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sábado, abril 12, 2025

Biblioteca mínima: un librito total

 













Hace unos días —a propósito del libro Astillas de hueso de la escritora chilena Gabriela Aguilera— observé que el rasgo de la unidad temática y estilística es un mérito destacable en la composición de libros con microtextos. De hecho, la unidad es un rasgo bienvenido en casi cualquier obra, esto para que el resultado final no parezca un amasijo de retazos sin concierto. En los libros con piezas breves es, creo, imprescindible que esto ocurra; si no, la impresión general que el lector puede llevarse es la de haber atravesado un libro disperso y por lo tanto inasible. No es el caso, ni de lejos, de Biblioteca mínima (Secretaría de Cultura, 2019, Ciudad de México, 79 pp.), de Alejandro Arteaga.

El autor nació en la Ciudad de México en 1977; estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la Universidad Nacional Autónoma de México. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de narrativa (2006-2008). Con Sick & McFarland, Una novela pretenciosa (Universidad Veracruzana, 2016), escrita en coautoría con Alfonso Nava, ganó en 2016 el décimo Premio Latinoamericano de Primera Novela Sergio Galindo, y con Anfiteatro obtuvo el Premio Nacional de Novela Ignacio Manuel Altamirano 2018.

Me la juego ante el peligro de parecer excesivo, pero Biblioteca mínima es un libro perfecto en su ideación y sobre todo en su ejecución. Tal vez lo haya, pero no recuerdo haber tenido en las manos un volumen similar. Se trata de una colección de textos escritos en clave de “contraportada” de libro (en la jerga editorial no se le llama así, “contraportada”, sino “cuarta de forros”). Son, claro, textos sobre libros ficticios, aunque tan verosímiles que uno desearía su posesión. Pero Biblioteca mínima no se queda allí, pues suma al costado de cada texto la portada también imaginaria de cada libro.

Tal es la idea general, un dechado de originalidad y de ironía ahora que ya todo parece haber sido inventado. Si esto es suficiente para apreciar su valor, es indispensable pensar ahora en la ejecución, irregateablemente perfecta. El tono de los textos es el que los lectores asiduos han (hemos) visto en la espalda de innumerables libros, y el diseño de las portadas, para añadir un toque de exactitud, se ciñe al estilo de ediciones reconocibles en nuestro mercado. Al final daré tres ejemplos para que se vea mejor lo que aquí destaco.

Es importante señalar que Biblioteca mínima es sobre todo un libro para lectores. Esto significa que su contenido sólo puede ser cabalmente apreciado por quienes tienen de antemano un conocimiento del libro como objeto en el que convergen algunas características recurrentes. El juego cuaja entonces cuando el lector avisado reconoce en estas páginas lo que sin duda ha visto en libros reales. Las cuartas de forros trabajadas por Arteaga recrean el tono de las que existen en la realidad como libros ya puestos a la venta con retractilado y todo, de manera que cada una resume con precisión el contenido de los libros nonatos. Asumir el tono de escritor de “cuartas” es un aprendizaje sin escuela ni teoría, así que se aprende leyéndolas, y Arteaga puso en papel su formación ante un género, por llamarlo así, sobre el que seguramente no hay mucho, o nada, escrito en términos de manual.

Uno de los escritores/editores que más cerca se arriman a la teoría de la cuarta de forros —aunque él la llame allí “solapa”— es Roberto Calasso en el libro Cien cartas a un desconocido, que reúne igual número de textos de su pluma para libros reales editados por él. En el mismo arranque del prólogo titulado “Solapa de solapas”, en obvio homenaje al “Prólogo de prólogos” de Borges, el italiano afirma: “La solapa es una forma literaria humilde y difícil, que espera todavía quien escriba su teoría y su historia. Para el editor ofrece con frecuencia la única ocasión de señalar explícitamente los motivos que lo han impulsado a escoger un libro determinado. Para el lector, es un texto que se lee con sospecha, temiendo ser víctima de una seducción fraudulenta. Sin embargo la solapa pertenece al libro, a su fisonomía, como el color y la imagen de la portada, como la tipografía con la que se ha impreso. Una cultura literaria se reconoce también por el aspecto de sus libros”. Dice más, pero con esto es por ahora suficiente para saber que un editor experto como Calasso sabe el lugar que ocupa en el mundo la forma de escritura casi invisible que es la cuarta de forros.

En noviembre de 2018 intuí algo similar en una columna publicada en este espacio. Su título es “Elogio del cuartaforrista”, en cuyo segundo párrafo afirmo lo siguiente (con perdón por la autocita): “Aunque no lo creamos, tal jale supone cierto grado de especialización. Esto significa que no cualquiera que se sienta buen escritor tiene en automático las aptitudes para escribir contratapas eficaces. Quien se anime a abrazar el oficio, creo, debe tener buena prosa, capacidad de síntesis, poder de convencimiento y, lo más importante, malicia para elogiar sin parecer lambiscón, pues es obvio que estos textos deben ponerse al servicio del libro, pero es recomendable, por obvio buen gusto, que no se excedan en azucarados elogios o lluvias de confeti”.

Con ese género, por llamarlo de algún modo, Arteaga urde un libro a un tiempo inteligente y divertido, lleno de malicias. Las cuartas deben alentar la lectura del libro, deben antojar al potencial visitante de las páginas. Asimismo, deben ser cuidadosas en la calibración de los piropos, caminar casi untados a la línea que separa la recomendación sobria de la servil y por ello sospechosa. Suma a este acierto otros guiños lúdicos: la cuarta de forros de Biblioteca mínima es a su vez una de las cuartas de forros incluidas en la lista, lo que convierte al libro en libro real e imaginario al mismo tiempo, o la cuarta sobre el libro Vía de muerte, de Douglas McFarland, autor imaginario que ya había firmado otro libro imaginario de Arteaga. Para añadir ingredientes al desconcierto, entre los autores hay algunos que parecen reales (Daniel Sada, Juan Rulfo) mezclados con otros parcialmente reales por el apellido (Paz, Benesdra), y una cuarta aparece firmada al final con la sigla “JLB” y escrita con el estilo de JLB. Es, en suma, un libro armado como figura de Escher, espeso de entradas y salidas entre la fantasía y la realidad.

El pastiche de los textos escritos en el más acabado estilo de las cuartas es complementado por las imágenes aledañas de cada portada. Basta un poco de cercanía al mundo del libro para reconocer que también en este punto se ha tenido tremendo ojo para ofrecer al lector una atractiva galería de portadas que emulan sellos y colecciones de gran circulación. Es tan bueno el trabajo de recreación que da para presentarlo a color, recurso que fortalecería la eficacia del gesto.

Ganador del Premio Bellas Artes de Minificción Edmundo Valadés 2019, Biblioteca mínima anexa este párrafo del dictamen: “El jurado integrado por Ana Clavel, Paola Tinoco y Edson Lechuga decidió por unanimidad otorgar este premio ‘debido a su originalidad y conciencia del ejercicio literario. La cuarta de forros como género de minificción y parodia de posibilidades autorreferenciales sobre obras apócrifas inventadas; el uso del humor al servicio del pensamiento crítico y un profundo espíritu lúdico’”.

