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martes, abril 23, 2013

El País de La Laguna en PDF




















La Universidad Iberoamericana Laguna nos regala esta obra en el Día Internacional del Libro 2013. Se trata, a mi juicio, del más informado documento sobre La Laguna (o Comarca Lagunera o Región Lagunera) en términos de larga duración. Su autor, el doctor Sergio Antonio Corona Páez, es el cronista oficial de Torreón y autoridad mayor en estas materias. Tuve la suerte de ser el editor de El País de La Laguna y no puedo no afirmar que es un libro que me enorgullece. Lo digo no por su forma, que yo cuidé, sino por su extraordinario contenido, importante para los laguneros y para quienes se interesen en nosotros, en nuestro pasado regional.
El libro puede ser leído y descargado en este enlace: El País de La Laguna.

domingo, abril 21, 2013

Una década de Corazón de nuez




















Hace diez años, en abril de 2003, mi primera hija cumplió seis años y con ella hice un experimento literario: publicar un libro con sus relatos y sus dibujos. Esa experiencia la narré en el epílogo de aquella publicación, y hoy la recuerdo con renovada alegría. Como lo hice en 2003, hoy reitero que no me vi movido por un instinto de papá cuervo ni trabajé pensando ingenuamente que tenía frente a mí una niña prodigio. Todos los niños, afirmé, son capaces de construir historias divertidas y dibujos fascinantes, dado que su mundo es puramente lúdico y no se ve oprimido por los cinchos de la lógica, que luego, ya en la adolescencia del ser humano, suelen contener los ímpetus creativos.
Corazón de nuez y otros relatos tuvo un tiraje corto. Yo lo edité y lo imprimió mi amigo Antonio López en Impresora Meridiano. En menos de un año, ese primer y único tiraje quedó agotado y a la fecha creo que conservo un ejemplar de archivo.
Una anécdota notable con este trabajo es la que se dio en la Feria del Libro de Torreón que organizaba entonces la UIA Laguna, donde yo trabajaba. En las juntas de planeación, a las que yo asistía como parte del equipo organizador, alguien comentó la necesidad de presentar un libro para niños, el que fuera, pues para entonces ya estaban amarradas las presentaciones de autores como Noé Jitrik, Luis Humberto Crosthwite, Federico Campbell, entre otros. Fue allí cuando se me ocurrió plantear que estaba por salir el libro de mi hija, y luego de explicar la situación, todos aceptaron su presentación en el marco de la Feria del Libro 2003. Hubo campaña de medios, carteles y toda la promoción pertinente. Lo asombroso fue que los autores consagrados tuvieron, como ocurre siempre con la literatura, una cantidad de público buena, la de nuestros estándares laguneros, cincuenta, sesenta personas.
En la presentación de Corazón de nuez estuvimos el pediatra de mi hija, Ricardo Acosta; uno de sus maestros, el doctor en pedagogía Sergio Raúl García, y yo. Ricardo Acosta hijo, que tenía siete años entonces y hoy es ya un gran pianista, tocó una pieza. No exagero si digo que pocas veces he asistido a una presentación de libro más concurrida; entre madres y niños había allí (el auditorio de la Ciudad Deportiva de Torreón) aproximadamente 250 personas, lo que rebasó nuestras expectativas. Previendo que la niña no iba a poder dedicar libros con rapidez, antes le hicimos un sello de goma y con eso salimos del apuro. Fue, por todo, un sábado inolvidable. Hoy mi hija tiene 16 años y muchísimo ha cambiado; al repasar con ella sus cuentos de Corazón de nuez —alguna vez reseñados por Vicente Alfonso— no dejamos de reír: qué libertad lucen, qué linda forma tienen los niños de vincularse, sin prejuicios que hagan dique, con las palabras y la imaginación.
A continuación, el epílogo que apareció en el libro:

Epílogo a Corazón de nuez

Jaime Muñoz Vargas

Si la memoria no me engaña, tengo ya quince años de maestro y hasta el momento mi mayor orgullo en este oficio se ha dado fuera del aula: yo enseñé a leer y a escribir a Renata Iberia, mi primera hija. Lo hice sin plan, sin método, sólo por compartir con ella un buen rato antes de que el sueño la venciera. Fue una cotidiana sorpresa ver su evolución; aún no cumplía los cuatro años cuando comenzamos con la rutina casi diaria de aprender las primeras letras frente a una pizarra grande, un pintarrón de medio uso. Escribí, y no borré, el alfabeto en la parte más alta. No comencé con las vocales. Lo primero que logré fue que reconociera todas las letras. Durante esas noches, en aproximadamente media hora diaria, la Ranita vio, en desorden, escritas por mí, todas las letras y aprendió a distinguirlas. Luego, también en desorden, conforme se me ocurrían, le escribí sílabas de dos letras, después de tres. Inmediatamente pasamos a formar palabras y, al final, pequeñas oraciones. Puedo asegurar que mi arbitrario método sirvió para que ella pudiera leer, a los cuatro años, frases como “La casa azul está bonita” o “El elefante es muy grande”. De allí a la lectura de breves párrafos ya no hubo tanto problema.
Pocos meses después, dado su gusto por los libros infantiles, por las películas, por las caricaturas y los noticiarios de la tele, su madre y yo la escuchamos narrar pequeñas historias y luego la invitamos a escribirlas; eran relatos que ella armó con imaginación de niña sin prejuicios, libremente, sólo apoyada a veces en las ideas que obtenía luego de preguntar sin fatiga, como cualquier otro niño, el porqué de todo lo que sus sentidos percibían.
Poco a poco ha ido avanzando, como se puede notar en este libro. De sus primeros relatos —que abarcan apenas un milagroso puñadito de renglones— a los más recientes hay un salto de experiencia; eso se debe a que también procuré hacerle evidente la estructura básica de las historias como las que ella goza en las películas y en los libros: toda fantasía empieza, se desarrolla y termina. Así, con esa mínima receta, Renata Iberia pudo iniciar un camino como creadora de ficciones, como narradora, y ella tendrá que decidir si continúa.
Ya con cierto material reunido, debo añadir, vino el trabajo de corrección en el que procuramos retocar sólo la forma de los relatos, nunca su fondo, para evitar toda pérdida de espontaneidad. Renata Iberia ha crecido entre libros, para ella son objetos habituales y ahora, gracias a esta vivencia literaria, conoce además las implicaciones del trabajo editorial, la emoción y la responsabilidad de publicar sus textos.
No hay, pese a lo que llevo dicho, nada extraordinario en el caso de Renata Iberia. Creo que todos los niños —unos más rápido que otros, pero todos— son capaces de armar sus propios cuentos. Lo que en este caso hicimos su madre y yo sólo fue dedicarle algunos minutos, ofrecerle la computadora y enmendar su ortografía. Lo demás ha sido dejarla en libertad, lograr que se manifieste su imaginación, permitir que sea la niña que ella, por fortuna, todavía es.

Comarca Lagunera
10, abril y 2003

lunes, abril 08, 2013

Picasso: un decaloguista del arte moderno




















Hace como diez años, en el aniversario treinta de la muerte de Picasso, publiqué este textito en Acequias, revista de la Universidad Iberoamericana Torreón. Creo que no lo refritee en otro lado, así que ésta es la segunda vez que lo propalo. Aprovecho, claro, el aniversario cuarenta, hoy, de la muerte de quien considero el papá de los pollitos en el arte del siglo XX. Suena a lugar común, pero no lo es. Se trata simplemente de una opinión generalizada, de un parecer casi unánime en torno al genio malagueño y saleroso.

