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sábado, marzo 29, 2025

Microficciones de Gabriela Aguilera

 












Libro con apretada unidad de forma y contenido, Astillas de hueso (Ediciones Sherezade, Santiago de Chile, 2013, 98 pp.), de la escritora chilena Gabriela Aguilera, es una densa incursión narrativa por el horror de la represión y la tortura. Las sesenta microficciones que lo componen han sido escritas para mostrar los dos costados de una misma realidad: por un lado, la resistencia, el apego a los ideales, el esfuerzo por mantener la dignidad en los escenarios más oscuros, y, por el otro, la pesadez de los actos infligidos por sujetos endemoniados y de mano diestra y tajante en la práctica de la aniquilación.

Gabriela Aguilera ha publicado, entre otros, Doce guijarros (cuentos, 1976); Asuntos privados (cuentos, 2006); Con pulseras en los tobillos (microcuentos, 2007); En la garganta (cuentos, 2008); Fragmentos de espejos (microcuentos, 2011); Saint Michel (micronovela, 2012); Guerreros de Dios (micronovela, 2016); En una maleta (nanonovela, 2018); Los árboles hablan en Salem (nanonovela, 2020); El Clan del Guanaco (novela, 2022). Sus textos han aparecido en diversas antologías digitales y en soporte de papel en Chile, España, Argentina, Croacia, Perú, Estados Unidos, Francia, Venezuela, México, Alemania, Italia, Bulgaria y Grecia. Desde su fundación, es miembro del Colectivo Señoritas Imposibles (escritoras chilenas de narrativa negra) y de REM (Red de Escritoras Microficcionistas). Es una de las creadoras del proyecto literario de microficción “¡Basta! (contra la violencia de género)”. Es Co-ejecutora del proyecto “Otras vidas”, que releva la historia de la transgeneridad en Chile. Obtuvo la Beca a la Creación Literaria en 2009, 2016, 2018 y 2021, y participa en la corporación Letras de Chile.

Ejecuciones, torturas, persecución, ajusticiamiento desde las perspectivas de las víctimas y los victimarios políticos. Puede ser que a un lector no avisado se le escapen las alusiones a hechos, a lugares y personajes concretos, pero estas precisiones no son necesarias, si fuera el caso. Lo que al lector queda no necesariamente es la certeza de que Chile padeció el espanto del terrorismo de Estado, sino el hecho cierto de que la brutalidad acecha al que reclama, al que lucha, al que critica, esto en cualquier momento y en cualquier lugar, como también lo hemos visto tantas veces en México.

Uno de los aciertos que me agrada encontrar en los libros de narrativa breve y brevísima, como la contenida en Astillas de huesos, es el propósito de unidad. Por supuesto no es imprescindible, pues un libro con este tipo de piezas puede no ser concebido ni ejecutado como suele pasar con la novela, que ase y despliega un tema y a él se ciñe así sea de manera sinuosa. Los libros de cuento convencional o microficción a veces se articulan mediante procesos que atraviesan diferentes estados de ánimo en el autor, lo que torna miscelánea la complexión de un libro en términos de estilo, tono y, sobre todo, tema. Por otro lado, cuando los libros de esta índole son concebidos como una apretada unidad, añaden un valor que algunos lectores destacamos y agradecemos, pues lo inteligimos como corpus asequible de un vistazo.

En Astillas de hueso, Gabriela Aguilera agrupa microhistorias que procuran, como señalé renglones antes, acercarnos a todas las facetas de la vida social, económica y política en países como Chile, aunque podrían valer a cualquier otra realidad en la que se hayan pisoteado los derechos civiles y donde se hayan enseñoreado los usos y costumbres del poder más aberrante. En páginas con gran fuerza alusiva, sin necesidad de explicar mucho, asistimos a todas las calamidades que uno pueda imaginar cuando se fractura todo, comenzando por las garantías más elementales del ciudadano. Secuestros, torturas, masacres, mentiras, imposturas, saqueo, traiciones, robo, desaparición, campean en las breves historias del libro, un recordatorio de que la barbarie ha puesto muchas veces en marcha su engranaje, un engranaje que cuando es detenidos no deja de mantener latente su renovado y atroz funcionamiento, como sucedió en Chile con el gobierno de Piñera, en Brasil con el triunfo de Bolsonaro y hoy en la Argentina con el mendaz, cruel y disparatado estafador Milei, quien ya pinta para terminar su desgobierno en el desastre.

Comparto tres piezas de este libro entrañable con la seguridad de que resumen bien lo que ya dije: su unidad en todo sentido y algo que aquí añado: su calidad humana, un rasgo que sin renunciar al arte aspira a ser algo más que eso, arte. Destaco solamente que varias de las historias (como la primera que cito sobre el descubrimiento de una fosa clandestina en Pisagua o la de los kaibiles) aluden a hechos reales, y otras tienen un trazo más abstracto y abarcador, como la segunda micro que aquí comparto.

Los ensacados

Con Pisagua dolorosamente en la memoria

Así los encontraron, diecisiete años después, en un pueblo costero del norte. Los habían metido en sacos, luego de vendarles los ojos y dispararles de frente y de espaldas. Los ejecutores ni siquiera les dieron la oportunidad de quedar mirando el mar y los arrojaron en la fosa de dos metros de profundidad. Permanecieron sumergidos en la oscuridad y la sal. Pero los muertos que no son olvidados insisten en aparecer. Cuando salieron a la luz, el grito que permaneciera coagulado en sus bocas después de la última ráfaga, se escuchó en todo el país acribillado.