Reitero que me la juego ante el peligro de parecer excesivo, pero este librito es, de nacimiento, parte de lo mejor que se ha publicado en el género de la minficción en América Latina. Estoy seguro de que, entre otros, Arreola, Monterroso y Borges lo hubieran adoptado como digno heredero de sus libros, y aún lo envidiarían con la frase que me asaltó durante su lectura: cómo no se me ocurrió primero a mí.

Comparto tres piezas de las 33 que contiene. En la primera quiero destacar el obsesivo amor por la “y” de la onomástica cubana en el nombre de la autora y del personaje femenino, además de la referencia casi ineludible a Martí. De la segunda, el apunte habitual a la generación en la que ha sido adscrito el autor, y, en la tercera, los nombres europeos del inventor y del robot. Las portadas son pastiches de libros de Casa de las Américas, Tusquets y Minotauro que aquí también reproduzco así sea con deficiencia técnica de mi parte.

Ovnis sobre La Habana

Yanisleydi Paz













Una madrugada de 1960, mientras vuelven a casa por la orilla del malecón de La Habana, una pareja de pioneros —Yanelis Maceo y Malvito Sánchez— avista un ovni sobre el fuerte del Morro. Armado de un juego de luces sorprendente, el aparato sobrevuela el muelle y más tarde se pierde en la línea del océano. Según Malvito, se trata de un artefacto espía del Pentágono o, en el mejor de los casos, de una nave aliada del Kremlin. Según Yanelis, no es otra cosa más que la prueba fehaciente de vida más allá de los confines de la galaxia. A partir de entonces una serie de hechos fantásticos acompañarán los fugaces encuentros de los alegres adolescentes, inmiscuidos como nadie en la campaña de alfabetización emprendida a lo largo y ancho de la isla. Años más tarde, el 20 de julio de 1969, mientras la misión del Apolo 11 aluniza, luego del enésimo reencuentro en la plaza de la Revolución con un auténtico aparato venido de las Pléyades, los dos jóvenes universitarios, sobrexcitados, se trabarán en una larga discusión política y fantasiosa en la cual pondrán en tela de juicio sus más arraigados principios, refrendarán los más entre lágrimas revolucionarias y harán suyos —y para lo que venga— unos versos de José Martí: “y te busqué por pueblos / y te busqué en las nubes, / y para hallar tu alma / muchos lirios abrí, lirios azules”.

 

Sonríele a la sombra

Néstor Fedra













Tres hermanos crecen al amparo del humilde trabajo de sus padres y condicionados por los vaivenes trágicos de la economía de su país, como si en su suerte y en sus días hallara reflejo una nación entera. Esas sacudidas reiteradas los llevarán de una leve bonanza y una vida despreocupada en provincia a sufrir, como tantos, la migración impuesta y constante, la novedad del impedimento y el abandono sistemático de su arraigo, armados, a pesar de todo, por una idea que antaño siempre sostuvo a los suyos: la consigna irredenta de no abandonar su motivo a pesar de los pesares.

El galardonado poeta Néstor Fedra, cabeza visible de la mal llamada Generación Póstuma, y dueño de una prosa que invade los terrenos de lo poético, nos ofrece en esta primera novela una taimada historia de formación donde asoma ya la estética y las preocupaciones de una camada de jóvenes desesperados: la nueva vanguardia de la narrativa latinoamericana. Ni más ni menos.

 

Rossum el robot

J. C. Anakyn













El pensionado y solitario Isak Lindström alimenta su taller de juguetes e invenciones electrónicas con los desechos que halla en un tiradero de chatarra en las afueras de su pequeña ciudad. Una tarde de suerte encuentra lo que tal vez se trate del abandonado proyecto de un estudiante de ciencias: Rossum, el prototipo de un robot parlante.

Entusiasmado por la remota posibilidad de que el armatoste aún funcione, el anciano se dedica a repararlo dilatadamente hasta hacerlo hablar de nuevo. El prototipo es capaz de reconocer la media filiación de sus interlocutores y de establecer un sencillo intercambio de avisos, esa interacción ayuda a que su lenguaje y sus funciones se tornen cada vez más complejos.

A pesar del afecto que en poco tiempo le merece el humanoide, con quien pasa maratónicas jornadas de conversación sin par, Lindström descubre la peligrosa y estremecedora razón por la que se han desecho de él.

sábado, marzo 29, 2025

Microficciones de Gabriela Aguilera

 












Libro con apretada unidad de forma y contenido, Astillas de hueso (Ediciones Sherezade, Santiago de Chile, 2013, 98 pp.), de la escritora chilena Gabriela Aguilera, es una densa incursión narrativa por el horror de la represión y la tortura. Las sesenta microficciones que lo componen han sido escritas para mostrar los dos costados de una misma realidad: por un lado, la resistencia, el apego a los ideales, el esfuerzo por mantener la dignidad en los escenarios más oscuros, y, por el otro, la pesadez de los actos infligidos por sujetos endemoniados y de mano diestra y tajante en la práctica de la aniquilación.

Gabriela Aguilera ha publicado, entre otros, Doce guijarros (cuentos, 1976); Asuntos privados (cuentos, 2006); Con pulseras en los tobillos (microcuentos, 2007); En la garganta (cuentos, 2008); Fragmentos de espejos (microcuentos, 2011); Saint Michel (micronovela, 2012); Guerreros de Dios (micronovela, 2016); En una maleta (nanonovela, 2018); Los árboles hablan en Salem (nanonovela, 2020); El Clan del Guanaco (novela, 2022). Sus textos han aparecido en diversas antologías digitales y en soporte de papel en Chile, España, Argentina, Croacia, Perú, Estados Unidos, Francia, Venezuela, México, Alemania, Italia, Bulgaria y Grecia. Desde su fundación, es miembro del Colectivo Señoritas Imposibles (escritoras chilenas de narrativa negra) y de REM (Red de Escritoras Microficcionistas). Es una de las creadoras del proyecto literario de microficción “¡Basta! (contra la violencia de género)”. Es Co-ejecutora del proyecto “Otras vidas”, que releva la historia de la transgeneridad en Chile. Obtuvo la Beca a la Creación Literaria en 2009, 2016, 2018 y 2021, y participa en la corporación Letras de Chile.

Ejecuciones, torturas, persecución, ajusticiamiento desde las perspectivas de las víctimas y los victimarios políticos. Puede ser que a un lector no avisado se le escapen las alusiones a hechos, a lugares y personajes concretos, pero estas precisiones no son necesarias, si fuera el caso. Lo que al lector queda no necesariamente es la certeza de que Chile padeció el espanto del terrorismo de Estado, sino el hecho cierto de que la brutalidad acecha al que reclama, al que lucha, al que critica, esto en cualquier momento y en cualquier lugar, como también lo hemos visto tantas veces en México.

Uno de los aciertos que me agrada encontrar en los libros de narrativa breve y brevísima, como la contenida en Astillas de huesos, es el propósito de unidad. Por supuesto no es imprescindible, pues un libro con este tipo de piezas puede no ser concebido ni ejecutado como suele pasar con la novela, que ase y despliega un tema y a él se ciñe así sea de manera sinuosa. Los libros de cuento convencional o microficción a veces se articulan mediante procesos que atraviesan diferentes estados de ánimo en el autor, lo que torna miscelánea la complexión de un libro en términos de estilo, tono y, sobre todo, tema. Por otro lado, cuando los libros de esta índole son concebidos como una apretada unidad, añaden un valor que algunos lectores destacamos y agradecemos, pues lo inteligimos como corpus asequible de un vistazo.

