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miércoles, mayo 07, 2014

El tino de Arreola














Publicado en el libro Vuelo sobre las profundidades (Lumen, México, 2010), José Agustín recuerda su relación con Juan José Arreola. Lo conoció en el DF, cuando el autor de La feria fundó el taller literario Mester en el que participaron Federico Campbell, Gustavo Sáinz, René Avilés Fabila, Gerardo de la Torre, Jorge Arturo Ojeda, Tita Valencia, José Carlos Becerra y Hugo Hiriart, entre muchos otros. Como se ve, Arreola vio pasar en su taller de enderezado y pintura a muchos jóvenes que luego se convertirían en escritores más que reconocidos y reconocibles en nuestra República de las Letras.Pese a formar un grupo compacto en torno a Arreola, impresiona que ninguno se parezca significativamente a él, que todos puedan ser percibidos hoy, más bien, distantes de la estética seguida por su preceptor de aquellos días. La clave de esta diferenciación se encuentra, según puedo ver, en un párrafo de José Agustín: “A fines de 1963 escribí un cuentito, en primera persona y franco lenguaje coloquial, sobre un repugnante porro universitario que hacía funciones mercenarias de rompehuelgas. Tenía el horrendo título de ‘El Nicolás’ y para mí era importante porque me había abierto toda una temática, personajes y un nuevo uso del lenguaje. Arreola dijo que el texto se redondeaba bien y que el lenguaje se manejaba adecuadamente, se trataba de un buen cuento, pero como él detestaba a ese tipo de jóvenes abusivos mi lectura lo había disgustado. Yo no me sentí mal; en el fondo me impresionó que reconociera el valor del cuento a pesar de que le disgustaba”.
La importancia del testimonio trasciende lo anecdótico, pues muestra a un maestro de escritura literaria que orienta y acepta más allá de sus ya bien afincados gustos. En efecto, “El Nicolás” es un sujeto abyecto, un cabrón pintado con desparpajada prosa por José Agustín. El relato se ubica pues en las antípodas de lo que produjo Arreola, pero algo vio el maestro de Jalisco que le sirvió para palomearlo pese a la irritación que le provocaban esos bichos y, tal vez, esa prosa.
Lo que vio es, en ese instante, la frescura de una prosa nada academicista, nada tiesa, sino abiertamente cercana a la oralidad callejera de aquel jipioso momento. Arreola escuchó en José Agustín el latido de una generación renovadora, y lejos de frenarla o torcer su rumbo, la entendió y la impulsó como nadie lo había hecho hasta entonces y como nadie, creo, lo hizo después.
Si algo le debe México, pues, a don Juan José, no es sólo su obra publicada, sino su capacidad para ver y oír a los jóvenes que pusieron textos frente a sus ojos. Arreola supo qué hacer con ellos, y la prueba está en que todos nos han dejado libros importantes como De perfil y Pretexta y Galaor y muchísimos más.

