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sábado, septiembre 02, 2023

Un libro tangencial

 











Aunque sea cacofónico afirmarlo así, el ensayo nece-sita de la cita. Sólo por no dejar, recuerdo algunos casos lejanos y cercanos que ejemplifican la pertinencia de las citas en quienes se dedican a pensar, a ejercer alguna de las mil maneras de la crítica. Alfonso Reyes era un arsenal, y alguna vez Borges, que también lo era, celebró esa facilidad: a la vera de cualquier tema, desde el más simple hasta el más complejo, el regiomontano desenvainaba una cita oportuna, no pocas veces inmejorable. Y Borges igual, insisto. Más cerca de lo humano, recuerdo el caso de Juan Forn, cuyas columnas periodísticas adquirían motricidad a partir de lo citado, casi como si el embrague de sus textos fueran las citas que él sabía cortar como japonés podando bonsáis. Gilberto Prado Galán fue lo más cercano que leí y escuché como alfaguara de citas que brotaban por todos los poros de su conversación y sus ensayos.

Porque en trance de citar, cita cualquiera, pero no en todos los casos hay puntería ni oportunidad en el uso de lo citado. La cita, pues, no sólo debe ser buena, sino quedar incrustada en el momento idóneo de la conversación o del texto, y no aventarla al discurso como quien arroja azúcar a los churros.

Esta es la razón por la que, curiosamente, me han gustado y me gustan muchos libros de corte ensayístico. No porque sean un apelmazamiento de citas excelentes tiradas como con displicencia y sólo para mostrar los músculos de la erudición, sino para catapultar o redondear con tino una idea propia, una reflexión personal. O sea, un libro con citas deslumbrantes no sirve si a la vez no deja ver una cabeza bien amueblada en el citador, un pensamiento que concierte de manera satisfactoria lo propio con lo ajeno. Esto lo enseñó, muy bien enseñado, el señor Montaigne desde finales del siglo XVI.

Los párrafos precedentes sirven como preámbulo (preámbulo es el lugar por donde se camina antes: pre, antes; ambulare, andar) a un breve comentario sobre el libro Por la tangente. De ensayos y ensayistas (Taurus, México, 2020, 190 pp.), de Jesús Silva-Herzog Márquez (Ciudad de México, 1965). Contiene 44 ensayos breves y simétricos, como de tres o cuatro páginas cada uno, en los que el politólogo nos aproxima al mismo número, 44, de escritores de todas las nacionalidades y pelajes. Se trata entonces de un libro asimilable al famoso grabado de Escher: con una mirada ensayística se avanza hacia los recintos del ensayo, y en sus escaleras y pasadizos nos encontramos con ideas que se conectan y se desconectan en muchas las direcciones posibles del entendimiento.

Su título, Por la tangente, alude a la noción del ensayismo clásico: a diferencia del texto dogmático, seguro de sí mismo como roca, el ensayo es sinuoso, serpentino, elusivo, dúctil, niega o asegura sin taxatividad, se escurre de las manos, afirma y duda, avanza y retrocede, y siempre deja entrever que ante la certeza categórica él, el ensayo, prefiere desplazarse por la tangente, por la insegura periferia.

La asamblea de este libro reúne nombres como los de Montaigne, Unamuno, Reyes, Cuesta, Auden, Zambrano (María), Szyimborska y muchos más, y es siempre a partir de alguna de sus ideas, directa o indirectamente citadas con pertinencia y eficacia, como el autor traza su propia reflexión sobre ¿qué? Imposible resumirlo, sólo podría decir que es dable encontrar en estas páginas muchas consideraciones atendibles sobre la escritura, la muerte, el dolor, la risa, el fracaso, la imaginación, la disciplina… la vida en suma.

Silva-Herzog Márquez es bien conocido y seguido como columnista y panelista de televisión sobre todo por quienes abominan a López Obrador; en Por la tangente trabaja otra parcela: exhibe su misma buena prosa, pero meditabunda, tangencialmente, entra con ella a pensar en asuntos muy distintos a los de la picaresca política de México.


sábado, agosto 26, 2023

Descubrimiento de Didier Eribon

 











Gana el Nobel o muere un escritor islandés y de inmediato salen a opinar, no sin autoridad, comentaristas que muestran fotos con la obra completa del susodicho y explicaciones tan articuladas que parecen párrafos de tesis. No estoy siendo irónico, creo de verdad que hay lectores totales, máquinas de conocerlo, comprarlo y deglutirlo todo, y lo que a mí me parece un escritor recóndito, absolutamente desconocido, para algunos es autor de cajón, figura habitual en los entrepaños de sus bibliotecas. En fin, voy a otro ritmo, y nada sé sobre los inmortales del momento eslovacos o tunecinos.

