sábado, octubre 03, 2026

Luces… en persona


Las presentaciones de libros son como las cuartas de forros (mejor conocidas por el lector como “contraportadas”): suponemos siempre que su contenido se inclinará inevitablemente al elogio, al “brindis de sobremesa”, a veces a la más descarada adulación del libro y del autor. En efecto es así, aunque en mi ya largo trote como presentador o como parte del público en presentaciones he sido testigo de algunos desaguisados, como aquél en el que una comentarista hizo picadillo un libro en la jeta del autor o como mi amigo Víctor Hugo Morales cuando en la Argentina (hay video) despellejó al infame periodista Luis Majul. Pero hablar mal del libro y/o del autor no es lo habitual en este tipo de reuniones. Lo común es echarles flores, apapacharlos, enunciar las bondades recostadas en el papel y la pericia del autor al escribir, sea el tipo de texto que sea, independientemente del género al que responda su vástago bibliográfico.


En lo personal abrazo una técnica como pre-presentador. Si de acuerdo a mi subjetividad calculo que el libro carece de mérito, procuro inventar cualquier cuento piadoso para no aceptar la invitación a comentarlo; si, pese a esto, el asunto es inesquivable, participo del acto con salutaciones al recién nacido y expido algún etéreo comentario que no trascienda el alambre de púas de la mera urbanidad.


Otra posibilidad, por fortuna la más frecuente, es que me inviten a presentar libros valiosos, como el que esta noche nos ocupa. De hecho, nadie me invitó a presentar hoy, fui yo el que me invité, pues la organización de este momento fue producto de mi iniciativa. ¿Por qué?, es la pregunta retórica que me hago. Por dos razones que procedo a explicar.

Porque su autor, Alfredo Máynez Gil, es una de las personas que más quiero en La Laguna. Lo juzgo un tipo extraordinario, acaso el único sujeto que conozco con tan altas y parejas calificaciones; si él fuera boxeador, yo no hallaría por dónde meterle un gancho, un uppercut o un jab. No es perfecto, mas se acerca —parafraseo a Pablo Milanés— a lo que simplemente soñé como ejemplo de persona redonda. Alfredo es inteligente, sensible, culto, buen hijo, buen hermano, buen esposo, buen padre, buen amigo, buen profesionista, buen todo, hasta buen yerno. Además del Derecho, ha sabido establecer cercana convivencia con la música (toca la batería), con la fotografía, con la lectura literaria e histórica, con los deportes, con la gastronomía y con la conversación amena e informada. Aglutina simultáneamente todo lo anterior y además es horizontal, no se cree nada, lo que añade a su personalidad una desconcertante modestia, pues podría ser justificadamente fanfarrón. No lo es, asombrosamente no lo es; al contrario, es el tipo más sencillo que uno pueda imaginar, y su sencillez y su limpieza de espíritu no es la de un fariseo, la de un falso humilde; su índole es natural, genuina, nunca impostada. Además de todos sus atributos tiene calle y no se achica ni se agranda al hablar con nadie, y así puede conversar con un científico o con cualquier compa del barrio, en paridad de tesituras. No es por nada, pero quisiera saber de una persona que además de ser un excelente profesional fuera todo lo que es Alfredo con naturalidad, sin mamonería mediante. Muchos hay que saben mucho, que poseen copiosos bienes, pero tienen menos calle que Venecia; hasta en esto Alfredo se las sabe, y no lo tuerce ni lo asusta cualquier albur.


