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sábado, noviembre 08, 2025

Schopenhauer como fondo

 












Terapeuta psicológico en San Francisco, California, Julius Hertzfeld es informado un día cualquiera, poco después de haber atravesado los sesenta años, que un cáncer de piel (melanoma) abreviará su vida. La crisis desatada por esa noticia lo apabulla, pero decide aprovechar el año que le queda de mediana salud en un proyecto casi irracional: buscar a uno de los pacientes con los que su metodología fracasó. El expaciente es Philip Slate, un tipo extraño, solitario, inteligente, bien parecido y adicto al sexo sin la cortapisa del amor estable. Más de veinte años después, el encuentro de Julius y Philip pone en juego un ping-pong de ideas hirientes y entrañables no sólo entre ambos personajes, sino entre todos los integrantes del grupo de asistidos por el terapeuta.

La novela Un año con Schopenhauer (Booket, 2004, Buenos Aires, 397 pp.), de Irvin D. Yalom, ha sido una sorpresa para mí. La percibí al principio como best seller y tal vez lo fue, pero la fluidez de su desarrollo no deja de conllevar una nutrida cantidad de ideas atendibles, inquietantes, todas relacionadas con el mundo del psicoanálisis, el budismo y, sobre todo, el pensamiento del filósofo alemán que nos recibe en el título. Yalom (Washington, D. C., 1931) es psicólogo, psiquiatra y autor de números libros sobre su profesión y literarios, cuentos y novelas con alto éxito de ventas (El problema de Spinoza, El día que Nietzsche lloró), subrayan sus semblanzas.

El reencuentro del terapeuta Julius con su expaciente presenta una novedad: Phillip ha cambiado, ya no es una bukowskiana máquina de follar, sino un tipo templado a marrazos por la filosofía, particularmente por las ideas de Schopenhauer y otro tanto de Epicteto. Además de haber renunciado a las correrías sexuales meramente satisfactorias en el plano biológico, de índole casi canina, Phillip admite el diálogo con su antiguo terapeuta porque, para mantener su entrega al pensamiento, necesita una nueva carrera, y elige la de terapeuta. Así, el interés tardío de uno, el moribundo Julius, coincide con el profesional del otro, el del schopenhaueriano Philip.

La novela se despliega en dos planos: en unos capítulos asistimos al presente de Julius, nuestro protagonista y, en otros menos frecuentes, a la realidad de Philip, el preterapeuta que se sacudió el cepo de la lujuria gracias a Schopenhauer; asimismo, también en el más cercano presente de la novela, asistimos in situ a las sesiones que despliega en círculo el poliédrico grupo de terapia conducido por Julius. En medio de tales pasajes se abren amplias retrospecciones biográficas sobre el filósofo de Dánzig, todas atractivas porque además de traer momentos significativos sobre la vida del pensador (sus viajes, su relación con sus padres, sus obsesiones, su misantropía, su pasión por la música, su fama tardía…), los comentan y nos acercan citas oportunas y no pocas veces terribles y hasta algo graciosas por lo que tienen, hasta hoy, paradójicamente, de malditas.

Un rasgo prominente de la novela es que más allá de su casi inexistente trama, por llamarle así, acerca una cuantiosa suma de sentencias espesas de significación psicológica y filosófica. De hecho, cada capítulo comienza con un epígrafe bien elegido, a veces implacable, como casi todo lo que escribió el pensador alemán: “La vida es deprimente. He decidido dedicar mi vida a meditar sobre eso”; “La alegría y el optimismo que tenemos en la juventud se deben en parte al hecho de que estamos ascendiendo la colina de la vida y no vemos la muerte que nos espera al pie de la otra ladera”. Prácticamente todo en este libro es impregnado por la mirada filosófica propuesta por Philip, eco en esta historia del pesimista alemán, de modo que este tipo de reflexión reaparece a la vuelta de cada página. El cáncer de Julius no se olvida a lo largo de la historia, es vuelto a mencionar varias veces y es un dato que se convierte en recurrente anuncio de su muerte y a su manera es la partitura en el tiempo objetivo de la novela, pero ciertamente no aflora ya como el sacudón de las primeras páginas.

