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sábado, marzo 28, 2026

Páginas de Alianzas

 











A lo largo de una vida de lector, uno se siente a veces íntimamente más cerca de algunos relatos dispuestos en el camino. Esto no significa, por supuesto, que una historia remota en el tiempo y el espacio no tenga la capacidad de conmovernos. Si el tema es humano, si cuenta el drama permanente de existir con todo y las esporádicas alegrías que a veces el azar nos brinda, si su tratamiento es el adecuado para considerarlo arte, cualquier aventura de palabras, remota o próxima, tiene potencialmente la capacidad de seducirnos, de asir en un puño nuestra sensibilidad de lectores.

El complemento de lo que afirmo es que algunas historias, por su cercanía espacio-temporal, nos parecen más entrañables, parte indiscernible de nuestra vida. Es el caso de Alianzas, primera novela de Elena Palacios. Por su asunto, y sobre todo por su ambiente, por el espacio que sus páginas deambulan, muchos lectores laguneros, aunque no únicamente de nuestra región, podrán sentir que la savia que da vida al extenso relato es algo que nos concierne, un lugar que alguna vez hemos recorrido y acaso retenemos como tatuaje en la memoria.

Me pasó tal como digo. Al leer, advertí que mi recuerdo se mezclaba con la creatura literaria de Elena Palacios al grado de sentir que la atmósfera no era la que me insinuaban sus páginas, el flujo de su narración, sino la que yo mismo preservo en la memoria. Así, gracias a esta novela noté que no era poca mi experiencia directa con el mercado Alianza, corazón de nuestra ciudad durante muchas décadas. Sin querer, el relato de Elena fue estimulante como catapulta de lo agregado por mi recuerdo: viejas caminatas, numerosas vagancias de transeúnte joven por aquellas callecitas llenas de vitalidad y colorido.

Elena Palacios nació en Torreón, Coahuila, en 1967. Es escritora de narrativa. Sus libros individuales son Cuentos cortos para gente que duerme sola (2018 y 2023), Maté a la mariposa (2022 y 2025) y A vuelta de rueda (2023 y 2024). Creadora del proyecto “La plaquette, revista literaria”. Ha publicado en las revistas Estepa del Nazas, del Teatro Isauro Martínez, y Acequias, de la Ibero Torreón. Actualmente coordina el taller literario “Libros, letras y café”.

Más allá de la anécdota y los entrañables individuos que aparecen en las páginas de Alianzas, el personaje protagónico, o uno de ellos, es el mismo mercado Alianza del que se perfila una emotiva y sutil biografía, un trazo de su alma.

Construida de manera cronológica —aunque con algunos saltos al pasado—, Alianzas nos comparte la vida de personajes ubicados en el contexto del mercado. El arranque nos presenta el primer eslabón, la pareja formada por Gregorio y Paulina. Ambos viven en el mismo espacio donde tienen su negocio de especiería. A partir de esta pareja se despliega una genealogía que, como ocurre siempre, sufre pérdidas y de accidentada manera supone encuentros que dan continuidad a las vicisitudes de toda vida humana. La cercanía de una familia de migrantes chinos, también dedicada al comercio en el mercado, sirve para atravesar el peor momento padecido por nuestra comunidad: el genocidio conocido como “matanza de los chinos”.

Desde el arranque del siglo XX, el mercado se convirtió en la zona más agitada de Torreón, el punto donde convergían los destinos de decenas de personas de fuera que, atraídas por nuestra bonanza económica, comenzaron a tejer aquí sus vidas. Un teatro inevitable de aquellos vínculos, hasta la fecha, es la zona del poniente, donde nació Torreón. Así entonces, a Gregorio y Paulina se van sumando poco a poco, mientras avanza el tiempo y la novela, las vidas de Teodoro, Alberto, Aurora, Román, Jesús y muchos más que mientras viven la cotidianeidad contrariada de sus existencias, ven pasar los lustros de un espacio que en el presente ya no tiene la gravitación de su época fundacional.

No es posible olvidar en la recomendación de esta novela que su autora muestra en ella dos pericias valiosas para la confección de una historia de amplio aliento: la capacidad para anudar situaciones que dan fluidez al relato y un estilo que en todo momento acusa un lirismo terso, delicadamente poético en la descripción de los caracteres, del espacio físico general y, más particularmente, de la casa y las costumbres populares, muchas de ellas mágicas, que se suman como abundante ingrediente de la narración. Alianzas es pues una primera novela que no lo parece, sino la obra de una escritora madura y ya diestra en el tejido de urdimbres narrativas que provocan el goce del lector.

miércoles, febrero 11, 2026

José Luis Herrera, in memoriam

 







La etapa de mi juventud literaria creo que fue la última, y acaso la única, en la que se dio una convivencia más o menos frecuente no de todos, pero sí de muchos escritores y aspirantes a escritores laguneros, sobre todo de Torreón. Ocurrió entre las décadas de los ochenta y noventa, si es que este recuerdo no es una exageración o una idealización condicionada por mi nostalgia y esa tendencia manriqueana a pensar que todo tiempo pasado fue mejor. Por supuesto que aquella no era una reunión orgánica, compacta y coordinada, como si hubiéramos formado un sindicato de escritores o algo parecido, sino una frecuentación determinada por el azar y la tendencia a coincidir en actividades literarias celebradas en los recintos culturales del centro de la ciudad.

Era lógico, pues casi todos vivíamos, cuando mucho, hasta la colonia Jacarandas en el nororiente y hasta la Diagonal Reforma en el suroriente. Además, no había internet y todavía con un trabajo alcanzaba para paliar las necesidades básicas. Disponíamos pues de tiempo, y así los viejos y jóvenes escritores nos veíamos seguido en las presentaciones y en las mesas redondas, que por otro lado no eran esporádicas.

En aquel mundillo de gente literaria conocí a José Luis Herrera Arce (Torreón, 1950-2026), quien recién murió y aquí lo recuerdo. Es así porque siempre fue conmigo un tipo amable, un atento conversador y en su momento uno de los escritores más decididos a encarar entre nosotros, con plena voluntad, la tarea de escribir y difundir su obra. Donde quiera que me lo topaba (la última vez ocurrió hace como tres años en una presentación en el teatro Garibay) era reiterativo en su pregunta: “¿Qué has publicado últimamente y qué estás escribiendo?” Sé, y lo comprobé varias veces, que leía mucho y que ponía especial atención en los escritores locales. Siento que estaba pendiente de lo que publicaban los jóvenes (yo lo era en aquel momento) por genuina curiosidad y porque de alguna manera intentaba empatar con el clima de época que soplaba para la narrativa.

Publicó varios libros y creo que fue, entre los escritores que traté, el más empeñoso en difundir su trabajo, en venderlo. Por un defecto de fábrica, lo habitual es que los escritores no sepamos vender nada, ni nuestro trabajo, y que venderlo incluso dé vergüenza; José Luis fue, al contrario, de los pocos que navegaron a contracorriente del defecto que por ineptitud o pena impide al escritor imaginar su obra como objeto comercial.

Otro espacio donde coincidí frecuentemente con José Luis fue el universitario. Nos topábamos para el diálogo amable aunque veloz en los pasillos de la Ibero Torreón, donde dio clases durante muchos años. Él también fue profesor por décadas de la UAdeC. Su padre, Emilio Herrera, fue columnista local durante muchos años, y el mismo José Luis colaboró en espacios periodísticos durante algunas etapas de su vida. Fue condiscípulo en la Pereyra de mi amigo Sergio Antonio Corona Páez, quien lo apreciaba.

