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sábado, noviembre 08, 2025

Schopenhauer como fondo

 












Terapeuta psicológico en San Francisco, California, Julius Hertzfeld es informado un día cualquiera, poco después de haber atravesado los sesenta años, que un cáncer de piel (melanoma) abreviará su vida. La crisis desatada por esa noticia lo apabulla, pero decide aprovechar el año que le queda de mediana salud en un proyecto casi irracional: buscar a uno de los pacientes con los que su metodología fracasó. El expaciente es Philip Slate, un tipo extraño, solitario, inteligente, bien parecido y adicto al sexo sin la cortapisa del amor estable. Más de veinte años después, el encuentro de Julius y Philip pone en juego un ping-pong de ideas hirientes y entrañables no sólo entre ambos personajes, sino entre todos los integrantes del grupo de asistidos por el terapeuta.

La novela Un año con Schopenhauer (Booket, 2004, Buenos Aires, 397 pp.), de Irvin D. Yalom, ha sido una sorpresa para mí. La percibí al principio como best seller y tal vez lo fue, pero la fluidez de su desarrollo no deja de conllevar una nutrida cantidad de ideas atendibles, inquietantes, todas relacionadas con el mundo del psicoanálisis, el budismo y, sobre todo, el pensamiento del filósofo alemán que nos recibe en el título. Yalom (Washington, D. C., 1931) es psicólogo, psiquiatra y autor de números libros sobre su profesión y literarios, cuentos y novelas con alto éxito de ventas (El problema de Spinoza, El día que Nietzsche lloró), subrayan sus semblanzas.

El reencuentro del terapeuta Julius con su expaciente presenta una novedad: Phillip ha cambiado, ya no es una bukowskiana máquina de follar, sino un tipo templado a marrazos por la filosofía, particularmente por las ideas de Schopenhauer y otro tanto de Epicteto. Además de haber renunciado a las correrías sexuales meramente satisfactorias en el plano biológico, de índole casi canina, Phillip admite el diálogo con su antiguo terapeuta porque, para mantener su entrega al pensamiento, necesita una nueva carrera, y elige la de terapeuta. Así, el interés tardío de uno, el moribundo Julius, coincide con el profesional del otro, el del schopenhaueriano Philip.

La novela se despliega en dos planos: en unos capítulos asistimos al presente de Julius, nuestro protagonista y, en otros menos frecuentes, a la realidad de Philip, el preterapeuta que se sacudió el cepo de la lujuria gracias a Schopenhauer; asimismo, también en el más cercano presente de la novela, asistimos in situ a las sesiones que despliega en círculo el poliédrico grupo de terapia conducido por Julius. En medio de tales pasajes se abren amplias retrospecciones biográficas sobre el filósofo de Dánzig, todas atractivas porque además de traer momentos significativos sobre la vida del pensador (sus viajes, su relación con sus padres, sus obsesiones, su misantropía, su pasión por la música, su fama tardía…), los comentan y nos acercan citas oportunas y no pocas veces terribles y hasta algo graciosas por lo que tienen, hasta hoy, paradójicamente, de malditas.

Un rasgo prominente de la novela es que más allá de su casi inexistente trama, por llamarle así, acerca una cuantiosa suma de sentencias espesas de significación psicológica y filosófica. De hecho, cada capítulo comienza con un epígrafe bien elegido, a veces implacable, como casi todo lo que escribió el pensador alemán: “La vida es deprimente. He decidido dedicar mi vida a meditar sobre eso”; “La alegría y el optimismo que tenemos en la juventud se deben en parte al hecho de que estamos ascendiendo la colina de la vida y no vemos la muerte que nos espera al pie de la otra ladera”. Prácticamente todo en este libro es impregnado por la mirada filosófica propuesta por Philip, eco en esta historia del pesimista alemán, de modo que este tipo de reflexión reaparece a la vuelta de cada página. El cáncer de Julius no se olvida a lo largo de la historia, es vuelto a mencionar varias veces y es un dato que se convierte en recurrente anuncio de su muerte y a su manera es la partitura en el tiempo objetivo de la novela, pero ciertamente no aflora ya como el sacudón de las primeras páginas.

El lector se desplaza pues de la expectativa inicial vinculada con la afección de Julius para pasar a ver, en el grueso del libro, el desarrollo del grupo de terapia que conduce. En su desesperación inicial, Julius decide pues buscar a uno de los pacientes con los que fracasó. Así reencuentra a Philip, quien da la casualidad de que debe obtener una licencia de terapeuta y pide la asesoría de Julius. Esta es la razón por la que Philip ingresa al grupo de terapia, un grupo cuya dinámica se convierte de facto en el eje de la novela. En tal espacio ingresamos al toma y daca de los participantes, todos afligidos por conflictos que en teoría deben superar luego del periodo que dure la terapia. El énfasis se desplaza a la relación del antisocial y schopenhaueriano Philip con Pam, una participante del grupo que alguna vez tuvo un affaire traumático precisamente con el aspirante a terapeuta. El reencuentro detona un conflicto que se desanuda, no sé si de manera demasiado optimista, al final del libro, casi como para señalar que la terapia de grupo tiene un efecto positivo hasta en los casos que arrancan con muy mal pronóstico.

