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sábado, octubre 04, 2025

El boom según Donoso

 











Nunca entendí el imperativo freudiano de acabar con el padre boom, de matarlo y orientar la escritura por caminos supuestamente distintos, como si la literatura, el arte, la vida toda no fuera una permanente y nunca acabada mezcla (dialéctica, dirían algunos) de tradición y ruptura. Más, pues, que aniquilarlo (aniquilar significa etimológicamente “convertir en nada”), siempre he creído que es mejor integrarlo sin traumas a nuestra tradición, en percibirlo como parte constitutiva de nuestra cultura, en asumirlo como un momento notable/perdurable de la narrativa latinoamericana. Matar al boom es un empeño que creo no ha prosperado, pues todavía hoy es más que frecuente encontrar reediciones de sus autores más visibles. Por algo será.

Una de las inquietudes que siempre brincan cuando se habla de esta generación es la referida a la nómina de sus integrantes. ¿Quiénes fueron y quiénes no fueron parte del grupo? La pregunta es de respuesta imposible, y creo que esto se debe a que, más allá de los encuentros en fiestas, mesas redondas, oficinas de editores y demás, los autores del boom nunca configuraron un bloque homogéneo debido sobre todo a la disparidad de sus edades y al inmenso espacio geográfico que supieron abarcar: toda América Latina. A diferencia de otras generaciones, cuyos integrantes tenían más o menos la misma edad y radicaban en una ciudad o al menos en un solo país, los escritores del boom nacieron en fechas algo distantes y se movieron por todo el contexto hispánico y más allá, pues no faltó que radicaran en distintos periodos en Francia, Inglaterra y Estados Unidos, lo que añadió una suerte de inevitable dispersión. Basta ver el índice de los entrevistados en el canónico Los nuestros, libro de entrevistas de Luis Harss, para advertir lo que trato de explicar. Lo mismo aparecen allí Carpentier (Cuba, 1904) que Vargas Llosa (Perú, 1936), o Borges (Argentina, 1899) que García Márquez (Colombia, 1927), es decir, autores geográfica y cronológicamente alejados, lo que dificultó la noción de compacidad espacio-temporal que suele demandar el concepto de generación.

Según el crítico que aborde el tema, uno de los integrantes que entra y sale de la lista es José Donoso (Santiago de Chile, 1924-1996). Cuentista y novelista, autor de títulos celebrados como Coronación, El lugar sin límites y El obsceno pájaro de la noche, compuso además una especie de memoria titulada Historia personal del ‘boom’ (Alfaguara, 2018, 166 pp.). Su primera edición apareció en el amanecer de los setenta, en 1972, cuando la ola boomística, perdón por el ingrato adjetivo, ya venía de bajada. Pese a esto, el fenómeno sesentero seguía fresco, y el abordaje de Donoso es el de un testigo que duda, forzado quizá por el buen gusto de la modestia, en darse a su vez el estatus de participante.

El chileno plantea de entrada que durante la primera mitad del siglo XX la novela latinoamericana obedeció a un rasgo chovinista de nuestros países: cada uno valoraba con énfasis lo nacional, lo relacionado estrechamente con el contexto local, de modo que las novelas resultantes eran apreciadas como buenas en función de su arraigo verbal y temático en cada terruño. Es, grosso modo, lo que luego sería calificado como “novela telúrica”: que el autor “escribía para su parroquia, sobre los problemas de su parroquia y con el idioma de su parroquia, dirigiéndose al número y a la calidad de lectores —muy distinta, por cierto, en Paraguay que en Argentina, en México que en Ecuador— que su parroquia podía procurarle, sin mucha esperanza de más”. Una prueba de que no andaban en lo correcto, dice Donoso, es que “los grandes nombres de la novela ‘literaria’, de la primera mitad de este siglo escrita en castellano, tanto hispanoamericanos como españoles, se han desvanecido en comparación con sus contemporáneos alemanes, norteamericanos, franceses e ingleses, sin dejar gran huella en la formación de los novelistas actuales”.

La década de los sesenta fue para él un parteaguas, un momento en el que algo pasó: “En un período de apenas seis años, entre 1962 y 1968, yo leí La muerte de Artemio Cruz, La ciudad y los perros, La casa verde, El astillero, Paradiso, Rayuela, Sobre héroes y tumbas, Cien años de soledad y otras, por entonces recién publicadas”. En esta afirmación ya tenemos una lista de autores, cierto, pero es importante resaltar que Donoso fija su atención en cuatro nombres casi como si fueran las patas de una mesa: Fuentes, Vargas Llosa, Cortázar y García Márquez. Anota el rol, algo ambiguo, que él juega en el libro: “No quiero erigirme en su historiador, cronista y crítico. Nada de lo que digo aquí pretende tener la validez universal de una teoría explicativa que asiente dogmas: es probable que en muchos casos mis explicaciones, mis citas, la información que manejo, no sean ni completas ni precisas, e incluso que estén deformadas por mi discutible posición dentro del boom de marras: hablo aquí aproximadamente, tentativamente, subjetivamente, ya que prefiero que mi testimonio tenga más autenticidad que rigor”, y observa con precaución que se siente ligado a lo que describe: “cual fuere la posición y categoría de mi obra dentro de la novela hispanoamericana contemporánea, mis libros han aparecido en y alrededor de la década del sesenta, y así me siento ligado a, y definido por, las corrientes y mareas del ambiente literario de nuestro mundo, cambios determinados por la publicación de ciertas novelas que incidieron poderosamente en la visión y en el quehacer de este escriba”.

La falta de padres literarios y la influencia de escritores no hispánicos (Kafka, Sartre, Faulkner) generó en Latinoamérica, dice, obras en las que “aceptar los requerimientos de lo fantástico, de lo subjetivo, de lo marginado, de la emoción, hizo que la novela nueva tomara por asalto las fronteras o las ignorara, saliéndose del ámbito parroquial: el chileno necesitaba escribir ahora de modo que lo entendieran y que interesara no sólo en Talca y Linares, sino también en Guanajuato y en Entre Ríos”.

El recorrido de Donoso por los cuatro escritores más visibles del boom se rinde ante la obra y la personalidad de Fuentes, y apunta que La región más transparente fue para él un mazazo. Del mexicano también destaca su erudición, su cosmopolitismo, su generosidad y su ansia de abrazarlo todo. Algo parecido, aunque un tanto cuanto más atenuado, subraya de Vargas Llosa y La ciudad y los perros. Con García Márquez no se rinde igual, aunque sí reconoce que es el primero y quizá el único a quien le cupo entera la palabra “éxito” popular y comercial, y a Cortázar es a quien ve más alejado en ese pequeño grupo signado también por los encuentros y la amistad. Ya en el 72 Donoso sabía que el boom perdía su efervescencia, pero presintió algo que en efecto se ha cumplido, que “al pasar de moda el boom como totalidad no dejará el esqueleto de teorías, sino quizá media docena de novelas que no se apaguen”.

En esta Historia personal… no faltan las confesiones personales, las vicisitudes del propio autor para encontrar su voz en el aislamiento chileno. Tampoco, claro, los temas extraliterarios, como el punto de reptura que significó el “caso Padilla” o la presencia de la chismografía y las envidias en torno a los notables del boom.

Además de lo anterior, la edición de Alfaguara contiene “El ‘boom’ doméstico”, de María del Pilar Serrano, esposa de José Donoso, sobre los encuentros con los escritores del boom y sus parejas, incluidas, en dos momentos distintos de la crónica, Rita Macedo y Silvia Lemus, las esposas de Fuentes. A esto se suma una especie de continuación titulada “Diez años después” (o sea, en 1982), donde Donoso suma el reciente Nobel de GGM como culminación.