Publicó las novelas y cuentos La fábrica del bicho (1994), El ocaso de los días difíciles (1992), Jazz al piano (1993), ABC mujer (1996), Psst (1993), Cuentos para jóvenes (2002) y Los 10 niveles. Novela para niños (2003). Lo evoco aquí con respeto y afecto. Descanse en paz José Luis Herrera Arce.

sábado, diciembre 13, 2025

Literatura lagunera: conferencia completa










Conferencia completa titulada “Medio siglo de literatura lagunera. Hitos y pendientes”, que en julio ofrecí en Durango (Feria Duranguense del Libro) y en octubre en Torreón (La Tinta Cafebrería). En este espacio ya había publicado un fragmento. Va aquí el texto completo al que le faltan las imágenes que proyecté de modo presencial, además de los gestos y los énfasis que sin remedio se pierden en la exposición escrita:


Medio siglo de literatura lagunera. Hitos y pendientes

Jaime Muñoz Vargas


Preámbulo necesario

De entrada, una pregunta retórica: ¿por qué el título de esta anotación se refiere a medio siglo? ¿Antes de 1975 no había literatura en La Laguna? Por supuesto, sí la había. No mucha, pero la había. Hacia mediados de los setenta destacaban varios escritores locales, todos con poca o nula proyección nacional. Eran escritores que desde su juventud, en la década de los cuarenta, se habían hecho notar como poetas o ensayistas sobre todo en las páginas de nuestros diarios. Las dos o tres librerías de viejo que todavía existen en Torreón dan fe, por los ex libris, de que aquellos autores tenían bibliotecas muy decorosas, y varios acometieron la publicación de sus propios trabajos en ediciones presumiblemente pagadas y cuidadas por ellos mismos, y es muy probable que su repercusión en la vida cultural de la comarca no haya pasado de los círculos sociales en los que se movían.

El producto más notable de aquella época —estoy hablando de los cincuenta y los sesenta—, fue la revista Cauce, alimentada y editada por el grupo organizado bajo mismo nombre. Su periodicidad era variable, como ocurre con casi todas las publicaciones culturales de provincia, y sus contenidos se ceñían al tratamiento de temas literarios o filosóficos, comentarios sobre libros, poemas y textos en prosa que no llegaban a ser cuentos. El mayor logro de Cauce fue recoger material de y sobre Pedro Garfias, quien vivió un breve periodo de su vida en Torreón.

En la década de los setenta, los integrantes de Cauce, quienes se dedicaban a la docencia, al periodismo o a profesiones cercanas al derecho y la administración, ya eran hombres entrados en años, y colaboraban con artículos y columnas en la prensa local, con poca producción bibliográfica. Aunque no en todos los casos, sus trabajos literarios no eran ingenuos. Tenían, sin embargo, un cierto tono oratorio, muy solemne, a veces con demasiadas concesiones al color local y una mirada conservadora. Sus modelos no eran malos, sólo algo anticuados. Digamos que en el caso de la poesía, por ejemplo, Darío o Nervo todavía andaban por allí, en sus creaciones. La idea del verso medido y rimado marcaba a fuego su labor literaria, y con dificultad se animaron a la práctica de la narrativa, por eso no les heredamos cuentos ni novelas.

Nuestra región no tenía un movimiento literario efervescente, pero algo había y se manifestaba sobre todo en los pocos rincones culturales que ofrecían las páginas de la prensa local. Los nombres que puedo mencionar entre aquellos escritores son Enrique Mesta, Salvador Vizcaíno, Rafael del Río, Emilio Herrera, Joaquín Sánchez Matamoros, Raymundo de la Cruz, José León Robles y algunos más, ninguna mujer. Debo subrayar que Enriqueta Ochoa fue alumna de Rafael del Río, pero su radicación, su formación y lo mejor de su producción ulterior no se dieron en nuestra región, y un desarrollo similar se había dado años antes en las carreras de Magdalena Mondragón y Francisco L. Urquizo.

Reviso ahora, por periodos, cómo avanzó nuestra literatura, el arte que más logros ha dado a La Laguna, lo que es posible probar estadísticamente si nos atenemos a un dato: la cantidad de premios nacionales que ha obtenido en la disciplina. Todo se ha logrado casi desde la Nada, sin muchos respaldos institucionales, a puro pulmón individual.


Los setenta y un taller de arranque

Hacia mediados de los setenta La Laguna tuvo una grata noticia: se había inaugurado la Casa de la Cultura de Gómez Palacio y gracias a esto el INBA, instancia administradora de tales espacios, impulsó varios programas de trabajo en La Laguna. Uno de ellos fue la creación del Taller Literario de La Laguna, Talitla, gestionado por el escritor ecuatoriano Miguel Donoso Pareja, y cuyo moderador fue el poeta zacatecano José de Jesús Sampedro. El Talitla sesionaba cada quince días en dos sedes, las Casas de la Cultura de Torreón y de Gómez Palacio. Allí comenzó a brotar una nueva mirada, con modelos literarios más modernos. Los integrantes de aquel taller no crearon alguna revista sólida ni formaron bloque en algún suplemento cultural de periódico, pero sí comenzaron a escribir de otra manera, más actualizada. Entre sus participantes estuvieron Joel Plata, Antonio Jáquez (quien luego tendría una brillante carrera como reportero en la revista Proceso), Jorge Rodríguez, Rocío Lazalde, Marco Antonio Jiménez y Francisco José Amparán. Los más destacados, pues ganaron premios nacionales y publicaron fuera de nuestro espacio, fueron los dos últimos, autores que ya basaban su escritura en modelos contemporáneos. El caso de Amparán fue tan restallante que se convirtió de golpe en el narrador más conocido de La Laguna en el contexto nacional, esto sin abandonar su residencia en nuestra región. Amparán —o Panchín, como se le conocía— ganaría el premio de cuento de SLP en 1985 y hasta 2010 siguió publicando literatura en abundancia además de artículos para la prensa.

A finales de los setenta se da otro rasgo favorable para la literatura del Nazas: La Opinión, el diario más antiguo de la región, comenzó a acusar en sus páginas editoriales la presencia de colaboradores con una postura más cercana a lo que ya desde entonces se ubicaba bajo el abanico del llamado progresismo. Para identificarse usaron el acrónimo Codeliex (Comité de defensa de la libertad de expresión). No todos eran escritores, pero entre sus intereses intelectuales no dejaban de aparecer el cine, el teatro, la política, la filosofía y obviamente la literatura. El periódico estaba bajo la dirección de Velia Margarita Guerrero, quien tenía una mirada abierta en relación con lo social, de suerte que, entre otras iniciativas, tuvo en sus páginas el servicio informativo de CISA, la agencia informativa de la revista Proceso, fundada en 1976, y la columna diaria de Manuel Buendía.

Había sólo un taller literario y cuatro o cinco librerías; las universidades y los ayuntamientos aún no publicaban nada, pero, pese a esto, los setenta terminaban con buenos augurios para la década siguiente.


Ochenta, todo se acelera

Los ochenta fueron un periodo de aceleración de la literatura lagunera. Hay en estos diez años al menos cinco o seis hitos que bien vale traer acá. Uno de los primeros se dio cuando el ayuntamiento de Torreón comenzó el auspicio de algunas publicaciones en formato de libro. No fueron numerosos, pero al menos determinaron que el presupuesto público destinado a la cultura también podía ser canalizado hacia la publicación. Entre otros, recuerdo la reedición de una novela de Magdalena Mondragón y un breve poemario de Saúl Rosales.

Y a propósito de Saúl, su regreso de 1981 a La Laguna, su tierra, es un hecho bisagra para la literatura lagunera. Había vivido veinte años en la capital del país y tras su vuelta comenzó a proponer un corpus de lecturas que determinaría un salto sustancial y definitivo a lo moderno entre los jóvenes aspirantes a escritores.

Saúl Rosales se reinstaló en La Laguna y comenzó a laborar en el diario La Opinión como corrector de estilo; pronto, también, arrancó su trabajo como profesor en la carrera de Comunicación del Iscytac, universidad privada. Entre 1982 y 1983, junto con Agustín Velarde y Enrique Rioja del Olmo encabezó el proyecto de la Opinión Cultural, suplemento dominical de La Opinión. Ya hacia 1984 asumió solo el trabajo de editor. Se trataba de un tabloide de ocho páginas encartado cada semana entre las páginas del periódico. Este fue un medio de vanguardia en la región, ya que sus contenidos se alejaban de los modelos más o menos asentados entre los lectores. De golpe, aparecieron textos de y sobre escritores que en aquel momento marcaban el tono de la actualidad, de las vanguardias, del Boom. Muchos lectores, entre los que me incluyo, conocieron en aquellas páginas a Mayakovski, Brecht, Faulkner, Cortázar, Vallejo, Borges, por citar sólo algunos nombres que en general jamás habían circulado en la prensa lagunera. Junto con esto, el editor compartía obras de y sobre nuestros clásicos, como Cervantes y Sor Juana. Asimismo, y esto fue el rasgo más relevante del tabloide, las páginas se abrieron a la escritura de muchos colaboradores, la mayoría jóvenes que en aquel espacio encontramos un vehículo para volcar nuestro apetito por publicar lo que escribíamos y en general se apartaba o quería apartarse de la estética todavía predominante en nuestro entorno, la del color local y el verso rimado. En las páginas de aquel suplemento aparecieron los primeros poemas y ensayos de Gilberto Prado, sólo para señalar el caso más saliente de aquella emergencia literaria.

