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sábado, octubre 04, 2025

El boom según Donoso

 











Nunca entendí el imperativo freudiano de acabar con el padre boom, de matarlo y orientar la escritura por caminos supuestamente distintos, como si la literatura, el arte, la vida toda no fuera una permanente y nunca acabada mezcla (dialéctica, dirían algunos) de tradición y ruptura. Más, pues, que aniquilarlo (aniquilar significa etimológicamente “convertir en nada”), siempre he creído que es mejor integrarlo sin traumas a nuestra tradición, en percibirlo como parte constitutiva de nuestra cultura, en asumirlo como un momento notable/perdurable de la narrativa latinoamericana. Matar al boom es un empeño que creo no ha prosperado, pues todavía hoy es más que frecuente encontrar reediciones de sus autores más visibles. Por algo será.

Una de las inquietudes que siempre brincan cuando se habla de esta generación es la referida a la nómina de sus integrantes. ¿Quiénes fueron y quiénes no fueron parte del grupo? La pregunta es de respuesta imposible, y creo que esto se debe a que, más allá de los encuentros en fiestas, mesas redondas, oficinas de editores y demás, los autores del boom nunca configuraron un bloque homogéneo debido sobre todo a la disparidad de sus edades y al inmenso espacio geográfico que supieron abarcar: toda América Latina. A diferencia de otras generaciones, cuyos integrantes tenían más o menos la misma edad y radicaban en una ciudad o al menos en un solo país, los escritores del boom nacieron en fechas algo distantes y se movieron por todo el contexto hispánico y más allá, pues no faltó que radicaran en distintos periodos en Francia, Inglaterra y Estados Unidos, lo que añadió una suerte de inevitable dispersión. Basta ver el índice de los entrevistados en el canónico Los nuestros, libro de entrevistas de Luis Harss, para advertir lo que trato de explicar. Lo mismo aparecen allí Carpentier (Cuba, 1904) que Vargas Llosa (Perú, 1936), o Borges (Argentina, 1899) que García Márquez (Colombia, 1927), es decir, autores geográfica y cronológicamente alejados, lo que dificultó la noción de compacidad espacio-temporal que suele demandar el concepto de generación.

Según el crítico que aborde el tema, uno de los integrantes que entra y sale de la lista es José Donoso (Santiago de Chile, 1924-1996). Cuentista y novelista, autor de títulos celebrados como Coronación, El lugar sin límites y El obsceno pájaro de la noche, compuso además una especie de memoria titulada Historia personal del ‘boom’ (Alfaguara, 2018, 166 pp.). Su primera edición apareció en el amanecer de los setenta, en 1972, cuando la ola boomística, perdón por el ingrato adjetivo, ya venía de bajada. Pese a esto, el fenómeno sesentero seguía fresco, y el abordaje de Donoso es el de un testigo que duda, forzado quizá por el buen gusto de la modestia, en darse a su vez el estatus de participante.

El chileno plantea de entrada que durante la primera mitad del siglo XX la novela latinoamericana obedeció a un rasgo chovinista de nuestros países: cada uno valoraba con énfasis lo nacional, lo relacionado estrechamente con el contexto local, de modo que las novelas resultantes eran apreciadas como buenas en función de su arraigo verbal y temático en cada terruño. Es, grosso modo, lo que luego sería calificado como “novela telúrica”: que el autor “escribía para su parroquia, sobre los problemas de su parroquia y con el idioma de su parroquia, dirigiéndose al número y a la calidad de lectores —muy distinta, por cierto, en Paraguay que en Argentina, en México que en Ecuador— que su parroquia podía procurarle, sin mucha esperanza de más”. Una prueba de que no andaban en lo correcto, dice Donoso, es que “los grandes nombres de la novela ‘literaria’, de la primera mitad de este siglo escrita en castellano, tanto hispanoamericanos como españoles, se han desvanecido en comparación con sus contemporáneos alemanes, norteamericanos, franceses e ingleses, sin dejar gran huella en la formación de los novelistas actuales”.

La década de los sesenta fue para él un parteaguas, un momento en el que algo pasó: “En un período de apenas seis años, entre 1962 y 1968, yo leí La muerte de Artemio Cruz, La ciudad y los perros, La casa verde, El astillero, Paradiso, Rayuela, Sobre héroes y tumbas, Cien años de soledad y otras, por entonces recién publicadas”. En esta afirmación ya tenemos una lista de autores, cierto, pero es importante resaltar que Donoso fija su atención en cuatro nombres casi como si fueran las patas de una mesa: Fuentes, Vargas Llosa, Cortázar y García Márquez. Anota el rol, algo ambiguo, que él juega en el libro: “No quiero erigirme en su historiador, cronista y crítico. Nada de lo que digo aquí pretende tener la validez universal de una teoría explicativa que asiente dogmas: es probable que en muchos casos mis explicaciones, mis citas, la información que manejo, no sean ni completas ni precisas, e incluso que estén deformadas por mi discutible posición dentro del boom de marras: hablo aquí aproximadamente, tentativamente, subjetivamente, ya que prefiero que mi testimonio tenga más autenticidad que rigor”, y observa con precaución que se siente ligado a lo que describe: “cual fuere la posición y categoría de mi obra dentro de la novela hispanoamericana contemporánea, mis libros han aparecido en y alrededor de la década del sesenta, y así me siento ligado a, y definido por, las corrientes y mareas del ambiente literario de nuestro mundo, cambios determinados por la publicación de ciertas novelas que incidieron poderosamente en la visión y en el quehacer de este escriba”.

La falta de padres literarios y la influencia de escritores no hispánicos (Kafka, Sartre, Faulkner) generó en Latinoamérica, dice, obras en las que “aceptar los requerimientos de lo fantástico, de lo subjetivo, de lo marginado, de la emoción, hizo que la novela nueva tomara por asalto las fronteras o las ignorara, saliéndose del ámbito parroquial: el chileno necesitaba escribir ahora de modo que lo entendieran y que interesara no sólo en Talca y Linares, sino también en Guanajuato y en Entre Ríos”.

El recorrido de Donoso por los cuatro escritores más visibles del boom se rinde ante la obra y la personalidad de Fuentes, y apunta que La región más transparente fue para él un mazazo. Del mexicano también destaca su erudición, su cosmopolitismo, su generosidad y su ansia de abrazarlo todo. Algo parecido, aunque un tanto cuanto más atenuado, subraya de Vargas Llosa y La ciudad y los perros. Con García Márquez no se rinde igual, aunque sí reconoce que es el primero y quizá el único a quien le cupo entera la palabra “éxito” popular y comercial, y a Cortázar es a quien ve más alejado en ese pequeño grupo signado también por los encuentros y la amistad. Ya en el 72 Donoso sabía que el boom perdía su efervescencia, pero presintió algo que en efecto se ha cumplido, que “al pasar de moda el boom como totalidad no dejará el esqueleto de teorías, sino quizá media docena de novelas que no se apaguen”.

En esta Historia personal… no faltan las confesiones personales, las vicisitudes del propio autor para encontrar su voz en el aislamiento chileno. Tampoco, claro, los temas extraliterarios, como el punto de reptura que significó el “caso Padilla” o la presencia de la chismografía y las envidias en torno a los notables del boom.

