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sábado, mayo 17, 2025

Wako en tiempo real

 












Los documentales son una manera de acercarse al pasado propio y ajeno. Vi recién en Netflix el (muy bien) titulado en español Wako: el apocalipsis texano (Tiller Russell, 2023), y quedé sorprendido por todo lo que recordaba de aquel hecho pero más por todo lo que se me había evaporado de la memoria. Mientras pasaban los capítulos de la miniserie pendulé de lo que veía en la pantalla al recuerdo de los días en los que comentaba el suceso con mis compañeros de la revista Brecha. Más de treinta años después, sentado frente al televisor en la comodidad de mi sala, las horrendas imágenes de Wako, Texas, me trajeron a la mente las gratas imágenes de aquel tiempo querido en el que yo, sin saberlo, era joven y feliz aunque me esforzaba por parecer viejo y desdichado debido a la absurda creencia de que eso le calzaba mejor a la condición de escritor que ya asumía.

Para no reborujarme en estos párrafos, primero doy cuenta de aquel momento, lo que recordé al ver el documental. Era 1993, y estaba por concluir el sexenio gandalla de Salinas de Gortari. No faltaba mucho pues para que reventara la burbuja de su supuesto buen gobierno, tal vez el paso más sólido de nuestro país en su adhesión al neoliberalismo, palabra que en aquel tiempo cundió en todos los discursos políticos y académicos, como la plaga que era. Se hacían realidad las recetas del Consenso de Washington que en México se materializaron con una oleada de opacas privatizaciones y la cocción del TLC que entraría en vigor a partir del año siguiente.

Aunque el gobierno de Salinas se afanaba por subrayar que vivíamos el estallido del progreso en nuestro país, lo que estalló fue otra realidad: el EZLN abrió el 94 con su levantamiento, al que le siguieron las turbulencias por los asesinatos contra Colosio y Ruiz Massieu que terminaron en la elección por descarte del redivivo Zedillo, ahora recién elevado a la categoría de prócer del 68.

Eran tiempos políticos harto viscosos, y en la redacción de la revista nos reuníamos para comentarlos no sin algún gesto de inquietud, pues parecía que todo se pudría ante nuestros ojos. Mis principales interlocutores eran Óscar Fernández y Jaime Arellano, pero se sumaba quien anduviera por allí. Sin saberlo en ese momento, aquella fue mi mejor universidad, pues en ese espacio aprendí a los empujones —por mero instinto de supervivencia— a revisar, editar, diseñar, coordinar y por supuesto a escribir artículos, entrevistas, reseñas y columnas, todo lo que se necesitaba para tapizar las páginas con algo que intentaba satisfacer al lector.

En ese caldo ocurrió lo de Wako que ilustra el susodicho documental de Netflix. Lo vivimos, como todo el mundo, en tiempo real, con escenas diarias de las cadenas norteamericanas. Como sabemos, el 28 de febrero de 1993 la sede de una secta, los davidianos, ubicada en un tal Monte Carmelo, fue visitada por autoridades con una orden de allanamiento debido a la presunta posesión de armas ilegales. El operativo fue torpe, bravucón a la manera represiva gringa, y fue recibido a balazos por los miembros de la secta. De inmediato se supo en todo el planeta que era comandada por David Koresh, seudónimo de Vernon Wayne Howell, quien a la usanza de todos los iluminados de su índole se creía un elegido del altísimo. Lamentablemente, para sus adictos sí lo era, así que lo seguían como los patitos a su madre.

Ya en el primer encontronazo hubo muertos de ambos bandos, y lo que siguió fue un estira/afloja entre los davidianos contra el FBI y otras fuerzas del Estado norteamericano. Koresh se ponía al teléfono con los negociadores, pero no cedía. El cerco armado afuera de la edificación duró 51 días, y además de francotiradores se habían dispuesto tanques de guerra y, más al margen, un enjambre mediático.

