sábado, septiembre 05, 2026
Presentación de Luces en el polvo
sábado, marzo 08, 2025
De la mano del TIM
En
uno de sus prólogos, Borges escribió esto: “Quiero dejar escrita una confesión,
que a un tiempo será íntima y general, ya que las cosas que le ocurren a un
hombre les ocurren a todos”. A algo parecido aspira lo que leeré a continuación.
Como
sabemos, hace poco estuvo en Torreón el escritor cubano Leonardo Padura.
Presentó Ir a La Habana, su más
reciente libro, un recorrido por su íntima, por su visceral convivencia con la
capital de la isla. En algún momento de la presentación se destacó que Padura no
entiende su cubanía a partir del himno, de la bandera y otros símbolos
intangibles, sino a partir de su casa, de su barrio, de los amigos con los que
jugó beisbol y discurrió su vida. Esta idea, claro, me recordó “Alta traición”,
tal vez el más célebre poema de José Emilio Pacheco:
No amo mi patria.
Su fulgor abstracto es inasible.
Pero (aunque suene mal)
daría la vida
por diez lugares suyos,
ciertas gentes,
puertos, bosques de pinos, fortalezas,
una ciudad deshecha, gris, monstruosa,
varias figuras de su historia
montañas
(y tres o cuatro ríos)
¿Qué
significa esto? Simplemente que amar a la patria en términos tan generales es
una especie de embuste, pues “Su fulgor abstracto es inasible”. Pacheco propone
entonces que es prudente aterrizar el amor a la patria en realidades más concretas,
en “diez lugares”, en “ciertas gentes”, en “tres o cuatro ríos”, es decir, en
aquello que uno alcanza no sólo a conocer, sino a vivenciar de manera entrañable, cotidiana.
Más o menos esta misma es la noción que palpita en toda la “Suave patria” de
López Velarde: no cantar a lo abstracto, sino a lo inmediato, al “relámpago
verde de los loros”, al “santo olor de la panadería” o al “paraíso de
compotas”.
Asimismo,
en mi dimensión lagunera la “alta traición” que puedo cometer se debe a una
casa de Gómez Palacio y otra de Torreón, a un río huérfano de agua, dos o tres
parques, una escuela secundaria, una esquina de barrio, algunas librerías, una
universidad, varias cafeterías, todos mis afectos familiares, cinco o seis
amigos y por supuesto un teatro, el Isauro Martínez, institución que es parte
de mi vida desde un momento ubicado entre 1983 y 1984 hasta hoy. ¿De dónde saco esta
fecha? Para mí es simple. Hacia 1982 empecé la carrera, y un año después tuve como
profesor a Saúl Rosales, quien desde el D. F. había retornado hacía poco a
Torreón. Saúl estableció vínculos laborales con el Iscytac (la escuela donde lo
conocí), el diario La Opinión y el Teatro
Martínez. En cierta ocasión, lo recuerdo bien, por algún asunto me pidió que lo
buscara en las oficinas del teatro que ya tenían entrada por la calle Galeana.
Creo que fue la primera vez que ingresé aquí. Las oficinas estaban en construcción
o remodelación, inconclusas, sin acabados, pero ya habían sido habilitadas para
sus trabajadores administrativos. Aquella también fue la primera vez que vi de
lejos a Sonia Salum, primera directora del teatro.
A
partir de allí, sin quererlo, yendo y viniendo al paso de los meses y los años,
comenzó una relación de cercanía con el teatro que hasta la fecha se mantiene y
se me aparece en forma de imágenes, de nombres propios, de anécdotas que
justifican mi querencia. Por supuesto, en mis frecuentes visitas vi la
terminación de las oficinas, luego la construcción del llamado “anexo del TIM”
que hoy es la Galería de Arte Contemporáneo y el gradual y sostenido
remozamiento de todos los rincones del teatro salvado casi milagrosamente de la
muerte en los setenta, cuando era un cine decadente, tan estropeado como
sórdido. Tras su rescate y primera etapa de restauración, allá por el 88 me
presenté en el foyer por primera vez en una lectura colectiva tras la que se
sucedieron otras hasta que alcancé el mayor de los privilegios: presentar mi
primer libro en 1990, hace 35 años, a los 25 de mi edad, en el escenario donde hoy
leo estas palabras.
En
ese largo tramo de historia conocí y traté con variable proximidad a su
personal (aquí trabajaron un tiempo Gilberto Prado y Saúl Rosales, dos de mis
más grandes amigos). Trabé contacto, insisto que en distinto grado de
colaboración, con sus directoras, la ya mencionada Sonia Salum, Márgara Garza,
Laura Eraña, Claudia Máynez, Lourdes Bernal y ahora Cecilia Cansino, y desde
2017 tengo con el teatro una relación profesional de trabajo gracias a la
coordinación de los espacios del café y el taller literarios.
Una
lista necesariamente incompleta de las personalidades que he visto y escuchado
aquí puede dar idea del valor que el TIM tiene como escenario de actividades en
este caso literarias (todas, por cierto, gratuitas). En el recinto que hoy
festejamos vi a todos o casi todos los escritores laguneros con producción
desde 1985 a la fecha, y entre los foráneos a Fernando del Paso, Carlos
Monsiváis, José Agustín, Luisa Valenzuela, Felipe Garrido, Luis Alberto de
Cuenca, Juan Domingo Argüelles, Sabina Berman, Arturo Azuela, Emmanuel Carballo,
Beatriz Espejo, Cristina Rivera Garza, Óscar de la Borbolla, Juan Gelman, Fernando
Vallejo, Ignacio Padilla, Martín Solares, Jorge Valdés, Roberto Bardini, Fernanda
Melchor y Marcial Fernández, entre muchos otros. Vi también, por supuesto,
numerosas obras teatrales, como las encabezadas por Ignacio López Tarso, Germán
Robles, Ofelia Guilmáin, Diego Luna y Ofelia Medina.