Aunque a veces algo monótona por la reproducción al dedillo de las sesiones de terapia colectiva, Un año con Schopenhauer no deja de chisporrotear ideas muy interesantes sobre la compleja y entreverada condición humana, una condición que el autor de Parerga y paralipómena exploró pioneramente para influir en muchos que, como Freud, decidieron luego explorar en las simas del alma individual.

miércoles, octubre 22, 2025

Fichte deja los gansos












La anécdota más famosa sobre el filósofo Johann Gottlieb Fichte (1762-1814) describe una casualidad providencial. Adolescente y miembro de una familia pobre, el joven Fichte trabajaba en lo que seguramente sería su destino: cuidar ocas (o gansos, como los conocemos en este lado del Atlántico). Andaba en eso cuando llegó un señor pudiente, el barón Von Miltiz, quien de un lugar alejado asistió a la aldea donde vivía Johann para escuchar la misa. Lamentablemente llegó tarde, y lo lamentó. Fue allí cuando un tipo cualquiera le hizo la recomendación: “Vaya con el joven Johann; él le repetirá el sermón tal y como lo pronunció el cura”. El hombre buscó al joven cuidador de gansos y, en efecto, a su pedido le repitió el sermón con total fluidez, lo que revelaba una memoria poderosa.

La anécdota continúa en lo que ya imaginamos: el acaudalado vio la capacidad del cuidador de gansos y decidió auspiciar sus estudios. Luego, el patrocinador murió y se acabó la beca, lo que puso al pupilo, de nuevo, en una situación precaria. Pero ya no era lo mismo: Johann se había capacitado y se dedicó a dar clases para sobrevivir, trabó contacto con su ídolo Kant y terminó siento Fitche, el célebre filósofo que inventó la tríada dialéctica “tesis, antítesis y síntesis”, de ordinario atribuida a Hegel.

La inquietud que me asalta al recordar la anécdota es ésta: ¿qué hubiera pasado si no llega a tiempo el auspicio económico a los estudios del cuidador de ocas? Alguien dirá que tarde o temprano el joven iba a demostrar su talento, pero me atrevo a creer que no, que el apoyo a las capacidades de Johann llegó oportunamente, cuando la cabeza se encuentra en su mejor estado de receptividad, la juventud.

Pienso asimismo que, vista por encima, la anécdota sólo serviría para alimentar los ejemplos habituales del discurso meritocrático: si le echas ganas, todo se puede, incluso ser un gran filósofo. Pero este es, exactamente, mi disgusto con la meritocracia. Por más mérito o talento o ganas que se tengan, lo ideal no es que unos pocos exploten sus potencialidades o que dependan de la caridad para evidenciarse, y es por tal razón que resulta necesario insistir siempre en la equidad de las oportunidades, que se conviertan en política de Estado y no es venturosa casualidad: la de haber nacido en una familia con recursos o la de recibir la inesperada visita de un mecenas salvador. En este momento hay cientos, miles de Johannes talentosos pero sin oportunidades. En lugar de esperar la aparición providencial del barón Von Miltiz, es mejor que haya una estructura dispuesta a brindar las oportunidades para que los niños y los jóvenes sean lo que mejor pueden ser, sin milagros ni migajas, sino como política social obvia.

sábado, septiembre 13, 2025

De batallas culturales

 







El filósofo francés Éric Sadin ha escrito sobre La vida espectral, la sociedad que se construyó al volcar toda nuestra existencia en el mundo digital, incluidas las protestas. El dominio de los algoritmos ha llegado a la sofisticación de inyectarnos ideología sin resistencia de nuestra parte y de anular con ello el espíritu crítico para amoldarnos a deseos que creemos propios, pero que han sido inoculados sin coerción, de forma invisible, con un simple smartphone como amable caballo de Troya en nuestro ser. Es en este difuso terreno, el de la vida espectral, donde se desarrollan hoy los principales encontronazos de la llamada “batalla cultural”.

El nazi criollo Agustín Laje, que pronto hará las delicias del público facho de Monterrey, habla de la susodicha “batalla cultural” como un espacio de debate ideológico ganado hasta ahora sobre todo por las universidades, algunos medios y parte del mundillo del espectáculo (Oliver Stone, Emma Watson, Rubén Blades, Residente…). El pequeño Hitler argentino Laje y sus adictos meten en un solo costal todo el llamado “wokismo”, tendencia que desean abolir, y para ello se valen de sus excesos, de sus argumentos más especiosos: “Si un tipo de sesenta años se autopercibe como niño, ¿le permitirías jugar en la alberca con tu hija de siete años?”, “Ayer un negro mató a un blanco, esto demuestra que los negros deben ser segregados”, podrían ser argumentazos del antiwokismo. Como lo demostró Milei en su alegato de Davos, discurso asesorado por Laje, los gays son pedófilos y esto se puede demostrar con el caso de un gay pedófilo. Para ellos, un hecho individual es suficiente para cerrar la puerta a cualquier sujeto que no se asuma como heterosexual y monógamo. Así argumentan, con anécdotas de sobremesa y ejemplos personalizados.