miércoles, septiembre 02, 2009

Instantáneas de Garibay



He descrito ya, no recuerdo cuándo ni dónde, que la fama de volcán que tenía Ricardo Garibay (1923-1999) no me impidió acercarme a él para pedirle una entrevista. No sé cómo le hice, pero nervioso y todo me acerqué para solicitar que platicáramos. Yo no tenía qué perder, así que con algo de cinismo me aproximé a él luego de que despachó una conferencia mañanera en el paraninfo de la Universidad Autónoma de Chihuahua. Mi sorpresa fue grande cuando dijo que estaba cansado, pero que me esperaba en el café de su hotel a las cinco de la tarde. Y allá fui. Creo que aquello ocurrió en 1993 o 94. Conversé con Garibay como tres horas, luego publiqué la larga entrevista y nunca se la mandé, pues me daba pavor imaginar su opinión sobre el vaciado de las respuestas. Luego lo vi otra vez, cuando lo presenté en una Feria del Libro organizada por la UIA en el Casino de los Industriales, en Torreón.
Por supuesto, mis referencias sobre este escritor hidalguense eran varias y diversas antes de conocerlo: lo había leído (La casa que arde de noche, Beber un cáliz), lo había visto en la tele (sus huraños monólogos en Imevisión) y lo leía muy seguido, casi cada semana, en su columna de Proceso. Debido a esos antecedentes, porque el viejo era duro de roer y no se doblaba con cualquier sabandija, mi encuentro con él fue revelador: lejos de ser bronco me trató con una deferencia que hasta la fecha me impresiona.
Por todo eso veo con gusto que ahora lo estén recordando a propósito de su décimo aniversario luctuoso. No fue, por su carácter, el más celebrado de los escritores mexicanos, pero creo que su obra se irá imponiendo como una de las más consistentes en la narrativa mexicana del siglo XX. De hecho, poco a poco, apagado el vendaval de su personalidad en vivo, va quedando lo mejor de aquel hombre: su literatura, una literatura que nos introduce a mundos recios y realistas, al fango, al dolor y la violencia, a la desolación del ser humano frente al ser humano. Sobre él han opinado muchos que lo conocieron y que, como yo, probaron que su gesto agrio era tal vez la coraza tras la que se escondía un sujeto con grandes deseos de conversar y compartir experiencias. Ahora, pues, al cumplir diez años de muerto, nada como echarle un ojo a cualquiera de sus libros, que por otro lado no son densos ni aparatosos.
Para dibujar mejor a Garibay traigo cuatro instantáneas de colegas suyos que lo trataron y lo leyeron: “Ricardo Garibay aparece como un artesano riguroso de la palabra eclipsado por la fuerza de una personalidad malhumorada, a veces estrepitosa, orgullosa hasta el enfado. Algo en él recuerda a Ernest Hemingway: el culto del hombre rudo, la devoción machista, aparejada a un deportivo virtuosismo del cuento real. Era, ¿quién lo duda?, un asceta del sueño y de la fantasía, a los que nunca sucumbió. Su musa no venía del trasmundo: era mundana e hiperrealista. Se complacía en los diálogos callejeros, en las pendencias del pugilato, en los discretos encantos de la miseria y en las variedades de la experiencia arrabalera, en la fauna y en la comedia urbana” (Adolfo Castañón). “Con todo y su aspereza, sus modos de relación en los que solió primar la jactancia, hizo amigos buenos que le durarían toda la vida. Su inteligencia fue sólida y flexible, ávida de novedades y leal a sus pasiones” (Juan José Reyes). “A pesar de que haya sido un hereje, hecho por el cual no fuera tan reconocido como se lo merece, Garibay utilizó el lenguaje del vulgo para hacer grandes obras maestras, ese lenguaje que se hereda del pueblo, de la gente que hace la lengua”, (Agustín Ramos). “Garibay era un torrente de talento y cultura, de justa agresividad. Implacable y severo, no toleraba torpezas ni lo impresionaban los talentos surgidos al amparo de la publicidad” (René Avilés Fabila). Como podemos apreciar, la admiración por Ricardo Garibay sigue creciendo, lenta pero ininterrumpidamente.

