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sábado, julio 29, 2023

Cuentos de La Reportera Roja


 











Fernando Fabio Sánchez presentará hoy La Reportera Roja, su más reciente libro, en Francisco I. Madero, Coahuila. Comparto aquí parte de la reseña que leí en la presentación celebrada en Torreón el 12 de julio.

Gracias a que le llevo una década de edad he sido testigo afortunado de su crecimiento como escritor y académico, dos facetas que Fernando Fabio Sánchez ha compaginado con solvencia. Es un escritor todoterreno, dotado para la narrativa, la poesía y el ensayo, a lo que desde hace varios años ha sumado la labor de columnista en el diario Milenio Laguna.

Su foja de méritos exhibe logros pesados: es profesor de Estudios literarios y Cinematográficos en California Polytechnic State University, San Luis Obispo. Obtuvo un doctorado en Letras Latinoamericanas por la University of Colorado en Boulder. Se ha concentrado en el estudio de la modernidad y sus diferentes relaciones con la literatura, el nacionalismo, la violencia y la cultura visual en el México post-colonial. Ha publicado los libros de cuento Los arcanos de la sangre, De la escritura a la evidencia: siete historias (pseudo)policiales y los de poesía Posesión de naves y Creación de fondo; y artículos y libros de crítica literaria. En el 2010 publicó el ensayo Artful Assassins: Murder as a Art in Modern Mexico (Vanderbilt University Press) y coeditó, junto con Gerardo García Muñoz, La luz y la guerra: el cine de la Revolución Mexicana (Conaculta).

La Reportera Roja, el libro que nos ocupará, contiene ocho cuentos en los que son más que visibles las pericias literarias de Fernando. Narrador afilado, hunde su mirada en los socavones de la realidad en la que vemos deambular personajes agobiados por el miedo, la desdicha, la incertidumbre y la violencia. Impresiona en los relatos de este autor la firme prosa que sirve para escudriñar las grietas del alma humana, una tendencia permanente a ver más allá de los personajes, a encajar la vista en la circunstancia que los ha moldeado, en el contexto que los formó o los deformó. Fernando es un buzo de la maldad humana, un buscador de las esencias del poder.

Francisco Pineda, de Ciudad Lerdo, moreno, talentoso pero gris, excelente estudiante en el pasado, es el protagonista de “El otro corazón”. Trabaja de forense en Jiménez, Chihuahua. El relato habilita la descripción del bombeo del corazón con lenguaje forense. En su estructura, el cuento pespuntea de las indagaciones policiacas a los discursos técnicos sobre el corazón. El asunto central es ir a ver en tráiler reportado como misterioso, abandonado. Otra vez, la ciencia en su propósito de explicar la barbarie. Francisco trabaja en el forense como de rebote, por los caprichos del laberinto laboral. Sabe que el tráiler tiene seres humanos. El tema de la violencia está allí, aludido en toda su crudeza.

En “La Reportera Roja” un narrador testigo cuenta la historia de la Reportera Roja. Cecilia, quien antes de ser periodista trabajó como socorrista en la Cruz también Roja. Cecilia ha sido reportera de guardia luego de pasar por otras fuentes de información. La historia se ubica en la etapa de mayor violencia en La Laguna, es decir, por el año 2010. El narrador testigo es un poco extraño: cuenta la historia con una especie de cercanía afectiva, parece inmerso en el mundo de Cecilia, la Reportera Roja. El final nos deja ver por qué el narrador está o parece estar cerca de la protagonista.

“Lamborghini negro” es un cuento sobre el poder, sobre el poder excesivo, el poder que jamás mira hacia la ley porque él es per se La Ley. Con el fondo sonoro de la Novena de Beethoven, un rasgo que nos remite al absolutismo ilustrado en este caso contemporáneo, un auto se desplaza a velocidad extrema por la ciudad. Lo conduce un patricio con genealogía de larga data que, alebrestado por el insumo de cocaína, no repara en gestos de prepotencia para indicar con su actitud suicida quién es él. Lo persigue la policía en una jornada peliculesca, algo surrealista, narrada con una prosa exacta y vertiginosa al mismo tiempo. La resolución es previsible si nos atenemos al estatus del conductor y al tipo de vehículo en el que va trepado.

El procurador de justicia Fernando del Rey es el personaje más destacado de “El silencio”, quien junto con sus guardaespaldas es acorralado por presuntos narcos en las oficinas de la institución judicial, lugar en teoría invulnerable ante los ataques de la delincuencia. Nadie llegará a ayudarlos, es una emboscada cuya trama se pierde en los entresijos del poder. En este relato, Fernando Fabio Sánchez se ha detenido con minucia en la semblanza de los guaruras, casi como para significar que cada uno es un ser humano completo, con vida y con afectos, joven. Las cartas ya están echadas, sin embargo, y Fernando del Rey y su gente se verán ante un desafío sin vuelta, irremediable en su aparatoso clímax.

Una enfermera, un grupo de militares y un narco participan en “As de corazones”. En la historia, Bernardo, el narco, pone en marcha un plan para escapar del hospital antes de recibir la alta que lo condenará a ser víctima de los militares. Usa para huir a Daniela, la enfermera, quien al parecer muerde todos los anzuelos y obra con la buena fe que dicta su corazón, claro, enamorado. El final queda abierto hacia una cacería humana.

Rodrigo de la Paz, chofer de camión repartidor de lácteos, aparece en “El tiempo corre”, un cuento sobre los pueblos diezmados por la violencia. “Una historia de familia” trabaja sobre los relatos fundacionales de la riqueza, muchos de ellos basados en el saqueo que con el tiempo, con el paso de las generaciones, termina adecentado hasta que queda muy atrás la turbia acumulación original del capital. “Jefe de jefes”, cuento que cierra el libro, explora los vaivenes en las alturas del supersticioso poder narco.

La Reportera Roja, tercer libro de cuentos de Fernando Fabio Sánchez, tiene como fondo recurrente la violencia que ha aumentado en los años recientes, pero que en realidad nunca ha estado ausente de nuestro país. Los personajes son sujetos moldeados por circunstancias tan complejas como difíciles, y el autor ha sabido sobrevolar tales circunstancias con historias que a su vez contienen historias, mecanos narrativos en los que despliega una sensibilidad muy fina para percibir de dónde, en México, ha soplado el viento de la desgracia siempre dependiente del poder político y económico nada encubierto en sus atavismos y en la protervia de su accionar.

Comarca Lagunera, a 12 de julio de 2013

Texto leído en el Archivo Municipal de Torreón el 12 de junio de 2023 en la presentación de La Reportera Roja, (Universidad Veracruzana, 2023, Xalapa, 97 pp.), de Fernando Fabio Sánchez. Los comentarios fueron desahogados por Gerardo García Muñoz, el autor y yo.

miércoles, junio 30, 2021

Presentación a (y de) Tulitas

 











Hoy en la noche, en la Casa del Cerro, será presentada la tercera edición de Tulitas de Torreón traducida por Fernando Fabio Sánchez (Torreón, 1973). Gerardo García y yo acompañaremos al traductor, quien es también escritor, maestro y columnista de prensa. Participé dentro de este libro como editor y como escritor en un par de páginas. Un fragmento de lo que contiene está aquí: 

Entre los documentos privados, íntimos, que mejor testimonian el nacimiento de Torreón como ciudad destaca, sin duda, Tulitas of Torreon. Reminiscences of Life in Mexico, publicado en 1969 en El Paso, Texas. Tal vez no fue Fernando Fabio Sánchez el primer torreonense que tuvo en sus manos ese libro, pero sí, esto es seguro, el primero que se impuso la tarea de divulgarlo, lo que empezó por el desinteresado acto de trasladarlo a nuestra lengua. El traductor describe en su prólogo la circunstancia que lo puso frente al libro y lo que vino luego: el lento trasiego de un idioma a otro.

Lo que no cuenta es que pocos años después, en 2000, con escasos recursos y ya lejos de La Laguna, emprendió la edición y la impresión de estas reminiscencias para que nosotros tuviéramos la oportunidad de acceder al relato que alguna vez le hiciera Tulitas Jamieson a Evelyn Payne.

Lamentablemente, aquel fruto editorial no gozó de la circulación adecuada, y el libro deambuló poco en la región del Nazas. Llegó, sí, a varios lectores que atestiguamos con asombrada delectación el largo camino que debió recorrer la Casa del Cerro para contarnos sus historias inaugurales, las que tejió allí Tulitas Jamieson (hija de Federico Wulff) con sus padres y sus hermanos.

Casi quince años después de aquella primera edición en español preparada por Fernando Fabio Sánchez tuvimos a la mano la segunda en 2013, y hoy la tercera en 2019. La primera, bellamente editada pese a su austero acabado, fue revisada en la segunda edición por el autor y a ella le fue añadido un anexo fotográfico fundamental para complementar las excelencias del relato. Asimismo, la portada pasó de ser meramente tipográfica a icónica, y en ella luce una composición donde destaca la casona que hoy es uno de los emblemas torreonenses. Salvo en la portada y otros detalles menores, tercera edición respeta la publicación anterior.

¿Por qué esta nueva salida de Tulitas de Torreón. Reminiscencias de una vida en México? Creo que la mejor respuesta es también la más simple: porque es un libro entrañable, querible, sobre el pasado de nuestra ciudad visto desde el recuerdo y desde, como se dice ahora, la otredad. Unas cuatro o cinco décadas después de que Tulitas nació en Torreón y vivió en la Casa del Cerro, cuenta a Evelyn Payne, su hija, la andanza de la familia Wulff en nuestras tierras. Tulitas narra, Evelyn escribe, y gracias a ese volcamiento de la memoria nosotros asistimos no sólo al relato familiar, sino a la recreación de aquel pasado en el que Torreón era una ciudad recién nacida. El tono de la narración es, creo, una de sus virtudes más poderosas, pues de manera sencilla, sincera, coloquial, Tulitas articula su evocación sin presentir siquiera que alguna vez la estaremos leyendo en español.

