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sábado, julio 19, 2025

Al galope con Ruth Castro

 











Uno de los hábitos más frecuentes de la literatura es preguntarse sobre las colindancias de los géneros. Qué es un cuento, qué es una novela, hasta dónde llega la poesía, cuál es la forma de crónica y otras preocupaciones que nunca ha desvelado a la mayoría de los lectores. Antes tomaba muy en serio estas inquietudes, pero luego me di cuenta de que sólo servían sobre todo para facilitar el trabajo en las aulas, no tanto para resolver los problemas creativos del escritor o del periodista. Todavía es hora en la que, al leer y escribir, me planteo la definición genérica de lo que leo y escribo, pero sin caer en el fundamentalismo de la juventud. Si un libro es bueno o malo, da igual que sea del género que sea.

El libro de Ruth Castro que aquí presentamos se inscribe claramente en lo que conocemos como “ensayo”, precisamente uno de los géneros que más debate definitorio han provocado. ¿Qué es un ensayo?, se han y nos hemos preguntado incontables veces. En su estado más puro y antiguo, la respuesta está en Pensar a caballo, pensar sobre la almohada (El Astillero Libros-Arferit Editorial, Torreón, 2024, 117 pp.) en el que su autora no sólo ofrece en el primer ensayo homónimo su definición del espécimen, sino que también lo ejerce en las páginas que componen todo el libro. Por alusiones y dicho sea de paso, una parte de este volumen se desarrolló durante la pandemia, época que, si un beneficio tuvo, a muchos resultó adecuada para pensar y escribir.

A continuación y también a caballo, pero galopando, describo por encima cada una de las 21 piezas, todas breves y varias ilustradas por María José Ramírez:

“Pensar a caballo, pensar sobre la almohada” es un ensayo en el cual Ruth Castro reflexiona sobre el género que en ese mismo momento está practicando; el ensayo. Es pues una especie de metaensayo. Señala que este género tuvo dos grandes iniciadores, uno en occidente, con Michel de Montaigne, y otro en oriente, con la japonesa Sei Shönagon, quien escribió El libro de la almohada, una especie de diario con reflexiones sobre su circunstancia y a quien Ruth prefiere tener como engendradora del ensayo, 580 años antes que el francés a quien tenemos como padre del género. En aquel libro, Shönagon compartió sus problemas, su vida íntima, una especie de antecedente remoto del ensayo a lo Montaigne. La autora lagunera confiesa al paso que este es el género que más le acomoda.

El siguiente ensayo, “Escribir la historia con los pies”, es un elogio de la movilidad pedestre. Lamenta que a diferencia de los hombres, las mujeres no tienen la libertad suficiente para desplazarse por el mundo sin el miedo a muy diversos tipos de agresión. Con ideas de Rebecca Solnit como punto de partida (Una historia del caminar), luego habla sobre las marchas que permiten, gracias al desplazamiento a pie, mostrar inconformidades y reclamos de muy diversa naturaleza. Ruth Castro reafirma su convicción de ganar la calle, de disfrutarla y de convertirla en espacio público para la manifestación, para la crítica y para el disfrute. Es decir, opone la participación física, poner el cuerpo en la calle, a la queja digital contra los abusos de todo poder.

En “Fijación por los calcetines” la autora recurre a su memoria para evocar, mediante la escritura, la imagen de su padre, hombre con quien tuvo una relación polivalente entre el cariño, el distanciamiento, el recelo, la indiferencia y otros rasgos. Habla de su padre como un sujeto entregado a la curiosidad permanente por explorar con sus manos el mundo doméstico. Fue un gran desarmador y arreglador de objetos cercanos a la vida cotidiana, y entre las obsesiones de su padre como herencia del pasado estaba la de arreglar los calcetines mediante remiendos y así proyectar su vida útil. Esto podemos vincularlo con la idea que algunos filósofos, como Han, sostienen en relación con la pérdida de valor de los objetos, hoy desechables casi inmediatamente. Como en el oficio de costurera de su abuela paterna, Castro reconstruye su pasado a retazos, zurciendo como puede los fragmentos de tela real e imaginaria del recuerdo.

“Las piedras saben escuchar” es un ensayo breve y poemático dividido en todavía más pequeñas estancias en los que la autora reflexiona sobre su colección de piedras; ante la pérdida de una de ellas se lamenta de estos extravíos y piensa con certeza que las piedras son seres vivos capaces de transmitir emociones especiales a quienes saben escucharlas; otra vez nos encontramos con la idea de las “no cosas” en contraposición con las cosas, aquellas que permiten una adherencia del recuerdo mucho mayor que la posibilitada por los objetos resguardados en medios digitales.

“Atalanta” es un comentario sobre el libro Amazonas, guerreras del mundo antiguo, de Adrianne Mayor. Trata sobre el mito griego de una mujer excepcional: abandonada por su padre, criada por un oso y desdeñada y retada por hombres a los que vence en competencia. Este mito da pie a Castro para pensar en las historias, míticas o reales, de mujeres que se han impuesto a su circunstancia para afirmarse como seres creativos y fuertes.

En “Como peces flotando”, la ensayista lagunera trabaja sobre un libro de Jung en el que reflexiona sobre las casualidades y las casualidades. Da el ejemplo de los peces que (a Jung) reaparecen en un rato a propósito a sus tratos en la inmediatez de la vida cotidiana. Luego, a Castro le sucede lo mismo: muchos peces aparecen en apenas unas horas. Creo que a todos nos ha pasado, y sobre esto sospecho que se da un fenómeno relacionado con la atención: encontramos lo que estamos pensando, como ocurre cuando trabajamos un tema de investigación.

Una paradoja abraza “Escribir desde la negación”: es posible escribir cuando no se quiere o no se puede escribir. Ante el bloqueo, lo viable, dice Ruth, es escribir sobre el bloqueo, trabajar sobre la imposibilidad de escribir y de allí obtener algo: un producto de la escritura nacido como plantita en la aridez. Como en sus otros ensayos, un libro preside el fondo de estos párrafos; se trata aquí de Bartleby y compañía, de Enrique Vila-Matas, exploración del escritor catalán sobre obras en las que aparecen escritores abrumados por el bloqueo o prófugos de la escritura, como Rimbaud y Rulfo, entre muchos otros.

“Para vivir hay que pagar” es un agudo y sutil alegato contra la ubicuidad de los pagos. En efecto: vivir es sinónimo de pagar. Sólo los parias que deambulan en la calle se libran de esta piedra sisífica: todo hay que pagarlo. Hoy, aquí, estamos pagando. Tenemos celular y señal porque hay un pago. Podemos ponernos de pie porque nos alimentamos pagando la comida. No andamos desnudos porque compramos ropa. Todo es pagar y pagar, como dice la canción de Rockdrigo. Y lo peor: tenemos que pagar para morir. Claro, por adelantado, ya que muertos no podemos sacar la billetera para liquidar la cuenta de lo que costaremos ya muertos.

Uno de los ensayos más amplios del libro es “De algunas de las cosas que tomé por buenas y lo que resultó de ello”, y comienza con un énfasis en el gusto de la autora por los títulos a la usanza antigua, aquellos que empezaban con las fórmulas “De cómo…”, “De lo que…”, “De cuando…” y otros semejantes, que muchas veces encabezaban los capítulos como pasa en los Comentarios reales del Inca Garcilaso de la Vega. Luego de esto, Ruth avanza hacia el sobrevuelo de los trabajos que suelen atar al artista o a quien se cree artista. En el fondo, se trata de un texto cercano al debate actual sobre la experiencia de la enajenación en el mundo neoliberal: hay que ser productivos, no perder tiempo, ganar, reinventarnos, diseñar nuevos modelos de negocios, producir, atarnos al “emprendedurismo”. A su modo, la tesis de Ruth no deja de sintonizar con la renuncia a la productividad y la desaceleración propuesta, entre muchos más, por pensadores como Bifo Berardi o Kohei Saito.

“Color cúrcuma” es un elogio del té y otras infusiones descubiertas y preparadas por la autora durante la pandemia. Una prueba más de que todo es tema posible para las piezas de este libro.

El ensayo puede rozar los territorios de la crónica. De hecho, puedo rozar, invadir lo que sea. Es un género capaz de internarse en cualquier espacio, pasar por cualquier rendija. En “Pequeña manada sale a pasear”, con tono de crónica escrita en presente narrativo, la autora aprovecha una salida en bicicleta para reflexionar sobre nuestra condición de mamíferos esenciales y sobre los peligros y las emociones de la vida en una urbe, no lejana de la vida en la jungla. Obviamente, en los pliegues de la crónica se filtra el ensayo, la opinión subjetiva, la divagación mientras se da la “vagación” sobre dos ruedas.

