Carlos Caszely (Santiago de Chile, 1950) fue un goleador indiscutible. Anotó casi 300 tantos, la mayoría con el Colo Colo, equipo más popular de su patria. Si nos pidieran imaginar a un killer de las porterías enemigas, es probable que la complexión que nos parecería menos apta es la de Caszely: era chaparrón, de cuerpo algo cuadrado, como el de Bob Esponja. Además, el pelo crespo y el mostacho denso podían inducirnos a pensar en un trabajador de oficina, no en un artillero del futbol. Caszely, pues, no impresionaba por su facha, pero tenía unas facultades que hasta hoy lo hacen digno de figurar en cualquier lista de cañoneros. Su menú deja ver que clavaba goles de diversa factura, pero su especialidad era llegar driblando hasta la mismísima raya de la meta enemiga. En otras palabras, tenía la obsesión de quitarse a todos los defensores, incluido el portero, y empujar la pelota caminando; marcó incluso un gol maradonesco en el que eludió hasta al árbitro. Dos datos importantes acompañan su biografía. En tiempos de Pinochet, se declaró abiertamente de izquierda, lo cual no es poco decir, y fue el primer expulsado con tarjeta roja en un Mundial, el del 74.
Mostrando las entradas con la etiqueta pinochet. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta pinochet. Mostrar todas las entradas
martes, junio 23, 2026
jueves, septiembre 12, 2013
Admirable Lemebel

En 2005 publiqué, y no estaba integrada al blog Ruta Norte Laguna, esta reseña sobre la primera novela del chileno Pedro Lemebel. Creo que readquiere algo de vigencia en el 40 aniversario del golpe de 1973.
Admirable Lemebel
Nada, ningún libro de
Pedro Lemebel puede ser hallado en La Laguna. Tuve que esperar un año para que
algún amigo cercano viajara a Chile y me trajera un libro más de aquel autor
insólito en las letras latinoamericanas. El amigo cercano fue mi alumno Diego
Iván Pérez, quien a finales de noviembre estuvo en Santiago y allí detectó el
encargo que le hice: Tengo miedo torero,
la primera novela del cronista Lemebel.
Supe de este autor
gracias a Juan Pablo Neyret, quien no sólo me lo mencionó insistentes veces en
nuestras conversaciones argentinas, sino que una y otra vez dejaba caer el
apellido “Lemebel” en nuestra charla emílica. Tanta y tan profunda es la
admiración de Neyret por el chileno que hasta a propuesta mía le publicamos un
ensayo sobre el tema en Acequias,
revista de la UIA Laguna. Neyret, lo cito abreviadamente, dice allí de este
escritor gay que es “uno de los mejores prosistas
contemporáneos de la lengua castellana. Lengua que él le saca al idioma, lengua
que retuerce y que menea obsceno desde su condición de roto, marica,
izquierdista, antipinochetista...”.
Todo eso, las charlas y el ensayo, me obligaron a encender la linterna para
buscar lo que fuera de Lemebel. En mayo encontré Loco afán. Crónicas de sidario, volumen publicado por Anagrama. No
pensaba que los elogios fueran para tanto, pero mi primera reacción resultó
similar a la que puede tener un adolescente cuando le compran la motocicleta de
sus sueños: me invadió la alegría de recorrer las pistas de la literatura en un
par de llantas nuevas, en una prosa que fluía barroca, desenfadada y al alimón
comprometida, hiriente y tierna a la vez, cínica y grave en todo renglón.
Entendí así, de golpe, el merecido éxito de Lemebel, su gran cauda de lectores,
el nervio electrizante de su palabra.
Cierto: leí sus
crónicas y me dejaron hundido en la fascinación, pero yo esperaba la novela.
Así, varios meses luego, Tengo miedo torero me cayó en las palmas y la
insumí de tres fumadas, casi ajeno al respiro y al alimento. ¿Y qué hechiza de
Lemebel en Tengo miedo torero? La
respuesta es tan simple como vaga: todo, hasta sus muy humanas imperfecciones.
El chileno encontró en este relato el tono perfecto para narrar la emotiva
historia de la Loca del Frente, un joto que, como dice la contratapa, “sin
saber sabiendo” ayuda en 1986 a una escuadra de guerrilleros del Frente
Patriótico Manuel Rodríguez. Fue tal el impacto que me causó el ingreso al
libro que durante las primeras cuarenta páginas no reparé en tomar una sola
nota ni en hacer un solo subrayado. Nada. La narración se dejó venir como
avalancha hacia mis ojos y entré en la vida de esa loca con una facilidad sólo
comparable a la del polluelo que ingresa feliz a la jaula.