En Astillas de hueso, Gabriela Aguilera agrupa microhistorias que procuran, como señalé renglones antes, acercarnos a todas las facetas de la vida social, económica y política en países como Chile, aunque podrían valer a cualquier otra realidad en la que se hayan pisoteado los derechos civiles y donde se hayan enseñoreado los usos y costumbres del poder más aberrante. En páginas con gran fuerza alusiva, sin necesidad de explicar mucho, asistimos a todas las calamidades que uno pueda imaginar cuando se fractura todo, comenzando por las garantías más elementales del ciudadano. Secuestros, torturas, masacres, mentiras, imposturas, saqueo, traiciones, robo, desaparición, campean en las breves historias del libro, un recordatorio de que la barbarie ha puesto muchas veces en marcha su engranaje, un engranaje que cuando es detenidos no deja de mantener latente su renovado y atroz funcionamiento, como sucedió en Chile con el gobierno de Piñera, en Brasil con el triunfo de Bolsonaro y hoy en la Argentina con el mendaz, cruel y disparatado estafador Milei, quien ya pinta para terminar su desgobierno en el desastre.

Comparto tres piezas de este libro entrañable con la seguridad de que resumen bien lo que ya dije: su unidad en todo sentido y algo que aquí añado: su calidad humana, un rasgo que sin renunciar al arte aspira a ser algo más que eso, arte. Destaco solamente que varias de las historias (como la primera que cito sobre el descubrimiento de una fosa clandestina en Pisagua o la de los kaibiles) aluden a hechos reales, y otras tienen un trazo más abstracto y abarcador, como la segunda micro que aquí comparto.

Los ensacados

Con Pisagua dolorosamente en la memoria

Así los encontraron, diecisiete años después, en un pueblo costero del norte. Los habían metido en sacos, luego de vendarles los ojos y dispararles de frente y de espaldas. Los ejecutores ni siquiera les dieron la oportunidad de quedar mirando el mar y los arrojaron en la fosa de dos metros de profundidad. Permanecieron sumergidos en la oscuridad y la sal. Pero los muertos que no son olvidados insisten en aparecer. Cuando salieron a la luz, el grito que permaneciera coagulado en sus bocas después de la última ráfaga, se escuchó en todo el país acribillado.

Historia de los castigos

Cuando nos reunimos conformamos un libro. Sí, porque en nuestros cuerpos está escrito lo que sucedió y cada uno es una página. Hay marcas, escrituras que podemos ver y otras que no. Sin embargo, podemos leernos.

Faltan páginas en este libro de nuestra historia. Unas volaron con el viento, otras fueron lanzadas al mar. Muchas fueron despedazadas, quemadas, borradas. Acaso alguna estará en un basural del desierto, intacta.

Buscamos, aún, las páginas faltantes de este libro nacional.

Kaibiles I

Tienen la fuerza y la astucia de dos tigres. Eso significa su nombre. Nacen con la marca. El gobierno los busca entre la población, los identifica, los recluta y los entrena. Así pasan a formar parte de los grupos de élite que rastrillan los poblados cazando a otros hombres. Los cubre un manto de silencio y complicidad. Sus pies abren la espesura, marcando un camino entre las cañas y las lianas de la selva húmeda. Sus ojos son centellas bajo el sombrero alón y el sudor cae en gotas por sus pieles broncíneas. Son pequeñas bestias que matan a machete. La guerra civil los reviste de legitimidad. El rumor de sus andanzas queda pesando en las aldeas. La gente les teme más a ellos que a los tigres de verdad.

sábado, junio 08, 2024

David, mail y conclusiones

 











Como humilde tributo, tuve dos veces la oportunidad de mencionar a David Lagmanovich (Huinca Renancó, Córdoba, Argentina, 1927-San Miguel de Tucumán, Argentina, 2010) durante mi reciente viaje a la Argentina. La primera y más importante, el 9 de mayo en una mesa organizada dentro de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. La verdad es que desde el año 2000 tengo muy presente a David. Además de vernos tres veces en persona, recibí su lúcida amistad, por mail, durante la década final de su vida, y no dudo en confesar que, como amigo y maestro, fue un ser humano decisivo en mi vida.

David practicaba la buena y ya casi olvidada buena costumbre de enviar cartas. Por correo electrónico, obvio. De haberse dado en estos tiempos, aquel diálogo virtual quizá se hubiera visto entorpecido por Whatsapp, que, sospecho, acelera y atropella tanto la interlocución que al final es imposible saber de qué se habló, hallar un hilo conductor en las conversaciones. Por mail todavía era, y es, posible dialogar con cierta morosidad y hondura, como lo hacía David y como yo trataba de corresponderle (aunque, claro, sin su sabiduría).

Veo un ejemplo de los muchos que quedaron resguardados en la bandeja de mi correo electrónico. En una carta de enero de 2008, escribió: “Acabo de terminar de leer la tercera de las tres novelas de Ross Macdonald, protagonizadas por el detective Lew Archer, que forman un volumen encuadernado de la colección de la Biblioteca de Letras. Las tres novelas son: The Galton Case, The Chill, y Black Money. A veces tienden a ser demasiado enredadas, pero están llenas de inteligencia y de un agudo estudio de la naturaleza humana. También, de momentos y frases dignos de ser recordados.

Anteriormente leí una selección de cuentos tempranos de Raymond Chandler —el nombre del libro es Trouble Is My Business, y se completa con otro titulado Red Wind, que no saqué de la biblioteca por error— y en donde los protagonistas son varios detectives, todos parecidos entre sí, y anteriores al definitivo Philip Marlowe”.

Sin detenerse mucho, pero con agudeza, David comenta sus lecturas de aquellos días. En sus palabras se nota el deseo de compartir algunas veloces impresiones de lector. Sigue:

“Otra cosa que leí, como parte de estos entretenimientos del verano, fueron los Aforismos de Lichtenberg, que antes había consultado algunas veces, pero ahora lo leí íntegramente. Verdaderamente notable.

Ahora me queda por leer el último libro que me traje de la BdeL, también un ‘omnibus’ como los llaman en Estados Unidos, y que contiene tres novelas de mi admirada Ruth Rendell. Estoy disfrutando de estas lecturas, porque en los últimos años casi no he leído nada que no fuera por obligación, es decir, en relación con algún trabajo que estuviera haciendo. Esto, en cambio, es esparcimiento”.

Dos o tres conclusiones de mi parte: extraño aquel tipo de charla epistolar, los maestros son maestros para siempre y uno debe leer también, aunque sea de vez en cuando, por puro esparcimiento.

sábado, octubre 14, 2023

Fabián Vique: la microficción como centro

 











Al margen de las grandes vidrieras, sin el ruido promocional que generalmente se concentra en la novela y en abundante “no ficción”, el microrrelato ha podido abrirse brecha entre escritores, editores y lectores. Este avance fue lento durante décadas en América Latina, pero en los años recientes aceleró su marcha debido sobre todo a las nuevas tecnologías de la información: si todo es ahora rápido, a cierta literatura le convino el envase pequeño para moverse con total facilidad en un estado de Facebook o en un tweet. Así pues, de Darío, Lugones y Torri pasamos con lentitud a Borges, Arreola, Cortázar, Monterroso, Denevi, y de ahí, ya más aceleradamente, al numeroso contingente de microficcionistas que hoy exhibe nombres como los de René Avilés Fabila, Luisa Valenzuela, Raúl Brasca, Juan Armando Epple, Eugenio Mandrini, Felipe Garrido, David Lagmanovich, Ana María Shua, Guillermo Samperio, Pía Barros, Rogelio Ramos Signes, Diego Muñoz Valenzuela y muchos otros que no omito por olvido, sino para evitar una lista más o menos cansadora.