Al ver el documental me hice de una conclusión que jamás había pensado: que Koresh nunca se entregaría, que en su locura fundamentalista estaba dispuesto a lo que en efecto terminó siendo el desenlace: la inmolación de toda la comunidad de fanáticos, que incluía niños y no excluía, obvio, al redentor Koresh. En los días del asedio habían liberado a muchos pequeños y a varias mujeres, pero dentro del Monte Carmelo murieron más de setenta personas devoradas por el fuego que ellas mismas provocaron, según creo, aunque también muchos culparon de tal clímax a las autoridades. Esto sucedió el 19 de abril de 1993, día en el que todo quedó reducido a escombros y cenizas davidianas. El documental de Netflix está dividido en tres capítulos: “En el principio”, “Hijos de dios” y “Fuego”, así que además de ser bueno, es breve.

Un hecho importante y final: entre quienes se aproximaron al cerco numantino contra la secta estaba Timothy McVeigh, simpatizante de los davidianos que dos años después, el 19 de abril de 1995, perpetró el atentado terrorista en la ciudad de Oklahoma. Fue su venganza por lo ocurrido en Wako. Lo despacharon mediante una inyección letal hacia 2001.

sábado, enero 20, 2024

Emprendedurismo Caracortada

 







Como pocas, como ninguna, la ironía es un tropo de excelente rendimiento. Según la definición de Helena Beristáin (Diccionario de poética y retórica, Porrúa, México, 1988), es una “Figura de pensamiento porque afecta a la lógica ordinaria de la expresión”. Para entender el gesto irónico es fundamental el contexto compartido de los interlocutores, el hecho de que estén en la misma sintonía mental para que uno entienda que lo dicho por el otro debe ser decodificado al revés, no en sentido estricto.

“Quizás Obregón 73 sea arrasado con todo y placa para que ocupe su lugar un estacionamiento-taquería de los que tanta fama y belleza han dado a la Ciudad de México”, escribió José Emilio Pacheco en una carta a José Luis Martínez. Sin contexto, la afirmación no se deja descifrar como ironía. Es necesario decir pues que se trató de una carta abierta del poeta y ensayista para solicitar el rescate de la casa donde vivió López Velarde en la Ciudad de México. La frase observa irónicamente que si las autoridades no rescataban el inmueble, se convertiría en un esperpento, en un “estacionamiento-taquería”, por lo que “fama y belleza” operan allí como pinchazos irónicos. Este ha sido un ejemplo.

Entre las características más salientes de la era del vacío lipovetskiano se encuentra el humor como flecha y como blanco, como presencia ubicua en la realidad mediática. Esto significa que hoy vivimos en el universo de la risa en todas sus modulaciones y variantes, en la gracejada perpetua, en la catarsis como dogma de vida cotidiana. Por esto el exitazo de las plataformas como Whastapp y TikTok, dispositivos que viabilizan lo humorístico a un ritmo frenético. Esta tendencia es ya el eje de la industria cultural: lo que divierte, lo que entretiene, lo que relaja y no se “azota” con análisis de cierto espesor o dramatismo, es lo que pasa a tener posibilidades de viralización, anhelo final de todo “contenido”.

Pero una cosa es la guarrada obvia en pos de la risotada y otra el guiño de la ironía. Por supuesto, cuando el humor se emboza y toma el camino de la sutileza es mucho más exigente, demanda del espectador una disposición espabilada. En este caso, el manejo atinado del instrumental lingüístico es imperativo. Voy al ejemplo.

En el mundo de la autoayuda o del llamado “emprendedurismo” (horrible palabra) el vocabulario habitual acumula expresiones como “liderazgo”, “esfuerzo”, “lealtad”, “disciplina”, “imaginación”, “sueño”, “lucha”, “emprendimiento”, “innovación”, “vocación”, “trabajo”, “tenacidad”, “triunfo”, “éxito”, “respeto” “cambio” y todas sus variantes serias. Decimos: “Bill Gates no dejó de trabajar y desde cero persiguió su sueño con una vocación que al final lo llevó a conquistar el éxito”. Las palabras aquí tienen un uso estricto, pero servirían igual, sólo que en clave irónica, si cambiamos el nombre y el apellido: “Joaquín Guzmán no dejó de trabajar y desde cero persiguió su sueño con una vocación que al final lo llevó a conquistar el éxito”.

