Hace
más de 25 años, para escribir un cuento finalmente publicado junto con otros en
un libro, conviví de cerca con el último discurso de Salvador Allende. La idea
de aquel relato fue emplear las asediadas palabras del presidente chileno para
enfatizar su permanencia en la memoria del protagonista dentro de mi ficción, y
modestia al margen creo que no quedó tan mal. No lo he releído en años (suelo
no releerme para evitar sonrojos retrospectivos), pero sí he vuelto varias
veces más al discurso de Allende, tanto que en varios pasajes puedo anticipar,
pese a mi mala memoria, las palabras en el fluido oratorio.
El
discurso no es un informe administrativo, sino una pieza retórica herida y
serena en su trágica ilación. Mientras avanza el golpe de Estado que encabeza
el general Pinochet, lo que incluyó el control de los medios que podían
difundir la noticia, al presidente le queda la señal de Radio Magallanes para
comunicarse con la población. Sabe que las horas de su gobierno y aún sus horas
de vida están contadas. Los militares bombardean el palacio de la Moneda y no
pararán hasta liquidar a su huésped principal y hacerse del poder. Así y todo,
el mandatario echa a andar su último mensaje a la nación. Si bien menciona
algunos nombres propios y observa situaciones de coyuntura política, las
palabras del presidente fluyen en un registro literario, se podría decir que
hasta poético. Creo que esta es la razón por la que han sobrevivido y son
recordadas hasta ahora. Su fuerza está en que construyeron imágenes, en que
expresaron una emoción espiritual con cadencia firme, sobria, ajena al
exabrupto que, por otro lado y dada su situación, no hubiera sido ilegítimo,
más porque habló sin guion. A lo más que llega es a adjetivar como “rastrero” a
un general, y todas las demás palabras tienen el aseo de un hombre conteniendo la
emoción violenta, dispuesto a morir serena y firmemente en la nobleza de sus
ideales.
El
pasaje más famoso del discurso entre sus muchos pasajes famosos es, a mi
juicio, éste: “El pueblo debe defenderse, pero no sacrificarse. El pueblo no
debe dejarse arrasar ni acribillar, pero tampoco puede humillarse. Trabajadores
de mi Patria, tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este
momento gris y amargo donde la traición pretende imponerse. Sigan ustedes
sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo abrirán las grandes
alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor. ¡Viva
Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los trabajadores! Estas son mis últimas palabras
y tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano, tengo la certeza de
que, por lo menos, será una lección moral que castigará la felonía, la cobardía
y la traición”.
Recordé
el último discurso de Allende hace pocos días, cuando Milei visitó a Juan
Antonio Kast y reivindicó, sin que el mandatario chileno hiciera gestos, la
figura de Pinochet, es decir, su horripilante dictadura, valga el pleonasmo.
Recordé también que hace varios años pensé en escribir un apunte donde compararía
el mensaje de Allende con los mensajes de Pinochet a sus subordinados. El
general sublevado era un sujeto pedestre, ambicioso, bruto, así que no resultaba
posible esperar de él palabras ajenas a su esencia. No escribí nada aquella
vez, sólo lo pensé. Ahora, a 53 años del golpe en Santiago, la visita de Milei
a Chile me hizo ver un rasgo común presente en esos trogloditas: su vocabulario
cuartelero, su bestialidad 24/7, y ahora sí decidí urdir el apunte, éste que vamos
leyendo.
Casi
a la misma hora —minutos más, minutos menos— en la que Allende habló a los chilenos
que pudieron escucharlo, el general que lo traicionó ayudado por los gringos se
comunicaba por radio interno con los militares subordinados a su mando. En
diálogo con el almirante Patricio Carvajal, salta esta joya que lo pinta entero
como sujeto pérfido (ambos se refieren a Allende):
“Carvajal:
Ellos están ofreciendo parlamentar.
Pinochet:
Rendición incondicional, nada de parlamentar. Rendición incondicional.
Carvajal:
Muy bien, conforme. Rendición incondicional en que lo toma preso, ofreciéndole
nada más que respetarle la vida, digamos.
Pinochet:
La vida y su integridad física y en seguida se le va a despachar para otra
parte.
Carvajal:
Conforme, o sea que se mantiene el ofrecimiento de sacarlo del país.
Pinochet:
Se mantiene el ofrecimiento de sacarlo del país... Y el avión se cae, viejo,
cuando vaya volando.
Carvajal:
Conforme (Risas)”.
Son
más las grabaciones que existen de Pinochet durante la asonada del 11 de septiembre
de 1973. En todas se muestra como lo que fue: un burro dando de patadas a la
Constitución. Y no era por el calor de los acontecimientos, por la agitación
que supone perpetrar un golpe de Estado en el papel de traidor. Pinochet era un
sátrapa puro, como varias décadas después lo confirmarían hasta decir basta las
grabaciones del general Gustavo Leigh, miembro de la Junta Militar que quiso
convencer a Pinochet de aflojar un poco la fiereza de la represión. Por
supuesto que no fue escuchado y durante muchos años continuó la masacre a la
democracia chilena, además de la muerte o el exilio para muchos.
A ese tirano vulgar reivindicó el vulgar Milei frente a Kast. Todo queda en familia.