Los microficcionistas son, pues, muchísimos, y de alguna manera se conocen entre casi todos porque han sabido organizar espacios para la divulgación, edición y distribución de sus obras, como los encuentros nacionales e internacionales que suelen convocar a editores/cultores de este género y no sólo permiten la lectura y la discusión teórica, sino el intercambio de títulos publicados en todas las modalidades, desde los marcadamente artesanales hasta los profesionales, como es el caso de los libros del sello Micrópolis, del Perú; Ficticia, de México, y Macedonia, de la Argentina.

Macedonia, a propósito, es un emprendimiento individual. Lo encabeza Fabián Vique (Buenos Aires, 1966), quien además de la edición y la docencia ha practicado, a mi parecer con harta fortuna, la escritura de microficción. Si bien su labor como editor es ya digna de reconocimiento —pues es quien más ha publicado títulos de este género en la Argentina, todo desde Morón, partido del conurbano bonaerense—, Vique es un creador espléndido, y es en su obra creativa en la que deseo poner énfasis durante los renglones venideros. Tiene cinco títulos de narrativa corta, aunque las piezas de uno de ellos, La tierra de los desorientados (2007), no encajan en el ámbito de lo microficcional. Aquel primer libro muestra, sin embargo, los rasgos característicos de su trabajo escrito: el humor indeclinable y la búsqueda y el hallazgo de lo absurdo, lo paradójico, lo ridículo. Hay algo en sus ficciones amplias y brevísimas que no veo con frecuencia en sus homólogos: una suerte de desenfado o antisolemnidad que lo lleva a tratar todos sus temas como si nada importara, como si todo fuera susceptible de ser abordado sin manifestar apegos o apasionamientos. Eso le ha permitido escribir de todo, hasta de lo más insignificante, sin que uno sienta que es insustancial. Algo similar siento, por cierto, cuando leo al mexicano Marcial Fernández, par de Vique en dos ámbitos: el editorial y el creativo.

La tierra de los desorientados no es microficción pero, insisto, ya muestra el perfil de la producción ulterior de Vique. El tono humorístico está marcado desde los títulos y el “resumen”. Un cuento, por ejemplo, es “La chica que repartía flores en el leprosario”, que antes de entrar en materia tiene este epítome: “Un médico nos cuenta su historia de amor en el leprosario de General Rodríguez”; o en el cuento “Mercados alternativos”, resumido como “Un texto de gran ayuda para el inversor audaz”. La imaginación de Vique parece permanentemente irónica, zumbona, como decían los antiguos, y jamás se queda enredada en el alambre de púas del chiste fácil, sino que se expande como alegoría sutilmente crítica a comportamientos ridículos o, como ya señalé, absurdos.

En 2009 publicó Variaciones sobre el sueño de Chaung Tzu, su primer libro de microficciones. Además de la serie con las “variaciones” sobre el famoso micro chino, Vique ensarta brevedades que, creo, muestran la malicia algo macedónica (por Macedonio Fernández) que aplica recurrentemente en su escritura. En “El otro Guiness”, narra con guiño cientificista: “Cuando se sabe cerca del final, la lombriz incandescente de Paranacito emprende el camino hacia el centro de la Tierra. El fin le llega mucho antes porque la ruta es larga y además el suelo se va poniendo cada vez más duro. Pero sería canallesco medir sólo el resultado y no considerar la intención”. Más allá de la falsa moraleja, ¿no sería aplicable el caso de esta lombriz al de muchos poetas o futbolistas?

Veamos otro caso del mismo libro. Aquí advierto un delicado cuestionamiento al facilismo de los libros de autoayuda:

 

Para salir del pozo lo mejor es una buena escalera, lo suficientemente alta y resistente para llegar a la superficie sin tener que andar haciendo maniobras complicadas.

En su defecto, un ascensor o una cuerda bien larga y fuerte, con una roldana bien agarrada a alguna parte, y en lo posible un gorila afuera, con la fuerza y la paciencia necesarias para tirar para arriba sin hacer demasiadas preguntas.

Una vez en la superficie, actuar con naturalidad, como si tal cosa, silbando bajito.

 

O éste en el que juega con la intertextualidad en una de las variaciones que dan título al libro: “Chuang Tzu soñó que era una mariposa. Al despertar no sabía si era una mariposa, o si era un dinosaurio que todavía estaba allí”.

Un año después, en 2010, Vique publicó su segundo lote de brevedades en La vida misma y otras minificciones. El autor persiste en la voz socarrona, y lo hace desde el prólogo. Señala que dividió el contenido en tres secciones, y aclara: “Lo importante es que la mayor parte de las piezas del primer grupo pueden pasar al segundo o al tercero, las del segundo al tercero o al primero, etcétera”. Este libro es el mejor de Vique, aunque debo decir que no conozco Peces, título casi recién aparecido en Buenos Aires.

Hacia 2012, PD Editores, de Monterrey, publicó una antología titulada Los suicidas se divierten. Reúne lo mejor de la producción de Vique. Entre sus textos está mi relato favorito, “El escupidor de Rafael Castillo”, que me sirve para cerrar el apunte y recomendar el trabajo de este escritor y editor argentino:

 

Todas las noches, a la una en punto, el escupidor de Rafael Castillo sale a escupir a la gente. El recorrido abarca las dos veredas de Carlos Casares, desde Don Bosco hasta las vías.

Quienes lo conocemos evitamos la zona en la media hora que dura la vuelta. Pero siempre encuentra inocentes que deambulan a merced de su boca certera.

Alberto apunta a los ojos y lanza un líquido casi blanco, no muy espeso pero de interesante volumen.

Los escupidos se asombran del buen semblante, de la discreción y hasta de la elegancia del escupidor. Nunca reaccionan. Se limpian la cara y siguen su camino. Se dice que en las mejores noches Alberto ha proporcionado más de una docena de escupitajos.

Durante el día, sin embargo, el escupidor es un hombre común y corriente. Suele decir que no le gusta el barrio y que tiene ganas de mudarse con su familia a un lugar más tranquilo.

Nota. Apunte publicado originalmente en Literal. Latin American Voices, EUA, en noviembre de 2016.

miércoles, septiembre 13, 2023

Donas de pesadilla


 








Ayer el sueño fue muy profundo, pero hubo una zona de la madrugada en la que se instaló una historia peculiar en mi desconexión del mundo. Me removí en la cama al sufrirla, pues mientras navegamos por las ficciones del sueño es imposible cortarlas de golpe. Había sido un día de trabajo agobiante, tanto que ni de comer me dio tiempo. Llegué a la casa ya sin ánimo de nada, sólo de dormir. Pese a esto, la cena fue más abundante de lo pensado: habían hecho carnita con chile y me dejé caer la greña, como decimos.