lunes, febrero 02, 2009

El bosque de René



Córrale, todavía quedan ejemplares de Nomádica 40, que contiene, entre otros, “Los osos y su mirada”, comentario de Paco Valdés Perezgasga sobre el Ursus americanus de la Sierra Picachos, en Nuevo León; y “Adaptaciones de los chapulines” de la Reserva de la Biosfera de Mapimí (en este caso como tema biológico, no político). Además, como en algunos números recientes de Nomádica he tratado de establecer una vinculación entre literatura y flora/fauna, comparto aquí el más reciente que espero sirva de gancho y no de lo contrario; lleva el título que encabeza esta entrega de Ruta Norte:
En la visita que hizo a Torreón hacia octubre de 2007, René Avilés Favila me dejó, aparte de una grata impresión de conversador repleto de anécdotas e información sobre los pequeños y grandes enconos del mundillo cultural capitalino, un par de libros. Uno de ellos fue la edición, todavía fresca de tinta en aquel momento, de El bosque de los prodigios (bestiario prehispánico y otras aberraciones), obra que sin duda pertenece a la genealogía que en América Latina tiene como piedra angular al Manual de zoología fantástica, de Borges. Ya en otro momento dentro de estas páginas nomádicas he recordado que en México hay, por lo menos, dos autores que no están tan a la zaga del escritor argentino: Juan José Arreola, con su Bestiario, y Eduardo Lizalde, con su Manual de flora fantástica. A ellos podemos agregar, aunque el registro de sus microprosas es algo distinto, La oveja negra y demás fábulas, de Augusto Monterroso.
La peculiaridad de El bosque de los prodigios (libro que por cierto se suma a la reunión de las obras completas que Editorial Patria viene haciendo de Avilés Fabila) está planteada en el subtítulo. Si Borges comenta los rasgos de muchos seres de diferentes mitologías y Arreola escoge bestias de distintos nichos ambientales, el autor de Los juegos centra su mirada en la exuberancia de las mitologías americanas antes de la llegada de los españoles. No le faltan, pues, prodigios a su obra, ya que si algo tuvieron las culturas precolombinas fueron seres imaginarios que “encarnaban” seres y fenómenos visibles e invisibles.
Apegado al registro asentado por Borges en su Manual…, Avilés Fabila aborda con ironía a cada uno de sus seres. El diapasón o tono de esta prosa, creo, tuvo como principal difusor a Borges en Latinoamérica, pero en más de una ocasión se ha insistido que ese enfoque socarrón es una herencia de Marcel Schwob, de suerte que, por ejemplo, la Historia universal de la infamia es impensable sin las Vidas imaginarias escritas por el francés. A esa cadena de influencias se suma El bosque… de Avilés Fabila, y dado que domina bien el registro irónico, las numerosas entidades mágicas que pueblan su libro nos llevan de la mano hacia esa forma de la escritura que parece estar lejos del humor, pero que definitivamente lo busca y lo alcanza. Veamos algunos casos:
En “El árbol asesino” (ya el mismo título refleja el ameno disparate), se afirma que “Ninguno de ellos proyectaba sombra y las plantas no crecían a su alrededor. Una especie de pino de ramas oscuras, largas y flexibles que se agitaban como tentáculos de pulpo. Al tener cerca a su víctima, humana o animal, los brazos lo atrapaban y le sorbían la sangre. Por ello no requerían de agua para sobrevivir”.
El libro alcanza puntos de hilarante ebullición en más de una página. Y es justificable: al aplicar al mundo prehispánico la lógica cartesiana que supuestamente ya tenemos, el resultado es la risa; en “El pez de agua”, el autor resume lo que describió un fraile franciscano: “Es un pez que tiene todas las características del medio donde habita: el agua. Es inodoro, incoloro y carece de sabor, lo que significa que las carnes, la sangre y la osamenta del animal son de agua y en consecuencia no es posible verlo. Alguna vez, narra el religioso, lo tuvo en las manos, lo sintió, entre desconcertado y asqueado y violentamente lo devolvió a su elemento. Le pareció una ‘cosa del diablo’, pues se trataba de un ‘pez invisible a los ojos’, una criatura demoniaca”.
Más allá de la documentación existente, como no es un libro de historia ni de zoología el lector acepta el convenio de las hipérboles o las conjeturas sobre los seres enlistados, de ahí que, como en “El guajolote parlante de los aztecas”, importe menos la referencia documental, si la hay, que los rasgos atribuidos al animal por la conseja populachera: “Ave codiciada (…) los mexicas o los tlaxcaltecas llegaban a adquirirla en el mercado de Tlatelolco. Muchos guajolotes parlantes eran dueños de un gran repertorio de palabras escuchadas a lo largo de su vida. Entre más vocablos sabían, más alto era el precio solicitado”.
Más de un placer depara El bosque de los prodigios al lector que allí se adentre. No vacilo en concluir que este libro no desmerece frente a sus notables antecesores.