Además de lo anterior, la edición de Alfaguara contiene “El ‘boom’ doméstico”, de María del Pilar Serrano, esposa de José Donoso, sobre los encuentros con los escritores del boom y sus parejas, incluidas, en dos momentos distintos de la crónica, Rita Macedo y Silvia Lemus, las esposas de Fuentes. A esto se suma una especie de continuación titulada “Diez años después” (o sea, en 1982), donde Donoso suma el reciente Nobel de GGM como culminación.

Historia personal del “boom” es un libro ya viejo, es verdad, pero con él podemos acceder a un momento de la literatura latinoamericana que produjo obras muchas veces dadas por muertas pero que todavía gozan, por suerte, de buena salud.

miércoles, septiembre 10, 2025

Estilo de Fuentes


 









En Historia personal del “boom” (1972), José Donoso (Santiago de Chile, 1924-1996) se refiere a los escritores latinoamericanos que durante los sesenta y parte de los setenta se encumbraron a la fama con novelas que hasta hoy, aunque con desigual aprecio, siguen siendo reeditadas y leídas. El chileno hace admirado énfasis, no podía ser de otra manera, en las figuras de García Márquez, Cortázar, Vargas Llosa y Fuentes. Por más que este libro mira hacia afuera, es decir, hacia los orígenes del boom y la recepción pública que tuvo, no deja de mirar hacia dentro, hacia lo que sucedió en el interior del mismo Donoso tras sentir el estallido de la nueva novela latinoamericana. Precisamente por esto es la “historia personal” de un fenómeno colectivo.

Al celebrar el trabajo de Fuentes, Donoso resalta el cosmopolitismo del mexicano, su conocimiento de todo y su capacidad para compartirlo fluidamente en tres idiomas: español, francés e inglés. Fuentes lo asombra desde el primer trato, cuando dialogó con él en un encuentro de escritores celebrado en Concepción, Chile, hacia 1962. Como de pasada, Donoso subraya un detalle que da la impresión de ser innecesario: la ropa de Fuentes. Esto lo comenta porque era inhabitual un escritor bien vestido en aquel momento, “cuando los hombres, y para qué decir los intelectuales hispanoamericanos, no podían, no debían darle importancia a algo tan frívolo y burgués como la elegancia o la imaginación o la audacia en el atuendo, ya que, sobre todo si se estaba en la posición política de Fuentes, esta frivolidad resultaba evidentemente irreconciliable con las altas y duras misiones que había que cumplir”. Las “altas y duras misiones” estaban relacionadas con el debate político de suyo acalorado tras el triunfo de la Revolución Cubana.

De modo que el mexicano se atrevía a vestir no a la manera desenfadada o austera o pobretona de los artistas, sino con gusto burgués. Era, lo sabemos, un dandy, y por supuesto su apariencia no se parecía a la de sus homólogos escritores que en los sesenta eran hippiosos, y a lo máximo que podían aspirar en materia de “elegancia” era a un blazer de pana o, como le dicen en Sudamérica, de corderoy.

Tras leer este pasaje recordé a mis amigos ochenteros de la literatura. Creo que todos vestían con sobriedad, una manera sutil de decir “con desenfado”. No eran elegantes ni finos, y ya para entonces comenzaba a quedar atrás el disfraz de “intelectual” para dar paso a algo que puedo definir como estilo sin estilo. La categoría en el atuendo de Fuentes no hizo escuela entre nosotros.

sábado, agosto 14, 2021

Edwards y el Poeta gregario

 















En la página 121 de Adiós, Poeta… (Tusquets, México, 1990, 323 pp.), memorias de Jorge Edwards (Santiago de Chile, 1941), hay una opinión sobre Neruda que, como tantas otras en aquel libro, llamó —disculpen el manoseado adverbio— poderosamente mi atención. Debo citar en largo: “[Neruda] Se había declarado alguna vez ‘poeta casamentero’, y al respecto había dado pruebas, pero era, más allá de eso, una persona aficionada a relacionar a gente, a crear grupos y convivir intensamente con ellos. De pronto se replegaba, se aislaba, y ahí se producía lo mejor de su reflexión y de su creación poética, pero, cuando salía de su intimidad creativa, siempre misteriosa para los otros, se convertía, como ya lo he dicho antes, en una de las personas más gregarias que he conocido. Su paso de la soledad a la sociabilidad era, creo, uno de los mayores enigmas, y es el enigma fascinante de todos los verdaderos poetas: la poesía transcurría por una vertiente y la vida cotidiana por otra (…) Si tenía un grupo de personas, grupo grande y cambiante, en Chile, grupo que adaptaba matices diferentes en Valparaíso, en Santiago, en Isla Negra, también lo tenía en París, y supongo que lo tuvo en México, en Roma, en Budapest, en Moscú”.

Leí este título de Edwards porque es un autor latinoamericano al que sólo conocía por los buenos cuentos de Las máscaras (1967) y, como vive aún y recién acaba de cumplir noventa años, quise conocerlo mejor. Elegí para lograrlo Adiós, Poeta…, una memoria en la que ciertamente somos testigos del recorrido vital de Edwards hasta 1990, pero que en todo momento pespuntea hacia los muchos encuentros que como amigo, colega escritor y compañero de la diplomacia chilena tuvo con el autor de Canto general.

De entrada, es completamente entendible que quien sea que se haya codeado con un genio, y Neruda lo era, sienta en algún momento el impulso de contar su vida en relación con el personaje legendario. Es un poco o un mucho algo aproximado a lo que ocurrió con Eckermann y sus Conversaciones con Goethe, o con Boswell y su Vida de Samuel Johnson. Es difícil aguantar la comezón de mostrar con la escritura que se ha estado junto a una cumbre, como acercarse al Everest y sentirse urgido por contarlo.

El Edwards que miramos en Adiós, Poeta… es esencialmente un escritor que incurre, como muchos de su generación, en la carrera diplomática en función, él lo dice, del cosmopolitismo que supone, además de una forma de subsistir. Describe sus orientaciones literarias iniciales, los beligerantes grupos que configuraban el mundillo de las letras en Santiago, la rivalidad entre huidobristas (por Vicente Huidobro), de rokhistas (por Pablo de Rokha) y de nerudianos, y deja ver sobre todo los encendidos debates entre los escritores artepuristas y los comprometidos, disyuntiva otrora básica para figurar o no a tal o cual barricada. Nos describe, por supuesto, su posición más bien de centro, por no decir socialdemócrata y tendiente a la derecha, frente a las posturas radicales, estalinistas, del Neruda que conoció en los cincuenta. Es sin duda una buena memoria en función del propio autor, del Poeta (como Edwards alude a Neruda y justifica la mayúscula del título) y de un alud de escritores y demás artistas, entre ellos algunos mexicanos como Fuentes y Rulfo, conocidos por Edwards en muchas partes del mundo, sobre todo en Francia y Chile.

