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sábado, marzo 08, 2025

De la mano del TIM

 









En uno de sus prólogos, Borges escribió esto: “Quiero dejar escrita una confesión, que a un tiempo será íntima y general, ya que las cosas que le ocurren a un hombre les ocurren a todos”. A algo parecido aspira lo que leeré a continuación.

Como sabemos, hace poco estuvo en Torreón el escritor cubano Leonardo Padura. Presentó Ir a La Habana, su más reciente libro, un recorrido por su íntima, por su visceral convivencia con la capital de la isla. En algún momento de la presentación se destacó que Padura no entiende su cubanía a partir del himno, de la bandera y otros símbolos intangibles, sino a partir de su casa, de su barrio, de los amigos con los que jugó beisbol y discurrió su vida. Esta idea, claro, me recordó “Alta traición”, tal vez el más célebre poema de José Emilio Pacheco:

No amo mi patria.
Su fulgor abstracto es inasible.
Pero (aunque suene mal)
daría la vida
por diez lugares suyos,
ciertas gentes,
puertos, bosques de pinos, fortalezas,
una ciudad deshecha, gris, monstruosa,
varias figuras de su historia
montañas
(y tres o cuatro ríos)

¿Qué significa esto? Simplemente que amar a la patria en términos tan generales es una especie de embuste, pues “Su fulgor abstracto es inasible”. Pacheco propone entonces que es prudente aterrizar el amor a la patria en realidades más concretas, en “diez lugares”, en “ciertas gentes”, en “tres o cuatro ríos”, es decir, en aquello que uno alcanza no sólo a conocer, sino a vivenciar de manera entrañable, cotidiana. Más o menos esta misma es la noción que palpita en toda la “Suave patria” de López Velarde: no cantar a lo abstracto, sino a lo inmediato, al “relámpago verde de los loros”, al “santo olor de la panadería” o al “paraíso de compotas”.

Asimismo, en mi dimensión lagunera la “alta traición” que puedo cometer se debe a una casa de Gómez Palacio y otra de Torreón, a un río huérfano de agua, dos o tres parques, una escuela secundaria, una esquina de barrio, algunas librerías, una universidad, varias cafeterías, todos mis afectos familiares, cinco o seis amigos y por supuesto un teatro, el Isauro Martínez, institución que es parte de mi vida desde un momento ubicado entre 1983 y 1984 hasta hoy. ¿De dónde saco esta fecha? Para mí es simple. Hacia 1982 empecé la carrera, y un año después tuve como profesor a Saúl Rosales, quien desde el D. F. había retornado hacía poco a Torreón. Saúl estableció vínculos laborales con el Iscytac (la escuela donde lo conocí), el diario La Opinión y el Teatro Martínez. En cierta ocasión, lo recuerdo bien, por algún asunto me pidió que lo buscara en las oficinas del teatro que ya tenían entrada por la calle Galeana. Creo que fue la primera vez que ingresé aquí. Las oficinas estaban en construcción o remodelación, inconclusas, sin acabados, pero ya habían sido habilitadas para sus trabajadores administrativos. Aquella también fue la primera vez que vi de lejos a Sonia Salum, primera directora del teatro.

A partir de allí, sin quererlo, yendo y viniendo al paso de los meses y los años, comenzó una relación de cercanía con el teatro que hasta la fecha se mantiene y se me aparece en forma de imágenes, de nombres propios, de anécdotas que justifican mi querencia. Por supuesto, en mis frecuentes visitas vi la terminación de las oficinas, luego la construcción del llamado “anexo del TIM” que hoy es la Galería de Arte Contemporáneo y el gradual y sostenido remozamiento de todos los rincones del teatro salvado casi milagrosamente de la muerte en los setenta, cuando era un cine decadente, tan estropeado como sórdido. Tras su rescate y primera etapa de restauración, allá por el 88 me presenté en el foyer por primera vez en una lectura colectiva tras la que se sucedieron otras hasta que alcancé el mayor de los privilegios: presentar mi primer libro en 1990, hace 35 años, a los 25 de mi edad, en el escenario donde hoy leo estas palabras.

En ese largo tramo de historia conocí y traté con variable proximidad a su personal (aquí trabajaron un tiempo Gilberto Prado y Saúl Rosales, dos de mis más grandes amigos). Trabé contacto, insisto que en distinto grado de colaboración, con sus directoras, la ya mencionada Sonia Salum, Márgara Garza, Laura Eraña, Claudia Máynez, Lourdes Bernal y ahora Cecilia Cansino, y desde 2017 tengo con el teatro una relación profesional de trabajo gracias a la coordinación de los espacios del café y el taller literarios.

Una lista necesariamente incompleta de las personalidades que he visto y escuchado aquí puede dar idea del valor que el TIM tiene como escenario de actividades en este caso literarias (todas, por cierto, gratuitas). En el recinto que hoy festejamos vi a todos o casi todos los escritores laguneros con producción desde 1985 a la fecha, y entre los foráneos a Fernando del Paso, Carlos Monsiváis, José Agustín, Luisa Valenzuela, Felipe Garrido, Luis Alberto de Cuenca, Juan Domingo Argüelles, Sabina Berman, Arturo Azuela, Emmanuel Carballo, Beatriz Espejo, Cristina Rivera Garza, Óscar de la Borbolla, Juan Gelman, Fernando Vallejo, Ignacio Padilla, Martín Solares, Jorge Valdés, Roberto Bardini, Fernanda Melchor y Marcial Fernández, entre muchos otros. Vi también, por supuesto, numerosas obras teatrales, como las encabezadas por Ignacio López Tarso, Germán Robles, Ofelia Guilmáin, Diego Luna y Ofelia Medina.

En algunos casos tengo incluso anécdotas. Por ejemplo, cuando vino Fernando del Paso, el narrador estaba en la cumbre de la fama pues no hacía mucho había publicado Noticias del imperio, su novela-monstruo. Muchos laguneros llenamos el espacio y al final, en la sesión de preguntas, un colega escritor, desesperado, casi a gritos imploró al maestro que ayudara a la literatura lagunera: “¡Ayúdenos, maestro Del Paso!”, le rogó. Recuerdo que el escritor hizo notar que se sentía como candidato a gobernador en campaña. Otra anécdota se dio con Ofelia Medina. Yo era director de cultura en Torreón y el área presentaría en el TIM un monólogo de la actriz. En la mañana del ensayo vine a saludarla como una deferencia y en ese momento no sé qué pasó que se requería un técnico más en el área de iluminación o audio. Ofelia no lo dudó y me pidió que entrara a la sala de controles para que yo apoyara bajando y subiendo unas palanquitas. La última anécdota que contaré aquí es la que se dio con Diego Luna, quien venía a exponer también un monólogo. Uno de los coorganizadores del gobierno estatal me dijo que el actor necesitaba, como parte de su utilería para la escena, una máquina de escribir no descompuesta. Me preguntó que si yo tenía una, le respondí que sí, y prometió devolvérmela apenas terminara la representación. Vine a ver la obra, vi que Luna tecleaba en mi máquina con preocupante furia, y al final creo pasaron dos años para que el funcionario y yo nos coordináramos hasta ver de regreso la Olympia que todavía conservo, por suerte no descompuesta.