Básicamente, la novela
de Lemebel presenta cuatro personajes: la Loca del Frente, Carlos —el joven
universitario que milita con ese seudónimo en el FPMR—, el tirano chileno por
antonomasia y su incallable y estólida esposa. Con esos protagonistas, y con el
Chile de la monstruosidad pinochetista, el autor de Tengo miedo torero arma un fresco que va más allá,
infinitamente más allá, de la mera anécdota: el país narrado es un país preso
por el dolor que le inflige diariamente, desde el 11 de septiembre de 1973, esa
bestia irrefrenable apellidada Pinochet Ugarte. A través de la loca enamorada
de un Carlos frentista que sólo le corresponde con miraditas y fugaces abrazos,
entramos en la preparación del atentado que en septiembre del 86 organizó el
FPMR contra el déspota. El resultado ya lo sabemos: Pinochet salvó el cochino
pellejo pero en el mundo, y sobre todo en Chile, quedó la marca del odio que la
libertad y la justicia le profesaban, le profesan, a ese extraordinario
criminal, a ese record man de la
muerte.
No era para menos. Desde
el golpe contra Allende el tirano y sus secuaces inundaron de cadáveres el
suelo chileno e incluso cometieron atrocidades fuera del país, como el
asesinato, perpetrado hacia 1976, de Orlando Letelier en Washington. Chile fue
durante esos años de tiniebla un gran campo de concentración, un imperio de
pánico que tuvo su mayor emblema en la horrendamente célebre Villa Grimaldi,
fábrica de tortura que las 24 del día no dejaba de producir brutalidad. Allí,
los esbirros del gorila aplicaban toda suerte de vejámenes: abusos sexuales, amedrentamiento a familiares, apaleos, aplicación de alcohol y
corrientes eléctricas a las heridas producidas por la tortura, aplicación de electricidad con picana en
diversas partes del cuerpo, arrancamiento de uñas, cejas, pelo y otras partes
del cuerpo, arrojamiento de excrementos e
inmundicias y un etcétera aterrador y kilométrico.
En esa porquería de régimen vive la Loca del
Frente, quien sin hacer preguntas asila en su pintoresco hogar a los jóvenes
del FPMR para que allí, en voz baja durante toda la novela, organicen el ataque
contra el generalote. Mientras eso ocurre, el marica sigue ensimismado en su
mundo de boleros radiofónicos (muchos de ellos mexicanos, por cierto), en sus
bordados de sábanas para vender, en su enculamiento platónico de Carlos. La historia no se derrumba en el chantaje de
crear una heroicidad apócrifa para la Loca. Su heroicidad radica precisamente
en no ser heroica, en ser una mariposa ordinaria y enamorada, sin estudios ni
deseos de luchar más allá de lo que garantice su supervivencia. He ahí parte de
la genialidad en este relato: si un ser convencional, adrede marcado por un
pasado cuasilumpen, cursi y apolítico es capaz de sentir rabia ante la barbarie
de los milicos, en qué condiciones podemos imaginar que estaba Chile. La Loca
entonces es solidaria aunque no lo apetezca, es sensible ante el horror
padecido por su pueblo y jamás usa su condición de gay para decirnos que “hasta
él” es capaz de aborrecer al régimen, lo que le da a Tengo miedo torero un
aroma profundo de autenticidad.
Aunque a veces no se
note, el aire irrespirable e invasivo del ultraje cubre todos los espacios de
la novela. Esa opresión es contada por medio de una prosa que al mismo tiempo
nos hechiza y nos golpea con su candente novedad. Cuando parece que el español
ha dado todo su jugo a punta de exprimidas y exprimidas, Lemebel le extrae
resonancias inéditas, ritmos que son como piruetas barrocas inencontrables en
otras páginas. Hay en Lemebel, como escribió el también chileno Bolaño sobre
Horacio Castellanos Moya, una “voluntad de estilo” insólita, o una preocupación
por crear un extraño y deslumbrante “sistema de metáforas”, como dijo Paz sobre
Lezama.
Neyret apunta con tino
que el de Lemebel “Es un barroco de acá, del Sur, barroco
de barro arrastrado por el río Mapocho. Se trata, en principio, de la
emergencia (en el doble sentido del término) de la escritura homosexual,
siempre bord(e)ando el kitsch pero, y eso es lo que lo diferencia de aquella
oscilación entre el ‘talento’ y la ‘vulgaridad’, con conciencia del artificio.
Lo que parece fluir como la conversación de una pajarraca parlanchina (para
usar comparaciones lemebelianas) es en realidad un apretado trabajo de
redacción y, más aún, de corrección, que no deja palabra ni puntuación libradas
al azar. La alternancia entre el género femenino y masculino al momento de
referirse a la Loca del Frente, la interminable cadena de sinónimos que se
utilizan para nombrarla, dan cuenta de un estilo envidiablemente encabalgado
entre la espontaneidad y la elaboración, ya conocido en las crónicas, pero al
que quien lee debe habituarse a lo largo de páginas y páginas, y cuando se
vence el recelo inicial —que lo hay—, la prosa se desliza, Cortázar dixit, ‘como un río de serpientes’”. Yo
agregaría que en términos formales, y alguna vez trataré de comentarlo más a
fondo, el adjetivo lemebeliano es la joya de su barroquismo.