Vuelvo a la larga cita desplegada líneas antes porque pensé que destacar la habilidad de Neruda para formar grupos y grupúsculos, para socializar en largas jornadas de vino y whisky, es una pericia de la cual carece la mayor parte de los escritores. En general, lo digo por mí y por muchos homólogos que conozco, organizar fiestas, articular una vida social más o menos frecuente y concurrida no embona con la vida literaria. Al contrario, los escritores, muchos escritores, suelen hacer vida social siempre con algo de culpa y buena parte de las veces con magra satisfacción, pues la teoría de que se lee y se escribe en terca soledad no es tan errada, y tal soledad deviene hábito, manera de vivir. Por eso me asombró lo que dice Edwards: que Neruda se aislaba, escribía maravillas y al salir de su covacha era el alma de las fiestas. Apenas puedo creerlo.


sábado, abril 03, 2021

Crónica de una muerte etcétera











 

Pregunto como preguntaban al lector los articulistas de antes: ¿sabe, amable lector, qué espacio se necesita para guardar un millón 50 mil libros? ¿Tiene una idea de la cantidad de cajas que se requieren para mantenerlos en orden y bien contados? ¿Puede imaginarse qué logística es viable para distribuirlos? Pues bien, tampoco yo lo sé, pero según mis cálculos no es fácil producir, almacenar y repartir esa sobredosis de libros, así que mejor nos conformamos con la posesión de la idea abstracta: poco más de un millón de libros son varios contenedores atestados, una montaña de papel casi jamás vista en ningún lugar del mundo.

Explico lo anterior porque en abril de 1981, hace exactamente cuarenta años, la nouvelle Crónica de una muerte anunciada fue lanzada por las editoriales La Oveja Negra de Colombia y Diana de México con el tiraje susodicho. Fue un terremoto, claro, pues entonces, y quizá hoy más, era apabullante que a un escritor latinoamericano, o de cualquier parte del mundo, lo difundieran en tamañas cifras. Gabriel García Márquez sumaba 54 años, y al año siguiente, 1982, le dieron el Nobel de literatura. Para entonces tenía publicadas cinco novelas, tres libros de cuento y cinco de periodismo, y ya era con eso el escritor más famoso de nuestra lengua, tanto que sus nuevas obras dejaban hechos papilla los tirajes habituales en el mundo editorial latinoamericano. Digamos, sólo para terminar con la comparación, que un escritor de México o de nuestros países cercanos es un hitazo si logra que las editoriales le impriman de dos mil a cinco mil libros, y un escritor a secas o “terrenal” (como diría Julión Álvarez) debe darse por satisfecho si de su libro salen 500 o mil. Esto da una idea aproximada de lo acontecido en aquellos años con Crónica de una muerte anunciada, la nueva y esperadísima novela del colombiano que se había hecho famoso con Cien años de soledad y ya sonaba para el Nobel.

Crónica… fue un libro muy bien recibido por la celebridad de su autor y por una razón más importante: porque es un relato magistral. Desde su título, plagiado hasta el asco por el periodismo cada vez que ocurría algo más o menos anticipable (“Crónica de un fraude anunciado”, “Crónica de un gasolinazo anunciado”, “Crónica de un robo anunciado”…), el libro aparecía perfectamente urdido. Como se sabe, esta novelita, legible en dos o tres sentadas, narra un tiempo objetivo de apenas unas horas, ni un día siquiera; quien nos cuenta la historia es una especie de alter ego borroso de García Márquez, un sujeto que trata de reconstruir, muchos años después de ocurridos, los detalles de un asesinato. Los hermanos Pedro y Pablo Vicario son amigos de Santiago Nasar, a quien deciden matar con cuchillos de marranero porque en teoría acabó con la virginidad de su hermana Ángela Vicario, quien fue devuelta a su casa por Bayardo San Román, su esposo, apenas unas horas después de la boda. La afrenta de haber deshonrado a Ángela y echado a perder su incipiente matrimonio provoca en los Vicario el ansia de acabar con el culpable, Nasar, lo cual logran sin mayores contratiempos.

Basada en el prejuicio de la virginidad femenina, hoy hecho polvo, la historia no importa en cuanto al qué, pues desde el principio sabemos que Nasar es hombre muerto. Lo fascinante del libro es el cómo, un cómo planteado aquí no en relación con el método empleado para matarlo, sino un cómo relacionado con la forma en la que se reconstruye la historia. Como reportero que muchos años después entrevista a los testigos de aquellas horas, el narrador consigue que Crónica… fluya coralmente y que cada personaje primario y secundario aporte su granito de chisme para introducirnos, no sin humor, en la comunicación pueblerina, en sus mitos y en sus creencias más firmes. Todos cooperan para que sepamos cómo y por qué murió Santiago Nasar.

La releí y sigue siendo una novela admirable. Como nota final debo decir que tengo dos primeras ediciones con el muerto ensabanado en la portada. No era difícil conseguirlas. Recordemos su tiraje: más de un millón de ejemplares.


miércoles, marzo 31, 2021

Instante con Vargas Llosa

 


















En 2005 me fue bien. Aparte de otras buenas noticias, conocí y conversé algunos minutos con Mario Vargas Llosa. No es, que digamos, un hecho espectacular, pero para mí, que pondero su obra literaria como una de las mejor ensambladas en Latinoamérica, significó el encuentro con el Monstruo. Fue en San Luis Potosí. Un año antes lo había visto de lejos en la FIL de Guadalajara, pues el peruano tuvo varias presentaciones, todas brillantes pese a que en más de una oportunidad opinó con alguna ligereza sobre la realidad política de México. A la capital potosina fui a recoger el premio nacional de cuento que obtuve por el libro Leyenda Morgan. Tras la entrega del diploma y el cheque hubo, como se acostumbra en esos casos, un brindis en el que se formaron varios pequeños grupos animados con diálogos espontáneos. Yo no conocía a nadie, pero era el galardonado, de alguna manera el centro de la reunión. Allí me presentaron a un señor muy acicalado del que olvido nombre y puesto público. Tras conversar un rato, a la plática saltó el tema del doctorado honoris causa que la Universidad Autónoma de SLP le otorgaría al autor de Conversación en La Catedral. Como el premio me había dado una migaja de notoriedad, el hombre aquel captó mi interés ante la cercana visita del escritor arequipeño. Fue entonces cuando me ofreció, así nomás, de sorpresa, una invitación a la futura ceremonia, y accedí inmediatamente. Pensé que era pura lengua, pero luego sucedió que el convite iba en serio.

Ya de vuelta en La Laguna, unas semanas después me llamaron de San Luis, me dijeron que mi hotel y mi transporte estaban listos, y viajé. Lo hice en camión, con gusto, que así lo pedí para evitar el vuelo con escala en el DF. En la capital potosina tuve un hotel muy decoroso. La noche indicada me calcé el traje y fui a la sede del ayuntamiento para oír, primero, una conferencia de Vargas Llosa sobre el Quijote. Fue, como era previsible, una pieza ensayística perfecta, basada sobre todo en el prólogo que Vargas Llosa había escrito sobre el Quijote para figurar en la edición conmemorativa de la Real Academia Española y Alfaguara. Luego, el público invitado se dirigió a un salón de la Universidad para ver la entrega de un honoris más para el peruano, y de allí pasamos a cenar a un elegante salón del casino La Lonja. Fue en aquel recinto donde los organizadores me acomodaron cerca, a una mesa, del narrador asediado en todo momento. El señor que me había invitado, quien era algo así como el mandamás en la organización de todo lo que allí ocurría, administraba el besamanos a la estrella de la noche. Ante el recién doctorado desfilaban políticos y empresarios potosinos que quizá jamás lo habían leído, pero sabían de su fama y no desaprovechaban la oportunidad para tumbarle alguna dedicatoria o una foto. Mientras eso ocurría en la mesa del escritor, yo departía en otra con desconocidos.