“Duelos” supone el tránsito por el dolor ante la pérdida de seres físicos, sobre todo humanos, pero también sobre amistades y proyectos que han llegado a su fin. El dolor personal debe ser asimilado, nos dice la autora, en un proceso de aceptación que ojalá termine en el agradecimiento luego de convalecer ante las pérdidas.

Una evocación de la abuela cuasicentenaria aparece en “Los botones siempre fueron un tema aparte”, vagabundeo en el recuerdo de una mujer entregada al oficio de la costura y de la que Ruth Castro reconstruye vida, oficio y ámbito de trabajo. No me parece demasiado atrevido decir que de ahí le viene el gusto por la escritura y la edición, que a su modo es lo mismo que coser, unir tramos de palabras. De hecho, “texto” es una palabra hermana de “textura”, “textil” y del verbo “tejer”, de suerte que la metáfora “tejer textos” es casi un pleonasmo.

“Debo trabajar” es la pieza más breve del conjunto y añade un elemento interesante: el ensayo puede arrimarse mucho al terreno de la microficción.

El cuerpo nace marcado por rasgos y obligaciones según se nazca mujer u hombre. En “Para una cartografía de los cuerpos nubosos” la autora expone sutilmente la necesidad de una liberación del cuerpo, de un despojamiento o al menos de la conciencia de los prejuicios que determinan qué es o cómo debe ser el cuerpo.

“Con zapatos de tacón” no es un examen de la famosa cumbia interpretada por Bronco, sino un paseo típico del ensayismo clásico: asumir lo inmediato, en este caso el calzado, los zapatos, como punto de partida para pensar. ¿En qué? Ruth lo hace en torno a las imposiciones sociales, al abuso de los clichés estéticos, a la aceptación de sacrificios sólo para cumplir con los estereotipos. Una reflexión excelente, grata e incluso salpimentada por buenas dosis de humor.

La pieza titulada “Desolación” me deja ver que en la distancia corta, en sus textos más sintéticos, la autora avanza muy cerca del microrrelato. Hay allí un juego con la paradoja: el sol y sus rayos inclementes son tomados como lluvia, lluvia de luz y de calor, de energía que achicharra. Desaparece aquí el yo autobiográfico del ensayo, asume un tenue rasgo narrativo, y aparece un tú en segunda persona metido en una atmósfera atroz: la del calor habitual, por ejemplo, de La Laguna.

En “Affaire” reaparece el yo, la voz de la autora desde el fondo de las palabras. Se deja escuchar aquí una confesión: cómo se ha prendado de escritores y escritoras, y cómo eso ha sido elevado a la categoría de enamoramiento breve o largo, según sea cada caso. Creo que al leer este apunte no hay lector que no confiese una experiencia similar: leer con pasión es amar con pasión.

Un viejo y siempre novedoso tema, el del plagio en literatura, aparece en “Entrecomillar”. La autora recorre aquí, de manera sumaria, cuáles son las fronteras entre el robo y el préstamo, dónde se ubica el descaro y dónde la originalidad.

“El dificultoso oficio de comerciar libros” sirve como pretexto para hablar de su experiencia como lectora, de la relación física y emocional que ha mantenido con los libros. Su paso por librerías como compradora, trabajadora y dueña le ha permitido valorar la importancia del contacto directo con el libro y su gravitación en tanto objeto de cultura.

Por último, “Ixtlilxochitl” es un divertido ejemplo del camino que por lo regular recorre el ensayista: buscar un tema para escribir es propiciar casi de la nada la escritora: todo es tema, incluso no tener tema y buscarlo es tener tema. Es este texto casi una puesta en práctica de lo insinuado en el segundo ensayo, “Escribir desde la negación”

Saludo la llegada de este libro inteligente y grato, un buen modelo para quienes todavía quieran preguntarse qué es un ensayo. Aquí hay muchos de suyo interesantes, sabrosamente escritos y además muy bien editados en dominante tinta azul, el color del pensamiento, quiero creer.

Nota. Texto leído en la presentación de Pensar a caballo, pensar sobre la almohada, celebrada en la Feria Duranguense del Libro el 13 de julio de 2025. Victoria de Durango, Durango. Participamos Ruth Castro y yo. El libro está disponible en El Astillero Librería, Casa Juárez, Juárez y Degollado, Torreón. Muchas gracias a Shamir Nazer por la invitación y la organización. 

sábado, noviembre 23, 2024

Norte folk, entre la fantasía y el delirio


 

















Como sucede con las razas, no hay cultura que no sea mezcla de otras culturas, que no sea combinación, el resultado de algún mestizaje. Sólo la ingenuidad lleva a creer que esto no es así, que existe la posibilidad de que algo no sea producto de dos o más ingredientes a la vez. En el libro Norte folk (ICED, 2023), Óscar Bonilla (Gómez Palacio, 1996) ha procurado hibridar personajes legendarios de realidades alejadas para ubicarlos en México, y más precisamente en el norte, y más todavía, en Torreón, lo que se nota por la alusión a colonias y calles de esta localidad. El resultado de tal alquimia es un lote de seis relatos breves que aquí procederé a sobrevolar.

Como preámbulo debo señalar que los cuentos han sido construidos de manera lineal, con una prosa pulcra y despojada, aunque en numerosos párrafos se perciba un tenue impuslo poético principalmente cuando los personajes reflexionan sobre alguna circunstancia de sus vidas; todos son como trozos de experiencia, como crónicas de algún momento, así que acusan el guiño muy posmoderno de no urdir la trama para la última línea o la sorpresa de nocaut (la trick story de O. Henry) ni de construir dos historias a la vez, los famosos “dos hilos” de Piglia. En general, resumo, es fácil percibir estos rasgos recurrentes: los personajes son hombres jóvenes; los entornos son convencionales, casas, antros, colonias; la mayoría están narrados en primera persona; en casi todos hay sexo, alcohol, música y drogas; en todos se culmina en alguna viscosa forma de violencia y, por último, claro, en casi todas destacan hechos mágicos o sobrenaturales, aunque más adelante aclararé que sobre esto podemos asumir alguna reserva.

En cuanto a lo folk del paratexto “título”—si nos atenemos al origen arqueológico del neologismo propuesto en el siglo XIX y cuya palabra derivada más conocida es folclor—, puede ser entendido como la gravitación de un rasgo popular/tradicional en la cotidianidad de los personajes. Así el duende del primer relato, así el vampiro del segundo, así la mandolina diabólica que viene del pasado nipón en el que, según aquella cultura, ciertos objetos se animan luego de pasado un siglo, y así el personaje genéricamente llamado “kappa” del cuento homónimo. Son presencias de un contexto remoto pero ubicadas en un ámbito reconocible por nosotros en el tiempo y el espacio, como ya lo observé hace dos párrafos. Ahora sí, echo un vistazo a cada pieza.

“Kobold”, duende en alemán, narra la historia de un joven, acaso adolescente, que se traslada con sus padres de la Ciudad de México a un entorno que parece el nuestro, desértico. El protagonista narrador es arrancado de su espacio y llega a otro en el que habita una casa a la vez ya ocupada por un duende que canta acompañado por un acordeón. Este ser fantástico le narra su historia, los muchos años que pena solitario en ese lugar. El gnomo hace ruido, espanta a la gente. La situación no es obstáculo para que el nuevo inquilino trabe amistad con él, quien a su vez le hace un paradójico favor: permitir que la relación de sus padres, ya mala, estalle y el joven se libre de la tortura diaria de presenciar pleitos matrimoniales. A su vez, él gratifica al duende de una manera especial que no adelanto.

En “Vampiro” accedemos a una historia que podemos leer literalmente, decodificarla como parodia. El vampiro se muestra ávido de sangre femenina y puesto a sufrir, por falta de alimento, en nuestros andurriales. Mina, la mujer amada, lo ha abandonado y el alcohol no alcanza a satisfacer las cuotas de su ingesta diaria. Necesita sangre, y por ello sólo las mujeres de la noche pueden calmar el ansia del protagonista, quien en realidad es un kótex humano. Se trata de un cuento que sabe que es un cuento (el narrador omnisciente lo deja ver de manera explícita: “pues, como todos los vampiros, el vampiro de este cuento es vanidoso”) y que, como buen pastiche, busca nuestra sonrisa ante la comedia trágica de un chupapubis contumaz.