Historia personal del “boom” es un libro ya viejo, es verdad, pero con él podemos acceder a un momento de la literatura latinoamericana que produjo obras muchas veces dadas por muertas pero que todavía gozan, por suerte, de buena salud.

sábado, agosto 23, 2025

Historias de Hernán Casciari

 


















El título tributa un homenaje numérico y fonético a los Doce cuentos peregrinos de García Márquez, y temáticamente es un libro en algún sentido próximo a Dublineses, Montevideanos y Tijuanenses, racimos en los que sus autores (James Joyce, Mario Benedetti y Federico Campbell, respectivamente) sobrevuelan sus espacios de vida/memoria y desarrollan pequeñas anécdotas que no por locales dejan de ser universales. El libro 12 cuentos mercedinos (Editorial Gato Blanco, México, 2018, 103 pp.), de Hernán Casciari (Mercedes, Provincia de Buenos Aires, 1971), pertenece a esa camada: la de los libros en los que el autor cuenta historias en las que se siente o presiente un telón de fondo territorial, un entorno, un origen, en este caso la ciudad de Mercedes ubicada a cien kilómetros de la Capital Federal argentina. Dicho sea de paso, Mercedes ha sido la cuna de personajes como el expresidente Héctor Cámpora, el historiador Felipe Pigna, el político Eduardo de Pedro y el genocida Jorge Rafael Videla.

El primero, “La verdadera edad de los países”, no parece tanto un cuento, sino una especie de artículo de prensa muy creativo. Desde su arranque tiene este tono y aborda así a los países, como si fueran los ciudadanos de un gran vecindario: “Francia es una separada de treinta y seis años, más puta que las gallinas, pero muy respetada en el ámbito profesional. Es amante esporádica de Alemania, un camionero rico que está casado con Austria. Austria sabe que es cornuda, pero no le importa. Francia tiene un hijo, Mónaco, que tiene seis años y va camino de ser puto o bailarín, o las dos cosas”. La comparación se sostiene sin perder atractivo, pues los rasgos etarios de cada país se corresponden con el estereotipo más o menos conocido en cada caso.

Un gran cuento, este sí, por más que pueda ser o parecer una anécdota real, es “Un cajón secreto”. Cierto niño descubre en el cajón secreto de papá, entre otros tesoros, un lote de revistas porno europeas, que por cierto siempre tuvieron fama de ser muy poco estéticas. El protagonista hurta algunas y sobreviene una calamidad sobre la cual no adelanto nada, sólo que sus dos líneas finales son un palazo en la cabeza. O en el corazón, mejor dicho.

De “Messi es un perro” casi no se puede admitir que sea un cuento. En todo caso es un relato que parece más una crónica, un recorte de vida real. En este caso, alguien que admira a Messi lo compara con un perro porque tiene la fijación del balón como la vio en su perro con una esponja. Es un elogio de Messi con algunos ingredientes narrativos, entre ficticios y no.

En “¿Me agregás como amiga?” cuenta la aparición de Candela en Facebook. Candela dialoga con ella misma ya grande, es arquitecta y bonita. Revela lo poco que nos queremos cuando somos niños. Es un cuento, como algunos más en este libro, de tono juvenil, sencillos en su estructura y en su planteo de las situaciones.

“Borges, desde el tablón” es un elogio de Borges con una mirada de hincha o barrabrava. La pasión por Borges tiene sus reglas, desdeña la pasión por Bioy, pasa por alto su vida sexual y en secreto se dice que es el mejor escritor de lengua castellana.

Es “Finlandia” el mejor cuento-cuento del conjunto al menos entre los seis primeros. Un tipo disfruta el rato en una fiesta familiar en Mercedes, tiene un pendiente, pide un carro prestado y al dar reversa siente que golpea algo. Piensa que apachurró a una ahijada de tres años, ve que sus familiares corren a ver qué sonó y en esos diez segundos pasa el pasado y sobre todo el futuro del personaje, la desdicha definitiva que se le viene encima. Es un relato que pinta una verdad: que todos colgamos de un incidente, de una desgracia fortuita que puede destruirnos, convertirnos en víctimas o victimarios. Es un gran cuento, lleno de ese ingrediente que llamamos destino o suerte: “Tenía casi veinticinco años, estaba escribiendo una novela larguísima y placentera, vivía en una casa preciosa del barrio de Villa Urquiza, con una mesa de pimpón en la terraza y toda la vida por delante, trabajaba en una revista donde me pagaban muy bien, tenía una vida social intensa, era feliz, y entonces mato a mi ahijada de tres años y se apagan todas las luces de todas las habitaciones de todas las casas en las que podría haber sido feliz en el futuro. Lo pienso de ese modo, desapasionadamente, porque ya no tengo ni cuerpo con el que temblar”.

Hay piezas que parecen relatos con algo de ensayo. “Los dos Rulfos” no es un cuento en estricto sentido, sino la exposición de una historia planteada como realidad aunque también puede ser ficticia. Tiene de cuento lo narrativo, pero más bien parece el relato de una anécdota familiar que desemboca en una especie de teoría que dentro del relato el autor-personaje denomina “anécdota aumentada”.

Todavía más autobiográfico se siente “Bienvenido al club”. Se dirá que podemos leerlo como ficción, pero los datos que suministra casi no permiten esta recepción. Es como un trozo de memoria, el resumen de la condición del autor como hincha de Racing. Todos, desde su bisabuelo a su padre, lo fueron y vieron al equipo salir campeón más de una vez. Él, Casciari en primera persona, confiesa que no le gustaba vivir con esos recuerdos prestados, hasta que se hizo la luz y Racing se coronó, lo que permitió al autor pertenecer, ahora sí de lleno, al club de sus antecesores.

“Un belga en casa”, como todos o casi todos los textos que componen este libro, tiene marcado aire autoficcional. El protagonista-autor recibe en casa al ilustrador de una revista, un dibujante belga que recogerá gráficamente la vida del escritor. Lo atiende tres días seguidos y como hablan dos idiomas distintos no se comunican. En silencio desahogan su trabajo, entre la extrañeza y la obligación de convivir hasta que al final, un poco repentinamente, el consumo de mate sirve como nexo cultural.

Más allá de su verdad empírica, un bello cuento es “Las dos promesas”. Por culpa de la Segunda Guerra, en 1943, Américo Bertotti llega a Argentina. Tiene catorce años y jura ante su madre que nunca romperá su esencia milanesa. Ya en Buenos Aires, joven y empobrecido, le cortan el pelo gratis a condición, dice el barbero, de que acepte jurar fidelidad eterna al club Boca Jr. Pasan los años, envejece y un día juegan Milán-Boca. El viejo ve el partido con la disyuntiva de que deberá traicionar a alguno de los dos.

“Las caras en los sueños” es una reflexión poética sobre las caras que aparecen mientras dormimos. El narrador llega a una conclusión: la inquietud de ser soñado por alguien detestable. Es una especie de artículo.

El último de la tanda en 12 cuentos mercedinos, “10.6 segundos”, es una especie de crónica del segundo tanto de Maradona a los ingleses en el Azteca. Tiene como peculiaridad su estructura tripartita. Narra el gol segundo tras segundo, pero a medida que avanza tiende puentes en el tiempo hacia adelante y hacia atrás. Lo hace en función de los protagonistas más visibles de la jugada. De cada uno, incluido el árbitro tunecino, describe pasado y futuro, como si los once segundos de Maradona con el balón fueran una especie de bisagra, un parteaguas en cada una de aquellas vidas. Ninguno imaginó que esa jugada, contada al final con un efecto anafórico que homenajea a Borges viendo el Aleph, les cambiaría las vidas para bien y para mal.

Salvo por el hecho cierto de que varios cuentos de este libro no son cuentos en estricto sentido, se trata de relatos siempre emotivos, sostenidos en una prosa sencilla, llena de gratos aciertos en la observación de la condición humana. Esto importa más, claro, que insistir en la naturaleza genérica de cada pieza aunque el título nos anuncie claramente “cuentos”, cuentos que en varios casos no lo son, sino crónicas o girones de memoria personal, incluso, si lo pensamos bien, artículos, todo sumado en un libro que además de bien escrito ha sido armado en una edición vistosa, munida de numerosas ilustraciones a color. Lo único que no venía al caso en la edición son las notas de glosario al pie de página. Explicar qué es “jerga” y qué es “amague”, entre otras, está de más, pues hoy se pueden consultar en donde sea.


sábado, febrero 15, 2025

Borges en una nuez


 











No recuerdo el nombre del restaurante, pero sí, con claridad, la sensación que me produjo el buen ambiente de camaradería literaria que allí se respiraba. Era mayo de 2004, estaba a punto de cumplir cuarenta años y pasaría mi onomástico en San Miguel de Tucumán, a donde fui invitado para participar en un encuentro de escritores que se celebraría en la Universidad Nacional de aquella provincia argentina. Uno o dos días antes de que comenzara la actividad, mi amigo David Lagmanovich organizó algunas reuniones con escritores del lugar, quienes me demostraron afecto y gusto por escuchar mi acento de película mexicana.