En
algunos casos tengo incluso anécdotas. Por ejemplo, cuando vino Fernando del
Paso, el narrador estaba en la cumbre de la fama pues no hacía mucho había
publicado Noticias del imperio, su novela-monstruo. Muchos laguneros llenamos el espacio y al final, en la sesión
de preguntas, un colega escritor, desesperado, casi a gritos imploró al maestro
que ayudara a la literatura lagunera: “¡Ayúdenos, maestro Del Paso!”, le rogó.
Recuerdo que el escritor hizo notar que se sentía como candidato a gobernador en
campaña. Otra anécdota se dio con Ofelia Medina. Yo era director de cultura en
Torreón y el área presentaría en el TIM un monólogo de la actriz. En la mañana
del ensayo vine a saludarla como una deferencia y en ese momento no sé qué pasó
que se requería un técnico más en el área de iluminación o audio. Ofelia no lo
dudó y me pidió que entrara a la sala de controles para que yo apoyara bajando
y subiendo unas palanquitas. La última anécdota que contaré aquí es la que se
dio con Diego Luna, quien venía a exponer también un monólogo. Uno de los
coorganizadores del gobierno estatal me dijo que el actor necesitaba, como parte
de su utilería para la escena, una máquina de escribir no descompuesta. Me
preguntó que si yo tenía una, le respondí que sí, y prometió devolvérmela
apenas terminara la representación. Vine a ver la obra, vi que Luna tecleaba en
mi máquina con preocupante furia, y al final creo pasaron dos años para que el
funcionario y yo nos coordináramos hasta ver de regreso la Olympia que todavía
conservo, por suerte no descompuesta.
En
suma, la relación que uno tiene con las cosas y con los espacios es lo que
afianza el cariño, diría incluso que el amor. Me podrán decir que el
Metropolitan de Nueva York o La Scala de Milán son más grandes, famosos y
bonitos, pero más allá del respeto que uno puede tener por esos iconos de la
cultura mundial, a mí me concierne y me emociona el Teatro Martínez. Junto a su
fachada, sus muros interiores, sus butacas, su escenario, sus luces y sus
murales he pasado muchas horas felices de mi vida y es aquí, en este recinto,
donde mi emoción calza a la medida, donde me siento en casa, bienvenido
siempre.
Aquí
he visto y escuchado además a la Camerata de Coahuila, el Festival de la
Canción de la Esperanza, la Banda Municipal, espectáculos de baile
diversificado en ballet, tango, folclor y jazz; obras de teatro locales, el Festival
internacional de piano, recitales de academias como los organizados por la
maestra Mariana Chabukiani, conferencias, exposiciones, informes de gobierno y
el Festival de la Palabra, entre muchísimas otras actividades. Además, cómo no
voy a considerar que el teatro es mi casa si aquí, en este escenario, vi bailar
ballet a mis hijas cuando tenían menos de diez años y tomaban clases en la Academia
Nijinsky.
El
Teatro Isauro Martínez es, en suma, un sitio que me atañe de manera honda y es
parte esencial de mi laguneridad, y
supongo que muchos podrán adherir al sentimiento que he compartido. Celebro por
ello su nonagésimo quinto aniversario, y más celebro que haya sido rescatado de
la barbarie y que actualmente goce de muy buena salud arquitectónica y
administrativa, garantía de que este tesoro artístico, patrimonio de los
laguneros, nos sobrevivirá, llegará fácil a su centenario y nunca más estará en
riesgo de usos denigrantes o, lo que es mucho peor, de demolición.
Muchas gracias por escucharme y larga vida a este teatro que tanto nos enorgullece.
Nota. Texto leído el 5 de marzo de 2025 en la sala principal del Teatro Isauro Martínez. Compartí mesa con la doctora Laura Orellana Trinidad.
miércoles, marzo 05, 2025
Dialogo en el TIM
Hoy
miércoles 5 de marzo a las 19:00 horas, en la Sala principal del Teatro Isauro
Martínez, se llevará a cabo una conversación sobre la historia de este recinto indispensable
de Torreón a propósito de su aniversario número 95. El diálogo será entablado
por la historiadora Laura Orellana Trinidad y el firmante de estos párrafos.
El
Teatro Isauro Martínez suma esta actividad a los festejos por su nonagésimo
quinto aniversario. Fue fundado en marzo de 1930, y desde entonces conserva su
valor intrínseco como obra arquitectónica y como espacio ideal para la
exposición de las artes y otras manifestaciones del espíritu humano. A lo largo
de su existencia, el TIM ha sido escenario de obras de teatro, conciertos,
espectáculos de danza, presentaciones de libros, conferencias, informes de
gobierno y, desde hace algunas décadas, ofrece también la Galería de Arte
Contemporáneo y promueve actividades de formación artística en diferentes disciplinas.
Este
miércoles tendré entonces dos honores; por un lado, ser parte de los festejos
por los 95 años de vida de un emblema torreonense y, por otro, compartir mesa
con una persona a la que admiro, la doctora Laura Orellana. Tengo con la
institución y la persona una relación entrañable. Sin programarlo, desde que
comencé a trabajar en el contexto público de la literatura local, el TIM ha
estado cerca de mis empeños, tanto que ya no recuerdo cuántas veces he podido
ser público y participante de sus actividades; con Laura mantengo una amistad
que en mi caso está mediada, como ya dije, por la admiración.