El cuento “Huli Jing” parece apartarse del registro fantástico o semifantástico de los dos anteriores. Salvo por el pasaje onírico-simbólico del bosque y la zorra, todo aquí es realista, casi casi de “palpitante actualidad”, para decirlo con la manida fórmula de los noticieros provincianos. Un joven apenas postadolescente tiene un amigo de ascendencia china. Radican en Torreón. El amigo a su vez tiene una sabrosa prima que ya estudia periodismo en la Ciudad de México y, dada tal vivencia, ella parece algo adelantada en su visión del mundo y en materia de reventón alcohólico y sexual. El personaje narrador soborna con la Play Station al amigo, se la presta durante todo el verano, con tal de tenerlo como Celestino. Él le presenta a la prima, quien muy pronto asume esta dinámica: entre que juega y toma en serio al protagonista. La fluctuación entre su mundo aniñado y burgués (snob en el abuso del inglés de serie televisiva) y cierta mirada irónica sobre la realidad social tornan un tanto inverosímiles las reflexiones del personaje, quien al mismo tiempo que juega Play es capaz de percibir en los estudios de periodismo, por ejemplo, un costado “romántico y miserable”. En este sentido vale enfatizar que los relatos en primera persona ponen en riesgo la verosimilitud cuando la circunstancia del personaje, o su habla, no parece cuadrar con lo que afirma y por qué y para quién lo afirma.

“Tsukumogami”, el relato más largo de Norte folk, desafía, como divertimento que camina por la cornisa, las leyes de la verosimilitud a menos de que aceptemos leerlo en clave onírica y suspendamos de manera tajante nuestra incredulidad. Un joven músico de rock, guitarrista y compositor, se encuentra bloqueado, las letras no fluyen de su imaginación. Aparece un amigo de origen japonés, Jorge Takahashi, quien asombrosamente se dedica a la trata de blancas y le regala una mandolina al parecer añeja que perteneció a su familia. Hasta aquí todo parece más o menos convencional, pero luego sobreviene un hecho extraño, ambiguo: su guitarra eléctrica amanece destrozada por razones misteriosas. A partir de aquí el relato agarra otro camino: la fuerza mágica (como en El ángel exterminador de Buñuel o en “Casa tomada” de Cortázar, por citar dos célebres ejemplos de esta índole) pasa a ocupar el centro de la escena; esta fuerza en realidad es la mandolina que hace de las suyas, empieza a demoler todo y provocar situaciones tan alucinantes como surrealistas en sentido casi estricto, es decir, que parecen sometidas a la desmesura de los sueños.

En el relato “Kappa” aparece otro personaje de la cultura japonesa tradicional. El kappa es una criatura de tamaño infantil, con caparazón de tortuga, dedos unidos con pellejo (como los de los patos) y una especie de agujero o cuenco en la cabeza, que siempre debe traer lleno de agua. Es experto en tropelías, en destrozos sociales. Uno de estos seres llega acá, a nuestro rancho, no sabemos cómo, y luego de ser exhibido y vejado de muchas formas, como el angelote de García Márquez, se escapa y acomete una multitudinaria venganza. Este tipo de cuentos, para ser eficaces, deben ser leídos sin adarme de escepticismo, como fantasías puras o como símbolos de algo que no alcanzo por ahora a discernir. Atrevo sin embargo una hipótesis: el kappa del cuento es sometido a humillaciones que generan en él resentimiento y azuzan su vocación de serial killer. ¿Esto es una metáfora de los linchamientos, por ejemplo, en las redes y el odio a la sociedad que se gesta en quien los padece? No sé, así que quizá sea mejor pensar en una fantasía literal, sin mensaje agazapado.

La última pieza del libro, “Mr. Hemingway”, también posibilita la lectura múltiple: literal, fantástica pura, simbólica, delirante, surrealista… Todo comienza como un suceso convencional: una familia recoge a un cachorro, Mr. Hemingway, y no pasa mucho tiempo para que el animal, o lo que sea que es, tenga sin antecedente previo un comportamiento humano. El narrador trabaja en una empresa automotriz y quiere progresar allí, obtener un ascenso. Un día se da esta oportunidad y en vez de ser elegido para el nuevo puesto, quien lo obtiene es Mr. Hemingway, el animal o lo que sea que es. Insisto: no sé si no alcanzo a precisar qué hay detrás de la anécdota, pues este tipo de textos desafía tanto que termina por insinuar 1) que es muy denso, o 2), que incurre en el facilismo de exponer lo que sea en el entendido de que cualquier situación incomprensible podría esconder una perla para el entendimiento del lector.

Comencé este comentario con una afirmación sobre el hibridismo cultural. En Norte folk tal observación es visible desde el título, pues sus piezas, la mayoría al menos, establecen un diálogo entre nuestro entorno y personajes engendrados por culturas remotas, lo que muestra el interés de Óscar Bonilla (que es un interés saliente en su generación) en realidades como la japonesa que tanto ha gravitado recientemente, como reflejo de su poder económico, por el cine, la literatura y sobre todo por la historieta llamada, hasta donde sé, manga o algo así.

Felicito al autor gomezpalatino por expandir su inquietud y sus temáticas más allá de nuestros tristes cerros. Ojalá que ustedes puedan asomarse a los espesos y pesadillescos microcosmos de Norte folk.

Nota. Texto leído en la presentación de Norte folk en la que también participaron Nadia Contreras y el autor; se celebró el 21 de noviembre de 2024 en el auditorio Jorge Méndez del Centro Cultural José R. Mijares, Torreón.


miércoles, octubre 02, 2024

Acequias 94 en línea

 

















Ya está en línea el número 94 de Acequias, revista de la Ibero Torreón. En su editorial describe grosso modo su contenido, éste:

“Las pedagogías del mal son aprendizajes que se movilizan con gran eficacia a través del miedo, la desidia, la apatía, la indiferencia. La injusticia estructural se sostiene en la convicción de que jamás podrá ser derrotada”, señala Juan Luis Hernández, rector de la Ibero Torreón, en el primer capítulo de Geopolítica de la esperanza, obra que nos convida a reflexionar sobre el imperativo de no caer en el derrotismo que paraliza y hace el juego a un sistema en el que campean la iniquidad y la negación a todo sueño de justicia social. El primer capítulo de esta publicación es aquí reproducido íntegramente.

En “La regla que nos divide”, Zaide Patricia Seáñez nos recuerda que la menstruación es una más de las condiciones que han sido invisibilizadas y por ello hay que atender incluso con legislación para resolver los problemas que genera y no sean, como hasta hoy, una desventaja más para la mujer en todos los espacios de su vida. De Fernando Javier Araujo y Juan José Rojas traemos un fragmento de su ensayo “Horizontes epistemológicos para la formación de jóvenes investigadores en derechos humanos” publicado en Entrelazar realidades (Ibero Torreón, 2024), libro colectivo de maestros y alumnos de la carrera de Derecho. Le sigue “Un sobrevuelo al edificio de la gestión estratégica”, de Andrés Rosales Valdés, repaso a la importancia de la planeación en todo organismo que aspire de entrada a la supervivencia mediante la innovación y luego a la obtención de resultados.

El artículo “Las elecciones hicieron presentes a las personas desaparecidas”, del periodista Luis Alberto López, describe, ante la desaparición forzada, una modalidad de visibilización puesta en marcha en las pasadas elecciones federales. Sigue “La polémica sobre el cometa de 1680 y 1681”, donde Fernando Fabio Sánchez traza las coordenadas históricas de una polémica entre los jesuitas Eusebio Kino y Carlos de Sigüenza y Góngora.

Una reseña sobre la novelista francesa Annie Ernaux, premio Nobel 2022, es la colaboración de Laura Elena Parra en estas páginas. Después, Alfredo Loera traza “Un largo adiós que no se acaba”, evocación de Teresa Muñoz, escritora y promotora cultural cuyo deceso sigue siendo lamentado en el ámbito cultural lagunero; sobre ella también, la reseña “Días de ceniza o los comienzos de la ebullición”. Cierran este número una reseña cinematográfica de Rodolfo Bañuelos y un cuento de Lucila Gamboa.

sábado, septiembre 28, 2024

Más sobre mexicas, tlaxcaltecas y españoles

 

















Entre 2019 y 2021 Saúl Rosales escribió un amplio lote de artículos sobre la conquista de México y muchas de sus implicaciones históricas y culturales. Luego de esto reunió una buena parte de aquella producción y fue publicada por la UAdeC en el libro Malinche y la conquista de México (Saltillo, 2023, 171 pp.). Lo presenté en su momento, así que mi parecer quedó asentado en una recensión después incorporada a la columna. Aprecié y aprecio tanto el contenido de tal libro que llevé cuatro ejemplares a Chile y Argentina en abril-mayo de 2024, y mi deseo es que hayan quedado en manos que sepan valorarlos.

Pasados unos meses, Saúl ha organizado otro libro que asimismo es producto del trabajo por él acometido entre 2019 y 2021: El poder tras el trono de Moctezuma. Religiosos quasi una fantasia (Mango Verde Fondo Editorial, Torreón, 2024, 104 pp.). No es difícil afirmar que aquel par de libros podría ser considerado un mismo título dividido en dos salidas. El tema, el tono, la extensión de las piezas y la inteligente agilidad de los análisis permiten sentir un impulso afín en su hechura, una equivalente capacidad ordenadora, un estilo análogo.