Picasso: un decaloguista del arte moderno

Jaime Muñoz Vargas

En la historia del siglo xx acaso no hay un artista más emblemático que Pablo Diego José Francisco de Paula Juan Nepomuceno María de los Remedios Cipriano de la Santísima Trinidad Ruiz y Picasso. Se puede afirmar (sin miedo a incurrir en hipérboles descabelladas) que el pintor malagueño sintetiza mejor que ningún otro los afanes y los logros del arte contemporáneo. Si el arco de su vida —abierto en 1881 y cerrado hace treinta años, en 1973— cubre la mayor parte de la pasada centuria, el arco de su obra representa cabalmente, y con genial esplendidez, la “estrategia lingüística globalizadora”, la nueva gramática global de la que nos habla Subirats.
Proponer a Picasso como el summum del arte moderno es demasiado simplista, ciertamente, pero es por medio de esas síntesis como establece sus primeras coordenadas el estudio de las corrientes estéticas. ¿Hay un autor más paradigmático que Góngora para compendiar el barroco literario español? ¿Hay un realizador más significativo que Buñuel para perfilar al cine surrealista? ¿Alguien puede competir contra Hugo si queremos resaltar a la figura más sobresaliente del romanticismo francés? La vida y la obra de Picasso son, para el caso, suma y espejo de modernidad, ruta indispensable para acceder al conocimiento de la actitud creativa asumida por los artistas del xx.
Si el autor del Guernica es eso, entonces podemos repensar su propuesta como clave. Para comprender a Picasso, y al mismo tiempo las nociones básicas del arte vigesimista, se puede observar la secuencia de sus obras; puesto que se trata de un pintor, hacer eso es lo más indicado. Pero hay otra puerta de acceso, siquiera una rendija, a Pablo Ruiz: la que se nos abre tras la lectura de sus declaraciones. En ellas está condensada la visión de Picasso y es posible convertirlas en un decálogo que abraza —a veces ceñidamente y a veces no tanto— a buena parte de los protagonistas del arte moderno. Tal es el propósito de este acercamiento, espigar las palabras del malagueño y convertirlas casi en tabla mosaica de quienes renovaron y dieron vida a la pintura del siglo recién ido.
En Picasso, poemas y declaraciones (México, Darro y Genil, 1944), nuestro artista vuelca una serie de opiniones que acusan un sentido conglobador, sintético. Habla de su experiencia personal, en efecto, pero dicha experiencia irradia su luz hacia múltiples destinos y parece que está hablando, con o sin permiso, por la tribu entera, por Gris, por Braque, por Mondrian, por Grosz, por tantos otros. He aquí, mirada a vuelatecla, una tentativa de decálogo picasseano:
1. No buscar, sino encontrar. Se opone aquí a la cristalización del arte por medio de pesquisas deliberadas o de investigación. Para Picasso, la búsqueda no es nada en sí misma, pues cualquiera puede tener esa voluntad. El éxito del arte, entonces, radica no en la exploración, sino en el hallazgo de las nuevas rutas de navegación. “Lo que cuenta es lo que se hace y no lo que se tenía la intención de hacer”, dice.
2. El artista miente, pero dice la verdad. Picasso entiende la palabra arte como fingimiento, como mentira o subjetivación de lo real. Éste es uno de los puntos caros a la retórica del artista contemporáneo, pues gravita, llevado a sus consecuencias últimas, en el resultado del arte moderno: la abstracción de la realidad, la demolición del modelo comúnmente llamado figurativo. “Me gustaría saber si alguien ha visto una obra de arte natural”, señala con ironía. Por supuesto que no, nadie la ha visto, dado que la naturaleza es naturaleza y el arte es arte. De allí parte, pues, la noción del producto artístico como mentira, una mentira que en sus pliegues esconde el rostro de la verdad.
3. El arte no evoluciona. Picasso contradice radicalmente la idea de evolución artística. “Para mí no hay en el arte ni pasado ni futuro. Si una obra de arte no puede vivir siempre en el presente no se la debe tomar en consideración”. Contrapone a la idea de evolución la de realización. Dependiendo de cada época, de cada caldo de cultivo, el arte producido queda peor o mejor realizado, y de allí su eternización, su perdurable presentismo. “Si se pudiera expresar gráficamente la historia del arte como en una tabla de las que usan las enfermeras para anotar los cambios de temperatura del enfermo, se vería el mismo perfil montañoso, prueba de que en el arte no hay progreso ascendente, sino alzas y bajas que pueden ocurrir en cualquier momento. Lo mismo sucede con la obra del artista individual”.
4. La pintura es, indefectiblemente, dibujo, composición y color. Moderna o antigua, la pintura es dibujo, composición y color. En el caso del cubismo, como en el de cualquier otra escuela, observa Picasso, se han usado esos elementos pero con diferentes temas, “pues hemos introducido (...) objetos y formas enteramente ignorados. Hemos abierto la mente a lo que nos rodea”.
5. El arte se construye con caprichos. La cristalización de una obra de arte no depende de la preconcepción sino del capricho. Terminar un cuadro, pues, es una sorpresa, una inesperada revelación. “Un cuadro no se proyecta ni se decide de antemano. Al hacerse, va cambiando a la par que nuestras ideas. Y cuando se termina sigue cambiando según el estado de ánimo del que lo mire”.
6. El arte abstracto no existe. La abstracción pura es imposible, dado que el punto de partida siempre será un referente que, trabajado por la mano del artista en un proceso de supresión-adición de elementos que borren la realidad, dejará de todos modos una huella de lo que fue al comienzo. “No existe el arte abstracto. Hay que comenzar siempre con algo y después se pueden quitar todas las huellas de realidad. Entonces ya no hay peligro, porque la idea del objeto habrá dejado una marca indeleble”.
7. La pintura está hecha de figuras. Para Picasso no hay arte “figurativo” ni arte “no figurativo”, pues toda la pintura se crea con figuras. Una persona, un árbol, es una figura tanto como lo pueden ser un círculo y un triángulo. Cuando una figura ha perdido su nexo con el referente lo único que hace es abreviar el camino hacia su impresión en la mente.
8. Todo objeto es materia del arte. No existen objetos de primera ni objetos de segunda. Todo, absolutamente todo entra o debe entrar en arte con el mismo valor: el cielo, la tierra, un pedazo de papel, una telaraña, lo grande y lo pequeño, todo puede ser motivo del arte.
9. No existe entrenamiento académico para la belleza. El arte no se rige por un canon, sino por lo que el instinto y el cerebro son capaces de trazar.
10. El arte no se comprende. El valor del arte no radica en la comprensión, sino en la emoción inexplicable que produce. “Todo el mundo quiere comprender el arte. ¿Por qué no tratan de comprender el canto de un pájaro? ¿Por qué amamos la noche, las flores y todo lo que nos rodea sin tratar de comprenderlo? Pero si se trata de un cuadro, todos tienen que comprender”.
He allí, sucintamente expuesto, un decálogo del arte moderno, con todo lo que tenga de incompleto y perfectible. Con respecto de dicho decálogo se podrán destacar, insistimos, coincidencias o disidencias de un cuadro a otro, de un pintor a otro, y como ejemplo de esa síntesis picasseana podemos tomar un cuadro de Juan Gris (Le taureangeau, por ejemplo) para verificar que le son aplicables todas o casi todas las ideas del pintor andaluz. En lo que sí podemos estar totalmente de acuerdo es en que el genio de Picasso comprendió la esencia del nuevo arte y por ello desató, como bien sabemos, la revolución pictórica más importante de los tiempos modernos.
A treinta años de su muerte (Mougins, Francia, 8 de abril de 1973) el pintor malagueño sigue tan vivo que cuando uno recorre sus obras emana la impresión (releamos el punto tres del hipotético decálogo) de que cada día pinta mejor.

viernes, febrero 12, 2010

Aluvión de gran cine



Me gusta el cine, pero no soy cinéfilo. Me gusta sobre todo el que lucha por sacudirse los cartabones estéticos de cierto cine facilista a la manera del que preponderantemente auspicia Hollywood. Y ojo con el adverbio terminado en mente: lo pongo en la frase para aclarar que más de una película de las que aparecen en la cartelera de toda la vida puede ser de vez en cuando excelente, distinta, original. Sin embargo, y este comentario es ya de kínder, sabemos que la mayoritaria producción californiana, que predomina en el mundo, hay que recordarlo, se ajusta a patrones architrillados. Tanto es así que a partir de su definición genérica uno sabe de antemano lo qué puede ver, incluido el final. Si es una “comedia romántica”, por ejemplo, luego de algunos avatares algo risibles el Amor triunfa y con mayúscula; sin es una nueva película para niños, un pollito (o un pececito, o un juguetito, o una hormiguita, o un lo que sea terminado en ito) será minusvalorado por quienes habitan en su entorno y al final, sin falla, el esfuerzo del personaje ninguneado lo reivindicará hasta convertirlo en héroe. Es lo mismo de lo mismo de lo mismo, el mundo cinematográfico a merced de fórmulas con sabor a sopa de vasito.
Con la Muestra Internacional de Cine número 51, que comenzó ayer, los laguneros tenemos de nuevo la oportunidad de acceder (o accesar, como dicen andrajosamente los seudoelegantes) a un menú de cintas que de antemano garantizan no sé si calidad en todos los casos, pero sí muchas sorpresas. Sorpresa, originalidad, apuesta nueva, exploración distinta, abordaje fresco, diversidad temática, exploración de mundos distintos, todos esos rasgos y sus afines son las que caracterizan no sólo al arte cinematográfico con genuino apetito estético, sino al arte en general, pues nada hay menos valioso que una obra que obedece sin chistar manuales de uso.
La Muestra, lo subrayo con marcador fosforescente, es un bufet de primer mundo servido en nuestra estepa de tolvaneras como la que veo por mi ventana mientras escribo estas palabras ayer miércoles 11 de febrero. Películas que han ganado premios en festivales, cintas que traen el respaldo de directores no necesariamente adictos a las maneras del imperio, son una promesa de diversión y reflexión, dividendos de una obra fílmica que también pueden ir de la mano cuando en los proyectos se conjugan las más altas potencias de la creatividad.
Organizada por la UIA Laguna desde hace añales y apoyada desde hace mucho por el Icocult Laguna, la Muestra ofrecerá una película diaria, en dos funciones, hasta el 27 de febrero; la sede es Cinépolis de Galerías, y no es apresurado insistir en la calidad de las películas, pues todas han sido seleccionadas por especialistas que suelen configurar un conjunto rico, multinacional y multitemático. Además de Torreón, la Muestra llega en Coahuila a Saltillo y Monclova también por iniciativa de la Ibero y el Icocult, lo que convierte a nuestra entidad en una de las pocas que en México brinda en tres ciudades tal lote de cintas. No es ocioso decir que además del DF, la Muestra anual llega asimismo a Aguascalientes, Querétaro, San Luis, Guanajuato, Xalapa, Villahermosa y Puebla, entre otras.
Para ver el menú completo de las películas hay que ir a la web de la UIA Laguna, pero casi me atrevo a decir que es innecesario, pues la cinta que toque cualquier día puede ser, sin hipérbole, una obra maestra. Vayan y comprueben que el cine no ha terminado de encontrar algo distinto y ser arte.

