Libro
con apretada unidad de forma y contenido, Astillas
de hueso (Ediciones Sherezade, Santiago de Chile, 2013, 98 pp.), de la
escritora chilena Gabriela Aguilera, es una densa incursión narrativa por el
horror de la represión y la tortura. Las sesenta microficciones que lo componen
han sido escritas para mostrar los dos costados de una misma realidad: por un
lado, la resistencia, el apego a los ideales, el esfuerzo por mantener la
dignidad en los escenarios más oscuros, y, por el otro, la pesadez de los actos
infligidos por sujetos endemoniados y de mano diestra y tajante en la práctica
de la aniquilación.
Gabriela
Aguilera ha publicado, entre otros, Doce
guijarros (cuentos, 1976); Asuntos
privados (cuentos, 2006); Con
pulseras en los tobillos (microcuentos, 2007); En la garganta (cuentos, 2008); Fragmentos
de espejos (microcuentos, 2011); Saint
Michel (micronovela, 2012); Guerreros
de Dios (micronovela, 2016); En una
maleta (nanonovela, 2018); Los
árboles hablan en Salem (nanonovela, 2020); El Clan del Guanaco (novela, 2022). Sus textos han aparecido en
diversas antologías digitales y en soporte de papel en Chile, España,
Argentina, Croacia, Perú, Estados Unidos, Francia, Venezuela, México, Alemania,
Italia, Bulgaria y Grecia. Desde su fundación, es miembro del Colectivo
Señoritas Imposibles (escritoras chilenas de narrativa negra) y de REM (Red de
Escritoras Microficcionistas). Es una de las creadoras del proyecto literario
de microficción “¡Basta! (contra la violencia de género)”. Es Co-ejecutora del
proyecto “Otras vidas”, que releva la historia de la transgeneridad en Chile.
Obtuvo la Beca a la Creación Literaria en 2009, 2016, 2018 y 2021, y participa
en la corporación Letras de Chile.
Ejecuciones,
torturas, persecución, ajusticiamiento desde las perspectivas de las víctimas y
los victimarios políticos. Puede ser que a un lector no avisado se le escapen
las alusiones a hechos, a lugares y personajes concretos, pero estas
precisiones no son necesarias, si fuera el caso. Lo que al lector queda no
necesariamente es la certeza de que Chile padeció el espanto del terrorismo de
Estado, sino el hecho cierto de que la brutalidad acecha al que reclama, al que
lucha, al que critica, esto en cualquier momento y en cualquier lugar, como
también lo hemos visto tantas veces en México.
Uno
de los aciertos que me agrada encontrar en los libros de narrativa breve y
brevísima, como la contenida en Astillas
de huesos, es el propósito de unidad. Por supuesto no es imprescindible,
pues un libro con este tipo de piezas puede no ser concebido ni ejecutado como
suele pasar con la novela, que ase y despliega un tema y a él se ciñe así sea
de manera sinuosa. Los libros de cuento convencional o microficción a veces se
articulan mediante procesos que atraviesan diferentes estados de ánimo en el
autor, lo que torna miscelánea la complexión de un libro en términos de estilo,
tono y, sobre todo, tema. Por otro lado, cuando los libros de esta índole son
concebidos como una apretada unidad, añaden un valor que algunos lectores
destacamos y agradecemos, pues lo inteligimos como corpus asequible de un
vistazo.
En
Astillas de hueso, Gabriela Aguilera
agrupa microhistorias que procuran, como señalé renglones antes, acercarnos a
todas las facetas de la vida social, económica y política en países como Chile,
aunque podrían valer a cualquier otra realidad en la que se hayan pisoteado los
derechos civiles y donde se hayan enseñoreado los usos y costumbres del poder
más aberrante. En páginas con gran fuerza alusiva, sin necesidad de explicar
mucho, asistimos a todas las calamidades que uno pueda imaginar cuando se
fractura todo, comenzando por las garantías más elementales del ciudadano.
Secuestros, torturas, masacres, mentiras, imposturas, saqueo, traiciones, robo,
desaparición, campean en las breves historias del libro, un recordatorio de que
la barbarie ha puesto muchas veces en marcha su engranaje, un engranaje que
cuando es detenidos no deja de mantener latente su renovado y atroz
funcionamiento, como sucedió en Chile con el gobierno de Piñera, en Brasil con
el triunfo de Bolsonaro y hoy en la Argentina con el mendaz, cruel y disparatado
estafador Milei, quien ya pinta para terminar su desgobierno en el desastre.
Comparto tres piezas de este libro entrañable con la seguridad de que resumen bien lo que ya dije: su unidad en todo sentido y algo que aquí añado: su calidad humana, un rasgo que sin renunciar al arte aspira a ser algo más que eso, arte. Destaco solamente que varias de las historias (como la primera que cito sobre el descubrimiento de una fosa clandestina en Pisagua o la de los kaibiles) aluden a hechos reales, y otras tienen un trazo más abstracto y abarcador, como la segunda micro que aquí comparto.
Los
ensacados
Con
Pisagua dolorosamente en la memoria
Así los encontraron, diecisiete años después, en un pueblo costero del norte. Los habían metido en sacos, luego de vendarles los ojos y dispararles de frente y de espaldas. Los ejecutores ni siquiera les dieron la oportunidad de quedar mirando el mar y los arrojaron en la fosa de dos metros de profundidad. Permanecieron sumergidos en la oscuridad y la sal. Pero los muertos que no son olvidados insisten en aparecer. Cuando salieron a la luz, el grito que permaneciera coagulado en sus bocas después de la última ráfaga, se escuchó en todo el país acribillado.
Historia
de los castigos
Cuando nos reunimos conformamos un libro. Sí,
porque en nuestros cuerpos está escrito lo que sucedió y cada uno es una
página. Hay marcas, escrituras que podemos ver y otras que no. Sin embargo,
podemos leernos.
Faltan páginas en este libro de nuestra
historia. Unas volaron con el viento, otras fueron lanzadas al mar. Muchas
fueron despedazadas, quemadas, borradas. Acaso alguna estará en un basural del
desierto, intacta.
Buscamos, aún, las páginas faltantes de este libro nacional.
Kaibiles
I
Tienen la fuerza y la astucia de dos tigres. Eso significa su nombre. Nacen con la marca. El gobierno los busca entre la población, los identifica, los recluta y los entrena. Así pasan a formar parte de los grupos de élite que rastrillan los poblados cazando a otros hombres. Los cubre un manto de silencio y complicidad. Sus pies abren la espesura, marcando un camino entre las cañas y las lianas de la selva húmeda. Sus ojos son centellas bajo el sombrero alón y el sudor cae en gotas por sus pieles broncíneas. Son pequeñas bestias que matan a machete. La guerra civil los reviste de legitimidad. El rumor de sus andanzas queda pesando en las aldeas. La gente les teme más a ellos que a los tigres de verdad.