El título de esta segunda parte de los asedios de Saúl Rosales al mundo de la conquista se justifica por el ensayo más largo del volumen; en efecto, trata sobre “El poder tras el trono de Moctezuma”, es decir, sobre la gravitación de los sacerdotes mexicas en todas las decisiones del tlatoani gobernante. Ceñido a las dos más importantes “corónicas” sobre las vicisitudes de la conquista, la de Cortés y la de Bernal, aunque también cercano a las articuladas por Sahagún, Durán, Fernando de Alva Ixtlilxóchitl y la del cronista anónimo, el escritor lagunero verifica que los “papas” (así denomina Bernal a los sacerdotes indígenas) tenían un ascendiente pesado e ineludible en los gobernantes, tanto que son aquellos los oráculos por quienes fluyen realmente todas las decisiones de índole política. Pese a su catadura astrosa —tal vez algo parecida a la de los locos/parias de las actuales urbes—, los religiosos apuntalan, gracias a su fantasiosa interlocución con las deidades, toda asesoría al poder civil. Esto lo vieron el soldado y el misionero español, quienes inconscientemente dieron prelación al clero indígena en cada enunciado enumerativo de sus relatos: al ponderar y describir por escrito cualquier encrucijada política, el testimonialista europeo primero distinguía y mencionaba a los sacerdotes, luego a los gobernantes/caciques y al final, si era necesario, a los guerreros.

Los “papas” arrebataban entonces la iniciativa, eran el mando tras el mando. Son ellos quienes para todo detentan la última palabra: “En otro momento de este pasaje de la historia de la Conquista narrada por Bernal, el Capitán General le dice al Gran Tlatoani que, ya que andan allí [en uno de los templos], les muestre los dioses autóctonos. Esto da oportunidad de observar y resaltar cómo el jerarca mexica depende de los papas para tomar decisiones pues: ‘Moctezuma dijo que primero hablaría con sus grandes papas’. La suspicacia murmura: el poder tras el trono de Moctezuma”. De esto trata el primer largo ensayo del racimo.

Más cortos, los textos que siguen en el libro son aproximaciones a distintas escenas del mismo encontronazo histórico. Todas convocan la prosa divulgativa del autor torreonense, quien esquiva rebuscamientos o tecnicismos para, más bien, bordear cierto didactismo deseoso de aproximar remisos al conocimiento de la gesta protagonizada por mexicas, tlaxcaltecas y españoles.

En la mayor parte de los quince momentos del libro destaca pues el tratamiento de alguno de estos rubros: la guerra, los usos y costumbres indígenas y la herencia de la cultura precortesiana en nuestra actualidad. No para agotar lo que aborda, pues por suerte es inagotable, sino para atraer nuestra atención de lectores a pliegues de una realidad pasada y significativa en tanto cimiento psicológico de la nación que poco a poco se convirtió en lo que hoy llamamos México. Esto no es insinuado por el autor, sino dicho con todas sus letras, como lo hizo también en Malinche y la conquista de México. Observa, por ejemplo, en la pieza “Testimonio de 500 años de mestizaje”: “La potencia europea invasora, el grandioso imperio azteca que le resistió y la imbatible insumisión tlaxcalteca son los tres poderíos que sustentan, o deberían sustentar, el espíritu mexicano actual”. Más claro no es posible expresar este deseo (al que sin duda adhiero).

Cercos, matanzas, negociaciones, desacuerdos, estrategias, arremetidas y diferentes abordajes al plano bélico de la conquista son el tema central del conjunto. Lo épico (dicho esto en el sentido no obtuso de la palabra, o sea, no como la usan hoy muchos tarambanas que calcan servilmente el inglés) es la vértebra de El poder tras el trono de Moctezuma, pero a su vera hay algunos abordajes interesantes, como ya dije, sobre aspectos relacionados con la herencia de la cultura autóctona; particularmente subrayo los últimos cuatro: “Piciete, tabaco, marihuana”, “Nombres de hace cinco siglos”, “Nostalgia por las tunas” y “Alcoholismo del último umbral”), textos que trabajan, respectivamente, sobre el insumo mexica de lo que quizá era cannabis, sobre la imposición europea de la onomástica y los topónimos en la realidad domeñada, sobre la esplendidez del gordezuelo fruto que da el nopal y sobre el consumo de pulque sólo permitido a la senectud mexica y muy penado a los jóvenes.

Por todo, estas páginas son otra estimable invitación a rever la odisea de la conquista mexicana como lo que fue: la más asombrosa conjunción militar y cultural de arrojo, orgullo, resistencia, pasión y estoicismo que vieron en América los pasados siglos y no esperan ver los venideros.

Nota. El poder tras el trono de Moctezuma. Religiosos quasi una fantasia puede ser adquirido mediante el servicio de Amazon: pulse aquí.


miércoles, septiembre 25, 2024

Idea de Leer Libres

 











Claudia Soto y Elena Palacios son dos escritoras laguneras con un empuje envidiable. En un tiempo en el que se alienta el “emprendedurismo” (quizá la palabra más espantosa en los usos del infraespañol actual), ellas han decidido abrazar un proyecto que más que dividendos materiales deja, para nuestro asombro, frutos espirituales hoy ni siquiera bien aquilatados pues se relacionan con el gusto de escribir y de leer. Lectoras, escritoras, asistentes a talleres, presentadoras, Elena y Claudia ahora han conjuntado sus entusiasmos para crear, desde abril de este año, el proyecto Leer Libres Ediciones, cuyo primer producto es una serie de plaquettes con obra de ellas mismas y de escritores locales.

Aunque César Aira alguna vez confesó que la promoción de la lectura le parece un empeño baldío y en buena medida lo es dada la mayoritaria indiferencia al consumo de libros, no deja de ser meritorio que algunos prefieran creer con pasión en que todavía es viable estimular sobre todo a los jóvenes para que lean, como pasa con Elena y Claudia. El fruto de cualquier esfuerzo de este tipo siempre parecerá magro, pero es indudable que aún es posible sumar adeptos.

En el editorial de su primera plaquette (plaquette es el galicismo que se usa para designar una publicación de pocas páginas, generalmente grapada), las autoras señalaron que “Esta publicación quiere ser una sencilla aportación al campo literario de La Laguna, pues consideramos que este tipo de esfuerzos nunca están de más para conseguir que la literatura llegue a más personas en nuestra comunidad”. E inmediatamente después dan idea del contenido que abrazarán: “La Plaquette de Leer Libres tiene la finalidad de entretener con cuentos, recomendaciones de lectura y reseñas de libros, ejercicios de escritura y pasatiempos lúdico-literarios”.

Tengo y leí ya los tres primeros números (abril, mayo y junio de 2024) del cuadernillo de Leer Libres. Sé que ya van para su número seis o siete, todos con materiales de escritoras y escritores laguneros. Contienen sobre todo relatos y pequeños ejercicios verbales y literarios, materiales que nos ayudan a conocer nuevos autores y, sobre todo, a convivir con lo mejor del ser humano: la palabra.

Gracias a Elena y a Claudia por insistir en que leamos libres.

sábado, enero 27, 2024

Tres miradas en Falacias para un autorretrato













No es infrecuente escuchar que la poesía es el más elevado de los géneros. Lo dicen sobre todo, no sé si con sinceridad o por pose mentirosamente apiadada, los narradores y los ensayistas. Lo cierto es que sea excelente, buena, regular, mala o pésima, la poesía tiene el mérito de la supervivencia a contracorriente, el heroico logro de persistir pese a la falta de lectores y por ello mismo de ventas en un mundo en el que lo no comercializable está condenado a desaparecer. De ahí que podamos hacernos algunas preguntas: ¿por qué persiste la poesía? ¿A qué se debe su presencia en un mundo que la desdeña y no suele hacerla comparecer ante las cajas registradoras?

Puedo intuir, a modo de respuesta tentativa, que la poesía subsiste, así sea prendida con las uñas al universo bibliográfico, por dos de sus rasgos más salientes: al trabajo artesanal de la palabra y a su capacidad para exponer la intimidad de sus autores. Otros géneros tienen ventajas para generar conocimiento, para informar, para entretener, para construir universos mediante la imaginación, para especular con las ideas más abstractas; la poesía, cuando es genuina, las tiene para desnudar la subjetividad, para exhibir el yo, para diseccionar la anatomía del alma. En este sentido, el buen poeta no requiere semblanza: si su obra ha sido urdida sin dobleces, los versos revelarán su autorretrato. La poesía permanece pues porque en ella siempre se agazapa un rostro.