Digo pues que la fiesta estaba en su apogeo de vino, cena y música, cuando ocurrió una suerte de pequeño milagro. Juan Pablo Neyret, escritor y periodista marplatense también invitado por David, pidió silencio a la concurrencia porque deseaba compartir un poema. Caminó al micrófono de los cantantes y, sin más, ofreció de memoria los dos sonetos escritos por Borges y publicados en tándem con el título “1964” dentro del libro El otro, el mismo (1964). No existían los celulares con avances tecnológicos como los de hoy, así que yo llevaba cámara digital y una minigrabadora de audio, para lo que pudiera ofrecerse. Y se ofreció: mientras Juan Pablo decía (no declamaba, pues declamar ya era y sigue siendo una práctica obsoleta) los dos sonetos, alcancé a sacar la grabadora y pescar al aire algunos fragmentos de su voz, los últimos seis versos. Aquello fue un torrente de luz en medio de la noche.

Yo ya conocía las dos piezas de “1964”, pues la Obra poética (Alianza-Emecé, Madrid, 1975, 447 pp.) de Borges es un libro que conseguí en los noventa. Lo que no sabía era aquello que Juan Pablo me reveló al pasar los versos por el filtro de su garganta: que la perfección no sólo estaba en la escritura, sino en el sonido exacto que iban dejando sus acentos y sus rimas, la gestación de un clima melancólico a partir de las palabras hechas de tinta en algún libro, pero sin duda redimensionadas al adquirir forma sonora, tal y como era el canto (la poesía) antes de la invención de la escritura. “Estos versos nacieron para decirse, no para leerse”, pensé.

Es posible encontrar “1964” con toda facilidad en Google, así que sólo traigo aquí el segundo soneto, que me gusta más, valga la implícita e innecesaria comparación: “Ya no seré feliz. Tal vez no importa. / Hay tantas otras cosas en el mundo; / un instante cualquiera es más profundo / y diverso que el mar. La vida es corta // y aunque las horas son tan largas, una / oscura maravilla nos acecha, / la muerte, ese otro mar, esa otra flecha / que nos libra del sol y de la luna // y del amor. La dicha que me diste / y me quitaste debe ser borrada; / lo que era todo tiene que ser nada. // Sólo que me queda el goce de estar triste, / esa vana costumbre que me inclina / al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina”.

Lo que uno primero siente, de golpe, es el tono de la pieza. Ciertamente la voz poética se resigna al “goce de estar triste”, pero esa tristeza no es una aplanadora, sino una especie de sombra atenuada por la frase previa: “sólo me queda”, que supone una ganancia en medio de la derrota (de aquí que la tristeza sea un paradójico “goce”), como cuando en otro lugar el mismo autor afirma que el olvido es “una de las formas de la memoria”, es decir, una pérdida que también es una posesión. La afirmación inicial, contundente (“Ya no seré feliz”), tiene como inmediato amortiguador el “Tal vez no importa”, que así sea con dudas hace menos trágica la tragedia de haber sido centrifugado del amor.

Para consolarse en medio de la desolación, recuerda: “Hay tantas otras cosas en el mundo”, y que “un instante cualquiera es más profundo / y diverso que el mar”, lo cual es cierto si reparamos en que cualquier segundo contiene infinitas situaciones, más que gotas de agua en el océano. Sabe que, por larga que parezca, “La vida es corta”, cortísima, y como escribían los latinos sobre las horas en los relojes de sol, “todas hieren; la última mata” (Vulnerant omnes, ultima necat), así Borges nos hace ver que una “oscura maravilla nos acecha”, la de la muerte que “nos libra del sol y de la luna”, que es como decir que nos libra de todo, incluido el amor.

Y estos versos tremendos en su sencillez y su verdad: “La dicha que me diste / y me quitaste debe ser borrada; / lo que era todo tiene que ser nada”, plantea la obligación de recurrir al olvido como tablita de salvación. Al final, aquello del “goce de estar triste” y practicar, luego del naufragio amoroso, esa “vana costumbre” de pasar por “cierta puerta” y “cierta esquina”.

Sé que este soneto dice mucho más de lo que yo puedo exprimir, pero creo que ni siquiera es necesario hurgar en su sentido, someterlo al microscopio; es suficiente con sentir su flujo por los tímpanos y atisbar el avance de su resignado apagamiento, su melancolía de tarde que se va haciendo noche.

sábado, noviembre 30, 2024

La novela de Cercas


 













El punto ciego (Random House, 2016, México, 139 pp.) debió ser el primer libro de Javier Cercas que debí leer, no el quinto, aunque tampoco era posible seguir este orden dado que los anteriores son esto, anteriores. Lo que quiero decir es que El punto ciego puede ser una adecuada introducción de Cercas a la obra de Cercas, y aún más: a sus obsesiones de lector, a sus filias y sus fobias como novelista, a su formación en general como hombre de imaginación y pensamiento, escritor ya famoso no sólo en el contexto de la hispanidad europea y americana, pues sus títulos han sido volcados a muchas lenguas.

Algo noté, claro, en Soldados de Salamina, Anatomía de un instante, La velocidad de la luz y El impostor, y lo que noté en estos cuatro libros es dilucidado en El punto ciego, libro cuyo eje es la reflexión sobre un rasgo fundamental en la novela que parte del Quijote y llega hasta nosotros en numerosas historias: el de la ambigüedad. Su material fue la base de lo que expuso en una serie de conferencias, las de la cátedra Weidenfeld en Literatura Europea Comparada de la Universidad de Oxford que “fue creada en 1994 por Lord Weidenfeld, el eminente editor, periodista y filántropo británico de origen austriaco. Desde su fundación ha sido ocupada sucesivamente por George Steiner, Martha C Nussbaum, Gabriel Josipovici, Amos Oz, Roberto Calasso, Umberto Eco, Nike Wagner, Robert Alter, Mario Vargas Llosa, Sander Gilman, Michele Le Doueff, Wolf Lepenies, Bernard Schlink, Marjorie Perloff, Roger Chartier, James Wood, Ali Smith, Don Paterson y Javier Cercas”.

La semblanza rápida de Cercas (Ibahernando, Cáceres, Extremadura, 1962) apunta que es profesor de literatura española en la Universidad de Gerona. Ha publicado ocho novelas: El móvil, El inquilino, El vientre de la ballena, Soldados de Salamina, La velocidad de la luz, Anatomía de un instante, Las leyes de la frontera y El impostor. Su obra consta también de un ensayo, La obra literaria de Gonzalo Suárez, y de tres volúmenes de carácter misceláneo: Una buena temporada, Relatos reales y La verdad de Agamenón. Sus libros han sido traducidos a más de treinta idiomas y han recibido numerosos premios nacionales e internacionales, dos de ellos al conjunto de su obra: el Premio Internazionale del Salone del Libro di Torino, en Italia, y el Prix Ulysse en Francia. Yo añado que en los próximos días estará en la FIL Guadalajara.

