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miércoles, mayo 28, 2025

Un soneto perro

 








Desde hace cuatro años, poco más o poco menos, cada semana llevo un libro distinto al taller literario. Y no sólo el libro ha sido hasta ahora diferente, sino también el autor. Se trata, obvio, de una especie de ruta de lectura, la mía, dispersa en los géneros de cuento, novela, ensayo, poesía y periodismo en disciplinas como literatura, historia, política y algo de filosofía, entre otras. Siempre comparto la lectura de algún párrafo, una frase subrayada o algunos versos si se trata de poesía. Es un ejercicio que disfruto porque me permite reconstruir, a la distancia, la idea que me dejó tal o cual libro luego de haberlo recorrido años atrás, y compartir a los talleristas el sedimento que ha quedado en mi memoria.

Hace poco llevé Paisaje, una vieja compilación de la poesía que nos legó Manuel José Othón (SLP, 1858-SLP, 1906). Fue publicado por la UNAM en 1944 y, por supuesto, como es habitual en la obra de un clásico, su contenido no envejece. Para reforzar el potencial afecto que los participantes pudieran sentir por el poeta potosino, es obvio que les recordé un dato biográfico fundamental: durante algunos años, Othón ejerció su oficio de abogado, como funcionario público, en La Laguna, región que dejó en él una impronta tan profunda que su poema más célebre, el “Idilio salvaje”, exhibe trazos en los que se adivina nuestro semidesértico paisaje: “Mira el paisaje: inmensidad abajo, / inmensidad, inmensidad arriba…”. Como refuerzo de lo antedicho, les convidé “Una estepa del Nazas”, soneto en el que desde el título se hace explícito el entorno inspirador, el nombre del río que fue útero de La Laguna: “¡Ni un verdecido alcor, ni una pradera! / Tan sólo miro, de mi vista enfrente, / la llanura sin fin, seca y ardiente / donde jamás reinó la primavera…”.

Llegué así a un poema cuyo tema me queda lejos, pues se refiere a la relación establecida por un trabajador de campo con su perro. Digo que me queda lejos porque jamás tuve ni tendré perros, pero no es necesario haber experimentado tal vinculación para sentir la fuerza y la verdad de este soneto hermoso y perfecto: “No temas, mi señor: estoy alerta / mientras tú de la tierra te desligas / y con el sueño tu dolor mitigas, / dejando el alma a la esperanza abierta. // Vendrá la aurora y te diré: Despierta, / huyeron ya las sombras enemigas. / Soy compañero fiel de tus fatigas / y celoso guardián junto a tu puerta. // Te avisaré del rondador nocturno, / del amigo traidor, del lobo fiero / que siempre anhelan encontrarte inerme. // Y si llega con paso taciturno la muerte, / con mi aullido lastimero / también te avisaré... ¡Descansa y duerme!”.

miércoles, junio 14, 2023

Calor, agua y electricidad


 







Este calor infernal (el adjetivo “infernal” no es aquí un ornamento literario) ha desbordado el ya de por sí grave problema lagunero de la escasez de agua. Por el calentamiento global, la casualidad, el monstruoso azar, la ineptitud de las autoridades o la razón que sea, esta temporada de calor ha alcanzado registros no sólo extremos, sino sostenidos, de varios días consecutivos en las proximidades de los cuarenta grados o poco más. Es una probadita, el prenuncio del futuro que nos aguarda casi sin remedio.

Frente a este escenario es inevitable revalorar dos bienes a los que sólo les prestamos atención cuando nos los cortan por demora de pago: el agua y la energía eléctrica. Cierto que siempre son necesarios, cierto que no podemos prescindir de ellos, pero en estos lapsos de calidez diabólica pueden ser considerados de vida y de cuasimuerte, derechos realmente humanos.

La razón es simple: independientemente de la posición social y económica (aunque, como siempre, las clases altas pueden sortear los problemas con mayor facilidad, por ejemplo abriendo espacio a tinacos de almacenamiento tamaño piscina), la falta de agua y de electricidad lleva al colapso de la vida, de ahí que las autoridades del Sideapa, Simas y la CFE en particular, y de la autoridad en su conjunto, deban trabajar para que en el futuro la torridez no nos tome desprevenidos.

Sin agua y sin electricidad, reitero, la vida bordea los límites de la resistencia. Es una tragedia que desgarra minuto tras minuto y transforma los actos más simples de la cotidianidad, como dormir o ducharse, en desafíos traumáticos.

Por un lado, la CFE debe estar atenta con sus cuadrillas para la reparación, cuando truenen, de transformadores. Por otro, Simas y Sideapa no pueden argumentar que hay poca agua por el alto consumo de temporada, pues lo mismo sucede en invierno: hay poca agua.

Estamos pues frente a una contingencia, la del calor extremo y el problema en el suministro seguro de agua y de electricidad. Creo que hay tiempo todavía para tomar recaudos y evitar que en el futuro todo esto nos coloque en el colapso que hoy, lastimosamente, estamos rozando. La disposición de agua y de electricidad, insisto, son derechos humanos. Ni más ni menos.

sábado, octubre 15, 2022

Enésima mirada al periférico


 







Hubo un tiempo en el que el periférico de la comarca lagunera sí le hacía honor a su etimología: “peri”, alrededor, y “phero”, llevar, conducir: lo que lleva o conduce en este caso por el exterior. Cuando fue planeado, en efecto, rodeaba o envolvía a Ciudad Lerdo, Gómez Palacio y Torreón, pero a medida que pasaron los años esta vía terminó siendo desbordada, puesta en crisis por el enorme flujo de vehículos que a diario la recorren. En el camino ha visto remozamientos, apertura de derivaciones, elevación de jorobas y demás, pero en realidad todo esto ha servido como mero paliativo ante el brutal ir y venir no sólo de vehículos con placas de la localidad, sino también foráneos, sobre todo de carga pesada.

Modestia al margen, creo que nadie ha escrito más que yo sobre el periférico. Durante muchos años, cada vez que me tocaba la mala suerte de recorrerlo por cualquier razón, en mi fuero íntimo latía la necesidad de publicar algo, lo que fuera, sobre ese paso de la muerte. Así lo hice, y hasta la fecha ya van seis o siete apuntes sobre el tema, al que ahora se suma éste. Conste que antes mi necesidad de transitar este pasaje era esporádica, pero desde hace varios meses, debido a un cambio de domicilio, se volvió parte de mi rutina. Hoy, cinco veces a la semana lo recorro de ida y vuelta, así que con demasiada frecuencia confirmo mis observaciones del pasado: pobres de los ciudadanos que a diario se juegan el pellejo en esa —como las denominan en el argot burocrático— “vialidad”.

El colapso del periférico se debe, claro, a que ya quedó chico ante el torrente de vehículos que día tras día lo invaden desde los cuatro puntos cardinales. Tiene, como sabemos, dos vías “rápidas”, una de ida y otra de vuelta, de norponiente a suroriente del mapa conurbado. Cada una cuenta con dos carriles, un vado y otros dos carriles laterales. Pero esto es un decir, por supuesto, ya que, como “El chorrito” de Cri-Cri, se hace grande y se hace chico en las diferentes zonas de su extensión. Dos carriles de ida y dos de vuelta equivalen a muy poco frente a tanto tráfico, de ahí que en sus horas pico el avance de vehículos se dé casi a paso de ser humano.

Pero no son, creo, el número de carriles ni la amplitud de cada uno los únicos problemas de esa ruta. En realidad, se trata de un problema complejo, un desafío para la movilidad urbana. En mi práctica de campo como resignado conductor, en mi experiencia in situ, he tratado de entender lo que allí sucede, y es demasiado. Uno de los problemas allí visibles y obvios es, por su diseño original, la falta de más carriles, pero también el alto flujo de unidades que ingresa a la autopista en varios puntos. En la joroba conocida como “El campesino” hay un tapón enorme, casi imposible de disolver en horas conflictivas. Al lado del supermercado Aurrerá, apenas un poco adelante del antiguo DVR, no hay forma civilizada de salir a la lateral o entrar al periférico, y todo tiene que hacerse allí a bayoneta calada, con agallas y habilidad.