Laura
Orellana Trinidad (Torreón, 1962) es socióloga, maestra y doctora en Historia
por la Ibero Ciudad de México. De 1990 a 2022 colaboró en la Ibero Torreón como
profesora, coordinadora de la Licenciatura en Comunicación, responsable del
Archivo Histórico y directora general académica, entre otras funciones. En 1999
obtuvo el primer lugar en el certamen nacional de ensayo Susana San Juan. Es
autora de Hermila Galindo, una mujer
moderna (Conaculta) y Teatro
Martínez, patrimonio de los mexicanos (Fineo), además de artículos
académicos y de divulgación que han llegado a un público amplio. Actualmente
asesora proyectos de investigación de forma independiente.
La
entrada al diálogo es libre.
sábado, junio 25, 2022
Travesía de Laura Orellana
Conocí a Laura Orellana Trinidad hacia 1990, cuando
comencé a dar clases en la Ibero Torreón. No tuvimos mucho trato en aquel
momento, sólo el obligado por la urbanidad dentro del ámbito magisterial en el
que nos movíamos como colegas. Hacia mediados de los noventa formamos parte del
primer grupo que estudió la maestría en Historia impartida en La Laguna por la
Ibero Ciudad de México. Fueron dos años muy importantes para mí, aunque no me
sentía, ni me siento ni me sentiré historiador. Digo que fueron años valiosos
porque allí, entre otras personas a quienes estimo/admiro mucho, estaba Laura.
Coincidir en un aula como compañeros de clase me dejó apreciar mejor sus
virtudes: gran disposición al diálogo, interés por todo el conocimiento
humanístico, disciplina para encarar proyectos y respeto indeclinable a la
opinión/condición de los demás. En las clases que compartí con ella la percibí
como una de las mentes mejor amuebladas para atender la densidad de la teoría y
la filosofía de la historia que recibíamos como alumnos. En aquellos dos años
de condiscipulazgo creo que logramos establecer un trato de amistad y respeto
que se ha mantenido durante décadas.
En medio de las actividades docentes y administrativas desarrolladas
dentro de la Ibero Torreón, Laura prosiguió con su formación de historiadora y
luego de la maestría atravesó con las mejores notas su doctorado, grado que
concluyó con una tesis brillante. Además de la docencia, que nunca ha dejado,
se desempeñó en cargos vinculados con la gestión de la vida académica. Mientras
esto pasaba, no dejó de publicar en la prensa local y en libros de su autoría.
Pese a trabajar en la misma universidad, nos veíamos poco, pero siempre que
coincidíamos me extendía un trato respetuoso e inteligente.
Fue hacia finales de 2017 cuando Laura fue propuesta para
coordinar, además de la investigación institucional, el Archivo Histórico Juan
Agustín de Espinoza, sj, de la misma Ibero Torreón. Junto con esto, mi área, la
editorial, fue fusionada a la de Laura y ella pasó a ser mi superordinada
directa, lo cual no modificó un ápice el trato respetuoso e inteligente de
siempre. Hoy, pues, hacemos equipo en el trabajo, y a la hora de encarar los
proyectos laborales jamás he sentido de su parte algo distinto al compañerismo
y la solidaridad.
Lagunera, Laura es socióloga, maestra
y doctora en Historia por la Ibero Ciudad de México. Académica de tiempo
completo en la Ibero Torreón desde 1990. Actualmente, como dije, es
coordinadora del Centro de Investigaciones Históricas y de la Dirección de
Investigación Institucional. En 2012 fue distinguida con la medalla al Mérito
Académico “David Hernández”. Obtuvo el primer lugar en el certamen nacional de
ensayo Susana San Juan, en 1999. Entre otros, ha publicado Entre lo público y lo privado (Ibero Torreón), Hermila
Galindo, una mujer moderna (Conaculta), Teatro Martínez, patrimonio
de los mexicanos (Fineo) y el libro conmemorativo de los 75 años de la
escuela Carlos Pereyra.
Nació
el 25 de junio de 1962, así que hoy, en su cumpleaños sesenta, me enorgullece
presumirla como compañera de trabajo, como socióloga e historiadora, como
maestra y funcionaria académica, y para mí, principalmente, como amiga.
Felicidades para Laura y muchas gracias por su lúcida amistad.
miércoles, septiembre 22, 2021
Dionisio, un niño dolorosamente múltiple
Dionisio es el seudónimo que dio Paulina del Moral al
niño de carne y hueso, más hueso que carne, cuyas palabras atraviesan Dionisio, el niño del tren del norte.
Este trabajo fue parte del proyecto “Testimonios de niños trabajadores dentro y
fuera de la calle” que la autora desarrolló entre junio de 1999 y mayo de 2000 en
el Programa de Estímulos a la Creación y Desarrollo Artístico de Coahuila. Paulina
del Moral nació en Torreón, y es licenciada en comunicación social, maestra en
antropología social y doctora en ciencias antropológicas, grados obtenidos,
respectivamente, en la UAM-Xochimilco, la ENAH-Chihuahua y la UAM-Iztapalapa.
Entre otros reconocimientos, la Asociación Mundial de Mujeres Periodistas y
Escritoras le otorgó el premio de Periodismo Rosario Castellanos (1990) por un
trabajo sobre las maquiladoras de ropa en la comarca lagunera.