Luego de esta intro abochornada por frontal en la asunción de mi ignorancia, sigo con una reseña que comienza aquí en modo anécdota (“en modo” es una locución adverbial reciente y puesta en circulación, creo que como calco del inglés, por el argot de la telefonía móvil: “en modo vuelo”): allá por junio ingresé a una librería de viejo y en el hurgamiento no saltaba nada que esfumara mi desinterés. Estaba por claudicar y salir con las manos despobladas, pero me detuve en un libro que ya había visto antes varias veces en ese mismo sitio atestado de títulos imprevisibles. O sea, ese libro había recibido mi recurrente desdén y quizá, porque allí seguía, el de muchos otros potenciales compradores. El caso es que, dado el nulo fruto de aquella incursión a la librería, me detuve en el volumen y leí su cuarta de forros. Bien. Luego leí la semblanza del autor en la primera solapa, e igual, bien. Ya observado con un poco de detenimiento, el libro parecía ofrecer algo bueno por los pinchurrientos ochenta pesos que costaba. Y me lo llevé.

Al llegar a casa (era sábado) comencé a deslizar mi atención en la primera página de Regreso a Reims (Libros del Zorzal, Buenos Aires, 2015, 250 pp., traducción de Georgina Fraser), de Didier Eribon (Reims, 1953). Lo que pasó después de acceder a esos renglones es que ya no pude detenerme y para el domingo en la noche lo había terminado. Y pensé: “Este será uno de los mejores libros que leeré en 2023”. Es agosto, llevo varios leídos, claro, pero Regreso a Reims sigue estando entre mis nominados para llevarse el galardón “El mejor libro que leí en el año”, premio que por otro lado a nadie le importa, salvo a mí.

¿Y qué es Regreso a Reims? Han pasado más de dos meses desde que lo leí y conservo intacto lo que me deparó, tanto que casi no necesito tener el libro a la vista para reseñarlo. Es una memoria, la del sociólogo y filósofo Didier Eribon. Su encanto, el poder persuasivo de esas páginas, radica, creo, en la sinceridad con la que asume el tema de su libro que —como decía Montaigne— es el mismo autor y la apretada maraña de dificultades que encaró para llegar a la respetabilidad intelectual de la que ahora goza. Hijo de una familia pobre, ignorante y algo disfuncional por lo violenta, Eribon debió romper a ciegas el cascarón de su futuro académico y, junto a esto, lidiar con el descubrimiento, otra adversidad, de su condición homosexual.

La recordación es tan minuciosa como severa: además de relatar las circunstancias necesariamente difíciles para un chico y luego un joven con aptitudes pero sin orientación ni recursos, Eribon analiza los pliegues de su conducta, la manera en la que fue construyendo su visión de la realidad, lo que incluye, conforme avanzaba a los tumbos su vida académica, la vergüenza de su origen social en un medio, el académico francés, que no excluye el clasismo y está diseñado para anular la movilidad ascendente. Como buen sociólogo, Eribon coloca su individualidad en los contextos políticos y culturales que se fueron dando en su país y su llegada a un plano en el cual la cátedra y los libros testimonian que, pese a todo, alcanzó un pico alto de respetabilidad intelectual.

En suma, Regreso a Reims describe en primera persona, sin eufemismos, sin ambages, la accidentada edificación de un destino. Para cuajar en lo que cuajó Eribon, fueron determinantes la voluntad y ciertas carambolas favorables, no la estructura de un sistema diseñado para escamotear oportunidades a quienes comienzan el partido de sus vidas perdiendo cinco goles a cero.

Didier Eribon es autor de una biografía de Michel Foucault (traducida a veinte idiomas) y ha publicado también varias obras como Identidades: reflexiones sobre la cuestión gay, Una moral de lo minoritario y Herejías: ensayos sobre la teoría de la sexualidad. Es hoy considerado uno de los intelectuales franceses más importantes; la Universidad de Yale le otorgó en 2008 el James Robert Brudner Memorial Prize.

