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sábado, junio 28, 2025

Mover un maldito dedo

 








Como parió siete hijos, una de las frases recurrentes de mi madre era “no mueven un maldito dedo”. La soltaba, claro, cuando veía que su horda de huevones no colaboraba en las tareas del hogar. La figura retórica a la que se ajusta aquella frase es la hipérbole: “Exageración fuera de toda medida para ponderar algo”, según la definición que a quemarropa desenfunda mi memoria. La exageración puede avanzar hacia lo mucho y hacia lo poco: “La película duró un siglo”, “Llegaré en un segundo”. Obviamente, en sentido literal los hijos de doña Catalina sí movían un dedo, pero obviamente, también, eso era asaz insuficiente para salvarla de los quehaceres domésticos y evitar su molestia.

El párrafo anterior aspira a ser una introducción al tema de la actividad física, sea cual sea. En la columna del miércoles señalé que durante junio, nuestro peor mes del año en términos de clima, he visto varios partidos del Mundial de Clubes, lo que sin duda ha implicado un sedentarismo peligroso, pues uno suele “no mover un maldito dedo” cuando se planta frente al monitor. Mi madre se hubiera quejado al verme así, aplastadote en el sillón durante dos choques diarios.

Por uno de esos desconcertantes caprichos de la memoria, asimismo recordé muy vagamente un texto periodístico de Juan José Arreola. Lo busqué en el libro donde lo leí (en 1987) y en efecto estaba allí. Fue publicado en Inventario (Grijalbo, México, 1976, 158 pp.), libro que hacia los setenta reunió varias piezas de la columna homónima alimentada por Arreola en El Sol de México. El texto que mi recuerdo pescó en lo más recóndito del disco duro no tiene título, y es lo suficientemente breve como para traerlo íntegro a este apunte (página 87):

“El deporte está en crisis. Una crisis que abarca a casi todos los deportes en casi todos los lugares de la Tierra. Parece que en este mundo y gracias a los medios de difusión visual de noticias y espectáculos, todos nos estamos volviendo espectadores pasivos aunque frecuentemente fanáticos.

Una cosa se nos olvida: el deporte puede ser un ejercicio personal y cotidiano. ¿Por qué no nos ponemos a jugar usted y yo al tenis de mesa? Se trata de un deporte a nuestro alcance, que requiere un espacio reducido y un equipo venturosamente económico. Pero, venturosamente también, el ping pong es un deporte completo que exige el rendimiento integral de la persona, de todos sus recursos, físicos y espirituales.

El tenis de mesa es un duelo, pero también es un diálogo. Cada pelota viene como una pregunta y reclama la respuesta instantánea. Toda nuestra capacidad de ataque y defensa está en juego.

Al reclamar de nosotros una coordinación perfecta entre la voluntad activa y la destreza corporal, el tenis de mesa desarrolla a un grado máximo las posibilidades del ser en cada persona. Esto es, verifica a cada momento nuestro ideal de perfección: la energía psíquica se libera instantáneamente por medio de nuestros recursos físicos. Y cada golpe acertado produce satisfacción y plenitud vital.

El diálogo pimponístico concluye siempre con un buen remate, como la frase sintáctica en su punto final. Y nos convence a todos”.

No lo olvidé porque en aquel tiempo me resultó significativo ver que Arreola hacía un elogio del ping pong, deporte que para entonces yo ya practicaba con decoro amateur. El recuerdo me instala en el patio de mi casa, que era particular, y allí, junto con algunos amigos de la cuadra, organizamos un torneo exprés. El antecedente inmediato fue que Gerardo, el mayor de la palomilla, consiguió no sé cómo una red, dos raquetas y varias pelotitas. Faltaba la mesa, problema que resolvimos secuestrando un comedor de madera que tenía en desuso la familia de otro de los cuates.

En ese torneo informal pasé de la impericia absoluta a cierto grado de control sobre la pelotita y sus efectos, lo que me llevó a sostener muy buenos duelos. Los años me alejaron del ping pong, pero nunca olvidé la mecánica del movimiento necesario para jugar contra otros oponentes en diferentes momentos de la vida: en 2015 tuve mi mayor rivalidad “pimponística” en la Argentina, cuando jugué unas retas eternas con el escritor Fabián Vique ¡en la sala de su casa! Él, si suspendiera por un instante su natural satírico, podría dar fe de que no fui mal competidor.

