y al mismo tiempo comenzaba a leer, durante la década de los sesenta, suplementos, revistas y libros que en aquel momento sólo hablaban del vigor alcanzado por las letras latinoamericanas gracias al trabajo de algunos jóvenes novelistas. Fue, en suma, una conferencia amena, emotiva e inteligente.
Frente al público se me ocurrió decir que las doce cuartillas preparadas por Saúl merecían un foro periodístico, un lugar en el que otros lectores pudieran acercarse a ellas. Por el momento, señalé, en La Laguna no hay un espacio de papel que pueda acoger un texto tan largo, así que ofrecí mi blog; como se sabe, estos espacios no tienen límite para albergar textualidad digital. Saúl prometió darme el texto, y en su espera estoy. Cuando lo tenga, aquí avisaré sobre la dirección internética en la que podremos leerlo.
Avisaré, entonces, tanto como ahora aviso que Saúl me ha enviado su colaboración más reciente para Acequias, la revista de la UIA Laguna. Es aquella que trata sobre la edición en nuestra comarca y en la que también fui invitado a colaborar. Publico aquí el artículo completo. No olvido recordar, sin embargo, que su mejor versión es la que ofrece la revista en soporte de papel. Podemos pedirla en acequias@lag.uia.mx, o al teléfono 7051010, extensión 1135, con Édgar Salinas y/o Julio César Félix. Mientras, lo que opina Saúl sobre su vinculación con el trabajo editorial:

Edición corregida y no aumentada

Saúl Rosales

Haber empezado mi vida “adulta” en una imprenta determinó que ahora esté aquí tirando a la carrera líneas acerca del trabajo editorial. La imprenta es el mago que saca de su chistera una publicación que sale como la paloma a volar por el mundo. De la imprenta también puede salir un viejo tipógrafo a destilar ideas sobre el trabajo editorial y el de los editores. Aclaremos: el trabajo del editor es muy variado, tanto que a veces se confunde y se funde con el del impresor y aun con el del que invierte millones en una empresa de publicaciones. Por eso hasta se encuentran escritores que le dicen “editor” al impresor. Concluyamos algo: es editor alguien que posee una rica empresa editorial, pero también es editor quien para ganarse un salario prepara materiales que se convertirán en las publicaciones que salen a volar por el mundo como las palomas.
Para este lugar, definamos al editor como la persona que prepara (bien) materiales destinados a la publicación impresa. Se vuelve necesaria esta precisión porque sin el más pequeño interés en parecer racionales, los anunciantes que trasmiten sus mensajes por todos los medios de comunicación así como sus patrones hablan ahora de tal edición de tangas, de la equis edición del Oscar, de la edición para este año del automóvil fulano, de la edición de tal programa de televisión o radio cuando se refieren a una emisión. Sin embargo, la edición por antonomasia es la de publicaciones impresas.
Hablemos, pues, del editor que vende sus capacidades, no del que las compra, es decir, hablemos del que hace que los medios de producción saquen palomas, no del propietario de los medios de producción. Ese editor que vende sus capacidades para que por medios ajenos el mundo disponga de publicaciones que degustar y consumir, por necesidad impuesta o por placer seleccionado, pudo haber encontrado que sus conocimientos y habilidades de tipógrafo lo llevaban por un camino más o menos desbrozado y que al seguirlo aprendía más sobre el trabajo editorial. Aprendía, por ejemplo, cómo se producen en la imprenta libros, periódicos y revistas. Es mi caso.
Con el saber de tipógrafo que empecé a acumular en las imprentas de Torreón llegué al onceavo piso de la rectoría de la UNAM a editar de manera rudimentaria un compendio diario de noticias que volaba muy temprano a las altas oficinas de la Ciudad Universitaria. Encabezaba el grupo que producía la publicación con un impresor y cuatro seleccionadores de textos. Los materiales básicos eran matrices de papel especial que salían de la copiadora Xerox listas para ser montadas en una impresora offset Multilith para tamaño oficio y carta.