Con la panza al tope, lo que siguió fue botar la ropa y tirarme un clavado al colchón. De inmediato caí en la penumbra de la inconsciencia. No sé cuántas horas pasaron, quizá dos o tres, cuando comenzó la amenaza. Unos como zombis comenzaron a seguirme casi como en el videoclip de Michael Jackson. Me alejé lo más que pude, pero cada que miraba hacia atrás allí seguían esas creaturas. Avancé por varias calles, doblé en muchas esquinas con la idea de eludir la persecución, pero fue inútil: cada vez que yo torcía el cuello para ver si ya los había perdido, allí seguían, siguiéndome.

A medida que pasaba el delirio, volvía y volvía a mirarlos. Yo no dejaba de avanzar a paso veloz, al trote, no corriendo, pues sabía que mi condición física no era buena. En una de mis reviradas, como se dice en el beisbol, vi que no sólo estaban cada vez más cerca de mí, sino que eran más. Los sentía tan próximos a mi espalda que, lo juro, escuchaba sus voces. Aunque no se puede decir que eran exactamente voces. Lo que salía de sus gargantas eran gemidos atormentados, palabras que no alcanzaban a ser palabras, sino garabatos sonoros. Seguí mi marcha.

Volví a mirar y reparé en un detalle: delante de mí no veía a nadie en la ciudad, todo Torreón se había vaciado. En contraste, detrás de mí se fue formando poco a poco un tumulto escalofriante de zombis que caminaban como zombis, es decir, con pasos un poco torpes y los brazos un poco levantados, anhelantes, deseosos de alcanzar.

En el clímax de la pesadilla me vi acorralado. No sé cómo llegué a un lugar que ya no me permitió seguir adelante. Me detuve fuente a la pared de un negocio. Miré hacia atrás y el tumulto ya no me permitiría escapar. Levanté la vista al cielo para pedir ayuda a dios y lo único que pude ver fue el anuncio de un negocio de donas recién inaugurado en la ciudad.

sábado, mayo 13, 2023

Macedónica edición

 











Hace quince años, el escritor argentino Fabián Vique sentó la primera piedra de un proyecto llamado Macedonia Ediciones. Lo hizo en su ciudad natal, llamada Morón, en la zona del llamado conurbano bonaerense. Su idea central era abrir cancha, sobre todo, a la microficción, género que, como el cuento y la poesía, tenía y sigue teniendo una presencia marginal en los sellos editoriales más poderosos. A los libros con relatos brevísimos, Macedonia añadió títulos de poesía y un poco, también, de ensayo, novela y cuentos más convencionales. En su nómina autoral destacan escritores de Argentina, pero también los hay chilenos y peruanos.

Macedonia ha sido pues un enclave de la microficción en Sudamérica, y su trabajo ha hecho pinza con otros emprendimientos importantes como el de Micrópolis (Perú), Brevilla y Letras de Chile (Chile) y Ficticia (México). Se puede decir, por ello, que si en nuestro espacio geográfico y lingüístico el cuento súbito se ha desarrollado en los recientes años, esto se debe a la labor callada y tenaz de editores con innegable vocación por una forma de escritura cada vez más frecuentada por escritores y lectores.

El trabajo de Vique se vio enriquecido por la colaboración de José Luis Bulacio, también escritor y editor. Ambos han configurado un catálogo nutrido de títulos que son evidencia de lo creativo y resistente que puede ser el deseo de difundir, a terca contracorriente, literatura al margen de los reflectores.

En la presentación de su web, los macedónicos observan: “Somos un sello independiente creado en el año 2008, en Morón, Provincia de Buenos Aires, Argentina. Nuestra materia central es la Literatura.

Nos deleita especialmente lo breve, aquello que en pocas palabras puede dar aquel cross a la mandíbula del que hablaba Roberto Arlt, o esa visión del mundo que proponía desde la alcantarilla Alejandra Pizarnik. Pero también hemos hecho espacio a otras especies como la novela, la crónica, al análisis del discurso, la Historia, el ensayo y la literatura infantil.

Integran nuestro catálogo autores contemporáneos que se caracterizan por sus propuestas creativas, innovadoras, arriesgadas y bellas. Voces jóvenes sobre todo, no por la contingencia de la edad, sino por la frescura de su obra.

Nuestro nombre se debe, precisamente, al más joven de los “viejos”, Macedonio Fernández, autor de obras imprescindibles como el Museo de la Novela de la Eterna y Papeles de Recienvenido.

Participamos de congresos, ferias y encuentros nacionales e internacionales dedicados a las Letras, además de colaborar con publicaciones y programas radiales orientados a lo literario. Nuestra aspiración es seguir creciendo, dando a conocer a talentosos autores de todos los rincones del país y de Hispanoamérica en su conjunto. Conducimos este colectivo incontable José Luis Bulacio, Lara Tonco y Fabián Vique.

Compartimos la felicidad de ser parte de los libros y los universos que los libros son”.

Felices quince años para Macedonia, y a festejar con ellos in situ.

miércoles, octubre 13, 2021

La pasión según Cepillín

 









A Marcos le decían Cepillín, claro, porque era alto, flaco y cabezón. Los rulos negros y abundantes en la testa le daban un aire de palmera nocturna o jirafa con peluca, y aunque no tenía la complexión ideal de futbolista, su pasión más honda, su devoción más profunda era el deporte de las patadas y los goles. Pero no exactamente el futbol, hay que aclarar, sino un equipo de futbol, los Potros de Hierro del Atlante, equipo que desde hace varios años se desenvolvía en la liga de ascenso, lejos, muy lejos de sus antiguas glorias en la primera división.

El Cepillín—justo es acotar que el artículo “el” era parte de su apodo— solía discutir en las mesas de cantina con amigos igualmente futboleros. Como siempre, él quedaba un poco al margen de los debates, arrecholado en su condición de fanático un poco intruso: todos discutían sobre equipos de primera división, todos manifestaban su parcialidad hacia el América, Guadalajara, Cruz Azul, Tigres, Pumas…, todos tenían un favorito en el gran escenario de nuestro futbol. Sólo El Cepillín no. Él tenía el alma pintada de azulgrana, era atlantista hasta la médula, así que en las conversaciones quedaba siempre al margen, lo quisiera o no. Una vez se atrevió a criticar duro al América frente a un americanista: “Tú cállate, tú le vas al Atlante, no seas ridículo”.

Aquel día llegó a su casa un poco ebrio y con la púa clavada en el espíritu: era fanático de un equipo ya casi olvidado, un equipo que tenía años sin codearse con escuadras de primera. Ni sin alguna lágrima derramada en la soledad de su habitación, decidió cambiar. “Desde mañana, adiós al Atlante. Le iré a otro equipo”, pensó. De inmediato juntó sus cinco playeras del Atlante, los tres banderines y el balón con el escudo de los Potros, salió al patio y, radical, encendió una fogata donde incineró su pasión. “Desde mañana soy americanista”, se dijo convencido, y durmió.