Además de la susodicha cascada de virtudes, Alfredo suma otra, la que hoy nos reúne en este foro: escribe muy bien. ¿Qué hicieron el señor Máynez y la señora Gil para tener un hijo de esta calaña? No lo sé, sólo sé que en el estuche de monerías que es Alfredo la escritura también cabe con solvencia, y conste que es una destreza exigente. En este momento tenemos su primera novela en proceso de edición y hoy presentamos su primer libro: Luces en el polvo. Alfredo Máynez nació en Torreón en 1972. Estudió la licenciatura en Derecho y la maestría en Historia de la Sociedad Contemporánea en la Universidad Iberoamericana Torreón, y desde 1998 ha sido maestro de asignatura en la misma institución. Ejerció como abogado corporativo en el sector privado y actualmente es el notario número 100 de Torreón. Además de ser autor del ensayo Luces en el polvo, tiene una novela de próxima publicación.


Luces… apareció en 2020, el maldito año de la pandemia. La doctora Laura Orellana y yo trabajábamos todavía en la Ibero Torreón y luego de editar el libro no tuvimos más remedio que presentarlo vía Facebook, una modalidad del género presentación que sabe a sopa sin sal. Durante los años que han pasado, nunca dejé de pensar que el valioso libro de Alfredo merecía piropos directos, con gente de carne y hueso como ustedes, no sólo perezosos likes a distancia. Por ello, hace poco lo conversé con él y acordamos esta fecha y convocamos a la matriz editora, la Ibero Torreón, y a nuestra admirada Laura Orellana para repetir el brindis sin la intromisión de una pantalla.


En fin. Después de este exordio aburrido pero sincero, paso a comentar un poco el libro. Pese a la insistencia de muchos historiadores, todavía es común advertir que en el público sigue afianzada una noción de la historia como algo independiente del historiador. Aunque la historia, o sea, el pasado, es una realidad que ya no existe y sólo podemos tangibilizarla en términos de documento, la opinión generalizada tiende a pensar que tanto los documentos como los libros de historia son, per se, “la historia”. Parece un juego de palabras, pero no lo es. Sólo es necesario pensar que el pasado ya no existe y es imposible que vuelva, razón por la cual es necesario reconstruirlo, es decir, historiar, conseguir documentos y articular conjeturas (relatos) a partir de su análisis e interpretación. La escritura que se obtiene como resultado es la historiografía, la escritura de la historia, no la historia en sí, ya irrecuperable.


Creer que la escritura de la historia es “la historia” ha sido tal vez la clave que ha posibilitado su manipulación por el poder. Como la gente cree que la historia está en los libros de historia, nada más adecuado para cualquier poderoso que fomentar la escritura de historias a modo para legitimarse. Esta es la razón por la que hasta la fecha las historias más populares son las que se refieren a los acontecimientos políticos y militares, a las caídas y los ascensos de tal o cual régimen o gobierno, a la vida y a la obra de los próceres. No otro tema, sino éste, aborda, por ejemplo, Leonardo Sciascia en El Archivo de Egipto, una novelita algo olvidada. Su tema eje es simple: la escritura de la historia generalmente ha dependido de los caprichos del poder, de ahí que sea tan peligrosa en manos de los mandamases.


Cada vez es más frecuente, sin embargo, comprobar que la escritura de la historia mira hacia otro punto, no tanto ya a los Grandes Hechos y a las Grandes Figuras sino al magma en el que se despliega la vida cotidiana con toda su complejidad. Esta historia nos enfatiza que la escritura sobre el pasado puede también detenerse a hurgar en comunidades específicas unidas asimismo por prácticas sociales ajenas al poder y sus detentadores. Esta historia, menos glamorosa pero tan importante como la otra, fija su atención en la gente de a pie, en el ciudadano que todos los días reproduce haceres compartidos por su comunidad. Visibilizar estas prácticas, describir su espesura, traerlas al presente para comprenderlas, es también tarea de historiadores.


Como cualquier escritura sobre el pasado, la de la vida cotidiana requiere apuntalarse en documentos. Es el caso de Luces en el polvo. Influencia del Club Fotográfico de La Laguna en el trabajo de José de Jesús Gil Alonso (1961-1987), libro de Alfredo Máynez Gil. Gracias a la cercanía de un fondo familiar lleno de textos y fotografías, Máynez Gil hundió su atención en el pasado de un grupo de ciudadanos de La Laguna dedicados a diversos oficios, pero ligados en un momento de sus vidas por una pasión: la fotografía. El joven historiador se apoya en una fuente primaria: las actas del Club Fotográfico de La Laguna animado por, al menos, cuatro decenas de integrantes a lo largo de un cuarto de siglo.