En El punto ciego, el autor extremeño ha dividido la exposición en cuatro partes y un epílogo. El meollo de cada sección es la idea de que la novela, la gran novela moderna, desde su nacimiento con el Quijote, es un relato organizado no para dar respuestas contundentes, irrefutables o taxativas, sino para insinuar preguntas, dudas y planteamientos que a su vez son reflejo de la vida y su esencial confusión, su inestabilidad y su incertidumbre. Cercas recurre en su exposición, sobre todo, a tres obras: el Quijote ya mencionada, Moby Dick y El proceso, libros en los que destaca “el punto ciego”, la imposibilidad de saber a las claras, en cada caso, si el caballero andante está loco o cuerdo, si la ballena encarna el bien o el mal y si Josef K. es culpable o inocente y de qué: en una palabra, el carácter necesariamente difuso de cualquier respuesta, esto “porque la novela es el género de las preguntas, no el de las respuestas: en rigor, la obligación de una novela no consiste en responder la pregunta que ella misma se plantea, sino en formularla con la mayor complejidad posible”, señala en la página 55.

Asimismo, mucho se detiene en su libro Anatomía de un instante que, pese a ser un trabajo voluminoso, sustancialmente describe el momento en el cual, mientras las balas tronaban a su alrededor, Adolfo Suárez se mantuvo sentado en su curul durante el golpe con tricornio de charol perpetrado el 23 de febrero de 1981 al Congreso de los Diputados en Madrid. La pregunta que flota en todo el libro es por qué Suárez no se movió, y para intentar responderla, aunque con toda intención sin lograrlo, Carcas escribió casi 400 páginas que fueron tenidas como crónica, reportaje y demás, pero no como novela aunque su autor, aquí, reitera que lo es.

El tercer capítulo aborda La ciudad y los perros como modelo de novela con punto ciego. Como al paso, aquí también comenta el hiato de tres siglos que padeció la novela en España luego de que Cervantes engendrara su libro capital. Inglaterra y Francia no demoraron en aprender la lección, el juego de ironía, incertidumbre y antidogmatismo que campea en el Quijote, mientras España se encerraba en las tiesas prescripciones del dogma religioso y monárquico. Hasta finales del siglo XIX comienza a despertar, y es a mediados del XX cuando aparecen en español, pero de este lado del charco, los autores que más influirían en Carcas porque han entendido bien, entre otras, la lección del punto ciego: Borges, Rulfo, Carpentier, García Márquez, Vargas Llosa y muchos otros cuyos apellidos conocemos.

El capítulo final es el que ofrece más ingrediente autobiográfico, es decir, en el que Cercas nos ofrece más evidencias sobre el descubrimiento de su vocación. Por lo que tuvo de dogmática, recuerda con rechazo (aunque luego aminora su dureza) la figura del intelectual representada por Sartre, y adhiere más bien a la del escritor posmoderno, imbuido de dudas e ironía y ya sin la prédica del compromiso a ultranza como soporte o corsé de la escritura.

Escritor inteligente, novelista de afilada prosa y buenas ideas, Cercas es un autor con el que podemos discrepar en más de un punto, pero sin duda, también, al que debemos observar. Yo lo he hecho así por culpa de Soldados de Salamina, libro que me fascinó/intrigó porque en él es evidente un gesto de suyo interesante, muy posmo y frecuente en los otros libros de Cercas: que nos cuenta una historia y al alimón nos cuenta cómo y por qué cuenta esa historia. No sé si esto también tiene que ver con el punto ciego, pero para mí es suficiente como ejemplo de novela con y sin ficción al mismo tiempo, moderna de los pies hasta la coronilla.

miércoles, noviembre 27, 2024

Borges y la literatura de EUA

 

















Borges publicó varios libros en colaboración con algunas de sus amistades. Los más famosos son, claro, aquellos que trabajó con Bioy, sobre todo los cuentos policiales amparados bajo el seudónimo común de H. Bustos Domecq. Otros personajes menos conocidos con los que consumó libros “en colaboración” fueron Luisa Mercedes Levinson (madre de Luisa Valenzuela), Delia Ingenieros, Margarita Guerrero, Betina Edelberg, Alicia Jurado y María Esther Vázquez. Con Estela Zemborain de Torres armó uno de los menos famosos: Introducción a la literatura norteamericana, de 1967, cuya primera edición aquí tanteo.

Una de las preguntas que me hago sobre este tipo de libros es la más simple: ¿cómo trabajaba JLB “en colaboración”? Quizá haya un buen objeto de estudio académico tras la pregunta, pero a falta, por hoy, de una respuesta clara no me queda otro camino que la suposición: imagino que él encargaba buscar y confirmar datos, quizá le releían algún pasaje, y a partir de allí, apoyado en su portentosa memoria, dictaba. Esto lo pienso porque sus libros a cuatro manos siempre exhiben, así sea tenuemente, su estilo, las maneras ya conocidas de su sintaxis, principalmente de su adjetivación.

Como jamás la he visto a la venta, supongo que Introducción a la literatura norteamericana no ha sido reeditado. En este libro, breve como todos los libros de Borges, recorre con apuro enciclopédico los nombres más famosos de las letras yanquis, y a las carreras se detiene en algunos para desarrollar ideas muy generales sobre sus biografías, obras y estilos. Es evidente que la literatura de EUA le merecía mucho respeto y afecto, tanto incluso como la inglesa que, es sabido, gozó de su mayor consideración.

Los autores que más destacan en la valoración son Franklin, Cooper, Hawthorne, Poe, Emerson, Thoreau, Whitman, Melville, Wilder, Faulkner, Hemingway y Capote, entre otros. En cada cual, insisto, se detiene un ratito y sólo para dar una pincelada que lo describa a la velocidad de una página.

No es ni será un libro clásico de Borges, pero, como todo lo suyo, un valor sí tiene: en este caso orientar una posible ruta de lectura para quienes apetezcan recorrer poco más de dos siglos de literatura yanqui, una literatura que ciertamente ha sido, y todavía es, más que atendible.


miércoles, septiembre 18, 2024

Henríquez Ureña, erudito

 











El Fondo de Cultura Económica recién ha cumplido 90 años. Ya es un lugar común decir que lo fundó Daniel Cosío Villegas para difundir libros sobre Economía, de ahí su nombre original: el adjetivo “económica” no significa “de bajo precio”, sino “sobre Economía”. Luego, lo sabemos, el tema se fue ampliando hasta abarcar, hoy, prácticamente todas las vertientes del saber y la imaginación humanos. Es, por mucho, una de las instituciones culturales más importantes de México y la más importante, sin pizca de duda, en materia editorial.

Varios directores ha tenido en su nonagenaria vida. Uno de ellos es inolvidable: el argentino Arnaldo Orfila Reynal, quien ocupó el cargo de 1948 a 1965; en ese periodo dio impulso a varias colecciones que hasta la fecha sobreviven, como los Breviarios y la Colección Popular, de las cuales he sido viajero frecuente a lo largo ya de cuatro décadas. Son, bien lo sabemos, libros de divulgación, todos impresos en formato de bolsillo.

Uno de los muchísimos que tenía pendiente de lectura es Historia de la cultura en la América hispánica (México, 171 pp.), de Pedro Henríquez Ureña (1884-1946). La edición que tengo y leí es de 1973, aunque su primera salida se dio en 1947, un año después de que murió su autor. Veo en el catálogo del Fondo que su más reciente impresión data de 2021, así que es asequible (y por menos de cien pesos). Se trata de un libro de pequeño volumen y de corte enciclopédico, tupido sobre todo de nombres propios, topónimos y fechas. Junto con estos datos, de los que ahora llamamos “duros”, aparecen los puntuales y veloces juicios del erudito nacido en la República Dominicana.

El libro es útil para hacerse de un panorama sobre los logros más salientes de la cultura latinoamericana (por esto los jóvenes deberían leerlo). Henríquez Ureña comienza su periplo con los pueblos originarios de lo que luego sería Latinoamérica, pasa por la Conquista, luego la Colonia, después por la etapa de nuestras independencias y al final con el cierre del siglo XIX hasta llegar a la primera mitad del XX. La revisión de los frutos culturales de esta inmensa zona del planeta se desarrolla pues cronológicamente, y con rápido zigzag describe lo que ha pasado con la historia, la literatura, la arquitectura, la pintura y la música de nuestros países y de Brasil (la aparición de este país desconcierta un poco, dado el título del libro).