Esto, ingresar al recuerdo de Tulitas en nuestra lengua, se lo debemos a Fernando Fabio Sánchez, quien luego de concluir sus estudios de comunicación en La Laguna emigró a los Estados Unidos, esto a mediados de los noventa. Allá estudió su maestría y su doctorado en letras, ambos en la prestigiada Universidad de Boulder, Colorado. Luego ha trabajado como maestro e investigador en dos universidades del oeste norteamericano (en Oregon y en California). A la par, sus libros han visto poco a poco la luz; ha publicado cuentos, poesía y ensayo. Destaca en su notable bibliografía el estudio monstruo titulado La luz y la guerra. El cine de la revolución mexicana, compuesto junto al también lagunero Gerardo García Muñoz; este libro es ya, desde su salida, un estudio canónico sobre el tema, y da cuenta por sí solo de la solvencia intelectual adquirida por dos estudiosos torreonenses. Un personaje protagónico de Tulitas de Torreón es, por supuesto, la Casa del Cerro que desde hace un siglo se erige como una de las presencias más visibles, por su señera ubicación, en el extremo poniente de la ciudad. Hoy, la Casa del Cerro es, como sabemos, un museo, y es dable pensar que el diálogo de Tulitas con Evelyn constituye también una especie de biografía sobre este recinto, uno de los patrimonios arquitectónicos más queridos por los laguneros. Avancemos ya, pues, sobre las páginas de este recuerdo. Que Tulitas de Torreón sea leído y comentado como lo merecían y como lo merecen, como lo merecerán siempre, nuestra querida Casa del Cerro y sus primeros inquilinos.

viernes, julio 03, 2009

Policiales de Fernando Fabio



Si no es sólo una casualidad, ignoro la razón precisa por la que de unos años a la fecha La Laguna ha construido un lote ya atendible de ficciones policiales. A Cuatro crímenes norteños, de Paco Amparán; a Partitura para mujer muerta, de Vicente Alfonso; a Leyenda Morgan, de mi autoría, viene a sumarse De la escritura a la evidencia, siete historias (pseudo) policiales, de Fernando Fabio Sánchez, libro publicado bajo el sello editorial de la UAdeC en la segunda serie Siglo XXI-Escritores coahuilenses. Se trata, en todo caso, de una obra cuya publicación, como suele suceder en nuestro modorro entorno, fue largamente pospuesta. Leí su original enargollado, si no recuerdo mal, hace más de cinco años, pero es hasta este 2009 cuando su autor ha podido verlo impreso y en circulación.
Prologado por Ignacio Corona, profesor de la Ohio State University, De la escritura a la evidencia oscila entre la historia policial cruda y el laborioso y cerebral despejamiento de los misterios planteados como ingeniosa incógnita en el arranque de cada relato. En este sentido, es un libro colocado a caballo entre las dos grandes tradiciones del género: la sobria, cuadriculada y a veces hasta estetizante manera inglesa, y la ruda, violenta y siempre viscosa escuela norteamericana del hard boiled.
Esta especie de hibridismo es entendible si nos asomamos, creo, a la formación académica del autor y a su primera experiencia laboral. Nacido en Torreón, en 1973, Fernando Fabio Sánchez estudió comunicación en el antiguo Iscytac, donde por cierto inauguró sus andanzas literarias. Recién egresado consiguió chamba como reportero de policiales, lo que para él significó, de golpe, sumar a su inquietud de escritor un contacto con casos violentos de la vida real. Poco después se dio su salida de La Laguna, de México, y su radicación en el estado de California, de donde partió a Boulder, Colorado, para estudiar su maestría y allí mismo el doctorado, que concluyó con éxito para luego instalarse como profesor en la Universidad de Portland.
A grandes zancadas he resumido el pasado que explica este libro: por un lado está el escritor, el académico, y por el otro el incipiente reportero que traba relación con sucesos que luego, trasformados por el tiempo y la imaginación, devinieron embriones de historias policiales, esas mismas historias que pasados los años fueron madurando para formar De la escritura a la evidencia, libro que, como ya dije, leí en borrador hace más de cinco años y que desde entonces me mostró esas dos caras de la narrativa que sabe hacer Fernando Fabio: por un lado, el ingrediente sanguinolento, el Mal reptando en cada página, y, por el otro, un gusto fijo por poblar cada cuento con libros, manuscritos, fotografías, periódicos, es decir, con referentes literarios.
Ignacio Corona ha dicho bien que “La colección de historias De la escritura a la evidencia: siete historias (pseudo) policiales (…) ofrece un escenario para la creación de significados y la reflexión del crimen en la sociedad contemporánea. En tramas urdidas en espacios no tradicionales para el género se encuentran alusiones y referencias textuales a un inventario actual de la nota roja: los feminicidios, el tráfico de órganos, el narcotráfico, los asesinatos de ancianos, los vídeos snuff, etc. Pero no por ello se trata de un libro que atosigue al lector mediante la denuncia o el peso de la factualidad de las microhistorias que pululan en los medios…”. En efecto, las anécdotas son casi lo de menos; en las historias de este libro hay una especie de sustrato cuya complejidad desea aproximarnos a la infinita trama de relaciones humanas en estado de descomposición, esto como reflexión sobre los abismos que separan a la sociedad visible de lo que soterrada y verdaderamente es: un catálogo de almas en bancarrota, inmorales, movidas por la perversidad y sus afines. (Texto leído ayer en el Teatro Nazas; participamos el autor, Gerardo García Muñoz —quien hoy cumple el tostón— y yo).

miércoles, julio 01, 2009

Revolución y cine mexicano



Andan en su tierra, La Laguna, Gerardo García Muñoz y Fernando Fabio Sánchez; como ya lo he comentado en otros momentos, ambos trabajan en la actualidad en universidades de Estados Unidos, pero no los abandona del todo el síndrome de la “Canción Mixteca” y cada que pueden se apersonan en la estepa nativa donde reanudan el viejo habito de las cervezas, los lonches y las gorditas. Los dos terminaron sus respectivos doctorados (García Muñoz en la Universidad Estatal de Arizona y Fernando Fabio en la Universidad de Boulder, Colorado) y nunca han suspendido sus empeños literarios. Vienen de vacaciones, pero yo los aprovecho para dialogar sobre sus actividades. Ambos preparan, como editores, un libro ambicioso: Luz y la guerra: el cine de la Revolución Mexicana, un volumen colectivo de ensayos que pronto aparecerá bajo el sello del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes; examina la producción cinematográfica en la cual la Revolución Mexicana se erigió en objeto de representación histórica y estética. El índice de autores está integrado por: Felipe Cazals, Aurelio de Los Reyes (UNAM), Julia Tuñón (Centro de Investigaciones Históricas de México), Matthew Bush (Lehigh University), Jean Franco (Columbia University), Zuzana Pick (Carleton University), Stephany Slaughter (Alma Collage), Adela Pineda (Boston University), Héctor Ruvalcaba (University of Texas en Austin), Ignacio Corona (Ohio State University), y los editores. Fernando Fabio me ha proporcionado unas líneas de su introducción (“De la representación a la historia: un siglo de cine y Revolución”):
“Antes de la idea fue la luz; antes de que se formara el concepto de la Revolución Mexicana existió su representación cinematográfica en las salas públicas y privadas del país. Todavía antes de que se iniciara la edificación del México posrevolucionario y surgiera el interés académico nacionalista por lo indígena y las tradiciones rurales; antes del Muralismo mexicano, la Novela de la Revolución y el régimen de la revolución institucional, se encuentra el cine de la Revolución. A la par de los reportajes periodísticos y fotográficos, el cine difundió imágenes de guerra provenientes de todas las regiones del país; presentó a los habitantes del México porfirista escenas que implicaban el derrumbe de un orden impuesto por más de tres décadas y, al mismo tiempo, el caos de la guerra que, con el tiempo, preludió el advenimiento de una nueva era.
La luz y la guerra: el cine de la Revolución Mexicana es precisamente un estudio de la vida del cine de la Revolución desde sus orígenes hasta casi el cumplimiento del centenario de la Revolución (1911-2009). El libro analiza las relaciones entre este corpus fílmico, la idea de la Revolución Mexicana y el régimen posrevolucionario. Tal como se verá a lo largo de este libro, el cine de la Revolución, a diferencia de lo que se piensa del Muralismo y de la mayor parte de las novelas de la Revolución, no siempre estuvo alineado con la propuesta simbólica del Estado y el grupo de intelectuales orgánicos. Aunque las convenciones que determinaban la producción cinematográfica fueron manipuladas por los caudillos —como antes lo fueron durante el régimen del presidente Díaz— y empezaron a ser explotadas comercialmente por los creadores del cine de ficción a partir de los ’30 haciendo eco de la narrativa auspiciada por el gobierno posrevolucionario, el cine no siempre fue un panegírico de hombres fuertes, celebración de la violencia originaria del México moderno y exaltación de héroes nacionales. De esta manera, el presente libro habla de una serie de encuentros y desencuentros entre el Estado, los grupos intelectuales y la Revolución”.