El caos, como sabemos, produce choques, y los choques, que a diario ocurren, paralizan o ralentizan el flujo. A esto se suman las malas condiciones de muchos vehículos, que con frecuencia se descomponen a medio camino y obturan un carril, lo que colapsa todo principalmente en horas pico. En resumen, ese periférico no está para manitas de gato, sino para medidas de veras sustanciales. He pensado que quizá podrían añadirle un carril en ciertos puntos, pero no me atrevo a proponer nada. Es, como ya dije, un tramo complejísimo de la región y por ello amerita especialistas. Pero especialistas que busquen una solución profunda, no maquillaje, como siempre.

miércoles, junio 29, 2022

Permanencia de José Santos Valdés

 











Uno de los pocos réditos que tiene el trabajo intelectual es el del reconocimiento póstumo. Quien se esfuerza por reflexionar, por criticar, por escribir y educar generalmente debe cuidar ciertas maneras de la privacidad que le permitan trabajar con las ideas. Esto, en vida, lo aleja del ruido (que solemos adjetivar “mundanal”) y lo margina de la visibilidad social. Sus logros se materializan en libros, artículos, columnas, conferencias y demás, obra toda que da la cara al mundo y, si es sólida, permanece en el tiempo y a veces recibe gratitud tras la muerte de su hacedor, como es el caso del profesor José Santos Valdés, hombre que a su arduo trabajo de escritura añadió una labor magisterial de altísima valía.

Nacido en Matamoros de La Laguna, Coahuila, en 1905, el profesor Santos Valdés ha tenido en la región lagunera varios reconocimientos, todos ellos merecidos, como las estatuas ubicadas en la entrada de su ciudad natal y la calzada Colón de Torreón, además de una escuela primara que lleva su nombre y está en la colonia Nueva Los Ángeles, también de Torreón. Fue, como sabemos, un infatigable organizador de la educación pública en nuestro país y un colaborador permanente de periódicos y revistas. Su bibliografía es también copiosa, tanto que resulta asombroso cómo pudo conciliar sus tareas de educador y de escritor.

Pues bien, este ilustre lagunero, uno de los pocos verdaderos próceres que tenemos, fue mancillado por un alcalde que propuso cambiar el nombre del bulevar Santos Valdés por el del actual gobernador duranguense, José Rosas Aispuru. Confío sin embargo en que la iniciativa lamebotas de Homero Martínez, presidente municipal de Ciudad Lerdo, y la inveracunda aceptación del gobernador serán demolidas. Todo es cuestión de esperar a que estos sujetos, cuyo único mérito es tener hoy poder político, lo pierdan al dejar sus cargos para que la ciudadanía organizada y combativa, inspirada precisamente por el legado de Santos Valdés, pulverice el agravio.

Otro alcalde y otro cabildo seguro entenderán que esto ha sido un disparate promovido por hombrecillos trepadores. Así que soy optimista: el bulevar volverá a llevar su nombre original.


sábado, agosto 28, 2021

Impaciente punto final

 






De Augusto Monterroso hay un texto previsiblemente breve titulado “La brevedad”. Lo tengo a la mano, para desahogar este apunte, en un libro homónimo de los que cada año publica y distribuye, en ediciones no venales, la Asociación Nacional del Libro en tándem con la SEP. En realidad es una selección apretada de textos cortos en este caso útil para dar una idea rápida sobre el autor de origen centroamericano. Dado que el texto aludido es pequeño, lo comparto casi entero: “Con frecuencia escucho elogiar la brevedad y, provisionalmente, yo mismo me siento feliz cuando oigo repetir que lo bueno, si breve, dos veces bueno. (…) Lo cierto es que el escritor de brevedades nada anhela más en el mundo que escribir interminablemente largos textos, largos textos en los que la imaginación no tenga que trabajar, en que hechos, cosas, animales y hombres se crucen, se busquen o se huyan, vivan, convivan, se amen o derramen libremente la sangre sin sujeción al punto y coma, al punto. A ese punto que en este instante me ha sido impuesto por algo más fuerte que yo, que respeto y que odio”.

En otro lugar del mismo librito, Monterroso apunta: “… me aterroriza la idea de que la tontería acecha siempre a cualquier autor después de cuatro páginas”. Suponer riesgo de necedad en tan poco texto, cuatro páginas, es a todas luces una hipérbole, aunque en efecto sea cierto que a medida que se extiende la exposición de una idea aumenta la posibilidad de que asome su oreja la peligrosa “tontería”. Esto, a veces difícil de apreciar en la escritura de los profesionales, puede notarse con plena desnudez en la de los amateurs, como en el caso de los ensayos estudiantiles obligatorios. Cuando el profe decide encargar un trabajo de ocho cuartillas, a la segunda ya se nota el gemido, el ripio, la falta de ideas y el consiguiente alargamiento del tema en el vacío, y a veces, por qué no, el olor a plagio, todo por fijar la meta en extensiones a las que el redactor novato sólo podrá llegar a rastras, si es que llega.

En una de las conferencias —creo que la primera— de Piglia sobre Borges disponibles en YouTube, el autor de Plata quemada observa que el creador de “El Aleph” jamás escribió algo de más de diez cuartillas. Esto no es tan cierto, pues así, de golpe, basta recordar los ensayos dedicados al Martín Fierro y a Lugones, que sin ser muy largos, están muy por encima de las diez cuartillas. Ahora bien, salvo esos casos aislados, al recordar a Borges como totalidad (e igualmente a Schwob, a Torri, a Arreola, a Monterroso…) uno tiene en efecto la impresión de que toda su obra está armada con fragmentos, con recortes, con chispazos de realidad y fantasía, pero, al mismo tiempo, le percibe una apretada unidad, la compacidad de un todo firme y continuo, sin grietas.

La veneración del largo aliento tuvo su clímax en el siglo XIX, sobre todo con los novelistas. La avidez lectora del público estimuló la escritura de largas historias, de dilatados episodios nacionales que remacharon la noción rotunda de que el escritor digno de atención es sólo aquel que construye catedrales narrativas, inmensos conglomerados de acciones y de personajes. Poco campo quedó en esa noción para los escritores de brevedades, para aquellos que, como Monterroso, toman la pluma, comienzan a escribir y de inmediato se ven acosados por el impaciente punto final.

En el siglo XX esto cambió, y hoy cada vez son más los escritores que, si no tienen inclinación por la arquitectura de una obra catedralicia, proponen textos de menor envergadura aunque no necesariamente de poco filo, sino piezas concentradas en malicia y pulcritud estilística. De hecho, tengo para mí que el escritor en cierne nota de inmediato que lo suyo no es acumular cuartilla tras cuartilla, sino verse ceñido, constreñido, al espacio de una sola y dejar allí, si la fortuna le sonríe, una travesura literaria. Así pues, por respeto al lector, al tiempo del lector, es preferible que el escritor de brevedades, como Monterroso, nos confiese la inexorabilidad de su corto aliento, su impotencia ante el punto final, a que sienta el tonto imperativo de urdir obras inmensas en las que la vacuidad no tiene más remedio que nacer y multiplicarse.

miércoles, agosto 18, 2021

Confluencia inexorable

 











El 13 de agosto de 1521, hace 500 años, es marcado en los calendarios como el de la Caída de México-Tenochtitlan. Bien sabemos que en los extremos del debate sobre este acontecimiento se encuentran quienes sostienen que se trató de un atropello europeo, particularmente español, en tierra hoy mexicana, y, en la otra orilla de la discordia, quienes arguyen que con el triunfo de Cortés y sus aliados llegó la civilización a este bárbaro pedazo del planeta. No voy a sumarme ni siquiera un poco a la defensa de una posición o de otra, pues, como sucede con toda polémica de este tipo, es decir, jalada hacia los polos del blanco o del negro, en medio tiene grises que tal vez puedan ayudar a comprender mejor aquel convulso pasado.