Su Regreso a Reims es un libro inteligente y entrañable al mismo tiempo.


miércoles, noviembre 09, 2022

Inteligencia lúdica en Los ojos de la Medusa*



















Esta reseña permaneció inédita durante diez años. La desempolvo ahora como un recuerdo bibliográfico más de nuestro llorado amigo:

Hay libros que pueden parecer breves, pero son como la poza que es apenas la superficie de ríos subterráneos. Su brevedad es sólo física, ya que bajo los renglones tienen tal densidad de información que es muy difícil pasar por ellos sin sentir la gravitación de una enciclopedia con numerosos tomos. Es el caso de algunos ensayos recientes de Gilberto Prado Galán (Torreón, 1960), como Fragmentos del asombro y, ahora, Los ojos de la Medusa. Se trata de libros en los que el mejor ensayista literario de La Laguna confirma dos destrezas que pocos saben combinar tan bien: una abundante carga de información y una facilidad refinadamente poética para expresarla.
Si bien Prado Galán ha encarado muchas formas del ensayo, es en algunos muy recientes donde lo siento ya plenamente encanchado. Forma y fondo conviven tan cómodamente en sus ensayos de esta índole que en ciertos momentos, arrastrados como vamos por el embrujo de su prosa, dan la impresión de haber sido escritos como quien ve el televisor, a pierna tendida sobre el taburete. No por otra razón dije en 2006, al presentar Fragmentos del asombro, lo que reitero a propósito de Los ojos de la Medusa: no ha perdido su exquisita belleza, su endemoniada acuñación de imágenes deslumbrantes, el colorido de su vocabulario inagotable, pero ha ganado en placidez, en una especie de sabio desenfado, en una desenvoltura de jugador que sabe perfectamente cuál es su tamaño y se permite todas las prerrogativas del estilo.
En efecto, el Gilberto Prado que se quita de encima los arreos del aparato erudito, que pone al margen el ensayo armado con instrumental académico, es un Gilberto Prado pleno en su agua y nadando alegre por todos los escondrijos del arrecife intelectual. A tal grado llega su destreza en este nado que nos ciega como lo haría un caleidoscopio: cuando vemos las figuras vidriadas y especulares de este juguete, no sólo nos vamos sorprendiendo ante la novedad de cada figura, y cada cristal (o sea, cada frase y cada párrafo y cada página y cada capítulo) es un motivo de pasmo. El lector, así, convive con un delicioso problema: ¿en qué me fijo si leo un ensayo de Gilberto Prado? ¿En el uso de alguna palabra sacada de su habitual sentido y colocada en otro como si allí comenzara una nueva historia de su significado? ¿En la frase cuyo ritmo parece acuñado durante horas y para servicio de la poesía más que de la prosa expositiva? ¿En el párrafo que redondea sin mancha una afirmación compleja? ¿En el dato erudito, en la conexión vertiginosa de datos, en la precisión de las referencias, en el manejo recurrente del humor como sal y como pimienta de su jugosa enciclopedia? El lector, creo, tiene mucho qué mirar si pasa sus ojos por cualquier página de Prado Galán.
Los ojos de la Medusa es un libro, entonces, con virtudes misceláneas. Quien lo agarre de la mano será guiado por él y recorrerá un camino que lo colocará en el género tal y como lo imaginó Montaigne: el del ensayo libre, personal, muy bien armado de lecturas apuntaladoras pero siempre con un enfoque en el que predomina el novedoso tratamiento de su asunto y el equilibrado juicio del autor, nunca el aserto gritón y dogmático.
Su tema es la cabeza, esa parte del ser humano donde se hospeda el mecanismo más asombroso jamás inventado por la naturaleza: el cerebro. Desde ahí, es claro, está la novedad: un ensayo no precisamente médico ni filosófico, ni enfáticamente psiquiátrico ni nada de eso, sino literario, relajado, ameno, para escarbar como niño en el jardín donde florece la inteligencia del hombre.
Nunca lo he escrito y creo que jamás lo haré, pues con este ensayo a la vista siento que son innecesarias mis palabras: el cerebro es tan asombroso que es el único órgano capaz de saber que está pensando, es decir, de pensarse a sí mismo. Un brazo no sabe que es brazo, ni una uña sabe que es uña. Tampoco un melón entiende que es un melón, ni una mariposa comprende que es una mariposa. Menos: una silla no sabe que es una silla, o un neumático jamás comprenderá que es un neumático ni para qué demonios lo inventaron. El cerebro, en cambio, no sólo piensa en lo ajeno, sino en lo que le es inherente (es decir, piensa en el pensamiento), tanto que el cerebro sabe que es cerebro, para qué sirve, dónde está, qué enfermedades padece y algunas otras cosas que la ciencia ha descubierto. No sabemos —el cerebro no lo sabe exactamente— cómo piensa o qué son y dónde se encuentran exactamente resguardados los conocimientos/ideas/recuerdos, pero supongo que para allá avanzan las disciplinas que lo estudian, y alguna vez lo sabremos.
Sobre estas perplejidades, aunque se oiga muy borgesiano, ara el ensayo de Gilberto Prado. Lo hace discurriendo por los terrenos de la historia, la psiquiatría y la literatura, siempre con un flujo expositivo tan rico en conceptos como divertido y no pocas veces revelador de referencias que establecen para nosotros puntos clarificadores, sí, y también detonantes de preguntas.
Pero no quiero insinuar que es el puro cerebro, sino la cabeza toda, su tema. Recuerdo por ello el ensayo de Montaigne sobre el dedo pulgar: todo es materia digna de ensayo, y así lo entiende Prado Galán, quien, por ejemplo, al comentar cierta parte de la cabeza, la lengua, afirma:
        