Ahora que la edad se me vino encima sin carnaval ni comparsa, me quedan dos opciones: el sedentarismo, es decir, el deporte sólo practicado con los ojos frente al monitor, o caminar. He elegido la segunda; no es la gran cosa, pero algo es algo para que la frase de mi madre no me acose como latigazo en el recuerdo.

sábado, agosto 08, 2020

Lección del CEM















¿Qué tienen en común Carlos Monsiváis, Homero Aridjis, Inés Arredondo, Juan José Arreola, Rubén Bonifaz Nuño, Emmanuel Carballo, Alí Chumacero, Rosario Castellanos, Fernando del Paso, Guadalupe Dueñas, Salvador Elizondo, Carlos Fuentes, Sergio Galindo, Juan García Ponce, Ricardo Garibay, Vicente Leñero, Elena Poniatowska, Juan Rulfo, Jaime Sabines, Gustavo Sáinz, Héctor Azar, Emilio Carballido, Luisa Josefina Hernández y Jorge Ibargüengoitia? Hay dos respuestas obvias: que son mexicanos y que son escritores. Otra respuesta posible es que todos pertenecen ya, con los asegunes que poner queramos, al canon literario mexicano; a su modo son parte, por ello, de nuestros clásicos contemporáneos.
No sé si alguna respuesta dio en otra coincidencia: alguna vez los susodichos fueron becarios del Centro Mexicano de Escritores (CME).Cierto que con CME o sin CME los escritores de la lista iban a serlo, a publicar y a ganar concursos, a dar clases y conferencias, a editar y ser parte de nuestro servicio diplomático, pero es un hecho que de algo habrá servido la beca y las reuniones en el CME para estimular, orientar y definir las carreras de quienes fueron abrazados por tal sigla. Un apoyo no es determinante para que cuaje la vocación de un escritor, pero sin duda, cuando halla tierra fértil, puede impulsar trabajos literarios ambiciosos, a veces malogrados en su ejecución inmediata, pero que favorecen la ulterior madurez del escritor.
El CME fue creado en el 1951 por iniciativa de la escritora norteamericana Margaret Shedd, quien contó con la asesoría de Alfonso Reyes. Fue una institución itinerante, y sirvió sobre todo para analizar la obra en marcha de escritores jóvenes o relativamente jóvenes.
Para quienes comenzamos a leer seriamente en los setenta/ochenta, era muy frecuente encontrar cierto dato en las solapas de los libros: además de los generales del autor como la fecha y el lugar de nacimiento, la formación académica, los premios y los libros publicados (cuando los había), no faltaba este renglón: “becario del Centro Mexicano de Escritores”. El CME se convirtió pues en una suerte de lugar mítico, en la juvenil tierra prometida de muchos escritores que en las dos últimas décadas del siglo se convertirían en vacas sagradas de nuestra literatura.
Al leer los nombres de todos los becarios es posible advertir que el apoyo, es decir, las becas y las asesorías, no garantizan la germinación de las carreras artísticas (muchos de quienes estuvieron en el CME se afantasmaron con el paso del tiempo). Si así fuera, sólo sería necesario invertir plata para ver el florecimiento de Rosario Castellanos o Juan Rulfo. La realidad es que todo tiene algo de técnico y de misterioso. Por un lado, son necesarios los apoyos, la selección honesta, el seguimiento; por otro, y he aquí lo misterioso, la suerte, el viento que a veces sopla a favor y a veces no. Así entonces, si a la rigurosa selección de los candidatos y a la crítica severa para formarlos se suma la suerte, puede ser que una institución dé con el paradero de Inés Arredondo y Jorge Ibargüengoitia, como lo hizo el CME. No es fácil, pero cualquier buena voluntad institucional —el de alguna fundación, por ejemplo— puede intentarlo.

