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miércoles, enero 06, 2021

Dos dedicatorias

 














Dedicar es habitual en el mundo del arte. Suele ser un paratexto inocuo, la mayor parte de las veces un mero guiño afectivo entre el autor y un ser querido o cuando menos apreciado. Acostumbramos, por ello, no poner atención a las dedicatorias, acaso el menos importante de los elementos que aderezan la creación artística. Ya Hugo Hiriart escribió un texto insuperable —insuperable por su humor y su agudeza— sobre el “Arte de la dedicatoria”. Aparece en el libro Disertación sobre las telarañas (Martín Casillas Editores, México, 1980), y en él discurre el ser de la dedicatoria, por decirlo con flequillo mamonamente filosófico. No amplío al respecto, sólo reitero que es el mejor texto que he leído sobre las características de la dedicatoria.

Me vino Hiriart a la cabeza porque recién, al repasar el libro Tango: discusión y clave (Losada, Buenos Aires, 1997; la primera edición data del 63), de Ernesto Sábato, reencontré su bella dedicatoria a Borges, y me pareció percibir una suerte de eco. Losada presenta esa dedicatoria en forma de caligrama: la tipografía, quiero decir los renglones, construyen la silueta de una guitarra, y en ella el autor de Sobre héroes y tumbas expresa lo siguiente: “Las vueltas que da el mundo, Borges: Cuando yo era un muchacho, en años que ya me perecen pertenecer a una especie de sueño, versos suyos me ayudaron a descubrir melancólicas bellezas de Buenos Aires: en viejas calles de barrio, en rejas y aljibes, hasta en la modesta magia que en la tardecita puede contemplarse en algún charco de las afueras. Luego, cuando lo conocí personalmente, supimos conversar de esos temas porteños, ya directamente, ya con el pretexto de Shopenhauer o Heráclito de Efeso. Luego, años más tarde, el rencor político nos alejó; y así como Aristóteles dice que las cosas se diferencian en lo que se parecen, quizá podríamos decir que los hombres se separan por lo mismo que quieren. Y ahora, alejados como parece que estamos (fíjese lo que son las cosas), yo quisiera convidarlo con estas páginas que se me han ocurrido sobre el tango. Y mucho me gustaría que no le disgustasen. Creameló”. Ignoro si esta dedicatoria apareció en la primera y en la segunda ediciones, o sólo en la segunda, la que tengo.

En 1960, Borges había publicado El hacedor. Lo dedicó a Lugones con una página que no vacilo en calificar de perfecta. Entre otras palabras, dice: “Si no me engaño, usted no me malquería, Lugones, y le hubiera gustado que le gustara algún trabajo mío. Ello no ocurrió nunca, pero esta vez usted vuelve las páginas y lee con aprobación algún verso, acaso porque en él ha reconocido su propia voz, acaso porque la práctica deficiente le importa menos que la sana teoría. En este punto se deshace mi sueño, como el agua en el agua. La vasta biblioteca que me rodea está en la calle México, no era la calle Rodríguez Peña, y usted, Lugones, se mató a principios del treinta y ocho. Mi vanidad y mi nostalgia han armado una escena imposible. Así será (me digo) pero mañana yo también habré muerto y se confundirán nuestros tiempos y la cronología se perderá en un orbe de símbolos y de algún modo será justo afirmar que yo le he traído este libro y que usted lo ha aceptado”.

Sólo marco una curiosidad, no revelo nada importante. En ambas dedicatorias hay al menos seis elementos afines: inusual extensión larga, cierta descripción de la urbe, un sueño, admiración del autor al dedicatario, una relación algo tirante entre ambos y deseo del autor de que la obra complazca al amigo.

Y presiento una semejanza adicional: en ambas veo genuino afecto.