La lengua es animal marino: mora en una cueva húmeda pertrechada, en la parte frontal, por un a veces hermético cerco de dientes. Debo agregar que la lengua es un animal marino habitualmente pacífico. Suele inquietarse, durante el día, en tres momentos claves correspondientes a actividades específicas: cuando el ser humano come, habla y emprende efusivos lances eróticos. Entonces este pacífico animal, con forma de cucurucho, se solivianta. (…) Con la lengua distinguimos sabores, componemos palabras y excitamos zonas erógenas. Es, por esto, un instrumento útil, sabio y placentero.

Si eso y más puede decirse sobre la lengua, no sabemos lo vasto que es el conocimiento sobre los ojos, las orejas, la nariz, las cejas, las pestañas, y todo lo que les atañe como el estornudo, el ronquido, las lágrimas, etcétera, hasta llegar al centro donde se ubica el órgano que reúne con su liderazgo a los sentidos: el cerebro, siempre el cerebro, y la cabeza de la que se describen en este libro muchas históricas pérdidas debidas a la decapitación.
Los ojos de la Medusa, el más reciente libro de Gilberto Prado Galán, confirma por enésima la ya larga y solvente permanencia del admirado GPG en las grandes ligas de la ensayística literaria nacional. Y no olvidemos que él, que su feraz cerebro, es de aquí, de La Laguna.

*Texto leído en la presentación de Los ojos de la Medusa (Gilberto Prado Galán, UIA Santa Fe, México, 80 pp.) celebrada el 23 de noviembre de 2012 en el Museo Regional de La Laguna. Torreón, Coahuila. Participaron Héctor Matuk Núñez, Jaime Muñoz Vargas y el autor.

sábado, abril 09, 2022

Sobre el señor de Montaigne

 














Michel Eyquem es uno de los personajes más interesantes en la historia de la cultura occidental. No se le conoce tanto por su nombre real, sino por el que él eligió: Michel de Montaigne, o, mejor, Montaigne a secas. Dada la admiración que desde 1580 despierta en muchos lectores, no son pocas las semblanzas que han tratado de escudriñar su vida. Una de ellas, todavía reciente, es La muerte de Montaigne (Tusquets, 2011, 289 pp.), del chileno Jorge Edwards (Santiago, 1931). Dije “semblanza” pero en realidad es eso y algo más, o algo más y eso, no sé. La verdad es que se trata de un libro articulado a caballo entre la biografía, el ensayo y quizá un poco, si queremos, la autobiografía. Lo importante en todo caso es que se trata de un libro entrañable sobre la figura más saliente del Renacimiento francés, y eso basta para acometer su lectura.