sábado, septiembre 28, 2019

Sabiduría fake













Con sonriente alarma he visto la propagación cada vez más insistente de mensajes atribuidos a escritores famosos. Antes, hace todavía diez o quince años, tales sabandijas llegaban sobre todo por la vía del correo electrónico, y ahora se diseminan mediante un sistema peor de veloz: el whatsapp. Estos mensajes son literarios sólo por la mentirosa firma, ya que en realidad se trata de lánguidas reflexiones en torno a “la vida”, por decirlo de una manera abarcadora y gentil. Su estilo es de libro de autoayuda: alguien, en primera persona y ante cierta circunstancia, comparte su experiencia para ponernos a salvo de la desdicha. Todo jiede a consejo edificante, a superioridad moral embusteramente humilde.
Que yo recuerde, fue García Márquez una de las primeras víctimas de esta modalidad en la era de internet. “Su” desahogo “La marioneta” corrió con una suerte que ni siquiera ha tenido su obra real: “Si por un instante Dios me regalara un trozo de vida, aprovecharía ese tiempo lo más que pudiera, posiblemente no diría todo lo que pienso, pero en definitiva pensaría todo lo que digo. Daría valor a las cosas, no por lo que valen, sino por lo que significan. Dormiría poco, soñaría más, entiendo que por cada minuto que cerramos los ojos, perdemos sesenta segundos de luz. Andaría cuando los demás se detienen, despertaría cuando los demás duermen”. De veras me quedo sin aliento ante tamaño ingenio (azucarero).
Un trozo de reciente sabiduría fake me llegó esta semana. Se lo endilgan al pobre de Arreola, quien en teoría perpetró el siguiente andrajo: “Qué excelente es llegar a una edad de adulto mayor pues es señal de: Que has sido sano la mayor parte de tu vida. Qué bueno que eres jubilado pues es signo inequívoco de que trabajaste mucho durante tu edad productiva. Que puedes escribir o leer esta publicación, pues aún con lentes, tu vista te permite seguir siendo independiente…”.
Por último, Borges, autor frecuentemente difamado con textos cuyo valor literario alcanza a duras penas el cero de calificación: “De tanto perder, aprendí a ganar; de tanto llorar, se me dibujó la sonrisa que tengo. Conozco tanto el piso que sólo miro el cielo. Toqué tantas veces fondo que, cada vez que bajo, ya sé que mañana subiré. Tuve que sentir la soledad para aprender a estar conmigo mismo y saber que soy buena compañía. Intenté ayudar tantas veces a los demás, que aprendí a esperar que me pidieran ayuda…”. Borges, indefenso, se retuerce en Ginebra.Final del formulario

sábado, agosto 24, 2019

Súmmum de Arreola















Si uno no es un tremendo lector, pero al menos es un lector “correcto” (el adjetivo lo tomo de Fontanarrosa), guarda un registro mental con imágenes muy sintéticas de los libros que ha leído; en ocasiones esa idea es difusa y sobrevive como un recuerdo condensado en una frase, en una página, en un pasaje... Así, he olvidado la mayor parte de mis libros favoritos de Arreola, pero ignoro por qué no se han nublado en mi memoria algunos de sus relatos. Algo tienen, por ejemplo, “El rinoceronte”, “La jirafa”, “El ajolote”, “Teoría de Dulcinea”, “Los bienes ajenos” y muchos otros que se me aparecen como dechados de brevedad y los retengo íntegros, como quien retiene un soneto o una décima. O su “Homenaje a Otto Weininger”, un diamante puro que si bien es una pizca de palabras (187 en cinco párrafos cortos), acusa una rotundidad que lo hace inolvidable. El “Homenaje…” es éste:

Al rayo del sol, la sarna es insoportable. Me quedaré aquí en la sombra, al pie de este muro que amenaza derrumbarse.
Como buen romántico, la vida se me fue detrás de una perra. La seguí con celo entrañable. A ella, la que tejió laberintos que no llevaron a ninguna parte. Ni siquiera al callejón sin salida donde soñaba atraparla. Todavía hoy, con la nariz carcomida, reconstruí uno de esos itinerarios absurdos en los que ella iba dejando, aquí y allá, sus perfumadas tarjetas de visita.
No he vuelto a verla. Estoy casi ciego por la pitaña. Pero de vez en cuando vienen los malintencionados a decirme que en este o en aquel arrabal anda volcando embelesada los tachos de basura, pegándose con perros grandes, desproporcionados.
Siento entonces la ilusión de una rabia y quiero morder al primero que pase y entregarme a las brigadas sanitarias. O arrojarme en mitad de la calle a cualquier fuerza aplastante. (Algunas noches, por cumplir, ladro a la luna.)
Y me quedo aquí, roñoso. Con mi lomo de lija. Al pie de este muro cuya frescura socavo lentamente. Rascándome, rascándome…