Para comenzar, la llegada de los europeos a México-Tenochtitlan era, desde el 12 de octubre de 1492, un hecho inexorable. Desde que Colón avistó Guanahaní comenzó el choque entre las culturas americanas y las culturas europeas. Nótese que digo “culturas”, en plural, y no “cultura”, como suele decirse, pues es evidente que no podemos pensar en civilizaciones uniformes puestas en conflicto, sino en una diversidad amplia y compleja de grados de desarrollo y más aún de personalidades individuales. Así como no todos los europeos que llegaron a (lo que después sería llamada) América no eran idénticos en términos de profesión, región, lengua, temperamento y ambición, igual los indígenas: no eran lo mismo las muy elementales tribus que habitaban el Caribe comparadas con las comunidades verdaderamente desarrolladas de Mesoamérica, la península de Yucatán o el imperio inca. Como en Europa, había de todo por acá.

Y de todo también en términos de personalidad individual. En todos lados ha habido, hay y habrá sujetos ambiciosos y despiadados como Nuño de Guzmán, pero también, afortunadamente, individuos como fray Bernardino de Sahagún. Esto significa que no todo lo que llegó de Europa fue espada fuera de su vaina, ni todo lo que había por acá era indígena de buen corazón. La realidad, por diversa, ofrecía tipos humanos de muy distintas condiciones, de ahí que no sea viable proceder, al vislumbrar el pasado, con un rasero maniqueo.

Hace 500 años, ni en México-Tenochtitlan ni en ninguna parte del planeta se procedía con demasiada diplomacia cuando de conquistar se trataba. Las guerras y la destrucción del otro eran la norma, y todavía hoy, con la ONU y muchas otras organizaciones internacionales en primera fila, la guerra se enseñorea como factor de cambio político. Los europeos, los españoles que llegaron a Veracruz en 1519 tenían pues en la cabeza explícitos planes de conquista. La guerra era inevitable o inexorable, como ya dije arriba, así que pensar que debían pensar como nosotros es un anacronismo. El capitán de las huestes españolas, Hernán Cortés, supo sacar provecho de la rivalidad entre los mexicas y los pueblos aledaños a México-Tenochtitlan, y con una táctica de alianzas, obra maestra de la ingeniería política, hirió relativamente rápido el corazón del imperio azteca.

A diferencia de otros proyectos de conquista, por lo general arrasadores, el de Cortés tuvo como dinamo, gracias a él, un propósito de mestizaje. No sin traumatismos, y la prueba de que aquello funcionó somos nosotros, los actuales mexicanos heredamos mayoritariamente, dicho en trazo grueso, dos culturas. La historia oficial nos ha machacado sistemáticamente que debemos rechazar el flanco hispánico, pero esa es una aspiración imposible de consumar, es decir, no podemos evitar la porción de sangre española en nuestras venas, sangre que es sinécdoque de todo lo español que no podemos extirpar. Tampoco podemos negar, sería una necedad, toda la riqueza de lo indígena que recibimos, acaso el componente que más nos singulariza hoy como nación.

Ante la legión de defensores y detractores de la conquista —una polémica ideal para guerrear en las redes sociales—, creo que lo mejor es asumir una postura reflexiva que trate de indagar en el pasado con menos acaloramiento y más serenidad, como de hecho ocurre en las aproximaciones a la figura de Cortés emprendidas por el francés Christian Duverger en Hernán Cortés. La espada (Taurus, México, 2019, 509 pp.) y en el ya clásico Hernán Cortés (FCE, México, 2021, 775 pp.) de nuestro José Luis Martínez, obras monumentales que con documentos en la mano plantean/replantean que en la conquista hubo más, mucho más que buenos y malos.

Por último, y aunque no sea necesario expresarlo, desde hace mucho estoy bien instalado en mi condición de mestizo, en mi ser indígena-español al mismo tiempo. Mal haría si no, pues, aunque la negara, tal confluencia estaría en mí definitiva, inexorablemente, así que creo es mejor asumirla y comprenderla.

sábado, agosto 14, 2021

Edwards y el Poeta gregario

 















En la página 121 de Adiós, Poeta… (Tusquets, México, 1990, 323 pp.), memorias de Jorge Edwards (Santiago de Chile, 1941), hay una opinión sobre Neruda que, como tantas otras en aquel libro, llamó —disculpen el manoseado adverbio— poderosamente mi atención. Debo citar en largo: “[Neruda] Se había declarado alguna vez ‘poeta casamentero’, y al respecto había dado pruebas, pero era, más allá de eso, una persona aficionada a relacionar a gente, a crear grupos y convivir intensamente con ellos. De pronto se replegaba, se aislaba, y ahí se producía lo mejor de su reflexión y de su creación poética, pero, cuando salía de su intimidad creativa, siempre misteriosa para los otros, se convertía, como ya lo he dicho antes, en una de las personas más gregarias que he conocido. Su paso de la soledad a la sociabilidad era, creo, uno de los mayores enigmas, y es el enigma fascinante de todos los verdaderos poetas: la poesía transcurría por una vertiente y la vida cotidiana por otra (…) Si tenía un grupo de personas, grupo grande y cambiante, en Chile, grupo que adaptaba matices diferentes en Valparaíso, en Santiago, en Isla Negra, también lo tenía en París, y supongo que lo tuvo en México, en Roma, en Budapest, en Moscú”.

Leí este título de Edwards porque es un autor latinoamericano al que sólo conocía por los buenos cuentos de Las máscaras (1967) y, como vive aún y recién acaba de cumplir noventa años, quise conocerlo mejor. Elegí para lograrlo Adiós, Poeta…, una memoria en la que ciertamente somos testigos del recorrido vital de Edwards hasta 1990, pero que en todo momento pespuntea hacia los muchos encuentros que como amigo, colega escritor y compañero de la diplomacia chilena tuvo con el autor de Canto general.

De entrada, es completamente entendible que quien sea que se haya codeado con un genio, y Neruda lo era, sienta en algún momento el impulso de contar su vida en relación con el personaje legendario. Es un poco o un mucho algo aproximado a lo que ocurrió con Eckermann y sus Conversaciones con Goethe, o con Boswell y su Vida de Samuel Johnson. Es difícil aguantar la comezón de mostrar con la escritura que se ha estado junto a una cumbre, como acercarse al Everest y sentirse urgido por contarlo.

El Edwards que miramos en Adiós, Poeta… es esencialmente un escritor que incurre, como muchos de su generación, en la carrera diplomática en función, él lo dice, del cosmopolitismo que supone, además de una forma de subsistir. Describe sus orientaciones literarias iniciales, los beligerantes grupos que configuraban el mundillo de las letras en Santiago, la rivalidad entre huidobristas (por Vicente Huidobro), de rokhistas (por Pablo de Rokha) y de nerudianos, y deja ver sobre todo los encendidos debates entre los escritores artepuristas y los comprometidos, disyuntiva otrora básica para figurar o no a tal o cual barricada. Nos describe, por supuesto, su posición más bien de centro, por no decir socialdemócrata y tendiente a la derecha, frente a las posturas radicales, estalinistas, del Neruda que conoció en los cincuenta. Es sin duda una buena memoria en función del propio autor, del Poeta (como Edwards alude a Neruda y justifica la mayúscula del título) y de un alud de escritores y demás artistas, entre ellos algunos mexicanos como Fuentes y Rulfo, conocidos por Edwards en muchas partes del mundo, sobre todo en Francia y Chile.