domingo, diciembre 19, 2010

Un siglo de Lezama



Una lástima no tener a la mano la obra de Lezama Lima para consultarla mientras escribo a las prisas este recordatorio de su cumpleaños número cien. Un 19 de diciembre de hace exactamente un siglo nació en La Habana quien se convertiría en uno de los escritores más singulares de América Latina: José Lezama Lima. Allí mismo murió en 1976; salió a lo mucho dos veces de la isla pero su resonancia en el mundo de las letras fue tan amplia que todavía es considerado el más grande barroco latinoamericano de la historia.
No es más conocido, leído o emulado porque, creo, el registro de su escritura ha caído en desuso en las décadas recientes. Digamos que en estas épocas domina un estilo ligero, más bien plano, el más fácilmente asimilable por el lector apresurado y nada dispuesto a gastar tiempo en machincuepas sintácticas o en imágenes poéticas que supongan alguna complicación. Vivimos un momento hedónico en todo: si alguien propone que hagamos política para lograr un cambio social, lo juzgamos loco pues nadie está dispuesto a sacrificar su tranquilidad por una idea, por importante que parezca. Si alguien recuerda que cierto cine europeo es mejor que el norteamericano, lo tomamos por mariguano ya que aquel es “lento” y denso y éste es ágil y entretenido. Así, cuando alguien recomienda un libro en estas épocas más vale que no elija el de un barroco, pues todos esperan un tip que no cometa la impertinencia de enredarnos en berenjenales.
Lezama Lima, pues, no goza hoy y acaso no gozó nunca de multitudes. Su obra es, un poco como la de Borges o Reyes, aunque de otra manera, una obra para escritores, quienes al cabo suelen ser los que más aprecian a los colegas que desbrozan y despejan brechas nuevas o le añaden un timbre especial a lo ya muy conocido. Eso fue lo que logró Lezama Lima: el barroquismo elevado al cubo era hasta él un asunto del pasado, un estilo que tenía como hitos a Góngora y Sor Juana y carecía de cultores más cercanos a nosotros en el tiempo. En eso apareció, casi de la nada, el gordo Lezama Lima, quien vinculó un pensamiento espeso de imágenes poéticas con una expresión (hablada y escrita) no barroca, sino hiperbarroca, exuberante hasta lo selvático.
Su virtud le trajo seguidores, lectores de culto, algunos de ellos lujosísimos como Cortázar, Vargas Llosa o Monsiváis, pero también le acarreó repulsas. Para sus no lectores, Lezama Lima es un ilegible, un oscuro, un escritor de formas inextricables. Yo estoy a medio camino entre los que lo veneran y los que lo rechazan: el barroquismo siempre me ha gustado y por ello me presumo permanente feligrés de Góngora, Quevedo, Carpentier, Lemebel y otros pocos que han hecho de ese modo, el barroco, un modo eminente del español. Me gustan esos sensuales de la palabra, esos escritores que le buscan música a las letras y lo hacen, si es posible, con retorcimientos y rodeos (en estos días, y aprovecho el caso para demostrar lo que afirmo, convivo con una hermosa novela barroca de un escritor monstruo injustamente olvidado en nuestro país; me refiero al libro A sangre y fuego, de Manuel Echeverría, novela y autor que me tienen leyendo de rodillas).
Aunque no lo parezca, Lezama Lima opera distinto en cada uno de los géneros que abrazó. La complejidad mayor, en forma y fondo, está en su poesía; sus versos se dejan leer como sonido, pero es indudable que esconden, como poderoso coco, su pulpa y su licor. En sus ensayos ocurre algo parecido: Lezama Lima se mueve por los temas como murciélago en las cavernas: no necesita luz para dar con el destino donde reposará su análisis. Donde es más accesible, sin que esto signifique total comodidad, es en su narrativa. Para leer Paradiso, por ejemplo, es necesario no desistir en las primeras páginas, pescar el timbre y lo demás, la belleza total, cae por su propio y deslumbrante peso.
Hay un cuarto género encarado por Lezama Lima: el epistolar. Lo comenté hace relativamente poco, en la reseña sobre el libro Más allá de Paradiso, del profesor Gabriel Castillo, nuestro más asiduo comensal en los banquetes lezamianos. En sus cartas a José Rodríguez Feo, publicadas por ERA, el gordo es una delicia juguetona, un amigo que hace fiesta en cada misiva, un modelo de corresponsal que invita a imitarlo aunque ya no escribamos cartas cartas, sino desprolijos mails.
A un siglo de su nacimiento, y desde la trinchera incómoda del Vips que hoy me sirve de oficina, esto puedo decir, modesto pero sincero, para no olvidar el centenario de un escritor que, nos guste o no, está en la selección ideal de América Latina: el barroco de barrocos José Lezama Lima.
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Nota del editor: el 21 de diciembre de 2010 recibí una carta del fotógrafo Iván Cañas en la que me comenta ser el autor de la imagen que encabeza este post. La sesión fotográfica se dio una tarde habanera de 1969. En aquella ocasión, Cañas tomó dos rollos (qué raro suena ahora eso de los "rollos") del autor de Paradiso en su vida cotidiana: Lezama en su biblioteca, Lezama junto a su esposa María Luisa, Lezama en un parque, Lezama en un balcón, Lezama con el puro a todo humo... Agradezco a Iván Cañas el permiso para usar la foto del famoso escritor con el habanazo en primer plano.
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Mañana, presentación de La luz y la guerra
Mañana lunes 20 de diciembre será presentado La luz y la sombra: el cine de la Revolución mexicana, publicado por el Conaculta en su colección Arte e imagen. Esta presentación se celebrará en la librería Gandhi (bulevar Independencia 3775 oriente, Torreón) a las 19:30 horas. Los escritores y académicos torreonenses Fernando Fabio Sánchez y Gerardo García Muñoz idearon y coordinaron este trabajo colectivo que sin duda hace un aporte fundamental a la investigación académica sobre el cine con temática de la Revolución mexicana. Acompañaremos con comentarios el maestro Fernando del Moral y yo.
Entre la acabada introducción y las secciones apendiculares, La luz y la guerra contiene los siguientes ensayos “Vistas de modernidad y guerra: el documental mexicano antes y después de la Revolución”, de Fernando Fabio Sánchez; “Eisenstein y la Revolución mexicana”, de Aurelio de los Reyes; “La Revolución mexicana en celuloide: la trilogía de Fernando Fuentes como otra construcción de la historia”, de Julia Tuñón; “Evocaciones de la Revolución en las adaptaciones cinematográficas de Los de abajo”, de Matthew Bush; “Más antiguo que su patria: Pancho Villa, el (anti)héroe revolucionario de la cinematografía nacional”, de Fernando Fabio Sánchez y Gerardo García Muñoz; “La Revolución domesticada: Flor Silvestre y Enamorada de Emilio El Indio Fernández”, de Jean Franco; “La escondida de Roberto Gavaldón: el espectáculo, María Félix y el glamour de la Revolución mexicana”, de Zuzana M. Pick; “Adelitas y coronelas: un panorama de las representaciones clásicas de la soldadera en el cine de la Revolución mexicana”, de Stephany Slaughter; “Once upon a time in the… West: el cine norteamericano de la Revolución mexicana”, de Adela Pineda Franco; “Remitidos al silencio: los filmes censurados de la Revolución y La sombra del caudillo de Julio Bracho”, de Héctor Domínguez Ruvalcaba; “La Revolución del echeverrismo”, de Gerardo García Muñoz; “Emiliano Zapata y el fluctuante archivo de la imagen: del héroe trágico a la nostalgia neoliberal”, de Ignacio Corona.
Como lo comenté en una entrevista a Ángel Reyna, este libro de 688 páginas es un paquete de dinamita, sin duda el trabajo de su tipo y temática más ambicioso que hasta el momento hayan orquestado académicos laguneros. Los interesados en la Revolución, en el cine y en la literatura deben tenerlo en sus bibliotecas.
La invitación a la presentación es libre. Habrá brindis. Organizan el Icocult Laguna y la librería Gandhi.