Así parezca o sea una peligrosa simplificación de mi parte, creo que este texto es Arreola explica a Arreola, constituye el mester de su trabajo. Parece una pieza inofensiva, sin mayor jiribilla, pero exhibe de un plumazo una de las mayores catástrofes de la vida humana: el desamor y la decrepitud. El perro es apenas un perro, el mejor pretexto para hablar del hombre al que se le escurre la vida luchando por el amor sin conseguirlo. Y más todavía, “Homenaje…” trata del pobre diablo al que el amor de su vida se le pasea por delante y lo maltrata con el látigo de su desprecio, valga el lugar común.
Arreola dice como de pasada (nada acontece “de pasada” en sus textos) que el perro actúa “como buen romántico”. Esa es su fatalidad, vivir atado a un no correspondido anhelo de compañía que paulatinamente se ve devorado por el olvido. La sarna y la pitaña merman las facultades del perro y no sólo eso: su entorno inmediato, el muro, amaga con venirse abajo. En ese estado, la rabia se convierte en un mal deseable (“Siento entonces la ilusión de una rabia…”), y más aún: ser encarcelado o morir por atropellamiento. No es necesario saber quién fue Weininger, el filósofo homenajeado en este relato. Basta saber que todo déficit de amor puede activar una bomba de autodesprecio y veloz acabamiento.

sábado, enero 19, 2019

Veinte cuentos en mi cercanía












El cuento moderno, pese a sus casi dos siglos de vida, sigue frenado, sofocado por la novela. Esto articula una paradoja interesante: suponemos que ahora no hay mucho tiempo para leer, pero las editoriales y el lector siguen prefiriendo la novela. Y voy más lejos: salvo algunos esfuerzos editoriales, las grandes corporaciones ya no reciben nuevos cuentos ni siquiera para dictaminarlos negativamente. O sea, los descartan de antemano, tras enterarse de que son cuentos. Pese a eso, el género sigue allí, haciendo su vida de salmón desde que nació con la forma de una historia policial ocurrida en la famosa calle Morgue.
Sólo por la superstición de alcanzar un número cerrado, traigo una lista de veinte cuentos que siempre releeré. Toda selección es, lo sabemos, un acto discriminatorio, así que éste no será la excepción. Ofrezco, pues, la siguiente veintena sólo para no terminar recomendando cincuenta o más, así que dejaré al margen muchas piezas que bien pudieron haber quedado aquí. De cada autor me gustaría citar varios, pero opté por escoger uno de cada uno para tratar de que cuajara exactamente la tanda que me propuse. No escondo que mi preferencia se carga al cuento en español, y particularmente al latinoamericano, que es lo que más he leído porque a su vez es lo que más me agrada:
“La carta robada”, Edgar Allan Poe
 “El Sur”, Jorge Luis Borges
“¡Diles que no me maten!”, Juan Rulfo
“Yzur”, Leopoldo Lugones
“Deshoras”, Julio Cortázar
“Los gallinazos sin plumas”, Julio Ramón Ribeyro
“Escenas en la vida de un monstruo doble”, Vladimir Nabocov
“Enoch Soames”, Max Beerbohm
“El cuervero”, Juan José Arreola
“Tu rastro de sangre en la nieve”, Gabriel García Márquez
“La clave literaria”, María Elvira Bermúdez
“La aventura de las pruebas de imprenta”, Rodolfo Walsh
“La fiesta brava”, José Emilio Pacheco
“El candelabro de plata”, Abelardo Castillo
“La loca y el relato del crimen”, Ricardo Piglia
“La muerte tiene permiso”, Edmundo Valadés
“El crimen de San Alberto”, Fernando Sorrentino
“La muerte”, Mario Benedetti
“El caso de los crímenes sin firma”, Adolfo Pérez Zelaschi
“19 de diciembre de 1971”, Roberto Fontanarrosa

Nota. Este texto es una extracto de uno más amplio que en su origen fue el borrador de una conferencia. Puede ser leído aquí.