En suma, la relación que uno tiene con las cosas y con los espacios es lo que afianza el cariño, diría incluso que el amor. Me podrán decir que el Metropolitan de Nueva York o La Scala de Milán son más grandes, famosos y bonitos, pero más allá del respeto que uno puede tener por esos iconos de la cultura mundial, a mí me concierne y me emociona el Teatro Martínez. Junto a su fachada, sus muros interiores, sus butacas, su escenario, sus luces y sus murales he pasado muchas horas felices de mi vida y es aquí, en este recinto, donde mi emoción calza a la medida, donde me siento en casa, bienvenido siempre.

Aquí he visto y escuchado además a la Camerata de Coahuila, el Festival de la Canción de la Esperanza, la Banda Municipal, espectáculos de baile diversificado en ballet, tango, folclor y jazz; obras de teatro locales, el Festival internacional de piano, recitales de academias como los organizados por la maestra Mariana Chabukiani, conferencias, exposiciones, informes de gobierno y el Festival de la Palabra, entre muchísimas otras actividades. Además, cómo no voy a considerar que el teatro es mi casa si aquí, en este escenario, vi bailar ballet a mis hijas cuando tenían menos de diez años y tomaban clases en la Academia Nijinsky.

El Teatro Isauro Martínez es, en suma, un sitio que me atañe de manera honda y es parte esencial de mi laguneridad, y supongo que muchos podrán adherir al sentimiento que he compartido. Celebro por ello su nonagésimo quinto aniversario, y más celebro que haya sido rescatado de la barbarie y que actualmente goce de muy buena salud arquitectónica y administrativa, garantía de que este tesoro artístico, patrimonio de los laguneros, nos sobrevivirá, llegará fácil a su centenario y nunca más estará en riesgo de usos denigrantes o, lo que es mucho peor, de demolición.

Muchas gracias por escucharme y larga vida a este teatro que tanto nos enorgullece.

Nota. Texto leído el 5 de marzo de 2025 en la sala principal del Teatro Isauro Martínez. Compartí mesa con la doctora Laura Orellana Trinidad.

miércoles, marzo 05, 2025

Dialogo en el TIM

 












Hoy miércoles 5 de marzo a las 19:00 horas, en la Sala principal del Teatro Isauro Martínez, se llevará a cabo una conversación sobre la historia de este recinto indispensable de Torreón a propósito de su aniversario número 95. El diálogo será entablado por la historiadora Laura Orellana Trinidad y el firmante de estos párrafos.

El Teatro Isauro Martínez suma esta actividad a los festejos por su nonagésimo quinto aniversario. Fue fundado en marzo de 1930, y desde entonces conserva su valor intrínseco como obra arquitectónica y como espacio ideal para la exposición de las artes y otras manifestaciones del espíritu humano. A lo largo de su existencia, el TIM ha sido escenario de obras de teatro, conciertos, espectáculos de danza, presentaciones de libros, conferencias, informes de gobierno y, desde hace algunas décadas, ofrece también la Galería de Arte Contemporáneo y promueve actividades de formación artística en diferentes disciplinas.

Este miércoles tendré entonces dos honores; por un lado, ser parte de los festejos por los 95 años de vida de un emblema torreonense y, por otro, compartir mesa con una persona a la que admiro, la doctora Laura Orellana. Tengo con la institución y la persona una relación entrañable. Sin programarlo, desde que comencé a trabajar en el contexto público de la literatura local, el TIM ha estado cerca de mis empeños, tanto que ya no recuerdo cuántas veces he podido ser público y participante de sus actividades; con Laura mantengo una amistad que en mi caso está mediada, como ya dije, por la admiración.

Laura Orellana Trinidad (Torreón, 1962) es socióloga, maestra y doctora en Historia por la Ibero Ciudad de México. De 1990 a 2022 colaboró en la Ibero Torreón como profesora, coordinadora de la Licenciatura en Comunicación, responsable del Archivo Histórico y directora general académica, entre otras funciones. En 1999 obtuvo el primer lugar en el certamen nacional de ensayo Susana San Juan. Es autora de Hermila Galindo, una mujer moderna (Conaculta) y Teatro Martínez, patrimonio de los mexicanos (Fineo), además de artículos académicos y de divulgación que han llegado a un público amplio. Actualmente asesora proyectos de investigación de forma independiente.

La entrada al diálogo es libre.

sábado, junio 25, 2022

Travesía de Laura Orellana












Conocí a Laura Orellana Trinidad hacia 1990, cuando comencé a dar clases en la Ibero Torreón. No tuvimos mucho trato en aquel momento, sólo el obligado por la urbanidad dentro del ámbito magisterial en el que nos movíamos como colegas. Hacia mediados de los noventa formamos parte del primer grupo que estudió la maestría en Historia impartida en La Laguna por la Ibero Ciudad de México. Fueron dos años muy importantes para mí, aunque no me sentía, ni me siento ni me sentiré historiador. Digo que fueron años valiosos porque allí, entre otras personas a quienes estimo/admiro mucho, estaba Laura. Coincidir en un aula como compañeros de clase me dejó apreciar mejor sus virtudes: gran disposición al diálogo, interés por todo el conocimiento humanístico, disciplina para encarar proyectos y respeto indeclinable a la opinión/condición de los demás. En las clases que compartí con ella la percibí como una de las mentes mejor amuebladas para atender la densidad de la teoría y la filosofía de la historia que recibíamos como alumnos. En aquellos dos años de condiscipulazgo creo que logramos establecer un trato de amistad y respeto que se ha mantenido durante décadas.

En medio de las actividades docentes y administrativas desarrolladas dentro de la Ibero Torreón, Laura prosiguió con su formación de historiadora y luego de la maestría atravesó con las mejores notas su doctorado, grado que concluyó con una tesis brillante. Además de la docencia, que nunca ha dejado, se desempeñó en cargos vinculados con la gestión de la vida académica. Mientras esto pasaba, no dejó de publicar en la prensa local y en libros de su autoría. Pese a trabajar en la misma universidad, nos veíamos poco, pero siempre que coincidíamos me extendía un trato respetuoso e inteligente.