El lector se desplaza pues de la expectativa inicial vinculada con la afección de Julius para pasar a ver, en el grueso del libro, el desarrollo del grupo de terapia que conduce. En su desesperación inicial, Julius decide pues buscar a uno de los pacientes con los que fracasó. Así reencuentra a Philip, quien da la casualidad de que debe obtener una licencia de terapeuta y pide la asesoría de Julius. Esta es la razón por la que Philip ingresa al grupo de terapia, un grupo cuya dinámica se convierte de facto en el eje de la novela. En tal espacio ingresamos al toma y daca de los participantes, todos afligidos por conflictos que en teoría deben superar luego del periodo que dure la terapia. El énfasis se desplaza a la relación del antisocial y schopenhaueriano Philip con Pam, una participante del grupo que alguna vez tuvo un affaire traumático precisamente con el aspirante a terapeuta. El reencuentro detona un conflicto que se desanuda, no sé si de manera demasiado optimista, al final del libro, casi como para señalar que la terapia de grupo tiene un efecto positivo hasta en los casos que arrancan con muy mal pronóstico.

Aunque a veces algo monótona por la reproducción al dedillo de las sesiones de terapia colectiva, Un año con Schopenhauer no deja de chisporrotear ideas muy interesantes sobre la compleja y entreverada condición humana, una condición que el autor de Parerga y paralipómena exploró pioneramente para influir en muchos que, como Freud, decidieron luego explorar en las simas del alma individual.

sábado, diciembre 02, 2023

Frente al recuerdo de Emilia


 











En Los veranos con Emilia (An-alfa-beta, Guadalupe, NL, 2023, 85 pp.), primera novela de Óscar Bonilla (Gómez Palacio, Durango, 1996), un narrador-personaje escudriña su pasado y lo que encuentra en este ejercicio es una película en tonos sepias, melancólica y casi ajena a su presente, como si no hubiera sido él quien la protagonizó. Tal extrañeza no es tan poco común: ¿no nos sentimos un tanto ajenos al pasado que hemos recorrido?, ¿acaso la distancia en el tiempo y a veces también en el espacio no nos lleva a pensar que no vivimos lo que vivimos?, ¿no nos parecen remotas y ya borrosas nuestras peripecias de la niñez y la juventud, una especie de duplicidad entre el ser y el no ser o más bien entre el haber sido y en no haber sido?

Este es un primer acierto de la nouvelle de Bonilla: colocarnos ante un escenario inestable, aneblado, el escenario del recuerdo proyectado sobre las páginas de Los veranos con Emilia. Sabemos con certeza que nuestro narrador es un adulto, y que su relato se edifica a partir de una ausencia por la cual, así sea difusa, experimenta los puyazos de una culpa retrospectiva. Vemos sus andanzas, su crecimiento individual, sus vacilaciones y la precariedad de su educación sentimental, pero siempre en un trasfondo colectivo que acusa los traumatismos impuestos por la violencia convertida en flagelo de la convivencia cotidiana.

Un lector lagunero, es decir, cualquiera de nosotros, podría admitir que el momento en el que se desarrolla la historia de Los veranos con Emilia es ubicable entre 2008 y 2012. Fue, como sabemos, un periodo peculiar en la vida de nuestra región, ya que todos nos resguardamos ante la frecuencia y el ímpetu de los desaguisados que ponían en riesgo la vida de cualquier ciudadano frente a la brutalidad perpetrada sobre todo por los narcotraficantes sin rostro apoderados del entorno. Esta turbulencia fue padecida en grado superlativo por la economía local, que cerró negocios, aniquiló la vida nocturna y la ebullición normal de nuestra convivencia. Por un toque de queda tácito, nadie o casi nadie osaba profanar con sus plantas los espacios habituales de la fiesta, los antros, los restaurantes, los cines, y es de todos sabido que los padres de familia padecieron la zozobra sin freno que representaban las salidas de sus hijos con el fin de distraerse. Fue un tiempo, lo dice el personaje-narrador de la novela, de reuniones en patios familiares, de pachangas en colonias cerradas, de “pijamadas”, pues no era recomendable el regreso de los jóvenes durante la madrugada luego de las fiestas. En este trasfondo histórico camina el recuerdo desarrollado en el libro, recuerdo que se convierte en una sutil evidencia de los estragos producidos por las guerras, cualquiera que sea su tipo y su intensidad.