La misma labor de editor de noticias fotocopiadas me hizo volar a la SEP y allí mismo se amplió cuando el empleo me convirtió en editor de una colección de libros de propaganda oficial y de una revista también oficial de gris nombre oficial: Revista SEP. Para conservar un empleo como este de editor debe uno ser muy cuidadoso, lo que significa llevarse bien con la gramática y con la estética, tener conciencia de lo que son los contenidos que maneja y su presentación visual, cuidarse de los errores propios y cuidarse de los de otros. Lo bien hecho es imperceptible, lo malo es escandaloso. Un gazapo salta como fuego de artificio, la pulcritud se desliza semejante a la noche. La militancia política proletaria paralelamente me elevó a editor de la revista Insurgencia Popular. Por otros rumbos, las urgencias de un salario me llevaron a editar la revista Logos, de filosofía, publicada por la Universidad La Salle. (Allí leí, aún sin conocerlo, a mi amigo Mauricio Beuchot, a quien muchos años después conocí en Torreón. Escribía con frecuencia sobre los temas propios de la revista y todavía conservo algún ejemplar donde trató filosofía del lenguaje.)
El trote por las imprentas y la procuración de la calidad enriquecieron mi capacidad laboral de editor. Así dotado por la vida proletaria aterricé en Torreón y luego de pasar de ignoto editor de La Opinión de la Tarde ascendí a editor del suplemento dominical llamado Opinión Cultural. Hasta no hace mucho (supongo que todavía), el visionario Jaime Muñoz podía presumir su colección.
Como docente de periodismo en la institución que ahora es Universidad La Salle edité con un equipo de alumnos la página “Presencia / Enlace Universitario”, en El Siglo de Torreón. Salía cada domingo para cumplir las funciones que su cabezal pregonaba. También en el campo universitario me encargué de la edición de El Juglar, periódico mensual del Departamento de Difusión Cultural de la Universidad Autónoma de Coahuila en Torreón. (Aquí otra salida del tema: en cada lugar que me acomodaba procuraba que aparecieran no sólo publicaciones, sino también concursos literarios. Quien revise mi biografía notará esa coincidencia.) Allí mismo en la UAC procuré (edité parcialmente) un libro de cuentos y uno de poesía. Este segundo lo concluyó Jaime Muñoz.
Para que se encargara de la impresión mi amigo Rogelio Villarreal, edité un par de libros fundacionales de una etapa importante de la literatura lagunera: Botella al mar. Crestomatía narrativa y Comarca de soles. Poesía de Botella al Mar. Seguramente Jaime Muñoz preferiría que ambos títulos se hubieran quedado en los abundantes hoyos negros de mi memoria pero para mí, a pesar de mi parcela vergonzante, son entrañables.
Cuando llegué a ganarme las quincenas en las oficinas del Teatro Martínez, en la comarca bullía una estimulante atmósfera literaria. Le comenté a la directora Sonia Salum que ya se podría sostener en la región una empresa editorial. Infaustas y gratas circunstancias parieron poco después la colección Cuesta de la Fortuna en cuya edición no participé. Sí me encargué luego de la edición de varios títulos que auspiciaron instituciones oficiales y privadas nucleadas por el TIM, ya dirigido por Márgara Garza. Crearon programas culturales conjuntos, en los cuales se consideró como tarea muy importante la publicación de libros. Con Márgara Garza en la Dirección del TIM fundamos la revista literaria Estepa del Nazas, cuya edición sigue a mi cargo.
Para ese tiempo se publicaba (y por necesidad se editaba) como, creo, no había sucedido antes en la comarca lagunera. Se puede decir que era copiosa la producción de libros, sobe todo publicados por instituciones oficiales. Aparecían coediciones en las que entidades privadas y públicas se complementaban y no faltaban las publicaciones de autor salidas de las capacidades de editores maduros o primerizos y de impresores que los suplían.
Se ha ampliado el campo editorial. Aunque se constriñe la producción de libros aparecen revistas y periódicos que ostentan los profusos recursos de las computadoras. Los editores de muchas de estas publicaciones los derrochan hasta producir portadas y páginas que parecen más nauseabundos intestinos que estéticas estampas. La plaga de la tipografía y la edición conocida como “diseñadores gráficos” es dispendiosa y estridente como nuevo rico. El fino trabajo de los editores cercanos a Gutenberg es desplazado por el macarrónico pegote de los “diseñadores gráficos” hijos de la computadora.