Fue hacia finales de 2017 cuando Laura fue propuesta para coordinar, además de la investigación institucional, el Archivo Histórico Juan Agustín de Espinoza, sj, de la misma Ibero Torreón. Junto con esto, mi área, la editorial, fue fusionada a la de Laura y ella pasó a ser mi superordinada directa, lo cual no modificó un ápice el trato respetuoso e inteligente de siempre. Hoy, pues, hacemos equipo en el trabajo, y a la hora de encarar los proyectos laborales jamás he sentido de su parte algo distinto al compañerismo y la solidaridad.

Lagunera, Laura es socióloga, maestra y doctora en Historia por la Ibero Ciudad de México. Académica de tiempo completo en la Ibero Torreón desde 1990. Actualmente, como dije, es coordinadora del Centro de Investigaciones Históricas y de la Dirección de Investigación Institucional. En 2012 fue distinguida con la medalla al Mérito Académico “David Hernández”. Obtuvo el primer lugar en el certamen nacional de ensayo Susana San Juan, en 1999. Entre otros, ha publicado Entre lo público y lo privado (Ibero Torreón), Hermila Galindo, una mujer moderna (Conaculta), Teatro Martínez, patrimonio de los mexicanos (Fineo) y el libro conmemorativo de los 75 años de la escuela Carlos Pereyra.

Nació el 25 de junio de 1962, así que hoy, en su cumpleaños sesenta, me enorgullece presumirla como compañera de trabajo, como socióloga e historiadora, como maestra y funcionaria académica, y para mí, principalmente, como amiga.

Felicidades para Laura y muchas gracias por su lúcida amistad.

miércoles, septiembre 22, 2021

Dionisio, un niño dolorosamente múltiple













Dionisio, el niño del tren del norte (Proceso, 2015), de Paulina del Moral González, es un libro doloroso, profundamente trágico. Su eje no es sólo la pobreza extrema, que en sí misma resulta pavorosa en muchos lados, sino tal pobreza y la suma de dos factores que la agudizan hasta la inhumanidad: la corta edad y el desarraigo. Porque la pobreza, incluso extrema, cuando se vive en un entorno reconocible dada la cercanía de los lugares, la lengua, los códigos culturales y principalmente la familia, puede ser navegable, no así cuando está expuesta a la otredad en todas sus formas posibles y con el agravante de la inmadurez. En otras palabras, la pobreza extrema es doblemente terrible cuando ataca a un niño migrante no acompañado. Ante esto, la única defensa posible para salir vivo es la buena suerte o la Divina Providencia, ya que ninguna instancia pública o privada parece tener las miras o los alcances para mitigar los estragos producidos por la migración infantil sin compañía.

Dionisio es el seudónimo que dio Paulina del Moral al niño de carne y hueso, más hueso que carne, cuyas palabras atraviesan Dionisio, el niño del tren del norte. Este trabajo fue parte del proyecto “Testimonios de niños trabajadores dentro y fuera de la calle” que la autora desarrolló entre junio de 1999 y mayo de 2000 en el Programa de Estímulos a la Creación y Desarrollo Artístico de Coahuila. Paulina del Moral nació en Torreón, y es licenciada en comunicación social, maestra en antropología social y doctora en ciencias antropológicas, grados obtenidos, respectivamente, en la UAM-Xochimilco, la ENAH-Chihuahua y la UAM-Iztapalapa. Entre otros reconocimientos, la Asociación Mundial de Mujeres Periodistas y Escritoras le otorgó el premio de Periodismo Rosario Castellanos (1990) por un trabajo sobre las maquiladoras de ropa en la comarca lagunera.

El libro que hoy nos reúne ha sido estructurado en dos secciones: la primera, introductoria, es un apartado profusamente estadístico en el que Del Moral González despliega sobre la mesa los indicadores de la pobreza en varios países centroamericanos, con énfasis en Honduras, país donde nació Dionisio. Apoyada en un aparado documental incontestable, la antropóloga social evidencia que todos los rubros de la realidad económica y social hondureña son deficitarios y están lejos de permitir niveles de desarrollo ya no se diga buenos, sino mínimamente decorosos para desahogar la vida individual y comunitaria con algo aproximado a lo que solemos entender por “bienestar”. Casi cuarenta páginas dibujan este panorama apocalíptico en el que se enseñorea la pobreza en todas sus facetas, con toda la crudeza de los guarismos generados por organismos internacionales como el Banco Mundial o la Unicef. Honduras, pues, como muchas otras naciones del mundo, es desde hace varias décadas una nación expulsiva, con una pobreza tan enquistada y terca que aguija la desesperación y lleva a sus habitantes a buscar las puertas de escape hacia algo acaso peor: el viaje por Guatemala y México con el fin de encontrar una difusa salvación en los Estados Unidos. La introducción, entonces, es un dechado de análisis cuantitativo, el contexto en el que debemos imaginar los primeros años de miles de Dionisios centroamericanos.

En la segunda parte de la obra es Dionisio en persona quien nos cuenta con detalle los tumbos de su breve y muy accidentada existencia hasta el año 2000. Paulina del Moral ha organizado cada circunstancia en breves apartados temáticos para que el fluir de la conciencia de su entrevistado adquiera, al menos en el papel, algo de orden. Si la vida de Dionisio está signada por el azar, por la permanente incertidumbre, por la inestabilidad y la carencia de todo, las estancias temáticas del libro nos brindan la oportunidad de encontrar alguna ilación al relato de un periplo dislocado en el que somos testigos de que la vida del niño del tren del norte es lo más cercano a la vulnerabilidad absoluta: un adolescente, casi un niño todavía, trepado a La Bestia, entre adultos de todas las cataduras, metido en todos los subempleos imaginables, expuesto a todos los peligros, nos deja acompañarlo por las brechas del inframundo que le ha cabido en suerte, en pésima suerte.

Dionisio, el niño del tren del norte opera en dos sentidos: avanza de lo general (la introducción) hacia lo particular (el relato del pequeño). Lo general es cuantitativo; lo particular, cualitativo. Así, como en la muy útil figura retórica llamada “sinécdoque”, se muestra la parte (Dionisio) de un todo (Honduras) que al final embonan y nos persuaden de que no hay razón para incurrir, con irresponsable optimismo, en la idea de que Dionisio constituye una excepción, es decir, un niño que por esas curiosas carambolas de la vida nace en un hogar disfuncional y depauperado, lo que lo obliga a cambiar de radicaciones y de empleos, todos mezquinos y peligrosos, ajenos a su cultura, a su tono de voz, a sus afectos, a su edad, hasta que, también por casualidad, llega como migrante a Torreón, es detenido por portación de arma punzocortante y allí es entrevistado para luego salir y desaparecer en los demás infiernos que le depare el porvenir.