Del FCE también recuerdo haber leído la correspondencia entre Henríquez Ureña y Alfonso Reyes, con edición de José Luis Martínez. Leer al dominicano es una forma de tenerlo presente como siempre lo tuvieron Borges y Reyes, de quien puede decirse que fue casi preceptor. Reyes lo quiso y lo respetó mucho, y Borges no se diga, tanto que llegó a lamentar la situación algo marginal en la que se tuvo a Henríquez Ureña durante su radicación en Buenos Aires (“creo que no le perdonamos el ser dominicano, el ser quizás mulato”). Pudo tener razón, y por eso con más ganas celebro haber cruzado, gustoso, Historia de la cultura en la América hispánica, un cuadro abarcador del maestro Pedro Henríquez Ureña.

sábado, mayo 11, 2024

Sontag, libros, lectura y JLB

 









A veces parece que la vida tiene una programación, un plan meticuloso en el que no intervienen los caprichos del azar. Ayer participé en una mesa de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires y vi oportuno cerrar mi tiempo con la lectura de una de las piezas instaladas en mi Monterrosaurio (Arteletra, Torreón, 2007), librito que contiene un deliberado, amplio y por ello juguetón estudio sobre “El dinosaurio” de Monterroso y, al final, 85 variaciones mías sobre el cuento brevísimo por antonomasia de la literatura en español. Una de las últimas lleva como título “Borges”, y antes de leerla señalé, sin énfasis pero seguro de lo que decía y ante quiénes lo decía, que la pieza se refería al más grande de todos: “Cuando falleció, el otro Borges todavía estaba allí”, en alusión intertextual, claro, al famoso relato del mismo Borges. La ocurrencia fue recibida, creo, con gusto, y así cerré mi oportunidad ante el micrófono.

Unas dos horas después, ya en la cama, le eché un vistazo de rutina a Facebook y me topé con uno de los aportes buenos que no infrecuentemente tiene esa red social. Es una carta de la escritora norteamericana Susan Sontag a Borges. La fecha en 1996, diez años después de la muerte del argentino. Se trata, pues, de una misiva dirigida a un interlocutor inexistente, aunque en lo literario plenamente vivo. Lo que me asombró de la carta es lo evidente: poco tiempo antes yo había subrayado que se trataba del más grande, y al llegar a casa, no siento que por travesuras del algoritmo, el texto de Sontag prácticamente decía lo mismo.

Después del “Querido Borges”, señala: “Dado que siempre colocaron a su literatura bajo el signo de la eternidad, no parece demasiado extraño dirigirle una carta. Si alguna vez un contemporáneo parecía destinado a la inmortalidad literaria, ese era usted. Usted era en gran medida el producto de su tiempo, de su cultura y, sin embargo, sabía cómo trascender su tiempo, su cultura, de un modo que resulta bastante mágico. Esto tenía algo que ver con la apertura y la generosidad de su atención. Era el menos egocéntrico, el más transparente de los escritores... así como el más artístico”.

Al referirse a la modestia de Borges, una modestia que asombrosamente uno sí cree genuina, comenta: “Esa modestia era parte de la seguridad de su presencia. Usted era un descubridor de nuevas alegrías. Un pesimismo tan profundo, tan sereno como el suyo no necesitaba ser indignante. Más bien, tenía que ser inventivo... y usted era, por sobre todo, inventivo. La serenidad y la trascendencia del ser que usted encontró son, para mí, ejemplares. Usted demostró de qué manera no es necesario ser infeliz, aunque uno pueda ser completamente perspicaz y esclarecido sobre lo terrible que es todo. En alguna parte usted dijo que un escritor debe pensar que cualquier cosa que le suceda es un recurso. (Estaba hablando de su ceguera.)”

Sontag avanza en su carta “a Borges” y se queja de la situación del libro y la lectura. Ve con pesadumbre el desdén de la gente y el avance del libro digital, electrónico, y supone que el libro interactivo, en pantalla, se sumará a los productos televisivos y publicitarios.

Y cierra: “Querido Borges, por favor entienda que no me da placer quejarme. Pero, ¿a quién podrían estar mejor dirigidas estas quejas sobre el destino de los libros —de la lectura en sí— que a usted? (Borges, son diez años.) Todo lo que quiero decir es que lo extrañamos. Yo lo extraño. Usted sigue marcando una diferencia. Estamos entrando en una era extraña, el siglo XXI. Pondrá a prueba el alma de maneras inéditas. Pero, le prometo, algunos de nosotros no vamos a abandonar la Gran Biblioteca. Y usted seguirá siendo nuestro modelo y nuestro héroe”.

Ha pasado el tiempo y el libro de papel sigue en pie, todavía firme ante el digital, aunque ciertamente la lectura, como acto, se encuentra en una etapa dura frente a la superabundancia de imágenes y distractores fofos. No sabemos a dónde parará esto, pero en lo que sí podemos estar de acuerdo es en que JLB sigue siendo un faro, el más alto que tenemos a la mano como guía del libro y la lectura.

sábado, marzo 30, 2024

Vanidad con citas torpes









Un video de YouTube —siempre he querido usar videos de YouTuve como tema de conversación y de escritura— expone el pleito sostenido entre los escritores Francisco Umbral y Arturo Pérez Reverte. Ocurrió en 1999, y todo comenzó con un viaje de Pérez Reverte a Buenos Aires. Allá, un periodista de Página 12 le pidió opinión sobre Borges, y el español dio su respuesta. Al día siguiente, el diario argentino cabeceó la nota más o menos así: “‘Borges era un gilipollas’: Pérez Reverte”. Ya no es necesario aclarar que “gilipollas” es en España “necio” o “estúpido”, y en México sería aproximadamente a quien tildamos “pendejo”.

El polémico Umbral tomó el asunto en sus manos para desagraviar a Borges, lo que, de entrada, parece justo, pero lo hizo de un modo peculiar, así, según el video: “El novelista Arturo Pérez Reverte ha ido a Buenos Aires para decirles a los argentinos que Borges era gilipollas. En realidad, Pérez Reverte ha elegido a Borges como Chivo emisario para atacar a todos los escritores de prosa pura, de creación verbal. Por ejemplo, en un relato de acción: 'Nadie le vio desembarcar en la noche mutua'. Donde Pérez Reverte hubiera necesitado unas cuantas páginas de descripción prolija, intrigante y para mí aburrida, Borges resuelve el caso con un adjetivo inesperado, breve, tomando (sic) de otro orden de cosas, y que con sus dos 'ues' ya nos da la oscuridad y cerrazón de la noche. Pérez Reverte, gran muñidor de asuntos, no comprende que la crítica le trate mal o no le trate. En una época de pasión por la escritura el escritor de acción y asunto se queda para los best selleres, y un best seller no es más que un tumor canceroso que le sale a la literatura. Pérez Reverte, que ha cubierto con brillantez su vocación de narrador aventurero, está ya en edad de aprender que, de Quevedo a Borges, de Miró a Cela, la literatura es el cómo, la voz propia. Borges, como el mismo dijera de Quevedo, ‘más que un escritor es una vasta y completa literatura’. Un respeto, joven”.

El golpe fue dado y de entrada uno siente que Umbral tuvo razón en varios puntos de su alegato: en la literatura es muy importante el cómo, el best seller es un tumor canceroso, Borges es una vasta literatura… Obviamente, el asunto no terminó allí. No sé si antes o después del tomaidaca, Pérez Reverte describió en una entrevista para la televisión cómo estuvo el asunto cuando en Buenos Aires le preguntaron sobre Borges: “Bueno, Borges es un escritor inmenso además al que le dedico La tabla de Flandes; lo que pasa es que Borges tenía un aspecto snob o como dicen aquí [en Argentina] ‘concheto’. Bueno, concheto es un poco gilipollas, y así fue como salió el titular del periódico: ‘Borges era un gilipollas’”. Hasta allí la aclaración en tevé.