Esta inversión irónica del argot exitista es esencial en Los capos de la mafia (2023, Ron Myrick) documental disponible en Netflix. Vi sólo su primer capítulo, el que aborda los empeños de Al Capone para convertirse en Al Capone. El producto audiovisual trabaja con la arcilla de la maldad encarnada en el popular Caracortada, pero la voz narrativa hace el abordaje de la biografía con el vocabulario del “emprendedurismo”, como si la mafia abrazara (¿o sí?) los criterios usados en el capitalismo para medir el éxito de sus personeros más salientes, llámense Bill Gates, Jeff Bezos o Elon Musk.

El documental sobre Capone no parece bromear; en efecto, señala que el mafioso acató pautas empresariales para trepar a la coronilla del poder. La narración avanza por ello como apología del crimen, como relato para que el espectador se autoperciba “loser” y sepa que para sacudirse tal condición es necesario que siga los consejos del manual del perfecto mafioso, el mismo que observó Capone como si se tratara del decálogo mosaico.

“¿Listo para comenzar tu propio imperio?”, es la pregunta detonante ofrecida por el video, y luego viene la guía: “Aprende de los mejores”, “Llévate bien con tu superior”, “Sé leal”, “Defiende tu título”… es decir, las reglas aplicables a la lucha entre empresarios, los mismos códigos, sólo que muy “al margen de la ley”.

Como los horóscopos, el vocabulario de la autoayuda, el echaganismo y la superación personal puede cuadrar a quien sea, de ahí que si aceptamos que es fundamental seguir nuestra vocación y es imprescindible no renunciar a nuestros sueños, Capone puede ser considerado hasta hoy, irónicamente, un modelo a seguir para trascender nuestra calidad de perdedores.

sábado, enero 06, 2024

A treinta años de Dahmer

 








Coincidió que el primero de enero me eché en Netflix los tres capítulos de la miniserie documental Las cintas de Jeffrey Dahmer (Joe Berlinger, 2022) que a su vez es parte de la saga Conversaciones con asesinos, y al leer la fecha de muerte del protagonista vi que era una efemérides de este año: en 2024 el mundo cumple tres décadas sin el Carnicero de Milwaukee. A propósito del documental, por ello, y ahora que todavía el año calza pañales (la tercera acepción del DRAE para “calzar” permite usar así este verbo), escribo la presente evocación sobre el más célebre hijo de la ciudad cervecera.

Jeffrey Lionel Dahmer nació en Milwaukee el 21 de mayo de 1960, y hasta donde es posible afirmar, con base en los datos suministrados por el video, tuvo una infancia ordinaria. Hijo de un químico y una especialista en teletipos, presenció, eso sí, frecuentes discusiones de sus padres, quienes a la postre se separaron. Ya para entonces el pequeño Jeff hacía exploraciones por un bosque cercano y pronto tuvo una obsesión anticipatoria de lo que después le granjearía fama en todo el orbe: comenzó a recolectar cadáveres de animales para escudriñar sus entresijos. Esta afición se mezcló con el sentimiento de soledad experimentado tras la ruptura de sus padres, lo que se agudizó tras el nacimiento de su único hermano. La pasión de anatomista coincidió además con el descubrimiento de su homosexualidad, en la adolescencia, y poco después también con el del alcohol.

Las carambolas de la vida lo aislaron cada vez más. Fracasó en los estudios, consiguió trabajo en una chocolatería, decidió vivir con su abuela y al alimón frecuentó bares gays de la localidad. En el 78 perpetró su primer asesinato: invitó a un joven a su casa y optó por liquidarlo para evitar que llegara el indeseable momento de la despedida. En aquel primer caso usó una pesa de ejercicio de las llamadas “mancuernas”.

Tras un paréntesis de algunos años, recayó en el apetito de matar, y lo satisfizo. Sin saber bien a bien por qué lo hacía, luego pudo explicar que mataba, vejaba, desmembraba y conservaba, e incluso devoraba, todo en este copretérito, partes de sus víctimas para evitar perderlas, para tenerlas siempre junto a (dentro de) él.