miércoles, agosto 19, 2009

Historia de Miel de maple



El pasado que recuerdo sobre Miel de Maple se remonta a la segunda época de Miguel Báez Durán en el taller literario de la UIA Laguna. Para hablar de él, por ello, primero debo comentar algo sobre la presencia de su autor en aquel espacio que durante casi diez años tuve bajo mi responsabilidad en la Ibero. Aquel taller literario surgió a mediados de los noventa. Laura Leal, coordinadora de asuntos culturales, me invitó un día a diseñar una serie de sesiones literarias para los jóvenes que dentro de la universidad tuvieran interés en escribir. Acepté. Para entonces, yo daba clases los martes y los viernes, así que colocamos el taller en el horario más viable dentro de la dinámica de la UIA: los miércoles, el día más despejado de actividades académicas. Batallé mucho al principio para pepenar alumnos: por mucho interés que tuvieran, pocos estaban dispuestos a echar una vuelta extra a la universidad, ya que su carga principal de materias estaba distribuida entre lunes-martes y jueves-viernes. Los miércoles, pues, servían para tareas, para deportes o simplemente para tomar aire a media semana.
Aquel taller logró sobrevivir, sin embargo, a su más difícil época: la primera. No tenía límite de alumnos, pero sólo asistían tres o cuatro; durante algunos meses, por ello, peligró ese pequeño oasis literario. Azucena Cárdenas, Alfredo Máynez, Alberto Rodríguez Román y otros pocos, uno o dos más, asistían con regularidad y le daban oxígeno de supervivencia a nuestro espacio. Fue por 1996, poco más o menos, cuando cayó por allí Miguel Báez Durán. Ya para entonces yo no creía en las vocaciones encendidas que muestran los recién ingresados a un taller, es decir, que ya en aquel momento yo escuchaba con respetuoso escepticismo a los jóvenes que afirmaban, con más seguridad que García Márquez, que lo suyo era este rollo de leer y escribir, que desde chicos habían borroneado miles y miles de cuartillas y que definitivamente, sin duda, sin discusión, duélale a quien le duela, su vocación estaba en la creación literaria. Muchas veces me pasó escuchar a esos jóvenes decididos que muy pronto se desinflaban, aguantaban dos sesiones y luego se largaban a ver si en teatro o en pintura o en taekwondo o en manualidades sí hallaban su vocación.
Por eso fue para mí muy llamativo que cierto día llegara un joven estudiante de derecho que se presentó como Miguel Báez Durán. Cuando le pregunte cuál había sido hasta el momento su experiencia literaria, Miguel dijo, sin aspavientos y con una mesura que después me pareció fina modestia, que le gustaba leer y escribir, y que lo hacía desde niño. Así nomás. No dijo “tengo ya diez novelas inéditas y he leído a todos los clásicos”, como suelen hacerlo muchos jóvenes un tanto desorientados. Dijo simplemente que le gustaba leer y escribir, es decir, lo básico, lo único que se requiere para trabajar en un taller literario.
La etapa inicial de Miguel Báez como tallerista cubrió los años que le faltaban para graduarse como abogado. Me mostró sus primeros cuentos y creo haber sido útil para orientar algunas de sus mejores virtudes. Fue de los pocos, recuerdo, que en verdad quiso tallerear su obra, que a medida que avanzaba la crítica de un cuento lo pulía y lo repulía tantas veces como fuera necesario. Recuerdo que a uno de ellos, un tanto chantajista en lo emotivo, jamás pudimos darle cuadratura y creo que mejor lo dejamos por la paz, que es lo mejor que un escritor puede hacer cuando un texto parece no tener remedio ni con cirugía mayor.
Miguel se tomó muy en serio lo del taller. Creo que se sentía obligado a llevar un cuento por semana, así que me sentí obligado a contenerlo: nadie es capaz de hacer un cuento por semana. Al menos, de cuentos verdaderamente buenos. Pero como vi que tenía mucho impulso para escribir, le propuse una salida. ¿Te gustaría hacer algo de periodismo? Eso sí se puede trabajar más deprisa, más a la primera, de botepronto. Me respondió que sí. Le pregunté luego por sus gustos, por lo que leía. Yo tenía la idea de enrumbarlo por la reseña bibliográfica, por la escritura sobre libros. Miguel me dijo que le gustaba mucho el cine, y fue entonces que tuve la idea de comentarle lo que sigo creyendo: faltan buenos críticos de cine en este seco rincón del mundo. Como yo tenía bajo mi cargo el espacio cultural la tolvanera, ahí le abrí cancha a las reseñas de Miguel en una columna que titulamos “El bueno, el malo y el feo”, donde el autor se refería siempre a tres filmes: uno bueno, uno malo y otro feo. Esa era la idea, y Miguel la despachó con tanta solvencia que sigo creyendo, con pruebas a la mano, que ese momento fue el mejor que ha tenido la crítica de cine en La Laguna no sólo por la forma de la escritura, sino por el informado y agudo fondo de los comentarios.
Miguel egresó a finales de los noventa y se fue a estudiar la maestría en letras a la Universidad de Calgary, en Canadá. Tras dos o tres años, no recuerdo, de estancia en el aquellas heladas tierras, volvió a Torreón y se integró como maestro a la UIA. Para entonces (les hablo de 2000 o 2001, más o menos) yo seguía con el taller literario, pero ahora en su versión sobrepoblada. Por una de esas gratas casualidades que la vida nos pone en el camino, una generación importante de muchachos se acercó al taller y aunque los talentos eran desiguales, ninguno faltaba a las sesiones. Recuerdo que llegamos a tener reuniones con diez o doce comensales entre los que estaban o estuvieron Daniel Herrera, Enrique Sada, Édgar Salinas, René Orozco, Alberto de la Fuente, César Cano, Idoia Leal, Salvador Sáenz, entre los que más recuerdo. A ese grupo se integró Miguel Báez Durán en lo que ahora puedo llamar su segunda etapa como miembro del taller que yo coordinaba. Por supuesto, Miguel había madurado sobremanera. Su prosa era ya muy segura, había visto muchísimo más cine y sus lecturas habían crecido notablemente. Ocupaba un lugar en el taller, pero casi estoy seguro que ya no lo necesitaba, salvo quizá por lo grato de la convivencia.
En alguna de aquellas sesiones llevó un cuento con temática canadiense-mexicana. La anécdota transcurría, digamos, en Calgary, pero el protagonista era mexicano. El cuento era largo y eficaz, y por eso fue bien recibido por los lectores del taller, y me incluyo. Fue por eso que, delante de todos, le dije a Miguel: aquí está una veta, un libro de cuentos con unidad; ¿por qué no escribes una serie de relatos donde explores la relación entre México y Canadá? Traes muchas visiones, muchas anécdotas, y sobre todo traes un montón de referentes culturales, la posibilidad de hacer paralelismos entre los dos países. Miguel, para no variar, lo tomó en serio, demasiado en serio, y cada dos semanas, durante varios meses, nos sorprendió con sus cuentos hechos con águila y serpiente más hoja de arce. Todos eran buenos, y a la larga, en menos de un año debo decir, configuraron el libro que, siete u ocho años después, presentamos una noche: ésta.

Nota del editor: Texto leído en la presentación de Miel de maple celebrada el 17 de agosto de 2009; compartimos la mesa Miguel Báez, Daniel Lomas y yo. El libro está a la venta en las librerías Punto y aparte, del FCE del Teatro Martínez y de la Coordinación de la UAdeC).
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A continuación, la reseña de Daniel Lomas sobre Miel de maple:
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Jarabe de ácido
Daniel Lomas

