Su cuota goleadora no fue
grande, apenas rebasó los 150 tantos, una cifra de todos modos muy decorosa
para la función que desempeñaba en el campo. Fue un 10 puro, quizá el más
clásico de los que han ocupado su posición, tanto que de haber sido urbe, a Zinedine
Zidane (Marsella, Francia, 1972) le hubiera tocado ser distribuidor vial: en el
centro de la cancha hacía fluir las acciones para todos lados. En América sólo
recuerdo el caso aproximado de Riquelme, parecido incluso por la estatura en
apariencia poco adecuada para jugar con elegancia y eficacia. Otros parecidos fueron
Platini e Iniesta, futbolistas con el don de tener el mapa de la cancha
cadriculado en la mente. Uno de los elogios más precisos dirigidos al marsellés
lo hizo Valdano en el Mundial de 1998: jugaba Francia y opinó que en las
escuelas de futbol “debían abrir las materias Zindane I y Zidene II”, pues, en
efecto, la función de Zizu era una
cátedra permanente de ubicación y correcta toma de decisiones. Y más allá de su
capacidad como cerebro, consumó goles espectaculares. El anotado de volea con
el Real Madrid (todos lo vimos) fue para enmarcarse o esculpirse. Impresionante
jugador.
lunes, julio 20, 2026
40. Zidane
sábado, julio 18, 2026
Gerda en la trinchera
Entre
el 17 y 18 de julio de 1936, hace justamente noventa años, comenzó la Guerra
Civil española, una de las confrontaciones más sangrientas que registra la
historia del siglo pasado y sin duda el hito bélico que gravita más en el
presente español. El alzamiento militar en Melilla y Ceuta, posesiones
españolas conservadas hasta la fecha en África, fue el banderazo de salida para
el golpe que después encabezaría uno de los generales sublevados: Francisco
Franco. Luego del albazo, poco a poco los “nacionales” avanzaron por territorio
de España y en el camino, de oeste a este, encontraron la confusa oposición de
los “republicanos”. Es innecesario añadir que las batallas produjeron una carnicería
sobre la que la justicia jamás se expidió, así que aquello sigue archivado en la
ominosa impunidad.
A
la violencia se sumó el poderío del armamento y la asesoría de Hitler y
Mussolini en respaldo de los golpistas. La llamada Segura República poco a poco
fue desmoronada hasta que, tres años después, en abril de 1939, cayó y dio
inicio al medievo español del XX: la dictadura de Franco que extendería su
mancha política, económica y socialmente venenosa hasta 1975. En realidad,
llegó más lejos, hasta nuestros días, pues muchas de las grandes fortunas
actuales fueron amasadas mientras el Franquismo reprimía, mataba y hacía
negocios privados con recursos públicos.
En
efecto, los estragos de la guerra que comenzó hace nueve décadas siguen
vigentes no sólo en lo económico. En el plano ideológico, los nietos de la
Falange mantienen vigente un pensamiento perrunamente conservador. Controlan la
economía, los medios más importantes, la justicia y algunos partidos que, como
el PP y Vox, no tienen tapujos para disimular así sea un poco su carácter ultrarreaccionario.
El discurso de personajes como Alberto Núñez Feijóo, Isabel Díaz Ayuso y
Santiago Abascal hacen innecesarias mayores explicaciones. Como otras tantas
naciones del mundo, España corre hoy el peligro de caer en las garras de su
Trump o su Milei con el plus de la maldad de larga data cultivada en las mazmorras de la Inquisición.
Durante
la Guerra Civil se formó un grupo de artistas que manifestaron su apoyo a la
República en peligro. En él participaron Pablo Neruda, César Vallejo, Octavio
Paz, Elena Garro y Silvestre Revueltas, entre muchos otros que viajaron desde
lejos y se unieron a la Alianza de Intelectuales Antifascistas para la Defensa
de la Cultura en la que también participaron, claro, españoles como Rafael
Alberti, su esposa María Teresa León y León Felipe. Mezclada con tales
personalidades anduvo una joven rubia, de baja estatura y políglota. Su nombre
era un seudónimo: Gerda Taro. Había nacido en 1910, en Stuttgart, Alemania, en
el seno de una familia judía. Se llamaba realmente Gerta Pohorylle Boral, y
como parte de su educación vivió un tiempo en Lausana, Suiza. Su origen, su
ideología y sus amistades provocaron que saliera de Alemania, pues el nazismo,
con la figura del Führer en la cima
del poder tras el derrumbe de la República de Weimar, era una amenaza nada
ilusoria, más concreta que un gueto.
Una
esplendida biografía titulada Gerda Taro.