Historia de los castigos

Cuando nos reunimos conformamos un libro. Sí, porque en nuestros cuerpos está escrito lo que sucedió y cada uno es una página. Hay marcas, escrituras que podemos ver y otras que no. Sin embargo, podemos leernos.

Faltan páginas en este libro de nuestra historia. Unas volaron con el viento, otras fueron lanzadas al mar. Muchas fueron despedazadas, quemadas, borradas. Acaso alguna estará en un basural del desierto, intacta.

Buscamos, aún, las páginas faltantes de este libro nacional.

Kaibiles I

Tienen la fuerza y la astucia de dos tigres. Eso significa su nombre. Nacen con la marca. El gobierno los busca entre la población, los identifica, los recluta y los entrena. Así pasan a formar parte de los grupos de élite que rastrillan los poblados cazando a otros hombres. Los cubre un manto de silencio y complicidad. Sus pies abren la espesura, marcando un camino entre las cañas y las lianas de la selva húmeda. Sus ojos son centellas bajo el sombrero alón y el sudor cae en gotas por sus pieles broncíneas. Son pequeñas bestias que matan a machete. La guerra civil los reviste de legitimidad. El rumor de sus andanzas queda pesando en las aldeas. La gente les teme más a ellos que a los tigres de verdad.

sábado, julio 04, 2009

Golpe a golpe



La asonada en Honduras parece una mera anécdota en la historia de América Latina, pero no es para tomarse a la ligera o verla de reojo, como si aquella no fuera más que una zarzuela centroamericana de la cual nos podemos desentender así nomás. La historia de nuestro continente cultural fue plagada durante dos siglos casi enteros, el XIX y XX, por la mala suerte de sufrir, sistemáticamente, golpes castrenses que de la noche a la mañana, sin metáfora en este caso, se hacían del poder a punta de bayoneta y sangre. Esa tentación, por lo visto, no ha dejado de estar allí.
Un chiste ilustra la catadura de los militares llegados a la cima de la política por medio de las armas. Por eso aguas. Aquellos milicos, como los cocodrilos, no se andan con mamadas, así que más vale leer esta historia como parábola bíblica. Va pues. Se cuenta que un grupo de generales se reúne en la clandestinidad para acordar un albazo contra el generalote que durante décadas ha controlado las autocráticas riendas de cierto país. Los militares debaten, cuestionan, se animan, se desaniman, se engallan. Luego de varias horas, entre el humo de los cigarrillos y el amargor del café quemado, todos por fin coinciden en sacar a la tropa muy temprano, a las cinco de la mañana (de allí la palabra albazo), para asumir el control de la nación y destituir (si se puede hasta matar) al sátrapa. La reunión se deshace, todos salen con cuidado hacia sus puestos, y uno de ellos, el general Martínez, quien por cierto será el personaje al que seguiremos, va a su casa. Desde el principio, aunque actuó bien para que no se notara su vacilación, pensó que eliminar al comandante supremo iba a estar del maldito carajo, y que, si la operación fallaba, todos los militares insubordinados desfilarían, sin juicio ni nada, frente a gatilleros que gustosos harían fuego en algún descampado de la selva. La duda lo engullía. Eran las once de la noche, la víspera del golpe. Martínez tenía sueño, pero no podía dormir. A las doce con treinta comenzó a resquebrajarse su seguridad; pensó en vestirse de inmediato para ir al palacio del supremo general y delatar a los golpistas. La duda lo detuvo. ¿Y si lograban su propósito? Al final de cuentas, todos habían jurado lealtad al proyecto, por el bien de la patria. Pasó otras dos horas despierto, inquieto, fumando en un patio interior, concentrado en el futuro inmediato. Eran las dos y treinta de la madrugada cuando, decidido, fue a tomar la llave de su coche: iría a palacio para denunciar a los traidores y salvar así su pellejo. Ya en el coche, antes de encenderlo, recordó los rostros de sus colegas: en todos vio el gesto del arrojo, de la certeza, del odio al criminal que se había enquistado en el poder. Martínez permaneció así, quieto, nervioso, sudando, sin encender el coche. Sacó un cigarrillo y comenzó a fumar en la oscuridad de su garage. En ese preciso momento se estaba jugando su futuro, un águila o sol del que dependía su vida y las de todos sus familiares. Seis, siete, tal vez ocho cigarrillos más pasaron volando dentro del coche. Vio su reloj. Faltaban quince minutos para las cinco, y calculó que podía estar en las puertas de palacio en poco menos de diez minutos. Encendió el coche, y aceleró. Frenó frente al enorme enrejado de la entrada central. Unos guardias se aproximaron y, al identificarlo, le permitieron el paso sin mayores trámites. Faltaban cinco minutos para las cinco. Un ama de llaves le permitió llegar sin problemas a la recámara del supremo general, quien aguardaba plácido, fumando y con bata de dormir. De inmediato, Martínez le comunicó la nueva:
—Señor comandante, he asistido como supuesto aliado a reuniones tramadas para derrocarlo hoy a las cinco de la mañana. Yo soy leal a su persona y a la patria, así que vengo a que tome providencias.
—Caray, Martínez. Nada más faltaba usted para venir a denunciar ese asqueroso plan. Ya me estaba decepcionando.