Allá por finales de los años noventa, supe de oídas que Miguel Báez era un joven “lagunero” que andaba de viaje en Canadá. Que recién había egresado de las filas de la carrera en Derecho. Que escribía cuentos. O que era un escritor en cierne. Que momentáneamente había guardado en el clóset el traje y la corbata bien planchados del abogado litigante y en cambio había entintado su bolígrafo en esta sopa de letras que es la literatura, por cierto, no menos valiosa que la ciencia jurídica aunque tampoco más vital que la oncología, la ingeniería, la carpintería o la profesión que sea. Así pues, a Miguel Báez le había llegado su hora de empacar los sueños y los libros en una sola maleta y emigrar con un boleto de avión hacia a Canadá. La moneda de la suerte estaba en el aire y él apostaba su futuro en tierras extranjeras. Tiempo después lo conocí en persona, cuando él vino a pasar unas vacaciones aquí en Torreón, la capital del polvo. Y en principio de cuentas debo aclarar que aquel Miguel Báez a quien yo traté era alguien más bien callado, inteligente, reservado, que sabía mantenerse al margen observando todo con un ojo agudo, quizá de crítica, quizá de prudencia. Era más bien amigo del silencio, aunque no por eso estaba peleado con la risa ni la desdeñaba. Un Miguel Báez sin otro vicio mejor definido que el de la lectura voraz. Y además de todo, era un verdadero devoto del cine, de verlo en cantidades industriales y comentarlo después, por escrito, claro está. En fin, pido disculpas por este morbo mío de proporcionar la media filiación de las personas antes que comentar sobre el libro Miel de maple, que en realidad es para lo que fui invitado. Pido disculpas, mas sé que siempre es más importante el hombre que la letra.
Y bueno, no quiero soltar todavía este hilo del que vengo tirando. Me acuerdo de unos versos hermosos de Jaime Gil de Biedma que dicen: “eran los bellos tiempos de la juventud, cuando dejar atrás padres y patria es sentirse más libre para siempre”. O quién no recordará esa guitarra ronca de cuerdas lentas que canta: “No soy de aquí ni soy de allá”. Cierto, no somos más que turistas de paso por el mundo, no obstante que a veces es fácil olvidarlo. Cierto, alguna vez también nosotros hemos quemado las naves y zarpado hacia otros puertos. El viaje, en cierta forma, además de ser una fuga para los sentidos, además de virar en ciento ochenta grados nuestra existencia, el viaje nos vuelve poco a poco ciudadanos de ningún lugar, extranjeros de todos los sitios, sin más país que la conciencia encerrada entre las cuatro paredes de una habitación o bien entre las dos páginas del libro que sostenemos en las manos. El viaje es, por otra parte, sinónimo de nuestra fugacidad humana. Estamos de paso por el mundo, y en esta carne de hombre está inscrita una fecha de caducidad, somos perecederos.
No piensen ustedes que estoy hablando a tontas y locas, aunque tampoco estoy hablando de otra manera. En suma, lo que pretendo decir es que éstos y otros elementos se relacionan íntimamente con Miel de maple. Miguel Báez, allá en Calgary, Canadá, realizó una maestría en Letras Españolas y además de ese diploma regresó con un tomito de su autoría bajo el brazo, titulado Un comal lleno de voces, libro ensayístico sobre el gran Rulfo. Ahora bien, puedo afirmar casi categóricamente que Miel de maple es un fruto que maduró a partir de aquellas las primeras andanzas canadienses de Miguel. Nos pudo haber regalado una bitácora de viajero, o crónicas, o estampas del país de la bandera de arce, mas no fue así.
Miel de maple es una colección de doce cuentos. Y a pesar de que el título nos remite a ese jarabe empalagoso que guardamos entre los pomos de la alacena y que bien puede enviar al hospital a más de un paciente acometido por un coma diabético, paradójicamente, en el libro de Miguel nos encontramos con una escritura fuerte en cucharadas de ácido, en cucharadas de mordacidad, de ironía y de risa.
En términos generales, los personajes son tipos muy libres. Digamos que practican la libertad hasta el extremo de la rebeldía y a veces el cinismo. Son ciudadanos a los que no les interese mucho ser modelos ejemplares en conducta, ni sacar una calificación de diez en lecciones de civismo. No transigen con las mentiras de la sociedad, y en ese sentido son unos francotiradores que acechan la farsa, la corruptela íntima de sí mismos y de los otros. Ahora bien, uno de los denominadores comunes más marcados a lo largo del libro es que los personajes son seres que están de paso. Quiero decir, a veces son mexicanos radicados sobre el suelo de hielo de Canadá, o bien son canadienses que pasean por el suelo tricolor de México. O séase, son como plantas en el aire, fulanos cuya raíz se encuentra plantada lejos en otro sitio. Quizá eso mismo los vuelve más libres e intrépidos para no contemporizar con nadie, para no soportan la costra de mentiras que recubre a toda sociedad y a muchos seres humanos.
Por ejemplo, el cuento Tuertas nos cuenta la historia de una anciana viuda, de ochenta y pico de años, que vive en la más absoluta de las soledades. Una persona que ha quedado tan rotundamente sola que poco a poco va supliendo la falta de calor humano con la compañía de animales, pues en este caso, ella vive rodeada por una tropa inaudita de sesenta y siete gatos, en una atmósfera devastada por el caos y la inmundicia que defecan y orinan los pequeños felinos. Luego, la pestilencia que destila la vivienda de la anciana alerta a los vecinos, y la historia de su abandono es transmitida a través de un canal de televisión. Una brigada de samaritanos se ofrece entonces para ayudar a la anciana en las faenas de limpieza. Sin embargo, conforme avanza la trama descubrimos que detrás de ese acto humanitario, detrás de la buena fe aparente subyace una relación de enemistad y odio recrudecidos. Todo eso que en primera instancia parecía un acto de filantropía pura es más bien ganas de joder al prójimo, pues hay un sucio sentimiento entre vecinos mal avenidos con la anciana.
El cuento "Víctor, un Bórquez Trujillo" es la historia de un júnior irreverente, de un joven engreído, petulante, que ha crecido al amparo de los millones de sus padres y por tanto se cree dueño del mundo, con ganas de comérselo como si fuera una tajada de un pastel de fresas. Lo respaldan las malas notas y las quejas en la escuela. Es un adolescente mimado y prepotente. Por otra parte, es un ladrón sexual pues digamos que ya gozó de un devaneo con la muchacha de la limpieza y nada más la embarazó. Así que los padres se ven en el apuro de dar constantemente la cara por su hijo, de ser avales de sus fechorías. A pesar de todo, el padre le obsequia un automóvil de súper lujo, un jaguar, y Víctor Bórquez, al volante, fanfarronea con sus amigos hundiendo a fondo el zapato en el acelerador y el jaguar que ruge como un verdadero jaguar hasta que Víctor se estampa con otro vehículo y en el percance mata a otro joven. Pero él qué diablos le va a importar la muerte del otro, él se lamenta, llora y gimotea por la pérdida de su adorado jaguar. Así pues, como castigo a su pésima conducta, los padres deciden mandarlo lejos, muy lejos, a Canadá, a Vancouver, como quien mejor retira el arroz negro de un plato. Miguel Báez nos muestra aquí su mordacidad como narrador, su astucia para recrear personaje atractivo y odioso.
El cuento titulado "En ningún sitio del planeta" es quizá mi preferido dentro de esta colección. La médula de la historia radica en un hecho de sangre que como todos los hechos de sangre es estúpido y absurdo: un asesinato entre jóvenes al interior de una escuela secundaria. La cámara central con que está filmada y/o narrada la ficción, enfoca en primer plano al progenitor de un estudiante. Un padre que es un empleado canadiense pero de nacionalidad mexicana, y que un mal día, de pronto, inesperadamente, a través de la pantalla de la televisión se viene a enterar de que ha ocurrido un crimen en el plantel donde estudia su hijo, y lo peor de todo, el resultado: hay un chico muerto. Así que el padre, con el corazón desquiciado de angustia, se dirige de inmediato a la escuela del hijo y al mismo tiempo que es invadido por una sospecha: ¿qué tal si su hijo está involucrado en el suceso terrible? Como premonición, como un temor que habrá de resquebrajarlo interiormente, el padre empieza a intuir que sí, que en efecto su hijo está involucrado, pero aún se interroga sobre un detalle que ignora: ¿su hijo será la víctima o el victimario? Lo más grave de todo es que las sospechas del padre serán confirmadas más tarde. Pero en fin, no cuento más. Considero que a veces no es indispensable que el escritor sea un gran inventor historias. Quiero decir, basta con eche un vistazo a la realidad y se percate de que el mundo está plagado de huesos de cuentos, radiografías de cuentos, hilachas de cuentos o cuentos despedazados, y su tarea entonces será reconstruirlos pieza por pieza, transportarlos lo mejor posible al papel. Pensemos en Los cachorros de Vargas Llosa, que surgió de una nota periodística. O bien en la novela A sangre fría de Truman Capote, que de igual forma germina desde la realidad. El talento de Báez, en este último cuento que acabo de comentar, consiste en poseer un ojo sagaz para descubrir el hecho truculento y dramatizarlo, o literaturizarlo, por medio de la tinta impresa. En lo personal, me encantó la angustia que el relato deja caer sobre el personaje central, el padre, y que a la vez no es otra cosa que la angustia que despierta en el lector.
Asimismo, Miguel Báez explora el tema de la vida en pareja, como en los cuentos "La muda mano de Siona" o en "Blanco y rojo", y nos narra como el deterioro llega incluso a astillar el rato de placer. Recordemos que no se ha inventado aún una piedra de afilar capaz de afilar la pasión, y que por el contrario, el rechazo entre las parejas nace de la misma cotidianidad. En fin, estas son algunas muestras radiográficas de los cuentos de Báez.
Miguel Báez, decía y digo, es alguien que ha elegido que su camino sean las letras, esta sopa de letras en la que varios andamos empantanados. Pensemos que uno tiene la obligación ineluctable de inventarse un destino. Sí, el hombre nace con pies y piernas para caminar pero sin un camino trazado de antemano, y acaso por eso Miguel ha escogido este oficio juguetón y egoísta llamado literatura, este gran lujo. Miguel Báez va y viene de México a Canadá como un avión, como un péndulo, no es de aquí ni es de allá, o es de aquí y es de allá. Desertor de la ciudad del polvo, fugitivo, hijo pródigo de su familia y sus amistades. Miguel Báez, bienvenido a casa.

domingo, julio 19, 2009

Reseña del seminario vitivinícola



Quien mejor que su propio coordinador para hacer una reseña de los trabajos. Le he pedido al doctor Sergio Antonio Corona Páez que nos compendie cómo les fue a los investigadores y a él en el seminario que recién acaban de celebrar en las instalaciones de la UIA Laguna. Esta es la reseña:
El miércoles 15 de los corrientes, el rector de la Universidad Iberoamericana Torreón, ingeniero Héctor Acuña Nogueira, sj, declaró formalmente inaugurados los trabajos del “XII Seminario Iberoamericano de Viticultura y Ciencias Sociales”.
La celebración de este evento de carácter internacional en Torreón, pone de manifiesto el interés que los historiadores científicos de otros países tienen puesto en la producción historiográfica del Centro de Investigaciones Históricas de la Ibero Torreón. Los académicos participantes fueron el Dr. Juan Blánquez Pérez, de la Universidad Autónoma de Madrid, el Dr. Sebastián Celestino Pérez, del Instituto de Arqueología del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (España), la Dra. Ana María Rivera Medina, de la Universidad Nacional de Educación a Distancia Vizcaya (UNED-Bizkaia), el Dr. Pablo Lacoste, de la Universidad de Santiago de Chile, el Dr. Frédéric Duhart, de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París, el Dr. Francisco Javier Medina, de la Universitat Oberta de Catalunya, la Lic. Michelle Lacoste, de la Universidad de Cuyo (Argentina), el Dr. José de Jesús Hernández López, de la Universidad de Guadalajara, la Mtra. Amalia Lejavitzer Lapoujade, del Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM, y el Dr. Sergio Antonio Corona Páez, ponente y presidente del Comité Académico de este XII Seminario Iberoamericano.
Una vez iniciados los trabajos académicos, la temática desarrollada fue diversa, aunque siempre ubicada en el marco de una de las cuatro mesas: “Antigüedad Clásica”, “Edad Media”, “Austrias y Borbones, España y América Colonial” y “Época Contemporánea”. Las ponencias fueron las siguientes: “25 años de arqueología del vino en España. Evolución, metodología y logros de la investigación de la vitivinicultura en la antigüedad”; “Harás bueno el vino bebiendo”: vinum tu facies bonum bibendo (Mart., 5, 78, 16); “La sociabilidad del vino en España y en América: Tabernas y pulperías.(SS. XIV-XVIII)”, “Un modelo de explotación vitivinícola: La viña de la Iglesia Mayor del Señor Santiago. Bilbao, SS. XV-XVI”, “Viticultura comparada de Argentina y Chile: los lagares (1550-1850)”, “Una lectura de la economía parrense a partir de las rentas decimales de 1786”; “Las cepas de François Baco (1898-2009). Nacimiento y destino de híbridos productores directos del suroeste de Francia”; “Enoturismo y rutas del vino en Denominaciones de Origen emergentes: el caso de la D.O. Priorat y la D.O. Montsant (Cataluña, España)”; “La vitivinicultura argentina en la obra de Benito Marianetti” y “El vino mezcal de tequila: Entre el pulque, el aguardiente de caña y el vino de uva”.
Esta duodécima edición del seminario, que es la primera que se celebra fuera de Argentina o Chile, tuvo varios objetivos. Como parte de la comunidad científica global, sus miembros buscaron afinar el estado de la cuestión desde los diversos ángulos y temas propios de sus propios estudios, siempre relacionados con la vitivinicultura mundial. Segundo, se buscó aquilatar debidamente la calidad y trascendencia de las nuevas aportaciones al conocimiento que surgieron de estas ponencias. Se eligió a Torreón para anunciar la creación del proyecto relativo a la compilación y publicación de una enciclopedia de la vitivinicultura americana. Un punto importante de la agenda era la constatación de la vitivinicultura histórica lagunera, particularmente la parrense, una visión tan oculta como fascinante, la cual salió a la luz a partir de la publicación de la tesis doctoral del Dr. Corona Páez. Parras ha resultado ser la contraparte septentrional de Mendoza, en Argentina, ya que ambas poblaciones, ubicadas en desiertos y zonas fronterizas de la civilización, delimitaron la espacialidad vitivinícola del Imperio Español en América.
Tras la parte académica, se procedió a hacer una mañana de turismo regional. Por la tarde del jueves, estos visitantes distinguidos hicieron una visita guiada al Museo Arocena, tras la cual, el Dr. Pablo Lacoste procedió a dictar una interesante conferencia sobre las características e historia de los vinos argentinos y chilenos. El público quedó muy agradado y se procedió a realizar una degustación en la Plaza Peñoles del mismo museo.
El día viernes 17 se dedicó a realizar una visita de campo a la ciudad de Parras, y particularmente a la Hacienda de San Lorenzo. En ella, el grupo de perfil internacional tuvo la oportunidad de recibir las mejores atenciones de los dueños a través de la extraordinaria hospitalidad del Ing. Alfonso Cárdenas y señora.
Se procedió a realizar un recorrido de campo por la planta vinificadora, y de manera muy particular, por las viejas bodegas del establecimiento, certificando la existencia de prensas de sencillas y dobles, cuya fabricación se remonta al siglo XVIII, así como la existencia de otros artefactos propios de la industria vitivinícola.
La Hacienda de San Lorenzo ofreció una comida a los académicos, en sus jardines del norte, a la sombra ventilada y refrescante de sus centenarios nogales. La comida consistió en un conjunto de platillos elaborados con las ancestrales recetas de la misma hacienda, toda una experiencia gourmet digna del registro histórico.
Se hizo asimismo un recorrido por la ciudad de Parras y sus principales bodegas y establecimientos, y un muestreo de sus dulces regionales elaborados a base de higo y nuez, productos tradicionalmente parrenses desde el siglo XVII. Solamente puede describirse la reacción del grupo internacional como una experiencia de sorpresa, admiración y deleitado asombro.
El XII Seminario Iberoamericano de Viticultura y Ciencias Sociales tuvo por sede a la Universidad Iberoamericana Torreón, y contó con el apoyo adicional de la Embajada de España en México y de la Casa Madero.