La primera fotorreportera que se (sic)
dejó la vida en el campo de batalla (RBA, 2020, México, 185 pp.) ilumina la
circunstancia de Pohorylle, quien en efecto arriesgó su vida por cumplir con la
labor de documentar los más cerca posible la Guerra Civil. Malamente y no sé
por qué, esta semblanza exhibe el crédito de su autora con extrema cicatería;
su nombre es Betty Doñate, reportera y escritora catalana.
Decía
pues, basado en el texto de Doñate, que Gerta se estableció en París sin
documentos para trabajar. Sobrevivió como pudo, sabía francés y era una
excelente mecanógrafa. Allí convivió en círculos de jóvenes revolucionarios y allí
conoció a un joven también migrante de origen húngaro: André Friedmann, cuyo
verdadero nombre era Endre Ernö, pues también ocultaba su origen judío. Era
fotógrafo, operaba una cámara Leica, y poco a poco se había edificado una buena
reputación en el oficio de fotorreportear.
Las
carambolas de la azarosa vida que movía en París a la joven alemana terminaron
por acercarla afectivamente a André y, por esto mismo, a la fotografía,
actividad que llamaba su atención. La relación de Gerta con André y el
despertar de su curiosidad por el arte fotográfico coincidieron con el
estallido de la Guerra Civil en España. El joven fue contratado por revistas
francesas para hacer fotos en el campo de batalla, y en ese momento Gerta tuvo
la idea de acompañarlo. Entre los dos crearon una agencia y para denominarla se
les ocurrió, casi como broma, un nombre falso: Robert Capa, supuestamente un
experimentado fotógrafo norteamericano.
Aunque
atravesada por cierta irrealidad, la agencia consiguió los contratos para hacer
fotos de la guerra, así que Gerta y André cruzaron los Pirineos. Llegaron a
Barcelona, pasaron a Madrid y luego a la zona de Andalucía, tomaron muchas
fotos que luego aparecieron publicadas en Francia con la firma “Photo Robert
Capa”. La conclusión del público lector fue obvia: ese nombre correspondía a un
hombre, no a una mujer. Como Gerta deseaba hacerse de prestigio como
fotorreportera, con el paso de los días comenzó a usar el seudónimo Gerda (no
Gerta) Taro, que le sonaba a “Greta Garbo”, actriz a la que admiraba. Así nació
“Reportage Robert Capa & Taro”.
Tras
algunas separaciones de André, motivadas por el mismo trabajo que los obligaba
a cubrir distintas zonas en conflicto o a viajar a París para entregar material
y establecer nuevos contratos con revistas y diarios, en Gerta se radicalizó el
deseo de usar su oficio como herramienta de denuncia. Tomó muy en serio uno de los
consejos de André: para obtener buenas fotos hay que acercarse al
acontecimiento tanto como sea posible. Al trabajar sola, Gerda decidió arrimarse
hasta la misma línea de combate, acompañar, con alto riesgo de su vida, a los milicianos
de la República. En un combate librado al oeste de Madrid, tenía casi 27 años
cuando arreció la lluvia de balas, y al escapar sobre un vehículo atestado de
heridos, mal tomada del estribo y cargada con su equipo fotográfico, cayó al
suelo y el carrete de un tanque le pasó encima. Quedó gravemente herida,
lograron llevarla a un hospital, pero murió desangrada algunas horas después.
La
joven fotógrafa de la línea de fuego recibió un multitudinario homenaje en
Madrid y luego en París. Fue sepultada en el cementerio del Père Lachaise, en
la capital francesa, y hasta la fecha su sepulcro recibe visitantes que le dejan
flores y mensajes de cariño y admiración.
En esta época de posverdades y mentiras descaradas, de fotos trucadas con herramientas digitales y, lo peor, de crecimiento neofascista en modo cínico, la Guerra Civil española nos recuerda, entre otros muchos hechos, que Gerda Taro, armada sólo con su cámara y su voluntad, entregó la vida al periodismo. La pequeña rubia con corte de pelo a la garçonne fue una “cazadora de luz” (como la definió José Bergamín), en donde la palabra luz es sinónimo de foto que a su vez es sinónimo de verdad. Hasta la fecha, aquellas imágenes captadas por Gerta Pohorylle declaran que la lucha contra el fascismo, sea cual sea la trinchera que se elija, no debe suspenderse.