Vuelvo a la larga cita desplegada líneas antes porque pensé que destacar la habilidad de Neruda para formar grupos y grupúsculos, para socializar en largas jornadas de vino y whisky, es una pericia de la cual carece la mayor parte de los escritores. En general, lo digo por mí y por muchos homólogos que conozco, organizar fiestas, articular una vida social más o menos frecuente y concurrida no embona con la vida literaria. Al contrario, los escritores, muchos escritores, suelen hacer vida social siempre con algo de culpa y buena parte de las veces con magra satisfacción, pues la teoría de que se lee y se escribe en terca soledad no es tan errada, y tal soledad deviene hábito, manera de vivir. Por eso me asombró lo que dice Edwards: que Neruda se aislaba, escribía maravillas y al salir de su covacha era el alma de las fiestas. Apenas puedo creerlo.


miércoles, agosto 11, 2021

Doce nuevas

 














La crónica deportiva, como casi todo, se alimenta de la novedad, y es insaciable. Además de fluidez y a veces buen timbre de voz (grave para el beisbol, agudo para el futbol, sereno para la tauromaquia…), los relatores deben hacerse notar por su creatividad a la hora de acuñar palabras o frases con llegada al gran público, lo que a la larga muta a santo y seña del personaje que fragua y populariza las mejores. Así como Ángel Fernández, el todavía no superado cronista deportivo mexicano, amonedaba frases que quedaron retenidos en la memoria de quienes ahora tenemos cincuenta o más años, los más famosos aún activos tienen cada uno la suyas: Enrique Bermúdez: “Tirititito nada más”, “donde las arañas hacen su nido” o “la danza del área”; Christian Martinolli: “La terminó perdiendo” (terminó perdiéndola), “de qué te vas a disfrazar”, “¡ah, no, bueno!” Gustavo Mendoza: “De pechito, papá”. Son marcas personales, distintivos que los peculiarizan en el océano de la crónica deportiva.

Hay palabras o frases, sin embargo, que un buen día aparecen en algún relato y poco a poco son compartidas por todos. Las que vienen configuran apenas una breve lista entre las que he pescado en la crónica de los años recientes. Compruebo que no son palabras y frases de la vieja guardia porque jamás las usaron Ángel Fernández, Fernando Luengas, Gerardo Peña, José Ramón Fernández o incluso Emilio Fernando Alonso, que sigue activo pero podemos considerarlo de una etapa más o menos lejana.

Buen pie. Tienen “buen pie” los jugadores que tocan bien, que saben dar pases atinados, disparar bien hacia la portería, golpear de tres dedos. En teoría todos los futbolistas, dado que el futbol es esencialmente pedestre en el sentido anatómico del término, deberían tener buen pie, pero ya sabemos que hay Picapiedras inhabilitados para dar correctamente un pase de tres metros.

Como dios. Esta frase cuasiteológica es cada vez más frecuente en la crónica. Creo que quien más la emplea es Luis García. Se usa cuando un jugador resuelve algo de manera impecable: un remate de cabeza con el giro exacto de cuello, un chanflazo al ángulo, el control dirigido de un cambio largo de juego, son ejecuciones perfectas, realizadas “como dios”.

Convertir. Antes se anotaban, se metían o se hacían goles (“Fulano sabe hacer goles”, dice Orvañanos). Hoy también, cuando alguien anota, “convierte”. Creo que se trata de un préstamo de la relatoría argentina. De hecho, llamar “relator” al cronista de futbol también es un empréstito de allá.

Cortar circuitos. Se refiere a impedir que un equipo conecte sus líneas, es decir, que la defensa pase bien el balón a la media y ésta a la delantera, lo que frustra el arribo a la meta enemiga.

De una. Frase ya aclimatada en buena parte de nuestra crónica. Es tomar una decisión sin titubear, como viene, como cuando se ejecuta un remate de botepronto o un pase de primera intención.

Descargar. Cuando un jugador tiene el balón y los rivales le cierran las salidas, ahora ya no da un pase de apoyo a su compañero, sino que “descarga”, se quita la pelota de encima y permitir que su equipo siga con el control de la jugada.

Espejear. Como bien se sabe, el futbol es un deporte en el que se necesita mirada periférica, ya que los rivales pueden aparecer en cualquiera de los 360 grados de la realidad; por ello se ha puesto de moda esta metáfora automotriz: así como “espejeamos” al conducir un auto o una moto, el jugador debe mirar hacia los costados, y si se puede también hacia atrás, para saber si le conviene o no correr, detenerse, saltar, fintar o deshacerse del balón. Un jugador que sabe espejear, se supone, anticipa, a veces por milésimas de segundo, las acciones del rival.

Futbol champagne. Frase cliché del Kikín Fonseca. Significa futbol elegante, muy técnico y vistoso, precisamente lo contrario al futbol que jugó el Kikín Fonseca.

Gesto técnico. Se trata de una jugada en la que el futbolista deja ver gran dominio, finura, control y rapidez, todo al mismo tiempo. Como matar de pecho un balón, rematar de escorpión, hacer un pase de “inglesa” o una “elástica” que deje frito al enemigo.

Recambio. No entiendo bien su uso. Los narradores y los comentaristas suelen habilitar esta palabra que, a mi parecer, no añade nada a “cambio”. Dado el prefijo reiterativo “re”, da la impresión de que un cambio volvió a ser cambiado, pero en el futbol esto no puede ocurrir. Podemos afirmar que “cambiaron” al que entró de cambio, no que lo “recambiaron”. Para que lo “recambien” tendría que haber entrado de cambio un par de veces, y esto es imposible.

Revulsivo. El DRAE señala: “Dicho de una persona o cosa: Que provoca una reacción brusca, generalmente con efectos beneficiosos”. Se trata pues de los cambios que sí funcionan, tanto de estrategia como, principalmente, de jugadores. Quien más la usa es Hugo Sánchez, siempre con acento madrileño.

Vacunar. Es anotar gol. Creo que también es un préstamo de la crónica sudamericana. En este caso se anticipó a la omnipresencia de tal verbo en el contexto de la pandemia.


lunes, agosto 09, 2021

Algunas respuestas sobre el microrrelato

 
















Hoy cumpliría 94 años mi amigo y maestro David Lagmanovich (Huinca Renancó, Córdoba, Argentina, 1927-San Miguel de Tucumán, Argentina, 2010). Para recordarlo subo al blog una reseña de 2005 publicada originalmente en el ejemplar 29 de Espéculo, revista electrónica de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid. Veo que esta publicación, coordinada por el doctor Joaquín María Aguirre, llegó hasta el número 48 (julio-octubre de 2011). Durante algunos años David y muchos académicos, a los que me sumé tímidamente con algunas reseñas, aparecimos en aquel espacio, que a mi juicio era muy bueno. Ya no supe qué pasó, por qué dejaron de circular nuevos ejemplares, aunque el contenido de 48 números (1995-2011) sigue en línea aquí. Colaboré, como dije, en algunos ejemplares; en uno de ellos, con la reseñita que acá reitero como recuerdo de David en su onomástico.

Algunas respuestas sobre el microrrelato

Jaime Muñoz Vargas

La emergencia reciente de un espécimen literario conocido indistintamente como microrrelato, cuento en miniatura, casicuento, minificción, brevísimo o minicuento, ha dado ya significativo pábulo a una reflexión crítica para tratar de asirlo. Como en casi todos los casos, se ha pasado de la práctica a la explicación, de la escritura de esas piezas narrativas al examen que permita entender su evolución y sus características. Aunque todavía escaso, el escudriñamiento de estos alfileres prosísticos ha comenzado ya a ofrecer resultados y no es arriesgado pensar que pronto hablaremos de este género (¿subgénero?) sin la sensación de andar sobre terreno movedizo.