El americanismo en El Cepillín duró lo que dura una madrugada, pues temprano, apenas abrió sus enrojecidos ojos, pensó en la pira y en la humeante promesa de la noche anterior. Se talló los ojos, bostezó, se rascó un poco las bolas y entonces dijo, se dijo: “Tú cállate, tú le vas al Atlante, no seas ridículo”.

lunes, agosto 09, 2021

Algunas respuestas sobre el microrrelato

 
















Hoy cumpliría 94 años mi amigo y maestro David Lagmanovich (Huinca Renancó, Córdoba, Argentina, 1927-San Miguel de Tucumán, Argentina, 2010). Para recordarlo subo al blog una reseña de 2005 publicada originalmente en el ejemplar 29 de Espéculo, revista electrónica de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid. Veo que esta publicación, coordinada por el doctor Joaquín María Aguirre, llegó hasta el número 48 (julio-octubre de 2011). Durante algunos años David y muchos académicos, a los que me sumé tímidamente con algunas reseñas, aparecimos en aquel espacio, que a mi juicio era muy bueno. Ya no supe qué pasó, por qué dejaron de circular nuevos ejemplares, aunque el contenido de 48 números (1995-2011) sigue en línea aquí. Colaboré, como dije, en algunos ejemplares; en uno de ellos, con la reseñita que acá reitero como recuerdo de David en su onomástico.

Algunas respuestas sobre el microrrelato

Jaime Muñoz Vargas

La emergencia reciente de un espécimen literario conocido indistintamente como microrrelato, cuento en miniatura, casicuento, minificción, brevísimo o minicuento, ha dado ya significativo pábulo a una reflexión crítica para tratar de asirlo. Como en casi todos los casos, se ha pasado de la práctica a la explicación, de la escritura de esas piezas narrativas al examen que permita entender su evolución y sus características. Aunque todavía escaso, el escudriñamiento de estos alfileres prosísticos ha comenzado ya a ofrecer resultados y no es arriesgado pensar que pronto hablaremos de este género (¿subgénero?) sin la sensación de andar sobre terreno movedizo.

David Lagmanovich, poeta y ensayista argentino, maestro en la Universidad de Tucumán y en varias de los Estados Unidos y Alemania, ha dado un paso importante en la clarificación de este asunto con Microrrelatos, un acercamiento crítico donde las micronarraciones ocupan el centro de su atención en tanto frutos que ya abundan por racimos pero que todavía no han sido suficientemente pasados por la lupa.

Acaso sea “El dinosaurio” de Monterroso la pieza emblemática de este género. Ninguna como ésta ha conseguido una cantidad mayor de lecturas y paráfrasis. Pero es apenas un caso entre miles, como lo demuestra Lagmanovich. Tan grande ha sido la producción de microrrelatos en Latinoamérica que ahora es un imperativo construir el aparato crítico que dé cuenta de su historia, sus rasgos específicos, sus máximos representantes y la bibliografía disponible para leerlo y para explorarlo con mirada crítica.

En México son pocos los que han detenido su mirada en el microrrelato; puede decirse que es Lauro Zavala el crítico que más énfasis ha puesto en su recolección y en su estudio. De allí la importancia que implica ventilar las opiniones de un minucioso observador del fenómeno como lo es David Lagmanovich; sus comentarios pueden ayudarnos a incorporar nuevas nociones en torno a un género cada vez más fecundado por los escritores de nuestras literaturas.

El crítico argentino plantea de entrada que la indiferencia ante el microrrelato se ha basado, entre otras razones, en “la persistencia de viejos hábitos de lectura —la idea, por ejemplo, de que el objeto ‘libro’ debe impresionarnos por su volumen— [lo cual] impedía, en muchos lectores y críticos, que se prestara demasiada atención a ese fenómeno”. Pero ante la exuberancia casi tímida del microrrelato tal indiferencia no podía durar, y eso es precisamente lo que Lagmanovich muestra con su indagación: que estos diminutos tejidos narrativos son ya tan abundantes que posponer su consideración evidenciaría, cuando menos, la demora de los espeleólogos literarios.

El argentino expone que los embriones de la brevedad podemos encontrarlos en buena parte de la estética decimonónica. Aunque a la literatura llega un tanto después, el deseo de evitar excesos y redundancias se incorpora gradualmente a las artes; así en Debussy y su rechazo a la extensión de los dramas líricos wagnerianos o, en el plano de la escultura, la belleza conceptual y simbólica de Constantin Brancusi. De la torrencial búsqueda en la forma se pasa poco a poco al despojamiento de todo aquello que empiece a parecer desmesura, ripio.

En fin, todo esto confluye en uno de los más poderosos asertos teóricos del arte del siglo XX: la maravillosamente adecuada aseveración, compartida por Walter Gropius, Mies van der Rohe y otros teóricos del grupo de la Bauhaus (1919-1933) que se expresa en estas tres palabras: “Menos es más”.

Con esa nueva estética sobre la mesa, los narradores, como los demás artistas de la palabra, tenían dos caminos polares: el primero, insistir en la redundancia con claras tendencias barrocas —lo cual, con Carpentier y Del Paso, no me parece ilegítimo— y, el segundo, edificar obras donde sean abolidos los excesos, las tautologías, los agregados ornamentales, donde lo menos tienda a ser más. Por supuesto ninguna de las dos rutas ha sido anulada, pero sí es evidente que la segunda comenzó a gozar de más adeptos que han optado por la mesura y la ultracondensación.

Microrrelatos es un libro dividido en cinco partes, todas ellas allanadoras del camino que nos guía al entendimiento pleno de la narración brevísima. “Márgenes de la narración: el microrrelato hispanoamericano”, sondea los orígenes de esta forma de ficción en nuestra América y cita ejemplos representativos; “Hacia una teoría del microrrelato hispanoamericano” ubica y separa las características del micro en relación con otras formas de expresión narrativa; “Sobre el microrrelato en argentina” y “Para un censo de microrrelatos argentinos” da cuenta de lo que ha sucedido con el género en la historia literaria de aquel país millonario de narraciones, y “Marco Denevi y sus Falsificaciones” recorre el quehacer clave como microficcionista de quien escribió El amor es un pájaro rebelde.

Libro de importancia capital para quienes se dedican a la práctica y a la teoría del cuento brevísimo, Microrrelatos, ensayo del argentino David Lagmanovich, contiene además numerosas piezas narrativas (el género muy bien lo permite) que sirven de ejemplo a cada afirmación, por lo cual su utilidad es doble y deja ver que la escritura de microrrelatos llegó a nosotros para no irse nunca más, como lo puede testimoniar esta perla inolvidable de la argentina Ana María Shua (tomada de La sueñera) y que no resisto la tentación de re-citar:

¡Arriad el foque!, ordena el capitán. ¡Arriad el foque!, repite el segundo. ¡Orzad a estribor!, grita el capitán. ¡Orzad a estribor!, repite el segundo. ¡Cuidado con el bauprés!, grita el capitán. ¡El bauprés!, repite el segundo. ¡Abatid el palo de mesana!, grita el capitán. ¡El palo de mesana!, repite el segundo. Entretanto, la tormenta arrecia y los marineros corremos de un lado a otro de la cubierta, desconcertados. Si no encontramos pronto un diccionario, nos vamos a pique sin remedio.

Microrrelatos, David Lagmanovich, Cuadernos de Norte y Sur, Tucumán, 2004, 153 pp.


sábado, julio 03, 2021

Dos insectos

 











Pese a que tengo nulo contacto con animales, sus naturalezas me interesan desde el punto de vista científico, de ahí que siempre me haya agradado echar un ojo a documentales y artículos divulgativos sobre el tema. De este gusto se desprende otro: el de la curiosidad que siempre me despiertan los bestiarios, esos libros que desde hace siglos han sido imaginados por el ser humano para describir, la mayoría de las veces en clave fantástica, el mundo animal. Tengo en cierne, con apenas siete piezas, uno sobre insectos. Ojalá guste el par que aquí comparto.