Pasado un buen rato, Vargas Llosa y su esposa Patricia no habían dejado de sonreír por obligación ante las extrañas caras que les arrimaban poco a poco. En cierto momento, el organizador fue a mi mesa, me tomó del antebrazo y me habló directamente: “Jaime, venga rápido”. Fue así como me aproximó a una silla vacía ubicada al lado del mejor novelista latinoamericano. Yo ignoraba de cuánto tiempo disponía para hablar con Vargas Llosa, pero calculé que el encuentro sería efímero, de apenas unos segundos. El organizador le informó: “Él acaba de ganar el premio nacional de cuento que organizamos en San Luis Potosí”. Como el viejo sólo sonreía por compromiso y de grandísimos dientes para afuera, me vi obligado a hablar. Le pregunté por qué no siguió escribiendo cuentos luego de Los Jefes, y le dije que mis novelas favoritas de su cosecha eran La guerra del fin del mundo y La fiesta del chivo. También elogié su ensayo sobre La casa verde, el de Tusquets. Ingenuamente, le regalé uno de mis libros. Al final logré, eso sí, tres dedicatorias. En las dos primeras sólo puso MVL, como acostumbra, pero para el tercer libro ladeó un poco la cabeza y preguntó: “¿Cómo me dijiste que te llamas, ah?” Le dije mi nombre y entonces se explayó: “Para Jaime, MVL”. Esta dedicatoria la tengo en Cartas a un joven novelista.

MVL cumplió 85 el 28 de marzo, y desde hace once años tiene el Nobel.


miércoles, marzo 03, 2021

Gente de Leñero

 
















Los libros-galería plantean el pequeño inconveniente de no dejarse definir con facilidad en lo genérico, pero pueden ser tan valiosos como otros de pareja catadura. Al final, si la calidad está allí, lo que menos importa es el género del cual participan. Es el caso de Más gente así (Alfaguara, México, 2013, 255 pp.), de Vicente Leñero, libro misceláneo en el que el autor de Los albañiles desplegó una serie de trabajos que ora rozan la crónica, ora la memoria, ora el artículo, ora el relato con aire ficcional. Pese a que la ensalada parece harto diversa, o quizá precisamente por ello, es atractiva sobre todo para el lector que desee deambular por distintos moldes y registros prosísticos, todos manejados con destreza por el escritor nacido (casi nomás por accidente) en Guadalajara hacia 1933.

Son 16 piezas las que componen este libro peculiar y hermano de otros dos con títulos semejantes. En todas es evidente la solvencia de Leñero para configurar, con cualquier tema, con cualquier personaje, textos de suyo atractivos, todos nimbados por el malicioso interés que en ellos insufló. Leñero manejó con maestría el arte de contar, e hizo sereno alarde de su pericia en textos literarios y periodísticos. Ya no es, al final de su vida, el joven escritor ceñido al impulso experimental del Boom, sino el colmilludo lobo de mar que sabe cómo mantener atado al lector con el relato exacto de historias muy bien elegidas.

Las reunidas en Más gente así atraviesan, como quedó dicho, varios registros. Esto se nota apenas deambulamos por el segundo relato. Si en el primero (“Las uvas estaban verdes”) acomete su accidentada experiencia como representado por Carmen Balcells, con quien, pese a ganar el Biblioteca Breve en 1963, nunca se acomodó y con quien al final sostuvo una relación algo tirante, en la segunda (“Herido de amor, herido”) reconstruye la vida de Morelos y la enorme carga que el “Siervo de la nación” debió soportar por el amor/desamor de Francisca Ortiz y el pleito con su amigo/enemigo Matías Carranco.

Y en este zigzag avanza el libro: cada capítulo nos depara una sorpresa muy bien escrita, espesa de detalles y sobre todo humana, demasiado humana, incluso cinematográfica en ciertos casos, pues no debemos olvidar el fervor leñereano por la dramaturgia y el guionismo, que acá también asoma la oreja. Intensa emotividad tienen, a mi parecer, los apuntes con carácter autobiográfico, como “Madre sólo hay una”, “El enigma del garabato”, “Plagio”, “A pie de página” o el mencionado “Las uvas estaban verdes”. Otro tono, no menos atractivo, tienen las piezas de corte cercano a la crónica, como “Guerra santa” y “La muerte del Cardenal”.

Un rasgo de estilo, por llamarlo así, visible en Leñero es su apego al español de México marcado aquí por el empleo de palabras familiares entre nosotros. Aunque los textos se refieran a temas distantes, la mirada de quien escribe es mexicana, de modo que el léxico y muchas locuciones verbales y adverbiales de nuestra conversación condimentan los pasajes: “así como así”, “convenenciera”. “mhijo”, “órale”, “cambalacheaba”, “vaciladas”, “hechos la mocha”, “chamacas”, “te cai”, “de a mentiras” y otras bien puestas en el flujo de una prosa harto dúctil.

No hallé ninguna referencia a Más gente así en varias semblanzas de Leñero. Supongo que puede ser considerado menos importante que sus novelas o sus obras de teatro, pero me gustó. De hecho, gracias a este libro me acreció el ánimo de seguir en tratos con el también autor de Talacha periodística.

sábado, abril 22, 2017

Los cachorros, medio siglo




















Tres veces he leído Los cachorros, novela corta publicada en 1967, hace cincuenta años. Mario Vargas Llosa la escribió, supongo, casi como un divertimento, como un experimento articulado entre dos de sus novelas mayores, La casa verde (1966) y Conversación en La Catedral (1969). Poco antes, en 1963, se había estrenado como novelista con La ciudad y los perros, su primera obra maestra. Así entonces, antes de llegar a los 35 años ya había escrito y publicado tres de los libros más importantes del boom, y entre esa suerte de trinidad deslumbrante fue incrustada Los cachorros.

No puede pensarse que este libro se ubica a la altura de las muchas grandes novelas creadas por el peruano, pero sin duda se trata de un relato estimable. La primera lectura que le hice se dio en una de sus primeras ediciones; en mi época más vargasllosista, cuando comencé mi admiración (que era ya la de miles) a la obra ficcional del peruano, supe de Los cachorros, busqué el libro, y, aunque parezca increíble, no lo hallé en Torreón. Fue entonces cuando se lo pedí a Saúl Rosales, quien me lo prestó y a quien lamentablemente se lo devolví. Tras recorrer esas páginas, allá por 1987 u 88, quedé deslumbrado.