El libro que hoy nos reúne ha sido estructurado en dos
secciones: la primera, introductoria, es un apartado profusamente estadístico
en el que Del Moral González despliega sobre la mesa los indicadores de la
pobreza en varios países centroamericanos, con énfasis en Honduras, país donde
nació Dionisio. Apoyada en un aparado documental incontestable, la antropóloga social
evidencia que todos los rubros de la realidad económica y social hondureña son
deficitarios y están lejos de permitir niveles de desarrollo ya no se diga
buenos, sino mínimamente decorosos para desahogar la vida individual y comunitaria
con algo aproximado a lo que solemos entender por “bienestar”. Casi cuarenta
páginas dibujan este panorama apocalíptico en el que se enseñorea la pobreza en
todas sus facetas, con toda la crudeza de los guarismos generados por
organismos internacionales como el Banco Mundial o la Unicef. Honduras, pues,
como muchas otras naciones del mundo, es desde hace varias décadas
una nación expulsiva, con una pobreza tan enquistada y terca que aguija la
desesperación y lleva a sus habitantes a buscar las puertas de escape hacia
algo acaso peor: el viaje por Guatemala y México con el fin de encontrar una
difusa salvación en los Estados Unidos. La introducción, entonces, es un
dechado de análisis cuantitativo, el contexto en el que debemos imaginar los
primeros años de miles de Dionisios centroamericanos.
En la segunda parte de la obra es Dionisio en persona
quien nos cuenta con detalle los tumbos de su breve y muy accidentada
existencia hasta el año 2000. Paulina del Moral ha organizado cada circunstancia
en breves apartados temáticos para que el fluir de la conciencia de su
entrevistado adquiera, al menos en el papel, algo de orden. Si la vida de
Dionisio está signada por el azar, por la permanente incertidumbre, por la
inestabilidad y la carencia de todo, las estancias temáticas del libro nos
brindan la oportunidad de encontrar alguna ilación al relato de un periplo dislocado
en el que somos testigos de que la vida del niño del tren del norte es lo más cercano
a la vulnerabilidad absoluta: un adolescente, casi un niño todavía, trepado a
La Bestia, entre adultos de todas las cataduras, metido en todos los subempleos
imaginables, expuesto a todos los peligros, nos deja acompañarlo por las
brechas del inframundo que le ha cabido en suerte, en pésima suerte.
Dionisio, el niño del tren del norte opera en dos sentidos: avanza de lo general (la
introducción) hacia lo particular (el relato del pequeño). Lo general es cuantitativo;
lo particular, cualitativo. Así, como en la muy útil figura retórica llamada “sinécdoque”,
se muestra la parte (Dionisio) de un todo (Honduras) que al final embonan y nos
persuaden de que no hay razón para incurrir, con irresponsable optimismo, en la
idea de que Dionisio constituye una excepción, es decir, un niño que por esas curiosas
carambolas de la vida nace en un hogar disfuncional y depauperado, lo que lo
obliga a cambiar de radicaciones y de empleos, todos mezquinos y peligrosos,
ajenos a su cultura, a su tono de voz, a sus afectos, a su edad, hasta que,
también por casualidad, llega como migrante a Torreón, es detenido por
portación de arma punzocortante y allí es entrevistado para luego salir y
desaparecer en los demás infiernos que le depare el porvenir.
Paulina del Moral González ha sabido, en suma, articular un trabajo eficaz y conmovedor al mismo tiempo: eficaz porque nos aproxima datos ciertos de la realidad, cifras que, sobre todo en lo económico, detonan las mil formas de la violencia social, y conmovedor porque en el relato de Dionisio no vemos sólo a Dionisio, sino a una legión de niños sin futuro, arrojados a un destino en el que la crueldad jamás descansa.
Nota. Dionisio, el niño del tren del norte, fue presentado el lunes 20 de septiembre de 2021 por Facebook. Participamos la doctora Paulina del Moral (autora), la doctora Laura Orellana Trinidad, la maestra Luz María Meza, el maestro Oswaldo Valenzuela y yo con la reseña de este post.
sábado, junio 12, 2021
En busca de mosaicos
Más allá de que la Unesco apunte qué es y qué no es el patrimonio
material o inmaterial de la humanidad, un buen hábito de cualquier comunidad
pequeña o grande es velar por la preservación de aquellos rasgos que la
caracterizan. Ya Saúl Rosales, por ejemplo, hace poco nos llevó a reflexionar
sobre el valor de la arquitectura lagunera que él definió como “neoclásica de
un piso”; además, nos hizo ver la poca atención que tanto las autoridades como
la ciudadanía prestamos a esas edificaciones que todavía distinguen la
fisonomía de nuestro espacio. El ensayo de Saúl Rosales fue publicado con el
título “Torreón neoclásico de un piso”, y aún puede ser solicitado gratuitamente,
como PDF, en mi correo electrónico: rutanortelaguna@yahoo.com.mx o aquí.
Con un propósito afín, la doctora (en historia) Laura
Orellana Trinidad, encargada del área de investigación de la Ibero Torreón, ha
destacado la importancia de un par de documentos resguardados en el Archivo
Histórico Juan Agustín de Espinoza. En su ensayo “Dos catálogos de mosaicos
hidráulicos”, publicado en la revista Acequias
número 84, analiza el valor de dos libros cuyo contenido se vincula
directamente con un elemento práctico y decorativo de nuestra vida cotidiana:
el mosaico.