A la par de la Opinión Cultural, Saúl Rosales orientó el trabajo del grupo literario Botella al Mar, al que pertenecí desde su primera reunión. Modestia al margen, fue la asociación de su tipo más destacada de La Laguna en los ochenta, sobre todo en su segundo lustro. Excluyo mis aportes, si es que alguno tuve en aquel momento, pero basta decir que nos convertimos en colaboradores asiduos del suplemento editado en La Opinión y comenzamos a ganar premios literarios. En todo, Gilberto Prado fue siempre el más adelantado: publicó el primer libro del grupo (Exhumación de la imagen, un poemario autofinanciado) y antes de que cerrara la década ganó dos certámenes nacionales de ensayo.

Los ochenta vieron igualmente otros avances. Creció la infraestructura cultural de La Laguna con el rescate y la restauración del Teatro Martínez y poco después la del Teatro Nazas, instituciones que pronto se convirtieron en escenarios de numerosas actividades artísticas. Circularon tres revistas de corte cultural: Suma, de particulares, La Paloma Azul, de la Casa de la Cultura de Torreón, y El Juglar, del Departamento de Difusión Cultural de la UAdeC, y fueron convocados dos concursos locales de literatura: el Magdalena Mondragón de cuento y ensayo propuesto por la UAdeC, y los Juegos Florales del Iscytac para los géneros de cuento, poesía y ensayo; ambos certámenes despertaron fuerte interés en la comunidad lagunera.


Noventa, momento de talleres y revistas

La década de los noventa tuvo en las revistas un enclave importante para la literatura lagunera. En 1990 apareció Brecha, revista que contuvo un suplemento cultural llamado La Tolvanera, que recogió abundantes textos de todos los géneros y sirvió de foro para la literatura crítica y creativa. Poco tiempo después fue lanzada la Revista de Coahuila, que abrió parte de sus páginas sobre todo a la crítica literaria con tendencia a la polémica y a veces al destazamiento. El Teatro Martínez lanzó Estepa del Nazas, revista exclusivamente literaria, que coordinó Saúl Rosales casi desde su arranque hasta 2015. Hacia 1997 salió el primer número de Acequias, revista de la Universidad Iberoamericana cuyos contenidos literarios y académicos se sostienen hasta la fecha. La misma Ibero Torreón comenzó también su trabajo editorial en libros académicos y de creación literaria.

A principios de la década desapareció el grupo Botella al Mar, pero en esos años nacieron otros talleres literarios, como el del Teatro Martínez, el de la UAdeC (que venía de finales de los ochenta) y el de la Ibero Torreón. Estos espacios fueron dinamo de numerosas vocaciones, tanto que allí se formaron escritores que más de veinte años después gozan de lectores y reconocimiento, como Vicente Alfonso, Daniel Herrera, Miguel Báez, Carlos Velázquez, Carlos Reyes, Angélica López Gándara, Idoia Leal, Salvador Sáenz, Daniel Lomas y, mucho más recientemente, Elena Palacios y Alfredo Castro, la mayoría ya publicados al menos una vez por sellos foráneos.

También en este periodo se afianzó el crecimiento de la infraestructura cultural, en donde destaca la articulación del Museo Arocena. El TIM abrió el primer grupo de lectura formal de La Laguna: el Café Literario que hasta hoy sigue en funciones.

 

Nuevo milenio, andanada de libros y de premios 

La llegada del nuevo milenio trajo como noticia literaria para nuestra región un aumento considerable de las publicaciones en libro. El ayuntamiento de Torreón impulsó la edición de colecciones y la Ibero Torreón fortaleció su trabajo editorial; en general, ambas instituciones han continuado, sin solución de continuidad, con esta labor.

Fue creada por aquellos años una Escuela de Escritores encabezada por la escritora Teresa Muñoz, y varios escritores laguneros ganaron importantes premios nacionales. La popularización de internet trajo como posibilidad la creación de blogs, a la que adhirieron muchos escritores, aunque la mayoría pronto los abandonó. Varios escritores de nuestra región, como Gerardo García, Fernando Fabio Sánchez, Édgar Valencia, Gilberto Prado, Vicente Alfonso y Frino, cambiaron de radicación y se fueron a vivir, por estudios o trabajo, a otras ciudades del país o de Estados Unidos y Canadá.

La primera década del nuevo milenio fue en general de asentamiento de lo proyectado al final de los noventa, pero resultó notoria la desaparición o caída en desgracia de las publicaciones periódicas relacionadas con la cultura en general y con la literatura en particular.


Quince años finales

Los quince años que van de 2010 a la fecha han fortalecido el cuerpo disperso pero sólido de la literatura lagunera. No hay grupos destacables, pero las individualidades han ramificado sus logros en varios sentidos: han sido ganadores de muchos más premios y becas, han publicado en sellos comerciales de gran difusión, han obtenido grados académicos de maestría y doctorado y con frecuencia publican en medios de prensa nacionales con gran llegada al lector. Se ha dado el caso, incluso, de que han sido traducidos a idiomas como el griego, el inglés y el italiano. Un ejemplo en el que convergen todos estos méritos es el de Vicente Alfonso, sin duda el escritor que más proyección internacional ha alcanzado en la historia de nuestra literatura.

Dos fenómenos destacables junto a la saludable inercia, aunque siempre insuficiente, de los talleres y las ediciones hemero y bibliográficas, es el de los clubes de lectura que se han popularizado en la región; están configurados sobre todo por mujeres, y poco a poco han asentado este tipo de trabajo literario nada desdeñable en una región con un número siempre escaso de lectores. El otro fenómeno es el de la publicación de autor. Gracias a las posibilidades de la impresión por demanda, que permite tirajes de veinte ejemplares en adelante, muchos escritores han nutrido el ambiente editorial lagunero con sus libros de cuentos, poemas, novelas, ensayos y obras de otros géneros. En esto ha ayudado la aparición de una figura que prácticamente no existía hace veinte años en La Laguna: la del editor, profesión bien asumida por jóvenes como Ruth Castro, Mariana Ramírez, Fernando de la Vara, Germán Cravioto y Nadia Contreras, entre otros.


Algunos pendientes

La Laguna literaria es un bicho extraño. No ha tenido gran apoyo aparte del recibido por los directamente interesados en la lectura y la escritura, pero se mantiene fuerte y rica en propuestas y logros. Todo ha sido fruto de la espontaneidad, más mérito de individuos que de instituciones. No es mala idea pensar que es hora de añadir a los hitos ya citados, muchos de los cuales son un buen punto de partida, otro tipo de realizaciones, para lo cual se requieren las iniciativas públicas y privadas. Por ejemplo, la formalización en el mundo académico de alguna instrucción relacionada con lo literario, el asentamiento de una feria del libro en La Laguna, el impulso a la publicación de más libros y la creación de librerías y talleres en otras ciudades laguneras además de Torreón, nuevos concursos y quizá un encuentro que atraiga personalidades capaces de estimular a los jóvenes escritores de la región.

Se ha logrado mucho casi sin nada, tanto que La Laguna es una rara potencia literaria pese a que se trata de una región sin capitales políticas, pero es un hecho que a todo se podrían sumar nuevos emprendimientos, proyectos que trasciendan lo individual y den por fin un soporte social a la literatura lagunera. Que así sea.

sábado, diciembre 06, 2025

Bajo la gravitación de Raquel

 











La novela Sombra de Raquel (Iberia Editorial, Torreón, 2025, 126 pp.), primer libro individual de Jorge Luis Gaytán, narra la andanza de Adrián, profesor rural en la sierra de Durango, joven adulto que enfrenta su responsabilidad profesional sumido en la nostalgia de una mujer que taladra hasta sus más ordinarios pensamientos. El contraste entre la vida en la precariedad serrana y el recuerdo de los días de plenitud amorosa establece un desasosegado vaivén en el interior del protagonista, quien evidencia, entre otras lesiones espirituales, los estropicios del machismo arraigado en su alma quebrada por la falta de un afecto inmediato, el de su padre. Sombra de Raquel es en suma una historia en la que somos testigos del buceo en las aguas profundas y muy oscuras de un ser aherrojado a la confusión de los sentimientos, como escribió Zweig.