Paulina del Moral González ha sabido, en suma, articular un trabajo eficaz y conmovedor al mismo tiempo: eficaz porque nos aproxima datos ciertos de la realidad, cifras que, sobre todo en lo económico, detonan las mil formas de la violencia social, y conmovedor porque en el relato de Dionisio no vemos sólo a Dionisio, sino a una legión de niños sin futuro, arrojados a un destino en el que la crueldad jamás descansa.


Comarca Lagunera, 20, septiembre y 2021
 

Nota. Dionisio, el niño del tren del norte, fue presentado el lunes 20 de septiembre de 2021 por Facebook. Participamos la doctora Paulina del Moral (autora), la doctora Laura Orellana Trinidad, la maestra Luz María Meza, el maestro Oswaldo Valenzuela y yo con la reseña de este post. 

sábado, junio 12, 2021

En busca de mosaicos


 





Más allá de que la Unesco apunte qué es y qué no es el patrimonio material o inmaterial de la humanidad, un buen hábito de cualquier comunidad pequeña o grande es velar por la preservación de aquellos rasgos que la caracterizan. Ya Saúl Rosales, por ejemplo, hace poco nos llevó a reflexionar sobre el valor de la arquitectura lagunera que él definió como “neoclásica de un piso”; además, nos hizo ver la poca atención que tanto las autoridades como la ciudadanía prestamos a esas edificaciones que todavía distinguen la fisonomía de nuestro espacio. El ensayo de Saúl Rosales fue publicado con el título “Torreón neoclásico de un piso”, y aún puede ser solicitado gratuitamente, como PDF, en mi correo electrónico: rutanortelaguna@yahoo.com.mx o aquí.

Con un propósito afín, la doctora (en historia) Laura Orellana Trinidad, encargada del área de investigación de la Ibero Torreón, ha destacado la importancia de un par de documentos resguardados en el Archivo Histórico Juan Agustín de Espinoza. En su ensayo “Dos catálogos de mosaicos hidráulicos”, publicado en la revista Acequias número 84, analiza el valor de dos libros cuyo contenido se vincula directamente con un elemento práctico y decorativo de nuestra vida cotidiana: el mosaico.

Lo plantea de la siguiente manera: “Cómo podía una fábrica, a finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX, mostrar sus productos de construcción sin transportarlos a lo largo y ancho de México? No hablamos de cemento o de ladrillos, que se pueden evocar fácilmente, sino de una novedad que había llegado de Europa —el mosaico hidráulico— que había adquirido el estatus de ‘arte aplicada’. Sus piezas artísticas eran coloridas o monocromáticas, de manufactura artesanal, fáciles de limpiar, durables. Parecía imposible mostrar estas cualidades a los posibles clientes sólo en ‘blanco y negro’, tonos que manejaba el periódico, único medio visual de la época para llegar a un público más amplio. ‘De la vista nace el amor’, dice el dicho, y quizá por ello las industrias mosaiqueras editaron catálogos comerciales con gruesas pastas, fino papel y buenas imágenes de las piezas que podían ser instaladas en los pisos de las viviendas, así como en plazas y banquetas. La facilidad de los catálogos es que podían llevarse o enviarse a cualquier lugar”.

De la mano de este trabajo de investigación nació la idea, alentada por el Departamento de Diseño, Arquitectura e Ingenierías y el Archivo Histórico de la Ibero Torreón, de articular una convocatoria llamada “Cazadores de mosaicos”. “La propuesta es sumarse como ‘cazadores’ de mosaicos hidráulicos (también llamados ‘de pasta’) para ubicarlos en toda la Comarca Lagunera. Seguramente los has visto: son baldosas decorativas para pisos y pavimentos, de uso interior y exterior, realizadas con cemento. Algunos son coloridos y tienen diseños geométricos, florales, arabescos, grecorromanos y de muchas variedades. También hay algunos más sencillos, con un dibujo octagonal, que tienen pequeños hoyitos o hendiduras y puedes encontrarlos en plazas, banquetas. Mientras más fotografías de mosaicos se envíen, quienes participen tendrán más oportunidades de ganar, mediante sorteo, premios en efectivo de hasta 5 mil pesos”. La convocatoria completa puede ser consultada en el Facebook del Archivo Histórico de la Ibero Torreón o aquí.

Los catálogos que dieron pie a esta excelente idea fueron puestos en circulación, hace varias décadas, por las empresas Quintana Hermanos, de la Ciudad de México, y La Industrial, de Valentín Rivero y Sucesores, ubicada en Monterrey, Nuevo León. Su conservación en papel ha permitido establecer un nexo entre el pasado y el presente, y es así como un documento se vuelve “histórico” en el sentido de que refleja ideas, emociones y gustos pretéritos que quizá, como en el caso de los mosaicos hidráulicos, aún sobreviven entre nosotros y por lo tanto es posible ubicarlos, “cazarlos”.

miércoles, febrero 17, 2021

Entre la vida y las fotos











 

Pese a la insistencia de muchos historiadores, todavía es común advertir que en el público sigue afianzada una noción de la historia como algo independiente del historiador. Aunque la historia, o sea, el pasado, es una realidad que ya no existe y sólo podemos tangibilizarla en términos de documento, la opinión generalizada tiende a pensar que tanto los documentos como los libros de historia son, per se, “la historia”. Parece un juego de palabras, pero no lo es. Sólo es necesario pensar que el pasado ya no existe y es imposible que vuelva, razón por la cual es necesario reconstruirla, es decir, historiar, conseguir documentos y articular conjeturas (relatos) a partir de su análisis e interpretación. La escritura que se obtiene como resultado es la historiografía, la escritura de la historia, no la historia en sí, ya irrecuperable.

Creer que la escritura de la historia es “la historia” ha sido tal vez la clave que ha posibilitado su manipulación por el poder. Como la gente cree que la historia está en los libros de historia, nada más adecuado para cualquier poderoso que fomentar la escritura de historias a modo para legitimarse. Esta es la razón por la que hasta la fecha las historias más populares son las que se refieren a los acontecimientos políticos y militares, a las caídas y los ascensos de tal o cual régimen o gobierno, a la vida y a la obra de los próceres. No otro tema, sino éste, aborda Leonardo Sciascia en El Archivo de Egipto, una novelita algo olvidada. Su tema eje es simple: la escritura de la historia generalmente ha dependido de los caprichos del poder, de ahí que sea tan peligrosa en manos de los mandamases.