Como corresponde, sin embargo, a la mirada del personaje joven, él no tiene ni la claridad ni la perspectiva para analizar los hechos como si fuera un sociólogo; sólo describe lo que ve, casi sin juzgarlo. De índole desapegada, escéptica, silenciosamente inconforme como la de muchos adolescentes, el narrador está en lo suyo, descubriendo el mundo que poco a poco abandona la niñez y todos sus flecos de inocencia. Está en el paso de la secundaria a la prepa cuando comenzamos a seguir su andanza. En la escuela, donde se relaciona con todos de manera díscola, encuentra a Emilia, una joven que lo supera en desenfado ante el roce social. No la describe como una muchacha bella, más bien ordinaria, de actitud desafiante. Sin quererlo, se enamora de ella con un amor también algo desapasionado y que no llega al arrebato. En medio de una vida estudiantil sosa, entre tareas, reuniones con amigos idiotas, clases inútiles de teatro, la aparición de la atractiva Sara y un revolcón con una señora adulta, Emilia se expande como mancha de tinta en su interior, siempre en una oscilación ambigua entre la lejanía y la cercanía, entre el quererla y el no quererla.

No es difícil entender Los veranos con Emilia como un producto literario en el que se despliegan los dos impulsos propuestos por Freud como instintos básicos de la vida humana: el eros y el tánatos, el amor y la muerte. Por un lado, el narrador al que se le descubre poco a poco el mundo de una sexualidad accidentada, pobre, mediada por la pornografía y la autocomplecencia, y por otro una realidad acribillada por la violencia y sus consecuencias fúnebres. En esta revolutura crecen el narrador y sus coetáneos, de suerte que la novela es una especie de bildungsroman colectiva.

Ha observado bien Liliana Blum al afirmar que Los veranos con Emilia es una novela pulcra “en la que nada falta ni sobra” y en la se nos muestra cómo “intentamos aprender a ‘caber’ en el mundo, suponiendo que hay un lugar para nosotros”, pero “en realidad lo único que las primeras experiencias nos dejan es la certeza de que la vida sigue, con o sin nosotros, nos guste o no”. Al narrador de esta historia le queda claro pues que la vida avanza y va dejando huecos, lastimaduras, heridas que luego será imposible restañar en lo que solemos denominar “la madurez”.

Óscar Bonilla ganó en 2017 el premio de cuento Juana Santacruz con “Las vías del tren”. En 2020 ganó la beca Arte Resiliente otorgada por la Secretaría de Cultura de Coahuila; con este estímulo trabajó El esqueleto, el hada y otros textos, su ópera prima, y el mismo año obtuvo el premio nacional Juan Rulfo para primera novela con Los veranos con Emilia, libro que desde ya nos anuncia una carrera literaria que debemos seguir con mucha atención. 

Nota. Texto leído el 29 de noviembre de 2023 en la presentación de Los veranos con Emilia en la Casa Mudéjar de Torreón. Participamos el autor y yo.

sábado, mayo 01, 2021

Invasión amarilla

 







Podría afirmarse que gracias a los sueños es viable alcanzar un poco de equilibrio para sobrellevar la vida real. Gracias a los sueños y, obvio, a su forma incómoda: las pesadillas. Son ambos, principalmente las segundas, el drenaje profundo a donde van a parar nuestros miedos, nuestras frustraciones, nuestros odios, el nebuloso escenario en el que nos vemos acosados por el sinsentido de existir. Dicen los que saben, con el imprescindible apoyo de don Segismundo, que las fantasmagorías oníricas tienen más relación de la que imaginamos con nuestras vidas, y tanto es así que bien examinadas nos aportan claves para entendernos mejor, incluso para curarnos de dolencias espirituales.