La descripción anterior es la sinopsis que firmo en la contratapa de Sombra de Raquel, novela que su autor nos compartió hace dos o tres años entre las paredes del taller literario del Teatro Isauro Martínez de Torreón. Como coordinador de ese espacio, fui testigo entonces de su desarrollo en tiempo real, de su romper el cascarón. Junto con los demás talleristas compañeros de Jorge Luis, semana tras semana o quincena tras quincena me fui enterando de la circunstancia que apesadumbra al protagonista de la historia, un joven abrumado por tribulaciones ineludibles. Se trata, sin duda, de una ópera prima que desde ya exhibe a un narrador talentoso, dotado de capacidad de observación y prosa bien templada.

Dije “capacidad de observación” y sospecho que es necesario corregirme. Debo decir, para ser más preciso, capacidad de introspección, dado que la mirada de Gaytán, sin desentenderse del entorno en el que se mueven sus personajes, focaliza su atención en el interior del protagonista, lo escudriña hasta los más recónditos pliegues de su alma. El autor bucea en el espíritu de Adrián y en tal exploración no encuentra claridad, equilibrio, sensatez, sino inestabilidad, desgarramiento, confusión y poca fuerza para resistir a su caída libre en el abismo.

Jorge Luis Gaytán Fernández nació en San Pedro de las Colonias, Coahuila, 1989. Actualmente radica en Torreón. Es profesor de telesecundaria en el Sistema Estatal de Telesecundaria del estado de Durango. Asiste al taller de literatura del TIM desde 2015. Ha publicado cuentos en el colectivo Narrar a mediodía y en las revistas Estepa del Nazas y Acequias, además de la plaquette Leer Libres.

Adrián, personaje central de Sombra de Raquel, es maestro en la sierra de Durango, en la zona tepehuana. Pese a las dificultades que esta chamba supone, hace su mejor esfuerzo para enseñar algo a los niños indígenas. El idioma es un obstáculo, pero él trata de franquearlo a punta de señas y unas cuantas palabras obtenidas en el dialecto local. Su contacto con la modernidad se da gracias a que tiene un sistema de energía solar que le carga las baterías del celular y de la computadora, herramienta que usa mucho para ver películas en CD. El mundo serrano, con sus árboles, sus montañas, sus brechas, sus barrancos, su lluvia y su frío, es puntualmente descrito en las páginas del libro, ciertamente, pero no es lo fundamental. Es más bien el infierno interior de Adrián lo que aborda esta novela, su trastabillante ir y venir en torno a la querencia de Raquel, la novia con la que recién terminó pero a la que todavía desea. La desea de hecho como un perro, y en la viscosidad de sus sentimientos y apetitos no alcanza a saber qué camino seguir, si buscarla otra vez o resignarse al finiquito de la relación. Aquella mujer lo enloquece, dicho esto al margen del lugar común, de modo literal.

Sombra de Raquel trabaja en dos mundos: por un lado, el espacio tepehuano donde el profesor debe cumplir con su misión, que es la de enseñar como se va pudiendo a los niños del lugar. Allí, en ese contexto adecuado para la docencia heroica, Adrián es ininterrumpidamente mordido por el recuerdo de su exnovia, quien con su sombra no lo deja trabajar en paz. Tanto es el deseo que Raquel le impone y tan frágil es la biología de Adrián que accede, como paliativo, a congeniar con Ixel, la madre de uno de sus alumnos, una tepehuana ya algo transculturada y bella. Pero Adrián sabe que eso no tiene futuro, que para él es un mero trámite fisiológico, pues su cabeza está puesta en el otro contexto de la novela: el de la ciudad donde conoció y vive la musa de sus desgracias, la mujer que invade todo su tiempo: Raquel.

En el zig zag entre el trabajo del aula serrana y las horas muertas en el cuartito asignado para el profesor dentro de la propia escuela, la pesada sombra de Raquel se materializa al grado de asfixiarlo, y es aquí donde Jorge Luis Gaytán luce sus mejores prendas de narrador: su inmersión en el ser del protagonista logra un dibujo muy bien logrado de la mezcolanza emocional que tiene como escenario su conciencia, las aguas profundas de un ser apaleado por sus demonios reales e inventados. Trata de ser racional, pero hay algo de zoológico en sus decisiones, como si un impulso visceral, animal, lo dominara hasta forzar su regreso a la destrucción/autodestrucción que representa el vínculo con la añorada Raquel.

Nuestro personaje es un joven adulto. En teoría puede solo con el paquete de la confusión que lo atraviesa, pero no. El apiñamiento del instinto sexual, el machismo por volver con Raquel para volcar en ella una especie de revancha, la culpa por una mala decisión y el fardo del desamor sentido hacia su padre ausente configuran en su interior un lío muy difícil de desenredar por la cabeza del profesor. Ante eso, el joven avanza a ciegas, tentaleante, guiado casi nomás por la mano temblorosa del azar. El cierre de la historia nos confirmará si Adrián, o lo que queda del abrumado Adrián, desembocará en una situación que lo apacigüe o en otra peor a la que ya ha padecido y, sobre todo, hecho padecer a su exnovia.

Desde el punto de vista de la forma, Sombra de Raquel contiene una especie de preámbulo y doce capítulos denominados “Días”, el lapso que abarca la novela. Su estilo es fluido, con la dosis exacta de poesía para que la historia no pierda transparencia narrativa. Es, insisto, un primer libro urdido con malicia y talento para explorar los entresijos de un alma atormentada. Que sea Sombra de Raquel el primer título de muchos más en la carrera literaria de Jorge Luis Gaytán. Ojalá.

Nota. La novela Sombra de Raquel está a la venta en La Tinta Cafetería, avenida Morelos 559 poniente, 27000 y El Astillero Librería, avenida Juárez 87 oriente, planta alta, Torreón, Coahuila, y en el Museo Madero “Centenario de la Revolución”, avenida Hidalgo y calle Viesca, en San Pedro de las Colonias, Coahuila.

miércoles, octubre 29, 2025

Tres respuestas sobre Saúl







Saúl Rosales recibió ayer martes un reconocimiento por sus 85 de su edad, que cumple hoy. Parejamente nos hicieron tres preguntas sobre él; esto es lo que anoche respondí:

Iba a escribir un comentario sobre el homenajeado porque nunca he confiado en la espontaneidad, de allí la distancia que he mantenido con los medios electrónicos en los que surgen las preguntas y, al responderlas de volea, siempre me queda la sensación de desorden. Es probable que también sea poco persuasivo aquello que escribo frente al sosiego de mi teclado, pero sin duda las cuartillas me infunden una pizca de tranquilidad, tal y como ocurría con los acordeones ante los espantosos exámenes de la preparatoria. Dado que el pasado domingo llegaron las preguntas, lo que haré es responderlas según mi insana costumbre: por escrito.

¿Cómo conocí a Saúl Rosales?

En agosto de 1982 entré a simular que estudiaba la carrera de Comunicación sólo porque en el programa había muchas materias de literatura, pues ya entonces era lo que más me interesaba. Sin que yo lo supiera, poco tiempo antes, en 1981, se había dado la coincidencia de que Saúl regresó a La Laguna luego de su radicación de veinte años en la Ciudad de México. Acá, además de conseguir una pequeña chamba como corrector de estilo en el diario La Opinión, Saúl se hizo de unas clases de literatura en la escuela donde yo estudiaba, así que el azar me lo asignó como maestro. Por esos mismos años ocurrieron dos hechos importantes: Saúl comenzó a coordinar el suplemento Opinión Cultural, donde publiqué por primera vez unos poemas de cuyo contenido no quiero acordarme, y además me regaló su primera publicación, una plaquette titulada Vestigios de Eros, el primer libro que me obsequió un escritor. En ese momento comenzó nuestra amistad, hace poco más de cuarenta años. Yo tenía 19; Saúl, 43. Lo que sucedió entre aquellos años y este día ha sido una vida: muchos libros, muchas conversaciones, muchos amigos comunes, muchas mesas como ésta, muchos malabares para la supervivencia, muchos fracasos de todo tipo y una matriz ideológica similar.