Cada vez es más frecuente, sin embargo, comprobar que la escritura de la historia mira hacia otro punto, no tanto ya a los Grandes Hechos y a las Grandes Figuras sino al magma en el que se despliega la vida cotidiana con toda su complejidad. Esta historia nos enfatiza que la escritura sobre el pasado puede también detenerse a hurgar en comunidades específicas unidas asimismo por prácticas sociales ajenas al poder y sus detentadores. Esta historia, menos glamorosa pero tan importante como la otra, fija su atención en la gente de a pie, en el ciudadano que todos los días reproduce haceres compartidos por su comunidad. Visibilizar estas prácticas, describir su espesura, traerlas al presente para comprenderlas, es también tarea de historiadores.

Como cualquier escritura sobre el pasado, la de la vida cotidiana requiere apuntalarse en documentos. Es el caso de Luces en el polvo. Influencia del Club Fotográfico de La Laguna en el trabajo de José de Jesús Gil Alonso (1961-1987), libro de Alfredo Máynez Gil publicado en 2020 por la Ibero Torreón. Gracias a la cercanía de un fondo familiar lleno de textos y fotografías, Máynez Gil hundió su atención en el pasado de un grupo de ciudadanos de La Laguna dedicados a diversos oficios, pero ligados en un momento de sus vidas por una pasión: la fotografía. El joven historiador se apoya en una fuente primaria: las actas del Club Fotográfico de La Laguna animado por, al menos, cuatro decenas de integrantes a lo largo de un cuarto de siglo.

Además de tales actas, en sí misma valiosas por elocuentes, Máynez Gil apeló a otras herramientas útiles en ciertos casos como apoyo para la escritura de la historia: las entrevistas directas, ya que una parte significativa de los participantes en el Club viven y accedieron al diálogo, lo cual incrementó y precisó la información contenida en las actas. Asimismo, al material fotográfico reunido por su abuelo José de Jesús Gil Alonso, miembro del Club, quien es situado en este libro como la parte de un todo que le es afín: su grupo de amigos, los demás participantes. El libro es entonces una especie de sinécdoque.

Luces en el polvo contiene una introducción, siete secciones y un apartado conclusivo. Además, como apéndice muy destacado, una galería con 22 fotografías de Gil Alonso. El prólogo fue preparado por la doctora Laura Orellana Trinidad, directora del Archivo Histórico de la Ibero Torreón, quién aquí, nuevamente, ha enfatizado el valor no sólo académico, sino social, que tiene el resguardo de los documentos familiares como fuentes primordiales para la reconstrucción del pasado. A propósito del material trabajado por Alfredo Máynez, acentúa la importancia que adquiere dar visibilidad en la escritura histórica a grupos antes ignorados: “La estimación del acervo fotográfico del doctor Gil Alonso se inscribe en un entramado de profundos cambios culturales que han afectado a las Ciencias Sociales en las últimas cinco décadas, particularmente a la historia, la archivística y la sociología. Esta metamorfosis se debe, en gran medida, a las luchas de distintos grupos sociales por lograr una mayor representación en la sociedad, lo que finalmente tuvo un impacto en la selección de los objetos de estudio que estas disciplinas comenzaron a abordar así como del tipo de documentos que se requerían para estudiarlos”.

No cabe duda de que lo conseguido en Luces en el polvo debe motivar el orgullo de Alfredo Máynez Gil, quien con este su primer libro da pie a seguir explorando todo lo que puede ofrecer cada documento resguardado en los fondos familiares, tanto los que ya tienen cabida en los archivos como aquellos que siguen en posesión de hijos o nietos. Felicidades a Alfredo por este inteligente libro y felicidades a Laura por acompañarlo en el camino de su enfoque y su escritura.


sábado, febrero 13, 2021

Acequias 83












El martes 16 de febrero a las 6 de la tarde en su cuenta de Facebook la Universidad Iberoamericana Torreón presentará el libro Luces en el polvo. Influencia del Club Fotográfico de La Laguna en el trabajo de José de Jesús Gil Alonso (1961-1987), investigación realizada por Alfredo Máynez Gil. Los comentarios estarán a cargo de Laura Orellana Trinidad, el autor y quien esto firma. Precisamente el prólogo íntegro de este libro, escrito por la doctora Orellana, y una entrevista a Alfredo Máynez sobre su primera experiencia como autor, son los cimientos del número 83 de Acequias, revista de la Ibero Torreón disponible gratuitamente en la web de esta universidad. En su editorial del número publicado en diciembre pasado, se consigna su contenido de la siguiente forma:

Este 2020 ha sido, sin exagerar, el año más raro en la historia de la humanidad. Nunca como ahora, doce meses se han ido de forma tan peculiar, con una buena parte de la población mundial resguardada en sus hogares para alejar en lo posible el contagio de Covid 19. Muchos, pese al confinamiento y las medidas sanitarias dispuestas por la autoridad, hemos visto la lamentable pérdida de parientes y amigos cercanos, y hemos sabido que en todas partes los gobiernos han combatido, con mayor o menor éxito, al agente microscópico que provocó la pandemia. Amaneceremos al 2021, lamentablemente, con la zozobra de no saber cuándo terminará esta extraña forma de vivir. Mientras no haya certeza, vale más atender las medidas propuestas por las autoridades y no dejarse llevar por la desesperación, que suele ser mala consejera.

En medio de tal panorama, este número de Acequias abre con un acercamiento de la doctora Laura Orellana al trabajo del maestro Alfredo Máynez sobre la labor fotográfica de José de Jesús Gil Alonso. Lo sigue una entrevista al autor de Luces en el polvo donde, entre otras afirmaciones, describe el valor de la historiografía como herramienta para reconstruir el pasado no sólo de los próceres o de los hitos militares o políticos, sino también de mujeres y de hombres que en su vida cotidiana edificaron realidades dignas de ser investigadas y contadas.

Una larga entrevista del escritor Gerardo Segura al editor Édgar Valencia nos muestra el origen remoto de una vocación por la lectura y los libros. Luego, Iñaki Leal, exalumno de la Ibero hoy radicado en Nueva Orleans, comenta a tranco amplio la trayectoria literaria de Ricardo Piglia. Viene después un ensayo sobre La Laguna a principios del siglo XX escrito por el exalumno de la Ibero Torreón Gerardo Alfredo Martínez Macías, y en seguida otro del escritor lagunero Jesús Nares Jaramillo sobre la obra poética de Fernando del Paso. A propósito del décimo aniversario luctuoso de Francisco José Amparán se ofrece sobre él un apunte biográfico.

Cierran esta edición 83 de Acequias un cuento de Saúl Rosales, quien en 2020 cumplió 80 años; un fragmento del libro Magdalena Mondragón: su vida y su obra en México, de Blanca Galván, y tres poemas de Miguel Ángel Centeno, miembro del taller literario del Teatro Isauro Martínez.