domingo, enero 16, 2011

Torreón y Villa en Fernando Fabio



Dos libros publicó en 2010 Fernando Fabio Sánchez (Torreón, 1973): Artful Assassins: Murder as a Art in Modern Mexico (Vanderbilt University Press), en inglés, y en colaboración con Gerardo García Muñoz, La luz y la guerra: el cine de la Revolución Mexicana (Consejo Nacional para la Cultura y las Artes). Maestro de la Portland State University, Fernando Fabio prepara en este momento un estudio sobre la filmografía de Felipe Cazals y realiza una investigación sobre la cultura visual en el siglo XIX mexicano. Recién conversé con él y salieron a flote dos temas que lo obsesionan: La Laguna y Villa; me ofreció a propósito el artículo “Torreón, mon amour: Villa, La Laguna y la Revolución Mexicana”, que aquí reproduzco con su autorización (texto íntegro en el blog de Ruta Norte):
Muy pocas veces cuando menciono la ciudad donde nací, las personas de Estados Unidos, Europa o Latinoamérica con quienes converso, reconocen el nombre de Torreón. El problema se agrava cuando añado el nombre del estado. Y bueno, les es muy difícil pronunciar “Coahuila”. Por alguna razón, ver escrita esta palabra los confunde todavía más. Yo, en mi corazón nómada y melancólico, me resigno al anonimato geográfico. No obstante, hay momentos en que es necesario hablar y extenderme sobre lo que es Torreón, Coahuila. Sí, hablo con placer norteño de esa mítica ciudad del polvo, indiferente arcadia de clima insoportable; sueño accidental de roca y desierto; joya huérfana del porfirismo; codiciada estación a la mitad del camino entre Ciudad de México y Ciudad Juárez. Sí, durante la Revolución mexicana Torreón, Coahuila, fue el ombligo de la luna. En clases universitarias, presentaciones académicas y conversaciones con amigos en la ciudad de Portland, Oregon, y los Estados Unidos en general, indico donde está Torreón en el atlas de la historia, la literatura y la cinematografía.
El destino histórico de Torreón está ligado a la figura de Francisco (Pancho) Villa y su ejército de magníficos, la División del Norte. Torreón fue “amante ocasional” —y muy ferviente— del caudillo. Villa tomó varias veces esta plaza, sobresaliendo los encuentros en 1913 y 1914. En la batalla del 13, la división ganó el Niño, el cañón poderoso que se convertiría en la mascota del ejército; y en la seducción guerrera del 14 se alcanzó, junto con la toma de Zacatecas, la derrota del régimen de Victoriano Huerta. Cuando Villa estaba ya casi derrotado, Torreón volvió a ser suya en 1916; sin embargo, el amor glorioso no pudo renacer ya de las cenizas.
Las referencias a Torreón dentro de la literatura —ya sea de ficción o periodística— y del cine de argumento sobre Villa son frecuentes, sobre todo en relación con la toma de marzo y abril de 1914. Por ejemplo, los primeros capítulos de Vámonos con Pancho Villa (1931) de Rafael F. Muñoz tratan del encontronazo entre los villistas y los federales; estos últimos comandados por el general José Refugio Velasco. Asimismo, existe la serie de artículos escritos por el joven periodista estadounidense John Reed, nacido en Portland, Oregon, y agrupados en el libro Insurgent Mexico (1914), traducido al español como Reed. México Insurgente. La cuarta parte de esta obra narra el avance de la División del Norte hasta Gómez Palacio, liderada por el Centauro y su admirado militar de carrera, el general Felipe Ángeles. Estos pasajes han sido dramatizados en los filmes homónimos Vámonos con Pancho Villa (1935) de Fernando de Fuentes y Reed. México Insurgente (1970) de Paul Leduc, en los cuales se menciona a Torreón. Incluso, el filme de De Fuentes ubica en “Torreón” dos de las más importantes secuencias del cine de la Revolución mexicana: el parlamento entre los Leones de San Pablo y el general Velasco, con bigotes a la káiser, y la caída de Melitón Botello en “el círculo de la muerte”.
No obstante, es extraño que son escasas las apariciones de Torreón en el material original documental que ha sobrevivido en este otro amor de Pancho Villa, el cine. Como estudioso del cine de la Revolución y siendo oriundo de La Laguna, pienso que es un hecho decepcionante. Sin embargo, existe una posible explicación para tal ausencia, y esta tiene que ver con la misma forma en que ocurrió la toma de Torreón en 1914.
La División del Norte se estacionó en Tlahualilo. Empezó sus ataques por el lado de Gómez Palacio. En ese momento, esta población y su ciudad hermana estaban defendidas por cerca de 10 mil federales. Una barricada de pelones se encontraba muy bien parada en el Cerro de la Pila. Desde allí, los villistas que asediaban eran blanco fácil. En total, los de la División del Norte eran 16 mil, entre soldados, soldaderas y añadidos aventureros. Para evitar la caída de todos ellos, Villa ordenó atacar de noche. Y todo se volvió un escenario de relámpagos rojos, literalmente.
La película de la HBO, And Staring Pancho Villa as Himself (2003), protagonizada por Antonio Banderas (quien actúa como Villa) narra con brevedad este ataque, quedándose como un débil reflejo de esta batalla luciferina. Lo que sí representa con detalle es el romance de Villa con el cinematógrafo. Durante la segunda mitad de 1913, el caudillo le ofreció a varias empresas de cine estadounidenses los derechos para filmar sus batallas. El 3 de enero de 1914 el revolucionario firmó un contrato de exclusividad con the Mutual Film Corporation. Por 25 mil dólares, Villa acordó luchar en contra del ejército federal sólo durante el día para que fuera posible que las cámaras registraran las acciones.
Las filmaciones empezaron durante la batalla de Ojinaga en enero de 1914, la cual, según algunos, se retrasó para dar tiempo a que llegaran los camarógrafos estadounidenses. Así iniciaría un proyecto documental que, semanas después, cambiaría al del género de ficción. La Mutual le propuso a Villa realizar una película sobre su propia vida. Se firmó otro contrato. La obra se llamaría The Life of General Villa (1914) y la dirigiría Christy Cabanne.
La cinta se realizó, y formada por fragmentos extraídos de “la vida real” y otros actuados, se proyectó el 9 de mayo de 1914 en el Lyric Theater de Nueva York y en Londres en el Pabellón de Shaftesbury, un mes después de la toma de Torreón. Lamentablemente, de esta cinta sólo se conservan fragmentos. El historiador Kevin Brownlow encontró trozos del documental en The Ragged Revolution (1988), documental sobre la Revolución producido por la Yorkshire TV. Hace poco me comentó Fernando del Moral, investigador del cine documental de la Revolución, que contaba con pietage de este mítico filme.
Pese a que la película del general se exhibió en el exterior con relativo éxito, es necesario mencionar que este romance entre Villa y Hollywood terminó de manera violenta. Se dice que en los primeros acosos a La Laguna, el Centauro sintió que, por primera vez en su carrera militar, podía perder la batalla. Tuvo que enfrentarse a la situación de agredir sin reserva a los federales o caer al abismo de la derrota. De esta manera decidió desatar aquel infierno en la oscuridad, deshaciendo contratos firmados e implícitos. Por las noches, atacó con dinamita las posiciones enemigas. Los federales ciegos en las tinieblas, disparaban a sombras móviles alrededor suyo, hasta que eran golpeados letalmente. Cuenta Rafael F. Muñoz que el Cerro de la Pila “parecía arder; semejaba un volcán ebrio que arrojara escupitajos de fuego”, y que los fortines, uno a uno, eran tomados por “asaltantes fatigados, sudorosos y manchados de lodo sangriento”.
Tras noches de ataque, los federales abandonaron Gómez Palacio. La carga de fuego continuó en Torreón. Desmoralizados y exhaustos, intuyendo la muerte como destino, huyeron a San Pedro de las Colonia. Allí recibieron otro regimiento de 6 mil soldados. Pero la derrota fue inevitable. La División del Norte, con cerca de 3 mil heridos, mil muertos y 10 mil soldados en activo, consumó la victoria.
Los espectadores quedaron horrorizados, incluyendo John Reed y los camarógrafos de la Mutual, quienes desertaron y regresaron a los Estados Unidos. El infierno había subido a la tierra, y aparte de la imposibilidad de filmar en aquella larga noche roja, no se debía reproducir a través del celuloide aquella indecible violencia. Inclusive Huerta asilenció a sus camarógrafos. En aquel mismo mayo del 14, casi al mismo tiempo que se presentaba la película de argumento de Villa en los Estados Unidos e Inglaterra, se proyectó en la Ciudad de México El aterrador 10 de abril de San Pedro de las Colonias, atribuida a Fritz Arno Wagner, quien filmó las batallas del lado federal. La función en el Salón Rojo fue censurada y el filme, se presume, fue destruido.

miércoles, diciembre 15, 2010

Presentación de La luz y la guerra



El próximo lunes 20 de diciembre será presentado el libro La luz y la guerra, compilación de ensayos sobre el cine con temática de la Revolución mexicana escrito y coordinado por los académicos torreonenses Fernando Fabio Sánchez y Gerardo García Muñoz. La sede será la librería Gandhi de Torreón (bulevar Independencia 3775 oriente) a las 7:30 de la tarde; los autores serán acompañados por Fernando del Moral, investigador especializado en cine histórico, y Jaime Muñoz Vargas, escritor. Esta actividad es organizada por el Icocult Laguna y la librería Gandhi.
La Revolución mexicana fue el primer conflicto bélico cuya grandilocuente e incómoda belleza fue exhibida comercialmente en cines de todo México y, después, del mundo entero. En los albores de la industria cinematográfica mundial, la Revolución mexicana se entrecruzó con géneros vinculados con el filme de aventuras y la comedia campirana. Más tarde, los artistas e intelectuales alineados con los preceptos del muralismo y la Novela de la Revolución, tuvieron un rol fundamental en la arquitectura del relato visual de la guerra. Aún así, el cine puso de manifiesto que la idea de la Revolución nunca fue una sola: estuvo formada por una acumulación de fragmentos, dicotomías y afirmaciones contradictorias que no se narraron de manera estable, ni se interpretaron del mismo modo en todos los espacios geográficos, posiciones sociales, genéricas y raciales.
La luz y la guerra: el cine de la Revolución mexicana no intenta enjuiciar ni salvar películas, ya sea por adhesión o resistencia a la cultura oficial, ni tampoco por su calidad técnica o estética. Se interesa en las cintas porque son el sueño de luz y pasado en que vivió una nación; un sueño actualizado constantemente en la oscuridad y el instante: la guerra que continuó en la pantalla pese al hecho de que ya había dejado de existir.
En cuanto a los autores, Fernando Fabio Sánchez (Torreón, Coahuila, 1973) ha publicado el libro de cuentos Los arcanos de la sangre (1997), el de poesía Posesión de naves (1999), y dos libros de ensayo: Muerte, sucesión y sueño (2000) y Clásicos en el destierro (2000). Sus textos ensayísticos han formado parte de revistas y libros en México, Estados Unidos e Inglaterra. En 1998 ganó el premio nacional de ensayo Abigael Bohórquez. Es doctor en letras latinoamericanas por the University of Colorado at Boulder. Actualmente es profesor de literatura y cine latinoamericanos en The Portland State University, Oregon, Estados Unidos. Su más reciente libro apareció originalmente en inglés y es el ensayo Artful Assassins: Murder as Art in Modern Mexico, Vanderbilt University Press. En este momento prepara varios libros, académicos y de ficción, cuyo tema principal es la violencia y el crimen.
Gerardo García Muñoz nació en Torreón en 1959. Doctor en letras latinoamericanas por Arizona State University, actualmente es catedrático en Prairie View A&M University. Ha publicado los libros El sueño creador: el ABC de la invención (1994) sobre la novela La invención de Morel del escritor argentino Adolfo Bioy Casares; La vigilia del Almirante (1997); Julio Ramón Ribeyro: cinco claves de su cuentística (2003), y la monografía Las paráfrasis plásticas de Alberto Gironella (1997). Sus artículos sobre literatura mexicana han aparecido en las revistas Semiosis, Texto crítico, Revista de Literatura Mexicana Contemporánea, Studies in Latin American Popular Culture, Chasqui, Hispania y Revista de la Universidad de México. Su libro más reciente es El enigma y la conspiración: del cuarto cerrado al laberinto neopoliciaco. Sus áreas de interés son la literatura policiaca, el cuento posmoderno, la novela de la Revolución y la narrativa penitenciaria.
Fernando del Moral González (Torreón, Coahuila, 1950). Ensayista e investigador de cine, fotografía e historia. Autor de la presentación de Hojas de cine. Testimonios y documentos del nuevo cine latinoamericano. Volumen II, coedición de la SEP, UAM y Fundación Mexicana de Cineastas, 1988; y los prólogos de Miradas a la realidad Volumen II. Entrevistas a documentalistas mexicanos de José Rovirosa, CUEC-UNAM, 1992; y Coahuila y sus protagonistas en el cine de Alfredo Galindo, Gobierno de Coahuila, 2006, segunda edición. Coautor de los libros Carranza, vigencia de una obra; Madero, iniciador de la revolución; Ramos Arizpe, padre del federalismo y Zaragoza, héroe del 5 de mayo, publicados por el Gobierno de Coahuila de 2001 a 2004; de 160 años de fotografía en México (coedición de Conaculta, Editorial Océano y Fundación Cultural Televisa, 2004); y de CREFAL: Instantes de su historia. Memoria gráfica 1951-2008, Centro de Cooperación Regional para la Educación de Adultos en América Latina y el Caribe, 2009. Por su trabajo como autor ha sido incluido en la antología de Ensayistas de Tierra Adentro de José María Espinasa, Fondo Editorial Tierra Adentro, Conaculta, 1994.
Por último, Jaime Muñoz Vargas (Gómez Palacio, Durango, 1964) es escritor, maestro, periodista y editor. Radica en la ciudad de Torreón, al norte de México. Entre otros libros, ha publicado las novelas El principio del terror, Juegos de amor y malquerencia y Parábola del moribundo, además de los libros de cuentos El augurio de la lumbre, Las manos del tahúr, Ojos en la sombra, Monterrosaurio y Leyenda Morgan (cinco casos de sensacional policiaco); algunos de sus microrrelatos fueron incluidos en la antología La otra mirada (2005) publicada en Palencia, España. Ha ganado los premios nacionales de Narrativa Joven (1989), de novela Jorge Ibargüengoitia (2001), de cuento de San Luis Potosí (2005), de narrativa Gerardo Cornejo (2005) y de novela Rafael Ramírez Heredia (2009). Escribe la columna “Ruta Norte” para el periódico La Opinión Milenio. Artículos, reseñas y cuentos suyos han aparecido en revistas y periódicos de México, Argentina y España.