miércoles, julio 15, 2009

Cumbre académica en Torreón



Hoy arrancan, y duran hasta mañana, los trabajos del “XII Seminario Iberoamericano de Viticultura y Ciencias Sociales” cuya sede será en esta ocasión, para lujo de los laguneros, la Universidad Iberoamericana, institución que lo organiza junto con la Embajada de España en México y la Casa Madero, de Parras de la Fuente, Coahuila. Digo “para lujo de los laguneros” no por jugar irresponsablemente con la hipérbole, sino porque, en efecto, este seminario es ya, de entrada, el más ambicioso encuentro vinculado con estudios históricos que se haya dado en la historia de la comarca. Hay muchos sistemáticos expertos en regatearle méritos, pero el motor principal de esta cumbre académico-vitivinícola, si se puede decir así, es el doctor Sergio Antonio Corona Páez, coordinador del Archivo Histórico Juan Agustín de Espinoza y cronista de Torreón, quien gracias a sus estudios doctorales ha trabado contacto con especialistas de todo el mundo relacionados con los estudios de la vid y el vino en tanto dinamos de economías locales y mentalidades.
La información sobre el Seminario es elocuente y ahorra cualquier rodeo: La “Asociación Iberoamericana de Viticultura y Ciencias Sociales” es una organización que se dedica al estudio de la vid y su producción etílica, así como a las relaciones posibles entre dicho cultivo, su producción y las sociedades productoras y consumidoras. Queda claro pues que la vitivinicultura es un amplio y antiguo fenómeno, al cual se le pueden hacer lecturas desde la economía (historia económica), la antropología (historia cultural, historia de las mentalidades, historia de la vida cotidiana), la botánica, la arqueología, la literatura, la música, la historia de la publicidad, la historia de la cultura material (artefactos relacionados), historia de las innovaciones y de la difusión tecnológicas, historia del gusto, y un sinnúmero más de entradas. Cada año, la mencionada Asociación, cuya sede se encuentra en Sudamérica, congrega a sus miembros de América y Europa en un seminario, esto con el objeto de analizar las propuestas y trabajos de sus académicos para su dictamen y para encaminarlos a su publicación. La mayoría de los miembros de esta asociación son doctores en diversas disciplinas, pero también cuenta con maestros y licenciados, todos muy prestigiados y conocidos internacionalmente por sus estudios, sus aportaciones en estas materias y por las universidades y centros de investigación a los que representan. Los últimos seminarios se han celebrado en Sudamérica: en 2006, en Talca, Chile; en 2007, en Mendoza, Argentina; en 2008 en Santiago de Chile, y en 2009 le tocó turno a Torreón, Coahuila, México.
La razón para celebrar el “XII Seminario Iberoamericano de Viticultura y Ciencias Sociales” en Torreón es que el pasado colonial de la Comarca Lagunera, y particularmente de Parras, fue muy brillante en términos vitivinícolas. De hecho, lo sigue siendo, si analizamos la constantemente galardonada producción de vinos de Casa Madero, y el hecho de que el “Valle de Parras” sea la única zona vitivinícola de México que ha sido reconocida internacionalmente como denominación de origen. El libro La vitivinicultura en el pueblo de Santa María de las Parras. Producción de vinos, vinagres y aguardientes bajo el paradigma andaluz, siglos XVII y XVIII, tesis del doctor Corona Páez, puso a la Comarca Lagunera en el mapa internacional de la vitivinicultura histórica.
En este seminario las temáticas serán diversas y serán expuestas en cuatro diferentes mesas: “Antigüedad clásica”, “Edad Media”, “Austrias y Borbones: España y América Colonial”, y “Época contemporánea”. Habrá, además, una visita de campo a la Casa Madero, en Parras. Felicidades a los organizadores, y que cunda el ejemplo de los trabajos de la cumbre historiográfica apegada a la ciencia y ajena a la fabulación.

jueves, junio 25, 2009

Libro y lectura en Acequias



Hoy a las ocho de la noche en la librería Gandhi, Carlos Reyes, Andrés Jáquez y yo presentaremos el número 48 de Acequias, revista de la UIA Laguna. A reserva de ampliar el comentario, espigo aquí algunas ideas sobre su contenido. Recuerdo a los lectores que Acequias circula gratis desde su mismísimo nacimiento, así que esta noche podrán llevarse los ejemplares que deseen con solo hacer acto de asistencia. Entre otras, aquélla es una de las muchas razones que han consolidado a esta publicación de “literatura y crítica cultural”, pues siempre ha ofrecido sus páginas sin ningún costo, hecho por demás generoso y extraño en el mundo con código de barras que hoy vivimos.
Pero la circulación gratuita es una más entre sus varias virtudes. Acequias, como ya lo he dicho en numerosas ocasiones, ha caminado sola entre las publicaciones universitarias de La Laguna, pues, que yo sepa, no existe ninguna revista de esta índole bajo el auspicio de alguna institución de nivel superior en la región. Supongo que han sido emprendidos proyectos similares, pero de vida efímera. Asimismo, algunas universidades mantienen boletines internos con cierto formato de revista, pero ninguna instancia ha propuesto una publicación donde quepan el ensayo de temática miscelánea, la poesía y la narrativa con cierta densidad y extensión más o menos aceptables para ser tenidos como dignos de niveles académicos universitarios.
Acequias, al contrario, ha llegado a su año doce notablemente fortalecida. De la buena revista que ya era cuando rompió el cascarón, ahora sigue sólida y con el extra de un diseño moderno, mucho color y material de alta calidad. Pero no debemos engañarnos: es bienvenido lo exterior y es harto agradecible que una revista de esta pinta llegue a nuestras manos con la leyenda “Ejemplar gratuito”. Lo fundamental es y seguirá siendo, sin embargo, el contenido, la calidad de los textos que número tras número nos ofrece esta publicación trimestral.
Como ejemplo de lo que aseguro, basta ver el menú del número 48, dedicado en su parte monográfica al libro y la lectura. La idea de apartar una sección de Acequias a un tema específico es de Édgar Salinas, director de la revista desde el número 39. Gracias a esto, a la fecha sumamos ejemplares de Acequias en los que han sido abordados temas de suyo interesantes, como el de nueva tecnología y escritura y el de editores laguneros, donde tuve la suerte de colaborar. Ahora, tres especialistas en materia de libros y lectores ofrecen su visión sobre el asunto, que no por panorámica deja de ser interesante. Felipe Garrido hace en “Lengua, identidad y cultura” una reflexión sobre el valor de la palabra que se alberga en los libros; gracias a ellos, observa el escritor jalisciense, el hombre cruza a dimensiones liberadoras, al amplio horizonte de la imaginación. Saúl Rosales, en “De la lengua al libro”, hace un inteligente sondeo a las posibilidades de la palabra en tanto instrumento rico y enriquecedor; sin perder profundidad, el texto de Rosales tiene una fuerte intención didáctica, tanto que podría persuadir a cualquiera sobre la importancia del libro como receptáculo de lo mejor que el ser humano tiene: su inagotable capacidad de comunicar. Por su parte, Carlos Reyes traza un breve texto (“Reflexión sobre el libro y la lectura”) donde piensa en la universalidad de la lectura, en la relación libro-lector, permanentemente abierta a combinaciones infinitas.
Además, Acequias 48 contiene un sesudo ensayo de Andrés Jáquez, una entrevista (sobre el genio de Mozart) a Eusebio Ruvalcaba, un emotivo cuento de Édgar Salinas cuyo personaje innominado es nada menos que Magdalena Mondragón, y mucho más. Nos vemos hoy por la noche en Gandhi. Aprovechando el viaje, quiero felicitar en persona a Édgar y a Julio César Félix por sus diez primeras salidas: Acequias, con ellos, sigue firme.