La historia es sencilla: un casi adolescente de clase media, Cuéllar, estudia en un colegio marista de Lima, donde, además de obtener buenas notas, es integrante del equipo de futbol de su salón. Luego de un entrenamiento, los jovencitos corren a las duchas y es allí donde a Cuéllar, desnudo, lo ataca el perro gran danés de la escuela, que escapó de su jaula. El animal lo emascula, lo castra de un mordisco. Cuéllar no sufre mayores daños, se reintegra al colegio, pero ahora debe vivir su vida de hombre en un entorno que no ignora la pérdida, que sabe que no tiene “pichula”, palabrota peruana que sirve o servía para designar al pene. Lo que sigue, para el lector, es ver la evolución del personaje, de “Pichulita” Cuéllar, como lo apodan, hasta llegar a un desenlace casi inevitable en el contexto social donde se despliega la trama.

Pero más allá de la anécdota, lo que me asombró, y me sigue asombrando, es la composición formal de la novela, su narración en primera y en tercera personas del plural ensambladas simultáneamente. Esta es una técnica que sólo puede usarse una vez, la que habilitó MVLl en Los cachorros, novela ya cincuentona pero, sin duda, fresca todavía.

domingo, mayo 17, 2009

Memorias del subsuelo de un lector del boom


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Conferencia leída por Saúl Rosales en el Icocult Laguna el 22 de abril de 2009. Agradezco al autor haber aceptado la invitación a publicar en este espacio que, ante la falta de soportes impresos adecuados en La Laguna, desea poner textos de calidad al alcance del lector. La coincidencia de comenzar a publicar este tipo de colaboraciones en "Ruta Norte" el mismo día de la muerte de Benedetti es sólo eso, una coincidencia. La aprovechamos, sin embargo, para inaugurar este foro en homenaje a la memoria del escritor uruguayo. La imagen que encabeza este post es la credencial que acredita a Saúl Rosales como integrante de algunos talleres de la UNAM.
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Memorias del subsuelo de un lector del boomx
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Saúl Rosales
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Para contribuir a la llamarada de petate, dicho muy mexicano por lo menos si lo consideramos desde el nahuatlismo petate, digamos que el boom de la literatura latinoamericana es un producto de México para el mundo como lo son el chicle, el chocolate, el cacahuate y algo ya imprescindible en incontables y solazados hogares del mundo, la marihuana.
Como vemos, la humanidad tiene mucho que agradecerle a este país por haberle descubierto la gimnasia de masticar chicle, las afrodisiacas calorías del cacahuate y del chocolate y, sobre todo, por la marihuana, por lo bueno que es para las reumas. Con el fin de jugar con esta idea escudriñé los libros de Bernardino de Sahagún. Me metí a ese mundo de los antiguos mexicanos mucho antes de que la Cámara de Diputados se rebullera debatiendo la legislación de las drogas. Empecé a tirar estas líneas a principios de marzo, cuando los diputados apenas se estaban desperezando de las vacaciones de navidad. En Sahagún me encontré con que los antiguos mexicanos ofrecían al dios Opochtli “flores y cañas de humo”. Al leer “cañas de humo” no me imaginé airosas cañas de azúcar ni frondosos tallos de plantas ca-na-bi-ná-ceas, sino carrizos habilitados como rudimentarias pipas de fumar. Cañas-carrizos-carrujos. Estas cañas preparadas para venerar a Opochtli, igual que las llantas del carro de Camelia, llevaban su noble alma repleta de una hierba en polvo con el que “se emborracha y se adormece”. Estas son palabras textuales. La misma hierba con la que “se emborracha y se adormece” se le avienta a una monstruosa culebra para dominarla, le dictan a Sahagún sus informantes.
Pero para medio volver al tema diré que también en los libros de este patricio de la historiografía se lee que la hierba que emborracha y adormece la usaban los antiguos mexicanos como anestesia. No encarrujada y gasificada como podría imaginarse, no, sólo se fregaban con ella las mordeduras de culebra. Muchos años después, la lírica popular de México exportó al mundo la hierba, aunque sólo en la letrilla de la cucaracha que no puede caminar porque le falta marihuana que fumar. La exportación de la hierba, sólo en la letrilla, ocurrió durante y después de la Revolución de 1910. Como se ve, mediante la canción, y luego el cine, México exportó la hierba; por su parte la mafia, bueno, no La Mafia, el legendario “corporativo”, sino una mafia cultural, exportó el boom de la literatura hispanoamericana.

1962
Antes de comentar por qué el boom es una aportación mexicana retrocedamos al año en que para mí empieza el boom, 1962. Digo que para mí porque sus orígenes históricos los veremos más adelante siguiendo a Mario Benedetti. (Creo que no necesito adelantar quien es Mario Benedetti.) En dicho año 1962, la novela La ciudad y los perros, de Mario Vargas Llosa, recibe el Premio Biblioteca Breve de la editorial española Seix Barral. Con esa novela me inicio yo como lector del boom. Pero retrocediendo otra vez metámonos a la mañana del 5 de mayo de ese año, en la ciudad de Puebla, donde desfilan banderas mexicanas capturadas un siglo atrás durante la intervención francesa. La mañana es fresca pero con sol. Por aire, carreteras y vías de ferrocarril habían llegado desde lejos contingentes para el desfile patriótico. Francia había devuelto los lábaros mexicanos con motivo del centenario de la Batalla de Puebla que aún conmemoramos cada año con suspensión de labores y tibios actos cívicos. La Escuela Militar de Mecánicos de Aviación del Colegio del Aire de la Fuerza Aérea Mexicana instalada en Zapopan, Jalisco, proporcionó la escolta de una de las banderas reintegradas a la nación. El sargento segundo comandante de la escolta que hundiendo el filo posterior de los tacones marchaba con orgullo de seleccionado nacional de futbol por las calles de Puebla, que escuchaba los vítores con marcialidad atildada durante tres años en el Colegio de la Fuerza Aérea Mexicana, enérgico, orgulloso y henchido de patriotismo, era yo.
Unas semanas después del desfile del 5 de Mayo dejé de ser alumno de la escuela militar, por cierto de nombre igual al de una institución sudamericana de tristísima memoria. Graduado como sargento segundo, la Fuerza Aérea Mexicana me colocó en la capital de la república. Para vivir allí me hospedé en un departamento de la calle de Donceles junto a condiscípulos que habían recibido el mismo destino. Tuve la suerte de encontrarme en el comedor de la casa de asistencia la revista semanaria Siempre. Como yo ya estaba acostumbrado a leer y me pasaba mucho tiempo solo, me habitué a buscarla cada jueves. Después me enteré que me había aficionado a la revista de mayor circulación nacional. Sus páginas de temas generales eran interesantísimas y su suplemento cultural que ondeaba como páginas centrales hacía sentir al lector que se asomaba al Parnaso. En este suplemento impreso con tinta verde y llamado “México en la Cultura”, me familiaricé con la literatura mexicana y la literatura hispanoamericana, y además con ciertos teatro, cine, música, pintura, etcétera. Las notas, los comentarios, las críticas, los análisis, las opiniones impresas en verde me orientaban para dispersar de maneras diversas mi soledad, en tanto las impresas en sepia contribuían a mi educación política. Confesaré que la literatura mexicana y la latinoamericana no habían existido antes para mí porque desde niño era lector de Selecciones del Readers Digest y no tuve escuela de nivel medio superior que me las revelara con énfasis y pirógrafo mercadotécnico.