En la época más activa de su vida criminal, Dahmer vivía en un modesto complejo de departamentos de la ciudad de Milwaukee, casi todo ocupado por afroamericanos, como se dice en EUA. Lo raro es que en su pequeño y sórdido habitáculo operó sin que el vecindario se las oliera (sin metáfora), aunque los ruidos de martillos y serruchos y la frecuente pestilencia llamaron la atención de algunos inquilinos sin que llegara a mayores, es decir, sin que hubiera denuncias ni las autoridades revisaran el escondrijo convertido en recurrente escena del crimen. La mayor parte de las víctimas eran jóvenes de tez oscura, de preferencia atléticos, 17 en total.

Las cintas de Jeffrey Dahmer apela a grabaciones de audio (interrogatorios) y algunos videos originales, además de reconstruir con difuminados actores ciertas escenas hipotéticas; tiene una estructura tripartita: fluye del pasado infantil y adolescente del Carnicero al periodo más productivo de su trabajo aniquilatorio, luego al inmediato momento de las investigaciones y, al final, al juicio y la condena en medio del morbo periodístico.

No soy mucho de ver películas ni documentales, pero tengo amigos que sí, algunos de ellos devotos de la bestialidad humana. Al recibir el tip sobre esta semblanza fui al documento y, la verdad, es notable la calidad de su edición. Por supuesto que tenía noticias sobre Dahmer (quién no), pero jamás me había detenido a recorrer las peripecias de este personaje que se convirtió, hasta la fecha, en dechado de lo que Bataille llamó “la parte maldita”. En efecto, en Dahmer afloró espléndidamente el lado más cavernoso del ser humano, la inclinación al salvajismo que ha sido domesticada o casi domesticada por las leyes y la cultura —“la civilización”—, pero que de vez en cuando, pese a la amenaza de la vigilancia y el castigo, estalla volcánicamente en individuos con el instinto de muerte desbocado.

Contra la defensa que argumentó locura, Dahmer fue hallado cuerdo y culpable, por lo que recibió una condena a no sé cuántas cadenas perpetuas en un juicio donde el acusado lució siempre sereno y hasta apuesto. Pocas semanas vivió tras las rejas, pues fue asesinado el 28 de noviembre de 1994 en una cárcel del condado de Columbia, Wisconsin, por un reo que para llevar a cabo su labor usó (“a la realidad le gustan las simetrías”, dijo Borges) una pesa del gym penitenciario. En Milwaukee fueron destruidas todas las pertenencias de Dahmer y demolido el Oxford, edificio de departamentos en donde, entre cuchillos, ácidos y congeladores, el Carnicero ejerció su vocación de asesino, anatomista y caníbal serial.

miércoles, marzo 15, 2023

El vuelo de Malaysia







Por una extraña razón tiendo a ver más documentales que ficción en lo poco que acostumbro convivir con Netflix. Tal vez sea, no sé, cierta fijación por el realismo que en el caso de los documentales, se supone, está más cerca de la verdad comprobable, aunque no se me oculta que el pasado puede ser objeto de manipulación incluso en los documentales tanto como lo es en la escritura de la historia: el documentalista, igual que el historiador, filma a partir de una subjetividad, de una institución, de determinados intereses, así que es imposible saber si el resultado se apega al cien por ciento a la realidad-real, a los hechos tal y como acontecieron.

He visto recién en Netflix el documental sobre el vuelo desaparecido de Malaysia Airlines y me parece un gran trabajo. Su título es MH370: el avión que desapareció; es muy ágil y tiene la ventaja, además, de ser breve, de apenas tres segmentos, en el formato que llaman, creo, “miniserie”. Además de impresionarme su calidad técnica, una calidad ya habitual en casi cualquier obra audiovisual de las grandes productoras, no deja de seducirme la complejidad de lo que narra. Quizá se detiene demasiado en el periodista de Nueva York que al final ofrece una conjetura algo sosa, pero no deja de pasmar que aquel vuelo se convirtió en un mecano digno de indagaciones detectivescas.