La columna de respuesta, también resumida en el video, señala: “Francisco Umbral, guardián de todos los centenos sembrados por los grandes de la literatura —preferiblemente muertos, que se dejen plagiar sin decir ni pío— me hizo el honor de dedicarme una doble página de revista, aprovechando la coyuntura para hablar de su autor favorito, que es él mismo. El planteamiento era previsible: Pérez-Reverte ataca a Borges. Borges y nosotros estamos en el mismo nivel, Maribel. Luego Pérez-Reverte nos ataca a nosotros que nos queremos tanto. Francisco Umbral mezcla las churras con las merinas para ir donde pretende y le duele: que la literatura ‘de asunto’ es el cáncer de la verdadera literatura. Y luego va a firmar a la Feria del Libro y se encuentra que Javier Marías está firmando con una cola de cincuenta señoras encantadas y otros tantos caballeros —lo de las señoras es lo que más le mortifica—, y el propio Umbral sólo tiene seis que pasaban por allí, eso genera muy mala leche”.

Puedo decir que el agarrón me deja a medio camino entre los dos. Pérez Reverte observa bien que Umbral respinga para ubicarse a sí mismo en el nicho de Borges, pero no me parece gran argumento el de las ventas descomunales (a las “señoras encantadas”) en las ferias, lo que supuestamente Umbral envidia. Mejor argumento para anularlo pudo ser la pésima manera de citar usada por Umbral; Borges no escribió “Nadie le vio desembarcar en la noche mutua”, dizque primera línea del cuento “Las ruinas circulares”, que en su cita incurre en leísmo y adjetiva mal, pues el original es “Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche”. Otra cita cuestionable es la referida a Quevedo: “más que un escritor es una vasta y completa literatura”, que Borges acuñó “Francisco de Quevedo es menos un hombre que una dilatada y compleja literatura”.

El video de YouTube con este penoso match aparece titulado “Francisco Umbral vs Arturo Pérez Reverte por insultar aBorges-1999”, y las columnas de ambos escritores figuran completas en la web lahemerotecadelbuitre.com

sábado, enero 06, 2024

A treinta años de Dahmer

 








Coincidió que el primero de enero me eché en Netflix los tres capítulos de la miniserie documental Las cintas de Jeffrey Dahmer (Joe Berlinger, 2022) que a su vez es parte de la saga Conversaciones con asesinos, y al leer la fecha de muerte del protagonista vi que era una efemérides de este año: en 2024 el mundo cumple tres décadas sin el Carnicero de Milwaukee. A propósito del documental, por ello, y ahora que todavía el año calza pañales (la tercera acepción del DRAE para “calzar” permite usar así este verbo), escribo la presente evocación sobre el más célebre hijo de la ciudad cervecera.

Jeffrey Lionel Dahmer nació en Milwaukee el 21 de mayo de 1960, y hasta donde es posible afirmar, con base en los datos suministrados por el video, tuvo una infancia ordinaria. Hijo de un químico y una especialista en teletipos, presenció, eso sí, frecuentes discusiones de sus padres, quienes a la postre se separaron. Ya para entonces el pequeño Jeff hacía exploraciones por un bosque cercano y pronto tuvo una obsesión anticipatoria de lo que después le granjearía fama en todo el orbe: comenzó a recolectar cadáveres de animales para escudriñar sus entresijos. Esta afición se mezcló con el sentimiento de soledad experimentado tras la ruptura de sus padres, lo que se agudizó tras el nacimiento de su único hermano. La pasión de anatomista coincidió además con el descubrimiento de su homosexualidad, en la adolescencia, y poco después también con el del alcohol.

Las carambolas de la vida lo aislaron cada vez más. Fracasó en los estudios, consiguió trabajo en una chocolatería, decidió vivir con su abuela y al alimón frecuentó bares gays de la localidad. En el 78 perpetró su primer asesinato: invitó a un joven a su casa y optó por liquidarlo para evitar que llegara el indeseable momento de la despedida. En aquel primer caso usó una pesa de ejercicio de las llamadas “mancuernas”.

Tras un paréntesis de algunos años, recayó en el apetito de matar, y lo satisfizo. Sin saber bien a bien por qué lo hacía, luego pudo explicar que mataba, vejaba, desmembraba y conservaba, e incluso devoraba, todo en este copretérito, partes de sus víctimas para evitar perderlas, para tenerlas siempre junto a (dentro de) él.

En la época más activa de su vida criminal, Dahmer vivía en un modesto complejo de departamentos de la ciudad de Milwaukee, casi todo ocupado por afroamericanos, como se dice en EUA. Lo raro es que en su pequeño y sórdido habitáculo operó sin que el vecindario se las oliera (sin metáfora), aunque los ruidos de martillos y serruchos y la frecuente pestilencia llamaron la atención de algunos inquilinos sin que llegara a mayores, es decir, sin que hubiera denuncias ni las autoridades revisaran el escondrijo convertido en recurrente escena del crimen. La mayor parte de las víctimas eran jóvenes de tez oscura, de preferencia atléticos, 17 en total.

Las cintas de Jeffrey Dahmer apela a grabaciones de audio (interrogatorios) y algunos videos originales, además de reconstruir con difuminados actores ciertas escenas hipotéticas; tiene una estructura tripartita: fluye del pasado infantil y adolescente del Carnicero al periodo más productivo de su trabajo aniquilatorio, luego al inmediato momento de las investigaciones y, al final, al juicio y la condena en medio del morbo periodístico.

No soy mucho de ver películas ni documentales, pero tengo amigos que sí, algunos de ellos devotos de la bestialidad humana. Al recibir el tip sobre esta semblanza fui al documento y, la verdad, es notable la calidad de su edición. Por supuesto que tenía noticias sobre Dahmer (quién no), pero jamás me había detenido a recorrer las peripecias de este personaje que se convirtió, hasta la fecha, en dechado de lo que Bataille llamó “la parte maldita”. En efecto, en Dahmer afloró espléndidamente el lado más cavernoso del ser humano, la inclinación al salvajismo que ha sido domesticada o casi domesticada por las leyes y la cultura —“la civilización”—, pero que de vez en cuando, pese a la amenaza de la vigilancia y el castigo, estalla volcánicamente en individuos con el instinto de muerte desbocado.

Contra la defensa que argumentó locura, Dahmer fue hallado cuerdo y culpable, por lo que recibió una condena a no sé cuántas cadenas perpetuas en un juicio donde el acusado lució siempre sereno y hasta apuesto. Pocas semanas vivió tras las rejas, pues fue asesinado el 28 de noviembre de 1994 en una cárcel del condado de Columbia, Wisconsin, por un reo que para llevar a cabo su labor usó (“a la realidad le gustan las simetrías”, dijo Borges) una pesa del gym penitenciario. En Milwaukee fueron destruidas todas las pertenencias de Dahmer y demolido el Oxford, edificio de departamentos en donde, entre cuchillos, ácidos y congeladores, el Carnicero ejerció su vocación de asesino, anatomista y caníbal serial.

miércoles, diciembre 27, 2023

Un siglo de Fervor











 

Durante todo el año que hoy se encuentra al borde de su ocaso tuve en la cabeza esta efemérides: en 1923 fue publicado Fervor de Buenos Aires, primer libro de Borges. Me impuse como tarea decir algo, aunque sólo fuera este mínimo apunte ya tardío, porque se trata de un arranque editorial significativo para la literatura en nuestra lengua y aún para la literatura a secas, dado que el autor de aquel título se convertiría en lo que es ahora: un monstruo al que resulta imposible no admirar.

En la entrevista número dos de Antonio Carrizo, disponible en YouTube, Borges reveló que Fervor… no fue en realidad su primer libro, sino el cuarto, aunque los tres primeros fueron destruidos por su precoz autocrítica. Cuando lo publicó tenía 24 años, una edad en la que para cualquier escritor todavía es difícil calibrar con ecuanimidad el valor de la obra propia.