1963
Unos meses después de aquel patriótico y marcial 5 de Mayo, es decir, ya en 1963, dotado de cierta holgura económica gracias a los sobresueldos que me redituaba el ser mecánico en el hangar presidencial y a que mi vida previa de obrero temprano me acostumbró a vivir con bajo presupuesto, pude comprar La ciudad y los perros. Inducido por las reseñas, los comentarios, las notas periodísticas y las entrevistas a Vargas Llosa llevé a mi incipiente biblioteca un ejemplar de la primera edición que, por cierto, perdí en las manos de una alumna de Letras Españolas de la UNAM. La virgen de Lourdes Equis no me hizo el milagro de regresármelo. La novela y su autor empezaban a actuar como pendones de lo que sería la vanguardia del boom de la literatura latinoamericana. La novela de Vargas Llosa, permitámonos recordarlo, tiene como escenario principal una escuela militarizada. En su lectura conviví con los cadetes, compartí la prepotencia de El Jaguar, la abulia de El Esclavo y el abuso de los suboficiales y oficiales contra los alumnos. Me entregaba gozoso a la ficción trazando paralelismos con la realidad que yo había vivido durante tres años en la escuela de la Fuerza Aérea Mexicana.
Ya en ese tiempo en Vargas Llosa y La ciudad y los perros convergían las luces de innumerables reflectores puesto que habían ganado el Premio Biblioteca Breve del concurso convocado por la editorial española mencionada. Ahora yo sabía que existían premios literarios y que eran importantes y que existía la literatura latinoamericana. Leí con ansiedad y gozo el libro, sorprendido porque la historia ocurría en la escuela militar, pero también intrigado por los intrincados trazos de la narración. Me cautivaban los suspensos dosificados por el escritor y me deslumbraba la poliédrica forma de la historia. Me asombraba que se pudiera narrar de manera tan distinta a la que se usaba en las novelas que había leído antes. El tiempo libre que me dejaban mis obligaciones de mecánico del hangar presidencial y mi poco apego al ping pong con que nos distraíamos los de tierra mientras las naves volaban de gira, me facilitaban meterme en la vida de los personajes de La ciudad y los perros y visitar los lugares de Perú que poblaban. Por supuesto, me perdía en la novela durante lapsos más prolongados cuando, distante de mi vida militar de sargento segundo del Estado Mayor Presidencial, disfrutaba mi vida de civil.
La prolongada soledad se convertía en libros leídos. Sin saberlo, estaba yo convertido en lector de lo que vendría a ser el boom de la literatura latinoamericana. Mi gula de fanático explorador de líneas y líneas, páginas y páginas, libros y libros, era estimulada por la información periodística, las propias lecturas de evasión y la publicidad de las editoriales. Me sentía bien siguiendo las recomendaciones de las reseñas de libros de “México en la Cultura” y de los suplementos dominicales de los diarios de la capital de la república. En ese tiempo, cuando todavía fulguraba potente la luz de los reflectores puesta en Vargas Llosa y La ciudad y los perros se prendió otra, atraída por el mexicano Vicente Leñero, quien había ganado en el propio 1963, con Los albañiles, el mismo premio que el autor peruano.
Los índices coquetos de los premios pescalectores que engurruñados hacen la señal de ven, los premios que como cupidos tejen cardillos entre el lector y los libros me llevaban a las obras galardonadas pero yo leía también muchas que no presumían medallas ni diplomas ni veneras ni condecoraciones. Leía muchos de los libros que críticos y reseñistas recomendaban y en ese entonces la crítica y la publicidad editorial se preocupaban por llevar la mirada de los lectores hacia la literatura latinoamericana. De cualquier manera, otro análisis mostraría cómo el modo de producción económica afecta, se aprovecha y determina la estética. La determina porque al impulsar un prototipo lo convierte en modelo a seguir y hace seguirlo.

1965
A mediados de 1965 dejé el hangar. Guardé el medidor de densidad del líquido de las baterías y colgué mis uniformes e insignias del Estado Mayor Presidencial y la Fuerza Aérea y me puse a trabajar de empacador en la bodega de la cadena de librerías donde compraba los volúmenes con que llenaba mis vacíos, con los que evadía la soledad, los que me ayudaban a no hacerme ilusiones en este mundo. En otro lado he integrado a la ficción pasajes de la nueva posición que conquisté al pasar de bodeguero empacador a dependiente en una de las librerías. En este año, 1965, no sé si también en los anteriores a mi alta en el empleo de dependiente, se vendía mucha literatura hispanoamericana. Por una razón que se evidenciaría pocos meses después los lectores buscaban con avidez El Señor Presidente, novela del guatemalteco Miguel Ángel Asturias (según Enrique Anderson Imbert “una de las mejores en toda la novelística hispanoamericana”), publicada diez años antes, junto con otra que había salido en 1963, Mulata de tal. Los lectores procuraban también otras obras pero ahora me acordé de El Señor Presidente porque me conmovieron mucho cinco palabras de uno de sus personajes, el Pelele, que en el mundo de sus alucinaciones le dice a su madre: “Ñañola, me duele el alma”. Y la madre de su fantasía le responde: “Hijo, me duele el alma.” Edipo lector por ese tiempo vivía en una casa de asistencia de la colonia Roma con los libros como única familia.
Moderando la hipérbole, digamos mejor que los libros no eran su única familia porque le hacían compañía, un radiecillo y ecos de las páginas de El Señor Presidente como “¡Alumbra, lumbre de alumbre, Luzbel de piedralumbre, sobre la podredumbre! ¡Alumbra, lumbre de alumbre, sobre la podredumbre, Luzbel de piedralumbre!”, palabras que resonaban también como eco que le llegaba desde los días de infancia en Torreón, es decir, resonancias alejadísimas en tiempo y espacio de la Guatemala de Miguel Ángel Asturias. Pero decía que acompañaba también a Edipo lector, para distraerlo en la Colonia Roma, un radiecillo. Era de transistores, neologismo mágico. Su marca era National y por supuesto made in Japan. Tenía las dimensiones de un libro de obras completas. Gracias a los transistores escuchaba Radio Universidad, emisora hertziana de la UNAM que mencionaba el boom entre música del diapasón extendido desde la Edad Media hasta la vanguardia de Pierre Boulez, música extraña y hermosa, y voces que hablaban de Latinoamérica, de la Revolución y de la literatura hispanoamericana.

1966
Como consecuencia de su búsqueda de un empleo mejor y para, sin proponérselo, envolverse más en la atmósfera de lector del boom, el de la voz, se encadenó al trabajo enajenado en la imprenta donde entonces imprimían dos publicaciones importantes para la historia del boom, la Revista de la Universidad de México y la Revista de Bellas Artes. Ambas revistas, la de la UNAM y la del INBA albergaban en sus páginas y en sus respectivos directorios a muchos de los protagonistas del boom de la literatura latinoamericana. Yo los leía en las dos poderosas publicaciones como escuchar admiradas voces familiares. La razón de que me resultaran cercanas es que muchas de ellas también eran las voces del suplemento cultural de la revista Siempre y de la Gaceta del Fondo, que también procuraba yo. Y más aún, en esa imprenta, a la que llegué a trabajar como corrector de pruebas en 1966, se publicaban y se reeditaban los libros de Editorial Era, libros como El coronel no tiene quien le escriba (1961) y La mala hora (1966), de cuyo autor, altísima figura del boom, ustedes han de acordarse; Aura (1962), cuyo autor de inmediato se adivina y en fin, Gracias por el fuego, de Mario Benedetti, quien mucho y muy pronto escribiría con claridad y tino del recién reconocido boom.