Sin más, deseamos que el 2021 sea infinitamente mejor.

miércoles, octubre 28, 2020

Novedades en el Archivo Histórico












El Archivo Histórico Juan Agustín de Espinoza, SJ (AHJAE) de la Ibero Torreón ha dado recién un nuevo paso en su evolución como resguardo y difusor de documentación principalmente vinculada al pasado de La Laguna. Bajo la dirección de la doctora Laura Orellana Trinidad, la semana pasada el AHJAE puso en marcha un servicio que seguramente será de gran utilidad para los investigadores: un catálogo digital y un blog con novedades. Ambos espacios se erigen desde ya como herramientas útiles para acceder, desde cualquier lugar del mundo, a los fondos catalogados de acuerdo a normas internacionales hoy vigentes en el ámbito de los archivos históricos.

“El Archivo Juan Agustín de Espinoza, SJ (AHJAE) tiene un importante acervo documental de personas, familias, organizaciones y empresas, todos ellos de interés para la comprensión de los procesos históricos de la Comarca Lagunera. El impacto de algunos de nuestros fondos alcanza un nivel nacional e incluso internacional. Para proporcionar un mejor servicio a nuestros usuarios, hemos comenzado un proceso de transición hacia la digitalización de los fondos documentales. Sin embargo, este procedimiento llevará algún tiempo; por esta razón mantendremos las dos modalidades en que los fondos y colecciones documentales de nuestro archivo pueden ser consultados”, señala en su presentación.

Los documentos digitalizados y puestos ya en línea corresponden hasta el momento a diez fondos y colecciones, y la idea es sumar gradualmente otros materiales del acervo. Entre los diez que ya están disponibles para la consulta se encuentra, por ejemplo, “La lucha de clases en la Comarca Lagunera 1932-1952”, memoria escrita por Carlos G. Monsiváis que consta de 96 cuartillas, escritas a máquina, copia del original, que fue entregada por su nieta política, Aurelia Nájera de la Torre. En este documento, Carlos G. Monsiváis buscó dejar asentada “la lucha que llevó a cabo la organización en defensa del trabajo que contribuyó a fundar: el Sindicato Gremial de Albañiles y Ayudantes del Municipio de Torreón, que tuvo una existencia de dos décadas. Durante este periodo, Monsiváis también formó parte de una célula del Partido Comunista en la Comarca Lagunera; de ahí que dé cuenta de los hechos más sobresalientes de la vida de este sindicato, con un lenguaje e interpretación marxista”. Como este fondo ya hay disponibles nueve más, todos de suyo interesantes y perfectamente catalogados y listos para su consulta.

Además de lo anterior, fue creada la Bitácora del Archivo, blog cuyo propósito, señala en su intro, es acercar, “de manera contextualizada, a algunos de los fondos documentales del Archivo Histórico Juan Agustín de Espinoza, SJ. El objetivo es interesar a nuestros lectores en los acervos de las personas, familias y organizaciones de la Comarca Lagunera, a partir de su conocimiento, de la época en que se generaron y de las preguntas que despiertan actualmente sus documentos”. La Bitácora será pues un estímulo para favorecer el conocimiento de los fondos y su potencial consulta.

Con ambas herramientas del AHJAE (Catálogo digital y Bitácora), el estudio de la historia lagunera tiene dos nuevos aliados. No podemos más que celebrarlo.


sábado, noviembre 23, 2019

La Pereyra en 366 páginas















Entre las escuelas emblemáticas de La Laguna se encuentra, sin duda, la Carlos Pereyra, institución que cumplió 75 años de vida y para celebrarlo publicó un libro cuyo contenido recoge, con textos e imágenes, una gruesa parte de su historia. La investigación fue coordinada por la doctora Laura Orellana Trinidad, directora de Investigación Institucional en la Ibero Torreón.
El ejercicio de reconstrucción histórica abarca 366 páginas en formato oficio apaisado, y cubre desde el año pereyrano cero hasta 2018. No podía ser menor el tamaño de la obra si consideramos la complejidad del objeto estudiado. En una introducción, seis largos capítulos y una sección de reflexiones finales, el libro conmemorativo rinde detallado testimonio de los innumerables retos que la Pereyra ha encarado en sus más de siete décadas.
Para llegar a buen término, la investigación se basó en distintas fuentes, entre ellas, los anuarios, las publicaciones que editaron los estudiantes en diferentes periodos, las revistas institucionales, las cartas y documentos del archivo del colegio, las memorias de algunos egresados, las fuentes hemerográficas y (es muy importante destacar esto) las más de cuarenta entrevistas “individuales y grupales” a jesuitas, directivos, personal administrativo, profesores y egresados.
A grandes zancadas puede subrayarse que el primer capítulo describe el contexto social y económico de La Laguna en los albores de la Pereyra como escuela preparatoria; los siguientes dos apartados dan cuenta de los primeros avances para asentar su infraestructura, sus programas, su planta de maestros y su visión hispanista. El cuarto capítulo describe las características de la Ratio Studiorum, es decir, el modelo de educación eje de la enseñanza jesuita. En la quinta estancia se aborda el periodo de los setenta, ochenta y el fin de siglo, con las complejas implicaciones que tuvo esta larga etapa en el contexto religioso derivado del Concilio Vaticano II. El capítulo final examina los rasgos de la Pereyra frente la realidad más cercana: la de la educación en un mundo que ha cambiado radicalmente debido a las nuevas tecnologías.
Todos en La Laguna tenemos, cerca o lejos, y acaso sin saberlo, algo que ver con la Pereyra. Puede ser que un pariente o amigo hayan egresado de sus aulas, o que un cliente o proveedor hayan sido profesor, funcionario... En todos los casos es posible que haya un rasgo común: el orgullo de haber estado en la Pereyra durante algún periodo de sus 75 años.