Edwards, gran narrador que además ha sido diplomático de su país en Cuba y en Francia, se siente fascinado por la figura de Montaigne, y afortunadamente ha podido comunicarnos esta fascinación. Sin apegarse a un criterio cronológico ceñido, poco a poco reconstruye ante nosotros el perfil de aquel hombre peculiar. Nació en 1533 en el castillo familiar ubicado en Burdeos, y allí mismo murió hacia 1592. En medio de esas dos fechas cupieron muchas andanzas y una formación intelectual que a la postre serviría como dinamo de su escritura. Montaigne, nos cuenta Edwards, tuvo una relación estrecha con su padre, Pierre Eyquem, hombre próspero y sin gran cultura, pero admirador de artistas e intelectuales. Esto lo movió a buscar para su hijo Michel un preceptor que desde las primerísimas letras lo instruyera sólo por medio del latín. Así fue como Montaigne, de niño, trabó amistad literaria con ídolos que lo acompañarían toda su vida: Plutarco, Séneca, Cicerón y muchos más, principalmente latinos. Su amor por la lectura lo movió después a escribir y a publicar, de modo que en 1580, a los cuarenta y tantos de su edad, dio a la estampa, como antes se decía, la primera tanda de sus Essais, palabra que escogió como título para los extraños textos que había confeccionado.

La palabra, que en español conocemos como “ensayo”, corrió con mucha suerte sobre el lomo de las páginas escritas en el Château de Montaign, castillo donde su dueño se encerró a leer y a entintar la pluma. Su placer mayor estaba en la biblioteca, sitio donde grabó frases latinas en las vigas y donde halló el tono y la forma de su escritura, es decir, el tono y la forma del ensayo puro, el ensayo a la manera de Montaigne: viable para desmenuzar una idea con la mirada más personal posible, sin temor a la erudición digresiva, íntimo, sincero en su rechazo al dogmatismo, libre. Esta forma de proceder, mostrada en la famosa página que sirvió como prólogo a la primera salida de los Essais, es la que sirve para afirmar hoy que el ensayo revela a su autor, lo desnuda espiritualmente: “Si mi objetivo hubiera sido buscar el favor del mundo, habría echado mano de adornos prestados; pero no, quiero sólo mostrarme en mi manera de ser sencilla, natural y ordinaria (…) yo mismo soy el contenido de mi libro, lo cual no es razón para que emplees tu vagar en un asunto tan frívolo y tan baladí. Adiós, pues”.

El hombre que ha escrito esas páginas, que ha bautizado el molde de su quehacer como “ensayo”, es pues el centro del libro La muerte de Montaigne. Jorge Edwards no ha querido fijarse sólo en la escritura de Montaigne, sino enriquecer la imagen que de él podemos hacernos ubicándolo en su contexto social y cultural. Aunque era un hombre acomodado, le tocó una época difícil. Católicos y protestantes (llamados “hugonotes” en Francia) reñían sin escatimar violencia y sangre. La política de la tolerancia y la diplomacia, a la que Montaigne era afecto, no servía de mucho para aplacar los extremismos religiosos, pero aún en ese contexto supo hacerse oír por ambos bandos, aunque siempre con zozobra ante el peligroso qué dirán. Frente a la radicalización de las posiciones, fórmula que en aquellos tiempos derivaba sin titubeos en agresión física, en adicción a los azotes y las hogueras, Montaigne vivió y escribió en el tono medio de quien desea, para empezar, como primer requisito, que la vida se mantenga siendo vida para a partir de allí, sobre ese piso elemental, construir algo. El espíritu de moderación, templanza y sinceridad en la exhibición de emociones/opiniones es la savia que recorre los renglones de Montaigne, su pulsión humana.

Como ya observé, este libro tiene mucho de poliédrico. Sus facetas más destacables tienen que ver con la vida privada (incluso íntima) de Montaigne, con sus viajes, con su trabajo como funcionario público, con su pasión por el encierro y los libros, con su rechazo al acoso basado en las posiciones que hoy, anacrónicamente, podemos llamar supremacistas.

Dos ingredientes relevantes más contienen estas páginas: por un lado, aquel en el que el autor espiga su circunstancia, sus ideas políticas y literarias, su visión de Chile, y, por otro, la referencia que hace sobre Marie de Gournay, la admiradora de Montaigne que terminaría siendo su corresponsal epistolar, más adelante su albacea literaria y más adelante todavía una de las precursoras del pensamiento feminista.