viernes, agosto 24, 2007

Buenos Aires con Fer Fabio



Doctor en letras por la universidad de Colorado, en Boulder, Fernando Fabio Sánchez (Torreón, Coahuila, 1973), actualmente es profesor de literatura en la Universidad de Pórtland, Oregon. Amigo cercano de quienes alguna vez nos embotellamos al mar con Saúl Rosales, Fer se fue hace más de diez años a los Estados Unidos y allá encontró, como dice Borges, su destino: siguió escribiendo poesía, cuento, novela, y de paso alcanzó, como si fuera poco, un alto grado académico en una de las diez universidades norteamericanas más prestigiadas en el rubro de letras. Hace dos meses estuvo de paso en Torreón, lo vi allá, fuimos al Sangrons del Independencia y me dijo que estaba por emprender un largo viaje a Perú, Bolivia, Chile, Paraguay, Uruguay y, tal vez, Argentina.
Pues bien, acordamos encontrarnos en Buenos Aires y el monólogo interior se convirtió en diálogo rico en exámenes de la realidad que se nos atravesaba en el camino. Como si fuera adrede, subimos a un taxi y el chofer, un viejito conversador, tenía un humor inglés que en general no encajaba con nuestro concepto de taxista: dijo que hace diez años él no se dedicaba a eso, pero Domingo Cavallo, el ministro de Economía, “me convenció, por eso soy taxista”. El viejo oía en su radio música clásica, creo a Wagner, y mientras brotaban las notas de una obertura nos dio una cátedra sobre los precios de la nafta.
Ciudad donde abundan los mendigos y los parias, donde el cafishismo (actividad que consiste en padrotear mujeres) sigue tan vigente como en los tangos antiguos, donde chamagosos niños de pelo rubio y ojos azules piden limosna, donde una mujer con el aspecto de señora joven (mamá Cumbres, mamá Colegio Americano) puede estar vendiendo baratijas en el suelo y nunca manejar una Voyager o una Escalade, donde modelos italianos e italianas de Versache ganan apenas una insignificancia y usan el sudoroso colectivo, donde dentro de un mall hay un centro cultural con toda la mano y la creatividad, no deja nunca de querer mostrarse elegante, rica, pujante. El concepto de estatus es otro por acá: pese a las limitaciones impuestas por una economía que nunca termina por enderezarse, a los porteños les gusta al menos parecer que viven bien, que tienen. Sólo quienes han sido destruidos por la pobreza se muestran en sus miserables trapos al exterior; quienes viven en apuros, pero viven, hacen todo lo posible por comer bien, por echarle clase a su expresión, por cultivarse, por parecer lo que no son: ricos.
Véase si no esta joya bonaerense. Fernando Fabio y yo caminábamos ya noche por la transitadísima y teatral calle Corrientes y afuera de una tienda con aparador muy iluminado un cuarentón lumpen, acostado y lleno de trapos pringosos sobre él, aprovechaba la luz de la vidriera para leer un libro en inglés, como si estuviera en su alcoba. En sí, era un espectáculo inmóvil, una imagen que condensa la penuria económica de este país y su aspiración de no parecer pobre.

miércoles, julio 27, 2022

Nuevo libro de Saúl Rosales

 











Ecos de Comala y el llano es el título del nuevo libro de Saúl Rosales. Será presentado este 27 de julio a las 7 pm en el Teatro Alfonso Garibay. Lo comentarán Fernando Fabio Sánchez, Jaime Muñoz Vargas y el autor.

Ecos de Comala y el llano propone dos rutas de asedio a la obra de Juan Rulfo: la primera al fondo, donde el escritor lagunero subraya el primitivismo, la irracionalidad reflejada en el universo de los personajes rulfianos; la segunda a la forma, costado en el que destaca el recurso de los ecos o de las aliteraciones como generadores de eufonía en toda la extensión de El llano en llamas y de Pedro Páramo, además de la curiosidad que implica el uso de los adverbios allí y ahí. Asimismo, el autor ha incorporado “Autorretrato con Rulfo”, cuento que oscila entre la memoria y la ficción. Este periplo crítico y narrativo de Saúl Rosales alienta, en suma, lo que debe alentar toda cala a la obra de un grande como Rulfo: invitarnos a revisitarla, a reencontrar en ella los dones de la belleza y el asombro. El libro contiene, pues, cinco ensayos titulados “Cómo llegué a Comala (o cómo llegué a leer Pedro Páramo)”, “Primitivismo del rencor vivo y otras pasiones”, “Ecos de Comala y el llano”, “Allí en El llano en llamas”, “Primitivismo pedroparamero” y el cuento “Autorretrato con Rulfo”.

Saúl Rosales Carrillo, el autor, nació en Torreón, Coahuila, en 1940. Es Miembro Correspondiente de la Academia Mexicana de la Lengua. Su libro de cuentos Autorretrato con Rulfo fue seleccionado para la colección “Literatura Mexicana Contemporánea ¿Ya Leíssste?” Se le concedió el reconocimiento de Creador Emérito de Coahuila en 1999; se le otorgó el de Ciudadano Distinguido de Torreón en 1990 y 2004; la medalla al Mérito Universitario “Miguel Ramos Arizpe”, de la Universidad Autónoma de Coahuila y la medalla “José Revueltas”, del Proyecto Cultural Revueltas, en 2019.

Por su parte, Fernando Fabio Sánchez (Torreón, Coahuila, 1973), uno de los presentadores, ha publicado el libro de cuentos Los arcanos de la sangre (1997), el de poesía Posesión de naves (1999), y dos libros de ensayo: Muerte, sucesión y sueño (2000) y Clásicos en el destierro (2000). Además, en colaboración con Gerardo García Muñoz, La luz y la guerra (Conaculta, 2010). Sus textos ensayísticos han formado parte de revistas y libros en México, Estados Unidos e Inglaterra. En 1998 ganó el premio nacional de ensayo Abigael Bohórquez. Es doctor en letras latinoamericanas por the University of Colorado at Boulder. Actualmente es profesor en California, Estados Unidos, y columnista en Milenio Diario.

Acompañaré a Saúl y a Fernando para comentar el proceso editorial, del cual me encargué, y el contenido de esta aproximación a Rulfo.