Para mí, el mentado wokismo en realidad no es un bloque ideológico compacto, sino una serie de ínsulas, de espacios de debate que a duras penas configuran un archipiélago más o menos desgajado y amorfo de luchas por un montón de derechos y reivindicaciones. Más de un intelectual ha destacado que la pulverización de causas, como las abrazadas por el wokismo, ha invisibilizado un imperativo más general: asumir la conciencia de clase seguida de la disputa por los medios de producción y el poder político. Con una o dos luchas específicas (por los animales, por los derechos de los niños, por el uso de la bicicleta, contra la pena de muerte…) alcanza para sentir que se hace algo. Son, claro, cosquillas al poder, un poder fascinado por permitir y hasta por fomentar esa dispersión que despresuriza la rebeldía y en el fondo la torna inocua, pues no mueve ni un pelo a los dueños del mundo. Se da el caso, incluso, de que la rebeldía se convierta en producto rentable: lo que se opone al mercado también termina siendo un producto del mercado, playera con la foto del Che Guevara o taza con los colores del arcoíris.

Contra lo que embusteramente sostienen los cruzados de ultraderecha, ellos llevan ganada la batalla cultural. De hecho, ni siquiera necesitan darla, y si lo hacen es porque en su voracidad no quieren dejar ni una migaja a sus enemigos o, por qué no, la emprenden como parte de sus tácticas dispersivas: abrir luchas aquí y allá, encender a los contrincantes con el antiveganismo o el antimachismo para mantener en ebullición la caldera de los microdebates y por ello no se tensione lo fundamental. En el mundo de hoy, por ejemplo, un gay pobre se va a sentir más identificado con un gay rico que con un obrero heterosexual que lo invite a formar un sindicato. Toda la realidad se reduce a mi lucha, a mi bandera personal, a mi acotado espacio de protesta.

Así pues, ¿de qué hablamos cuando hablamos de “batalla cultural”? La derecha, el conservadurismo, la reacción o como queramos llamarle lleva la delantera por mucho, y con ventaja. Basta asomarse un poco a las redes sociales para advertir que el individualismo, el racismo, la homofobia, el clasismo, el supremacismo, el conservadurismo, el consumismo, el infantilismo y el irracionalismo general de los productos audiovisuales son abrumadoramente dominantes, y nuestras cuentas de Facebook, Instagram, X y demás sólo hacen salvedades cuando los algoritmos identifican que simpatizamos con alguna causa noble para luego bombardearnos y hacernos creer que avanzamos por el camino correcto. Las redes apapachan nuestras causas.

Por todo, ¿qué de heroico y brillante y valiente tuvo el joven ultraconservador que recién fue asesinado en EUA? Avanzaba en la corriente dominante, se apoyaba en la inercia mundial de las ideas que apuntalan el capitalismo más salvaje, aborrecía a los migrantes, creía en la superioridad de los blancos, veneraba a poderosos como Trump... Lo heroico, lo brillante y lo valiente hubiera sido oponerse a esas ideas y a esos personajes siniestros, no surfear en la ola neoliberal y sus lacras y creer que se está dando la gran “batalla cultural”. Esto fue lo que me movió a pensar, hace poco, en que la expresión “juventud conservadora” es un oxímoron. Un joven que está de acuerdo con el statu quo y que incluso lo apoya no sólo es una parte del problema, sino su sector más dinámico y peligroso porque muchas veces pasa de la esfera digital a la acción directa. Así como se dice que el principal éxito del capitalismo es haber adoctrinado a millones de pobres de derecha, puntualizo que un grado de sofisticación mayor es haber lobotomizado a millones de jóvenes que se asumen como conservadores. En Estados Unidos hay miles que idolatran a Trump: no puedo imaginar un mayor triunfo en la batalla cultural.

Como sus abuelos, los actuales neofascistas suelen hablar de nación, de casta, de “gente de bien”, de raza superior, de mérito. Por eso odian a los migrantes, a los pobres, a los trabajadores, a los siempre sacrificables seres de pellejo color marrón. Un eje de sus dislates radica en la idea de que Dios otorgó a la raza superior lo que merece y tiene. ¿A qué Dios miserable y selectivo se refieren? ¿Qué divinidad tuvo a bien elegirlos como depositarios de la verdad, la bondad y la belleza que les da derecho a todo? Por esta razón es muy complicado debatir con ellos. Como cuentan con dios en su trinchera, son imbatibles. Dios no puede estar equivocado.