David Lagmanovich, poeta y ensayista argentino, maestro en la Universidad de Tucumán y en varias de los Estados Unidos y Alemania, ha dado un paso importante en la clarificación de este asunto con Microrrelatos, un acercamiento crítico donde las micronarraciones ocupan el centro de su atención en tanto frutos que ya abundan por racimos pero que todavía no han sido suficientemente pasados por la lupa.

Acaso sea “El dinosaurio” de Monterroso la pieza emblemática de este género. Ninguna como ésta ha conseguido una cantidad mayor de lecturas y paráfrasis. Pero es apenas un caso entre miles, como lo demuestra Lagmanovich. Tan grande ha sido la producción de microrrelatos en Latinoamérica que ahora es un imperativo construir el aparato crítico que dé cuenta de su historia, sus rasgos específicos, sus máximos representantes y la bibliografía disponible para leerlo y para explorarlo con mirada crítica.

En México son pocos los que han detenido su mirada en el microrrelato; puede decirse que es Lauro Zavala el crítico que más énfasis ha puesto en su recolección y en su estudio. De allí la importancia que implica ventilar las opiniones de un minucioso observador del fenómeno como lo es David Lagmanovich; sus comentarios pueden ayudarnos a incorporar nuevas nociones en torno a un género cada vez más fecundado por los escritores de nuestras literaturas.

El crítico argentino plantea de entrada que la indiferencia ante el microrrelato se ha basado, entre otras razones, en “la persistencia de viejos hábitos de lectura —la idea, por ejemplo, de que el objeto ‘libro’ debe impresionarnos por su volumen— [lo cual] impedía, en muchos lectores y críticos, que se prestara demasiada atención a ese fenómeno”. Pero ante la exuberancia casi tímida del microrrelato tal indiferencia no podía durar, y eso es precisamente lo que Lagmanovich muestra con su indagación: que estos diminutos tejidos narrativos son ya tan abundantes que posponer su consideración evidenciaría, cuando menos, la demora de los espeleólogos literarios.

El argentino expone que los embriones de la brevedad podemos encontrarlos en buena parte de la estética decimonónica. Aunque a la literatura llega un tanto después, el deseo de evitar excesos y redundancias se incorpora gradualmente a las artes; así en Debussy y su rechazo a la extensión de los dramas líricos wagnerianos o, en el plano de la escultura, la belleza conceptual y simbólica de Constantin Brancusi. De la torrencial búsqueda en la forma se pasa poco a poco al despojamiento de todo aquello que empiece a parecer desmesura, ripio.

En fin, todo esto confluye en uno de los más poderosos asertos teóricos del arte del siglo XX: la maravillosamente adecuada aseveración, compartida por Walter Gropius, Mies van der Rohe y otros teóricos del grupo de la Bauhaus (1919-1933) que se expresa en estas tres palabras: “Menos es más”.

Con esa nueva estética sobre la mesa, los narradores, como los demás artistas de la palabra, tenían dos caminos polares: el primero, insistir en la redundancia con claras tendencias barrocas —lo cual, con Carpentier y Del Paso, no me parece ilegítimo— y, el segundo, edificar obras donde sean abolidos los excesos, las tautologías, los agregados ornamentales, donde lo menos tienda a ser más. Por supuesto ninguna de las dos rutas ha sido anulada, pero sí es evidente que la segunda comenzó a gozar de más adeptos que han optado por la mesura y la ultracondensación.

Microrrelatos es un libro dividido en cinco partes, todas ellas allanadoras del camino que nos guía al entendimiento pleno de la narración brevísima. “Márgenes de la narración: el microrrelato hispanoamericano”, sondea los orígenes de esta forma de ficción en nuestra América y cita ejemplos representativos; “Hacia una teoría del microrrelato hispanoamericano” ubica y separa las características del micro en relación con otras formas de expresión narrativa; “Sobre el microrrelato en argentina” y “Para un censo de microrrelatos argentinos” da cuenta de lo que ha sucedido con el género en la historia literaria de aquel país millonario de narraciones, y “Marco Denevi y sus Falsificaciones” recorre el quehacer clave como microficcionista de quien escribió El amor es un pájaro rebelde.

Libro de importancia capital para quienes se dedican a la práctica y a la teoría del cuento brevísimo, Microrrelatos, ensayo del argentino David Lagmanovich, contiene además numerosas piezas narrativas (el género muy bien lo permite) que sirven de ejemplo a cada afirmación, por lo cual su utilidad es doble y deja ver que la escritura de microrrelatos llegó a nosotros para no irse nunca más, como lo puede testimoniar esta perla inolvidable de la argentina Ana María Shua (tomada de La sueñera) y que no resisto la tentación de re-citar:

¡Arriad el foque!, ordena el capitán. ¡Arriad el foque!, repite el segundo. ¡Orzad a estribor!, grita el capitán. ¡Orzad a estribor!, repite el segundo. ¡Cuidado con el bauprés!, grita el capitán. ¡El bauprés!, repite el segundo. ¡Abatid el palo de mesana!, grita el capitán. ¡El palo de mesana!, repite el segundo. Entretanto, la tormenta arrecia y los marineros corremos de un lado a otro de la cubierta, desconcertados. Si no encontramos pronto un diccionario, nos vamos a pique sin remedio.

Microrrelatos, David Lagmanovich, Cuadernos de Norte y Sur, Tucumán, 2004, 153 pp.


miércoles, junio 30, 2021

Presentación a (y de) Tulitas

 











Hoy en la noche, en la Casa del Cerro, será presentada la tercera edición de Tulitas de Torreón traducida por Fernando Fabio Sánchez (Torreón, 1973). Gerardo García y yo acompañaremos al traductor, quien es también escritor, maestro y columnista de prensa. Participé dentro de este libro como editor y como escritor en un par de páginas. Un fragmento de lo que contiene está aquí: 

Entre los documentos privados, íntimos, que mejor testimonian el nacimiento de Torreón como ciudad destaca, sin duda, Tulitas of Torreon. Reminiscences of Life in Mexico, publicado en 1969 en El Paso, Texas. Tal vez no fue Fernando Fabio Sánchez el primer torreonense que tuvo en sus manos ese libro, pero sí, esto es seguro, el primero que se impuso la tarea de divulgarlo, lo que empezó por el desinteresado acto de trasladarlo a nuestra lengua. El traductor describe en su prólogo la circunstancia que lo puso frente al libro y lo que vino luego: el lento trasiego de un idioma a otro.

Lo que no cuenta es que pocos años después, en 2000, con escasos recursos y ya lejos de La Laguna, emprendió la edición y la impresión de estas reminiscencias para que nosotros tuviéramos la oportunidad de acceder al relato que alguna vez le hiciera Tulitas Jamieson a Evelyn Payne.

Lamentablemente, aquel fruto editorial no gozó de la circulación adecuada, y el libro deambuló poco en la región del Nazas. Llegó, sí, a varios lectores que atestiguamos con asombrada delectación el largo camino que debió recorrer la Casa del Cerro para contarnos sus historias inaugurales, las que tejió allí Tulitas Jamieson (hija de Federico Wulff) con sus padres y sus hermanos.

Casi quince años después de aquella primera edición en español preparada por Fernando Fabio Sánchez tuvimos a la mano la segunda en 2013, y hoy la tercera en 2019. La primera, bellamente editada pese a su austero acabado, fue revisada en la segunda edición por el autor y a ella le fue añadido un anexo fotográfico fundamental para complementar las excelencias del relato. Asimismo, la portada pasó de ser meramente tipográfica a icónica, y en ella luce una composición donde destaca la casona que hoy es uno de los emblemas torreonenses. Salvo en la portada y otros detalles menores, tercera edición respeta la publicación anterior.