1968
Este año, 1968, es en el que ubica el auge del boom el mismo Mario Benedetti, quien es una de las personalidades más recias de la literatura latinoamericana de antes, durante y después del propio boom. En el ensayo que lleva como título “Sobre poetas comunicantes”, fechado en 1972 e incluido en El escritor latinoamericano y la revolución posible, libro de 1974, Benedetti afirma que el auge pleno del boom ocurrió cuatro años antes de la publicación de su ensayo, o sea, en 1968. Esto no quiere decir que en este año hayan aparecido las más resplandecientes obras. Surgieron muchos libros memorables. Para mencionar algunos de los más reconocidos, de los cuales la mayoría pueblan los entrepaños de literatura hispanoamericana en mi biblioteca personal –aún puede uno enorgullecerse de practicar el oficio de lector y poseer una biblioteca personal–, aparecidos a partir del año que comienza esta cronología, anoto, de 1962, la obra que me inscribió como lector fanático del boom, La ciudad y los perros, de Vargas Llosa; El Siglo de las Luces, de Carpentier; Aura y La muerte de Artemio Cruz, de Fuentes; de 1963, Mulata de tal, de Asturias y Rayuela, de Cortázar, libro que viene a asestarse y asentarse como afirmación incontrastable de que la literatura es un juego, un juego de las profundidades humanas en el que se tañen las cuerdas de las deficiencias y las virtudes evidenciadas y potenciales del alma. Debo aquí, en un acto de autopunición, confesar que en la amargura de la soledad leí Rayuela con la miope idea de que si el libro me proponía infinitas maneras de leerlo, es decir, si se podía comenzar en cualquier capítulo, entonces para qué incomodarme, así que comodonamente y paradójicamente lo leí y más tarde lo releí de la manera tradicional. La amargura es más cómplice del marasmo que del juego. También de 1963 es –lo dije antes– Los albañiles, novela que como ya también mencioné antes, ganó ese año el mismo premio que la de Vargas Llosa; de 1964 son Juntacadáveres, de Onetti y Cantar de ciegos, de Fuentes; de 1965 es la ya citada Gracias por el fuego, del admirable Benedetti, novela que empieza en el restaurante Tequila, de Nueva York y acaba en la corrupción sudamericana. De 1966 son Todos los fuegos el fuego, de Cortázar, con sus ilusionismos de realidad irrealidad; La casa verde, de Vargas Llosa, con diestros juegos de tiempo, espacio y personas, y La mala hora, de García Márquez. Esta última novela había sido publicada en 1962 en España, pero como el editor europeo se permitió “cambiar ciertos términos y almidonar el estilo”, García Márquez no reconoció la edición. De este modo, por voluntad del autor, la edición príncipe es la mexicana de 1966. La publicó Era, como ya dije.
Pero qué pasa con el boom. Sigamos a Benedetti para ver cómo el boom de la literatura latinoamericana es una aportación de México al mundo, igual que lo fueron en otro tiempo el chicle del ejercicio mandibular, el cacahuate de las calorías afrodisiacas, el chocolate del gusto sibarita y la marihuana sin epítetos, para no hablar de oídas. Claro, el escritor uruguayo no lo dice de la manera en que lo acabo de enunciar. El autor de Gracias por el fuego afirma en El escritor latinoamericano y la revolución posible: “El célebre boom fue en realidad una prolongación internacional de la mafia; y no es casual que los mexicanos hayan sido sus más fervientes y eficaces promotores.” Repito la cita: “El célebre boom fue en realidad una prolongación internacional de la mafia; y no es casual que los mexicanos hayan sido sus más fervientes y eficaces promotores.” Los mexicanos produjeron, por supuesto no toda la obra del boom pero sí parte de ella y sobre todo la hicieron retumbar en el exterior. Por qué señala Benedetti la eficacia promotora de la mafia. Aclaremos. La “mafia” a que se refiere Benedetti no era una pandilla transnacional de delincuentes ni una banda que se reunía para “hacer oración” ni un club de jardinería de los jueves. La “mafia” era un grupo de narradores, poetas, dramaturgos, pintores y en general intelectuales y artistas que tenían su nicho, o mejor dicho sus nichos, en la ciudad de México, en el ya mencionado suplemento cultural de la revista semanal Siempre; en las mensuales Revista de la Universidad de México, Revista de Bellas Artes y Gaceta del Fondo y además, en Radio Universidad. Algunos integrantes de la ubicua “mafia”, o asociables con ellos eran Carlos Monsiváis, Fernando Benítez, Emmanuel Carballo, Sergio Pitol, Huberto Bátiz, José Emilio Pacheco, Luis Guillermo Piazza, Carlos Fuentes, Elena Poniatowska, Rosario Castellanos, Margo Glantz, María Luisa Mendoza, Juan Vicente Melo, Salvador Elizondo, Paz, Cuevas, los hermanos García Ponce, Vicente Rojo, Juan Soriano. (Por su distanciamiento recoleto no sé si hice bien en incluir a José Emilio Pacheco, pero publicaba con disciplinada constancia en los mismos lugares.)
Como conclusión provisional haré aquí un nudo para que sus mentes lo desaten: una buena cantidad de autores de la mafia publicaban sus obras en Ediciones Era. Ediciones Era era propietaria de la imprenta donde se imprimían sus propios libros pero también la Revista de la Universidad y la Revista de Bellas Artes. En estas revistas publicaban los de la mafia y formaban parte del cuerpo editorial. Además, la mayoría de los libros producidos por Era eran marxistas. (Muchos de ellos contribuyeron al despertar de mi conciencia de clase proletaria.)
Sin embargo, aparte del origen mexicano del boom indicado por Benedetti encontramos, siguiendo todavía a este autor en El escritor latinoamericano y la revolución posible, en el ensayo que lleva este mismo nombre, que también tiene un origen cubano, gestado por la triunfante Revolución con todas sus audacias ejemplares: “A través de la estallante experiencia cubana”, dice Benedetti refiriéndose al proceso revolucionario cubano de 1953 a 1959, “Europa se interesó por el resto de América Latina”. Y sigo citando al escritor uruguayo con el siguiente fragmento donde adelanto que plantea un paralelismo entre el rompimiento de Cuba con las relaciones de dependencia política tradicionales y el rompimiento de los autores con las formas antiguas de narrar: “Con la revolución cubana comenzó, pues, una nueva manera, experimental e imaginativa de llevar adelante una política antimperialista. Curiosamente la literatura latinoamericana (en particular la narrativa, pero también aunque en menor grado, la poesía y el teatro) rompió así mismo con los viejos moldes, con la vieja retórica, con la vieja rutina y se lanzó con entusiasmo a experimentar.”
Como digresión digamos que una vez más aparecen hermanados Cuba y México, esta vez como cunas del boom. Cuba lo impulsaría mucho en el campo editorial, tanto como lo hacían Buenos Aires y la Ciudad de México. La Cuba revolucionaria fundó la Casa de las Américas y promovió intensamente la creación mediante los concursos literarios.