Háblenos de un libro, obra de teatro o artículo que desee destacar de Saúl Rosales.

Tengo y he leído casi entera la obra de Saúl y creo que nadie ha escrito más que yo sobre sus libros y su gravitación en el alma de La Laguna. Incluso he editado al menos siete u ocho títulos de su producción. Por razones distintas, en todos ellos encuentro aciertos, belleza e inteligencia, tanto que me resulta muy difícil decidir qué libro de Saúl podría destacar para no malgastar esta pregunta. Sólo porque lo edité y porque en él están implícitos algunos rasgos que me hermanan ideológicamente con Saúl (su ateísmo, su filiación de izquierda, su horror patológico ante la desigualdad y la explotación, su anticlericalismo, su admiración a Marx, entre otras afinidades), menciono el libro que decidimos trazar en el cincuenta aniversario del asesinato perpetrado contra Raúl Ramos Zavala, torreonense y fundador ideológico de la Liga Comunista 23 de septiembre.

¿Por qué Saúl Rosales es importante para la cultura en La Laguna?

Porque su obra (y por “obra” me refiero a sus libros y a su magisterio) a muchos nos hizo ver la importancia de la literatura como vehículo conductor de dos valores: el manejo de la palabra para generar belleza, en primer lugar, y, en segundo, el poder que la literatura tiene para humanizarnos, para despiojarnos el espíritu, para ayudarnos a conocer mejor la viscosa condición humana.  Esto es, creo, el mejor aporte de Saúl a nuestra cultura.

Ahora bien, en lo estrictamente personal mi gratitud tiene muchas vertientes, pero la que más aprecio de Saúl es su ininterrumpida amistad. Alguna vez le pidieron a Yupanqui que diera una definición de amigo, y el poeta y cantor respondió de una manera inmejorable: dijo que un amigo es uno mismo en otro pellejo. Puedo afirmar entonces que mucho de mi maestro y amigo Saúl habita en mí, que de alguna misteriosa forma y al menos parcialmente yo soy él, nomás que en otro pellejo.

Nota. Gracias a Jorge Luis Gaytán por la foto que encabeza este post. En la mesa participamos Saúl Rodríguez, Nadia Contreras, Ruth Castro, Arcelia Ayup, el homenajeado y yo. La sede del homenaje fue la biblioteca municipal José García Letona, Torreón.

martes, octubre 21, 2025

Conferencia sobre literatura lagunera

 













Este martes 21 a las 7 pm tendré el gusto de compartir una conferencia sobre el medio siglo más reciente de la literatura lagunera (1975-2025), una literatura que en silencio, siempre a los tumbos y muchas veces sin más recursos que el entusiasmo y las uñas, ha proseguido la edificación de carreras diversas, dispares y siempre empeñosas, muchas veces obligadas a la autogestión porque, pese a ciertos avances, La Laguna sigue siendo tierra árida para el ejercicio de las humanidades, espacio donde todavía no vencemos al desierto de la insensibilidad —por ignorancia o simple desdén— ante los productos del espíritu. No abundo aquí. Quien guste asomarse a La Tinta cafebrería (Morelos entre Leona Vicario e Ildefonso Fuentes, Torreón) para escuchar mi alocución, tiene las puertas abiertas como brazos en espera de dar la bienvenida. La entrada es absolutamente libre y sólo se solicita algún módico aporte voluntario, no obligatorio, para apoyar a Palestina mediante el Comité de acción por Palestina en La Laguna.

sábado, septiembre 20, 2025

Medio siglo de literatura lagunera

 











No hace tanto, en julio, ofrecí en la Feria Duranguense del Libro la conferencia “Medio siglo de literatura lagunera: hitos y pendientes”. He tratado de presentarla también aquí, en nuestra región, pero hasta ahora no se ha podido. Abraza el lapso de 1975 a 2025, y luego de su preámbulo está dividida en cinco décadas. Ofrezco aquí sus dos primeros tramos.


Preámbulo necesario

De entrada, una pregunta retórica: ¿por qué el título de esta anotación se refiere a medio siglo? ¿Antes de 1975 no había literatura en La Laguna? Por supuesto, sí la había. No mucha, pero la había. Hacia mediados de los setenta destacaban varios escritores locales, todos con poca o nula proyección nacional. Eran escritores que desde su juventud, en la década de los cuarenta, se habían hecho notar como poetas o ensayistas sobre todo en las páginas de nuestros diarios. Las dos o tres librerías de viejo que todavía existen en Torreón dan fe, por los ex libris, de que aquellos autores tenían bibliotecas muy decorosas, y varios acometieron la publicación de sus propios trabajos en ediciones presumiblemente pagadas y cuidadas por ellos mismos, y es muy probable que su repercusión en la vida cultural de la comarca no haya pasado de los círculos sociales en los que se movían.

El producto más notable de aquella época —estoy hablando de los cincuenta y los sesenta—, fue la revista Cauce, alimentada y editada por el grupo organizado bajo ese mismo nombre. Su periodicidad era variable, como ocurre con casi todas las publicaciones culturales de provincia, y sus contenidos se ceñían al tratamiento de temas literarios o filosóficos, comentarios sobre libros, poemas y textos en prosa que no llegaban a ser cuentos. El mayor logro de Cauce fue recoger material de y sobre Pedro Garfias, quien vivió un breve periodo de su vida en Torreón.

En la década de los setenta, los integrantes de Cauce, quienes se dedicaban a la docencia, al periodismo o a profesiones cercanas al derecho y la administración, ya eran hombres entrados en años, y colaboraban con artículos y columnas en la prensa local, con poca producción bibliográfica. Aunque no en todos los casos, sus trabajos literarios no eran ingenuos. Tenían, sin embargo, un cierto tono oratorio, muy solemne, a veces con demasiadas concesiones al color local y una mirada conservadora. Sus modelos no eran malos, sólo algo anticuados. Digamos que en el caso de la poesía, por ejemplo, Darío o Nervo todavía andaban por allí, en sus creaciones. La idea del verso medido y rimado marcaba a fuego su labor literaria, y con dificultad se animaron a la práctica de la narrativa, por eso no les heredamos cuentos ni novelas.

Nuestra región no tenía un movimiento literario efervescente, pero algo había y se manifestaba sobre todo en los pocos rincones culturales que ofrecían las páginas de la prensa local. Los nombres que puedo mencionar entre aquellos escritores son Enrique Mesta, Salvador Vizcaíno, Rafael del Río, Emilio Herrera, Joaquín Sánchez Matamoros, Raymundo de la Cruz, José León Robles y algunos más, ninguna mujer. Debo subrayar que Enriqueta Ochoa fue alumna de Rafael del Río, pero su radicación, su formación y lo mejor de su producción ulterior no se dieron en nuestra región, y un desarrollo similar se había dado años antes en las carreras de Magdalena Mondragón y Francisco L. Urquizo.

Reviso ahora, por periodos, cómo avanzó nuestra literatura, el arte que más logros ha dado a La Laguna, lo que es posible probar estadísticamente si nos atenemos a un dato: la cantidad de premios nacionales que ha obtenido en la disciplina. Todo se ha logrado casi desde la Nada, sin muchos respaldos institucionales, a puro pulmón individual.