Posdata. Luego de concluir este comentario, leí otro muy elocuente de mi amigo Martín Palacio Gamboa, uruguayo. Lo cito íntegro: “Se suele insistir en la juventud como la gran reserva moral, como si en ella se concentrara la potencia transformadora capaz de abrir nuevos horizontes políticos. Sin embargo, la historia reciente demuestra lo contrario y los ejemplos abundan: desde los muchachos adoctrinados en la Alemania nazi (los Hitlerjugend) o en la Italia fascista (la Gioventù Italiana del Littorio), hasta agrupaciones locales como la JUP en Uruguay o los Jóvenes Republicanos en Argentina (no cuesta nada incluir aquí a los recientes seguidores de Las Fuerzas del Cielo), hemos visto el entusiasmo generacional volviéndose el combustible para agendas abiertamente reaccionarias. Creer que la juventud, por su sola condición biológica, contiene en germen la revolución o el porvenir es un error romántico que se paga caro. Recuerdo una entrevista que le habían hecho al querido Helios Sarthou en Radio Centenario que, cuando se le preguntó sobre ese tema, decía —palabras más, palabras menos— que lo decisivo difícilmente podría ser la edad sino la posición en la disputa ideológica y en la lucha por el sentido. Por eso urge desmontar la mitología del joven como sujeto político privilegiado: no hay garantía generacional alguna, solo combates concretos, y en ellos los jóvenes pueden ser protagonistas de la emancipación o de la reproducción de las formas más duras del orden establecido”.

sábado, marzo 01, 2025

Un espaldarazo al caos

 













El galicismo boutade es definido por el diccionario académico como “Intervención pretendidamente ingeniosa, destinada por lo común a impresionar”; otro diccionario establece que es una “Afirmación chocante más o menos paradójica e ingeniosa”. Así pues, una boutade es lo que en términos coloquiales podemos denominar “ocurrencia” con el sentido de frase ingeniosa. Un ejemplo podría ser éste: “Las personas muy ordenadas en realidad son flojas para buscar”. Hay ingenio aquí, claro, aunque sólo sirva para respingar cuando nos regañan por desordenados, por caóticos.

La antinomia orden-desorden está presente en todos lados, tanto en las creaciones de la naturaleza como en las del ser humano. Para mí es obviamente más visible en el plano del homo sapiens: nuestras obras creativas, las obras que conforman nuestra civilización, tienden al orden pero en el fondo han sido gobernadas por el caos. Se da pues en ellas una oscilación que podemos reducir a la fórmula sarmentina “civilización y barbarie”, donde la primera busca el orden, la sujeción, la previsibilidad, mientras la segunda tiende a lo contrario.

El libro La obsesiva realidad del caos (Ayuntamiento de Torreón, 2024, Torreón, 87 pp.), de Raúl Blackaller Velázquez (Torreón, Coahuila, 1977) reflexiona sobre el caos y su envés durante ocho ensayos hermanados por el tema, el tono y la extensión. Si alguien se asoma al índice sentirá que son diez las piezas que lo configuran, pero en realidad noto que el primero y el último tienen espíritu de prólogo y epílogo, respectivamente, aunque no estén encabezados por estos rótulos.

Es, si no me equivoco, el primer libro de este autor lagunero, de ahí que sea pertinente compartir su semblanza. Blackaller es licenciado en Derecho por la Universidad Autónoma de Coahuila y maestro en Educación por la Universidad Iberoamericana. Tiene más de 25 años de experiencia docente, en la que ha impartido clases de literatura, historia, ciencias sociales y filosofía. A lo largo de su trayectoria ha compartido artículos y ensayos en diversos medios, como la plataforma digital Substack, donde explora temas educativos, estrategias de aula y experiencia como docente.

De entrada debo consignar que La obsesiva realidad del caos es un libro multidisciplinario, convocante de saberes misceláneos relacionados con la ciencia, la lingüística, la educación, la filosofía, la sociología, la antropología, la tecnología, la economía, la política y aún de otros menos rigurosos y más bien creativos como el cine, el periodismo y en general los divulgados por los medios de comunicación. Una de sus virtudes radica en que, ceñido a la mejor tradición del ensayo, esencialmente antidogmática, no se plantea como respuesta, sino como dinamo de peguntas e inquietudes, como sacudimiento de nuestra adormilada y acomodaticia percepción de la realidad frente a un caos que debería infundirnos una permanente curiosidad por ver lo que hay del otro lado de las costumbres, los hábitos, las inercias y, en suma, la educación que recibimos para encincharnos en sistemas que nos malacostumbran a la pereza analítica que es el otro nombre de la alienación y el sometimiento. Por esto, debo decir que La obsesiva realidad del caos es un libro exigente y muy difícil de compendiar por su rica enciclopedia. Con un repaso a los ocho ensayos intentaré espigar, necesariamente a vista de pájaro, su contenido.