miércoles, noviembre 06, 2019

Boceto de Hugo Hiriart














Presentar a un escritor de larga trayectoria, como en este caso a Hugo Hiriart, puede hacerse por dos caminos: el primero y más habitual, tomando la ruta de la semblanza en modo solapa de libro como ésta que ofrece la Revista de la Universidad y espero sea confiable aunque no la más actualizada: “Hugo Hiriart nació en la Ciudad de México el 28 de abril de 1942. Narrador, dramaturgo, guionista y ensayista. Estudió filosofía en la FFyL de la UNAM. Ha sido director y productor del Teatro Santa Catarina y director del Instituto de México en Nueva York. Actualmente es docente en el área de literatura dramática de la Universidad de la Ciudad de México. Becario de la Fundación Guggenheim en 1984. Miembro del SNCA desde 1994. Premio Xavier Villaurrutia 1972 por Galaor. Premio de la Asociación Mexicana de Críticos 1980. Premio Woodrow Wilson Internacional Center for Scholars 1988 Washington. Ganador del Ariel 1990 al mejor mediometraje por Xochimilco, historia de un paisaje. Primer lugar en el I Certamen Nacional de Juguetes 1993. Premio de dramaturgia Juan Ruiz de Alarcón 1999. Premio Nacional de Ciencias y Artes 2009, en el campo de Lingüística y Literatura. Premio Mazatlán de Literatura 2011 por su libro El arte de perdurar (Editorial Almadía). Entre sus libros destacan Disertación sobre las telarañas, 1980; Acerca de la naturaleza de los sueños, 1995; Los dientes eran el piano, 1999)”.
Por supuesto, una semblanza de esta índole —insisto que de la modalidad solapa de libro— algo nos dice sobre la persona pero suele dejar fuera lo esencial. Y he aquí el segundo camino mediante el cual podemos presentar a un escritor: Hugo Hiriart no es solamente, pues, la suma de su currículum, la enumeración cronológica de sus libros y premios, sino, a mi parecer y si me pidieran que lo definiera en tres patadas, un espíritu que mira, duda y sonríe. En efecto, si algo destaca en su amplia obra es la curiosidad de su mirada, el acento siempre puesto en la duda y un velo nada infrecuente de humor asordinado.
Escritor con los variados intereses del erudito, Hiriart tiene permanentemente presente que el estilo debe ser sobrio y atractivo a un tiempo. Su obra refleja pues un equilibrio sutil entre el qué y el cómo: decir algo inteligente, agudo, revelador, con un tratamiento bello de la forma. Es posible advertir esto en toda su obra, por ejemplo en su trabajo ensayístico, zona de la escritura en la que Hiriart se mueve con harta soltura, como chef en la cocina, para no incurrir en el lugar común del pez en el agua. Es, aunque suene raro expresarlo así en este momento, discípulo directo de Montaigne como cultor del ensayo libre, personal, creativo, ese ensayo que desde el humanista francés tiene como centro la subjetividad del propio autor.
Doy el ejemplo de El arte de perdurar, libro que tenemos muy a la mano pues no hace tanto, en 2010, lo publicó Almadía. Con una prosa que no dudo en calificar de exquisita, Hiriart reflexiona en el tono del ensayo clásico, es decir, amable, relajado, culto, sobre la idea de la perduración que en general sueñan los artistas sin que esto signifique convertirla en tema visible en sus conversaciones o escritos. En aquellas páginas, el escritor mexicano expone el tema de su libro: “… pese a estar tan presente en los sueños íntimos del escritor, el tema de la perduración ha merecido poca atención directa de la crítica. Indirecta sí: las historias de la literatura son, en parte, sobre eso. Se juzga de mal gusto hablar sobre la trascendencia, el tema es irritante, tal vez, hasta de mal agüero, y se le escamotea. (…) Nosotros no. El tema de este ensayo es el de la perduración literaria”. Para acercarse al objeto auscultado, Hiriart apela a dos ejemplos mayúsculos: Jorge Luis Borges y Alfonso Reyes, y parte de una pregunta: “¿Por qué Borges alcanzó una gloria literaria que le ha sido negada a Reyes?” A partir de allí comienza la indagación, trabajo de suyo difícil si consideramos que la materia observada es tenue, intangible, un fantasma que debe ser puesto bajo la lupa”.
Un solo texto de ejemplo no hace verano, pero a merced tenemos muchos otros libros igualmente valiosos como Vivir y beber, Sobre la naturaleza de los sueños y su hermano Disertación sobre las telarañas, los dos últimos de editorial Era; en ellos, este Montaigne mexicano asedia varios temas con punzante claridad y belleza. En Disertación sobre las telarañas hay un ensayo titulado “El arte de la dedicatoria”, acaso uno de sus textos más conocidos. En él, nuestro homenajeado reflexiona zumbonamente sobre la dedicatoria como género literario, y amoneda (este verbo tiene la marca registrada de Borges) una dedicatoria posible: “No deberemos olvidar las dedicatorias excluyentes: ‘dedico estos poemas a toda la humanidad, menos a Enrique Krauze’”. Siguiendo el maldoso guiño, el historiador dedicó su libro Retratos personales de esta forma: “Dedico este libro a toda la humanidad, menos a Hugo Hiriart”, que fue como dedicarlo sólo a él.
No los distraigo más. Nomás quiero añadir que homenajeamos en esta Primera Feria Región Laguna no a toda la humananidad, sino sólo al narrador, dramaturgo, guionista, articulista y ensayista Hugo Hiriart. Me da muchísimo gusto saludarlo y agradecer personalmente sus libros. Bienvenido de nuevo a La Laguna, maestro. Gracias por acompañarnos.