Belitra. Una de las mariposas más bellas creadas por la naturaleza es empero indirectamente mortal sobre todo para las cantantes de ópera, sopranos o mezzosopranos. Hermosa como un billete nuevo, la belitra mide cerca de diez centímetros de ala a ala, y es de un maravilloso color naranja fosforescente que adquiere un tono verdoso cuando está a punto de morir. Tiene una casi invisible cordillera de antenas capaces de detectar los sonidos más delicados. Se sabe, por ello, que la belitra agita sus alas cuando cae un meteorito a miles de kilómetros de distancia, y lo mismo se altera si ocurre un terremoto a la vuelta del planeta. Es, quizá, el animal que mejor percibe el sonido sobre la faz de la Tierra. Esta es la razón por la que también sus alas han sido cargadas de un polvo venenosísimo, como se señala más adelante. Vive en grandes comunidades ajenas a toda forma de presencia animal en el entorno, pues la muchedumbre de belitras sólo tolera su propio zumbido. Se ha sabido de monos y aves que se han extraviado y han caído en el santuario de estas mariposas. Cuando los intrusos cantan o gritan, reciben un peculiar ataque: las belitras vuelan a su alrededor y despiden el polvillo deletéreo. Esto mata a treinta o cuarenta ejemplares de la mariposa, pero también fulmina al animal que produjo el insoportable ruido. Esto ha provocado la edificación de una leyenda. Se cuenta que hace muchos años viajaba por el campo una compañía de teatro. Hizo una parada para descansar de un largo y accidentado recorrido, y como allí iban dos sopranos y una mezzo, se dieron un pequeño momento para ensayar hermosas arias. Fue tal la belleza de sus agudos que un enjambre iracundo de belitras las atacó. Las tres cantantes murieron en el acto y de allí en adelante este animal hipersensible al sonido también es conocida, pardójicamente, como “mariposa del canto”.

Picófeles. El picófeles es un mosquito en apariencia inofensivo, casi transparente y del tamaño de un grano de arroz. Sus alas son parecidas a las del moyote o zancudo, aunque las patas son notablemente más largas. Tiene en la punta de la cabeza una especie de minúsculo chupón en el cual almacena la sustancia que inocula a sus víctimas. Se alimenta de insectos todavía más pequeños y en general tiene un comportamiento inocuo en su relación con los seres humanos. Sin embargo, y esto es lo curioso de esta minúscula alimaña, ataca y segrega su veneno de manera imperceptible. Cuando sus potenciales víctimas, sólo humanos varones, van a un baño insalubre, el mosquito puede verse perturbado en su tranquilidad y, dada esta circunstancia, espera el momento oportuno para atacar. Como es invisible y de zumbido muy discreto, aguarda a que el hombre saque su pene y comience a orinar. Merodea la zona hasta que el torrente deja de salir, y es ahí cuando se pega a la punta del glande para dejar su baba maléfica. En experimentos se ha visto que algunos mosquitos ansiosos se adelantan y son arrastrados por el flujo de orina hasta morir en el inmudo lago urinario. Los que hacen bien su trabajo también mueren al soltar su veneno, pero esa es otra historia, como es otra historia la que deviene para el hombre infectado: en un periodo de cinco a siete meses, la baba del picófeles surte un efecto gradual y terrible, pues provoca la total o casi total impotencia del atacado. Se sabe que los primeros ejemplares de esta especie aparecieron en Asia y luego se diseminaron por los otros continentes. En la actualidad se afirma que algunas compañías farmacéuticas han promovido su propagación para vender más pastillas de sildenafil.

miércoles, julio 15, 2020

Mi amigo Antonio Cruz















El domingo pasado recibí la noticia: mi amigo Antonio Cruz había muerto. Un mes antes me había hablado desde Santiago del Estero, Argentina, para conversar sobre literatura. Me alegró aquel domingo, y aunque su salud estaba ya muy quebrantada, lo escuché optimista, cordial, afectuoso como siempre. Pese a la distancia, la de Antonio era una amistad harto cálida y cercana. Los miles de kilómetros que nos separaban no impedían que se interesara noblemente en mi vida y en mis textos, casi como si fuera un cuate lagunero de los más cercanos.
Maestro, médico y escritor, Antonio nació en Frías, Santiago del Estero, Argentina, en 1951. Egresó como médico cirujano de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC, 1976) y ejerció diversos cargos públicos relacionados con su profesión. Hizo periodismo radial y publicó colaboraciones en medios periodísticos de Santiago del Estero, Buenos Aires, Tucumán, Córdoba, Salta y otras provincias argentinas. Publicó los poemarios Catarsis, poemas de amor con esperanza (1998), Ashpa Súmaj (2003), Canto a mi pueblo (2003), Aires del noroeste y Tránsito (desde la oscuridad hacia la luz) (2008), así como el libro de cuentos Tío Elías y otros (2004), entre otros. Era uno de esos raros escritores-todo-generosidad, un hombre despojado de envidia, ajeno por completo a la mala leche que lamentablemente es habitual en los medios artísticos. Al contrario, durante muchos años tendió puentes y se dedicó a alentar la escritura de otros con un desinterés literario casi apostólico, si se me permite la expresión.
Además del contacto que permiten hoy las nuevas tecnologías, tres veces tuve la fortuna de verlo y de tratarlo personalmente. Una maravilla de ser humano. La primera vez que dialogamos fue en Tucumán, hacia 2007. Ambos participábamos en un congreso literario y en el tumulto de asistentes nadie me lo presentó. Recuerdo que al final de la actividad académica hubo una cena en un edificio antiguo y lujoso ubicado frente a la plaza principal de San Miguel de Tucumán. En un momento se me ocurrió tomar aire y ver la plaza, y hasta allí llegó Toño para hacerme conversación. Me impresionó su bonhomía, la genuina atención que puso en mis palabras. Desde allí quedamos como amigos y con frecuencia nos cruzamos mails. Volvimos a vernos en 2010, en la Feria del Libro de Buenos Aires, donde compartimos una mesa de lectura en la que también participó Martín Gardella, amigo de ambos. Un año después nos reencontramos en Santiago del Estero, la ciudad donde radicaba. Junto a varios escritores santiagueños había organizado un encuentro de escritores y tuvo la bondad de convidarme. No olvidaré nunca que aquella vez nos recibió en su casa, donde cenamos junto a Mariana Lucatelli, su esposa, y los escritores Alejandro Vaccaro, argentino, y Rony Vásquez Guevara, peruano. En aquella ocasión llevé a mi hija mayor, quien conoció a Toño y también recibió de él un trato de caballero.
Al saber de su muerte sobrevolé muros de Facebook de amigos comunes; todos coincidían en la misma idea: Antonio Cruz fue un hombre generoso, sensible, solidario, inteligente y entregado a su profesión de médico y su vocación de escritor. Alguna vez le dediqué un cuento, lo que yo entendí nomás como un apretón de manos. Nunca dejó de agradecerlo con palabras de apoyo a mi trabajo y de cariño a mi familia. Era un tipazo. Nunca lo olvidaré. Descanse en paz.

sábado, junio 20, 2020

Cuentos chinos




















Tanto como la India o más, China es un país al que jamás entenderé. El tiempo que me queda ya no me dará margen para comprender algo, así sea poco, sobre su tremenda cultura y sobre el desafío que implica dimensionar en la cabeza un conglomerado social con cientos de años de historia y, ahora, más de 1400 millones de habitantes. Los 365 días del año tal cantidad de seres humanos está en movimiento para producir, de ahí que todos los países tiemblen ante el avance y las proyecciones económicas del gigante asiático. Es pues poco lo que sé, o sabemos, sobre China, fuera de que en los meses recientes se convirtió en centro de atención tras aparecer en las noticias como cuna de la pandemia.