“La anémona y el niño” plantea la diversidad caótica de la naturaleza en contraste con la tendencia humana a ceñirnos a la clasificación y al orden. Frente al imperativo dieciochesco y decimonónico de poner ataduras a la realidad, propósito caro sobre todo al positivismo y su devoción por el orden y el progreso, la realidad se fuga y se torna tan caprichosa como un ornitorrinco, animal que escapa a las clasificaciones, a la categoría de lo previsible. Otro buen ejemplo de afán ordenador es el de la frenología que con Gall y Lombroso quiso establecer la conducta delincuente a partir del tamaño y la forma de la cabeza y otros rasgos físicos. Habita también en este ensayo una crítica de la estadística y la clasificación como métodos de ordenamiento, las que en efecto suelen fallar porque siempre habrá excepciones que escapan a la sujeción (en el caso de la clasificación recordé el del ajedrez, los toros y el billar, actividades que en los programas de la vieja televisión incluían, estoy seguro que con dudas, en el rubro “deportes”). Este primer ensayo marca una pauta central del libro: el caos convive con nosotros y debe estimularnos a pensar, no a forzar a rajatabla iniciativas de ordenamiento y clasificación.

En “La magia del Pi”, el autor escudriña de nuevo las posibilidades del caos como dinamo de la creatividad. El ejemplo del juguete Lego es puntual, e igual sus planteos sobre el símbolo como representación de la coherencia que buscamos al desorden. Sobre el famoso juego, comparte que cuando era niño las piezas abrían la posibilidad de armar cosas distintas, pues “el caos te permite la creatividad y la emoción. Hoy, armas el Batman, el coche, la tienda de helados, lo pones en tu librero y se acabó. El mundo ha terminado siendo así, determinado, concreto, simple, demasiado simple”.

El ensayo titulado “El universo cinematográfico o la otra realidad” nos plantea que la complejidad de lo real es sometida a simplificaciones que hacen sumariamente entendible y acaso soportable el caos. El planteo de que el entendimiento actual de la realidad, incluso el científico, puede ser una mera conjetura aspira a decirnos que todo está en permanente cambio, que lo que hoy tenemos subrayado como certeza mañana puede ser superado tal y como pasa con nuestra consideración del saber primitivo. ¿En el futuro seremos vistos como nosotros vemos hoy a los prehomínidos? En suma, no debemos tener miedo a la complejidad (al caos) en contraposición a la idea de vivir encapsulados en realidades minúsculas que nos tranquilizan, es verdad, pero que asimismo no son la realidad o en todo caso son la realidad petrificada del orden.

Blackaller critica el facilismo de las pseudociencias en “Los determinismos dan miedo”, estancia en la que reflexiona sobre la tendencia a establecer conclusiones sobre el comportamiento humano asimilándolo al de la máquina: si A resultó B en diez personas, quiere decir que A siempre resultará B. Todo es, dice el autor, complejo, dinámico, y no debemos encuadrarlo en tablas o incisos estancos, por lo que observa: “Entonces, ¿estamos determinados o no? Como siempre defenderé: sí y no. Definitivamente estamos determinados por el sistema, el lenguaje. Pero hay mucho espacio para el indeterminismo en nuestro contexto, incluso en nuestro cuerpo y en el Universo”.

“Odio el color rojo de Mazda” plantea algunas preguntas y posibles respuestas sobre la obsesión, que en general tiene mala prensa y sólo asociamos con terquedades destructivas. El autor no concluye que esto sea positivo o negativo, sino, como en sus otros ensayos, nos mueve a reflexionar que una obsesión puede tener caras tan diversas como descuartizar a un ser humano, pintar un gran cuadro o tener un amor irreductible por la matemática.

Un acercamiento al maniqueísmo es observado en “Destruyendo Mazdas rojos”. Apela aquí, como disparador, al caso de la película El rey león y su esquematización —reiterada en miles de películas— de los buenos contra los malos. De nuevo, las preguntas son acaso más importantes que las respuestas: ¿quiénes son los buenos y quiénes son los malos y por qué los buenos son buenos y los malos, malos, se pregunta, nos pregunta. Entre otros ejemplos, para desarrollar su sobrevuelo recuerda el caso de Najib Bukele y su tabula rasa, un caso bienvenido en el mundo de los simplificadores de la mano dura que aplauden la aniquilación de un plumazo contra todo aquel que, si parece malo, seguramente lo es y por ello hay que eliminarlo.