La muerte de Montaigne es, por todo, un libro cómodo para aproximarse al señor de la Montaña, aquel terco y novedoso, en su tiempo, “historiador de sí mismo”.

miércoles, noviembre 06, 2019

Boceto de Hugo Hiriart














Presentar a un escritor de larga trayectoria, como en este caso a Hugo Hiriart, puede hacerse por dos caminos: el primero y más habitual, tomando la ruta de la semblanza en modo solapa de libro como ésta que ofrece la Revista de la Universidad y espero sea confiable aunque no la más actualizada: “Hugo Hiriart nació en la Ciudad de México el 28 de abril de 1942. Narrador, dramaturgo, guionista y ensayista. Estudió filosofía en la FFyL de la UNAM. Ha sido director y productor del Teatro Santa Catarina y director del Instituto de México en Nueva York. Actualmente es docente en el área de literatura dramática de la Universidad de la Ciudad de México. Becario de la Fundación Guggenheim en 1984. Miembro del SNCA desde 1994. Premio Xavier Villaurrutia 1972 por Galaor. Premio de la Asociación Mexicana de Críticos 1980. Premio Woodrow Wilson Internacional Center for Scholars 1988 Washington. Ganador del Ariel 1990 al mejor mediometraje por Xochimilco, historia de un paisaje. Primer lugar en el I Certamen Nacional de Juguetes 1993. Premio de dramaturgia Juan Ruiz de Alarcón 1999. Premio Nacional de Ciencias y Artes 2009, en el campo de Lingüística y Literatura. Premio Mazatlán de Literatura 2011 por su libro El arte de perdurar (Editorial Almadía). Entre sus libros destacan Disertación sobre las telarañas, 1980; Acerca de la naturaleza de los sueños, 1995; Los dientes eran el piano, 1999)”.
Por supuesto, una semblanza de esta índole —insisto que de la modalidad solapa de libro— algo nos dice sobre la persona pero suele dejar fuera lo esencial. Y he aquí el segundo camino mediante el cual podemos presentar a un escritor: Hugo Hiriart no es solamente, pues, la suma de su currículum, la enumeración cronológica de sus libros y premios, sino, a mi parecer y si me pidieran que lo definiera en tres patadas, un espíritu que mira, duda y sonríe. En efecto, si algo destaca en su amplia obra es la curiosidad de su mirada, el acento siempre puesto en la duda y un velo nada infrecuente de humor asordinado.
Escritor con los variados intereses del erudito, Hiriart tiene permanentemente presente que el estilo debe ser sobrio y atractivo a un tiempo. Su obra refleja pues un equilibrio sutil entre el qué y el cómo: decir algo inteligente, agudo, revelador, con un tratamiento bello de la forma. Es posible advertir esto en toda su obra, por ejemplo en su trabajo ensayístico, zona de la escritura en la que Hiriart se mueve con harta soltura, como chef en la cocina, para no incurrir en el lugar común del pez en el agua. Es, aunque suene raro expresarlo así en este momento, discípulo directo de Montaigne como cultor del ensayo libre, personal, creativo, ese ensayo que desde el humanista francés tiene como centro la subjetividad del propio autor.
Doy el ejemplo de El arte de perdurar, libro que tenemos muy a la mano pues no hace tanto, en 2010, lo publicó Almadía. Con una prosa que no dudo en calificar de exquisita, Hiriart reflexiona en el tono del ensayo clásico, es decir, amable, relajado, culto, sobre la idea de la perduración que en general sueñan los artistas sin que esto signifique convertirla en tema visible en sus conversaciones o escritos. En aquellas páginas, el escritor mexicano expone el tema de su libro: “… pese a estar tan presente en los sueños íntimos del escritor, el tema de la perduración ha merecido poca atención directa de la crítica. Indirecta sí: las historias de la literatura son, en parte, sobre eso. Se juzga de mal gusto hablar sobre la trascendencia, el tema es irritante, tal vez, hasta de mal agüero, y se le escamotea. (…) Nosotros no. El tema de este ensayo es el de la perduración literaria”. Para acercarse al objeto auscultado, Hiriart apela a dos ejemplos mayúsculos: Jorge Luis Borges y Alfonso Reyes, y parte de una pregunta: “¿Por qué Borges alcanzó una gloria literaria que le ha sido negada a Reyes?” A partir de allí comienza la indagación, trabajo de suyo difícil si consideramos que la materia observada es tenue, intangible, un fantasma que debe ser puesto bajo la lupa”.
Un solo texto de ejemplo no hace verano, pero a merced tenemos muchos otros libros igualmente valiosos como Vivir y beber, Sobre la naturaleza de los sueños y su hermano Disertación sobre las telarañas, los dos últimos de editorial Era; en ellos, este Montaigne mexicano asedia varios temas con punzante claridad y belleza. En Disertación sobre las telarañas hay un ensayo titulado “El arte de la dedicatoria”, acaso uno de sus textos más conocidos. En él, nuestro homenajeado reflexiona zumbonamente sobre la dedicatoria como género literario, y amoneda (este verbo tiene la marca registrada de Borges) una dedicatoria posible: “No deberemos olvidar las dedicatorias excluyentes: ‘dedico estos poemas a toda la humanidad, menos a Enrique Krauze’”. Siguiendo el maldoso guiño, el historiador dedicó su libro Retratos personales de esta forma: “Dedico este libro a toda la humanidad, menos a Hugo Hiriart”, que fue como dedicarlo sólo a él.
No los distraigo más. Nomás quiero añadir que homenajeamos en esta Primera Feria Región Laguna no a toda la humananidad, sino sólo al narrador, dramaturgo, guionista, articulista y ensayista Hugo Hiriart. Me da muchísimo gusto saludarlo y agradecer personalmente sus libros. Bienvenido de nuevo a La Laguna, maestro. Gracias por acompañarnos.