miércoles, octubre 30, 2019

Feria lagunera en puerta




















El lunes 4 de noviembre por la mañana comenzará uno de los proyectos culturales más importantes emprendidos recientemente en La Laguna: la Primera Feria del Libro Región Laguna, actividad a la que se han sumado numerosas instituciones públicas y privadas de ambos lados del Nazas. No podía ser de otra manera, dado que las ferias de esta índole demandan el concurso de muchos y muy variados esfuerzos, todos enderezados hacia el propósito de alentar el contacto con la imaginación y el pensamiento crítico a partir, sobre todo, del contacto con el libro.
Esta feria tiene un valor, para mí, doble: en primer término, tiene como sede la ciudad de Gómez Palacio, donde nací; y en segundo, que aspira a reproducir (hoy dicen “replicar”, verbo que jamás usaría así) la dinámica de otras ferias con probada eficacia en el contexto nacional, de ahí que hoy prácticamente no haya estado o ciudad importante que no las organice. En efecto, las ferias del libro han echado raíces hondas en varias partes porque en torno al libro se desarrolla un montón de actividades cuyo fin es fomentar no sólo la lectura, sino el orgullo comunitario y la cohesión social. La FIL de Guadalajara es el más alto ejemplo de lo que digo, pues año tras año logra lo que ya enuncié y de paso, lo cual no es poco logro, dinamiza de manera notable la economía de aquella zona.
Como digo, la Feria del Libro Región Laguna intenta, a una escala mucho más pequeña pero ya significativa y valiosa, establecer en nuestra comarca el accionar de las ferias de su tipo: traer editoriales, presentar libros, conferencias, mesas redondas, talleres, cursos y otras actividades cercanas como conciertos, obras de teatro, proyección de películas y demás, todo con el fin de ofrecer al ciudadano, principalmente al niño y al joven, una oportunidad de acceder a un tipo distinto de educación y entretenimiento.
Parte fundamental del éxito de las ferias radica en los intelectuales convocados. La que se celebrará en Gómez Palacio, por ejemplo, rendirá homenaje a Hugo Hiriart, uno de los más importantes escritores mexicanos, y, entre otros, recibirá a escritores como Martín Solares, Rogelio Guedea, Laura Baeza, Jaime Mesa, Socorro Soto, Zita Barragán, José Reveles, Saúl Rosales, Lucila Navarrete, Nadia Contreras y Vicente Alfonso.
Del 4 al 9 de noviembre en la ExpoFeria de Gómez Palacio. Entrada Libre (a todo) de 9 am a 6 pm. Vayan.

sábado, marzo 31, 2018

Vivir y/o beber según Hiriart
























Poco a poco he abarcado la bibliografía de Hugo Hiriart, por otro lado no muy abultada. Se ha convertido en un escritor al que aprecio desde que leí Disertación sobre las telarañas, libro que me lo presentó como autor peculiar, de esos que trabajan no tanto para el pragmatismo del conocimiento sino para las delicadezas del placer especulativo. Lo mismo hallé en La naturaleza de los sueños y en El arte de perdurar, títulos que ratificaron mi admiración por el también autor de Galaor, premio Xavier Villaurrutia 1972.

En estas vacaciones acomodé libros y saltó uno breve que no había leído: Vivir y beber (Cal y arena, México, 1989, 91 pp.), del mismo Hiriart. Es, éste sí, un libro con fleco pragmático, si se puede decir así, un alegato descarnado contra el infierno de la dipsomanía. Hiriart “es” alcohólico, así que conoce a fondo el laberinto en el que nos interna. Entrecomillé el verbo no porque al momento de escribir el libro siguiera bebiendo, sino porque, como lo sabemos y queda confirmado en estas páginas, el alcoholismo es una dependencia sin orillas, de suerte que el alcohólico es alcohólico aunque deje de beber. Esta es, precisamente, una de las claves de su salvación: aceptar que jamás está salvado, que una copa puede desencadenar la recaída en el abismo si es que alguna vez se ha logrado escapar de él.