Uno de los ensayos más breves, aunque no menos interesantes, es “Contemplación de la impureza”, donde Blackaller observa el proceso mediante el cual acopiamos conocimiento. Todo comunica, en todo está escondida la complejidad, no hay nada simple. Nos invita pues a pensar en lo que nos rodea siempre con preguntas en ristre, para aprender y para asombrarnos, como lo supuso Neruda en las “odas elementales” que nos convidan a sopesar lo asombrosas que son todas las minucias de la vida cotidiana, incluidas las ingratas. “Un instante cualquiera es más diverso y profundo que el mar”, dijo Borges, y advertimos que esto es cierto cuando reparamos en lo más simple; una taza de café, por ejemplo, supone agricultura, física, antropología, química, economía…

Basado en su trabajo como profesor, el ensayista encara el tema de la confianza, el miedo y la forja de comunidad. En “Al maestro con confianza” explica que la base para que los lazos comunitarios se refuercen no radica en la propagación del miedo, sino en enfatizar la confianza que permita establecer relaciones sanas y constructivas.

El último ensayo es una especie de epílogo sin este nombre; su título es “Destruyamos todo”, y es un llamamiento hiperbólico cuya traducción menos alarmante sería “Cuestionemos todo” y no nos resignemos a fórmulas ni científicas, ni seudocientíficas ni mágicas. Pensemos, dudemos, cuestionemos una realidad que siempre se ofrece como mesa de bufet para nuestro apetito. El caos, pese a que de entrada insinúa una noción terrible, puede ser más bien una invitación permanente al asombro de la imaginación y la busca de sentido.

Una idea global de La obsesiva realidad del caos, harto simplista pero creo que eficaz si nos atenemos a los alcances de esta reseña, puede articularse en el párrafo que comenta el ya mencionado juego de los legos, que por cierto tuve la suerte de practicar con mis hijas. A propósito de lo expuesto por Blackaller, allí no queda duda de que el caos de las piezas incita nuestro ingenio, las infinitas posibilidades de la creatividad humana frente al mecanicismo de los sistemas atornillados a un solo orden.

En suma, vuelvo en el cierre de mi recorrido a la boutade con la que arranqué estos párrafos: el orden ilusorio en el que vivimos es sólo una coartada de nuestra resignación y nuestra flojera para pensar. Destruyamos, cuestionemos todo y que el caos sea un permanente e imaginativo motor de la creatividad.

Nota. Texto leído el 26 de febrero de 2025 en la presentación del libro La obsesiva realidad del caos celebrada en la Casa Mudéjar de Torreón. Participamos Mariana Ramírez, el autor y yo, y fue organizada por Nadia Contreras, coordinadora del área de Literatura del Instituto de Cultura y Educación de Torreón (IMCE).

sábado, agosto 26, 2023

Descubrimiento de Didier Eribon

 











Gana el Nobel o muere un escritor islandés y de inmediato salen a opinar, no sin autoridad, comentaristas que muestran fotos con la obra completa del susodicho y explicaciones tan articuladas que parecen párrafos de tesis. No estoy siendo irónico, creo de verdad que hay lectores totales, máquinas de conocerlo, comprarlo y deglutirlo todo, y lo que a mí me parece un escritor recóndito, absolutamente desconocido, para algunos es autor de cajón, figura habitual en los entrepaños de sus bibliotecas. En fin, voy a otro ritmo, y nada sé sobre los inmortales del momento eslovacos o tunecinos.

Luego de esta intro abochornada por frontal en la asunción de mi ignorancia, sigo con una reseña que comienza aquí en modo anécdota (“en modo” es una locución adverbial reciente y puesta en circulación, creo que como calco del inglés, por el argot de la telefonía móvil: “en modo vuelo”): allá por junio ingresé a una librería de viejo y en el hurgamiento no saltaba nada que esfumara mi desinterés. Estaba por claudicar y salir con las manos despobladas, pero me detuve en un libro que ya había visto antes varias veces en ese mismo sitio atestado de títulos imprevisibles. O sea, ese libro había recibido mi recurrente desdén y quizá, porque allí seguía, el de muchos otros potenciales compradores. El caso es que, dado el nulo fruto de aquella incursión a la librería, me detuve en el volumen y leí su cuarta de forros. Bien. Luego leí la semblanza del autor en la primera solapa, e igual, bien. Ya observado con un poco de detenimiento, el libro parecía ofrecer algo bueno por los pinchurrientos ochenta pesos que costaba. Y me lo llevé.

Al llegar a casa (era sábado) comencé a deslizar mi atención en la primera página de Regreso a Reims (Libros del Zorzal, Buenos Aires, 2015, 250 pp., traducción de Georgina Fraser), de Didier Eribon (Reims, 1953). Lo que pasó después de acceder a esos renglones es que ya no pude detenerme y para el domingo en la noche lo había terminado. Y pensé: “Este será uno de los mejores libros que leeré en 2023”. Es agosto, llevo varios leídos, claro, pero Regreso a Reims sigue estando entre mis nominados para llevarse el galardón “El mejor libro que leí en el año”, premio que por otro lado a nadie le importa, salvo a mí.