Lo plantea de la siguiente manera: “Cómo
podía una fábrica, a finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX,
mostrar sus productos de construcción sin transportarlos a lo largo y ancho de
México? No hablamos de cemento o de ladrillos, que se pueden evocar fácilmente,
sino de una novedad que había llegado de Europa —el mosaico hidráulico— que había
adquirido el estatus de ‘arte aplicada’. Sus piezas artísticas eran coloridas o
monocromáticas, de manufactura artesanal, fáciles de limpiar, durables. Parecía
imposible mostrar estas cualidades a los posibles clientes sólo en ‘blanco y
negro’, tonos que manejaba el periódico, único medio visual de la época para
llegar a un público más amplio. ‘De la vista nace el amor’, dice el dicho, y
quizá por ello las industrias mosaiqueras editaron catálogos comerciales con
gruesas pastas, fino papel y buenas imágenes de las piezas que podían ser
instaladas en los pisos de las viviendas, así como en plazas y banquetas. La
facilidad de los catálogos es que podían llevarse o enviarse a cualquier
lugar”.
De la mano de este trabajo de investigación nació la
idea, alentada por el Departamento de Diseño, Arquitectura e
Ingenierías y el Archivo Histórico de la Ibero Torreón, de articular una
convocatoria llamada “Cazadores de mosaicos”. “La propuesta es sumarse como ‘cazadores’
de mosaicos hidráulicos (también llamados ‘de pasta’) para ubicarlos en toda la
Comarca Lagunera. Seguramente los has visto: son baldosas decorativas para
pisos y pavimentos, de uso interior y exterior, realizadas con cemento. Algunos
son coloridos y tienen diseños geométricos, florales, arabescos, grecorromanos
y de muchas variedades. También hay algunos más sencillos, con un dibujo
octagonal, que tienen pequeños hoyitos o hendiduras y puedes encontrarlos en
plazas, banquetas. Mientras más fotografías de mosaicos se envíen, quienes
participen tendrán más oportunidades de ganar, mediante sorteo, premios en
efectivo de hasta 5 mil pesos”. La convocatoria completa puede ser consultada
en el Facebook del Archivo Histórico de la Ibero Torreón o aquí.
Los catálogos que dieron pie a esta excelente idea fueron puestos en circulación, hace varias décadas, por las empresas Quintana Hermanos, de la Ciudad de México, y La Industrial, de Valentín Rivero y Sucesores, ubicada en Monterrey, Nuevo León. Su conservación en papel ha permitido establecer un nexo entre el pasado y el presente, y es así como un documento se vuelve “histórico” en el sentido de que refleja ideas, emociones y gustos pretéritos que quizá, como en el caso de los mosaicos hidráulicos, aún sobreviven entre nosotros y por lo tanto es posible ubicarlos, “cazarlos”.
miércoles, febrero 17, 2021
Entre la vida y las fotos
Pese
a la insistencia de muchos historiadores, todavía es común advertir que en el
público sigue afianzada una noción de la historia como algo independiente del
historiador. Aunque la historia, o sea, el pasado, es una realidad que ya no
existe y sólo podemos tangibilizarla en términos de documento, la opinión generalizada
tiende a pensar que tanto los documentos como los libros de historia son, per se, “la historia”. Parece un juego
de palabras, pero no lo es. Sólo es necesario pensar que el pasado ya no existe
y es imposible que vuelva, razón por la cual es necesario reconstruirla, es
decir, historiar, conseguir documentos y articular conjeturas (relatos) a
partir de su análisis e interpretación. La escritura que se obtiene como
resultado es la historiografía, la escritura de la historia, no la historia en
sí, ya irrecuperable.
Creer
que la escritura de la historia es “la historia” ha sido tal vez la clave que
ha posibilitado su manipulación por el poder. Como la gente cree que la
historia está en los libros de historia, nada más adecuado para cualquier
poderoso que fomentar la escritura de historias a modo para legitimarse. Esta
es la razón por la que hasta la fecha las historias más populares son las que
se refieren a los acontecimientos políticos y militares, a las caídas y los
ascensos de tal o cual régimen o gobierno, a la vida y a la obra de los
próceres. No otro tema, sino éste, aborda Leonardo Sciascia en El Archivo de Egipto, una novelita algo
olvidada. Su tema eje es simple: la escritura de la historia generalmente ha
dependido de los caprichos del poder, de ahí que sea tan peligrosa en manos de
los mandamases.
Cada
vez es más frecuente, sin embargo, comprobar que la escritura de la historia
mira hacia otro punto, no tanto ya a los Grandes Hechos y a las Grandes Figuras
sino al magma en el que se despliega la vida cotidiana con toda su complejidad.
Esta historia nos enfatiza que la escritura sobre el pasado puede también
detenerse a hurgar en comunidades específicas unidas asimismo por prácticas
sociales ajenas al poder y sus detentadores. Esta historia, menos glamorosa
pero tan importante como la otra, fija su atención en la gente de a pie, en el
ciudadano que todos los días reproduce haceres compartidos por su comunidad.
Visibilizar estas prácticas, describir su espesura, traerlas al presente para
comprenderlas, es también tarea de historiadores.
Como
cualquier escritura sobre el pasado, la de la vida cotidiana requiere apuntalarse
en documentos. Es el caso de Luces en el
polvo. Influencia del Club Fotográfico de La Laguna en el trabajo de José de
Jesús Gil Alonso (1961-1987), libro de Alfredo Máynez Gil publicado en 2020
por la Ibero Torreón. Gracias a la cercanía de un fondo familiar lleno de
textos y fotografías, Máynez Gil hundió su atención en el pasado de un grupo de
ciudadanos de La Laguna dedicados a diversos oficios, pero ligados en un
momento de sus vidas por una pasión: la fotografía. El joven historiador se
apoya en una fuente primaria: las actas del Club Fotográfico de La Laguna
animado por, al menos, cuatro decenas de integrantes a lo largo de un cuarto de
siglo.