miércoles, julio 08, 2026
28. Platini
El físico ideal del futbol no existe. Son las facultades innatas, el entrenamiento y un poco la suerte los que determinan la eficacia de un jugador más allá de su carrocería. El caso de Michel François Platini (Jœuf, Francia, 1955) es ejemplar. Era delgado, no muy alto, de facha nada impresionante. Cuando usaba la media caída y la camisa desfajada añadía a su pinta un desgarbo que no permitía imaginarlo como lo que fue en su desempeño sobre las canchas. La elegancia de su futbol, su visión de campo, su liderazgo, su orden táctico y otras tantas virtudes eran napoleónicas. No era el más rápido ni el más fuerte, pero cuando la pelota llegaba a sus botines levantaba la cabeza y organizaba todo, era un jugador pensante. Se trataba entonces de un director de orquesta, un mediocampista con batuta, un 10 clásico. Lo suyo fue marcar el compás, distribuir balones, filtrar pases de gol. Pese a que no estaba obligado a destacarse como anotador, alcanzó una suma de tantos nada desdeñable: más de 350. Le tocó una buena época para el futbol francés, colegas de inmensa calidad como Giresse y Tigana, pero la fortuna no lo acompañó en los mundiales.
miércoles, julio 01, 2026
Poesía en movimiento
Pensé que el futbol ya no iba
a ser capaz de asombrarme, que jamás volvería a ver belleza plena en una cancha
con 22 jugadores. Ayer, apenas tres horas antes de trazar estos renglones, vi
el partido de Francia contra Suecia y no pude no sentir un estremecimiento al
ver el desarrollo del equipo que cantó de “La Marsellesa”. Quedé alelado ante
la fluidez de su desempeño, ante sus movimientos y el modo en apariencia fácil
de alcanzar cotas de calidad muy cercanas a la perfección.
Acostumbrado a un futbol más
bien tacaño, áspero, de lucha fragosa y permanente sobre el césped, la
selección francesa que vi ayer me llevó a sentir que el juego puede asimilarse
a una especie de ballet. Los muchachos entrenados por Didier Deschamps dan la
impresión de trabajar en una coreografía artística, no en un deporte de roce y
empujón. Los había visto ya en los partidos de la primera ronda y sin duda
percibí, como cualquiera que sepa dos gramos de futbol, su coordinación y su
eficacia. Pero ayer vi algo más, un detalle que está más allá del combate y el
resultado: un estilo que me mueve a pensar en la poesía.
Lo hace porque el equipo
francés no da la impresión de desgastarse en pugnas de zancadillas y sudor, sino
que siempre corre lo justo para no parecer que se extenúa. La pelota avanza
entre sus líneas con exactitud, a tiempo, al lugar libre, como si sus rivales
fueran figuras estáticas a las que se puede rebasar con toques simples y
precisos. Pasmoso, la verdad, porque al verlo en la pantalla se notan los
movimientos hasta la filtración al hueco de los balones con el fin de crear
peligro.
El resultado de ayer fue 3-0,
pero pudo ser del doble. Francia llegó con tanta frecuencia y tanto peligro que
sus delanteros se dieron el lujo de azotar los postes o fallar por poco, y
Suecia pareció un equipo de tercera división impotente ante la superioridad del
enemigo.
Por supuesto, en el equipo galo destaca la figura de Mbappé, quien anotó dos tantos a su modo, con rapidez letal. Pero el goleador está acompañado de diez jugadores igualmente dotados. Dembélé es descomunal; Olise, no se diga, y Barcola es tan rápido y exacto en sus movimientos que parece indetenible. Obviamente, no anticipo nada, pero el juego de Francia ya es campeón de este Mundial: de belleza en materia de futbol.
jueves, junio 18, 2026
8. Cantona
Solía usar la solapa levantada como si el jersey fuera la capa del conde Drácula. Las cejas pegadas y los ojos demasiado juntos le daban a su rostro un aire adolescente que se correspondía con su espíritu rebelde, de muchacho que no quiere acatar reglas. Éric Daniel Cantona (Marsella, Francia, 1966) fue un jugador siempre diferente en la cancha y fuera de. De haber practicado lucha libre, hubiera sido técnico y rudo a la vez, pues lo mismo tiraba una vaselina exquisita que un puñetazo iracundo. Al hablar sobre él, es inevitable recordar el episodio más famoso de su carrera: cuando propinó una patada de karateca a cierto hoolligan que lo estaba hostilizando con insultos xenófobos desde la tribuna. Luego del incidente, la multa y los castigos, el francés declaró estas perlas: “Patear a un fascista no se saborea todos los días”, y “Me hubiera encantado patearlo aún más fuerte”. El equipo de sus mayores triunfos fue el Manchester United, donde lució misceláneas facultades como definidor. Marcó más de 150 goles en su carrera, incursionó en el activismo político, en la publicidad y en la actuación. Fue, es, un “loco lindo”, como llaman en Sudamérica a los locos lindos.