sábado, mayo 18, 2019

Sarabia en Acequias 78













Está en línea el ejemplar 78 de Acequias, revista de la Ibero Torreón. Su editorial consigna que hace ochenta años (7 de junio de 1939) ocurrió el accidente en el que murió el piloto Francisco Sarabia Tinoco (Ciudad Lerdo, Durango, 1900), acaso el lagunero que más profunda impronta ha dejado en nuestro país si nos atenemos al número de instituciones (escuelas, aeropuertos, calles...) que llevan su legendario nombre. Para recordar sus hazañas y su temeridad, en este número 78 de Acequias la doctora Laura Orellana Trinidad, tras explorar en fuentes primarias, nos trae el retrato de un Sarabia menos conocido aunque igualmente heroico.
José Carlos Nava, académico y periodista, cede una parte de La tropa del silencio. Memorias desde un campo de batalla, libro que explora la elevada violencia vivida por los laguneros entre 2007 y 2013; esta obra focaliza su mirada principalmente en los periodistas, víctimas inmediatas de la turbulencia. Más o menos en el mismo tenor, Jorge Martínez y Fernando de la Vara colaboran en estas páginas con un fragmento de Ruta de paso, libro en el que entrevistan a migrantes que dan testimonio de las brutales experiencias que deben padecer en su intento de alcanzar la frontera con Estados Unidos.
“La violencia contra la mujer y su legitimación en la cultura”, María del Socorro Hernández Manzano, académica de la Ibero Torreón, subraya la naturalización de las conductas agresivas contra la mujer y la forma como pasan inadvertidas en el trato cotidiano.
Clara Guerra Cossío, asistente de la biblioteca de la Ibero Torreón, nos acerca a los desafíos que encara la biblioteca en las épocas que corren; enfatiza la necesidad de plantear un nuevo paradigma en la relación usuario-documento.
Cierra esta Acequias con reseñas (sobre un libro sorjuanista de Saúl Rosales, y sobre Rostros de la agresión y Extremo sur, libros de la Ibero Torreón) de Lucila Navarrete, Eiko Gavaldón y Alfadir Mireles, y aportes de narrativa y poesía firmados por los argentinos Fabián Vique, Carlos Dariel y la lagunera Nadia Posada Reyes, estudiante de comunicación de la Ibero Torreón.
Acequias puede ser leída en línea en la web de la Ibero Torreón.

miércoles, febrero 27, 2019

Nueve rostros de la violencia
























Este miércoles a las 7:00 pm será presentado Rostros de la agresión. Aproximaciones a la diversidad de la violencia, libro colectivo publicado a finales de 2018 por la Ibero Torreón. Los comentarios correrán a cargo de la maestra Eiko Gavaldón, la doctora Laura Orellana y quien esto escribe, y la sede será la Galería de Arte Moderno del Teatro Martínez, Galeana esquina con Matamoros, en Torreón. La entrada será libre.
En su presentación señala que la violencia es un fenómeno heterogéneo, multiforme y ubicuo. Allí donde menos la esperamos se manifiesta y ataca, punza y lastima sobre todo a quienes menos escudos tienen para defenderse, como los niños, las mujeres y los ancianos, aunque en los hechos no es privativa de nadie: todos podemos ser víctimas y victimarios incluso al mismo tiempo, como es el caso del trabajador resentido que hace pagar a su familia las humillaciones que recibe en el espacio laboral.
Reflexionar sobre la violencia es pues tan importante como acotarla y mitigarla, y acaso aspirar al ideal inalcanzable de desterrarla por completo al menos en aquellos ámbitos en los que se manifiesta con mayor brutalidad, como ocurre en los cinturones azotados por la pobreza extrema o en el inframundo del narcotráfico. Pero insistamos: la violencia asume infinitas caras y se cuela por cualquier resquicio de la vida, de suerte que no debemos pasar por alto el permanente análisis de sus motivaciones, sus estragos y su posible erradicación.
En Rostros de la agresión. Aproximaciones a la diversidad de la violencia se han conjuntado nueve calas a este fenómeno desde el mismo número de ángulos. Roberto Giacomán Gidi, Claudia Guerrero Sepúlveda, María del Socorro Hernández Manzano, Jaime Muñoz Vargas, Laura Elena Parra López, María Guadalupe Puente Muruato, Claudia Rivera Marín, Andrés Rosales Valdés y Zaide Seáñez Martínez, cada uno desde el espacio de su saber, emprenden ensayos cuyo propósito conjunto es enfatizar la certeza de que la violencia está, con mayor o menor visibilidad, según sea el caso, enraizada en todos los pliegues de la realidad, incluso allí donde menos se le supone actuante y lesiva.
Así entonces, los abordajes que vienen a continuación discurren por el acoso en el espacio universitario, la subvaloración del trabajo comúnmente llamado doméstico, la violencia sutil contra la mujer en el campo laboral, la evolución de la crueldad en las microhistorias del corrido mexicano, el suicidio como falsa y terrible escapatoria, la agresión implícita en la falta de oportunidades para los jóvenes, el dolor propiciado por ambientes laborales tóxicos, la responsabilidad social de las empresas en términos de justicia social y las posibilidades del trabajo como garante de mejoría para los jóvenes en desventaja; estos son los nueve campos de reflexión que recorren las páginas venideras.
Rostros de la agresión es producto del Taller de periodismo de opinión de la Universidad Iberoamericana Torreón. Agradecemos el apoyo de la Dirección General Educativa, del Centro de Difusión Cultural y del Centro de Investigación Institucional, a cargo de José Francisco Méndez Alcázar, Rosa Márquez García y Laura Orellana Trinidad, respectivamente, por el apoyo brindado en 2018 a los trabajos del taller.