sábado, septiembre 22, 2018

Centenario de Arreola




















Ayer viernes 21 de septiembre se cumplió el centenario de Juan José Arreola. Tal efemérides literaria ha dado y dará, creo, para recordaciones nacionales que el jalisciense sin duda merece. Por ejemplo, la Universidad Autónoma Metropolitana, mediante la revista Casa del Tiempo, editó su más reciente número con un dossier arreolano en el que colaboré, y pueden encontrarlo completo y gratuitamente en www.uam.mx/difusion/revista/revcasa2018.html. Comparto aquí un fragmento:
Ubiquémonos en 1983 u 84, en la esquina que forman la avenida Morelos y la calle Falcón, de Torreón. Voy en el primer año de mi carrera y todavía no confieso a nadie que deseo ser escritor, y que ya escribo a solas, sin guía, sin una biblioteca familiar o personal siquiera mínima. Cada tanto, al salir de la universidad me apersono en esa esquina porque allí se encuentra la librería De Cristal. Todavía era fuerte, estaba bien surtida y lo más importante: a veces tenía ofertas. Para un joven lector ávido de libros y sin recursos de sobra, o a secas sin recursos, los libros con descuento representaban una oportunidad “imperdible”, como se dice ahora. Ahí encontré, en una montaña de saldos, por ejemplo, como cincuenta o sesenta títulos de la serie Del Volador que aún conservo pues a precio de regalo con ellos accedí a Ibargüengoitia, a Pacheco, a Elizondo, a Avilés Fabila y a muchos otros autores jóvenes y no tan jóvenes sobre todo de América Latina. Entre paréntesis debo decir que La feria, publicada originalmente en esa colección, no estaba allí, pero luego, muchos años después, encontré en una librería de viejo la primera edición dedicada por el autor a un desconocido. Pues bien, entre las ofertas de la De Cristal no sólo estaban los muy identificables libros de la serie Del Volador, sino otros de Joaquín Mortiz que llamaron mi atención. Eran rojos de lado a lado, sin imagen en la cubierta, sólo con la tipografía “Obras de J.J. Arreola” en blanco y luego el título. Hallé tres a precio de ganga, los que luego serían mi puente al universo del maestro de Zapotlán el Grande.
Cuando comencé a leer Bestiario en aquella hermosa edición recibí una sorpresa: ya había leído, sin saberlo, a Arreola. Mi memoria registraba que “El sapo”, uno de sus relatos más famosos, aparecía en alguno de los libros de primaria, y yo lo recordaba pero sin guardar en la memoria el nombre del autor. Una frase de esa pieza, acaso la mejor, jamás me había abandonado: “viéndolo bien, el sapo es todo corazón”. La leí de niño y cuando, ya adulto de 18 años, la releí, fue como saber que las palabras habían obrado el milagro de permanecer en mis gavetas emocionales, de que más allá de quien las escribió o del título y la editorial, aquel puñado de letras anidó para siempre en alguna zona profunda de mi espíritu. Supe de golpe que la literatura también era eso: la búsqueda de una imagen y de las palabras adecuadas para expresarla, el desafío de concentrar en pocas sílabas una emoción con apetencia de perdurabilidad.

miércoles, mayo 07, 2014

El tino de Arreola














Publicado en el libro Vuelo sobre las profundidades (Lumen, México, 2010), José Agustín recuerda su relación con Juan José Arreola. Lo conoció en el DF, cuando el autor de La feria fundó el taller literario Mester en el que participaron Federico Campbell, Gustavo Sáinz, René Avilés Fabila, Gerardo de la Torre, Jorge Arturo Ojeda, Tita Valencia, José Carlos Becerra y Hugo Hiriart, entre muchos otros. Como se ve, Arreola vio pasar en su taller de enderezado y pintura a muchos jóvenes que luego se convertirían en escritores más que reconocidos y reconocibles en nuestra República de las Letras.Pese a formar un grupo compacto en torno a Arreola, impresiona que ninguno se parezca significativamente a él, que todos puedan ser percibidos hoy, más bien, distantes de la estética seguida por su preceptor de aquellos días. La clave de esta diferenciación se encuentra, según puedo ver, en un párrafo de José Agustín: “A fines de 1963 escribí un cuentito, en primera persona y franco lenguaje coloquial, sobre un repugnante porro universitario que hacía funciones mercenarias de rompehuelgas. Tenía el horrendo título de ‘El Nicolás’ y para mí era importante porque me había abierto toda una temática, personajes y un nuevo uso del lenguaje. Arreola dijo que el texto se redondeaba bien y que el lenguaje se manejaba adecuadamente, se trataba de un buen cuento, pero como él detestaba a ese tipo de jóvenes abusivos mi lectura lo había disgustado. Yo no me sentí mal; en el fondo me impresionó que reconociera el valor del cuento a pesar de que le disgustaba”.
La importancia del testimonio trasciende lo anecdótico, pues muestra a un maestro de escritura literaria que orienta y acepta más allá de sus ya bien afincados gustos. En efecto, “El Nicolás” es un sujeto abyecto, un cabrón pintado con desparpajada prosa por José Agustín. El relato se ubica pues en las antípodas de lo que produjo Arreola, pero algo vio el maestro de Jalisco que le sirvió para palomearlo pese a la irritación que le provocaban esos bichos y, tal vez, esa prosa.
Lo que vio es, en ese instante, la frescura de una prosa nada academicista, nada tiesa, sino abiertamente cercana a la oralidad callejera de aquel jipioso momento. Arreola escuchó en José Agustín el latido de una generación renovadora, y lejos de frenarla o torcer su rumbo, la entendió y la impulsó como nadie lo había hecho hasta entonces y como nadie, creo, lo hizo después.
Si algo le debe México, pues, a don Juan José, no es sólo su obra publicada, sino su capacidad para ver y oír a los jóvenes que pusieron textos frente a sus ojos. Arreola supo qué hacer con ellos, y la prueba está en que todos nos han dejado libros importantes como De perfil y Pretexta y Galaor y muchísimos más.