Un autor polimorfo como Saúl Rosales, quien ha ejercido el cuento, la novela, el ensayo, el artículo, el teatro, la crónica y más géneros, por supuesto que nos ha dicho quién es en el espectro de su ya larga escritura. Podemos adivinarlo en sus relatos, podemos suponerlo en sus opiniones periodísticas, pero nunca podremos hallarlo mejor expuesto que en su poesía, como sucede si nos adentramos en las páginas de Falacias para un autorretrato (IMCE, Torreón, 2023, 143 pp.), su libro más reciente. En él, el autor lagunero ha reunido una colección de poemas que no por personales dejan de concernirnos, de inquietarnos y en ciertos casos de ayudarnos a pensar, pues también éste es un usufructo de la poesía.

Falacias para un autorretrato está dividido en tres habitaciones: la primera lleva el mismo título general del libro, la segunda es “Instante de la foto” y la última es “Oficio del alcohol”. Ciertamente hay predomino de una temática específica en cada apartado, pero esto no significa que el tríptico carezca de un hilo conductor e inevitablemente el mismo tono melancólico, o más bien francamente apesadumbrado, en todo el libro. Para lograr un mejor discernimiento de su contenido hago mi propia clasificación de los poemas de acuerdo a las líneas temáticas que he percibido en cada uno. Categorizo pues el contenido de Falacias en tres subtemas: de reflexión (digamos) social, de asombro ante la belleza del arte y de la mujer, y de bancarrota espiritual. Obviamente, esto no significa que en los poemas no se den mixturas, cruces, nutricias vinculaciones entre los tres subtemas destacados.

Del primer inciso, el que ubico en la dimensión social, hay muchos ejemplos en la primera sección del libro, la más larga y miscelánea. Poemas como “Dinero llama dinero”, “Sabor fértil del trabajo”, “Quién debe gobernar”, “Destino de revolución”, “Sofocación de la insaciabilidad”, “Viaje único”, “Reserva de desempleados”, “Memorando de la tierra”, “Soledad del sánwich de tomate”, “La mula de la vida”, “Esquina de Progreso y Porvenir”, “Dolor de macrobús” y “Calidad debida”, entre otros. En estos poemas, como rasgo general, se enuncia la posición ideológica, siempre zurda, desde la que mira el poeta, y los temas específicos rondan asuntos como la enajenación, el desempleo, el consumismo, el individualismo, la solidaridad, la falta de compromiso, entre otros. El autor no teme ser aquí tan explícito como es posible:

Un día y otro día el trabajo no aparece

lo único que existe en abundancia

para la esperanza y las necesidades juveniles

son plazas en el ejército nacional de reserva…

Otro amplio sector del poemario trabaja con la materia de lo que aquí he denominado “asombro ante el arte y la mujer”. Reitero que lo social, el tema anterior, puede también subyacer en los poemas de esta segunda índole, pero de un modo menos enfático. Casi toda la sección denominada “Instante de la foto” y buena parte de la primera, homónima del libro, destaca el brillo de la mujer como destinataria de veneración y de caricias aunque sólo sean ópticas; también, es resguardo de varios poemas en los que cuaja un asombro similar pero ante el arte principalmente musical y un poco menos el literario. Poemas como “Sueño de pintar”, “Manos de arquitecta” son ejemplo del tributo al imán femenino, y para muestra basta un fragmento de “Regazo de sol” en el que luego de describir la búsqueda de sol de unas precarias plantas domésticas, el poeta acusa igual inclinación, como la de sus árboles:

Igual yo

hacia esa forma de sol que eres

mujer

me desbordo

como hacia el alba, la aurora, la plenitud, la razón, el fin.

Eres regazo magnético de sol.

En este mismo territorio deambulan varios poemas asimilables a la llamada ars poética, es decir, aquellos poemas cuyo tema es la misma poesía (“Taller para el oficio”, “Agua de poetas” y varios más), además de los ya mencionados poemas de conmoción ante el arte como “Canción de Grieg”, “Minuto assai”, “Alba de Madera” o “Luna de miel con Gloria Lasso”

La sección final, “Oficio del alcohol”, alude al tequila y al vino como sedantes del infortunio, no como voraz ingesta que desbarata el ser. Igual que en varios poemas de las otras dos secciones, aquí la consciencia del fracaso, de la frustración, de la derrota y su deriva en el apocamiento son recurrentes, tanto que estos sentimientos, a todas luces malqueridos por quien los padece, sólo pueden ser mitigados con unas gotas de vino y en menos cantidades de tequila. Son los poemas que hace algunos párrafos ubiqué en el rubro “bancarrota espiritual” expresada frente a la mancha venenosa de la soledad y sus rigores.

Por todo lo dicho, y principalmente por todo lo no dicho aunque sobrevolado, Falacias para un autorretrato es un libro sobre tres poetas que conviven en Saúl Rosales. Podemos dialogar con los tres, con dos de ellos o con uno solo. En cualquier caso estaremos ante un ser humano auténtico, transparente en su asombro y en su tenaz abatimiento.

Comarca Lagunera, 25, enero y 202

Nota. Texto leído el 25 de enero de 2024 en la presentación de Falacias para un autorretrato celebrada en el recibidor de El Siglo de Torreón. Participamos Nadia Contreras, el autor y yo.

sábado, diciembre 02, 2023

Frente al recuerdo de Emilia


 











En Los veranos con Emilia (An-alfa-beta, Guadalupe, NL, 2023, 85 pp.), primera novela de Óscar Bonilla (Gómez Palacio, Durango, 1996), un narrador-personaje escudriña su pasado y lo que encuentra en este ejercicio es una película en tonos sepias, melancólica y casi ajena a su presente, como si no hubiera sido él quien la protagonizó. Tal extrañeza no es tan poco común: ¿no nos sentimos un tanto ajenos al pasado que hemos recorrido?, ¿acaso la distancia en el tiempo y a veces también en el espacio no nos lleva a pensar que no vivimos lo que vivimos?, ¿no nos parecen remotas y ya borrosas nuestras peripecias de la niñez y la juventud, una especie de duplicidad entre el ser y el no ser o más bien entre el haber sido y en no haber sido?

Este es un primer acierto de la nouvelle de Bonilla: colocarnos ante un escenario inestable, aneblado, el escenario del recuerdo proyectado sobre las páginas de Los veranos con Emilia. Sabemos con certeza que nuestro narrador es un adulto, y que su relato se edifica a partir de una ausencia por la cual, así sea difusa, experimenta los puyazos de una culpa retrospectiva. Vemos sus andanzas, su crecimiento individual, sus vacilaciones y la precariedad de su educación sentimental, pero siempre en un trasfondo colectivo que acusa los traumatismos impuestos por la violencia convertida en flagelo de la convivencia cotidiana.

Un lector lagunero, es decir, cualquiera de nosotros, podría admitir que el momento en el que se desarrolla la historia de Los veranos con Emilia es ubicable entre 2008 y 2012. Fue, como sabemos, un periodo peculiar en la vida de nuestra región, ya que todos nos resguardamos ante la frecuencia y el ímpetu de los desaguisados que ponían en riesgo la vida de cualquier ciudadano frente a la brutalidad perpetrada sobre todo por los narcotraficantes sin rostro apoderados del entorno. Esta turbulencia fue padecida en grado superlativo por la economía local, que cerró negocios, aniquiló la vida nocturna y la ebullición normal de nuestra convivencia. Por un toque de queda tácito, nadie o casi nadie osaba profanar con sus plantas los espacios habituales de la fiesta, los antros, los restaurantes, los cines, y es de todos sabido que los padres de familia padecieron la zozobra sin freno que representaban las salidas de sus hijos con el fin de distraerse. Fue un tiempo, lo dice el personaje-narrador de la novela, de reuniones en patios familiares, de pachangas en colonias cerradas, de “pijamadas”, pues no era recomendable el regreso de los jóvenes durante la madrugada luego de las fiestas. En este trasfondo histórico camina el recuerdo desarrollado en el libro, recuerdo que se convierte en una sutil evidencia de los estragos producidos por las guerras, cualquiera que sea su tipo y su intensidad.

Como corresponde, sin embargo, a la mirada del personaje joven, él no tiene ni la claridad ni la perspectiva para analizar los hechos como si fuera un sociólogo; sólo describe lo que ve, casi sin juzgarlo. De índole desapegada, escéptica, silenciosamente inconforme como la de muchos adolescentes, el narrador está en lo suyo, descubriendo el mundo que poco a poco abandona la niñez y todos sus flecos de inocencia. Está en el paso de la secundaria a la prepa cuando comenzamos a seguir su andanza. En la escuela, donde se relaciona con todos de manera díscola, encuentra a Emilia, una joven que lo supera en desenfado ante el roce social. No la describe como una muchacha bella, más bien ordinaria, de actitud desafiante. Sin quererlo, se enamora de ella con un amor también algo desapasionado y que no llega al arrebato. En medio de una vida estudiantil sosa, entre tareas, reuniones con amigos idiotas, clases inútiles de teatro, la aparición de la atractiva Sara y un revolcón con una señora adulta, Emilia se expande como mancha de tinta en su interior, siempre en una oscilación ambigua entre la lejanía y la cercanía, entre el quererla y el no quererla.