Entrada libre.

miércoles, septiembre 12, 2007

Cuatro irritilas en Montreal



Fernando Fabio Sánchez, Miguel Báez, Édgar Valencia y Gerardo García Muñoz (en ese orden en la foto) coincidieron casi de casualidad en esa monstruosidad académica llamada Congreso de LASA (Latin American Studies Association) celebrada recién en Montreal, Canadá. Los cuatro escritores laguneros se toparon allá por razones distintas: Fernando Fabio y Gerardo García porque leyeron sendas ponencias en el congreso, Édgar porque fue a coordinar la distribución editorial del CIESAS y Miguel Báez porque radica en la ciudad del monte real.
Como lo he dicho alguna vez, Fernando y Gerardo son, en ese orden, maestros de las Universidades de Portland y de Minesotta, y ambos terminaron sus doctorados en Letras por las Universidades de Colorado y de Arizona. Édgar, quien actualmente escribe su tesis para doctorarse en Letras por la UNAM, es director editorial del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social; Miguel, luego de concluir la maestría en Letras en Calgary, se radicó en Montreal y da clases para la Universidad de Concordia. A todos los une, pues, una infancia transcurrida en Torreón y una pasión nada amateur por la literatura.
Cuando supe que iban a coincidir, les pedí a Fer y/o a Gerardo, a cualquiera de los dos, una crónica del encuentro irritilia; pero se adelantó Miguel, y en seguida reproduzco un breve fragmento de su relato (al que sólo le hice dos o tres enmiendas). Añado, ya para ceder la palabra a Báez, que más allá de lo turístico y circunstancial late en el fondo de esta columna mi orgullo de ser amigo de estos laguneros. Hace poco me preguntaron sobre el desarrollo del arte en La Laguna; los cuatro escritores que menciono son la prueba de que la comarca todavía no está lista para retener a sus talentos literarios; ellos, como muchos pintores, músicos y demás, tuvieron que salir y buscar afuera lo que aquí aún no tenemos. Y ahora sí, narra Miguel: “Jimmy: No tomé fotos porque mi cámara es de las arcaicas de rollo y toda la cosa. Jerry y Fer sí tomaron varias. Te paso el dato de lo que hice con ellos, todo por supuesto en la tarde-noche:
El jueves quedé de verme con ellos en el lobby del hotel Reina Isabel que era, junto con el Hilton, el lugar donde se llevaban las actividades en LASA y donde estaba hospedado Gerardo (y donde, por cierto, en los años sesenta John Lennon compuso aquella famosa canción antibélica de ‘Give Peace a Chance’). Ya una vez que llegaron todos, caminamos hacia el oeste de la ciudad, cerca de Concordia, a la calle Crescent donde hay varios restaurantes y bares (por ser zona estudiantil) y ahí nos tomamos unas cervezas en un pub irlandés. Después, para ir a cenar, caminamos otro rato hacia el este de la ciudad, a lo que aquí, como en París, llaman el Barrio Latino. Fuimos a la calle Saint Denys donde hay también bares y restaurantes. Cenamos en una pizzería que creo que se llama PizzaDélic (es una cadena porque hay varias en la ciudad). Ahí se nos unieron otros dos colegas del congreso. Recuerdo que Jerry estaba muy impresionado con el nombre de la pizza que pidió: ‘La Carnivore’. Al salir de la pizzería cada quien se fue por su lado y yo acompañé a Gerardo de vuelta a su hotel.
El viernes fuimos, sin Édgar porque ese día andaba desaparecido, otra vez hacia el este de la ciudad, por la calle Sainte Catherine que es la de más actividad porque hay muchas tiendas, restaurantes, cines, librerías, etc., y llegamos hasta la calle Saint Laurent que es la que aquí llaman La Maine y que divide a Montreal en este y oeste. Ahí cenamos en un cafecito en la esquina con Prince Arthur (que es la calle donde yo vivo) en una parte de la calle que es peatonal porque ahí hay restaurantes y cafés con terrazas al aire libre. Luego regresé con ellos hacia el Hilton porque había un baile para los asistentes del congreso. Ahí ya no me quedé porque tenía clase temprano el sábado en la mañana.
El sábado me llamó Jerry como a media tarde para decirme que estaban él, Edgar, Stéphane (al que conociste en el DF) y otra colega del congreso en un restaurante llamado Reuben's de la calle Sainte Catherine. Yo ya había comido, pero ellos estaban comiendo sándwiches de carne ahumada (muy típicos por acá). Recuerdo que Gerardo ya no se lo podía terminar y comentó que la carne era como el Aleph. Caminamos por la calle Sainte Catherine otra vez, hacia el este, a la Place des Arts porque Stéphane nos llevaba a una librería. En la Place des Arts está el museo de arte contemporáneo, varios teatros, pero nosotros nomás entramos a la librería (quince minutos antes de que cerraran, por desgracia). Jerry alcanzó a comprar un libro y Édgar una película. Luego regresamos al Reina Isabel, al cuarto de Jerry para que Édgar recogiera sus cosas. En el lobby me despedí de Édgar y Stéphane me pasó su teléfono y correo para que siguiéramos en contacto. De ahí, llevé a Jerry a caminar al Barrio Antiguo (o Viejo Montreal, como le llaman acá), caminamos frente al Palacio de Congresos (que quiere ser como una imitación del Centro Georges Pompidou en París), frente a la basílica de Notre Dame (igual caso que el anterior), luego por donde está el Centro de Ciencias de Montreal y luego, más hacia el oeste, la Plaza Jacques Cartier (que lleva el nombre de uno de los primeros conquistadores franceses, digamos el Hernán Cortés de por acá y el responsable de haber erigido una cruz sobre el Mont Royal), esta plaza es el lugar más activo del barrio antiguo. También aquí hay restaurantes y cafés con terrazas al aire libre así como artistas de la calle. Ahí nos sentamos un rato. Luego recorrimos las calles del barrio chino que está cerca de ahí y regresamos al Reina Isabel por el bulevar René Levesque. Nos tomamos unas cervezas en el bar del hotel y ya en el lobby nos despedimos.
De nuevo un abrazo y espero que esta croniquita te sea útil, Mike”.

viernes, septiembre 24, 2010

Cine con carrilleras



Exactamente el día de su cumpleaños, el 22 de septiembre pasado, me enteré de que Fernando Fabio Sánchez cristalizó por fin un sueño largamente trabajado: la publicación de La luz y la guerra: el cine de la Revolución Mexicana (Conaculta, 2010). Desde lejos, un poco al sesgo pero siempre con interés, vi cómo crecía ese libro armado por Fernando junto a otro torreonense amigo, Gerardo García Muñoz. El libro ya está en circulación, todavía no lo tengo pero por las dos firmas que lucen debajo de su título sé que es un documento magnífico para adentrarnos en la presencia de la Revolución en el cine. Se trata de un libro colectivo, de un lúcido engarce de ensayos de académicos especializados en el tema, todos coordinados por dos brillantes laguneros.
En la promoción del libro es subrayado lo siguiente: “La Revolución mexicana fue el primer conflicto bélico cuya grandilocuente e incómoda belleza fue exhibida comercialmente en cines de todo México y, después, del mundo entero.
En los albores de la industria cinematográfica mundial, la Revolución mexicana se entrecruzó con géneros vinculados con el filme de aventuras y la comedia campirana. Más tarde, los artistas e intelectuales alineados con los preceptos del muralismo y la Novela de la Revolución, tuvieron un rol fundamental en la arquitectura del relato visual de la guerra. Aún así, el cine puso de manifiesto que la idea de la Revolución nunca fue una sola: estuvo formada por una acumulación de fragmentos, dicotomías y afirmaciones contradictorias que no se narraron de manera estable, ni se interpretaron del mismo modo en todos los espacios geográficos, posiciones sociales, genéricas y raciales.
La luz y la guerra: el cine de la Revolución mexicana no intenta enjuiciar ni salvar películas, ya sea por adhesión o resistencia a la cultura oficial, ni tampoco por su calidad técnica o estética. Se interesa en las cintas porque son el sueño de luz y pasado en que vivió una nación; un sueño actualizado constantemente en la oscuridad y el instante: la guerra que continuó en la pantalla pese al hecho de que ya había dejado de existir”.
Fernando Fabio Sánchez (Torreón, Coahuila, 1973) es profesor de estudios literarios y cinematográficos en Portland State University, Portland, Oregon. Obtuvo el Doctorado en Letras Latinoamericanas en University of Colorado en Boulder en 2006. Su línea principal de investigación ha sido, hasta el momento, el concepto de modernidad y sus diferentes relaciones con el arte, el nacionalismo, la violencia y la cultura en el México posrevolucionario. Textos académicos suyos han formado parte de revistas y libros en México, Estados Unidos e Inglaterra. Ha publicado, entre otros libros de crítica literaria, narrativa y poesía, Artful Assassins: Murder as a Art in Modern Mexico (Vanderbilt University Press, 2010), volumen que propone el asesinato como una escena fundacional del México posrevolucionario, por medio de un análisis del relato criminal mexicano en el cine y la literatura, así como en otras manifestaciones culturales. Actualmente, prepara un estudio sobre la filmografía de Felipe Cazals y realiza una investigación sobre la cultura visual en el siglo XIX mexicano. Ha publicado dos libros de cuento, uno de poesía y dos de ensayo; con uno de estos últimos ganó el premio nacional Abigael Bohórquez 1998.
Por su parte, Gerardo García Muñoz nació en Torreón en 1959. Doctor en letras latinoamericanas por Arizona State University, fue catedrático en Southwest Minnesota State University. Ha publicado los libros El sueño creador: el ABC de la invención (1994) sobre la novela La invención de Morel del escritor argentino Adolfo Bioy Casares; La vigilia del Almirante (1997); Julio Ramón Ribeyro: cinco claves de su cuentística (2003), y la monografía Las paráfrasis plásticas de Alberto Gironella (1997). Sus artículos sobre literatura mexicana han aparecido en las revistas Semiosis, Texto crítico, Revista de Literatura Mexicana Contemporánea, Studies in Latin American Popular Culture, Chasqui, Hispania y Revista de la Universidad de México. Sus áreas de interés son la literatura policíaca, el cuento posmoderno, la novela de la Revolución y la narrativa penitenciaria. Actualmente es profesor de la Prairie View A&M University, en Texas.
En suma, dos laguneros destacados cosechando los frutos de su talento y su dedicación.