Borges señaló que en la publicación de Fervor… tuvo que ver su padre, pues él fue quien pagó el pequeño tiraje de aquel poeta desconocido. Recién la familia Borges Acevedo había regresado de Europa, y es más que lógico pensar que Georgie, como le decían al joven Jorge Luis, había conversado largamente con su padre sobre asuntos literarios. En alguno de aquellos diálogos el aspirante a escritor escuchó que no debía apurarse por publicar, y que lo hiciera cuando estuviera seguro de que la obra comunicaba algo atendible.

Fue así como Borges se animó a publicar Fervor… en 1923. Quizá no lo hizo completamente convencido, dado que hasta su muerte le puso “peros” al primer libro de su producción. En la entrevista con Carrizo, de hecho, Borges observa que de Fervor… sólo rescataba el poema “Llaneza”, aunque esta parece una más de las muchas licencias que el genio se permitió en la exageración de su modestia.

Hoy, si alguien tiene uno de los 300 ejemplares de aquella primera edición de Fervor… ha de saber que posee un objeto de culto valuado en varios cientos, acaso miles de dólares (veo en una web que lo tienen a 48 mil euros, casi un millón de pesos mexicanos). Es el primer libro del más grande escritor latinoamericano del siglo XX, un pequeño volumen que este año aterrizó en su centenario y, contra la opinión de su autor, juzgo hermoso porque prenuncia lo que vendría poco después: una obra que renovó y seguirá renovando la escritura en castellano.

sábado, septiembre 02, 2023

Un libro tangencial

 











Aunque sea cacofónico afirmarlo así, el ensayo nece-sita de la cita. Sólo por no dejar, recuerdo algunos casos lejanos y cercanos que ejemplifican la pertinencia de las citas en quienes se dedican a pensar, a ejercer alguna de las mil maneras de la crítica. Alfonso Reyes era un arsenal, y alguna vez Borges, que también lo era, celebró esa facilidad: a la vera de cualquier tema, desde el más simple hasta el más complejo, el regiomontano desenvainaba una cita oportuna, no pocas veces inmejorable. Y Borges igual, insisto. Más cerca de lo humano, recuerdo el caso de Juan Forn, cuyas columnas periodísticas adquirían motricidad a partir de lo citado, casi como si el embrague de sus textos fueran las citas que él sabía cortar como japonés podando bonsáis. Gilberto Prado Galán fue lo más cercano que leí y escuché como alfaguara de citas que brotaban por todos los poros de su conversación y sus ensayos.

Porque en trance de citar, cita cualquiera, pero no en todos los casos hay puntería ni oportunidad en el uso de lo citado. La cita, pues, no sólo debe ser buena, sino quedar incrustada en el momento idóneo de la conversación o del texto, y no aventarla al discurso como quien arroja azúcar a los churros.

Esta es la razón por la que, curiosamente, me han gustado y me gustan muchos libros de corte ensayístico. No porque sean un apelmazamiento de citas excelentes tiradas como con displicencia y sólo para mostrar los músculos de la erudición, sino para catapultar o redondear con tino una idea propia, una reflexión personal. O sea, un libro con citas deslumbrantes no sirve si a la vez no deja ver una cabeza bien amueblada en el citador, un pensamiento que concierte de manera satisfactoria lo propio con lo ajeno. Esto lo enseñó, muy bien enseñado, el señor Montaigne desde finales del siglo XVI.

Los párrafos precedentes sirven como preámbulo (preámbulo es el lugar por donde se camina antes: pre, antes; ambulare, andar) a un breve comentario sobre el libro Por la tangente. De ensayos y ensayistas (Taurus, México, 2020, 190 pp.), de Jesús Silva-Herzog Márquez (Ciudad de México, 1965). Contiene 44 ensayos breves y simétricos, como de tres o cuatro páginas cada uno, en los que el politólogo nos aproxima al mismo número, 44, de escritores de todas las nacionalidades y pelajes. Se trata entonces de un libro asimilable al famoso grabado de Escher: con una mirada ensayística se avanza hacia los recintos del ensayo, y en sus escaleras y pasadizos nos encontramos con ideas que se conectan y se desconectan en muchas las direcciones posibles del entendimiento.

Su título, Por la tangente, alude a la noción del ensayismo clásico: a diferencia del texto dogmático, seguro de sí mismo como roca, el ensayo es sinuoso, serpentino, elusivo, dúctil, niega o asegura sin taxatividad, se escurre de las manos, afirma y duda, avanza y retrocede, y siempre deja entrever que ante la certeza categórica él, el ensayo, prefiere desplazarse por la tangente, por la insegura periferia.

La asamblea de este libro reúne nombres como los de Montaigne, Unamuno, Reyes, Cuesta, Auden, Zambrano (María), Szyimborska y muchos más, y es siempre a partir de alguna de sus ideas, directa o indirectamente citadas con pertinencia y eficacia, como el autor traza su propia reflexión sobre ¿qué? Imposible resumirlo, sólo podría decir que es dable encontrar en estas páginas muchas consideraciones atendibles sobre la escritura, la muerte, el dolor, la risa, el fracaso, la imaginación, la disciplina… la vida en suma.

Silva-Herzog Márquez es bien conocido y seguido como columnista y panelista de televisión sobre todo por quienes abominan a López Obrador; en Por la tangente trabaja otra parcela: exhibe su misma buena prosa, pero meditabunda, tangencialmente, entra con ella a pensar en asuntos muy distintos a los de la picaresca política de México.


sábado, julio 08, 2023

Oferta insólita



















Desde que leí “El idioma analítico de John Wilkins”, uno de los más famosos ensayos de Borges, advierto con mayor claridad la unión de elementos que parecen no tener nada en común. En otras palabras, tengo mayor conciencia de la enumeración caótica, es decir, de todo aquel listado que parece ir en contra de la lógica. La realidad, empeñada siempre en transgredir lo que suponemos ordenado, abunda en ejemplos de hermanamiento atípico.

En el ensayo citado, Borges dice lo siguiente (y tal es la parte más recordada e irónica de ese texto): “Esas ambigüedades, redundancias y deficiencias recuerdan las que el doctor Franz Kuhn atribuye a cierta enciclopedia china que se titula Emporio celestial de conocimientos benévolos. En sus remotas páginas está escrito que los animales se dividen en (a) pertenecientes al Emperador, (b) embalsamados, (c) amaestrados, (d) lechones, (e) sirenas, (f) fabulosos, (g) perros sueltos, (h) incluidos en esta clasificación, (i) que se agitan como locos, (j) innumerables, (k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, etcétera, (m) que acaban de romper el jarrón, (n) que de lejos parecen moscas”.

Como se puede apreciar, el efecto cómico de ese párrafo se da porque toda clasificación supone un camino, un determinado campo semántico, la sujeción a un contexto en el que de alguna manera ya sabemos qué hay o qué sigue. Hay preguntas en programas de concurso que trabajan ese recurso, como cuando dicen “Mencione algunos equipos de beisbol de Estados Unidos”; sólo la ignorancia o la locura determinarán que alguien responda “Fonacot” o “Los Rancheritos del Topo Chico”. Si decimos, por ejemplo, “cocina”, sabemos que allí cerca están “olla”, “refrigerador”, “vaso”, “cuchillo”, “licuadora”, “molcajete”. Lo desconcertante sería, pues, hallar allí un martillo o una locomotora, como hacían los surrealistas (“El encuentro fortuito de una máquina de coser y un paraguas en una mesa de disección”, Lautréamont) o como lo hizo la hipotética enciclopedia china en su clasificación zoológica.

A modo de paréntesis recuerdo una escena. Se dio en el programa Jeopardy versión mexicana. Como sabemos, es un concurso de cultura general en el que por ello las posibles preguntas son potencialmente infinitas por aleatorias (o random, como dicen hoy los jóvenes). Pese a esto, el conductor le preguntó a un participante: “¿Te preparaste para venir al concurso?” Es una tontería, claro, pues nadie se “prepara” o “estudia” para un examen de cultura general, ya que ésta se tiene o no se tiene, y es producto de la curiosidad permanente, no de la lógica de una guía de estudio a la manera escolar. Cierro paréntesis.