Los setenta y un taller de arranque

Hacia mediados de los setenta La Laguna tuvo una grata noticia: se había inaugurado la Casa de la Cultura de Gómez Palacio y gracias a esto el INBA, instancia administradora de tales espacios, impulsó varios programas de trabajo en La Laguna. Uno de ellos fue la creación del Taller Literario de La Laguna, Talitla, gestionado por el escritor ecuatoriano Miguel Donoso Pareja, y cuyo moderador fue el poeta zacatecano José de Jesús Sampedro. El Talitla sesionaba cada quince días en dos sedes, las Casas de la Cultura de Torreón y de Gómez Palacio. Allí comenzó a brotar una nueva mirada, con modelos literarios más modernos. Los integrantes de aquel taller no crearon alguna revista sólida ni formaron bloque en algún suplemento cultural de periódico, pero sí comenzaron a escribir de otra manera, más actualizada. Entre sus participantes estuvieron Joel Plata, Antonio Jáquez (quien luego tendría una brillante carrera como reportero en la revista Proceso), Jorge Rodríguez, Rocío Lazalde, Marco Antonio Jiménez y Francisco José Amparán. Los más destacados, pues ganaron premios nacionales y publicaron fuera de nuestro espacio, fueron los dos últimos, autores que ya basaban su escritura en modelos contemporáneos. El caso de Amparán fue tan restallante que se convirtió de golpe en el narrador más conocido de La Laguna en el contexto nacional, esto sin abandonar su residencia en nuestra región. Amparán —o Panchín, como se le conocía— ganaría el premio de cuento de SLP en 1985 y hasta 2010 siguió publicando literatura en abundancia además de artículos para la prensa.

A finales de los setenta se da otro rasgo favorable para la literatura del Nazas:  La Opinión, el diario más antiguo de la región, comenzó a acusar en sus páginas editoriales la presencia de colaboradores con una postura más cercana a lo que ya desde entonces se ubicaba bajo el abanico del llamado progresismo. Para identificarse usaron el acrónimo Codeliex (Comité de defensa de la libertad de expresión). No todos eran escritores, pero entre sus intereses intelectuales no dejaban de aparecer el cine, el teatro, la política, la filosofía y obviamente la literatura. El periódico estaba bajo la dirección de Velia Margarita Guerrero, quien tenía una mirada abierta en relación con lo social, de suerte que, entre otras iniciativas, tuvo en sus páginas el servicio informativo de CISA, la agencia informativa de la revista Proceso, fundada en 1976, y la columna diaria de Manuel Buendía.

Había sólo un taller literario y cuatro o cinco librerías; las universidades y los ayuntamientos aún no publicaban nada, pero, pese a esto, los setenta terminaban con buenos augurios para la década siguiente.

sábado, julio 19, 2025

Al galope con Ruth Castro

 











Uno de los hábitos más frecuentes de la literatura es preguntarse sobre las colindancias de los géneros. Qué es un cuento, qué es una novela, hasta dónde llega la poesía, cuál es la forma de crónica y otras preocupaciones que nunca ha desvelado a la mayoría de los lectores. Antes tomaba muy en serio estas inquietudes, pero luego me di cuenta de que sólo servían sobre todo para facilitar el trabajo en las aulas, no tanto para resolver los problemas creativos del escritor o del periodista. Todavía es hora en la que, al leer y escribir, me planteo la definición genérica de lo que leo y escribo, pero sin caer en el fundamentalismo de la juventud. Si un libro es bueno o malo, da igual que sea del género que sea.

El libro de Ruth Castro que aquí presentamos se inscribe claramente en lo que conocemos como “ensayo”, precisamente uno de los géneros que más debate definitorio han provocado. ¿Qué es un ensayo?, se han y nos hemos preguntado incontables veces. En su estado más puro y antiguo, la respuesta está en Pensar a caballo, pensar sobre la almohada (El Astillero Libros-Arferit Editorial, Torreón, 2024, 117 pp.) en el que su autora no sólo ofrece en el primer ensayo homónimo su definición del espécimen, sino que también lo ejerce en las páginas que componen todo el libro. Por alusiones y dicho sea de paso, una parte de este volumen se desarrolló durante la pandemia, época que, si un beneficio tuvo, a muchos resultó adecuada para pensar y escribir.

A continuación y también a caballo, pero galopando, describo por encima cada una de las 21 piezas, todas breves y varias ilustradas por María José Ramírez:

“Pensar a caballo, pensar sobre la almohada” es un ensayo en el cual Ruth Castro reflexiona sobre el género que en ese mismo momento está practicando; el ensayo. Es pues una especie de metaensayo. Señala que este género tuvo dos grandes iniciadores, uno en occidente, con Michel de Montaigne, y otro en oriente, con la japonesa Sei Shönagon, quien escribió El libro de la almohada, una especie de diario con reflexiones sobre su circunstancia y a quien Ruth prefiere tener como engendradora del ensayo, 580 años antes que el francés a quien tenemos como padre del género. En aquel libro, Shönagon compartió sus problemas, su vida íntima, una especie de antecedente remoto del ensayo a lo Montaigne. La autora lagunera confiesa al paso que este es el género que más le acomoda.

El siguiente ensayo, “Escribir la historia con los pies”, es un elogio de la movilidad pedestre. Lamenta que a diferencia de los hombres, las mujeres no tienen la libertad suficiente para desplazarse por el mundo sin el miedo a muy diversos tipos de agresión. Con ideas de Rebecca Solnit como punto de partida (Una historia del caminar), luego habla sobre las marchas que permiten, gracias al desplazamiento a pie, mostrar inconformidades y reclamos de muy diversa naturaleza. Ruth Castro reafirma su convicción de ganar la calle, de disfrutarla y de convertirla en espacio público para la manifestación, para la crítica y para el disfrute. Es decir, opone la participación física, poner el cuerpo en la calle, a la queja digital contra los abusos de todo poder.

En “Fijación por los calcetines” la autora recurre a su memoria para evocar, mediante la escritura, la imagen de su padre, hombre con quien tuvo una relación polivalente entre el cariño, el distanciamiento, el recelo, la indiferencia y otros rasgos. Habla de su padre como un sujeto entregado a la curiosidad permanente por explorar con sus manos el mundo doméstico. Fue un gran desarmador y arreglador de objetos cercanos a la vida cotidiana, y entre las obsesiones de su padre como herencia del pasado estaba la de arreglar los calcetines mediante remiendos y así proyectar su vida útil. Esto podemos vincularlo con la idea que algunos filósofos, como Han, sostienen en relación con la pérdida de valor de los objetos, hoy desechables casi inmediatamente. Como en el oficio de costurera de su abuela paterna, Castro reconstruye su pasado a retazos, zurciendo como puede los fragmentos de tela real e imaginaria del recuerdo.

“Las piedras saben escuchar” es un ensayo breve y poemático dividido en todavía más pequeñas estancias en los que la autora reflexiona sobre su colección de piedras; ante la pérdida de una de ellas se lamenta de estos extravíos y piensa con certeza que las piedras son seres vivos capaces de transmitir emociones especiales a quienes saben escucharlas; otra vez nos encontramos con la idea de las “no cosas” en contraposición con las cosas, aquellas que permiten una adherencia del recuerdo mucho mayor que la posibilitada por los objetos resguardados en medios digitales.

“Atalanta” es un comentario sobre el libro Amazonas, guerreras del mundo antiguo, de Adrianne Mayor. Trata sobre el mito griego de una mujer excepcional: abandonada por su padre, criada por un oso y desdeñada y retada por hombres a los que vence en competencia. Este mito da pie a Castro para pensar en las historias, míticas o reales, de mujeres que se han impuesto a su circunstancia para afirmarse como seres creativos y fuertes.

En “Como peces flotando”, la ensayista lagunera trabaja sobre un libro de Jung en el que reflexiona sobre las casualidades y las casualidades. Da el ejemplo de los peces que (a Jung) reaparecen en un rato a propósito a sus tratos en la inmediatez de la vida cotidiana. Luego, a Castro le sucede lo mismo: muchos peces aparecen en apenas unas horas. Creo que a todos nos ha pasado, y sobre esto sospecho que se da un fenómeno relacionado con la atención: encontramos lo que estamos pensando, como ocurre cuando trabajamos un tema de investigación.

Una paradoja abraza “Escribir desde la negación”: es posible escribir cuando no se quiere o no se puede escribir. Ante el bloqueo, lo viable, dice Ruth, es escribir sobre el bloqueo, trabajar sobre la imposibilidad de escribir y de allí obtener algo: un producto de la escritura nacido como plantita en la aridez. Como en sus otros ensayos, un libro preside el fondo de estos párrafos; se trata aquí de Bartleby y compañía, de Enrique Vila-Matas, exploración del escritor catalán sobre obras en las que aparecen escritores abrumados por el bloqueo o prófugos de la escritura, como Rimbaud y Rulfo, entre muchos otros.