¿Por qué esta nueva salida de Tulitas de Torreón. Reminiscencias de una vida en México? Creo que la mejor respuesta es también la más simple: porque es un libro entrañable, querible, sobre el pasado de nuestra ciudad visto desde el recuerdo y desde, como se dice ahora, la otredad. Unas cuatro o cinco décadas después de que Tulitas nació en Torreón y vivió en la Casa del Cerro, cuenta a Evelyn Payne, su hija, la andanza de la familia Wulff en nuestras tierras. Tulitas narra, Evelyn escribe, y gracias a ese volcamiento de la memoria nosotros asistimos no sólo al relato familiar, sino a la recreación de aquel pasado en el que Torreón era una ciudad recién nacida. El tono de la narración es, creo, una de sus virtudes más poderosas, pues de manera sencilla, sincera, coloquial, Tulitas articula su evocación sin presentir siquiera que alguna vez la estaremos leyendo en español.

Esto, ingresar al recuerdo de Tulitas en nuestra lengua, se lo debemos a Fernando Fabio Sánchez, quien luego de concluir sus estudios de comunicación en La Laguna emigró a los Estados Unidos, esto a mediados de los noventa. Allá estudió su maestría y su doctorado en letras, ambos en la prestigiada Universidad de Boulder, Colorado. Luego ha trabajado como maestro e investigador en dos universidades del oeste norteamericano (en Oregon y en California). A la par, sus libros han visto poco a poco la luz; ha publicado cuentos, poesía y ensayo. Destaca en su notable bibliografía el estudio monstruo titulado La luz y la guerra. El cine de la revolución mexicana, compuesto junto al también lagunero Gerardo García Muñoz; este libro es ya, desde su salida, un estudio canónico sobre el tema, y da cuenta por sí solo de la solvencia intelectual adquirida por dos estudiosos torreonenses. Un personaje protagónico de Tulitas de Torreón es, por supuesto, la Casa del Cerro que desde hace un siglo se erige como una de las presencias más visibles, por su señera ubicación, en el extremo poniente de la ciudad. Hoy, la Casa del Cerro es, como sabemos, un museo, y es dable pensar que el diálogo de Tulitas con Evelyn constituye también una especie de biografía sobre este recinto, uno de los patrimonios arquitectónicos más queridos por los laguneros. Avancemos ya, pues, sobre las páginas de este recuerdo. Que Tulitas de Torreón sea leído y comentado como lo merecían y como lo merecen, como lo merecerán siempre, nuestra querida Casa del Cerro y sus primeros inquilinos.

sábado, junio 26, 2021

Abolición del silencio

 










Alguien, en una entrevista, le preguntó a Alejandro Dolina que qué le gustaba más, si escribir o hablar por radio. No recuerdo textualmente su respuesta, pero aproximadamente dijo que ambas actividades le producían satisfacción; la diferencia sustancial radica en el tiempo de espera necesario para obtener, si es que llega, el reconocimiento: en el radio uno recibe casi inmediatamente la respuesta del público, mientras que en la escritura es imposible que el lector esté allí, junto al autor mientras escribe, listo para aplaudir cada que nace un buen párrafo. Escribir implica esperar con paciencia y silencio a que días, semanas, meses y a veces hasta años después llegue algún apapacho proveniente del lector. Este trabajo es entonces uno de los que implican más silencio, aislarse del ruido para pensar/entretejer palabras.

Lograr el silencio que asegure la concentración es hoy una de las mayores utopías del escritor. A menos que se aísle en una isla, valga el pleonasmo, por todos lados lo perseguirá la sombra del ruido, y a veces ni en el hogar dulce hogar podrá sacudirse el acoso de las estridencias. Tengo un amigo que vive, por ejemplo, en una situación desafiante para escribir: como radica en una colonia popular, todos los días a casi toda hora padece bocinas estereofónicas en el vecindario; expelen sin misericordia reguetones y piezas de banda sinaloense en el peor de los casos, y de José José o de Chente, en el mejor. Pese a esto, con paciencia tibetana, mi amigo sigue adelante, atrincherado en la resignación de saber que el ruido no se largará jamás con su música a otra parte.

Como él y no muy lejos, cada que tengo oportunidad de sentarme a escribir como Cervantes manda debo poner barricadas a la desconcentración, aunque sin éxito. El hecho de trabajar a solas y evitar hasta la música que me agrada no garantiza el silencio: los ruidos se confabulan y rompen a saco el enclaustramiento, de manera que uno debe aprender a escribir en medio del ajetreo sonoro. Ignoro, por esto, qué tanto he perdido en agudeza debido a las miles de horas de escritura perturbada, de silencio hecho trizas por ruidos de cumbias lejanas, de gritos en la calle, de notificaciones de celular, de sirenas de camión gasero, de motos con el escape abierto y karaokes despiadados durante las madrugadas de los fines de semana.

En el libro Lectura y catarsis (Juan Pablos-Ediciones sin Nombre, México, 2000, 78 pp.), ensayo de mi amigo Adolfo Castañón sobre George Steiner, cita del erudito francés unas palabras que ratifican la importancia del silencio en toda labor que tome en serio el imperativo de pensar: “¿En qué piensa usted? —le pregunta el diario francés Liberation y él responde—: En primer lugar en la extrema dificultad de pensar. En el sentido serio del término. En la necesidad de tener acceso, en este fin de siglo, a los silencios, a los espacios privados (…), los ejercicios de concentración y de abstracción de toda mundanidad que presupone, que exige, el auténtico acto de pensamiento. En el presupuesto de la contabilidad mental, nada se ha hecho tan costoso como el silencio. Nuestra condena es la del ruido constante, público, mediático, pero también el ruido en los rincones de nuestras moradas. La metrópolis moderna es un largo aullido —y muy pronto sobrevendrá la abolición del armisticio que era la noche, durante veinticuatro horas sobre veinticuatro”.

¿Cómo ganar terreno al ruido en un mundo que aturde?, ¿cómo pensar y escribir en una realidad que no cesa de retumbar a los costados? No sé. Por lo pronto, uno debe terminar por habituarse al ruido y proseguir a contracorriente, como comenté que prosigue mi amigo el de la colonia popular, quien reflexiona y escribe sobre Sor Juana apedreado por el atroz fondo musical de la banda Cuisillos o los detestables vibratos, si bien le va, de Luis Miguel.


miércoles, junio 23, 2021

Árboles ayer, bosques hoy

 











Hace veinte años, en 2001, Ediciones del Ermitaño, la Feria Internacional del Libro de Guadalajara y la compañía Adobe publicaron El libro y las nuevas tecnologías. Los editores ante el nuevo milenio, obra colectiva en la que un numeroso contingente de profesionales de la edición espigó planteos de cara al momento que se venía encima. Desde entonces a la fecha sigue viva la discusión sobre los cambios provocados por el universo de la comunicación digital, cambios fortuitos y en algunos casos imprevisibles. En 2001 se hablaba todavía, como novedad, del correo electrónico y de la superabundancia de información en la red, pero parecía que estábamos aún lejos del smatrphone, de Whatsapp y de las redes sociales como Facebook, Twitter, Instagram y Tik Tok. Era difícil anticiparlo, pero en el lustro que va de 2005 a 2010, y más recientemente en la década que abarca de 2010 a 2020, se han dado cambios mayúsculos en la forma de comunicarnos. Y más: de marzo de 2020 a marzo de 2021 acusamos, debido a la pandemia, un cambio radical en nuestra forma de interactuar, y descubrimos casi como revelación que en los quehaceres académicos e intelectuales era posible sobrevivir, nuevas tecnologías mediante, gracias al trabajo desde casa.

No voy a teorizar sobre la revolución digital ni nada que se le parezca; no tengo competencia para hacerlo y además hay mucho material en todos lados para seguir los hilos de ese debate. Lo único que haré será bordear algunas ideas que parten de mi experiencia de escritor, de editor y principalmente de lector, un lector radicado en la periferia cultural, en el centro-norte de México, específicamente en la Comarca Lagunera, región que, como sabemos, abarca dos porciones significativas de los estados de Coahuila y Durango, México.