sábado, diciembre 29, 2018

Crónica de una noche redonda












He dicho en varios lugares —tantos cómo he podido— que la literatura lagunera goza de excelentes cultores pese a sus pocas circunstancias favorables, es decir, pese a que no tiene editoriales, escuelas de letras, suplementos literarios en los periódicos e incluso lo básico: suficientes librerías. Por eso celebro, insisto, que nuestra estepa haya sido y siga siendo tierra fértil de escritores que aquí y allá han producido una obra diversa y por suerte, ya, asaz reconocida.
Esto que afirmo lo comprobé el pasado 26 de diciembre. Como quizá algunos saben, mis amigos Fernando Fabio Sánchez y Gerardo García Muñoz, ambos laguneros, trabajan en universidades de EUA y vienen cada que pueden a su tierra. Siempre nos vemos para conversar, pero ahora planeamos presentar un libro en fecha anómala sólo para ver si funcionaba, casi como un experimento. Decidimos presentar el libro Latinoir (Nitro-Press/UANL, 2018) en un bar, dado que los centros culturales vacacionan, y hacer ruido en las redes sociales. La sorpresa que nos llevamos en lo relativo a la asistencia fue mayúscula: además de amables lectores conocidos y desconocidos, se apersonaron amigos escritores y académicos que son testimonio vivo de lo que afirmé hace algunos renglones. Entre los escritores asistentes, sumados los de quienes presentamos, fácilmente había una producción de cerca de cien libros de ensayo, poesía, cuento, novela, periodismo, teatro y varia invención.   Asimismo, aproximadamente treinta premios nacionales e internacionales de literatura, varios doctorados y maestrías en letras y un académico de la lengua. Se trató entonces de un público apabullante y enorgullecedor.
Estuvieron allí Saúl Rosales, Gilberto Prado Galán, Frino, Vicente Alfonso, Édgar Valencia, Nazul Aramayo, Lucila Navarrete Turrent, Talía Romero, Chantal Aguilar y no lagunera, pero igualmente escritora y académica, Iliana Olmedo, esposa de Vicente; modestia al margen, estaba también mi hija mayor, cuasi egresada de letras inglesas por la UNAM.
Lo que Fernando Fabio Sánchez, Gerardo García y yo emprendimos como un divertimento se convirtió pues en una reunión espontánea de laguneros que aquí y allá, cómo ya dije, han encontrado sus destinos en la vida literaria y seguramente tienen todavía muchísimos libros y premios en sus respectivos carcajes. Bienvenidos sean.

sábado, septiembre 01, 2007

Saldo de la Argentina



Transcribo la entrevista matriz que le sirvió a Karla Lobato, reportera de La Opinión Milenio, para armar la nota que apareció hoy en ese periódico. En la foto aparezco con Fernando Fabio Sánchez, amigo lagunero con quien coincidí en nuestra reciente estancia porteña.


¿Cuál fue el resultado de este encuentro?
Fue muy satisfactorio; es la primera vez que participo en un encuentro sobre micronarrativa y encontré una comunidad compacta de teóricos y de creadores tan lúcidos como afectuosos. Reafirmé lo que ya intuía: que sobre la narrativa breve hay ahora una gran preocupación crítica y editorial. Además de hacer nuevos contactos literarios, establecí algunos compromisos con escritores de la Argentina, de México y de España. Uno de esos compromisos es participar en 2008 en el quinto Congreso Internacional de Micronarrativa a celebrarse en la provincia de Neuquén, en la Patagonia argentina. Ese será un encuentro mucho más amplio e incluyente, el más grande de su temática en el mundo.

¿Qué enseñanzas nuevas te deja este foro?
Que si bien se puede intentar buena literatura en el aislamiento, es mejor compartir lo que uno va trabajando con otros escritores de otras nacionalidades, eso para ver su reacción, las posibilidades del texto como producto aldeano o universal. Suena muy presuntuoso lo que quiero expresar nomás a manera de resumen: en la mesa donde leí algunos de mis microrrelatos me fue espléndidamente, tanto que un editor español se interesó en tenerlos para ver qué tan viable es su publicación en libro. No me puedo quejar: comprobé en los hechos que además de la novela y el cuento de amplio aliento, el relato brevísimo me acomoda y de alguna forma puede gustar a quien lo lee.


¿Cuál fue la respuesta de tu exposición?
Aunque creo que llevaba un buen trabajo de lo que se ha hecho en materia de microrrelato en Saltillo y Torreón, eran tantas las ponencias y tan poco el tiempo disponible para leerlas, que no me sentí muy satisfecho con esa lectura. Pese a ello, creo que será publicada una memoria del encuentro y allí, entre todas los ensayos leídos, aparecerá el que yo llevé y cuyo título es “Actualidad del microrrelato en los predios de Julio Torri”.


¿Con qué proyectos nuevos regresas?
Regreso con dos o tres nuevas convicciones: a) al margen de mi trabajo como cuentista y novelista, seguiré haciendo microrrelatos; b) preparar el volumen que tal vez sea publicado en España y c) asistir en 2008, sin falta, al encuentro internacional.


Por otro lado, vas a presentar el libro de Vicente Alfonso El síndrome de Esquilo, ¿cuál es tu percepción de este libro?
Según sé gracias al propio Vicente, este nuevo libro es una refundición de los cuentos que alguna vez aparecieron en su primer volumen, Naufragio en tierra firme, al que le hizo correcciones y al que añadió nuevos relatos. Como yo reseñé Naufragio… y como conozco la obra de Vicente, sé que se trata de un buen libro, de una obra que, pese a tener como autor a un joven, está llena de aciertos literarios. No podía ser de otra manera: Vicente es un talento, uno de los escritores con mayor futuro en la actual Comarca Lagunera. Mis palabras no profetizan nada: Vicente Alfonso es ya uno de los escritores más importantes que hayan nacido en La Laguna.

A casi ya 100 años de la ciudad, ¿cómo consideras que esté situado el ámbito de la literatura en Torreón?
Podría ser mejor, pero para las oportunidades que hay en la región es asombroso ver cómo nacen aquí buenos escritores. A mí me siguen asombrado las obras de Saúl, de Fer Martínez, de Gilberto Prado, de Gerardo García, de Pablo Arredondo, de Marco Jiménez, de Magda Madero y Yolanda Natera, pero a esos nombres no dejo nunca de sumar a los que conforman una generación anterior: Miguel Morales, Fernando Fabio Sánchez, Édgar Valencia, Miguel Báez y otros un poco más jóvenes como Daniel Maldonado, Carlos Velázquez, Daniel Lomas, Daniel Hernández, Carlos Reyes, César Cano, Iván Hernández y el propio Vicente. Aunque no lo creamos, La Laguna es, proporcionalmente, un semillero de buenos escritores, como lo demostraré dentro de poco en un libro que ya preparo en función de las celebraciones centenaristas.

miércoles, junio 03, 2009

La caída de los signos



La caída de los signos
Prólogo a De la escritura a la evidencia: siete historias (pseudo)policiales
de Fernando Fabio Sánchez

Por Ignacio Corona
The Ohio State University
corona.7@osu.edu
http://people.cohums.ohio-state.edu/corona7/

Escribir sobre el crimen en ámbitos en que la burla de toda certeza e indagatoria legal parece ser la norma constituye no solo un ejercicio crítico sino, tal vez, catártico. Ello adquiere mayor importancia en sociedades en franca crisis o que experimentan accidentados procesos de transición. Sociedades que podrían caracterizarse por una galopante cultura de la ansiedad, a juzgar por la identificación de la inseguridad como la principal preocupación ciudadana en encuestas y otros instrumentos de opinión pública; o en las que apenas uno de cada diez crímenes es sometido a debido proceso judicial y el o los culpables castigados; o en las que los despojos de mujeres jóvenes se descubren en parajes desérticos como si, al igual que la arena y las piedras, formaran parte del árido ecosistema; o en que las evidencias de los inefables “ajustes de cuentas” regularmente amanecen entre la basura de calles o lotes baldíos; o en las que poderes al parecer mejor armados y adiestrados que las fuerzas de seguridad desafían a voluntad los aparatos de seguridad y las redes de protección del Estado. Por más que la escritura sobre el crimen se abstraiga de tales realidades o solo represente un fantasioso divertimento para el escritor “serio” –como algunos autores lo han señalado-, es difícil no interpretarla en relación a la experiencia colectiva en que se inscribe, tanto en el ámbito de la escritura informativa, como en el de la ficción literaria, en especial de la literatura policíaca.
Por contraparte, si nos enfocamos en los destinatarios de tal literatura, bien se podría inquirir sobre lo que éstos buscan en ella. Puede que sea el goce de una violencia permitida en que se sublime la agresividad o la confección de crímenes simbolizados; tal vez la solución analógica de casos que, con demasiada frecuencia, quedan sin resolver en la realidad; o el incremento del desasosiego personal a veces rayano en el masoquismo; o la estimulación de la violencia mimética sino es que el morbo, aunque para ello reinen supremos los medios audiovisuales; o, por el contrario, la pretensión de familiarización con relatos de crímenes en una especie de conjuro de la sensibilidad, aunque para ello existan muchas otras opciones de escapismo y cultivo del ocio. No obstante, los ejemplos más acabados de literatura policíaca, en sus diversas acepciones y estilos, sugieren una clave de otro tipo, la cual comparte con la supuesta literatura “con mayúscula”: una oferta epistemológica. Es decir, se acude también a ella aspirando crear un sentido de algunos de los aspectos más oscuros y perturbadores de la realidad psicológica y social. Aspectos que si bien parecen representar un rebase de la cultura o el germen de su destrucción, al mismo tiempo resultan inherentes a ésta pues –a menos que los etólogos nos desdigan- el crimen solo puede definirse como un fenómeno humano. Es cierto que en la práctica del género hay anchas avenidas hacia el escapismo y no escasean elementos que, sino resultan francamente reaccionarios, reafirman de forma acrítica todo tipo de prejuicios y actitudes sexistas, clasistas y racistas. Empero, hay también un buen número de obras que cuestionan en el lector anquilosados esquemas éticos, cognitivos, sociales y culturales. En tales casos, la narrativa policíaca constituye un instrumento de sondeo de la realidad social, cultural y política y, para ello, no requiere de prescindir de fórmulas establecidas o revolucionar por necesidad el género.