No es difícil entender Los veranos con Emilia como un producto literario en el que se despliegan los dos impulsos propuestos por Freud como instintos básicos de la vida humana: el eros y el tánatos, el amor y la muerte. Por un lado, el narrador al que se le descubre poco a poco el mundo de una sexualidad accidentada, pobre, mediada por la pornografía y la autocomplecencia, y por otro una realidad acribillada por la violencia y sus consecuencias fúnebres. En esta revolutura crecen el narrador y sus coetáneos, de suerte que la novela es una especie de bildungsroman colectiva.

Ha observado bien Liliana Blum al afirmar que Los veranos con Emilia es una novela pulcra “en la que nada falta ni sobra” y en la se nos muestra cómo “intentamos aprender a ‘caber’ en el mundo, suponiendo que hay un lugar para nosotros”, pero “en realidad lo único que las primeras experiencias nos dejan es la certeza de que la vida sigue, con o sin nosotros, nos guste o no”. Al narrador de esta historia le queda claro pues que la vida avanza y va dejando huecos, lastimaduras, heridas que luego será imposible restañar en lo que solemos denominar “la madurez”.

Óscar Bonilla ganó en 2017 el premio de cuento Juana Santacruz con “Las vías del tren”. En 2020 ganó la beca Arte Resiliente otorgada por la Secretaría de Cultura de Coahuila; con este estímulo trabajó El esqueleto, el hada y otros textos, su ópera prima, y el mismo año obtuvo el premio nacional Juan Rulfo para primera novela con Los veranos con Emilia, libro que desde ya nos anuncia una carrera literaria que debemos seguir con mucha atención. 

Nota. Texto leído el 29 de noviembre de 2023 en la presentación de Los veranos con Emilia en la Casa Mudéjar de Torreón. Participamos el autor y yo.

sábado, noviembre 25, 2023

Encuentros fortuitos, el cuento como desafío










Entre otras, una de las responsabilidades del editor es, a veces, cuando no hay quién lo materialice o se lo piden, escribir el texto que aparecerá en la espalda del libro, aquel lugar que todos hemos visto ubicado en lo que la mayoría conoce como “contraportada” y en el argot editorial denominamos “cuarta de forros”. Suele ser un texto no firmado y siempre, sistemáticamente, elogioso, pues lo que procura es invitar al potencial lector a comprar el libro y quizá también, si no es mucho pedir, a leerlo. Por ello, es muy difícil, por no decir imposible, encontrar que este género de escritura consigne que el libro es aburrido o prescindible. El texto de la cuarta de forros presupone el aplauso, el espaldarazo y muchas veces el confeti más irresponsable.

Cuando escribí y firmé las palabras para la cuarta de forros del libro Encuentros fortuitos (UANL-Ibero Torreón, 2023) ya estaba segurísimo de mis afirmaciones, sobre todo de la última línea. Cito el convite: “El dolor, la rabia, el humor, la desesperanza, el vacío y la incertidumbre son algunas de las estaciones del alma que atraviesa Encuentros fortuitos, segundo libro de cuentos de Miguel Báez Durán. Armado con una prosa más que bien templada y en todo momento espesa de literatura, el autor nos lleva a convivir con personajes que habitan la frontera simbólica entre México y Canadá, sujetos cuya inestabilidad nos permite suponer, por extensión sinecdóquica, la inestabilidad de la vida, el monstruo que acecha detrás de cualquier rutina o sensación de bienestar. Así, una turista canadiense entregada a la caridad indolora pierde misteriosamente la vida en Cancún, una madre alucina con las caricaturas niponas que podrían contaminar a su hijo, unos pelagatos edifican a punta de memeces su indestructible ego, una mujer es acosada por los arañazos del amor y la maternidad, un escritor revisa su fracaso en el espejo del reconocimiento ajeno y remotísimo, un inquilino con anhelos de serial killer reflexiona sobre el cese taxativo del ruido en su vecindario y, por último, un sujeto queda hecho pomada por la belleza fugaz e inalcanzable. He aquí, dicho de manera muy sintética, el contenido de Encuentros fortuitos, libro que evidencia la pericia narrativa de Miguel Báez Durán, escritor pleno de imaginación y de recursos para usarla, sin duda un maestro del nocaut cuentístico”.

Insisto: al escribir lo anterior sabía que el minitexto de la cuarta debía terminar de manera categórica y subrayar que Miguel Báez Durán (Monterrey, NL, 1975) es un “maestro del nocaut cuentístico”. Razonar esta afirmación aparentemente excesiva es el propósito de los renglones que ofrezco a continuación.

Diré en esta nueva oportunidad, para empezar, lo que he repetido muchas veces sobre todo en los talleres literarios: que el cuento es un género literario peliagudo, fácil nada más para quienes lo observan desde la otra orilla del río. Es pues un error juzgarlo por su complexión breve, pensar que el cuentista es un tipo que se sienta, relata una anécdota y termina en la cuartilla dos o cinco o diez, cuando la aventura narrada ha terminado. Así de sencillo y así de falso. Se le minusvalora en principio por su brevedad: ¿qué tan difícil puede ser sancochar un texto corto?, piensan muchos. Lamento decir que la brevedad es apenas su característica más saliente, la punta de un iceberg que debajo esconde —cuando el cuento es eficaz, cuando el cuento es, como quería Poe, impactante— un montón de malicias, tantas que por ello muchos narradores le sacan la vuelta y optan por la escritura quizá más relajada de la novela, género que asimismo demanda otras pericias.

Pues bien, digo que Miguel Báez es un maestro del cuento no por capricho o por los imperativos de la amistad, sino porque sus cuentos son dispositivos literarios que admiten la lectura más puntillosa. En Encuentros fortuitos no asistimos a la escritura de un aprendiz, de alguien que apenas tantea con paso titubeante el terreno movedizo del cuento. Al contrario, en este libro estamos frente a la presencia de un narrador ya dueño de todos los recursos necesarios para articular historias compactas, emotivas, dignas de figurar en la biblioteca más rigurosa. Pienso de nuevo en la extensión; pese a que se trata de cuentos largos, la apretada intensidad de cada pieza crea la impresión de vertiginosidad, rasgo propio del cuento, casi como si en la lectura asistiéramos a un viaje en caída libre.

Los cuentos avanzan sin detalles que queden librados al azar, sin distracciones parasitarias, siempre al servicio del asunto central, siempre apegados al conflicto del protagonista. Desde cada uno de los arranques sabemos de un propósito, de un deseo clavado como daga en el espíritu de cada personaje principal, y hacia allá, a ver cumplido o frustrado ese deseo, avanzamos guiados por una prosa que no se da reposo en su fluidez, casi frenética en el despliegue de las peripecias y sin embargo espesa de belleza literaria, henchida de giros que nos permiten apreciar la soltura de un narrador que se apodera de un tono y no lo suelta hasta persuadirnos de que lo contado está muy bien contado, con las medidas justas de velocidad, introducción de detalles y verosimilitud.

En los siete cuentos que habitan este libro conviven las mejores herramientas de la narrativa. Por ejemplo, una que no es frecuente encontrar en otros escritores: la capacidad para bucear minuciosamente en el alma de los personajes, la destreza para sumergirse en interiores atormentados, en vidas que encallan en miedos, en odios, en obsesiones, en tristezas recónditas, en muy pocos, poquísimos o de plano nulos motivos de alegría. No se ha equivocado Saúl Rosales, quien tras leer los cuentos de Encuentros fortuitos me comentó que, natural o aprendido, hay algo de destoyevskiano en los microcosmos urdidos por Miguel Báez. Y sí, la mayor parte de los personajes que deambulan por estas páginas son sujetos sujetos a un pequeño infierno, seres incrustados en la urbe que bajo la cutícula de civilización no pueden evitar los manotazos de la soledad y la barbarie.

He compartido con su autor los títulos de mis relatos preferidos. Con los libros de cuentos, como ocurría antes con los discos y sus canciones, siempre pasa esto: uno selecciona en la cabeza las piezas que más le cuadran. No citaré aquí cuáles son, para no prejuiciar más al lector con mi opinión. Sólo diré, como cierre de mi reseña, que este libro es un dechado de libro de cuentos, que todos sus párrafos han sido concebidos, problematizados, ejecutados y revisados con lupa por un escritor lagunero desbordante de talento literario y voluntad creativa, por Miguel Báez Durán, un narrador que ha aceptado los desafíos del cuento y ha salido airoso como lo que es: “un maestro del nocaut cuentístico”.