Como mis coetáneos nacidos en los cincuenta y sesenta, llegué a la vida adulta pocos años antes de que comenzaran a zumbar en el ambiente las palabras Windows y Macintosh. Egresé de la carrera en 1986 y comencé a trabajar como escritor y periodista en un contexto donde sólo podíamos apoyarnos en soportes de papel. Escribía en máquinas de escribir mecánicas, llevaba personalmente mis cuartillas al diario o la revista, y veía publicados mis textos, con más pena que orgullo, en los medios concretos que tenía a mi alcance. En 1993 compré mi primera computadora, una Macintosh Classic II. La usé cinco años sin conexión de internet, así que me sirvió sólo para escribir, no para hacer todo lo que hoy hacen las computadoras. En aquel momento, a mediados de los noventa, no era infrecuente que a los escritores se les preguntara qué preferían: si la máquina de escribir mecánica o la computadora. Algunos todavía, los verdaderos románticos, y no por mucho tiempo ya, seguían apegados a las Remington o a las Olivetti.

En 1998 compré otra computadora, una Alaska de caja blanca, y en ella contraté por primera vez internet y tuve mi primer correo electrónico. Durante dos décadas yo había obtenido información sólo en papeles, en libros, periódicos y revistas. Por mi trabajo sentía el imperativo de conseguir todo lo que fuera posible, acumular papel como un castor acumula madera. No había nacido en una familia con biblioteca, así que la fui armando desde cero. Cuando comencé a editar más o menos en serio, en 1990, me convertí en adicto a las revistas y a los suplementos culturales. Semana tras semana, mes tras mes, compraba las siguientes publicaciones: las revistas Plural (1971), Vuelta (1976) y Nexos (1978), y los fines de semana varios periódicos de la capital para extraer de ellos los suplementos: Unomásuno (1977) por el suplemento Sábado (1977); La Jornada (1984) por La Jornada Semanal (1984); Novedades por El Semanario; Excélsior (1917) por El Búho (1985); Reforma (1993) por El Ángel (1993) y El País (1976) por Babelia (1991). Estos espacios, más los libros que conseguía básicamente en las tres o cuatro librerías de Torreón, constituyeron mis lecturas de aquellos años. Hoy, creo que los suplementos más llamativos son Confabulario de El Universal (1916) y Laberinto de Milenio (2000), pero sospecho que sin la influencia de los suplementos de hace veinte años.

Sin saberlo, fui uno de los últimos y asiduos consumidores de papeles de ese tipo en un siglo en el que se vivió el boom de las revistas y los suplementos culturales encartados en los diarios. Poco a poco supe que estas publicaciones se convirtieron en obsesión de los artistas, sobre todo de los escritores y los intelectuales, pues, al margen del libro, los espacios periódicos servían para desahogar asuntos y preocupaciones coyunturales, posturas políticas o producción literaria en marcha. Por mencionar sólo algunos casos representativos en el orbe hispánico, uno de los modelos fue la Revista de Occidente, fundada en Madrid hacia 1923 por Ortega y Gasset. En 1931 nació Sur, de Buenos Aires, fundada por Silvina Ocampo. En La Habana, José Lezama Lima y José Rodríguez Feo fundaron Orígenes hacia 1944, y, en México, entre los veinte y treinta nacieron varias revistas importantes como Contemporáneos, de 1928, dirigida por el poeta Bernardo Ortiz de Montellano. Hay, claro, muchas revistas más, como la peruana Amauta, de José Carlos Mariátegui, fundada en 1926, y la fiebre por tener un órgano de difusión no se diluyó durante todo el siglo XX. Esto se puede notar en la biografía sobre Paz escrita por Krauze, donde el historiador enfatiza que tener una revista fue una obsesión abrazada por el Nobel mexicano durante toda su vida (de alguna manera, pues, el fervor hemerográfico del siglo se puede medir en el arco vital de Paz: de 1914 a 1998). Aunque tarde y en el rango provinciano, La Laguna no estuvo ajena a este contexto, pues en el XX nacieron y desaparecieron las revistas Cauce, Suma, Estepa del Nazas, La Paloma Azul, los suplementos Opinión Cultural, La Tolvanera, entre otras publicaciones, cada una con una vida que frisó los diez años.

Estas publicaciones servían hacia afuera para informar y entretener al lector, y hacia adentro como dispositivos editoriales para aglutinar grupos más o menos afines en sus inquietudes estéticas y políticas. Luego de varias apariciones, el lector podía notar un aire de familia en cada publicación, cierta sintonía espiritual o ideológica, incluso asomaba en ellas alguna condición de secta con oficiantes algo sacralizados. Parecían muchas publicaciones, pero, como yo mismo lo experimenté durante casi veinte años, y aunque cada mes compraba tres revistas y cada semana me hacía de cinco o seis suplementos, no eran tantas, así que las iba leyendo poco a poco, durante la semana, de modo que vistas desde ahora me dan la impresión de que configuraban productos insumibles en una escala humana, material viable para ejercer en sus páginas una “lectura sosegada”, como la llama Álex Grijelmo.

Luego de este sucinto y algo aparatoso, aunque forzosamente incompleto, recorrido por las revistas y los suplementos, tengo hoy la impresión de que mucho ha cambiado. No digo que para mal; no digo, como el poeta, que todo tiempo pasado fue mejor, sólo consigno parte de lo que ha cambiado. El hecho de que hoy podamos acceder por la red a la revista digital de algún cuentista radicado en Huimanguillo, Tabasco, o a los contenidos de las revistas más prestigiadas en todos los países y de todos los idiomas, ha reducido a casi nada el estatus del colaborador de revistas, ha diluido la idea de grupo artístico compacto y nos ha llevado a pulverizar nuestros intereses en mil partículas editoriales. Digamos que ahora no tenemos revistas, sino enlaces a textos específicos que al multiplicarse por cantidades inhumanas, forzosamente torrenciales y fragmentarias, crean cierta anhedonia o falta de placer en el lector, de ahí que hoy padezcamos algo aproximado al síndrome del niño rico: tenemos todo, y como tenemos todo, nada nos exalta, nada nos entusiasma, nada nos sorprende.

Perdimos la visión de los árboles; hoy todo es bosque, infinito bosque, y en él tenemos que buscar la manera de volver a la sorpresa del hallazgo que nos seduce y nos obliga, como en los viejos tiempos, a leer con atención, sosegadamente.

sábado, junio 19, 2021

López Velarde vs Alfonso Reyes y Pedro Henríquez Ureña

 







Saúl Rosales me ha permitido compartir este comentario suyo sobre el recordado poeta de Jerez, Zacatecas:

López Velarde vs. Alfonso Reyes y Pedro Henríquez Ureña

Saúl Rosales

El dilema de publicar o no publicar su poesía, agravado por las consecuencias de lo ya dado a la luz, consecuencias no siempre amargas, dicta a Ramón López Velarde el poema “Mi corazón se amerita” (Zozobra, 1919). Forma el título con algunas palabras del primer verso que completo dice: “Mi corazón leal, se amerita en la sombra”.

Al suponer enigmático ese verso y al pretender esclarecerlo, uno podría aventurar que mediante su articulación López Velarde mira cómo sus sentimientos, que acostumbramos ubicar en el corazón, se relamen cierto dolor en el oscuro íntimo decoro. El corazón se gratifica a sí mismo recluido en donde no luce, ni menos resplandece. ¿Y por qué merecería ser lucido su corazón? Porque, se sabe al continuar la lectura del poema, el corazón es la poesía, la exquisita partitura lopezvelardeana que canta en sus diástoles y sístoles.

