Entre
el 17 y 18 de julio de 1936, hace justamente noventa años, comenzó la Guerra
Civil española, una de las confrontaciones más sangrientas que registra la
historia del siglo pasado y sin duda el hito bélico que gravita más en el
presente español. El alzamiento militar en Melilla y Ceuta, posesiones
españolas conservadas hasta la fecha en África, fue el banderazo de salida para
el golpe que después encabezaría uno de los generales sublevados: Francisco
Franco. Luego del albazo, poco a poco los “nacionales” avanzaron por territorio
de España y en el camino, de este a oeste, encontraron la confusa oposición de
los “republicanos”. Es innecesario añadir que las batallas produjeron una carnicería
sobre la que la justicia jamás se expidió, así que aquello sigue archivado en la
ominosa impunidad.
A
la violencia se sumó el poderío del armamento y la asesoría de Hitler y
Mussolini en respaldo de los golpistas. La llamada Segura República poco a poco
fue desmoronada hasta que, tres años después, en abril de 1939, cayó y dio
inicio al medievo español del XX: la dictadura de Franco que extendería su
mancha política, económica y socialmente venenosa hasta 1975. En realidad,
llegó más lejos, hasta nuestros días, pues muchas de las grandes fortunas
actuales fueron amasadas mientras el Franquismo reprimía, mataba y hacía
negocios privados con recursos públicos.
En
efecto, los estragos de la guerra que comenzó hace nueve décadas siguen
vigentes no sólo en lo económico. En el plano ideológico, los nietos de la
Falange mantienen vigente un pensamiento perrunamente conservador. Controlan la
economía, los medios más importantes, la justicia y algunos partidos que, como
el PP y Vox, no tienen tapujos para disimular así sea un poco su carácter ultrarreaccionario.
El discurso de personajes como Alberto Núñez Feijóo, Isabel Díaz Ayuso y
Santiago Abascal hacen innecesarias mayores explicaciones. Como otras tantas
naciones del mundo, España corre hoy el peligro de caer en las garras de su
Trump o su Milei con el plus de la maldad de larga data cultivada en las mazmorras de la Inquisición.
Durante
la Guerra Civil se formó un grupo de artistas que manifestaron su apoyo a la
República en peligro. En él participaron Pablo Neruda, César Vallejo, Octavio
Paz, Elena Garro y Silvestre Revueltas, entre muchos otros que viajaron desde
lejos y se unieron a la Alianza de Intelectuales Antifascistas para la Defensa
de la Cultura en la que también participaron, claro, españoles como Rafael
Alberti, su esposa María Teresa León y León Felipe. Mezclada con tales
personalidades anduvo una joven rubia, de baja estatura y políglota. Su nombre
era un seudónimo: Gerda Taro. Había nacido en 1910, en Stuttgart, Alemania, en
el seno de una familia judía. Se llamaba realmente Gerta Pohorylle Boral, y
como parte de su educación vivió un tiempo en Lausana, Suiza. Su origen, su
ideología y sus amistades provocaron que saliera de Alemania, pues el nazismo,
con la figura del Führer en la cima
del poder tras el derrumbe de la República de Weimar, era una amenaza nada
ilusoria, más concreta que un gueto.
Una
esplendida biografía titulada Gerda Taro.
La primera fotorreportera que se (sic)
dejó la vida en el campo de batalla (RBA, 2020, México, 185 pp.) ilumina la
circunstancia de Pohorylle, quien en efecto arriesgó su vida por cumplir con la
labor de documentar los más cerca posible la Guerra Civil. Malamente y no sé
por qué, esta semblanza exhibe el crédito de su autora con extrema cicatería;
su nombre es Betty Doñate, reportera y escritora catalana.
Decía
pues, basado en el texto de Doñate, que Gerta se estableció en París sin
documentos para trabajar. Sobrevivió como pudo, sabía francés y era una
excelente mecanógrafa. Allí convivió en círculos de jóvenes revolucionarios y allí
conoció a un joven también migrante de origen húngaro: André Friedmann, cuyo
verdadero nombre era Endre Ernö, pues también ocultaba su origen judío. Era
fotógrafo, operaba una cámara Leica, y poco a poco se había edificado una buena
reputación en el oficio de fotorreportear.
Las
carambolas de la azarosa vida que movía en París a la joven alemana terminaron
por acercarla afectivamente a André y, por esto mismo, a la fotografía,
actividad que llamaba su atención. La relación de Gerta con André y el
despertar de su curiosidad por el arte fotográfico coincidieron con el
estallido de la Guerra Civil en España. El joven fue contratado por revistas
francesas para hacer fotos en el campo de batalla, y en ese momento Gerta tuvo
la idea de acompañarlo. Entre los dos crearon una agencia y para denominarla se
les ocurrió, casi como broma, un nombre falso: Robert Capa, supuestamente un
experimentado fotógrafo norteamericano.
Aunque
atravesada por cierta irrealidad, la agencia consiguió los contratos para hacer
fotos de la guerra, así que Gerta y André cruzaron los Pirineos. Llegaron a
Barcelona, pasaron a Madrid y luego a la zona de Andalucía, tomaron muchas
fotos que luego aparecieron publicadas en Francia con la firma “Photo Robert
Capa”. La conclusión del público lector fue obvia: ese nombre correspondía a un
hombre, no a una mujer. Como Gerta deseaba hacerse de prestigio como
fotorreportera, con el paso de los días comenzó a usar el seudónimo Gerda (no
Gerta) Taro, que le sonaba a “Greta Garbo”, actriz a la que admiraba. Así nació
“Reportage Robert Capa & Taro”.
Tras
algunas separaciones de André, motivadas por el mismo trabajo que los obligaba
a cubrir distintas zonas en conflicto o a viajar a París para entregar material
y establecer nuevos contratos con revistas y diarios, en Gerta se radicalizó el
deseo de usar su oficio como herramienta de denuncia. Tomó muy en serio uno de los
consejos de André: para obtener buenas fotos hay que acercarse al
acontecimiento tanto como sea posible. Al trabajar sola, Gerda decidió arrimarse
hasta la misma línea de combate, acompañar, con alto riesgo de su vida, a los milicianos
de la República. En un combate librado al oeste de Madrid, tenía casi 27 años
cuando arreció la lluvia de balas, y al escapar sobre un vehículo atestado de
heridos, mal tomada del estribo y cargada con su equipo fotográfico, cayó al
suelo y el carrete de un tanque le pasó encima. Quedó gravemente herida,
lograron llevarla a un hospital, pero murió desangrada algunas horas después.
La
joven fotógrafa de la línea de fuego recibió un multitudinario homenaje en
Madrid y luego en París. Fue sepultada en el cementerio del Père Lachaise, en
la capital francesa, y hasta la fecha su sepulcro recibe visitantes que le dejan
flores y mensajes de cariño y admiración.
En esta época de posverdades y mentiras descaradas, de fotos trucadas con herramientas digitales y, lo peor, de crecimiento neofascista en modo cínico, la Guerra Civil española nos recuerda, entre otros muchos hechos, que Gerda Taro, armada sólo con su cámara y su voluntad, entregó la vida al periodismo. La pequeña rubia con corte de pelo a la garçonne fue una “cazadora de luz” (como la definió José Bergamín), en donde la palabra luz es sinónimo de foto que a su vez es sinónimo de verdad. Hasta la fecha, aquellas imágenes captadas por Gerta Pohorylle declaran que la lucha contra el fascismo, sea cual sea la trinchera que se elija, no debe suspenderse.