domingo, abril 19, 2009

Acequias de edición



La parte central del número 47 de Acequias, revista de la UIA Laguna, ha sido dedicada al trabajo editorial desarrollado en La Laguna. Ofrece cuatro textos que dan idea de la hechura de libros en nuestra región: los artículos “Edición cometida y no aumentada”, de Saúl Rosales Carrillo; “Rogelio Villarreal Huerta por Rogelio Villarreal Macías”, de Daniel Herrera y “Editar en el desierto”, de mi cuño y letra; además, la entrevista “Periodista torreonense controvertido”, de Raúl Olvera Mijares. Añade, obviamente, ensayos, cuentos y reseñas, además de la obra gráfica de Luis Sergio Rangel. Para obtener un ejemplar gratuito hay que llamar a la UIA Laguna, al 7051010, extensión 1135, o escribir a Édgar Salinas y/o Julio César Félix, los editores, a acequias@lag.uia.mx. Traigo aquí mi colaboración:
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Editar en el desierto
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Jaime Muñoz Vargas
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A don Rogelio Villarreal Huerta:
por allá nos vemos pronto, amigo,
para que me conceda el honor de coeditar
con unas cervecitas de por medio
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Cuando en 1984 trabajé como editor del suplemento universitario Clase publicado cada quince días en La Opinión jamás imaginé que, entre otros, ése iba a ser uno de mis oficios. No lo imaginé, pero ya desde aquel momento sentí que trabajar con las palabras, las imágenes y el papel era divertido y aleccionador, además de que posibilitaba una fuente de ingresos sin alejarme demasiado de la literatura. Como otras, la influencia principal de mi gusto por la edición la recibí involuntariamente de Saúl Rosales. Cuando me dio clases de literatura algunas veces me mostró las hojitas para “esquemar” el suplemento cultural de La Opinión que él editaba y cuando trabajamos juntos en el Departamento de Difusión Cultural de la UAdeC también lo vi diagramar El Juglar, “órgano informativo” del DDC, en esas hojitas de papel revolución que contenían retículas donde a lápiz quedaba esbozado el diseño de cada página. Todo eso ocurrió entre 1983 y 1988.
Poco después, de 1990 a 1998, al editar el suplemento la tolvanera hallé en verdad que ésa era una de mis vocaciones. Todo salía a ciegas, sin más escuela que la experiencia adquirida sobre la marcha, el inevitable ensayo-error arriesgado en cada número. Del 90 al 92 procedía casi a la usanza antigua, sólo que sin linotipo: juntaba las colaboraciones en papel, las pasaba a un “capturista” que las tecleaba para guardarlas en la computadora; luego me reunía con el diseñador para vaciar los textos en un formato predeterminado donde de paso abríamos huecos para las viñetas; después me hacía una impresión, revisaba en papel con pluma Bic roja, el diseñador pasaba mis enmiendas y listo, el original se iba a la imprenta.
En el 93 compré mi primera computadora, una Macintosh Classic II que parecía Arturito el de La guerra de las galaxias. Con ella pude abreviar pasos: comencé a hacer yo mismo el diseño, como se podrá notar en lo espantoso que quedaba. No tenía o no existía el escáner, lo ignoro, así que las viñetas las fotocopiaba de libros y/o revistas para luego pegarlas con resistol de barra Pritt dentro de los espacios dejados a propósito (así se iban las páginas a fotomécanica, después a la insoladora y al final a la prensa). Era un trabajo muy rudimentario, artesanal, tanto que demandaba tijeras y pegamento escolar, y no había otra opción. Varios años pasaron y poco a poco mejoré el sistema; sumé el escáner a mis herramientas, de manera que pude manipular imágenes con mayor facilidad. En 1996, poco más o menos, pasé de la revista al libro. Más con intuición que conocimiento, propuse la edición de una serie de cuadernillos que sería regalada en la compra de la revista. Como siempre, les di preferencia a los jóvenes, a quienes incluso prologué (Miguel Báez Durán, Édgar Valencia, Miguel Morales Aguilar y algunos más que no pasaban de los 25 años). Pese a la escandalosa modestia de su material —interiores en papel revolución, forros en minagris, esa cartulina color plomo que se usa como base de los talonarios para rifas y boletos de camión—, la colección salía bien editada. Ya para entonces, por intuición, por observación, insisto, cuidaba detalles de editor profesional, aunque nunca lo he sido: evitar viudas y huérfanas, anular callejones, respetar los criterios de hojas blancas al inicio de la publicación y entre capítulos, folios sólo en hojas con texto corrido, punto menor en notas, uniformidad de los inicios colgados, etcétera.