No soy de los que platican mucho sobre sus pesadillas. La razón es simple: al despertar no las recuerdo. Cuando sobreviven, a lo sumo me queda, eso sí, una terca desazón muy parecida a la que siento cuando bajo de un Ómnibus de México o salgo del baño para hombres en la Arena Olímpico Laguna. En fin, ya hice mucho preámbulo para avisar que contaré una pesadilla reciente. Contra lo acostumbrado, ésta no se evaporó cuando abrí los ojos, así que su desarrollo se asemeja al flujo narrativo de un cuento o una película.

Manejaba por un bulevar que no sé con precisión si era el Revolución o el Independencia. Muy relajada, mi mente se distraía con el gracioso silbido del bolerito “Relámpago” interpretado por el trío de los Hermanos Martínez Gil. Tan absorto estaba en la emisión de las notas que no reparé en el velocímetro: desde hacía varias semanas yo era esclavo de esa aguja, tanto que a veces manejaba mi vehículo con más atención al indicador de velocidad que a la carretera misma. Vi con sorpresa que marcaba 65 kilómetros por hora, así que levanté la cabeza para cerciorarme si había o no un agente de tránsito en el horizonte cercano. Para mi mala suerte, junto a su moto estaba uno parado a cerca de cien metros. Tenía el radar levantado, listo para pescarme en la transgresión. Me di por infraccionado, pues en cien metros era imposible bajar la velocidad a menos de 60. Se dio entonces un pequeño golpe de suerte: a mi lado pasó zumbando una troca repartidora de Panqué de Durango y eso atrajo la atención del radar. El oficial hizo una seña y la camioneta se cargó a la derecha mientras yo me fui de largo, incólume.

Seguí mi marcha y en un crucero vi que el semáforo apenas me permitía llegar al verde, así que atravesé en amarillo parpadeante, todavía limpio de culpa. No sé de dónde salió una motocicleta y sobre ella un agente decidido a detenerme. Con un claxonazo ronco me indicó frenar más adelante. Por el retrovisor vi que apagó su moto, que era panzón y caminó hacia mi ventanilla. Sin quitarse el casco y con los ojos escondidos tras unos Ray-Ban seguramente piratas, me dijo que crucé en rojo. Era un tipo muy serio, con un rostro agrio, como de personaje de Onetti. Cuando yo estaba a punto de defenderme con un argumento, se oyó a unos metros un golpazo metálico: dos autos particulares se habían encontrado de punta, y el agente, sin decirme nada, fue hacia allá y ya no pudo escuchar mi explicación.

Avancé nuevamente y durante un rato, en el trayecto, manejé con la zozobra de no saber si me seguían los tránsitos que encontraba en el camino: tal vez habían sido informados de que yo huía de una infracción. Conté 23 agentes con la camisa reglamentaria, la amarilla, pero es posible que fueran más. Hubo un momento en el que vi un tumulto de oficiales esperando el camión en una esquina, agentes que en los semáforos limpiaban parabrisas y hacían malabares, agentes dentro de transportes de empresas y en autos particulares, y lo más asombroso: dos agentes sobre un carro de mulas. La ciudad se había llenado de agentes de tránsito, no había ser humano que no lo fuera, así que mi angustia creció alarmantemente al sentir que aquella horda color yema de huevo me perseguía como si estuviera en un videclip de Michael Jackson. Para no enloquecer, era urgente llegar a casa, entrar a mi refugio y escapar de la invasión amarilla. Por fin vi la cochera de mi hogar, dulce hogar. Entré, apagué el auto y bajé corriendo. Temblando, sin atinar con facilidad al ojo de la cerradura, metí la llave y abrí la puerta. Mi esposa me recibió vestida de amarillo, como agente de tránsito, e igual mis hijos pequeños, tres agentes en miniatura que brincaron a mis brazos como gnomos. Estaba a punto de gritar lleno de horror, y en eso desperté.


