Mostrando las entradas con la etiqueta whatsapp. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta whatsapp. Mostrar todas las entradas

sábado, junio 24, 2023

Escuela de la escritura privada

 






Vía Whatsapp recibo un mensaje de cierto joven universitario. Me comparte una inquietud académica y de inmediato le contesto con la mayor rapidez y amplitud que me es posible. A veces se puede responder con holgura y a veces no, pero la prontitud es casi infalible, más cuando entre mi interlocutor y yo hay un nexo afectivo o laboral. Luego de mi respuesta pasa más de una hora y lo que recibo es un triste “ok”. No acostumbro dar consejos ni mandar ni regañar a nadie, salvo quizá, de vez en cuando y hoy cada vez menos, a mis tres hijas, pero esta vez me interesaba que el joven aprendiera no precisamente una lección, sino un comportamiento que desde hoy juzgo necesario para su desempeño profesional, ya que dentro de no mucho tiempo deberá comunicarse más formalmente mediante la escritura.

Recomendé a mi interlocutor dos o tres reglas de la comunicación profesional. Cierto que nuestro diálogo podría considerarse privado e informal, pero no me pareció mala idea aprovechar el descuido para poner sobre la mesa dos o tres tímidos consejos. Le dije que si la respuesta que pidió le fue enviada inmediatamente, no podía preguntar algo o abrir una conversación en Whatsapp sin continuarla con premura. Dejar que pasara más de una hora luego de la respuesta creaba la sensación de desinterés, e incluso tal paréntesis podría ser asumido como grosería. Asimismo, que un escueto “ok”, sin agradecimiento, agazapa en su simplonería un gesto de muy poca consideración por el otro.

Tras el minúsculo consejo el joven aceptó el error, lo tomó con buena actitud y pasó de inmediato a localizar una justificación: “Así escribo con mis amigos”. Esto me llevó a estirar el comentario. Quizá con las personas muy cercanas, en un grado superlativo de informalidad, no sea tan necesario el uso de una especie de “etiqueta” o “buena urbanidad” al escribir en medios como Whatsapp, pero fuera de tal contexto es pertinente acatar ciertas reglas mínimas de convivencia escrita.

Le comenté, por ampliar un poco, que hoy se escribe pésimamente mal en las redes sociales y en los sistemas de mensajería inmediata como Whastapp o el inbox. Para quien tiene cierta convivencia con el uso de la escritura, como los periodistas o los escritores, por ejemplo, las redes o los sistemas de mensajería no suelen ser espacios de escritura deshilachada, sino uno más de los sitios en los que se podría notar su esmero en el uso de la palabra. Quien sólo escribe para las redes o los sistemas privados de mensajes debe tener en cuenta que los vicios de su escritura desenfadada muy probablemente pasarán a sus textos más formales, de manera que para un futuro profesionista no está tan mal obligarse a escribir bien incluso en los contextos de informalidad, pues eso será una escuela permanente, una especie de práctica sin fin de su expresión.

Nadie dice que es fácil escribir. Al contrario. Por eso mismo es pertinente que tomemos cursos gratuitos de escritura en las redes y en Whatsapp. Que nuestros ensayos y nuestros errores nos den la mano.

sábado, septiembre 28, 2019

Sabiduría fake













Con sonriente alarma he visto la propagación cada vez más insistente de mensajes atribuidos a escritores famosos. Antes, hace todavía diez o quince años, tales sabandijas llegaban sobre todo por la vía del correo electrónico, y ahora se diseminan mediante un sistema peor de veloz: el whatsapp. Estos mensajes son literarios sólo por la mentirosa firma, ya que en realidad se trata de lánguidas reflexiones en torno a “la vida”, por decirlo de una manera abarcadora y gentil. Su estilo es de libro de autoayuda: alguien, en primera persona y ante cierta circunstancia, comparte su experiencia para ponernos a salvo de la desdicha. Todo jiede a consejo edificante, a superioridad moral embusteramente humilde.
Que yo recuerde, fue García Márquez una de las primeras víctimas de esta modalidad en la era de internet. “Su” desahogo “La marioneta” corrió con una suerte que ni siquiera ha tenido su obra real: “Si por un instante Dios me regalara un trozo de vida, aprovecharía ese tiempo lo más que pudiera, posiblemente no diría todo lo que pienso, pero en definitiva pensaría todo lo que digo. Daría valor a las cosas, no por lo que valen, sino por lo que significan. Dormiría poco, soñaría más, entiendo que por cada minuto que cerramos los ojos, perdemos sesenta segundos de luz. Andaría cuando los demás se detienen, despertaría cuando los demás duermen”. De veras me quedo sin aliento ante tamaño ingenio (azucarero).
Un trozo de reciente sabiduría fake me llegó esta semana. Se lo endilgan al pobre de Arreola, quien en teoría perpetró el siguiente andrajo: “Qué excelente es llegar a una edad de adulto mayor pues es señal de: Que has sido sano la mayor parte de tu vida. Qué bueno que eres jubilado pues es signo inequívoco de que trabajaste mucho durante tu edad productiva. Que puedes escribir o leer esta publicación, pues aún con lentes, tu vista te permite seguir siendo independiente…”.
Por último, Borges, autor frecuentemente difamado con textos cuyo valor literario alcanza a duras penas el cero de calificación: “De tanto perder, aprendí a ganar; de tanto llorar, se me dibujó la sonrisa que tengo. Conozco tanto el piso que sólo miro el cielo. Toqué tantas veces fondo que, cada vez que bajo, ya sé que mañana subiré. Tuve que sentir la soledad para aprender a estar conmigo mismo y saber que soy buena compañía. Intenté ayudar tantas veces a los demás, que aprendí a esperar que me pidieran ayuda…”. Borges, indefenso, se retuerce en Ginebra.Final del formulario