Con una sinceridad a quemarropa, Hiriart articula Vivir y beber en tres capítulos planteados en formato de respuesta a las siguientes preguntas: “¿Qué pasa?”, “¿Qué podemos hacer?” y “¿Para qué?”. En el primero expone brutalmente la realidad del bebedor enfermo; cuando en efecto lo es, no hay remedio, lo es y poco a poco incrementará sus dosis y perfeccionará sus estratagemas para conseguir alcohol hasta terminar abatido por el trago si antes no aparece el remedio desarrollado en el segundo apartado: tras alguna crisis casi terminal puede llegar la postergada aceptación de la enfermedad y el consecuente acceso de la ayuda, como participar en algún grupo de Alcohólicos Anónimos. Un eje de la “conversión” está en no anticipar el futuro, en que el alcohólico no piense si beberá mañana, pasado mañana o dentro de un año, sino en acatar la regla simple y desafiante de no beber en el presente exacto, en el hoy. En ¿“Para qué?”, Hiriart describe la razón última a la que aspira el destierro del trago; aunque suene cursi, dice, el objetivo es que el espíritu del alcohólico se desarrolle sin la tortura, la culpa y la autodestrucción a la que se precipita si no frena a tiempo.

Libro claro, sincero y contundente, Vivir y beber es otro buen motivo para dialogar con Hugo Hiriart.

miércoles, mayo 07, 2014

El tino de Arreola














Publicado en el libro Vuelo sobre las profundidades (Lumen, México, 2010), José Agustín recuerda su relación con Juan José Arreola. Lo conoció en el DF, cuando el autor de La feria fundó el taller literario Mester en el que participaron Federico Campbell, Gustavo Sáinz, René Avilés Fabila, Gerardo de la Torre, Jorge Arturo Ojeda, Tita Valencia, José Carlos Becerra y Hugo Hiriart, entre muchos otros. Como se ve, Arreola vio pasar en su taller de enderezado y pintura a muchos jóvenes que luego se convertirían en escritores más que reconocidos y reconocibles en nuestra República de las Letras.Pese a formar un grupo compacto en torno a Arreola, impresiona que ninguno se parezca significativamente a él, que todos puedan ser percibidos hoy, más bien, distantes de la estética seguida por su preceptor de aquellos días. La clave de esta diferenciación se encuentra, según puedo ver, en un párrafo de José Agustín: “A fines de 1963 escribí un cuentito, en primera persona y franco lenguaje coloquial, sobre un repugnante porro universitario que hacía funciones mercenarias de rompehuelgas. Tenía el horrendo título de ‘El Nicolás’ y para mí era importante porque me había abierto toda una temática, personajes y un nuevo uso del lenguaje. Arreola dijo que el texto se redondeaba bien y que el lenguaje se manejaba adecuadamente, se trataba de un buen cuento, pero como él detestaba a ese tipo de jóvenes abusivos mi lectura lo había disgustado. Yo no me sentí mal; en el fondo me impresionó que reconociera el valor del cuento a pesar de que le disgustaba”.
La importancia del testimonio trasciende lo anecdótico, pues muestra a un maestro de escritura literaria que orienta y acepta más allá de sus ya bien afincados gustos. En efecto, “El Nicolás” es un sujeto abyecto, un cabrón pintado con desparpajada prosa por José Agustín. El relato se ubica pues en las antípodas de lo que produjo Arreola, pero algo vio el maestro de Jalisco que le sirvió para palomearlo pese a la irritación que le provocaban esos bichos y, tal vez, esa prosa.
Lo que vio es, en ese instante, la frescura de una prosa nada academicista, nada tiesa, sino abiertamente cercana a la oralidad callejera de aquel jipioso momento. Arreola escuchó en José Agustín el latido de una generación renovadora, y lejos de frenarla o torcer su rumbo, la entendió y la impulsó como nadie lo había hecho hasta entonces y como nadie, creo, lo hizo después.
Si algo le debe México, pues, a don Juan José, no es sólo su obra publicada, sino su capacidad para ver y oír a los jóvenes que pusieron textos frente a sus ojos. Arreola supo qué hacer con ellos, y la prueba está en que todos nos han dejado libros importantes como De perfil y Pretexta y Galaor y muchísimos más.