Además
de tales actas, en sí misma valiosas por elocuentes, Máynez Gil apeló a otras
herramientas útiles en ciertos casos como apoyo para la escritura de la
historia: las entrevistas directas, ya que una parte significativa de los
participantes en el Club viven y accedieron al diálogo, lo cual incrementó y
precisó la información contenida en las actas. Asimismo, al material
fotográfico reunido por su abuelo José de Jesús Gil Alonso, miembro del Club,
quien es situado en este libro como la parte de un todo que le es afín: su
grupo de amigos, los demás participantes. El libro es entonces una especie de
sinécdoque.
Luces en el polvo contiene
una introducción, siete secciones y un apartado conclusivo. Además, como
apéndice muy destacado, una galería con 22 fotografías de Gil Alonso. El
prólogo fue preparado por la doctora Laura Orellana Trinidad, directora del
Archivo Histórico de la Ibero Torreón, quién aquí, nuevamente, ha enfatizado el
valor no sólo académico, sino social, que tiene el resguardo de los documentos
familiares como fuentes primordiales para la reconstrucción del pasado. A
propósito del material trabajado por Alfredo Máynez, acentúa la importancia que
adquiere dar visibilidad en la escritura histórica a grupos antes ignorados: “La estimación del acervo fotográfico del
doctor Gil Alonso se inscribe en un entramado de profundos cambios culturales
que han afectado a las Ciencias Sociales en las últimas cinco décadas,
particularmente a la historia, la archivística y la sociología. Esta metamorfosis
se debe, en gran medida, a las luchas de distintos grupos sociales por lograr
una mayor representación en la sociedad, lo que finalmente tuvo un impacto en
la selección de los objetos de estudio que estas disciplinas comenzaron a
abordar así como del tipo de documentos que se requerían para estudiarlos”.
No cabe duda de
que lo conseguido en Luces en el polvo
debe motivar el orgullo de Alfredo Máynez Gil, quien con este su primer libro
da pie a seguir explorando todo lo que puede ofrecer cada documento resguardado
en los fondos familiares, tanto los que ya tienen cabida en los archivos como
aquellos que siguen en posesión de hijos o nietos. Felicidades a Alfredo por
este inteligente libro y felicidades a Laura por acompañarlo en el camino de su
enfoque y su escritura.
sábado, febrero 13, 2021
Acequias 83
El
martes 16 de febrero a las 6 de la tarde en su cuenta de Facebook la
Universidad Iberoamericana Torreón presentará el libro Luces en el polvo. Influencia del Club Fotográfico de La Laguna en el
trabajo de José de Jesús Gil Alonso (1961-1987), investigación realizada
por Alfredo Máynez Gil. Los comentarios estarán a cargo de Laura Orellana
Trinidad, el autor y quien esto firma. Precisamente el prólogo íntegro de este
libro, escrito por la doctora Orellana, y una entrevista a Alfredo Máynez sobre
su primera experiencia como autor, son los cimientos del número 83 de Acequias, revista de la Ibero Torreón
disponible gratuitamente en la web de esta universidad. En su editorial del
número publicado en diciembre pasado, se consigna su contenido de la siguiente
forma:
Este 2020 ha
sido, sin exagerar, el año más raro en la historia de la humanidad. Nunca como
ahora, doce meses se han ido de forma tan peculiar, con una buena parte de la
población mundial resguardada en sus hogares para alejar en lo posible el
contagio de Covid 19. Muchos, pese al confinamiento y las medidas sanitarias
dispuestas por la autoridad, hemos visto la lamentable pérdida de parientes y
amigos cercanos, y hemos sabido que en todas partes los gobiernos han
combatido, con mayor o menor éxito, al agente microscópico que provocó la
pandemia. Amaneceremos al 2021, lamentablemente, con la zozobra de no saber
cuándo terminará esta extraña forma de vivir. Mientras no haya certeza, vale
más atender las medidas propuestas por las autoridades y no dejarse llevar por
la desesperación, que suele ser mala consejera.
En medio de tal
panorama, este número de Acequias abre con un acercamiento de la doctora
Laura Orellana al trabajo del maestro Alfredo Máynez sobre la labor fotográfica
de José de Jesús Gil Alonso. Lo sigue una entrevista al autor de Luces en el
polvo donde, entre otras afirmaciones, describe el valor de la
historiografía como herramienta para reconstruir el pasado no sólo de los
próceres o de los hitos militares o políticos, sino también de mujeres y de
hombres que en su vida cotidiana edificaron realidades dignas de ser
investigadas y contadas.
Una larga entrevista
del escritor Gerardo Segura al editor Édgar Valencia nos muestra el origen
remoto de una vocación por la lectura y los libros. Luego, Iñaki Leal, exalumno
de la Ibero hoy radicado en Nueva Orleans, comenta a tranco amplio la
trayectoria literaria de Ricardo Piglia. Viene después un ensayo sobre La
Laguna a principios del siglo XX escrito por el exalumno de la Ibero Torreón
Gerardo Alfredo Martínez Macías, y en seguida otro del escritor lagunero Jesús
Nares Jaramillo sobre la obra poética de Fernando del Paso. A propósito del
décimo aniversario luctuoso de Francisco José Amparán se ofrece sobre él un
apunte biográfico.