sábado, marzo 15, 2014

Letras y patas de hule















“A esta altura de mi vida en una gran ciudad, lo mejor que le encuentro a un automóvil es que no sea mío. Desgraciadamente ellos no parecen compartir este rechazo, y me basta salir a la calle para ingresar en un sistema y un código en los que sólo la vigilancia más atenta puede evitar el rápido paso de la integridad a la papilla”, dice Cortázar en “Monólogo del peatón”, uno de los muchos textos integrados a Papeles inesperados (Punto de lectura, México, 2009, 486 pp.), el librote misceláneo que hace cinco años llegó a engrosar el ya de por sí gordo expediente cortazareano.
No sé si me equivoco pero en general los escritores, por su misma naturaleza encerradiza, tienen una mala relación con el coche y demás objetos atropelladores no identificados. De Cortázar no me sorprenden las palabras citadas, pues la neurosis automovilística le saltó en otros momentos, entre ellos el que lo llevó a escribir “Autopista del sur”, uno de los relatos infalibles en cualquier antología del argentino. Tuvo al final de su vida, como sabemos y él mismo lo declara, un fugaz reencuentro amoroso con el coche, pero hizo trampa: viajó con la hermosa Carol Dunlop, su pareja, de París a Marsella, y se tomó casi un mes para hacer un viaje que por lo común demanda diez horas. Usó en este caso el menos aventurero de los vehículos, una Combi roja que a cada parada se demoró en pausas de exploración y fotografía que quedaron impresas en Los autonautas de la cosmopista, libro que casi casi apareció póstumamente.
Un rastreo veloz por la biografía de muchos escritores nos permitiría ver que conducir (manejar, decimos en mi rancho) está lejos de ser un goce del gremio. No imagino a Rulfo, a Borges, a Neruda, a Paz, a Carpentier, a Benedetti, a Vargas Llosa (bueno, a Vargas Llosa sí) en plan de Fittipaldis, con el codo salido por la ventanilla y silbando un sabroso bolerito, muy acá. Más bien los imagino dependientes siempre de otros, o de sus pies, que para caminar fueron  hechos. Creo que esta malquerencia del volante no se da por esnobismo, sino por algo que en efecto caracteriza al escritor: su distracción. Distracción, claro, de lo cotidiano, de lo inmediato, no de lo que se supone está escribiendo permanentemente dentro la cabeza.
Mis amigos escritores manejan con decoro, aunque muchos llegaron tarde al arte de macalacachimbas, unos incluso más allá de los treinta años (yo conduje mi primera nave casi en la ancianidad, según mis coétaneos: a los 23). Otros se van vírgenes de patas de hule, y los admiro de veras. El caso de esta índole que mejor recuerdo es el de Arreola, quien al parecer no fluctuó como Cortázar del odio a la parcial aceptación vehicular, sino que abrazó una pureza absoluta como caminante del Mayab y puntos circunvecinos. Tan lejos se colocó de la pasión automovilística que en alguna de las muchas entregas para una columna que publicó en El Sol de México durante casi dos años, del 75 al 76, se confesó “peatón original” frente a la barbarie de esas máquinas siempre listas para el apachurramiento y demás accidentes perpetrados “en estas calles de Dios”.
¿Y dónde me coloco yo? Con la mano en el pecho les aseguro que si me dan a escoger, prefiero siempre, como Julio, que alguien me supla en los volantes o si eso no es posible, conducir lo menos posible y caminar, caminar cuando se pueda o ascender al “jet de la pradera”, cómo le decían mis amigos al Torreón-Gómez-Lerdo en el que llegábamos a la secundaria. Sólo así veo algo que me interesa ver, tocar, sentir: la ciudad.