sábado, agosto 29, 2015

La paginita de Montaigne




















Cuando uno lee más de lo habitual —pero no se emocionen: leer más de lo habitual en México de todos modos significa leer muy poco— termina por desarrollar habilidades más propias del malabarismo que del trabajo intelectual. Quiero decir que al estar metidos en la lectura obligatoria —para las clases, para las ediciones— y la lectura hedónica terminamos consumiendo “de todo”, tanto que a veces se dan combinaciones muy extrañas. Por ejemplo, hoy en la mañana (o sea ayer) se me juntaron un libro titulado Literatura de izquierda (Tumbona, México, 2011), que leo por gusto, y algunos ensayos de Montaigne, que releo porque me impuse necesitarlos en un curso. Poco tienen en común en casi todo, salvo en el género, pues ambos son ensayos. El primero es del argentino Damián Tabarovsky (Buenos Aires, 1967), y contiene una diatriba contra las complacencias y los convencionalismos de la literatura contemporánea. El segundo, el de Montaigne publicado en 1580, ya sabemos de qué variadísimos asuntos trata.

A simple vista no parecen tener mucho en común, y de hecho no lo tienen, como ya apunté. Sin embargo, gracias a esas operaciones de la mente que donde percibe desorden busca un hilo conductor, hallé que el alegato de Tabarovsky de alguna manera roza la estrellitis que padecen/apetecen hoy los escritores debido a la lógica del mercado y en cierto sentido también a la lógica de la academia. Hoy no es tan importante escribir bien, ser creativo, construir ficciones novedosas o qué sé yo; para el mercado es importante que los autores de este tiempo se dejen ver, den entrevistas, dediquen libros, tengan opiniones sobre todo, cuenten anécdotas, sean repentistas consumados, se burlen de “lo establecido”, en suma, que sean dignos promotores de su personaje principal: ellos mismos. Esta (con)cesión al mercado desactiva la pasión, digamos, autocrítica, y produce algo peor que una literatura para el mero consumo: produce clowns, escritores de pasarela.

Y es aquí donde pienso en Montaigne. Pese al nada insignificante hecho de haber escrito una obra descomunal para su tiempo y para cualquier tiempo, la prologó él mismo con una paginita que hoy sería rechazada por el marketing: “Si mi objetivo hubiera sido buscar el favor del mundo, habría echado mano de adornos prestados; pero no, quiero sólo mostrarme en mi manera de ser sencilla, natural y ordinaria (…) yo mismo soy el contenido de mi libro, lo cual no es razón para que emplees tu vagar en un asunto tan frívolo y tan baladí. Adiós, pues”. Así de simple, así de grande.