Desde el principio noté que era un trabajo delicado, que cualquier descuido podía ser la caída. A diferencia de otras actividades, la del editor de impresos conlleva siempre el riesgo del error y, lo peor, el de la exhibición pública y permanente de los yerros. Aprendí, por ejemplo, a releer diez o más veces lo textual en las portadas (título, subtítulo, firma, cuarta de forros), a observar con lupa, letra por letra, los títulos de cada capítulo o pieza parcial de un libro, a observar con detenimiento el índice y ver su correspondencia correcta de título y página, y, en suma, a releer tantas veces como fuera posible el contenido de todo el libro. Pese a eso, claro, tengo en mi expediente personal un amplio muestrario de erratas memorables. Ninguna en portada, creo; unas cuantas en títulos de capítulo y muchas, eso sí, en cuerpo de texto. La lección que he obtenido de esta chamba es simple: a todo se le puede ganar en materia de edición, menos a las erratas. No se les puede ganar, pero es posible aminorar su presencia, limitar su impertinente aparición sobre la página ya terminada, y esto se logra sobre todo releyendo las versiones más recientes, aquellas que, se supone, van siendo despiojadas poco a poco. La prisa no es buena acompañante, por eso, en los viajes editoriales.
En el trance de editar por gusto y por dinero me obligué a buscar información sobre la hechura de libros. Tengo varios, y sin duda el mejor es El libro y sus orillas (UNAM, 1991), de Roberto Zavala Ruiz. A ellos sumo no menos de treinta diccionarios de diversas especialidades. Informarse sobre las características y los puntos finos del trabajo editorial es importante, pero más, creo, es la observación y la convivencia con libros y con personas que saben de edición, como Cristina Solórzano y Mariana Ramírez, con quienes compartí muchas jornadas de trabajo en la UIA Laguna. Editar me llevó a ver de otro modo los libros viejos, a valorar como fetiches las primeras ediciones de obras famosas, a envidiar publicaciones (como las españolas) editadas e impresas con perfección. Gracias, pues, a mi flanco de editor, tengo primeras ediciones de Reyes y Borges (ambas con firma original), de López Velarde, de Agustín Yáñez, de Elías Nandino, de Juan Gelman, de Rulfo y de varios más. Tengo incluso, impreso con la tipografía de Joaquín Ibarra y Marín, la tercera edición, un portento tipográfico que me arrodilla, del Diccionario de la Real Academia Española (1780) por primera vez “Reducido a un tomo para su más fácil uso”.
Edito, en suma, por gusto y a veces como complemento de mis actividades profesionales de supervivencia. Es un oficio todavía desconocido en La Laguna, zona donde los impresores y ahora los diseñadores gráficos han sido quienes editan, generalmente sin los saberes básicos, como el cuidado ortográfico. Por ello, con o sin encargos de por medio, suelo editar, y algunos de mis amigos saben que hasta les he regalado ediciones e impresiones de sus obras nomás por pura camaradería. En mi cabeza bullen diseños, encuadernados, tipografías, cajas, portadas, tipos de papel. El dinero suele faltar para aterrizar los proyectos, pues no es precisamente económico hacer un libro digno. No obstante, tengo en la sala de espera, siempre, cinco o seis o siete libros breves que deseo hacer por gusto, incluidos algunos míos.
Me queda claro que editar es una profesión que debe ser acompañada por el placer. Sospecho que al menos en mi caso es así, por eso sigo aprendiendo, enseñándome solo. Conozco ya los rudimentos elementales del oficio, pero sé que esto no termina nunca; más ahora, con el desarrollo de potentes programas de cómputo que en teoría, sólo en teoría, editan casi solos. Y concluyo con cinco incisos que quizá le pueden servir al aspirante de editor en La Laguna:
a) Hay que campechanear la edición por gusto y por dinero.
b) Hay que convencer a quienes desean publicar de que los impresores y los diseñadores gráficos no son necesariamente editores.
c) Hay que observar muy de cerca el trabajo de los impresores, ir al taller, convivir con los prensistas, para evitar sorpresas.
d) Hay que trabajar (en La Laguna, quiero decir) con un surtido pobre y por lo regular caro de insumos para la impresión, sobre todo de papel.
e) Hay que aprender a regalar parte de los libros que uno edita.
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Comarca Lagunera, 5, marzo y 2009
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Nota del editor: la imagen que encabeza esta entrada es la portada de la primera edición de Urbe (Manuel Maples Arce, México, 1924) que es parte de mi colección de rarezas editoriales.