sábado, agosto 14, 2021
Edwards y el Poeta gregario
En la página 121 de Adiós,
Poeta… (Tusquets, México, 1990, 323 pp.), memorias de Jorge Edwards
(Santiago de Chile, 1941), hay una opinión sobre Neruda que, como tantas otras
en aquel libro, llamó —disculpen el manoseado adverbio— poderosamente mi
atención. Debo citar en largo: “[Neruda] Se había declarado alguna vez ‘poeta
casamentero’, y al respecto había dado pruebas, pero era, más allá de eso, una
persona aficionada a relacionar a gente, a crear grupos y convivir intensamente
con ellos. De pronto se replegaba, se aislaba, y ahí se producía lo mejor de su
reflexión y de su creación poética, pero, cuando salía de su intimidad creativa,
siempre misteriosa para los otros, se convertía, como ya lo he dicho antes, en
una de las personas más gregarias que he conocido. Su paso de la soledad a la
sociabilidad era, creo, uno de los mayores enigmas, y es el enigma fascinante
de todos los verdaderos poetas: la poesía transcurría por una vertiente y la
vida cotidiana por otra (…) Si tenía un grupo de personas, grupo grande y
cambiante, en Chile, grupo que adaptaba matices diferentes en Valparaíso, en
Santiago, en Isla Negra, también lo tenía en París, y supongo que lo tuvo en
México, en Roma, en Budapest, en Moscú”.
Leí este título de Edwards porque es un autor
latinoamericano al que sólo conocía por los buenos cuentos de Las máscaras (1967) y, como vive aún y recién
acaba de cumplir noventa años, quise conocerlo mejor. Elegí para lograrlo Adiós, Poeta…, una memoria en la que
ciertamente somos testigos del recorrido vital de Edwards hasta 1990, pero que
en todo momento pespuntea hacia los muchos encuentros que como amigo, colega
escritor y compañero de la diplomacia chilena tuvo con el autor de Canto general.
De entrada, es completamente entendible que quien sea que
se haya codeado con un genio, y Neruda lo era, sienta en algún momento el
impulso de contar su vida en relación con el personaje legendario. Es un poco o
un mucho algo aproximado a lo que ocurrió con Eckermann y sus Conversaciones con Goethe, o con Boswell
y su Vida de Samuel Johnson. Es
difícil aguantar la comezón de mostrar con la escritura que se ha estado junto a una cumbre, como acercarse al Everest y sentirse urgido por contarlo.
El Edwards que miramos en Adiós, Poeta… es esencialmente un escritor que incurre, como muchos
de su generación, en la carrera diplomática en función, él lo dice, del
cosmopolitismo que supone, además de una forma de subsistir. Describe sus
orientaciones literarias iniciales, los beligerantes grupos que configuraban el
mundillo de las letras en Santiago, la rivalidad entre huidobristas (por
Vicente Huidobro), de rokhistas (por Pablo de Rokha) y de nerudianos, y deja
ver sobre todo los encendidos debates entre los escritores artepuristas y los
comprometidos, disyuntiva otrora básica para figurar o no a tal o cual
barricada. Nos describe, por supuesto, su posición más bien de centro, por no decir socialdemócrata y tendiente a la derecha, frente a las posturas radicales, estalinistas, del
Neruda que conoció en los cincuenta. Es sin duda una buena memoria en función
del propio autor, del Poeta (como Edwards alude a Neruda y justifica la
mayúscula del título) y de un alud de escritores y demás artistas, entre ellos algunos mexicanos como Fuentes y Rulfo, conocidos por
Edwards en muchas partes del mundo, sobre todo en Francia y Chile.
Vuelvo a la larga cita desplegada líneas antes porque pensé que destacar la habilidad de Neruda para formar grupos y grupúsculos, para socializar en largas jornadas de vino y whisky, es una pericia de la cual carece la mayor parte de los escritores. En general, lo digo por mí y por muchos homólogos que conozco, organizar fiestas, articular una vida social más o menos frecuente y concurrida no embona con la vida literaria. Al contrario, los escritores, muchos escritores, suelen hacer vida social siempre con algo de culpa y buena parte de las veces con magra satisfacción, pues la teoría de que se lee y se escribe en terca soledad no es tan errada, y tal soledad deviene hábito, manera de vivir. Por eso me asombró lo que dice Edwards: que Neruda se aislaba, escribía maravillas y al salir de su covacha era el alma de las fiestas. Apenas puedo creerlo.