sábado, febrero 06, 2021

Manía gramatical

 











En El principio del placer (José Emilio Pacheco, Joaquín Mortiz, México, 1972) figura el cuento “La fiesta brava”. El título del libro es un empréstito de la psicología que se refiere, según sabemos, a la noción formulada por Freud según la cual el sujeto busca fuentes de placer para mantener el equilibrio en relación con el displacer que provoca no obtenerlo. En este caso, la palabra “principio” es usada no como sinónimo de “inicio” o “comienzo”, sino como equivalente, en el lenguaje científico, a “ley” o “regla”. Así, cuando decimos “el principio de Arquímides” no nos referimos “al comienzo de Arquímides”, sino a una ley o regla cuya postulación se debe al físico siracusano: “Todo cuerpo sumergido en un fluido experimenta un empuje vertical y hacia arriba igual al peso de fluido desalojado”. Igualmente se habla del “principio de Pascal”, del “principio de Bernoulli” y de muchos principios más.

Esta introducción, en apariencia digresiva, se vincula con el contenido del relato “La fiesta brava” y justifica el título del apunte que aquí avanza. Es, a mi juicio, el mejor o uno de los mejores cuentos fraguados por JEP, un artefacto literario con ángulos sociopolíticos y arquitectura peculiar. Cuando lo leí por primera vez, más o menos a mediados de los ochenta, me impresionó Andrés Quintana, su protagonista, un traductor y narrador enfermo de (la llamo así de manera tentativa) manía gramatical. En efecto, Quintana no sólo es un obseso de la corrección de sus textos, sino de todo lo que a su alrededor cuaja en palabras. No poco tiempo se le va en rumiar lo que lee, oye, escribe o piensa, y dado que la realidad se expresa abundantemente con palabras, material no le falta al tal Quintana, como en este ejemplo situado en el metro capitalino: “Bajó en la estación Insurgentes. Los magnavoces anunciaban el último viaje de esa noche. Todas las puertas iban a cerrarse. De paso leyó una inscripción grabada a punta de compás sobre un anuncio de Coca Cola: ASESINOS, NO OLVIDAMOS TLATELOLCO Y SAN COSME. / Debe decir: “ni San Cosme”, / corrigió Andrés mientras avanzaba hacia la salida. Arrancó el tren que iba en dirección de Zaragoza”.

No es extraño pues que en los oficios de escritor, traductor, corrector, periodista, profesor de español, similares y conexos, se trajine en el placer, o acaso en la tortura, de pensar y repensar palabras y frases. En todas partes se agazapan el acierto o el error, la rareza o el tópico, la fealdad o el arte amonedados en palabras. Quien padece esta manía disfruta con la reflexión de lo que lee, oye o piensa, pero también puede sentir una suerte de molestia pues su cabeza se desentiende de la realidad sólo para ponderar la viabilidad de una palabra o la ineficacia de otra. La lectura, por ello, se torna algo tortuosa, no tan fluida como la del lector ajeno a la enfermedad.

Hablé al comienzo del libro de Pacheco publicado por Mortiz. Recordé a Freud y en seguida comenté el matiz de la palabra “principio” colocada en el mundo de la ciencia. Curiosamente, yo publiqué en Mortiz una novela titulada El principio del terror que desde el punto de vista verbal tiene dos peculiaridades: una parte literal y otra, digamos, metafórica. Se refiere en efecto al principio como comienzo, y al terror como sinónimo de pavor político: con la decapitación de un tal Pelletier comenzó la etapa llamada “del terror” en la Revolución Francesa. Si no se explica esto, es fácil, como de hecho sucedió, que los potenciales lectores piensen erróneamente en terror gótico, en “literatura de terror”.

Como dije, hasta en la palabra o la frase más insípidas es posible acometer algún análisis. La manía gramatical no tiene llenadero.