¿Y qué es Regreso a Reims? Han pasado más de dos meses desde que lo leí y conservo intacto lo que me deparó, tanto que casi no necesito tener el libro a la vista para reseñarlo. Es una memoria, la del sociólogo y filósofo Didier Eribon. Su encanto, el poder persuasivo de esas páginas, radica, creo, en la sinceridad con la que asume el tema de su libro que —como decía Montaigne— es el mismo autor y la apretada maraña de dificultades que encaró para llegar a la respetabilidad intelectual de la que ahora goza. Hijo de una familia pobre, ignorante y algo disfuncional por lo violenta, Eribon debió romper a ciegas el cascarón de su futuro académico y, junto a esto, lidiar con el descubrimiento, otra adversidad, de su condición homosexual.

La recordación es tan minuciosa como severa: además de relatar las circunstancias necesariamente difíciles para un chico y luego un joven con aptitudes pero sin orientación ni recursos, Eribon analiza los pliegues de su conducta, la manera en la que fue construyendo su visión de la realidad, lo que incluye, conforme avanzaba a los tumbos su vida académica, la vergüenza de su origen social en un medio, el académico francés, que no excluye el clasismo y está diseñado para anular la movilidad ascendente. Como buen sociólogo, Eribon coloca su individualidad en los contextos políticos y culturales que se fueron dando en su país y su llegada a un plano en el cual la cátedra y los libros testimonian que, pese a todo, alcanzó un pico alto de respetabilidad intelectual.

En suma, Regreso a Reims describe en primera persona, sin eufemismos, sin ambages, la accidentada edificación de un destino. Para cuajar en lo que cuajó Eribon, fueron determinantes la voluntad y ciertas carambolas favorables, no la estructura de un sistema diseñado para escamotear oportunidades a quienes comienzan el partido de sus vidas perdiendo cinco goles a cero.

Didier Eribon es autor de una biografía de Michel Foucault (traducida a veinte idiomas) y ha publicado también varias obras como Identidades: reflexiones sobre la cuestión gay, Una moral de lo minoritario y Herejías: ensayos sobre la teoría de la sexualidad. Es hoy considerado uno de los intelectuales franceses más importantes; la Universidad de Yale le otorgó en 2008 el James Robert Brudner Memorial Prize.

Su Regreso a Reims es un libro inteligente y entrañable al mismo tiempo.


miércoles, junio 07, 2023

Steiner y el pensamiento












Entre las diversas colecciones del Fondo de Cultura Económica se encuentra una, la Cenzontle, que me gusta mucho por tres razones: la primera, su diseño; la segunda, la brevedad de sus tomos; y la tercera, la calidad de sus contenidos. Podría añadir una cuarta razón: su bajo precio. En Torreón hay muchos de sus títulos en la librería Educal enclavada, como sabemos, en el Museo Arocena. Son unos libritos tamaño cuarto de oficio (más o menos), todos con el mismo diseño exterior y los mismos excelentes materiales. Tengo varios, y en abril pasado leí uno de la serie: Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento (FCE coeditado con Siruela, México, 2020, 83 pp.). Lo comento grosso modo.

Su título es elocuente: el erudito francés (1929-2020) reflexiona en diez capítulos sobre el pensamiento y la inevitabilidad de la tristeza que atraviesa la consciencia humana. Cada apartado cierra con una afirmación similar: de la primera a la décima, concluye que la explorada en cada sección es una razón más para la tristeza del pensamiento.

Aunque no tanto como para no hacerlo disfrutable, es un libro denso para quien, como yo, no está habituado a navegar honduras filosóficas. Siento incluso que más allá de las conclusiones, más allá del aterrizaje de cada apartado, lo fundamental, lo mejor, son las afirmaciones que Steiner va dejando en el camino de su exposición. En cada página hay una pincelada memorable, un razonamiento asombroso sobre la asombrosa máquina de pensar. En este sentido, es de esos libros que se antojan llenos de potenciales citas y epígrafes, plenos de quirúrgica profundidad.

Por ejemplo, sobre la superabundancia de pensamientos inevitables e inútiles: “No hay quizá ninguna actividad humana más extravagante. No pensamos en nuestro pensamiento excepto en los breves periodos de concentración epistemológica o psicológica. Casi en su totalidad, el incesante conjunto y suma del pensamiento pasa fugazmente, inadvertido, sin forma ni utilidad. Satura la consciencia y muy posiblemente el subconsciente, pero se seca como una delgada lámina de agua sobre la tierra abrasada”, y poco más adelante, “la masa del iceberg del pensamiento humano se desvanece, sin ser percibida ni registrada, en el cubo de la basura del olvido”. Un libro pequeño, sí, pero inmejorable para pensar en qué y cómo pensamos, y por qué los humanos somos esencialmente un animal triste.