Además de tales actas, en sí misma valiosas por elocuentes, Máynez Gil apeló a otras herramientas útiles en ciertos casos como apoyo para la escritura de la historia: las entrevistas directas, ya que una parte significativa de los participantes en el Club viven y accedieron al diálogo, lo cual incrementó y precisó la información contenida en las actas. Asimismo, interrogó al material fotográfico reunido por su abuelo José de Jesús Gil Alonso, miembro del Club, quien es situado en este libro como la parte de un todo que le fue afín: su grupo de amigos, los demás participantes. El libro es entonces una especie de sinécdoque: Gil Alonso como parte representativa de un todo que fue el Club.


La familia a la que en general perteneció Gil Alonso, como artista de la lente, no desentona con nombres inmensos como los de Gaspard-Félix Tournachon (Nadar), Gyula Halász (Brasaï), Henri Cartier-Bresson, Endre Ernö Friedmann (Robert Capa), Gerta Pohorylle (Gerda Taro) y Richard Avedon. O, si no queremos ir tan lejos, en nuestro país se codea sin disonar con el trabajo de Tina Modotti, Manuel Álvarez Bravo, Paulina Lavista, Graciela Iturbide, Rogelio Cuéllar, Héctor García, Pedro Valtierra e incluso Juan Rulfo. Dicho sea de paso, a todos ellos y ellas, e igual a Gil Alonso, podemos acercarnos con un libro teórico casi indispensable: Sobre la fotografía, y complementarlo con otro de distinta orientación pero similar tema titulado Ante el dolor de los demás, ambos de la ensayista norteamericana Susan Sontag.


Luces en el polvo contiene una introducción, siete secciones y un apartado conclusivo. Además, como apéndice muy destacado, una galería con 22 fotografías de Gil Alonso. El prólogo fue preparado por la doctora Laura Orellana Trinidad, quién aquí, nuevamente, ha enfatizado el valor no sólo académico, sino social, que tiene el resguardo de los documentos familiares como fuentes primordiales para la reconstrucción del pasado. A propósito del material investigado por Alfredo Máynez, acentúa la importancia que adquiere dar visibilidad en la escritura histórica a grupos antes ignorados: “La estimación —observa la doctora Orellana— del acervo fotográfico del doctor Gil Alonso se inscribe en un entramado de profundos cambios culturales que han afectado a las Ciencias Sociales en las últimas cinco décadas, particularmente a la historia, la archivística y la sociología. Esta metamorfosis se debe, en gran medida, a las luchas de distintos grupos sociales por lograr una mayor representación en la sociedad, lo que finalmente tuvo un impacto en la selección de los objetos de estudio que estas disciplinas comenzaron a abordar así como del tipo de documentos que se requerían para estudiarlos”.


No cabe duda de que lo conseguido en Luces en el polvo debe motivar el orgullo de Alfredo Máynez Gil, quien con este su primer libro da pie a seguir explorando todo lo que puede ofrecer cada documento resguardado en los fondos familiares, tanto los que ya tienen cabida en los archivos como aquellos que siguen en posesión de hijos o nietos. Felicidades a Alfredo por este inteligente libro y felicidades a Laura por acompañarlo en el camino de su enfoque y su escritura.


Nota. Texto leído en la presentación de Luces en el polvo. Influencia del Club Fotográfico de La Laguna en el trabajo de José de Jesús Gil Alonso (1961-1987) celebrada en la Galería de Arte Contemporáneo del Teatro Isauro Martínez. Participamos Laura Orellana Trinidad, el autor y yo.