Comarca lagunera, 22, noviembre y 2023

Nota. Texto leído en la presentación de Encuentros fortuitos (UANL-Ibero Torreón, 2023) celebrada el 22 de noviembre de 2023 en la Galería de Arte Contemporáneo del Teatro Isauro Martínez, Torreón. Participamos Mariana Ramírez Estrada, el autor y yo.

jueves, octubre 26, 2023

Días de ceniza o los comienzos de la ebullición

 














Teresa Muñoz (Minatitlán, Ver., 1967) es autora del libro de cuentos El fin de la inocencia y ha participado como escritora en las antologías El tejido de la mujer araña, maternidades disidentes y Mexicanas al grito de ¡Ya basta! Autora de las columnas Las actrices también leen, publicada en la revista electrónica Bitácora de Vuelos.

Esta semblanza es apenas una mirada breve al trabajo escrito de Tere Muñoz, pero por supuesto no la abarca en su totalidad; por ello, a tales renglones habría que sumar su labor como maestra, actriz, coordinadora de la Escuela de Escritores de La Laguna, promotora cultural y, claro, madre de familia. A la vera de las mencionadas actividades ella ha sabido, además, distribuir los frutos de su escritura, como en 2022 sucedió con la novela Días de ceniza.

Este segundo libro narrativo individual de Tere es todavía una novedad editorial que no dudo en celebrar por varias razones. Se trata de una bildungsroman, palabra alemana que, como sabemos, significa “novela de formación” o “novela de aprendizaje”, es decir, una historia en la que se nos cuenta el proceso mediante el cual un personaje ase su cosmovisión o edifica su ser frente a la realidad. Por esta razón, los protagonistas de las bildungsromans son jóvenes, la mayoría de las veces adolescentes, como es el caso en Días de ceniza. De este tipo, un ejemplo famoso en México sería De perfil, de José Agustín, y, en otra lengua, El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger.

En Días de ceniza la protagonista es una adolescente. Vive en una zona petrolera del trópico mexicano, lugar al que migró con su familia —padre, madre y hermano— luego de radicar en el semidesértico norte. La joven atraviesa durante el relato la metamorfosis de su cuerpo y los primeros pálpitos del deseo sexual. Con una prosa tenuemente poética, fresca, nada afectada, nos adentramos en el mundo de sensaciones físicas y conflictos morales que son habituales a esa edad de descubrimientos y, la mayor parte de las veces, de miedos y frustraciones ante los reclamos de la piel.

La edad de Clarisa, la protagonista, ronda los trece o catorce años cuando comenzamos a conocer su historia. En Minatitlán, Veracruz, a donde recaló su familia por un brinco laboral del padre, todavía alcanzamos a ver la convivencia de la narradora con Esteban, su hermano, mientras ambos son niños y juguetean sin malicia. Pero la transición de la niñez a la pubertad agudiza su percepción y modifica las prioridades desde dentro del cuerpo: con los cambios físicos sobrevienen los cambios sociales, y Clarisa comienza su accidentado camino hacia el encuentro de nuevas amistades, hacia el mundo de los deseos ignotos y hacia el ejercicio de una sexualidad desorientada, fortuita.

Las relaciones familiares de la joven terminan por astillarse: con su hermano se da el natural alejamiento marcado por las diferencias de edad y de sexo; con su padre se abre un agujero cada vez más ancho porque para él sólo prima el trabajo y no la cercanía con los hijos, y de su madre se va apartando porque ella vive sumida en un ensimismamiento que a duras penas encubre la frustración matrimonial. En este contexto, lo lógico es encerrarse en una habitación o hallar, azarosamente, amistades coetáneas en el barrio y en la escuela. Todo lo que en este momento ocurre en su fuero íntimo tiene, para Clarisa, una explicación vaga, arbitraria, pero es en la relacionada con su sexualidad en donde más conflicto aparece. ¿Qué son esos cambios acusados por su cuerpo? ¿Qué significa la misteriosa ebullición en su interior? ¿Está bien pensar y hacer lo que le demandan sus hormonas?

Las respuestas que ella sola puede darse no son, obvio, claras. Ante la falta de orientación, ante los dos pétreos silencios de sus padres, Clarisa queda a merced de la casualidad, del azar que no le explica nada, pero que pone frente a su cuerpo los primeros conatos de placer. Por casualidad encuentra a Rosana, precoz amiga de su escuela; por casualidad vive Andrés en el vecindario, y por casualidad por allí ronda también Gerardo. Con ellos tres, en diferente grado y momento, nuestra protagonista se va haciendo una idea de lo que significan los entreveros de la carnalidad. Pero insisto, todo lo que bulle en su ser es opaco, neblinoso, atractivo y desconcertante al mismo tiempo.

Estamos pues ante una historia ubicada en los albores de la era internética, en los ochenta, de ahí que su banda sonora sea Abba, grupo favorito de Clarisa. Todavía en aquel momento los y las jóvenes dependían, para formarse en educación sexual, de sus padres o de la calle, y no como ocurre ahora tras la revolución digital en la que los adolescentes aterrizan en la adultez ya formados o deformados por el consumo apabullante de pornografía de todos los calibres.

Clarisa, pues, maniatada por el azar, sueña con los encuentros eróticos, con los besos, sin saber bien a bien en qué consisten realmente aquellas prácticas ni cómo se manejan. Todo en el camino del descubrimiento es accidental, como cuando encara por primera vez a Andrés, el vecino, con quien tiene un roce tan candente como tosco y confuso.

Dos personajes femeninos en el entorno de Clarisa pueden ser los dos caminos que se le presentan en la vida: Rosana, la amiguita, puede simbolizar el desenfado ante el sexo, pues en más de un momento ella le demuestra su liberalidad, la manera absolutamente relajada con la que lo asume; y su madre, quien con el matrimonio estableció un pacto para alcanzar cierto ascenso social pero no terminó por conformarse con el destino de soledad y depresión al que la condenó el estatus de esposa, finalmente hecho trizas. Dicho esto de paso, tal vez sea atendible suponer cierta simetría entre Clarisa y su madre, pues ambas tienen adherida en la mente una obsesión de parecida índole.

Un rasgo a destacar en Días de ceniza (titulada así por la erupción del volcán Chichonal, de Chiapas, en marzo de 1982, lo que marca la época en la que se ubica el relato además de ser símbolo de otro tipo de erupciones, como la sexual en este caso) es la sinceridad y, como dije antes, la frescura de su prosa. Sin renunciar a una tesitura literaria pero verosímil en la primera persona de Clarisa, no incurre en la puritanería, en las elipsis pudibundas ante lo erótico, y llama por su nombre a lo que debe llamar por su nombre, así sea lingüísticamente vidrioso. Por ejemplo, en este pasaje de la página 53, en uno de los fugaces encuentros con Andrés, fragmento donde la palabra “labios” va más allá de lo que pensamos tras leerla: 

Esta vez la carcajada se fue transformando en gemidos alegres a medida que él pasaba la lengua alrededor de mis labios y la introducía en mi cavidad. Tocó algo que desconocía y me dejé llevar a este centro de placer intenso que no quería dejar de sentir, necesitaba esa lengua por siempre ahí abajo, lamiendo, chupando, rozando, acariciando todos mis recovecos y humedeciéndome una y mil veces más. 

Intensa y ágil novela de iniciación, bien escrita y mejor ambientada, Días de ceniza nos coloca frente al adolescente que fuimos y frente a un misterio que, creo, jamás se desvanece: cómo diablos atravesamos esa etapa —nuestros días de ceniza sin morir en el intento.

Comarca Lagunera, 25, octubre, 2023

Nota. Texto leído en la presentación de Días de ceniza celebrada en Zoom el 25 de octubre de 2023. Participamos la autora, Juan Noé Fernández y yo. La actividad fue organizada por Nadia Contreras, coordinadora de literatura del IMCE Torreón. La novela puede ser adquirida aquí: Amazon.

miércoles, octubre 25, 2023

Novela de Tere Muñoz

 











Teresa Muñoz (Minatitlán, Ver., 1967) es autora del libro de cuentos El fin de la inocencia y ha participado como escritora en las antologías El tejido de la mujer araña, maternidades disidentes y Mexicanas al grito de ¡Ya basta! Autora de las columnas Las actrices también leen, publicada en la revista electrónica Bitácora de Vuelos y Los riesgos del ocio.

Esta semblanza es apenas una mirada breve al trabajo escrito de Tere Muñoz, pero por supuesto no la abarca en su totalidad; por ello, a tales renglones habría que sumar su trabajo como maestra, actriz, coordinadora de la Escuela de Escritores de La Laguna, promotora cultural y, claro, madre de familia. A la vera de las mencionadas actividades ella ha sabido, además, distribuir los frutos de su escritura, como en 2022 sucedió con la novela Días de ceniza.