Cierran esta edición 83
de Acequias un cuento de Saúl Rosales, quien en 2020 cumplió 80 años; un
fragmento del libro Magdalena Mondragón: su vida y su obra en México, de
Blanca Galván, y tres poemas de Miguel Ángel Centeno, miembro del taller
literario del Teatro Isauro Martínez.
Sin más, deseamos que el 2021 sea infinitamente mejor.
miércoles, octubre 28, 2020
Novedades en el Archivo Histórico
El
Archivo Histórico Juan Agustín de Espinoza, SJ (AHJAE) de la Ibero Torreón ha
dado recién un nuevo paso en su evolución como resguardo y difusor de
documentación principalmente vinculada al pasado de La Laguna. Bajo la
dirección de la doctora Laura Orellana Trinidad, la semana pasada el AHJAE puso
en marcha un servicio que seguramente será de gran utilidad para los
investigadores: un catálogo digital y un blog con novedades. Ambos espacios se
erigen desde ya como herramientas útiles para acceder, desde cualquier lugar
del mundo, a los fondos catalogados de acuerdo a normas internacionales hoy
vigentes en el ámbito de los archivos históricos.
“El
Archivo Juan Agustín de Espinoza, SJ (AHJAE) tiene un importante acervo
documental de personas, familias, organizaciones y empresas, todos ellos de
interés para la comprensión de los procesos históricos de la Comarca Lagunera.
El impacto de algunos de nuestros fondos alcanza un nivel nacional e incluso
internacional. Para proporcionar un mejor servicio a nuestros usuarios, hemos
comenzado un proceso de transición hacia la digitalización de los fondos
documentales. Sin embargo, este procedimiento llevará algún tiempo; por esta
razón mantendremos las dos modalidades en que los fondos y colecciones
documentales de nuestro archivo pueden ser consultados”, señala en su
presentación.
Los
documentos digitalizados y puestos ya en línea corresponden hasta el momento a
diez fondos y colecciones, y la idea es sumar gradualmente otros materiales del
acervo. Entre los diez que ya están disponibles para la consulta se encuentra,
por ejemplo, “La lucha de clases en la Comarca Lagunera 1932-1952”, memoria escrita
por Carlos G. Monsiváis que consta de 96 cuartillas, escritas a máquina, copia
del original, que fue entregada por su nieta política, Aurelia Nájera de la
Torre. En este documento, Carlos G. Monsiváis buscó dejar asentada “la lucha
que llevó a cabo la organización en defensa del trabajo que contribuyó a
fundar: el Sindicato Gremial de Albañiles y Ayudantes del Municipio de Torreón,
que tuvo una existencia de dos décadas. Durante este periodo, Monsiváis también
formó parte de una célula del Partido Comunista en la Comarca Lagunera; de ahí
que dé cuenta de los hechos más sobresalientes de la vida de este sindicato,
con un lenguaje e interpretación marxista”. Como este fondo ya hay disponibles nueve
más, todos de suyo interesantes y perfectamente catalogados y listos para su
consulta.
Además
de lo anterior, fue creada la Bitácora del Archivo, blog cuyo propósito, señala
en su intro, es acercar, “de manera contextualizada, a algunos de los fondos
documentales del Archivo Histórico Juan Agustín de Espinoza, SJ. El objetivo es
interesar a nuestros lectores en los acervos de las personas, familias y
organizaciones de la Comarca Lagunera, a partir de su conocimiento, de la época
en que se generaron y de las preguntas que despiertan actualmente sus
documentos”. La Bitácora será pues un estímulo para favorecer el conocimiento
de los fondos y su potencial consulta.
Con
ambas herramientas del AHJAE (Catálogo digital y Bitácora), el estudio de la historia
lagunera tiene dos nuevos aliados. No podemos más que celebrarlo.
sábado, noviembre 23, 2019
La Pereyra en 366 páginas
sábado, mayo 18, 2019
Sarabia en Acequias 78
miércoles, febrero 27, 2019
Nueve rostros de la violencia
jueves, abril 16, 2009
Cultura y metropoli

Parto de esa apostilla al inservible saber lingüístico para señalar además que, si nos atenemos al significado que nos obsequia la Academia que limpia, fija y da esplendor, “metrópoli” no parece embonar con la idea que nos estamos haciendo de una región de varias ciudades más o menos apiñadas por razones geográficas, políticas, culturales, religiosas, económicas, policiacas y hoy hasta futboleras. En efecto, la primera acepción académica de “metrópoli” es “Ciudad principal, cabeza de la provincia o Estado”; la descartamos, pues no es la idea de ciudad, sino de región multiciudadana, la que queremos expresar con “metrópoli”. La segunda acepción, como toda segunda acepción, en más estrecha: “Iglesia arzobispal que tiene dependientes otras sufragáneas (para quienes no lo sepan, como yo, esa palabra significa “Que depende de la jurisdicción y autoridad de alguien” y “Perteneciente o relativo a la jurisdicción del obispo sufragáneo”); o sea que también la deshechamos, pues no estamos metropolizando, perdón, regionalizando por razones clericales, sino totalmente laicas. La última acepción de “metrópoli” también nos deja a medias: “Nación, u originariamente ciudad, respecto de sus colonias”. Tenemos dos caminos: a) como la palabra “metrópoli” no sirve —en sentido estricto ni metafórico— para lo que queremos, mejor dejamos por la paz ese rollo de la metropolización y nos ponemos a vivir como antes, sin buscarle cinco pies al burro. O b) cambiar de palabra y usar regionalizar, lo que vendría a ser como cobrar conciencia de que muchas actividades o rubros pueden y deben obedecer a una cierta lógica plurimunicipal, con lo cual, si no ganamos nada, al menos tenemos una palabra aparatosa más: plurimunicipal.