domingo, abril 19, 2009

Acequias de edición



La parte central del número 47 de Acequias, revista de la UIA Laguna, ha sido dedicada al trabajo editorial desarrollado en La Laguna. Ofrece cuatro textos que dan idea de la hechura de libros en nuestra región: los artículos “Edición cometida y no aumentada”, de Saúl Rosales Carrillo; “Rogelio Villarreal Huerta por Rogelio Villarreal Macías”, de Daniel Herrera y “Editar en el desierto”, de mi cuño y letra; además, la entrevista “Periodista torreonense controvertido”, de Raúl Olvera Mijares. Añade, obviamente, ensayos, cuentos y reseñas, además de la obra gráfica de Luis Sergio Rangel. Para obtener un ejemplar gratuito hay que llamar a la UIA Laguna, al 7051010, extensión 1135, o escribir a Édgar Salinas y/o Julio César Félix, los editores, a acequias@lag.uia.mx. Traigo aquí mi colaboración:
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Editar en el desierto
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Jaime Muñoz Vargas
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A don Rogelio Villarreal Huerta:
por allá nos vemos pronto, amigo,
para que me conceda el honor de coeditar
con unas cervecitas de por medio
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Cuando en 1984 trabajé como editor del suplemento universitario Clase publicado cada quince días en La Opinión jamás imaginé que, entre otros, ése iba a ser uno de mis oficios. No lo imaginé, pero ya desde aquel momento sentí que trabajar con las palabras, las imágenes y el papel era divertido y aleccionador, además de que posibilitaba una fuente de ingresos sin alejarme demasiado de la literatura. Como otras, la influencia principal de mi gusto por la edición la recibí involuntariamente de Saúl Rosales. Cuando me dio clases de literatura algunas veces me mostró las hojitas para “esquemar” el suplemento cultural de La Opinión que él editaba y cuando trabajamos juntos en el Departamento de Difusión Cultural de la UAdeC también lo vi diagramar El Juglar, “órgano informativo” del DDC, en esas hojitas de papel revolución que contenían retículas donde a lápiz quedaba esbozado el diseño de cada página. Todo eso ocurrió entre 1983 y 1988.
Poco después, de 1990 a 1998, al editar el suplemento la tolvanera hallé en verdad que ésa era una de mis vocaciones. Todo salía a ciegas, sin más escuela que la experiencia adquirida sobre la marcha, el inevitable ensayo-error arriesgado en cada número. Del 90 al 92 procedía casi a la usanza antigua, sólo que sin linotipo: juntaba las colaboraciones en papel, las pasaba a un “capturista” que las tecleaba para guardarlas en la computadora; luego me reunía con el diseñador para vaciar los textos en un formato predeterminado donde de paso abríamos huecos para las viñetas; después me hacía una impresión, revisaba en papel con pluma Bic roja, el diseñador pasaba mis enmiendas y listo, el original se iba a la imprenta.
En el 93 compré mi primera computadora, una Macintosh Classic II que parecía Arturito el de La guerra de las galaxias. Con ella pude abreviar pasos: comencé a hacer yo mismo el diseño, como se podrá notar en lo espantoso que quedaba. No tenía o no existía el escáner, lo ignoro, así que las viñetas las fotocopiaba de libros y/o revistas para luego pegarlas con resistol de barra Pritt dentro de los espacios dejados a propósito (así se iban las páginas a fotomécanica, después a la insoladora y al final a la prensa). Era un trabajo muy rudimentario, artesanal, tanto que demandaba tijeras y pegamento escolar, y no había otra opción. Varios años pasaron y poco a poco mejoré el sistema; sumé el escáner a mis herramientas, de manera que pude manipular imágenes con mayor facilidad. En 1996, poco más o menos, pasé de la revista al libro. Más con intuición que conocimiento, propuse la edición de una serie de cuadernillos que sería regalada en la compra de la revista. Como siempre, les di preferencia a los jóvenes, a quienes incluso prologué (Miguel Báez Durán, Édgar Valencia, Miguel Morales Aguilar y algunos más que no pasaban de los 25 años). Pese a la escandalosa modestia de su material —interiores en papel revolución, forros en minagris, esa cartulina color plomo que se usa como base de los talonarios para rifas y boletos de camión—, la colección salía bien editada. Ya para entonces, por intuición, por observación, insisto, cuidaba detalles de editor profesional, aunque nunca lo he sido: evitar viudas y huérfanas, anular callejones, respetar los criterios de hojas blancas al inicio de la publicación y entre capítulos, folios sólo en hojas con texto corrido, punto menor en notas, uniformidad de los inicios colgados, etcétera.
Desde el principio noté que era un trabajo delicado, que cualquier descuido podía ser la caída. A diferencia de otras actividades, la del editor de impresos conlleva siempre el riesgo del error y, lo peor, el de la exhibición pública y permanente de los yerros. Aprendí, por ejemplo, a releer diez o más veces lo textual en las portadas (título, subtítulo, firma, cuarta de forros), a observar con lupa, letra por letra, los títulos de cada capítulo o pieza parcial de un libro, a observar con detenimiento el índice y ver su correspondencia correcta de título y página, y, en suma, a releer tantas veces como fuera posible el contenido de todo el libro. Pese a eso, claro, tengo en mi expediente personal un amplio muestrario de erratas memorables. Ninguna en portada, creo; unas cuantas en títulos de capítulo y muchas, eso sí, en cuerpo de texto. La lección que he obtenido de esta chamba es simple: a todo se le puede ganar en materia de edición, menos a las erratas. No se les puede ganar, pero es posible aminorar su presencia, limitar su impertinente aparición sobre la página ya terminada, y esto se logra sobre todo releyendo las versiones más recientes, aquellas que, se supone, van siendo despiojadas poco a poco. La prisa no es buena acompañante, por eso, en los viajes editoriales.
En el trance de editar por gusto y por dinero me obligué a buscar información sobre la hechura de libros. Tengo varios, y sin duda el mejor es El libro y sus orillas (UNAM, 1991), de Roberto Zavala Ruiz. A ellos sumo no menos de treinta diccionarios de diversas especialidades. Informarse sobre las características y los puntos finos del trabajo editorial es importante, pero más, creo, es la observación y la convivencia con libros y con personas que saben de edición, como Cristina Solórzano y Mariana Ramírez, con quienes compartí muchas jornadas de trabajo en la UIA Laguna. Editar me llevó a ver de otro modo los libros viejos, a valorar como fetiches las primeras ediciones de obras famosas, a envidiar publicaciones (como las españolas) editadas e impresas con perfección. Gracias, pues, a mi flanco de editor, tengo primeras ediciones de Reyes y Borges (ambas con firma original), de López Velarde, de Agustín Yáñez, de Elías Nandino, de Juan Gelman, de Rulfo y de varios más. Tengo incluso, impreso con la tipografía de Joaquín Ibarra y Marín, la tercera edición, un portento tipográfico que me arrodilla, del Diccionario de la Real Academia Española (1780) por primera vez “Reducido a un tomo para su más fácil uso”.
Edito, en suma, por gusto y a veces como complemento de mis actividades profesionales de supervivencia. Es un oficio todavía desconocido en La Laguna, zona donde los impresores y ahora los diseñadores gráficos han sido quienes editan, generalmente sin los saberes básicos, como el cuidado ortográfico. Por ello, con o sin encargos de por medio, suelo editar, y algunos de mis amigos saben que hasta les he regalado ediciones e impresiones de sus obras nomás por pura camaradería. En mi cabeza bullen diseños, encuadernados, tipografías, cajas, portadas, tipos de papel. El dinero suele faltar para aterrizar los proyectos, pues no es precisamente económico hacer un libro digno. No obstante, tengo en la sala de espera, siempre, cinco o seis o siete libros breves que deseo hacer por gusto, incluidos algunos míos.
Me queda claro que editar es una profesión que debe ser acompañada por el placer. Sospecho que al menos en mi caso es así, por eso sigo aprendiendo, enseñándome solo. Conozco ya los rudimentos elementales del oficio, pero sé que esto no termina nunca; más ahora, con el desarrollo de potentes programas de cómputo que en teoría, sólo en teoría, editan casi solos. Y concluyo con cinco incisos que quizá le pueden servir al aspirante de editor en La Laguna:
a) Hay que campechanear la edición por gusto y por dinero.
b) Hay que convencer a quienes desean publicar de que los impresores y los diseñadores gráficos no son necesariamente editores.
c) Hay que observar muy de cerca el trabajo de los impresores, ir al taller, convivir con los prensistas, para evitar sorpresas.
d) Hay que trabajar (en La Laguna, quiero decir) con un surtido pobre y por lo regular caro de insumos para la impresión, sobre todo de papel.
e) Hay que aprender a regalar parte de los libros que uno edita.
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Comarca Lagunera, 5, marzo y 2009
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Nota del editor: la imagen que encabeza esta entrada es la portada de la primera edición de Urbe (Manuel Maples Arce, México, 1924) que es parte de mi colección de rarezas editoriales.