Este segundo libro narrativo individual de Tere es todavía una novedad editorial que no dudo en celebrar por varias razones. Se trata de una bildungsroman, palabra alemana que, como sabemos, significa “novela de formación” o “novela de aprendizaje”, es decir, una historia en la que se nos cuenta el proceso mediante el cual un personaje ase su cosmovisión o edifica su condición humana. Por esta razón, los protagonistas de las bildungsromans son jóvenes, la mayoría de las veces adolescentes, como es el caso de Días de ceniza. De este tipo, un ejemplo famoso en México sería De perfil, de José Agustín, y, en otra lengua, El guardián entre el centeno, de J.D. Salinger.

En Días de ceniza la protagonista es una adolescente. Vive en una zona petrolera del trópico mexicano, lugar al que migró con su familia —padre, madre y hermano— luego de vivir en el semidesértico norte. La joven atraviesa durante el relato la metamorfosis de su cuerpo y los primeros pálpitos del deseo sexual. Con una prosa tenuemente poética, fresca, nada afectada, nos adentramos en el mundo de sensaciones físicas y conflictos morales que son habituales a esa edad de descubrimientos y, la mayor parte de las veces, de miedos y frustraciones ante los reclamos de la piel.

Díaz de ceniza será presentada hoy (sólo en línea) en el Facebook del Instituto Municipal de Cultura y Educación de Torreón. Participaremos Juan Noé Fernández, la autora y yo.

sábado, octubre 21, 2023

Un año sin Gilberto Prado Galán

 










Perdimos a Gilberto Prado Galán hace, hoy, exactamente un año. Lo recuerdo aquí con la presentación que publiqué en el libro dedicado a su memoria, libro cuya descarga gratuita puede ejecutarse aquí.

Casi años, 39 para ser exacto, orbité en el círculo amistoso de Gilberto Prado Galán (Torreón, Coahuila, 20 de septiembre de 1960-Ciudad de México, 21 de octubre de 2022). Hombre de querencia fácil, lo más opuesto a un misántropo que puedo imaginar, Gilberto tenía muchísimos amigos y aún más conocidos. Pese a esto, sé que ocupé en su vida de cuate y de colega escritor un sitio distinguido, tanto que a mi parecer, y perdón por la vanidad, fue y será él uno de mis cinco o seis mejores amigos. Su partida reciente, por ello, me golpeó como una turbulencia que no dejará de cimbrarme, casi como si con él se hubiera ido un pedazo fundamental de mi propia existencia. “Un amigo es uno mesmo en otro pellejo”, dijo Yupanqui que dijo un hombre de campo al que alguna vez oyó de pasada, y siento que en el caso de Gilberto eso era para mí, sin duda: uno mesmo en otro pellejo.

La noticia de su pérdida me llegó en un momento de tremenda agitación personal. Una semana después del 21 de octubre de 2022 emprendí un viaje en pareja largamente preparado. Luego, al regreso, me esperaban otros dos viajes más cortos y el cierre laboral del año en la universidad. Salvo dos entregas de mi columna periodística —los dos últimos textos que aparecen en este libro— escritas al calor de la tristeza, nada más pude hacer para sumarme a las numerosas muestras de cariño y respeto que lo despidieron. Durante todos los recorridos y en medio de las responsabilidades de trabajo, sin embargo, pensé obsesivamente en la necesidad de preparar algo, alguna ofrenda de palabras para mi amigo Gil, y pronto di con la posibilidad hoy materializada en este modesto homenaje de papel y tipografía.

Desde que comenzó nuestra amistad hice ver a Gilberto, tácitamente, que el vínculo que nos unía era el afecto, es verdad, pero que esto resultaba insuficiente si no se le sumaban gestos propios de la amistad literaria. Así, traté de evidenciar en toda ocasión que divulgar su obra escrita era un imperativo de mi trabajo. Si parte de mis dinámicas laborales radica, desde 1984, en la difusión de la literatura y de todo aquello que percibo artísticamente valioso o meritorio, no podía ser ajeno a la obligación de expresar, por escrito y por cualquier medio, que en Gilberto teníamos a uno de nuestros mejores escritores, quizá al mejor, al más dotado para el ejercicio literario.

Así, no fueron pocas las oportunidades que tuve para elogiar su talento en una clase, en una conferencia, en una simple conversación de sobremesa. Lamentablemente, verba volant, la palabra puesta en el aire se desvanece y de ella sólo queda, si acaso, una vibración perdida en el cosmos e imposible de recuperar. La escritura, al contrario, tiene la capacidad de permanecer y permitir su restablecimiento. Gracias a la supervivencia de lo que he escrito sobre Gilberto puedo ofrecer hoy estas páginas, racimo de 17 textos que cubre un arco de 25 años. Apenas debo señalar que, dadas las circunstancias que les dieron origen, estos párrafos son bocetos, puntos de partida para más y mejores acercamientos a la obra de nuestro llorado poeta y ensayista.

Son la mayoría, como se verá, comentarios escritos para presentar libros de mi amigo, quien con frecuencia me pedía ese favor, un favor que asumí siempre como lujo. El más antiguo data de 1998, pero sé que hay textos anteriores a esa fecha de los cuales no conservo nada, salvo el tenue recuerdo de su hechura. Al releer lo que aquí traigo —y guardaba en viejas carpetas digitales— sólo hice mínimos retoques, nada que alterara sustancialmente la apresurada opinión original. Así reunidas, ciertas afirmaciones pueden parecer reiterativas, pero es lógico que esto ocurra si pensamos que todas ellas conciernen al mismo escritor volcado casi el mismo género. Luego entonces, es necesario tener en consideración que en su momento fueron escritas sin presentir que alguna vez cohabitarían en un mismo recipiente, éste.

Para mi libro Solazos y resolanas (2015) solicité al propio Gilberto una semblanza. La traigo aquí con dos o tres ítems añadidos; es, grosso modo, el trabajo profesional y literario que acumuló hasta 2022:

Gilberto Prado Galán (Torreón, 20 de septiembre de 1960-Ciudad de México, 21 de octubre de 2022). Psicólogo egresado del Instituto Superior de Ciencia y Tecnología, A.C., de Gómez Palacio, Durango, y master of arts por la New Mexico State University, ha fungido como director de la estación cultural Radio Torreón, director del Departamento de Difusión Cultural de la Universidad Autónoma de Coahuila, profesor de español en la New México State University. Ha publicado ensayos, artículos, poemas y reseñas en diversas revistas nacionales e internacionales. Obtuvo los premios internacionales Malcolm Lowry, Garcilaso Inca de la Vega Lya Kostakowsky (cuyo jurado estuvo integrado por Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes y Eduardo Galeano) y el premio nacional de crítica de arte Luis Cardoza y Aragón. Autor de más de 9000 palíndromos, fue invitado como miembro de honor al Club Internacional de Palindromistas, con sede en Barcelona. En México y España ha publicado más de veinte libros entre los que destacan Exhumación de la imagen, Las máscaras de la serpiente, Huellas de Salamandra, Esplendor del canto, Vindicación de Incurable, Luis Cardoza y Aragón: las ramas de su árbol, El misterio y su lámpara, Minas y teodolitos, El año de Borges, Fragmentos del asombro, Dialéctica del caos, El libro de las preguntas: la posteridad insomne de Pablo Neruda, El canto de la ceniza, Dolor de ser isla, Sobre héroes y hazañas, Efímero lloré mi fe, A la gorda, drógala, Los ojos de la Medusa, Libro del mapa humano, Para leer El Aleph y Ella era el jardín. Fue Coordinador de Difusión Cultural de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México. En México ha colaborado en Algarabía, Brecha, El Huevo, El Imparcial, El Puente, Acequias, El Siglo de Torreón, Excélsior, Historia de América, La Crónica Cultural, La Gaceta del FCE, Los empeños (UNAM), Nexos, Periódico de Poesía, Plural, Sábado y Milenio Laguna, entre otras muchas publicaciones periodísticas. Asimismo, ha publicado ensayos, artículos, poemas y reseñas en las revistas internacionales Ínsula, Poesía, Barcarola, La bolsa de pipas, Revista de libros, Serta, Nueva revista, Blanco y negro del diario español ABC, Cuadernos de la huerta de San Vicente, Umbral y Anales de la Universidad Complutense de Madrid. Fue becario del Fonca y miembro del SNCA. Fue esposo de Leticia Santos Campa, y padre de Sofía Leticia y Verónica Eloísa.

No quiero salir de esta presentación sin declarar que fue un privilegio ser amigo de Gilberto, un privilegio expandido en cuatro venturosas décadas. Su amistad, su obra y la densa exuberancia de sus saberes, compartidos sin freno con pasión y desenfado, son regalos que mi memoria guardará con trasparente, con indestructible cariño, admiración y gratitud.

Comarca Lagunera, 10, diciembre y 2022