“Para vivir hay que pagar” es un agudo y sutil alegato contra la ubicuidad de los pagos. En efecto: vivir es sinónimo de pagar. Sólo los parias que deambulan en la calle se libran de esta piedra sisífica: todo hay que pagarlo. Hoy, aquí, estamos pagando. Tenemos celular y señal porque hay un pago. Podemos ponernos de pie porque nos alimentamos pagando la comida. No andamos desnudos porque compramos ropa. Todo es pagar y pagar, como dice la canción de Rockdrigo. Y lo peor: tenemos que pagar para morir. Claro, por adelantado, ya que muertos no podemos sacar la billetera para liquidar la cuenta de lo que costaremos ya muertos.

Uno de los ensayos más amplios del libro es “De algunas de las cosas que tomé por buenas y lo que resultó de ello”, y comienza con un énfasis en el gusto de la autora por los títulos a la usanza antigua, aquellos que empezaban con las fórmulas “De cómo…”, “De lo que…”, “De cuando…” y otros semejantes, que muchas veces encabezaban los capítulos como pasa en los Comentarios reales del Inca Garcilaso de la Vega. Luego de esto, Ruth avanza hacia el sobrevuelo de los trabajos que suelen atar al artista o a quien se cree artista. En el fondo, se trata de un texto cercano al debate actual sobre la experiencia de la enajenación en el mundo neoliberal: hay que ser productivos, no perder tiempo, ganar, reinventarnos, diseñar nuevos modelos de negocios, producir, atarnos al “emprendedurismo”. A su modo, la tesis de Ruth no deja de sintonizar con la renuncia a la productividad y la desaceleración propuesta, entre muchos más, por pensadores como Bifo Berardi o Kohei Saito.

“Color cúrcuma” es un elogio del té y otras infusiones descubiertas y preparadas por la autora durante la pandemia. Una prueba más de que todo es tema posible para las piezas de este libro.

El ensayo puede rozar los territorios de la crónica. De hecho, puedo rozar, invadir lo que sea. Es un género capaz de internarse en cualquier espacio, pasar por cualquier rendija. En “Pequeña manada sale a pasear”, con tono de crónica escrita en presente narrativo, la autora aprovecha una salida en bicicleta para reflexionar sobre nuestra condición de mamíferos esenciales y sobre los peligros y las emociones de la vida en una urbe, no lejana de la vida en la jungla. Obviamente, en los pliegues de la crónica se filtra el ensayo, la opinión subjetiva, la divagación mientras se da la “vagación” sobre dos ruedas.

“Duelos” supone el tránsito por el dolor ante la pérdida de seres físicos, sobre todo humanos, pero también sobre amistades y proyectos que han llegado a su fin. El dolor personal debe ser asimilado, nos dice la autora, en un proceso de aceptación que ojalá termine en el agradecimiento luego de convalecer ante las pérdidas.

Una evocación de la abuela cuasicentenaria aparece en “Los botones siempre fueron un tema aparte”, vagabundeo en el recuerdo de una mujer entregada al oficio de la costura y de la que Ruth Castro reconstruye vida, oficio y ámbito de trabajo. No me parece demasiado atrevido decir que de ahí le viene el gusto por la escritura y la edición, que a su modo es lo mismo que coser, unir tramos de palabras. De hecho, “texto” es una palabra hermana de “textura”, “textil” y del verbo “tejer”, de suerte que la metáfora “tejer textos” es casi un pleonasmo.

“Debo trabajar” es la pieza más breve del conjunto y añade un elemento interesante: el ensayo puede arrimarse mucho al terreno de la microficción.

El cuerpo nace marcado por rasgos y obligaciones según se nazca mujer u hombre. En “Para una cartografía de los cuerpos nubosos” la autora expone sutilmente la necesidad de una liberación del cuerpo, de un despojamiento o al menos de la conciencia de los prejuicios que determinan qué es o cómo debe ser el cuerpo.

“Con zapatos de tacón” no es un examen de la famosa cumbia interpretada por Bronco, sino un paseo típico del ensayismo clásico: asumir lo inmediato, en este caso el calzado, los zapatos, como punto de partida para pensar. ¿En qué? Ruth lo hace en torno a las imposiciones sociales, al abuso de los clichés estéticos, a la aceptación de sacrificios sólo para cumplir con los estereotipos. Una reflexión excelente, grata e incluso salpimentada por buenas dosis de humor.

La pieza titulada “Desolación” me deja ver que en la distancia corta, en sus textos más sintéticos, la autora avanza muy cerca del microrrelato. Hay allí un juego con la paradoja: el sol y sus rayos inclementes son tomados como lluvia, lluvia de luz y de calor, de energía que achicharra. Desaparece aquí el yo autobiográfico del ensayo, asume un tenue rasgo narrativo, y aparece un tú en segunda persona metido en una atmósfera atroz: la del calor habitual, por ejemplo, de La Laguna.

En “Affaire” reaparece el yo, la voz de la autora desde el fondo de las palabras. Se deja escuchar aquí una confesión: cómo se ha prendado de escritores y escritoras, y cómo eso ha sido elevado a la categoría de enamoramiento breve o largo, según sea cada caso. Creo que al leer este apunte no hay lector que no confiese una experiencia similar: leer con pasión es amar con pasión.

Un viejo y siempre novedoso tema, el del plagio en literatura, aparece en “Entrecomillar”. La autora recorre aquí, de manera sumaria, cuáles son las fronteras entre el robo y el préstamo, dónde se ubica el descaro y dónde la originalidad.

“El dificultoso oficio de comerciar libros” sirve como pretexto para hablar de su experiencia como lectora, de la relación física y emocional que ha mantenido con los libros. Su paso por librerías como compradora, trabajadora y dueña le ha permitido valorar la importancia del contacto directo con el libro y su gravitación en tanto objeto de cultura.

Por último, “Ixtlilxochitl” es un divertido ejemplo del camino que por lo regular recorre el ensayista: buscar un tema para escribir es propiciar casi de la nada la escritora: todo es tema, incluso no tener tema y buscarlo es tener tema. Es este texto casi una puesta en práctica de lo insinuado en el segundo ensayo, “Escribir desde la negación”

Saludo la llegada de este libro inteligente y grato, un buen modelo para quienes todavía quieran preguntarse qué es un ensayo. Aquí hay muchos de suyo interesantes, sabrosamente escritos y además muy bien editados en dominante tinta azul, el color del pensamiento, quiero creer.

Nota. Texto leído en la presentación de Pensar a caballo, pensar sobre la almohada, celebrada en la Feria Duranguense del Libro el 13 de julio de 2025. Victoria de Durango, Durango. Participamos Ruth Castro y yo. El libro está disponible en El Astillero Librería, Casa Juárez, Juárez y Degollado, Torreón. Muchas gracias a Shamir Nazer por la invitación y la organización. 

sábado, noviembre 23, 2024

Norte folk, entre la fantasía y el delirio


 

















Como sucede con las razas, no hay cultura que no sea mezcla de otras culturas, que no sea combinación, el resultado de algún mestizaje. Sólo la ingenuidad lleva a creer que esto no es así, que existe la posibilidad de que algo no sea producto de dos o más ingredientes a la vez. En el libro Norte folk (ICED, 2023), Óscar Bonilla (Gómez Palacio, 1996) ha procurado hibridar personajes legendarios de realidades alejadas para ubicarlos en México, y más precisamente en el norte, y más todavía, en Torreón, lo que se nota por la alusión a colonias y calles de esta localidad. El resultado de tal alquimia es un lote de seis relatos breves que aquí procederé a sobrevolar.

Como preámbulo debo señalar que los cuentos han sido construidos de manera lineal, con una prosa pulcra y despojada, aunque en numerosos párrafos se perciba un tenue impuslo poético principalmente cuando los personajes reflexionan sobre alguna circunstancia de sus vidas; todos son como trozos de experiencia, como crónicas de algún momento, así que acusan el guiño muy posmoderno de no urdir la trama para la última línea o la sorpresa de nocaut (la trick story de O. Henry) ni de construir dos historias a la vez, los famosos “dos hilos” de Piglia. En general, resumo, es fácil percibir estos rasgos recurrentes: los personajes son hombres jóvenes; los entornos son convencionales, casas, antros, colonias; la mayoría están narrados en primera persona; en casi todos hay sexo, alcohol, música y drogas; en todos se culmina en alguna viscosa forma de violencia y, por último, claro, en casi todas destacan hechos mágicos o sobrenaturales, aunque más adelante aclararé que sobre esto podemos asumir alguna reserva.

