El
avance no de la derecha, sino de la ultraderecha en el mundo parecía indetenible
hasta hace un mes. No es que se haya conjurado el peligro que ella implica,
pero los últimos días han demostrado al menos que no se desactivó del todo el
espíritu contestatario ante los gobiernos antipopulares, fieles a las recetas
del llamado anarcocapitalismo, o sea, fundamentalistas de la ley de la selva. Como
lo vimos en los últimos diez o quince años, cuajaron mecanismos electorales que
posibilitaron el arraigo de un discurso compartido por millones de personas en
el mundo, más allá de que esa mirada sea la de los grandes millonarios. En otras
palabras, gracias a los recursos de la nueva comunicación, ciertos políticos,
ciertos empresarios y sobre todo ciertos megamagnates de la tecnología digital hicieron pinza para incubar en la mentalidad general el virus de la
meritocracia. Que se pudran los fracasados, los perdedores, los mantenidos; el
Estado no debe existir pues las leyes del mercado algún día nos beneficiarán a
todos, tal es su dogma.
La
victoria de Lula es un buche de agua fresca, cierto, tanto como las protestas generalizadas
en Europa. Todo esto es una rendija por donde se puede colar una pizca de
optimismo, pero si nos ponemos un tanto severos a la hora de ver números, los
porcentajes no mienten: los bolsonaristas consiguieron tantos escaños en el
Congreso que Lula deberá gobernar con las cámaras en contra. En Brasil ganó la
sensatez casi de milagro en la elección presidencial, apenas por tres puntos sobre
la candidatura nazi. Esto significa que la cantidad de simpatizantes con los
poderes fácticos sigue siendo altísima, e incluye a estudiantes y trabajadores
precarizados. Es el fenómeno de los “pobres de derecha” ya bien analizado,
entre otros, por el sociólogo brasileño Jessé Souza. Aunque basta un gobierno
ruinoso como el de Milei para que muchos se arrepientan, el discurso “libertario”
continúa a todo tren en las redes y cae muy bien a los abolicionistas del
Estado aunque también a ellos se los lleven entre las patas.
Se ha dicho en estas horas que en Brasil no cuajó la injerencia manipuladora de las redes porque el equipo de Lula logró contrarrestarla. Si esto fue así, muy bien, pero insisto: van a tomar providencias para que no vuelva a ocurrir. El mapa de Sudamérica se hubiera pintado de azul si Brasil caía. Se abrió una esperanza para que se dé el retorno de gobiernos un poco más empáticos, no el asco de poderes como el de Milei en la Argentina, ejemplo mayor de bestialidad en el discurso y las políticas públicas. El lunes pasado amaneció un poco menos negro el panorama para América Latina.