jueves, abril 16, 2009

Cultura y metropoli



Tuve ayer la fortuna de participar en una mesa redonda organizada por la UIA Laguna. Compartí el micrófono con Laura Orellana, Jesús de la Torre y Luis Guillermo Hernández. Creo no equivocarme si afirmo que el pánel cuadró bien, que los comentarios fueron muy interesantes y novedosos en más de un momento. Leí el maquinazo que comparto ; trata sobre el tema, hoy muy esculcado, de La Laguna como metrópoli:
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Cultura y metrópoli
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Me han invitado a opinar sobre la metropolización de la comarca lagunera. Para empezar, en el caso de palabras que usaremos con frecuencia creo más en su derivación hacia verbos menos lujosos, o más austeros, como regionalización. Al final es más fácil conjugarlos: yo regionalizo, tú regionalizas, él regionaliza, nosotros regionalizamos, vosotros regionalizáis, ellos regionalizan; eso suena un poco mejor que el espantoso yo metropolizo, tú metropolizas, él metropoliza, nosotros metropolizamos, vosotros metropolizáis, ustedes metropilizan. Pero en fin, en sancochamiento de verbos no hay control, ya ven que ahora existe aperturar (en vez de abrir) o fotocredencializar, de donde se desprende que quien nos fotocredencialice será un buen fotocredencializador.
Parto de esa apostilla al inservible saber lingüístico para señalar además que, si nos atenemos al significado que nos obsequia la Academia que limpia, fija y da esplendor, “metrópoli” no parece embonar con la idea que nos estamos haciendo de una región de varias ciudades más o menos apiñadas por razones geográficas, políticas, culturales, religiosas, económicas, policiacas y hoy hasta futboleras. En efecto, la primera acepción académica de “metrópoli” es “Ciudad principal, cabeza de la provincia o Estado”; la descartamos, pues no es la idea de ciudad, sino de región multiciudadana, la que queremos expresar con “metrópoli”. La segunda acepción, como toda segunda acepción, en más estrecha: “Iglesia arzobispal que tiene dependientes otras sufragáneas (para quienes no lo sepan, como yo, esa palabra significa “Que depende de la jurisdicción y autoridad de alguien” y “Perteneciente o relativo a la jurisdicción del obispo sufragáneo”); o sea que también la deshechamos, pues no estamos metropolizando, perdón, regionalizando por razones clericales, sino totalmente laicas. La última acepción de “metrópoli” también nos deja a medias: “Nación, u originariamente ciudad, respecto de sus colonias”. Tenemos dos caminos: a) como la palabra “metrópoli” no sirve —en sentido estricto ni metafórico— para lo que queremos, mejor dejamos por la paz ese rollo de la metropolización y nos ponemos a vivir como antes, sin buscarle cinco pies al burro. O b) cambiar de palabra y usar regionalizar, lo que vendría a ser como cobrar conciencia de que muchas actividades o rubros pueden y deben obedecer a una cierta lógica plurimunicipal, con lo cual, si no ganamos nada, al menos tenemos una palabra aparatosa más: plurimunicipal.
Ahora bien: creo que nadie ha demostrado como nuestro amigo el doctor Corona Páez que la historia de La Laguna (en tanto entidad uniforme acaso en términos de mentalidad, lo que va más allá de las colindancias políticas) es la historia de una región ciertamente compacta. Antes, mucho antes de que nuestros héroes nos dieran patria, entonces, esta zona ya compartía un todo común: espacio, clima, economía, religión, cultura, lengua, río y todo lo que pueda caber en un largo etcétera. Con la muy mentada “metropolización” estamos hoy, por ello, descubriendo no el Mediterráneo, pero sí, al menos, el mugroso laguito de la Alameda. En otras palabras, estamos volviendo a una condición antigua, aquella que pensaba en La Laguna como un organismo más o menos homogéneo, no como quince ciudades a las que, y eso ha ocurrido desde hace varias décadas, les vale un reverendo coño lo que ocurra con el vecino simplemente porque, en rigor, no existe tal vecino.
Creo que hay dos factores que han catalizado la urgencia de repensarnos como comarca. A reserva de trabajar más esto que aquí necesariamente es esquemático, sospecho que tanto la economía como la seguridad pública son los factores desencadenantes del flamante apetito por metropolizarnos, perdón, por regionalizarnos a empujones. Como en suma La Laguna es un conglomerado en forma de racimo, las inversiones que se hacen a un lado del río le afectan en muchos sentidos al otro, de ahí que los gobiernos deban buscar un mínimo de armonización en el terreno de las inversiones. Además, tanto Gómez como Torreón han aprendido a bailar con las más feas: generan un platal, ambas son, en sus respectivos estados, casi las primeras potencias económicas y sin embargo no son capitales, sino ciudades tratadas como se trata al hijo menor que sí la hizo, que sí estudió y que sí agarró buen jale: tendrá lana, progreso, desarrollo, campeonatos de futbol, pero nunca dejará de ser hijo menor.
El otro factor es el de la seguridad pública. Desde hace tres o cuatro años, cuando La Laguna pasó de ser una Arcadia norteña para convertirse en rastro al aire libre y de tiempo completo, los departamentos de policía vieron la urgencia de regionalizar sus operativos, de coordinarse. Por supuesto hasta el momento no han logrado absolutamente nada, pero de perdida nos queda la tranquilidad de que están muy bien coordinados para ejercer la ineptitud. Nunca, que yo sepa, una balacera iniciada en Torreón ha generado detenidos en Gómez, o viceversa, lo que indica que el río nos divide, sí, pero también nos une en materia de inoperancia. El caso más reciente de coordinación se dio el lunes: los policías de Gómez fueron alertados de un robo a una sucursal de Telmex; persiguieron a los ladrones hasta Torreón, donde se sumaron patrullas de esta ciudad. Al final, la persecución terminó en la esquina de Juan Terrazas y Pedro Camino, en la Ampliación Los Ángeles, donde los policías de ambos bandos, perdón, de ambas ciudades, se diputaron a mentadas de madre, y frente al asombro de los ciudadanos, la captura de los delincuentes. Por supuesto eso pasó porque eran ladrones (me refiero a los ladrones en sentido estricto, no a los policías); si los delincuentes chambean en otro giro ni siquiera los persiguen.
En suma, la idea de regionalización creo que toca puntos específicos de la vida comunitaria, sobre todo, como ya dije, los rubros económico y de seguridad pública. En lo demás, no creo que haya mucha necesidad de regionalizar demasiado, pues eso sería como hacer lo ya hecho. En lo cultural oficial o institucional, la coordinación ya comenzó a darse, pero noto que Lerdo y Gómez se suman a Torreón como en Torreón se han coordinado, para compartir actividades y bajar costos, muchas instituciones que suelen ser copatrocinadoras de actividades. El caso de la Cartelera cultural, el primer proyecto informativo conjunto, es un buen indicio del propósito regionalizador de la cultura oficial local.
Por lo demás, como lagunero químicamente puro, nunca he sentido que los lerdenses o los gomezpalatinos o los torreonenses se vean entre sí con altivez o con menosprecio. A mí siempre me ha dado lo mismo que alguien sea de donde sea, si es lagunero. Lo veo como a un igual, sin más, sin asombro, como a una lagartija más de nuestra estepa, entre las que me cuento. Porque, como ha investigado el doctor Corona Páez, el concepto de lagunero, o de laguneridad, viene de casi cinco siglos atrás, cuando llegaron los primeros españoles y los primeros tlaxcaltecas a estas tierras bárbaras y maravillosas. Luego entonces, de qué asombrarnos cuando vemos que el Santos es regional, que el río es regional, que el pan francés es regional, que la hamburguesa (la mejor del universo, por cierto) es regional, que el taco dorado es regional, que la reliquia es regional, que la nieve de Chepo es regional, que el lonche mixto es regional, que el azquel es regional, que la gordita (otro de nuestros productos imbatibles) es regional, y así. Por todo, sólo muy contadas cosas no son regionales, como la venta de cerveza todo el día, por lo cual hago un atento llamado a las autoridades para que ya no se dé esa nefasta situación, pues resulta muy difícil ir a comprar en Gómez lo que debemos tener en Torreón.
Se suponía que iba a tratar sólo de cultura y ya ven, me despaché una larga e inútil digresión. Pero ya es demasiado tarde para recular. Quién me manda no ser un buen metropolizador.
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Comarca Lagunera, 15, abril y 2009