jueves, abril 16, 2009

Cultura y metropoli



Tuve ayer la fortuna de participar en una mesa redonda organizada por la UIA Laguna. Compartí el micrófono con Laura Orellana, Jesús de la Torre y Luis Guillermo Hernández. Creo no equivocarme si afirmo que el pánel cuadró bien, que los comentarios fueron muy interesantes y novedosos en más de un momento. Leí el maquinazo que comparto ; trata sobre el tema, hoy muy esculcado, de La Laguna como metrópoli:
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Cultura y metrópoli
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Me han invitado a opinar sobre la metropolización de la comarca lagunera. Para empezar, en el caso de palabras que usaremos con frecuencia creo más en su derivación hacia verbos menos lujosos, o más austeros, como regionalización. Al final es más fácil conjugarlos: yo regionalizo, tú regionalizas, él regionaliza, nosotros regionalizamos, vosotros regionalizáis, ellos regionalizan; eso suena un poco mejor que el espantoso yo metropolizo, tú metropolizas, él metropoliza, nosotros metropolizamos, vosotros metropolizáis, ustedes metropilizan. Pero en fin, en sancochamiento de verbos no hay control, ya ven que ahora existe aperturar (en vez de abrir) o fotocredencializar, de donde se desprende que quien nos fotocredencialice será un buen fotocredencializador.
Parto de esa apostilla al inservible saber lingüístico para señalar además que, si nos atenemos al significado que nos obsequia la Academia que limpia, fija y da esplendor, “metrópoli” no parece embonar con la idea que nos estamos haciendo de una región de varias ciudades más o menos apiñadas por razones geográficas, políticas, culturales, religiosas, económicas, policiacas y hoy hasta futboleras. En efecto, la primera acepción académica de “metrópoli” es “Ciudad principal, cabeza de la provincia o Estado”; la descartamos, pues no es la idea de ciudad, sino de región multiciudadana, la que queremos expresar con “metrópoli”. La segunda acepción, como toda segunda acepción, en más estrecha: “Iglesia arzobispal que tiene dependientes otras sufragáneas (para quienes no lo sepan, como yo, esa palabra significa “Que depende de la jurisdicción y autoridad de alguien” y “Perteneciente o relativo a la jurisdicción del obispo sufragáneo”); o sea que también la deshechamos, pues no estamos metropolizando, perdón, regionalizando por razones clericales, sino totalmente laicas. La última acepción de “metrópoli” también nos deja a medias: “Nación, u originariamente ciudad, respecto de sus colonias”. Tenemos dos caminos: a) como la palabra “metrópoli” no sirve —en sentido estricto ni metafórico— para lo que queremos, mejor dejamos por la paz ese rollo de la metropolización y nos ponemos a vivir como antes, sin buscarle cinco pies al burro. O b) cambiar de palabra y usar regionalizar, lo que vendría a ser como cobrar conciencia de que muchas actividades o rubros pueden y deben obedecer a una cierta lógica plurimunicipal, con lo cual, si no ganamos nada, al menos tenemos una palabra aparatosa más: plurimunicipal.
Ahora bien: creo que nadie ha demostrado como nuestro amigo el doctor Corona Páez que la historia de La Laguna (en tanto entidad uniforme acaso en términos de mentalidad, lo que va más allá de las colindancias políticas) es la historia de una región ciertamente compacta. Antes, mucho antes de que nuestros héroes nos dieran patria, entonces, esta zona ya compartía un todo común: espacio, clima, economía, religión, cultura, lengua, río y todo lo que pueda caber en un largo etcétera. Con la muy mentada “metropolización” estamos hoy, por ello, descubriendo no el Mediterráneo, pero sí, al menos, el mugroso laguito de la Alameda. En otras palabras, estamos volviendo a una condición antigua, aquella que pensaba en La Laguna como un organismo más o menos homogéneo, no como quince ciudades a las que, y eso ha ocurrido desde hace varias décadas, les vale un reverendo coño lo que ocurra con el vecino simplemente porque, en rigor, no existe tal vecino.
Creo que hay dos factores que han catalizado la urgencia de repensarnos como comarca. A reserva de trabajar más esto que aquí necesariamente es esquemático, sospecho que tanto la economía como la seguridad pública son los factores desencadenantes del flamante apetito por metropolizarnos, perdón, por regionalizarnos a empujones. Como en suma La Laguna es un conglomerado en forma de racimo, las inversiones que se hacen a un lado del río le afectan en muchos sentidos al otro, de ahí que los gobiernos deban buscar un mínimo de armonización en el terreno de las inversiones. Además, tanto Gómez como Torreón han aprendido a bailar con las más feas: generan un platal, ambas son, en sus respectivos estados, casi las primeras potencias económicas y sin embargo no son capitales, sino ciudades tratadas como se trata al hijo menor que sí la hizo, que sí estudió y que sí agarró buen jale: tendrá lana, progreso, desarrollo, campeonatos de futbol, pero nunca dejará de ser hijo menor.
El otro factor es el de la seguridad pública. Desde hace tres o cuatro años, cuando La Laguna pasó de ser una Arcadia norteña para convertirse en rastro al aire libre y de tiempo completo, los departamentos de policía vieron la urgencia de regionalizar sus operativos, de coordinarse. Por supuesto hasta el momento no han logrado absolutamente nada, pero de perdida nos queda la tranquilidad de que están muy bien coordinados para ejercer la ineptitud. Nunca, que yo sepa, una balacera iniciada en Torreón ha generado detenidos en Gómez, o viceversa, lo que indica que el río nos divide, sí, pero también nos une en materia de inoperancia. El caso más reciente de coordinación se dio el lunes: los policías de Gómez fueron alertados de un robo a una sucursal de Telmex; persiguieron a los ladrones hasta Torreón, donde se sumaron patrullas de esta ciudad. Al final, la persecución terminó en la esquina de Juan Terrazas y Pedro Camino, en la Ampliación Los Ángeles, donde los policías de ambos bandos, perdón, de ambas ciudades, se diputaron a mentadas de madre, y frente al asombro de los ciudadanos, la captura de los delincuentes. Por supuesto eso pasó porque eran ladrones (me refiero a los ladrones en sentido estricto, no a los policías); si los delincuentes chambean en otro giro ni siquiera los persiguen.
En suma, la idea de regionalización creo que toca puntos específicos de la vida comunitaria, sobre todo, como ya dije, los rubros económico y de seguridad pública. En lo demás, no creo que haya mucha necesidad de regionalizar demasiado, pues eso sería como hacer lo ya hecho. En lo cultural oficial o institucional, la coordinación ya comenzó a darse, pero noto que Lerdo y Gómez se suman a Torreón como en Torreón se han coordinado, para compartir actividades y bajar costos, muchas instituciones que suelen ser copatrocinadoras de actividades. El caso de la Cartelera cultural, el primer proyecto informativo conjunto, es un buen indicio del propósito regionalizador de la cultura oficial local.
Por lo demás, como lagunero químicamente puro, nunca he sentido que los lerdenses o los gomezpalatinos o los torreonenses se vean entre sí con altivez o con menosprecio. A mí siempre me ha dado lo mismo que alguien sea de donde sea, si es lagunero. Lo veo como a un igual, sin más, sin asombro, como a una lagartija más de nuestra estepa, entre las que me cuento. Porque, como ha investigado el doctor Corona Páez, el concepto de lagunero, o de laguneridad, viene de casi cinco siglos atrás, cuando llegaron los primeros españoles y los primeros tlaxcaltecas a estas tierras bárbaras y maravillosas. Luego entonces, de qué asombrarnos cuando vemos que el Santos es regional, que el río es regional, que el pan francés es regional, que la hamburguesa (la mejor del universo, por cierto) es regional, que el taco dorado es regional, que la reliquia es regional, que la nieve de Chepo es regional, que el lonche mixto es regional, que el azquel es regional, que la gordita (otro de nuestros productos imbatibles) es regional, y así. Por todo, sólo muy contadas cosas no son regionales, como la venta de cerveza todo el día, por lo cual hago un atento llamado a las autoridades para que ya no se dé esa nefasta situación, pues resulta muy difícil ir a comprar en Gómez lo que debemos tener en Torreón.
Se suponía que iba a tratar sólo de cultura y ya ven, me despaché una larga e inútil digresión. Pero ya es demasiado tarde para recular. Quién me manda no ser un buen metropolizador.
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Comarca Lagunera, 15, abril y 2009

sábado, marzo 14, 2009

Homenaje postergado



Muchos creen que los reconocimientos laguneros para Enriqueta Ochoa fueron pocos, modestos y tardíos. Soy de los que creen que junto al tamaño espiritual de su obra, en efecto, lo que hicimos para reconocerla en vida y para celebrarla en muerte es poco, aunque si comparamos sus frutos con los de otros artistas locales de valía, la poeta es una de las más celebradas entre nosotros. Porque allí está el caso siempre postergado, por ejemplo, del pintor sampetrino Xavier Guerrero, quien sigue esperando la hora en la que un centro cultural importante de su tierra, o de La Laguna en general, lo reconozca. Yo supe de él gracias al maestro Alonso Licerio. Hace cinco años la UIA montó una exposición del Guerrero y el maestro Licerio me informó con detalle sobre la importancia del sampetrino. Desde entonces, lo que escribí en aquel momento me parece apenas un posible punto de partida para darle a Guerrero, al fin, lo que merece por el legado pictórico que nos dejó. Dije en aquella ocasión estas palabras que tal vez no publiqué y que todavía, creo, sirven:
A numerosos artistas el público les paga con múltiples y frecuentes elogios; muchos se llevan, antes de su muerte, el reconocimiento colectivo a su quehacer. Desafortunadamente otros —pensemos por ejemplo en el caso legendario de Van Gogh— se van sin recibir el aplauso que merecen hasta que les llega de manera póstuma. Otros más, quizá la minoría, se van sin recibir nada o muy poco y ni siquiera tras su muerte viene lo deseable: el homenaje, la gratitud, el elogio. Tal es, me parece, el caso de Xavier Guerrero, artista notabilísimo, hombre de dimensión universal que nunca ha sido valorado, como bien merece, en la tierra donde nació, en la Comarca Lagunera que hoy le brinda, mediante una retrospectiva, el tributo mínimo que acaso nos servirá a todos para ponderar por vez primera la inusitada calidad de sus cuadros y el dominio de sus técnicas.
Xavier Guerrero nació en San Pedro de las Colonias, Coahuila, en 1896. El arco de su vida se extendió hasta 1974, y en medio de esas dos fechas logró edificar una existencia consagrada al arte. Consumió a plenitud su vida de creador, y con esto queremos decir que el lagunero no vivió encerrado en su taller como guardián del artepurismo. Al contrario, el trabajo de Guerrero le dio resonancia a su apellido: fue un artista involucrado con su lugar y con su hora. El dolor, la lucha social, la solidaridad, el optimismo revolucionario y el humanismo visto desde el muro, desde el lienzo y desde el papel no le fueron ajenos. Su mano fue, pues, tan diestra con el pincel como generosa y combativa.
Maestro de su oficio, Xavier Guerrero compartió sin regateo sus conocimientos a muchos otros creadores; el más famoso fue Diego Rivera, pintor que le adeuda al sampetrino las técnicas de la pintura al fresco. Porque Guerrero fue, digámoslo con énfasis, artista y artesano. Su dominio de materiales e instrumentos, de superficies y temperaturas, no riñó nunca con su telúrica inspiración creativa. Allí están sus cuadros para confirmar que la plástica no tuvo secretos para él, y que junto a la frialdad de la técnica convivió la calidez de poeta que escribió versos —que son trazos— dotados de enérgico vigor expresivo. La pericia de su mano fue tal que asombra no considerar al sampetrino ya, ahora mismo, el más grande pintor lagunero de todos los tiempos y, sin litigio, uno de los mejores de México.
La Laguna le debía a Xavier Guerrero, por todo, un reconocimiento digno de su dimensión artística y humana. Aquí lo tenemos. Con esto resarcimos en algo el enorme silencio tendido sobre la figura del maestro. Además, la UIA Torreón no podía conmemorar mejor su vigésimo aniversario: la obra de un lagunero universal está frente a nosotros y esa es, por sí sola, toda una celebración. Celebremos, pues (y ya va siendo hora de recelebrar).