sábado, julio 20, 2019

El pez paralizante
























Ayer celebramos la presentación en Gómez Palacio de El pez torpedo. Ética aplicada (Colofón-Arteletra, México, 2018, 99 pp.), libro de Javier Prado Galán (Torreón, Coah., 1959), jesuita, doctor en filosofía por la Universidad Nacional Autónoma de México y autor de numerosos libros, todos vinculados con la reflexión filosófica. En su trayectoria profesional, Javier ha fungido como vicerrector de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México y actualmente es Director General Académico de la Ibero León.
La ética es la rama filosófica con la que más se ha relacionado el quehacer de Prado Galán. En varios de sus libros, tal reflexión se ha dado en el plano de lo, digamos, general, de lo abstracto. El pez torpedo es una puesta en práctica del imperativo ético en la vida cotidiana. El filósofo lagunero ha delimitado entonces el territorio de su propuesta a ocho espacios del accionar común: el ambiental, el amoroso y sexual, el científico, el empresarial, el político, el profesional, el mediático y el vital. Como podemos imaginar, casi no queda ámbito del entramado humano que no sea al menos sobrevolado por la mirada del autor.
¿Y qué es el “pez torpedo”? ¿Por qué figura en el título y se asimila a la dimensión ética? Prado Galán comenta que Sócrates fue calificado de “torpedo” en alusión al pez cuya facultad es paralizar o “entorpecer”, tal y como la ética lo hace cuando queda puesta sobre la mesa antes de tomar casi cualquier decisión. Así entonces, el propósito del libro es plantear que en todas las dimensiones de su existencia el hombre puede enfrentar al pez torpedo, es decir, a la ética que ralentice o limite sus acciones e incluso las anule.
Cada ensayo nos pone frente al abismo abierto por la ética y su envés: la indiferencia. Por ejemplo, en el caso de la ética ambiental sabemos que es urgente frenar el deterioro de la naturaleza, pero esta posibilidad choca con la necesidad de mantener la producción tal cual y, de paso, los empleos. Algo similar ocurre con la ciencia, navaja de filo doble: por un lado, facilita la existencia, y, por el otro, la pone en riesgo, y para muestra bastan los botones del gran desarrollo médico al lado del vertiginoso avance del armamentismo, todo relacionado con la “tecnociencia”. Las demás éticas (empresarial, política, mediática…) tienen igualmente el afán, si no de paralizar, al menos sí de colocarnos frente a disyuntivas que por complejas demandan nuestra urgente y permanente preocupación.

miércoles, julio 03, 2019

Dos de sesenta















Hace exactamente sesenta años, dos madres laguneras dieron a luz casi al unísono: una, Alicia Galán, el primero de julio de 1959; otra, Socorro Muñoz, el 3 de julio de ese mismo año. Con dos días de diferencia de hace exactamente seis décadas nacieron Javier Prado Galán y Gerardo García Muñoz, ambos amigos míos y ambos verdaderos maestros del pensamiento y la escritura.
Los conocí por medio de Gilberto, hermano de Javier. Mi mente ubica una borrosa tarde de 1987 u 88 como el día en el que Gilberto y yo entramos a la ya extinta cafetería Los Globos, sita en la calle Cepeda, al lado del también extinto Banco de México, y vimos que en unos sillones pullman conversaban G y J, quienes eran cuates, lo supe allí, porque ambos coincidieron un tiempo como estudiantes en el Tec de La Laguna, esto antes de que Javier decidiera abrazar la carrera religiosa en la Compañía de Jesús. Javier nos dejó a Gilberto y a mí la amistad de Gerardo, quien además de ser un excelente ingeniero, leía literatura a pasto, tanta o más que la consumida por muchos escritores. Pasados los años, Javier se ordenó jesuita, terminó su licenciatura, la maestría y al final el doctorado en Filosofía por la UNAM. Ha publicado ocho libros, todos de filosofía centrada en la ética, y como funcionario ha sido vicerrector académico de la Ibero Ciudad de México y actualmente es director académico en la Ibero León. Como pasa con su hermano Gilberto, el hecho de dedicarse a la filosofía no como reproductor, sino como filósofo en sí mismo, es decir, como hombre que propone un pensamiento propio, no lo ha alejado de la vida cotidiana, y es tan futbolero y santista como el más pintado.
Por su parte, Gerardo terminó la licenciatura y la maestría como ingeniero electrónico, pero abandonó esa disciplina para hacer la maestría y luego el doctorado en Letras, ambos en Estados Unidos, una en la Universidad de Las Cruces, Nuevo México, y el otro en la de Arizona. Ha publicado nueve libros de ensayo y actualmente es profesor universitario en la ciudad de Houston, Texas. Y lo mismo: la erudición de Gerardo no lo ha hecho un hombre presuntuoso, sino al revés, pues se trata de un amigo sencillo y con enorme sentido del humor.
Estos dos laguneros son de lo que más presumo. Amables, generosos, cultísimos ambos, han hecho una carrera académica que debe enorgullecer a La Laguna. Ambos han llegado al sexto piso de la vida en plenitud de facultades. Sé, siempre sé esto, que sus mejores libros están por venir. Felicidades a los dos.