Para saber bien bien de China es necesaria una curiosidad que debe durar toda la vida. A quienes se dedican a estudiar lo chino se les llama “sinólogos”, esto para no llamarlos, por eufonía, “chinólogos”. Es posible afirmar que el mexicano José Vicente Anaya lo sea, según he podido vislumbrar en su semblanza. Nació en Villa Coronado, Chihuahua, en 1947, y es poeta, periodista cultural, editor, traductor y ensayista. Estudió Ciencias Políticas y Literatura en la UNAM. Entre otros, ha traducido a Ginsberg, Artaud, Miller, ha colaborado en numerosas revistas y suplementos culturales, y es autor de más de 25 libros. Fundador y codirector de la afamada Alforja, revista de poesía.

En Largueza del cuento corto chino, recopilación, prólogo, traducción y notas de Anaya, encontramos una probadita de la cultura china, en este caso literaria. Son textos de formato breve, todos o casi todos articulados en clave de parábola o lección, muchos de ellos no desprovistos de humor. El título elegido por Anaya es certero: los textos son cortos, cierto, pero tienen en la conciencia del lector un efecto expansivo, como un alargamiento del sentido apreciado a primera vista. Aparece aquí, por ejemplo, el cuento chino más famoso en Occidente, “El sueño de Chuang Chou”: “Hace mucho tiempo, yo, Chuang Chou, soñé que era una mariposa que al volar se había llenado de gozo. En el sueño yo ignoraba ser Chuang Chou. De pronto desperté y volví a ser el verdadero Chuang Chou; pero no sabía si Chuang Chou había soñado que era una mariposa, o si una mariposa estaba soñando que era Chuang Chou”.

Todos los cuentos de este libro ofrecen “algo”, un plus que nos lleva a la reflexión o a la sonrisa, como “El infierno”: “Ta Mo, el gran maestro fundador del budismo Chan, estuvo discutiendo con el emperador sobre si existía o no el infierno. El emperador negaba rotundamente que existiera, mientras que Ta Mo lo afirmaba. Cada vez que Ta Mo argumentaba su convicción, el emperador se molestaba más y más hasta que terminó enfurecido insultando al maestro. Ta Mo, sin perder la serenidad, le dijo: —¿Ya se percató su alteza de que el infierno existe, y de que en este momento su señoría está en él?”

Largueza del cuento corto chino es una muy afortunada compilación de José Vicente Anaya. Comparto sus datos editoriales para que lo busquen y, si es posible, lo lean: Almadía, 2010, Oaxaca de Juárez, 187 pp.

miércoles, diciembre 11, 2019

El mago de las fechas



















El bus de la excursión estaba a punto de partir. El guía nos había dado dos horas para recorrer el centro de aquella pequeña ciudad turística. Durante unos minutos erré con una pareja alemana de recién casados. Ella hablaba un español mocho, pero entendible. Poco después me desesperé, y supongo que ellos también se desesperaron de caminar a mi lado en plan de compartirnos frases huecas, así que optamos por tomar rumbos distintos. Era casi el final del viaje, y localicé pronto el mercadito de las artesanías para llevar a casa lo de siempre, llaveros, bisutería, ceniceros y todas esas baratijas que sirven para alegrar un minuto a los familiares y amigos más cercanos. Eché un vistazo al reloj y vi con gusto que quedaba media hora para escoger los ineludibles souvenirs. No sin algún tibio regateo, escogí las chácharas. Volví a ver el reloj: diez minutos para que saliera mi bus. Calculé que estaba a tres cuadras del estacionamiento, es decir, a tres minutos de caminata a paso veloz. Entonces vi el pequeño tumulto en una esquina. Un hombre hablaba con voz bien timbrada y elocuencia casi magisterial. Usaba un saco azul oscuro y muy cuadrado de los hombros, y una corbata roja y sebosa. Mostraba en su mano derecha unos sobres que describía como “el método”. Yo no entendía de qué se trataba eso, pero me detuve porque el público lo miraba y lo escuchaba sin parpadear. El tipo explicó.
—… el método es infalible, y les aseguro que dejará boquiabiertos a sus amigos. Luego de que lean las instrucciones contenidas en este sobre, ustedes no ignorarán una sola fecha de nacimiento y muerte de los personajes más famosos de la historia del arte, la política, la ciencia y el deporte. Este método les asegura la admiración de quienes los escuchen, y para demostrarlo me expongo ante ustedes a cualquier inquisición. Díganme el nombre de algún personaje relevante y de inmediato diré el año de su nacimiento y el año de su muerte…
No puedo negar que quedé atrapado por esa explicación. El tiempo corría, el bus iba a salir y yo deseaba ver el resultado de la prueba. Para apurar el examen, fui el primero en proponer un nombre famoso.
—Martin Luther King —grité, seco.
—1929-1968 —respondió de inmediato el merolico.
Hubo un breve silencio. Luego, del pequeño tumulto salió una voz de mujer.
—Sor Juana Inés de la Cruz.
—1651-1695.
Esa segunda respuesta detonó una andanada de nombres y de más respuestas expresadas sin átomo de titubeo, serenas, como enunciadas por quien atraviesa una especie de trance.
—Galileo.
—1564-1642.
—Simón Bolívar.
—1783-1830.
—Charles Chaplin.
—1889-1977.
—Juana de Arco.
—1412-1431.
—Cicerón.
106 a.C.-43 a.C.
—Marx.
—1818-1883.
Las respuestas eran seguras e inmediatas, tanto que se hizo un silencio cuando de momento, sorprendido por la escena, el público ya no halló más nombres. Pensé en alguien menos visible, pero importante en la historia por alguna hazaña, y grité su nombre.
—Edmund Hillary.
—1919-2008.
No pude creerlo. Concluí que ese pobre merolico, un Wikipedia de carne y hueso, tenía muy buena memoria, y él, sin saber lo que pasaba por mi mente, me contradijo.
—Ustedes están pensando que esto es sólo buena memoria. Se equivocan. Mi método —aquí levantó de nuevo los sobres— es sencillo, ustedes sólo deben aprender algunas reglas elementales y hacer dos simples operaciones aritméticas. Les doy un avance: piensen primero en el siglo XVI. Ese será, digamos, nuestro punto de partida hacia el pasado y el presente…
Vi mi reloj, me había pasado diez minutos de la hora convenida para llegar al bus, y, sin más, corrí. El apuro me hizo olvidar por un momento al mago de las fechas, pero en todo el trayecto de regreso a mi país no dejé de pensar en su voz, en su memoria y en la posibilidad de que los sobres guardaran, en efecto, “un método”.
Pasado un tiempo, y para no frustrarme, opté por pensar que lo soñé. Es lo más fácil: olvidar esas vivencias, obligarnos a creer que fueron pesadillas.