Cuente el texto policíaco con un detective como protagonista central o no, el crimen o el delito siempre aparece de forma prominente y, por ello, constituye, en realidad, su elemento definitorio. Si bien, dicho crimen no deja de asociarse con lugares físicos comunes, mayormente cerrados o marginales, o de adscribirse a ciertos ámbitos sociales que metafóricamente corresponden a los llamados sótanos de la sociedad, otro rasgo de la mejor literatura policíaca es el de hacer visible, además de la violencia física, los contextos de violencia social en que aquélla se genera. Tal hecho de hacer visible lo invisible pone en juego no solo el propio acto de la violencia, su móvil y sus medios, sino que evidencia los mecanismos identificatorios por los cuales una víctima llega a ser tal. Según lo ha visto Josefina Ludmer en su estudio de la literatura argentina, el cuerpo del delito es aquél en que coinciden las razones del Estado y las de la cultura: “solo puede constituirse el corpus delicti (cuerpo de la evidencia) cuando se le considera una unidad de ficción desde la perspectiva del estado y, a su vez, desde el interior de la cultura”.1 Razones culturales y políticas se entremezclan, entonces, en la asunción de la evidencia en el discurso literario. De ahí también, la importancia de éste con respecto a la comprensión del crimen, pues conforma un terreno idóneo para detectar cierto tipo de condiciones sociales y capturar las tensiones que operan en contextos de alta violencia social.
La colección de historias “De la escritura a la evidencia: siete historias (pseudo)policiales” de Fernando Fabio Sánchez emerge apelando a algunos de los contextos sociales antes mencionados. Su propuesta narrativa ofrece un escenario para la creación de significados y la reflexión del crimen en la sociedad contemporánea. En tramas urdidas en espacios no tradicionales para el género se encuentran alusiones y referencias textuales a un inventario actual de la nota roja: los feminicidios, el tráfico de órganos, el narcotráfico, los asesinatos de ancianos, los vídeos snuff, etc. Pero no por ello se trata de un libro que atosigue al lector mediante la denuncia o el peso de la factualidad de las microhistorias que pululan en los medios. Al viabilizarse la narrativa a través de una “estructura de convergencia”, las “siete historias (pseudopoliciales)” que componen el libro se encaminan hacia un dispositivo de solución narrativa que, en ciertos aspectos, recuerda los modelos empleados por Tomás Rivera en …y no se lo tragó la tierra o el propio Carlos Fuentes en La frontera de cristal, aunque ninguna de éstas aborde la temática policíaca. En dicha estructura las historias, en un primer término independientes entre sí, terminan adquiriendo una cierta organicidad por la recurrencia autorial a una subjetividad articuladora que, en ocasiones, permanece en el anonimato. No así en “De la escritura a la evidencia…”, la cual nos presenta en ese rol a un personaje excéntrico y fascinante, Orlando Lipatín, el cual suma varios arquetipos detectivescos y otros de “sabuesos” accidentales, siendo a la vez distinto de todos. En efecto, no es el típico detective entrenado en el arte de la supervivencia y el encuentro con las “fuerzas del mal”, sino que su visión de la realidad y capacidad deductiva las ha moldeado y ejercitado —como moderno Quijote— a través de la lectura. Se trata de un profesor de literatura retirado al servicio de las “fuerzas del orden”. El autor coloca a un especialista en crítica literaria y en la hermenéutica de los textos, es decir, en la interpretación de los signos, a desentrañar los casos que la policía no logra a través de sus métodos legales de investigación ni ilegales de “extracción de la verdad”. Asimismo, les hace un guiño a los lectores al otorgarle a las humanidades un nuevo papel en el ámbito de la procuración de justicia, pues Lipatín propone que los agentes se sometan a métodos alternos de agudización de su intelecto y capacidades deductivas por medio de la lectura de obras literarias y sesiones de estudio dirigidas por él. En el fondo, tal propuesta conlleva el sometimiento de la fuerza a la razón, con el agregado de humanizar en el proceso a sujetos que, muchas veces, se esfuerzan por obrar en sentido contrario. Más aún, implica interpretar la realidad a través de la ficción. La ubicación física de Lipatín en el centro del país, desde donde reflexiona sobre eventos ocurridos en lugares distantes (i.e. en la frontera norte o en la península yucateca), constituye un solapado recordatorio del centralismo político y del punto neurálgico de la procuración de justicia. Tal centralización complementa los efectos corrosivos de los desplazamientos geográficos y las migraciones sobre las identidades, a lo cual se alude en varios de los relatos.
De la escritura a la evidencia… es una obra de búsqueda en el más amplio y multivalente sentido del concepto. Por una parte, busca su acomodo entre las genealogías del policial a partir de la reconocida presencia de Edgar Allan Poe, entre otros, a lo largo del libro. En términos de expresividad, se evidencia una preferencia por la intelectualización de la materia narrativa —es, asimismo, notable su homenaje a Jorge Luis Borges—. La prosa exhibe una gran voluntad de estilo, encontrándose salpicada por ricos giros poéticos, algo nada común en la narrativa tradicional del género. Más aún, las historias abrevan de fuentes más amplias y antiguas que las de la literatura policiaca. Así, el lector se encontrará estimulado a reconocer pistas —la figura de Lilith, por ejemplo, cuya sombra atraviesa culturas e idiomas desde su más remota aparición en la cultura mesopotámica—, tramas, lugares comunes para, a fin de cuentas, aceptar el juego intelectual que el autor hace con tales elementos, como un sagaz ajedrecista que mueve sus piezas plenamente consciente del valor de cada una de ellas y su ventaja posicional. Y aunque los elementos sean reconocibles, su combinatoria y los desenlaces de cada una de las tramas están lejos de ser formulaicos, como si se aplicara una desconstrucción derridiana a las fórmulas clásicas del policial. Por añadidura, propone una cierta inversión en momentos claves de su narrativa: la escritura antecede o explica el status de lo evidente.
En términos de representación, dicha búsqueda ausculta universos relacionales y rituales crípticos que se vislumbran en los flashazos del crimen en el desborde de las fuerzas cohesivas de la cultura. Así, literatura y detección se funden entonces en una propuesta del mayor interés. La analogía es productiva, como en el mencionado caso de Lipatín.
El libro busca entonces leer tras las imágenes y los objetos, los signos de una realidad no aparente. Por sus páginas transitan personajes simbólicos (vgr. John Wayne y Elisa Valenzuela), cuya aspiración no es tanto la de representar la verosimilitud, cuanto una idea: la naturaleza del doble, la introspección, la despersonalización, la duplicidad, el interjuego de identidades, la inestabilidad psicológica, la rebelión del inconsciente, etc. No es casual que la relación entre escritura y evidencia que el título sugiere viabilice un abordaje hermenéutico en que también los objetos representan más que la mera realidad de su contexto funcional. Hay en esto, sobre todo, una búsqueda semiótica tras los signos que permitan capturar el sentido más profundo de la realidad. Las fotografías, no son la evidencia más inequívoca de ésta, sino tal vez su forma más sutil de engaño. Asimismo, los mensajes y los signos son mensajes de alguien para alguien más. Las identidades tras dichas autorías son, así, otro motivo de búsqueda. En esa búsqueda semiótica desfilan objetos que los conocedores del género reconocerán: la brújula, las cartas, los libros y poemas codificados, los cuchillos, todos ellos esconden claves y misterios, acertijos. Es decir, son signos de una realidad no aparente pero fundamental en el caos del mundo. Como los objetos en el sueño para el psicoanálisis, tales objetos asociados a los crímenes y a las pistas de los criminales en la pesadilla de la realidad cotidiana son igualmente proclives a interpretación. Los objetos en su función simbólica comunican y puede que el crimen mismo también esté estructurado como un lenguaje. Por ello, el detective, en ese sentido hermenéutico, es como el analista en busca de lo no aparente tras el mensaje cifrado. Representa la perspectiva racionalista tratando de abarcar el mundo a través de esquemas explicativos y causales, incluidos los mundos interiores y las pesadillas.

De la escritura a la evidencia…, empero, no abriga mayores optimismos en ese sentido. No parece reafirmar que los signos, a fin de cuentas, sean tales ni que lo que simbolizan pueda ser, en última instancia, comunicable. Los relatos nos acercan, de esa manera gradual, al precipicio, que no es el de la inestabilidad de los signos, rebeldes a sujeciones impositivas de un orden, sino en un sentido mucho más dramático, puesto que el anuncio de una caída es inminente. No en vano la escena final nos presenta a un apesadumbrado Lipatín en la cúspide del más alto edificio de la ciudad, desde donde se contempla el entorno urbano —escenario de crímenes, pero también de vida y comunicación social— y se sospecha la posibilidad de una caída. En su desánimo y derrota, acepta la multiplicidad de sentidos incapturables en un orden dado y, con ello, la imposible exégesis de los símbolos personales. Ahí, en el fracaso de la investigación que cerraría seis asesinatos, se simboliza una caída más que figurativa: la de los signos. Y con ella, la de las pistas, los rastros, las evidencias y las certidumbres. No será interés del autor promover una asociación literal con la realidad extratextual pero, en el fondo, tal claudicación del sentido y de la perspectiva racionalista no resulta muy diferente de la hoja de servicios actual de muchas procuradurías de justicia a lo largo y ancho de aquellas sociedades a que hacíamos referencia al principio. Ahora bien, como lectores que hemos apenas conocido a Lipatín, esperamos que esta derrota personal no sea definitiva y nos lo volvamos a encontrar una vez más en el futuro, pues no solo sus nuevos discípulos en la corporación policíaca tienen mucho que aprenderle.

1 Josefina Ludmer, “The Corpus Delicti”, The Places of History. Regionalism Revisited in Latin America. Ed. Doris Sommer (Durham and London: Duke University Press, 1999) 12.