viernes, enero 23, 2009

Ricardo Montalbán al teléfono



Por esa suerte de chovinismo del que no se libra casi nadie, vi el noticiero de López Dóriga el día en el que murió Ricardo Montalbán. Fue una nota relativamente breve y lamenté que en ningún momento dijeran la palabra “Torreón”. Es una nimiedad, pero ante lo poco que en general podemos presumir no estaba mal que tras la muerte de una estrella de cine y televisión las necrológicas enunciaran en alguno de sus párrafos que el connotado actor vivió en nuestra ciudad durante varios años. Su familia, de hecho, prosiguió su radicación lagunera luego de que Montalbán emigró para estudiar y, a la postre, para trabajar en el mundo de la actuación precisamente en el ombligo cinematográfico del planeta. Lo demás ya se sabe: Montalbán hizo una notabilísima carrera actoral, tanto que fue durante muchos años una especie de símbolo del latinoamericano (no digo “latino”, pues lo latino no es lo latinoamericano) exitoso en los Estados Unidos.
He leído con atención algunos de los comentarios de laguneros publicados recién sobre la figura de Montalbán. Todos aportan una opinión valiosa; Gerardo Moscoso recordó su vivencia infantil en el entorno de su familia y la familia lagunera del actor; Antonio Balquier recorrió su trayectoria fílmica y Karla Lobato hizo énfasis en sus labores filantrópicas. En los tres casos, resaltan las menciones explícitas a La Laguna. Para todos nosotros Montalbán era lagunero, pues aunque no nació en estas tierras (como Novo) aquí pasó años fundamentales: los que van de la niñez a los albores de la vida adulta. Sus estudios en la Comercial Treviño son un dato inconcuso de su biografía, así que regatear ese pasado lagunero de Montalbán es ignorar una de sus etapas formativas más relevantes. Según el Nuevo diccionario biográfico de Coahuila, de cuatro años apenas Montalbán llegó con su familia a radicar en Torreón; aquí vivió hasta los 17, edad en la que viajó a los Estados Unidos para estudiar inglés. Vinieron después visitas intermitentes a La Laguna, dado que sus estudios y luego su trabajo lo alejaron poco a poco. Y así, como en una película, dio el brinco del cine mexicano al estrellato hollywoodense.
Son sencillas las preguntas que tras su muerte muchos nos hicimos: ¿pensaba Montalbán en su pasado lagunero? ¿Tenía interés por que al final de su vida hubiera alguna vinculación entre su nombre y la región semidesértica donde alguna vez vivió? Responderé con la narración de una anécdota. Sé que data del 2004. Era un mediodía cualquiera en el Archivo Histórico de la UIA Laguna. A esa hora, el doctor Sergio Antonio Corona, coordinador del Archivo, y yo conversábamos en paz durante el rato de descanso alimenticio. En eso sonó el teléfono en la oficina del doctor Corona, quien fue a contestar. De lejos oí hebras de conversación, sin inquietud. Seguí comiendo. La llamada duró poco, como cinco o diez minutos. El doctor Corona regresó y en su cara vi una tranquila sorpresa; me dijo: “Llamó Ricardo Montalbán”. Por supuesto, era más que una llamada telefónica, pues no todos los días se comunica a Torreón un símbolo de Hollywood. Otra vez, para escribir estos párrafos, le he preguntado al doctor Corona qué escuchó en aquella ocasión, y me dijo: “Habló a la UIA para confirmar la cesión de materiales hemerográficos, fotográficos y documentales de su propiedad y relativos a su vida y obra. Esto lo hizo como un legado a las generaciones de jóvenes mexicanos, y particularmente a los de Torreón. Existe otro fondo, que es el Lamberta, que posee materiales que complementan el perfil y los datos biográficos de Ricardo Montalbán, así como de la familia Lamberta. La impresión que me causó fue que se trataba de un caballero de corazón. Una voz cálida, acogedora y muy jovial. Su voz no delataba su edad; si no lo conociera, pensaría que tendría treinta años de edad, y hasta menos. Todo un señor, mas no tanto por los oropeles del mundo, sino por su enorme calidad moral”. Creo que eso responde de sobra a las preguntas.
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Nota del editor: la foto que encabeza este post pertenece al Fondo Ricardo Montalbán que está en resguardo del Archivo Histórico Juan Agustín de Espinoza, sj, de la UIA Laguna. Sobre la imagen aparece una dedicatoria manuscrita de Ricardo Montalbán, y dice: "A mis queridos padres, Ricardo. 1-31-41". Tenía pues, en ese momento, 21 años de edad.

domingo, noviembre 30, 2008

Mapa de Ribeyro



Hay escritores que son como un país y para recorrerlos necesitamos un mapa. Es el caso de Julio Ramón Ribeyro. Peruano, a lo largo de su no muy larga vida configuró un conjunto de narraciones que goza hoy del mejor aprecio crítico. No fue, sigue sin serlo, un escritor de masas, aunque poco a poco su obra alcanza a mayor número de lectores. Novelista y aforista respetable, es en el cuento donde sin duda alcanzó a colocarse entre los grandes de América Latina. Porque escribió muchos, y de esos muchos muchos son excelentes, los cuentos de Ribeyro alcanzan para colocarlo al lado de narradores de la brevedad tan eficaces como Cortázar, Onetti o Arreola. Más: siento no exagerar si afirmo que es un pico en la cuentística latinoamericana, algo así como un correlato cortazariano del Perú.
A Ribeyro llegué solo, de casualidad. En al menos dos antologías hallé su cuento “Los gallinazos sin plumas”, que desde la primera lectura me pareció el relato de un maestro. Algo más, pequeño también, encontré luego, pero no recuerdo un solo título del peruano circulando en nuestras librerías. Fue así como varios años después, en una más de las largas conversaciones sostenidas con Gerardo García Muñoz, ensayista torreonense que actualmente trabaja para la Universidad de Texas A&M, en Houston, me enteré que él había urdido un largo análisis sobre los cuentos de Ribeyro. Trabajaba yo, por entonces, en la UIA Laguna, y propuse su edición, que sin muchas dificultades prosperó bajo el título Julio Ramón Ribeyro: cinco claves de su cuentística (2003). En fechas recientes he pensado que no está de más darles otro empujón publicitario a esos trabajos de laguneros con los cuales he tenido la suerte de editar. Después de todo, su valor es innegable, y mal hacemos en publicarlos y casi inmediatamente olvidarlos. En la introducción, García Muñoz invita al mapa de Ribeyro con las palabras que siguen:
Nacido en Lima el año de 1929, el escritor peruano Julio Ramón Ribeyro forma, junto con Mario Vargas Llosa y Alfredo Bryce Echenique, la trilogía de narradores más importante del país incaico durante las décadas posteriores a la mitad del siglo. En 1955 publicó su primer libro: una colección de cuentos titulada Los gallinazos sin plumas, en la que se advierte una precoz destreza en el manejo de las estructuras literarias. Desde 1952 partió a tierras europeas; allí practicó diversos oficios ingratos, como recuerda en el relato “La estación del diablo amarillo”, hasta lograr un empleo de periodista en la agencia France-Presse. No obstante radicar en uno de los centros editoriales del planeta, Ribeyro siempre estuvo al margen del éxito comercial. Ajeno a las fragores publicitarios del boom, sólo empezó a recibir el reconocimiento unánime cuando la editorial española Alfaguara publicó en 1994 la totalidad de sus cuentos. Ese mismo año le fue concedido el Premio Internacional Juan Rulfo. Por paradojas del destino, le fue imposible recibir el galardón, pues la muerte, esa inesperada sombra que recorre varias de sus páginas cimeras, lo visitó un día de otoño.
Fue la lectura emocionada de ese volumen de casi ochocientas páginas la que me estimuló a emprender este acercamiento crítico. La amplitud de sus registros temáticos me reveló a un creador que escudriña cada resquicio del mundo material, pero con una actitud artística que supera las estrecheces del realismo. Estudiosos de valía inobjetable como Julio Ortega y José Miguel Oviedo, han establecido el prestigioso linaje al cual pertenece Ribeyro: Stendhal, Maupassant, Chejov, maestros indiscutibles de la narrativa decimonónica. En sus ficciones se aprecia que Ribeyro eligió la claridad expresiva y la transparencia cronológica de los sucesos. Para Enrique Anderson Imbert, Ribeyro renovó los temas.2 El análisis de la forma en que ejecutó esa renovación constituye el objetivo medular de nuestro estudio.
Tanto Wolfgang A. Luchting como James Higgins ven los cuentos de Ribeyro desde una óptica social, muy valiosa en sí misma, pero que no niega su carácter monolítico y parcial, pues sólo tangencialmente alude a los valores estéticos de los textos. Con la meta de contribuir a una valoración más completa del autor limeño, resaltamos las técnicas literarias que dan fundamento a las narraciones: la animalización, la arquitectura simbólica de la realidad, la caracterización psicológica de los personajes y el diseño estructural de la intriga. La capacidad de variación de esos procedimientos imprime una gran riqueza a sus historias.
En cada uno de los apartados del ensayo ponderamos cinco distintos aspectos. El primero aborda el tema de la infancia que se enfrenta a la inhumana esfera de los adultos. El segundo capítulo señala una de los asuntos recurrentes de Ribeyro: la imposibilidad de los protagonistas por escapar de un presente miserable y así eludir un futuro ominoso. En el tercero examinamos las figuras simbólicas y las estrategias narrativas presentes en una trilogía que intenta abarcar la totalidad geográfica del Perú. La aventura en la órbita de lo fantástico demuestra la versatilidad de Ribeyro; en el cuarto capítulo detectamos influencias y subrayamos sus aportaciones al género. El ensayo concluye con la exploración del que es, sin duda, su mejor cuento: “Nada que hacer, monsieur Baruch”. Las imágenes surgidas en la mente del moribundo y la descripción de las fases de su agonía se unen para engendrar una memorable obra maestra.

Terminal
En nuestra gustada sección “Los marranos de Simas y de Obras Públicas”, va: que el amable lector nunca sufra afuera de su casa una obra pública del municipio. Realmente lo deseo. Pasó recién que en la cuadra donde vivo metieron nuevo drenaje y arreglaron algunos desperfectos en la tubería de agua potable; el agujero que hacen es entendible, pero no la marranísima forma de taparlo. Además de que siempre dejan un batidero de tierra, el gran parche de grava y chapopote queda boludo, irregular e infaliblemente se desmorona en los extremos, de suerte que produce kilos y kilos de grava. No miento si afirmo que durante dos semanas obtuve como veinte kilos de grava inútil sólo en el área de mi banqueta. Luego, poco después, los cochinos de Simas arreglaron una fuga por allí mismo. La bloquearon, pero dejaron tal batidero de lodo que aquello parecía un pantano. ¿Qué no alcanza el dinero para pagar una cuadrillita de limpieza post-reparaciones?