jueves, diciembre 23, 2010

Un asedio a la perduración



Quise hacerlo ayer, pero comienzo aquí mi rosario decembrino de reseñas bibliográficas; espero que sean al menos diez. Comentaré, como lo he hecho en diciembres pasados, algunos de los libros que leí durante el año y a los que por alguna razón no les pude dedicar unas palabras. Procedo.
El arte de perdurar, ensayo de Hugo Hiriart, se suma a los afortunados libros (Galaor, Disertación sobre las telarañas, Sobre la naturaleza de los sueños) que le debemos a este autor nacido en la Ciudad de México hacia 1942. No sé si sea el mejor, pero me parece que es necesario contarlo entre los más destacados y por ello recomendarlo a quienes se hayan planteado alguna vez el tema de la supervivencia literaria, es decir, la misteriosa razón por la que un escritor (o su obra, mejor dicho) sobrevive o desaparece definitivamente tras su muerte.
Lo publicó Almadía (2010, 159 pp.) en una de sus bellas colecciones, ésas que en cada libro complementan el forro con una camisa de cartulina y un lúdico suaje o troquel. Con una prosa que no dudo en calificar de exquisita, Hiriart reflexiona en el tono del ensayo clásico, es decir, amable, relajado, culto, sobre la idea de la perduración que en general sueñan los artistas sin que esto signifique convertirla en tema visible en sus conversaciones o escritos. En los renglones de tanteo, también a la manera del ensayo a la Montaigne, el escritor mexicano expone el tema de su libro: “… pese a estar tan presente en los sueños íntimos del escritor, el tema de la perduración ha merecido poca atención directa de la crítica. Indirecta sí: las historias de la literatura son, en parte, sobre eso. Se juzga de mal gusto hablar sobre la trascendencia, el tema es irritante, tal vez, hasta de mal agüero, y se le escamotea. (…) Nosotros no. El tema de este ensayo es el de la perduración literaria”.
Para acercarse a su objeto auscultado, Hiriart apela a dos ejemplos mayúsculos: Jorge Luis Borges y Alfonso Reyes, y parte de una pregunta: “¿Por qué Borges alcanzó una gloria literaria que le ha sido negada a Reyes?” A partir de allí comienza la indagación, trabajo de suyo difícil si consideramos que la materia observada es harto tenue, intangible, un fantasma que debe ser puesto bajo la lupa.
Por allí, en la página 24, Hiriart cita unas palabras de Cardoza y Aragón: “La fama es indescifrable. Ya quisiera llegar yo a perdurar, no con un libro entero, sino con un poema, y hasta con un verso”. Pues bien, Hiriart despliega su mirada para tratar de descifrar, con las prosas de Borges y Reyes como conejillos, el porqué de una fama y el porqué de una no-fama, o al menos de una fama parcial, menor la del mexicano si es comparada con la del argentino.
La exploración es apretada, tanto que no tiene desperdicio. Del regiomontano destaca lo que sigue: “Reyes está disperso en la delicada orfebrería de sus pequeñas obras maestras. A mí me basta con ellas. El problema aparece cuando quiero trasmitir ese entusiasmo (…) Reyes es muchos y no es posible hallar el uno que los unifique”. Esta característica, la oceánica diversidad de la obra alfonsina, impide construir una imagen única que apuntale, según Hiriart, la perduración. Otro rasgo destacable en Reyes es su hiperracionalidad; por su estilo, por sus temas, por su índole, “no podía acceder con soltura a lo irracional e informe”, la zona oscura que es o ha sido parte esencial del arte.
Al contrario, Hiriart destaca en Borges el reverso de las dos monedas; hay una posibilidad de percibirlo a partir de su obsesión por los detalles: “Me asombra que Borges haya descubierto desde tan joven una de las claves de su modo literario de madurez, a saber, reducirse a lo particular, evitar al máximo lo discursivo y saltar de sentencia en sentencia, de ejemplo brillante en ejemplo brillante, de noticia en noticia. Borges es como un orfebre que va engarzando joyas”. Asimismo, “Borges no es como Reyes, cortés y civilizado: Borges es arbitrario, iconoclasta e imperioso”. Grosso modo, de una manera correteada, eso es parte de lo que sostiene Hiriart, pero más vale hincarle el ojo a toda la brillante exposición; en sustancia sirve para valorar la perdurabilidad en las letras y, por qué no, en todas las demás artes, pues en cualquier disciplina es un deseo confeso o inconfeso del creador.
“El arte de perdurar” es, pues, el ya sobrevolado ensayo que da título al libro, y el más largo. Hay al final ocho ensayos más, todos imperdibles (sobre Rubens, Velázquez, Cervantes…). Hugo Hiriart siempre trae jiribilla, y en este libro no fue la excepción.