Ahora bien: creo que nadie ha demostrado como nuestro amigo el doctor Corona Páez que la historia de La Laguna (en tanto entidad uniforme acaso en términos de mentalidad, lo que va más allá de las colindancias políticas) es la historia de una región ciertamente compacta. Antes, mucho antes de que nuestros héroes nos dieran patria, entonces, esta zona ya compartía un todo común: espacio, clima, economía, religión, cultura, lengua, río y todo lo que pueda caber en un largo etcétera. Con la muy mentada “metropolización” estamos hoy, por ello, descubriendo no el Mediterráneo, pero sí, al menos, el mugroso laguito de la Alameda. En otras palabras, estamos volviendo a una condición antigua, aquella que pensaba en La Laguna como un organismo más o menos homogéneo, no como quince ciudades a las que, y eso ha ocurrido desde hace varias décadas, les vale un reverendo coño lo que ocurra con el vecino simplemente porque, en rigor, no existe tal vecino.
Creo que hay dos factores que han catalizado la urgencia de repensarnos como comarca. A reserva de trabajar más esto que aquí necesariamente es esquemático, sospecho que tanto la economía como la seguridad pública son los factores desencadenantes del flamante apetito por metropolizarnos, perdón, por regionalizarnos a empujones. Como en suma La Laguna es un conglomerado en forma de racimo, las inversiones que se hacen a un lado del río le afectan en muchos sentidos al otro, de ahí que los gobiernos deban buscar un mínimo de armonización en el terreno de las inversiones. Además, tanto Gómez como Torreón han aprendido a bailar con las más feas: generan un platal, ambas son, en sus respectivos estados, casi las primeras potencias económicas y sin embargo no son capitales, sino ciudades tratadas como se trata al hijo menor que sí la hizo, que sí estudió y que sí agarró buen jale: tendrá lana, progreso, desarrollo, campeonatos de futbol, pero nunca dejará de ser hijo menor.
El otro factor es el de la seguridad pública. Desde hace tres o cuatro años, cuando La Laguna pasó de ser una Arcadia norteña para convertirse en rastro al aire libre y de tiempo completo, los departamentos de policía vieron la urgencia de regionalizar sus operativos, de coordinarse. Por supuesto hasta el momento no han logrado absolutamente nada, pero de perdida nos queda la tranquilidad de que están muy bien coordinados para ejercer la ineptitud. Nunca, que yo sepa, una balacera iniciada en Torreón ha generado detenidos en Gómez, o viceversa, lo que indica que el río nos divide, sí, pero también nos une en materia de inoperancia. El caso más reciente de coordinación se dio el lunes: los policías de Gómez fueron alertados de un robo a una sucursal de Telmex; persiguieron a los ladrones hasta Torreón, donde se sumaron patrullas de esta ciudad. Al final, la persecución terminó en la esquina de Juan Terrazas y Pedro Camino, en la Ampliación Los Ángeles, donde los policías de ambos bandos, perdón, de ambas ciudades, se diputaron a mentadas de madre, y frente al asombro de los ciudadanos, la captura de los delincuentes. Por supuesto eso pasó porque eran ladrones (me refiero a los ladrones en sentido estricto, no a los policías); si los delincuentes chambean en otro giro ni siquiera los persiguen.
En suma, la idea de regionalización creo que toca puntos específicos de la vida comunitaria, sobre todo, como ya dije, los rubros económico y de seguridad pública. En lo demás, no creo que haya mucha necesidad de regionalizar demasiado, pues eso sería como hacer lo ya hecho. En lo cultural oficial o institucional, la coordinación ya comenzó a darse, pero noto que Lerdo y Gómez se suman a Torreón como en Torreón se han coordinado, para compartir actividades y bajar costos, muchas instituciones que suelen ser copatrocinadoras de actividades. El caso de la Cartelera cultural, el primer proyecto informativo conjunto, es un buen indicio del propósito regionalizador de la cultura oficial local.
Por lo demás, como lagunero químicamente puro, nunca he sentido que los lerdenses o los gomezpalatinos o los torreonenses se vean entre sí con altivez o con menosprecio. A mí siempre me ha dado lo mismo que alguien sea de donde sea, si es lagunero. Lo veo como a un igual, sin más, sin asombro, como a una lagartija más de nuestra estepa, entre las que me cuento. Porque, como ha investigado el doctor Corona Páez, el concepto de lagunero, o de laguneridad, viene de casi cinco siglos atrás, cuando llegaron los primeros españoles y los primeros tlaxcaltecas a estas tierras bárbaras y maravillosas. Luego entonces, de qué asombrarnos cuando vemos que el Santos es regional, que el río es regional, que el pan francés es regional, que la hamburguesa (la mejor del universo, por cierto) es regional, que el taco dorado es regional, que la reliquia es regional, que la nieve de Chepo es regional, que el lonche mixto es regional, que el azquel es regional, que la gordita (otro de nuestros productos imbatibles) es regional, y así. Por todo, sólo muy contadas cosas no son regionales, como la venta de cerveza todo el día, por lo cual hago un atento llamado a las autoridades para que ya no se dé esa nefasta situación, pues resulta muy difícil ir a comprar en Gómez lo que debemos tener en Torreón.
Se suponía que iba a tratar sólo de cultura y ya ven, me despaché una larga e inútil digresión. Pero ya es demasiado tarde para recular. Quién me manda no ser un buen metropolizador.
Comarca Lagunera, 15, abril y 2009