sábado, junio 22, 2019

Nostalgia sin imágenes













Una tarde de hace dos o tres meses recibí un mensaje de Whatsapp. En él, cierto amigo me sumaba a un grupo de ese ya ubicuo sistema de comunicación. La idea (que se mantiene hasta hoy) era la de tratar de sumar a todos los excompañeros de la sección C de la escuela secundaria federal Ricardo Flores Magón de Ciudad Lerdo, generación 76-79. Es decir, cuarenta años después el intento era reunirnos al menos, por ahora, en el ámbito de la digitalidad. Poco a poco el grupo ha ido creciendo. De los más de cincuenta que egresamos, veinte ya estamos en contacto whatsappero y hace dos semanas nueve pudimos reunirnos en la vida real, tomar un café y recordar a pujidos aquel remoto pasado.
En la reunión real uno de mis excompañeros dijo una frase que pareció cercana a lo terrible: no tenemos fotos de nuestro paso por la secundaria. Sí hay, comentó alguien más, pero son pocas y muy malas, casi todas borrosas. El mismo compañero (Gerardo Martínez Parada se llama) sacó su celular y con expresión asombrada y triste dijo: “¿Se imaginan si hubiéramos tenido esta cosa en aquel tiempo?” En efecto, el celular ahora es fábrica y bodega de fotografías, tantas que un solo adolescente puede rebasar en tres días todas las fotos que sesenta alumnos se tomaron en tres años hace cuatro décadas.
El registro total de la vida cotidiana no asombra a los llamados centennials, pues ellos ya nacieron capturando con fotos, videos y algunas precarias palabras todo lo que hacen. Hoy no pueden vivir nada sin desenvainar el celular y tomar nota. El cúmulo de registros que hacen al día será, si lo conservan, una especie de memoria del Funes borgesiano: el recuerdo de 24 horas durará 24 horas, pues prácticamente no hay acto, por minúsculo que parezca, que no quede archivado en una memoria digital o en alguna red o en la nube o donde sea.
Quienes fuimos jóvenes en los setenta/ochenta/noventa estuvimos a punto de tener un registro fotográfico decoroso de nuestro paso por el mundo, pues ya había cámaras de uso no profesional. Lamentablemente, los rollos eran caros para los jóvenes y a eso se sumaba el revelado y la impresión, de suerte que las fiestas, las actividades deportivas, los viajes y otras oportunidades nos pasaron de noche. Si acaso, alguna foto esporádica nos detuvo en el tiempo, pero eso es nada comparado con todo el tiempo que nos tocó vivir.
Nuestro grupo de Whatsapp no tiene, pues, muchas fotos para testimoniar que en efecto fuimos compañeros; como a tantos adultos, lo único que nos queda es el recuerdo convertido en palabras, la nostalgia sin imágenes.

sábado, agosto 12, 2017

Tribus en Whatsapp




















Siempre sentí atinada la expresión “tribus urbanas” para designar a los grupos configurados azarosamente en las ciudades. En efecto, dentro del espacio colectivo, más si es grande como el del DF, se articulan submuchedumbres identificadas en principio por sus rasgos exteriores: la ropa, el corte de pelo, algún maquillaje o accesorio y demás, y en el interior por sus gustos culturales, sobre todo la música. Así, muchos periodistas y no pocos académicos ubicaron “tribus urbanas”, todas marcadamente distintas, como los punks, los emos, los metaleros, los rastafaris, los darks, los otakus, los skaters y varias más.

Con la llegada de las redes sociales han sido construidos los guetos digitales correspondientes, aunque también, dada la naturaleza de esos espacios, es muy fácil que, por ejemplo en Facebook, uno conviva al mismo tiempo con un darketo y con una grupie de Paquita la del Barrio. En Whatsapp es posible cerrar más las tribus, aunque aún allí es visible la individualidad. Por más tribales que seamos, pues, no deja de aflorar la personalidad de cada participante, de manera que hasta el grupo de “Whats” más ordinario tiene sus fichitas. A continuación, algunos miembros distinguidos de cualquier tribu whatsappera (pueden ser hombres o mujeres):

El Pablocoelho. Sin piedad manda mensajes de autoayuda, estampas que buscan levantar el ánimo del grupo, socorrernos en caso de depresión. Al octavo mensajito del día te motivó tanto que sientes ganas de matarlo.

El Chistín-Chistón. No cesa de enviar memes, gifs, relatos cómicos, videos de tropezones y bromas racistas, clasistas, sexistas y todo lo que termine en “istas” siempre y cuando sea jocoso. Es un Polo Polo de clóset o un Jojojorge Falcón incomprendido.

El Madreteresa. Siempre comparte buenas causas sociales y nos impulsa a cambiar el mundo, a no permanecer indiferentes ante el desastre. Le respondemos con emojis solidarios pero no hacemos nada.

El Volcán. Está permanentemente en ebullición, manda imágenes sexosas, chicas o chicos (según sea el caso) para alegrar la pupila. Todos se quejan de este calenturiento serial, pero nadie quiere que abandone el grupo.

El Tipo Buffet. Es una mezcla de todos los anteriores y por lo tanto se trata de uno de los más peligrosos participantes en el grupo.

El Espectador. Además de ser un periódico de Colombia, en Whatsapp es el que nomás pone manitas con el pulgar levantado. Está en el grupo sólo para sentir que es incluido en algo.

El Progreso de México. Es el que a veces es mencionado, pero de hecho no existe.