En cuanto a lo folk del paratexto “título”—si nos atenemos al origen arqueológico del neologismo propuesto en el siglo XIX y cuya palabra derivada más conocida es folclor—, puede ser entendido como la gravitación de un rasgo popular/tradicional en la cotidianidad de los personajes. Así el duende del primer relato, así el vampiro del segundo, así la mandolina diabólica que viene del pasado nipón en el que, según aquella cultura, ciertos objetos se animan luego de pasado un siglo, y así el personaje genéricamente llamado “kappa” del cuento homónimo. Son presencias de un contexto remoto pero ubicadas en un ámbito reconocible por nosotros en el tiempo y el espacio, como ya lo observé hace dos párrafos. Ahora sí, echo un vistazo a cada pieza.

“Kobold”, duende en alemán, narra la historia de un joven, acaso adolescente, que se traslada con sus padres de la Ciudad de México a un entorno que parece el nuestro, desértico. El protagonista narrador es arrancado de su espacio y llega a otro en el que habita una casa a la vez ya ocupada por un duende que canta acompañado por un acordeón. Este ser fantástico le narra su historia, los muchos años que pena solitario en ese lugar. El gnomo hace ruido, espanta a la gente. La situación no es obstáculo para que el nuevo inquilino trabe amistad con él, quien a su vez le hace un paradójico favor: permitir que la relación de sus padres, ya mala, estalle y el joven se libre de la tortura diaria de presenciar pleitos matrimoniales. A su vez, él gratifica al duende de una manera especial que no adelanto.

En “Vampiro” accedemos a una historia que podemos leer literalmente, decodificarla como parodia. El vampiro se muestra ávido de sangre femenina y puesto a sufrir, por falta de alimento, en nuestros andurriales. Mina, la mujer amada, lo ha abandonado y el alcohol no alcanza a satisfacer las cuotas de su ingesta diaria. Necesita sangre, y por ello sólo las mujeres de la noche pueden calmar el ansia del protagonista, quien en realidad es un kótex humano. Se trata de un cuento que sabe que es un cuento (el narrador omnisciente lo deja ver de manera explícita: “pues, como todos los vampiros, el vampiro de este cuento es vanidoso”) y que, como buen pastiche, busca nuestra sonrisa ante la comedia trágica de un chupapubis contumaz.

El cuento “Huli Jing” parece apartarse del registro fantástico o semifantástico de los dos anteriores. Salvo por el pasaje onírico-simbólico del bosque y la zorra, todo aquí es realista, casi casi de “palpitante actualidad”, para decirlo con la manida fórmula de los noticieros provincianos. Un joven apenas postadolescente tiene un amigo de ascendencia china. Radican en Torreón. El amigo a su vez tiene una sabrosa prima que ya estudia periodismo en la Ciudad de México y, dada tal vivencia, ella parece algo adelantada en su visión del mundo y en materia de reventón alcohólico y sexual. El personaje narrador soborna con la Play Station al amigo, se la presta durante todo el verano, con tal de tenerlo como Celestino. Él le presenta a la prima, quien muy pronto asume esta dinámica: entre que juega y toma en serio al protagonista. La fluctuación entre su mundo aniñado y burgués (snob en el abuso del inglés de serie televisiva) y cierta mirada irónica sobre la realidad social tornan un tanto inverosímiles las reflexiones del personaje, quien al mismo tiempo que juega Play es capaz de percibir en los estudios de periodismo, por ejemplo, un costado “romántico y miserable”. En este sentido vale enfatizar que los relatos en primera persona ponen en riesgo la verosimilitud cuando la circunstancia del personaje, o su habla, no parece cuadrar con lo que afirma y por qué y para quién lo afirma.

“Tsukumogami”, el relato más largo de Norte folk, desafía, como divertimento que camina por la cornisa, las leyes de la verosimilitud a menos de que aceptemos leerlo en clave onírica y suspendamos de manera tajante nuestra incredulidad. Un joven músico de rock, guitarrista y compositor, se encuentra bloqueado, las letras no fluyen de su imaginación. Aparece un amigo de origen japonés, Jorge Takahashi, quien asombrosamente se dedica a la trata de blancas y le regala una mandolina al parecer añeja que perteneció a su familia. Hasta aquí todo parece más o menos convencional, pero luego sobreviene un hecho extraño, ambiguo: su guitarra eléctrica amanece destrozada por razones misteriosas. A partir de aquí el relato agarra otro camino: la fuerza mágica (como en El ángel exterminador de Buñuel o en “Casa tomada” de Cortázar, por citar dos célebres ejemplos de esta índole) pasa a ocupar el centro de la escena; esta fuerza en realidad es la mandolina que hace de las suyas, empieza a demoler todo y provocar situaciones tan alucinantes como surrealistas en sentido casi estricto, es decir, que parecen sometidas a la desmesura de los sueños.

En el relato “Kappa” aparece otro personaje de la cultura japonesa tradicional. El kappa es una criatura de tamaño infantil, con caparazón de tortuga, dedos unidos con pellejo (como los de los patos) y una especie de agujero o cuenco en la cabeza, que siempre debe traer lleno de agua. Es experto en tropelías, en destrozos sociales. Uno de estos seres llega acá, a nuestro rancho, no sabemos cómo, y luego de ser exhibido y vejado de muchas formas, como el angelote de García Márquez, se escapa y acomete una multitudinaria venganza. Este tipo de cuentos, para ser eficaces, deben ser leídos sin adarme de escepticismo, como fantasías puras o como símbolos de algo que no alcanzo por ahora a discernir. Atrevo sin embargo una hipótesis: el kappa del cuento es sometido a humillaciones que generan en él resentimiento y azuzan su vocación de serial killer. ¿Esto es una metáfora de los linchamientos, por ejemplo, en las redes y el odio a la sociedad que se gesta en quien los padece? No sé, así que quizá sea mejor pensar en una fantasía literal, sin mensaje agazapado.

La última pieza del libro, “Mr. Hemingway”, también posibilita la lectura múltiple: literal, fantástica pura, simbólica, delirante, surrealista… Todo comienza como un suceso convencional: una familia recoge a un cachorro, Mr. Hemingway, y no pasa mucho tiempo para que el animal, o lo que sea que es, tenga sin antecedente previo un comportamiento humano. El narrador trabaja en una empresa automotriz y quiere progresar allí, obtener un ascenso. Un día se da esta oportunidad y en vez de ser elegido para el nuevo puesto, quien lo obtiene es Mr. Hemingway, el animal o lo que sea que es. Insisto: no sé si no alcanzo a precisar qué hay detrás de la anécdota, pues este tipo de textos desafía tanto que termina por insinuar 1) que es muy denso, o 2), que incurre en el facilismo de exponer lo que sea en el entendido de que cualquier situación incomprensible podría esconder una perla para el entendimiento del lector.

Comencé este comentario con una afirmación sobre el hibridismo cultural. En Norte folk tal observación es visible desde el título, pues sus piezas, la mayoría al menos, establecen un diálogo entre nuestro entorno y personajes engendrados por culturas remotas, lo que muestra el interés de Óscar Bonilla (que es un interés saliente en su generación) en realidades como la japonesa que tanto ha gravitado recientemente, como reflejo de su poder económico, por el cine, la literatura y sobre todo por la historieta llamada, hasta donde sé, manga o algo así.

Felicito al autor gomezpalatino por expandir su inquietud y sus temáticas más allá de nuestros tristes cerros. Ojalá que ustedes puedan asomarse a los espesos y pesadillescos microcosmos de Norte folk.

Nota. Texto leído en la presentación de Norte folk en la que también participaron Nadia Contreras y el autor; se celebró el 21 de noviembre de 2024 en el auditorio Jorge Méndez del Centro Cultural José R. Mijares, Torreón.