Ahora permítanme recordar lo que presumí antes, esto es que entré a trabajar de corrector de pruebas en la imprenta donde se imprimían la Revista de la Universidad de México, la Revista de Bellas Artes (del INBA) y los libros de Ediciones Era. Era Era, como lo sugerí antes, uno de los engranajes del boom. Las instalaciones de la imprenta ocupaban una casa común de la calle Aniceto Ortega en la Colonia del Valle, en la Ciudad de México (el número y el teléfono se pueden encontrar en las páginas legales). Las labores de impresión atronaban en la planta baja; en la alta, al fondo a la izquierda, quedaba el cuarto donde trabajábamos los correctores. Frente a este cuarto quedaba el de la dirección de Ediciones Era albergando los tratos y los documentos que se resuelven en la publicación de libros que podemos integrar al boom como Aura, El coronel no tiene quien le escriba y La mala hora, ya datados antes, y varios más. Mientras yo me ganaba el salario corrigiendo pruebas en el cuarto del fondo a la izquierda, haciendo resonar la duela pasaban hacia o desde la dirección de Era, Carlos Monsiváis, Elena Poniatowska, Fernando Benítez, et al. y, diariamente varias veces, Emmanuel Carballo y Vicente Rojo. Rojo era copropietario en las siglas de Era, según me confió la correctora que ya estaba allí cuando yo llegué. A Carballo lo acercaban a Era vínculos familiares. Yo miraba entonces a aquellos integrantes de la mafia como miraría a Adela Noriega, si me la encontrara en la tiendita de la esquina.
La novela, por muchas razones superjustificadas, más llamativa del boom, Cien años de soledad, había aparecido en 1967. La ilustración de su portada, el barco de velas varado y abandonado, la reprodujo el suplemento cultural de Siempre. El premio Seix Barral que habían obtenido la novela peruana La ciudad y los perros y la novela mexicana Los albañiles, este año lo conquista la novela Cambio de piel, de Carlos Fuentes, quien el mismo 1967 había publicado otra novela, Zona sagrada. Aunque no había hecho mutis, Vargas Llosa reaparece publicando Los cachorros, relato que es un minucioso atentado terrorista contra la sintaxis por su violencia contra las personas y los tiempos del verbo. A Miguel Ángel Asturias, el de El Señor Presidente y Mulata de tal, novelas muy buscadas cuando yo trabajaba de dependiente en la Librería de Cristal, lo premian con el Nobel.
Fue un buen año para el boom 1967 y sus reverberaciones seguirían muchos años más. Por lo pronto ya había muchos libros latinoamericanos para leer durante el revolucionario 68 y platicarlos entre activismo político y canciones folclóricas también latinoamericanas.
Tras la eclosión del boom, en 1969, Vargas Llosa publica una novela de audacias formales y de atmósfera igual a la que para los lectores se había revelado con v chica y rebelado con b grande el año anterior, me refiero a Conversación en La Catedral, que se convirtió en mi favorita de las del autor peruano; Fuentes lanzó, Cumpleaños, libro de cuentos que no satisfizo al personal.
Pero el boom no había estallado sin procedimientos ni ingredientes precursores. Los hubo y muy importantes en las formas narrativas de cuento, novela corta, relato y novela de amplio volumen. Mencionaré algunos títulos sin su registro cronológico pero observando su cronología a partir de 1939, año en que aparece El pozo, de Onetti.
Al año siguiente y en los siguientes años, elevan el caudal precursor Ficciones y El Aleph, de Borges; Viaje a la semilla (deslumbrante relato de Carpentier en donde el protagonista pasa de ser viejo a ser semen, tema que repitió hace poco la película El extraño viaje de Benjamin Butto), El reino de este mundo y El acoso, de Carpentier, ya lo dijimos; El túnel y Sobre héroes y tumbas, de Sábato; La vida breve y El astillero, del ya mencionado Onetti; El llano en llamas y Pedro Páramo, de Rulfo, es decir, del “mejor narrador de América Latina”, según apreciación de Benedetti; La región más transparente y Las buenas conciencias, de Fuentes; Montevideanos y La tregua, del propio Benedetti; Los pasos perdidos, del ya mencionado Carpentier; Las armas secretas y Los premios, de Cortázar; Los jefes, de Vargas Llosa y, en fin, Hijo de hombre, de Roa Bastos.
Y si es caudaloso el torrente precursor del estallamiento del boom, lo es igualmente el que lo siguió. Es así que en 1972, corregida por Cortázar y Monsiváis, sale de Ediciones Era Paradiso, novela de Lezama Lima y para llegar sólo hasta 1981 nombraré los libros que todavía sobreviven en mi biblioteca, aunque no en mi memoria: de Cortázar El libro de Manuel y Octaedro; de Vargas Llosa, Pantaleón y las visitadoras, La tía Julia y el escribidor y la grandiosa La guerra del fin del mundo; de Carpentier El recurso del método, novela que hizo resaltar el tema de los dictadores latinoamericanos, ya tratado antes por Asturias y Valle Inclán, Concierto barroco, muy divertida novela corta, una obra magna en arquitectura y en tono, La consagración de la primavera y El arpa y la sombra; de Sábato, Abbadón el exterminador; de Roa Bastos otra de dictadores latinoamericanos y realismo mágico que es Yo el supremo; de Borges, El libro de arena; de García Márquez, también de dictadores, El otoño del patriarca y finalmente, aunque el boom seguía copioso, La cabeza de la hidra y Terra nostra, de Fuentes.
En el anterior alud de títulos y autores he mezclado libros de novela y cuento aunque en la realidad la preferencia de los editores y la tolerancia de los lectores privilegiaron la novela. Para acercarse a la literatura dramática del tiempo del boom pueden leerse varios volúmenes preparados por Carlos Solórzano, un fino colaborador de los mismos lugares ocupados por los divulgadores del boom.
Sé que omito muchos títulos y autores, pero con las ráfagas disparadas superé ya el tiempo en que mi perorata podría ser tolerable. De ese modo que acabo de narrar me gesté, me desarrollé y me templé como miembro de una generación de lectores de lo que se conocería como el boom, el boom, que para mí es un momento peculiar en la historia general de una literatura vigorosa que ya contaba en sus catálogos con nombres como Carpentier, Borges, Asturias, Vallejo, Hudiobro, Neruda y muchos más. El boom, con ese nombre identificado, es sólo un momento de la gran corriente de la literatura latinoamericana que ya se había sumado a las vanguardias literarias del siglo XX, sobre todo con la poesía.
Sentí una gran responsabilidad al tener que hablar para ustedes de ese importante tema, por eso malinterpretando impúdicamente la lección de Montaigne hablé de lo que conozco menos mal, hablé de mí, aunque en el contexto del boom de la literatura latinoamericana. Estas palabras fueron como unas memorias del subsuelo de un lector del boom.