En la calle me he topado pues con ayuntamientos publicitarios raros. Uno de ellos, desconcertante, estaba al lado de una miscelánea en Torreón, es decir, de una tiendita de dulces y abarrotes que ofrecía esto: “Copias. Se venden cascos para moto”. El servicio de fotocopiado no es inusual. Lo que sí me pareció una ruptura, un quiebre de la lógica, es el ofrecimiento de cascos para motociclista. No sé qué opinen ustedes, pero a mi juicio es el único anuncio del mundo con tal ofrecimiento: copias fotostáticas y cascos para conductor de moto. De locura.


miércoles, octubre 26, 2022

Dos libros de Gilberto Prado

 











Sé que en este momento tenemos disponibles en La Laguna dos libros de Gilberto Prado Galán. Los demás, los muchos demás, o se han agotado o nunca fueron distribuidos por acá. El más recientes, y el último editado en vida del autor, es Ella era el jardín, que acertadamente acaba de publicar el Instituto de Cultura y Educación de Torreón. El otro es Para leer El Aleph, publicado hace tres años por la UANL y la Ibero Torreón. Tuve la fortuna de editar este segundo, lo que me mantuvo en intensa comunicación con Gilberto durante varias semanas.

A ciertos libros cuya edición cae en mis manos les escribo la contratapa sin firmarla. Eso es muy común, parte de la chamba. En el caso del libro sobre el libro más famoso de Borges, Gilberto me pidió la firma, y así convidé a los potenciales lectores: “Borges es desde hace décadas, sin duda, el escritor latinoamericano más atractivo para la crítica, y a diferencia de otros creadores sepultados o casi sepultados por el olvido, su obra sigue convocando asedios cuya onda expansiva no acata bordes. Escritores, lingüistas, historiadores, científicos, matemáticos, antropólogos, profesionales y no profesionales de las más diversas disciplinas han encontrado en las hermosas y eruditas páginas del argentino un océano de significados y referencias cruzadas, precisamente un laberinto al que resulta muy difícil no ingresar. El imán borgeano es, pues, poderoso, y uno de los lectores mexicanos que con muy buena disposición ha cedido a la tentación de indagarlo es Gilberto Prado Galán (Torreón, Coahuila, 1960), quien hacia 1999, en el centenario del maestro, publicó El año de Borges, y ahora, en el aniversario setenta de la primera edición de El Aleph, propone El ancla y el mar. En ambos casos, nuestro ensayista ha explorado con agudeza los cuentos de Borges, esos microcosmos en los que parecen converger todas las realidades posibles. Imagino que, guiado por las observaciones y la espléndida prosa de Prado Galán, el lector de El ancla y el mar deseará volver a los relatos de Borges, del infinito Borges”.

En su breve prólogo, Gilberto apunta el origen y el propósito de su libro:

“En 1999 se publicó El año de Borges, libro de mi autoría que comprende doce ensayos acerca de sendos cuentos del autor de Historia de la eternidad.

Tras la muerte de mi eterna compañera Leticia emprendí la relectura de El Aleph, obra central de la narrativa universal y uno de los diez libros más importantes del siglo pasado. En El año de Borges comenté tres cuentos de El Aleph: El inmortal’, ‘La escritura del dios’ y el cuento epónimo. Sé que el propósito de este libro es abrir de otro modo la puerta a un mundo literario tan insólito como deslumbrante. Sólo pretendo, como Luis Cardoza y Aragón en su acercamiento a José Clemente Orozco, ‘prolongar la felicidad de lo leído’.

Algo más: en el umbral de El oro de los tigres (1972) despunta el poema “Lo perdido”, y en la zona más acendrada del texto, la segunda pregunta: ‘¿Dónde estará el perdido/antepasado persa o el noruego,/dónde el azar de no quedarme ciego,/dónde el ancla y el mar, dónde el olvido/de ser quien soy?’. El ancla y el mar es una expresión correlativa y sinónima de la moneda de hierro. ¿Por qué? Porque el ancla (hierro) es el destino, y el mar (por impredecible y veleidoso) es el azar. Las dos caras de la moneda de la existencia que es el intolerable Zahir que es asimismo un laberinto cuya salida es azarosa o gobernada por secretas o precisas leyes, como escribió el poeta en ‘In memoriam A.R.’. A esta peculiaridad disyuntiva o concomitante de la suerte y la causalidad a veces unimismadas obedece la elección del título del libro.

Ofrezco mi lectura de El Aleph de Jorge Luis Borges (Losada, 1949), libro que en 2019 habrá de cumplir setenta años de ser publicado por primera vez”.

Este libro está disponible en la Ibero Torreón y en El Astillero Librería. Para conseguir el otro, Ella era el jardín, hay que preguntar con la maestra Nadia Contreras en las oficinas del IMCE.

sábado, julio 09, 2022

La vida invisible de Sylvia

 














Allá por el año 2001 o 2002 descubrí a Sylvia Iparraguirre (Junín, Provincia de Buenos Aires, 1947) gracias a La tierra del fuego (1998), novela de la cual todavía tengo un recuerdo vivo y grato. Fue el único libro que de ella pude conseguir hasta hace poco, cuando en mayo pasado mi amiga Giselle Aronson, de viaje en la Ciudad de México, trajo para mí algunos títulos que mi hija mayor recogió y luego mi segunda hija trajo hasta Torreón. En el kilométrico itinerario venía incluido La vida invisible (Ampersand, Buenos Aires, 2018), que recién leí.

Estoy acostumbrado a que los/mis libros hagan recorridos largos y a veces azarosos. Como también soy habitual de las librerías de viejo, sé que el camino de los volúmenes no es ajeno al misterio. ¿Cómo llega a Torreón —es decir, a mi biblioteca— un viejo libro impreso en Madrid? En el caso del de Iparraguirre que acabo de leer, su razón de estar aquí se remonta a 2019. En alguno de sus días leí en el periódico Página 12 un fragmento del libro Los libros y la calle, de Edgardo Cozarinsky. Quedé tan antojado que aproveché un viaje hacia acá de José Juan Zapata Pacheco, lagunero avecindado en Argentina, a quien le pedí algunos libros, entre ellos el de Cozarinsky. Lo leí y no me defraudó, sino al contrario. Vi que era parte de una serie llamada “Colección Lectores” organizada por la editorial Ampersand (esta palabra designa al signo “&”, es decir, nuestra conjunción “y”). Al saberlo, quise más ejemplares de su menú, pues vi que en todos ellos un escritor distinto atravesaba su experiencia de lector.

El de Iparraguirre define el acto de leer desde el título mismo: La vida invisible, es decir, que con la lectura construimos al lado de la vida real y visible otra que no por invisible e imaginaria deja de gravitar en nuestro ser. Pasa casi al revés: para el lector enfermo de libros la vida invisible es a veces más (o tan) poderosa como la real, pues se agarra de las entrañas y se convierte en experiencia casi tangible, en una realidad paralela mediante la cual el lector, y más si es escritor, encuentra sentido a los aciertos y a los errores de la vida concreta.

Porque lo solicitan quienes editan los libros de la Colección Lectores, Iparraguirre trazó el camino de su formación como lectora y lo vinculó con el desarrollo de su propia escritura. Así, por ejemplo, al principio enfatiza el valor de autores como Defoe y Tolstoi entre sus primeros asombros. A ellos se sumarían, claro, otros, e incluso algunos terminarían siendo no sólo parte de su vida invisible, pues trabó contacto con Sábato, Cortázar y Borges, de quien fue alumna. A los 22 años, dice, conoció a Abelardo Castillo, quien desde entonces fue su pareja y con quien combinó filias y fobias bibliográficas. De él comenta: “A los que empezaban a leer, daba un consejo que yo misma seguí: si un libro les gustaba, que fueran a buscar los autores que ese autor citaba”.

Al final de La vida invisible hay una especie de inventario comentado de favoritos, 27 libros/autores entre los que figuran Camus, Brontë, Faulkner, Mansfield, Fitzgerald, Sylvia Plath, Kafka, Sartre, Carpentier y varios más.

Ya que ella no puede hacerlo, yo sumaría en la lista a Sylvia Iparraguire.