Ahora que el genocida hijo de perra sigue en
la tormenta de la expectativa para que pague con algo la prolongada noche de su
crimen, haber leído Tengo miedo torero es uno de los ejercicios más
estimulantes que pude tener al cierre de 2005. Es un orgullo haber convivido
con estas páginas del admirable Lemebel.
jueves, abril 09, 2009
Fujimori y otros gorilas

Durante años México se ha ufanado de ser líder en Latinoamérica. Lo es, claro, pues su economía es desde la conquista una de las más boyantes en la zona. El paso de las décadas no ha dejado de constatar ese hecho: la economía y la cultura de México son referente de latinoamericanidad (si se puede decir así) en el mundo. Hace poco, para acabar pronto, una amiga argentina me decía por messenger que estaba a punto de tomar un curso sobre cine mexicano. Le dije que seguramente iba a ver muchos melodramones, y me dijo que sí, que por esas películas somos famosos en toda América Latina. Tenemos, pues, fama en “Nuestra América”, como la llamaba Martí, pero nunca hemos dado buen ejemplo de castigo a los malos gobernantes. Nunca.
Ayer, con la buena nueva de los 25 años (parecen pocos, pero qué mas da si el Chinito ya tiene 70 de edad) a la sombra que le echaron a Fujimori, Perú nos da ejemplo de que allá sí pudieron engrilletar a un pez gordo de la delincuencia política. Como sabemos, su régimen duró de 1990 al 2000, y en esos diez años su mayor logro fue haber desarticulado a Sendero Luminoso. El pico de aquel hecho lo marcó la captura y el encarcelamiento de Abimael Guzmán, líder de los terrucos que azolaron al país andino en la década de los ochenta. La novela Abril rojo, de Santiago Roncagliolo (Lima, 1975), narra la atmósfera de espanto que vivía Perú en aquellos años. Cierto, Fujimori acabó con los senderistas, pero en el camino dejó sembrados a muchos inocentes, diluyó el Congreso y, gracias sobre todo al pillazazo Vladimiro Montesinos (el José Córdoba Montoya del ingeniero Fujimori), la corrupción y la barbarie de Estado alcanzaron cotas poco antes vistas en un gobierno peruano, lo cual no es poco decir. Ayer, a casi veinte años de su asunción al poder, Fujimori fue condenado por diferentes delitos, lo que sin duda constituye un hito en la historia latinoamericana.
Los antecedentes más cercanos al fallo contra el ex presidente peruano los podemos hallar en la Argentina, donde gradualmente han sido juzgados y condenados varios de los militares que hicieron de las negrísimas suyas durante el llamado Proceso de Reorganización Nacional (1976-1983). Para empezar, los tres golpistas iniciales (Jorge Rafael Videla, Emilio Eduardo Massera y Orlando Ramón Agosti) tuvieron que chupar barrote carcelario luego de los juicios y les sentencias que se les aplicaron tras el regreso de la democracia. Medicina similar le suministraron a Christian Von Wernich, quien durante el mencionado Proceso (eufemismo por dictadura) se desempeñó como capellán de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, y con tal investidura visitaba centros clandestinos de detención, tortura y ejecución. Aunque siempre ha negado los cargos que se le imputan, numerosos testimonios sirvieron para identificarlo como coequipero de los victimarios, de suerte que en octubre de 2007 fue condenado a reclusión perpetua. Más recientemente, en 2008, también en la Argentina (país que hasta la fecha tiene la vanguardia latinoamericana de castigo a gorilas), fue condenado a perpetuidad Antonio Domingo Bussi, quien atropelló todo lo atropellable en la provincia de Tucumán; igual sopa probó Luciano Benjamín Menéndez, quien hizo estragos en la ciudad de Córdoba.
En Chile, el megagorila Augusto Pinochet fue a hospedarse en el infierno sin haber pisado una cárcel (como preso, no como torturador), pero ya en sus años finales probó el sabor de la ignominia internacional y tras su muerte no han sido pocos los apuros padecidos por sus familiares para defenderse de la mala fama que les acarrea vivir atados al infame apellido.
La pregunta es, por todo, ¿y en México, cuándo? Da la impresión de que nunca, pues aquí las impunidades y los intereses en juego son tan grandes que nadie castiga nunca al poderoso. Quien lo dude, que mire a Echeverría.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