Como recordamos, en marzo de 2014 partió un avión de la mencionada línea asiática; iba a cubrir la ruta Kuala Lumpur-Pekín. Llevaba 239 pasajeros y todo iba bien hasta poco después de iniciado el viaje, cuando la nave desapareció de los radares más o menos a la altura de Vietnam. A partir de ese momento el famoso vuelo se convirtió en acertijo. Las conjeturas principales, según el documental, son tres: fue el piloto, fue una maniobra rusa o fue incluso una truculencia compartida entre Estados Unidos, Inglaterra y Australia. En medio de la calamidad, como siempre, quedaron los familiares y su impotencia, su llanto sin respuesta, su desesperación por no encontrar la verdad y el cierre de su incertidumbre o su duelo. Finalmente son parientes desaparecidos frente al silencio oficial (silencio que hasta el momento lleva ya casi diez años vigente), una realidad, la desaparición sin respuesta, que en México es por cierto muy bien conocida.

miércoles, septiembre 02, 2020

Imposibilidades del olvido

















Decía hace poco, al comentar un poema en el taller literario, que el olvido no es un acto volitivo, que uno no puede decir “ya, hoy empiezo a olvidar”, como si fuera comenzar una dieta, y en efecto comenzar a olvidar. El olvido es misterioso, y se da o no se da en función de factores que escapan al deseo o la voluntad. Podemos suponer que entre más fuerte haya sido la pasión o más estrecho el lazo, más difícil es olvidar, como pasa luego de un naufragio amoroso o la pérdida de un miembro. Ver que algo muy querido ya no es o ya no está, condena a la mente a pensarlo durante un lapso imprevisible, a veces toda la vida. Esto pasa, de manera terriblemente dolorosa, con quienes pierden a un familiar y no encuentran su paradero o sus restos.

El documental El silencio de otros (2019, disponible en Netflix) sirve para ejemplificar a la perfección las imposibilidades del olvido en ciertas circunstancias. Dirigido y producido por Almudena Carracedo y Robert Bahar, sigue los pasos de varios ciudadanos españoles abocados a la desesperante y fatigosa tarea de encontrar justicia tras las atrocidades perpetradas por el franquismo. Al morir el dictador, lejos de emprender una revisión histórica de su régimen y el obvio pedido de justicia para quienes fueron sus víctimas, hubo un pacto de olvido/silencio que durante la transición y mucho más adelante echó tierra al pasado. No sólo no se revisó lo cometido en más de tres décadas de tiranía, sino que se dio por hecho que podía acordarse el silencio para mirar sólo al futuro de España, como si las víctimas sobrevivientes de las torturas y los familiares de los muertos fueran capaces de acogerse, así nomás, al desentendimiento oficial.

El silencio de otros fue grabado durante más de cinco años, y recoge los testimonios de varios torturados, hijas ya ancianas de asesinados y madres de recién nacidos apropiados por las garras del régimen todavía hasta la década de los ochenta. Dado que en España es sólida la cerrazón de la justica para investigar esos crímenes lesivos de la humanidad (incluso considerados prescritos), vemos que los protagonistas del documental logran que en Argentina se viabilicen sus querellas mediante la jueza María Servini. El gobierno español, sin embargo, obstaculiza cualquier procedimiento que contradiga el pacto de olvido firmado prácticamente desde 1975, tras la muerte de Franco, lo que en suma ha garantizado hasta ahora la impunidad de los genocidas y el no menos grave borramiento de la memoria histórica.

El caso asimismo terrible de las madres despojadas de sus recién nacidos (para evitar que esos hijos desarrollaran el “gen comunista” o convivieran con madres solteras) es una línea temática desgarradora, tragedia muy similar a la padecida durante y después de la dictadura argentina. Aunque el fondo es lo importante, vale destacar la estética del documental, lo que incluye su edición y su sobria musicalización.
Ante los crímenes de lesa humanidad será siempre bienvenido un documental como El silencio de otros. El olvido, además de que no puede ser voluntario, es injustificable frente a los imperativos de la memoria y la justicia.