Una vez convenido que el corazón es la poesía se ilumina la primera estrofa que parecía un enigma encantador, hipnotizador, por sus palabras conocidas y sin embargo necesitadas de exégesis a causa de los insólitos lugares que ocupan en la estructura de cada verso; eso, más la ondulante cadencia del conjunto y el dulce repique de una rima alterna. Transcribo dicha primera estrofa después de insistir en que, en este poema, para López Velarde el corazón es la poesía, pero en su caso, la poesía contenida, retenida, cancelada en la penumbra íntima:

 

Mi corazón leal, se amerita en la sombra.

Yo lo sacara al día, como lengua de fuego

que se saca de un ínfimo purgatorio a la luz;

y al oírlo batir su cárcel, yo me anego

y me hundo en la ternura remordida de un padre

que siente, entre sus brazos, latir un hijo ciego.

 

Como se ve en los versos segundo y tercero, Ramón López Velarde considera, con un implícito condicional “Yo lo sacara”, considera, digo, que podría exhibir su poesía, sacarla de la sombra a la luz, si, y sólo si… Y su poesía quemaría ciertas sensibilidades con el fuego que arde dentro de él, en su purgatorio ínfimo e íntimo. La poesía que yace en la sombra de lo inédito, su poesía, lo perturba.

Ahora, ¿a qué se debe el desasosiego de que su poesía palpite y se amerite en la sombra? Se debe a que López Velarde esgrimió su pluma contra el portentoso Alfonso Reyes y sufrió el silencio crítico de Pedro Henríquez Ureña, quien es considerado por José Luis Martínez como el fundador de la cultura mexicana contemporánea. La pugna estaba cantada.

Así, el poeta de Jerez Zacatecas, en su poema “Mi corazón se amerita”, a causa de la contención de su poesía en la sombra de lo inédito, dice en la segunda estrofa que todo lo agravia, pero a la vez lo estimula para seguir su carrera. Por ello, en la tercera estrofa, después de definir su poesía, dice, sólo en tiempo potencial, cómo la exhibiría y la llevaría a conocer la vida en la luz viviente desde el alba hasta el ocaso. Si se me perdona la digresión, a este periodo crepuscular del día lo nombra en un verso que parece calcado de Agustín Lara en tanto éste canta “un listón azul de amanecer”, y nuestro poeta jerezano dice “el cíngulo morado de los atardeceres”. De ese modo el cíngulo de López Velarde pasa a ser listón; el morado se convierte en azul y los atardeceres en amanecer. Todo paralelismo entre los dos versos es sólo señal de que Agustín Lara leía buenos poemas.

Tras esa digresión vuelvo a la rivalidad literaria entre Alfonso Reyes  y López Velarde y al silencio de Henríquez Ureña porque en la última estrofa de “Mi corazón se amerita”, el poeta de la “Suave Patria”, decidido, amenaza con liberar su corazón (su poesía) de la sombra y lanzarlo a la hoguera pública para, a su vez, liberarse de la pasión contenida. Resuelto, el poeta que contemplaba su íntima pasión, transformado y altivo, heroico, irreverente y belicoso, se enfrentará a la disputa y al silencio, a la incomprensión y el ninguneo:

 

asistiré con una sonrisa depravada

a las ineptitudes de la inepta cultura.

 

Los últimos versos de la cuarta estrofa y del poema, pareados, cantan el triunfo ardiente, luminoso y armónico de su poesía:

 

y habrá en mi corazón la llama que le preste

el incendio sinfónico de la esfera celeste.

 

A los cien años de la muerte de Ramón López Velarde, ocurrida el 19 de junio de 1921, su corazón (su poesía) se amerita en la más viva, extensa y extensiva luz del reconocimiento de quienes lo frecuentamos.


Antes de los 33

 









El arte de la biografía siempre ha puesto énfasis en la precocidad. Como si la vida fuera una carrera (currículum significa eso: recorrido), los estudiosos se han empeñado en destacar los frutos maduros producidos a edades muy tempranas y los han considerado hitos. En el universo artístico hay casos paradigmáticos, como el de Mozart, quien de niño ya asombraba a la aristocracia europea con la perfecta ejecución al piano de sus perfectas obras; también Rimbaud, quien antes de los veinte ya había escrito los libros que le granjearían la inmortalidad; o Picasso, quien en la adolescencia casi superaba a su padre, maestro de pintura. Para los biógrafos, la madurez adelantada es un prodigio digno de ser contado, se trate del genio matemático de Évariste Galois, del genio futbolístico de Diego Maradona o del genio de quien sea.

En la referida precocidad pienso cuando evoco a Ramón López Velarde (Jerez, Zac., 1888-México, DF, 1921). El destino le concedió poco tiempo para urdir una de las obras más importantes de la literatura española. Conste que no digo mexicana ni hispanoamericana, sino española, adjetivo con el que deseo asir todo lo muy bien escrito en la órbita de nuestra lengua. Mientras a otros escritores les cuesta una larga vida alcanzar el ideal del virtuosísimo, la obra ya cuajada y gorda de buen zumo, y a otros se les va la existencia sin lograrlo, la musa favoreció a López Velarde con una sensibilidad y unos recursos inusitados, para decirlo con un adjetivo que él hizo célebre al calificar ciertos ojos de sulfato de cobre.

Muchas veces he buceado en mi interior para tratar de descubrir la razón profunda de su encanto (y digo aquí encanto en sentido estricto, pues la poesía del jerezano encanta, fascina como el canto). He leído, claro, explicaciones técnicas sobre su manera de versificar/adjetivar/rimar y por supuesto me parecen un ejercicio inteligente de la crítica, pero siento que toda aproximación a la obra poética lopezvelardeana debe partir de una renuncia, la renuncia a encontrar mediante la pura razón el misterio que emana de su laboratorio metafórico. La explicación de López Velarde, a mi ver, no alcanza a colmarse con el develamiento de su técnica o con los datos autobiográficos agazapados en sus versos, sino en un sitio menos concreto. Es como si con un radar espiritual él hubiera captado una esencia que, como brisa, roza todos los pliegues del alma mexicana. Él supo vislumbrarla y, sobre todo, expresarla en palabras cuyo objetivo parece, de entrada, excesivo: convertir un sentimiento apenas presentido en evidencia de una realidad tangible.

Cuando leo a López Velarde me pasma advertir cómo atrapó la mencionada esencia, cómo emplazó sus sentidos a la manera de una cámara para captar detalles que parecen decir más de lo que dicen: “Tu barro suena a plata, y en tu puño / su sonora miseria es alcancía; / y por las madrugadas del terruño, / en calles como espejos, se vacía / el santo olor de la panadería”. Esta estrofa remite, por ejemplo, a la mirada, el oído y el olfato, y en los tres casos parece haber una secreta correspondencia: el barro con la alcancía y la alcancía con la pobreza; luego la palabra “terruño” (y no “ciudad” o “pueblo”), usada muy frecuentemente para referirnos con cariño al lugar donde nacimos, se enlaza a la sensación de pureza que produce el amanecer vinculada a la santidad del pan (litúrgico). Todo se mezcla y fluye en nuestra emoción como río subterráneo, casi como fluye el viejo indoeuropeo en las palabras que usamos.

“Suave Patria: te amo no cual mito, / sino por tu verdad de pan bendito; / como a niña que asoma por la reja / con la blusa corrida hasta la oreja / y la falda bajada hasta el huesito”, dice en otra estrofa no lejana a la anterior, y ocurre lo mismo: “bendito” no sólo rima formalmente con “huestito”, sino que también consuena en el plano cultural por el conservadurismo presente en “bajada”, participio (los participios parecen adjetivos y verbos al mismo tiempo) que insinúa alguna coerción en el acto de adecentar la falda.

Esta poesía es un portento literario, una flecha que atraviesa la carne de nuestra idiosincrasia. Ramón López Velarde sólo tuvo 33 años para escribirla. Murió hace un siglo.